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De cómo nadie sabe qué depara el futuro

Cuando Calzón despertó estaba en medio de agua embravecida. De todos lados


brotaba espuma y no podía ver nada. Su tela chocaba con la de otras prendas y el
líquido, a cada vuelta dada, se oscurecía. “Qué locuraaa, hermaaanooo” gritó un
calcetín multicolor cuando el remolino se detuvo. La gran torre que hacia girar el
tambo cesó. Se escuchaban gritos de playeras bebés y risotadas de pantalones
jóvenes. Los más viejos se reponían del espanto. La lavadora comenzó a tirar el
agua para iniciar el proceso de centrifugado. La gran torre empezó a girar, primero
lento, tranquila, y unos jóvenes shorts contaron: tres, dos, uno… La velocidad
aumentó y todas las prendas, apretadas, comenzaron a sentir un aire que
arrancaba el agua de sus fibras y un mareo insoportable y un vértigo terrible que
les regalaba la adrenalina de sentirse hasta el límite, en el borde de la vida, como
en los juegos mecánicos de las ferias.

Alguien abrió la lavadora. Todas las prendas sobrevivieron de nuevo al lavado. Sin
embargo, alguien metió un pedazo de papel higiénico que se deshizo, llenando de
pelusa a todos. Los calcetines bebé reían y los mayores refunfuñaban. Calzón
sólo pensaba en su plan. Cuando los estaban tendiendo, en una cuerda de
plástico y con pinzas, a la luz de un sol abrasador, Calzón supo que ese era el día.
Ya lo había hablado con Calandrio la vez que se quedó tirado y sucio, cuando su
dueño Moisés dejó la ventana abierta. “Hueles a rayos, amigo”, dijo, Calandrio.
“Ayúdame a salir de aquí”. Y el pájaro aceptó a cambio de que le dijera en dónde
guardaban los panes.

Entonces todo estaba planeado: 1) Calandrio, acompañado de otras aves,


picotean la cabeza de Moisés –que ya casi no tiene pelo 2) Uno de ellos,
aprovechando el alboroto, toma con su pico a Calzón 3) Huyen juntos mientras los
pájaros avientan guano desde los aires en señal de victoria 4) Calzón vuela con
ayuda de los pájaros 5) Lo acompañan a la playa, a conocer el agua real. 6) Todos
son felices.

Si tan solo el plan hubiera salido al pie de la letra… pero nadie contempló las
posibilidades. Sucedió que Moisés, al ver su rala pelusa en la cabeza amenazada,
usó los ganchos como armas; entonces, Periciento fue golpeado mientras jalaba a
Calzón, quien cayó al suelo. Calandrio lo levantó y en medio de las maldiciones de
Moisés, emprendieron la huida. Debido al nerviosismo generalizado, Calandrio
soltó a Calzón cuando un helicóptero se acercaba. Entonces, sucedió lo que
nunca antes había presenciado Yosa, desde una calle aledaña a su escuela: un
pedazo de tela cayendo desde el cielo como si de un regalo divino se tratara,
como una mantarraya que en el mar se abre paso, surcando los aires, en caída
libre hacia quién sabe dónde. Nadie regresó por él. La niña corrió, y corrió hacia el
lugar de su caída, mientras la tarde se alzaba en el horizonte.

Cuando Calzón volvió en sí después de la traumática experiencia, sentía que sus


pliegues, sus costuras, eran distintas. No podía explicarse cómo. Aunque estaba
oscuro el lugar, podía distinguir que se encontraba dentro de un cajón de madera
junto con otros objetos. Pulseras, cuentas, trapos de origen desconocido, aretes
sin su par, moños, calcetines sueltos, pequeños juguetes sin alguna pieza,
pedazos de madera, palitos. Las señales parecían indicar que se trataba de una
colección, una muy extraña. ¿Qué valor podrían tener todas aquellas cosas
sueltas?

La tarde era tranquila. A la orilla del mar las olas remataban su espuma contra la
arena. Una espuma real, no como la provocada por el jabón en la lavadora. Yosa
tomó el mediano barco de madera que le costó meses elaborar con ayuda de su
hermana, quien era carpintera. Estaba adornado con un sinfín de objetos
recogidos en la calle. Colocó el barco en una porción de aguas tranquilas. Todos
en él, las cuentas, los listones, los pedazos de aretes, los moños que servían de
adorno y los juguetes que eran tripulantes, se mecían en las aguas, las aguas
primigenias, existentes desde que el mundo era una bola acuática, en espera del
surgimiento de la tierra. Y Calzón, quien recibía entre sus fibras de tela al viento,
con su color rojo y bolitas amarillas, guiaba a toda la tripulación porque había
dejado de ser un calzón para convertirse en la vela de una embarcación lista para
navegar hacia el horizonte.
Cabe decir, que Moisés cambió de lugar el pan y Calandrio nunca pudo
encontrarlo.