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Martin Heidegger, en el círculo.

http://filosofianews.blogspot.com/2012/01/la-coartada-de-heidegger.html

Martin Heidegger y “el ser” el macho alfa


Por Iván Rodrigo García Palacios

Martin Heidegger (1889-1976) siempre quiso ser ser el macho alfa, no solo de las atractivas
hembras a su alrededor, sino y lo más visceral, entre los filósofos y, aunque al fin lo logró en
ambos campos, por su cobardía fue más bien un logro triste y desgraciado en el que prevaleció
la miseria del corazón humano. “Genio y figura ...”.
Resulta que cuando Heiddeger quiso “ser alguien” en el ámbito de la filosofía como
catedrático de la Universidad de Friburgo, su primer trabajo como docente, parecía que en la
filosofía alemana y universal ya todo estaba dicho y hecho, así como que también todos los
puestos importantes ya estaban ocupados. Los maestros de la antigüedad casi agotados. Los
maestros alemanes, ya superados. Así que el único lugar novedoso e importante de lo que
estaba sucediendo en filosofía también estaba ocupado por Emund Husserl (1859-1938) con
su fenomenología. Por lo que Heidegger se tragó ese zapo y con la falsa humildad que siempre
lo caracterizó, se aguantó a Husserl, un judío, como su maestro y como la autoridad
académica de la que dependía su futuro, por supuesto, no sin evidentes y hasta violentas
repulsas. Igual y con el mismo rencor, soportó a otros maestros judíos como Jaspers y a los
condiscípulos judíos y, luego, a sus alumnos judíos (Karl Löwith, Fritz Kaufmann, Werner
Brock, Helene Weiß). Y, por supuesto, a las jóvenes discípulas judías a las que sedujo. Sus
deseos afrodisíacos no eran para nada eugenésicos.
Tanto con las mujeres como con los filósofos y con otras personas, de ambos sexos,
Heidegger fue un predador. Usó y descartó a sus jóvenes alumnas y a otras mujeres a las que
sedujo para su placer y provecho. Igual hizo con los filósofos, tanto los antecesores a los que
consideró, pero no como el aprendiz que con la humildad del sabio se reconoce sobre
hombros de gigantes. Lo mismo hizo con sus maestros y con los colegas de su tiempo, a los
que derrumba como a ídolos vencidos para elevar sobre esos escombros su propia
inmortalidad de bronce o mármol.
Heidegger era poseído por dos fuerzas. Las de Eros, ese estro amoroso que impulsa a la
generación en el espíritu, y por las de Afrodita, ese impulso biológico de poseer y fecundar en
los cuerpos. Pero también, era poseído por las fuerzas destructivas que tanto Eros como
Afrodita encarnan en la naturaleza: las veleidades de la adulación y el apetito de poder
absoluto.
Si bien es posible que Heidegger no destruyera las vidas de las jóvenes a las que sedujo, si
las afectó profundamente, para bien o para mal. La seducción más documentada, junto con las
consecuencias de la misma, es la de Hannah Arentd, la que, a pesar del desprecio que
Heidegger sentía por su obra, o precisamente por ello, ella creó y desarrolló una de las más
importantes filosofía del siglo XX.
Sin embargo, no se puede decir lo mismo de los filósofos a los que destruyó, no tanto en su
persona como en su obra, aun cuando no estuvo lejano de destruir las vidas de algunos judíos
a causa de su antisemitismo, tal el caso particular la de su maestro Husserl que, además de ser
judío, era, junto con su obra, aquello a lo que tenía que superar y destruir para así poder
levantar su propio pedestal. Si en la sabiduría popular esta bien que el discípulo supere a su
maestro, está mal que este lo haga de malas maneras.
Esto dijo Heidegger de su maestro:
“Husserl nunca fue filósofo, ni un segundo de su vida” y “cada vez es más ridículo”
(Carta del 20 de febrero a K. Löwith en T. Kisiel y T. Sheehan (2015). […] “quizás el
viejo advierta en verdad que le estoy retorciendo el cuello, y entonces se acaba la
expectativa de la sucesión” (Carta del 8 de mayo de 1923 a K. Löwith en T. Kisiel y T.
Sheehan (2015).
De todas maneras Husserl recomendó, aprobó y logró que Heidegger fuera nombrado como
su sucesor en la cátedra de la Universidad de Friburgo, a pesar de lo que luego sucedió y que
ya es una triste historia … que todavía levanta ampollas.
Es cierto también que, si bien no se sabe de que hubiera enviado a ningún judío a los
campos de concentración o a la cámara de gas, si se sabe que negó su ayuda a aquellos judíos
que creyeron ser sus amigos y a sus colegas judíos. Claro que el desquite llegó después de la
derrota de los nazis cuando Heidegger pidió la ayuda de aquellos a los que se las había negado
y alguno de ellos se la dieron, tal el caso de Karl Jaspers y Hannah Arentd. Ella fue criticada
por haber promovido “el perdón y olvido” y así como la reincorporación de Heidegger a la
cátedra en reconocimiento de la importancia de su obra. La historia no ha sentenciado todavía
ese suceso.

Una revisión y re-consideración

Por allá en 2009 estaba investigando el enamoramiento de Nietzsche por Lou Andreas
Salome y se me ocurrió que lo mismo les había sucedido a otros filósofos y fue así como me
interesé en el enamoramiento de Heidegger por Hannah Arentd, igualmente celebre en la
historia de la filosofía.
Pues bien, en ese entonces el amigo, filósofo y músico, Víctor León Jaramillo era profesor
en la Universidad Luis Amigó y era el organizador de un congreso internacional de filosofía
cuyo tema era algo así como “Del amor, el cuerpo y el deseo en la posmodernidad” y le pareció
que yo podría decir algo sobre el asunto de los filósofos enamorados ya que lo habíamos
conversado en las tertulias que hacíamos en mi casa. Y acepté.
En esa época también andaba entusiasmado estudiando la erótica platónica, esa que Platón
propuso en Fedro, Banquete y República, razón por la cual le daba más importancia a la
acción de Eros sobre los espíritus que al poder de Afrodita sobre los cuerpos, algo que el
mismo Platón distinguía de manera clara y tajante, pero en lo que todavía yo no estaba
interesado.
Fue por eso que las consecuencias de los enamoramientos de los filósofos que propuse en
mi ponencia, fueron más eróticas que afrodisíacas o, mejor dicho, estas últimas no hacían
parte de mi exposición porque yo mismo no establecía las diferencias en las causas y en los
efectos de lo que son Eros y Afrodita tanto en la erótica platónica como en la misma evolución
natural y cultural de los humanos, esos estados fisiológicos y anímicos a los que
metaforizamos con ese par de motivos mitológicos griegos y sobre los que han corrido ríos de
tinta.
Así que ahora, diez años después, vuelvo al asunto. Y es que, recientemente se encendió otra
vez la intensa polémica sobre “el ser nazi” de y en la obra filosófica de Heidegger. Polémica en
la que, además del asunto nazi, se desnudó el lado oscuro de Heidegger como predador sexual
de jóvenes atractivas, en especial, entre sus alumnas, algo de lo que Heidegger se justificaba
como lo justificó ante su esposa Elfride (Carta del 14 de febrero de 1950), porque, según él, le
eran necesarios esos ardores afrodisíacos para poder encender el Eros que lo impulsaba a
generar y escribir sus obras filosóficas.
Lo cierto es que ahora, y para empezar a reivindicarme, voy a proponer la diferencia que
para mi tienen ambos asuntos: El sexo es un imperativo biológico - Afrodita/Venus. El deseo
es un sentimiento – Eros. Es por ello que cualquier consideración que se haga sobre las
motivaciones de los humanos para realizar sus obras y vidas y a partir de estas diferencias, va
a demandar el que se esclarezca el punto y hora en el que un instinto provoca un deseo y el
punto y hora en el que ese deseo se trasforma en el Eros del espíritu tal y como Diotima le
enseñó a Sócrates. Mejor dicho, de vuelta a la polémica sobre ¿qué es el deseo? Y de allí en
adelante, demostrar cómo y por qué el pensamiento se origina en el sentir.
Pero si a ese Eros platónico había atribuido en mi ponencia la importancia del
enamoramiento de Heidegger por Hannah Arentd. También y si bien Heidegger parecía
requerir de esa doble motivación, Eros y Afrodita, para generar su pensamiento, ello no lo
justifica y con toda seguridad lo hubiera pasado muy mal en esta época del “me too”.
Claro que, y a pesar de la lascivia y lujuriosas debilidades de Heidegger ante las atracciones
del poder y del sexo, hay que reconocer que su hermenéutica determinó la filosofía del siglo
XX. Pero, aun así, tampoco lo uno justifica lo otro. Un acto criminal es un delito por donde
quiera que se le mire.