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El rasgo fundamental del modelo sistémico es su visión de los problemas y la

actividad humana como interpersonal


Considerar la familia como un sistema supone centrarse en las interacciones
actuales entre sus miembros, en lugar de estudiar a cada uno por separado.
Las acciones de una persona se explican por lo que acaban de hacer otras.
Sus pensamientos y sus emociones parecen estar en función de qué hacen los
que lo rodean.
Así, el paciente es identificado por el sistema como tal, pero el objeto de
estudio e intervención es una familia en la que se dan unas pautas
comunicacionales, en esas “ocurre” que uno de los miembros se comporta de
forma sintomática. El mismo síntoma es visto como una comunicación, un
eslabón más de la cadena interaccional.
La noción de patrón interaccional sugiere que las acciones de un miembro
influyen en la de los demás, y éstas a su vez en el primero formando una pauta
recurrente.
El modelo sistémico emplea la causalidad circular, en la que se tiene en cuenta
como las consecuencias influyen, a su vez, en las causas.
El modelo sistémico se centra en las interacciones actuales de todos los
miembros de la familia (o los sistemas relevantes), en lugar de buscar las
causas pasadas de los síntomas. Éstos se entienden como una comunicación
congruente con la dinámica del sistema, y se insertan en un patrón
interaccional complejo. Son estos patrones los que caracterizan a una familia
como una entidad supraindividual, o sistema.
En 1958, Don Jackson fundó el Mental Research Insititute (MRI) en Palo
Alto, en el mismo edificio, y como parte de la misma organización de
salud mental (Palo Alto Medical Research Foundation) que el Equipo de
Palo Alto.
De hecho, ellos consideran los problemas, o mejor dicho las dificultades, como
parte esencial e inevitable del desarrollo humano. Estas dificultades se van
resolviendo (o aceptando) de forma también natural, con los propios recursos
de la persona que las afronta o con la ayuda de la familia o de otras personas
de su medio o red social. Se encuentra que las soluciones aplicadas por el
propio sujeto o la familia a una de estas dificultades no la resuelve, sino que
más bien el problema se exacerba. En efecto, entienden que la solución
aplicada a la dificultad es la que no permite su resolución por más lógica que
parezca, y por más bien intencionada que sea.
Lo que intentan los terapeutas sistémicos es romper el círculo intentando que
se apliquen soluciones que no sean “más de lo mismo” y no entren en el mismo
circuito de retroalimentación, más que actuando sobre la dificultad misma. Pero
para lograr cambios-2 los terapeutas interaccionales emplean intervenciones
paradójicas que contradicen el sentido común.
Describe tres tipos de intervenciones. La primera es la “re-formulación y el re-
encuadre”, con objeto de cambiar la interpretación de la conducta no deseada,
situándola en una clase lógica diferente (“más que desobediencia, esto se trata
de una manipulación”), o entendiéndola, por ejemplo, como parte de un
proceso evolutivo. Otro tipo de intervención son las “sugerencias” de
conductas alternativas a las disfuncionales sin transmitir un carácter impositivo.
Y por último, las “prescripciones” directas, para ser obedecidas (ejemplo: “con
hijo tan fuerte y agresivo no veo otra opción más que unirse con firmeza Uds.,
sentarse en el mismo banco, para darle un claro mensaje de que no tolerarán
más amenazas de su parte”); y las prescripciones paradojales, para provocar
su no cumplimiento, poniendo énfasis en las desventajas del cambio y
explicando por qué no conviene, pero al mismo tiempo y en otro nivel dando
una explicación sobre las ventajas del cambio.