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Un

Hijo Secreto para el Amigo de mi Hermano


(Spanish Edition)
Ella Brooke
Ella Brooke (2018)

Etiquetas: multimillonario romance


multimillonario romancettt
Haré todo lo que sea necesario por ella y por mi hija…
En el momento en el que salí de la cárcel hice borrón y cuenta nueva.
Mi viejo había muerto mientras yo estaba encerrado, así que ahora era el
heredero.
Un auténtico billonario.
Pero había algo que echaba de menos;
Charlotte.
La chica con la que había hecho el amor justo antes de entrar en prisión.
La chica con la que acababa de encontrarme de nuevo.
La chica que guardaba un enorme secreto… un bebé.
Mi bebé.
Charlotte podía haber sido solo un rollo de una noche, pero pensaba en ella
de vez en cuando.
Ese cabello rojo cobrizo… Esos ojos azul oscuro… Esa cremosa piel salpicada
de pecas…
Quería formar parte de la vida de nuestra hija.
Pero los viejos hábitos son difíciles de cambiar.
¿Un chico malo billonario como yo puede ser un buen padre? ¿Un buen
marido?
Es hora de intentarlo…
Tabla de Contenidos
Un Hijo Secreto para el Amigo de mi Hermano
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capitulo Once
Capítulo Doce
Epílogo
OTRA NOVELA QUE PUEDE DISFRUTAR
La Amante Embarazada del Mal Jeque
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Un Hijo Secreto para el Amigo de mi Hermano
Por Ella Brooke
Todos Los Derechos Reservados. Copyright 2018 Ella Brooke .
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Capítulo Uno
Charlotte
—Oh, Dios mío. Es asombroso.
Había sido el centro de atención durante la última media hora, después de
todo, era mi vigésimo primer cumpleaños, así que me merecía ser el centro de
atención y estaba un poquito achispada. Así que cuando mis amigas fueron
quedándose mirando todas a la entrada del bar, no pude evitar protestar un
poquito.
—¡Eh! —me quejé. —Pensaba que estábamos aquí para celebrar mi
cumpleaños, no para fijarnos en los tíos del barrio.
—Oh, cariño, sabes que te queremos. —Mi mejor amiga, Angela Robinson,
apenas se volvió para mirarme. —Pero… bueno, echa un vistazo, ¿vale?
A regañadientes, miré hacia la puerta.
Y de golpe, me quedé sin respiración.
Maravilloso ni siquiera empezaba a describirlo. Ese hombre parecía hacer
salido directamente de mis fantasías. Alto, de hombros anchos y pelo negro
como el ébano, exudaba confianza, arrogancia, tanta que la gente le abría paso a
medida que avanzaba. Llevaba una chaqueta de cuero vieja y desgastada y unos
vaqueros raídos, y un casco negro de moto sujeto bajo un brazo.
Una de mis amigas silbó muy alto. Él miró hacia nosotras, con el desdén
pintado claramente en su rostro, el desprecio brillando en sus ojos marrón-
dorado, y casi me caí.
Porque yo había visto antes esos ojos ambarinos. Había soñado con ellos
cada noche durante años
—Hunter, —dije, muy bajito. —Es Hunter.
—¿Qué? —Angela volvió la cabeza rápidamente. —¿Conoces a ese tío,
Char?
Asentí.
—Era el mejor amigo de mi hermano. En el instituto eran inseparables. De
todas formas, es un Kensington. El hijo mayor, de hecho.
Los Kensington eran los propietarios de la empresa que empleaba a más
gente en la pequeña ciudad de Pinecone, Virginia. Kensington Media era un
grupo empresarial que había crecido rápidamente, y aunque la compañía en ese
momento tenía la sede central en Washington DC, todavía tenían sucursales en
Pinecone. Puesto que eran una familia de billonarios, ninguno de los Kensington
solía frecuentar bares cutres, así que, realmente no era sorprendente que Angela
no conociera a Hunter. Él no era del tipo que se mezclaba con la gente normal, a
excepción de mi hermano. De hecho, solo había ido al instituto público local
porque le habían echado de cada colegio privado del estado.
—Guau. —Angela abrió mucho los ojos. —¿Crees que se acuerda de ti?
Recuerdo el aspecto que tenía la última vez que él me vio: flacucha, dentuda
y con un pelo naranja como de zanahoria. Había mejorado un poquito desde
entonces, con ayuda de la adolescencia y un ortodoncista realmente bueno, y me
gusta pensar que no recuerdo mucho a mi yo de los doce años.
—No creo.
—No importa, —decretó Angela. —Te lo has pedido, chica.
Hubo murmullos de protesta en el grupo, pero Angela los acalló con firmeza.
—Ella le conoce, así que tiene prioridad. Además, es su cumpleaños. Y ese
tío es el mejor regalo que una chica pudiera pedir. ¿Tengo razón?
Todas las chicas asintieron y se rieron y me tomé en serió la sugerencia. Por
lo general, no me habría sentido inclinada a arrojarme en los brazos de un
extraño en un bar, ni siquiera un extraño maravilloso y de poderosos músculos,
pero este no era cualquier tío, en realidad. Era Hunter Kensington, el chico malo
del instituto de Pinecone… y el hombre con el que había soñado casarme desde
que estaba en sexto.
En cualquier caso, estoy estupenda, y me lo dije a mi misma; había
abandonado mis vaqueros y camiseta de la universidad habituales para salir con
las chicas, y mi cuerpo (que ya no es flacucho) estaba envuelto en un vestidito
negro un poco demasiado ajustado, cortado de manera que mostraba mi pecho y
mis piernas. Además, los dos vasos de sangría que había bebido me dieron un
pequeño empujón de valor que normalmente no habría tenido.
—De acuerdo, —asentí finalmente, deslizándome fuera del reservado. —Voy
a desenvolver mi regalo.
Los aullidos y abucheos me siguieron mientras cruzaba la atestada sala.
Hunter se había instalado cómodamente en el bar, parecía que pasaba todo el
tiempo en bares cutres, más que en el club de campo en el cercano Richmond.
Haciendo acopio de valor, me instalé en el taburete junto al suyo. Se había
quitado la chaqueta para mostrar una camiseta negra, y era tan esbelto y
musculoso como un felino selvático, con ojos a juego. La gente siempre le había
comparado con una pantera, y ahora sabía por qué.
—¿Qué tal? —dije. Intenté poner una voz seductora, pero la mirada divertida
que me dirigió me dijo que no lo había conseguido. Bueno, era una estudiante
universitaria ocupada y no pasaba mucho tiempo ligando con chicos. De hecho,
nunca había….
Bueno. Como he dicho, estaba ocupada.
—Hola. —Paseó la mirada sobre mí y la mirada impresionada de sus ojos
ambarinos me dejó sin aliento. No había duda de que le gustaba lo que veía. —
¿Me importaría que te invitara a una copa?
—Me encantaría tomar una copa. —Le dediqué la sonrisa más sexy que
pude. —Estoy sedienta.
—Apuesto a que lo estás. Pareces del tipo sediento. ¿Qué bebes, cariño?
—Sangría.
—Eso es de chics. ¿Qué tal algo un poquito más potente?
—Me encantaría algo un poquito más… masculino, —dije, y me encantó ver
que sus ojos se abrían mucho. Pero se recuperó rápidamente.
—¿Qué tal un whisky?
—Suena genial. —Nunca lo había tomado, pero al menos lo había oído
mencionar.
Le hizo una señal al camarero, y en un momento dos chupitos de whisky se
materializaron delante de nosotros, servidos de una botella de la marca
Lagavulin. El whisky tenía un tono de ámbar ligeramente más oscuro que sus
ojos y parecía delicioso. Él se llevó el vaso a los labios y lo vació con un
movimiento rápido, y yo intenté imitar lo mejor posible su ensayado
movimiento.
Un segundo más tarde estaba tosiendo y escupiendo, con los ojos llorosos y
la garganta ardiendo.
Él estalló en risas.
—Quizá no estabas preparada para algo tan masculino, —dijo entre
carcajadas.
Escupí un momento más, después me sequé los ojos (gracias a Dios por la
máscara de pestañas resistente al agua) y levanté la mirada hacia él. Sentía como
si el whisky estuviera quemándome el esófago hasta agujerearlo, pero estaba
decidida a no dejarle ver mi incomodidad. —dije,
—Créeme, —dije, inclinándome hacia delante y poniendo una mano en su
antebrazo, sintiendo el calor de su piel, la solidez de sus músculos. Me picaba la
mano de ganas de tocarle más. —Estoy lista.
Al estar tan cerca, olía increíblemente masculino, como a calor y cuero, con
un toque de algún jabón o colonia que hacía que oliera como una brisa invernal.
Realmente nunca había tenido tiempo de estar con chicos en el instituto o la
universidad, y nunca me había preocupado demasiado. De hecho, me había
preguntado más de una vez si no sería asexual, porque los chicos nunca habían
supuesto una prioridad para mí. Pero estaba descubriendo de golpe que, de
hecho, era un ser sexual. El calor palpitaba entre mis muslos, una sensación
embriagadora que raramente había sentido antes.
Bajó la mirada hacia mí, sus largas y negras pestañas bajando y velando el
brillo de sus ojos.
—Soy Hunter—dijo él, con voz profunda y oscura. —¿Cómo te llamas,
cariño?
—Llámame Char, —dije.
***
Hunter
Mierda.
Cuando la preciosa pelirroja se encaramó al taburete junto al mío en el bar,
tuve la extraña sensación de que la conocía de alguna parte. Algo en sus ojos
oscuros y su pelo como un atardecer había tocado un acorde de tenues recuerdos
enterrados profundamente en mi interior. Pero no había sido capaz de unirlo todo
en mi mente hasta que me dijo su nombre.
Char, maldita sea. Era la hermana pequeña de Jacob Evans, Charlotte. Jacob
había sido mi mejor amigo en el instituto, y la última vez que había visto a
Charlotte, era una cosita pequeña y flacucha, con unos dientes que necesitaban
realmente una ortodoncia y un pelo naranja que se disparaba en todas
direcciones, como si no tuviera ni idea de qué era un peine. Era difícil imaginar
que aquella niña torpe se había crecido para convertirse en esta increíble criatura.
Miré hacia atrás, a la mesa adornada con globos de “Feliz 21º cumpleaños”,
hice las cuentas en mi cabeza y suspiré. Todo tenía sentido.
Lo que era una auténtica pena.
—Charlotte, —dije, haciendo conscientemente que mi voz cayera en el tono
frío que utilizo con los criados y los subordinados. —No te había reconocido al
principio.
—Yo te he reconocido. —Ella me sonrió, mostrando una dentadura blanca y
perfecta. Algún ortodoncista había hecho un trabajo realmente bueno con ella.
—En el momento en que entraste.
Sus dedos, largos y esbeltos, terminados en unas uñas cortas pintadas de rosa
pálido, apretaron mi brazo y mis pelotas automáticamente se tensaron en
respuesta. Podía ser la hermana pequeña de Jacob, pero también era una mujer
condenadamente sexy.
—¿No ibas a ir a la universidad en alguna parte? —Conscientemente, había
intentado no estar pendiente de Jacob y su familia, considerando lo mal que
había ido todo entre nosotros, pero Pinecone es una ciudad pequeña, y la gente
hablaba.
—Ajá. A la UVa. Estoy estudiando periodismo.
Ella sonrió inocentemente, pero, a mi pesar, estaba impresionado. La
Universidad de Virginia era una de las mejores universidades públicas del estado
y si ella había entrado, obviamente debía ser una jovencita bastante inteligente.
Lo que no era una sorpresa, en el instituto a Jacob le había ido muy bien,
mientras que yo había ido a trompicones.
Es cierto que mis tropiezos probablemente tuvieran menos que ver con mi
falta de inteligencia que con el hecho de que estuviera todo el tiempo haciendo
que me expulsaran de la escuela, por no mencionar el hecho de que sacaba de
sus casillas constantemente a todos mis profesores. Es difícil tener unas notas
decentes cuando todos los profesores te detestan. Pero, aun así.
—Bueno. —Aparté el brazo y me aclaré la garganta torpemente, sintiéndome
de nuevo como un chaval de instituto. Normalmente no tengo problemas en
rechazar a las mujeres, pero algo en ella hacía difícil decirle que no. Su sonrisa
era tan dulce, simplemente. —Encantado de verte otra vez, Charlotte. Eeeh…
Char. Creo que es mejor que me vaya.
Levantó la mirada hacia mí con expresión esperanzada.
—Acabas de llegar.
—Sí, bueno, no estoy buscando problemas. Y tú parece que puedes
convertirte en un problema para mí, niña.
Sus ojos azul oscuro, como el cielo al atardecer, se llenaron de dolor, y
estaba casi seguro de haber visto temblar su labio.
—No soy una niña, —dijo suavemente, y con bastante seguridad, oí un leve
temblor en su voz. —Y nunca he causado problemas, a nadie. Pero te miro, y
creo que es posible que me gustara empezar.
Su tono suave y sincero hizo que quisiera decir que sí en lugar de no, y
decidí que tenía razón, necesitaba salir de allí urgentemente. Me puse de pie,
tratando de intimidarla con mi estatura. Ella también se puso de pie, y la parte
superior de su cabeza apenas llegaba a mi barbilla a pesar de los tacones de
aguja que llevaba. Pero aun así no parecía intimidada, sino decidida.
—Me voy, —la informé.
—Me voy contigo, —dijo ella.
En la parte de atrás del bar, pude oír a sus amigas animándola y me irritó.
¿Entonces, qué era yo para ella? ¿Un trofeo que embolsarse? ¿Un premio que
ganar? Siendo un Kensington, y un hombre razonablemente guapo, por desgracia
estaba acostumbrado a que las mujeres me trataran de esa manera, pero nunca
me había cabreado. No me importaba que me trataran como un trozo de carne.
El hecho de que yo tratara habitualmente a las mujeres de la misma manera
era irrelevante.
Enfadado, me puse la cazadora, me metí el casco bajo el brazo y me dirigí
hacia la puerta, sin molestarme en mirar si me estaba siguiendo o no. Cuando el
frío aire del exterior me golpeó en el acalorado rostro, suspiré con alivio. Hacía
más calor en ese bar de lo que había notado.
O puede que solo fuera que Char me calentaba.
Parte de mi quería quedarse para llegar a conocerla mejor, pero una parte
mayor y más sabia pensaba que era condenadamente mejor escapar mientras la
huida fuera posible. Me dirigí hacia mi moto, una Harley clásica que tenía más
años que yo, pero bastantes más, pero antes de llegar, su mano se cerró en torno
a mi brazo.
Pesaba unos cuarenta y cinco kilos más que ella y podía haber seguido
andando, pero no lo hice. Lentamente, me di la vuelta.
En la oscuridad, sus ojos eran como el cielo nocturno, oscuro y misterioso.
Me estaba mirando, los labios entreabiertos, y quería…
Oh, diablos, la deseaba. No tenía ningún sentido intentar negarlo. Quería
rodearla con mis brazos, estrecharla contra mí y hacer chocar mis labios contra
los suyos. Quería tomarla, justo ahí y en ese momento, sin importarme quién
pudiera vernos, sin importarme mi larga y tormentosa historia con su hermano
mayor. A pesar del hecho de que Jacob probablemente me hubiera dado caza y
me hubiera matado después. La deseaba como un adicto ansía un chute, con un
anhelo salvaje e indomable.
Y sabía que no tenía fuerza para decir que no al esperanzado ruego de esos
ojos.
—Vamos, —dije bruscamente. La tomé de la mano y tiré de ella hacia el
callejón que había tras el bar.
Había calma y oscuridad en el callejón, los ladrillos ascendiendo a ambos
lados como si fueran las paredes de un cañón. Había algo en el aire que
anunciaba que estaba llegando el otoño, pero entre los edificios no hacía viento,
así que el fresco de la noche era tolerable. La única luz venía de las estrellas que
lucían apretadas, visibles en el hueco entre los edificios, y un rayo de luna. Podía
haber sido casi romántico, si no hubiera sido por las latas de cerveza, las bolsas
de patatas vacías y otras basuras tiradas por el asfalto. Em ese momento, lo
mejor que podíamos decir es que no estábamos cerca de los cubos de basura, así
que no olía demasiado mal.
Y estaba escondido.
Bajé la mirada hacia ella. Me estaba mirando fijamente, sus ojos llenos de
algo que parecía felicidad, su boca curvada en una suave sonrisa.
—¿Quieres hacer esto de verdad, Charlotte?
—Llámame Char, —murmuró. —Y sí, quiero hacerlo. Te deseo, Hunter.
Era la primera vez que decía mi nombre esa noche y, al oírlo – suave,
susurrante, seductor – se prendió fuego en mi interior. Sabía que debía decir que
no, sabía que era joven e inocente y probablemente no sabía exactamente donde
se estaba metiendo. Y, sin embargo, la empujé para apoyar su espalda sobre la
pared de ladrillos, sin demasiada suavidad, y puse una mano a cada lado de ella.
Suspiró, como si lo hubiera estado esperando mucho tiempo, e inclinó la
cabeza hacia atrás. Me incliné, acortando la distancia entre nosotros y rocé sus
labios con los míos.
Sus labios eran como terciopelo, suaves, tiernos y se dejaba besar. Por un
momento, fue perfecto. Pero entonces, sus manos subieron y se agarró a mi
cazadora, poniéndose de puntillas para tratar de profundizar el beso, todo por sí
misma. Era exigente, pero torpe.
Nuestros dientes se chocaron, e hice un gesto de dolor, apartándome,
mientras una increíble sospecha se apoderaba de mí.
—¿Has besado antes a alguien, Char?
Incluso con la tenue luz de las estrellas sobre nosotros, pude ver que se
estaba ruborizando. Pero, aunque estaba claramente avergonzada, sostuvo mi
mirada con firmeza.
—Nunca he querido besar a nadie que no fueras tú, —susurró, y en ese
instante, me perdí.
Me incliné de nuevo, tomando su boca con mayor firmeza. Sus labios se
abrieron, pero esta vez me permitió llevar la iniciativa, me dejó enseñarle qué
hacer y cómo hacerlo. Mi lengua pasó cuidadosamente sobre la delicada carne
de sus labios y después se deslizó en su boca, y sentí su escalofrío. Sus manos
dejaron mi chaqueta y se deslizaron hacia arriba, tentativamente, hasta que al
final sus suaves dedos se deslizaron profundamente en mi pelo.
Era mi turno de estremecerme.
La besé más profundamente que antes, dejando que mi cuerpo presionara
contra el suyo. Yo ya estaba duro, caliente y doloroso y encontraba alivió
apretando en su suave y cálido cuerpo. Deslizó sus brazos alrededor de mmi
cuello instintivamente, rodeándome, y yo apreté más mis brazos en torno a su
cintura y la levanté contra la pared.
Sus largas y esbeltas piernas se envolvieron en torno a mis caderas, y me
permití inclinarme hacia ella, me permití moverme contra ella. No podía
haberme parado si hubiera querido hacerlo. Todavía llevaba puestos los
vaqueros, pero a través de la tela podía sentir que estaba caliente y húmeda y que
lo que yo deseaba con tanta fuerza tan solo estaba cubierto por la fina tela de
unas braguitas. Me pregunté si sus braguitas serían negras, a juego con el
vestido, me imaginé desvistiéndola para comprobarlo y el pensamiento de su
bella piel pálida vestida solo con la seda de la medianoche hizo que me
recorriera un estremecimiento.
Quería quitarle las bragas, desabrocharme los vaqueros y follarla allí, en ese
preciso momento. Pero un pensamiento inoportuno se abrió paso.
Si nunca ha besado antes a nadie, es virgen.
Siendo virgen, necesitaba que la trataran suavemente – necesitaba que le
estimulara los pezones, besando y lamiendo y chupando hasta que suplicara más.
Que bajara sobre ella, que estimulara su clítoris con la lengua hasta que estuviera
temblando, hasta que su cuerpo estuviera blando y húmedo y listo para mí. Era
hermosa, dulce e inocente; y su primera vez no debería ser un polvo rápido y
duro contra una rugosa pared de ladrillos.
Pero sus dedos se aferraron a mis hombros, sus caderas girando hacia mí, y
no podía parar o, al menos, bajar el ritmo. Se había pegado a mi como una
estrella de mar, así que solté la mano de su cintura y tanteé sus braguitas,
quitándolas del camino. Ella bajó los pies al suelo por un momento y golpeó el
pequeño trozo de tela, pero en un momento ella se envolvió de nuevo en torno a
mí.
La sujeté con una mano y toqueteé mis pantalones con la otra,
arreglándomelas de alguna manera para bajarme la cremallera. Mis manos
temblaban y me sentí tan torpe y descoordinado como la primera vez que lo hice
con una chica. Lo que era ridículo. Yo era lo más alejado de un virgen. De
hecho, había tenido tantas mujeres que había perdido la cuenta.
Pero ninguna de ellas era esta mujer y quizá eso fuera lo que marcaba la
diferencia.
Empujé mis vaqueros y mis calzoncillos fuera del camino, apretándome
contra ella vigorosamente. Estaba caliente y húmeda y me encontré palpitando
contra ella con necesidad. Pero me obligué a esperar.
—¿Estás segura de esto, Char?
Esta no era la forma en la que debería ir la primera vez, y lo sabía. Ella
debería tener velas aromáticas, sábanas de seda y música romántica y suave. En
cambio, estaba perdiendo su virginidad en un callejón oscuro, con botellas de
cerveza vacías y todo tipo de basura esparcido a nuestro alrededor. Ni siquiera
era un poco romántico, era culpablemente consciente.
Pero ella se apartó y me miró directamente, su mirada firme y tranquila.
—Estoy segura, —dijo ella.
Gruñí y me moví ligeramente, presionando en su interior. Ella gimió, su
cabeza cayendo contra los ladrillos y sus manos agarraron mi cazadora de cuero.
En la agonía de la pasión se veía bella, los labios entreabiertos, sus ojos
cerrándose. La sensación de ella era increíble, ajustada y húmeda y caliente, y
paré con la cabeza de mi verga justo en su interior, tratando de darle la
oportunidad de ajustarse.
Pero ella gimió y se retorció y se agarró a mi chaqueta con más fuerza,
dejando claro que no quería esperar.
Mi espalda se dobló a pesar de mis buenas intenciones, y me sumergí en su
suave carne un poco más. Se sentía tan bien, tan condenadamente bien que no
podía haber parado incluso si hubiera querido. No creía que pudiera parar nunca.
Quería follar con esa mujer cada día del resto de mi vida.
No, quería hacerle el amor. Para siempre.
Ella se contoneó, tratando de tomar más de mi dentro de sí y le di lo que
quería, hundiéndome en ella profundamente. Otro empujón y estuve dentro de
ella hasta las pelotas, mi verga palpitante completamente hundida en su suave
calor. Incliné la cabeza y apreté la cabeza contra su hombro, pasando apuros para
no moverme.
Durante un largo rato, permanecimos sin movernos, nuestros cuerpos
fusionados. Pero entonces ella empezó a contonearse de nuevo y ese ligero
movimiento se llevó lo que quedaba de mi autocontrol. Me retiré casi todo el
camino y después empujé fuerte.
Ella se quejó, un sonido corto y casi angustioso, y me quedé helado.
—¿Todo bien?
—Bien, —susurró ella, —bien, no pares, no pares…
Después de asegurarme de que no la había hecho daño, empecé a moverme
dentro de ella, firme y constante y con cada embestida ella gritaba de placer. Me
preocupé por atraer público – no me preocupé por mí personalmente, pero ella
probablemente no quería verse en los periódicos al día siguiente —y atrapé su
boca con la mía, besándola profundamente.
No solía besar a las mujeres con las que follaba. No mientras las estaba
follando, al menos. Pero su boca era tan dulce que no podía detenerme. Y, de
alguna manera, besarla lo hizo más intenso, más profundo. Me sentí tan
extrañamente conectado a ella que me dolía el pecho.
Quería que hacer el amor con ella durara para siempre, pero era demasiado
bueno. Por momentos, jadeaba en su boca, mis caderas titubeando mientras
luchaba para retrasar mi clímax. Luché por mi autocontrol y, por un momento
creí que lo había recuperado.
Pero entonces ella gimió en mi boca, toda temblorosa, y una vez más estuve
perdido.
Mi orgasmo se estrelló sobre mí, ola tras ola de éxtasis, inundándome, y
derramé mi semilla dentro de ella, gimiendo sin poder contenerme. Por fin mi
clímax terminó en un suave oleaje de placer y me derrumbé contra ella,
aplastándola entre mi cuerpo y la pared.
Ella no parecía tener nada que objetar. Enterró la cabeza en mi cuello y pude
sentir el suave roce de su aliento contra mi piel. Sus dedos acariciaron mi pelo,
muy suavemente.
Tampoco he sido nunca de acurrucarme después del sexo. Habitualmente,
todo lo que buscaba en el sexo era un placer superficial, más que cualquier tipo
de interacción más profunda. Pero por alguna razón, con ella, todas mis reglas de
vida se olvidaban. Suspiré, dejándola acariciar mi pelo y besándola ligeramente
en la parte superior de su cabeza.
Quería quedarme allí el resto de mi vida, ser parte de ella para siempre, pero
la biología estaba en mi contra y finalmente, mi verga se ablandó y se deslizó
fuera de ella. Ella hizo un pequeño ruido de decepción, pero me subí y abroché
los vaqueros. Ella se alisó la falda hacia abajo, decidiendo sabiamente abandonar
sus braguitas en el mugriento asfalto del callejón.
La miré. Su cabello estaba desordenado, su pintalabios se había corrido y el
maquillaje de sus ojos estaba borroso. Y, aun así, era lo más bonito que jamás
había visto. Parecía feliz y tenía los ojos brillantes, los labios hinchados por mis
besos, y si piel brillante con el rubor del placer que le había dado.
Pensé en mi semen mezclado con su humedad en el interior de sus muslos y
el calor me recorrió como una flecha. No pude empalmarme de nuevo tan
pronto, pero el pensamiento de llenarla al correrme hizo que mi verga se
sacudiera. Quería hacerlo una y otra vez. Nunca había…
Oh, mierda. Nunca antes había olvidado ponerme un condón.
Tragué salive con incomodidad.
—Eeh, escucha, Char, en cierto punto olvidé, eeeh….
—Está bien, —dijo ella rápidamente. —Tomo la píldora.
Ella todavía no habría tenido sexo con prácticamente desconocidos sin
protección, pero no lo decía por eso. Puesto que yo había ido recientemente y
sabía que estaba limpio, no estaba demasiado preocupado por ello. Ella estaría
bien y yo también. Era una suerte que estuviera tomando la píldora porque solo
podía imaginar la furia de mi padre si dejara embarazada a una mujer tan de
clase media. Podía oír su voz en mi cabeza: “Un Kensington puede utilizar a las
mujeres, Hunter, ¡pero debe elegir una dama!”
Sí, sería infernal enfrentarse con el viejo si alguna vez dejara embarazada a
alguien como ella. Aunque tenía veintisiete años, todavía no disfrutaba riñendo
mi padre. Había tenido suficientes peleas con él para que toda una vida. Por eso
era tan bueno que ella hubiera tenido cuidado, aunque tenía que admitir que la
idea de dejarla embarazada hizo que algo dentro de mi pecho se inflamara,
haciéndome sentir caliente y hambriento de una forma que no podía entender
totalmente.
Lo que era raro. Era el chico malo de la familia Kensington, la clase de tío
que echa un polvo y no quiere compromiso, y nunca había pensado en sentar la
cabeza, casarme y tener hijos. No hasta este preciso momento.
Char estaba teniendo todo tipo de extraños efectos sobre mí. Pero,
curiosamente, no me importaba.
—De acuerdo, —dije, y después dudé. Este era el momento en el que
normalmente me iba sin mirar atrás. Pero no podía hacerle eso a Char. No
porque fuera la hermana pequeña de Jacob, sino porque era…
Bueno, era especial de alguna manera.
—¿Puedo llamarte mañana?
Ella parpadeó, levantando la mirada hacia mí. Vi una expresión dubitativa
cruzar su rostro, y lo entendí bastante bien, todo el mundo sabía que no era la
clase de tío que se implicaba en una relación de verdad. Y la verdad es que no
había sido esa clase de tío… hasta esa noche.
Fuera lo que fuera lo que vio en mi cara debió darle seguridad, porque sonrió
ligeramente.
—Me gustaría.
Añadí su número a mis contactos, recogí el casco de la moto de donde había
caído (en un charco de algo que definitivamente no era agua de lluvia, ¡puaj!) y
bajé la mirada hacia ella.
—Buenas noches, Char, —dije.
Y entonces, espoleado por un extraño impulso, hice algo que nunca había
hecho con ninguna mujer.
Me incliné y la besé para despedirme.
***
El motor de mi Harley Shovelhead rugía mientras aceleraba colina arriba
hacia la enorme mansión Kensington, llamada simplemente (pero de forma
adecuada) Hilltop, que en inglés significa “En lo alto de la colina”. Mi madre
había muerto años atrás, y aunque no era rico por derecho propio, sin embargo,
había tenido suficiente dinero propio para vivir donde yo quisiera. Y todavía
seguía viviendo en la casa en la que me había criado. Le decía a todo el mundo
que era porque me gustaba tener todo un ejército de criados a mi disposición,
pero sospechaba que se debía más a que, después de todos estos años, todavía
me esforzaba patéticamente por ganar la aprobación de mi padre, hacer que me
viera como algo más que la oveja negra de la familia.
Nada que yo fuera a admitir delante de nadie.
Particularmente no delante de papá.
Mi hermano menor, Austin, vivía también en la mansión, pero él se sentía
más inclinado a pasar su tiempo en Nueva York o Washington DC. Lo que estaba
bien, porque Austin y yo no nos llevábamos bien. Mientras que yo siempre había
sido el chico malo, metido en problemas más tiempo del que no lo estaba, él era
la estrella brillante de la familia, incapaz de hacer algo mal a los ojos del mundo.
Había triunfado en el colegio privado, llevando los cursos superiores con
facilidad al mismo tiempo que era el quaterback estrella, y después había ido a
Harvard, donde se graduó summa cum laude hace un par de años. Era adorado
universalmente y la prensa le adoraba, le llamaban Au el chico de oro.
Aborrecía a ese chaval.
Aparqué mi Harley en su plaza habitual en el enorme y calefactado garaje
que se levantaba detrás de la mansión, y después me dirigí a la parte trasera de la
casa. Al entrar en la casa, vi que había tres policías en la cocina. No había visto
sus coches porque había llegado a los terrenos desde la entrada trasera.
Una mano fría me apretó el pecho. Mierda. Austin había ido en el avión
privado a Nueva York; ¿le habría pasado algo allí? ¿Se habría estrellado el
propio avión? Todo tipo de escenarios horribles, terroríficos pasaron por mi
cabeza, haciéndome difícil respirar. Sí, estaba claro, no podía soportar al
chaval… pero era mi hermano y no quería que le pasara nada.
Oí de nuevo la voz de mi padre en mi cabeza: “Para un Kensington, la
familia es lo más importante.”
Y por Dios que era cierto. No importa lo irritante que fuera Au, le hubiera
protegido con mi vida.
Me detuve en el umbral, sintiendo que el corazón me retumbaba con miedo.
Los policías se volvieron para mirarme, tan inexpresivos como si estuvieran
tallados en piedra.
—¿Va… va todo bien? —pregunté, odiando lo titubeante que sonaba. Pero
estaba preocupado por Au, maldita sea. —Mi… mi hermano… ¿está…?
Los policías intercambiaron miradas. Después uno de ellos dio un paso al
frente.
—Hunter Kensington, —dijo, —está usted detenido.
Capítulo Dos
Charlotte
—¡Mamaaaaaá!
Me quejé en mi almohada mientras la vocecita chillona me despertaba,
precisamente quince minutos de la hora en la que estaba puesta mi alarma. Era lo
mismo cada mañana. Mi hija no creía en permitirme dormir hasta el amanecer.
—Al menos ahora duerme toda la noche, —pensé mientras me esforzaba por
levantarme. —Por fin.
Me hubiera encantado tener la oportunidad de dormitar un poco más en mi
vieja cama blanca de cuatro postes, que elegí orgullosamente en una tienda de
muebles cuando tenía diez años. Por desgracia, Diana no aprobaba el servicio
lento y sus aullidos fueron creciendo de volumen. A regañadientes, conseguí
salir de la cama, recorrí el pasillo con ojos legañosos, abrí la puerta y planté una
sonrisa en mi cara.
—¡Buenos días!
Diana había cumplido dos años unos meses antes, y era una cosita pequeña y
delicada con un montón de rizos oscuros que tendían a enredarse por la noche.
Su pelo era casi negro, pero había reflejos cobrizos en él y sus ojos enormes eran
de un intenso color avellana. Ella me saludó con una sonrisa mucho más sincera
que la mía, mirándome encantada, como si no entrara tambaleándome en su
habitación medio muerta todas y cada una de las mañanas.
—¡Mamá!
La saqué de la cuna, planté un beso en su frente y la puse sobre el cambiador,
donde inmediatamente empezó a chillar y armar un escándalo como si la
estuviera matando. Todavía no mostraba interés por aprender a usar el orinal,
pero tampoco se preocupaba por tener el pañal limpio. Pero la alternativa era
inaceptable, así que hablé con ella suavemente, intentando calmarla antes de que
despertara a todo el barrio. Afortunadamente, vivíamos en el sótano de la vieja
casa en la que crecí, así que no había muchas posibilidades de que despertara a
mi madre o a mi hermano, cuyos dormitorios estaban en la segunda planta.
Con esa tarea completada, ambas nos dirigimos al piso superior para
desayunar. Para mí, dos tostadas con mermelada (nunca he sido capaz de
convencerme de comer más tan temprano, incluso cuando sabía bien que iban a
pasar muchas horas hasta la comida), y para ella, un vaso para bebé de zumo de
manzana, rodajas de plátano y un bol de cereales. Mientras ella estaba feliz y
entretenida con el desayuno, me escabullí al baño cercano a hacer pis y a
ponerme el uniforme azul, manteniendo la puerta abierta para poder echarle un
vistazo a la niña. (Cuando tienes un niño de dos años, la intimidad es uno de los
privilegios que sacrificas). Me había trenzado el pelo la noche anterior, después
de ducharme, así que realmente todo lo que tenía que hacer para estar un poco
presentable era maquillarme un poco.
En breve, estaba sujetando a Diana en mi viejo y baqueteado coche familiar
y dejándola en la guardería (donde, como era predecible, chilló hasta que creyó
que dejaba de oírla, después inmediatamente salió corriendo con una risa alegre
a reunirse con sus amigos).
Por fin, me puse en camino hacia el trabajo.
—Llego tarde. Lo sé. Lo siento. —Levanté las manos en un gesto de
disculpa mientras entraba en la cafetería. Pinecone era demasiado pequeño hasta
para tener un McDonald’s, pero como consecuencia la única cafetería que había
hacía su agosto con los desayunos. Ya había algunas personas sentadas a la
mesa, esperando impacientes a que les sirvieran, y mi jefe me miró fijamente
mientras entraba corriendo en la cocina. Howie era un hombre calvo y con
barriga, de cincuenta y tantos años, cuya perpetua cara de malhumor escondía un
corazón tierno y cariñoso, y me echó una mirada oscura.
—Te despediría si pudiera encontrar a otra que trabajara para mí.
—Dimitiría si pudiera encontrar otro trabajo, —repliqué. Me lavé las manos
en el lavabo, me puse otra sonrisa y me dirigí al comedor a tomar nota de los
pedidos.
Pinecone nunca cambia, y cada día se parece mucho al anterior. Pasé la
mañana saludando a los habituales, además de a algún rezagado ocasional de la
cercana autopista interestatal, y tomando pedidos para huevos de todo tipo
(tiernos, revueltos, fritos…). La hora del desayuno se convirtió en la hora de
comer y los pedidos cambiaron a diferentes tipos de hamburguesas con queso, y
todavía no había tenido un respiro. Me estaban matando los pies y estaba muerta
de hambre, pero continuaba sonriendo.
Hasta que entró Hunter Kensington.
No le había visto en tres años largos, y de repente recordé a la fuerza la
noche de mi vigésimo primer cumpleaños, cuando él irrumpió en el Bar Zippo’s,
vestido con una cazadora de cuero y exudando actitud de malo. Recordé el jadeo
de Ángela: “Oh, Dios mío, es asombroso”.
Y todavía lo era, aunque estaba más delgado, su cara más afilada que antes.
Caminaba cansado, lentamente, sin el orgullo arrogante que antes había
impregnado todos sus movimientos. Parecía cansado, puede que incluso
derrotado. Y no era sorprendente, dado lo que le había ocurrido.
Pero incluso aunque no tuviera la arrogancia que tuvo una vez, no mostraba
ningún interés en la gente corriente. Incluso cuando comenzaron los susurros, ni
siquiera se molestó en mirar alrededor. Simplemente se sentó a una mesa y
espero con paciencia, triste y cansado.
—Oh, Dios mío, —pensé desesperadamente. —Está aquí para verme. Por fin
ha salido de la cárcel… y sabe lo de Diana. Lo sabe.
Y, por supuesto, ya que es un Kensington, querrá alejarme de mi hija. La
familia lo es todo para los Kensington, y todos tienen las ideas muy claras en lo
que respecta a educar a los hijos. Y ser criada por una camarera que ni siquiera
puede arañar suficiente dinero para un apartamento propio, definitivamente no
sería aceptable desde el punto de vista de los Kensington.
Mi corazón empezó a retumbar, y pensé hacer algo que nunca había hecho
antes en mi vida: huir. Si salía corriendo de allí en ese momento, antes de que él
me viera, si corriera por la puerta de atrás y entrara en mi viejo Honda, si
recogiera a Diana de la guardería y simplemente aceleráramos al salir de la
ciudad y nunca miráramos atrás…
Pero no podía. Era una madre soltera que trabajaba de camarera, y no tenía
suficiente dinero para pagar la compra la mitad del tiempo, como para escapar
por todo el país. Y no podía huir. Mi familia estaba allí y, además, tenía una hija
que dependía de mí. Necesitaba desesperadamente conservar mi trabajo.
Despacio, con el pulso retumbando en los oídos, me dirigí a su mesa.
***
Hunter
La cafetería tenía pinta de ser malísima, pero tenía que ser mejor que la
comida de la cárcel.
Dejé escapar un suspiro mientras me sentaba a la mesa, esperando con una
ligeramente disimulada impaciencia. Solo había una camarera en ese antro, una
mujer joven con pinta de agobiada que parecía que quería estar en cualquier otra
parte. No podía culparla. Yo tampoco quería estar allí.
La verdad es que estaba cabreado. Mi hermano pequeño, Austin, sabía que
me iban a poner en libertad ese día. Había cumplido mi sentencia, pagado mi
jodida deuda con la sociedad, y ahora, al fin, era un hombre libre. Au debería
haber mandado una limusina a recogerme, o al menos un maldito taxi. En
cambio, había tenido que volver por mi cuenta.
Era billonario, por el amor de Dios, y me habían obligado a caminar
kilómetros en el frío de febrero antes de que alguien sintiera pena de mí y me
recogiera. Quién me recogió había sido un camionero con el que escuché al
jodido Brad Paisley todo el camino hasta allí. No me había puesto del mejor
humor posible.
Así que, cuando la camarera se acercó por fin a mi mesa, estaba más que
dispuesto a arrancarle la cabeza de un mordisco.
Llevaba un uniforme azul sin forma que ocultaba su cuerpo de forma eficaz,
y una gorra que tapaba una gran parte de su cara. Su voz era dulce, pero brusca.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Quiero una hamburguesa. Patatas. Una Coca-Cola, —contesté secamente.
—Por supuesto, señor. —Imprimió un énfasis ligeramente sarcástico a la
palabra “señor”, y decidí que no iba a dejarle una maldita propina. Y sí, estaba
siendo irracional, pero mi primer día de libertad ya apestaba y su actitud no me
ayudaba nada. —¿Algo más?
—No. Sólo traiga mi comida.
Ella se giró, su trenza rojiza colgando ligeramente tras ella. Su peculiar color,
cabellos como una puesta de sol, llamó mi atención y levanté la cabeza justo a
tiempo de echar un vistazo a su perfil. De repente me sentí como si el camión de
dieciocho ruedas en el que había llegado me hubiera atropellado.
—¿Char?
Ella miró hacia atrás, sin mostrar sorpresa en su rostro.
—Hola, Hunter, —contestó ella, su voz prácticamente monocorde. No estaba
emocionada por verme, eso estaba muy claro. Bueno, no me sorprendía. Después
de todo, era un criminal bastante famoso. No había esperado que nadie en
Pinecone se alegrara de verme, y menos aún la chica a la que me había follado
justo antes…
Traté de sacar esa noche de mi cabeza (con el limitado éxito habitual) y
levanté la mirada hacia ella, bebiéndomela. Dios, Char había cambiado desde la
noche de su vigésimo primer cumpleaños. Parecía cansada y, sin duda, más
vieja. ¿Qué diablos había pasado con la jovencita guapa y de ojos brillantes que
una vez fue? ¿Y por qué, entre todos los sitios del mundo, estaba trabajando en
esta cafetería asquerosa? ¿No había dicho que estaba estudiando en la
universidad para ser periodista? Las palabras que no tenía intención de decir
llegaron a mi boca, y las escupí más duramente de lo que era mi intención.
—¿Qué coño estás haciendo aquí?
—Trabajar. —Su tono tenía poco de amistoso, definitivamente. —Si me
dejas ir, podré pedir tu comida.
Se volvió sobre sus talones y algo similar al pánico me recorrió. Se estaba
girando, dándome la espalda y no podía soportar dejarla ir otra vez. Me incliné y
sujeté su brazo, manteniéndola en el mismo sitio. Giró la cabeza bruscamente,
con los ojos centelleantes.
—Deja que me vaya. Ahora.
Dejé que se fuera porque, sinceramente, no había sido mi intención sujetarla
de esa manera. Había sido más algo instintivo que un movimiento deliberado. De
algún modo, no quería que se fuera. Después de tres años fantaseando con esa
noche que pasé con ella, parecía casi un milagro que estuviera allí, prácticamente
la primera cosa que veía al llegar a casa. Era como si el destino nos atrajera de
alguna manera el uno hacia el otro.
Pero si ese era el caso, a ella claramente no le importaba nada el destino.
Cuadró los hombros, levantó la barbilla y se fue, ofendida.
No quería hablar conmigo.
Claro que no quería. Esa era, ya lo sabía, la reacción que podía esperara de
todo el mundo en Pinecone. Joder, probablemente de todos en Estados Unidos.
Incluso aunque hubiera aceptado un proceso sin disputa1, y no hubiera habido
juicio ni mucha tragedia o suspense respecto a mi destino, las noticias de mi
supuesto crimen se habían publicado en los periódicos de costa a costa. Ese era
el precio de ser un Kensington.
Todo el mundo sabía que era un criminal y todo el mundo iba a escupirme
por ello, durante el resto de mi vida. Incluso Char. La ira, el calor y la falta de
reflexión me recorrieron. Me puse de pie y miré fijamente la espalda que se
alejaba.
—¡Eh! —le grité.
Ella me devolvió la mirada por encima del hombro y saqué del bolsillo la
pequeña cantidad de dinero que me habían dado al salir de la cárcel, encontré un
billete de cinco dólares y lo arrojé sobre la mesa. Estaba famélico y no había
comido nada decente en dos largos años, pero no iba a sentarme en esa pequeña
cafetería cochambrosa y permitir que me mirara de esa forma, como si yo fuera
algo desagradable que tuviera que rascarse del zapato. Prefería estar hambriento.
—Muchas gracias por tu servicio, —gruñí. Su cara se volvió roja y supe que
había entendido perfectamente a lo que me estaba refiriendo. Entonces cuadré
los hombros y salí dando zancadas de la cafetería, con la furia y el dolor
amotinándose en mi interior.
Maldita sea. Maldita sea. Era un Kensington. Incluso aunque hubiera pasado
los dos últimos años en la cárcel, ¿cómo se atrevía a mirarme así? ¿Cómo se
atrevía?
La rabia surgió en mi interior, junto con la humillación. De repente, lo único
que quería era irme a casa desesperadamente, esconderme detrás de los blancos
muros de ladrillo de Hilltop, sonde nadie pudiera burlarse de mí. A pie, me dirigí
a la mansión de la colina, tratando de dejar la cafetería, y el recuerdo de sus ojos
azul oscuro detrás de mí lo antes posible.
Con suerte, nunca vería a Char Evans de nuevo.
***
Charlotte
—Se rumorea por ahí que Hunter Kensington ha vuelto al pueblo.
Al oír las tranquilas palabras de mi hermano, casi me atraganto con mis
espaguetis. Levanté la mirada con prisa culpable, pero Jacob hablaba con mi
madre, no conmigo. Por supuesto. Ella siempre había tenido debilidad por
Hunter, y a veces pensaba que ella también era su punto débil. Al menos, él
siempre controlaba sus juramentos y groserías cuando ella estaba cerca, y la
trataba con mayor respeto que a ningún otro adulto en el pueblo.
Incluso siendo una niña, yo sospechaba que Hunter venía a nuestra casa con
frecuencia no solo porque le tuviera afecto a Jacob, sino porque mi madre había
llenado un hueco en su vida, un hueco que había estado vacío desde la muerte de
su propia madre.
—Oh, qué bien. Pobre chico, haber estado encerrado así durante dos años.
No puede haber sido fácil para él.
—Madre, por favor. No es un pobre chico. Estafó a la organización benéfica
que fundó su familia, ¿recuerdas? —dijo Jacob, poniendo los ojos en blanco.
—No me lo creo, y tú tampoco deberías hacerlo. —La voz de mi madre era
suave y amable, pero detrás de ella había una nota de absoluta certeza. Ella
siempre había como el acero, aunque envuelto en una suave capa de nube de
caramelo. Quizá había tenido que ser así para criar a dos hijos sola después de
que muriera mi padre. —Hunter nunca robaría a una organización benéfica. No
me importa lo que determinara ese estúpido juicio. Simplemente no es verdad.
Jacob suspiró. Era un chico listo que había estudiado empresariales en la
Universidad William and Mary, pero por alguna razón que solo él conocía no
había elegido un trabajo de elevada remuneración en la gran ciudad. En cambio,
había vuelto a casa, a Pinecone y abierto una tienda de libros de segunda mano,
entre todas las cosas. En un mundo lleno de libros electrónicos, las librerías
raramente producían beneficios y, en cualquier caso, Pinecone no estaba repleto
exactamente de apasionados lectores. A duras penas ganaba suficiente para
sobrevivir, aunque al menos tuvo su propio apartamento hasta que se mudó de
nuevo a la casa de nuestra infancia para ayudar con Diana. Estaba agradecida,
pero sabía que estar con mamá todo el tiempo le crispaba. Ella todavía tendía a
tratarle como un adolescente, en lugar del adulto responsable en el que se había
convertido.
—Mamá, Hunter nunca fue realmente el buen chico que tú pensabas que era.
Incluso en el instituto, era un gilipollas.
—Jacob Evans. No toleraré esa clase de lenguaje en la mesa de la cena.
Mi hermano se pasó una mano con irritación a través de su corto cabello
rojizo, menos brillante que el mío, pero mucho más rojo de lo que él le hubiera
gustado que fuera. Cuando era adolescente, se había pasado horas delante del
espejo, lamentándose por el color de su pelo. Pero le pegaba. Era un chico
atractivo, y su pelo llamaba la atención. Lo que era el motivo, supongo, por el
que podía salir con una chica diferente cada semana, a pesar del limitado número
de mujeres solteras y disponibles en Pinecone.
—Pero es verdad, —dijo él, por fin. —Lo que me hizo, mamá, las cosas que
dijo…
—Era un adolescente, Jacob. Y estaba pasando un momento difícil. No le
guardes rencor.
Jacob soltó un bufido irritado y volvió a comer los espaguetis. Había
guardado rencor a Hunter durante mucho tiempo, más de diez años, y no parecía
probable que fuera a dejarlo en un momento cercano. Jacob también tenía el
corazón de acero.
Personalmente, estaba agradecida de que le hubiera distraído mamá. Jacob
no tenía ni idea de que Hunter Kensington era el padre de mi hija, y yo estaba
desesperada porque siguiera así. Considerando lo mucho que odiaba a Hunter, no
quería que lo supiera y nunca había dado ninguna pista sobre ello. De hecho,
había asegurado que el padre de Diana era un chico cualquiera de Washington
que había conocido en el bar la noche de mi vigésimo primer cumpleaños, que ni
siquiera sabía su nombre. Era mejor así. Jacob me había ayudado mucho con
Diana y no necesitaba saber que su padre era su peor enemigo.
Estaba más que un poco preocupada porque Hunter pudiera convertirse,
también, en mi peor enemigo. No estaba segura de por qué me había buscado en
la cafetería, y el hecho de que se hubiera ido tan deprisa parecía indicar que no
había sido a causa de nuestra hija. Parecía como si no tuviera ni idea de que
existía. Y además… bueno, era una enorme coincidencia que hubiera venido a la
cafetería en la que trabajo justo después de salir de la cárcel, ¿no?
No sabía qué pensar. Pero una cosa era segura, si Hunter todavía no sabía
nada de Diana, estaba destinado a saber de ella más tarde o más temprano. Y
entonces… entonces…
Bueno, entonces todo se iría al infierno. Decidí que la situación ya era lo
suficientemente complicada como para añadir a la mezcla el rencor de Jacob por
Hunter.
Llegué a la conclusión de que era más seguro no mencionar siquiera que
había visto a Hunter. Me metí en la boca otro tenedor de espaguetis y no dije una
palabra.

1
N. de la T. – La aceptación de un proceso sin disputa es una figura legal en Estados Unidos,
mediante la cual el acusado, sin declararse culpable o inocente, acepta la sentencia marcada por el juez sin
celebración de juicio.
Capítulo Tres
Hunter
Era estupendo estar en casa.
Con un vaso de whisky en la mano, me recliné en el lujoso sillón de cuero,
mirando a mi alrededor, a las paredes tapizadas de libros que llegaban hasta el
techo de seis metros de altura. Había crecido en Hilltop, una enorme mansión de
piedra que observaba Pinecone desde las alturas tan literalmente como los
Kensington lo hacían figuradamente. Cuando era niño, esta biblioteca había sido
el santuario de mi padre, pero, cuando él se iba, yo siempre reptaba al interior de
la habitación y me acurrucaba en el sofá a leer. No lo admitía muy a menudo,
porque no formaba parte de mi imagen pública de chico malo, pero adoraba los
libros. Solo Jacob había conocido mi culpable secreto; a ambos nos había unido
en primer lugar nuestro amor por los libros.
Después de más de dos años en prisión, estaba increíblemente agradecido por
el cómodo entorno, y el ejército de criados que aparecían junto a mí en un
segundo para proporcionarme cualquier cosa que necesitara. Es cierto que esa
prisión de mínima seguridad no había sido tan espantosa como las que
experimentaban muchos criminales convictos, pero tampoco había sido
agradable.
Pero en casa… bueno, esa noche me había dado un banquete con gambas,
vieras y cangrejo azul y, ahora estaba saboreando un vaso de bourbon Pappy Van
Winkle. Cerré los ojos, sintiendo el calor de la chimenea, la suavidad como de
mantequilla de la tapicería, inhalando las esencias mezcladas del humo de
madera y de cientos y cientos de libros encuadernados en piel.
Por fin, estaba en casa. Y estaba agradecido.
La casa, sin embargo, parecía extrañamente vacía sin el viejo, pensé,
abriendo los ojos y mirando alrededor. Mientras estaba en la cárcel, papá había
fallecido y no estaba seguro de cómo me sentí al respecto. Por un lado, mi padre
controlador, exigente y manipulador, me había irritado hasta lo más profundo, lo
que probablemente fue una de las razones que me hizo ser tan rebelde en mi
juventud. Había tenido muchas cosas contra las que rebelarme.
Por otro lado… bueno, había sido mi padre. Lo que probablemente tenía que
ver con el dolor que sentía en el pecho.
De cualquier manera, papá había muerto (aparentemente, mientras engañaba
a su novia con una modelo más nueva y más joven) y me convirtió en billonario
por derecho propio. Había heredado grandes cantidades de dinero e inversiones,
por no mencionar la gran cantidad de acciones de Kensington Media.
Probablemente debería estar haciendo planes para relevar a mi hermano
pequeño al frente de la compañía, medité. Para conseguir poder y blandirlo como
un garrote. Después de todo, ese era el estilo de los Kensington, ¿no es así?
Pero, por supuesto, Au había heredado tanto dinero como yo, y ya había
tenido la oportunidad de atrincherarse dentro de las paredes de cristal del edificio
de Kensington Media en las afueras de Washington DC, como un caballero
medieval refugiándose tras murallas de piedra. Sacarle de ahí no iba a ser fácil,
incluso si quería haberlo. En este momento, no estaba seguro de si quería. Justo
ahora, me sentía satisfecho de sentarme simplemente frente a la chimenea,
saborear un excelente bourbon, y dejar que la libertad y la comodidad de estar
por fin en casa me inundara.
—¿Más bourbon, señor?
El mayordomo simplemente apareció a mi lado, salido de ninguna parte. Era
increíble como lo hacía. Su nombre era Clive Underwood, y había sido una
presencia imprecisa en la mansión durante toda mi infancia. Cuando era un niño
estaba convencido de que tenía superpoderes. Todavía me lo preguntaba.
Los confusos pensamientos que habían estado girando en mi cabeza se
fusionaron y asentí, tendiéndole el vaso.
—Dime, Clive, ¿dónde está mi hermano? Me gustaría volver a verle.
Solo era parcialmente cierto. Siempre había detestado a Au, y le culpaba por
todo lo que había ocurrido. Pero incluso así…
Buena, era mi hermano.
—Lo siento, señor. —Clive no había dicho las palabras tanto como las había
entonado. Tenía un acento inglés clásico y su voz estaba perfectamente
modulada, ni demasiado alta ni demasiado baja. Clive era el mejor de los
mayordomos. —Me temo que el joven Sr. Kensington ha volado a Nueva York
para pasar el fin de semana.
Me lo había imaginado. Au nunca había disfrutado viviendo en esta ciudad
dejada de la mano de Dios, no más que yo. No creo que a mi padre le gustara
mucho, tampoco… siempre había tenido la impresión de que simplemente
disfrutaba siendo el señor por encima de la gente corriente. La vida en una
ciudad pequeña es insípida, anodina y aburrida y no culpo a Au por ir volando al
ático de la familia en Nueva York siempre que tuviera la oportunidad. ¿Quién no
habría preferido la Gran Manzana antes que el jodido Pinecone?
Sin embargo, una pequeña llama de resentimiento se encendió en mi interior.
Después de todo lo que había hecho por Au, todo lo que había sacrificado por él,
darme la bienvenida a casa era lo menos que ese cabroncete podía hacer.
En cambio, estaba disfrutando de la vida en Nueva York.
Suspiré, y aparté mi irritación. De todas formas, en realidad no necesitaba el
estrés de lidiar con Au esta noche. Quizá fuera cobarde por mi parte, o quizá era
solo que los años encarcelado me habían agotado, pero de verdad quería
relajarme y disfrutar del sencillo placer de estar en casa.
—Gracias, Clive, —dije, y el mayordomo desapareció entre las sombras.
Solo de nuevo, di otro sorbo al bourbon, miré fijamente las danzarinas llamas
y dejé que mi mente vagara.
Como era de esperar, el primer lugar al que llegó fue Char Evans.
Había pensado mucho en ella mientras estaba en la cárcel. Y cuando digo
mucho quiero decir mucho. Había estado muy solo y ella había sido la
protagonista principal de muchas de mis fantasías durante los pasados años. No
era como si hubiera estado enamorado de ella, naturalmente; era simplemente
que era la última mujer con la que había hecho el amor justo la noche que
arrestaron. Después de mi arresto hacía estado en libertad bajo fianza un tiempo,
pero no me había parecido justo involucrar a ninguna mujer en el culebrón de mi
vida. Como consecuencia, había permanecido célibe durante los últimos tres
años.
Así que Char había sido la última mujer con la que había estado y, además,
era joven y guapa. Por tanto, los años vacíos desde que la última vez que la vi
habían estado llenas con fantasías sin descanso en las que la cogía en brazos, la
apretaba contra la pared de ladrillos del callejón y…
Deseché el pensamiento antes de poder sentirme cómodo en la rutina de mi
desgastada fantasía y me obligué a recordar el aspecto que tenía esa tarde. No
parecía vieja, después de todo solo tenía veinticuatro años, pero si cansada y
descuidada, como si los últimos años hubieran arrojado una pesada carga sobre
ella.
Me preguntaba qué era lo que la había llegado a trabajar en esa cafetería
cutre. ¿No había terminado sus estudios? Habían pasado suficientes años, así que
seguramente debía haberlo hecho. Pero, sí había terminado… ¿por qué estaba
trabajando allí, en lugar de haberse ido a Richmond o Washington para ser
periodista? Me preguntaba si quizá su madre estaba enferma y Char se había
quedado en este pueblucho para cuidarla. O quizá su hermano mayor…
Rechacé ese pensamiento inmediatamente. Jacob Evans y yo habíamos sido
muy amigos anteriormente, pero nuestra amistad había implosionado de forma
espectacular hacia el final del instituto. Intentaba no pensar en Jacob en absoluto
si podía evitarlo. Una vez había sido mi mejor amigo, pero ahora…. ahora no
éramos nada el uno para el otro. Nada en absoluto.
En cualquier caso, realmente no tenía sentido especular. Podía enterarme con
bastante facilidad de la historia de Char simplemente preguntando por ahí. La
primera norma de una ciudad pequeña es que a todo el mundo le encanta
cotillear. Me prometí que lo primero que haría el día siguiente sería enterarme.
Mientras tanto… me permití sumergirme en mi fantasía, recordando el cálido
aroma de su piel, la leve fregancia de fresa de su cabello. La forma en la que se
había aferrado a mí en aquel callejón, inocente pero ansiosa. Los pequeños
sonidos de placer que hacía.
Como todos los Kensington, era frío y distante cuando se trataba de
relaciones y por eso, no sentía más por ella de lo que había sentido por cualquier
otra mujer, pero Dios, esa noche había sido tórrida.
Intenté mantener mi fantasía, centrarme en los vívidos recuerdos de cómo la
sentía contra mí, caliente y suave y llena de deseo, pero de repente el recuerdo
cambió y todo lo que pude ver fueron sus ojos oscuros, mirándome con
desdeñoso menosprecio. El pensamiento hacía que algo en mi pecho se
contrajera, y una repentina ráfaga de ira me recorriera. ¿Cómo se atrevía ella,
una simple camarera, a mirarme de esa forma? Soy un Kensington, maldita sea.
Incluso si acababa de salir de la cárcel, era mejor que ella. Mejor que cualquiera
en este pequeño y lastimoso pueblo.
—Así era como hablaba papá, —pensé.
Mi padre siempre había insistido en que nosotros éramos mejores: mejor
educados, más inteligentes y, en general, superiores a la gente corriente de
Pinecone. No merecen ni limpiarte los zapatos, Hunter. Recuérdalo. Como
adolescente, había creído en ello con todo el corazón, y al final, había sido la
causa de la terrible ruptura entre Jacob Evans y yo. E incluso entonces, no había
sido capaz de obligarme a admitir que había cometido un error y que tal vez,
solo tal vez, ser un Kensington no me hacía, automáticamente. Superior a nadie
más.
Pero ahora…
Era un criminal. Había pasado más de dos años en una celda, durmiendo en
un catre y comiendo comida asquerosa. Sí, había cumplido condena por un
crimen que ni siquiera había cometido, pero Char no tenía forma de saber eso.
Solo porque yo fuera indecentemente rico no me hacía mejor que ella, o que
ninguna otra persona. A los ojos de la sociedad, yo era un simple criminal.
¿Por qué no iba a mirarme Char con desprecio?
No sabía por qué eso me importaba tanto, pero ansiaba desesperadamente
eliminar esa mirada de desprecio de sus ojos. Recordé como me había mirado
aquella noche en el callejón, el despertar de la mirada de deseo en su rostro, una
mirada casi de adoración mientras levantaba la vista hacia mí. No estaba seguro
de por qué me había mirado así, teniendo en cuenta que no me había visto en
años, pero…
Bueno, si tenía que ser sincero, no era el sexo lo que había grabado a fuego
su recuerdo en mi esa noche. Era la forma en la que me había mirado.
Me dejé arrastrar por mi fantasía, y me imaginé tomándola detrás de la
cafetería, empujándola contra la pared y haciéndole el amor hasta que me mirara
de esa forma otra vez.
***
Charlotte
No me sorprendió que Hunter se dejara ver al día siguiente.
Como una moneda falsa, pensé con una punzada de enfado y pánico
mezclados. Le puse una taza de café y bajé la mirada hacia él, deseando no
llevar ese uniforme sin forma, permitirle que me viera llevando unos vaqueros
ajustados y una camiseta aún más ajustada, para que pudiera ver que seguía
siendo tan curvilínea como siempre. Que pudiera dejar que mi pelo ondeara
sobre mis hombros, en lugar de estar recogido en esta tranza tan poco sexy, para
que él supiera que seguía siendo una mujer…
Pero me controlé rápidamente y traté de borrar esos pensamientos. Después
de todo, no me importaba lo que Hunter Kensington pensara de mí. De hecho,
cuando menos pensara en mí, mejor.
—Hola, Char, —dijo, sonriéndome. Tenía una bonita sonrisa. Hoy parecía
menos agotado, como si hubiera dormido bien por primera vez en mucho
tiempo. Todavía estaba un poco flaco, por supuesto, pero bajo su habitual
chaqueta de cuero vieja, no se le notaba mucho. Y olía como yo recordaba, como
una brisa fría invernal que trajera copos de nieve al levantarse.
No le devolví la sonrisa, no quería ablandarme. Si hubiera sabido algo de
Diana, estaba razonablemente segura de que no se hubiera ido el día anterior. El
hecho de que lo hubiera hecho dejaba bastante claro que todavía no sabía nada
de mi hija todavía. Pero tarde o temprano, era inevitable que lo supiera.
Así que no podía permitirme inclinarme, ni siquiera un poco. Este hombre
tenía mi vida entera en sus manos… y él ni siquiera lo sabía.
—¿Qué le pongo?
Creí ver un parpadeo de decepción en la ambarina profundidad de sus ojos,
pero la amigable sonrisa continuó firmemente en su rostro.
—Creo que hoy me apetecen tortitas. Con salchichas, y un panecillo.
Lo apunté y me di la vuelta, sin ni siquiera decirle que se lo llevaría en
seguida. A pesar de su cuidada actitud no beligerante, el corazón se me escapaba
del pecho.
Si se fuera de la ciudad y nunca volviera. Si fuera así. Porque si se quedaba,
no habría manera de que no se enterara de la existencia de Diana, más tarde o
más temprano. Era el destino que alguien la mencionara, y entonces él haría las
cuentas y adivinaría que era suya. Incluso si yo lo negaba, él podría utilizar toda
su riqueza y los abogados que tenía a su disposición para forzarme a hacer una
prueba de paternidad. Y entonces… y entonces…
¿Y entonces, qué? Recordé el pánico que sentí ayer al principio, que él
querría llevarse a Diana de mi lado. Pero ¿Hunter Kensington querría realmente
una hija? Lo dudaba seriamente, una niña pequeña a duras penas encajaba con su
estilo de vida de chico malo motero, pero también sabía que, para los
Kensington, la familia lo era todo. ¿Permitiría que su hija fuera criada en un
vieja y deteriorada casita? ¿Permitiría que fuera a una guardería barata?
Sabía las respuestas tan bien como me sabía mi propio nombre. El hecho de
que el cuidara de la niña era irrelevante, después de todo, a su propio padre no
parecía haberle importado mucho él. Pero la devoción de los Kensington por la
familia era legendaria. Siendo un Kensington, querría darle a su hija todo lo que
su nombre y su riqueza pudieran ofrecerle. Incluso era posible que intentara
apartarla de mí. Puesto que era un criminal convicto, dudaba que lo consiguiera,
pero había pocos límites a lo que su riqueza podía conseguirle. El pensamiento
hizo que empezara a sudar frío y casi dejé caer la jarra del café.
Una vez más, tuve el pensamiento de salir corriendo. Pensaba que era la
única manera de salir de esta situación, la única forma de proteger a mi bebé.
Pero la sombría realidad era que no tenía recursos ni forma de escapar. Mamá
había gastado prácticamente todos sus ahorros en pagarnos los estudios a Jacob y
a mí, y la librería de Jacob apenas era rentable. Todos mis amigos, incluso
Angela, hacía tiempo que se habían mudado a ciudades más grandes que les
ofrecían futuros más brillantes. Y yo… no podía ni juntar dos peniques.
No, no iba a ir a ninguna parte, no importaba cuánto lo deseara.
Estaba atrapada.
Capítulo Cuatro
Hunter
No estaba seguro de qué me había llevado de nuevo a esa cafetería pequeña y
cutre. Bueno, para ser sinceros, lo sabía perfectamente bien. Había sido Char.
Ahora que sabía quién estaba detrás del uniforme de camarera, me
preguntaba cómo podía haber pensado que tanto el uniforme, como la figura que
había tras él, no tenían forma. Cada movimiento estaba tan lleno de gracia como
los de una bailarina en el escenario y cada línea de su cuerpo era absolutamente
cautivadora. Sus ojos eran tan oscuros y misteriosos como siempre, y, bajo la
gorra, su cara brillaba con su belleza a pesar del agotamiento que podía ver
escrito en él. No podía para de mirarla mientras se movía por la cafetería,
sirviendo cafés y llevando bandejas.
—No has echado un polvo en tres años, —me dijo una maliciosa vocecita
interior. —Mirarías a cualquier mujer de la misma forma.
Pero no era verdad, y yo lo sabía. Si simplemente necesitara una mujer,
cualquier mujer, podía hacer una llamada o dos y unas cuantas actrices, modelos
o cantantes, acudirían corriendo. El hecho de que acabara de salir de la cárcel no
las disuadiría. Si acaso, eso me haría más atractivo.
Pero no quería una actriz o una modelo. Quería una camarera de una
cafetería pequeña y cutre de un pueblucho en mitad de ninguna parte.
Quería a Char.
Se detuvo junto a mi mesa y creí ver un destello de irritación en sus ojos.
Probablemente porque la había estado mirando como un adolescente salido.
Puso los platos delante de mí con estrépito, y le agradecía mi buena estrella que
mis tortitas no acabaran “accidentalmente” tiradas en mi regazo. Estaba
claramente enfadada.
—¿Algo más, señor?
—Sí, —dije, sorprendiéndome incluso a mí mismo. —Sal conmigo el
viernes por la noche.
Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa, y después se volvió a
mirarme con tal cara de disgusto que casi me dieron escalofríos.
—No, —dijo monótonamente.
Se giró para irse, pero sin haberlo pensado siquiera, le cogí de nuevo la
muñeca. No parecía más feliz ahora por ello de lo que había sido ayer. Había un
peligroso brillo en sus ojos que prometía café caliente en mi pelo si no
retrocedía.
—Lo siento, —dije rápidamente, antes de que pudiera verter la jarra sobre
mí. —Sé que ayer fui un capullo. Lo siento.
Ella pestañeó, como si esa fuera la última cosa que hubiera esperado que yo
dijera, y su postura defensiva se relajó ligeramente. Parte del fuego se apagó en
sus ojos.
—Gracias, Sr. Kensington.
—No me llames así, Char. De verdad, creía que ya nos tuteábamos, ¿o no?
—Hunter, entonces. —Mi nombre sonó en sus labios como si lo pronunciara
un ángel. —Te agradezco las disculpas, pero no voy a salir contigo. Tengo que
trabajar.
—De acuerdo. El sábado por la noche, entonces.
—No me interesa, —dijo secamente.
Claro que no estaba interesada. Yo era un estúpido total que ni siquiera
pronunciaba las palabras, y lo sabía. ¿Por qué diablos una mujer decente y
respetable como Char iba a salir con un delincuente? No era apenas sorprendente
que me hubiera rechazado. No debería haber tenido tantas expectativas.
Entonces, ¿por qué me sentía como si me hubiera golpeado con un palo en el
estómago?
—Comprendo, —dije débilmente, bajando la cabeza. En ese momento no
podía soportar mirarla a los ojos. No podía soportar ver esa mirada de
repugnancia otra vez. Solté su muñeca, y en lugar de apresurarse para alejarse, se
quedó allí mirándome durante un largo instante con una extraña expresión en su
rostro. Durante un largo momento parecía como si fuera a decir algo, pero al
final se dio la vuelta y se alejó rápidamente.
Picoteé sin ganas mis tortitas durante un momento, pero de una forma u
otra… había perdido el apetito. Al final, me levanté, salí ofendido de la cafetería
y me dirigí hacia mi moto, que estaba fuera. La misma vieja Harley. La única
amiga de verdad que tenía todavía.
Lo que era un pensamiento patético.
Mis pensamientos estaban a un millón de millas de distancia, pero la Harley
me llevó a casa como si conociera el camino. Supongo que he conducido tantas
veces por estas carreteras en mi juventud que conocía cada curva, cada giro, sin
tener que poner atención de forma consciente. El viento frío soplaba con fuerza
en mi rostro, recordándome mi juventud y todavía no podía conducirme a
disfrutar la alegría de montar en moto de nuevo. Mis pensamientos estaban
todavía demasiado enredados en Char.
Lo cual era ridículo. No era como si estuviera enamorado de ella o algo así.
Realmente, apenas la conocía. Y, sin embargo, parecía que no era capaz de dejar
de pensar en ella.
Dejé la Harley en su sitio en el garaje y me dirigí a la casa. Hacia mi
santuario tapizado de libros. Era un día de febrero, crudo y helado, y la idea de
sentarme delante de la chimenea para calentarme los helados dedos de los pies
me reconfortaba. Me encaminé a la parte trasera de la casa y entré en la
biblioteca.
Solo para encontrarme a Au sentado en el gran sillón detrás del escritorio.
Levantó la vista mientras entraba, y su boca se retorció en un intento de
sonrisa desagradable y totalmente hipócrita.
—Qué agradable volver a verte, hermano mayor, —dijo, haciendo que
sonara como si fuera cualquier cosa excepto agradable.
—También me encanta verte, —gruñí. —Levántate de mi silla.
—¿Tu silla? —parpadeó delante de mí, poniendo su mejor mirada inocente.
Ambos sabíamos que no era inocente en absoluto, pero él siempre había tenido
esa pinta de chico decente. Creo que se debía al brillante cabello rubio y los
profundos ojos marrones. Parecía un ídolo adolescente, guapo, no peligroso y
desagradablemente íntegro.
—Tengo frío, —dije secamente, —y me gustaría sentarme delante de la
chimenea. Mueve el culo o lo moveré yo por ti.
Pensaba que era lo menos que podía hacer por mí, considerando que no se
había molestado en enviarme ni siquiera un maldito Uber ayer. Me lo debía,
maldita sea. Me lo debía todo. Pero seguía sentado allí, con esa irritante sonrisita
de suficiencia aún en su cara.
—Esta no es tu silla, Hunter. No a menos que haya una clausula en el
testamento que haya olvidado. Tengo tanto derecho como tú a sentarme aquí.
Gruñí de nuevo, rodeando el escritorio sigilosamente y le agarré por las finas
solapas de lana de su estúpido traje Brioni color carbón, tirando de él para
ponerle de pie. Erguido, era casi ocho centímetros más bajo que yo, y bastante
más delgado, incluso considerando el peso que yo había perdido en la cárcel. Le
estampé contra la estantería cercana, tirando varios libros y le miré con furia a
los ojos.
—Me gustaría, —gruñí, pronunciando cada palabra con cuidadosa precisión,
—sentarme en mi maldita silla.
—Relájate, Hunter. —Au no parecía aterrorizado o, por lo menos,
particularmente impresionado. —No arrugues mi traje nuevo, por favor. Le
tengo bastante cariño.
—Que le jodan a tu traje nuevo. —Le levanté de nuevo, estrellándole contra
la estantería de caoba, un poco más fuerte, y me sentí gratificado al ver brillar en
sus ojos algo que podía haber sido miedo. —Quítate de mi camino y quédate
fuera de él o tendrás que averiguar si las manchas de sangre salen de este lujoso
tejido.
—Calma, calma, hermano. —La voz de Au era fría, casi carente de
emociones y decidí que me había equivocado al respecto de ese brillo de miedo.
El chaval tenía las pelotas más grandes de lo que se podía esperar mirando su
cara bonita. —Si me matas, volverás derecho a la cárcel y esta vez, por
asesinato. No estarías en una cárcel de mínima seguridad esta vez.
Con un gruñido enfadado, le dejé ir. Au tenía razón, matarle realmente no era
una opción, sin importar lo tentadora que pidiera ser la idea. Au estaba allí de
pie, alisándose las solapas y la corbata y me aproveché de su distracción para
poner mi culo en la silla. Bajó la mirada hacia mí y me dirigió una risita fría.
—Disfruta de tu sitio junto al fuego, Hunter. Quizá podamos encontrar una
forma de ponernos de acuerdo en cómo sentarnos en la mesa de la cena sin tener
que recurrir a la agresión y la violencia.
Se giró para irse.
–Espera, —le dije sin pensar.
Se giró y bajó la nariz hacia mí, irradiando desprecio. La ira se inflamó
dentro de mí. El pequeño cabrón no tenía motivos para sentir desprecio por mí,
no después de todo lo que había hecho por él. Pero hice retroceder mi enfado
porque que pareciera que estaba siempre al borde del asesinato probablemente
no fuera a ayudarme en esta situación.
—¿Qué ocurre, Hunter?
Sonaba tan sorprendentemente parecido a mi padre en ese momento,
exasperado por mi presencia e irritado por mi mera existencia. El recuerdo de la
enojada voz de mi padre hizo que mi pecho doliera de nuevo, pero enderecé la
espalda.
—Quiero ser parte de Kensington Media, —dije.
Se giró hacia mí, levantando una ceja altanera.
—¿Parte de… KM? —repitió, como si lo hubiera dicho con la boca llena de
comida y quisiera asegurarse de haberme entendido correctamente.
—Sí. Es el negocio familiar, y quiero implicarme en él.
—Parte de KM, —repitió Au, incrédulo. —Bueno, creo que estamos
buscando recepcionista…
Brevemente sopesé la idea de lanzarle de nuevo contra la pared, pero sujeté
firmemente a mi rottweiler interior.
—No seas ofensivo, Au. Sabes lo que quiero decir. Soy el hermano mayor.
Debería ser el presidente.
Resopló, un grosero sonido despectivo.
—Por favor. Acabas de salir de la cárcel, Hunter. No sé en qué clase de
mundo de ensueño has estado viviendo durante los pasados dos años, que tipo de
historia de ficción te has estado contando a ti mismo, pero la Junta Directiva no
te consideraría para un puesto de mando intermedio, menos aún para presidente.
No solo eres un criminal, sino que nunca mostraste interés sincero en la empresa
mientras vivía papá. Es condenadamente tarde para formar parte de ello ahora.
Giró su espalda, vestida de tejido caro y salió a zancadas de la habitación,
dejándome solo.
Miré fijamente a la chimenea durante un rato largo, pensando. Debería
haberlo sabido, pensé amargamente al final. Debería haberlo sabido. Yo lo había
dado todo por Au porque, a pesar de nuestras diferencias era mi hermano, y la
familia era lo primero. Así es como me habían criado, y era lo que siempre había
crecido. Recordé la voz de mi padre, sermoneándome severamente: “La familia
es lo primero, Hunter.”
Mi encantador hermano pequeño había recibido las mismas charlas, pero,
aparentemente, la lección que él había aprendido era: Au es lo primero. Se había
aprovechado de mi ausencia para engatusar a la Junta Directiva y se las había
arreglado para convertirse en presidente y no iba a renunciar a su posición ahora,
sin importar lo que hubiera hecho por él, sin importar cuánto me debía. De
hecho, reflexioné, probablemente piensa que soy un peligro para él, porque
simplemente podría decidir contar al mundo que yo no era, en absoluto, la parte
culpable.
En cuyo caso, yo sería el que necesitara cubrirse las espaldas.

Capítulo Cinco
Charlotte
Mi viejo Hyundai no iba a arrancar.
En la solitaria oscuridad del aparcamiento de la cafetería, di un golpe en el
volante con frustración, pero al coche no pareció importarle un bledo. Girar la
llave tampoco consiguió nada; el coche solo hizo clic, como si chascara la
lengua ante mí por esperar que arrancara con este tiempo.
—La batería, pensé tristemente. Bueno, no era una sorpresa. Era la noche
más fría que habíamos visto en todo el invierno y mi batería llevaba en las
últimas ya un tiempo. Probablemente podría conseguir que alguien me ayudara a
arrancar, si hubiera alguien por allí. Por desgracias, eran más de las once y había
cerrado yo sola la cafetería. El aparcamiento era una explanada vacía de asfalto
agrietado y envases desechables, sin un solo coche a la vista.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, contra la tapicería barata del reposacabezas,
cerré los ojos y consideré las opciones. No quería llamar a mi madre, que ya me
estaba haciendo un favor enorme cuidando a mi hija por mí. Diana ya estaría
dormida y mamá estaría dando cabezadas delante de su programa de televisión
favorito. Y Jacob probablemente no estaría en casa. Había estado trabajando
hasta tarde la mayor parte de la semana, tratando de mantener la librería abierta
durante más tiempo en un intento de conseguir más clientes. Sin duda, estaría
dispuesto a cerrar y venir a recogerme, pero no quería pedírselo.
Al final decidí que la mejor opción era dejar allí mi vieja chatarra y pedirle a
Jacob que me llevara por la mañana y me ayudara a arrancarlo de camino al
trabajo. Afortunadamente, no era una larga distancia, aunque caminar a
temperaturas bajo cero, sin duda se me iba a hacer muy largo. Me eché hacia
atrás y cogí mi grueso abrigo del asiento trasero, entonces salí del coche y lo
cerré. Por fin, me puse en camino a casa.
—Podría ser peor, —pensé. —Podría estar nevando.
Como si se estuviera burlando de mí, un solitario copo de nievo descendió
flotando delante de mi cara, y gruñí. No nevaba muy a menudo en esta parte de
Virginia, pero tampoco es como si nunca hubiéramos oído hablar de nieve en
febrero. Empezaron a caer copos más grandes y esponjosos y me ajusté la
capucha alrededor de la cara, suspirando.
Genial. Sencillamente genial.
Me dirigí hacia casa. Estaba oscuro como la boca del lobo, las nubes tapaban
la luna y las estrellas y las estrellas estaban casi en silencio, puesto que Pinecone
no tiene mucha vida nocturna y menos durante la semana laboral. La nieve caía
con más fuerza, cubriendo las aceras a un ritmo inusualmente rápido, y me
sorprendí agradeciendo los zapatos antideslizantes del restaurante.
Caminé fatigosamente, perdida en desalentadores pensamientos sobre el
precio de cambiar la batería del coche, otro gasto que no me podía permitir. Me
preguntaba si tendría que pedirle dinero prestado a mamá otra vez y el
pensamiento hizo que mi corazón se hundiera. No quería depender de mi madre
el resto de mi vida, maldita sea. Si Hunter y yo no hubiéramos…
Pero no. A pesar de cuánta confusión había producido la pequeña en mis
planes de vida, la cruda realidad es que no la cambiaría por nada. Podía haber
sido un error, pero era un error que nunca podría lamentar.
Después de un turno de nueve horas, ya tenía los pies doloridos y antes de
que pasara mucho tiempo, solo podía pensar en el dolor en la base de los dedos.
La nieve caía con más fuerza, y sujeté la capucha alrededor de mi cara con más
fuerza, impidiéndome ver todo lo que había a mi alrededor. Llevaba ya unas
cinco manzanas recorridas, cuando de repente algo me cogió del brazo y tiró.
Sobresaltada, grité. La capucha no me permitía mirar hacia los lados, pero no
me había preocupado demasiado por mi visión periférica, teniendo en cuenta los
pocos crímenes que había por aquí. Pero ese algo, no, ese alguien, me tenía
sujeta firmemente por el brazo y estaba tratando de arrastrarme hacia un callejón
antes de que me diera cuenta de qué estaba pasando.
Grité pidiendo ayuda y di una patada, tan fuerte como pude. La punta de mi
pie contactó satisfactoriamente con hueso, presumiblemente su rótula y escuché
una voz masculina murmurando maldiciones. La mano soltó mi brazo y me giré,
intentando captar un vistazo de mi asaltante para poder pegarle otra patada.
Preferiblemente en las pelotas esta vez. Pero antes de que pudiera localizarle, oí
el ruido de un cuerpo cayendo al suelo.
Tiré hacia abajo de mi capucha y vi a Hunter Kensington de pie delante de
mí, con una expresión asesina en su cara. En el sucio asfalto del callejón estaba
tumbado un hombre con ropas oscuras. Era bastante difícil fijarse en los detalles,
pero estaba bastante segura de que también llevaba un pasamontañas.
Hunter había estado fulminando con la mirada al tío al que aparentemente
había dejado fuera de combate, pero ahora volvió su mirada hacia mí, sus ojos
llameando dorados con una intensidad que raramente había visto en él. Incluso
en la oscuridad, sus ojos parecían brillar.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy…estoy bien. —La verdad es que estaba un poco temblorosa, pero
no iba a admitirlo delante de él. —Yo… le he dado una patada.
—Lo he visto. —Su boca se curvó en una sonrisa, inesperadamente, sus
dientes reluciendo blancos en la oscuridad. —Le has sacado el diablo del cuerpo.
Buen hecho.
—¿Tú… tú le has pegado?
—No, solo le he dado un buen empujón. Yo…
Un repentino movimiento llamó mi atención, y miré hacia abajo a tiempo de
ver la oscura sombra de mi asaltante escabulléndose en la oscuridad.
Aparentemente, después de todo no se había quedado completamente
inconsciente. Hunter se giró para alcanzarle, pero le cogí de la manga de la
chaqueta.
—No lo hagas, —le dije. —Podría estar armado.
—¿En Pinecone? —Su voz sonaba sarcástica y divertida, pero hubo algo en
sus ojos cuando miró mi mano en su brazo, algo extrañamente intenso.
—Es posible. Y no querría que te hiriera.
—¿No querrías? —Levantó la mirada hacia mí, y algo cambió en sus ojos, el
oro se fundió en un instante.
—No, —dije suavemente. No podía apartar los ojos de su dorada mirada. Me
retenía, como los ojos del felino selvático con el que la gente solía compararle,
como si él fuera un león y yo una gacela, atrapada e indefensa, solo esperando
que él se abalanzara…
Bruscamente, apartó la mirada.
—Vamos, —dijo, y su voz fue extrañamente brusca. —Te acompañaré a
casa.
—No tienes por qué hacerlo.
—No te fías de mí, ¿eh?, —preguntó mirándome de nuevo.
Dudé, reacia a herir sus sentimientos. Considerando su pasado, no había
ninguna buena razón para que confiara en él. Después de todo, era un
delincuente y, además, ahora que había tenido tiempo para pensarlo, parecía un
poco extraño que él estuviera allí para salvarme, precisamente cuando yo
necesitaba que me salvaran. De un asaltante en Pinecone, una ciudad en la que
casi no había delitos de los que hablar. Era una extraña coincidencia, y era tan
extraño que hizo que los pelillos de mi nuca se erizaran. Pensé que algo no
estaba del todo bien allí.
De todas formas, incluso si no hubiera estado haciéndome preguntas sobre
él, no podía dejar que me acompañara a casa. ¿Y si mamá estaba todavía
despierta y le invitaba a pasar? Difícilmente podría pasar por alto las fotos de
Diana que adornaban cada superficie de la casa.
—Por supuesto que confío en ti, —dije finalmente, de forma no demasiado
sincera. —Pero estaré bien, así que no te preocupes. Mi casa está solo a unas
manzanas de distancia.
Parecía saber que estaba mintiendo. Su cabeza se inclinó ligeramente, y las
comisuras de su boca descendieron ligeramente, como si sintiera mi rechazo y le
hiciera daño.
—De acuerdo, —dijo suavemente.
El cambio en su postura me hizo sentir culpable. Me había salvado, después
de todo. ¿Quién sabe que podría haberme hecho ese tío si Hunter no hubiera
venido?
—Pero… —Me puse de puntillas y le besé rápidamente en la mejilla. —
Gracias por salvarme, Hunter.
El giró la cabeza y me miró durante un momento e, inmediatamente, nuestras
bocas se encontraron. No sabía quién había hecho el primer movimiento, pero de
repente nos estábamos besando, un beso caliente, húmedo, con la boca abierta,
frenético y sus brazos estaban rodeando mi cintura, apretándome contra él.
Atravesaron mi mente imágenes de aquella noche que hicimos el amor en el
callejón, tanto tiempo atrás. Él debía estar pensando en ello también, porque
antes de darme cuenta, me tenía contra una pared de ladrillo visto, muy parecida
a la que había detrás de Zippo’s, y su duro cuerpo masculino se apretaba contra
mí.
Y cuando digo duro, quiero decir duro.
Incluso a través de nuestras capas de ropa, podía sentir su erección
empujando con urgencia contra mi vientre, lo que hizo que una llama cálida
viviera en mi interior. Había pasado mucho tiempo desde que había estado con
un hombre. Bueno, para ser precisa, había estado con un hombre, exactamente
una vez. Pero después de eso, me di cuenta de que estaba embarazada (lo cual no
fue culpa de Hunter, ya que le había deseado tanto que le mentí sobre estar
tomando la píldora), y entre los estragos del embarazo y la consecuencia de
llevar un uniforme de camarera muy feo entre ocho y diez horas al día, parecía
que nadie me había mirado como a la tía buena sexy de mi vigésimo primer
cumpleaños.
Pero Hunter me deseaba. No había duda de ello. La forma en la que me
estaba besando, profundamente, hambriento, como si me hubiera añorado
durante años, dejaba muy claro lo mucho que me deseaba.
Y yo le deseaba a él, también. Había pasado tres largos años recordando
aquella noche en el callejón, añorándole dolorosamente. Deseando intensamente
la sensación de tenerle dentro de mí. Cuando le condenaron, intenté apartar esos
pensamientos, sabiendo que era un error sentir este deseo por un criminal, y uno
que había traicionado a su propia familia, además.
Sin embargo, no podía evitar echarle de menos. Después de todo, había
estado enamorada de él desde que tenía doce años. Y sí, eso podía haber sido el
amor dulce e inocente de una niña, pero en el callejón aquella noche, toda esa
inocente adoración se había transformado en una emoción tan intensa que
parecía que no era capaz de olvidarla, sin importar cuanto lo intentara.
Dejé que mis dedos se enredaran en las profundidades de su pelo oscuro
como la medianoche y envolví sus piernas con una de mis pantorrillas, y él me
levantó por el trasero y me apretó contra la pared, como había hecho años atrás.
Jadeando, apartó su boca de la mía y enterró la cara en mi pelo.
—Llevo soñando son esto tanto tiempo, —murmuró él. Su voz estaba ronca
por el deseo y la añoranza y, de repente, sonó una alarma en mi cabeza.
Yo había estado soñando con esto durante tres años, ¿pero Hunter? ¿El
billonario fabulosamente rico, fuera de mi alcance, que vivía en la colina? No
era posible que hubiera estado fantaseando conmigo todo este tiempo.
Simplemente no podía ser. Probablemente había pasado estos solitarios años
soñando con todas las modelos, actrices y cantantes con las que se había
acostado. Entonces, ¿qué había querido decir con eso?
La respuesta era obvia… y deprimente. Había estado en la cárcel más de dos
años y naturalmente, quería echar un polvo. No era que me deseara a mí.
Cualquier mujer le serviría. Acababa de encontrarme en una posición vulnerable
y, entonces, rápidamente, se había aprovechado.
DE nuevo me pregunté si, de alguna forma, él habría creado la situación.
Nunca había oído que a alguien le hubieran asaltado en Pinecone. Lo extraño
que era todo hizo que las alarmas sonaran en mi cerebro y, tomé una decisión,
empujando sus hombros cubiertos de cuero con tanta fuerza como pude.
—¡Eh! Es suficiente.
Echó la cabeza hacia atrás y me miró. Sus ojos estaban empañados con la
lujuria, pero cuando parpadeó al verme, se aclararon lentamente. Pude ver como
la cordura volvía a su cara.
—Pensaba… pensaba que deseabas esto, —aventuró él. —
—Yo también pensaba que lo quería. Pero estaba equivocada. Deja que me
vaya.
El dudó solo un instante, después me soltó y dio dos pasos hacia atrás.
Intenté recomponerme, mi pelo seguía estando recogido en la trenza y el hecho
de que tuviera una parka significaba que todavía estaba decente. Aunque estaba
bastante segura de que no hubiera sido así mucho tiempo, si no hubiera vuelto en
mí.
Hunter se quedó allí de pie, mirándome en silencio, y yo intenté ignorar la
mirada de dolor que había visto en su cara.
—La oferta de acompañarte a casa sique en pie, —dijo.
—Estoy bien. Gracias. —Levanté la barbilla y pasé por delante de él,
saliendo del callejón.
Sabía que era lo que tenía que hacer. Hunter era un interrogante demasiado
grande para mí para permitirme sucumbir. No sabía por qué estaba aquí esta
noche, o por qué continuaba volviendo a mi vida, pero sí sabía que era un
criminal.
Además, mira lo que había pasar la última vez que me permití sucumbir. No,
el sexo con Hunter solo podía producirme problemas y un corazón roto.
Firmemente, caminé a través de la nieve que se arremolinaba, dirigiéndome a
casa.
Pero no podía evitar sentirme como si hubiera dejado algo terriblemente
importante detrás de mí, en aquel callejón.
***
Hunter
No era un acosador, pero no podía dejar que Char se fuera caminando a casa
totalmente sola tan tarde por la noche. Sobre todo, considerando que el chico que
la había atacado se había escapado. Probablemente solo había sido un ratero
cualquiera, pero la verdad era que no había muchos rateros en esta ciudad dejada
de la mano de Dios. Lo que me hacía preguntarme si, tal vez, el tío tenía un
resentimiento personal contra Char.
Pero sin importar si era personal o si ese tío solo había salido a cazar mujeres
por su cuenta, no era seguro para ella estar sola ahí fuera, en esas calles
desiertas. La seguí a distancia, caminando tan sigilosamente como pude, y
manteniéndome en las sombras. Con mi cazadora de cuero oscura y mis
vaqueros, me imaginé que podría parecer una sombra también. No hubo nada
amenazante que saliera de los callejones que pasamos, aunque una vez la vi
sobresaltarse por un gato que maulló desde detrás de un arbusto. Claramente la
experiencia la había dejado un poco más nerviosa de lo que ella quería admitir.
Pronto entramos en la parte residencial de la ciudad, con líneas de farolas
parpadeantes y pensé en darme la vuelta. Pero todavía no había superado ver a
aquel tío cogerla y sacarla a rastras de la calle, y me sentí obligado asegurarme
de que había llegado bien a casa. Un momento después, entró en la familiar y
estrecha calle bordeada de árboles de su antiguo barrio. Me di cuenta de que
todavía debía vivir con su madre, y me pregunté de nuevo si estaba viviendo
todavía en este pueblucho porque su madre estaba enferma y la necesitaba.
Había sido tan ambiciosa, tan resuelta cuando era más joven que cuidar de su
madre era la única explicación que podía imaginar que tenía sentido.
De adolescente, pasé casi tanto tiempo en casa de Jacob como en la mía
propia. Jacob había sido un buen tipo, amable y leal y a diferencia del resto del
mundo, él había visto a través de mi fachada de chico malo a simple vista. Y
también lo hizo su madre.
Y todavía recordaba con un devastador sentimiento de vergüenza, como me
había referido despectivamente a mis visitas a su casa como “encaminarme a los
bajos fondos”.
A pesar de mi desprecio juvenil (que había replicado el desprecio de mi
padre a cualquier vivienda que fuera más pequeña que un castillo) realmente era
un barrio decente, aunque las casas fueran viejas, la mayor parte eran adosados
bajitos con un gran porche de la década de 1920 y había unas pocas casas
victorianas dispersas aquí y allí como joyas de colores brillantes. Pero mientras
Char giraba para entrar en su camino de entrada, miré el viejo adosado
sintiéndome conmocionado. Incluso en la tenue luz amarilla de las farolas, podía
ver que tenía una desesperada necesidad de mantenimiento. La pintura se estaba
desprendiendo de las molduras y los viejos escalones de madera que conducían
al porche parecía como si estuvieran totalmente deformados.
Recordé que era una casa que siempre había estado bien mantenida y otra
vez me pregunté si la Sra. Evans estaría bien. Pero mis miedos fueron mitigados
cuando oí una voz familiar diciendo en voz alta:
—¡Qué bien que estés en casa, cariño!
Durante un corto instante que me cortó la respiración, pensé que la Sra.
Evans me estaba llamando a mí. Pero luego me di cuenta de que, por supuesto,
estaba hablando con su hija. Parecía sana, si acaso, más canosa que la última vez
que la había visto y mis miedos se esfumaron.
Junto a ella, en el porche, se sentaba Jacob.
Estaban sentados en unas viejas sillas de mimbre, en un charco de luz dorada
procedente de las luces del porche, y entre ellos, en una mesita, estaba lo que
parecía una pequeña radio. Ver a Jacob dolía más de lo que había creído y una
vez más, me golpeó la devastadora sensación de vergüenza. Si tan solo no
hubiera sido un capullo tan arrogante y elitista en el instituto… si nosotros dos
siguiéramos siendo amigos…
Pero no tenía ningún amigo. Nunca más
Las ráfagas que giraban casi ocultaron de mi vista la vieja casa mientras
Char se dejaba caer, agradecida, en el viejo columpio del porche. Estaba
claramente agotada, pero, aun así, empezó a charlar alegremente con su familia
sobre su día. Estaba demasiado lejos para escuchar claramente su conversación,
pero obviamente era hogareña y alegre. La había visto llegar bien a casa y sabía
que debía sumergirme en la oscuridad, solo y no deseado. Pero parecía dejar de
mirar hacía la feliz escena familiar que había frente a mí.
Y después, para mi sorpresa, una vocecita salió claramente de la pequeña
radio que había sobre la mesa.
—¿Mamá?
—¡Oh! —Char saltó sobre sus pies como si hubiera olvidado completamente
su cansancio, y una brillante sonrisa apareció en su cara. —¡Está despierta! —
Echó a correr hacia el interior de la casa y un momento después, su familia la
siguió, cerrando la puerta detrás de ellos.
ME quedé allí de pie en las sombras, sintiéndome como si me hubieran
pegado en la cabeza con un yunque. La nieve giraba a mi alrededor, cayendo
más y más fuerte, pero yo apenas lo notaba.
Char tenía una hija. Una hija lo bastante mayor para hablar.
Capítulo Seis
Charlotte
Cuando Hunter entró como una tromba en la cafetería a la mañana siguiente,
supe que no estaba allí para pedir beicon y huevos.
Había una fiera mirada en sus ojos, un brillo peligroso que me hizo pensar
una vez más en un felino selvático evaluándome como cena. Tenía un aspecto
demacrado, como si no hubiera dormido en toda la noche y no se molestó en
sentarse, sino que vino hacía mí, atrapándome entre mesas. Su aroma, invernal y
frío, me alcanzó, pero intenté ignorarlo.
—Necesitamos hablar, —dijo en voz baja y, amenazante.
Mi corazón golpeteaba en mi pecho, tan alto que tuve miedo de que pudiera
oírlo, pero me negué a mostrar miedo. Levanté la barbilla y le miré directamente
a los ojos.
—Ahora mismo estoy trabajando, —dije. —No tengo un descanso hasta
mediodía.
—No me importa, —dijo entre dientes. —Quiero hablar contigo fuera, ahora
mismo, o montaré una escena que tendrá a los buenos ciudadanos de Pinecone
hablando de ti durante todo un año. ¿Entendido?
Oh, lo entendía muy bien. No veía ninguna manera de escapar de este
enfrentamiento, así que suspiré y asentí.
—De acuerdo, —dije, asintiendo a modo de disculpa a los clientes a los que
aún no había servido y le seguí mientras salía a largas zancadas de la cafetería.
Todavía hacía mucho frío y había unos cinco centímetros de nieve cubriendo el
suelo, resistiéndose obstinadamente los débiles esfuerzos del sol de la mañana
por fundirla.
En el exterior, doblando la esquina (donde Howie fumaba cuando pensaba
que nadie podía verle y el olor de la basura estaba presente en el aire a pesar del
frio), Hunter se giró y me miró fijamente. Si sus ojos habían estado
relampagueando antes, ahora prácticamente echaban chispas doradas.
—Tienes una hija, —me espetó.
El pánico explotó en mi pecho, pero luché por mantener mi expresión de no
revelar nada. Levanté una ceja.
—Sí. ¿Quién te lo ha dicho?
—Te seguí anoche para asegurarme de que llegabas bien a casa. La oí por el
vigila-bebé.
Una extraña y complicada mezcla de emociones se arremolinó en mi pecho.
No estaba segura de si sentirme complacida por el hecho de que él se hubiera
preocupado por mi seguridad, o furiosa porque ignoró mis deseos y me siguió,
no, me persiguió, hasta casa. Me decidí por estar furiosa.
—¡Maldita sea, te dije que no me siguieras!
No se mostró impresionado por mi rabia.
—Por lo que sabemos este tío podía haber ido detrás de ti en el momento en
el que te hubiera dejado sola. No podía dejar que te enfrentaras a otro asalto por
tu cuenta, ¿o sí? Así que te seguí. Pero no sabía que estuvieras ocultando
secretos, Char.
Me enfurecí por su tono de acusación, porque ¿quién diablos era él para estar
acusándome? Había dicho que oyó a Diana llamarme por el vigila-bebés, y eso
pasó unos cinco minutos después de que llegara a mi propio porche delantero,
sana y salva. Me había estado espiando, maldita sea.
—Mi hija, —dije, tan gélidamente como fui capaz, —no es de tu
incumbencia en absoluto.
Traté de pasar por delante de él, tan regiamente como pude considerando que
llevaba un feo uniforme y unos zapatos grandes y pesados, que eran lo más
alejado de la realeza de una reina, pero él me cogió del brazo y me hizo darme la
vuelta. Sus ojos estaban llenos de un enfado tan intenso que estaba un poco
asustada.
—Espera, —espetó. —Creo que es de mi incumbencia, maldita sea. Char,
¿es mía?
—¿Tuya? —intenté tragar una respiración constante, pero mis pulmones no
parecían funcionar. —Por supuesto que no. Te lo dije aquella noche, tomaba la
píldora-
—¡No me sueltes esa mierda! —Su mano apretó mi muñeca como un
manguito de acero. He estado preguntando por la ciudad esta mañana. Tiene
poco más de dos años, y a menos que hayas estado con muchos más hombres de
los que yo pensaba, eso significa que probablemente es mi hija. ¿Lo es?
Dudé un momento, y su mano me sujetó aún más fuerte.
—¿Es mía?
—Para. Me estás haciendo daño.
Bajó la mirada a su mano, como si hubiera olvidado que estaba haciendo con
ella, e instantáneamente aflojó su sujeción.
—Lo siento, —dijo él, aunque no sonaba con mucho arrepentimiento. —
Responde a la pregunta.
Deje escapar un suspiro largo y tembloroso.
—Es tuya.
—Quiero verla —dijo mientras algo en su rostro se endurecía.
—No puedo….
—Hoy, maldita sea.
Tiré violentamente de mi brazo para liberarlo y retrocedí, apartándome de él
lentamente. De repente, me daba miedo, porque la fría mirada de su rostro me
recordaba que era un malhechor, un criminal. Curtido, implacable, enfadado.
Debió ver el miedo en mi expresión, porque dejó escapar un profundo suspiro y
parte del hielo de sus ojos se fundió, dejándolos suaves y dorados.
—Lo siento, —dijo él, y su voz no parecía tener ya un borde acerado. De
hecho, sonaba casi… humilde. —Sé que no tengo derecho a volver a tu vida y
hacer exigencias como esta. Sé que no tuvimos una relación real, solo un lío de
una noche, y también sé que no soy el tipo de hombre que hubieras elegido para
ser el padre de tu hija. Solo… me gustaría verla. Si me lo permitieras.
Dudé un largo momento. A pesar de los largos años que había pasado en mi
adolescencia soñando inocentemente con Hunter, a pesar de los últimos tres
años, en los que había fantaseado sobre él de forma mucho menos inocente… no
estaba del todo segura de si quería que Hunter fuera parte de la vida de Diana.
Pero la cruda e indiscutible verdad era que ella era su hija. Al menos, tenía
derecho a verla.
—De acuerdo, —acepté al final. —Pero quiero que nos encontremos contigo
en el parque. Jacob… bueno, no tiene la más ligera idea de lo que pasó entre los
dos aquella noche, y no sabe que es tu hija. No estoy muy segura de lo que
podría pasar si se enterara. Te odia.
Se encogió de dolor, tan ligeramente que casi me lo pierdo.
—De acuerdo, —aceptó. —El parque está bien.
***
Hunter
Iba a conocer a mi hija.
Nunca había pensado que yo fuera del tipo paternal. Seguramente, mi padre
habría esperado de mí que me casara bien y tuviera hijos guapos y yo había
pensado en acceder a ello finalmente. Pero la idea de una esposa e hijos siempre
había estado situada en un futuro vago y nebuloso que no podía ver con claridad.
Nunca había pensado seriamente en sentar la cabeza, dejar embarazada a una
mujer y que tuviera a mi hijo.
Pero a causa de un accidente del destino, era padre.
Y estaba jodidamente emocionado por ello.
Mientras estaba sentado en un banco de hierro en el parque desierto,
esperando que Char llegara acompañada de su pequeña; no, nuestra pequeña,
podía sentir como se aceleraba mi corazón. Solo había oído su voz una vez, pero
ya estaba absolutamente seguro de que quería ser un auténtico padre para la niña
que habíamos hecho juntos. Quería que Char confiara en mi lo suficiente para
dejarme entrar en sus vidas.
Pero para que eso ocurriera, tenía que convencer a Char de que no era el
chico malo que ella recordaba o el delincuente que todo el mundo sabía que
había robado a su propio padre. Necesitaría ser más que Hunter Kensington, ex-
convicto.
Necesitaba lo que cualquier miembro respetable de la sociedad necesitaba.
Necesitaba trabajo.
La fría luz del sol de invierno brillaba sobre mi desde un cielo transparente y
blanco, y una helada brisa soplaba la nieve que quedaba en el suelo, levantando
copos de nieve y girándolos como si fueran juguetes, mientras yo estaba allí
sentado pensando en mi próximo movimiento. Sería casi imposible para mí
obtener un trabajo decente de cualquier tipo fuera de la familia, no solo era un
delincuente, sino que (gracias a los artículos que se habían escrito sobre mi
crimen en todo el país) era conocido en todo el país como un chico malo, motero
y borracho. Nadie iba a contratarme.
Para poder convencer a Char de que me había reformado, entonces, mi
primer paso debía ser obtener un puesto, cualquier puesto en Kensington Media.
Y si eso significaba suplicar de rodillas delante de Au, bueno, pues lo haría. El
pensamiento hizo que tuviera ganas de vomitar, pero lo haría por el bien de mi
hija.
Pero no quería pensar en eso ahora. Eché a un lado las preocupaciones,
sorprendentemente sin demasiado esfuerzo. A pesar de todo, estaba feliz. Podía
ser un frío día de febrero, pero el sol brillaba alegremente y se hacía eco a la
perfección de mi estado de ánimo.
Iba a conocer a mi hija y no tenía problemas con el mundo.
***
Charlotte
—Hola. Me llamo Hunter.
No pude evitar sonreír mientras Hunter se inclinaba desde su relativamente
elevada estatura y ofrecía solemnemente su mano a Diana. Ella puso sus
pequeñas manos en las de él y se estrecharon las manos con seriedad como dos
magnates de los negocios encontrándose por primera vez.
—Hola. —Por lo general Diana era tímida al conocer a alguien, pero
aparentemente Hunter tenía mano con los niños, porque parecía bastante
dispuesta a hablar con él. —Me gusta el parque.
Sus palabras fueron tan poco claras como las de cualquier niño de dos años,
pero él se las arregló para entenderla.
—A mí también.
—Aunque hoy está vacío. No hay nadie.
Hunter la sonrió (probablemente divertido por su pronunciación de vacío,
que sonaba como “vassío”) y contestó:
—Eso es porque hace frío.
—Yo tengo un abrigo. —Se señalo el abrigo rosa que le había comprado en
el hipermercado.
—Tu abrigo es muy bonito. Me gusta el color.
Ella miró de nuevo a su alrededor, confirmando la falta de compañeros de
juego de su edad y levantó de nuevo la mirada hacia él, aparentemente
decidiendo que Hunter serviría en caso de emergencia.
—¿Quieres tirarte por el tobogán conmigo?
Hunter sofocó una suave carcajada.
—Por supuesto.
En un momento, los dos se estaban persiguiendo el uno al otro por el parque
nevado, jugando a algún complicado juego de “tú la llevas” (que Diana ganaba
continuamente, sobre todo porque Hunter la estaba dejando ganar claramente),
así que preferí sentarme en un banco y observar. El parque solo era un pequeño
espacio abierto con columpios y un tobogán, rodeado por arbustos de hoja
perenne y más allá, un área boscosa mayor, donde había un sendero que a los
corredores les gustaba utilizar. Pero hoy, gracias al frío y a lo que quedaba de la
capa de nieve en el suelo, no había nadie excepto nosotros. El parque estaba tan
silencioso y vacío como nunca lo había visto.
Pero no permaneció silenciosos mucho tiempo. En poco tiempo, Diana
estaba chillando y riéndose, y la boca de Hunter se abría en una amplia y alegre
sonrisa que nunca había visto antes en él. Incluso cuando era adolescente,
siempre tenía el ceño fruncido. Pero esa expresión le quitaba todas las
preocupaciones de la cara y le hacía parecer más joven, despreocupado, feliz.
Le hacía parecer hermoso.
Era tan maravilloso que mi corazón palpitara con fuerza en mi pecho. Un
calor que descendía lentamente empezó a llenarme, junto con una sensación de
total y absoluta adoración que no sentía desde mi adolescencia. Intenté descartar
ese sentimiento, pero no pude.
—Todavía estoy enamorada de Hunter Kensington, pensé al darme cuenta.
Había estado obsesionada con él cuando era una niña, pero me enamoré de él esa
noche, en el callejón detrás de Zippo’s… y a pesar de todo lo que había pasado,
nunca había sido capaz de dejar de quererle. Y verle tan feliz… bueno, era como
cuando el sol brillaba con fuerza en lo más crudo del invierno. Inesperado, pero
maravilloso.
Finalmente, Hunter se tambaleó de vuelta al banco y se sentó pesadamente
junto a mí.
—Es como una máquina de movimiento perpetuo, —dijo maravillado,
mirando a Diana correr alrededor del área de juegos ella sola.
—Los niños de dos años no paran nunca, hasta que es hora de la siesta. Son
increíblemente agotadores.
—Si que lo son. —El la miró durante mucho tiempo, y yo intenté verla a
través de sus ojos: una persona pequeña y perfecta, bendecida con una energía
inagotable, su pelo negro como el de él, pero con reflejos cobrizos como el mío.
A medida que iba dejando de ser un bebé, los rasgos de los Kensington
empezaban a aparecer en su cara: la barbilla firme, las cejas arqueadas, los labios
llenos, que eran una versión en miniatura de los de Hunter. Yo pensaba que era
una niña guapa, incluso permitiendo el sesgo de ser su madre. La tierna mirada
de sus ojos mientras la miraba me hicieron estar segura de que él también lo
pensaba.
—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente.
—Diana, —contesté, aclarándome la garganta.
Le miré a la cara mientras procesaba lentamente lo que yo había dicho.
—¿Cómo la diosa romana?
Asentí.

—¡Oh! —El bajó la mirada hacia mí, y una expresión casi maravillada cruzó
su rostro. —Ya veo. La diosa de la caza. Tú… le pusiste el nombre en mi honor1.
—Sí, —dije, mirándole a los ojos de frente. —Porque después de todo lo que
había pasado… quería recordar que era tuya, Hunter. No podía permitirme
pensar que esa noche nunca ocurrió. Simplemente no podía.
Me miró durante un momento largo, su cara con una expresión extrañamente
intensa y, por un momento, creí que él bajaría su oscura cabeza hacia mí para
besarme. Pero entonces, volvió a mirar a Diana, y su expresión se relajó. Pareció
casi un esfuerzo consciente, como si deliberadamente estuviera tratando de que
las cosas fueran informales entre nosotros por ahora.
—¿Por qué no tomamos un chocolate caliente? —sugirió.
Pasamos el resto de la tarde bebiendo lentamente chocolate de la cafetería
cercana al parque y dando de comer a los patos que chapoteaban en el estanque,
parcialmente congelado. Diana gritaba feliz por la forma en que sus colas se
movían de un lado a otro y tuvimos que reprenderla una y otra vez porque
trataba de cogerlos. Vi a Hunter mostrar su amplia y genuina sonrisa más de una
vez y, cada vez que lo hacía, el corazón me golpeaba en el pecho.
Me acordé de lo que había pensado antes: “Todavía amo a Hunter
Kensington.”
Y según pasábamos más tiempo juntos, descubría que estaba enamorándome
de él más y más a cada momento.

1
N. de la T. —En inglés, Hunter significa cazador. Por ese motivo, el nombre de Diana, diosa de la
caza (hunt) y el del protagonista (Hunter) están relacionados.
Capítulo Siete
Hunter
—Necesito un trabajo.
Estaba de pie en la biblioteca tapizada de libros, delante del viejo escritorio
de caoba de mi padre, con la cabeza inclinada, como había estado muchas veces
antes durante mi infancia y mi tormentosa adolescencia. Solo que esta vez no era
mi padre el que me miraba desde el otro lado de la mesa. Era mi hermano
pequeño.
Pero era extraño lo mucho que veía a mi padre en los fríos y calculadores
ojos marrones y en la boca curvada irónicamente de mi hermano. Quizá por eso,
pensé, era por lo que Austin y yo nunca nos habíamos llevado bien. Quizá había
demasiado de mi padre en él.
Au me miró, juntando las puntas de los dedos debajo de su barbilla. La
comisura de su boca se levantó en esa sonrisita de suficiencia paternalista que
tanto odiaba.
—¿Hoy no me vas a gritar para que deje libre tu silla? —preguntó, con la
voz suave y tranquila. A pesar de su tono cuidadamente civilizado, todavía tenía
la sensación de que se estaba burlando sarcásticamente de mí, y sentí que me
ponía a la defensiva. Pero mantuve la cabeza baja. Me dolía admitirlo, pero no
era el macho alfa en esta situación. No estaba al mando. Au sí.
—No, —respondí. —Como te he dicho, necesito un trabajo.
—Y ya te he dicho, Hunter, que la Junta Directiva…
—No estoy pidiendo ser el presidente, —solté abruptamente. —Ni siquiera
un mando intermedio. Aceptaré cualquier puesto, Au, no importa lo
insignificante que sea. Solo… necesito un trabajo, de verdad.
Inclinó la cabeza hacia un lado, estudiándome.
—Qué interesante, —dijo, pensativamente. —¿Por qué necesitas un trabajo
precisamente ahora? ¿Has olvidado que eres billonario por derecho propio? No
necesitas trabajar en un McDonald’s para pagar tus facturas, ya lo sabes.
—Lo sé. Yo solo… —dejé escapar un profundo suspiro. No pude explicarle
que necesitaba probarme a mí mismo ante Char, para hacerle ver que ya no era
un niño rico mimado. Que quería trabajar, esforzarme, para hacerme un hombre
mejor, por ella y por Diana. —Quiero hacer algo de provecho, maldita sea. Eso
es todo.
—No me digas. ¿Y qué podría haber obligado al chico malo de Pinecone a
querer cambiar?
Ahora se estaba burlando de mi abiertamente, y lo que de verdad quería era
inclinarme hacia delante, cogerle por su corbata de seda de Hermes y ponerle de
pie para después darle un puñetazo en la mandíbula. Pero él había dejado lo
suficientemente claro en nuestra última conversación que cualquier
comportamiento violento por mi parte me llevaría de nuevo a la cárcel. No
dudaba de que no le temblaría la mano a la hora de presentar cargos. Después de
todo, sabiendo lo que sabía sobre él, era un riesgo para él en este momento y, si
yo estaba en la cárcel, él estaría más seguro.
El hecho de que mi propio hermano no fuera a titubear para meterme en la
cárcel una segunda vez hizo que me doliera el corazón, pero ignoré el dolor y
contesté tan calmadamente como pude.
—Supongo que la cárcel me ha cambiado.
—¿La cárcel? ¿De verdad? ¿Eso es todo?
Estaba claro que estaba pinchándome en un intento de encontrar las grietas
en mi armadura, así que me negué a dejarle ver ninguna. Sabía que no podía
mantener a mi hija en secreto, pero no estaba listo para hablarle de Diana justo
ahora, especialmente desde que sospechaba que no dudaría en usarla como arma
contra mí.
—Eso es todo, —dije obstinadamente.
—Mmmm… —Apoyó la barbilla en los dedos juntos y se quedó congelado
asó, como si estuviera pensando largo y tendido sobre mi problema. —Supongo
que podría encontrar un puesto en el servicio de mensajería, hermano mayor. ¿Te
gustaría?
El pensamiento me llenó de ira, pero luché para que no se reflejara en mis
ojos. Incluso entonces, podía oír la voz de mi padre dentro de mi cabeza, tan
claramente como si estuviera en la habitación con nosotros.
—Un Kensington, ¿trabajando en una posición tan baja? ¡Un Kensington
antes moriría!
Silenció la voz y respondí calmadamente.
—Ya te lo he dicho, Au. Estaré contento de aceptar cualquier trabajo que
puedas darme.
Él asintió, como si hubiera pasado alguna especie de prueba.
—De acuerdo, Hunter. Veré lo que puedo hacer.
—Gracias, —las palabras se atascaron en mi garganta, pero conseguí
escupirlas. Me giré hacia la puerta, pero la voz de Austin me detuvo.
—Oh, a propósito, ¿has visto los periódicos de hoy?
Sujetaba un ejemplar del Pinecone Gazette. Había sido la primera empresa
de medios de Kensington Media, hacía mucho tiempo y era el periódico básico
de una ciudad pequeña: dos páginas de noticias locales, y unas pocas páginas
más de eventos deportivos escolares y similares, salpicado de abundantes
anuncios de empresas locales. No era el tipo de periódico que no solía
molestarme en leer, estaba tan alejado del New York Times o del Washington Post
como era posible.
Lo cogí, con un interés tibio, y bajé la mirada hacia él.
La sangre de me congeló en las venas.
Porque ahí, en la primera página, había numerosas fotos de Diana, Char y yo
mismo dando de comer a los patos juntos. Y todas estas fotos estaban agrupadas
bajo un enorme titular: “¿HIJA SECRETA?”
Au levantó la mirada hacia mí, con su boca curvándose en esa odiosa
sonrisita de suficiencia.
—Realmente, parece como si hubiera algo que no me hubieras contado, —
dijo. —Dime, Hunter, ¿de verdad es tu hija?
No me molesté en contestar. Bajé la mirada hacia las fotos, sintiendo como el
mundo se resquebrajaba y se abría bajo mis pies.
—Oh, Dios mío, —pensé. —Char va a matarme.
Si Jacob no lo hace primero.
***
Charlotte
—¿Qué demonios es esto?
Acababa de poner un plato de huevos fritos con bacon delante de uno de mis
clientes habituales cuando oí una enfadada voz masculina.
—Oh, no, otra vez no, —pensé. Pero cuando miré alrededor, no vi a Hunter,
sino a Jacob, cerniéndose sobre mí, agitando furiosamente un periódico con la
mano.
No tenía ni idea de lo que estaba agitando delante de mí, puesto que mis
mañanas eras siempre frenéticas. Preparar a Diana para la guardería y ponerme
decente era todo lo que tenía tiempo de hacer. En cualquier caso, ¿quién leía
periódicos ahora? En los raros momentos en los que podía ponerme al día de los
acontecimientos actuales (y llorando sobre mis sueños perdidos de una carrera
de periodismo), utilizaba mi teléfono para navegar por Internet, como todo el
mundo. Los periódicos eran tan del siglo pasado…
Pero ahí estaba Jacob, agitando lo que parecía ser el Pinecone Gazette, entre
todas las cosas y parecía absolutamente enfurecido por su causa. Miré a Howie,
disculpándome (siento que haya tantos hombres enfadados en mi vida), y fui
hacia Jacob, intentando conducirle fuera.
Él se quedó allí plantado testarudamente, de pie justo en mitad de la cafetería
y empujó el periódico hacia mí.
—Dime que esto no es verdad.
Lo cogí, perpleja, y bajé la mirada hacia el titular. Las enormes palabras
“¿HIJA SECRETA?” me golpearon como un martillo, cortándome la respiración,
y las fotos de nosotros tres pasando tiempo en el parque hicieron que perdiera el
oxígeno que quedaba en mis pulmones. Pensaba que el parque estaba
completamente vacío, pero alguien había estado vigilándonos. Alguien había
estado oculto detrás de los arbustos y haciendo fotos. Alguien había estado
acechándome.
Otra vez.
—Lo siento, —dije, hablando muy bajito. No podía mentirle a Jacob, no
después de todo lo que había hecho por mí, de todo lo que había sacrificado para
ayudarme. De todas maneras, ahora que había visto esto, sabría que era verdad
solo con mirar la cara de Diana. Después de todo, los rasgos de los Kensington
estaban impresos en ella, en miniatura. —Es verdad.
—Tú y Hunter… vosotros dos… —Pareció darse cuenta de que estaba
farfullando y recuperó el control de su voz. —¿Cómo pudiste, Char?
—¿Sería posible que no habláramos de esto en mi lugar de trabajo?
—Ese hombre es un delincuente, Char. Y lo que hizo, en el instituto, si
supieras lo que hizo… —dijo bajando ligeramente la voz.
—Me acosté con él antes de que fuera un delincuente, —repliqué.
—Pero ahora estás pasando tiempo con él, ¿no es verdad? O sea, mira estas
fotos. Vosotros dos, divirtiéndoos juntos, con Diana… Puf. Juro que voy a
matarlo.
Sujeté la manga de su parka azul oscuro.
—No lo vas a hacer, Jacob. Escucha, prométeme que no vas a hacer ninguna
estupidez. Estábamos hablando. Eso es todo. Tenía derecho a saber lo de Diana y
no podía evitar que se enterara de todas maneras. Estaba destinado a
imaginárselo, tarde o temprano.
—Solo hablando, —dijo despectivamente, bajando la mirada a nuestras fotos
riendo juntos. —Seguro.
—Sinceramente, no estoy volviendo con él, Jacob. En realidad, ni siquiera
estuvimos nunca juntos al principio. Solo fue una noche…
—No tienes que decirme qué tipo de hombre es, —me cortó, levantando la
mano para pararme. —Ya lo sé, Char. Confía en mí. Lo sé.
Pensé que tal vez ahora que Jacob había dejado parte de la ira y Ia traición
fuera de sí, podría irse tranquilamente, pero, por desgracia, la puerta se abrió de
nuevo en ese momento, permitiendo que entrara una ráfaga de aire frío… y
Hunter Kensington.
Jacob se volvió furioso, soltando su brazo de mi restrictiva mano.
—¡Lo sabía! —su voz se elevó hasta un tono de enfado, y todo el mundo en
la cafetería que todavía no nos estaba mirando levantaron la cabeza de sus
desayunos y miraron hacia el drama que se estaba desarrollando. Nunca pasaba
nada en Pinecone, al menos no había pasado nada importante desde el arresto de
Hunter, y ahora, aquí estaba Hunter otra vez, una vez más en el centro de una
lasciva situación. —¡Os habéis estado viendo!
Se dirigió hacia Hunter, con mirada asesina. Traté de sujetarle desde atrás
por la capucha, pero él se liberó y levantó el brazo, claramente para pegar un
puñetazo. Hunter no cerró el puño, no levantó la mano para defenderse,
simplemente se quedó allí, esperando la llegada del golpe.
De repente, Howie estaba interponiéndose entre ambos. El bueno y viejo
Howie. Era un tío enorme, incluso si ya no estaba en la mejor forma física
posible, y atrapó el puño de Jacob en su mano grande y callosa, y se lo bajó
fácilmente.
—Caballeros, aquí no va a haber peleas a puñetazos, —les informó,
manteniéndoles apartados el uno del otro. —Hagan el maldito favor de salir de
mi local, ambos, o llamaré a la policía.
La mirada de Hunter se volvió hacia mí y yo le devolví la mirada,
contestando su muda pregunta con los ojos: “Hablaremos más tarde.” Él asintió
ligeramente, entonces se giró hacia la puerta y desapareció en el sombrío día de
febrero. Jacob se volvió para mirarme fijamente, después gruñó audiblemente y
también se fue.
Me quedé allí de pie, temblando. Howie se acercó a mí, y puso una mano en
mi hombro amablemente.
—Necesitas arreglar los dramas de tu vida, —dijo, no sin amabilidad. —No
puedo tener jóvenes enfadados entrando en mi cafetería a pelearse contigo. Es
malo para el negocio, ya sabes. Tomate la tarde libre y arregla tu vida, Char. Y
por amor de Dios, mantén los dramas fuera de mi cafetería de ahora en adelante,
¿de acuerdo?
—De acuerdo, —contesté, paralizada. —Lo intentaré.
***
Hunter
—Necesitamos hablar.
Había estado sentado de nuevo en el banco de hierro del parque, mirando al
estanque delos patos y tan concentrado en mis sombríos pensamientos que no
había oído las pisadas acercándose. Levanté la cabeza de golpe, y descubrí a
Char allí de pie, mirándome.
No podía leer su expresión, pero asumí que estaba enfadada por lo que había
pasado en la cafetería. ¿Quién no lo estaría? Claro que realmente yo no había
hecho nada, pero incluso así…
—Siento lo del artículo en el periódico, —le dije. —Y lo que ha pasado esta
mañana en la cafetería.
—No ha sido culpa tuya. Yo siento el comportamiento de mi hermano. Saber
que eres el padre de Diana… bueno, creo que ha supuesto una conmoción para
él. Te odia.

La horrible franqueza de esas palabras me hirió como un puñal. Por
supuesto, intelectualmente sabía que Jacob me odiaba, pero oírlo tan
brutalmente… dolía. Después de todo, una vez fue mi mejor amigo. Realmente,
nunca le reemplacé en mi corazón, nunca encontré a otro hombre al que pudiera
llamar amigo íntimo. En la universidad, me convertí en un solitario y me aseguré
a mí mismo que lo prefería así.
Pero en el fondo, sabía que no era verdad.
Ella se acomodó en el banco de hierro a mi lado, su muslo cerca del mío.
Estuvimos en silencio un rato largo, mirando el pequeño estanque de los patos.
Hacía tanto frío que los bordes estaban cubiertos de hielo, pero los ánades reales
nadaban rápidamente en círculos en aguas abiertas, levantando los traseros casi
constantemente mientras buscaban comida. El cielo era de un sombrío y
premonitorio gris metálico, y el sol que había brillado tan alegremente el día
anterior estaba en algún sitio donde no podía encontrarse, escondido detrás de
oscuras nubes que se desplazaban rápidamente.
Por fin habló.
—Siento haber tratado de dejarte fuera, —dijo.
—Está bien, —bajé la mirada hacia ella sorprendido. Había esperado enfado,
no una disculpa. Entiendo por qué lo hiciste.
—No está bien. Es solo que… bueno, me he acostumbrado a pensar en Diana
como mía en el último par de años. Mi madre y Jacob me han ayudado a criarla,
pero incluso así, pienso en ella como mía y solo mía. Pero sinceramente…. Ella
nunca ha sido solo mía, ¿verdad? También es tuya y debería haberte hecho saber
de ella en el momento que nació. Pero estaba asustada.
—¿Asustada porque ella supiera que era hija de un delincuente?
—En parte, —admitió ella, y la realidad de las palabras volvió a herirme
como una puñalada. Porque, por supuesto Diana era hija de un delincuente y
ahora lo sabía toda la ciudad. Pronto, pensé tristemente, lo sabría todo el país. A
la gente le encantaba un buen escándalo Me preguntaba por cuantos malos
momentos tendría que pasar mi hija en su vida a causa de mis elecciones. —Pero
también por tu familia. En aquel momento, tu padre aún vivía, y yo tenía miedo
de que, si él sabía que era tuya, intentaría obtener la custodia de algún modo.
—Probablemente fue lo sensato, —coincidí. —Mi padre hubiera querido
criarla como a una Kensington.
—Sí. Lo que hubiera significado que habría vivido en una mansión, no en
viejo y ruinoso adosado. Que hubiera tenido niñera y hubiera ido a la guardería
más exclusiva. Y llevado la mejor ropa, jugado con los mejores juguetes, y…
bueno. La habría perdido, Hunter. Sabes que es así.
Pensé en la obsesión de mi padre con la familia, y la cantidad de dinero que
tenía a su disposición, en comparación con Char. Asentí.
—Tenías razón, —admití. —Mantener la verdad en secreto era la única
manera de conservarla.
—Sí. Hice lo que tenía que hacer, pero aún lo lamento. No fue justo para ti.
Pero ahora…
—No quiero separarla de ti, Char. Lo sabes, ¿verdad?
Ella levantó la mirada hacia mí, y una ligera sonrisa apareció en sus labios.
—Lo sé, —dijo ella, —aunque no podría decirte cuando lo he sabido.
Cuando oí que habías salido de la cárcel y volvías a casa, lo primero que pensé
fue que podrías llevarte a Diana de mi lado. Pero ahora que te conozco… No
creo que fueras capaz de semejante cosa.
—Tienes razón. No podría. Ayer vi cuanto te quiere. Cómo la adoras. Nunca
podría separarla de ti, de ninguna manera. Te necesita.
—Pero necesita a su padre, también. —Se inclinó y, suavemente, puedo una
mano en la mía. Me di cuenta de que había estado cerrando los puños sobre los
muslos, y conscientemente, traté de relajar las manos. —No es justo por mi parte
guardármela toda para mí. Al principio, pensé que era lo que quería, pero ahora
me he dado cuenta de que ella te necesita, Hunter. Y tú a ella.
Nunca había necesitado a nadie en mi vida, y la idea de que yo necesitaba a
alguien, y menos aún a una niña de dos años, era absurda, casi insultante. Debí
dejarlo ver en mi expresión, porque ella se rio suavemente.

—Es verdad, —insistió ella. —Deberías haberte visto la cara ayer. ¿Has
mirado bien las fotos del periódico? Toma, echa un vistazo.
Sacó el periódico de debajo de su brazo y me lo tendió. Lo tomé, con
curiosidad. Realmente no había visto de cerca el periódico cuando Au me lo
había lanzado por la mañana, así que me tomé mi tiempo para mirar las fotos
ahora. Los tres estábamos sonriendo juntos mientras dábamos de comer a los
patos, con todo el aspecto de ser una familia feliz. Había incluso un par de fotos
en las que claramente nos estábamos riendo.
Me había reído con Char y mi hija.
Yo nunca me rio.
Miré las fotos y me asombré. Tal vez necesitaba de verdad a mi hija.
Y tal vez, solo tal vez, también necesitaba a Char.
Giré la mano, con la palma hacia arriba y enredé mis dedos con los suyos.
Ambos miramos nuestras manos unidas durante un largo rato.
—Diana no es solo mía, —me dijo suavemente. —Es nuestra.
Sentí una inmensa ola de gratitud recorriendo mi cuerpo, tan cálida en
intensa que no podía ponerle palabras. Quería darle las gracias, pero, en cambio,
simplemente me giré hacia ella y la envolví con mis brazos. Ella deslizó los
brazos alrededor de mi cuello y nos abrazamos el uno al otro durante un largo
instante.
No me importaba nada quién pudiera estar acechando en los arbustos,
mirando o haciendo fotos. Sinceramente no me importaba.
Este momento era solo nuestro.
Respiré el aroma de su pelo, el olor a fresas y supe que era mi turno de
sincerarme. Ella me había devuelto a mi hija, y ahora era el momento de que yo
le diera a ella la verdad. Se lo debía.
—Tengo que decirte algo, —susurré en su oído.
Sentí sus pestañas aletear en mi mejilla mientras parpadeaba, confusa.
—¿Qué tienes que decirme?
Suspiré profundamente, y luego escupí las palabras con prisa.
—La acusación de malversación… no fui yo, Char. No lo hice. Lo juro.
Echó para atrás bruscamente la cabeza y me miró fijamente.
—¿Qué quieres decir, Hunter? Te declaraste culpable, ¿no fue así?
—En realidad acepté un proceso sin disputa. Y… no puedes decírselo a
nadie. Prométemelo. Promételo.
Ella pareció entender, por mi tono, la enorme repercusión de lo que iba a
decir, porque asintió muy solemnemente.
—Te lo prometo.
Nunca le había dicho a nadie la verdad, y no sabía por qué se lo iba a decir
ahora, excepto porque era la madre de mi hija y se merecía saber que no era tan
terrible como ella pensaba que era. Admito que no era ni parecido al concepto de
hombre ideal, pero tampoco era un criminal. Y de alguna manera, necesitaba
desesperadamente que ella lo supiera.
—Au… Au fue quien malversó ese dinero de la fundación, —dije por fin,
vacilando solo un poco. —Mi padre me pidió que asumiera la condena por él, así
que lo hice.
—¿Me estás diciendo que fuiste a la cárcel para proteger a tu hermano
pequeño? —me miraba fijamente, con la boca abierta.
Asentí.
—La devoción de los Kensington a la familia —dijo secamente, —es
bastante más jodida de lo que yo pensaba.
El comentario me hizo soltar una risa entre dientes.
—Supongo que tienes razón. Pero en ese momento, Au solo tenía
veinticuatro años. Era solo un crío. No se merecía arruinarse la vida por culpa de
un error estúpido.
—Oye, que yo tengo veinticuatro años, muchas gracias. Y no soy una cría,
soy una adulta. Y si quieres mi opinión, si Austin era lo bastante mayor para
cometer el delito, también era lo bastante mayor para ir a la cárcel. —Vio que
estaba a punto de responder y rápidamente levanto las manos en un gesto
defensivo. —Pero puedo ver que tú no lo sientes así. Que tú todavía no lo sientes
así. Yo… solo siento que tu padre decidiera pedirte que te sacrificaras de esa
manera, Hunter. No te debería haber pedido que lo dejaras todo por tu hermano.
Fue un error.
—Está bien, —dije, aunque realmente no lo estaba. Me había estado
afligiendo durante años… ¿Mi padre me había pedido que pagara en lugar de Au
porque le quería más a él? No podía ver otro motivo para su elección, y de
alguna manera lo entendía. Yo había estado lejos de ser el hijo perfecto, mientras
que Au había sido todo lo que el viejo había querido en un hijo. Au era
inteligente, amable, y un líder nato, mientras que yo había sido…
Bueno, la verdad es que había sido un imbécil. Quizá todavía lo era.
—No lo está. —Char sonaba más indignada que antes. —Es lo más alejado
de estar bien, maldita sea. ¿Por qué todavía le proteges? ¿Por qué no lo cuentas,
simplemente? Podrías limpiar tu nombre…
—Au es mi hermano, Char. Admito que no me gusta mucho, pero le quiero.
Si fuera Jacob, ¿No lo dejarías todo por protegerle?
Se quedó en silencio un momento, pensando en ello.
—Sí, —contestó finalmente, en voz baja. —Supongo que lo haría.
—En cualquier caso…—suspiré, mirando de nuevo a los ánades reales,
nadando despreocupadamente en el agua. Los patos tenían una vida simple y con
pocas complicaciones. Que afortunados. —La verdad es que, sinceramente
pienso que ha resultado ser lo mejor. Au siempre ha tenido más cabeza para los
negocios que yo, y realmente está siendo un buen presidente. He estado leyendo
sobre Kensington Media, y está haciendo un trabajo condenadamente bueno en
la empresa. Mejor de lo que yo hubiera hecho, imagino. Es posible que mi padre
hiciera su elección por eso, porque pensaba que Au, con todos sus defectos, sería
mejor para la empresa.
—Pero…
—Sin peros, Char. Se acabó y nada puede cambiarlo ahora. No tiene sentido
remover los viejos problemas. Ya estoy fuera de la cárcel y tengo una
oportunidad para empezar de nuevo. Y me gustaría hacerlo, en gran parte…
contigo y con Diana.
Me miró durante un largo m omento, sus ojos azules brillando con las
lágrimas. Su mano apretando la mía, apretando tan fuerte que casi dolía.
—¿Por qué no vienes a cenar esta noche, Hunter?
Capítulo Ocho
Charlotte
Decir que la cena fue incómoda sería no hacerle justicia en absoluto.
Hunter llegó a las seis. Parecía como si hubiera cuidado su aspecto, su pelo,
oscuro como la medianoche estaba recién cortado y bien peinado y estaba muy
bien afeitado; pero, sabiamente, tampoco se había puesto un traje de 10.000$ en
un erróneo intento de impresionar a mi familia. Bajo la omnipresente cazadora
de cuero, simplemente llevaba un polo a rayas azul marino y burdeos y unos
vaqueros de color índigo oscuro.
Jacob insistió en recibirle en la puerta, para mi consternación. Lo último que
quería era que se pusieran de nuevo a pelearse a puñetazos. Pero solo se miraron
fijamente el uno al otro durante un largo instante, después Jacob abrió la puerta
del todo y, simplemente, le dijo que pasara.
Hunter entró en el recibidor, se quitó la cazadora y la colgó en el perchero de
los abrigos, exactamente igual que lo hacía cundo visitaba a Jacob en la época
del instituto. Antes de que pudiera dar otro paso, mi madre llegó corriendo desde
la cocina, se estrelló contra él y le echó los brazos al cuello con su habitual falta
total de dignidad.
—¡Cuánto me alegro de verte, cariño! —gorjeó en su oído. —¡Estás tan
mayor y tan guapo!
Los ojos de Hunter se abrieron del todo por la sorpresa, como si no hubiera
esperado encontrarse en el lado que recibiría un abrazo de madre, pero,
educadamente, trató de devolverle el abrazo.
—Mmm. Yo también me alegro de verla, Sra. Evans.
Él la soltó y miró dubitativamente a Jacob, cuya cara se había vuelto asesina.
Parecía como si pudiera matar allí mismo a Hunter después de todo. Me
interpuse entre ellos, cogí el brazo de Hunter y le dirigí hacia el comedor.
Él había comido en nuestra casa muchas, muchas veces cuando era
adolescente, y yo le recuerdo comiendo la comida de mi madre con un
entusiasmo tremendo, tanto que a menudo me preguntaba si le daban de comer
en casa. Por supuesto, toda la ciudad sabía que su familia tenía un chef francés
que preparaba comidas maravillosamente exóticas para el clan Kensington,
cualquier cosa desde filet mignon hasta escargots, que se ponían en bandejas de
plata y un mayordomo inglés se las serviría a la familia. Hunter debía disfrutar
una comida increíble en su casa.
Pero siempre parecía preferir el pastel de carne.
Mamá lo había recordado, también. Cuando la informé tímidamente de que
Hunter vendría esa noche, se dirigió corriendo a la cocina y empezó a preparar
pastel de carne. Ahora estaba poniendo grandes pedazos en cada plato, junto con
raciones generosas de puré de patata y judías verdes. No teníamos bandejas de
plata, solo la misma vieja vajilla que mamá tenía desde los setenta. Pero la cena
valía para mí un millón de dólares.
—¿Queréis poner la mesa, chicos? —dijo ella.
Había dicho lo mismo docenas de veces cuando eran adolescentes; y siempre
se habían apresurado a poner la mesa mientras charlaban y reían. Ahora los dos
se miraron el uno al otro con cara de póker y después fueron a por los cuchillos y
tenedores, que seguían estando en el mismo cajón en el que habían estado diez
años antes. Momentos después la mesa estaba puesta para satisfacción de mi
madre, senté a Diana en su trona y nos sentamos todos a cenar. Vi cómo Hunter
parpadeaba confuso cuando mi madre le puso delante un gran vaso de leche.
—Recuerdo que siempre te gustó la leche, —le dijo ella.
Yo sospechaba que ahora estaba acostumbrado a saborear Chablis y Burdeos
con la comida, pero mamá aparentemente había tomado la decisión imperativa
de tratarle como si no hubiera pasado el tiempo y todavía fuera un adolescente.
Lo que quizá era lo mejor, considerando todo lo que había pasado desde
entonces.
Comimos con ganas y, a pesar del silencio incómodo que prevalecía, la cena
parecía ir bien. Hunter devoraba su pastel de carne con tanto entusiasmo como si
lo hubiera preparado por el chef francés más del mundo, y engulló la leche como
si estuviera sediento, también.
Pero nadie parecía tener nada que decir.
No pasó mucho tiempo hasta que Diana decidió que el silencio reinante era
inaceptable y decidió llenarlo con un largo monologo sobre su día en la
guardería, que ella parecía estar dirigiendo sobre todo a Hunter. Como a todos
los niños de su edad era difícil entenderla cuando se lanzaba, pero Hunter la
escuchaba con una apariencia total de intenso e intervenía en los momentos
adecuados diciendo cosas como “¿es así?”, “guau, que emocionante”, y
“¡suena divertido!”.
Viéndolos juntos a los dos, no pude evitar pensar que era mucho mejor padre
de lo que jamás hubiera imaginado. Les recordé a los dos corriendo juntos
alrededor del parque, él riendo mientras ella chillaba encantada, y parecía que no
podía dejar de mirarlos interactuar. Debía estar poniendo cara de dibujo
animado, con corazoncitos saliéndome por los ojos, porque de repente Jacob me
lanzó una mirada de disgusto total y tiró su tenedor en el plato con una violencia
totalmente innecesaria. Tintineó claramente contra el plato y todos miramos
hacia él.
—Lo siento, —dijo él, poniéndose en pie tan rápido que casi tira la silla. Su
cara, que normalmente era amistosa y feliz, estaba oscurecida de la ira. —No
puedo hacer esto. No puedo sentarme aquí y fingir que es perfectamente normal
invitar a alguien… alguien como él a nuestra casa. Sencillamente no puedo, ¿de
acuerdo?
Mi madre levantó la mirada hacia él, después se puso en pie lentamente.
Jacob medía un metro ochenta y cinco y ella solo un metro sesenta, pero de
repente parecía tan imponente como una reina, su cara redonda y con arrugas de
expresión, coronada de plata.
—Siéntate, Jacob, —dijo ella, la voz cortante como el acero.
—Te lo he dicho, no puedo.
—Puedes y lo harás. Hunter es nuestro invitado, y el padre de Diana. No te
atrevas a marcharte de esta mesa.
—Sra. Evans, no quiero ser la causa de un conflicto… —dijo Hunter,
poniéndose también en pie.
—Silencio, —dijo ella, severamente, lanzándole una mirada y (para mi
diversión) se calló inmediatamente. —Hunter, querido, esto no es culpa tuya y tú
tampoco te vas a ir. No sé qué pasó entre vosotros hace años, pero vais a tener
que aprender a llevaros bien de nuevo, por el bien de la niña.
—Pero él…. —balbuceó Jacob y mamá volvió su mirada taladrante hacia él.
—Silencio.
Él se cayó, y Hunter, sensatamente no dijo nada. Incluso Diana, que se había
embarcado en un largo y sincero monólogo comparando los columpios del
parque con los de su escuela, se sumó al silencio. Mamá no se enfadaba mucho,
pero cuando lo hacía, nadie quería cruzarse con ella.
—Vosotros dos, sentaos.
Se sentaron.
—Toma otro trozo, Hunter, querido. Hay mucho. —Le pasó la bandeja de
rebanadas de pastel de carne, y él, educadamente, se sirvió otra. Después de
dudar un momento, le pasó la bandeja a Jacob, que también tomó una rebanada.
—Gracias, Sra. Evans.
—Gracias, mamá.
—Así está mejor, dijo ella, sonriéndoles a ambos. —Poneos más patatas,
chicos.
Obedientemente, se sirvieron más patatas.
***
Charlotte
Pocos días después, me encontré pasando rápidamente por las estrechas
calles de Pinecone en una limusina. Y no una limusina cualquiera, sino una
Rolls-Royce. Era un viejo coche señorial que había estado rodando por las calles
de Pinecone desde que puedo recordar, llevando a los Kensington a sus
diferentes sucursales por toda la ciudad. Su pintura color ébano brillaba al
atardecer, casi tan brillante como la parrilla cromada en la parte de delante,
rematada con un ángel.
Era un coche que decía clase, dinero de familia y quítate de mi camino, don
nadie; con cada suave ronroneo de su motor. Nunca habría esperado encontrarme
en su interior.
Y, sin embargo, aquí estaba, apoltronada en los asientos de suave piel y
bebiendo un refresco que encontré en la nevera (sí, el coche realmente tenía una
nevera).
No estaba exactamente vestida para un coche como este. Hunter me había
enviado un mensaje, sugiriéndome que fuera a cenar, y volví a casa del trabajo y
me cambié rápidamente, poniéndome unos vaqueros y una vieja camiseta
alabando el Festival de los Cacahuetes de Pinecone (el punto álgido del verano
en Pinecone cada año). Y entonces, justo como Hunter había prometido, el viejo
Rolls había parado delante de nuestra casa y el chófer salió y se puso de pie
rígidamente a su lado, esperándome.
Había visto a los vecinos quedarse mirando con los ojos como platos
mientras yo entraba. Yo ya había sido causa de un pequeño escándalo entre los
vecinos más mayores, debido a que había tenido un hijo fuera del matrimonio
(algo que solo a la población mayor de sesenta años parecía preocuparle, para ser
completamente sinceros). Pero subir en el bien conocido Rolls de los
Kensington, mientras el conductor me sujetaba la puerta como si yo fuera una
famosa rica y con mucho glamur en lugar de la vulgar camarera de todos los
días, parece que hizo que todas las puertas de la calle se abrieran y todos mis
vecinos salieran a la entrada a pesar del frío. Se quedaron allí, mirando como si
el circo hubiera llegado a la ciudad y yo protagonizara el espectáculo de los
monstruos.
Y después, me llevaron como a Cenicienta en su carroza, dejándoles a todos
murmurar sobre mí.
El coche rodaba suavemente por las afueras de la ciudad y, al dar la vuelta a
una curva, vi Hilltop.
Era una vieja mansión, construida en los años veinte. Se le habían hecho
añadidos a lo largo de los años y, como consecuencia, se había ido extendiendo
en todas direcciones. En algún momento se había pintado de blanco para ocultar
las diferentes tonalidades de ladrillo que se habían utilizado a lo largo de los
años, y, bajo los rayos del último sol de la tarde, brillaba como un templo
celestial en lo alto de la colina que dominaba Pinecone, mirando a la ciudad
sobre las alturas precisamente de la forma en la que siempre lo hacían los
Kensington.
Nunca había estado en Hilltop. Estaba bastante segura de que Jacob
tampoco. Hunter siempre se había dejado caer por nuestra casa y siempre tuve la
impresión de que, de alguna manera, Jacob no era bienvenido a la mansión. Y
era triste, porque en aquella época eran los mejores amigos y si Jacob no era
bienvenido en su casa, entonces, ¿quién iba a serlo?
Se me pasó por la cabeza que crecer siendo un Kensington debía haber sido
muy, muy solitario.
El Rolls seguía su camino subiendo por la larga entrada de coches, llena de
curvas, y avanzó hasta pararse delante de una enorme puerta doble. El conductor
salió al instante, dio la vuelta y me abrió la puerta. Le di las gracias y miré hacia
la larga escalera que llevaba a la puerta, que chirrió al abrirse.
Hunter estaba allí de pie, esperándome.
—Hola, —me saludó.
Capítulo Nueve
Hunter
Cuando invité a Char a Hilltop, le había dicho que era para que pudiéramos
conocernos un poco más. Eso fue lo que dije, pero tristemente era consciente de
que mis motivos eran bastante menos puros.
La oscura realidad era que lo que realmente quería era impresionarla. Quería
que viera todo lo que podía ofrecerle a nuestra hija: una casa impecablemente
decorada, la mejor comida, estar en contacto con arte, música y literatura. Podía
ser un criminal, pero era un criminal billonario, maldita sea.
Me reí tristemente para mis adentros. En cierto sentido, no era mejor que mi
padre. Admito que él hubiera querido llevarse a Diana para que pudiera tener lo
mejor del mundo. Yo no quería separarla de Char, pero también quería que ella
tuviera esas cosas.
Lo que era ridículo. Era feliz con Char y su familia. Una mansión con un
ejército de criados no la haría más feliz.
Cuando era niño, nunca me había hecho feliz. Como adolescente, lo había
odiado, y había añorado tener una vida más sencilla, por un lado, pero
disfrutando los privilegios que ser un Kensington me proporcionaba, por otro.
Había mirado la casa de los Evans con ansía, añorando el calor y la vida familiar
que compartían… a la vez que los miraba desde arriba, también.
No sabía que era lo que quería, pero lo que sabía era que no quería que
creciera para ser el tipo de imbécil arrogante y consentido que había sido yo.
Quería ser mejor padre de lo que había sido mi padre. Por encima de todo, quería
que Diana fuera feliz.
Aun así, le enseñé a Char toda la casa, empezando por el vestíbulo con suelo
de mármol, enseñándole después el salón lleno de antigüedades francesas, el
comedor con su deslumbrante araña de cristal de Baccarat, la sala de cine
(decorada como un teatro Art Decó, incluso con las butacas de terciopelo rojo), y
el largo pasillo que unía la parte original de la casa con uno de los nuevos
edificios, que servía como galería de arte. Había estatuas que iban desde estatuas
originales griegas y romanas hasta el orgullo de mi padre, un bronce de Rodin.
Pinturas originales adornaban las pareces, incluyendo un Warhol y un Picasso,
entre otras menos conocidas. Char debía haber seguido uno o dos cursos de
historia del arte, porque sus ojos se abrían más y más mientras caminábamos a
través del largo pasillo.
Y al final del pasillo, empujé la pesada puerta de arce de la biblioteca para
abrirla.
—Y esta, —dije, —es…
Me detuve al ver que Au se ponía de pie desde detrás del escritorio. Levantó
una ceja hacia mí.
—¿Tenemos compañía, hermano?
Sentí que mis dientes se iban hacia atrás en un gruñido a pesar de mis
mejores intenciones. Au sostenía mi futuro en palma de su mano, y por eso sabía
que necesitaba tratarle con respeto y cortesía. Pero era tan irritante. Todo lo que
tenía que ver con él, me irritaba, desde su tono desdeñoso hasta la maldita ceja.
—Clive me dijo que estarías en Nueva York esta noche.
—Sí. Justo ahora me iba. —Au se pasó una mano por el pelo dorado,
alborotándoselo con estilo y se acercó a nosotros. Llevaba otro traje, este era
azul marino con un sutil estampado de raya diplomática, con una corbata de un
profundo color burdeos destacando sobre su brillante camisa blanca. Habló con
su tono más formal. —¿No te importaría presentarme a esta encantadora joven?
La última cosa que quería era que Char y Au se conocieran justo esta noche.
Todo lo que le había contado debía estar todavía fresco en su memoria, y
recordaba cuánto se había indignado al defenderme. Si a ella se le escapaba
algo…
Pero no. Había jurado que guardaría mi secreto, sim importar cuánto le
enfadara la situación, y yo confiaba en ella. De hecho, creía en ella mucho más
de lo que nunca había creído en nadie. Lo que era extraño, cuando pensaba en
ello. Pero en las últimas veinticuatro horas, mi fe en ella había llegado a ser
absoluta.
Podía confiarle a Char mi vida.
—Esta es Char Evans, —dije, finalmente. —Char, mi hermano Austin.
Ella le ofreció la mano, sin demasiado entusiasmo y Au la tomó en la suya y
la acercó a la suya, besándola el dorso como si ella fuera una princesa.
—Estoy encantadísimo de conocerte, —dijo él, liberando su mano y la miró
a los ojos honestamente. Había una sinceridad en su voz que la hizo parpadear
de sorpresa y, de alguna forma, a mí también me dejó de piedra. Estaba tan
acostumbrado a que Au fuera un capullo mordaz y sarcástico conmigo que me
había olvidado de que podía ser encantador con el resto del mundo.
La verdad es que ambos éramos unos imbéciles. Simplemente, él era mejor
ocultándolo.
—Yo también, —dijo ella, y le miró fijamente, con una mirada asesina. —He
oído hablar mucho de ti.
Au no parpadeó, no delató que estuviera preocupado ni siquiera por el
movimiento de una pestaña.
—Bueno, —dijo él, sus fríos ojos marrones dirigiéndose hacia mí, —te dejo
te dejo tu apreciada habitación para ti, hermano, necesito llegar a Nueva York y
necesito instalarme antes de la reunión de negocios de mañana. Algunos de
nosotros tenemos trabajo importante que hacer, después de todo. —Miró de
nuevo a Char, y su mirada se suavizó. —Siento que no hayamos tenido tiempo
de hablar esta noche, Srta. Evans. Espero llegar a conocerla mejor con el tiempo.
Se separó de nosotros y salió de la habitación. La puerta se cerró tras él y me
quedé allí de pie, sintiéndome desconcertado. Había sido el imbécil habitual
conmigo, pero había tratado a Char con respeto y cortesía, bastante más de lo
que hubiera hecho mi padre en las mismas circunstancias. Nada en su
comportamiento había sugerido que pensara que era inferior a él. Mi padre
hubiera tratado a Char como algo que se acabara de quitar del zapato. Au la
había tratado de la misma manera que hubiera tratado a cualquier dama de
sociedad o a una actriz mundialmente famosa.
¿Era porque sabía que Char era la madre de mi hija? ¿O simplemente era
más decente de lo que yo había imaginado?
Bajé la mirada hacia Char y me di cuenta de que estaba tan desconcertada
como yo.
—No es como yo lo esperaba, —dijo despacio, como si estuviera
reflexionando sobre el encuentro. —Es obvio que vosotros dos no os lleváis
bien, pero eso no es en absoluto inusual entre hermanos. Pero incluso asó, creo
que te mira con… no sé, respeto.
Yo resoplé.
—Y ha sido realmente educado conmigo. En general, parece bastante buen
tío, Hunter. ¿Estás absolutamente seguro de que fue él quien malversó esos
fondos? —continuó ella, obstinadamente.
Algo en mi pecho se volvió duro y frío. Pensé que era mi corazón,
convirtiéndose en hielo. Diez segundos en compañía de mi hermano, y había
cambiado de bando. Y eso que le hubiera confiado mi vida, pensé amargamente.
—¿Estás sugiriendo que yo…?
—No.—Puso una mano suavemente en la parte superior de mi brazo para
detenerme. —Por supuesto que no estoy sugiriendo que lo hicieras tú, Hunter. Ya
me has dicho que tú no lo hiciste y te creo. Lo que me estoy preguntando es,
¿Estás seguro de que Au fue quién robo ese dinero? ¿Habría alguna posibilidad
de que hubiera sido tu padre?
—¿Mi padre? —Me reí suavemente. —La fortuna de mi padre era de más de
diez billones de dólares, Char. ¿Cuál podría haber sido su posible motivación
para robar unos pocos cientos de miles de la Fundación Kensington?
—No lo sé, —dijo ella, frunciendo el entrecejo con perplejidad mientras
miraba la puerta cerrada por la que había desaparecido Au. —No lo sé, Hunter.
Pero…
—Mira, —dije impaciente. —Tú no conoces a Au como yo, ¿de acuerdo? Es
muy bueno fingiendo ser un tío diciendo. Pero no lo es. Siempre ha sido… no sé,
un pelota.
—Ser un pelota no es lo mismo que ser un criminal. Mmmm… —Parecía
estar reflexionando sobre ello. —He notado algo más, ¿sabes? Estaba cojeando.
—Sí. Comenté en el desayuno la otra mañana que se había hecho daño en la
pierna jugando al ráquetbol.
—Ahá…. Pero… bueno, ¿recuerdas al tío que me asaltó la otra noche? Le di
una patada bastante fuerte.
Definitivamente, me acordaba. Le había dado una patada tremenda, de
acuerdo, y el tío probablemente estaría cojeando todavía. Incluso así, apenas
podía reconciliar las dos ideas en mi mente y me puse la mano en la cabeza,
bajando la mirada hacia ella confuso.
—¿Estás sugiriendo que, entre todas las personas del mundo, Au estaba
vagabundeando por Pinecone de noche, atrapando chicas guapas y arrastrándolas
a los callejones?
La idea de mi hermano como malversador era una cosa. Siempre había sido
un poco entrometido de niño y ahora, por lo general, estaba reconocido como un
genio de los negocios. Podía haber robado fácilmente ese dinero sin dejar pistas
detrás de él. Realmente, lo único que me preguntaba era como le habían cogido.
Pero imaginar a Au; al refinado, pretencioso y pomposo Au, como un ladrón
o un violador era otra cosa totalmente distinta. Era verdad que desde que yo
había vuelto, él había salido casi cada noche, pero estaba seguro de que solo
estaba haciendo lo que decía que iba a hacer: ir a la ópera, a la inauguración de
la temporada de la sinfónica o de una galería de arte en Richmond y Washington.
Esa era la clase de cosas que siempre le habían encantado. Y tenía aún más
motivos para no estar en casa ahora. Después de todo, yo estaba allí.
La idea de mi remilgado hermano pequeño esperando en callejones oscuros y
abusando de inocentes chicas jóvenes era un concepto que no entraba en mi
cabeza. Pero antes de que pudiera discutir el asunto, movió la cabeza.
—No digo a chicas en general. No he oído que hayan asaltado a nadie más
en los últimos días, y la gente habla en la cafetería, ya sabes. Si hubieran estado
atacando a mujeres, lo había oído. De lo que habla la gente últimamente es de tu
vuelta a la ciudad. Lo que estoy sugiriendo es que Au me atacara a mí,
específicamente.
—¿Por qué diablos iba a hacer eso?
—No tengo ni idea, —se encogió de hombros, desechando la idea. —
Supongo que era una idea tonta. Probablemente se hizo daño jugando al
ráquetbol, como has dicho. No te preocupes. ¿Esta es la biblioteca? ¡Es como la
biblioteca de La Bella y la Bestia! De todas formas, ¿cuántos libros hay en esta
habitación?
Nos pasemos al menos media hora rodeados de libros, mientras se
maravillaba ante los tomos más antiguos, encuadernados en piel, y las altas
escaleras rodantes y me dio varias sugerencias para reorganizarla por tema y
autor, de forma que los volúmenes individuales fueran más fáciles de localizar.
Considerando que la biblioteca estaba compuesta de cientos y cientos de libros,
que mi padre parecía haber distribuido aleatoriamente por las estanterías, era una
buena idea, y decidí empezar a trabajar en ello al día siguiente. Aunque no
tuviera un trabajo de verdad, pagado, al menos podía empezar a organizar mi
habitación favorita. Era mejor que nada.
También miró las fotos de familia distribuidas por las estanterías, y sonrió al
ver mis fotos enmarcadas en plata, vestido con mi cazadora de cuero, frunciendo
el ceño a la cámara como James Dean.
—No es de extrañar que estuviera colada por ti en aquel momento. Mira lo
guapísimo que eras.
Pensaba que parecía un joven idiota y odioso, pero me lo guardé para mí. Era
agradable saber que había estado colada por m, incluso después de tanto tiempo.
Debía haber sido su primer cuelgue, y también había sido su primer amante. Eso
hizo que algo dentro de mí se encendiera, algo que me hizo extrañamente
posesivo.
—Gracias, —dije, bruscamente.
—Pero no hay ninguna foto tuya con tu padre, —dijo perpleja. —Hay
muchas fotos tuyas con Au, y de Au y tu padre. ¿Tu padre y tú nunca pasabais
tiempo juntos?
—La mayor parte del tiempo intentaba evitarlo, —admití. —El viejo y yo…
no nos llevábamos bien. Tú sabes cómo era yo de crío… aunque bueno,
probablemente no recuerdes lo peor, en realidad. En el instituto, me arrestaron
unas cuantas veces por faltas. Un poco de vandalismo, un par de peleas a
puñetazos. Los abogados de papá siempre me sacaban de aquellas, pero…
bueno, tuve una adolescencia bastante dura. Supongo que me estaba revelando
contra el viejo, la verdad sea dicha.
—¿Por qué? ¿Era violento? —preguntó ella, mirándome con curiosidad.
—No exactamente, —contesté. —Frío. Cruel, tal vez. No es que nos
levantara la mano, ni siquiera cuando éramos niños, pero podía destrozarte con
una bronca, o hacerte llorar con una de esas miradas glaciares suyas. Él quería
moldearme para convertirme en el hijo perfecto, y…bueno, yo no quería ser
moldeado. Al final, supongo que en algún momento decidió dejarme e intentó
moldear a Au, en cambio.
—Humm. ¿Quién es esta? Me mostró una foto de una mujer, mayor, pero
todavía muy guapa, su abundante pelo castaño recogido en lo alto de su cabeza
en un estilo tan elaborado que la Princesa Leia hubiera estado orgullosa de
llevar. —¿Tu madre?
—No, esa está hecha bastante después de que mamá muriera. Esa era una de
las muchas novias de papá. Era Rose Ambrose, una de las que más duró. Yo
solía llamarla Cruella, porque siempre de contoneaba con un abrigo de piel.
Salieron durante al menos tres años, de hecho, todavía estaban juntos cuando él
murió. Ella era una viuda rica que se movía en los círculos sociales locales, y yo
creo que ella tenía la optimista idea de que papá, un día, la convertiría en una
mujer honesta. No lo hizo, por supuesto. Y con el tiempo, empezó a engañarla,
igual que había engañado a mi madre.
Podía oír la amargura en mi propia vos. Char me miró con simpatía.
—¿Así que te rebelabas contra tu padre porque seguía intentando encontrar
sustituta a tu madre?
—No lo sé, —pensé en ello, luego me encogí de hombros. —Quizá era parte
de ello. De todas formas, ¿quién sabe qué pasa en la mente de un adolescente?
Todo lo que sabía era que le odiaba y le quería, y todo eso formaba un nudo
confuso en mi pecho. Supongo que me hizo hacer algunas cosas estúpidas y
locas.
Los abogados habían conseguido trampear una manera de sacarme de todos
mis pequeños líos, e incluso si no lo hubieran hecho, esos registros hubieran
quedado sellados de todas formas, puesto que era menor. Pero todo el mundo en
Pinecone y Richmond había visto los artículos y las noticias sobre mus
desafortunados pecadillos y yo estaba seguro de que, incluso si me declaraba
inocente, un jurado hubiera decidido que era culpable, a los ojos del mundo, yo
había sido una causa perdida durante mucho, mucho tiempo.
Y, pensé tristemente, a los ojos de mi padre también.
Demasiado temprano, el viejo reloj del abuelo dio las siete desde su rincón y
tomé a Char del brazo para conducirla hacia el comedor.
—François está preparando marisco, —le dije. —La cena se servirá en una
media hora. Mientras tanto, ¿puedo ofrecerte algo para beber?
Ella soltó una risita, como si la idea de tomar un jerez antes de la cena fuera
bastante absurda. Se me ocurrió demasiado tarde que quizá no era el tipo de cosa
que hace la gente normal.
—Es posible, pero antes quiero ver la cocina.
—¿La cocina? No voy allí muy a menudo.
—¿Ni siquiera para coger un refresco?
Si quería un refresco, por lo general llamaba a uno de los criados para que
me lo llevara, pero decidí que eso era menor no decirlo. Pensé que era algo que
me haría parecer un niño rico mimado y consentido y probablemente lo hiciera.
Por primera vez, se me ocurrió que quizá era un poco ridículo tener un ejército
de criados dedicado a atender cada uno de mis caprichos. No había ninguna
buena razón por la que Au y yo no pudiéramos simplemente ir a la cocina y
coger nuestros malditos refrescos si teníamos sed.
—A François no le gustará que nos crucemos en su camino mientras cocina,
—expliqué.
Ella hizo una pausa, su brazo todavía en el mío y levantó la mirada hacia mí.
—¿Y qué hay de ti? ¿Nunca cocinas para ti?
Solté un pequeño resoplido.
—La triste verdad del asunto es que ni siquiera sé hervir agua.
—Oh, Dios mío. —Parecía horrorizada y divertida al mismo tiempo. —No
podemos estar así. Venga, enséñame ahora mismo donde está la cocina.
—¿Por qué? —preguntó tirando de mi brazo, pero me quedé clavado en el
sitio.
Ella miró hacia mí, sus ojos azules bailando con humor.
—Voy a enseñarte a hacer pastel de carne.
***
Charlotte
A François, un joven solemne, de cabello oscuro, con un gorro de cocinero
que no parecía mucho mayor que yo; no le hizo muy feliz que le
interrumpiéramos, pero le convencí de que guardara la maravillosa cena que ya
nos había preparado en la nevera. Entonces, Hunter le dio el resto de la noche
libre, lo que le hizo sonreír.
La cocina era preciosa, diseñada para parecer una cocina rustica francesa,
con vigas de madera en el techo y una enorme chimenea de ladrillos. Las
encimeras eran de piedra desgastada, y el suelo estaba hecho de anchas planchas
de madera, probablemente pino que, a juzgar por el desgaste, llevaban allí
muchos años. Ollas de cobre brillante colgaban de un bastidor que bajaba desde
el techo y cerca de la chimenea había una gran mesa de estilo francés provenzal,
con patas graciosamente curvadas y pintadas de blanco roto, desgastado por el
tiempo.
Si esta fuera mi casa, pensé, nadie podría sacarme de esta cocina. Era la
perfección absoluta, y consideré muy desafortunado que nadie más que el chef
pareciera aventurarse en ese espacio.
Con François fuera del camino (porque estaba bastante segura de que un
Cordon Bleu estaría horrorizado por la cena que íbamos a preparar), rebusqué en
el frigorífico, que era absolutamente enorme; podría meter fácilmente tres veces
la nevera de mamá dentro de esa monstruosidad. Encontré algo de carne de
ternera picada (alimentada con hierba, orgánica, criada en los pastos y,
probablemente, cuatro veces más cara que la carne picada que comprábamos
nosotros) y huevos, y encontré algo de harina de avena, junto con todo lo demás
que podríamos necesitar en la igualmente enorme despensa. Le dije a Hunter que
nos encontrara un bol, y él dio vueltas indefenso, con pinta de desorientado, pero
buscando en varios armarios consiguió encontrar un gran bol para mezclar de
acero inoxidable. No pude evitar reírme de él.
—¡No puedo creer que no sepas dónde encontrar un bol en tu propia cocina!
—He estado fuera un par de años, —murmuró a la defensiva.
—Cierto, pero ¿hubieras podido encontrar un bol aquí hace dos o tres años?
¿Lo has intentado siquiera?
Su ceño fruncido me mostró la respuesta. Me reí y empujé la carne hacia él.
—Lávate las manos, después saca esto del paquete y ponlo en el bol.
Lo hizo, y después yo añadí la harina de avena, los huevos, la leche y las
especias que utilizaba mi madre.
—Muy bien, —dije. —Ahora tenemos que mezclarlo.
Miró alrededor como si estuviera deseando ser de ayuda.
—Hay cucharas ahí, —se ofreció él, señalando un bote lleno de cucharas
cerca del fogón.
—Si, pero no vamos a usar una cuchara. Usaremos nuestras manos.
—¿Nuestras manos? —repitió él, sonando ligeramente horrorizado.
—Síp. Vamos, mete las manos.
Los dos usamos las manos para mezclarlo de forma tradicional, a la
acostumbrada manera de hacer pastel de carne. Al principio a Hunter le pareció
repulsivo el frío y la textura, pero al final trabajaba con la mezcla con tanta
confianza como lo hacía mi madre.
Pusimos la mezcla resultante en un molde para pan, después extendimos la
salsa (kétchup, azúcar moreno y salsa Worcestershire) por encima y lo pusimos
en el inmenso horno para que se cocinara durante una hora.
—Ya está, —dije satisfecha, lavándome las manos en el fregadero de cobre
batido. —Cenaremos tarde, pero al menos ahora sabes cómo preparar pastel de
carne, para cuando te apetezca.
—Debería haber escrito la receta. —Él se lavó las manos también, su frente
arrugada como si estuviera preocupado de verdad.
—No te preocupes, te la enviaré por el móvil.
Cogió una toalla de papel para secarse las manos y bajó la mirada hacia mí.
—Sé que antes te he enviado un mensaje, pero me ha parecido un poco raro.
¿Ahora vamos a mandarnos mensajes el uno al otro?
—Bueno, tenemos una hija. —Me senté de un salto en la encimera, de cara a
él. —Además, mi jefe me ha dicho que mantenga el drama fuera de la cafetería,
así que dejarte caer por allí cada vez que tengamos que hablar de algo, realmente
no va a funcionar. Así que sí, después de todo creo que mandarnos mensajes es
un sistema de comunicación más adecuado, ¿no?
—Solo…—dejó escapar un profundo suspiro. —Todavía es difícil para mí
aceptar que quieras dejarme ser parte de la vida de Diana. O de tu vida.
Me incliné hacia él y le puse una mano en la mejilla.
—Hunter, —dije suavemente. —Te convertiste en parte de mi vida esa noche
que hicimos el amor en el callejón. No creo que pudiera cambiar eso ahora,
incluso si quisiera. Y… no quiero. Quiero que seas parte de nuestras vidas,
Hunter. Siempre.
Sus ojos se abrieron del todo, y entonces lentamente se inclinó hacia mí,
acariciando mis labios con los suyos, suave y tiernamente, como si fuera la cosa
más importante del mundo para él. Su beso fue tan suave, tan reverente, que
acudieron lágrimas a mis ojos.
—Char, —susurró él. —Mientras estaba en la cárcel pensaba en ti, todo el
tiempo. No podía parar de pensar en ti.
Esas palabras hicieron que el corazón me saltara en el pecho, pero apenas
podía creérmelo. Sacudí la cabeza.
—Te conozco, Hunter. Has estado con muchas otras mujeres. ¿Por qué ibas a
pensar en mí, entre todas ellas?
—No lo sé. —Sus labios recorrieron mi mejilla, en una suave caricia. —
Después de esa noche, después de que hiciéramos el amor… era como si fueras
la única mujer en el mundo, por lo que a mí respecta. Si no me hubieran
arrestado esa noche, si mi vida no se hubiera ido al infierno…—Hizo una larga
pausa. —No fui a la cárcel inmediatamente, ¿sabes? Estuve fuera bajo fianza
durante un tiempo. Pero no me acosté con nadie, ni siquiera intenté tener una
cita. Desde que lo hice contigo, no ha habido nadie más.
Era difícil de creer que realmente quisiera decir eso, que no me lo estuviera
diciendo solo para meterse en mis pantalones. Pero había una sinceridad tan
llamativa en sus palabras que era difícil dudar. Más lágrimas quemaron mis
pestañas, y traté de parpadear para eliminarlas, sin demasiado éxito. Giré la
cabeza y deposité besos por toda su mejilla, tratando de imaginar cómo
responder.
Tener a Diana me había obligado a madurar más rápido de lo que lo hubiera
hecho de otra forma. Pero no quería decirle eso, porque no quería que él
imaginara que lamentaba haber tenido a Diana, o nuestra noche juntos. No lo
había. Pero había cambiado las cosas definitivamente. Me había cambiado.
—No estoy segura de si estaba lista para algo serio en ese momento, —
admití. —Era tan joven, apenas tenía veintiuno, estaba en mitad de mis estudios.
Había estado colada por ti durante mucho tiempo, y me encantó que
compartiéramos una noche juntos, pero… No estaba preparada para nada serio.
No entonces.
Él se apartó hacia atrás solo un poco, y me miró directamente a los ojos.
—¿Y ahora? —preguntó.
Suspiré profundamente.
—Estoy lista, —dije.
Capítulo Diez
Hunter
Char me quería.
Cuando deposité mis labios sobre los suyos, ella se inclinó había mí,
envolviéndome el cuello con los brazos y besándome con abandono. Su abierta y
generosa respuesta hizo que se me hiciera un nudo en la garganta.
También hizo que mi verga se despertara reclamando atención. Había pasado
mucho tiempo, después de todo. Hasta que fui puesto en libertad, ni siquiera
había visto una mujer en más de dos años, y a diferencia de otros tíos en la
cárcel, no me había interesado aceptar a otro hombre como sustituto. No es que
tenga nada en contra del sexo gay, es que no tengo esa inclinación
personalmente.
Así que habían sido un par de años largos y difíciles sin nada para sacarme
del apuro más que un montón de fantasías tórridas. Y la protagonista de esas
fantasías estaba justo aquí, entre mis brazos.
Estaba razonablemente seguro de que Char no había estado con nadie más
desde la noche que concebimos a Diana, porque sus besos todavía eran un poco
torpes, aunque muy ansiosos. La intensa forma en la que se aferraba a mí me
dejaba claro que me había echado de menos tanto como yo a ella. Puede que
más.
Todavía estaba sentada en el borde la encimera, así que me moví entre sus
muslos abiertos, envolviéndola en mis brazos, y atrayéndola hacia mí. Juro que
podía sentir como su piel quemaba la mía, incluso a través de nuestra ropa.
Ropa. Eso tenía que desaparecer.
Cogí el borde de su camiseta, pero ella se apartó, dándome un golpecito en
las manos.
—¡Eh! ¿Qué estás haciendo?
Parpadeé, porque era probablemente la pregunta más tonta que una mujer me
hubiera hecho nunca en esas circunstancias.
—Quitarte la camiseta. Es obvio.
—¿Me estás tomando el pelo?
La indignación de su vos empezaba a calar en mi cerebro cegado por la
pasión y retrocedí un paso, mirándola.
—Lo siento. Pensaba…
—No me malinterpretes, —continuó hablando ella. —Estoy totalmente a
favor de quitarnos la ropa. Solo que… aquí no. Cualquiera podría entrar, Hunter.
¿por qué no buscamos una habitación con cerrojo?
Miré alrededor. En una noche más cálida, podía haberla llevado fuera, al
enorme patio de ladrillos y hacerle el amor con unas maravillosas vistas sobre
Pinecone. Pero era una fría noche de febrero, y si lo intentaba podríamos quedar
congelados juntos para siempre.
Al ver mis dudas, suspiró, sonando, de hecho, muy impaciente.
—¿Qué hay de la biblioteca?
Había un largo pasillo, y considerando como me sentía, cómo palpitaba mi
verga, también podía haber estado a una distancia de diez millas. Pero podía
respetar su deseo de privacidad, especialmente después de que el tiempo que
pasamos con Diana en el parque fuera invadido tan rudamente. Lo que estaba
creciendo entre nosotros era una cosa pequeña, nueva y frágil, un pequeño y
tierno brote que no podría crecer y desarrollarse si los extraños seguían
pisoteándolo.
—De acuerdo, —asentí. La levanté de la encimera, la puse en el suelo y
tomé su mano en la mía. Juntos, nos dirigimos hacia la biblioteca.
A lo largo del camino, nos detuvimos más de una vez para besarnos,
ignorando los ojos vacíos de romanos y griegos muertos mucho tiempo atrás que
nos miraban. Una vez estuvimos peligrosamente cerca de tirar un valioso busto
de Calígula de su columna se mármol. Riéndonos como chiquillos culpables, nos
sujetamos las manos y corrimos la poca distancia que nos separaba de la
biblioteca.
Cerré la puerta de golpe detrás de nosotros y eché el cerrojo y, antes de saber
qué estaba pasando, sus brazos estaban cerrados alrededor de mi cuello, su boca
buscaba la mía ansiosamente. Era una pequeña descarada muy resuelta, pero me
di cuenta de que no tenía problemas con ello. Pero tampoco tenía intención de
que ella llevara la iniciativa por completo. La empujé contra la puerta,
presionando contra ella con una violenta y repentina desesperación.
La necesitaba. La necesitaba desde hacía mucho tiempo, y la añoranza de
ella se había hecho más fuerte con los años, hasta que había estallado en un
intenso deseo. De repente, mi cuerpo la anhelaba tanto que no podía soportar
esperar más.
Sus labios se abrieron bajo los míos, y deslicé mi lengua en su boca,
bruscamente, no como lo había hecho esa noche tanto tiempo atrás, pero con
deseo. Fieramente. Ese extraño sentimiento de posesividad volvió a crecer en mi
interior. Era mía, mía y yo quería tomarla, marcarla, de manera que nunca, nunca
pudiera olvidar que me pertenecía.
Y yo le pertenecía a ella.
Sus dedos se enredaron en las profundidades de mi cabello, rogando más,
exigiendo más. Recordé como la había levantado y aplastado contra la pared de
ladrillos esa noche, entonces puse mis manos bajo su trasero cubierto de tela
vaquera y la levanté. Su culo era justo tan redondo y formado como lo había sido
entonces. Envolvió mis caderas con sus piernas, su espalda onduló, de forma que
nos frotamos el uno contra el otro y ambos gemimos al mismo tiempo.
—Hunter, —susurró ella contra mi boca, entre besos. —Te necesito.
Quería decirle que yo la necesitaba a ella también, de la misma forma que
necesitaba el aire y el agua, que no podía vivir sin ella un momento más, pero no
parecía ser capaz de formar palabras. Estaba demasiado perdido en las
sensaciones: cómo se sentía su cuerpo suave y cálido contra el mío, el suave
aroma de su piel, la forma en la que su pelo caía como una cascada a nuestro
alrededor como una nube gloriosa, del color de la puesta de sol. Ella debió sentir
mi respuesta en la manera en la que la tocaba y la besaba, porque enterró la cara
en mi cuello y se sujetó con más fuerza que antes.
Mi cuerpo se movió contra él de ella con fuerza y pensé que me iba a correr
en los vaqueros. Aunque habitualmente eso me hubiera avergonzado muchísimo,
estaba tan sobrepasado que no me preocupó demasiado. Solo necesitaba
correrme y sentir como ella se estremecía mientras se corría, también. Eso era
todo lo que quería.
Pero en lo más profundo de mi mente, recordé como habíamos hecho el amor
la última vez, casi sin respirar, apresuradamente. No me tomé tiempo para
explorar su cuerpo, para acariciarla como ella se merecía y no podía tratarla así
otra vez. Significaba demasiado para mí.
Lo significaba todo para mí.
La deslicé por la pared, suavemente, y me paré, temblando, tratando de
controlarme. Ella levantó la mirada hacia mí, con las cejas juntas a causa de la
preocupación.
—¿Qué pasa, Hunter?
—No pasa nada. —Podía oír mi propia voz temblando, y me aclaré la
garganta, intentando calmarme. —Es solo que…la última vez lo hicimos deprisa.
Esta vez… quiero más.
—Oh, —dijo ella, pensando sobre ello. De repente, un brillo travieso
apareció en lo más profundo de sus ojos, y se puso de rodillas delante de mí.
Intenté protestar, decir que no era eso lo que tenía en mente, pero mi voz
había dejado de funcionar. Mi cerebro parecía estar paralizado, también. Sus
manos pequeñas y elegantes se dirigieron a mis vaqueros, desabrocharon la
hebilla de mi cinturón con una destreza bastante sorprendente y después,
desabrochó los pantalones y bajó la cremallera. Un momento después, me había
bajado los calzoncillos con mucho cuidado, dejándome totalmente expuesto.
No podía apartar la mirada de su cara. Estaba mirando fijamente a mi verga,
su expresión mezcla de sorpresa y asombro, sus ojos brillando como si nunca
hubiera visto nada más fascinante en su vida. Mi verga ya estaba un poco
húmeda, pero a causa de la expresión de su cara, volvió a palpitar y salió más
líquido de la punta.
—Eres hermoso, —susurró ella, su voz suave y reverente, y yo gemí,
pensando que ella podría hacer que me corriera solo con sus palabras. Yo
quería…quería…. pero ella era prácticamente virgen, no podía pedirle que…
No tuve que pedirlo, tal y como fueron las cosas. Ella envolvió mi verga con
su mano, con mucho cuidado, y luego se inclinó hacia delante. La aterciopelada
punta de su lengua acarició la sensible cabeza y me oí a mí mismo jadear
explosivamente. Había estado conteniendo el aliento con anticipación y ni
siquiera me había dado cuenta.
Su lengua me acarició alrededor de la cabeza en cuidadosos círculos,
tímidamente al principio, pero se fue volviendo más atrevida y lo empezó a
hacer más rápido, acariciando y lamiendo. Cada vez ella derramaba gotas de
presemen y cada vez, cada vez, me oía jadear. Era mucho más de lo que habría
esperado de alguien con tan poca experiencia.
Era el paraíso en la tierra, lo mejor que había sentido nunca, y antes de que
pasara mucho tiempo mi verga estaba hinchada y roja, mis pelotas apretadas y
anhelantes. Necesitaba tanto el alivio que apenas podía soportarlo.
—Char. —Mi voz era ronca y grave. —No puedo, necesitamos…
Me ofreció una sonrisa pícara, y después, para mi completa sorpresa,
entreabrió los labios y se metió la cabeza de mi verga en la boca.
Me habían hecho mamadas mujeres que se las habían hecho a docenas de
hombres, pero nunca había sentido nada tan intenso como los labios de Char en
mi carne más sensible. Eché la cabeza hacia atrás y grité hacia el techo, sintiendo
que mis caderas temblaban debajo de mí, mientras ella empezaba a meterme en
su boca. Era exquisito, tan bueno que no estaba seguro de poder mantenerme en
pie.
Estaba lejos de ser la mamada más experta que me habían hecho nunca, pero
era, de alguna forma y con diferencia, la más increíble.
Ella se movía sobre mi implacablemente, succionándome hacia las
profundidades de su boca húmeda y caliente, después deslizándose hacia atrás y
pasando la lengua sobre mí. Sabía que estaba derramando presemen en su boca y
un pequeño rincón de mi mente se preocupó por si lo encontraba desagradable o
asqueroso, pero la mayor parte de mi cerebro había sido tomado por
pensamientos básicos y primitivos, y estaba ocupado solo con las avasalladoras
sensaciones que me estaba proporcionando. Mi verga se sacudía y latía
implacable, y, a pesar de todos mis esfuerzos por contenerme, sabía que en
menos de un minuto iba a perder el control y correrme a chorros en su garganta.
Era todo con lo que había soñado durante mis años en la cárcel. Era todo lo
que había querido.
Y aún no era suficiente.
La agarré por el pelo suavemente, separándola de mí. Levantó la mirada
hacia mí, los ojos muy abiertos y oscuros.
—¿No te gusta?
No pude evitar resoplar ante su ingenuidad. Enséñame un hombre al que no
le guste una mamada y yo te enseñaré un cadáver.
—Claro que me gusta. Pero…
—Nunca lo había hecho antes, —continuó ella, como si yo no hubiera
contestado. Su ceño estaba fruncido con preocupación. —Lo siento si te he
hecho daño. He intentado de no rozarte con los dientes, pero…
—No es eso, Char, es…
—Sé que has estado con mujeres que sabían cómo hacerlo mejor, y…
—Para, —dije, utilizando mi tono más imperativo y, maravilla de las
maravillas, dejó de hablar y dirigió la mirada hacia mí. Me incliné y la sujeté por
la parte de arriba de los brazos, poniéndola de pie, mirándola a los ojos. —Ha
sido maravilloso, Char. Ha sido alucinante. Es solo que…yo también quiero
hacerte feliz.
—Oh, —dijo suavemente, mirándome. —Si yo soy muy feliz solamente
estando aquí contigo.
Las tranquilas palabras se me clavaron como una puñalada en las entrañas.
Sentí que me picaban los ojos y parpadeé rápidamente antes de hacer algo poco
masculino, como derramar una lágrima. (Ahí estaba de nuevo la voz de mi padre
en mi cabeza: Los hombres de verdad no lloran, Hunter)
—Quiero que seamos felices juntos, —dije, cuando me aseguré de que mi
voz saldría firme.
La tomé de las manos y la conduje hacia el viejo sofá de piel. Había pasado
muchas horas en ese sofá cuando era niño, leyendo a Robert Louis Stevenson,
J.R.R. Tolkien, Julio Verne, Rudyard Kipling y todos los otros libros que mi
padre consideraba lo bastante masculinos, dejando que mi imaginación me
llevara a reinos mucho más excitantes y mágicos que Pinecone, Virginia. Este
era un lugar sagrado para mí, y nunca había estado con una mujer aquí.
Hasta ahora.
Senté a Char en el sofá, después me senté junto a ella y levanté el borde de
su camiseta. Esta vez no me detuvo, solo levantó los brazos y me dejó
desnudarla. Bajo la camiseta llevaba un sujetador negro de encaje tan fino que
podía ver sus rosados pezones a través de él. Recordé mi viejo deseo de verla
cubierta solo de seda y encaje y respiré con fuerza, tratando de tranquilizarme.
Su piel era pálida y perfecta y las pecas rojizas desperdigadas por aquí y por
allí solo añadían encanto a su perfección. Era la cosa más bonita que había visto
nunca. Quería contemplarla durante horas, pero mi verga estaba pidiendo más de
forma insistente, así que me incliné y rodeándola por detrás, desabroché su
sujetador, dejándolo a un lado.
Sus pechos eran absolutamente increíbles, llenos y adorables, terminados en
unos pezones sonrosados que ya estaban duros y turgentes. Adelanté una mano,
una mano temblorosa, noté un poco avergonzado, y acuné uno de los pechos,
acariciando el pezón con mi pulgar. Ella se estremeció.
—Oooh, —susurró. —Hunter… creo…
Sonaba como si eso fuera totalmente nuevo para ella, y por supuesto que lo
era. Recordé con cierta vergüenza que no me había tomado tiempo para jugar
con sus pezones la última vez que estuvimos juntos. Solo la había follado contra
la pared. Se merecía más. Mucho más. Acaricié de nuevo su pezón ligeramente y
ella gimió.
La empujé hacia abajo, para que se tumbara en el sofá y me incliné sobre
ella, provocando su pezón con los labios hasta que ella estuvo gimiendo sin
parar, después lo tomé entre mis labios y lo chupé. Sollozó y gimió y dijo mi
nombre, sus dedos retorciéndose en mi pelo, y no pude evitar sonreír contra su
pecho, porque era lo que más deseaba, que ella supiera lo bueno que podía ser.
Transferí mis atenciones al otro pezón, pellizcando al descuidado
ligeramente entre el pulgar y el índice, y sus caderas comenzaban a moverse
mientras ella buscaba alivio. Continué prodigando atención a sus pezones, pero
dejé que mis manos se deslizaran hacia abajo para desabrocharle los vaqueros.
Los empujé hacia abajo por sus caderas y ella ayudó, ansiosa, pateándolos hasta
quitárselos.
Levanté la cabeza (con un gemido de desacuerdo por su parte) y la miré,
tumbada sobre el viejo sofá, cubierta solo con encaje negro y rubor. Su piel
estaba rosa, no sé si debido a la excitación o a la vergüenza (o a ambas).
—Eres hermosa, —le dije, y el rubor se hizo más intenso. Vergüenza,
entonces.
—No soy… quiero decir, que no soy la misma que era la última vez. Tener
un bebé deja… bueno, tengo estrías… y mis tetas son demasiado grandes…
—Eres perfecta, —le dije, y era verdad. Las estrías en su vientre eran tan
leves que apenas se veían, y, además, la marcaban como la madre de mi hija. Me
incliné y besé las pálidas estrías. —Esto solo te hace más hermosa, Char.
Ella exhaló un tembloroso suspiro.
—Pero…
—Sin peros. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, de lejos.
Besé su vientre durante un largo momento, mientras ella gemía suavemente
debajo de mí. Finalmente, enganché los pulgares en la cintura de sus braguitas y
las bajé despacio, muy despacio, por sus caderas.
Y entonces quedó desnuda debajo de mí, completamente expuesta, y casi me
corrí al verla. No la había mentido, de hecho, era la cosa más bella que nunca
había visto, una obra de arte digna de ser esculpida por los antiguos romanos
como Venus, excepto que no había mármol que pudiera captar adecuadamente su
belleza cálida y suave.
Casi me pongo los ojos en blanco a mí mismo, porque no era propio de mi
perderme en pensamientos poéticos sobre mis compañeras sexuales.
Pero Char no era simplemente una compañera sexual. Era mucho más que
eso.
Para mí, lo era todo.
Bajé la cabeza y besé su vientre un momento más, después me moví hacia
abajo. Había estado relajada, pero sus muslos se cerraron de repente.
—Hunter. —Su voz sonaba escandalizada, y yo reprimí una sonrisa.
—No haré nada que no te guste, —dije, muy suavemente. —Pero creo que te
gustará esto.
—Pero yo…tú no puedes…
Su piel estaba del mismo color que las premiadas rosas Queen Elizabeth que
florecían en el jardín de Hilltop en verano y cuando se ruborizaba, se ruborizaba
en todas partes. Era una mezcla tan encantadora de entusiasmo y timidez que no
pude reprimir una sonrisa.
—¡No te rías de mí!
—No me río. No me río, te lo juro. —Puse una mano en su muslo, adorando
la suave y sedosa sensación de su piel bajo mi palma. Hablé más suavemente
que antes. —Solo quiero hacerte sentir bien, Char. Eso es todo.
Ella me miró durante un largo instante, sosteniendo mi mirada. Finalmente,
asintió.
—Está bien, —dijo.
Dejé salir un explosivo suspiro que no había sabido que retenía y bajé la
cabeza hacia ella.
Al principio besé su montículo, hábilmente afeitado y ella se movió sin
descanso debajo de mí, moviéndose como si no pudiera permanecer quieta. Por
fin, deposité un suave beso sobre su carne más sensible y ella dio un gritito.
Animado al saber que, de hecho, a ella le gustaba, la abrí con los pulgares y,
con mucho cuidado, pasé la lengua sobre su clítoris.
El ruido que hizo fue indescriptible. Lo hice otra vez, y otra, y sus manos se
enterraron en mi pelo con tanta fuerza que casi dolía, como si estuviera en una
montaña rusa, sujetándose por su vida.
Ya estaba húmeda y tierna y lista para mí, y por debajo de la fragancia de
vainilla, olía caliente y picante. Estaba bastante seguro de que podría
embriagarme con ese olor. La exploré, lamiéndola por todas partes con largas y
lentas caricias de mi lengua, pero volviendo siempre a su turgente clítoris.
Pronto estaba jadeando, temblando y supe que estaba a punto de correrse.
Me incorporé sobre las manos y las rodillas, listo para hacerle el amor, pero
ella me sujetó por los brazos.
—No, —susurró. —Así no.
Una sensación terrible de traición me desgarró el pecho. Por supuesto, nunca
me impondría a una mujer, pero la idea de que solo había estado jugando
conmigo, de que no quería compartir lo más íntimo conmigo… dolía.
Inmediatamente recordé que era un delincuente, que ninguna mujer decente
podía quererme realmente, que no era importante para ella…
Ella debió ver mi expresión, porque parpadeó, mirándome perpleja y después
se rio suavemente.
—Pues claro que te deseo, idiota, —me dijo, incorporándose para darme un
golpecito en la mejilla. —Solo es que creo que tú también deberías quitarte la
ropa.
Oh. Eso podía hacerlo. El dolor de mi pecho retrocedió y yo me senté y me
desnudé rápidamente. Saqué el condón que había guardado antes en el bolsillo
de mis vaqueros y después los lancé al suelo. Sujeté el condón envuelto,
mostrándoselo.
—Esta vez me he acordado.
Ella sonrió con agradecimiento, pero su expresión se hizo más intensa, más
concentrada, mientras yo sacaba la goma. Su mirada parecía dirigirse
irresistiblemente a mi verga y sus ojos se volvieron más oscuros al dilatarse las
pupilas, ocultando el azul en una inundación de negro.
No parecía asustada, solo excitada, así que me arrodillé entre sus piernas.
Puse una mano en cada muslo y los separé suavemente, asegurándome de que
estaría abierta y lista para mí.
Lentamente, me incliné sobre ella, dejando que mi verga presionara contra su
sexo cálido y húmedo.
La sensación era increíble y supongo que para ella también lo era porque
ambos gemimos. Me obligué a tomármelo con calma, deslizándome en su
interior un centímetro cada vez. Antes de estar a medio camino en su interior, sus
manos en mis caderas, sus dedos clavándose en mi culo y su voz me animaban a
ir más deprisa:
—Por favor, Hunter, por favor, no puedo esperar, te necesito ahora…
Finalmente entré del todo en ella. Se sentía tan bien que mi verga no paraba
de palpitar. Sabía que no iba a poder durar mucho, pero me obligué a retroceder,
moviéndome dentro de ella despacio, con contención.
Ella no tenía nada de eso. Sus largas piernas me envolvieron, sus talones
descansaron en la parte final de mi espalda y ella se movió debajo de mí,
intentando obligarme a moverme más deprisa.
Ya casi me había dejado ir, y sus ansiosos movimientos me hicieron perder el
control. Un momento después me encontré a mí mismo palpitando en su interior,
fuerte y rápido. Clavó sus uñas en mi espalda, pidiendo más sin palabras y se lo
di, follándola casi brutalmente hasta que ambos estuvimos gritando con cada
empujón.
Ella dijo mi nombre mientras se corría, estremeciéndose, y apenas un
segundo después sentí mi propio orgasmo recorriéndome, una ola cálida de
éxtasis tan intensa que no estaba seguro de si sobreviviría.
Yo gemí su nombre también, y después capturé su boca en un en un beso
largo y suave.
Capitulo Once
Charlotte
No tenía ningún sentido.
Tres días después, limpiaba las migas y los restos de huevo de una mesa de
la cafetería, perdida en mis pensamientos. Había estado dándole vueltas en la
cabeza a la supuesta malversación por parte de Hunter desde la noche que
hicimos el amor, y todavía no estaba más cerca de una solución que cuando
había empezado.
Todo de lo que estaba segura era de que no tenía ningún sentido.
Oh, la historia que Hunter me había contado no era difícil de creer,
superficialmente al menos. Había sido conocido como un chico malo en la
ciudad y no dudaba de que había sido culpable de mal comportamiento también
en Richmond y en Washington. Además, los Kensington estaban continuamente
en las noticias y estaba segura de que un hombre joven tan guapo y carismáticos
como Hunter había sido blanco de paparazis la mayor parte de su vida. Sus
pecadillos sin duda eran bien conocidos, y por eso tenía sentido que su padre le
hubiera pedido que cumpliera la condena por su hermano. Nadie se habría
sentido inclinado a concederle el beneficio de la duda.
Y tampoco era difícil de creer que Au pudiera haberle tendido una trampa a
su hermano. Puesto que Hunter había aceptado un proceso sin disputa, no había
habido necesidad de un juicio con jurado, pero la parte culpable todavía
necesitaba cubrir sus huellas lo bastante para que la policía no sospechara. Si Au
era tan inteligente como todo el mundo decía, no habría tenido problemas para
conseguirlo.
Y, sin embargo, volví a revisar la otra noche en mi memoria, recordando
cómo Au había mirado a su hermano. Si, había sido sarcástico, pero también era
cierto que yo había visto respeto y deseo de aprobación en sus ojos marrones
cuando miraba a Hunter. Mandar a un miembro de la familia a la cárcel durante
casi dos años parecía una maniobra sorprendentemente malvada y desalmada.
Por algún motivo, no podía creerme que Au fuera capaz de ello.
Estuve tentada de seguir el camino directo y sensato y, sencillamente, ir y
preguntarle a Au por ello. Pero podía entender por qué Hunter me había pedido
que guardara el secreto. Cuanta más gente supiera de la inocencia de Hunter,
más posibilidades había de que el secreto fuera revelado por un periodista. Y,
además, si Au fuera de verdad culpable, y pensara que Hunter iba a traicionarle y
posiblemente enviarle a la cárcel…
Bueno, imaginaba de los Kensington probablemente también podría ocultar
un asesinato.
Si Au era realmente el malversador, no podía correr el riesgo de poner a
Hunter en el punto de mira de su hermano. No, era necesario que resolviera esto
por mi cuenta.
¿Pero cómo?
—Querías ser periodista, —me dije, empezando a barrer el suelo de
baldosas de la cafetería. —Ahora es tu oportunidad de escarbar en la porquería
de los Kensington y sacar la verdad a la luz.
Una hora después, conducía hacia casa. Había abierto el restaurante y era
uno de los raros días cortos de trabajo, así todavía no era ni siquiera la hora de
comer y Diana estaba todavía en la guardería. Me retiré escaleras abajo al
sótano, abría Google y busqué a Hunter Kensington.
Había cientos y cientos de entradas, y una buena cantidad de ellas se referían
a los cargos de malversación. No había habido juicio y el caso apenas había
implicado drama, aunque la notoriedad de los Kensington y lo bien parecido que
era Hunter, habían atraído la atención a nivel nacional.
Había seguido la historia con avidez cuando ocurrió, y los artículos no me
aportaron demasiada información nueva. Hunter Kensington, de veintisiete años,
había sido acusado de malversar los fondos de la fundación de la familia, la
Fundación Kensington, de la cuya Junta Directiva había sido miembro. A través
de la manipulación de los archivos informáticos, se había hecho con más de
trescientos mil dólares, una cantidad tan grande que fue clasificada como delito
y podían haberle enviado a prisión hasta veinte años
Estos eran los supuestos hechos del caso. Algunos artículos se adentraban en
la especulación, señalando que tenía un fastuoso estilo de vida (como todos los
Kensington) y no tenía ingresos independientes. La teoría era que el dinero que
recibía del fondo familiar no era suficiente para cubrir sus excesivos gastos.
Otros hipotetizaban que quizá sus bien conocidas discusiones con su padre ke
habían llevado a avergonzar al viejo, creando un escándalo de relaciones
públicas al coger dinero de la fundación familiar.
Por un lado, todo sonaba muy posible, y una leve duda empezó a asomar en
mi cerebro. ¿Y si Hunter estaba mintiendo? Supongamos que el malversador no
hubiera sido Au, y Hunter solo estuviera intentando hacerse querer para caerme
en gracia, de forma que pudiera tener acceso a nuestra hija. ¿Y si Hunter era un
criminal, después de todo?
Me encontré con una foto de un Hunter más joven, y le miré mucho tiempo
con intensidad, recordando la noche que habíamos echado un polvo en aquel
callejón, cuando todavía era joven, salvaje y temerario. Después pensé en la otra
noche, la forma en la que me había tocado, tan tiernamente, como se había
asegurado de que yo también sintiera placer, la forma en la que me había besado
al final. Me había llevado a una cumbre de éxtasis que nunca había
experimentado antes, y, aun así, la parte que más me había gustado cuando
hicimos el amor fue la forma en la que me había sujetado después, sujetándome
como si nunca quisiera dejarme marchar.
—No me creo que lo hicieras, —pensé. —Simplemente, no me lo creo.
La foto del artículo mostraba a Hunter en la ópera, en Nueva York. Estaba
con su familia; pude ver a Au entre la gente detrás de él y un caballero más
mayor, majestuoso, al que reconocí como Trevor Kensington. Llevaba del brazo
a una mujer que me pareció bastante familiar.
Amplié la foto en la pantalla y la estudié intensamente. Era una mujer mayor,
con un escote demasiado atrevido para su edad. Sus uñas eran demasiado rojas y
demasiado rojas, su maquillaje demasiado atrevido para una mujer de más de
más de cuarenta años. Llevaba una pequeña fortuna en diamantes sobre sus
generosamente mostrados pechos y, aún más joyas colgadas de las orejas. Su
perlo estaba apilado hacia arriba en su cabeza, y finalmente recordé donde la
había visto, en una foto en la biblioteca cuando estaba mirando las fotos de
familia de Hunter.
Una viuda rica que se movía en los círculos sociales locales. ¿Cómo se
llamaba? Rose, me acordaba. Rose Ambrose.
Accedí a más artículos, esperando encontrar más fotos, y estaba repleto de
ellas. Los Kensington habían sido fotografiados juntos a menudo, pero en
prácticamente cada foto, todos parecían amargados, como si lo que desearan
realmente fuera estar pasando la noche con otra persona. Y vi a Rose agarrada al
brazo de Trevor, foto tras foto tras foto.
Yo creo que ella tenía la optimista idea de que papá, un día, la convertiría en
una mujer honesta. No lo hizo, por supuesto. Y con el tiempo, empezó a
engañarla, igual que había engañado a mi madre.
Realmente, Rose había estado siempre muy pegada a Trevor, en
prácticamente todas las fotos. Parecía como si imaginara que ya era suyo.
Supongamos, pensé despacio, que hubiera estado intentando conducir al viejo
Kensington al matrimonio, bien porque le quisiera o porque quisiera su fortuna.
O ambas cosas. Y después, se lo hubiera encontrado teniendo sexo con una
mujer más joven. ¿Qué habría hecho?
¿Qué habría hecho cualquier mujer?
Vengarse, eso es lo que habría hecho.
Pero no, eso no tenía mucho sentido. ¿Cómo era posible que hubiera tenido
la oportunidad de hundir sus garras pintadas de rojo en los fondos de la
Fundación Kensington? Por supuesto, era obvio que pasaba mucho tiempo con
Trevor, pero probablemente no habría tenido acceso a su ordenador.
Medios, móvil y oportunidad. Recordaba de una clase de periodismo en la
universidad que estas tres cosas tenían que probarse antes de que a alguien se le
pudiera declarar culpable de un crimen en un juicio. Que Rose quisiera vengarse
de Trevor Kensington por ser un mujeriego podía ser un móvil muy creíble, pero
¿qué pasaba con los medios y la oportunidad? A la caza de más información,
busqué en Google su nombre.
LA DAMA DE SOCIEDAD ROSE AMBROSE ACEPTA UN TRABAJO
EN KENSINGTON MEDIA, leí en un titular de la Pinecone Gazette, entre todos
los medios posibles.
Tenía fecha de había cinco años y lo leí cuidadosamente. El artículo estaba
escrito de una forma cuidadosamente halagüeña, pero, leyendo entre líneas,
parecía que Rose estaba pasando un mal momento, incluso hasta el punto de
perder su mansión familiar. Trevor Kensington había tenido lástima de ella y le
había dado un puesto de mando intermedio en Kensington Media.
Y, por tanto, acceso al sistema informático de la empresa.
Entonces hay oportunidad, pensé, y también móvil. Quizá quisiera vengarse
de Trevor, pero también puede ser que solo necesitara dinero. Pero ¿y los
medios? ¿Rose Ambrose tenía el conocimiento y la capacidad para malversar ese
tipo de fondos?
Busqué más, y después de mucho rato de caza, encontré que tenía una
licenciatura en sistemas informáticos de contabilidad, obtenida en Virginia Tech
en los años ochenta.
Rose Ambrose sabía de ordenadores.
Sí, pensé, reclinándome hacia atrás en mi silla con una sensación de
satisfacción. Apuesto la batería nueva de mi coche a que ha sido Rose.
***
Hunter
No había visto a Char en tres días y deseaba tanto verla que me dolía el
pecho.
Nuestra noche juntos había sido espectacular. Pero solo había reavivado mi
deseo de probarle que no era un criminal o un vago, sino un hombre que podría
ser un miembro funcional y valioso de la sociedad. Había acudido a Au tan
pronto como había vuelto de su viaje de negocios y le había recordado que
necesitaba un trabajo. Él había suspirado, como si realmente fuera incapaz de
lidiar conmigo, y me informó fríamente de que la Pinecone Gazette podría
necesitar un nuevo jefe administrativo.
La Pinecone Gazette era una empresa extremadamente pequeña, al menos en
lo que respecta a Kensington Media, pero era una de las que menos dispuestos
estábamos dispuestos a deshacernos, puesto que había sido el primer paso de la
familia en el negocio de los medios de comunicación, décadas atrás. A diferencia
de la mayor parte de Kensington Media, que tenía sus oficinas centrales en un
moderno rascacielos de cristal en Washington DC, la Gazette todavía operaba en
Pinecone, en sus oficinas originales, varios edificios viejos de una sola planta en
un parque empresarial aún más viejo.
El antiguo despacho de mi padre en el edificio de Kensington Media (ahora
era el despacho de Au) era enorme, con gruesas alfombras, un enorme escritorio
de caoba y dos paredes con ventanales con vistas a la ciudad. Mi despacho tenía
un suelo de linóleo que se estaba pelando, el tipo de escritorio de aglomerado
que se puede comprar habitualmente en una tienda de material de oficina y una
pequeña ventana con vistas al aparcamiento. Además, era tan pequeño que yo
sospechaba que en algún momento se había utilizado como cuarto de la
limpieza.
Sin embargo, era un despacho de verdad, con una puerta de verdad, y
representaba mi primer paso real en el mundo de los negocios. En resumen, era
un trabajo, y ahora mismo era suficiente para mí. Estaba agradecido por la
oportunidad de ser parte de los negocios de la familia, incluso si solo era de una
forma mínima.
Mis primeros dos días en el trabajo habían sido muy ajetreados y no había
tenido tiempo para ver a Char (al menos nos habíamos estado mandando
mensajes el uno al otro con frecuencia). La llamé la primera noche y le hablé de
mi nuevo trabajo y ella me dijo lo orgullosa que estaba de mí.
Pero tener un trabajo producto del nepotismo no era como para estar muy
orgulloso, realmente. Quería estar orgulloso de verdad de mi trabajo, y eso
significaba marcar un hito en la Gazette. Para ello, había pasado dos días
estudiando los artículos que producíamos y como podíamos llegar a ser más
relevantes en la era moderna, y como podíamos pasar de ser un periódico de un
pueblo pequeño a uno regional. Investigando en mayor profundidad, me
sorprendió descubrir que la Gazette ni siquiera tenía página web. Decidí que
tener una web en marcha y funcionando tenía que ser mi principal prioridad.
Estaba echando un vistazo a algunos bocetos de página web que me había
enviado el departamento de informática cuando la puerta de mi oficina se abrió
de golpe y Char entró corriendo.
—¡Sé quién lo hizo!
Parpadeé, mirándola.
Vestida con vaqueros y una sudadera con capucha gris, estaba respirando
pesadamente, como si hubiera corrido todo el camino hasta allí. Probablemente
lo había hecho, puesto que no estaba lejos de su casa. Se inclinó, puso las manos
sobre mi escritorio y tomó unas cuantas respiraciones profundas.
—Ya sé quién es el malversador, —resolló por fin.
Me incliné hacia atrás en la silla y la estudié durante un largo momento.
—Cierra la puerta y echa el cerrojo, —dije.
No tenía ayudante, así que el riesgo de que nos escucharan era pequeño, pero
después del incidente del parque, no estaba dispuesto a dar oportunidades. Hizo
lo que le dije y después se volvió hacia mí.
—Fue Rose, —soltó de golpe.
Fruncí el ceño.
—¿Cruella?
—Tu padre le dio trabajo en Kensington Media, ya lo sabes. Pero a lo mejor
lo que no sabes es que él le dio el trabajo porque estaba al borde de la
bancarrota.
—Sí, pero…
—Mi teoría es que ella no cubrió demasiado bien sus huellas y cuando la
gente empezó a darse cuenta, hizo que pareciera que el culpable era Au.
—¿Y entonces mi padre decidió que yo debía ser arrestado en lugar de Au?
—La idea hizo que se encogiera dolorosamente el corazón. Ella debió ver mi
dolor, porque se acercó a mí y me paso una mano por el pelo, consolándome.
—No lo sé, —contestó ella. —Puede que nunca sepamos cuál fue el
razonamiento de tu padre, puesto que no está por aquí para preguntarle. Pero
Rose todavía está vivita y coleando, y trabajando para una organización de
caridad, creo. La Fundación para el Linfoma Infantil. ¿Quieres apostar si están
perdiendo algunas donaciones?
La idea de que yo había ido a la cárcel durante dos años y medio mientras el
auténtico ladrón podía estar todavía ahí fuera, robando; robando a los niños con
cáncer, nada menos, prendió un fuego en mi interior. Cogí el teléfono y marqué
un número del departamento de contabilidad de Kensington Media, y le expliqué
la situación a Dave Norton, un viejo conocido de la universidad, pidiéndole que
lo comprobara. Después colgué el teléfono y levanté la mirada hacia Char,
sintiendo una extraña mezcla de sentimientos en mi interior.
Por un lado, la idea de que mi padre me había arrojado a los leones para
proteger a Au me dolía muchísimo. Pero si tenía que ser totalmente sincero
conmigo mismo, siempre había sabido que Au era su favorito, y quizá con algo
de razón. Dios sabía que había hecho todo lo posible para avergonzar a la familia
y arrastrar nuestro nombre por el barro durante toda mi juventud.
Por otro lado, la idea de que Au pudiera ser totalmente inocente hizo que la
esperanza creciera en mi interior. Todo este tiempo, durante tres años, había
llevado la pesada carga de pensar que mi hermano pequeño era un ladrón. En
cambio, podía ser que fuera totalmente inocente. Podía ser que no supiera nada
de lo que había hecho nuestro padre, y creyera sinceramente que yo era un
criminal.
La idea hizo que mi corazón se aligerara, y hasta creí que podría flotar hasta
el techo, feo y manchado de humedad.
Me puse de pie, rodeé el escritorio y envolví a Char en mis brazos.
—Gracias, —dije, en las profundidades cobrizas de su cabello.
—No me des las gracias todavía. Puede que no seamos capaces de probar
nada de esto.
—Sí, pero tú…—aspiré profundamente, metiendo su suave fragancia en mis
pulmones. —Tú creíste en mí, Char, incluso cuando no tenías ninguna razón
para hacerlo. Gracias. Gracias por creer en mí.
—De nada. —Ella presionó su nariz contra mi americana de lana y soltó una
risita. —¿Sabes? No estoy acostumbrada a verte con traje y corbata. No te tomes
esto a mal, pero voy a echar de menos la cazadora de cuero y los vaqueros.
—Estoy tratando de parecer un ciudadano responsable y trabajador.
—Lo sé. —Levantó la mirada hacia mí con una sonrisa seductora. —Solo es
que creo que me gusta más el chico malo.
Sus palabras me golpearon justo en el plexo solar, dejándome sin respiración.
—Char. Realmente no deberíamos…
—Solo unos minutos, —dijo persuasivamente, pasando la mano por mi
pecho. —Uno rapidito en tu mesa. Eso no sería tan malo, ¿verdad?
En realidad, sonaba como lo mejor que podíamos hacer. De repente fui muy
consciente de que habían pasado tres días, tres días enteros, desde que habíamos
hecho el amor. Lo que me dejaba como un auténtico, auténtico tonto. ¿Por qué
no había mandado la limusina de nuevo a recogerla las últimas tres noches?
Bueno, porque ella había tenido unos días de trabajo muy largos en la
cafetería, y yo había estado estudiando los últimos números publicados, así
como ediciones anteriores de la Pinecone Gazette, por eso. Pero todavía me
sentía como si hubiera sido un estúpido.
Necesitas ordenar tus prioridades, Kensington.
Esta vez no era la voz de mi padre la que oía en mi cabeza, sino la mía. Y era
verdad. Estaba cansado de vivir una vida de lujo vacía y sin significado, y por
eso el trabajo era importante, e intentaba dedicarme a él por entero. Pero eso no
significaba descuidar a la mujer que yo…
Bueno, la mujer que significaba tanto para mí.
Tomé su mano justo antes de que terminara su camino por encima de la
hebilla de mi cinturón. Joder, estaba ansiosa.
—Por lo menos, déjame bajar la persiana, —dije con la voz ronca.
Lo hice, y después la agarré y la empujé hacia mí.
Era cálida y suave, y mi verga (que ya se había subido a bordo con la idea de
echar uno rapidito) respondía a su cercanía, poniéndose cada vez más dura.
Gemí, apretando la cara contra su pelo.
—¿Qué fue lo que más te gustó? —murmuré en su pelo. —De todo lo que
hicimos el otro día, ¿qué fue tu cosa favorita?
Su voz sonaba muy pequeñita contra mi hombro.
—Los besos.
Me aparté hacia atrás y la miré, parpadeando.
—¿Los… besos?
Ella asintió, con un rubor empezando a extenderse por su pálida piel.
—Me gusta besarte, Hunter.
¿Eh? Yo nunca había sido de los que besaban, realmente, pero recordaba
compartir besos largos y tiernos con ella mientras nuestros cuerpos se unían en
uno. También había pasado la primera vez que hicimos el amor. Casi nunca
había besado a una mujer mientras lo hacíamos, pero algo en Char me empujaba
a buscar su boca con la mía.
—De acuerdo, entonces. Besos. —Bajé la boca y la besé, muy suavemente.
Ella se aferró a mí y compartimos besos suaves y castos durante un tiempo
largo e incalculable. Finalmente, no pude soportarlo más, y deslicé mi lengua
entre sus labios, pidiendo que me permitiera entrar. Ella lo hizo, y deslicé mi
lengua en su boca, explorando, acariciando. Dubitativamente, ella tocó la punta
mi lengua con la suya y el calor se extendió a través de mí. Se me aflojaron las
rodillas y me senté pesadamente encima del escritorio.
A ella pareció gustarle, porque trepó rápidamente a mi regazo. Los dos
intentamos torpemente acomodarnos juntos sobre mi escritorio, lo que no era
fácil, porque no era precisamente una superficie muy grande. Al final lo dejé por
imposible y me senté en el borde, con ella en mi regazo, a horcajadas.
Pareció gustarle la idea de estar encima. Sus besos se hicieron más calientes,
sus caricias más atrevidas, y sus caderas se movieron contra mí.
—Mierda, —gruñí. —Tienes que parar, ahora mismo, o voy a correrme en
los pantalones. Y este es un buen traje.
—De acuerdo. —Se apartó, y lamenté inmediatamente haberle dicho que
parara. De todas formas, ¿a quién le importa un traje? Era billonario, joder.
Podía comprar todos los trajes que quisiera.
Pero lo lamenté un poco menos cuando se puso de pie y empezó a quitarse la
ropa como una estríper.
Bueno, no como una estríper, no exactamente. No bailaba, no había miradas
excesivamente abrasadoras. Pero a diferencia de la otra noche, cuando ella
dudaba si dejarme verla, parecía tan confiada con su cuerpo y su propio atractivo
como cualquier bailarina en un club de caballeros. Se quitó la camiseta, lenta y
deliberadamente, mientras yo miraba. Después se contoneó para salir de los
vaqueros, quedándose cubierta tan solo por dos piezas de seda. Hoy eran rosa
pálido, apenas un poco más oscuro que su pálida piel. Tragué saliva con fuerza.
—¿Quieres que me quite el resto? —Su voz era ronca, sensual, y yo asentí,
incapaz de quitar la mirada de encima de ella.
—Sí. Por favor.
Lentamente se quitó las últimas prendas, quedándose desnuda, cubierta por
tan solo una nube de pelo del mismo color que la puesta de sol y una sonrisa. La
miré fijamente, consciente de que tenía la boca abierta, pero, por algún motivo,
incapaz de cerrarla.
—Eres hermosa, —dije por fin, y ella soltó una risita.
—Tú también. Quítate ese traje.
—No. —Salí del coma inducido por la lujuria, y empecé a desabrocharme el
cinturón. —No puedo esperar tanto.
Segundos después, tenía los pantalones desabrochados, los bóxers apartados
del camino y un condón puesto. Tiré de ella hacia mi regazo, y ella tomó mi
verga con la mano y la guio hacia su sedosa vaina, mientras yo echaba la cabeza
hacia atrás y gemía.
—No olvides besarme, —me recordó.
Una de mis manos estaba ocupada en mantenerla sobre mi regazo, pero
enterré la otra en su pelo, tiré de ella hacia mí y capturé su boca con la mía. Ella
cogió el ritmo para moverse sobre mí con bastante facilidad y empezó a
montarme mientras yo la besaba, con besos largos y embriagadoras que me
debilitaban. Esperé que hicieran lo mismo para ella.
La sensación era maravillosa y en algún rincón profundo de mi cerebro, me
pregunté porque nunca me había gustado besar durante el sexo. Era increíble.
Era tan íntimo.
En ese momento me di cuenta de que había respondido mi propia pregunta.
El sexo con las otras mujeres nunca había sido íntimo. Divertido, sí. Placentero,
seguro. Pero no íntimo.
Pero con Char, el sexo no era solo sexo. Ni siquiera era solo hacer el amor.
Era algo tan profundo y, sí, íntimo, que ni siquiera tenía un nombre para ello
Incluso un polvete rápido a mediodía en mi escritorio era un como un
destello del paraíso.
En esta postura, podía sentir sus respuestas más claramente. Sentí sus
músculos interiores empezar a palpitar, la sentí temblar y supe que estaba a
punto de correrse. Se movió más rápido encima de mí, y no pude contenerme
más. Me corrí con una explosión larga y caliente y su cuerpo se tensó sobre mí
mientras ella llegaba también al clímax, nuestros gritos amortiguados en la boca
del otro.
Después la abracé durante mucho, mucho tiempo. Sabía que tenía que volver
al trabajo, pero de alguna manera, no quería salir de ella.
No quería que se fuera nunca.

Capítulo Doce
Charlotte
El aire de la noche era frío, pero no tan helado como había sido. Febrero se
había deslizado hacia marzo, y aunque la primavera aún estaba lejos… estaba
llegando. Podía sentirlo en el aire.
Me senté en el porche delantero, con mi hija en el regazo, y aspiré
profundamente el aire fresco. Había llegado a casa hacía solo una hora, y antes
de eso había pasado el día en la cafetería, respirando los olores de la comida
grasienta. Era agradable solo estar sentada y relajarse en el exterior. Mamá y
Jacob estaban recogiendo la cocina y yo disfrutaba de este pequeño momento
sola con mi hija.
Estaba adormilada y se acurrucaba contra mí. Incliné mi cara sobre su pelo,
oliendo el champú y el jabón de bebe, porque la habíamos bañado justo antes de
cenar, y el dulce e indefinible aroma de niño pequeño. Esa fragancia me llenaba
con una extraña sensación de melancolía. Ya había dejado de ser un bebé y
dentro de poco, dejaría tras ella también los días de preescolar.
Pensé en Hunter, que no había tenido la oportunidad de verla cuando era un
bebé, que no había podido compartir las alegrías de su primera sonrisa y su
primer diente y verla aprender a gatear. Por no hablar de las alegrías de los
vómitos y los cólicos y de estar despierto toda la noche. Ser padre de un bebé
tenía altibajos, pero todavía sentía una punzada cuando pensaba en que él se
había perdido todos esos preciosos momentos.
Durante el último par de semanas, había tratado de compensarlo por ello
hojeando con él todos nuestros álbumes de fotos, incluso dejándole ver las fotos
no demasiado buenas que no me había molestado en imprimir pero que estaban
guardadas en mi ordenador. Pero, por otro lado, imaginaba que le dolía incluso
más, puesto que era un duro recordatorio de que él no había estado para verlo en
persona. Había visto una mirada melancólica en sus ojos cuando veíamos juntos
fotos de Diana, y eso hacía que mi corazón sufriera por él.
Pero el pasado era el pasado, y estábamos tratando de hacer algo en el
presente y construirlo para el futuro. Al menos yo lo había. No estaba segura de
lo que Hunter quería. Desde que le había dado la información sobre Rose
Ambrose, sentía que él se había echado para atrás de alguna manera. Oh, todavía
me hacía el amor con entusiasmo, cuando se presentaba la oportunidad, pero
tenía la clara impresión de que él estaba esperando algo.
Y estaba bastante segura de que yo sabía qué era ese algo.
Se abrió la puerta y Jacob salió a la noche, y se sentó a mi lado.
—Parece dormida, —dijo, mirando a Diana con una cariñosa sonrisa.
—Ambas estamos dormidas. —Bostecé.
—Vete a dormir. Ya la acuesto yo.
—Gracias, pero quiero quedarme un poco más.
—¿Por si llama tu novio? —Sus ojos brillaron con enojo. Había tolerado que
Hunter estuviera allí por mi bien y el de Diana, y no había empezado una
discusión ni siquiera una vez, pero estaba dolorosamente claro que todavía
odiaba a Hunter visceralmente.
—No le llames así. No es mi novio. No sé lo que es, realmente.
—Lo que es, —dijo Jacob entre dientes, —es un delincuente.
No era poco razonable, puesto que no le había contado mis sospechas sobre
Rose Ambrose, por si acaso no salía nada de ellas. Incluso así, habíamos tenido
esta discusión muchas veces antes, y suspiré.
—Realmente lo está intentando, Jacob.
—Sí, seguro, ha pasado página, de acuerdo. Me pregunto cuando tiempo
pasará antes de que lo eche todo a perder, como hizo en el instituto.
Estaba demasiado cansada para reprimir mi lengua por una vez. Las palabras
parecieron salir de mi boca por su propia voluntad.
—De todos modos, ¿qué pasó entre vosotros dos en aquella época?
Jacob pareció sorprendido, pero después se encogió de hombros.
—Supongo que nada demasiado trascendental. Había una chica.
—¿Una chica? Le odias tanto que siempre había asumido que había sido algo
realmente gordo.
—Supongo que fue realmente grande en cierta forma. —Sus ojos se
desenfocaron, como si estuviera mirando al pasado. —Era la primera chica que
realmente me importaba. Se llamaba Marjorie Dougherty. Estaba muy colado
por ella, Char. Quiero decir que realmente la quería. Le pedí que fuera conmigo
al baile de graduación…y dijo que sí.
—¿Y entonces qué?
—Estábamos haciendo manitas en el pasillo una semana después y llegó
Hunter. Y dijo: “Eh, nena, no tienes que conformarte con un pequeño y sucio
guijarro cuando puedes tener un gran diamante. Ven conmigo al baile y te
recogeré en una limusina. Pasarás la mejor noche de tu vida. “
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire un largo rato.
—¿Y? —pregunté al final.
—Me plantó y fue al baile con Hunter, —dijo, encogiéndose de hombros. —
Eso fue todo. Pero fue suficiente.
—Era un gilipollas.
Al oír la voz de barítono detrás de nosotros, Jacob y yo nos dimos la vuelta a
la vez. Allí, al final de la escalera, estaba Hunter.
Aparentemente, se había dejado la Harley esta noche y había venido
andando, porque no había forma de que no hubiéramos oído el rugir de su moto
destrozando el silencio de la calle. Subió las escaleras y se sentó en la silla de
mimbre vacía.
—Lo siento, —dijo, mirando directamente a Jacob. —Era un capullo
arrogante y elitista en el instituto, y también en la Universidad. Creo que hasta
que me arrestaron, la verdad. Siento haber hecho que Marj y tú rompierais. Sabía
que la querías.
—Entonces, ¿por qué coño lo hiciste? —los labios de Jacob dibujaron una
mueca.
—Ese lenguaje, —dije reflexivamente, incluso aunque Diana ya se había
dormido en mi hombro.
—Era un estúpido, —dijo Hunter con un suspiro. —Estabas pasando todo el
tiempo con ella y era… bueno, era como si te hubieras olvidado de mí. Yo no
tenía muchos amigos, Jacob, y tenía esa situación tan tensa en casa. Tú eras todo
lo que tenía, Jacob, tú y tu familia. Y cuando empezaste a pasar tiempo todas las
tardes con Marj, supongo que yo solo…
—Sí. —Jacob asintió despacio, como si una luz se hubiera encendido en su
cerebro, iluminando el pasado. —Supongo que dio la impresión de que te
abandonaba, ¿no?
—Un poco. Y ya sabes, eso… hizo que me pusiera furioso. Admito que en
esa época no hacía falta mucho para ponerme furioso. Como he dicho, era un…
—miró a nuestra hija dormida. —Un capullo. La verdad es que no me importaba
Marjorie. Solo quería herirte. Lo siento, Jacob.
—Bueno, chicos, ya es hora de que dejéis que eso se quede fuera. —La
puerta se abrió otra vez y mi madre salió, cargada con un plato atiborrado. —
¿Alguien quiere galletas?
Hunter se levantó, ofreciéndole su silla, y después se acomodó a mis pies con
una galleta con chispas de chocolate y una expresión satisfecha en su rostro.
Tenía sujeta a Diana con una mano, pero le acaricié el pelo con la otra. Apoyó la
cabeza contra mi rodilla, prácticamente ronroneando. Sus largas y oscuras
pestañas aletearon al cerrarse.
Mamá se sentó en la silla vacía, sonriendo beatíficamente.
—Ahora que la historia antigua ha quedado definitivamente atrás, quizá
podáis ser amigos otra vez, niños.
—Mamá, —Jacob sonaba irritado. —No somos niños, y no vamos a volver a
ser amigos íntimos otra vez. Hunter es un…bueno…
—Realmente, —dijo Hunter perezosamente, sin molestarse en abrir los ojos,
—no lo soy.
—¿No eres qué? —Jacob parpadeó hacia él.
—No soy un delincuente. —Hunter abrió los ojos y le miró. —Eso era lo que
estabas a punto de decir, ¿no?
Mi corazón palpitaba tan fuerte en mi pecho que me preocupó que Diana
pudiera despertarse. No dije nada, solo escuché.
—¿De qué c… diablos estás hablando, Hunter? Sabemos lo que hiciste.
Todos lo saben.
Hunter levantó la mirada hacia mí, con una leve sonrisa en la boca. Contesté
por él.
—Hunter no robó esos fondos, Jacob. Fue a la cárcel para proteger a su
hermano Au.
—¿Me estáis diciendo que Austin fue el que robó el dinero? —Jacob puso
los ojos en blanco. —¿El niño bonito de los Kensington es un malversador?
¿Realmente esperáis que me lo crea?
—Nop, —contestó Hunter.
Jacob sacudió la cabeza, tan fuerte que su pelo castaño rojizo, demasiado
largo, cayó sobre sus ojos.
—Me estás haciendo un maldito lío, hombre.
—Pensé que Au era el que había robado los fondos, —dijo Hunter. —Eso
fue lo que mi padre me dijo. Me pidió que cumpliera la condena por Au, y
porque era mi hermano pequeño, lo hice. Di dos años y medio de mi vida por ese
niño. Pero Char empezó a escarbar, —me sonrió, con los ojos haciéndole
arruguitas, —y empezó a sospechar que la auténtica ladrona era la novia de mi
padre, Rose Ambrose. Le pedí a un amigo mío del departamento de contabilidad
de contabilidad de Kensington Media que lo comprobara. Lo hizo para mí, y
llevamos las pruebas a la policía.
—¿Y? —dije, sin aliento.
—Y Rose ha sido arrestada.
Di un gritito y le revolví el pelo. Él sonrió.
—Me han dicho que seré exonerado, —dijo, —y, dadas las circunstancias,
los policías pasarán por alto el pequeño detalle de que les mintiera. Así que todo
se ha acabado. Gracias a ti, Char. Saldrá mañana en los periódicos.
—Oh, Dios mío. —Jacob le miró fijamente, atónito. —Hunter, lo siento
muchísimo.
—No lo sabías. —Hunter extendió una mano hacia mi hermano, que se la
estrechó con firmeza.
—¿Qué pasa con Au? —pregunté. —¿Lo sabe?
—Sí. —Los ojos de Hunter se suavizaron. —Lloró al enterarse, Char. Todo
este tiempo ha creído seriamente que yo era el malversador y se le ha roto el
corazón al saber la verdad. Incluso me ha ofrecido la presidencia de Kensington
Media.
Inhalé una corta respiración.
—¿Vas a aceptarla?
—No creo que no, —dijo moviendo la cabeza. —Realmente no creo que
tenga lo que hay que tener. No ahora mismo, y puede que nunca. Puede que Au
sea joven, pero está haciendo un trabajo realmente increíble con la empresa.
Tiene un cerebro para los negocios y la formación necesaria para respaldarlo.
Después de todo… —dijo, con una nota de mal disimulado orgullo en su voz, —
el chaval ha ido a Harvard.
—De acuerdo ¿y entonces tú? —preguntó Jacob. —¿Qué vas a hacer ahora?
—Humm—Hunter se apoyó de nuevo en mi rodilla. —Au me sugirió una
vicepresidencia en Kensington Media, ¿pero sabéis qué? Estoy disfrutando
bastante mi trabajo en la Pinecone Gazette. Puede sonar tonto, pero realmente
creo que quiero intentar levantarlo, hacer de ello algo más que un hazmerreír.
Quiero que sea un medio regional y convertirlo en un periódico serio. —Levantó
la mirada hacia mí. —Para hacerlo, en cualquier caso, necesitaré contratar
algunos buenos reporteros de investigación. ¿Conoces a alguien que pudiera
estar interesado?
—Creo que podría conocer a alguien, sí, —dije, sonriéndole por encima de la
oscura cabeza de mi hija con lágrimas en los ojos.
—Bien, —se puso de pie. —Realmente solo hay una cosa más que quiero de
la vida, Char.
—¿Y qué es?
—Tú. —Él bajó la mirada hacia nosotras solemnemente. —Bueno, Diana y
tú. Supongo que son dos cosas. —Buscó en el bolsillo de su vieja cazadora de
cuero, después hincó la rodilla en el suelo, sujetando un anillo de diamantes. Era
enorme y ovalado, y brillaba como un glaciar a la luz de las lámparas del porche.
—Te quiero, Char. ¿Quieres casarte conmigo?
Miré el anillo un largo instante, después levanté la mirada hacia su rostro. Su
adorado rostro.
—Por supuesto, —contesté.
Jacob y mi madre vitorearon y Hunter deslizó el anillo en mi dedo, con una
amplia sonrisa. Con todo el escándalo, Diana se despertó. Parpadeó somnolienta,
mirando a Hunter.
—¿Hunter? —dijo.
—Creo que ahora puedes llamarme papá, —dijo, mirándola con una tierna
sonrisa en el rostro.
Ella parpadeó un poco más. Esa palabra no significaba nada para ella en ese
momento. Pero lo hará, pensé. Dentro de poco, lo significará todo.
—Papá, —dijo.
Epílogo
Hunter
—Ya la echo de menos.
Tomé la mano de Char en la mía.
—Lo sé. Pero ella quiere a su abuela y al tío Jacob, y, además, ahora tiene un
nuevo tío al que embrujar y hacer bailar a su antojo. Estará bien.
Ambos estábamos sentados en el jet privado de la familia Kensington, un
Boeing 747-8 lujosamente decorado. Entre los paneles de madera de arce ojo de
perdiz, los sofás de cuero y la enorme televisión, había mucho que ver a bordo,
pero estaba claro que su mente estaba con la niñita a la que habíamos dejado en
casa durante dos semanas mientras nos dirigíamos a nuestra luna de miel en
Nueva York.
—Estaba tan bonita hoy, ¿verdad?
—Si que lo estaba. —Siempre feliz por tener la oportunidad de hablar de
Diana, saqué mi teléfono. —Mira esto…
Miramos una foto de nuestra hija, ataviada con un vestido largo blanco,
bailando con un Au de esmoquin que parecía complacido pero un poco perplejo,
como si todavía no estuviera lo suficientemente reconciliado con su reciente
adquisición de una sobrina. Me desplacé a un video corto en el que Au había
cogido a Diana en brazos y giraba con ella.
Se nos escapó un “Ooooooh” a los dos.
Nuestra boda, más temprano ese mismo día, había sido preciosa, celebrada
en una iglesia episcopaliana, una catedral, realmente, en Richmond. Char había
estado absolutamente espectacular con un modelo blanco de seda y encaje con
una larga cola. No había llevado velo, solo su precioso pelo cayendo por su
espalda, y su mejor amiga Angela Robinson había sido su dama de honor. Lo
que tenía todo el sentido, porque Angela la había animado la noche de la fiesta
de su vigésimo primer cumpleaños, y había desencadenado una larga cadena de
acontecimientos. Si no hubiera sido por Angela, Char y yo nunca nos
hubiéramos encontrado.
Angela y las otras damas habían llevado un vestido de un azul profundo que
había hecho girar casi tantas cabezas como la propia Car. Creo que yo estaba
razonablemente guapo con un esmoquin negro de Kiton, aunque, por supuesto,
nadie mira realmente al novio. Que es lo que debe ser. La madre de la novia
había estado resplandeciente vestida de rosa pálido, y yo había bailado con ella
casi tanto como lo había hecho con mi esposa y mi hija, para su deleite. El
vestido de Diana había sido una copia en miniatura del de Char, excepto la cola,
y también había atraído mucha atención.
Lo que también es lo que debe ser.
—Ha sido una preciosa niña de las flores, ¿verdad? —dije.
—Estaba increíble. Y Au era un padrino muy guapo.
—Jacob también. Es gracioso, he pasado gran parte de mi vida como un
ermitaño. Nunca tuve amigos de verdad en la universidad y tampoco he estado
muy unido a mi familia. Nunca pensé que acabaría teniendo dos padrinos en mi
boda.
—Estoy contenta, —dijo ella, inclinando la cabeza sobre mi hombro. —Si
quieres que te diga la verdad, nunca he pensado que fueras realmente un
solitario, Hunter. Necesitas a la gente. Estoy contenta de que tengas a Au y a
Jacob de nuevo en tu vida.
Desde que Char y yo habíamos empezado a trabajar en la Pinecone Gazette,
tratando de convertirlo en un periódico del que pudiéramos estar orgullosos,
habíamos tenido muy pocos días libres. Por tanto, ambos estábamos deseando
tomarnos este descanso. Pero dejar a Diana era duro; para Char porque nunca
había pasado la noche sin su hija antes, y para mí, porque todavía me estaba
acostumbrando a ser padre. Todo era nuevo y maravilloso, cada día era una
delicia y sentía que estar lejos de Diana durante dos semanas sería una tortura.
Creía que iba a echar de menos a Au casi lo mismo. Durante los últimos
meses había aprendido a admirar al chaval por todo lo que había conseguido. No
era el gilipollas que yo creía. Y, de hecho, no se parecía en nada a mi padre.
Y después estaba Jacob. Una vez que habíamos dejado atrás la mala sangre,
era alucinante cuanto teníamos todavía en común. Íbamos juntos a Zippo’s un
par de veces a la semana a tomarnos unas cervezas y siempre nos divertíamos
riendo, jugando al billar y hablando de los libros que estábamos leyendo. Char y
yo pasábamos también pasábamos mucho tiempo en casa de la Sra. Evans y yo
disfrutaba de sus atenciones maternales. Cuando rechazó mi tímida oferta de
pagar a un pintor, me subí a una escalera y pinté yo mismo todo el exterior de la
casa. Estaba planeando cambiar los tablones torcidos del porche a continuación.
De repente, ya no era un solitario, y de hecho estaba un poco preocupado por
si pasaba todo el tiempo que estuviéramos en Nueva York hablando por Skype
con mi gran familia en lugar de ver cosas. Pero Char me había prometido que iba
a hacer que me comportara y yo confiaba en su habilidad para mantener mi
atención donde debía estar.
En ella.
Sin embargo, pensar en Au me hizo recordar algo.
—Oye, le hice confesar, ¿te lo había dicho?
—¿A quién? —Char parpadeó, confusa.
—A Au. ¿Recuerdas al tío del callejón, al que pegaste una patada?
Sospechabas que era Au porque cojeaba, ¿te acuerdas? Con seguridad, era él.
Ella levantó la cabeza y se me quedó mirando.
—¿Au fue quién me asaltó?
—Bueno… —Me encogí de hombros. —No fue realmente un asalto. Él no
quería hacerte daño. Aparentemente, se había enterado de que te estaba visitando
en el restaurando y sumó dos y dos y se imaginó que Diana era mi hija. Pero
también había oído que no estabas ansiosa por dejarme volver a tu vida. Así que
estaba tratando de juntarnos, y por alguna razón decidió que obligarme a
rescatarte podría ayudar. Solo estaba tratando de crear una especie de escena de
damisela en apuros. Aunque él no había contado con que fueras tan rápida con
los pies.
Char se rio, pero luego se puso seria.
—¿Y el fotógrafo que había en el parque aquel día? Ese no era Au, ¿verdad?
—No, solo un paparazzi cualquiera. Me temo que ahora que eres una
Kensington, tendrás que acostumbrarte a que invadan tu privacidad con cierta
frecuencia.
Era verdad, y ambos lo sabíamos. Nuestra boda, que había sido lo
suficientemente grandiosa como para ser de la realeza, ya había acaparado
titulares de costa a costa. Los Kensington siempre habíamos sido interesantes
para la prensa, y la incorporación a la familia a una reina pelirroja y a una
pequeña, aunque preciosa princesa solo nos hacía más atractivos.
Char sonrió y me apretó la mano.
—Creo que puedo vivir con ello, —dijo. —Me encanta ser una Kensington.
Te quiero, Hunter.
El avión empezó a rodar por la pista, y Char miró por la ventana con los ojos
brillantes de emoción.
—Guau, esto es tan excitante. No me puedo creer que vaya a ver Nueva
York. Nunca había estado fuera de Virginia.
Yo había estado en Nueva York tantas veces que ni siquiera podía recordarlas
todas. Pero todo lo que era viejo y habitual para mí era nuevo y emocionante
para Char y de algún modo eso hacía que mi vida fuera nueva y excitante de
nuevo. Me encantaba ver su cara iluminándose con las nuevas experiencias.
Hacía que algo se encendiera también dentro de mí, también.
Seis meses antes, pensé, caminé de vuelta hacia Pinecone como un
delincuente recién liberado y casi al mismo tiempo la encontré de nuevo. Quizá
había sido el destino o quizá había sido solo suerte. Pero, de cualquier manera,
había sido lo mejor que nunca me había pasado. Ella era lo mejor que me había
pasado.
—Voy a enseñarte el mundo, Char Kensington. —Me incliné y la besé
ligeramente en los labios. —Más tarde o más temprano, veremos cada gran
ciudad que haya que ver. Roma, Madrid, Atenas, Tokio… créeme cuando te digo
que Nueva York es solo el principio.
Ella enredó sus dedos don los míos y le sujeté la mano con fuerza mientras el
avión se elevaba en el brillante cielo azul de verano. Pensé que era un buen
principio.
Un muy buen principio.
FIN
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La Amante Embarazada del Mal Jeque
Por Ella Brooke y Jessica Brooke
Todos los derechos reservados. Copyright 2016 Ella Brooke y Jessica
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Capítulo Uno
La luz penetró por el hueco de las cortinas y se posó sobre los ojos del Jeque
Cemal Samara, que parpadeó ante la intensidad del sol de la mañana y se dio la
vuelta, sonriendo, a la vez que rodeaba con un brazo a la núbil joven que llevó a
casa la noche anterior. A su izquierda, otra muchacha - la hermana gemela -
bostezó y acurrucó el rostro contra su cuello. Había muchos días en los que ser
jeque y líder de Jordania era un trabajo duro e ingrato. La mayoría de sus
vecinos se encontraban al borde perpetuo de la guerra, mientras que él trabajaba
incansablemente para acercar más su nación a las tradiciones occidentales. Tal
vez su tendencia a ser de todo menos un adepto, encajaba con sus aspiraciones,
pero pocas cosas había en la vida mejores que un buen trago.
Y una de ellas era la compañía de mujeres, no solamente hermosas, sino
dispuestas a todo.
Aún así, si ya había salido el sol, eran cerca de las siete de la mañana en su
reino, y sabía que le esperaban para presidir las habituales reuniones de
negocios. Al fin y al cabo, era lunes. Aunque se había pasado la mayor parte de
la noche de fiesta y algo más, aquello no era excusa para eludir sus deberes. Ya
no era tan joven como cuando terminó la universidad, pero tenía la misma fuerza
y aguante que entonces, lo que le permitía recuperarse rápidamente tras varias
noches de libertinaje y diversión. Sólo tendría que conseguir que su boca dejara
de saber a cenicero y controlar la estampida de elefantes que pasaba por su
cabeza. Entonces, estaría listo para encarnarse en el gigante de la industria que
era.
Sin ningún tipo de duda.
La gemela de su izquierda (¿Anara?) extendió un brazo y acarició su
erección. Qué generoso de su parte hacerse cargo de su habitual rito matutino.
Sonriendo, metió una mano bajo la manta para acariciar la suave piel de aquel
anheloso brazo.
-Eres una diosa, querida.
-¡Y tú, hijo mío, un hedonista!- exclamó su madre irrumpiendo en el cuarto.
Darjeela Samara había sido la Jequesa más feroz y autoritaria de su reinado
como corregente de Jordania, y como madre era igual de estricta. No, olvida eso.
Darjeela era, sin lugar a dudas, mucho más dura con él de lo que había sido
como monarca, e incluso con los mayores criminales y alborotadores del país.
Era como si sus obligaciones de gobernante no habían sido más que una
preparación para manejarle y controlarle.
Miró a su hijo y a las dos chicas que rompieron a chillar de inmediato, pero
continuó su camino hasta la ventana para abrir las cortinas de par en par, dejando
entrar tanta luz que a Cemal le dolieron los ojos. Por Alá, ahora tenía todo un
circo haciendo acrobacias en su cabeza. Iba a tener que tomar medio bote de
aspirinas para acabar con las secuelas de su improvisada fiesta.
-Madre-se quejó, mientras las gemelas se escabullían de debajo de las
sábanas y huían de la habitación. Al menos pudo echar un último vistazo a sus
redondeados glúteos. Eran dos de los mejores ejemplares femeninos que ofrecía
Jordania. Y no era como si no pudiese encontrar otros tantos al día siguiente, o
aquella misma noche. Sí, por algunas cosas, era estupendo ser el monarca. -¿No
podías esperar diez minutos?
-Me apetecía impresionarlas-contestó su madre, sentándose en una silla en
una esquina del cuarto. Llevaba la larga y canosa melena recogida en un moño,
pero sus ojos ya habían sido maquillados con finas líneas de kohl que
acentuaban su mirada, haciendo que resultara mucho más penetrante. -Algunos
ministros me han comentado que últimamente pareces estar un poco
“deteriorado”.
Cemal miró a su madre y se subió el edredón hasta el cuello. -Siempre
aprovecho el día al máximo. Nuestro país es seguro, los ciudadanos están bien
cuidados, y nuestra compañía petrolera y fortuna perfectamente administradas.
No nos falta de nada.
-Siempre tienes aspecto cansado. Se te ven las ojeras de lejos, hijo-añadió.
¿Cómo podía usar un tono tan condescendiente? ¿Era una especie de don que
sólo poseía su madre? Tenía la capacidad de hacerle sentir como si tuviera de
nuevo dieciséis años. ¡Ni hablar!, tenía (casi) treinta y cinco, y no le gustaba que
le hiciera sentir culpable. No se iba a dejar humillar por nadie, y mucho menos
por una mujer. Era una de las pocas opiniones que compartía con su difunto
padre.
Los hombres debían ser hombres, ¡maldita sea!
-Madre, te estás adentrando en terreno peligroso; te acercas a un foso de
arenas movedizas y ni siquiera te das cuenta.
Ella le miró con los ojos entrecerrados y sacudió la cabeza. -Lo sé todo sobre
ti, criatura, y no me intimidas. Tu padre tampoco lo hacía.
-Es por la sangre infiel que llevas dentro-dijo él, con una sonrisa.
-Sí, y los fuertes ideales occidentales heredados de mi madre.
Su abuela había sido francesa. Tal vez aquello fuera la causa de la terquedad
que compartía con su madre. Quizás fue lo que obligó a su padre a permanecer
alejado de él.
Algunos días, incluso Cemal no estaba seguro.
-Aún así, no puedes gritarme para que me vaya. No estás cumpliendo tus
deberes como Jeque de Jordania y actual heredero al trono, y lo sabes.
-¿Porque todavía no he sentado la cabeza? Aún tengo tiempo-protestó
Cemal, cruzándose de brazos. La frase habría tenido mayor efecto si no hubiera
estado desnudo bajo aquella manta.
-Sí. El principal deber de todo rey es asegurarse de preservar la línea
ancestral. La dinastía Samara ha gobernado estas tierras durante…-
-Quinientos años. Lo sé-dijo Cemal con un suspiro. -Y las seguirán
gobernando durante otros quinientos. Simplemente no estoy preparado para
atarme a una mujer.
-Debes hacerlo. Cada día que pasa es un regalo. Nunca sabes cuándo vas a
ser llamado de esta tierra. Tu padre no lo supo.
-Yo no soy mi padre, y no quiero arruinarme la diversión.
Su madre resopló, y Cemal supo que se había pasado de la raya. Poniéndose
en pie, la mujer comenzó a pasearse por el cuarto, moviendo los brazos
frenéticamente. De vez en cuando, se pasaba al francés - que aprendió de su
madre - y así fue como Cemal supo que tenía un tremendo problema. Cuando
estaba furiosa, su madre solamente juraba en dos idiomas. Había tolerado
aquella sensación de decepción mucho más tiempo de lo que él se imaginaba.
-O sea, que llevarte a dos mujeres a la cama… hermanas, para más inri, ¿es
lo que entiendes por diversión?
-¿Cómo sabes que eran hermanas?
-Maleek. Tu criado es fiel antes que nada a su país, y me ha dicho que está
preocupado por ti y por tu conducta. Pones en evidencia a esta familia
comportándote como un universitario. Ha llovido mucho desde tu época de
Harvard, y lo sabes. ¿Por qué insistes en ser tan irresponsable?
Cemal quería levantarse, elevarse amenazador sobre su madre, pero su
desnudez le impedía hacerlo. -Me quise casar una vez.
-Eras demasiado joven. Tanto sus padres como tu padre y yo estuvimos de
acuerdo.
-Me estás preguntando por mi comportamiento. Y esa es la verdad, madre. Si
no puedo tener a la mujer que amo, debería poder divertirme con tantas como
desee. Sé lo que piensas. Sé que has estado hablando con la Jequesa del Líbano.
Un día, me vas a emparejar con su hija mayor en una unión política y sin amor.
Se te da muy bien todo lo conveniente.
-Y a ti todo lo vergonzoso e infantil. Puede que lo del amor perdido sea una
bonita historia, pero tenías 17 años y ocurrió hace mucho tiempo. Te debes a tu
pueblo y a la memoria de tu padre-continuó, acercándose al armario y sacando
un montón de ropa a bulto. Se aproximó a la cama y arrojó una camisa, una
corbata y otras prendas sobre el rostro de su hijo. -Levántate y trata de madurar.
Encuentra una esposa pronto o te la encuentro yo.
***
-¿Maleek?- llamó Cemal, cerrando su ordenador portátil y mirando a su
criado.
El hombre pareció temblar en el sitio, hasta el pelo de su perilla parecía
tenso. Normal. El Jeque Cemal podía ser una figura imponente cuando quería.
Lo tenía más que merecido. No le hacía gracia que su criado le fuera con cuentos
a su madre. No necesitaba sobreprotección ni vigilancia. Era el Jeque, ¡maldita
sea!, y aunque su madre le sermoneara, iba a hacer lo que quisiera.
-¿Señor?- inquirió el criado, con un tono de voz inusualmente alto.
-¿Crees que soy una vergüenza para el trono?
Maleek miró a su alrededor y se desplazó unos centímetros hacia la puerta. -
Señor, eso no fue lo que dije, pero estoy preocupado por usted, y necesitaba
informar a la Jequesa de mis recelos. No se da cuenta del aspecto tan cansado
que tiene.
Cemal le observó enfadado. -Se llama “divertirse”, Maleek, y te aconsejo
que lo pruebes de vez en cuando. No, mejor, considéralo una orden. Te ordeno
que te diviertas el próximo fin de semana.
Maleek rió. -Tengo tres hijas menores de ocho años, mi Jeque. Reconozco
que lo más divertido que he hecho últimamente ha sido ver Frozen en bucle
hasta que se han dormido.
Cemal frunció el ceño. No sabía aquello de su criado. Aunque no dedicaba
demasiado tiempo a conversar sobre su vida personal. Maleek existía para
servirle. No había necesidad de conversar. Pero ahora que habían cruzado la
línea entre siervo y señor, sentía curiosidad. Además, sólo tenía socios de
negocios. No tenía amigos. No conocía a ningún hombre al cual preguntar cómo
era realmente el matrimonio.
-¿Te gusta?
-¿Perdón? ¿Se refiere a trabajar para usted?- preguntó Maleek, con una
inclinación de cabeza. -Es una bendición poder servirle, me siento bendecido por
el propio Alá.
-No, no me refiero a trabajar en palacio.
Maleek se detuvo y abrió mucho los ojos. -¿Señor?
Cemal agitó la mano derecha delante de él y sacudió la cabeza. -No, no te
voy a despedir. Me has sido fiel durante diez años. Simplemente me gustaría que
la próxima vez que estés preocupado por mis niveles de energía, hables conmigo
en vez de con mi madre.
-Se lo prometo, mi Jeque. Pero ¿qué otra cosa desea saber?
-¿Te gusta estar casado?
-Es duro-admitió Maleek, frunciendo el ceño. -Pero amo mucho a mi esposa,
y a la vida que hemos creado en nuestras hijas. No son las riquezas de su palacio,
pero sí un tesoro que no se puede comprar.
-Suena bien-reconoció el Jeque, tamborileando con los dedos sobre su
escritorio. -No sé si puedo confiar en el matrimonio.
-Señor, no le entiendo.
-Quizás ya hayamos compartido demasiado por el momento, Maleek-señaló
Cemal, poniéndose en pie y tomando el informe más reciente sobre la
perforación en Mahala. -Tengo cena con el embajador de Estados Unidos.
Asegúrate de que la mesa esté preparada.
-Sí, señor.
-Estupendo, y…- comenzó, y cuando las luces se apagaron y sonó la alarma
de emergencia exclamó: -¡Maldita sea!
Era la cuarta vez en dos semanas que el sistema inteligente de palacio se
había vuelto loco. Había avisado a los técnicos locales, asesorado por la sociedad
matriz de Silicon Valley, pero aún no lo habían reparado. La primera vez, Cemal
organizó su guardia palaciega, creyendo que su hogar estaba a punto de ser
invadido. A aquellas alturas, sólo quería darse de cabezadas contra la pared o,
mejor, coger por el cuello al fundador de Simco Systems.
-Cambio de planes-dijo airado, pensando que la cena con el embajador
tendría que ser trasladada a un restaurante menos privado que no estaría
preparado para llevar a cabo conversaciones seguras. -Maleek, llama al director
de Simco. Quiero que me envíen ahora mismo al mejor programador que tengan.
O repara el sistema o me lo cargo con mis propias manos. Ellos eligen.
-Sí, señor. Ahora mismo llamo.
Capítulo Dos
Juliana Caine hacia equilibrios con las pesadas bolsas de la compra que
acarreaba en los brazos. Con un ágil juego de piernas y un montón de
juramentos, consiguió evitar que se le cayeran las cosas mientras abría la puerta
del apartamento que compartía con su prometido, Phillip. Él no llegaría a casa
hasta dentro de unas horas, y Juliana tenía pensado darle una sorpresa. Por lo
general, ella siempre era la última en llegar, ya que salía una o dos horas después
de él y tenía que desplazarse desde Simco Systems. Su trabajo como una de las
principales programadoras de la empresa, era bastante extenuante, pero también
lo que siempre había querido hacer durante sus agotadores años como estudiante
de Caltech.
Nunca podía estar de vuelta en casa a las seis, ni prepararle la cena al amor
de su vida.
Aunque eso también podía ser algo bueno. No era precisamente famosa por
sus habilidades culinarias. Esperaba poder hacer una sencilla receta que había
encontrado en el sitio web de Martha Stewart. Suponía que no era fácil arruinar
un plato de espagueti. Acercándose con torpeza a la encimera, depositó las
bolsas sobre ella y sacó una caja de pasta y los ingredientes para la salsa casera
Alfredo. Al agacharse para sacar una cazuela del armario, se quedó inmóvil.
Había escuchado un ruido.
Un golpeteo rítmico procedente del dormitorio.
¿Qué coño…?
Dios mío, ¿había un criminal en su dormitorio y estaba haciendo algo a sus
cosas? No había visto el coche de su prometido en la calzada, aunque tampoco
había tenido tiempo de mirar en el garaje. Podría ser que estuviera en casa. No le
había parecido que Phillip estuviese enfermo. ¿Habría regresado pronto?
-¿Phillip? ¿Eres tú?
Los acompasados sonidos continuaron y Juliana se detuvo, sin saber qué
hacer. Exasperada, sacó el móvil del bolso y llamó a su novio. Ningún
desconocido se había precipitado fuera del dormitorio, por lo que al menos no
era probable que fuese un ladrón. Mientras escuchaba el tono de llamada en su
auricular, oyó las primeras notas de la melodía del móvil de su prometido.
Frunciendo el ceño, Juliana se abalanzó sobre el sofá, donde encontró el
teléfono de Phillip.
Estaba junto a un familiar bolso verde de cuero.
Furiosa, Juliana irrumpió en el cuarto, segura de que no corría peligro de
encontrarse con un delincuente. Oh no. Era algo mucho peor. Su novio de tres
años embestía frenéticamente a su mejor amiga – ex-mejor amiga - Candy
Simmons. Sin perder un segundo, golpeó la cazuela que aún tenía en la mano
contra la pared. El yeso saltó por todas partes y las hasta entonces dos personas
más importante de su vida se quedaron mirándola. Candy lanzó un grito y se
tapó el pecho con la manta, mientras que Phillip maldijo en voz alta y se levantó
de un salto.
Juliana resopló y puso los ojos en blanco.
Sí, intenta librarte de ésta con una mentira.
-Joder, Juliana, no deberías estar aquí-le recriminó Phillip, apresurándose al
cuarto de baño para coger su albornoz. Cuando regresó con él, arrojó un vestido
y su ropa interior en dirección a Candy. -¿Qué estás haciendo aquí?
-Es mi casa-respondió Juliana. -¿Qué estáis haciendo vosotros aquí? No
parece que estéis precisamente jugando a las damas.
Candy se enfundó la ropa por debajo de la manta y se puso en pie. Juliana
tuvo que admitir que estaba impresionada con la velocidad con la que ambos se
movían. Tal vez estaban más acostumbrados a actuar furtivamente de lo que se
imaginaba. Aquello explicaba definitivamente porqué Phillip había pospuesto
fijar una fecha durante tres años.
-¿Desde cuándo?- preguntó, mirando alternativamente a Candy y a Phillip. -
¿Cuánto tiempo lleva pasando?
Candy frunció el ceño y dio un paso adelante, haciendo ademán de abrazarla,
pero Juliana sacudió la cabeza y dejó caer la cacerola. -No, no intentes
consolarme. Está claro que no te importo, si es que te he importado alguna vez.
-Lo sé… sólo intentaba decir que no queríamos hacerte daño-se lamentó.
-Si no querías hacerme daño, ¿por qué estás en mi cama follándote a mi
prometido?- le espetó Juliana. -Contestadme. ¿Desde cuándo?
Phillip colocó sus manos en los bolsillos del albornoz. -Desde hace un año,
cariño. No lo planeamos, pero siempre estás trabajando.
Candy asintió con tanta fuerza que pareció que le iba a salir la cabeza
volando. -Lo traje a casa en coche durante una tormenta y la cosa empezó a
partir de ahí.
-¿Hasta que tuvisteis que acostaros en nuestra casa?- preguntó, Juliana,
todavía sin creer lo que estaba viendo con sus propios ojos. ¿Cómo habían sido
capaces? Llevaba siete años con Phillip. Sus sobrinas le llamaban tío, ¡joder!
Candy fue la primera amiga que hizo cuando se mudó a Palo Alto. -No entiendo
nada.
Phillip trató de tocarle el hombro, pero Juliana se escabulló contra la pared.
-Simplemente no estabas.
-Pues ahora tampoco lo estás tú-dijo ella, apretando la mandíbula.
Respirando profundamente, Juliana señaló la puerta. -Fuera, los dos, y no me
volváis a llamar nunca.
***
Juliana no había dormido bien.
Bueno, aquello no era correcto. Decir que había dormido mal implicaba que
había dormido algo. Tal vez dio un par de cabezadas, lo suficiente como para no
volverse loca, pero en su mayor parte yació despierta en el sofá (no iba a
tumbarse en aquel colchón de ninguna manera), intentando no llorar. Sin éxito.
Las lágrimas le bañaron el rostro durante toda la noche, y dio vueltas y más
vueltas, aterrorizada por tener que contarles a su madre y hermana lo que
acababa de pasar.
Dios, iba a ser horrible.
Su hermana, Amanda, tenía un matrimonio perfecto en Maryland. Era la
esposa de un prometedor ejecutivo de una empresa de ropa deportiva. Amanda y
Josh tenía dos preciosas hijas y una bonita casa en el extrarradio. Incluso con el
sueldo de contable de Phillip, ellos apenas se podían permitir una vivienda
modesta. Los precios de Silicon Valley estaban por las nubes. Siempre se había
dicho a sí misma que aquella era la razón principal por la que aún no se habían
casado y empezado una familia. Ahora sabía que no era cierto. Aunque habría
sido feliz durante el resto de su vida junto a Phillip y su prole, él no pensaba
igual.
Con cara de sueño y la piel seca como si se la hubiera lavado con papel de
lija, Juliana entró en su oficina de Simcom System y encendió el ordenador con
dificultad. Lo último que necesitaba era escuchar su nombre por el
intercomunicador para que se presentara en la oficina de la jefa. Suspirando, se
levantó de la silla y se encaminó (casi en línea recta) al despacho de Karen
Grant, la directora de la empresa.
Con 40 años de edad, era mayor que algunos de los retoños de Silicon Valley,
pero también era una de las pocas mujeres que tenían el mando. Su tecnología
inteligente para el hogar estaba siendo instalada en las mansiones de los famosos
y la realeza de todo el mundo, y en aquellos momentos se estaba probando la
versión beta en Oriente Medio. La Sra. Grant era rica, incisiva y exitosa - todo lo
que Juliana desearía ser. También era una cabrona de mucho cuidado, y alguien a
quien Juliana no tenía ningún deseo de enfadar.
Presentarse ante ella con los ojos rojos y rastros de lágrimas en la cara, no
iba a ser de gran ayuda.
-Juliana-saludó su jefa, haciendo un gesto en dirección a la puerta. -Por
favor, cierra.
-Sí, señora. ¿Qué ocurre?
-Directa al grano. Así me gusta - celebró, entrecerrando los ojos y mirando a
Juliana.
Karen iba impecablemente vestida, con un elegante vestido negro que
quedaría fatal sobre las amplias curvas de Juliana.
Algunas mujeres están bien hechas…
-Sólo quería asegurarme de poder asistirle lo más rápido posible-se apresuró
a decir Juliana.
-Y una vez más, aprecio su actitud, Srta. Caine. Lo diré sin rodeos. El
programa de hogar inteligente que hemos instalado en la casa del Jeque de
Jordania está fallando. Fue uno de nuestros primeros clientes, y no quiero que
hable mal de la empresa ni de sus servicios. Aspiramos a ser los mejores.
-Entiendo-dijo Juliana, a quien le pareció gracioso que su jefa le estuviera
dando una charla promocional. Ella ya formaba parte del equipo; no necesitaba
el discurso. -Estoy trabajando en el código de la actualización 2.0…
-Eres la segunda mejor programadora que tenemos.
A pesar de su mal día, Juliana no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en
su rostro. -Gracias.
-No me lo agradezcas. Es un hecho. Quiero que tomes el avión de la empresa
a mediodía. Tienes una semana para arreglar todo en casa del Jeque Cemal
Samara. La reputación de la compañía depende de ti.
Juliana abandonó el despacho de su jefa; no estaba muy contenta de tener
que viajar al extranjero con apenas cuatro horas de aviso. Por otro lado, sería
mucho más fácil superar la separación y el engaño si no estaba en el entorno que
había “compartido” con Phillip durante años. Por lo visto, él había compartido
mucho más con ella. Era hora de disfrutar de unas vacaciones de trabajo en
Oriente Medio y de demostrar a su jefa que tenía madera de directora. Tal vez,
por fin podría ascender de programadora y ocupar el cargo de vicepresidenta que
siempre había querido.
Juliana dejó el edificio y se dirigió a casa, dispuesta a hacer la maleta en
tiempo récord.
Va a ser la oportunidad de tu vida, ya lo verás.
Capítulo Tres
-Creo que se equivoca-informó Juliana a la mujer mayor que la conducía por
los laberínticos pasillos del palacio.
La anciana sacudió la cabeza, haciendo que sus largas trenzas blancas le
golpearan los hombros. -Eres la representante de Simcom, ¿no?
-Sí, pero pensé que me iba a llevar a la sala del servidor principal. Me da la
sensación de que nos estamos perdiendo en lo más profundo del palacio.
-Voy a serle sincera-anunció la otra mujer. -El señor no esperaba a una mujer.
Cuando la Sra. Grant explicó que su programador era una mujer… dio órdenes
para que esté lo más cómoda posible. Sabe mejor que nadie lo agotadores que
son los vuelos transoceánicos. Han pasado más de 10 horas, y está cubierta de
arena del desierto después de su viaje en el jeep.
Juliana suspiró. Tampoco había podido dormir en el avión. Aunque eran casi
las siete de la mañana en Jordania, y llevaba más de treinta y seis horas
despierta, el descanso la seguía eludiendo. Y la mujer tenía razón. El viaje en
todoterreno por carreteras que apenas eran transitables había hecho que acabara
con el pelo y otros sitios inconfesables cubiertos de arena. Si querían que se
aseara antes de comer algo e informarse del problema, no iba a quejarse.
-No me va a añadir al harem, ¿verdad, señora?
-Me llamo Yasmeena, y soy la jefa del harén desde hace más de treinta años.
En su época, serví al padre del actual Jeque, y ahora soy una de las principales
asesoras de él y de su madre.
-¿Y eso cómo funciona?- espetó Juliana. -Eh… quiero decir… ¿no es la
madre del Jeque…? Esto… a lo que me refiero es…
-La costumbre de tener un harén está anticuada. Las mujeres que viven aquí
llevan al menos veinte años, y sirvieron al padre del Jeque Cemal. Somos lo que
usted llamaría jubiladas.
-Pero no siempre fue así-replicó Juliana, a la vez que se detenían ante dos
enormes y ornamentadas puertas. Levantó la mirada. Debían de medir más de
cuatro metros de altura y parecían sumamente pesadas. Al menos tres de los
hombres que custodiaban la entrada tuvieron que ayudar a Yasmeena a abrir la
puerta, de lo contrario, Juliana no sabía muy bien cómo lo habría hecho. -Quiero
decir que no entiendo cómo usted y la Sra. Jeque…
-La Jequesa-apuntó Yasmeena, reprimiendo una carcajada
-Eso. ¿Cómo se pueden llevar bien?
Era algo que Juliana no podía entender. A pesar de haber sido amiga de
Candy durante ocho años, más tiempo del que había conocido a Phillip, era
incapaz de pensar en ella sin sentir que se le desgarraba el corazón. La idea de
que dos mujeres pudiesen compartir pareja y seguir siendo amigas la
desconcertaba por completo. No era posible.
Yasmeena se encogió de hombros al entrar en la sala principal del harén. -
Son costumbres antiguas. Hice lo que mi rey necesitaba de mí, pero nunca me
involucré emocionalmente. Ahora cuido de su hijo y esposa lo mejor que puedo,
en su honor. Aunque el Jeque Cemal abolió esa costumbre cuando asumió el
trono. Supongo que todo debe cambiar en algún momento.
-No creo que si fuera un programador masculino - dijo Juliana, depositando
el bolso y ordenador portátil sobre la colección de suaves y sedosas almohadas
más cercana - me hubiera traído al harén.
-También le habría dado tiempo para refrescarse, pero Cemal ha dicho, y
repito sus palabras, que usted debe ser tratada de forma especial por venir a
hacernos un gran servicio.
-En serio, enséñeme unos cables y puedo hacer algo más que ayudar-contestó
Juliana, antes de quedarse boquiabierta. Jamás había contemplado algo tan
hermoso. El tejado del palacio estaba a unos diez metros por encima de ellas. El
techo se dividía en cúpulas decoradas con intrincados patrones geométricos
llenos de piedras semipreciosas y decorados con pan de oro. Era como estar en
un museo, pero más bonito de lo que nunca había imaginado. -¡Este sitio es
increíble!
-Así es, y ahora debemos prepararle, haga el favor de sentarse delante del
espejo.
Juliana suspiró y obedeció. Era mejor no discutir. Si aquello agradaba al
Jeque y Yasmeena iba a cepillarle la arena del largo y negro cabello, ella no era
quién para rechistar.
La anciana se puso a trabajar, retirándole la vieja y arrugada goma del pelo. -
Si se sigue peinando con tanta tirantez, perderá el cabello y se quedará calva.
-Eso es un cuento chino. Además, me molesta cuando estoy arreglando
discos duros y se me pone en la cara.
Yasmeena rió. -Tiene un pelo precioso-dijo, mientras se lo peinaba con un
cepillo de incrustaciones de marfil. -Si quiere un novio o un marido, es mejor
que lo lleve suelto, para que enmarque su rostro y esos bonitos ojos verdes.
-Ahora suena como mi madre. Siempre decía que si seguía llevando
vaqueros y chanclas…- Juliana se detuvo y exhaló. Se le secó la garganta, como
si alguien la hubiera arañado desde el interior, y no pudo seguir hablando.
-Se ha quedado callada-observó Yasmeena, mientras cogía un peine enjoyado
del tocador. Era plateado, con una gigantesca piedra roja en el medio. Juliana
estaba casi segura de que era un rubí. -¿Por qué?
-Tenía un prometido. Supongo que no soy lo bastante sofisticada como para
conservarlo-se lamentó Juliana, derrumbándose y rompiendo a llorar.
Se sintió mejor después de admitir aquello en voz alta. A su madre, sólo le
había enviado un breve mensaje de texto antes de coger el avión. En el trabajo,
tenía que comportarse de forma profesional. Pero estaba cansada de poner buena
cara para los demás. Por lo general, cuando tenía algún problema llamaba a
Candy, pero ya no tenía aquella opción. Yasmeena envolvió con sus brazos los
hombros de Juliana y tarareó una canción con palabras (probablemente árabes)
que Juliana no tenían ninguna posibilidad de entender.
-Shhh, señorita Caine, le prometo que aquí no le va a pasar nada malo.
Además, cuando acabe con usted, va a ser la mujer más bella que jamás haya
visto el Jeque.
Juliana rió y se secó los ojos. -Creo que sólo tengo que reparar su sistema de
seguridad. No tengo que gustarle yo, sólo mi trabajo.
Yasmeena sonrió, con una sonrisa de Mona Lisa. -Pueden gustarle ambos,
¿no cree?
***
Juliana no tenía ni idea de qué estaba haciendo allí. Treinta y seis horas
antes, había perdido a su amiga y a su novio. Hacia unas doce horas, su jefa la
había enviado a una importantísima misión para reparar el sistema de seguridad
del Jeque Cemal Samara. Y ahora, había sido invitada a desayunar con él para
tratar el problema electrónico, e iba vestida como una extra de Lawrence de
Arabia. Yasmeena se había tomado su trabajo muy en serio, y su cabello ahora
caía en largos tirabuzones sobre su espalda, sujeto con aquel llamativo peine del
rubí. Sus ojos estaban maquillados con kohl, lo que atraía aún más la atención a
sus ojos verdeazulados, y le habían acentuado los labios con un carmín súper
rojo, que contrastaba con su piel pálida. Pero la guinda del pastel fue la
insistencia de Yasmeena (y de las otras mujeres del harén) para que se
aprovechara de la generosidad del Jeque en cuanto a ropajes. Juliana vestía una
prenda que dejaba al descubierto la piel pálida de entre sus pechos y las caderas.
Los pantalones estilo harén tenían una tonalidad amarillo canario y estaban
adornados con cristales en forma de monedas.
Se sentía como la princesa Jasmine, aunque ninguna princesa de Disney se
haya tenido que preocupar jamás por sus michelines.
Empezaba a creer que Yasmeena había ido demasiado lejos; no estaba allí
para impresionar al Jeque Cemal. Juliana había querido complacer a la mujer,
pero ya estaba lamentando la elección de vestuario mientras se paseaba ante las
puertas del comedor. La exótica imagen del abdomen expuesto favorecía a
algunas mujeres, pero ella era una chica voluptuosa, con una talla 44, que no se
atrevía a lucir un bikini. Aquello era una mala idea. Si se daba prisa, aún podía
volver al harén y ponerse su traje de chaqueta.
Al menos dejaría de parecer una ballena varada….
Dándose la vuelta, Juliana se disponía a apresurarse por el pasillo cuando vio
a alguien que le hizo parpadear. Frunciendo el ceño, volvió a parpadear y deseó
poder frotarse los ojos. Tenía que estar alucinando. Era imposible…
El hombre que tenía delante era alto, de unos dos metros, y su espalda era tan
ancha como la de un nadador olímpico, con su mismo talle. Sin embargo, lo que
le llamó la atención fueron sus ojos, de un intenso color ámbar que parecía irreal,
y que siempre había encontrado irresistible cuando estaba en el instituto.
-¿Robbie…?- llamó, confundida.
¿Qué está haciendo mi antiguo novio en Jordania?
-¿Juliana? ¿Tú eres la programadora de Simcom?- le preguntó aquel hombre,
con un desconcierto que igualaba al suyo.
-En serio, ¿quién eres?- quiso saber ella, entrecerrando los ojos ante la
misteriosa e imposible figura que tenía delante.
Él se inclinó hacia adelante y, a continuación, tomó su mano derecha, en la
que depositó un delicado beso. -Soy el Jeque Cemal Samara, pero cuando
estudié en Estados Unidos, mis padres insistieron en que utilizara el seudónimo
de Robert Khayim, por mi propia seguridad.
La mente de Juliana se precipitó al pasado a la vez que retiraba su mano.
No puede ser. ¡Es imposible!
Sacudió la cabeza y retrocedió. -¿Es una broma? Entiendo que tuvieras que
usar un nombre falso en el instituto, pero no me creo que necesitaras un técnico
para reparar tu sistema inteligente y que me llamaran precisamente a mí. ¿Lo has
tramado con la Sra. Grant? ¿Es cierto que el sistema no funciona? ¿O es todo
una elaborada y cruel broma para que vuelva contigo?
Cemal sacudió la cabeza y levantó los brazos en señal de derrota. –Por
supuesto que no. Preferiría que el sistema no se hubiera vuelto loco justo cuando
tenía que discutir unos asuntos con el embajador de EE.UU. No sabía para qué
empresa trabajas.
-¡Y una mierda!- gritó Juliana, intentando mantener la calma. Al infierno con
la calma. -Hace quince años me convertiste en una criatura indómita, me metiste
en líos con mis padres y, a pesar de todo lo que te amé, regresaste a Oriente
Medio sin tan siquiera dejarme una maldita nota. No, no me creo que todo esto
sea una coincidencia, y no confío en ti. ¡No, después de que me rompieras el
corazón!
Él dio un paso adelante y, presa del pánico, Juliana le lanzó un golpe con la
mano. Moviéndose con la misma elegancia que siempre le había caracterizado,
Cemal esquivó el impacto y la sujetó por los hombros, mirándola a los ojos.
Ella trató de mirar hacia abajo, al intrincado mosaico que decoraba el suelo,
pero fue inútil. No podía resistirse a su mirada hipnótica como la seda dorada. -
¿Qué?
-El destino nos ha reunido nuevamente, mi Blanca Nieves.
Ella resopló al escuchar el infantil apodo que le había puesto en el pasado.
Aunque, con sus labios escarlata y la pálida piel de años pasados encerrada en el
laboratorio de informática, Juliana tuvo que admitir que aquel mote era más que
adecuado.
-¿Es todo una coincidencia?
-Y bastante buena-dijo él, con su cálido aliento en su mejilla.
Sin poder evitarlo, Juliana inhaló su aroma especiado de notas de azafrán y
almizcle. Un ardor se apoderó de su vientre y la humedad comenzó a
concentrarse entre sus piernas.
Maldito sea por ser tan irresistible.
-No me lo creo. Voy a reparar el sistema y después me iré a casa.
-Ya veremos.
Capítulo Cuatro
Juliana se alejó furiosa después de aquel intercambio. No importaba que
Robbie…Cemal…quien fuera, hubiese insinuado que podía hacer que se
quedara tanto tiempo como quisiera. No iba a desayunar con él. De momento, se
estaba mostrando tan sorprendido como ella, pero no se lo tragaba. Era rico y
poderoso, y estaba claro que podía obtener toda la información que deseara
gracias al equipo de seguridad nacional de su país. De entre todos los
programadores del mundo (y había millones, a menudo sin afeitar y trabajando
desde el sótano de sus madres), había dado con ella al azar.
De ninguna manera.
Si esperaba poder reavivar algo que había terminado hacía más de una
década, y después de romperle el corazón, a Cemal le esperaba una gran
sorpresa.
Juliana se dirigió a las dependencias del harén, al lujoso dormitorio que
según Yasmeena era suyo durante el resto de su estancia, y comenzó a trabajar
en una lista de sistemas y redes que iba a comprobar a la mañana siguiente.
Cuando amaneció, fue escoltada, primero por Yasmeena y después por el
asistente personal de Camel, hasta la sala donde se encontraba el servidor del
sistema, y desde entonces había estado concentrada examinando el hardware
externo. De momento, todo cable y placa base estaban intactos, lo que la llevó a
pensar que existía un problema más grave, y que iba a necesitar varios días para
desentrañarlo.
Estaba dispuesta a conseguirlo.
Lo último que necesitaba era pasar más tiempo con aquella rata mentirosa de
Cemal.
Escuchó un carraspeo detrás de ella y suspiró, dejando su portátil. -Maleek,
¿ya es hora de cenar? Al darse la vuelta, se encontró con Cemal. -Esperaba que
te encargaras de tus asuntos y me dejaras hacer mi trabajo en paz. Es decir, si vas
a dejar que me vaya.
Él se encogió de hombros y cruzó los brazos. -Necesito que repares el
sistema. Ha estado fallando bastante, y me está volviendo loco.
-¿Pero?
-Aún no he decidido si te voy a dejar ir. No quiero enviarte al calabozo.
-¿Tienes un calabozo?
-No, pero creo que puedo convencerte con mi encanto personal para que te
quedes. No seas tan literal, Juliana.
Ella sacudió la cabeza y se sonrojó. Tal vez tenía en la cabeza una imagen de
un calabozo medieval en alguna parte del palacio. Estaba siendo menos sensible
culturalmente de lo que debería. Además, podía imaginarse lo que haría en su
dormitorio con unos pañuelos de seda y su ávido cuerpo. Se sonrojó aún más y
se abanicó. Incluso con el aire acondicionado del palacio hacía demasiado calor
en el desierto.
-Creo que ya dijiste, o no dijiste, todo lo que debías hace quince años. Yo era
la estúpida novata y tú el atractivo estudiante de último año, y me creí todo lo
que me dijiste. No me importa si ahora eres un Jeque, o si siempre lo fuiste. Me
hiciste mucho daño.
-Si crees que nada de lo diga te va a hacer cambiar de opinión, no tienes nada
que perder-dijo él, dedicándole una traviesa sonrisa que hizo que Juliana tragara
saliva.
No, tiene que ser una relación estrictamente profesional, ¡maldita sea!
Pero aquello era imposible. Ya fuera la suerte o el destino, volvía a
encontrarse en el camino del hombre que había amado. No había forma de
detener a su corazón, ni de ignorar sus deseos más profundos. Ella no era así.
Suspirando, se puso en pie y dejó el portátil en el suelo. Extendiendo una mano,
estrechó la de Cemal.
-Si tienes una excelente explicación para todo, haz el favor de mostrármela.
-Será un placer.
***
Era mucho más encantadora de lo que jamás podía haber imaginado. De
adolescente, había sido preciosa, con sus femeninas curvas (incluso entonces) y
su hermoso cabello oscuro. Pero ahora poseía la dignidad y sensualidad de la
madurez, que se sumaban a su atractivo. Su Blanca Nieves era todo con lo que
había soñado, todo lo que había anhelado en los largos y solitarios años desde
que regresara a casa.
Cómo le apenaba verla otra vez con aquella expresión de odio y esa mirada
de rencor.
-Adelante-dijo, hablando alegremente por encima de la música del
restaurante. Había elegido un local tradicional jordano, con actuaciones en vivo
y otro tipo de entretenimiento. Quería mostrarle la parte de su cultura que se
había visto obligado a esconder la primera vez. -Pregúntame lo que quieras. Soy
un libro abierto.
Ella resopló y tomó un trago del vino que había pedido. Era un restaurante
enfocado a turistas estadounidenses (a los más ricos) y se ajustaba a sus gustos.
Uno de los pocos lugares de la capital en los que servían alcohol. Después de
todo, Cemal era la antítesis de un adepto. El vino pareció relajarla y disipar parte
de su enfado, y Cemal se alegró de haber escogido aquel lugar.
-Pareces muy maduro. Cuando te conocí, todo eran motocicletas, cazadoras
de cuero, faltas de respeto con los profesores y fumar todo lo que caía en tus
manos.
-Todos tenemos nuestra fase rebelde. Aún conservo algunos gustos y
predilecciones-comentó. -Simplemente los encauzo hacia mi deber con mi país.
Cuando era adolescente, no quería saber nada de Jordania. Quería vivir la vida a
mi manera. Ahora he aceptado mi situación.
-Entonces, ¿tu actuación de rebelde sin causa ya ha terminado?- preguntó
Juliana, llamando al sumiller con un gesto de la mano para pedirle otra copa.
-Como he dicho, tengo otros métodos para exorcizar mis demonios.
Extendió el brazo y le puso la mano sobre el muslo, apretándolo
delicadamente para hacerle saber la intensidad de su atracción. -Soy rebelde en
una forma más comedida.
-Quiero saber quién eres en realidad, Robbie- le interpeló ella con un
sonsonete.
Él se inclinó hacia delante, deteniéndose para disfrutar de su aroma a vainilla
y fresas. Dios, cómo le gustaban las estadounidenses y su adoración por los geles
corporales, pero ella olía mejor porque mezclaba aquel aroma afrutado con su
propia fragancia, una esencia completamente femenina y seductora. Que hizo
que su miembro se endureciera, porque había añorado y anhelado aquel aroma
durante quince años.
-Puedo enseñarte muchas cosas, Blanca Nieves. No tienes idea de lo que te
puedo ofrecer.
-Pero me hiciste daño-protestó ella. -Tuve muchos problemas cuando mis
padres me pillaron fumando marihuana contigo. Dios mío, si hubiesen
sospechado lo cerca que estuvimos aquel día de…bueno, ¡ya sabes!- exclamó,
escanciando su segunda copa de vino tinto.
Llamó al camarero por tercera vez, y Cemal se preguntó si debía ponerle
freno. Pero estaba tratando de demostrarle que, para algunas cosas, confiaba en
su criterio. Si necesitaba un poco de vino para pasar la velada, él no era quién
para juzgarla.
-Sí, lo recuerdo.
Aquella noche sus padres los habían sorprendido en el sótano de la casa de
Juliana, disfrutando de unas copas y un poco de marihuana, y por fin habían
estado a punto de hacer el amor. Ella se había colocado sobre él – sin apenas
ropa - cuando aparecieron sus padres. Y después de aquello, había desaparecido
de su vida. Él se había visto obligado a regresar a Jordania para aguantar los
incesantes sermones de su padre y los creativos castigos de su madre. Fue el
mayor caso de dolor de bolas de la historia, porque desde entonces había soñado
implacablemente con ella, y la quería de vuelta.
Pero sabía que para cuando terminara de ser formado y tomara el mando
como Jeque, Juliana tendría que haber desaparecido de su vida.
Ahora que estaba allí, y con un simple vistazo a su cuenta de Facebook, supo
que estaba soltera.
-¡Podías haber puesto más empeño en quedarte!- exclamó ella, elevando la
voz.
-Lo intenté, pero mi padre no atendía a razones. ¿Estaban tus padres
contentos con tus acciones, Juliana?
-No-respondió ella, inclinándose hacia él; le encantaba sentir la calidez de su
cuerpo contra el suyo. Su erección se tensó contra la tela de sus vestiduras, y se
alegró de haberse puesto el tradicional y holgado ropaje de su pueblo. -Mi padre
me amenazó con enviarme a un internado católico. Y mi madre me obligó a
pasar el verano trabajando en el rancho mi abuelo en Montana. Nunca he estado
tan morena.
-Y sin embargo-dijo él, besando el delicado hueco de su garganta-sigues
siendo la diosa pálida que siempre he querido.
Ella profirió un gimoteo y lo apartó de un empujón. -Me dolió.
-A mí también me dolió, créeme. Tenía diecisiete años y no podía detener lo
que estaba sucediendo, igual que tú. Habría dado cualquier cosa por poder
cambiarlo. Pero ahora estás aquí.
-No soy de tu posesión, Cemal-espetó ella, con una expresión dura en sus
ojos verdes. -Eres muy autoritario, pero no voy a caer.
Él rió y le apretó el muslo. -A lo mejor te animas. Tal vez no puedas
resistirte. Has venido conmigo esta noche.
-Tenía hambre-explicó Juliana, terminándose su tercera copa de vino e
hipando un poco. -Necesitaba ir a algún sitio. Ya no soy aquella chica y soy…
soy independiente. Las cosas son muy distintas-añadió, y su mirada se empaño
con tanta tristeza que Cemal quiso preguntarle qué había sucedido.
Y lo habría hecho, pero en aquel momento aparecieron las bailarinas. Ambas
eran jóvenes, de menos de veinte años, con sus largas cabelleras recogidas en
sendas trenzas que caían sobre sus espaldas. Las dos iban vestidas con una
pequeña prenda parecida a un sostén con monedas cosidas, y faldas cortas de
vuelo. Los tonos lavanda y rosa de sus atuendos contrastaban con sus oscuras
pieles. En cualquier otro momento, las habría invitado al palacio. De hecho, solía
utilizar aquel restaurante para algo más que comer. En aquel momento, sin
embargo, no le decían absolutamente nada. No. La única mujer que quería era la
que reía y se puso en pie cuando las bailarinas la asieron por el brazo.
Era su Blanca Nieves, su primer amor, y la mujer que debía recuperar costara
lo que costase.
Mientras la observaba, con su miembro tenso contra la túnica y la sangre
golpeando sus venas, Juliana agitaba los brazos como le indicaban las jóvenes,
moviéndolos de una forma que denegaba su propia donosura. En el instituto,
siempre había tenido una opinión muy negativa de sí misma, temerosa de no
estar nunca a la altura, pero Juliana no veía en ella lo mismo que Cemal - ese
donaire, esa belleza natural.
Las mujeres no se contentaron con enseñarle los movimientos básicos de
brazos. Nada de eso. La chica vestida de lavanda tenía ahora las manos sobre las
caderas de Juliana, y la obligaba a sacudirlas con un sugerente ritmo sensual.
Lamiéndose los labios, Cemal contempló cómo movía las caderas. Alabado sea
Alá, lo que daría por que aún llevara el modelito de la noche anterior. Aún así, se
deleitó en los seductores y deliberados movimientos de su cuerpo, grabándolos
en su memoria. Juliana abandonó la compañía de sus dos maestras cuando las
jóvenes se adentraron entre la muchedumbre, y Cemal pensó que se sentaría de
nuevo, pero no fue así.
En su lugar, se encaminó hacia él con toda la premeditada intención de una
leona, le sonrió socarronamente y le rodeó, colocando las manos en sus
hombros. Le rozó el cuello con los dedos, acariciando suavemente su piel.
-¿Qué tienes en mente, Blanca Nieves?- preguntó Cemal.
Le sorprendió completamente cuando se sentó en su regazo, restregándose
contra él. Él lanzó un gemido, sin importarle que la gente le viera. Era el rey, y
podía hacer lo que quisiera. Y en aquellos momentos sólo quería dejar que sus
ojos se perdieran en sus órbitas y disfrutar de la calidez de su femineidad
mientras se frotaba a través de una fina capa de tela contra su rígido miembro.
Su corazón comenzó a latir rápidamente, y sintió toda terminación nerviosa
cargándose de electricidad. Juliana se inclinó para besarle, y él lo deseaba con
todas su fuerzas, pero se percató de la mirada vidriosa de sus ojos.
Estaba demasiado intoxicada y no quería aprovecharse de ella.
Lo más probable era que a la mañana siguiente, Juliana se arrepentiría de
haberse abandonado de aquella manera.
Suspirando, y odiando tener que comportarse de forma noble cuando no era
su estilo, Cemal la besó en la mejilla. -Es hora de llevarte a casa, princesa. Creo
que necesitas dormir la mona.
-¿Contigo?
-Tal vez no esta noche-dijo él con tono afligido, antes de pedir la cuenta.
Capítulo Cinco
Juliana se acurrucó junto a Cemal durante todo el viaje en la limusina hasta
el palacio. Le daba vueltas la cabeza, y se dio cuenta de que había trabajado
pasada la hora del almuerzo y que sólo había desayunado un poco de pan de
dátiles. Había bebido más de la cuenta y, aunque deseaba hacer el amor con
Cemal, se encontraba más agotada y confusa de lo normal.
De momento, se conformaba con estar entre sus brazos y sentir sus besos en
la coronilla. Parecía como si la ternura que había existido entre ambos nunca
hubiese muerto, y como si la conexión que forjaron en el pasado siguiera viva,
como una chispa que nunca se extingue. Aún así, le dolió cuando abandonó la
limusina y se encaminó hacia su ala del palacio. Yasmeena dejó que Juliana se
apoyara en su hombro, mientras se dirigían despacio (muy despacio) a las
dependencias del harén. Como huésped de honor, Juliana tenía su propio
dormitorio independiente en aquella parte del palacio - con baño privado.
Tras sentarse en el borde del enorme Jacuzzi, observó cómo la anciana le
preparaba un baño de burbujas. La vio añadir ricas especias árabes y pétalos de
rosa.
-¿Necesita ayuda? No se caerá si le doy un momento de intimidad, ¿verdad?-
peguntó Yasmeena, con la preocupación reflejada en el rostro.
-¡No! ¡Estoy bien!- respondió Juliana, agitando las manos como si fuera un
helicóptero a punto de despegar.
Yasmeena sacudió la cabeza. -Estaré fuera. Llámeme si tiene algún
problema.
-No se preocupe. No va a querer cuidar de una chica borracha en estos
momentos - dijo, sonriendo a la mujer de forma tranquilizadora. -Estaré bien.
La anciana dudó un momento antes de apresurarse fuera de la estancia.
Juliana se puso en pie y se tambaleó durante un instante, mientras se quitaba los
vaqueros y la blusa. No le sorprendió comprobar que sus pantalones estaban
ligeramente húmedos. Se había excitado mucho bailando para Cemal. Habría
dado cualquier cosa por llegar más lejos, pero él siempre se había mostrado muy
sensible ante sus necesidades. La razón por la que nunca se acostaron en el
pasado fue porque él había sido paciente y esperaba a que ella estuviera lista.
Tal vez aún no estaba lista, con los problemas con Phillip todavía en la
mente. Y, bueno, quizás estaba un poco ebria, admitió mientras se deslizaba
entre las cálidas burbujas. Aún así, estaban juntos de nuevo, y le había mostrado
algo real. Había estado tan dominado y frustrado por las disposiciones paternas
como ella.
Todo era muy confuso, pero aún le deseaba. Aquel manojo de nervios
sensibles entre sus piernas había estado palpitando desde que se sentara a
horcajadas sobre él. Y seguía exigiendo atención.
Tras deslizar una mano bajo la superficie del agua, se acarició con la otra los
pezones y decidió hacerse cargo de sus necesidades. Tras apoyar la cabeza
contra la porcelana del Jacuzzi, se imaginó que sus dedos eran los de él, los
anchos y encallecidos dedos de Cemal abriéndose camino entre sus pliegues. Y
su olor - aquel especiado aroma - inundaba su nariz.
Sus dedos acariciaron la suavidad de sus labios más secretos y sintió como si
su sangre se hubiese convertido en lava, un magma que se precipitaba bajo la
superficie de su piel, amenazando con entrar en erupción en cualquier momento.
Con la mano derecha separó los pétalos de su flor y encontró su centro, ese
botón especial que, sinceramente, no había sido venerado en muchísimo tiempo.
Aquello debería haber sido una señal, el apenas acordarse de la última vez
que había tenido relaciones sexuales con Phillip.
Había estado muy ocupada con su carrera, y supuso que a él le ocurría lo
mismo.
No, ahora no. Estaba a punto de darse placer a sí misma, de sentir el éxtasis
que le había sido negado durante tanto tiempo. Con los dedos de la mano
izquierda acarició y jugueteó con su pezón, convirtiéndolo en una pequeña
cúspide rígida de deseo. En su imaginación, era Cemal el que lo hacía. Algún día
su lengua recorrería su febril piel. Sería su pulgar el que hiciera presión sobre su
perla, trazando semicírculos hasta que el magma caliente corriera por sus venas,
haciendo que ardiese de la forma más deliciosa posible.
Hundió dos dedos en las profundidades de su cuerpo, aumentando la presión
del pulgar. Su orgasmo se desató con toda la fuerza del Monte Santa Elena y
quedó abrumada por la potencia de su propio éxtasis. Deslizándose bajo del
agua, se aseguró de dejar la nariz por encima de la superficie, pero el resto de su
cuerpo yacía inerte y laxo, satisfecho tras el orgasmo.
Y sin embargo…
Sabía que habría sido aún mejor si se lo hubiese proporcionado Cemal, y se
sentiría vacía hasta que así fuera.
***
-Me sabe la boca como el suelo de un taxi de Nueva York-se lamentó,
cubriéndose la cabeza con una almohada cuando Yasmeena entró en su cuarto. -
Así no puedo programar.
-Seguro que no es para tanto-dijo la anciana, echando un par de aspirinas en
un vaso.
El delicado burbujeo del medicamento sonó como una catarata a los
hipersensibles oídos de Juliana, que agarró con más fuerza la almohada. -No, no
quiero.
La almohada desapareció de repente, y ella gritó cuando la luz asaltó sus
sentidos haciendo que se sintiera como si un grupo de bailarines irlandeses se
hubiese instalado en su cabeza.
-Bébase eso, y en seguida haré que le suban cruasanes y huevos.
-Eres como una madre-dijo Juliana.
-No, no lo soy-negó Yasmeena en tono apagado.
Juliana bebió el brebaje y suspiró. Colocando su mano sobre la de la otra
mujer, añadió: -Habrías sido una buena madre, aunque eres un poco mandona.
-Vivo para servir, y ahora mismo las órdenes de Cemal es que te espabiles.
A la mente de Juliana acudieron recuerdos de la noche anterior, y estuvo a
punto de derramar su bebida. Al principio, lo que había pasado después de la
media tarde estaba un poco confuso. Pero después de un rato, su mente recordó
varios eventos. La danza que había aprendido y, ¡Dios! Le había hecho un baile
privado a Cemal.
Y después el Jacuzzi, y la forma en que se había corrido pensando en él.
-Anoche hice el ridículo.
-A juzgar por la expresión del señor cuando llegaron a casa, no creo que
estuviera enfadado-aportó Yasmeena.
-Bebí demasiado. Hice cosas que no había hecho en años-explicó Juliana
palideciendo, pensando en el baile privado. -¡Hice cosas que jamás había hecho
antes!
-Y le repito que no creo que al Jeque le importara.
-¡Pues debería! Le tuve que haber convertido en el hazmerreír de toda la
ciudad.
Yasmeena rió. -Él hizo muchas cosas locas en su tiempo. Créame. A lo largo
de los años, hemos escuchado todo tipo de historias y rumores sobre Cemal.
-Oh-exclamó Juliana, ignorando el dolor de su pecho.
Qué tonta era. Cemal pertenecía a la realeza, era el heredero de una de las
mayores fortunas petroleras del mundo. Podía conseguir a cualquier mujer que
quisiera, tener a cualquier persona de la Tierra en su cama. No pretendería que la
esperara a ella. Después de todo, ella había tenido amantes en la universidad, y
un novio. Aún así, aquella noticia la hizo sentir fatal, como si no fuera capaz de
competir con todas las mujeres con las que Cemal había estado. Espera, ¿qué
demonios estaba pensando?
Ahora estaba sobria, y lo único que tenía que hacer era concentrarse en su
trabajo. Juliana estaba allí para reparar el sistema de seguridad y regresar a casa.
Impresionaría a la Sra. Grant con sus eficientes habilidades, conseguiría un
ascenso, y permanecería sobria durante el resto de su estancia en Jordania.
Aquella era su misión.
Y no se desviaría ni un ápice.
No lo haría.
***
Eran las dos y media, y se encontraba atascada en mitad de una absurda
maraña de códigos cuando Cemal le puso la mano en el hombro. Su traicionero
corazón ya se había acelerado al percibir su fragancia de azafrán en el aire.
Nerviosa, mantuvo la cabeza gacha y se concentró en la pantalla que tenía
delante de ella.
-¿Qué tal va?- preguntó él.
-Sé cuál es el problema, pero no estoy segura de cómo arreglarlo. Mis
parches habituales no se están comportando como deberían. Por lo demás, muy
bien-explicó, con voz aguda y débil.
Por favor, vete. No quiero revivir lo que pasó anoche. Dios, debes pensar
que soy idiota.
-Me puedes mirar. No pasa nada.
Suspirando, intentó no mirar directamente a aquellos hipnotizadores ojos
ámbar, pero él la obligó asiendo su rostro por la barbilla. -Debes odiarme.
-¿Por qué?- preguntó Cemal, sin ningún indicio de enojo en su mirada.
-Porque ayer me comporté como una fresca. Estaba agotada y estresada, y
bebí demasiado. Y ahora me siento estúpida.
-No deberías, Blanca Nieves-dijo él, besando su mejilla. -Quizás dejaste
escapar demasiada ansiedad reprimida de una sola vez. Puede que no fuera
buena idea sacar a relucir todas tus, ejem, excentricidades, pero no hay nada
malo en divertirse un poco.
-Tengo que reparar el código.
Él levantó una ceja con gesto divertido, y aquel ardor la inundó una vez más.
Cemal podía conseguir que hiciera cualquier cosa, que sintiera cualquier cosa, y
a Juliana le asustaba el poder que ejercía sobre ella, incluso después de tanto
tiempo.
-Has dicho que estabas atascada.
-Y así es, pero si continuo mirando a la pantalla, quizás me desatasque. Es un
antiguo truco de programador.
-Ya veo, y parece que funciona. ¿Cuánto tiempo lo has estado utilizando?
-Unas dos horas.
Él sonrió socarronamente. -Así de bien funciona, ¿no?
-Puede-resopló ella. -Es sólo que… he venido a hacer un trabajo. No sé si
debo mezclar negocios y placer, aunque quiera.
-Entiendo que todos vemos el mundo con mayor claridad cuando no estamos
intoxicados.
Ella hizo una mueca de incomodidad, pero tenía razón. Juliana se había
comportado de manera irresponsable, más de lo que lo habría hecho si no
hubiese estado tan afectada por la traición de Phillip. -Lo siento mucho…
Cemal se inclinó y la besó. A Juliana le encantaba la forma en la que su
lengua danzaba y acariciaba la suya. Lo bastante como para dejarla jadeando
cuando se apartó. -No lo sientas. Ven conmigo. He esperado casi quince años
para mostrarte mi país. Por favor, deja que lo haga.
-Pero…
-Di que sí.
Y así lo hizo.
Capítulo Seis
Juliana no se esperaba aquello. La carrera de camellos a la que Cemal la
había llevado era uno de los eventos más importantes de Jordania. El polvo se
arremolinaba a su alrededor y parecía obstruir su garganta, el ajetreo y bullicio
de la gente la ensordecía, y a menudo sentía cómo la muchedumbre la empujaba
de lado a lado. El calor era sofocante, y deseaba haber podido vestir una
camiseta y unas bermudas, pero esas prendas eran inaceptables fuera de las
estancias privadas del palacio. En su lugar, vestía un caftán tradicional del
pueblo jordano, elaborado en una seda fina y suelta que le llegaba hasta los
tobillos. Aunque apreciaba el hermoso tono azul cerúleo que Cemal había
elegido para ella, Juliana sentía el sudor deslizándose por sus ojos, hombros y
espalda.
Si alguna vez pensó que el verano que pasó en Texas fue caluroso, estaba
loca. Debía de hacer casi cincuenta grados en la calle, y aquella temperatura no
favorecía el olor de la pista de carreras.
Los camellos se alinearon hombro con hombro en la línea de salida, pero aún
no estaban listos para correr. El presentador no había dado la orden. Pero eso no
les impidió hacer otras cosas, y Juliana tuvo que aguantarse las náuseas ante el
olor a estiércol fresco que cada vez era más penetrante bajo el sol árabe.
Se trataba sin duda de un cambio en su estilo de vida habitual, y de los
aromas casi preparados de antemano de la tienda de ultramarinos o el centro
comercial de su ciudad. Era un olor abrumador - sobre todo el de los camellos -
pero a la vez real, y muy enérgico.
Junto a ella estaba Cemal, enfundado en la túnica de su tierra. Le gustaba la
forma en que se movía con la brisa, dándole un toque masculino bajo ella. Ya lo
había sentido antes, con su miembro presionando contra su feminidad. Había
sido un adolescente atractivo que hacía que todas las jovencitas suspiraran y
compitieran por él. Pero aquello no era nada en comparación al vigoroso e
imponente hombre en que se había convertido. Por mucho que quisiera culpar al
alcohol de su comportamiento la noche anterior, Juliana sabía que aquello no era
cierto. Cemal la apasionaba, siempre lo había hecho. Al principio fue porque un
estudiante mayor, tan afable como él, había visto algo en la callada y tímida
capitana del equipo de informática. Ahora era porque el Jeque desprendía un
encanto inherente capaz de desarmar a cualquier mujer.
Juliana intentaba mantener la calma, ser simplemente la especialista enviada
por Simco Systems, pero tenía miedo de perder aquella batalla, sobre todo
cuando esa fragancia de azafrán y masculinidad golpeaba su nariz al inclinarse
para susurrarla al oído.
-¿Lista para la carrera? Ya he hecho las apuestas. Será más memorable.
-¿No es eso un poco redundante? Ya eres más rico de lo que nadie se puede
imaginar. ¿No han reconocido al Jeque?
Él alzó las gafas de sol por encima de la nariz y le guiñó un ojo. -Llevo ropa
de calle, sin nada especial ni caro. En mitad de la multitud y con las gafas…
dudo que me hayan reconocido. Quiero que experimentes las carreras como los
ciudadanos ordinarios, que sientas todo el drama y la emoción. Si apostamos
dinero, es mejor.
Y con eso, le entregó unos papeles - boletos, supuso - y Juliana los
contempló. No entendía el texto, pero se preguntó por qué camello habría
apostado.
-¿A cuál has elegido por mí?
-Su nombre se traduce como “La Joya del Rey”. En realidad, pertenece a mi
familia, y es el vástago de uno de los mejores camellos que hemos tenido. Es el
del arnés azul cobalto y…
-¿El de la mochila?- preguntó Juliana, frunciendo el ceño y mirando a los
camellos. Había esperado que los jinetes ya estuvieran montados en sus nobles
corceles, pero, por el momento, los camellos estaban solos y parecían estar
preparados para su primer día de escuela.
-No es una mochila, es el jinete robot. No los montan jinetes humanos
porque es demasiado peso y arruina la velocidad de las bestias. La carrera va a
empezar pronto; veamos si La Joya del Rey es digno de ese nombre.
-Creo que debería estar trabajando en el sistema-exclamó Juliana, aunque no
le apetecía nada. La energía de aquella multitud contrastaba con el silencio de la
oficina en la que había estado trabajando, y le estaba ayudando a mover los
engranajes de su cerebro. Una hora más con aquel infernal código, y se habría
vuelto loca. -Es para lo que la Sra. Grant me envió.
-Y si te has atascado y no lo puedes hacer funcionar, no nos beneficia a
ninguno de los dos-dijo él, pasando un brazo de forma casual sobre sus hombros.
Juliana se tensó, no muy segura de si podría controlarse ante aquel gesto tan
íntimo. Podría hacer que quisiera más, y con Cemal, aquello siempre era
peligroso. Pero había sido honesto con ella, o al menos eso esperaba. Le dijo que
sus padres le habían obligado a volver a Jordania. Aunque le había hecho daño
perderle, no podía esperar que un chico de 17 años se opusiese a todo aquello, la
voluntad de un reino, para estar con ella.
-¿Qué?- preguntó él, al notar su rigidez.
-Creo que no debería relajarme tanto, no me lo he ganado. Aunque no sea
una trampa…
Sus ojos ámbar parecieron reflejar frustración en aquel momento. -No lo es.
Me sorprendió verte, aunque de forma grata.
-Entonces tengo que centrarme en mi trabajo. Una vez tuvimos algo y ambos
acabamos con el corazón roto.
-Ya no tienes a tus padres diciéndote lo que debe hacer una “buena chica”.
Tienes casi treinta años, y yo estoy al mando del país. No existen las mismas
barreras que nos separaron-continuó él, deslizando la mano hasta la parte baja de
su espalda.
Aunque aquello no era del todo cierto. Sus padres no habían estado muy
contentos cuando su hermana se casó con un hombre que no era baptista.
Probablemente, debido a que su madre creció en Carolina del Norte, razón por la
se había sentido tan molesta cuando ella comenzó un romance con Cemal hacía
tantos años. Aunque ahora fuera una adulta, Juliana creía que le debía algo a su
familia, y los deseos de su madre influenciaban sus propias ambiciones. Era de
locos que un rey no fuera lo bastante bueno para su familia, pero si practicaba
una fe distinta, sería muy difícil de aceptar.
Aquellos ojos ámbar se clavaron en los suyos, y entonces fue el turno de
Cemal de mostrarse tenso.
-¿He dicho algo malo? Mi padre ha fallecido, y estoy seguro de que a mi
madre le vas a encantar cuando te conozca mejor.
-Pero sólo he venido para reparar el código. Cuando lo consiga, en una
semana o así, me iré a casa. Es… como debe ser.
-¿Porque ya no te importo?
Ella suspiró, y después se estremeció cuando él le besó el cuello. Aquel ardor
volvió a recorrer su cuerpo, y cruzó una pierna delante de la otra. Era totalmente
injusto, la forma en la que la afectaba.
-No se trata de eso. Hablemos de todo esto más tarde-dijo, aliviada cuando se
oyó la bocina y los camellos echaron a correr. -Mira, ¡ya ha empezado la carrera!
Juliana se apoyó sobre la barandilla y gritó con entusiasmo, con su acento
nativo entre el resto de los jordanos y árabes. Estaba tan emocionada como ellos.
Sobre todo al ver a su camello, el del paquete azul cobalto, a la cabeza de todos.
-¡Vamos, Joya del Rey!- jaleó otra vez, incluso cuando el camello con el
arnés rojo se adelantó al suyo. -¡Tú puedes!
Los camellos corrían a tal velocidad que ya no podía distinguir sus
extremidades, sólo veía un desfigurado movimiento entre una enorme nube de
arena. Pero pudo distinguir el hocico de los camellos cuando comenzaron la
última vuelta.
Juliana se dejó llevar por el clamor de la carrera, los gritos de la gente y el
estruendo de las pezuñas en la pista. Apoyándose contra la baranda, gritó de
nuevo.
-¡Tú puedes, Joya del Rey! ¡Mueve el culo!
La cinta se rompió cuando ambos camellos la atravesaron, y Juliana
parpadeó ante el flash que indicaba que habían tomado una fotografía de la
llegada. Se acercó a Cemal, conteniendo el aliento a la espera de los resultados.
Por fin, se oyó una voz, y al menos un cuarto de los espectadores profirieron
juramentos y lanzaron sus boletos al suelo.
-¿Cuál ha ganado?- preguntó, volviéndose hacia Cemal.
Él sonrió y la besó, entrelazando su lengua de forma experta con la de ella. -
La Joya se ha ganado su reputación-dijo Cemal, apartándose. La tomó de la
mano y la condujo hacia los paneles de apuestas. -Tú, querida, has conseguido
una increíble prima por el trabajo que estás llevando a cabo.
-¿Cuánto?
-Bueno, no mucho para alguien como yo-apuntó, acercándose a las mesas de
las apuestas.
-No, en serio. ¿Cuánto?- insistió ella, entregándole el boleto, sintiéndose de
repente nerviosa ante la perspectiva de que Cemal se hubiese excedido con aquel
gesto. Claro que, todo había sido cosa del azar. El camello del arnés rojo podría
haber ganado a su Joya en el último instante. Pero ella sólo estaba allí para
trabajo. Si de repente tenía miles de dólares, no iba a saber cómo explicarlo. -
Cemal, ¡dímelo!
Él volvió a sonreír y entregó los boletos al hombre de la mesa, que los miró y
sacudió la cabeza, soltando un furioso torrente de improperios en árabe, o
posiblemente jordano. Juliana frunció el ceño y se acercó más a Cemal,
presintiendo que algo iba mal. Mientras miraba, el hombre derribó la mesa y dio
unas órdenes a los tres enormes guardas que estaban junto a él. Meneando la
cabeza, Cemal la agarró de la mano y se dirigieron a toda prisa al borde de la
pista.
Juliana echó a correr, resollando un poco con el esfuerzo. Tantas horas en
Silicon Valley no le habían preparado para ser perseguida por unos agentes de
apuestas. La mitad del tiempo confiaba en que Cemal la arrastrara entre la
multitud, esquivando a la gente que se interponía en su camino. Por fin se
escondieron en un callejón cercano a la entrada. Con toda tranquilidad, Cemal
sacó su móvil y envió un mensaje de texto.
Después de unos minutos, Juliana vio, aliviada, como unos guardias de
palacio, portando el blasón oficial que había visto por todas partes en la casa del
Jeque, pasaban corriendo cerca de ellos. Tenía la sensación de que el
malhumorado agente y sus matones no iba a seguir siendo un problema. Aún así,
el corazón le latía muy fuerte y estaba jadeando. El sudor le caía por la frente, y
no pudo ignorar la descarga de adrenalina que atravesaba su cuerpo.
-¿Qué ha pasado?- consiguió preguntar.
Cemal se encogió de hombros. -Era la primera carrera de La Joya del Rey.
Tenía unas probabilidades de doce a uno, y he apostado cien mil dólares. A
Samir no le ha hecho gracia perder tanto dinero. Es el riesgo de apostar de
incógnito. En estos casos, la gente no suele respetar la autoridad del rey.
Le contó los detalles con toda normalidad, pero Juliana abrió mucho los ojos.
Con unas probabilidades de doce a uno, hubiera ganado 1,2 millones de dólares.
Más dinero del que pensaba que iba a ver en toda su vida. Aunque tenía un buen
sueldo, el costo de la vida en Palo Alto se comía todos sus ahorros. Con esa
cantidad de dinero, por fin podría invertir en su propia empresa.
-¿Qué?
-Podía haber puesto más, lo sé.
Juliana apoyó la palma de la mano contra su pecho. No daba crédito a sus
oídos. Le parecía imposible. -¿Has apostado cien mil dólares por mí por
diversión?
-Tengo más-explicó él, como si se hubiera ofrecido a pagar la cuenta de la
cena en lugar de haber ganado más de un millón de dólares.
-No me lo puedo creer.
-Debería haber sabido que Samir no iba a querer pagar. No es muy honesto,
otra razón por la que vengo a las carreras de incógnito. Sería impropio acudir sin
un disfraz. De lo contrario, madre, e incluso Yasmeena, me sermonearían sin
parar.
-¿Un millón?- preguntó Juliana, consciente de que se estaba repitiendo.
Incluso después de vivir en su casa unos días, no había llegado a comprender lo
rico que era Cemal. Estaba hablando de una enorme suma (al menos para ella)
como si hubiera dejado calderilla en el coche. -No tenías que hacerlo.
-Bueno, dudo que Samir vaya a pagar, aunque los guardias insistan. No me
importa cubrir la deuda, proporcionarte el estilo de vida que quieres.
-No quiero regalos de ese calibre-respondió ella, recostándose contra la
suave pared de arcilla. -¿Lo entiendes? No quiero ser sobornada ni recibir un
tratamiento especial. Sé que quizás no tuviste intención de hacerme daño hace
años…
Cemal sacudió la cabeza y colocó los dedos bajo su barbilla, intentando
obligarla a mirarlo. -Sin quizás. Eres la única mujer que quiero. La única que he
querido en toda mi vida. Me he pasado años yendo de mujer en mujer, buscando
a alguien que me hiciera sentir como tú lo hiciste cuando tenía 17 años. Nadie se
ha acercado si quiera.
Juliana se sonrojó, pensando en el desfile de mujeres que habían sido suyas.
Aunque ella no era precisamente virgen, podía contar el número de amantes que
había tenido con los dedos de una sola mano, incluyendo a Phillip. ¿Cómo iba a
compararse con las mujeres que había visto y disfrutado a lo largo de los años?
Era imposible competir, y lo sabía. Además, a ella nunca le tocaba el final feliz,
sino los chicos que huían y los hombres que la traicionaban. Tenía delante de ella
a un hombre que aceleraba su pulso, pero que su familia no aceptaría.
Jamás.
Pero se sentía atraída hacia él.
Desesperada por sentir sus besos, por recuperar el tiempo perdido cuando
eran adolescentes. Tal vez debería tomarse aquella semana como su Brigadoon,
un periodo mágico, un instante, en el que todo era posible. Tendría que acabar
cuando regresara a los Estados Unidos, pero, de momento, se tenían el uno al
otro.
-Te deseo-dijo con voz temblorosa de necesidad.
Él asintió y la besó, haciendo que su lengua danzara con la suya mientras le
recorría el cuerpo con las manos. Ella respondió con la misma avidez,
acariciando sus hombros y apreciando la fuerza de su poderosa musculatura.
-Te he echado de menos, gatita. Tenerte de vuelta es un sueño-dijo,
deslizando las manos y levantando el bajo de su caftán.
Juliana se detuvo para colocar sus manos en las caderas. -No me puedo
quedar desnuda en un callejón.
-No estaba pensando que lo hicieras. Te lo mereces todo, que te haga el amor
como a una princesa, pero en estos momentos necesito tu cuerpo, cada
centímetro de ti-dijo, con un ronroneo en la voz.
-¿Y?
-Puedo darte placer aquí, antes de volver a casa, igualar la descarga de
adrenalina que corre por nuestras venas-añadió, y ella se preguntó si sus palabras
eran más una amenaza que una promesa.
¿Acaso importaba?
-¿Qué te parece, gatita?
Ella asintió, sintiendo un inmenso ardor en el cuerpo. No podía evitarlo. Se
sentía como si se quemara sin él, sin el desahogo que había estado deseando
desde la segunda noche.
-Quiero todo lo que me puedas dar, Cemal. Es lo que necesito.
Él asintió y siguió alzando la falda del caftán. Juliana le ayudó sujetando el
bajo con una mano, mientras con la otra le acariciaba el espeso y exuberante
cabello. Cemal deslizó los dedos por debajo la cinturilla de sus bragas y tiró -
con una diestra sacudida que liberó fácilmente el fino encaje. Se las quitó y
sorprendió a Juliana metiéndoselas en el bolsillo de su túnica.
-Algunos trofeos deben guardarse para más tarde-dijo, con una irónica
sonrisa en los labios.
-Pero no vas a guardar todo para entonces, ¿verdad, mi Jeque?- bromeó
Juliana, contemplando los dorados ojos que la habían obsesionado durante
quince años.
-No, todo no-respondió Cemal, poniéndose de rodillas.
Lo ojos de Juliana se desorbitaron. Supo exactamente lo que se disponía a
hacer, pero le parecía imposible. En todo el tiempo que estuvo comprometida
con Phillip, sólo le había dado sexo oral en contadas ocasiones, y por lo general,
después de rogárselo en su cumpleaños. Decía que era asqueroso. Y ella asumió
que la mayoría de hombres lo encontraba repugnante. Pero en aquellos
momentos no parecía así, no con el hombre que había echado tanto de menos
mirándola con manifiesto deseo y pasión en aquellos ojos color ámbar.
-No tienes que hacerlo-ofreció.
Él sonrió aún más y deslizó ambas manos por sus muslos, apretándolos
ligeramente. -Quiero hacerlo.
-Pero la mayoría de tíos…
-Son unos necios por no querer saborear el néctar de una mujer-dijo.
Cemal recalcó esa opinión agachándose más, lamiendo su pierna derecha en
sentido ascendente, retorciendo la lengua al llegar al sensible hueco de la parte
posterior de su rodilla. Juliana se tambaleó, incapaz de pensar y sintiendo cómo
se desvanecía la fuerza de sus músculos. Era como si su lengua estuviese
convirtiendo sus extremidades en fideos cocidos. Cemal se detuvo lo suficiente
para sujetarla por las caderas.
-Tienes que tener cuidado, gatita. Te voy a llevar a la cumbre del placer, pero
tienes que mantenerte erguida. Es importante.
-Pero tú… eh-balbuceó ella, incapaz de tener un pensamiento coherente.
-Intenta no caerte-le recordó él, ayudándola a recostarse contra la pared. -Va
a ser intenso, te lo prometo-añadió, deslizando un dedo por el interior de su
muslo derecho.
Todo su ser vibró, y sintió la humedad entre las piernas. Cemal dio por
terminados los preliminares y la charla. Sus enormes y encallecidas manos
separaron los labios más secretos de Juliana, y con el pulgar rozó su perla.
Juliana se estremeció, sintiendo las primeras notas de placer subiendo por su
vientre, deslizándose por su interior.
Entonces, la boca de Cemal succionó su botón, masajeando con los labios
aquel enardecido haz de nervios. Cerrando los ojos, Juliana dejó que el éxtasis la
recorriera, luchando por mantenerse en pie. Sentía como si Cemal estuviese en
todas partes, con su lengua lamiendo sus jugos y sus dedos entrando en su
cuerpo y explorando lo más recóndito de su ser. Hasta su tosco aroma masculino
la envolvía por todas partes. Juliana profirió un gemido animal que apenas supo
reconocer como procedente de su propia garganta.
Tal vez era su gatita después de todo.
Cemal intensificó el ritmo, sacudiendo despiadadamente la lengua contra su
clítoris. Juliana se corrió, envuelta en un tsunami de placer que hizo que fuera
incapaz de pensar en nada, sólo respiraba y disfrutaba de las sensaciones que
fluían a través de ella. Tras lo que le pareció una eternidad, volvió a sentir las
rodillas y fue capaz de mantenerse en pie por su propia cuenta. Fue entonces
cuando Cemal se enderezó y la besó en la frente.
-Deberías ser tratada así todos los días, como la reina que eres.
Juliana empezaba a estar de acuerdo con él.
Capítulo Siete
Aunque el día de las carreras había derribado algunos muros internos, Juliana
no se había comprometido a nada más con Cemal, aparte de sus fogosas sesiones
de besos y más. Estaba empezando a gustarle su sabor, tanto como ser degustada
por él. Pero su trabajo estaba llegando a su fin. Le quedaban un par de días.
Pronto regresaría a California, pero cada vez le era más difícil convencerse a sí
misma de que aquello no era más que un rollo de verano. Siempre le había
importado Cemal. Había sido su primer amor, y ahora le hacía sentir como si
fuera su primera pasión de nuevo.
No estaba segura de poder regresar a California.
No estaba segura de querer hacerlo.
Con aquella confusión revoloteando en su mente, llamó a su madre por
Skype. Había prometido mantenerse en contacto con su familia para hacerles
saber que se encontraba bien, aunque Jordania era un territorio mucho más
seguro que sus vecinos árabes. Aún así, durante los últimos días, había estado
perdida entre el código y las largas noches de placer prohibido con Cemal.
Aparte de un email diario para mantener a raya los temores de su madre y
hermana, no había hablado con ellas.
Más que nada porque no había querido.
Necesitaba saber qué pensaban de su nuevo dilema, qué opinarían ahora que
“Robbie” ya no era un adolescente que fumaba en los baños y montaba en
motocicleta. Ahora que era Cemal y líder de una noble nación. Tal vez
entenderían que ya no era aquel gamberro de 17 años más de lo que ella era una
estudiante asustada de su propia sombra.
Tal vez.
La imagen de su madre cobró vida delante de ella. Juliana sonrió ante el
estrafalario volumen del peinado de su madre, que habría pasado tan
desapercibido en cualquier club de campo de Texas como en una producción del
musical Hairspray. Muchas cosas habían cambiado, pero Colette Caine era tan
fiel e incondicional como un dique.
-Hola, mamá-saludó Juliana, jugueteando nerviosamente con las uñas.
-Querida, estás más delgada. Deberíamos enviarte a Oriente Medio más a
menudo, hasta que tengas una talla que guste a los hombres.
Juliana se tensó ante aquel recordatorio de que su madre, una antigua
bailarina, no entendía sus problemas de peso. Colette nunca había pasado de la
talla 40 en toda su vida. Ojalá Juliana hubiera heredado aquellos genes. Tal vez
se entenderían mejor.
-Bueno, he estado trabajando mucho.
-Aún así, te queda muy bien. Pensaba que estabas haciendo un trabajo de
programación.
Juliana frunció el ceño y se miró los brazos instintivamente. -Así es. Por eso
estoy en mi ordenador. Estaba ejecutando unos diagnósticos en otra ventana y he
aprovechado para llamar. Me está llevando más tiempo del que pensaba.
Su madre no dijo nada al principio, en un inusual momento de silencio, antes
de asentir con la cabeza. -Al menos has enviado un email todos los días para que
sepamos que no te han secuestrado los yihadistas.
-¡Mamá! Jordania no es así.
-Bueno, no. Sé que no es uno de esos países.
Juliana se contuvo para no gritar a su madre y preguntarle si se daba cuenta
de lo condescendiente que sonaba. Pero quería que fuera una conversación
rápida para poder seguir con las tareas del día. Si dejaba que su madre empezara
a divagar clamando contra “esas gentes”, podrían estar allí durante horas.
-He estado trabajando mucho. El código estaba más liado de lo que pensaba.
Creo que parte del hardware está estropeado debido al calor que hace aquí, pero
no lo sabré hasta que no haga unas pruebas mañana.
-Pues parece que has estado tomando el sol-comentó su madre, en tono
comedido.
-Bueno, no estoy siempre encerrada en la mazmorra, madre-explicó Juliana
con voz tirante.
Era difícil no sentirse como si tuviera otra vez catorce años. De alguna
manera, Colette Caine siempre sería aquella esbelta reina de la belleza texana, y
Juliana mediría medio metro y se escondería en su sombra. Era una sensación a
la que estaba acostumbrada, pero esa horrible inseguridad no le había
mortificado durante su semana con Cemal. Él le había hecho sentirse aceptada.
No. Más que eso. Ella aún estaba intentando encontrar su sitio con él, pero el
Jeque la adoraba, la hacía sentir como una reina.
Y a ella le encantaba.
Hacía tanto que nadie la trataba tan bien, sobre todo después de lo de Phillip.
Su madre frunció el ceño, y Juliana se preguntó si sabría lo demacrada que le
hacía parecer aquella expresión. Sabía que había llegado el momento. Colette
podía ser muchas cosas, pero no era tonta ni fácil de engañar.
-¿Y qué has estado haciendo cuando no estás trabajando? Dime que has
estado nadando o haciendo más ejercicio. Supongo que por eso tienes mejor
aspecto.
-El sol de aquí es muy fuerte. Te juro que voy por el cincuentavo bote de
protector solar. Pero, a veces, el Jeque Cemal me lleva de excursión después de
un día estresante de trabajo. De hecho…
-Cariño, no estarás haciendo algo… err… inmoral con él, ¿verdad?
Juliana sintió cómo se sonrojaba y esperó que su madre no se diera cuenta.
Claro que había estado haciendo un montón de cosas, pero un montón de cosas
que pondrían a su madre furiosa. No quería confesar nada de aquello. Lo único
que quería era intentar explicar cómo había madurado Robbie y en qué clase de
hombre se había convertido; el Jeque Cemal era un hombre extraordinario y un
compañero ideal para ella.
-A veces nos divertimos. El otro día fuimos a una carrera de camellos, y me
ha invitado a cenar fuera. Me ha dicho que tiene algo planeado para esta noche,
pero es muy misterioso y discreto, así que no sé qué será exactamente.
-Estás sonriendo.
-No es ningún crimen, madre-se defendió, con la voz cada vez más
recortada.
-Pero no te he visto sonreír así desde el primer año que saliste con Phillip.
¿No te habrás enamorado del Jeque? ¡Es de locos!
-¿Por qué?- preguntó Juliana. Aunque su madre no supiese aún que el
Robbie del instituto era el Jeque Cemal Samara, ¿tan imposible era que alguien
tan cortés como un jeque pudiese estar interesado en ella?
-Bueno, por una parte, supongo que podrá tener a cualquier mujer.
-¿Quieres decir una mujer más delgada y con más glamur?
-Tal vez, pero también alguien como él.
-¿Soy yo la infiel?
-O él- contestó su madre, desfigurando sus bonitas facciones con un
fruncimiento de ceño. -Espero que no te hayas dejado persuadir por unas bonitas
palabras y un par de noches en la ciudad. No es como nosotros. ¿Crees que tu
padre y yo queremos que te relaciones con un jeque? Seguramente tiene un
harén, y se deshará de ti en cuestión de semanas. Si pensabas que lo de Phillip
fue malo, esta humillación será internacional. Serás el hazmerreír del National
Enquirer.
Juliana puso los ojos en blanco, sorprendida ante su capacidad para mantener
la calma. ¿Por qué pensó que iba a poder hablar con su madre, que conseguiría
convencerla de que Cemal era bueno para ella? No lo sabía.
Nada de lo que había querido había agradado a su madre.
Después de todo, hasta que salió Facebook, su madre había supuesto que su
interés en informática era un capricho. Ahora, le preguntaba cuándo iba a crear
la próxima aplicación millonaria en vez de ser una asistente en Simco.
-No hay ningún harén.
Supuso que no era el momento de explicar que las antiguas amantes de su
padre ahora estaban semi-jubiladas y vivían en una de las alas del palacio. Aún
así, ella no era simplemente otra aventura de Cemal; de eso, Juliana estaba
segura.
-Sigue sin ser como nosotros. Ya fue bastante malo cuando tu hermana no se
casó con un baptista. ¿Crees que te voy a dejar traer un jeque a casa - si es que
no eres un capricho pasajero? ¿Y qué hay de mis nietos?
-¡Mamá!- gritó Juliana. -Aún no hemos llegado a ese punto.
-¿Crees que voy a tener nietos que van a criarse de forma inadecuada y
acabar en el infierno? Pues te equivocas.
-Si no estuvieras atascada en el sur profundo de hace sesenta años, lo
entenderías mejor. Si no fueras una jodida cápsula del tiempo, sabrías que hay
algo más.
-Si crees que voy a recibir con los brazos abiertos a alguien que lleva un
turbante…
-¡Ni siquiera lo lleva!
-¡Lo que sea! …es que también estás fumando algo en Jordania.
-No.
-Pues intenta no hacer el ridículo mientras estés allí. Estás disgustada por lo
de Phillip. Que sepas que llamó el otro día. Siente mucho lo que pasó.
-Dudo que lo sienta, no cuando se estaba tirando a Candy desde hace meses.
No es exactamente una indiscreción de una noche-dijo Juliana.
-Pero está arrepentido, y es un buen cristiano.
-Sí, tan bueno que le encanta el adulterio-espetó Juliana, pero sus defensas se
estaban debilitando poco a poco. Phillip había sido una parte importante de su
vida durante mucho tiempo. Le había hecho daño, le había propinado una
puñalada en el corazón, pero si la echaba de menos…
-Escucha, mamá, me tengo que ir. Cemal llegará pronto y no puedo…
-No deshonres a tu familia, Juliana Lynn. Tú no eres así. No quiero que
termines con un maldito infiel, así que ni se te ocurra hacer nada con él. Nos vas
a dar a tu padre y a mí un ataque al corazón-se quejó su madre, finalizando la
llamada.
Juliana suspiró y se frotó las sienes, sintiendo la llegada de una posible
migraña. Le sonó el estómago, y por un instante pensó que iba a vomitar.
-¿Qué voy a hacer?
-Gatita, ¿estás bien?- preguntó Cemal en tono amable y cariñoso.
Estaba en el marco de la puerta, vestido solamente con unos pantalones de
esmoquin. Por lo visto, se estaba vistiendo para lo que fuese que había planeado
para aquella noche.
Los rayos del sol se filtraban por los enormes ventanales del palacio
iluminando su torso. Su piel oscura, más pálida de lo que Juliana hubiera
pensado, probablemente heredada de su abuela francesa, parecía resplandecer.
Inconscientemente, se humedeció los labios mientras contemplaba sus anchos y
fuertes hombros, deslizando la vista por sus marcados pectorales, formidables
músculos y perfectos abdominales. Todo ello acababa en un tentador rastro de
vello oscuro que partía de debajo del ombligo y prometía mucho más allá de la
cinturilla del pantalón.
Cómo deseaba que todo fuera más sencillo. Cómo deseaba poder regresar al
día anterior, cuando ambos se relajaban en la cama tras una larga sesión de
encuentros sexuales, con su erección firme y salobre en su boca.
Pero ahora las cosas eran diferentes, y la realidad llamaba a su puerta.
Su familia nunca lo aceptaría, ni siquiera como Jeque, y mucho menos como
el “chico malo” que casi había arruinado su reputación años atrás. Estaba loca
por pensar que podía haber hablado con su madre del tema. Pero ella sólo quería
que todo funcionara. Claro que, Juliana sabía mejor que nadie que, en lo que
respectaba al amor, para ella nunca funcionaba.
-Es… taba…- tartamudeó, sin sabe qué decir. -Estaba hablando por Skype.
-Pareces disgustada-dijo él, y se acercó de forma apresurada. Se inclinó
sobre ella y la abrazó fuertemente. -¿Era tu jefa? ¿Le pasa algo a tu familia?
-No pasa nada-le aseguró.
Él la besó en la sien y sonrió, con una expresión que hubiese derretido a
cualquier mujer. Normalmente, ella ya estaría en aquella disyuntiva, pero
después de la conversación con su madre, no estaba de humor para sorpresas ni
glamorosas citas. A juzgar por su vestimenta, Juliana supuso que Cemal había
planeado algo grande.
-Si te ha molestado, gatita, sí que pasa-comentó, apartándose de ella y dando
palmas con ritmo staccato.
Yasmeena apareció en la puerta. La antigua jefa del harén, traía en una mano
un enorme collar de rubíes y zafiros que relucían inexorablemente bajo la luz
ocre de la puesta de sol, y en la otra un vestido largo de fiesta en un intenso color
azul egipcio que centelleaba tan vivamente como la gargantilla.
-Mi Jeque debe terminar de prepararse. No me queda mucho tiempo para
ayudar a la Srta. Caine a vestirse para la ópera.
Los ojos de Juliana se desorbitaron. No sólo se sentía decaída y sin ánimos
para poner buena cara ante Cemal, lo que menos necesitaba era escuchar a
mujeres rollizas con cascos de vikingos. Ella siempre había sido más de
Broadway.
-Oh, no creo que pueda hacer eso esta noche. Mañana me espera un largo día
de trabajo.
Yasmeena no dijo nada, pero depositó las pesadas joyas y el vestido sobre la
cama y se escabulló del cuarto para reunirse con el resto del harén. Juliana tuvo
que admirarla. La astuta sirvienta sabía muy bien cuando cambiaba el viento y se
avecinaba una discusión. Fue muy acertado por su parte, y Juliana deseó hacer lo
propio.
Al principio, Cemal no dijo nada, pero comenzó a pasearse por la estancia
como un tigre enjaulado. Ella observó, hipnotizada, cómo sus músculos se
contraían y relajaban por debajo de su piel. Cada centímetro del Jeque era fuerte
y estaba preparado para la lucha. Después del día de la carrera, Juliana sabía que
usaría esa fuerza para protegerla. Pero ahora no estaban huyendo de matones
dedicados a las apuestas de camellos. No, intentaba huir de todas las
expectativas a las que no había estado a la altura durante toda su vida.
Por fin, Cemal se detuvo y se pasó una mano por el cabello. -¿Qué ocurre?
-Es sólo que… regresaré a California dentro de unos días. No me queda
mucho por reparar, y el sistema de seguridad está funcionando mucho mejor.
-Pero esta mañana estabas más que dispuesta. Prácticamente te he tenido que
echar de mi dormitorio para que empezases a trabajar. No sé qué ha podido
cambiar en unas horas.
-Nada, pero ambos sabemos que esto tiene fecha de caducidad.
-¿Perdona?- exclamó él, entrecerrando sus ojos de color ámbar. -¿Cuándo
hemos decidido eso?
Ella se puso en pie y sacudió la cabeza, colocando las manos sobre sus
caderas. Era mucho más alto que ella, y Juliana tuvo que levantar la cabeza para
mirarle, mientras deseaba que su presencia no la afectara de aquella manera.
-Mi vida está en Palo Alto. Tengo un trabajo y una carrera para la que me he
preparado duramente toda mi vida.
-Yo te puedo mantener. ¡Vivirás como una reina!
Juliana puso los ojos en blanco. Aparte de su propio drama, ¿quién se creía
que era? Como si fuera a renunciar a todo lo que había hecho en quince años
para ser una princesa mantenida. Ni siquiera tenía sentido. ¿Por qué? ¿Porque
habían tenido una aventura de adolescentes? ¿Porque le hacía sentir bien?
Aquello era algo, y, con el tiempo, si pudiera armarse de valor, podría
convertirse en algo maravilloso, pero no iba a abandonar todo lo que había hecho
para sentarse en un palacio. Al menos, aún no. No había tenido la oportunidad de
hacer algo por sí misma, de crear su propia empresa. Él simplemente había
supuesto que iba a ser la esposa perfecta para su reino en unos cuantos días.
Iba demasiado deprisa.
-Pero tengo una responsabilidad con Simco Systems. Tú me importas.
-Tú me amas-le replicó él.
-Me importas, y cuando tenía quince años eras mi mundo, pero ya no soy una
adolescente, Cemal. No puedo dejar todo lo que tengo para estar aquí así como
así. Una cosa así requiere de tiempo y planificación.
-No todo en la vida requiere de cuidadosa y constante deliberación.
-Mudarse al otro lado del planeta, sí. No puedo comportarme de forma
espontánea. De todas formas, me he demorado más de lo que debería, y ahora
llevo varios días de retraso.
-Como si la Sra. Grant se enterara o le importara. Necesita mi
recomendación y mi boca a boca para que otras realezas contraten su sistema.
-Sí, pero… a veces tienes que aprender a escuchar la palabra no, Cemal. Ese
era tu mayor problema en la secundaria. Eras el chico malo que siempre rozaba
los límites - fumando donde no debías, jugándote las clases, bebiendo alcohol
bajo las gradas. Algunos días pensaba que lo hacías únicamente para tener una
excusa y discutir con los profesores. Las reglas existen por una razón.
Cemal se acercó más a ella. Aunque su corazón comenzó a latir fuertemente,
Juliana no se movió. Lo miró fijamente a los ojos, aquellos ojos ámbar que
raramente habían tolerado una protesta suya en el pasado. Aquello tenía de que
cambiar.
La tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo. -Te escondes detrás de las
reglas. Te comportas como la chica buena con todos. ¿Crees que no sé cómo
buscar a alguien en Facebook y averiguar que ha estado comprometida durante
tres años?
-¿Por qué lo harías?- quiso saber ella, en un susurro.
-Porque quería saber cómo había transcurrido tu vida desde la escuela
secundaria. Esperabas que te viera de la forma en que te veo yo. Siete años
malgastados siendo la chica buena para él, y ahora estás sola, excepto por mí. No
tienes qué seguir las reglas.
Ella resopló y se alejó.
-Supongo que porque tienes dinero, nadie te dice lo que tienes que hacer,
¿no?
-Sí, pero también porque a veces las reglas son estúpidas y sólo existen para
hundirnos, para impedir que desarrollemos todo nuestro potencial.
-¿Y cómo voy a desarrollar mi potencial huyendo de mi vida para estar
contigo?- preguntó, en tono alto y claro. -Me importas, y mucho, pero estoy
hecha un lío y ya no sé qué está bien y mal. Sé lo que me divierte, pero no puede
durar eternamente.
-¿Me estás usando?
-No, estoy sacando el mayor partido a la semana, pero no puedo dejar los
Estados Unidos así de repente.
-¡Estás siendo irracional!- exclamó Cemal, antes de salir precipitadamente
del cuarto.
Capítulo Ocho
-¡Es una arrogante!- dijo Cemal, dando incesantes vueltas por su habitación.
Al completar otro círculo junto a la mesilla de noche, cogió una de las miles de
lámparas ornamentales que decoraban el palacio y la arrojó al otro lado del
dormitorio, y en su rostro se dibujo un pequeño gesto de satisfacción al ver cómo
se estrellaba contra la pared. -¿Cómo se atreve a decir que sólo sé romper reglas?
Una irónica risa sonó a sus espaldas y se volvió para ver a su madre entrando
en su habitación. -Créeme. Alá me estaba probando. Tardamos años a tenerte, y
eras tan alborotador y extenuante como tres hijos.
-Oh, es tarde-se disculpó él, dirigiéndose a la pared y recogiendo los restos
de porcelana de la lámpara.
La anciana sacudió la cabeza y se sentó en la otomana. -Sólo son las diez.
Tengo sesenta años, no noventa. Además, estaba intentando leer mi novela, lo
que es un poco difícil con todo este griterío y romper de lámparas.
Cemal mantuvo la mirada en el suelo. Si la miraba directamente, su madre
sería capaz de ver a través de él. Siempre lo había hecho, pero aún podía evitarlo
si escondía su rostro enrojecido y su mirada furiosa.
-No lo debería haber hecho. Te pido disculpas.
-Sólo porque podemos reemplazar estas cosas, no significa que tengamos
que empeñarnos en romperlas.
-Lo sé… sólo estaba…
-Teniendo una rabieta-terminó ella, y en sus labios se formó una sonrisa tan
enigmática como la de una esfinge. -Hijo mío, ¿te puedo preguntar por qué estas
enojado? Supongo que tiene que ver con cierta jovencita que se aloja en palacio
esta semana.
-Sabes que es más que eso.
-Sí, créeme. Tu padre y yo recibimos unas cuantas llamadas del instituto
sobre la familia Caine. Es muy hermosa. Entiendo por qué estabas dispuesto a
meterte en problemas por ella.
-Es más que eso. Pensaba que estábamos reavivando la llama, pero me acaba
de decir que para ella es sólo algo pasajero, hasta que se vaya. ¡No soy un
juguete!
Su madre sacudió la cabeza. -Tal vez debas pararte a escuchar lo que te
estaba diciendo.
-Supuse que se quedaría más tiempo una vez acabara el trabajo, que quería
hacer algo más conmigo que tener unas cuantas citas.
-¿Quieres decir vivir aquí como tu amante?- preguntó su madre con un tono
más serio. -A tu padre y a mí nunca nos han preocupado tus devaneos de
juventud, pero no queremos que pienses que está bien tener una amante con la
que no tienes ninguna intención de casarte.
-Mi padre tenía un harén.
-Y no puedes invitar a una mujer occidental indefinidamente a menos que
existan planes detrás de ello.
-¡De acuerdo!- gritó Cemal, tirando de su propio cabello tan fuerte que pensó
que iba a arrancárselo. Entre su madre y su amante, sentía que no había forma de
complacerlas. Una pensaba que no tenía ningún plan, y la otra que la estaba
presionando para que aceptara las funciones de Jequesa. Aunque la verdad, no
veía ningún motivo para no hacerlo. Si pudiera olvidarse de su carrera… -No
entiendo por qué Juliana no quiere quedarse. Formar parte de la realeza, ser una
VIP en cualquier evento. En su país, ejecuta códigos.
-A lo mejor le gusta hacerlo. ¿No se te ha ocurrido?
-Pero le estoy ofreciendo todo el lujo que pueda imaginar. Si se queda, será
la mujer más consentida de la Tierra.
Su madre lanzó una risotada. -Ay, hijo, ¿eso es lo que crees que quieren las
mujeres?
-Lo ha pasado mal en el amor, y yo tengo gran parte de culpa. Quiero
compensarla.
-¿Encerrándola en una jaula de oro? No creo que le guste. Si fuera esa clase
de chica, hijo mío, no te interesaría lo más mínimo-respondió su madre,
riéndose.
Aquello irritó a Cemal, la forma en que su madre parecía saber de todo más
que él. Claro que, él no sabía nada de mujeres. Sabía cómo seducirlas, pero
nunca había querido estar con nadie a parte de Juliana, y estaba volviendo a
fracasar.
-¿De qué te ríes?
-No uses ese tono conmigo.
Cemal inclinó la cabeza obedientemente. -Discúlpame, madre. Es que no
entiendo qué tiene tanta gracia.
-Hijo mío-dijo ella, poniéndose en pie y acercándose a él.
Le puso una mano en la mejilla y, por un momento, se sintió como si fuera
un niño al que pudiese protegerlo de todo mal. Pero ahora le tocaba a él
protegerla, junto con todo el reino.
-No me he pasado la vida dentro de palacio probándome vestidos y
poniéndome guapa para tu padre, ¿verdad?- dijo.
-No.
-Porque la vida es más que eso, aunque ya tengas contigo al amor que deseas
y necesitas. Yo tenía las organizaciones benéficas que fundé, que incluso hoy en
día siguen haciendo que Jordania y la Península Arábiga sean un lugar mejor.
Apenas entiendo de ordenadores, pero está claro que el trabajo de la Sra. Caine
le proporciona la misma satisfacción. No puedes alejarla de todo eso y encerrarla
en un palacio, por muy encantador que te creas.
-Soy muy encantador.
Su madre bajó la mano y sacudió la cabeza con tristeza. -También lo era tu
padre. Es una habilidad peligrosa, úsala sabiamente. Te recomiendo, hijo mío,
que se lo hagas pasar lo mejor que puedas mientras esté aquí. Pero empieza
disculpándote, y no la presiones más. Es lo que se merece. Y lo que decida
cuando termine, será elección suya. Si quieres tener algo con ella a largo plazo,
tienes que respetar su derecho a elegir.
-¿Y qué pasa si no me elige a mí?
-Si la amas, querrás que elija lo mejor para ella.
-Pero yo soy lo mejor para ella.
-No si no le permites tener el trabajo y la identidad que necesita, hijo, y ese
fue el verdadero regalo de tu padre. Era anticuado en muchos aspectos, eso no lo
puedo negar. Nunca me gustaron los harenes.
Cemal desvió la mirada. Incluso ahora, era incapaz de imaginar cuánto había
sufrido su madre. Aunque idolatraba a su padre, nunca entendió aquella
regresión en la que tanto insistía.
-¿Pero?- preguntó con voz queda.
-Pero supo respetar mis deseos y mi autonomía. Cuando sus padres quisieron
que me convirtiera en una esposa “más apropiada”, me dio permiso para crear
mis fundaciones.
-Nadie te tiene que dar permiso para nada, madre.
-Me apoyó, entonces. Si realmente amas a Juliana, debes apoyarla y estar
dispuesto a aceptar la posibilidad de que se quede sin obligarla.
Cemal asintió, pensando en sus palabras. Eran sensatas y razonables, como
su madre, pero aún así le asustaban. Existía aquel riesgo y, como Jeque, estaba
acostumbrado a salirse con la suya. Ahora Juliana Caine había vuelto a su vida y
tenía todos los triunfos en la mano. Iba a tener que correr el riesgo de que
quisiera apostarlos por él.
¡Maldita sea!
Todo era cuestión de azar.
***
De pie, frente a la puerta de su cuarto, no se sentía nervioso. No era una
persona que se pusiera nerviosa. A los reyes no se les educaba así. Pero estaba
confundido. Aún sentía un nudo de ira en el estómago y la cabeza le daba vueltas
a un millón de kilómetros por hora. Sus pensamientos evitaban la cuestión de
qué haría si le rechazaba. Si fuera cualquier otra mujer, llamaría a otra o viajaría
a un exclusivo club de Monte Carlo. Pero, después de quince infructuosos años,
había aprendido que no había otra mujer como Juliana.
No hay momento como el presente.
Tras llamar a la puerta, esperó a que la abriera.
-Yasmeena, necesito descansar un poco. El hardware va a ser bastante
problemático durante los dos próximos días y estoy…
-¿Bien?- preguntó Cemal, mirándola.
-Podría decirse-contestó ella, cruzándose de brazos. -Creí que lo había
dejado claro. Tengo trabajo.
-Lo sé, pero he llamado a la Sra. Grant y le he dicho que ha habido un par de
complicaciones y que has estado trabajando muchísimo con todo el calor. Le he
dicho que necesitaba unos días más, y ha estado de acuerdo. Parece que Simco
quiere asegurarse de que su cliente proporcione unos excelentes informes.
Juliana entrecerró los ojos. -No tienes derecho a interferir con mi trabajo.
-No lo he hecho. He hablado muy bien de ti y de tu trabajo, le he dicho que
nunca había recibido mayor ayuda por parte de una compañía y que le voy a
hablar a todo Jeque y miembro de la realeza que conozco de esta tecnología y su
impecable plan de servicios. La Sra. Grant está encantada.
-Eres muy amable-dijo ella en un tono menos duro, descruzando los brazos. -
Pero no voy a necesitar más que un par de días.
-Lo sé, pero quería llevarte a un sitio.
-¿Al altar?- se mofó Juliana.
-No-respondió él, aunque le escoció el sarcasmo. La verdad es que no tenía
ningún inconveniente en llamar al Imán en aquellos momentos. -Tienes razón.
Te he presionado demasiado. Estaba tan feliz de tenerte de vuelta, que supuse
que querías las mismas cosas sin preguntarte. No creí que para ti fueran sólo
unas vacaciones, un poco de diversión.
-Bueno… no es eso exactamente-comentó en tono evasivo. -No sé qué
significa todo esto, pero no pensé que tendría que averiguarlo en unos pocos
días.
-De acuerdo, pero me estaba ofreciendo a llevarte a un lugar muy especial.
Sólo por diversión. No te pediré que te quedes más tiempo ni que seas mi
Jequesa, pero tienes que prometerme que no me vas a apartar a un lado. Cuando
termines tu trabajo, te preguntaré otra vez qué quieres hacer, y estaré preparado
para tu respuesta.
-¿En serio? Hace un momento estabas dispuesto a envolverme en una
burbuja de plástico y encerrarme en una torre-comentó ella, con una sonrisa
asomando a sus labios.
-Sí, pero he cambiado de parecer. Quiero que estemos juntos el tiempo que
podamos, Juliana. Ya perdimos quince años, y no estoy dispuesto a perder el
tiempo que nos quede. ¿Quieres venir a Túnez conmigo?
-¿Qué hay en Túnez?
-Ya lo verás.
Capítulo Nueve
-Se te ve contenta-dijo Cemal a Juliana, que estaba acomodada en un asiento
de cuero de su jet privado.
-Tengo que admitir que me encanta volar con estilo. Está muy bien viajar por
placer, y mucho más si lo hago con alguien que me importa.
Cemal tensó levemente la mandíbula. La amaba, sabía que la había amado en
el instituto y que la amaba ahora. Se había pasado años esperando contra toda
esperanza que regresara a él. Cada vez que decía que le importaba, se sentía
como si estuviese bebiendo arsénico. Le quemaba la garganta y los órganos,
dejando sólo un armazón marchito.
-Eso está bien.
-Me pregunto qué me espera en Túnez. Nunca he estado.
-Me lo imagino-dijo él, guiñando un ojo. Si pensaba que le iba a sonsacar el
secreto, la llevaba clara. Iba a guardarse los detalles. Bueno, a menos que
estuviera dispuesta a ofrecerle incentivos a cambio. -Aunque puedo darte una
pista.
-Oh, ¿es un juego de preguntas?
-No exactamente-dijo él, desabrochándose el cinturón de seguridad y
haciendo un gesto hacia el cuarto de baño. Su avión más grande tenía un
dormitorio con una cama tamaño king, pero para aquel viaje había elegido algo
más pequeño y sensato. Además, quería probar algunas cosas con ella, cosas que
suponía eran nuevas para Juliana. -Estaba pensando en algo más divertido.
Ella se sonrojó al darse cuenta del verdadero sentido de sus palabras. -¡No
podemos!
-Soy el dueño del avión.
-¿Y el capitán y el copiloto?- susurró ella.
-La cabina está insonorizada.
Juliana sacudió la cabeza, aunque la sonrisa que se extendía por su rostro le
indicó que estaba tratando de parecer escandalizada porque era lo que se
esperaba de ella. En algunos aspectos, conocía muy bien a su gatita, a la que
encantaba aprovechar toda oportunidad para darle placer. Cemal sabía por qué.
Él sentía lo mismo por ella. Juntos, eran como un par de sustancias químicas
inflamables que no podían evitar mezclarse para empezar un fuego.
-¿Estás de broma?
-Lo digo en serio. Puede que yo rompa todas las reglas, pero tú ni siquiera lo
intentas, Juliana. ¿No quieres volver a casa con algo interesante que contar? ¿No
quieres ser un poquito mala?- Cemal se acercó a ella e, inclinándose, le susurró
al oído: -Eso parecía cuando te follé con la lengua en el callejón. Aquí hay
mucha más privacidad. Después de todo, gatita, ¿no quieres unirte al Club de las
Alturas?
Ella gimió, con un delicado sonido que hizo que su erección presionara
contra la tela de sus vaqueros. Loado sea Alá, ¿cómo podía tener ese efecto
sobre él? ¿Sólo con un gemido?
-Me encantaría-dijo, con voz ronca.
-Entonces, sígueme-ordenó Cemal tomando su mano.
Ella se desabrochó el cinturón del asiento y dejó que la condujera al cuarto
de baño. Técnicamente, podían hacerlo en la estancia principal, pero como oda
al Club de las Alturas y por la facilidad de limpieza, quería hacerlo en un sitio un
poco más recluido. Además, el baño del avión era bastante espacioso, con un
lavabo doble de mármol y una ducha con espacio para tres personas. Lo había
comprobado en más de una ocasión.
Una vez dentro de la estancia, se bajó la bragueta y rasgó el envoltorio de
aluminio que llevaba en el bolsillo. No había que comportarse de forma
peligrosa en todo. Estaba claro que un bebé era lo último que Juliana quería, y
aunque su propia madre insistía en que se estableciera y produjera un heredero,
él no pensaba igual. Cuando estuvo listo, sonrió a su amante.
-Me encanta explorar tu cuerpo, sentir cada centímetro con mi boca. Te
deseo, pero el sabor diario de tu néctar no es suficiente.
Ella sonrió socarronamente y sus ojos parecieron centellear. -¿Por qué creo
que ahora viene el “pero”?
-Sin embargo-dijo él, jugando con la semántica. -Quiero estar dentro de ti.
Quiero empujar con mis caderas y sentirme en lo más profundo de tu cuerpo. Te
quiero toda.
-Adelante-dijo ella con un ronroneo.
Cemal rodeó su cintura con los brazos, estrechándola contra él. Juliana
respondió envolviendo las piernas alrededor de su torso. Se alegró de que llevara
otro caftán, esta vez de color añil, que resaltaba sus ojos. Levantárselo por
encima de los muslos fue juego de niños, dejando al descubierto las suaves
ondulaciones de su pubis. Con una mano acarició y masajeó aquellos delicados
rizos, y su erección se endureció aún más al ver cómo Juliana gemía y echaba la
cabeza hacia atrás.
-Dios, sí.
-No soy ninguna deidad, pero agradezco el cumplido, gatita.
-Ya sabes a qué me refiero.
-Así es-dijo él, tirando de la cinturilla de sus braguitas, complacido de que
estuvieran hechas de un material barato de encaje que se deshizo fácilmente. -
Acceso. Me encanta.
-¡Me han costado dinero!- protestó ella, propinándole un manotazo en la
mano.
Cemal dejó que las bragas cayeran al suelo, y cambió la posición de sus
caderas de modo que la punta de su miembro pudiera trazar delicadas formas
sobre la piel de sus labios más sensibles.
-Te necesito, gatita-dijo, mirándola a los ojos. -No lo olvides nunca. Pase lo
que pase, no olvides que te necesito.
Cemal la penetró en toda su longitud, centímetro a centímetro, con los ojos
en blanco, deleitándose con la sensación que le proporcionaba su estrecho canal.
Encajaban a la perfección. Por último, antes de desaparecer por completo en su
interior, comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás. Empezó con un ritmo
delicado, con pequeñas embestidas que hacían que ella empujara sus caderas
contra él.
-Necesito más-dijo Juliana, apretando más las piernas a su alrededor.
Entonces se inclinó hacia adelante y le pasó la lengua por la oreja, llegando al
lóbulo y tirando de su sensible piel con los dientes. Cemal se estremeció. -Más
rápido, Cemal.
Aquello fue lo único que necesitó escuchar para desencadenar toda la pasión
que había estado reprimiendo durante quince largos y difíciles años.
Sus embestidas adquirieron un ritmo frenético, aferrándose a sus caderas con
ambas manos. Ella le devolvió los embistes a la vez que su boca devoraba su piel
- primero el lóbulo y después los labios, seguidos del cuello. Mientras la
apuntalaba con sus movimientos, Juliana succionaba y mordisqueaba la delicada
piel de su cuello.
Fue como si unas chispas se esparcieran por todo su cuerpo, como si hubiera
recibido una descarga eléctrica. Juliana seguía dibujando figuras con su lengua y
Cemal no pudo aguantar más. Arremetió con más profundidad y sintió como si
le hubiese caído un rayo encima, una enorme sensación abrasadora que recorrió
todo nervio y fibra de su ser.
Se tambaleó un poco, pero pronto sintió renovadas fuerzas cuando Juliana se
corrió y sus músculos internos se ciñeron a su alrededor.
-Dios, ¡Cemal!- exclamó, ante de derrumbarse sobre su hombro. Pudo sentir
el sudor de su frente en la piel del cuello. Estaba claro que estaba tan agotada
como él. -¿Cómo lo haces?
Él sonrió socarronamente, volviendo en sí. -Tengo mis métodos.
-De eso no hay duda.
***
Juliana deslizó una mano sobre la escarpada superficie del muro de yeso.
Tenía lágrimas en los ojos. La sensación de estar allí era indescriptible. El hecho
de que Cemal hubiese pensado en aquella excursión la alegraba aún más.
-Ya no es lo que era-dijo Juliana, mirando a su amante.
El viento se arremolinaba a su alrededor, haciendo que el polvo y la arena le
rozaran las piernas. Ahora entendía por qué se había puesto la túnica cuando
llegaron a su destino. El calor del desierto tunecino hizo que su único viaje a
Texas pareciese un día de enero en Massachusetts. Los vaqueros eran estupendos
para muchas cosas. Juliana se sonrojó pensando en lo que habían hecho en el
avión. Rectificó. Los vaqueros eran estupendos para muchas cosas, pero no para
obtener fácil acceso. Pero las túnicas, como su propio caftán, eran ligeras y
sueltas ante el caluroso viento tunecino. Todo lo que impidiera que se desmayara
de calor, era bueno.
Cemal ladeó la cabeza. -He visto las películas… bueno, las originales. Oí
que las precuelas son horribles, y no me he molestado en verlas.
-¡Tienes que ver El Despertar de la Fuerza!- exclamó ella, mientras rodeaba
la gastada cúpula que había sido una vez el hogar de Luke Skywalker en
Tatooine.
Túnez fue el escenario donde rodaron la primera película de Star Wars, pero
no había relacionado el viaje con la visita a las ruinas que Lucas y compañía
habían dejado atrás. Ya habían estado en partes de Mos Esba, viendo las ruinas
de las ciudades y los semi-espantapájaros de los trajes de Darth Vader y Jawa.
Era increíble estar allí, y un poco agridulce. Los cuarenta años de exposición
solar no había sido particularmente amables con el sitio, ni tampoco la
Primavera Árabe. Sin embargo, seguía allí, y se sentía más cerca que nunca de
ser un guerrero Jedi.
Cemal rió. -He estado ocupado, pero me enteré de que estaba pasable.
-Está más que pasable. Es genial, aunque odie a Kylo Ren, pero pensé que
aquello, sobre todo cuando… no importa, no quiero destripártelo.
Cemal la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él. Todavía podía percibir un
toque de azafrán en él, pero ahora mezclado con sudor y el potente aroma de su
masculinidad. Dios, le deseaba otra vez. Aquel rato en el avión sólo había
saciado parcialmente su hambre.
Cemal la besó en los labios y rió de nuevo. -Respira un poco, antes de que te
ahogues de tanto hablar. Nunca he conocido a nadie que se emocione como tú.
Es lo primero que me atrajo de ti. Te oía dando explicaciones o resumiendo
libros delante de la clase, y la pasión que destilabas era algo completamente
nuevo para mí.
Ella frunció el ceño. -Sí, pero era la enchufada del profesor, y prácticamente
todos los alumnos me odiaban por ser una sabelotodo. Era apasionada pero
también una empollona.
-Yo creo que el entusiasmo siempre debe ser recompensado-respondió él. -
No creo que entendieras quién era yo.
-Eras el tío más genial de la clase, aunque nadie supiera que eras el heredero
de un imperio de más de mil millones de dólares. Yo quería ser como tú. Nunca
dejabas que nada te afectara. No importaba lo que dijeran los profesores, o el
director, hacías lo que querías. Yo he estado siempre preocupada por complacer
a los demás, toda mi vida.
Cemal le acarició el cuello, y ella se estremeció ante el toque de sus
encallecidos dedos. A diferencia del típico príncipe o rey - si es que existía tal
cosa - sabía que a Cemal nunca le había asustado ensuciarse las manos. En San
Paul, siempre estaba reparando su moto o fumando. Bajo su educado exterior,
Cemal escondía un mecánico rebelde - aquel chico duro que aún la hacía sentir
un hormigueo de calor en el vientre.
-Pero sabías lo que querías hacer. Ya hablabas de estudiar en Caltech o MIT
en segundo de secundaria. Yo no tenía ni idea de qué iba a ser.
-Lo tenías fácil-dijo ella, con tono sincero. -Sabías que estabas destinado a
ser el Jeque de Jordania. Sabías que siempre ibas a tener dinero, aunque no
tuvieras un trabajo de ensueño ni la carta de aceptación de la mejor universidad.
Los ojos ámbar de Cemal parecieron apagarse un poco. -No me has
entendido. Hay una diferencia entre quién soy y mi carrera. No es lo mismo.
Sabía que iba a ser Jeque, pero no era lo que yo quería. He hecho lo que he
podido para ayudar a mi pueblo, porque es importante. Porque es lo que le
importaba a mi padre y lo que le importa a mi madre, pero no es mi pasión.
-¿Estás comparando mi pasión por la programación con una misión en la
vida?
-Estás enamorada de tu profesión, no lo puedes negar.
Ella suspiró y entrelazo los dedos con los suyos. -Me encantan los
ordenadores. Me encanta programar, pero soy mucho más que eso; y creo que tú
también lo eres. Vamos a terminar de ver Tatooine y regresemos al hotel para
cenar. Te prometo que compartiremos muchas más cosas, Cemal.
-¿Y me dirás lo que quiero saber?
-Seré un libro abierto. Lo prometo.
Capítulo Diez
Cemal iba a dictar una nueva ley cuando regresara a Jordania; una ley que
obligara a todo el mundo a ir desnudo. Era un poco arriesgado, por supuesto.
Algunas personas estaban mejor tapadas. Pero si hacía que Juliana yaciera
delante de él como en aquel momento, completamente desnuda y de espaldas,
merecía la pena correr el riesgo. Cuando terminaron la visita a los decorados de
Star Wars, regresaron al hotel para disfrutar de una deliciosa cena de cinco
tenedores compuesta por cordero asado y pan de dátiles. Ahora le estaba dando
un masaje en la espalda, demostrando cuánto le importaba su gatita con cada
movimiento de sus manos.
Sabía que la amaba; llevaba deseándola durante más de una década.
No era la misma joven que conoció, pero él tampoco era el mismo
adolescente petulante. Amaba a la mujer en la que se había convertido - la
sensual curva de sus generosos pechos, la suave extensión de su piel, y la tersura
de sus caderas. Era todo mujer. Había olvidado lo maravilloso que era abrazar a
una mujer con sus curvas, alguien con mucho más que la mera piel y huesos de
las modelos que había conocido en París o Milán. Juliana era una mujer de
verdad; y esa era su mayor fortaleza.
-Entonces,- dijo. -estoy equivocado.
-No estás equivocado. Pero crees que sigo siendo la estudiante que conociste,
y no es así. Me han pasado muchas cosas, Cemal.
Le masajeó los hombros. Su morena belleza emanaba un aroma a manzanos
en flor. Ya tenía una erección presionando contra su túnica, pero Cemal esperaba
que no se diera cuenta. No en aquel momento. Muy pronto, sus cuerpos se
unirían inevitablemente. Pero antes, necesitaba entenderla. ¿Cómo iba a
conseguir que se quedara si desconocía a la mujer en que se había convertido?
Tanto Juliana como su madre tenían razón en aquel punto. Aunque, cuando la
miraba a los ojos, todavía podía ver aquella dulce y tentadora inocencia que la
caracterizaba. ¿Podría haber cambiado tanto?
-Tu prometido, ¿verdad?
-Sí. No sólo rompimos. Me engañó, Cemal. Hace menos de un mes llegué a
casa y le encontré tirándose a mi supuesta mejor amiga.
-No lo sabía.
Ella resopló, pero no se dio la vuelta para mirarle. -No hay un estado de
Facebook para eso. De todas las cosas que has podido averiguar sobre mí, estoy
segura de que no encontraste esa información.
-Pero, ¿por qué?
-Supongo que Phillip es un imbécil. O quizás soy una ingenua. Pero no soy
idiota. Sé que soy el patito feo, y eso es mucho decir. Mi hermana se casó nada
más terminar la universidad, y yo estoy a punto de cumplir los treinta. Mi madre
no dejó de buscarme citas hasta que conocí a Phillip. Supongo que pensaba que
iba a ser una solterona enamorada de la informática.
-¿A los veintitrés años?
-Ella ya estaba comprometida a los diecinueve, y se casó el verano antes de
acabar la secundaria. Tenía a lo mejorcito de la fraternidad Kappa Sig detrás de
ella. Mi madre y Katherine son las guapas, y yo… la rolliza-dijo. -No solía darle
importancia, pero luego descubrí que Phillip no estaba tan enamorado de mí
como yo pensaba.
Cemal gruñó. Si alguna vez se encontraba con aquel fracasado, le daría su
merecido, y acabaría en urgencias. Nadie debería tratar así a su gatita. ¿No se
daba cuenta Juliana de lo encantadora que era? ¿No veía a la mujer en que se
había convertido?
-Entonces era un idiota.
-Pensé que le importaba-añadió ella, con una voz tan débil que apenas la
podía oír.
Cemal sacudió la cabeza y deslizó las manos hasta sus caderas. Recorrió con
las palmas las curvas de su trasero, apretando los montículos de carne entre sus
dedos. -Así es como debe ser una mujer. Si no quería poseerte toda y saborear tu
néctar y regocijarse en tus curvas, él es el ingenuo. No tú.
-Mi madre dice…
-Y ella es aún más idiota. Si tu familia se pasa el tiempo criticándote, no
tienes por qué escucharles. Trabajas para una excelente compañía de Silicon
Valley. Te enviaron a ayudar a la realeza porque la Sra. Grant confía en ti. Creo
que eso dice mucho de tus habilidades y talento.
-Soy un desastre de treintañera que hace un trabajo con pretensiones. No
tengo familia propia, y malgasté el tiempo con un hombre que me dio largas
durante años. Me encanta mi trabajo, pero pensé que a estas alturas ya habría
revolucionado las cosas con mis propias aplicaciones. No ha sido así, y no sé qué
hacer al respecto.
-Te estoy ofreciendo una salida-dijo Cemal.
Juliana se dio la vuelta y él trató de no distraerse con la tentadora imagen de
sus senos y aquellos rosados pezones que se ponían duros delante de él. Se le
hizo la boca agua. Oh, lo que le haría en un momento.
-Pero no puedo aceptarla. Si quiero enderezar mi carrera, tengo que
encontrar la manera de hacerlo.
-Podrías trabajar aquí.
-Tal vez, pero, ¿no podríamos salir sin más durante una temporada? No
tenemos que apresurarnos.
-¿Saldrías conmigo desde California? ¿Por Skype y todo eso?- preguntó él,
con un tono de voz que empezaba a sonar irritado.
-No, estoy intentando decirte que no podemos retomar esto donde lo dejamos
de adolescentes. Ya no somos aquellas personas, y tenemos que volver a
conocernos el uno al otro. Algún día, ¿por qué no? Tal vez encuentre la forma de
vivir en Jordania y trabajar en desarrollo de aplicaciones. Pero ahora mismo, no
puedo reubicarme por ti. Creí que lo entenderías.
-Lo intento, pero no tiene que gustarme. Es que… lo único que he querido en
todo este tiempo eras tú.
-¿Eh?
-Yo no tenía una profesión en mente.
Juliana pareció relajarse un poco y se rió. -Creo que rey de lejana tierra
exótica suena bastante bien en el currículum.
Él sonrió y se enderezó. -Por supuesto. Sin embargo, lo que quería, la cosa
que quería para mí mismo, eras tú. Todo se fue al traste cuando tus padres
llamaron al instituto quejándose de mí, y los míos me quitaron de en medio. Pasé
años soñando contigo. Por lo tanto, sí, si te vas a sentir más cómoda yendo
despacio, estoy de acuerdo. Te puedo llevar a casa una vez al mes.
-¡Eso sería muy caro!
-Tenemos la gasolina, el petróleo y el avión privado-dijo él, sacudiendo la
cabeza ante su sentido práctico mezclado con su ingenuidad.
-Bueno, sería una solución. Pero no puedo ser lo único por lo que vivas,
Cemal. Ya fuera mi recuerdo, o ahora que volvemos a estar juntos, tienes que
encontrar otra cosa que te motive. Convertirme en tu todo es ponerme el listón
muy alto-admitió, con un delicioso sonrojo que se extendía por sus mejillas.
Cemal se inclinó y la besó. –Pero, quieres que te ponga en un pedestal esta
noche, ¿verdad? ¿Puedo adorar a mi diosa como me parezca en estos momentos?
Ella le dedicó una traviesa sonrisa. -No se me ocurriría detenerte.
-Estupendo-dijo él, inclinándose para lamer la delicada piel de su pezón
derecho.
Su amada debía haberse puesto alguna loción corporal antes de retirarse a
dormir, porque su piel no sólo sabía a su propio sudor salado, sino que también
tenía gusto a miel - un sabor dulce y ligero que hizo que su miembro se pusiera
duro como el granito. De repente, fue demasiado y tuvo que deshacerse de sus
ropajes. Poniéndose en pie un momento, odiando el separarse de su amada
incluso por un instante, Cemal se quitó la túnica.
Vio cómo Juliana le observaba con una hambrienta sonrisa entre los labios. -
Podría contemplar cómo me miras toda la noche.
-Me voy a quedar fría-se quejó, mientras sus pezones continuaban
endureciéndose.
-Hace casi cuarenta grados afuera. Sobrevivirás.
Ella sacudió la cabeza, haciendo que su largo cabello cayera sobre sus ojos y
rostro. Y frunció los labios en un mohín que lo volvió absolutamente loco. -No
creo.
-Bueno, tal vez pueda volver-bromeó él, gateando lentamente sobre la cama
y deleitándose con aquella dulce fragancia afrutada que emanaba de su piel.
Inclinándose hacia abajo, pasó la lengua por el hueco de su ombligo, dejando
que se perdiera en cada curva y hoyo.
La piel de aquella zona tenía un fuerte sabor a sal, y esa revelación hizo que
su miembro se estremeciera de necesidad.
Ella ronroneó y empujó las caderas contra sus piernas, rozando con la suave
y sedosa piel de sus muslos su erección. -¿Estás listo para mí?
-Estoy listo-respondió, levantando la cabeza para mirarla a los ojos. -¿Estás
lista para mí, gatita?
Juliana tragó saliva, y a Cemal le encantó la forma en la que su garganta
reflejaba su ansiedad. -Estoy lista para todo lo que me quieras dar, mi Jeque.
Cemal aceptó la invitación que le ofrecía. Uniendo sus cuerpos, colocó su
miembro delicadamente sobre la suave y sensual piel de sus labios secretos.
Juliana jadeó, y aquel sonido fue música pura para sus oídos. El hecho de poder
hacer estremecerse a una mujer tan hermosa, era casi un milagro. A pesar de
todas sus diferencias, sus altos y bajos, ninguno de los dos podía negar su mutua
atracción. No importaba lo que Juliana dijera, se doblegaba completamente ante
su voluntad y atenciones. Con el tiempo, volvería a ser suya. Estaba seguro.
-Por favor-gimió ella, en tono dulce y desesperado.
No pudo atormentarla más. Empujando con las caderas, introdujo su erección
dentro de ella. Cemal siseó al sentir su calor. Hasta entonces, había sido
placentero, pero ahora, sin barreras entre ambos, era puro éxtasis. El Jeque se
hundido a más profundidad, hasta que su verga quedó cubierta completamente
por su miel. Ella gimió y le clavó las uñas en la espalda, apoyando con fuerza los
talones en su cuerpo.
Inclinándose, le besó el cuello, arañando su piel con frenesí. Su lengua
recorrió sensualmente su garganta, y sus brazos envolvieron sus hombros,
presionando su ser contra ella. Tras abrir más la boca, le rozó con los dientes la
línea de la mandíbula. Aquella sensación hizo que le recorriera una deliciosa
ráfaga de dolor y placer, y la embistió con más fuerza. Lo único que existía en
aquel momento era la sensación de sus dientes en su mentón, el dulce aroma de
su loción, y el ritmo de sus jadeos en la oscuridad.
Volvió a embestirla, sondeando sus abrasadoras entrañas.
Dentro, fuera. Dentro, fuera.
Sus cuerpos se movían al mismo ritmo, con un desenfrenado delirio. Era
difícil determinar dónde terminaba ella y dónde empezaba él, como si sus almas
estuvieran entrelazadas. Juliana dejó de mordisquearle y le besó en la boca,
enredando tortuosamente su lengua con la de él. Cemal estaba perdido, el fuego
de sus venas fluía con la fogosidad de un incendio. Se corrió, derramando su
simiente en lo más profundo de ella, regocijándose en la sensación de ser un sólo
cuerpo, de que no hubiera nada entre los dos. Cemal continuó embistiendo,
espoleado por la voraz lengua de Juliana, hasta que ella también alcanzó el
orgasmo.
Sus piernas se estrecharon con más fuerza a su alrededor, y se apartó de su
boca el tiempo suficiente para gritar su nombre.
-¡Dios mío, Cemal, no pares nunca!
Él hizo lo posible para acomodarse a sus deseos, pero no duró mucho. Se
desplomó en la cama, arrastrándola sobre su pecho. Con un último esfuerzo,
besó su coronilla y le frotó la espalda.
-Te quiero, gatita-le dijo, sin avergonzarse de su honestidad.
-Cemal…
-No tienes que decir nada, sé que aún no estás segura. No pasa nada. Es mi
deber hacer que lo estés. Sólo quiero que sepas que te amo, que amo todo de ti, y
que estaré aquí para que lo veas, sea como sea.
Juliana se quedó callada tras aquella declaración, pero él hizo caso omiso de
aquel silencio ensordecedor. Tenía tiempo; la haría suya. Un Jeque nunca perdía;
de aquello estaba seguro.
Capítulo Once
La inundaba la tristeza.
Al día siguiente, Juliana regresaba a casa. Ya había revisado los últimos
detalles del sistema de seguridad. Todo funcionaba a la perfección, y todo cable,
conector y chip estaban en su sitio. No había ninguna razón para quedarse,
aunque a Cemal le encantaría inventar una excusa para la Sra. Grant. Pero su
vida en California la reclamaba, en especial su vida profesional. Se lo debía a sí
misma el no volver a caer. Ya había cometido aquel error en la secundaria con
“Robbie”. Cemal se había convertido en un gobernante responsable, pero aún
existía la posibilidad de que le rompiera el corazón en mil pedazos. Ya lo había
hecho antes. No. Debía ser inteligente e independiente. Si al cabo de un año todo
continuaba igual de bien, podía regresar al palacio.
Pero no iba a otorgarle la clase de control que acabaría con ella como ya
había ocurrido antes. No lograría superarlo.
Tras sentarse, se conectó a Skype. Hasta entonces, había conseguido
mantener a su madre a distancia a base de rápidos mensajes desde el correo
electrónico del trabajo. Pero la última vez, ésta había respondido exigiendo que
Juliana se conectara para hablar. Después de todo, Juliana no era demasiado
mayor como para no propinarle unos azotes si seguía haciendo caso omiso a su
intento de hacer una videollamada. Era más fácil tratar con Colette que continuar
enojándola, por lo que Juliana cedió a las demandas de su madre.
-Hola-saludó, mordiéndose nerviosamente el labio inferior al ver el rostro de
su madre en la pantalla.
Como de costumbre, las cejas de su madre estaban recién depiladas y su
cabello se apilaba a gran altura. Sin dura, pertenecía a la escuela del “cuanto más
alto el peinado, más cerca de Dios”
-No te has molestado en ponerte en contacto conmigo. No me gusta que me
ignores.
Juliana asintió, sorprendida de que incluso entonces su madre la hiciera
sentir como la joven insegura que había sido en el instituto. Tal vez seguía
siendo la capitana del equipo de informática y el imán de chicas perversas que
había sido siempre. Cemal le había dicho que él veía mucho más en ella, pero le
resultaba difícil de creer. Nadie más lo había visto, y, por mucho que le
importara Cemal, le preocupaba su criterio.
-No te estaba ignorando, madre-se defendió. -Estaba… tenía que hacer las
comprobaciones finales. Mi móvil no funciona aquí, y he estado utilizando el
email del trabajo. Simplemente no he tenido tiempo. Además, nos fuimos unos
días a Túnez.
Su madre sacudió la cabeza y dejó escapar un juramento que acabaría con su
fachada de tierna dama sureña en caso de que alguien lo escuchara. -¿Por qué
viajaste a otro país? Y encima en otro continente. ¿Tiene servidores secretos en
África? He oído que ocultar los sistemas electrónicos está de moda entre los
poderosos.
-No, madre. No le estaba ayudando con ningún escándalo-dijo Juliana,
intentando no poner los ojos en blanco. -La verdad es que estuvo muy bien. He
estado muy estresada por el trabajo, y él sabía que no me estaba resultando fácil.
Quería que me relajara.
Su madre entrecerró los ojos. -Ya me lo imagino.
-No-continuó Juliana, decidiendo que era mejor no hablar sobre nada
extracurricular del viaje. -Sabe que soy fan de Star Wars.
-Sí, un pasatiempo muy productivo.
-Bueno, miles de millones de dólares no se pueden equivocar exactamente-
espetó Juliana. -El caso es que visitamos algunos decorados. Fue muy divertido.
-No quiero que dependas tanto de ese hombre. Es sólo un cliente.
Juliana suspiró. Si iba a continuar viendo a Cemal, debía informar a su
madre de que no era algo temporal ni se estaba encaprichando de un dignatario
extranjero. Sabía que la amaba, y ella le tenía mucho afecto. Su madre tenía que
empezar a acostumbrarse a todo aquello; Juliana se había acobardado hasta
entonces.
-Lo es, pero no es cualquier cliente. Sé que es la coincidencia más grande del
mundo, pero ya conocía a Cemal Samara de antes. Sólo que entonces se hacía
llamar “Robbie” y estudiaba en St Paul…
Los ojos de su madre echaron chispas cuando escuchó aquello. -¿Estás de
broma? Aquel chico no pudo haber llegado muy lejos.
-Sus padres pensaron que era peligroso que utilizara su nombre real en el
instituto. Créeme, me sorprendió tanto como a ti.
-Entonces, ¿has vuelto con ese chico?- preguntó su madre con un chillido.
-Su verdadero nombre es Cemal, y es el Jeque. Jordania es el país más
pacífico de la zona, y él y el legado de su padre son parte de la razón. ¿Cómo
puedes echar en cara a un hombre adulto lo que hizo cuando tenía diecisiete
años?
-Porque es absolutamente ridículo que se te ocurra volver con él, y ya no
digamos iros de viaje juntos.
Juliana se cruzó de brazos y sacudió la cabeza. -¿Y por qué, exactamente?
Quiero que lo digas.
-Oh, no creas que no lo voy a hacer. No es como nosotros. Ni siquiera es
cristiano.
-¡¿Y?! Apenas he ido a misa desde la universidad. A mí no me importa.
-Pero a tu padre y a mí sí. Ya tenemos nietos paganos. ¡No vamos a tener
más!
-Aún no hemos llegado a eso, madre-dijo Juliana apretando los dientes. -No
lo entiendes. Sólo estamos poniéndonos al día. Estamos saliendo, pero eso no
significa que haya anillos ni bebés de por medio.
Y no es que Cemal no pediría mi mano hoy mismo si creyera que iba a decir
que sí…
-Aún así, si empiezas con un pagano, terminas con un pagano.
-Pero, ¿te estás escuchando?
-Sé lo que digo. Tú vas a hacer un trabajo, y aunque conozcas a Ceminole…
-¡Cemal!
-Lo que sea…de antes o no, no importa. No es como nosotros, y tu familia
jamás aprobará esa unión, ¡ni en un millón de años!
-Lo sé, pero…
-Además, si te hubieras molestado en mantenerte en contacto conmigo,
sabrías que Phillip ha estado intentado hablar contigo. Pero no lo ha conseguido
ni por el móvil ni por email.
Juliana se quedó boquiabierta, mientras sentía un revoloteo de mariposas en
el estómago. -Creo que no te he oído bien. Eso no tiene sentido.
-Dice que quiere volver contigo, querida. ¿No es estupendo? Ya no eres
ninguna niña, y Phillip es el tipo de hombre adecuado.
-El tipo de hombre que se folla a mi mejor amiga en mi cama. ¡En serio,
madre!
-El tipo de hombre al que se puede recibir en reuniones familiares con los
brazos abiertos. El tipo de hombre que no era un vándalo de joven ni una
vergüenza para el resto de nosotros. El tipo de hombre que ha escuchado algún
versículo de la Biblia.
-Pero…
-Quiere que vuelvas con él, querida, ¿no quieres que pasemos unas buenas
Navidades todos juntos? ¿En vez de Ramadins o lo que sea? Nunca se te ha dado
bien ayunar.
-Puede que Phillip haya escuchado esos versículos, pero estaba muy lejos de
cumplirlos, y…
-¿No es un malgasto de tres años no escuchar lo que tiene que decir?
-Eh… bueno, mañana regreso a casa-anunció en tono seco.
Quería construir algo con Cemal, pero había amado a Phillip. Si cuando
llegara a Estados Unidos tenía preparada una disculpa, al menos debería
escucharla. Además, podía decir todo lo que quisiera que no le importaba la
aprobación de su madre, pero no era cierto. No. La necesitaba y la perseguía
implacablemente como un yonqui busca la siguiente aguja. Si continuaba con
Cemal, independientemente de todo lo que había conseguido y de lo buen
hombre que era, jamás volvería a encajar con su familia.
Puede que sus padres la exiliaran aún más por salir con un “pagano”.
No estaba segura de ser lo bastante fuerte como para abandonar todo lo que
había conocido y hecho hasta entonces por Cemal. Además, ¿no era
precisamente esa la razón por la que estaban tomándoselo despacio? ¿No era la
razón por la que no se quedaba en Jordania? Tenía que averiguar qué hacer con
su vida y no apresurarse porque una vez Cemal le había acelerado el corazón.
Y ahora te da unos orgasmos alucinantes. Eso también.
Y amor. Sabía lo que le ofrecía, pero ¿merecía la pena darle la espalda a su
familia por el amor de un hombre?
No estaba segura.
-Juli, querida, ¿me estás escuchando?
-Sí. Le llamaré cuando llegue para vernos.
-Esa es mi chica.
***
Sabía que podía haber sido más demostrativa con Cemal cuando la dejó en el
avión. Por un lado, pasarían al menos dos meses antes de que sintiera aquellos
labios en los suyos otra vez. Por otro, podría ser la última vez que estaba con él,
dependiendo de lo que Phillip tuviera que decir. Aún así, estuvo seca con él, y
Juliana lo sabía. Su cabeza daba vueltas con demasiadas cosas, se sentía atrapada
entre los deseos de su madre y los suyos propios, entre su antigua vida y una
existencia nueva y aterradora.
Entre lo que se esperaba de ella y lo que siempre había querido en lo más
profundo de su ser.
Había accedido a ver a Phillip para comprobar si todavía quería aquella
“seguridad”. Eso era todo. Seguramente vería a Cemal en un mes, y entonces le
compensaría. Si le había parecido que se comportaba de manera extraña cuando
la acompañó al avión unos días atrás, sabía cómo hacer que lo olvidara. Lo único
que tenía que hacer era ver a Phillip una vez más y resolver aquella persistente
duda.
Cuando oyó llamar a la puerta de su apartamento, Juliana dio un respingo.
Típico de Phillip. Aunque quedaban cinco minutos, llegaba temprano. Era una
de las cuestiones espinosas de su relación - sus diferentes conceptos del tiempo.
Era el Sr. puntualidad. El estómago se le revolvió mientras se encaminaba hacia
la puerta. Tenía problemas estomacales desde que había vuelto de Jordania y le
echaba la culpa a cierta comida callejera a la que no había sido capaz de
resistirse. No sabía qué esperar de un encuentro con un hombre que le había
arrancado el corazón.
Pero su madre le había dicho que sonaba arrepentido.
Tal vez no era extraño que sintiera náuseas después de todo. Le sorprendía
que no hubiese vomitado aún.
Abrió la puerta antes de que volviera a golpearla. De pie, ante ella, estaba
Phillip. Había dejado de afeitarse, por lo que lucía una desaliñada barba rubia
que combinaba muy bien con sus ojos azules. Tenía buen aspecto, y Juliana tuvo
que admitir que le había extrañado, al menos de la forma en que le había echado
de menos cuando comenzaron a salir y de recién comprometidos.
-Hey-saludó Phillip. -No sabes cuánto te agradezco que me des la
oportunidad de hablar. Pensaba que me estabas evitando, y llamé a Colette. Me
dijo que no tenías recepción en Jordania y que sólo recibías correos del trabajo.
Me alegro de que te convenciera para verme.
Juliana asintió y le invitó a entrar al apartamento. Phillip se acomodó
rápidamente en el sofá, como si nunca lo hubiera dejado. Siempre le gustó aquel
mueble con demasiado relleno. Ella hubiera preferido algo menos guarida
masculina. Juliana no se relajó tanto, se limitó a apoyarse en la mesa de la
cocina. Esperaba que Phillip captara la idea.
Estaba allí para escucharle; Phillip estaba muy lejos de tener la venia para
quedarse.
-A mi madre le caes bien. Por eso le emocionó que llamaras. Es sólo que…
¿quieres que vuelva contigo?
Él asintió. -Han sido años de nuestras vidas. ¿Cómo puedes tirar todo eso por
la ventana?
-Me parece que fuiste tú el que lo tiró todo por la ventana cuando te liaste
con Candy. Juliana suspiró. -Sólo porque mi madre haya estado poniendo velas y
esperando que suceda, no significa que sea lo que yo quiero.
-Me dijo que conociste a un Jeque en Jordania.
Ella resopló y sacudió la cabeza. -No debí haberle dicho nada.
-Pero lo hiciste. Y tengo que decir que estoy de su parte. Sabes que es una
fantasía. Tus padres nunca van a aceptar a un tío de Oriente Medio.
-Cemal nunca me engañaría.
-Lo siento mucho. Después de que me echaras, reflexioné. Debías haber sido
más accesible, estar más conmigo, pero yo tenía que haberte dicho lo que
necesitaba de ti. Y no esperar que me leyeras la mente. Esto… ¿lo intentamos de
nuevo? Incluso he ido a la iglesia de tu ciudad natal, donde se casaron tus
padres.
Juliana parpadeó, confusa. -¿Cómo?
Él se encogió de hombros. -Quiero decir que tu madre me ayudó con los
detalles cuando se lo pedí. Pero en serio, Juli, quiero que fijemos una fecha. Nos
casamos en junio, como deberíamos haber hecho hace tiempo. ¿Te imaginas lo
grande que será la celebración? Después de todo, tu hermana no se casó en una
iglesia.
-Eh… no, es cierto-farfulló Juliana, sintiendo que todo iba demasiado rápido.
Phillip se puso en pie y se acercó a ella. Se inclinó y la besó en la mejilla. -Sé
que tengo mucho por hacer, pero estoy dispuesto a hacerlo. Creo que deberíamos
mudarnos a un piso con dos dormitorios. Dormiré en el de invitados hasta que
sientas que vuelvo a tener tu confianza. Este apartamento tiene demasiados
recuerdos malos.
-Pero… me engañaste. ¿Por qué crees que voy a volver contigo?
-Porque-comenzó, asiéndola por la barbilla. -el otro tío es una loca fantasía.
Yo soy el que tu familia aprueba. Soy el que es constante y estable y tiene un
respetable puesto de trabajo en América. Soy el que hará felices a tus parientes
el Día de Acción de Gracias, y el que conoce unos cuantos hechos sobre los
partidos de fútbol que se van a jugar. ¿Quieres ser toda tu vida la mujer que no
encaja?
Olía ligeramente a vodka, y Juliana se preguntó si se habría envalentonado
con alcohol para ir a verla. Phillip nunca había bebido mucho, pero lo entendía.
Si no se hubiese sentido tan mal, habría tomado un sorbo de vino blanco para
poder enfrentarse a todo aquel lío. El aroma desencadenó un recuerdo. Deseó
encontrarse en brazos de Cemal, disfrutando de nuevo de aquella dulce fragancia
de azafrán.
Pero no quería que su familia la rechazara para el resto de su vida.
Así era como su vida había sido planeada. Era como se suponía que debía
ser, aunque no fuera lo que su corazón deseaba.
-De acuerdo, vamos a intentarlo, pero no te prometo que vayas a dejar de
dormir solo pronto. Me hiciste daño, Phillip. Mucho.
-Lo sé, y te voy a compensar por ello. Te lo prometo.
-Eso espero-dijo ella, mientras se dejaba abrazar.
¿Por qué sentía aquel abrazo como una soga?

Capítulo Doce Cuatro meses después Cada vez le era
más difícil ocultar la tripa.
Seis semanas después de volver de Jordania, se dio cuenta de que no le venía
el período. De repente, las náuseas que se empeñaba en achacar a las bacterias
del Medio Oriente tenían sentido. Juliana no tenía una intoxicación alimentaria.
Claro que no. Se había quedado embarazada. Aquella noche perfecta con Cemal,
con la que seguía soñando a menudo, era la culpable. No podía ser de Phillip. No
sabía qué había ocurrido durante las dos semanas que habían estado separados,
pero, por lo visto, Phillip se había dado cuenta de cómo iba a ser su vida sin ella
y se había asustado. Tal vez los fantasmas de las navidades pasadas, presentes y
futuras se habían aproximado a él y le habían amenazado. Aún así, en la nueva
casa, Phillip estaba siendo fiel a su palabra. A veces se acurrucaban juntos en el
sofá, aunque Juliana se mostraba distante desde que se dio cuenta de que estaba
embarazada tras una visita al médico dos meses antes. Pero, como muestra de
buena fe, Phillip seguía durmiendo en la habitación de invitados.
El padre tenía que ser Cemal.
No sabía qué hacer.
Parte de ella sentía que se lo debía a Cemal. Le encantaría saberlo, ¿no?
Prácticamente le había pedido matrimonio en Túnez. Le entristecía tener que
ignorarle, haber dejado de hablar con él y rogarle que no la visitara. Había
llamado unas cuantas veces, hasta que ella le pidió que cesara. Era irónico.
Apenas le apartó de su vida, se dio cuenta de que llevaba a su hijo en sus
entrañas. ¿Qué diría él si lo supiera?
Dios, ¿qué diría su familia?
No iba a poder esconderlo por mucho tiempo. No. Juliana estaba atrapada en
una tela de araña de mentiras y engaños de su propia cosecha, y supo que nadie
iba a alegrarse cuando todo saliera a la luz.
Gimiendo, trató de ponerse cómoda en la cama. En sólo cuatro meses, había
ganado más de seis kilos. De momento, Phillip no lo había notado porque
siempre llevaba ropa holgada cuando estaba con él. En el trabajo, vestía
chaquetas de una talla más grande y, con su madre, gracias a Dios, sólo hablaba
por Skype o teléfono. El bebé aún no le aplastaba los riñones cuando se tumbaba
boca arriba. Eran su propias preocupaciones lo que la mantenía despierta, sus
propios pensamientos vagando por su mente mientras intentaba decidir qué
diablos hacer y cómo hacerlo.
Mirando al reloj, Juliana se abstuvo de arrojarle la almohada. Unos
caracteres digitales rojos brillaban en la oscuridad informándole de que aún eran
las 3 de la mañana.
Y en Jordania es casi mediodía.
Aquel pensamiento le atravesó el corazón como si fuera una flecha.
Después de cuatro meses, Juliana no pudo resistir la tentación.
Incorporándose, buscó en el bolso y sacó el móvil. La llamada sonó cinco veces,
hasta que pensó Cemal había eliminado su número o ya no estaba interesado en
hablar con ella. Tras su frialdad hacia él, Juliana no le culpaba.
Por fin, escuchó su voz al otro lado de la línea.
-¿Gatita? ¿Eres tú? No pasa nada. Sólo quiero volverte a ver.
Juliana respiró en laboriosas boqueadas, quería decir demasiado. Quería
decirle que estaba embarazada. Quería iniciar una videollamada y mostrarle el
vientre, decirle que su amor había producido un niño que cada día era más
fuerte. Pero le faltaban las palabras. Después de todo, al otro lado del pasillo
estaba el hombre con el que se iba a casar, al que su familia aceptaba. La persona
que no causaría su exilio permanente del clan Caine.
No quiero ser apartada. No puedo.
-Gatita, por favor, vuelve a mí. Es…
No escuchó más. Desconectó la llamada, se acurrucó y se sumió en un sueño
inquieto.
***
-Caine, tenemos que hablar-dijo Karen Grant haciendo gestos a Juliana para
que dejara su escritorio y entrara en su oficina. -Ahora.
Juliana se levantó lo más rápido que pudo sin desbaratar la caída de su
chaqueta, y se dirigió al despacho de su jefa. Las cosas le iban muy bien en
Simco Systems. Cemal había escrito una brillante reseña y su reputación como
experta en sistemas de tecnología inteligente para el hogar se estaba extendiendo
por toda la empresa. Lo estaba haciendo tan bien como la persona a la que
llamaban en caso de emergencias, que la Sra. Grant había considerado dejarla
presentar sus propios proyectos. Estaba preparando una cartera de aplicaciones
para dentro de dos semanas.
¿Habría cambiado de idea?
Tenía la garganta seca cuando cerró la puerta de la oficina. Sentándose en
una de las sillas enfrente del escritorio de la Sra. Grant, Juliana intentó sonreír lo
más educada y asertivamente que pudo.
-Sra. Grant, ¿ocurre algo?
La otra mujer sacudió la cabeza. -Juliana, ¿crees que soy tonta?
Su corazón comenzó a latir a toda velocidad. -¿Perdón?
-¿Crees que soy tonta?
-Es que… no me suele llamar por mi nombre de pila.
-Tampoco suelo tomar el pulso a mis empleados.
-No entiendo-dijo Juliana.
-Estás embarazada. No lo estabas cuando fuiste a Jordania, el Jeque solicitó
que te quedases más tiempo y ha enviado unas excelentes críticas. No me
malinterpretes, Juliana. Sé que soy muy afortunada de tener a alguien con tus
habilidades e inteligencia. Pero también sé atar cabos, y esa chaqueta no engaña
a nadie en la oficina.
-¿No?
La Sra. Grant rió.
-Tengo dos hijos, y mi hermana pequeña está embarazada de seis meses.
Conozco bien los signos.
-¿Me va a despedir?
-No. Debería sermonearte sobre conducta indebida, pero nos estábamos
jugando el cuello con el sistema inteligente y necesitábamos tantas
recomendaciones como fuera posible de la versión beta. Puede que nos hayas
salvado el cuello.
-Oh.
-Dicho eso, me caes bien.
Vaya, seguro que le ha costado decirlo.
-¿En serio?
-Sí. Me recuerdas a mí de joven-confesó la Sra. Grant, entrelazando los
dedos frente a ella. -Tienes talento y motivación, y eres la clase de friki que es
capaz de expresarse claramente ante los inversores, que puede traducir el habla
tecnológica. No hay muchas como nosotras en Silicon Valley, y debemos
apoyarnos.
-Entonces, ¿siente que me tenga que despedir?
-No te voy a despedir, pero tengo curiosidad por saber qué vas a hacer.
Necesito saber si mi mejor empleada se va a ir a Oriente Medio a vivir
literalmente como una reina.
Juliana se miró las manos. -Él no lo sabe. Rompimos cuando volví, y no sé
cómo decírselo.
-No puedes ocultárselo. No estaría bien.
-Lo sé, pero mi prometido y yo hemos vuelto. No hemos… está siendo una
recuperación larga.
-No necesito que me cuentes la telenovela entera, Caine. Eres buena, pero
nadie es tan bueno-protestó la Sra. Grant.
Esa es la jefa que conozco.
Por un momento pensó que se había trasladado a una realidad paralela.
-No sé cómo decírselo.
-Marcar su número es un buen comienzo.
-Pero… ¿qué haría usted?
-Yo he hecho algo inteligente y oportuno. He construido, antes de cumplir los
cuarenta, un imperio que hasta Gates y Zuckerberg desearían.
-Oh, entonces, lo mejor es decírselo pero centrarme en mi vida en América,
¿verdad?
La Sra. Grant guardó silencio durante un buen rato y miró por la ventana,
concentrándose en algo que sólo ella parecía ver. -Es una vida buena, así que no
saques el violín, pero es solitaria. A veces, tienes que hacer lo que es mejor para
ti, no sólo lo que es práctico. Perdóname por ponerme en plan Walt Disney, pero
a veces tienes que hacer caso a tu corazón antes de que despiertes y te des cuenta
de que ya no funciona.
-Estoy segura de que aún tiene tiempo y…- farfulló Juliana.
-Tal vez, pero más vale que le llames. Que sepas que no te envidio la tarea
que tienes entre manos.
Yo tampoco.
***
-Tenemos que hablar-dijo Juliana, con un tono de voz alto durante la cena.
Phillip había intentado mejorar las cosas desde que ella regresó a casa.
Seguía bebiendo más que antes de que descubriera su aventura con Candy. Aquel
día parecía haber estado disfrutando más de la cuenta del vino mientras
preparaba la ternera. No estaba segura del por qué, pero era una de las muchas
cosas que la molestaban del desastre en que se había convertido su vida desde
que regresara de Jordania.
Ella y Phillip no estaban hechos el uno para el otro, e intentar forzar aquella
relación estaba destrozando a ambos.
-¿De qué?- preguntó él, masticando su arroz. -¿Qué ocurre?
Juliana pensó que después de cuatro meses de ocultarlo, no tenía sentido
andarse con rodeos. Manteniendo la cabeza erguida, se puso en pie y se quitó el
holgado suéter. Y levantó el bajo de la camiseta para que Phillip pudiera ver su
abultado abdomen.
-Estoy embarazada, y no es tuyo.
Phillip se quedó inmóvil. Cuando por fin habló, su tono de voz era bajo y
controlado, pero frío como el hielo. -¿De quién es?
-Sabes de quién. De Cemal.
-¿Tenías pensado decírmelo? ¿O ibas a esperar a los nueve meses? Ni
siquiera dormimos en la misma cama.
-Cemal y yo estuvimos juntos antes de que tú volvieras.
-Tenía derecho a saberlo, ¡maldita sea!- exclamó Phillip, golpeando la mesa
con el puño.
Juliana se sobresaltó y frunció el ceño. -No sabía qué decir, y te lo estoy
diciendo ahora.
-¿Vas a volver con él?- quiso saber, levantándose, y Juliana notó cómo se
tambaleaba.
-Sí. Le voy a llamar mañana. Merece saberlo, y le amo. Ya no me importa lo
que mi familia piense. Estoy harta de ser una desgraciada porque “no está bien”
o “es lo que mis padres quieren”. Quiero hacer lo que me haga feliz.
-¿Y un tipo que monta camellos en mitad de la nada te hace feliz?- preguntó
Phillip, alzando el tono de voz.
-Sé que me ama. Y que nunca me engañaría.
-¿Me lo vas a echar en cara para siempre?- dijo él, moviendo los brazos de
repente y arrojando todo lo que había en la mesa al suelo.
A Juliana le latía el corazón con violencia mientras miraba hacia la puerta de
entrada. Tenía que salir de allí. Dándose la vuelta, echó a correr, pero Phillip era
mucho más alto que ella. Estaba justo detrás. Puso ambas manos en la puerta con
un sonoro golpe.
-No vas a ninguna parte.
Capítulo Trece
-Ha llamado-dijo Cemal durante el desayuno a Yasmeena y su madre.
Se había acostumbrado a sentarse con ambas mujeres por la mañana
temprano. Estar cerca de ellas le ayudaba a aliviar el dolor de su corazón. A ellas
también les importaba Juliana, y habían estado igual de confundidas y heridas
cuando desapareció de sus vidas. Apenas era un consuelo cuando la persona que
realmente amaba estaba a un océano de distancia. Aún así, recordó las palabras
de su madre meses atrás. Si dejaba que Juliana se fuera y ella acababa
regresando, estaban destinados a estar juntos. Y ahora había llamado, maldita
sea. Por Alá, aquello era una señal de que tenía que ir a por ella.
-¿De verdad?- preguntó Yasmeena, con el rostro animado al instante.
-Sí, era su número. No dijo nada, pero eran las tres de la mañana. Sé que me
echa de menos.
Su madre, con el cabello recogido en una elegante trenza, asintió con la
cabeza. -Estoy de acuerdo, no es normal que alguien llame desde el otro lado del
mundo a una hora tan intempestiva.
-¿Es esa tu forma de decirme que ha llegado el momento de ir a verla?
Yasmeena sonrió. -Yo diría que es hora de jugar al Príncipe Azul.
-Yasmeena-advirtió su madre. -¿Puedes ir a echar un vistazo a las mujeres
del harén?
La anciana se levantó y sacudió la cabeza. -Si necesita que deje la estancia
para hablar con su hijo, sólo tiene que decírmelo. Siempre honro los deseos de
mi Jequesa-dijo, haciendo una reverencia. -Te deseo suerte, Cemal. El palacio ha
estado muy vacío sin ella.
En eso estamos de acuerdo, vieja amiga.
-Madre, ¿tienes algo más que decirme antes de que me suba al avión?
Su madre suspiró y se puso en pie, rodeó la mesa y colocó una mano sobre
su mejilla. Él tomó una respiración profunda y el aroma a fresias cosquilleó su
nariz. Era una fragancia que siempre le hacía sentir seguro.
-Espero que no te rompa el corazón, pero si ha llamado, creo que tienes
razón y que te echa de menos tanto como tú a ella.
-¿Es esta tu forma de decirme que tenías razón?
Le guiñó un ojo. -No tengo que decirlo. Ambos sabemos que mi
omnisciencia no necesita palabras.
-Sí, eres todopoderosa. Tú y el Mago de Oz-respondió Cemal, sonriendo. -
Tengo que irme. No tengo intenciones de pasar una noche más sin Juliana.
-Muy bien, pero antes de irte, permíteme que te dé algo para ella, un detalle
de parte de todos, ya que hemos esperado tanto para tenerla de vuelta.
***
Gracias a sus fuentes, no le fue difícil averiguar la dirección de Juliana. Le
sorprendió descubrir que en los cuatro meses desde que se había ido, se había
trasladado a una ciudad a cuarenta y cinco minutos de Palo Alto, donde los
alquileres eran más baratos. ¿Para qué necesitaba un nuevo lugar? Quizás un
piso más grande, pero, ¿significaba aquello que había alguien más en su vida?
La bilis quemó su garganta ante aquel pensamiento.
No, era suya. No le llamaría si no le echara de menos tanto como él a ella.
Se acercó a la puerta principal de su modesta vivienda de alquiler, y tan
pronto como lo hizo, Cemal escuchó un gran estrépito. Alarmado, se deshizo de
las flores y se metió la sorpresa de su madre en el bolsillo de los pantalones. Se
oyó otro fuerte alboroto, y Juliana gritó desde dentro. Con la adrenalina fluyendo
por todo su cuerpo, Cemal volvió a ser el temerario joven del pasado, aquel
chico malo de más de una década atrás. No le fue difícil tirar la puerta abajo.
Unas cuantas patadas bien dadas y se abrió de par en par.
Justo a tiempo para ver a un hombre junto a Juliana, preparado para asestarle
un golpe.
Fue toda la motivación que necesitaba. Cemal salió disparado y se lanzó
sobre el desgraciado que se atrevía a golpear a su amada. Cayeron juntos al suelo
en una maraña de brazos y piernas. Rodando sobre él mismo, Cemal consiguió
incorporarse e inmovilizar al otro hombre por las caderas y piernas con el peso
de su cuerpo. Entonces, levantó el brazo y dejó caer el puño repetidas veces
sobre el rostro de aquel mentecato, que comenzó a escupir sangre. Se escuchó el
gratificante crujir de los huesos de la cara del joven. Unos cuantos golpes más
por si acaso, aunque uno de los ojos de su víctima ya empezaba a inflamarse, y
Cemal se puso en pie. Aquella escoria no iría a ninguna parte por el momento.
Tenía que comprobar que Juliana estaba bien, y después iba a llamar a la policía
y a la ambulancia.
Buscó a Juliana y se quedó boquiabierto cuando la vio echa un ovillo en el
suelo. Tenía la camiseta levantada hasta el pecho y pudo ver la extensión de su
vientre de color marfil, la prominencia que delataba su embarazo.
¿Era suyo?
Loado sea Alá, ¿qué importaba aquello ahora? Lo único que importaba era
asegurarse de poder cuidar de ella - que se recuperara de lo que aquel monstruo
le había intentado hacer. Se consideró afortunado por haberse tomado su llamada
en serio y haber llegado a tiempo. Debía protegerla.
De rodillas, tomó a la mujer que amaba en brazos. -Shh, no pasa nada.
-Te… te lo puedo explicar.
-Shh-repitió él. -Gatita-dijo Cemal, sacando el móvil del bolsillo. -Lo único
que tienes que hacer es ponerte mejor, y los paramédicos van a ayudarte a
hacerlo.
***
Juliana se sentía aliviada y asustada. Aliviada, no sólo porque el ojo morado
que tenía se curaría, también porque su bebé estaba bien. Y porque había dejado
a Phillip y su relación tóxica detrás de ella. Y porque Cemal había vuelto a su
vida. Pero aún sentía el miedo en los huesos. La había visto, y lo avanzado de su
embarazo. ¿Pensaría que el niño era de Phillip?
¿Por qué no iba a hacerlo?
O peor aún, ¿se daría cuenta de que le había ocultado la existencia de su
hijo?
No lo sabía. Era como si sus emociones fueran una montaña rusa dando
infinitas vueltas, y Juliana no sabía dónde estaba de un momento a otro. Lo
único que quería era que Cemal la visitara. La Sra. Grant y unos cuantos
compañeros de trabajo habían ido a verla, pero la persona que más quería ver no
había aparecido aún, y bien podría ser porque le había mentido.
Alguien llamó a la puerta.
Juliana sonrió a pesar de sus miedos. Cemal tenía el mismo aspecto regio de
siempre en su traje de corte y sus relucientes gemelos.
-Hey, demasiado elegante para un hospital.
-Quiero tener buen aspecto. Por ayudarte a ti y al bebé, voy a hacer una
donación para que abran una nueva ala. Estaba firmando el papeleo antes de
venir a verte, y pensé que me vendría bien el look de hombre de negocios.
-Y así es.
-Y vengo con una sorpresa-añadió, desapareciendo detrás de la puerta lo
justo para volver con un gigantesco ramo de rosas. Debía haber dos docenas o
más. -Creo que una de las enfermeras te podrá traer agua.
-No tienes que darme nada-dijo Juliana con la voz quebrada. Cemal se
acercó y se sentó a su lado. -No lo merezco.
Él sacudió la cabeza y dejó las flores sobre la mesilla. Tomó una de sus
manos entre las suyas. Eran tan grandes que ocultaban la de Juliana por
completo. -Mereces ser una reina. Aquel desgraciado no lo sabía.
-Es mi ex prometido.
-Muy pronto estará disfrutando del sistema penitenciario del estado de
California. Puedo hacerle desaparecer para siempre, si quieres, meterlo en una
prisión remota de Jordania. Sería un placer.
-No, deja que California se ocupe de él-dijo ella, aunque la oferta de Phillip
en permanente exilio en mitad del desierto era muy tentadora. -Además, puede
que me odies igual cuando hayamos hablado.
-Te he echado de menos-confesó él, y la sorprendió inclinándose hacia ella y
besándola en la boca, su lengua jugando hábilmente con la suya.
A Juliana se le llenaron los ojos de lágrimas, y no tenía ni idea de por qué
había intentado ser feliz con un cretino como Phillip cuando tenía tan cerca al
hombre que siempre había amado. Ya no importaba lo que su madre quería. Era
su vida, ¡maldita sea!
-Puede que no por mucho tiempo.
-No importa que volvieras con Phillip. No entiendo por qué, pero te amo, y
criaré al bebé como si fuera mío.
-Esto… mis padres me han amenazado con repudiarme si estoy contigo. Yo
sólo quería que me amaran, y he cometido el peor error de mi vida. Me hizo falta
ser miserable para darme cuenta de que son unas personas crueles e
insignificantes, y no quiero tener nada que ver con ellos. Si me repudian por
amarte, no valen nada.
Él le apretó la mano y besó su mejilla.
Dios, cómo había echado de menos aquella dulce fragancia a azafrán.
-No te merecen.
-Pero el bebé… es tuyo, Cemal.
-¿Qué?
-Phillip y yo estábamos intentando arreglar las cosas poco a poco. Dormía en
el cuarto de invitados. Por eso nos mudamos. El único hombre con el que he
estado en meses eres tú.
Sus ojos se desorbitaron, y Juliana se preparó para la airada diatriba de cómo
había sido capaz de negarle a su hijo, lo egoísta y lo débil que era. Cosas que ya
sabía sobre sí misma.
Pero en su lugar, la sorprendió poniéndose de rodillas y sacando una cajita de
terciopelo del pantalón.
-¿En serio?
-Sí.
-¿Tú hijo?
Ella le acarició el hombro. -Nuestro hijo. Huí de ti y después te eché de
menos. Entonces comprendí lo que estaba pasando y me sentí demasiado
atrapada para decírtelo. Lo siento mucho. Me voy a pasar la vida compensándote
por los cuatro meses de náuseas matutinas que te has perdido.
Él la besó de nuevo, acabando la caricia con un mordisco juguetón en el
labio inferior. -Ya no nos vamos a perder nada-continuó Cemal, abriendo la caja.
Juliana se quedó boquiabierta al ver el enorme diamante engastado en una
filigrana de platino. -Es de mi madre. Quiere que lo tengas tú. Tanto ella como
Yasmeena me han dicho que no vuelva sin ti.
-Yo…
-Entonces, ¿qué me contestas? ¿Quieres ser mi esposa, gatita? ¿Me harás el
hombre más feliz del mundo?
-El hombre más feliz del universo-dijo ella, asintiendo y sonriendo mientras
le colocaba el anillo en el dedo. -Te he echado de menos.
Cemal regresó a su silla y le acarició la mejilla. -No tanto como yo, y nunca
más nos vamos a separar. Lo juro.
-Estupendo-dijo ella, con lágrimas cayendo por sus mejillas. -Porque nunca
te voy a dejar ir.
FIN
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Table of Contents
Tabla de Contenido
Un Hijo Secreto para el Amigo de mi Hermano
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capitulo Once
Capítulo Doce
Epílogo
OTRA NOVELA QUE PUEDE DISFRUTAR
La Amante Embarazada del Mal Jeque
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece