Sunteți pe pagina 1din 3

BREVE HISTORIA DE UN NOMBRE

“La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder. Es un campo de energía creando por todas
las cosas vivientes. Nos rodea, nos penetra, y mantiene unida a la galaxia” Obi-Wan
Kenobi

El acompañamiento de A llevaba más o menos 3 años de evidentes buenos resultados


terapéuticos. Ana, su acompañante de los jueves y algunos domingos, recién se iniciaba en la
práctica de at; ejerció como psicóloga en El Salvador, al no tener homologada su matrícula en
Argentina, se vio obligada a trabajar en esta práctica, poco legislada. Rápidamente logró
generar un vínculo operativo con la paciente y a interesarse por el acompañamiento en
general. En una oportunidad me convoca como coordinador del caso para hacer una consulta:
¿si la paciente le contaba algo que no quería que el resto del equipo supiera, lo debería
contar?
Fue tan fundamental la pregunta que no concibo al equipo previo a su formulación.
Voy a ensayar algunas respuestas para contarles cómo pensamos el acompañamiento
terapéutico dentro de Tyche.

El equipo que conformomamos empezó a funcionar, al igual que la práctica del AT


misma, a partir de la demanda puntual de la institución psicoterapéutica Témpora, para la
externación o salidas de sus pacientes internados. En esos tiempos, ninguno de nosotros, los
actuales coordinadores, nos conocíamos, ni conocíamos el acompañamiento terapéutico, me
arriesgo a decir.

Cuando comenzamos a conocer la institución y a solicitar el dispositivo para los


pacientes que tratamos, la forma de trabajo era muy distinta a la que nosotros habíamos
practicado. La mayoría veníamos de formarnos en Agora, un equipo de acompañamiento. La
perspectiva es muy distinta cuando se es parte de una institución que demanda el servicio, lo
cobra a la obra social o de forma privada, y luego paga a quien coordina el equipo de ats, en
definitiva, el at cobraba tarde y poco. El trabajo clínico también dependía de la institución, así
como la formación de los acompañantes. El resultado era una circulación enorme de
acompañantes que duraban muy poco tiempo con un mismo paciente, era imposible armar un
equipo de trabajo y, sobretodo, reproducía de forma sintomática de la lógica institucional.

Fueron ciertas contingencias, y no una decisión deliberada, las que produjeron los
encuentros para comenzar a apropiarnos del equipo de acompañamiento terapéutico de
tempora y pensemos cómo nos gustaría trabajar. Me refiero a hechos fortuitos: encuentros en
medios de transporte, compartir el tratamiento de algún paciente o una charla informal; de
todas formas, estos hechos descansaban en el mutuo interés por la práctica.

Entonces, acordamos que el primer nuevo nombre del equipo debería incluir la
palabra “dispositivo”, estratégicamente también íbamos a tomar el significante instalado entre
pacientes y profesionales “AT”, por un tiempo fuimos “Dispositivo AT”. Nunca nos pudimos
presentar así, nos sonaba feo, pero representaba nuestras ganas de implementar a este viejo
equipo una política de trabajo propia. Empezamos a rechazar acompañamientos en los que el
at cobre poco y con atraso desmedido, programamos reuniones de equipo con frecuencia fija y
no por cuando un caso lo requería (las reuniones se sostendrían aunque no haya casi ningún
acompañante ), estas reuniones no eran supervisiones, como algunos acompañantes las
venían nombrando por su experiencia en otros lados; pero más que nada construimos y
trasmitimos la figura del coordinador.
Éste debía ser el encargado de que el acompañante sólo deba cumplir su horario, que
no tenga ninguna tarea entre acompañamientos, que su función se restrinja al encuentro con
el paciente, por eso el coordinador cargaría con todas las demandas entre los encuentros y la
de los distintos actores de un tratamiento. El coordinador debía funcionar como un intérprete
de esas demandas, nunca podría cargarlas el acompañante directamente. Pero también
debíamos promover ser demandados, porque el coordinardor podría existir pero sin ejercer
esa función de aglutinar y discrimar demandas, actores, papeleos administrativos, historias
clínicas, indicar direcciones, lugares, reuniónes y a los acompañantes mismos de cada caso.

Retomando en caso de A, la intervención que su at pudiera hacer con eso que no


debería saber el resto, de todas maneras repercutiría en el tratamiento, la ubicaría en cierto
lugar de complicidad o no respecto de la paciente y al resto de equipo en consecuencia a ello.
Es decir, nosotros pensamos al acompañamiento terapéutico como un dispositivo a la manera
en que lo presentó Michel Foucault en su célebre conferencia:

“(…) un conjunto resueltamente heterogéneo que incluye discursos, instituciones,


instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas,
enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas, brevemente, lo dicho y
también lo no-dicho, éstos son los elementos del dispositivo. El dispositivo mismo es la red que
se establece entre estos elementos."

por su innegable vínculo con toda esa variedad de elementos y porque la acompañante, en
nuestro caso, al convocar a la coordinación nos permite darle un uso al dispositivo, no
simplemente ser parte de esa red, podemos calcular medianamente la intervención, y
transformar ese dato secreto, esa mera información, en un dato clínico, en términos prácticos,
concretamente trabajamos ese dato en una reunión, pensamos una intervención conjunta
para implementar. El acompañante no está solo en su experiencia, desde nuestra perspectiva,
sino que en el momento de trabajar el caso en las reuniones (o comunicaciones por medio de
grupos de WhatsApp, por ejemplo), pone a pensar al equipo entero.

Giorgio Agamben, trabaja ese concepto retomando a Foucault y propone una


definición de sujeto que a nosotros nos es útil para pensar el AT. Hablando sobre los
dispositivos de las nuevas tecnologías dice: “tenemos así dos grandes clases, los seres vivientes
o sustancias y los dispositivos. Y, entre los dos, como un tercero, los sujetos. Llamo sujeto a lo
que resulta de la relación o, por así decir, del cuerpo a cuerpo entre los vivientes y los
aparatos.” Pensar la práctica y al AT como un dispositivo nos permite promover la subjetividad
que, ya sabemos, no se da sin el lazo con otro.

Así, nos dimos cuenta de la importancia que representan para nosotros, nuestra
historia y la práctica que hacemos, los encuentros. Por un lado, en el sentido que Agamben nos
hizo pensar los sujetos, y por otro, no creo que nos alejemos tanto, de la forma en que Lacan
recupera el término aristotélico de tyché. Lo define como el encuentro -accidental, mejor
fortuito- con lo real, que se ubica más allá del automatón, término que se articula y representa
la homeostasis. Lacan llama a ese tipo de homeostasis, de tendencia a lo mismo, como
subjetivante, porque para que se produzca ese encuentro: que el dispositivo toque lo real del
cuerpo viviente, hace falta que algo permanezca igual.

Tyché nos nombra no por evocar a esa diosa de la fortuna y el azar, sino porque
nuestra responsabilidad dentro del equipo es provocarla, con la polisemia que el término
sugiere, por medio del sostenimiento regular del dispositivo, por sostener desiciones y
políticas de trabajo, porque aspiramos a una forma colectiva de trabajo.
Para concluir, alguno de nuestros principios, que si no nos gustan, tendremos otros:

- Nos gusta trabajar con gente que nos gusta trabajar


- No estamos de acuerdo, pero tenemos en cuenta y aclaramos la flexibilidad laboral a
la que sometemos a los acompañantes, y a nosotros como coordinadores del equipo.
- Nos resulta indivisible la práctica y la formación, forzando a dividirnos, a cada uno en
el famoso “al menos dos” que Lacan utiliza para diferenciar al analista que atraviesa la
experiencia y luego, en un segundo tiempo, la piensa y formaliza.

Estos principios/prejuicios tienen su costo:


- Ser un equipo chico
- Pensar a la práctica como no exclusiva: no pedimos exclusividad en el equipo a
nuestros acompañantes, no pretendemos vivir de un paciente y acompañantes tienen
que estar en varios casos, quienes vivimos de nuestro trabajo, tampoco lo hacemos
solo del acompañamiento.
- Una relativa rigurosidad en el momento de admitir un caso, aunque nos sigue siendo
imposible enloquecer un poco en el momento del armado o ante alguna urgencia.