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Ediciones Le Monde diplomatique “el Dipló”

Capital intelectual
Serie La media distancia

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Serie La media distancia | 2

¿Qué quiere la clase media?

Hernán Vanoli
Pablo Semán
Javier Trímboli

Prólogo
Hinde Pomeraniec

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© de la presente edición, Capital Intelectual S. A., 2016

Capital Intelectual S. A. edita, también, el periódico mensual


Le Monde diplomatique, edición Cono Sur
Director: José Natanson

Coordinadores de la Colección Le Monde diplomatique:


Carlos Alfieri y Creusa Muñoz
Director de la Serie La media distancia: Martín Rodríguez
Diseño de tapa: Cristina Melo
Diagramación de interior: Carlos Torres
Corrección: Alfredo Cortés

Paraguay 1535 (C1061ABC), Ciudad de Buenos Aires, Argentina


Teléfono: (54-11) 4872-1300
www.editorialcapin.com.ar

Suscripciones: secretaria@eldiplo.org
Pedidos en Argentina: pedidos@capin.com.ar
Pedidos desde el exterior: exterior@capin.com.ar

Edición: 2.500 ejemplares


ISBN 978-987-614-530-5

Hecho el depósito que ordena la Ley 11.723


Libro de edición argentina. Impreso en Argentina
Printed in Argentina.

Todos los derechos reservados.


Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento sin el permiso escrito de la editorial.

¿Qué quiere la clase media? / Hernán Vanoli ... [et al.].


1a ed., Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Capital intelectual, 2016.
120 p.; 22 x 15 cm
(La media distancia; 2)
ISBN 978-987-614-530-5
1. Política. 2. Sociedad. I. Vanoli, Hernán
CDD 305.55

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Índice

Presentación:
La indomable
José Natanson y Martín Rodríguez 9

Prólogo:
¿Seguirá existiendo la clase media?
Hinde Pomeraniec 17

La clase media ha muerto, que viva la clase media


Cine y representaciones del antagonismo en la
Argentina kirchnerista
Hernán Vanoli 25

Las clases medias y la imposibilidad de parar de sufrir


Pablo Semán 65

Casi reina
Javier Trímboli 89

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Presentación
José Natanson y Martín Rodríguez

La indomable

“¿Ustedes saben qué quieren?”


Charly García al público, diciembre de 1983, Luna Park

En Argentina se tejen una gran cantidad de mitos y eslóganes a


modo de verdades inmutables que pretenden definir un carácter
esencial. Son frases, muletillas o lugares comunes, muchos de
ellos contradictorios entre sí, que refieren a nuestro origen como
nación, a las supuestas raíces “étnicas” del pueblo argentino o a
un rasgo de clase definitivo. Algunos se remontan al “mito origi-
nario” y otros expresan miedos latentes o inmediatos que nos me-
rodean. Postulan por ejemplo que “Argentina es un país blanco” o
“un crisol de razas”, una Argentina más “hija de los barcos” que
de la población nativa. Y hay otro, que muchas veces se enuncia
por la negativa, es decir, se dice anunciando su ocaso, pero que
en el fondo derrocha optimismo. Dice: “Argentina es un país de
clase media”.
Una investigación de la consultora W y TrialPanel publicada
en el diario La Nación (1) confirma que, aunque medida por in-

1 Diario La Nación, 26-4-2015.

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gresos pertenecen a la clase media el 50 por ciento de los argenti-
nos, la autopercepción es diferente: el 80 por ciento se autodefine
de clase media. Casi podríamos decir: clase media somos todos.
Pese a ello, era común escuchar que “Menem destruyó a la
clase media” o que “La crisis del 2001 mató a la clase media”. De
hecho, el gobierno posapocalíptico de Eduardo Duhalde pareció
transitar sobre el desierto de esa clase que había creído demasiado
en las promesas de la modernidad y que, una vez que estalló la
crisis, redujo sus esperanzas a la figura de un sujeto final y que-
brado (“el ahorrista”) que sólo balbuceaba en la puerta herméti-
ca de algún banco que le devuelvan “sus dólares”. Porque, como
aseguró Duhalde al asumir en enero de 2002 en la que sería la
frase más fallida de su larga historia política, “El que depositó dó-
lares recibirá dólares”. Duhalde, sospechado de narcotraficante,
puntero bonaerense, con sus manzaneras y sus malditas policías,
resultó el único garante final tras la crisis, tal vez a costa de reunir
en esos estigmas sus “méritos”: los de ser un político sin futuro.
¿Por qué esa clase media era la peor pesadilla de todos los
políticos en los tiempos de la crisis, peor incluso que los saqueos
o los reclamos de las organizaciones de desocupados, incluso que
el sindicalismo peronista sobreviviente tras el derrumbe neolibe-
ral? Porque la inercia de la democracia y la economía de mercado
a las que con sus más y sus menos adherimos desde 1983 dibuja
en su horizonte ese sujeto ideal: el ciudadano de clase media. Si
el socialismo nos proletariza o el neoliberalismo nos lumpeniza,
la democracia nos hace de clase media.
Contenida con la evangelización laica de Alfonsín hasta que
el Plan Austral comenzó a emitir billetes como para empapelar
las torres de Caballito, seducida por el uno a uno de Menem que
paró la sangría inflacionaria y puso la economía (desindustria-
lizada) en marcha hasta el Tequila y la consecuente recesión, li-
berada por la promesa de transparencia de De la Rúa-Álvarez
hasta que el vicepresidente renunció denunciando coimas y la

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economía tocó fondo como nunca, caída en los brazos de Duhal-
de hasta que su promesa de orden se manchó de sangre, la clase
media revivió su vértigo de consumo y república social de la
mano de Kirchner, hasta que el pase de las tasas chinas a “mover
la copa” para que derrame produjo un nuevo quiebre. ¿Y qué
encontró en Kirchner la clase media? Un obsesivo de sus pulsos:
subsidios al consumo, dólar barato, derechos humanos, turismo.
¿Y hoy? Hoy diríamos que la clase media produce con Macri
un salto sacrificial después del ciclo kirchnerista aceptando un
clásico argumento del liberalismo argentino: vamos a estar muy
mal para en el futuro estar muy bien.
A tres décadas del fin de la dictadura, la narrativa democráti-
ca podría vertebrarse así: qué es cada gobierno según qué quiere
la clase media.

Nacimiento –y renacimiento– de la clase media

En 1983 se fundó el orden democrático con una novedad absolu-


ta: la derrota en las urnas del peronismo. Eso ocurrió, por un lado,
porque no entendió que la dictadura había quebrado la propia es-
tructura productiva que le daba sustento objetivo al peronismo (la
Argentina industrializada y la homogeneidad de la clase obrera).
Y, por otro, como resultado de la eficacia profunda del discurso
de Alfonsín, quien tramó un corte de época amortiguando toda
realidad en su dialéctica de “democracia versus autoritarismo”.
El peronismo enfrentó en el discurso radical de esos días una
interpelación aguda. Había dicho Alfonsín: “No me votan los
obreros pero sí sus esposas”. La feminización del voto que perci-
bía el caudillo democrático a su favor distinguía quizás un pasaje
en el interior del “pueblo peronista”: del voto de clase al voto
ciudadano. Del voto salarial y afectivo (“la víscera más sensible
es el bolsillo” decía Perón) al voto del miedo y la esperanza, que

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condensaba expectativas incluso anteriores a las de una más justa
distribución de la riqueza: las de una más justa distribución de la
vida. Alfonsín era todo lo civil. Su triunfo, independientemente
de la suerte de su gobierno, ubicó a las clases medias como mo-
tor, como color, como impronta, de un voto masivo y mayoritario.
Nacía una “mayoría blanca”.
Tras la derrota, el peronismo ofreció dos caras: la del dirigen-
te sindical Saúl Ubaldini (respetado por su coraje resistente a la
dictadura) y la de Antonio Cafiero (un veterano justicialista que
comprendía el catálogo de innovaciones que implicó la “novedad
alfonsinista”). Si Ubaldini era el luchador que quería llevar en su
lomo a la clase obrera al paraíso, Cafiero era el político renovador
y moderno que se construyó en espejo con el liderazgo radical.
Ganó Cafiero esa interna cultural peronista pero luego perdió la
interna partidaria con ese todo terreno llamado Carlos Saúl Me-
nem, que en 1989 sintetizó todos los peronismos: el tradicional,
el periférico, el popular, el partidario y el modernizador.
En 1989 Argentina enfrentaba la rebelión conjunta de los em-
presarios, los militares, los sindicatos y la hiperinflación. El solo
dominio de la moneda (el uno a uno, esa suerte de “imaginación
al poder” que encarnó Domingo Cavallo) terminó consolidando
la estabilidad política bajo una forma de estabilidad económica
que incubó la peor crisis. Se sabe cómo terminó la historia, pero
los 90 son paradójicos porque permitieron tanto la consumación
del cambio de matriz económica iniciado en 1976 como la solidi-
ficación del sistema democrático, al punto de que la democracia
fue capaz de articular la salida de la crisis.
Aquella crisis había ampliado de un modo brutal lo priva-
do que se hacía público, y esto habilitó formas de politización
que en Argentina (o, más precisamente, en Buenos Aires) resul-
taban toda una novedad. De modo que si la democracia nació en
1983 como parte de un montaje republicano, como una escena
de multitudes que se abrazaban al Preámbulo de la Constitución

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después del naufragio de la dictadura criminal, en 2001 sucedió
el segundo capítulo, el del renacimiento, pero con una plaza sal-
vaje… ¡reprimida brutalmente por un gobierno radical! De las
boinas blancas, las juventudes partidarias, los obreros formales
representados y los organismos de derechos humanos al ahorrista
furioso o el motoquero solidario en la 9 de Julio levantando heri-
dos: con sus más y sus menos, con sus “media-baja”, sus precari-
zados o sus vecinos recoletos, con sus cacerolas de lata o teflón,
la indomable clase media nuevamente dominaba la escena. De la
emoción del inicio de un gobierno radical a sacarse un gobierno
radical de encima: la transición democrática en dos tiempos.

La crisis causó dos nuevas identidades:


kirchnerismo y macrismo

Las dos identidades políticas nacidas tras la crisis del 2001, el


kirchnerismo y el macrismo, operan como una suerte de actuali-
zación doctrinaria de viejas tensiones históricas (república versus
populismo). Pero no son sólo productos de época sino de clase,
de la misma clase: ambos se originaron en la clase media.
Con sus derechos humanos, su retórica de izquierda social,
su desconfianza antipolítica inicial hacia el Partido Justicialista,
su glosario alfonsinista, el kirchnerismo asumió una narrativa de
clase media. De hecho la biografía de Cristina (universitaria, hija
de un colectivero, criada en la periferia de La Plata) puede pre-
sentarse como una expresión de la movilidad social ascendente.
Por supuesto que el kirchnerismo no agotó ahí luego de doce
años de gobierno el espectro de su representación (el alfonsinis-
mo sí fue una representación más estricta de un sector de la clase
media); de hecho su base electoral tiene en los territorios más
humildes del Gran Buenos Aires su mayor fortaleza. Pero la raíz
militante del kirchnerismo, que es la que organiza su relato, nos

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recuerda la trayectoria de la clase media en el peronismo: aque-
llos que reniegan de su pertenencia a esa clase para integrarse
a una experiencia que siempre suponen más real, más pura, la
experiencia del pueblo peronista. Es el viejo discurso de la iz-
quierda peronista: peronistas de clase media que odian a la clase
media, gorilas al revés. Consorcios calientes de Caballito o Pa-
lermo: vecinos progresistas contra vecinos reaccionarios que se
gritan como panelistas de televisión. No se escucha hablar mal de
la clase media en el Barrio Fátima de Villa Soldati.
El impulso inicial del kirchnerismo tuvo su apogeo en la rup-
tura del 2008, cuando el conflicto con el campo incorporó a la
política democrática como nunca antes desde 1983 las tensiones
corporativas y los discursos de clase. El 15 de julio de 2008, en el
acto organizado en la Plaza de los Dos Congresos como respuesta
a la masiva manifestación que unos días antes habían concretado
las organizaciones rurales, Kirchner dijo: “Nuestra clase media,
que fue instrumentada muchas veces, nunca va a encontrar la so-
lidaridad de la oligarquía argentina. Sí va a encontrar la solida-
ridad de los trabajadores, de los intelectuales, de los estudiantes,
de toda la patria entera. Por eso la clase media argentina se en-
cuentra acá…”
Kirchner creía en la suma de las partes, en una sociedad que
se hacía sumando corporaciones (sindicatos, UIA, universidades,
prensa, etc.). Por eso, cuando lo que más lo azotaba no era el
lockout patronal sino el cacerolazo urbano, Kirchner apuntó a
Clarín (mientras el Grupo calibraba el fin de esa alianza). Los
productores agropecuarios tienen a la Sociedad Rural o la Fe-
deración Agraria, los trabajadores organizados a la CGT, los ve-
cinos inseguros a Blumberg, las izquierdas radicalizadas a sus
partidos. “¿Y la clase media?”, se preguntaba Kirchner. Redu-
cido el Partido Radical a su existencia corporativa, la intuición
de Kirchner fue que Clarín era la Bastilla de esa clase, la fuerza
que la organizaba. La lectura sobre la “historia de Clarín” (Papel

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Prensa, sus alianzas y enemistades con los sucesivos gobiernos,
su lobby, etc.) se iría complementando y extendiendo por sobre
una primera preocupación: ¿qué representaba el Grupo Clarín?
En las cuentas de Kirchner: a millones de sus votantes. Quienes,
al menos, consumían sus productos. Por eso lo que finalmente
promovió no fue tanto una tensión de clase al estilo del peronis-
mo histórico (entre ricos y pobres) sino al interior de esa misma
clase. El kirchnerismo como lucha de clases (medias).
Dos mandatos después, en su versión desgastada y final, el
kirchnerismo propuso un candidato al que veía capaz de garan-
tizar el apoyo de los trabajadores y sumarle la moderación que,
salvo en sus días de furia, es una de las marcas de la clase media.
Pero la propuesta catch all de Daniel Scioli no funcionó pese a la
garra que le puso a una campaña imposible y el poder terminó,
por voluntad popular, recayendo en un grupo liderado por el he-
redero de una de las grandes fortunas del país que supo ganarse,
como ningún político desde los lejanos tiempos de Alfonsín, el
apoyo de las clases medias.
Nacido de la misma crisis que el kirchnerismo, el PRO imitó
en su trayectoria in crescendo el ideal de progreso social que es
la única utopía inconmovible de la clase media argentina. Como
los inmigrantes, el PRO fue de menos a más, comenzó como un
partido distrital formado a partir de retazos de fuerzas tradicio-
nales y a partir de ahí se fue expandiendo en votos y territorios.
El PRO comenzó perdiendo con un arquetipo de la clase media
(Aníbal Ibarra, abogado, ex PC, casa en Villa Urquiza) y terminó
asegurando un sólido consenso entre los vecinos, su virtuoso su-
jeto de interpelación.
Dotado de una ostensible homogeneidad social, profesional y
fonética, el PRO asume su condición de partido de clase media
con menos contradicciones y angustias que el kirchnerismo. Se
propone como una fuerza integrada por los ganadores de la clase
media que dieron el salto en la estructura de ingresos y hoy son

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“clase media alta” o directamente ricos, y que se ofrecen como
la garantía de que todos pueden llegar. Aunque no sea cierto,
aunque bajo las actuales condiciones del capitalismo global un
país periférico no puede incluir a todos los ciudadanos en la clase
media, aunque la estructura productiva argentina lo prohíba, los
líderes del PRO les hablan a todos como si fueran de clase me-
dia. Y aunque hasta ahora, justamente, los pasos de su gestión no
hicieron más que dañar también la economía de esa clase. Si te
esforzás, es el subtexto de sus discursos, incluso (o sobre todo) en
estos momentos de ajuste y recesión, podés ser como yo.

La media distancia

En este nuevo libro de la serie La media distancia, editada por


Le Monde diplomatique, nos proponemos explorar el lugar de la
clase media argentina en la política, el sentido común, las repre-
sentaciones sociales y las tradiciones culturales. La clase media
es un concepto en disputa de esta década, tanto o más que otros
tópicos como clase obrera, peronismo o izquierda. Ya no es el
rechazo a la clase media como en el pasado, sino su disputa. El
concepto de clase media fue utilizado, mitificado y mancillado, y
resultó en estos años “el hecho maldito del país peronista”. ¿Por
qué odiamos a la clase media? ¿La odiamos? Frente a la eviden-
cia de que los argentinos nos sentimos mayoritariamente de clase
media, muchos discursos aún son herederos de una tradición oral
y literaria (tributaria del gran polemista Arturo Jauretche) que
inscribe en la existencia de esa clase un problema cultural argen-
tino. Nuestra propuesta es construir una nueva sensibilidad hacia
la clase media.

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Prólogo
Hinde Pomeraniec*

¿Seguirá existiendo la clase media?

La victoria de Donald Trump en las presidenciales de Estados


Unidos es un tsunami con final incierto y los efectos que se adi-
vinan representan mucho más que un clásico clivaje político y
cultural. No sin cierta dosis de sorpresa, asistimos al final de una
era en la cual se consolidaron las bases de un código global de
civismo y convivencia; un espíritu de época que nació luego de
la Segunda Guerra Mundial y que les otorgó estatus humano y
derechos civiles a las personas, luego de luchas soberbias y ague-
rridas. Dentro del concierto de lecturas que intentan explicar los
resultados, muchas insisten en marcar la desaparición progresiva
de las clases medias en EE.UU. como una de las razones para la
frustración y el resentimiento que terminaron aupando a Trump.
Estadísticas recientes dicen que los jóvenes en Estados Unidos se
ven a sí mismos mucho menos como representantes de la clase
media que en las generaciones que los precedieron en los últimos
34 años y, a cambio, se ven a sí mismos como clase trabajadora.
Según un estudio de Ipsos Mori, apenas un tercio de los adultos
de entre 18 y 35 años se autopercibe como miembro de la clase
media estadounidense mientras un 56,5% se describe como clase

* Periodista y editora.

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trabajadora. Un 8% de los millennials se considera a sí mismo
clase baja y menos del 1% se percibe como clase alta. La última
vez que ocurrió algo de este tenor fue en 1982, cuando el 56,1%
de los jóvenes (entonces eran los llamados baby boomers) se de-
finieron como clase trabajadora. Ese año, Ronald Reagan atrave-
saba su segundo año en la Casa Blanca.
Con la llegada de Trump al poder, finaliza la era de lo políti-
camente correcto y, en ese contexto, uno de los interrogantes es
si efectivamente seguirá existiendo la clase media, que es preci-
samente el imperio de la corrección política. Es decir, si el mun-
do hacia el que estamos yendo a tientas contempla la posibilidad
de seguir albergando esa masa amorfa y de intereses diversos que
por oposición crítica a las clases bajas y por distancia empírica
con las clases altas deriva en un estrato amplio y difuso y que
durante décadas le dio una característica distintiva a Argentina,
en relación con el resto de los países de la región. No somos ri-
cos ni pobres, somos clase media, como la mayoría de este país:
muchos escuchamos en la primera infancia aquella explicación
familiar que nos ubicaba en un mapa social imaginario y pleno
de consuelo ante las injusticias del mundo que deprimían a Ma-
falda. ¿Pero esa postal aún existe? ¿Existió todos estos años?
¿Fue un espejismo producto del deseo de racionalidad, mesura
y movilidad social ascendente? ¿Es posible que en un mundo
dominado por los cambios en las formas del trabajo y una eco-
nomía regida por la especulación y la avaricia, y en el cual la
humanidad indefectiblemente camina o es empujada hacia los
bordes más extremos de la brecha, haya aún lugar para alguna
clase de clase media?
En su Historia de la clase media, Ezequiel Adamovsky re-
cuerda que el concepto de clase media en Argentina fue acuñado
por políticos conservadores y liberales y cifra su origen alrede-
dor de 1919 (la Semana Trágica), al tiempo que señala que se
consolida como identidad en 1945 (nacimiento del peronismo),

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y lo hace con la marca antiperonista y características siempre
asociadas a lo blanco europeo, a la capacidad de trabajo, al pro-
greso, el republicanismo, la modernidad y la centralidad de lo
urbano en contraposición a lo criollo, basto y rural. En su vaivén
relacional, durante algunas décadas la clase media (clase mier-
da, cipaya, maldición argentina) fue ese campo social del que
los más radicalizados buscaban escapar para confundirse con el
pueblo de su retórica y sus ideales, mientras otros soñaban con
estirar las manos y arañar el cielo de una clase más acomoda-
da. Desde afuera, mirando de abajo hacia arriba, los sumergidos
imaginaban pertenecer al club solo a fuerza de salario y TV. El
marketing, la televisión y cierto discurso político homogenei-
zaban relatos para estimular todo tipo de consumo en esa ancha
avenida del medio.
En Estados Unidos, la definición de clase media pasa ex-
clusiva y pragmáticamente por el tema de los ingresos y no hay
alianza específica de sus integrantes con los partidos políticos
sino sintonía con determinados líderes de acuerdo al contexto.
En Argentina hay una mayor disposición a analizar la pertenen-
cia a la clase más como habitus, o incluso deseo, antes que en
los ingresos como determinantes. En este sentido, a la clase me-
dia se la ha definido más como una “identidad”, “autoimagen”
o “grupo heterogéneo que adquiere identidad compartida”, dilu-
yendo en lo posible el sentido de clase, independientemente de
los ingresos. Históricamente, se la identificó con el radicalismo y
algunas variantes progresistas pero también fue discutida y hasta
impugnada su condición como sujeto político, mientras siempre
se señaló la volatilidad “Zelig” de su pensamiento, que es la que
explica su alineamiento veleidoso en los diferentes contextos his-
tóricos y que oscila entre la mímesis con la clase dominante y la
identificación con la protesta popular, como en los dos grandes
crack ups: el Rodrigazo de 1975 y la crisis del 2001/2002, ese
apocalipsis que puso en evidencia a las cacerolas como propiedad

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de la clase media. Interesante será, cuando la distancia permita
elaborarlo en frío, analizar el comportamiento de la clase media
durante el kirchnerismo, cuando falló el acuerdo tácito para mo-
vilizar a la clase entera hacia arriba o hacia abajo de acuerdo a
sus intereses coyunturales y en cambio se produjo un terremoto
social, cultural y emocional que generó fisuras y divisiones en
el mismo espacio, en una suerte de implosión ideológica cuyas
esquirlas aún pegan.
Este volumen –segundo título de la serie La media distancia–
se propone reflexionar sobre uno de los principios constructivos
de la identidad nacional. Con diversas posturas, propuestas y
matices, Javier Trímboli busca a la clase media en los textos que
Tulio Halperin Donghi le dedicó al siglo XX y lo hace en los
arrabales de la vida política, donde “más que verla en acción se
la sospecha”, como señala con aguda ironía. En su texto, Hernán
Vanoli se dedica a leer la clase media en su vínculo con lo públi-
co y la política, por una parte, y por la otra, estudia el retrato de
la clase media y su relación con lo político que hacen tres films
argentinos de años recientes: El estudiante, de Santiago Mitre,
Dos disparos, de Martín Rejtman y Relatos salvajes, de Damián
Szifron. Por su parte, Pablo Semán desarrolla su idea del deseo y
búsqueda de “normalidad” y del stand up como género/discurso
favorito de la clase media. “El stand up es a las clases medias lo
que un pastor evangélico a las clases populares”, arranca Semán,
quien más adelante ensaya una explicación: “Si la experiencia
de la clase media es la de un anhelo permanentemente frustrado,
cómo no iba a ser el stand up una de las formas de elaboración
privilegiadas de esa frustración”.
Mirarnos al espejo es mucho más que un ejercicio de autoper-
cepción porque, entre otras cosas, se hace más difícil el engaño
y es en esa dirección que este libro propone diversas miradas en
el espejo de la sociedad argentina. Mientras nos preparamos para
la era que vendrá, puede ser bueno reflexionar sobre quiénes fui-

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mos, cuáles fueron las cosas que deseamos y hacia dónde quisi-
mos ir con lo que teníamos. Pero, sobre todo, seguramente puede
ser de gran utilidad toda letra que nos ilumine sobre aquello que
no supimos conseguir.

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Hernán Vanoli
Pablo Semán
Javier Trímboli

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Hernán Vanoli

La clase media ha muerto, que viva la


clase media. Cine y representaciones del
antagonismo en la Argentina kirchnerista

Un estamento en mutación

Como las brujas, la clase media tiene la extraña virtud de no exis-


tir, pero que la hay, la hay. De acuerdo a una serie de estudios que
circularon entre 2014 y 2015 por medios periodísticos, mientras
en términos de ingresos apenas un 60% de la población argentina
es de “clase media”, en términos imaginarios más de un 80% lo
es. Y se sabe: con la imaginación no sólo se construye el futuro,
sino también las prácticas históricas que tornean la idiosincrasia
y el humor social.
El objetivo de este trabajo es doble. Por un lado proponemos
presentar una caracterización típica ideal de los sentimientos o
de la doctrina de aquello que se piensa como “los sectores me-
dios” argentinos hacia lo público y hacia la política. Esta caracte-
rización no podrá ser escindida de ciertas teorías que conjeturan
sobre la desaparición paulatina y objetiva de los segmentos que
poseen “empleos y rango medio” en el Occidente moderno. Por
ende, la pregunta que surgiría es qué modos de relación con lo
público y con la política son resultado de este declive de las cla-
ses medias, y si es que podría pensarse en elementos que prefigu-
ren valores emergentes.

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Por otra parte, y en gran medida para comenzar a responder a
esta pregunta, nos proponemos un análisis de tres películas donde
las relaciones entre las clases medias, sus tradiciones, sus seg-
mentaciones y sus actitudes hacia lo político son construidas de
una manera singular. Nos referimos a El estudiante, de Santiago
Mitre, Relatos salvajes, de Damián Szifron y Dos disparos, de
Martín Rejtman. Los tres films fueron estrenados entre 2008 y
2014 y retratan, desde diferentes perspectivas, ciertas actitudes
de los sectores medios hacia la política durante el kirchnerismo.
Nos interesa menos el análisis autoral o estético que las catego-
rías de análisis que podrían proporcionarnos estas películas. En
este aspecto, nuestra hipótesis de trabajo es que los films trabajan
rangos actitudinales que escapan a las representaciones masivas
sobre la supuesta “grieta social”. Asimismo, trascienden la politi-
zación declamatoria que puede leerse en las redes sociales, terri-
torio de enunciación política por antonomasia de ciertos sectores
de las “clases medias” durante el período citado.

Clasificaciones sociales en un país plebeyo


de elites lúmpenes

En Argentina, la identificación de las mayorías con la clase media


no sólo se produce desde abajo hacia arriba (sectores relegados
que se imaginan miembros de este golem simbólico) sino tam-
bién en sentido inverso (sectores beneficiados que no se hacen
cargo de su estatus). ¿Cómo comprender este fenómeno? Una
explicación posible sería que declararse rico o miembro de una
elite privilegiada no parece ser una buena decisión en un país
con una particular tradición plebeya en América Latina. En este
sentido, no está demás recordar el entrañable ida y vuelta entre el
antropólogo brasileño Roberto DaMatta y el politólogo argentino
Guillermo O’Donnell, cuando ante la pregunta jerárquica y disci-

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plinadora de la sociedad brasileña sobre “¿Usted sabe con quién
está hablando?” el típico encargado de edificio argentino hubiera
respondido “¡Y a mí qué carajo me importa!” (1).
Más allá de la innegable influencia del peronismo, las razones
de esta idiosincrasia plebeya y en cierto punto contestataria pa-
recen ser múltiples. Dentro de este escenario, las características
de las elites económicas de Argentina no son un detalle menor. A
lo largo del siglo XX, las mismas han demostrado constituir un
segmento social paradójico y lumpen, que en términos de Ricar-
do Sidicaro (2) ha abandonado su vocación de constituirse como
una clase dirigente para funcionar como un aquelarre imposible
de “categorías dominantes”, incapaces no sólo de industrializar el
país sino también de proponer un proyecto a mediano plazo para
su desarrollo.
Ahora bien, ¿esto fue siempre así? ¿Argentina fue siempre un
país de clase media? Y, más relevante aun, ¿lo seguirá siendo? En
su importante estudio histórico, Ezequiel Adamovsky (3) recons-
truye el proceso de conformación de la clase media en tanto iden-
tidad social desde la fundación del Estado moderno a fines del
siglo XIX hasta 2003. Me interesa destacar un “efecto colchón”
que Adamovsky identifica como propio de las clases medias. De
acuerdo a esta idea, la clase media tendría una plasticidad sufi-
ciente como para identificarse con los valores de las clases altas
en los momentos históricos en que los sectores más desfavore-
cidos irrupen en lo público (con la llegada del peronismo al po-
der en 1945, por ejemplo) o incluso cuando el Estado se muestra

1 Los trabajos son los siguientes: Roberto DaMatta, Carnavais, malandros e herois: para
uma sociologia do dilema brasileiro, Rio de Janeiro, 1979; Guillermo O’Donnell,“¡Y a mí,
qué me importa! Notas sobre sociabilidad y política en Argentina y Brasil”, Working Paper
Nº 9, Helen Kellogg Institute for International Studies, 1984.
2 Al respecto véase Ricardo Sidicaro, La política mirada desde arriba. Las ideas del dia-
rio La Nación, 1909-1989, Editorial Sudamericana, Buenos Aires,1993.
3 Ezequiel Adamovsky, Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una
ilusión, 1919-2003, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2009.

¿Qué quiere la clase media? 27

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capaz de disputar el liderazgo al mercado en clave corporativa
o extra-institucional (durante el gobierno de Onganía). Pero, al
mismo tiempo, también sería capaz de aliarse a los sectores po-
pulares bajo el significante “pueblo” en los momentos históricos
en que consideraba necesario oponerse, en sentido destituyente,
a los desatinos de una corporación política a la que percibe como
incapaz de garantizar los umbrales mínimos del pacto social (el
retorno a la democracia de 1983 o la crisis económica social de
2001 serían ejemplos de este segundo movimiento).
Teniendo en cuenta la particular inestabilidad de las clases
medias en relación a los ciclos políticos de la historia argenti-
na, la pregunta que surge es si este movimiento amortiguatorio
y pendular se quebró durante el kirchnerismo. Y, en tal caso, qué
tipo de actitudes podrían pensarse como sedimento histórico para
el futuro político próximo. Para avanzar en esta dirección, propo-
nemos ahora concentrarnos en ciertas caracterizaciones de parte
del mundo de la investigación de mercado en lo que respecta a las
clases medias y a sus reacomodamientos en las últimas décadas.

La pirámide según los ingresos

Las empresas de consumo masivo tienen una visión particular


sobre lo que la sociología espontánea del sentido común cataloga
como “clases medias”. Interrogado sobre el término, C, que tra-
baja en la consultora Mildred Brown, responde:
—Si vas a pedirle a la “investigación de mercado” (o al marke-
ting) un punto de vista sobre la clase media vas recontra muer-
to. Por un lado es una categoría que no se usa, reemplazada por
la más abstracta “C amplio”. No hay nada, absolutamente nada,
más allá del informe de SAIMO sobre la evolución del nivel
socioeconómico en Argentina y algunos detalles técnicos so-
bre cómo medirlo. El último es de 2010, si no me equivoco,

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que es cuando el INDEC dejó de publicar de forma libre los
datos de la EPH. Creo que hay una actualización de 2012 con
datos inventados que ni siquiera está endorseado por SAIMO,
y nada más. Mi percepción sobre esta falta es que en realidad
para las “teorías del consumidor” los segmentos de pertenen-
cia sociodemográficos son totalmente banales para explicar el
comportamiento de consumo. La colocación de productos en
un mercado masivo, durante la posguerra, necesariamente tenía
que producir discursos que ignoraran el hecho de que la clase
social, como tal, es una variable que segmente tus preferencias
(como mucho segmentará tu acceso a los bienes, pero hasta
ahí). Que lo ignoraran o que buscaran producir efectos que dilu-
yesen ese impacto. La gran sociedad de clase media es un mito
tanto argentino como norteamericano en ese sentido. La teoría
en esta época decía que el mercado tenía dos funciones: tenía
que ofrecer una pedagogía y tenía que ofrecer modelos de aspi-
racionalidad. En ambos casos las marcas tenían que ser ubica-
das siempre en contextos de clase media porque por un lado te-
nían que enseñarles a los que se incorporaban al consumo cómo
pertenecer (¿qué café ponés sobre la mesa al final de una cena
con tus vecinos en el suburbio para no desentonar?) y por otro
ofrecerles un estilo de vida más o menos unificado para anhe-
lar. Cuando eso se empieza a destruir el estrato social tampoco
es determinante ni tiene un impacto (de nuevo, “para explicar
comportamientos de consumo”) porque en realidad lo que apa-
recen son los lifestyles, las filiaciones culturales, los grupos de
identidad o las “ideologías”. Para el marketing la “clase media”
es esa porción de la población que está entre el 5% más rico y
el 5% más pobre. “La cuestión de las clases sociales” es una
especie de residuo marxista, si querés. El mercado lo que ve es
una gran masa de consumidores segmentados en actitudes es-
pecíficas en el contexto de ciertas categorías: ¿soy innovador
o conservador? ¿soy leal o infiel? ¿lo hago para proyectar una
imagen en los demás o para sentirme bien conmigo mismo?
¿soy héroe o superhéroe?

¿Qué quiere la clase media? 29

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Me interesa destacar en especial dos aspectos de estas de-
claraciones. Por un lado, la idea de que la “clase media” es una
conceptualización de ciertos sectores universitarios que logró
traslaparse al sentido común, un “residuo marxista” poco perti-
nente para la mercadotecnia, que por su propio funcionamiento
industrial está más preocupada por ocasiones y por actitudes de
compra que por el desarrollo histórico de las identidades socia-
les. En segundo lugar, la idea de que los sectores medios están
vinculados al desarrollo del consumo masivo y del capitalismo
industrial –dos épocas que en la actualidad manifiestan la condi-
ción paradójica de subsistir y al mismo tiempo languidecer– y en
este punto voy a permitirme pasar por alto la discusión sobre los
alcances del posfordismo.
Estos ejes son también trabajados por el analista Fernando
Moiguer en entrevistas publicadas durante 2012 y 2014 en el si-
tio www.iprofesional.com. Moiguer, especialista en tendencias,
destaca también que todos los sectores medios argentinos com-
parten dos actitudes fundamentales: la propensión al consumo y
la afición a las marcas.

—El consumo se da como una forma de integración social. La


ecuación que se hace, en general, es: si compro, pertenezco y
soy ciudadano. La gente construye su identidad mediante el
consumo. Le da una sensación de pertenencia. Me parece que
quienes auguran un final del boom del consumo están leyendo
la realidad desde el lado de la oferta y no desde la demanda. No
es correcto pensar que si la gente se compró un LCD ya no tiene
incentivos para seguir comprando. Antes la clase media ahorra-
ba para escalar socialmente. Ahora adoptó hábitos del segmento
tradicionalmente bajo. Antes ocurría lo de “M’hijo el dotor”…
Cuando uno alcanzaba el nivel de clase media lo primero que
hacía era olvidarse de los amigos, del viejo barrio, trataba de
que no se notara mucho el pasado pobre. De ahí viene la natura-
leza discriminadora de la clase media, es un reflejo de su fobia

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a la pobreza. Querían parecerse a los ricos. No lo lograban, pero
en el imaginario iban para ahí. Esto, por suerte, no sucede más.
Ahora en América Latina las clases bajas que pasan a ser clase
media ya no se mudan, mantienen su lugar, sus amigos y hábi-
tos. Y se incorporan al consumo. Porque dicen: “Yo nunca voy a
ser rico; a lo sumo, ahora vivo mejor”. Ya no busca, como hacía
antes, comprar barato pero sin que se note. Ahora lo ve como
una expresión de inteligencia. Y esto también ha determinado
cambios en el modelo de negocios de las empresas, que pasó a
ser de promociones. Ya no hay largo plazo en la vida. La verdad
es que hoy no se hacen apuestas al futuro. Y quien crea que sí
tiene visión de largo plazo porque invirtió dinero en una casa, lo
que en realidad hizo fue, solamente, fondear un bien.

El proceso de incorporación de sujetos a las clases medias


en América Latina durante los últimos quince años habría pro-
ducido, entonces, una suerte de “revival” de la incorporación
de grandes masas al consumo masivo propia del siglo XX.
Pero también habría implicado nuevas actitudes generales ha-
cia el consumo de estos sectores presentes “entre el 5% más
rico y el 5% más pobre de la población”. Las nuevas clases
medias hijas del populismo latinoamericano de Lula da Silva,
de Néstor Kirchner, de Rafael Correa y de Hugo Chávez ha-
brían descartado la idea de ascenso social, al menos a través
del ahorro. La disposición hacia el “consumo inteligente”, la
“caza de ofertas” y también la imposibilidad de planear un as-
censo social a futuro, o de acumular capitales culturales o so-
ciales capaces de cotizarse en el mercado traen aparejada una
plebeyización de las prácticas de consumo de la clase media si
se las compara con las antiguas clases medias que aspiraban a
diferenciarse de lo plebeyo.
Esta transformación radical nos plantea dos cuestiones. En
primer lugar: ¿cómo se ha modificado la estructura de las clases
medias argentinas en los últimos quince años? Y en segundo lu-

¿Qué quiere la clase media? 31

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gar: ¿esta plebeyización en los consumos nos permite pensar algo
sobre las actitudes hacia lo político?
Para responder a la primera pregunta, y sólo a modo ilustra-
tivo, presentamos una pirámide social argentina basada en nivel
de ingresos. Ambos gráficos toman mediciones de 2014 de la
Consultora W y corresponden a una nota de Guadalupe Piñeiro
Michel publicada en iprofesional en enero de 2015. El primer
gráfico muestra la pirámide social argentina en términos de in-
gresos para la época; el segundo muestra la evolución específica
de los diferentes segmentos.

PIRÁMIDE SOCIAL ARGENTINA - AÑO 2014


INGRESO FAMILIAR MENSUAL INGRESO PROMEDIO
PISO X NIVEL FAMILIAR MENSUAL

CLASE TOP $84.450


5,5 ABC 1
$42.500

17 CLASE MEDIA ALTA $26.700


C2
$15.600

31 CLASE MEDIA TÍPICA $13.260


C3
$8.800

CLASE BAJA SUPERIOR $6.450


30 D1

$4.185
CLASE BAJA $2.900
16,5 D2/E

Fuente: Consultora W

Más allá de las variaciones en el nivel de ingresos producidas


por la inflación y las paritarias, ésta era la estructura de clases
computadas según nivel de ingresos en Argentina de finales del
kirchnerismo. Si se observa el primer gráfico, puede verse que,
lejos del 80% declarado, sólo el 48% de la población posee un

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EVOLUCIÓN DE LA PIRÁMIDE SOCIAL ARGENTINA - 10 AÑOS

CLASE TOP CLASE MEDIA TÍPICA CLASE BAJA


ABC 1 C3 D2/E
CLASE MEDIA ALTA CLASE BAJA SUPERIOR
C2 D1 En %

5,4 6,6 6,8 6,2 5,4


14,4 15,6 17 17,9 16,9

24,8
28,1 29,5 30,0 31,2

33,2
32,9 31,7 31,2 29,8

22,2
16,9 14,9 14,7 16,7

2004 2007 2010 2012 2014


Fuente: Consultora W

nivel de ingresos de clase media, en un país donde ser de clase


media y ser asalariado pueden ser perfectamente sinónimos. Sin
embargo, si se suma el segmento D1, la clase media sí asciende
al 80% declarado. Por otra parte, si se piensa en concentración de
ingresos, los que se ubican en la clase media alta (17%), cuentan
con un 27% de los ingresos totales; la clase media típica (30%)
representa un 23% de los mismos y la clase media baja o D1
(32%) concentra un 11,5%. Un total de un 61,5% para el 80% de
la población.
Por otra parte, si miramos la evolución histórica y más allá de
una polémica mediática instalada en el clima pre-eleccionario de
2015, algunos datos de la década 2004-2014 son llamativos. El
saldo final sería de una clase ABC1 que se mantuvo incólumne,
tras un breve ascenso y posterior caída, resultado de las oscila-
ciones tanto en la aristocracia salarial como en la macroactividad

¿Qué quiere la clase media? 33

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económica. Luego, la clase media alta, el C2, parece haber crecido
en un 2,5%. El crecimiento más espectacular, sin embargo, se da
en el segmento C3, o clase media amplia o típica. Allí se produce
un crecimiento del 6,4%. La clase baja ascendente o media baja,
el D1, registra una caída de 3,4% sobre un total de 33,2% en 2004
a 29,8% en 2014. Finalmente, la base de la pirámide muestra una
disminución real de un 5,5%: del 22,2% al 16,7%.
En pocas palabras: leída en términos de salarios y para las
empresas de consumo masivo, la década kirchnerista robusteció
a las clases medias típicas y alimentó a las clases medias bajas a
expensas de la base de la pirámide. Podrán decirse muchas cosas
sobre la fiabilidad de los datos y también sobre lo bajo de los índi-
ces al inicio del período, no muy posterior al descalabro de 2001.
Pero estos números nos otorgan un marco adecuado para pensar,
en primera instancia, ciertos cambios en la cultura de los sectores
medios alimentados por afluentes de segmentos socioeconómicos
más bajos y, por otro lado, la significación cultural del kirchneris-
mo: una leve ampliación de la clase media con sus consiguientes
contradicciones ideológicas y de sensibilidades. Placas tectónicas
que, al moverse, generan ciertas convulsiones.

El candado cultural

Toda religión prescribe un estilo de vida, ofrece recompensas


simbólicas y posee una doctrina. La clase media no es una re-
ligión pero sí una forma de autopercepción o de añoranza con
respecto al lugar que los sujetos ocupan o podrían ocupar en el
mundo. Aunque no está escrita, y más allá de los niveles de in-
gresos, la doctrina de la clase media argentina en relación a lo pú-
blico podría ser sintetizada en ciertos preceptos. En primer lugar,
y en lo referente a los modos de organización política, la antigua
clase media argentina exige a sus miembros cierto honestismo

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republicano. Luego, en lo tocante a los consumos, y más allá de
la exigencia permanente de un incremento del nivel de vida, las
clases medias tradicionales exigían cierto pudor social vinculado
a la austeridad y a las buenas costumbres de raigambre católi-
ca: una tensión entre la innovación de mercado y cierta insignia
identitaria vinculada a la “justa medida”. En tercer lugar, y en
lo referente a la dinámica interna, se trataba de organizaciones
familiares de corte patriarcal, con una tendencia centrípeta en
relación a la prole en términos territoriales. República, mesura,
familia nuclear.
¿Existe algo así como un maximalismo de clase media, o “cla-
se media” y “maximalismo” son dos términos que se excluyen
mutuamente? Arriesguemos: la utopía política de la clase media
sería una nación de iguales donde existiera la expectativa de que,
a través de un buen gobierno republicano y capaz de controlar
al mercado, la meritocracia funcionase hasta su justa medida en
base al fuerte sistema de incentivos y exigencias de la educación
pública gratuita, laica y obligatoria; con el ahorro como su com-
plemento perfecto. En este sistema, cada individuo sería capaz de
traccionar su progreso en base a lo que esté dispuesto a poner de
su esfuerzo. Los excesos corporativistas o nacionalistas estarían
mal vistos, pero también el laissez faire liberal. Este programa,
que podría identificar la ideología blanco-mediterránea-católica
y tiene un sesgo estatista que trasciende al peronismo pero lo
incluye, se opone tanto al liberalismo conservador blanco-an-
glosajón-protestante como al ausentismo aventurero de las elites
lumpenizadas. Meritocracia, ahorro y Estado de Bienestar.
De acuerdo a lo expuesto, la utopía política de las clases me-
dias argentinas era capaz de hacer convivir el republicanismo
como forma de gobierno, la mesura como vector de consumo,
la familia nuclear territorialmente propia como modo de subje-
tivación en lo privado, la meritocracia como teodicea de la des-
igualdad, el ahorro como base del ascenso social y el Estado de

¿Qué quiere la clase media? 35

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Bienestar como institución paliativa. Ninguno de estos valores
es compartido por los sectores populares ni por las clases pri-
vilegiadas en el país. Se trata de un estilo de vida conformado a
lo largo del siglo XX, propio de las clases medias occidentales.
¿Pero resiste este modelo los embates de ciertas transformaciones
tecnológicas, económicas y societales contemporáneas?

Dos formas de explicar el declive

Para los medios de comunicación, la clase media es una suerte de


temperamento social o de moralidad expandida, pero también un
lugar de enunciación. Los medios componen y al mismo tiempo
cristalizan el lenguaje de aquello que imaginan como la “clase
media”: podría decirse que los términos “periodismo” y “clase
media” son, en muchos casos, pilares intercambiables del espacio
público de la modernidad, y que la decadencia de uno acompa-
ña a la del otro. El mercado, por su parte y como señalamos,
cuenta con herramientas sofisticadas para pensar a esta fantas-
mática “clase”, y se basa menos en la propiedad de los medios
de producción, en el capital cultural acumulado o en el tipo de
localización en el mercado del trabajo de los sujetos –categorías
propias de las ciencias sociales– que en segmentos actitudinales
hacia las marcas o categorías de productos cruzados por niveles
de ingreso.
Sin embargo, desde algunas zonas de la economía, el futuro
de la clase media, al menos como forma de identificación imagi-
naria de gran parte de la población, está empezando a ponerse en
duda. ¿Será en breve el término “clase media” un resplandor de
épocas que ya no existen? Desde la izquierda y desde la derecha,
dos autores que se han dedicado a estudiar las mutaciones en la
acumulación del capital, en los procesos productivos y por ende
en el mundo del trabajo, parecen no estar seguros de su destino.

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Los análisis históricos de Thomas Piketty en su ambiciosa obra El
capital en el siglo XXI (4) se centran en tres tendencias que cons-
pirarían contra la reproducción de la clase media en el futuro: la
caída de las tasas de interés, el débil crecimiento salarial y una
creciente desigualdad entre los ingresos de los deciles más altos
de la pirámide social y los más bajos. Piketty aborda un punto
básico muy simple: cuando la tasa de retorno sobre el patrimonio
(r) es mayor que la tasa de crecimiento (g), se acelera la concen-
tración de la riqueza. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos 30
años con la implantación a gran escala de los postulados del libre
mercado y la desregulación financiera, por lo cual el economista
francés vaticina un Primer Mundo en la periferia del Tercer Mun-
do y un Tercer Mundo en el corazón del Primer Mundo.
En un estudio longitudinal que abarca 300 años y 20 países,
Piketty nos informa que los más ricos de los ricos han logrado
captar una porción de la renta total equiparable a la que lograban
antes de la crisis de 1929, y que la clase dominante, aquella que
accede a la propiedad inmobiliaria y que de hecho ha logrado una
movilidad social ascendente desde fines del siglo XX, está com-
puesta por los principales ejecutivos de las empresas, los famosos
CEO, engranajes cada vez más fundamentales en la expansión
planetaria de las corporaciones y el dominio de complejos entra-
mados organizacionales. Junto a los actores y deportistas de fama
mundial, los ejecutivos componen la elite planetaria, aunque a
diferencia de las estrellas televisivas, los gerentes corporativos
representan entre el 60 y el 70% del 1% más rico del planeta, jun-
to con financistas, nobles, herederos y terratenientes. De acuerdo
a Piketty, la estructura social es bastante simple. Existe este 1%
de archimillonarios, luego existe un 9% de cuadros empresariales
capaz de lucrar aún con el sistema, acceder a una propiedad o
movilizarse globalmente, y luego un 90% de asalariados de mo-

4 Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2014.

¿Qué quiere la clase media? 37

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vilidad social imposible dentro de sus pequeños estamentos de
clase. ¿Clase media en peligro de extinción o ya extinguida? Por
lo pronto, según sus análisis, el siglo XXI se parecerá más al siglo
XIX, cuando las elites económicas vivían de la riqueza heredada
en lugar de trabajar por ello, que al siglo XX. Esto significa: el
fin de la movilidad social ascendente, mito no sólo fundante de la
clase media, sino también coartada ante cada ribete sombrío del
capitalismo moderno. Que la tasa media anual de rendimiento del
capital supere a la tasa media anual del crecimiento económico
significa también, para Piketty, el fin de la meritocracia: en una
economía de lento crecimiento, la riqueza crece en forma más
rápida que los ingresos y el trabajo.
No exento de cierto determinismo tecnológico a la hora de
pensar el devenir de la inteligencia artificial y de la dimensión
colaborativa de los procesos de trabajo, el economista estadouni-
dense Tyler Cowen predice enormes mutaciones en los modos de
generar riqueza social que traerán como consecuencia, por moti-
vos ligeramente diferentes a los esgrimidos por Piketty, el fin de
las clases medias. En Se acabó la clase media (5), Cowen coincide
con Piketty, a quien no se refiere en ningún momento, a la hora de
decretar que en un futuro no muy lejano los puestos de trabajo in-
termedios serán eliminados. De este modo, y basado en estudios
del mercado laboral estadounidense durante los últimos cuarenta
años, más su perspectiva sobre la diálectica entre máquinas inteli-
gentes y equipos humanos, para Cowen, y ante la baja sistemática
en la demanda y en la productividad de los empleos medios, el
futuro estará signado por cuadros dirigenciales capaces de lidiar
con complejísimos modelos de interacción entre los humanos y la
inteligencia artificial. Capaces de dirigir y coordinar equipos de
alta exigencia, especializados en finanzas, dirección y marketing,
y con sueldos elevadísimos, esta nueva elite global representaría

5 Tyler Cowen, Se acabó la clase media, 2014.

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en un futuro próximo un 10% de la población mundial capaz de
tener un estilo de vida lujoso, propio de los millonarios. Por otra
parte, el resto de la población tendrá acceso a un ingreso más bien
magro, y se dividirá a su vez entre los threshold earners, o bohe-
mios burgueses capaces de adecuarse a una relación satisfactoria
entre gasto moderado y experiencias de consumo gratificantes y
segmentadas, y una enorme underclass con pocos derechos so-
ciales, errante y dueña de unos infraconsumos de subsistencia.
Según sus palabras, los empleos medios sólo subsistirán “en la
administración pública o en empleos de servicios protegidos de
la competencia internacional”.
Si bien coincide con Piketty respecto a la polarización del
mercado laboral, Cowen considera que las máquinas inteligentes
permitirán una medición cada vez más certera de la productivi-
dad, mientras que el autor francés asegura que sólo puede medir-
se en forma fiable la productividad de los trabajadores ubicados
en la base de la pirámide salarial, aquellos que realizan trabajos
vinculados en formas directas a la producción de objetos materia-
les. Esa desavenencia lleva a una disidencia mayor: mientras para
Piketty el fin de la clase media es el resultado de una caída de la
meritocracia en el desempeño laboral, ya que los rendimientos
del capital acumulado son mayores que la productividad, para
Cowen la caída de los empleos medios se debe justamente al des-
pliegue de una sociedad hipermeritocrática, donde cada uno será
evaluado de manera certera y en base a esa evaluación, y princi-
palmente a sus esfuerzos, podrá o no podrá acceder a la elite de
los trabajadores bien pagos.
Sin embargo, ambos autores coinciden en sus ataques al
neokeynesianismo en base al cual suele pensarse el devenir de
las clases medias en todo el mundo. Para Piketty, el período que
transcurre desde mediados de la década del cuarenta a mediados
de la década del setenta, cuna de la pléyade de los Estados de
Bienestar realmente existentes, no fue otra cosa que un parénte-

¿Qué quiere la clase media? 39

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sis, una anomalía en el desarrollo del capitalismo mundial. Para
Cowen, el derrumbe del sistema hipotecario estadounidense en
2008 y el consiguiente crack financiero no fueron un catalizador
en los procesos de eliminación de empleos para los sectores me-
dios, sino simplemente una desafortunada aceleración de dichos
procesos, cuyo carácter es irreversible desde la revolución infor-
mática. Enfocando nuevamente al plano local, el kirchnerismo no
habría sido otra cosa que un espejismo.

Tres películas sobre muertes falsas y antagonismo

Mientras que su muerte es vaticinada desde diferentes perspec-


tivas en los países centrales, en Argentina la clase media aún es
invocada, insultada o ensalzada por diferentes posiciones dentro
del espectro político. Las capas intelectuales siempre han tenido
algo que decir en contra de la clase media a la que por lo general
pertenecen; lo mismo ocurre con el peronismo antiintelectual de
clase media, también anti-clase media. La clase media será acu-
sada por los propios de arribista e insincera, cipaya y traidora,
acomodaticia y discriminatoria, impotente y mediocre, alienada
y banal. Del mismo modo, tanto desde la izquierda como desde
la derecha, la clase media es pensada en términos púberes: por su
falta de madurez y su falta de perspectiva histórica, siempre se
muestra incapaz de identificar sus intereses objetivos y es acusa-
da, incluso, de jugar tanáticamente con su autodestrucción. Algo
une a todas estas expresiones: en el momento de las campañas
políticas, todos ruegan por su voto, y todos, salvo los partidos de
izquierdas, la invocan como sujeto de la historia nacional.
Entre la falta de especificidad de los medios de comunicación
y la hiper especificidad del marketing, entre la futurología de la
economía y la invocación folclórica de la ideología, entre la per-
formatividad del concepto y sus metamorfosis durante el último

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ciclo político, nuestra propuesta consiste ahora en intentar pensar
a las “clases medias” desde un acotado mosaico de representa-
ciones cinematográficas propias de tres directores que, a nuestro
entender, trabajan con tonalidades políticas y actitudes poco ana-
lizadas durante el kirchnerismo.
De Martín Rejtman trabajaremos el film Dos disparos (2014).
De Damián Szifron tomaremos Relatos salvajes (2014), y de
Santiago Mitre El estudiante (2011). En base a estas películas,
intentaremos responder a las siguientes preguntas: ¿Cómo po-
drían ser pensadas las “clases medias” en estas películas? ¿Cómo
se historizan estas clases medias en relación con los aconteci-
mientos de 2001, momento de quiebre socioeconómico que per-
mitió la instauración del modelo de acumulación propulsado por
el kirchnerismo? ¿Cómo son retratados los escenarios urbanos y
la relación entre sujetos e instituciones? ¿Sería posible estable-
cer alguna clasificación actitudinal de los grupos representados
hacia la política, así como el marketing lo hace con el consumo
masivo?

El estudiante: de la intensidad al esteticismo

Para Tyler Cowen, una de las pocas fuentes de trabajos interme-


dios destinadas a permanecer está constituida por la burocracia
pública sin competencia internacional. El estudiante, la película
de Santiago Mitre estrenada en 2011, trata sobre una variante par-
ticular de estas burocracias, la burocracia político-universitaria.
Según la sinopsis oficial, la película trata de “un joven del inte-
rior que llega a Buenos Aires para cursar sus estudios univer-
sitarios. No pasa mucho tiempo hasta que se da cuenta de que
no está ahí para estudiar. Sin vocación y sin rumbo se dedica
a deambular por la facultad, a hacerse amigos, a conocer chi-
cas. Una de ellas, Paula, una profesora adjunta de la facultad,

¿Qué quiere la clase media? 41

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es quien lo introduce en la militancia política. Roque empieza
a asistir a las reuniones de su agrupación, a relacionarse con
los otros miembros. Conoce a Alberto Acevedo, un viejo político
retirado que se dedica a formar cuadros desde su cátedra en la
Universidad. Junto a él, Roque aprende los códigos de la política
y a manejarse como un dirigente estudiantil, y siente que por fin
ha encontrado su vocación, que la política es su Universidad.”
Un primer hecho que llama la atención de El estudiante, y que
puede leerse incluso en su sinopsis, es la forclusión de la cuestión
del dinero a la hora de representar a las clases medias que militan
en política universitaria. Esta forclusión, de manera involunta-
ria, se hace eco de la pedagogía presente en dichas agrupaciones
estudiantiles. Roque Espinosa, el protagonista interpretado por
Esteban Lamothe, llega del pueblo bonaerense de Ameghino para
abocarse exclusivamente a la militancia estudiantil. Sin embargo,
jamás vamos a enterarnos cuáles son sus fuentes de ingreso: en
el camino del héroe emprendido por Roque jamás se hablará de
la cuestión del dinero; mucho menos del mercado del trabajo.
Sabio sin necesidad de decirlo, Roque sabe que, por su edad y
sus disposiciones, a poco puede aspirar en la gran ciudad si no
es a través de su intromisión en un sistema experto y con reglas
propias, y también sabe que la incierta carrera que ha elegido en
la Facultad de Ciencias Sociales poco tiene para proporcionarle
en términos de herramientas laborales valoradas por el mercado.
Entre la burocracia de la investigación y la burocracia de la polí-
tica académica, Roque opta por la segunda. ¿Qué significa esto?
Que la franja de las clases medias que se representa en esta pelí-
cula es un estrato singular que se desentiende del dinero. ¿Dónde
ubicarla en la pirámide de ingresos? Imposibe saberlo.
Una de las virtudes de El estudiante es la de haber generado
una serie de controversias en los planos ideológico, histórico y
representacional. En el plano ideológico, se ha destacado que si
bien por un lado la apuesta de Mitre es verosímil y desmitificado-

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ra al iluminar ciertas zonas de aquello conocido como la “rosca”
interna de las agrupaciones universitarias, por otro lado ejecuta
una caracterización de las agrupaciones de izquierda que bor-
dea la caricatura, mientras que subrepresenta las formas en que
la política universitaria está atravesada por debates coyunturales
complejos que trascienden tanto la repetición de autores del si-
glo XIX como el posibilismo que la película parece articular en
última instancia como “la única salida posible”. La forma en que
la política afecta los cuerpos y las subjetividades intensas y poli-
tizadas que se despliegan, no sin contradicciones, en la Facultad
de Ciencias Sociales de la UBA son provocativamente esquiva-
das para dar lugar a un retrato inverosímil y aún machista de la
militancia universitaria. La cultura de izquierda es caricaturizada
y se pierde su complejidad, reproduciéndose de esta manera las
visiones esteticistas que predominan en los medios de comunica-
ción masiva.
El plano histórico aporta claves de comprensión indispensa-
bles para nuestra lectura en relación a las “clases medias”. Porque
si la operación ideológica tiene rasgos perezosos e inverosímiles
que podrían ser achacados a cierto desconocimiento del territo-
rio que se pretende representar –quizás incluso a fuentes poco
interesantes escogidas para su construcción–, el telos histórico
de la película posee una deliberada y disonante ambivalencia que
se inserta en una estética realista, cuasi documental. Sin locali-
zación histórica precisa, la historia de El estudiante se concen-
tra en el devenir de una agrupación llamada “La Brecha” que
bien podría representar a la radical Franja Morada. Sin embargo,
como la película fue estrenada en 2011, todo el accionar de los
integrantes de “La Brecha” (una singular alianza entre antiguos
militantes políticos alfonsinistas, alumnos de colegios públicos
de elite como el Nacional Buenos Aires y jóvenes rentistas de la
política) puede ser resignificado como el accionar de los militan-
tes de “La Cámpora”, agrupación juvenil oficialista durante el

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kirchnerismo, cuyos argumentos obsecuentes hacia el statu quo,
gestionadores y posibilistas eran frecuentes al momento del es-
treno de El estudiante. De este modo, la historicidad de la subje-
tividad estudiantil, las discusiones en torno a 2001, el Estado de
Bienestar, las políticas sociales del kirchnerismo, y también las
transformaciones en el mercado del trabajo y su refracción en la
matrícula de estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la
UBA, es decir, los temas realmente interesantes a la hora de pen-
sar el devenir político de la institución, son sepultados bajo una
historicidad neutra que cristaliza una serie de sentidos comunes.
¿Pero a quién pertenecen estos sentidos comunes? En este punto,
es difícil atribuírselos a otro sujeto que a la fracción de la clase
media “arty” que se dedica a elaborar películas sobre la fracción
de la clase media “politizada” que asiste a la Facultad de Ciencias
Sociales. Una guerra intestina. Las poco felices intervenciones
de la voz en off, pero también la cuidadosa selección de que los
carteles con consignas políticas enfocados carezcan de sentido
histórico y sólo estén embanderados de nombres de agrupacio-
nes, serían la emergencia estética de este prejuicio a la hora de
construir el relato cinematográfico “por fuera de la historia”.
El tercer plano, el representacional, se vincula con los dos
anteriores pero alude a las relaciones de la militancia universi-
taria que se representa con las perspectivas históricas de la clase
media. La primera pregunta que surge al respecto es: ¿por qué re-
presentar a la Franja Morada en una Facultad como la de Ciencias
Sociales de la UBA, cuando su lugar es absolutamente marginal
desde 1999 aproximadamente, e incluso sus gestores están plena-
mente desacreditados y fracasaron en tanto tales? Y, en la misma
sintonía, ¿cuáles son las relaciones que permite esta elección con
los acontecimientos de 2001 y el verdadero segundo gobierno de
algunos de aquellos gestores, que no fue otro que el gobierno de
la Alianza de entre 1998 y 2001? La respuesta podría orientarse
en dos direcciones. Por un lado, la descripción de los mecanismos

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miserables de la rosca universitaria, más allá de la Franja Morada
o de La Cámpora, sirve para traer a la luz una arquitectura de
la política que sigue funcionando en términos de secreto porque
la corporación política siempre firma, acuerda, pacta o transi-
ge con los poderes fácticos: ese “contrato” que, en la película,
los rosqueros radicales han firmado con los laboratorios. En esta
perspectiva, El estudiante vendría a decir: los mecanismos de la
política no cambiaron, incluso en la universidad pública el afán
destituyente de 2001 no ha tenido lugar, o si lo ha tenido no ha
logrado generar formas superadoras de la política. La rosca, el
secreto, la traición hacia las bases (representadas en forma pasi-
va) sigue siendo la moneda de cambio. Y, ante esa perspectiva, la
única salida es el “No” Bartlebiano con el que termina el film,
cuando Acevedo, tras haber traicionado a Roque, le propone rein-
corporarlo para quebrar una toma del Rectorado. En ese momen-
to, al final de la película, Roque dice que no. Y pareciera salvarse.
Hay quienes quisieron leer en esta negativa un gesto de dig-
nidad, una prefiguración de los indignados, o de Occupy Wall
Street. Sin embargo Lucas Rubinich propone otra lectura. Para
Rubinich, la película condensa los sentidos comunes de la mili-
tancia socialdemócrata que, tras haber fracasado en el poder, vie-
ne a imponer su verdad sobre la política como un arte de gestio-
nar sin lugar para discursos maximalistas. El estudiante vendría
a expresar la visión de aquellos miembros de Franja Morada que
fracasaron en la Facultad de Ciencias Sociales y luego volvie-
ron a fracasar en el gobierno durante la Alianza. Dice Rubinich:
“Es, entonces, una película con fuertes gestos antipolíticos, pero
a modo de exorcismo ingenuo y tranquilo, porque en ella se aglu-
tinan para ser rechazadas –como expresión de un olfato de época
no politizado– todas las formas de la política real portadoras de
alguna retórica alternativa, con sus trechos entre dichos y hechos,
de la que la sensibilidad de una franja generacional desea esca-
parse. En verdad, sin saber hacia adónde, pronunciando un ‘no’

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que no es heroico, es apenas un tímido ‘no’, que podrá construir
herramientas de sustento en el camino o, en todo caso, de no
existir colectivos sociales politizados en ese camino, transfor-
marse en un ‘sí’ tranquilo que acomode la biografía personal al
mundo dado”.
De hecho, al final de la película sabremos que Paula, la do-
cente universitaria que Roque seduce gracias a sus habilidades
prácticas y pese a su escasa afección al estudio, se ha refugiado
en el CONICET y en algunas cátedras en universidades menores
tras la traición de Acevedo. Sin embargo, nunca sabemos de qué
vivía Roque antes de encontrar trabajo como encuestador gracias
a sus contactos políticos, ni de qué vivirá, simplemente porque la
cuestión económica jamás se plantea a lo largo de la película, ni
en el caso de Roque ni en el caso de los militantes de izquierda,
ni en el de ninguno de los estudiantes. El estudiante enmascara la
trama de poder real a través de la cual Paula accede a sus cargos
docentes y Roque accede a su breve trabajo haciendo encuestas.
En caso contrario hubiera sido una película sobre las formas de
acceso a una beca del CONICET, o sobre las formas de confor-
mación de las encuestadoras. De esta manera, la imposibilidad
de representación del trabajo es un problema que une tanto a los
militantes universitarios como a aquellos que producen las re-
presentaciones cinematográficas. A fin de cuentas, lo que en-
contramos en El estudiante, y de una forma acaso desnuda y por
eso también acaso valiosa, no es otra cosa que la perspectiva de
aquellos que eligen al cine como un medio de expresión ante la
política.
Esta visión mitificante y desconfiada, este cinismo lindero
con los postulados de la Alianza que sin embargo parece confiar
en un inefectivo “no” Bartlebiano, se contrasta con la actitud in-
tensa hacia la política de los militantes. No es una actitud estética
sino vital, y se vincula a una aspiración de profesionalización
administrativa en el entramado político. Se trata de una pequeña

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elite social de preocupaciones ideológicas. En muchos casos, se
debe a tradiciones familiares. De una y otra manera, la película
acierta en representar las graduaciones de esas influencias, que
van desde la participación directa en el gobierno alfonsinista de
parte de Acevedo, hasta la historia de padres “militantes” en el
caso de Paula, y culminan con la opaca actitud gremial-chacarera
del padre de Roque Espinosa. A diferencia de lo que ocurre con
otros sectores sociales, esta intensidad con respecto a la política
carece de un territorio o de un entorno de inscripción laboral por
fuera de las dependencias públicas de enseñanza. Es por eso que
la institución universitaria es convertida en un territorio propio.
Roque, el militante trotskista, Paula, Acevedo o el profesor de
Historia Latinoamericana que traiciona a la agrupación tienen la
misma actitud hacia la política. Salvo el padre de Roque, no hay
personajes que parezcan tener otra actitud hacia la política a lo
largo de todo el film. Esta actitud implica un conocimiento in-
tenso de la historia política (representada por la escena donde,
en un plenario, los militantes homenajean y parodian a la vez
discursos de la historia política argentina), una relación al menos
tolerante o también irónica con la cultura política peronista (la
escena donde Acevedo y el padre de Roque cantan la Marcha en
un restaurante; con los trotskistas como caso fronterizo y por eso
parodiado), y una genealogía familiar vinculada a la política que
habilite un desembarco virtuoso en una Facultad de Humanida-
des de la Universidad Pública.
Por otra parte, las contradicciones y oscuridades ideológicas,
históricas y representacionales que hemos enumerado nos sirven
para, en una lectura a contrapelo, deducir otra disposicion social
hacia la política, propia de aquellos que realizaron la película o
que, simplemente, la consumieron en el cine para luego vitorear-
la con aplausos. Se trata de una mirada externa a los círculos de
militancias intensas pero informada y moralizante. Si para los
intensos la moralidad de la política se subsume en la ideología,

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para los esteticistas la política adquiere los contornos de la trage-
dia. Sus ambigüedades morales pueden derivar en una socialde-
mocracia puritana o en la impugnación directa hacia el sistema
político; la “complejidad” y el “equilibrio” son sus palabras clave
para decodificar el mundo, y, antes que eso, el mundo de la polí-
tica y las instituciones públicas. La relación de estos segmentos
está determinada por las historias y los afectos familiares, su-
puestamente, sólo “en última instancia”, pero de ninguna manera
se pretende objetiva sino que retraduce la cultura familiar en un
lenguaje afín al mundo social en el que el sujeto circula. Esta mi-
rada esteticista, propia de los threshold earners mencionados por
Cowen, que puede ser condescendiente con otras miradas sobre
lo político con las que convive, se encuentra forzada por la mira-
da militante o intensa. Y por eso, al tematizarla saca a relucir la
arquitectura sensible de sus posiciones. En el gráfico de la página
siguiente proponemos dos ejes para pensar las relaciones de las
clases medias con la cultura política. De un lado, un pragmatismo
que se enfrenta a un moralismo como extremos de actitudes hacia
el quehacer político. De otro, la intensidad, que implica diversos
grados de involucramiento político, frente al esteticismo, que im-
plica diversas formas de alejamiento.
La guerra al interior de las clases medias parece haber sido,
de acuerdo a estas categorías, un combate entre intensos prag-
máticos e intensos moralistas, con miembros distribuidos en am-
bos bandos políticos. La forma de enunciación de El estudiante,
por su parte, parece entrar en sintonía con el advenimiento del
imperio de los estéticos. En el gráfico que presentamos, y para
completar el panorama, nos permitimos agregar (con un fondo
gris más claro) algunos otros estereotipos sociales que ayudarían
a completar un mapa de actitudes de la faceta de las clases medias
representada por El estudiante hacia la política.

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Actitudes de la clase media hacia la política
según la película “El estudiante”

PRAGMÁTICOS

Publicista
Acevedo político

Roque Militante en
Espinosa redes sociales

INTENSOS ESTÉTICOS

Voluntario Profesor
ONG “de izquierdas”

Estudiante Santiago
trotskista Mitre

MORALISTAS

Dos disparos y el asordinado amanecer de


un gigante dormido

A primera vista, y a diferencia de lo que ocurre con directores


como Mitre o como Szifron, el cine de Martín Rejtman no estaría
preocupado por la representación del antagonismo social. Más
bien, se trataría de un cine donde el sello y el preciosismo auto-
ral estarían dados por una apuesta estética radical y asordinada
donde el absurdo no termina de confirmarse, el humor pende de
un hilo sutil, la poesía se expresa en encuadres y en secuencias y
la subjetividad que se narra no es la de “personajes” sino aque-
lla habilitada por la composición de formas sociales: grupos de
personajes que se agrupan de manera fortuita, tienen una serie de
interacciones automatizadas y se desmembran para luego volver
a componer otra forma con otros personajes, paisajes y normas

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sociales, que recalibrarán los automatismos. De hecho, Rejtman
es un virtuoso de las formas: cada línea de diálogo en sus pelícu-
las posee una dosis exacta de “lugar común” y de verdad que la
hace bella y misteriosa, abstracta y real. Sin embargo, y si bien
los conflictos y los antagonismos nunca terminan de producir-
se y siempre desembocan en una re-composición, existen otras
frecuencias donde Dos disparos, su película estrenada en 2014,
podría ser pensada como un material útil a la hora de pensar acti-
tudes de las “clases medias” hacia lo político.
La sinopsis de Dos disparos, filmada en 2014, es escueta y
dice lo siguiente: “Una madrugada, Mariano, un adolescente de
16 años, encuentra un revólver en su casa y sin pensarlo se dispa-
ra dos veces. Sobrevive. ‘Dos disparos’ es la historia sobre cómo
Mariano y su familia reaccionan a esta situación”. Una de las
hipótesis de lectura que circularon sobre la película estuvo vin-
culada a leerla como otra reflexión sobre la década del noventa en
Argentina, emergente del “universo cerrado del autor”. Sin em-
bargo, y sin necesidad de recurrir a una lectura historicista de la
filmografía de Rejtman que excedería los límites de este planteo,
es bastante claro que lo que ocurre es otra cosa (6). En una época
saturada por una cierta articulación del lenguaje político en clave
setentista, en época de “crispación” escenificada en los medios
de comunicación y expandida en la llamada “grieta social” en
torno al proyecto político del kirchnerismo, Rejtman eligió carto-

6 ¿Decidió retrocecer Rejtman al retratar esos automóviles antiguos, las ciudades balnea-
rias cuya construcción data de los cincuenta, sesenta, setenta o incluso los ochenta? ¿Dos
disparos es una película histórica? Hay una escena clave que puede responder este interro-
gante, y la respuesta, desde luego, es que no. Se trata, quizás, de la única escena de toda
la película que acontece en un espacio público. Es en una plaza, y está protagonizada por
personajes laterales. Uno de ellos es Laura, prima de Ana. El segundo es el novio de quien
su prima se está separando hace dos años, y el otro es Andrés, un chico que Ana conoció
por Internet y luego resultará ser hijo de Liliana, un personaje que presentaremos como
fundamental para la “Historia B”. En un momento, Andrés le pide dinero a Laura porque
se quedó sin plata para viajar y necesita tomarse el colectivo, el tren y luego un remís hasta
su casa. En ese diálogo el costo de los pasajes es de un valor posterior a 2010.

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grafíar la tensión latente en las fronteras muchas veces azarosas
pero también gélidas que se dibujan en el magma de los sectores
medios, en especial en aquellas fronteras no representadas dentro
del gran relato donde los medios de comunicación sueñan una
clase media consolidada y apenas dividida por cuestiones ideoló-
gicas o a lo sumo por niveles de ingreso.
Veamos: la película narra tres historias en paralelo, tres histo-
rias entrelazadas por una familia central, compuesta por Susana,
la madre abogada de Mariano, el chico que intenta suicidarse y
participa en un grupo vocacional de flauta dulce, y de Ezequiel,
su hermano, que trabaja como service de computadoras. Al prin-
cipio de la película Mariano intenta suicidarse con un revólver
que encuentra por casualidad en un cobertizo, pero, también por
casualidad, sobrevive. Luego de esta violencia auto-infligida,
Mariano quedará con una bala alojada en el interior de su cuerpo,
que no sólo le impedirá volver a tocar la flauta dulce como antes
y por eso tensionará su inserción en el grupo de melodías medie-
vales donde participaba, sino que también dificultará su acceso a
diferentes edificios o discotecas que posean detectores de meta-
les. La historia de Mariano es traccionada por la de su hermano
Ezequiel, quien es instando por la madre de ambos para cuidarlo.
Ezequiel está enamorado de Ana, una chica que trabaja como
cajera en un negocio de comidas rápidas. Ana “se está separando
de su novio” hace dos años, pero de todas formas acepta sumarse
a un viaje a la costa atlántica con los hermanos.
Allí, en el viaje, conocen a Julia, que Mariano había contac-
tado por Internet. Julia no se gusta con Mariano, que la acusa de
haberle mandado una foto desnuda, pero de todas maneras vuelve
a Buenos Aires con el grupo. En Buenos Aires, Julia se muda a
vivir con Susana, la madre de Mariano y de Ezequiel, que tras
el frustrado intento de suicidio habían pasado a convivir en el
departamento del segundo, y se integra al grupo de flauta dulce.
Al final de la película, Julia abandona el grupo de flauta, por lo

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cual Mariano es expulsado, y Ezequiel deja de verse con Ana. Le
parece reconocerla en la puerta de un cine, pero no está seguro y
luego Ana desaparece tras ser tapada por un colectivo.
Esta primera parte, o “Historia A”, representa en forma dis-
tante y asordinada un conjunto de estilos de vida silenciosos y
cotidianos. Vidas que, sin ser afectadas por la política, sin cru-
zarse con ningún tipo de institución, discurren entre el trabajo y
las derivas urbanas, sin un deseo claro. La ciudad se construye en
base a una subjetividad ambulatoria. Estamos frente a un modo
de vida suburbano o conurbano antes que urbano. De hecho, la
casa donde Susana vive inicialmente con Mariano es un hogar de
clase media en la Provincia de Buenos Aires, con jardín y pileta,
aunque notoriamente venida a menos, donde Mariano debe cortar
el pasto. Motocicletas –una constante en el cine de Rejtman–,
automóviles que no parecen haberse anoticiado del recambio en
el parque automotor acontecido durante los últimos quince años
en Argentina, colectivos y transporte público. Los personajes de
Rejtman pasan muchísimo tiempo viajando, y cuando no están
viajando nunca parecen terminar de acomodarse al lugar donde
arribaron porque, saben, deberán volver a viajar.
Dos disparos se presenta entonces como una lectura del
modo de vida del gigante dormido: una antropología estética
sobre las clases medias en declive y, principalmente, sobre sus
fronteras con las clases medias bajas, ese territorio poroso don-
de los contornos de “la grieta” se parecen más a estructuras del
sentir que a posicionamientos ideológicos. Donde el “cambio
social” y la “década ganada” son ficciones dichas por las mi-
norías intensas (y dentro de estas minorías intensas están los
medios de comunicación) y donde las subjetividades conforman
figuras torneadas por las oportunidades laborales, las formas de
movilidad y especialmente por las tecnologías de comunicación
digital que aceleran la experiencia. Ya no parece haber lugar
para las vacaciones y los paraísos perdidos; por eso los viajes

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son relámpago, poseen la gramática del miniturismo. Mini em-
pleos flexibilizados, mini viajes, comida china para compartir.
De hecho, y a diferencia de lo que sucedía en El estudiante,
Rejtman se ocupa de hacernos saber de qué trabaja cada uno de
los personajes.
Rejtman narró el anverso de la fiesta consumista del turismo
en cuotas y del dólar barato, otros elementos emblema de los
sectores medios argentinos durante los últimos diez años. Quizás
este pulso secreto explique tanto el declive de un modelo de acu-
mulación como las metamorfosis de un ethos social. Además de
los viajes, la “Historia A” narra el declive de formas de agrupa-
miento público-privadas propias de los sectores medios. Se trata
de una cierta compulsión a auto-organizarse que, sedimentada
durante la experiencia de la dictadura militar, resurge en paralelo
a 2001 y es, en cierta medida, caricaturizada y homenajeada en el
grupo de flauta dulce medieval que Mariano integra: no es casual
que Julia, la chica de la costa que termina instalada en casa de
Susana y se integra al grupo, pregunte cuánto se paga y acabe re-
nunciando por cuestiones laborales. Tampoco lo es que Mariano
sea finalmente expulsado por ser portador sano de los efectos de
un estallido cuasi-suicida.
Pero, más allá de la expulsión de Julia, las fricciones en la
“Historia A” son más bien pocas. La narración alucinada de las
fricciones sociales acontece más bien en la “Historia B”, que dis-
curre en un viaje compartido a la localidad de Aguas Claras. El
destino es un departamento familiar donde Susana irá acompaña-
da por Margarita, la profesora de flauta de Mariano, y por Liliana,
una mujer que se suma al viaje en automóvil para visitar a unos
amigos a través de una cadena de mails (entenderemos que fue
incluida por su hijo Andrés). Liliana vive en una zona más pobre
del conurbano bonaerense, se queja de no tener piscina, aclara
de entrada que “está separada de su ex pero siguen manteniendo
relaciones” y que sus hijos se drogan todo el día y no trabajan.

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No llega a decir que se benefician de la ayuda social, pero está
cerca de hacerlo. El viaje a la costa será un destilado de tensiones
entre los estratos profesionales liberales encarnados por Susana,
la bohemia burguesa levemente artística encarnada por Margarita
y el ethos plebeyo ascendente encarnado por Liliana (incluso hay
discusiones sobre el uso del género en las palabras). Para sumar
tensión, Liliana invitará además al departamento a Arturo, su ex,
que también iba para la costa junto a su actual pareja. El origen
del viaje de Susana es el diagnóstico de un psicólogo sobre su
necesidad de vacaciones, tras que su hijo Ezequiel la obligase a
una consulta luego de que Susana se pasara con el consumo de
somníferos y durmiese tres días seguidos.
Arturo, el ex marido de Liliana, es un personaje indescifra-
ble. Al irrumpir en el departamento, declara amar los productos
importados, dice poseer clínicas y haber fundido estaciones de
servicio, ostenta una síntesis precisa de prejuicios y de saberes
prácticos. Finalmente, y antes de que la tensión por el espacio
físico pero también por el territorio simbólico ocupado estalle,
decide partir junto a sus dos mujeres rumbo a la casa de Ser-
gio y de Fede, unos antiguos amigos que estuvieron presos y
ahora viven juntos en la costa atlántica. A modo exploratorio,
Arturo irá a buscar a Sergio y a Fede junto a Susana, que por
algún motivo decide acompañarlo. Ese viaje, la recorrida por la
orilla del mar fuera de temporada en una localidad de la costa
atlántica, un paraíso de las clases medias, con un Toyota Corolla
tuneado, funcionan como una hermosa imagen epifánica de Dos
disparos. Los personajes comprenderán que son dueños de una
libertad cuyo locus es justamente una orilla, una frontera inter-
minable, y que no pueden comunicarse aunque compartan casi
todo. Luego se precipitará el final. Cuando esa noche Liliana
se accidenta en la casa de sus amigos –con quienes a su vez
mantiene un soterrado enfrentamiento cuyo origen nunca se de-
vela– Arturo, su mujer y ella intentarán volver al departamento

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de Susana. Tanto ella como Margarita no atenderán los llamados
telefónicos, e incluso apagarán las luces para no ser, otra vez,
anfitrionas forzadas.
De este modo, y más allá de la estética personalísima que
Martín Rejtman elabora en sus obras cinematográficas, son di-
versos los aportes de Dos disparos para la comprensión de ciertas
mutaciones al interior de lo que desde diversos sectores y diver-
sas disciplinas se piensa como las “clases medias”. Se trata de la
historia de una tensión histórica y social que no se traduce en ten-
sión política: más allá de las rispideces, el golem social de secto-
res medios que es representado en la película como un segmento
deambulante y alienado, sin proyectos vitales, sin relación con
instituciones sociales, donde los vínculos familiares se actúan en
los límites del sentido. Este panorama no tiene nada que ver con
la sobre-politización del discurso cotidiano escenificado por los
medios de comunicación, tampoco con el costumbrismo de las
series televisivas, y muchísimo menos con las visiones de un con-
sumismo alienado que suelen presentarse desde las izquierdas o
zonas críticas del campo intelectual.
Dentro de la estética abstracta de Rejtman, sin embargo, lo
real emerge en los términos del desorden de las jerarquías gene-
racionales, la construcción mental de las geografías, la relación
con arquitecturas, urbanizaciones y medios de transporte, y la
ausencia de subjetivación tanto en las instituciones sociales como
en el mercado por parte de amplias capas de la población: una
sintaxis de la vida cotidiana. La estructura de sentimientos, como
dijimos, de un gigante dormido que despertó en la Provincia de
Buenos Aires y optó por un radical cambio de gobierno como
una forma silenciosa de combatir quizás la monotonía, quizás la
degradación, quizás el persistente murmullo de todo aquello que
no es representado en la película.

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Relatos salvajes: erupciones privadas del
antagonismo público

Estrenada en 2014 y dirigida por Damián Szifron, Relatos salva-


jes es la agrupación de seis cortometrajes sin aparente relación
cuyo cemento narrativo parecería constituido por la emergencia
de cierta crispación. En realidad, lo que se representa es cierta
violencia no latente sino explícita en la subjetividad de sus perso-
najes, todos ellos pertenecientes a variadas zonas de los sectores
medios. La película se organiza en estallidos: su sujeto es, preci-
samente, una violencia emparchada por lo cotidiano que ante el
roce genera chispas y desencadena la combustión. La repetición
de la estructura chispa-antagonismo-estallido funciona en todos
y en cada uno de los relatos y se repite como un trauma. El sis-
tema de acordeón que estructura la obra, sin embargo, muestra
una variación en el principio y en el final. Mientras el primer y
el último cortos versan sobre la conflictividad en lo privado, los
cuatro intermedios versan sobre lo público. Y, en cierta medida,
sobre aquello que funda el orden de lo político: el conflicto entre
grupos sociales como materialización de ese pecado originario
llamado plusvalía.
El primer corto funciona a modo de introducción y es quizás
el menos complejo desde la perspectiva argumental, aunque goza
de una ejecución narratológica exquisita. Su escena final es me-
morable y acaso, como ha señalado Beatriz Sarlo, catártica: un
avión comercial manejado por un tal Pasternak se estrella en el
jardín de la casa de sus padres, dos personas cultas de clase media
acomodada. Pasternak planeó una venganza que incluye como
pasajeros de ese vuelo de la muerte a una serie de personas que le
arruinaron la vida. Sus padres, al momento de ser sepultados por
la bestia voladora, leen plácidamente en su jardín un libro de la
editorial española Anagrama y el suplemento cultural del diario
La Nación. Szifron elige iniciar su película, dedicada a su padre,

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con un manifiesto a favor de una violencia intra-clase, definitiva
y desmesurada, pero también quirúrgica, como el terrorismo que
utiliza drones. Pasternak elige con minucia a sus víctimas y en
este plano de la fantasía no produce daños colaterales; se inmola
para liquidar al germen de su desgracia personal, encarnada en
sus padres como metonimia de la familia pequeñoburguesa. La
de Pasternak es una guerra al interior del interior de las clases
medias, una guerra familiar. El antagonismo en estado puro: vio-
lencia social condensada y resuelta en la inmolación. El turismo
gratuito se convierte en pesadilla para las víctimas.
Este punto de no retorno es el que habilita al paso de las his-
torias cuyo locus es lo público, y que al mismo tiempo dialoga
con el corto final, en el que Erika Rivas encarna a Romina, la
novia vengadora. Romina y Ariel, su novio, son quizás los pa-
dres de Pasternak. Eligen casarse de acuerdo a los preceptos de la
sentimentalidad tradicional, están fundando una familia. En ese
corto, el último, Szifron elige representar el combustible mór-
bido que hace que esa relación –la de Romina y su marido–, a
fin de cuentas, funcione. La escena de la sanguinolenta pareja
de novios teniendo sexo semiborracha encima de la torta de bo-
das, tras haberse humillado públicamente y con sus dos Padres-
Esfinges-Edipos mirando la escena desde las sombras, una vez
que rompieron cuantos cristales y espejos los rodeaban –espejos
y cristales que se les clavaron y evidencian que, pese a mantener
el ropaje de lo viejo, su relación no puede ser representada por
el escenario escogido–, es un poema sobre el combustible oscuro
que se caldea en el mundo de lo íntimo hasta convertirse en un
goce que define a las existencias privadas de los “vecinos”.
Si el primer relato era sobre el terrorismo y la finalización,
el último es sobre la tradición y la reproducción. El orden de lo
privado también se sostiene gracias al conjuro de una violencia
desbocada y destructora, y las instituciones que hay para llevar
a cabo esa tarea están resquebrajadas: una fiesta de casamiento

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tradicional tiene, a su modo, la misma vigencia que un partido
político. De esta manera, el cierre de la película es una construc-
ción polivalente que funciona tanto como un falso happy ending
“en favor del amor”, como un vaso comunicante con el inicio de
esta historia circular, que nos habla del conjunto de estallidos y
de las maneras en que los mismos expresan, por su paroxismo,
modos de relacionarse con lo público.
La hilación de cortos aporta la siguiente seguidilla de conflic-
tos: la venganza de los débiles en el segundo, donde Rita Cortese
cose a cuchilladas a un caudillo político de una localidad peri-
férica; la lucha de clases entre un yuppie que maneja un Audi y
un oscuro personaje que conduce un Peugeot 504 destartalado y
parece salido de un relato de Carlos Busqued; el hombre contra la
corrupción en el corto donde Ricardo “Bombita” Darín enfrenta a
la burocracia pública como sinécdoque de la corrupción política
y halla una victoria pírrica en la cárcel, y finalmente la angustia
de los dólares y la discusión política en el relato donde Oscar
Martínez negocia la libertad de su hijo, que atropelló y mató a
una embarazada.
En los cuatro relatos que versan sobre lo público, entonces,
hay antagonismos que estallan con la gramática de la venganza.
Los elementos en danza son el mal funcionamiento de las ins-
tituciones, y su consecuencia: el antagonismo entre poderosos
y desposeídos. La justicia por mano propia parece ser la única
solución posible frente a los conflictos. Entre la corrupción como
cáncer de las instituciones del presente y el antagonismo fundado
en la desigualdad como roca viva de lo real, podrían pensarse
dos ejes, con sus respectivos extremos, que dan como resultado
cuatro cuadrantes en los modos de posicionarse en el plano de lo
público ante el antagonismo social y la falla de las instituciones.
En un eje vertical, podríamos pensar en modos de resolver los
problemas utilizando medios administrativos: en un extremo la
negociación con las instituciones, y en el otro su corrupción, es

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decir, pactos a espaldas de la ley. En el otro extremo, dos formas
de vehiculizar la violencia: de un lado el enfrentamiento directo y
cuerpo a cuerpo, y de otro lado el sabotaje, otra manera soterrada
de ejercer una violencia directa. Relatos salvajes traslapa estas
categorías para entender la dramaturgia política en el plano de las
relaciones personales.

Formas en que las clases medias resuelven el antagonismo


en la película “Relatos salvajes”

NEGOCIACIÓN
Leonardo Oscar
Sbaraglia Martínez

Ricardo Darín Rita Cortese

ENFRENTAMIENTO SABOTAJE

CORRUPCIÓN

La película tiene escenas que se repiten: golpes contra vidrios


blindados y automóviles que explotan en nubes de fuego. El ma-
tafuegos se usa para reducir un incendio o se transforma en una
precaria arma de ataque frente a la blindadura transparente del
poder. Los autos, que representan de una manera casi directa las
capacidades de consumo de la apaciguada euforia del crecimien-
to económico, no pueden sostenerse y explotan. De esta manera,

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la utopía de paz y administración, de consumo y desarrollo del
mercado interno, aparece como enferma y falsa. En Relatos sal-
vajes, la politización de los sectores medios y la gramática de su
relación con lo público acontece por otros carriles. Una pelícu-
la sobre la crispación de una década y sobre las gramáticas de
decodificación del antagonismo. Y sobre la imposibilidad de la
negociación.
El corto número 2, donde la cocinera ex presidiaria persona-
lizada por Rita Cortese acuchilla al político de pasado usurero
materializa la fantasía individualista de asesinar a un político y
trocar así crimen personal por crimen social. El oscuro acto de
justicia ocurre en un territorio onírico, y lo importante de este
corto es la duplicidad mencionada entre el político en campaña
que es al mismo tiempo un usurero. Pero también representa un
sabotaje fallido: el personaje de Cortese, una ex presidiaria, no
quería atacar en forma abierta. Lo hace forzada por la situación.
Su estrategia justiciera consistía más bien en matar soterrada-
mente y luego confrontar y negociar con el andamiaje jurídico.
Se pasa del sabotaje al enfrentamiento; del mismo modo que
cuando una negociación sindical fracasa.
Mucho más complejo, el corto número 3, donde Sbaraglia ter-
mina luchando cuerpo a cuerpo contra un tipo que transportaba
fierros y herramientas viejas en el techo de su 504 y termina
con ambos cuerpos incinerados al interior de un Audi, retoma
y reformula la gresca entre civilización y barbarie que recorre
ciertas lecturas canónicas de la literatura argentina. La mierda,
la abyección, la inutilidad de los matafuegos y la banalidad de
lo masculino entran en escena; sin embargo lo notorio es que en
este caso no sólo los papeles entre el civilizado y el bárbaro se
van intercambiando, sino que llegan a un empate hegemónico
moral. No es mejor el proletario vengativo y ciego que el burgués
altanero y vengativo. Ambos tienen su parte de culpa en la espiral
de confrontación. El modo de resolución del conflicto es, en este

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punto, prepolítico: al saberse rodeados de instituciones corruptas
o al menos ineficientes, y al descartar la negociación, lo que se
produce es el puro y tanático enfrentamiento. Este paso de una
negociación a un enfrentamiento cara a cara podría vincularse
con el tipo de disputa que puede llevar a cabo un partido político
en el gobierno frente a un cuasi-monopolio mediático.
A partir del cuarto corto se introduce la cuestión de la buro-
cracia y el funcionariado, ausentes en los primeros –porque en
el caso del candidato a intendente que muere se trataba de una
venganza personal–. El cuarto relato, una versión porteña de Un
día de furia, nos muestra a un Ricardo Darín que trabaja como
ingeniero especializado en implosiones. Su drama es que no se
resigna a capitular frente al pacto vergonzoso y absolutamente
visible que existe entre el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
y la empresa contratista que levanta los automóviles mal estacio-
nados con criterios esotéricos y arbitrarios. Darín parece estar
trabajando en una zona cercana a Puerto Madero, pero a partir
de que le llevan su auto por demorarse y “pedir una factura” en
la compra de una torta de cumpleaños para su hija, su vida se
desmorona. Llega tarde al cumpleaños, se pelea con su mujer,
arma un escándalo en una dependencia pública donde debía pa-
gar la multa por el mal estacionamiento que lleva a que lo echen
de su trabajo (su abogado le recuerda que la empresa trabaja con
el Gobierno) y entonces decide vengarse detonando su auto en la
playa de estacionamiento donde se iniciaron todas sus desgracias.
A través de las redes sociales, se convierte en un héroe popular,
logra que el periodismo investigue los contratos oscuros entre los
acarreadores y el gobierno, e incluso se reconcilia con su mujer y
con su hija desde la cárcel.
Los representados son conflictos transparentes: la debilidad
del hombre a la hora de disputar la tenencia de sus hijos, la debi-
lidad del “ciudadano común” frente a los pactos de la burocracia.
Otra vez, la solución se coloca del lado de un rebeldismo primiti-

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vo donde nuevamente hay automóviles que explotan, y matafue-
gos que chocan contra vidrios blindados. Cuando tiene que lidiar
con la corrupción sin rostro y burocratizada, el ingeniero, un
hombre de algún modo moral, tiene que recurrir al sabotaje puro,
tras haber fracasado en las instancias de negociación con el sis-
tema. El paso desde el enfrentamiento al sabotaje es claro. Pero,
al mismo tiempo, este tipo de antagonismo podría representar
también al que existe entre corporaciones económicas y Estados.
El quinto corto cierra la serie de lo público. El argumento es
simple: un adolescente de clases medias acomodadas –parecie-
ra la Zona Norte de la Provincia de Buenos Aires– mata con el
auto de su padre a una mujer embarazada a la salida de un bo-
liche. Vuelve a su casa compungido, relata lo que ocurrió y sus
padres quieren protegerlo. Para esto, se elige al jardinero como
potencial falso victimario, a cambio de quinientos mil dólares. El
corto se organiza entonces en torno a dos significantes: dólares
y negociación, pero por dentro de un entramado corrupto. Hay
un abogado que simula defender a la familia y es corrupto, un
fiscal que es corrupto, y un jardinero que no es corrupto pero
que al darse cuenta de la corrupción que lo rodea termina suman-
do a su parte en la cadena de corrupciones “un departamento en
Santa Teresita”. El punctum del corto está dado en el momento
en que el padre del adolescente, encarnado por Oscar Martínez,
decide ponerse duro en unas negociaciones donde se le pretendía
cobrar dos millones de dólares (un supuesto millón para el fiscal
que en realidad era mejicaneado por el abogado, quinientos mil
para el abogado, y quinientos mil más para el departamento). En
este caso la estructura de El Matadero de Esteban Echeverría es
recreada en base a una inversión particular: es el supuesto bárba-
ro fogoneado por la aspiracionalidad consumista de clase media
quien irrumpe en el santuario de los ricos, y termina sacrificado.
Lo significativo, sin embargo, no es el desenlace sino lo que
se cuenta: una negociación en las sombras, a espaldas de lo públi-

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co, llena de intermediarios, corrupción dentro de la corrupción,
donde un crimen inconfesable es soslayado para resolver una si-
tuación acuciante. Este modo de antagonismo es quizás propio
del comportamiento faccioso de la corporación política. Entre
la negociación y corrupción (en un momento el padre del ado-
lescente “se planta” y termina diciendo que no pagará más de un
millón de dólares en total), otra vez un desenlace trágico signará
el derrotero de la guerra al interior de las clases medias.
Relatos salvajes es una película donde no se habla de es-
tructuras ni de organizaciones. Los conflictos son reducidos al
lenguaje de la venganza y la corrupción como un problema más
moral que institucional y colectivo. Sin embargo, el film tra-
duce en términos individuales el repertorio de acción frente al
conflicto político que condensa el imaginario de los sectores
medios. Me gustaría finalizar con una imagen, y es la de un
vidrio blindado que se quiebra frente al filo de una barreta o
bajo el peso de un matafuegos. En su traducción siempre fallida
desde lo privado a lo público, la clase política argentina, pero
también los sectores medios, saben que el grueso y blindado vi-
drio de institucionalidad que se viene construyendo desde 2001
está agrietado. La crispación y el enfrentamiento intraclasista
fueron una de las formas que asumió esa violencia en los secto-
res medios, pero desde luego hay otras. Relatos salvajes viene
a dramatizar algunas de las profundas razones a través de las
cuales las clases medias amplias tematizan el fracaso de sus as-
piraciones.
Imposibilidad de negociación racional con las instituciones,
omnipresencia de la corrupción, posibilidad de un enfrentamien-
to directo entre clases y sabotaje como lógica de la construcción
política. ¿Son las mismas clases medias, intensas o estéticas, que
construían el sustrato de El estudiante? Seguramente no. ¿Qué
tienen en común los crispados de Relatos salvajes con los deam-
buladores de Dos disparos? Quizás nada. Sin embargo, todas es-

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tas actitudes hacia lo político están entrelazadas y conforman las
facetas de un estamento a veces monstruoso y a veces épico, que
no existe pero es capaz de realizar hechizos, y que está en proceso
de desaparición pero que, en Argentina, es invocado, una y otra
vez, como fundamento de una nación posible.

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Pablo Semán

Las clases medias y la imposibilidad


de parar de sufrir

I. Stand up

El stand up es a las clases medias lo que un pastor evangélico es
a las clases populares. En los dos casos alguien que puede ser
“cualquiera de nosotros” expone sufridamente los demonios de la
realidad para culminar en una reflexión en la que esos miedos, de
alguna manera, y aunque sea por el solo hecho de ser expuestos
y puestos en común, son exorcizados. Un habla apresurado que
grafica en la agitación de sostener la velocidad física del habla
el esfuerzo de las peripecias con que se atraviesan la jornada y la
vida entera. Un tour de force que a través del caos de situaciones
y sensaciones ilustra la exigencia que finalmente resuelve, pero
también arrasa, al “hombre de a pie” (al hombre y al esposo tra-
bajador, a la mujer y a la madre, a los trabajadores de posiciones
exigidas y ambiguas, a los adolescentes de 30 y pico que se an-
gustian, a los que desesperan por sostener un “nivel de vida” por
solo nombrar algunas de las variedades del sujeto de clase me-
dia). El stand up va por cada uno de los desagües y arroyos de la
existencia de las clases medias y la hace correr como sangre hacia
un estuario en el que finalmente una conciliación le devuelve al
trajinado cuerpo, identidad y paz: una conciliación relativa en la

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que el cielo de una sonrisa familiar, el autoperdón construido con
la relativización de las exigencias o la tercerización de las culpas
redondean una sociología “espontánea” (no menos espontánea
que todas las sociologías elaboradas, ya que no se trata acá de
sostener que hay sujetos que tengan una mirada privilegiada por
su declarada filiación a un método o teoría) que cumple un papel
social y terapéutico al mismo tiempo: a través de ese ejercicio de
confesión-cómica se ratifica identidad, se establece una brújula
comportamental y se gana equilibrio interno.
No se piense que tenemos con esta analogía ninguna intención
de denigrar al stand up ya que no sólo lo tenemos sociológica-
mente en alta estima y rechazamos su descripción despectiva en
nombre de estéticas más elevadas, sino que también tenemos en
un lugar muy alto al culto evangélico, entendiéndolo como una
puesta en escena de emociones, una misa real, llena de marcas
de experiencia de la cotidianidad de las clases populares. Eso les
permite a los pastores y sus fieles muchísima más comunión que
la que proporciona un sacerdote que casi siempre habla desde el
manual romano multiplicado por algún coeficiente que lo “dia-
lectiza” tan estereotipadamente que nunca se comunica con la vi-
vencia local. La diferencia entre el culto evangélico y el stand up
tampoco radica en que uno sea teatro y el otro no, ya que en los
dos casos se trata de dramatizaciones catárticas. Tal vez y sólo tal
vez, la diferencia esté en que el pastor hace venir la catarsis de un
escenario trascendente, desde un más allá en el que se encuentra
Dios, y el stand up trata de hacer surgir esa palabra del uno mis-
mo al que se dirige y al que le provee una última oportunidad de
sosiego luego de haberlo paseado a toda velocidad por los infier-
nos de la pareja, la suegra, la anorgasmia, el trabajo, los amigos,
el jefe, las vacaciones, la prepaga, los hijos en todas sus edades.
El ritmo, el contenido, la autoparodia amarga recuperan esas
vivencias en un nivel reflexivo y estético, hasta convertirlo en una
experiencia, en la simbolización de una posición en la sociedad.

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¿Y qué es lo que se inscribe como experiencia en esa actividad?
La que debiera ser considerada una de las características centra-
les de las clases medias y, al mismo tiempo, uno de los rasgos
más oscurecidos por diversos, influyentes y contrapuestos aná-
lisis: la volatilidad de las posiciones de clase media sea cual sea
el parámetro de ocupación, ingresos y educación que se tome
para caracterizarlas. Conocemos los problemas de definición de
las clases medias abordados por investigadores sistemáticos y
experimentados. Los cuestionamientos dicen que si por un lado
reflejan a prioris de los investigadores (la sociedad tiene extre-
mos y por tanto medio, o el del valor moral atribuido al punto
medio, etc.), por otro son definiciones que siempre incluyen o
excluyen casos en contradicción con la definición de partida que,
por lo tanto, se torna inválida. Aquí no daremos una definición
sino que recorreremos caminos que aportan notas históricas a una
definición que toma en cuenta su definición como grupo de la
estructura ocupacional que incluye desde ciertos grupos de asa-
lariados (trabajadores no manuales) e independientes (aunque no
todos) hasta pequeños propietarios. Se verá que alguna de las
notas históricas que tomamos en cuenta –la transformación de
la relación con el trabajo y con la política– repercute sobre ese
punto de partida. Y nuestra tesis es que de esa repercusión de la
historia sobre la estructura habrá que tomar nota para definir ese
grupo social de aquí en más.
Los nacional-populares del país y de todo el continente han
insistido en la descripción de las clases medias como damas que
dejan de otorgar sus favores apenas el marido tiene un problema,
como casquivanas a las que su voracidad ignorante las conduce
a entregarse a un Casanova que las engaña, las deja en la ruina y
las obliga a recomenzar desde abajo con el viejo marido cornudo
y perdonador. En ese relato las clases medias habían sido eleva-
das por los regímenes posneoliberales pero se creyeron que ha-
bían avanzado por sí mismas, reclamaron a título de sus méritos

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imaginarios y quebraron la unidad popular que las sostenía. Una
preconcepción al mismo tiempo sociológica y moral se escondía
tras ese diagnóstico. Las clases medias serían simultáneamente
el residuo político que todavía no se decide en una polarización
históricamente necesaria (la clase media es un coloso entre dos
gigantes he escuchado rezar a los militantes trotskistas que leían
a Trotsky) y desde el punto de vista moral serían esa tibieza que
Dios ama vomitar.
Para quienes confrontaron con los “populismos” la posición
era simétrica e inversa: las clases medias representan lo mejor de
la sociedad y son las bases sociales y morales para un salto cua-
litativo del desarrollo económico y político. Reclaman más de lo
mejor y permiten corregir o superar los límites de los populismos
una vez que, claro, abren los ojos y se salen de las promesas de
atajos y consumo. Es que si los nacional-populares se sorprendie-
ron por el “abandono” de las clases medias al grito de “traidoras”
no debemos olvidar que los opositores de ese entonces no podían
creer cuando en los años de oro del kirchnerismo esas mismas
clases medias, concebidas como fuentes de virtud emprendedora
y cosmopolita, aplaudían “lúbricas y erradas” nacionalizaciones,
protecciones industriales y latinoamericanismos de ocasión.
El equívoco de esas dos posiciones reside en una lectura del
proceso social y económico que absolutiza información sociode-
mográfica parcial e ignora lo que la sabiduría del stand up trae
embutido sin números, pero con sensaciones cuya capacidad de
interpelación al público de clase media hablan de su verdad. Las
interpretaciones políticas de la clase media, cualquiera sea su sig-
no, confunden al menos dos hechos. De un lado, el grupo de in-
gresos medios de la contemporaneidad con las viejas clases me-
dias que más allá de tener ingresos medios ocupaban posiciones
que intergeneracionalmente se revelaron “sólidas” y “cómodas”
hasta los años 60. De otro, la autoidentificación de una buena
parte de la sociedad con el valor “clase media” tomado como un

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imperativo social y, al mismo tiempo, como una forma simple de
deslindar la propia posición social de grupos extremos y denos-
tados en clave política, social o económica. Los grupos de ingre-
sos medios que según la visión sociológica clásica se integraban
de empleados calificados, profesionales y pequeños empresarios
fueron el supuesto ejemplo de la integración y la movilidad social
ascendente hasta algún momento del siglo pasado que tal vez ter-
minó en los años 70. Era la época en que la madre protestaba por
los precios, el padre por la rutina de la oficina y Mafalda se so-
ñaba presidente de la ONU. El departamento mínimo era propio,
pero no cabía esperar cataclismos sino mejoras laboriosamente
obtenidas, pero mejoras al fin y, en el peor de los casos, un tedio-
so estancamiento. En realidad, el fenómeno se limitaba a Buenos
Aires y algunas grandes ciudades del país, pero servía de ejemplo
de un país posible. Desde el Rodrigazo en adelante con los picos
de la dictadura militar y el menemismo esas clases medias su-
frieron una recomposición entre fracciones que ascendieron vin-
culadas a la modernización económica, las menos, y las que, de
diversas formas, se empobrecieron. En conjunto perdieron peso
en la estructura social y lo que es más importante: las posiciones
de clase media se volvieron intrínsecamente más débiles y por
lo tanto angustiantes. La estructura del mercado de ocupaciones
profesionales ya no era tan estable ni tan promisoria, los empleos
autónomos fueron muchas veces formas de autoempleo expues-
tas a las más diversas intemperies y sacrificios mientras el mundo
de las pequeñas y medianas empresas se volvía cada vez más
riesgoso y el empleo estatal, que albergaba diversas fracciones
de clase media, era una fuente de empobrecimiento. Además mu-
chos de los bienes y servicios que el Estado aseguraba como un
salario indirecto se deterioraron tanto que esas clases medias que
siempre en algún grado los consumían, debieron encontrarlos a
un costo altísimo en el mercado: medicina, seguridad y, notable-
mente, educación se tornaron productos de mercado. Abstenerse

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de ellos no sólo amenazaba con la salida de la clase media por
imposibilidad de reproducir la posición en nuevas y más exigen-
tes condiciones sino también volvía mucho menos gratificante
la vida. No menos preocupante ha sido para esas clases sociales
el hecho de que se hacía cada vez más difícil transmitir un ca-
pital y un patrimonio a los descendientes que a su vez entraban
al mercado laboral degradado en que la situación de “autóno-
mo” se expandía con toda la serie de precariedades que asiste a
esa característica. Al final de los 90 las clases medias además de
haber perdido peso en la sociedad, cediendo al aumento de las
clases bajas, se habían heterogeneizado y en ellas predominaban
las posiciones más frágiles. Fue, debe recordarse, el momento
en que empezamos a hablar de “nuevos pobres” como lo vio y lo
describió casi en tiempo real Gabriel Kessler.
Con la recuperación económica posterior a la crisis de la con-
vertibilidad las clases medias se expandieron y la pirámide social
parece adoptar otro rumbo. Las clases medias recuperan espacio
y la heterogeneidad interna parece disminuir con el aumento de
algunos pisos salariales. Pero esta nueva ampliación de las clases
medias sucede en un contexto en que la mercantilización de la
reproducción de las familias no cede, en la que los estímulos al
consumo imposible de capitalizar son mayores y en la que las
posiciones laborales parecen tener una mayor fragilidad que la de
las clases medias del período “de oro”. Y esto es más acuciante
aun si se asume como lo hace la prospectiva citada por Vanoli en
este mismo libro: los mercado-internismos y neokeynesianismos
latinoamericanos son una reedición menor de la excepción que
constituyeron las diversas formas de Welfare State, frente al hori-
zonte de nueva precarización que se viene anunciando al menos
desde 2008 con los efectos locales de la crisis internacional y
con el inicio de esa “revolución de los ricos” que tomó alas e
impulsos en las dudas, soberbias, impericias y penales regalados
por el kirchnerismo. Para decirlo mal y pronto: pese a la recupe-

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ración de ciertos horizontes de trabajo y consumo pertenecer a
la clase media cuesta muchísimo más trabajo que antes, pero da
muchísimas menos satisfacciones y seguridades. Si faltase una
prueba de esa volatilidad sólo debe tomarse en cuenta la sensi-
bilidad de los presupuestos de estas clases, y de sus opiniones
a las medidas económicas del nuevo gobierno. Más aun: con la
mercantilización y la financiarización crecientes y con los costos
que tendría descender la verdad del stand up cae redonda. Esa
verdad supera las enunciaciones de la política escindidas entre el
policía bueno que las adula y el policía malo que las destituye: en
la actualidad pertenecer a las clases medias es estar condenando
al ejercicio permanente de malabares que explican lo abrumado
de la existencia que el stand up condensa en tan despreciada re-
presentación dramática.

II. “Laburantes”

Estar incluido en el mundo del trabajo es de alguna manera un


estado de excepción y de gracia: “Tener trabajo es una bendición”
observa bien Macri en un desempeño discursivo que amalgama la
lectura sociológica de la Argentina contemporánea con la acción
tendiente a que ese estado de cosas sea el horizonte en el que cal-
culen sus acciones las masas de trabajadores móviles aguijonea-
das por la voracidad en un extremo y la incertidumbre corrosiva
en el otro. Lo que a muchos puede parecerles injusto y enervante
no hace más que describir la específica relación que en el pre-
sente une a las clases medias y el trabajo. En una sociedad ame-
nazada por dinámicas excluyentes el solo hecho de pertenecer al
mundo de algo que podría reconocerse como “trabajo” redefine
las fronteras de lo que puede reconocerse como clases medias.
Hace algún tiempo Martín Rodríguez decía que el eco que
Alejandro Fantino encuentra en la sociedad y en sus interlocu-

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tores se explicaba por la mímesis con esos interlocutores. En-
carnaría al hijo “atorrante, inocente y putañero de Doña Rosa...
aquella señora que inventó Bernardo Neustadt para construir el
liberalismo popular, el punto medio en el que las clases razonan
(o habían razonado) y pactan en torno a lo real”. Hay algo más en
ese personaje que lo hace central para la experiencia de las clases
medias. La presentación amigable, referencia a sí mismo como
uno más, como un hombre de a pie, que la batalla todos los días,
que tiene los problemas de todos, las cuentas, la casa, la mujer,
los hijos, los padres, los suegros, los consumos de las vacaciones,
el viajecito, el futuro, los impuestos, el dólar se condensan en una
autoidentificación repetida ad infinitum por el conductor televi-
sivo: “un laburante”. El hecho no debería pasar sin ser subrayado
si se quiere interrogar la experiencia de una masa heterogénea de
seres humanos que pueden asumirse, con esos problemas y con
esas ambiciones, como parte de la “clase media”, independien-
temente del lugar que ocupan en la estructura de ocupaciones
sea éste el que objetivamente poseen en la escala de ingresos o
el peldañito que pisan en los gradientes de prestigio en que los
coloquen sus conciudadanos.
Es que las clases medias no caben en los estrechos moldes que
definirían el trabajo calificado, un nivel educativo o un determi-
nado ingreso. Indudablemente son los profesionales, pero no se
trata de sólo ellos. Tampoco son solamente los educadores que
son parientes muy pobres de los profesionales. Y hasta se duda
de la pertenencia de los educadores a las clases medias cuando se
escucha en un barrio muy pobre decir: “Ese tipo tiene más ham-
bre que un maestro de escuela”. Y se duda, pero no debe dejar de
incluirse en las clases medias al empleado de comercio que tiene
educación secundaria y tal vez terciaria, pero un horario de em-
pleo y un sueldo descalificantes si se lo compara con un emplea-
do del SUTERH o con un camionero. Y no menos integran las
clases medias los dueños de Pymes que tras dos o tres generacio-

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nes de inversiones progresivas en el ramo en que actúan dan lugar
a una cuarta generación, la de los hijos universitarios con todo a lo
que tienen derecho. Todas estas trayectorias se espejan en un ideal
al que aspiran y tiene que ver con el orgullo de Fantino de repre-
sentarse como “un laburante”. El orgullo reivindicado del trabajo,
como la explicitación y muestra permanente del rol de padre/ma-
dre que se hace cargo de sus hijos, los lleva al colegio, les habla
y, por lo tanto, de una cotidianidad ordenada que permite esos
desempeños que son puestos a la consideración pública como los
títulos de una honorabilidad que debe ser reconocida urbi et orbi
y si no como una contribución a la sociedad al menos sí como una
distinción respecto de aquellos que son nocivos ya sea como pa-
rásitos o como príncipes improductivos. Éste es el resultado de la
transformación del mercado laboral, los patrones de intervención
del Estado y de las empresas que abastecen a los sujetos con todo
tipo de servicios que se ha dado en los últimos 40 años. Hay una
pregunta certeramente planteada por Vanoli en este libro: “[…] la
utopía política de las clases medias argentinas era capaz de hacer
convivir el republicanismo como forma de gobierno, la mesura
como vector de consumo, la familia nuclear territorialmente pro-
pia como modo de subjetivación en lo privado, la meritocracia
como teodicea de la desigualdad, el ahorro como base del ascenso
social y el Estado de Bienestar como institucion paliativa. [...]
¿Pero resiste este modelo los embates de ciertas transformaciones
tecnológicas, económicas y societales contemporáneas?” Pues
bien: la centralidad del trabajo en términos del ser “laburante”,
antes que profesional, educado, independiente, para definir las
clases medias, es una de las expresiones que responden a la impo-
sibilidad de permanencia idéntica de ese modelo.
Esa narrativa de las clases medias amplía la noción respecto
de las evocaciones que la asocian a la educación o a un cierto
estatus, pero también a una moderación moderadora de toda la
vida social o a un temperamento equilibrado. Ingresan en ella los

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casos que antes constituían sus fronteras por abajo y por arriba:
el “carnicero que gana bien pero no es educado” o el empleado
de altísimo nivel de una multinacional que puede terminar en la
ruina en cualquiera de las dramáticas, esperadas y rutinarias cri-
sis de la economía argentina tal como se graficaba en Las viudas
de los jueves. En esa apertura de las fronteras hacia arriba y hacia
abajo el significante “laburante” que antes podía englobar a “los
trabajadores” y “los humildes” pasa a trazar el arco que engloba
casi perfectamente a esa masa de millones de casos que hetero-
geneizan las clases medias en posiciones, trayectorias y autoiden-
tificaciones diferentes e incluso contrastantes. En esta resignifi-
cación pesa tanto lo que veremos después como la constitución
de la clase media en un ideal del yo, como una transformación
de la estructura social sobre la que hay que llamar la atención: el
llamado a “ser clase media” amplía sus filas por el incremento de
aspiraciones convocadas, el cambio de la estructura social amplía
la noción socialmente disponible de clase media porque aparecen
nuevos extremos.
Es que tal vez las clases medias sean el efecto de la doble
necesidad de recortarse imaginariamente contra dos fantasmas
con los que sostienen un combate y un orgullo. De un lado, res-
pecto de aquellos que no tienen que trabajar para vivir bien, pri-
vilegiados de cuna que no tienen ni la necesidad material ni la
obligación moral de erigir el capital cuyo rédito es la fuente de
sus ocios y satisfacciones. Y de otro lado, respecto de la masa
imaginaria de marginales que viven de un picoteo que va desde
los planes sociales hasta las actividades ilegales pasando por una
serie de actividades que “desgastan”: desde parasitar la basura a
deslomarse en trabajos informales y predominantemente manua-
les. Entre esos dos mundos el punto medio es exactamente el del
“laburante” que tiene un trabajo “genuino” y que se siente estafa-
do por los “improductivos”. Ese recorte imaginario no se ejerce
en el vacío sino en el marco de una mutación estructural que le da

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muy buenos motivos a esa imaginación: si ya no hay empleo para
todos la nueva estructura social deja en el medio a los que, por
las razones que fuere, se hicieron de los empleos posibles. En ese
contexto no debe asombrar algo que por repetido ya es desatendi-
do: los altibajos de las agitaciones por la inseguridad consolidan
en el largo plazo, sea cual sea la forma que asuma la respuesta
a la problemática de la seguridad, una tendencia a identificar la
pobreza con una carga ominosa y, finalmente, como un otro de la
nación que debemos constituir.


III. Clase media way of life, un ideal del yo

Indignado por aumentos de precios, despidos y dinámicas de


ajuste, un profesor universitario impugna al gobierno actual y
dice: “Che, no entiendo por qué con el ‘flagelo’ de la inflación
alcanzaba para comer afuera, tomar buenos vinos, ir de vacacio-
nes, cambiar el auto, comprar libros, ir al cine, comprar pilchas
(todo eso junto y de profe universitario nomás) y ahora parece
que no...”. Un crítico del kirchnerismo como Tomás Abraham di-
seña el horizonte módico en que el actual gobierno podría anudar
un segundo mandato, es decir, conformar las mayorías electo-
rales y sobre todo a su propio electorado que en gran parte es
de clases que nadie dudaría en reconocer, con la teoría que sea,
como clases medias. Y afirma: “El mundo ya no es bipolar. Nadie
quiere una sociedad comunista, ni los comunistas. Tampoco un
capitalismo salvaje donde cuatro tipos tengan todo. Así que más o
menos estamos de acuerdo en este ideario de clase media, educa-
ción, salud, viajar, poder tener un sueldo que te permita algo”. El
periodista le pregunta: “¿Podría ser el paraíso que descubre en las
películas de Woody Allen?”. Y Abraham aclara: “Claro. ¿Quién
no quiere vivir ahí? Incluso para sufrir, como él. Es el paraíso de
la clase media. ¿Está mal? ¿Cuál es el otro universo?”.

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Independientemente de las posiciones que se ocupen en la
grieta, y a pesar de la actualidad y eficacia de las prédicas des-
tinadas a evangelizar a la población en que “hemos vivido por
arriba de nuestras posibilidades”, el ideal de un “clase media way
of life” domina el imaginario social a un punto tal en que ningún
liderazgo político puede cuestionarlo o evitar avalarlo. Esa posi-
ción prevalente del “ser clase media” funciona como el ideal del
yo en la conciencia, como esa obstinación que una vez caídas las
ilusiones infantiles, conecta al sujeto con imágenes de plenitud
equivalentes a las infantiles pero válidas en el juego social. No
seremos Superman, pero seremos clase media. No seremos Dio-
ses pero seremos clase media. Ese ideal tiene modulaciones muy
variadas pero debemos convenir en que más allá de heterogenei-
dades, o de si las clases medias consisten en una posición en la
estructura ocupacional o un relato que define una posición, las
clases medias pueden entenderse, también, como un conjunto de
aspiraciones que, independientemente de su posibilidad de cum-
plimiento, definen los horizontes de esfuerzos, las posibilidades
de frustración, los horrores y las fobias que delimitan el ideal al
que familias y sujetos rinden culto y de acuerdo al cual regulan su
trabajo, su consumo, sus relaciones con otros grupos y el Estado.
Esas aspiraciones definen incluso una aspiración más genérica y
lógicamente anterior: la voluntad de “ser clase media”.
Así, la clase media es, idealmente, un lugar donde no hace frío
ni calor, donde no hay pobreza ni exhuberancia, apuro ni prisa.
En la clase media idealizada todo llegaría a su tiempo, por su
debido camino, como recompensa justa, necesaria y posible a los
empeños y la capacidad. Todo debería llegar como resultado del
esfuerzo y no como regalo de cuna. Y si en el camino apareciesen
obstáculos, piedras y penares no deberían tener lugar esas rabias
que son como desbautizarse: debería haber una especie de garan-
tía trascendente que le permita al viviente atravesar esos valles
con la seguridad de que llegará y que cuanto más entero llegue,

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cuanto más temple muestre mayor será su premio. Llegado a la
clase media (o plenamente instalado en ella) el ser humano ten-
drá lugar para pescar a la tarde, leer a la noche y trabajar por las
mañanas, para poder producir al menos lo que consumen él y los
que están bajo su abrigo. Es, hasta cierto punto, la tierra sin mal
del imaginario guaraní, la Segunda Venida del Señor del Cristia-
nismo: allí la muerte, como la falta de tiempo no existen pues hay
un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo. Descripta
de esa manera tan exigente la clase media es el nombre de una
frustración: la que surge de anudar el propio ser a un deseo que,
permítasenos decir, es de realización imposible y, para colmo de
agravios, invalidante: es que esa experiencia idealizada, en tanto
es presentada como la condición de acceso a lo humano, reenvía
a la barbarie y la infelicidad a todo aquel que siente que no ha
llegado a ese universo autoexpansivo y autosostenido o siente que
al habitar este continente ideal cruje de incapacidad. El ideal que
se deriva de una filosofía política y social que no sólo está escri-
ta en los formatos tradicionales del libro académico, el discurso
político y de diversas instancias del Estado sino que se apuntala
principalmente en los implícitos de los discursos periodísticos,
religiosos, publicitarios y de diversos especialistas que se dirigen
a todas aquellas personas de buena voluntad que quieran habitar
la tierra de la clase media.
Ahora bien: el camino realmente existente a ese país aparece
plagado de hechos que hacen pensar que ese paraíso no existe,
que no se arribará jamás, que no se llegará entero como para dis-
frutarlo. Esa ha sido además la experiencia por la que han pasado
millones de ciudadanos que pertenecen a las clases medias, as-
piran a ser considerados parte de las mismas o al menos a gozar
del estilo de vida que el imaginario social construye para iden-
tificar esas clases como una identidad deseable. Pertenecer a la
clase media, como ya lo dijimos, cuesta muchísimo. Así que la
experiencia de intentar pertenecer o sostenerse en los parámetros

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admitidos como “de clase media” es antes que nada una frustra-
ción permanente.
No es casual entonces que para poder sostener ese ideal, que
la realidad desmiente a cada paso, haya una operación en la que
se implican los sujetos desde su vida privada en diálogo con un
acervo cultural sedimentado y enunciadores públicos que lo reac-
tivan a cada instante. En el vaivén que se da entre los ideales
y los fracasos de la vida de los sujetos aparecen las narrativas
sociales, políticas y culturales que permiten sostener ese ideal.
El gap entre deseos y realidades se cubre con las más diversas
fantasías que no necesariamente paralizan sino que dan lugar a
proyectos personales, movimientos colectivos, regeneración de
utopías. Durante los 90, en que una buena parte de las clases
medias se empobreció, las narrativas que apelaban a un origen
que debería garantizar un destino fueron la forma de demarcar
los límites con sujetos que se acercaban peligrosamente a las cla-
ses medias descendidas por otras vías. Pero no solo se trata de la
reafirmación de los orígenes europeos, el valor de la disciplina, el
trabajo y la educación como vías regias al progreso. Esas mismas
clases medias, al ver bloqueadas sus expectativas y sobre todo
las de sus descendientes, activaron una crítica de la nación: si
ellos eran meritorios el defectuoso era el país que no los merecía.
Toda una literatura masiva se encargó de poner en sentimientos
públicos y compartidos la idea de que éste no era “el país que nos
merecíamos” e incluso que “el país no se merecía gente como
nosotros”. Un best seller de los años 2000 mostraba en las cartas
de argentinos que se iban o se querían ir del país la vivencia de
una separación afectiva en la que se le reprochaba a Argentina
no haberles dado lugar. Más allá de la migración real se podía
asistir a una forma de expatriación simbólica que fue recurrente
en los últimos lustros. El cosmopolitismo atribuido a las clases
medias en Argentina, interpretado a veces como una supuesta
irresponsabilidad nacional y otras como un hipotético carácter

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civilizado, tuvo una connotación específica y transformada en los
90. De la Argentina “europea” a la Argentina que era “parte del
Primer Mundo” mediaba la transformación del consenso al que
esas clases medias adhirieron mayoritariamente, redefiniendo su
relación con la nación. El acuerdo con un orden económico que
no sólo mantenía al país a distancia del infierno inflacionario,
sino que también comunicaba a sus habitantes con “el mundo”
(el conjunto de países más avanzados económica y tecnológica-
mente al que Argentina se estaba integrando). Así la caída de la
convertibilidad y el arreglo duhaldo-kirchnerista fueron vividos
por parte de las clases medias como experiencias de ruptura del
vínculo con Argentina, de denuncia de una “tierra maldita” que
se “aísla del mundo” refugiándose en una idiosincrática ineptitud
histórica, cultural y moral que explicaba retrospectivamente la
brecha entre los sujetos y un país que no los merecía. No casual-
mente se planteaban seriamente, y con más respaldo del que hoy
podemos recordar, alternativas como la dolarización, la regiona-
lización, el acompañamiento de la invasión a Irak, la entrega del
gobierno a un consejo de sabios globales y la constitución de un
fideicomiso con el inservible patrimonio nacional para pagar la
deuda externa. El sueño de clases medias continuó y se vio alen-
tado con la recuperación económica hasta que las primeras seña-
les de bloqueo volvieron a excitar la irritabilidad que surge de la
diferencia entre lo deseado y lo obtenido. Y como la migración
ya no era una vía posible la demanda de ser “otro país” tuvo la
posibilidad de articularse de forma más intensamente militante.
Así esa voluntad se redefinió de acuerdo a un lema: “Tenemos
que hacer de este país el país que nos merecemos, sin claudi-
caciones ‘tercermundistas’”. Parte de las tensiones que hemos
vivido en los últimos años, y que explican el predicamento del
PRO, se jugaron en esta clave en la que las demandas frustradas
de ingreso, de consumo, de diversas maneras fueron concebidas
como el efecto de una pérdida de rumbo histórico en el que nos

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hundieron el nacionalismo, la corrupción y la irresponsabilidad
populista (no casualmente retorna en los últimos años el motivo
del peronismo como karma o pecado original).
No ha sido la única reacción: una parte de las clases medias
leyó la crisis de 2001 como la posibilidad de un reencuentro con
la nación traicionada y luego, en 2008, como una reanudación
del eterno combate del pueblo contra la oligarquía. En la versión
nacional-popular, probablemente menos extendida, pero intensa-
mente presente, vivían los mismos sueños que en el bando cos-
mopolita: trabajo, educación, progreso y en vez de un mea culpa
por el peronismo la afirmación de que éste ha sido el movimiento
que habilita, justamente, ese sueño que los enemigos políticos,
pero hermanos de clase, desafían ciegamente, contra sus propios
intereses. Es justamente la tensión entre estas dos posiciones la
que se plantea entre las dos versiones de un mismo proyecto: el
país normal que exige el sacrificio de una militancia revolucio-
naria por un tiempo.

IV. Revolucionarios del país normal

La amplitud de la interpelación que engrosa los contingentes de


la clase media y, al mismo tiempo, los sufrimientos es, además,
condición de una forma específica de ciudadanía: jerarquizada y
combativa. Las clases medias, no siempre exclusivamente, pero sí
marcadamente, asumieron en diversos momentos de los últimos
años un activismo político que las consagró en varios espejos, los
medios, la literatura de intelectuales masivos, como protagonistas
decisivos. Las cacerolas del 2001, aliadas o no de los piquetes de
los sectores populares, reaparecieron en la batalla política aliadas
al campo contra la pretensión del gobierno de aumentar las reten-
ciones. Sin ellas la posición de los dirigentes y productores ru-
rales no hubiera alcanzado la resonancia enorme que tuvo y que

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seguramente facilitó la victoria parlamentaria de la oposición. Y
arremetieron en 2011 y 2012 en protestas y manifestaciones que
contrapesaron los triunfos electorales del kirchnerismo y, hasta
cierto punto, prefiguraron y construyeron las derrotas electorales
del gobierno en 2013 y 2015. Pero las clases medias intervinie-
ron, también, en un sentido diferente: han sido y todavía son el re-
servorio demográfico de las invocaciones kirchneristas “puras”,
aquellas que concibieron a Néstor Kirchner y Cristina Fernández
como la actualización y superación del peronismo en tanto mo-
vimiento emancipatorio. Si esa presencia es decreciente y relati-
vamente débil en el padrón electoral no es menor en un escenario
en que la polarización política se dio a partir de una guerra de
clases medias que aparecen alternativamente como fundamentos
de un poder o como artífices de su erosión. Una situación que ha
hecho que estas clases medias terminen concibiéndose no sólo
como protagonistas sino también como históricamente eficaces.
Y tan fuerte es este sentimiento que en los últimos lustros una de
las formas en que estas capas sociales se autoconvocan a la ac-
ción apela a la memoria reciente de esos éxitos: “Somos los que
echamos a De la Rúa”, “Somos los que paramos la 125”, “Somos
piquete y cacerola”, son los gritos de guerra con los que se ani-
maron a enfrentar el segundo gobierno de Cristina Fernández de
Kirchner o los que llevaron a una militancia autónoma y frenética
a buscar y tal vez a provocar parcialmente una insuficiente pero
notable remontada electoral favorable a Daniel Scioli.
Si diversos sectores de las clases medias tienen la sensación
de ser decisivos en la política es en parte por una historia previa
que los constituye, le da algo de verosimilitud a esa concepción
y las dispuso en esas lides. Representadas por el radicalismo o
por diversas experiencias de centroderecha y de centroizquierda
fueron centrales en la precuela de la secuencia desarrollada desde
diciembre de 2001: en octubre de 2001 votaron en blanco, nulo o
por formaciones que impugnaban fuertemente la representación

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política existente. Y ese voto fue tan masivo que incluso sin que
hubieran ocurrido los hechos de diciembre de 2001 representaba
un fuerte cuestionamiento a la oferta política existente y al des-
empeño de los políticos. Ese comportamiento electoral reflejaba
menos apatía que el resultado de un desarrollo histórico en que
sujetos de diversas fracciones y recorridos de las clases medias
se comprometieron previamente en sucesivas experiencias de
participación política, que fueron desde el apoyo a diversas for-
maciones en 1980 y 1990 hasta el desarrollo de organizaciones
que se integraban sofisticada y complejamente al sistema polí-
tico (como organizaciones de derechos humanos o fundaciones
que fomentaban la participación y la fiscalización de la política).
Las frustraciones políticas de los 80 llevaron a diversificar los
lazos con lo político en un proceso que afinó las demandas po-
líticas de estos sectores medios durante los años 90 y se expresó
en experiencias tan diversas como las del FREPASO, la Alianza,
Acción para la República, en fundaciones como Conciencia y
Poder Ciudadano, en la renovada actuación del CELS y de los
organismos de defensa de derechos humanos. Al mismo tiempo
los principales partidos sufrían el desgaste que les imponía su
disociación entre juegos de seducción cada vez menos eficaces
que los llevaban al gobierno con programas incumplibles debido
a la cada vez más restricta posibilidad de direccionar las políticas
públicas dado el peso de actores extra gubernamentales y extra
partidarios en la definición de esas políticas públicas. La conju-
gación de estos desgastes y estos desarrollos alternativos está en
el origen del triunfo de la Alianza y también en el de los cuestio-
namientos que estuvieron en las bases de su caída.
Apuntamos ese antecedente y su expresión específicamente
electoral porque en ellos se advierte que no son simplemente
minorías activas sino amplios sectores de las clases medias los
que de diversas formas estuvieron marcados por la experien-
cia del poder: promovieron movimientos electorales exitosos en

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el desarrollo, afirmación e impugnación de fuerzas políticas y
gobiernos. La autoimagen que se dan, de actores decisivos de
la política, no es ni casual ni falsa. Los últimos 10 años han
tenido en esas clases medias protagonistas masivos, conscientes
de sus objetivos y de su poder de producir efectos en el espacio
público.
Es curioso que esas mismas clases medias que por caminos
opuestos reivindican un poder casi revolucionario sean las mis-
mas que, también por diversos caminos, adhieren a un motivo
insistente en las últimas décadas: “un país normal”. Más allá de
los datos de la experiencia, que llamarían a interrogar ese ideal,
las clases medias han sostenido diversas versiones de esa utopía.
Si la convocatoria kirchnerista apuntalaba un deseo de Estado de
Bienestar a caballo de una economía basada en el mercado in-
terno lo que termino confluyendo en Cambiemos aspiraba a una
economía abierta al mundo en la que el dinamismo de empren-
dedores del campo y la ciudad, liberados del yugo estatal darán
oportunidades para todos, pero con disfrutes proporcionales a
la productividad y los esfuerzos de cada uno. A la sueca o a la
australiana las clases medias sueñan con que el déficit de empleo
sea casi el de la rotación entre puestos de trabajo, con grados
de inclusión tales que la pobreza sea al mismo tiempo baja y
“digna”. En ese país reconciliado con “sus verdaderas posibili-
dades”, que no son consideradas de ninguna manera ambiciosas
o excepcionales, esas clases medias podrían retornar a la vida
cotidiana, al remanso de los hogares, a mirar el acontecer histó-
rico desde ventanales donde se alzan distantes la ciudad, la mon-
taña o, por qué no, un espejo de agua. Lo que no parece caber en
esos raciocinios tan opuestos políticamente es una observación
sobre la extremada anormalidad de los casos en que se inspiran
o la intensidad de los esfuerzos, conflictos y tiempo que han
consumido los países normales a los que se toma por ejemplo de
modelo y posibilidad histórica.

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Pero valga todo esto para subrayar algo que subyace al deseo
de normalidad que orienta a las clases medias. Hasta cierto punto
el país es el país que “se merecen”, lo que conduce a un paño de
fondo sobre el cual la aspiración a la normalidad es antes que
eso un deseo de reparación que ha surgido en el seno de una ex-
periencia histórica que las más diversas fracciones de las clases
medias han experimentado como la de un fracaso por revertir y
resolver. La revolución del país normal es la militancia a favor
del país que necesita el ideal del yo, la Australia o la Suecia que
creímos que debíamos ser y no fuimos.

V. Macri: conducción espiritual

Aquello que los opositores señalan en el actual Presidente con


un decir socarrón e ignorante, que Mauricio Macri es un pastor
electrónico, encierra un equívoco que encapsula una verdad que
debe ser extraída de su enunciación resentida. Allí radica parte
del lazo en que se encuentra con las clases medias en sus diversas
fracciones y orientaciones políticas. Aunque obviamente no mo-
nopolice de ninguna manera su representación.
Todos los que quieran “ser clase media” mujeres y hombres
deben asumir la exigencia de trabajar, integrar la comunidad edu-
cativa, pagar la escuela, sufrir la medicina privada, monotribu-
tar, negociar con la empresa, planear el futuro y aceptar dosis
crecientes de incertidumbre, ahorrar para prevenir y socializar
el consumo para no ser menos, cumplir con horarios exigentes y
transportarse de forma incómoda e imprevisible. Esta enumera-
ción remite a algo que puede ser concebido como la vida privada
con la condición de que estas dimensiones de la vida privada se
entiendan, en su extensión y en su presencia implícita en la vida
pública, como parte de una transformación estratégica que ha te-
nido lugar en las últimas décadas: el desarrollo de un conjunto de

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percepciones y jerarquizaciones que pone en el centro al indivi-
duo y sus demandas de realización, autonomía y consumo. Las
entidades trascendentes se disuelven o se hacen menos gravitan-
tes: la patria, el movimiento, la humanidad, incluso la familia son
eclipsados por los intereses del individuo volcados a un aquí y
ahora que a lo sumo incluye una descendencia pero implica saber
que se quieren muchas cosas y se las quiere ya.
La vida privada está en el centro de algunos de los más elabo-
rados y exitosos ejercicios de representación política y electoral
y la vida privada contiene a este individuo que se pretende y se
siente obligado a ser autocontenido y autoexpansivo y vive en
constante ataque de pánico. Si el stand up es la forma de reflexio-
nar cómicamente sobre un presente desbordante existen otras téc-
nicas que cumplen la misma función en un modo más profundo
en la experiencia de las clases medias: ahí se encuentra la sensi-
bilidad new age que Macri ha sabido interpelar como ningún otro
político, aun cuando todos ellos, guiados por su propia constitu-
ción y hábitos tienden a eso (porque a decir verdad y aunque no
lo sepamos, de la nueva era somos todos).
Si la experiencia de la clase media es la de un anhelo perma-
nentemente frustrado cómo no iba a ser el stand up una de las
formas de elaboración privilegiada de esa frustración. Pero ese
era sólo uno de los lados del malestar en la clase media. El otro
lado de ese malestar es el de la espiritualidad de la nueva era. Si
el stand up es el muro de los lamentos no prescrito por la con-
temporaneidad, la espiritualidad de la Nueva Era es el espacio de
prácticas y conceptos en el que resarcirse del mundo hostil y en el
que fortalecerse para enfrentarlo en sus propios términos.
En la religiosidad de la nueva era habitan desde el inicio res-
puestas para estas situaciones contemporáneas. Heredera parcial
de los movimientos revolucionarios de los 60 retiene de ellos la
vocación por la autonomía en una interpretación crítica que su-
bordina la revolución social a la interior. Y heredera activa de

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diversas corrientes y experimentos psicológicos, se despliega en
dispositivos de todo tipo en los que es posible ponerse en suspen-
so, monitorearse, saberse en algún grado agente y algún grado de-
terminado, aceptar influencias y aceptar influir en una red. Esos
dispositivos van desde propuestas terapéuticas hasta decenas de
mohines en los que desde niños somos acunados y nos permiten
preguntar, hacernos oír, manifestar nuestras experiencias perso-
nales, aceptar nuestras responsabilidades, expresar nuestras an-
gustias. Algo que no sólo está presente en instituciones físicas y
de larga duración sino también en los vehículos aparentemente
efímeros de la mediación masiva como las presencias radiales
de Ari Paluch o de Claudio María Domínguez que, sin embargo,
dejan huellas duraderas. La religiosidad de la nueva era dialoga
con el sujeto en proceso de individualización, con el sujeto en
conflicto y en dolor con ese proceso para contenerlo, hacerlo su-
perar esos dolores sin renunciar a la individualización en curso.
Si hace 30 años la Nueva Era era el patrimonio de unos di-
sidentes vanguardistas hoy es el aire que se respira en sectores
extendidos de la población a través de una cultura masiva que
opera en trayectorias a las que la economía, los avatares del amor,
las preguntas, las incertidumbres y las incitaciones del consu-
mo han vuelto individualistas a buena parte de las clases medias.
Ellas ya no son los Campanelli con sus ravioles domingueros y
sus conflictos de suegra, cuñada, esposa y padre sino más bien
Vulnerables con sus angustias, sus soledades necesarias, busca-
das y temidas. A esas trayectorias les han hablado Paulo Coelho,
Erich Fromm, Deepak Chopra, Anthony de Melo, Alejandro Ro-
zitchner. Y de esas interlocuciones surgen autoafirmaciones de
un individualismo sin culpas, reconciliado. La elaboración de las
humillaciones de la vida vuelve a esas mismas trayectorias hu-
mildes ya no ante un Dios trascendente sino ante una realidad en
la que el milagro es inmanente. La espiritualidad de la nueva era
se regocija con epifanías íntimas de tonos menores que van del

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autodescubrimiento en la meditación a la asunción de potencias,
dones y posibilidades que estaban ahí, pero no se veían. En sínte-
sis: la espiritualidad de la nueva era les habla de muchas maneras
a sujetos atribulados en el aquí y ahora, que buscan la salvación
en la tierra.
Los profetas de la nueva era son facilitadores, personas como
vos o como yo que han atravesado pruebas del mismo tipo y vie-
nen a transmitirnos su experiencia que ha sido la de fortalecer las
instituciones que cada uno podía tener a priori, pero para las que
no tenía el necesario eco. Por eso el jefe religioso de la Nueva
Era es un coordinador, casi un par y no un sacerdote distante y
hierático representante de otro mundo. Él actúa como si su forma
específica de santidad fuese imitable, como si todos pudiesen te-
nerla alguna vez.
El Macri canchero, descontracturado y sensible que les habla
a las ganas de oír “tú puedes” no se sitúa ni con la distancia ni
con el poder magnificente de un pastor ni menos con la de un
Papa que debe hacer esfuerzos para que los otros entrevean y
festejen su humildad. Vive en el tú, compartiendo tu dificultad,
distanciado tan sólo por una responsabilidad circunstancial y por
un origen que no lo salva de trabajar ni de meditar.
A ese sujeto que está obligado a ganarse lo suyo y quiere ha-
cerlo, a ese sujeto que se ve obligado a combinar mil mandatos
y parar en el camino para ver dónde ha llegado, a ese sujeto que
se siente frágil porque necesita, pero que está para más que para
pedir las políticas que afirman al individuo al mismo tiempo he-
dónico, heroico, responsable no le habla el pastor sino el maestro
de vida que habita en todo triunfador.

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Javier Trímboli

Casi reina

Hubo un momento en que la clase media estuvo a punto de ser


gobierno, en una ascensión al Capitolio que protagonizaba casi
sola y también, otra vez casi, con pocas fisuras, entera. Esto se-
gún Tulio Halperin Donghi, indispensable decirlo desde el vamos
en este escrito que trabajará alrededor de su perspectiva sobre el
asunto. Por las dudas: uno de los mayores historiadores e inte-
lectuales que surgió de los enredos de nuestra sociedad; a la vez,
quien supo reinar sin muchas discusiones, pero a la distancia, en
el campo historiográfico que se desarrolló desde el final de la úl-
tima dictadura. A un tris de la “victoria”, incluso escribe de alcan-
zar el “poder”, pero el acontecimiento en ciernes no se terminó
de desenvolver de manera feliz. Aunque el reloj marcaba que eran
tiempos de asaltar Palacios de Invierno, montada en el desajuste
de una coyuntura, la clase media quiso que fuera una demorada
Bastilla demolida. No fue en 1916, tampoco en 1955 o en 1973,
ni con la vuelta de la democracia en el 83 o en el 2001. Es 1944
el año en cuestión; un poco más se extiende la inminencia de ese
triunfo, hasta el 17 de octubre de 1945, pero si se hubiera afinado
la mirada se habría advertido que algo no estaba funcionando
bien en ese protagonismo público que había alcanzado la clase
media, que la escena estaba siendo parejamente disputada. De

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esto se lamenta Halperin, sin rasgarse las vestiduras, sobre todo
en Son memorias, su último libro en vida si dejamos de lado com-
pilaciones o conferencias puestas en papel, libro en el que tam-
bién se reconoce a sí mismo como un vástago de esa clase, todo
en coincidencia con una nueva circunstancia en que se vuelve a
hablar de ella en voz alta; también, así lo entiende, ante una re-
nacida conflictividad –es 2008, el año de la Resolución 125– que
parece reeditarse en los términos del peronismo clásico en el mo-
mento de su crisis. Más allá de alguna idea bastante general, con
su ayuda, por otra parte insustituible, poco se logra atisbar sobre
las políticas de gobierno –ni qué hablar de eso que se menciona
como “proyecto de país”– probablemente imaginadas o volcadas
en conversaciones sesudas y algo pretenciosas entre los tantísi-
mos exponentes movilizados de esa clase por esos días; si se hi-
ciera el archivo que reuniera las huellas de ese ascenso de masas,
sin dudas se encontrarían pistas, no mucho más que eso, de una
apuesta por un camino distinto al que efectivamente se siguió en
los diez años siguientes aunque también al de un régimen conser-
vador ilegítimo, que gira sobre un vacío de representación y no
puede ya devolverle a la sociedad la ilusión de una normalidad.
Como suele ocurrir, todo lo que arrastra y significa de por sí la
fuerza social que saborea el poder, hace innecesaria la especifica-
ción antelada de programas. Aunque Halperin se confiesa plena-
mente envuelto en esa fronda frustrada, multitudinaria y de saco
y corbata, no pondrá por escrito la pregunta acerca de cómo fue
el devenir de la clase media luego de su derrota; o, para no usar
esa palabra que no obstante él sí utiliza, luego de confirmar que
carecieron de la potencia necesaria para asumir el gobierno y que
otra clase iba a ocupar el centro de la escena. Porque, agreguemos
en conclusión ineludible que se desprende de esta lectura, la cla-
se media nunca fue gobierno entre nosotros; las políticas que se
gestionaron a su favor fueron resultado de compromisos, bajo la
égida y la voluntad de otras clases e intereses. Sin hacer explícita

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esa pregunta, ausentes las exploraciones de estas derivas, en el
hueco que deja su desdibujamiento político, cada tanto Halperin
deja caer indicios que permiten entrever lo que siguió para ella.
Marginación y pérdida de contornos propios primero; más tarde
se le suman desgarramientos que se harán sentir, incluso, en lo
que, según juzga, tuvo más de singular el terrorismo de Estado
de la última dictadura, que cobró sus víctimas también entre sus
filas. Digamos, por si hace falta, que nos colocamos bajo la in-
fluencia de Halperin con el objetivo de recoger lo que más aquí y
más allá dejó suelto, y exponerlo. Con la dificultad y quizás in-
cluso el riesgo de tratar con su escritura, su manera de disimular-
se en la historia, también de revelar lo que si nos alejamos de ella
se desvanecería como si nunca hubiera existido… Faltaría: ade-
más de los reconocimientos que cosechó, de las condecoraciones,
Halperin es padecido por muchos, odiado por otros, ignorado por
las mayorías. O exaltado como genio y excepción, cuestión que
exime de considerarlo en serio.
En cada libro con que Halperin aborda al siglo XX, a la clase
media más que verla en acción se la sospecha. Incluso porque
prefiere denominaciones más vagas que la incluyen y algo tam-
bién la disuelven, así “opinión”, “clases respetables” o, aunque
esto empuja a pensar de inmediato otras cosas, “estratos sociales
habitualmente mejor protegidos de la brutalidad oficial u oficio-
sa”. Libros dedicados al siglo XX argentino, desde ya; aunque
escribió y dictó por muchos años clases sobre América Latina y
dominaba ampliamente, según lo que cada tanto deja atisbar, la
historia europea, estaba encanallado con Argentina, con sus dis-
cusiones provincianas diría Caparrós. Cuesta arriba sin dudas ha-
brá sido sortear la posición que era consejo de José Luis Romero,
quien lo introdujo y guió en el estudio de la historia por fuera de
una Facultad que en esa hora –inmediatamente después del con-
vulsionado 1945– le ofrece poco o nada. Porque los fenomenales
libros y artículos que Romero escribió sobre Argentina los en-

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tiende como obligación ciudadana pero también como actividad
menor, ya que un historiador que se precie de serlo debería abo-
carse a la historia europea. Estudiará Halperin con Fernand Brau-
del, hará su tesis sobre moriscos y cristianos en Valencia, pero ahí
se frena y vuelve al lodo. Ahora bien, los libros de Halperin sobre
el siglo XX son lecturas generales, que avanzan casi siempre de
manera cronológica y abarcan períodos considerables de tiempo;
no le ha dedicado investigación monográfica o particularmente
circunscripta, como sí hizo con el siglo XIX, donde realizó, como
diría un académico, su gran aporte a la historiografía argentina.
Por los arrabales de la vida política va la clase media en es-
tos libros, más o menos escondida, pero cuando la narración se
aproxima al consabido hecho de masas que rescata a Perón de la
prisión, justo antes de toparse con él protagoniza “la primera de
las grandes oleadas populares que en 1945 barrieron la por tanto
tiempo serena superficie de la vida argentina”; y la clase media se
vuelve por un momento fundamental, un sujeto social y político
con todas las letras. Es probable que un poco más se destaque
esto y adquiera visos de síntoma, por las medidas propias de un
historiador que pondera más los procesos y sus determinaciones,
así como la historia política en su filigrana, que la voluntad y la
capacidad de incidencia de las clases. Donde leída de esta for-
ma la coyuntura política 1944/45 cobra mayor relieve es en los
extremos de su obra: por un lado, en la contribución que hace
en el año 1956 al que sería el célebre número 7-8 de la revista
Contorno dedicado al peronismo y en el artículo de donde toma-
mos la cita última, “Crónica del período”, publicado en 1961 en
el número de la revista Sur que celebra sus tres décadas, luego
parte principal de La Argentina en el callejón de 1964; por el
otro, en la escritura que mencionábamos de su propia vida, una
historia centrada en el aprendizaje primero que hizo del mundo
y que termina en 1955. Unos y otro son escritos que se alejan de
lo que estrictamente constituye su obra como historiador. Pues el

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artículo de Contorno, “Del fascismo al peronismo”, mucho más
que un texto de historia de validación académica es un balance de
una experiencia política y social que había solapado a otra y que,
sin fintas de ningún tipo, le incumbe tanto personal como gene-
racionalmente. Y sus memorias son la narración de un fracaso
colectivo que lo decidió un poco más por el camino del estudio
sistemático de la historia y a una particular manera de entenderla.
Si no gusta de este modo porque huele a monocausalidad y exuda
simplificación: que coincide con su decisión de dedicarse profe-
sionalmente al estudio de la historia.
Reconstruyamos las líneas fundamentales de ese aconteci-
miento que no terminó de alumbrar, ya que, digámoslo pronto,
no quedaron planteadas mucho más que en su escritura y no so-
brevivieron en la memoria política argentina. Sucedió que, afec-
tada por lo que ocurría en Europa, la clase media fue sensible a la
amenaza de que el fascismo en su versión más conservadora se
volviera realidad en Argentina. El susto no era delirio, provenía
del experimento muy cierto que intentaba poner en marcha la lla-
mada revolución de junio de 1943, ésa de la que prontamente se
destacará la figura de Perón. Se trata de la clase media, “superior
y profesional”, agrega Halperin cuando escribe por primera vez
al respecto, aunque casi de inmediato este distingo se desvanece.
“A la luz apocalíptica de la experiencia totalitaria europea, esa
clase pudo creer que estaba al borde de ser degradada socialmen-
te en beneficio de los argentinos en que sobrevivía la ‘tradición
hispano criolla’, o, en palabras más pobres, de los grupos dirigen-
tes tradicionales que tras de eliminarla de toda participación en
el poder en 1930 renegaban de su pasado liberal para pretender
crudamente una restauración social anterior a 1852.” A este mo-
mento preciso se vuelve medio siglo después en Son memorias,
también con consideraciones generales de un tono parecido que
decididamente lo incluyen –“era nuestro entero mundo circun-
dante el que esa cruzada depuradora ambicionaba destruir”–,

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pero más todavía con cantidad de anécdotas y situaciones mi-
núsculas en las que se vio involucrado y le dan carnadura a la
asechanza del momento. Así, el inhabitual llanto de su madre al
enterarse de que una amiga figuraba en la lista de los cesanteados
del magisterio por sus ideas opuestas a las de los nuevos gober-
nantes (página 123); o el silencio, más que la estupefacción, con
que fue recibida, por él y sus condiscípulos –era mediados de
1944–, la noticia de que el Colegio Nacional de Buenos Aires
pasaba a llamarse Colegio Universitario de San Carlos y tenía a
un religioso –al presbítero Sepich– como nuevo rector. O el con-
traste que se produjo, en ocasión de una excursión a la que había
sido quinta de José Hernández, entre los comentarios adversos
que suscitaron las palabras del escritor José Gabriel al referirse
a la felicidad que embargaba en la hora a los argentinos –sólo
los podemos imaginar llenos de ironía–, y el contento que, ya de
vuelta en el ómnibus, los ganó al conversar sobre la rebaja sustan-
ciosa de los alquileres (p. 120).
La respuesta a la amenaza de la “Argentina raigal” es lo que
empieza a poner en pie al acontecimiento político que quedará
trunco. Se trata de una amplia movilización social y política que
toma el espacio público y que debe su solidez a que se sostiene en
“un sistema capilar que cubrió el país” (p. 38) y en un alto nivel
de organización; la amplia sociabilidad que mucho lo complace,
y de la que da cuenta a través de los vínculos que cultivan sus
padres, da la impresión de servir como trama que en esa circuns-
tancia se resuelve políticamente. Todo esto le otorga un protago-
nismo a la clase media que nunca antes, y tampoco después, fue
igual, al punto de que excede por mucho y posterga a los parti-
dos políticos que buscan representarla. Porque fueron colocados
fuera de la ley por la intentona fascista pero, incluso más, por el
desprestigio que arrastran después de más de una década que, si
no fue de colaboración con un régimen fraudulento, fue sí de-
mostrativa de impotencia, los partidos políticos y sus líderes son

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reemplazados por las organizaciones de la sociedad civil en la
que las clases medias son claramente preponderantes. A nadie se
le habría ocurrido algo parecido al “Que se vayan todos”, pero los
relegaban como furgón de cola. En otro libro, La democracia de
masas de 1972: “En lugar de la máquina radical […] enfrentaban
ahora al gobierno organizaciones que eran expresión más directa
de ellas, desde los colegios profesionales nacionales y provin-
ciales hasta asociaciones culturales y centros de comerciantes de
pequeñas ciudades provincianas, cuyos conflictos con los pre-
potentes agentes locales del nuevo orden recibían una difusión
periodística que solía incitarlos a actitudes cada vez más altivas.”
(p. 46) Muy parecido había escrito en “Crónica del período”,
el texto de Sur, donde agregaba: “[…] es toda la clase media la
que se levanta en lucha. ¿En favor de qué? De la vigencia de la
Constitución, de una democracia no fraudulenta pero tampoco
demagógica, en suma, de su derecho a gobernar el país.” (p. 142)
En Son memorias, con sus vivencias personales en la delantera,
son los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires, la FUBA
y más en general todos aquellos que revisten en “el imponente
aparato educativo”, quienes conforman el núcleo más duro de la
llamada Resistencia. Así, al calor de la liberación de París –de
allí toman el nombre que los identifica–, de las derrotas que se
precipitan para el Eje, se sale de una situación defensiva con la
confianza de que la victoria les pertenece, de que se encuentra
cercana su hegemonía. “Al finalizar 1944 nuestra confianza en
el nuevo Zeitgeist era ya tan sólida que partimos a Punta del Este
con la convicción de que a nuestro retorno asistiríamos a cambios
cuyos alcances habrían de exceder en mucho los de los conflictos
que nos habían obsesionado en el año que se cerraba, y en que la
victoria se estaba revelando mucho más fácil de lo que nos había-
mos atrevido a esperar” (p. 131). No nos confundamos, parece
que Punta del Este no era lo que hoy, tampoco lo que en el último
ayer; más agreste y quizás excéntrica que distinguida, uno de los

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principales dirigentes del Partido Comunista, Rodolfo Ghioldi,
también tomaba su descanso en esas playas. Bajo una sombrilla y
distendido –aunque “proclamando su exasperación”– lo recuerda
Halperin en ese verano promisorio.
Es tanta la fuerza de esa oleada social que los lleva a rechazar
todo entendimiento con el régimen que, consideran, está desti-
nado a morir en lo inmediato, como sus modelos europeos. Por
eso, mientras Perón deja caer en desgracia a la tendencia católica
integrista –los llama “los piantavotos de Felipe II” pero esto no lo
recuerda Halperin, sino Jorge Abelardo Ramos quien también fue,
apenas unos años antes que él, alumno del Buenos Aires, hasta
que lo expulsaron– y busca la forma de arribar a una salida deco-
rosa y que los deje conformes, la clase que se concebía en irremi-
sible ascenso político no presta oído alguno a esos ofrecimientos
pactistas. “Los grupos que habían sentido la amenaza de la restau-
ración del nuevo y viejo orden, aspiraban también, a su manera, a
una nueva distribución del poder político en la Argentina; no que-
rían que la aventura totalitaria terminase con una restauración de
los viejos políticos, y menos aun con una alianza entre viejos po-
líticos y jefes fascistas a medias arrepentidos” (p. 36). “Pidiendo
una democracia honrada, la resistencia pedía a la vez el gobierno
para los grupos que la integraban” (p. 39). Era “el dictamen de la
historia universal” –escribe en La democracia de masas– lo que
condenaba al experimento fascista y hacía “demasiado exaltadas”
las esperanzas de “nuestras clases medias” (p. 47). Con semejante
jugador a favor, no había necesidad de negociar. Queda resonando
con demasiada fuerza el adjetivo “petulante” para que se lo repita
en menos de ocho páginas, pero así lo hace en la crónica de 1961:
“la optimista, la petulante resistencia de las clases medias”.
Aunque Halperin no es favorable a los contrastes drásticos, la
movilización que nos ocupa también sobresale en su perspectiva,
porque se destaca de un fondo, el de la década de 1930, al que
interrumpe abruptamente. Las dos “oleadas populares del año

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1945” chocan con la “atonía política”, con el clima que rodea
incluso al golpe del 43 y que se hereda del período previo, tal
como lo señala en la primera página del libro de 1972. “Encon-
tramos aquí un rasgo permanente de este período: la debilidad de
todas las actitudes políticas que no son expresión de las clases
privilegiadas tradicionales” (p. 121). Cautiva de esa situación, la
“opinión pública” había quedado “resignada a todo y despojada
de las últimas ilusiones que podía haber conservado acerca de
la calidad de sus gobernantes”. Junto con ella, incluye en este
cuadro de “energía igualmente escasa” (p. 121), al radicalismo,
al socialismo, al comunismo, al movimiento obrero… Parece por
lo menos injusto Halperin, pero cuando se ciñe mejor al período
posterior a 1936, es decir, una vez que fue superada la crisis eco-
nómica y a punto de terminar su mandato Agustín P. Justo, ya la
impresión puede ser otra. Un poco más, también porque suma a
lo que nos interesa, cuando el foco está puesto sin ambages sobre
la clase media que, así se dice en Historia Contemporánea de
América Latina, sencillamente había atravesado “quince años de
apatía” (p. 390). El espectáculo de masas que produce el Con-
greso Eucarístico de 1934, aunque tuviera los rasgos también de
una movilización, se le ocurre como un signo relevante de esta
“atonía”. Importantes contingentes de la clase media que preten-
dían olvidarse de sus pilares identitarios se vieron envueltos en
él; incluso el mismo niño Tulio Halperin Donghi junto con su
hermana hubiera tomado su primera comunión, en ese marco de
masas y en los bosques de Palermo, de no haber sido por una
súbita enfermedad; a la vez que desconocía que su familia era
predominantemente de “origen judío”. Que el triunfo en las elec-
ciones presidenciales de 1937 del candidato de Agustín P. Justo,
Roberto M. Ortiz, se produjera “gracias a una orgía de violencia
electoral sin precedentes” (p. 388), y que esto no empujara a nin-
guna reacción cierta, de un mínimo vigor, es otro resultado de la
indiferencia y la resignación extendidas. Formas “patológicas” y

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desvitalizadas” de la realidad escribe en 1961. La conclusión va
para nuestro Guinness: los treinta son los años en el que “el pulso
de la vida política argentina alcanzó tono insólitamente bajo” (p.
135). ¿Influyó esta carencia de quince años, de una gimnasia de
movilización y de política, en la posición ensoberbecida de la cla-
se media, que hizo imposible alguna transacción con el gobierno
nacido de la revolución de junio de 1943 y del que abundaban
señales de su repliegue y otras, menos es cierto, de los flamantes
fervores que cosecha? Aunque planta los dos problemas, Halpe-
rin no los une; además, nada le interesa menos que las “autocríti-
cas” escribe en Son memorias.

La “oportunidad perdida”

La Marcha de la Constitución y de la Libertad, ocurrida el 19 de


septiembre de 1945, marca el punto más alto de esa “oleada po-
pular” que se inicia el año previo, tanto que el desplazamiento de
Perón del poder que ocurrirá veinte días después puede ser eva-
luado como un resultado de esa demostración de poderío. De toda
esta escalada de la clase media que recuerda, acentúa y pone por
escrito Halperin, sólo esta Marcha se destaca con algunos rasgos
propios en los libros de historia y en las memorias que tienen una
autoría que no sea la suya. Fenomenal es la descripción que hace
Félix Luna en El 45 e incluso ronda por momentos de cerca el
asunto que nos interesa. Por ejemplo, cuando señala que sólo con
la presencia de una población de “clase media para arriba”, que
efectivamente predominaba –o, como se los caricaturizó, que lle-
gó y se fue en auto y por eso la huelga de los tranviarios, declara-
da ex profeso, no los afectó ni un poquito–, no se hubiera llegado
a los 200.000 manifestantes. Magníficas las dos o tres pinceladas
de Estela Canto en Borges a contraluz. Permítasenos: quien le
había dedicado El Aleph meses antes, en avances de un noviazgo

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que ya había empezado a declinar, no concurre por un “ataque de
varicela” pero sí lo hacen su madre Leonor Acevedo y Bioy Ca-
sares. Ella, no obstante, marcha junto con Eduardo Mallea y con
Leónidas Barletta a quien recuerda arengando a los muchachos
que permanecían al parecer tan sólo indiferentes a esa imponente
movilización, al grito de “¡Vamos muchachos, únanse a las filas
de la democracia!”. Hostil era la mirada que le lanzaban como
toda respuesta, trepados a los faroles, sentados en los bancos de
las plazas, torvos. Descubre Halperin que Alicia Jurado partici-
pó, al igual que él, en la toma de la Facultad de Exactas en los
primeros días de octubre y que también ella terminó presa. No se
olvida Jurado, en sus páginas autobiográficas, que Perón trató a
los estudiantes de “oligarcas” y “pitucos engominados”, cuando
“la inmensa mayoría provenía de los diversos estratos de la clase
media”; no obstante, se hicieron cargo de esa acusación y con la
melodía de “Los tres alpinos” concluían afirmando que “ningún
tirano nos domina”. Define a la vez a esos días como de mara-
villosa “camaradería” y de “fraternidad”. Pero, a esto queríamos
llegar, tanto sus observaciones como las de Luna y Estela Canto
no son enhebradas en una movilización y una coyuntura mayores;
tampoco ponen énfasis en la oportunidad política abierta para la
clase media como su sujeto indiscutible, ni le dan el alto signifi-
cado político –casi el de una batalla– que es lo que importa en la
lectura que seguimos. Es sólo un acontecimiento en retirada, con
poco presente y sin futuro. Era otra cosa lo que esperaba Halperin
cuando permitió que le tomaran una foto, desaliñado y con barba
a medio crecer, recién salido de la cárcel. De todas formas la
guardó y se reproduce en Son memorias.
Vale reparar aquí en la incisión sobre la que se sostiene el
argumento de Halperin; nos referimos a la que desmarca a esa
amplia movilización, pública y subterránea, que se desenvuel-
ve por más de un año contra el catolicismo restaurador y contra
Perón, de las clases conservadoras tradicionalmente dominantes,

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en otros términos, de la oligarquía, puesto que en la inmensa ma-
yoría de las interpretaciones sobre esos años son quienes prota-
gonizan la oposición. Reconoce Halperin el riesgo que corrió el
accionar de la clase media ante “las tentativas reaccionarias de
confiscar el movimiento en provecho propio” (p. 38), influencia
que, de hecho, le hizo postergar –también por mirarse en el espe-
jo europeo de la Resistencia en lucha contra un enemigo externo–
un programa de reformas sociales, poniendo el eje tan sólo en la
Constitución, en la vigencia de formas políticas e institucionales
que dejaran atrás toda “demagogia plebeya”. El error mayor, así
se le ocurre en el escrito de Contorno, fue suponer que esa in-
terpelación sólo política bastaba “para traducir las aspiraciones
de la mayoría del pueblo argentino” (p. 38). Pero si lo plantea de
esa forma es porque al menos hasta el 17 de octubre de 1945 se
empeña en reconocerle su carácter propio, su otra marca de clase.
Que Félix Luna le otorgue la importancia que le otorga a que el
embajador estadounidense Spruille Braden fuera uno de los ma-
nifestantes de la Marcha de la Constitución y de la Libertad –o
que la misma se hiciera más abigarrada aun al cruzar por Callao
la avenida Santa Fe, ya que tenía como meta la Plaza Francia–,
sería una resultante discursiva y analítica de la derrota que pron-
tamente sucederá. Para Halperin es más importante recordar, más
allá del dejo de ironía con que lo hace, que los “gigantescos car-
telones” que portaban los manifestantes habían sido confecciona-
dos por los “incansables aprendices del taller de Antonio Berni”
(p. 160). Incluso el libro más importante que se ha escrito entre
nosotros sobre la historia de la clase media, el de Ezequiel Ada-
movsky, señala al iniciarse uno de sus capítulos: “Claramente, el
45 había evidenciado una oposición de clase entre los pobres y
los trabajadores de nivel social más bajo por un lado, y los inte-
reses del gran capital por el otro. En esta oposición, como vimos,
una gran parte de los sectores medios se alineó con la clase domi-
nante” (p. 265). Si apenas de párrafos, tan sólo de oraciones o de

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observaciones al pasar de Halperin nacieron tesis de doctorado,
esto sobre la clase media a lo que venimos abocados no llamó la
atención de nadie, como si fuese ilegible. De convencer ni hable-
mos. No sería sencillo desagregar los desplazamientos que hacen
que no quede rastro de todo esto en el libro por tantos motivos
relevante que dirige Juan Carlos Torre sobre los años peronistas
para la colección de la Nueva Historia Argentina en 2002. Quizás
contribuyó a su borramiento –o a esa invisibilización que se les
suele reservar sólo a los “oprimidos” de la historia– la concep-
ción que postula como inexorable que de una forma y de ninguna
otra, se entiende, con el peronismo, ocurriera la conquista de la
“ciudadanía social”. Sin ser ni un poquito amigo de las explora-
ciones contrafácticas, Halperin señala en Son memorias que “su
sorpresivo desenlace estuvo menos rígidamente predeterminado
de lo que estamos inclinados a creer después de seis décadas de
vivir con sus irremovibles consecuencias” (p. 154). Melancolía
y sangre en el ojo. Como si se resistiera a creer durante varios
días el resultado electoral, en pantuflas, diario en mano y des-
peinado, recuerda el escaso margen de votos con que la fórmula
Perón-Quijano se impuso a la de la Unión Democrática. No es-
taba escrita la derrota, insiste en que obró la contingencia, que el
“desenlace estuvo en mano de los dioses” (p. 146).
Anclado en esa lectura netamente política y casi orgullosa,
no obstante hay algo que lamenta Halperin, en particular en los
artículos de Contorno y de Sur, porque luego este asunto no deja
más huellas. Fue una “oportunidad perdida” la de la coyuntura
1944/45, porque en la medida en que el peronismo como mo-
vimiento de masas nació de una tentativa fascista “impidió una
alianza entre todos los grupos ascendentes en la sociedad argen-
tina, a los que nada sustancial oponía y que sin embargo choca-
ron decisivamente en 1945”. La animadversión que despertó esa
marca de origen privó de cuadros a ese otro grupo ascendente, el
obrero, cuadros que fueron reemplazados por reaccionarios y me-

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diocres; careció así de “toda orientación válida y precisa” (p. 53).
Conclusión llena de envalentonamiento con que termina el artí-
culo de Contorno: por este camino la “falta de lucidez” de quie-
nes dirigieron Argentina hasta 1943 se continúa en los años del
peronismo. Algo huele una vez más a la postulación imposible
de la Generación del 37 como inteligencia nacional. Dan ganas
de saber cómo leyeron esto los hermanos Viñas, Oscar Masotta
o Juan José Sebreli. ¿Por qué le pidieron y después aceptaron
esta colaboración a quien también había escrito en el número de
Sur posterior a septiembre de 1955 contra el que Contorno dis-
para? Pero, más que eso, porque es bastante lo que en el escrito
de Halperin desentona con el encuadre general que domina ese
número de la revista que, con razón, suele ser considerado como
la aparición en superficie de una inquietud intelectual que quiere
considerar al peronismo sin condenarlo a la irracionalidad, inclu-
so como un acontecimiento auspicioso, cosa que permita a la vez
encontrar cierta zona de entendimiento. Escribe Halperin, ya en
1980, que mientras para los más jóvenes, y particulariza en David
Viñas, contemplar al peronismo “desde la orilla” significaba un
“sacrificio afrontado por deber”, en tanto se renunciaba a “cosas
muy divertidas”, para José Luis Romero –y ésta, a todas luces,
es la posición que le es afín– nada era de esa forma, en tanto
esa “Argentina en eterna fiesta” nunca podía atraerlo. Tentados
estamos de levantar el dedo y decirle a Halperin que no sólo por
la marca fascista en el orillo no se produjo el acercamiento, que
recuerde lo que él mismo escribió sobre el error de sobrevaluar
el programa político y dejar de lado, como una laguna, el social.
Pero, nos enredamos, sabemos que no es una cuestión de pro-
gramas. Después de todo, no es lo que se propone este escrito,
aunque seguro que los contornistas algo le dijeron. Incluso mur-
mura Halperin que algo se vio perturbado aquel 19 de septiembre
cuando sortear eficazmente una huelga de trabajadores se convir-
tió en el signo inequívoco de la contundencia de esa marcha con

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que se creía coronar. Califica de “irreal” y “ominosa” (p. 154) a
esta situación, pero esto lo escribe en Son memorias y ahí ya no
se lamenta de nada… En “Crónica del período”, otra vez en Sur,
prosigue la conversación: si hubo “defección” de la clase media
al mantenerse en su “cerrada hostilidad” fue porque “el régimen
parecía complacerse en ofender innecesariamente –y con muy
escasa previsión de sus necesidades futuras– a este sector al que
ningún motivo fundamental de oposición separaba de la nueva
situación”. En la afirmación de un bloque social y político que
estaba, objetivamente parece evaluar Halperin, destinado a aliar-
se, termina por alcanzarse una coincidencia con los jóvenes de
Contorno que, sin embargo, ella misma está desajustada. Porque
lo que ahí se entrevé es la posibilidad de una alianza entre la clase
media y la clase trabajadora, pero es una oportunidad que brilló
en el pasado y no se realizó; nada se dice de su posible articula-
ción futura, cosa que el frondicismo va a encarnar y a varios de
estos jóvenes escritores les interesará hacer esa apuesta. No así a
Halperin; su entusiasmo político, al partisano nos referimos, fue
debut y despedida.
Ahora bien, la contundencia y el enraizamiento de esa ola de
movilización social que protagonizó la clase media y que, ha-
gámosle decir un poco más de lo mucho que se anima, estuvo
a punto de impedir el nacimiento del peronismo, radica en la
vitalidad de la que aún gozaban, a contramano de lo que se su-
ponía, los mitos del liberalismo entrelazados con la idea misma
de la Argentina. “Así negados, los mitos de la Argentina liberal
revelaron que no estaban del todo muertos; ellos guiaron al pri-
mer movimiento político del turbado año 1945: la Resistencia”
(Contorno, p. 35). Más contundente en la crónica que se integra
a La Argentina en el callejón: “Luego de haber sido atacados, los
mitos de la Argentina liberal se revelaron dotados de un vigor
inesperado: toda una clase media que se había constituido bajo su
signo veía con recelo profundo la tentativa quizás no totalmente

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abandonada de borrarlo de la memoria nacional” (p. 140). La
confianza en el triunfo frente a la intentona católica integrista, in-
cluso cierta despreocupación primera ante la amenaza, respondía
a la eficacia no sólo simbólica de las promesas del liberalismo,
sino a que “entonces podía todavía palparse la sólida estructura
de un país que había sido construido para los siglos, y que por
esa razón las anomalías y los rasgos patológicos cuya presencia
se hacía cada vez más evidente podían aun ser vistos como otras
tantas islas dispersas en un mar quizá demasiado tranquilo” (p.
120). Incluso cuando presta atención a la capacidad que tuvo el
peronismo, en el momento que sucede al que nos interesa, para
ganarse el favor electoral de la clase media baja a través de me-
didas económicas, éstas lo manifestaron de manera muy poco
militante y casi vergonzosa, “en cuanto implicaba la renuncia a
una tradición constitucionalista con la que la mayor parte de esa
clase media se sentía hondamente identificada, y –de manera aun
más evidente– una suerte de traición frente al enemigo de clase,
que (a medida que el peronismo, en su política y más aun en su
propaganda, se hacía expresión en los sectores populares) tendía
a buscarse en éstos más bien que en los altos” (LDM, p. 45). De
otra forma: los cartelones de la Marcha de la Constitución y de
la Libertad hechos por los aprendices de Berni tenían impresos
los rostros de Sarmiento, de Alberdi, de Echeverría, de Urquiza
en tanto vencedor de Rosas; son esos sus prohombres. Digamos,
entonces, que para Halperin existió la clase media como sujeto
político porque estaban vivos esos mitos, sin ellos se trataría de
otra cosa o de ninguna. Mitos que son eficaces simbólicamente
porque no carecen de incidencia práctica. Por eso, aunque el des-
enlace que se consumó con el triunfo electoral de Perón fue para
los “suyos” –para su clase que poco a poco deja de nombrar como
tal– un “desastre” que los condenó a la “marginación”, en un
contexto tan adverso como ése, el “mito de la Argentina liberal”
seguía regulando zonas de la vida social. Así el joven Halperin,

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un estudiante de la carrera de Historia, tuvo la oportunidad de
publicar sus primeros artículos en el diario La Nación, lo que
lo lleva a reconocer que “se maravilla una vez más ante el éxito
con que en algunos aspectos los constructores de la Argentina
moderna habían logrado improvisar un país. En efecto, la red de
afinidades y contactos que ya en mis más tempranos comienzos
me estaban abriendo tan variados caminos suele estar sólo al al-
cance de los herederos de varias generaciones de integrantes de
las clases ilustradas, y no sólo ninguno de mis cuatro abuelos
había conocido más escuela que la primaria, sino que lo mismo
había ocurrido con los padres de la mayor parte de quienes me
las abrían” (p. 196).
El entrelazamiento entre la clase media y el mito de la Ar-
gentina liberal es tan decisivo para que tome la estatura de sujeto
político que, cuando se observa que no vuelve a ser así plantada
por Halperin y que se desdibuja ostensiblemente en su narra-
ción, obliga a pensar no en una súbita y drástica mutación eco-
nómica, sino en que esa relación, quizás demasiado estilizada,
se desanudó. Y eso empezó a suceder poco después de la derrota
en cuestión. En Son memorias se vuelve clave la desesperación
de los “marginados” ante una crisis económica en que se sume
largamente el peronismo pero que no logra retraer el apoyo po-
pular; por lo tanto, no se termina de visualizar cómo se saldrá de
esa situación, cómo se producirá el derrocamiento de Perón. No
teoriza Halperin al respecto, sólo aporta pistas, pero lo cierto es
que si se enlazan ofrecen un cuadro de descomposición impor-
tante. Zumbón, recuerda que, una vez salidos de su aislamiento
más marcado, en la vida social que poco a poco recuperan se
destaca como una de sus animadoras una hija de Enrique Ban-
chs, mucho menos por los sonetos que escribe que por su diestro
manejo del “péndulo” con el que escruta el futuro. La pregunta
hit, formulada “con esperanza y angustia”, fue a propósito de
cuándo llegaría a su fin el “régimen” (p. 276). Otra recaída en el

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irracionalismo: “Mientras la campaña anticlerical arreciaba cada
vez más, se multiplicaban también los signos de que comenzaba a
serpentear aun entre las franjas más secularizadas de la oposición
una delicada nostalgia por la fe perdida” (p. 290); además de su
madre, se refiere a Beatriz Giusti “que desde tiempo inmemorial
había abandonado toda vida de devoción”, emocionada en la nue-
va hora ante el Sagrado Corazón de Jesús que “salvará al pueblo
argentino”. En clave estrictamente política lo piensa en 1961: de
casi ser hegemónicas, las clases medias pasaron a ser “masa de
maniobra de la oposición conservadora” y tendieron “a adoptar,
no sin algún esnobismo, actitudes de protesta aristocrática frente
al tono plebeyo del nuevo régimen” (p. 165). Algo similar al es-
panto se apodera del joven Halperin cuando, días después del 16
de septiembre de 1955, toma conciencia de que el general Eduar-
do Lonardi, a través de su esposa, se encontraba emparentado a
quienes habían llevado adelante la ofensiva restauradora católica,
ésa que había querido enterrar para siempre a todo lo que oliera a
iluminismo y modernidad en Argentina, es decir, con lo que este
cuento empieza. Por lo tanto, no hay motivo para contentarse de-
masiado con lo que sucede al peronismo en el gobierno (p. 297).
Si para salir de su condición de derrotados, los integrantes de esa
clase media que acarició el poder se vieron empujados a realizar
estas alianzas, a despojarse de sus mejores prendas culturales y
políticas, no queda más que aceptar que el sacrificio había sido
demasiado grande, tanto que el sujeto social y político en cues-
tión no vuelve a levantar cabeza.

La diferencia, hacia arriba y hacia abajo

Se vuelve poco menos que imperioso, antes de ir nuevamente a


1930 para perseguir otros rastros sobre la clase media, que volva-
mos a un problema –una diferencia– que habíamos dejado muy

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rápido de lado en esta exposición que estamos haciendo de Hal-
perin. En el escrito de Contorno de 1956, sólo cuando hace el
primer planteo sobre la fronda en cuestión se refiere a su capa
“superior y profesional” como a aquella que la motoriza, pues
de inmediato diluye esta especificación en el colectivo mayor.
Sin embargo, aunque sostenidamente la clase media, sin mención
a sus estratificaciones, será la protagonista de esta situación, la
imagen que de ella traza Halperin está hecha a semejanza de ese
grupo del que él y los suyos forman parte. Ahora sí lo estamos
forzando. “Superior y profesional” es, sobre todo, decir de for-
mación universitaria, imbuida en los valores y patrones de con-
ducta que se desprenden de esa mitología de la Argentina liberal,
que transita el denso mundo de la educación en un país que se
vanagloriaba de contar con más maestros que hombres de armas.
Tal como si en la coyuntura 1944-45 ésa fuera la fracción que
ejerciera la dirección del conjunto de la clase media, que le da su
particular consistencia. La visión “estilizada” que señalábamos
es un efecto de ese predominio que no es el que definirá a la clase
media en coyunturas más recientes en las que saldrá a la palestra.
A la vez, quizás la atribución a la “oligarquía” de ese proceso de
movilización social contrario a Perón sea también resultado de
esa peculiar articulación de la clase media, de un predominio que
era flamante, con una coloración propia y que pronto se desvane-
cería. En este sentido, Son memorias está cargado de marcas que
buscan distinguir la experiencia social del autor y, por lo tanto,
de la fracción de clase que integra, de las acomodadas y efectiva-
mente dominantes; y, a vuelta de página, esa distinción también
se traza en relación con las capas de su clase que más se acercan
al mundo popular. Evidentemente es mucho lo que se juega en
la búsqueda de esa diferencia, hacia arriba y hacia abajo. Así,
este libro de Halperin empieza con el intento de un tono posible
para estas memorias que de inmediato abandonará. La primera
oración refiere a Borges, ya que a Halperin le contaron que nació

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“en una casa de la calle Gurruchaga, situada en una de las veredas
de enfrente que según el verso de Borges le faltaban a la primera
manzana de Buenos Aires”. Esta toma de distancia respecto del
escritor cuyos antepasados lo enraízan con la historia patria –de
la plenitud de la manzana fundacional y mitológica al vacío del
lugar negado– es subrayada con la rudeza de los hechos, en tanto
su madre y su padre “descienden” de los barcos y recién entre el
fin de siglo XIX y el Centenario. Pero, agreguemos, la resolución
espacial de la distancia social también lo aleja de La Boca, ese
otro espacio de la ciudad que tensa la “Fundación mítica de Bue-
nos Aires” escrita por Borges. Otro rulo: descienden de los barcos
pero en segunda, porque sus abuelos encontraron la manera “de
eludir para su familia la última humillación que hubiera signifi-
cado el pasaje de proa” (p. 22). En páginas muy próximas aclara
que la experiencia de los suyos tampoco conoció “la nota sórdida
en la melodía de fondo que acompaña a la entera novelística de
Arlt” o la de esos inmigrantes que, una vez devenidos peque-
ñoburgueses, ante las frustraciones y la inadecuación, añoran el
conventillo (p. 17). Su padre sí supo de la estrechez económica
pero eso no impidió que hiciera estudios secundarios en el “Co-
legio Nacional Rivadavia”; señala Halperin que el ambiente no
era el más adecuado –“estaba lejos de reinar el clima propio de
una empresa civilizatoria en su etapa pionera”–, al punto de que
uno de los pocos recuerdos que le transmite es de lo sucedido
con un profesor de Inglés que durante un mes sólo les habló en
ese idioma. Los alumnos, creyendo que sólo hablaba esa lengua,
empezaron a “dirigirse a él en los términos más procaces que
conocían de la jerga porteña”, hasta que el profesor se fastidió y
también demostró lo bien que los dominaba. La diferencia: “Pero
no faltaban entre los estudiantes del Rivadavia quienes buscaban
más anchos horizontes intelectuales, y con ellos papá participó
en la formación de una asociación que llegó a publicar el pri-
mer y también único número de una revista para la cual él escri-

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bió el manifiesto de presentación” (pp. 29-30). Clase media sin
plebeyismos. Metidos a pleno en la “aventura del ascenso” y la
búsqueda de la “respetabilidad”, es una obsesión para sus padres
que a través de la radio no penetre el tango en su casa. El primer
grado lo hace en la escuela pública que le corresponde en el ba-
rrio de Almagro; sin embargo el vínculo con esos condiscípulos
de extracción social inferior no traspone los límites de la escuela.
Se mudan una y otra vez porque no son propietarios, pero llegan
a tener dos empleadas y una vez que Ernesto Palacio –hombre
de la “Argentina raigal”– pasa por la puerta de su casa de Bel-
grano no puede evitar exclamar, “entre admirado y burlón”, lo
bien que viven los profesores… Al Buenos Aires ingresa sin dar
examen como, nos cuenta, lo hacía una “cuota de aspirantes que
eran aceptados arbitrariamente por las autoridades de la casa” (p.
91). Su privilegio no fue resultado ni de la posición económica ni
de alguna influencia política; podríamos decir que de los libros
y de esa sociabilidad que era parte del estrato “superior y profe-
sional” de la clase media. Su madre había editado dos volúmenes
para uso escolar a través de la Librería del Colegio, entonces el
gerente lo recomendó al director del Colegio. Acomodo letrado.
Ya en su división, la primera, se ensañan con un condiscípulo que
“tenía un inconfundible aire de niño rico” y había aparecido en
los diarios como “exitoso participante en torneos infantiles de
golf ” (p. 91). Pone distancia para un lado y de inmediato para el
otro Halperin, en un esfuerzo por balizar una franja social que es
difícil que hoy concibamos de la misma manera, por lo tanto se
nos escapa, se vuelve incluso inverosímil. A la vanguardia de una
lucha social y política más vasta.
Ahora sí. Recién en el último tramo de la obra de Halperin
las consecuencias del golpe del 6 de septiembre de 1930 resaltan
de una manera tal que permiten abrir una nueva interrogación,
quizás un poco más también, sobre la clase media. No se trata,
como podría imaginarse, de un ramalazo sobre su pensamiento

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producido por la frágil recuperación democrática de 1983. Sólo
se advierte en La República imposible (2004) y se continúa, de
nuevo fundamental, en Son memorias. Conclusivo como no suele
serlo y con aire sarmientino, allí escribe que es en la “llamada
década infame” donde “creo escondida la clave del enigma ar-
gentino”; también “el nudo y la clave de la crónica crisis polí-
tica que nuestro tormentoso siglo XX acaba de legar intacta a
su sucesor” (pp. 304-305). Aunque la relevancia del asunto así
presentado no podría ser mayor, tanto en un libro como en otro
el nuevo acento puesto en el golpe del 30 y en la década que
inaugura no se integra del todo al cuerpo argumentativo que en
ellos se desarrolla, ya que donde con mayor nitidez aparece es en
los respectivos epílogos. En el del libro de 2008 agrega que en
esos años pudo apreciar entre los suyos cómo se aprobaba, con
más o menos entusiasmo y sin ningún “sentimiento de culpa”,
el “ejercicio de marginación y humillación infligido a la mitad
de sus compatriotas”, es decir, a los radicales yrigoyenistas. En
correspondencia, desde ya, con lo que era extendido en la socie-
dad. En La República imposible la inquietud está puesta en las
consecuencias duraderas que nacerán de esta forma de tratar a los
derrotados radicales. Entre paréntesis: mientras que a lo largo de
los capítulos de Son memorias, “marginación”, “humillación” y
“derrota” es lo que afectó a la clase media que creyó alcanzaría
por fin el gobierno en la situación de los años 1944/45, en sen-
dos epílogos las mismas palabras sirven para describir, como un
antecedente trastocado, a la otra mitad del país, compatriotas. La
“larvada guerra civil” que, con señal de largada en 1930, sólo
había hecho aparición en el artículo de Sur de 1961 y en el libro
que la recoge, y era parte sustancial de lo que llevaba a Argenti-
na a su callejón, adquiere ahora contornos más nítidos, incluso
dicotómicos, que ponen en primer plano lo que antes sólo había
sido señalado entre otras muchas cosas y sin jerarquía propia: los
protagonistas de la nueva hora política nacida del golpe del 30,

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sostenidos por “el odio tenaz de los grupos privilegiados del país”
(p. 105), se condujeron con “una dureza extrema hacia los ven-
cidos, que pudieron conocer, entre otras innovaciones políticas
inesperadas, el uso sistemático de la tortura” (p. 112).
Quizás valga para entender qué fue lo que demoró que se
vuelva tan segura esta apreciación sobre el significado de 1930
y de la “llamada década infame” reparar en el vínculo que para
Halperin nunca fue terso entre las clases medias y el radicalismo.
Es sentido común, con no poca validación académica, el aserto
que indica que el radicalismo fue el vehículo del ascenso polí-
tico de las clases medias. Va un ejemplo que no es al voleo ya
que podrían ser muchos otros: se escribe en una editorial de La
Nación de febrero de 2016 que “el Bicentenario de la Indepen-
dencia nacional coincidirá con un aniversario relevante para el
orden constitucional que selló la incorporación definitiva de las
clases medias a posiciones de poder. En 2016 se cumple el cente-
nario del advenimiento a la Presidencia de la Nación de Hipólito
Yrigoyen, uno de los líderes fundadores de la Unión Cívica Ra-
dical”. Bueno, Halperin nunca consideró el asunto de esta ma-
nera; casi que Yrigoyen y el radicalismo son la piedra de toque
que enciende esta mirada que venimos atendiendo, atrabiliaria y
discordante. Arma desde el vamos otra situación: “Las relacio-
nes de la nueva clase media con el partido que supuestamente
la representaba, el radical, fueron siempre, y no por casualidad,
ambiguas. El radicalismo, al proclamarse representante de la Na-
ción y no de uno de sus sectores, hacía algo más que sucumbir a
una ilusión propia de los movimientos políticos de clase media;
reflejaba a la vez un dato real de su propia estructura, en la cual
la clase alta tradicional tenía gravitación importante en el nivel
dirigente, en tanto que los sectores populares daban el tono a casi
toda la máquina partidaria” (Crónica…, p. 101). Los marcados
tonos plebeyistas del radicalismo se llevaban de punta con ese
mito de la Argentina liberal que alimentaba a la clase media que

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le interesa a Halperin. Si el radicalismo no se conformaba con re-
presentarla sólo a ella, la clase media tampoco estaba convencida
de que ese partido fuera la mejor alternativa para desempeñar
ese papel. Por eso, añade, en 1928 los dirigentes que le podían
ser más afines acompañaron a la fractura antipersonalista, la de
Melo y Gallo, apañada por Alvear. El resultado electoral, se sabe,
en nada los favoreció y sin que sea directa la conclusión, Halperin
agrega que de este modo nos encontramos ante “una clase media
a la que la democracia de sufragio universal parece privar del pa-
pel políticamente hegemónico que esperaba del futuro” (p. 103).
Imposible atenuar la relevancia de este desajuste que es también
un malestar de esa clase con la ley Sáenz Peña; sobre esto mismo
vuelve en La larga agonía de la Argentina peronista, libro de
1994 sin dudas tomado por la decepción más franca respecto no
sólo de la parábola descripta por nuestro país en el siglo XX, sino
por la de la democracia renacida. Aunque, aclaremos, a diferencia
de quienes lo consagraron en el campo historiográfico y cultural,
Halperin no se mostró particularmente expectante respecto de las
posibilidades que ésta introducía, ni siquiera en su momento de
mayor enjundia alfonsinista. Refiriéndose a los “intelectuales y
profesionales surgidos de las nuevas clases medias”, señala que
“dejados de lado por una reforma electoral que –al hacer súbita-
mente verdad el sufragio universal hasta entonces tergiversado en
los hechos– aseguró que la Argentina iba a pasar de largo por esa
etapa en la marcha hacia la democracia que es la de participación
limitada” (p. 14). Eso llevó a que esa clase, o la fracción de ella
que entendió en su momento como más propia, buscara salidas
políticas por fuera del sufragio universal, en circunstancias tan di-
símiles como los argumentos que se esgrimieron. Así 1930, 1945,
1955, 1973 quedan montados por única vez en un mismo arco,
el de la participación activa de la clase media en la búsqueda
de alternativas políticas que eludieran el veredicto de las urnas.
Golpes o intentos de revoluciones, de tomas del poder. Aunque

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quizás no haga falta, agreguemos que apenas meses después del
19 y 20 de diciembre de 2001, en una entrevista que le hace Pa-
blo Chacón, afirma Halperin que la ley Sáenz Peña fue “un error
de cálculo” y, brotado como estábamos todos, dice no entender
cómo no se va más gente del país…

“En la intemperie de la historia”

Entonces: identificada plenamente la clase media de Halperin con


ese sector “superior y profesional” no plebeyo, distante o directa-
mente enemistada con el radicalismo yrigoyenista, no habría pa-
decido especialmente el golpe del 30, ya que incluso fue parte de
su masa de apoyo o permaneció en la neutralidad. Luego ocurre,
para entroncar con lo que veníamos desarrollando, esa larga dé-
cada que caracteriza como de “atonía política” y falta de vigor sin
igual en la escena política y social argentina; para que después se
lance a su aventura política más propia, la de la coyuntura 44/45.
Todo así, tal vez con un acento que algo varía pero no mucho más,
hasta que surge la nueva lectura sobre los treinta. Ahora bien, si-
gamos otra pista, la última. Porque esta vuelta de tuerca interpre-
tativa irrumpe atada a un nombre propio, el de Francisco Urondo.
Si había llamado la atención que en un artículo crítico sobre la
empresa historiográfica del revisionismo, Halperin hiciera una
muy alta valoración, desacostumbrada en él, de la poesía de este
escritor y militante que figurará entre los desaparecidos y asesi-
nados de la última dictadura militar, así como quizás también que
en La larga agonía de la Argentina peronista citara un verso suyo
a propósito del desfallecimiento del radicalismo en la década en
que se lo relega, en La República imposible ya se trata mucho
más, porque allí rescata la imagen que produce de ese partido y
de sus militantes en relación a cómo sobrellevaron la humillación
y la marginación, la derrota. Y, aunque se haya escrito que el título

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de su último libro es de inspiración discepoliana, Son memorias
se llama así por cómo nombra Urondo una sección de su obra
poética reunida en 1972. La relevancia que adquiere su figura se
empieza a explicar porque su padre, Francisco Enrique, adhirió
activamente al reformismo universitario y llegó a ser un “presti-
gioso profesional y docente de la Facultad de Ingeniería Química
de la ciudad de Santa Fe”. Descendido también de los barcos,
aunque desconocemos en qué clase, conquista una respetabilidad
social sobre parámetros que no parecen ser muy distintos a los de
los padres de Halperin, alcanzando incluso reconocimientos ma-
yores. Ahora bien, sin que se permita sospechar su inclinación a
favor de algo parecido al plebeyismo, Francisco Enrique Urondo
fue también un militante radical yrigoyenista. En la poesía de su
hijo quedarán huellas seguras de la violenta historia que envolvió
a su familia después de 1930, lo que señalará para él “el ingreso
pleno en la intemperie de la historia”. Sin una resonancia tan am-
plia, también es clave en esta nueva lectura de Halperin la figura
de Alcides Greca, “gran universitario y jurisconsulto de una capi-
tal de provincia”, ligado al reformismo del 18 y legislador por el
radicalismo yrigoyenista, que será arrastrado, luego de su capri-
choso apresamiento a finales de 1933, de prisión en prisión hasta
pasar una temporada en la de la isla Martín García, destino que
cincuenta años antes había sido de los indios capturados por el
ejército argentino, tan parecidos, por su condición de derrotados,
a los que Greca registró en esa película fundamental que es El
último malón. Por lo tanto, es la escena del 30 la que produce una
primera ruptura ya no tan sólo en la más vasta clase media sino
en la fracción de la clase a la que pertenece Halperin que, si no se
replica completa en el 45 –el padre de Urondo se encontrará muy
cerca de las filas de la Resistencia; Alcides Greca no–, permite
ver que esa homogeneidad no era del todo cierta.
Pero la consecuencia más notable es la que se plasma, aho-
ra así, en la deriva de Francisco Urondo, ésa que lo lleva de un

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pasado familiar de ascendente clase media universitaria aunque
de militancia yrigoyenista, a sumarse a la lucha armada a través
de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y de Montoneros hasta
caer abatido en un enfrentamiento con la policía en Guaymallén,
provincia de Mendoza. Para Halperin lo que explica esa trayecto-
ria es el hartazgo con el Partido Radical que había sido el de sus
mayores, pero también con una posición, la de “aguantar civiliza-
damente” que, aunque no lo diga del todo, es la de la clase media,
que le incumbe entonces también a él y a los más cercanamente
suyos. En pos de mantener su dignidad, ante una u otra circuns-
tancia de vejación política, ha optado por disimular las afrentas,
para no asumir hasta las últimas consecuencias el drama de Ar-
gentina en el que se encuentra envuelta de pies a cabeza. La “ato-
nía política” de los treinta se vuelve impotencia de un partido y
de una clase que, en la poesía de Urondo, tiene un nuevo resonar
en el derrocamiento sin mayores repercusiones de Illia. Así, ago-
tado y un poco más del civismo radical, del respeto soso por las
instituciones burladas por los realmente poderosos, ganado por
“la impaciencia por andar degollando a esos palafreneros/ que
sacan a los presidentes de un brazo/ en las madrugadas/ tan por-
teñas”, como no se habían atrevido a hacer los suyos, Francisco
Urondo se une a la guerrilla. De este modo, los “anuncios de una
primavera de sangre prodigados por los feroces coros montone-
ros”, así se señala en La larga agonía de la Argentina peronista,
y la violencia que es frívolamente aceptada por la opinión, pasa a
contar ahora con una clave de interpretación que, aunque puesta
sobre una vida individual, implica de lleno a la clase media.
“Es curioso lo bien que nos ha ido a todos”. Comenta Halpe-
rin la “silenciosa indignación” que experimentó cuando escuchó
a un apenas camuflado Ernesto Laclau decir estas palabras en
Berkeley, como si se tratara de algo “menos inexacto que va-
gamente sacrílego”. Por los datos que agrega parece tratarse de
finales de los años ochenta y, aunque la observación se vuelca

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sobre todo a los “intelectuales”, el espejamiento de su biogra-
fía con la de Urondo, quizás permite explicar esa incomodidad.
Mientras que el ingreso a la intemperie de la historia fue para
Urondo en diciembre de 1940, por un crimen del régimen con-
servador y fraudulento en Santa Fe, que fue también una herida
en el cuerpo de su familia, para Halperin, y lo escribe citando a
María Elena Walsh, fue el 17 de octubre de 1945. Una misma
fracción de clase y su bifurcación. 1966 para uno fue un empujón
más para irse del país en pos de una meta profesional, conjugada
en primera persona, que le brinda una intensa felicidad, ya que es
después de todo “lo que quería hacer en el mundo”; para el otro,
un escalón hacia su radicalización política. En el tramo final de
su obra historiográfica que se entremezcla con su vida, pareciera
ser que las razones para explicar por qué uno y otro siguieron
caminos distintos se le vuelven algo opacas, sólo eso. Aunque sea
muy distinto entrar a esa intemperie en un momento o en otro.
Dice Halperin que varias veces le recriminaron y también él se
recriminó su “tibieza”. Su indagación de la historia –hija de una
experiencia de clase, como la militancia extrema de Urondo– fue
su manera de desmentirla, también de fugar, como una vanguar-
dia o como una patrulla perdida.
¿Algo más? Sí, tres cositas que podrían merecer otro escrito.
Nunca de manera alevosa, la mirada que Halperin lanza sobre el
pasado argentino se encuentra de alguna forma capturada por lo
que significó la derrota del 45; incluso, ese pathos que se le cues-
tiona de ironía y distanciamiento, lo es de una realidad política
que le dio, en esa situación y de manera sostenida, la espalda. Sin
estridencias ni berrinches, pero ineludiblemente ajeno se supo a
ella. Otra: que el proceso de privatización de la vida pública que
se acelera a partir de la última dictadura y produce la decadencia
del sistema educativo público –si interesa, esto lo propone en las
últimas páginas de La larga agonía de la Argentina peronista–
volvió a la clase media un fantasma maltrecho en relación con lo

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que había sido. Parecido a la clase obrera que ya no se alimenta
de esos otros mitos que alguna vez fueron fundamentales, ambas
“desintegradas” y “anémicas”. Quizás fue por este mismo diag-
nóstico que no se dejó entusiasmar por la experiencia social y po-
lítica alfonsinista, para escribir en esos años uno de los textos más
punzantes, que no tiene más reparo que su propia dificultad para
ser leído, en hacer añicos la mirada sobre el pasado que se quería
legitimara a ese momento político. Nos referimos a “El presente
transforma al pasado”. Así como en 1951 no dudó en construir
una imagen de Esteban Echeverría que en nada le servía a la opo-
sición al peronismo, en la coyuntura de la tenue primavera de-
mocrática, se debe mucho más a la historia y, digámoslo así, a la
inteligencia que lo asiste, que a lo que necesitan para mantenerse
en pie ese proceso político y lo que queda, desarreglado, de su
clase. Por último, una parte en nada menor de lo que se produjo
entre 2001 y este presente parece moverse por los andariveles de
esta narración, sobre todo en lo que hace a las escisiones y en-
frentamientos que para Halperin caracterizan a la historia posible
de la clase media argentina.

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¿Qué quiere la clase media?
Se terminó de imprimir en el mes de noviembre de 2016
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Provincia de Buenos Aires, Argentina.
Opcional con Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
Distribuye en Capital Federal y GBA: Vaccaro, Sánchez y Cía. S. A.
Distribuye en interior: D.I.S.A.

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