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LIBERTAD VERSUS AUTORITARISMO

Vicentín encarna una puja de poder porque mejora la capacidad pública para conducir la economía
Por Ricardo Aronskind JUN 14, 2020

La pandemia había sido, paradójicamente, un bálsamo en los conflictos


que atraviesan a la sociedad argentina. Por un momento permitió olvidar
que la gestión macrista dejó una economía en una pendiente peligrosa,
un situación de precariedad social alarmante, un Estado sin recursos y
sometido a la presión de acreedores externos y locales. Todo fue
asordinado por la nueva preocupación por sobrevivir, tanto física como
económicamente, por las nuevas polémicas en torno a las buenas
prácticas infectológicas, y sobre las proporciones adecuadas de
vida/economía. Habían pasado al freezer las cuestiones centrales que van
a permitir que la Argentina salga adelante, o que siga en el sendero de
decadencia que el neoliberalismo periférico le ha impuesto en las últimas
décadas.

Pero la vida sigue, y las decisiones tarde o temprano hay que tomarlas.

La negociación de la deuda continúa en un tenso clima. El gobierno


argentino no se ha dejado acorralar por los bonistas que le están
exigiendo condiciones que han provocado la intervención del propio FMI
para reafirmar que no se le puede pedir más a la Argentina, y que
llevaron a Joseph Stiglitz, premio Nobel muy ligado al ministro Guzmán, a
señalar que “los acreedores no tienen vergüenza”, acusándolos de
insensibilidad humana y de incomprensión de la inviabilidad económica
de sus demandas al país. Argentina podrá pagar su deuda si, entre otras
cosas, consigue las divisas suficientes a través del comercio exterior.

En este contexto, la decisión oficial de intervenir y expropiar al grupo


Vicentin nos ha devuelto a las discusiones estructurales pendientes del
mundo pre-pandemia.

Runners
Si algo no puede decir la vociferante derecha local, es que la situación de
Vicentin la provocó el Frente de Todos. Su auge y caída se produjeron
durante la gestión de Cambiemos, así como buena parte de las maniobras
fraudulentas que se vienen denunciando en relación al accionar
comercial, financiero y crediticio del grupo.

Mientras en la ciudad de la pandemia la gestión de Rodríguez Larreta


decidió permitir la alegre difusión masiva del Covid-19 mediante la
realización de corridas nocturnas sin adecuadas medidas de protección,
la decisión oficial de tomar al grupo Vicentin como una relevante
herramienta de política pública disparó otra carrera, que cuenta con dos
grandes runners.

Por una parte el Estado nacional, encabezado por un frente de sectores


populares que necesita contar con instrumentos regulatorios para
garantizar la gobernabilidad económica en los próximos años, y por otra
parte el establishment argentino (al cual reportan los principales medios
de comunicación, Juntos por el Cambio y responde el público cacerolero
en general), dispuesto a evitar que ningún gobierno argentino cuente
con herramientas para conducir el proceso económico.
En el caso Vicentin, en ese sentido, convergen dos elementos
importantes: la capacidad económica con la que se va a dotar el Estado
en materia de producción, comercialización, exportación y generación de
divisas, además del control más estricto sobre el sector externo, y en un
sentido más estratégico, la capacidad política del sector público para
incidir en variables macroeconómicas que hoy están en manos
exclusivas del sector privado.

El episodio Vicentin encarna, por lo tanto, una puja de poder porque abre
un sendero estratégico de mejora de las capacidades públicas para
conducir la economía.

El gobierno debe saber que la correcta decisión de hacerse cargo de ese


grupo fallido no será leído con lentes normales, de país civilizado, sino
por un sector acostumbrado a dictar las reglas del juego democrático, y
que interpreta cosas que en otras partes del mundo se consideran
facultades normales de los Estados, en claves muchísimo más
ideologizadas, que rozan la paranoia.

Cada runner tendrá una meta: el gobierno argentino lograr la


gobernabilidad necesaria para promover el crecimiento y una mayor
equidad social. La derecha sacará todo a la cancha para defender su
dominio sobre la sociedad, en función de continuar preservando y
acrecentando sus negocios particulares.

Vicentin no es el socialismo
La hiperideologización de los sectores más concentrados es alarmante.
Su hostilidad a todo lo público y lo estatal no se observa en el Primer
Mundo.

Un economista liberal, más culto que los lamentables retoños actuales,


Juan Carlos de Pablo, lo ha escrito con meridiana claridad en esta
semana a raíz de Vicentin: «Prefiero una empresa privada en manos
nacionales que extranjeras; pero prefiero una empresa privada en
manos extranjeras a una empresa pública». Queda claro que el criterio
es “lo privado uber alles”, y lo nacional queda en un segundo plano. Este
es el criterio permanente del liberalismo argentino. El diseño de las
grandes privatizaciones en los ’90 generó grandes monopolios privados
en algunas áreas. En esa instancia también el razonamiento fue: entre un
monopolio público y un monopolio privado –y extranjero—, siempre
mejor el monopolio privado. El remanente del ideal liberal, en el mundo
realmente existente, es que lo privado –y lo multinacional— es lo único
que debe ser promovido por el Estado. Aquí y en el resto del planeta, esa
es la lógica profunda de la globalización.

Frente a esa lógica que no promete nada a nadie que no participe del
reducido grupo social corporativo, el gobierno nacional toma una
decisión a contrapelo de las preferencias liberales.

Lamentablemente la discusión pública debe atravesar un mar de


ignorancias y falacias para poder avanzar. Expropiar una empresa no es
el socialismo, sino algo que fue muy frecuente en el capitalismo
productivo de posguerra. Cobrar impuestos no es expropiar. Controlar
monopolios no es el comunismo. Evitar la especulación cambiaria no es
totalitarismo. Frenar el contrabando de cereales no es chavismo. La
derecha local califica como medidas revolucionarias a lo que es el difícil
camino de volver a la legalidad económica, a salir de la anomia
empresarial, a que las leyes del Estado nacional alcancen también a los
poderosos.

El intento, evidente y grosero, de transformar a la diputada Fernanda


Vallejos en un nuevo cuco de las sectores medios ignorantes es  impedir
la discusión racional y derivar al terreno de las pasiones fascistoides. Es
inadmisible, en una sociedad democrática, que el mero hecho de aludir a
una solución económica que se adopta en países como Francia y
Alemania, sea razón para que una persona sea vandalizada por la prensa
reaccionaria. Los límites del debate público se han corrido tan
extraordinariamente en la Argentina, que la ignorancia prejuiciosa y la
estafa ideológica se han transformado en las nuevas varas para medir
qué está permitido y qué no en el debate público.
Es claro que no se quiere debatir en serio, con argumentos, ejemplos y
datos, porque hay un designo autoritario en quienes se creen dueños del
país. Su proyecto no se debate con nadie. Y “consenso” es hacer lo que
ellos determinen.

Las venas abiertas de la Argentina


Entre los problemas de fondo que tenemos, uno de los fundamentales es
qué hacemos con el uso del excedente económico. El excedente es la
porción de la riqueza nacional que queda, luego de satisfacer las
necesidades básicas de la sociedad. En el caso argentino, el excedente es
significativo, y su buen uso, su aplicación con criterios productivos y
sociales, permitiría en un plazo no muy prolongado cambiarle
completamente la cara al país y lograr standards de vida aceptables para
todos sus habitantes.

Pero el problema, que es económico pero que es sobre todo político, es


cómo hacer que el excedente fluya hacia las actividades que el país y la
sociedad necesitan. Eso es fácil discursivamente para el liberalismo:
denle la plata al mercado y la prosperidad se generará inmediatamente.
No es cierto, no ha pasado aquí ni aquí ni en ningún país de América
Latina. Por cederle el control del excedente a los grandes capitales,
nuestra región está como está.

Para el Estado, en la medida que esté conducido en función de un


proyecto nacional, es clave encontrar la forma de canalizar el excedente
hacia fines de inversión en producción e infraestructura social. Pero
nada es fácil, porque aún no logramos algo previo: que el excedente no
se escape del circuito productivo nacional. No otra cosa es el significado
de la gigantesca fuga de capitales, que ocurrió en el macrismo, y antes
del macrismo, desde la reforma financiera de 1977.

 
La sinfonía pro-fuga de la prensa seria
El gobierno parece estar moviéndose en el sentido de contener la
hemorragia de dólares/excedente, con algunos pasos imprescindibles.
Pero hasta en eso el ambiente cultural-ideológico está tan distorsionado,
que nos encontramos con que existirían unos derechos sagrados a la
fuga de divisas, y que en cambio el Estado sería abiertamente un ente
opresor si pretende que los recursos se canalicen hacia la producción.

El artículo titulado “El sueño del estado omnipresente”, publicado por La


Nación el 23 de mayo, constituye un testimonio de esta mentalidad hostil
al uso productivo del excedente. Se dice en ese texto: “Hay empresarios
arrepentidos de haber aceptado la ayuda del Estado para pagar
sueldos… Ejecutivos de la UIA se lo transmitieron al ministro Kulfas: no
están conformes con los requisitos que la AFIP exige a cambio de
recibirla (a los fondos ATP)”. Y recuerda las condiciones que  establece el
Estado para otorgar ese subsidio, y que mortifican a ciertos
empresarios: “No distribuir utilidades, no comprar dólares mediante
operaciones con acciones y no hacer transferencias a socios relacionados
con paraísos fiscales”.

Estamos en una situación tan distorsionada, que el Estado les está


regalando una parte de los sueldos a las empresas sin considerar su
tamaño ni capacidades financieras, y sólo les pide que no distribuyan
utilidades (parte de la cuales estarían constituidas por esas
transferencias públicas), que no compren dólares para enviarlos al
exterior mediante la operación CCL —contado con liquidación—
(operación que podría ser hecha, en parte, con esos fondos recibidos por
el Estado, para continuar fugando divisas), y que no transfieran fondos a
guaridas fiscales. Simplemente eso les pide el Estado, que no delincan
(desviando los fondos recibidos a sus bolsillos particulares) y que no
fuguen más dólares… y eso modestísima demanda de sensatez y
prudencia social es tildada como “el sueño del estado omnipresente”.

La sinfonía pro-fuga ha sido también ejecutada por Carlos Pagni, en su


artículo “El truco de la fuga de dólares le salió muy mal al kirchnerismo”.
El texto es un conjunto de falacias para tapar-justificar una práctica
económica que tiene el efecto de esterilizar el ahorro nacional y
transformarlo en activos externos a nuestra economía. Pero lo que
interesa resaltar es la explicación digna del personaje nazi Miky Vainilla,
cuando dice que “sólo hace pop, pop para divertirse”. Pagni señala que
“lo relevante es lo que se pretendía reprochar”, “gente que tenía pesos
declarados, que había pagado sus impuestos, decidió comprar un bien,
en este caso dólares”. Podrían ser caramelos, monopatines, pero fueron
dólares. Casualmente el dólar es “el” bien para transformar ahorros
locales en activos trasladables al exterior. Agrega que esos dólares
serían “para depositarlos en el exterior o comprar una casa en el país.
Da lo mismo”. No, no da lo mismo. Una casa en el país es empleo,
producción y consumo locales que se activan. Una cuenta en el exterior
es como si se hubiera quemado esos “bienes que decidió comprar”. Pagni
intenta hacer pasar por un derecho individual inalienable, por una
“libertad personal”, una práctica colectiva de un sector social muy
concentrado, que pretende que la comunidad nacional se quede en
silencio e inerte mientras ve que los fondos necesarios para hacer que el
país funcione terminan en Panamá.

Y volvemos a diferenciar: uno es el problema genuino del ahorro de lxs


argentinxs que necesitan algún mecanismo para guardar y preservar
sus excedentes personales, y otro es el de los grandes capitales que
fugan el excedente. El Estado debe proveer a los primeros los
instrumentos financieros creíbles y sólidos para que no tengan que
andar corriendo detrás del dólar. El problema de cómo hacer que los
grandes actores se decidan a ocupar el rol que la teoría dice que tienen
los capitalistas en la sociedad capitalista, es otro problema mucho más
complejo.

Anticomunismo de anticipación
Evidentemente el programa de la derecha no incluye la posibilidad de la
recuperación argentina: se va a oponer a todo lo que sirva para que el
país se ponga de pie, porque no quiere un Estado con las capacidades de
gestión necesarias para liderar el crecimiento. Ya está usando el
latiguillo de la libertad versus el autoritarismo, denuesto con el que
señalará a todo ejercicio de poder significativo por parte del actual
gobierno.

Y usarán el valor supremo de la propiedad, con la particular variante


local de haber extendido el concepto para que incluya a todo privilegio
económico obtenido de las formas más espurias y corruptas. El derecho
de propiedad en su versión argentina sería un “pelito para la vieja”
sobre todas las rentas apropiadas en forma inescrupulosa por diversos
actores privados. El derecho de propiedad también será esgrimido
contra las necesarias regulaciones económicas, acompañadas del
latiguillo –ridículo, luego de la experiencia macrista— de “así no van a
venir las inversiones”.

Cuando surgió Bolsonaro en Brasil, con su furibundo anticomunismo sin


comunistas, pareció delirante y extemporáneo. Nos costó un tiempo
comprender la función política de ese anticomunismo agresivo, muy útil
en su política de ataque a los derechos de los trabajadores y jubilados,
mientras sostenía con mano firme a su ministro ultra liberal y rematador
del Brasil, Paulo Guedes.

El anticomunismo de los peleles periféricos latinoamericanos no tiene


que ver con el comunismo, sino con un discurso de guerra, violento y
agresivo, contra los actores reformistas y moderados que intentan
modificar algo del cuadro del subdesarrollo y la desigualdad.

Aquí también ha asomado ese ensayo grotesco, que no tiene base en una
realidad política de fuerte radicalización izquierdista, sino precisamente
en lo contrario: una fuerte radicalización derechista, que sobre un
contexto de atraso y miseria como el latinoamericano, avanza
brutalmente sobre los restos de bienestar disponibles en los rincones de
nuestra región. Es un anticomunismo de anticipación, que agrede
preventivamente a los actores que podrían esbozar un “no” a las
demandas de nuevas depredaciones sociales por parte de fracciones
minoritarias.

Es evidente que a estas minorías les importa un bledo la democracia en


un sentido profundo, sino que recuperan la palabra como defensa del
statu quo, y se refugian para eso en el eje pretérito “democracia versus
comunismo” que goza todavía de alguna legitimidad residual en las
regiones donde perdura la hegemonía norteamericana.

Parecería mucho más cercano a la realidad argentina hablar del par de


opuestos “bienestar social versus rapiña particular” que de rezagos
ideológicos de la guerra fría.

En todo caso, el autoritarismo real parece impregnar el comportamiento


de actores minoritarios que no están dispuestos a someterse a las leyes
que pueden afectar sus beneficios, mientras que si las políticas públicas
fueran capaces de encarnar las luchas y demandas de las mayorías,
podrían representar una forma concreta, social, de la palabra libertad.

Miguel Dice  20 horas hace

… muy clara la desripcion en esta nota…!!!

LAURA Dice  21 horas hace

Gracias por su excelente nota.


«.. la decisión o cial de intervenir y expropiar al grupo Vicentin nos ha devuelto a las discusiones estructurales
pendientes del mundo pre-pandemia.»
«Lamentablemente la discusión pública debe atravesar un mar de ignorancias y falacias para poder avanzar. »
El ámbito de esas discuciones públicas porqué no es propiciado por los medios públicos, cómo salir sino del mar de
ignorancias y falacias.
SALUDOS

Victor Manuel Luque (Vitito) Dice  7 horas hace

En el caso de la diputada Vallejos, por querer ser picante, perjudica al presidente y su política. Callar,
pensar, actuar y realizar es más importante que hablar, aunque uno pase desapercibido.

HERNÁN DE ROSARIO Dice  23 horas hace

Del excelente artículo del profesor Aronskind me tomé el atrevimiento de extraer los siguientes párrafos:
1) La negociación de la deuda continúa en un tenso clima. El gobierno argentino no se ha dejado acorralar por los
bonistas que le están exigiendo condiciones que han provocado la intervención del propio FMI para rea rmar que no se
le puede pedir más a la Argentina, y que llevaron a Joseph Stiglitz, premio Nobel muy ligado al ministro Guzmán, a
señalar que “los acreedores no tienen vergüenza”, acusándolos de insensibilidad humana y de incomprensión de la
inviabilidad económica de sus demandas al país. Argentina podrá pagar su deuda si, entre otras cosas, consigue las
divisas su cientes a través del comercio exterior.
2) Mientras en la ciudad de la pandemia la gestión de Rodríguez Larreta decidió permitir la alegre difusión masiva del
Covid-19 mediante la realización de corridas nocturnas sin adecuadas medidas de protección, la decisión o cial de
tomar al grupo Vicentin como una relevante herramienta de política pública disparó otra carrera, que cuenta con dos
grandes runners. Por una parte el Estado nacional, encabezado por un frente de sectores populares que necesita contar
con instrumentos regulatorios para garantizar la gobernabilidad económica en los próximos años, y por otra parte el
establishment argentino (al cual reportan los principales medios de comunicación, Juntos por el Cambio y responde el
público cacerolero en general), dispuesto a evitar que ningún gobierno argentino cuente con herramientas para
conducir el proceso económico.
3) Lamentablemente la discusión pública debe atravesar un mar de ignorancias y falacias para poder avanzar.
Expropiar una empresa no es el socialismo, sino algo que fue muy frecuente en el capitalismo productivo de posguerra.
Cobrar impuestos no es expropiar. Controlar monopolios no es el comunismo. Evitar la especulación cambiaria no es
totalitarismo. Frenar el contrabando de cereales no es chavismo. La derecha local cali ca como medidas
revolucionarias a lo que es el difícil camino de volver a la legalidad económica, a salir de la anomia empresarial, a que
las leyes del Estado nacional alcancen también a los poderosos.
Respecto a las negociaciones del gobierno nacional con los lobos de Wall Street cabe decir que son tan complicadas
como se preveían. A los acreedores privados poco les importa el estado calamitoso de la economía argentina, el
deterioro de la calidad de vida que vienen sufriendo millones de argentinos en los últimos años, los costos que debería
pagar el pueblo si Alberto Fernández aceptara sin chistar todas y cada una de sus exigencias. Consciente de ello el
Nobel de Economía Stiglitz los acusó de carecer de vergüenza. Me parece que se quedó corto. Son delincuentes
internacionales de guante blanco que gozan de un respaldo monolítico. Son tan poderosos que se dan el lujo de poner
en jaque a un presidente que cuenta con el respaldo del FMI, el Vaticano y la Comunidad Europea. Las negociaciones
parecen estar hoy empantanadas pero me parece que al nal se llegará a algún tipo de acuerdo.
El caso Vicentin puso una vez más al descubierto el oscurantismo ideológico de importantes sectores de la sociedad.
Tengo amigos que siguen creyendo que el objetivo último de Cristina Kirchner y La Cámpora es imponer el chavismo en
la Argentina. Están convencidos de que lo que pretende “la yegua” es destruir la propiedad privada y las libertades de
todos los argentinos. Lo de Vicentin, exclaman, no hace más que corroborarlo. Si uno se tomara el trabajo, por ejemplo,
de leerles lo que dice Germán Bidart Campos sobre la expropiación en su Tratado Elemental de Derecho Constitucional
para hacerlos entrar en razón (la expropiación está consagrada en la Carta Magna), para hacerles ver que, si bien se
trata de una medida dura, la situación nanciera de la empresa es insostenible, su reacción es la de siempre: empiezan
a vociferar en contra del kirchnerismo.
Es muy difícil discutir civilizadamente con estas personas. Creen que, como bien señala Aronskind en su escrito, toda
decisión del Estado que afecte poderosos intereses privados libera de obstáculos el camino que conduce al
¡comunismo! Lo peor de todo es que los medios de comunicación alineados con el establishment machacan todo el
tiempo con semejante barbaridad. Los conservadores sueñan con un Estado mínimo como el pregonado por Robert
Nozick, con la desaparición de los vínculos sociales (siempre recuerdan la histórica frase de Thatcher “la sociedad
como tal no existe”), y con jueces que se limiten a sentenciar en su favor. Todo lo que huela a igualdad, inclusión
social, solidaridad, etc., es socialismo totalitario.
La convivencia civilizada se ha tornado en Argentina, qué duda cabe, una misión imposible.

Ricardo Comeglio Dice  24 horas hace

Lo contradictorio que tiene el anticomunismo de clase en argentina, es que se produce en un contexto de voto cada 2
años que permite el control del denigrado Estado (denigrado por ellos, valga la aclaración), a quien gane esas
elecciones, con lo cual la estatización de Vicentin sería comunista sólo por un lapso de 4 años como máximo y pasaría
a ser expropiación capitalista para puesta en valor en caso de que el próximo gobierno sea de los neoliberales.
Esta inmensa contradicción se ve también en llamar comunistas a los K y al mismo tiempo fascistas nazis, algo para
terapia sin duda alguna.
O permitirse el lujo de decir que CFK integraba 4 asociaciones ilícitas para quedarse con dinero del Estado y tildarla de
comunista, anque fascista al mismo tiempo y no dejar de criticar que se compra caretras y zapatos de marcas
extravagantes. O sea, todo un dispendio de la contradicción ideológica en la que está inmersa una parte de la sociedad
que no tiene centro, no es guiada por nada que sea de nido como inteligencia y está tan perdida como necesitada de
terapia pisquiátrica.
En este contexto que todos conocemos bien vale la pena no darle bola a lo que esta gente desquiciada opine, diga o
pretenda. Sólo alcanza con darles un chaleco de fuerza y ponerle la pastillita bajo la lengua. Cualquier otra cosa que
hagamos con ellos es inhumano porque es imposible que un desquiciado mental pueda mantener una vida normal.

Norberto Menichelli Dice  1 día hace

Impresionante y clarísima nota, !!

Eduardo Varela-Cid Dice  1 día hace

Detesto la prision preventiva, pero en Argentina no h ay jueces para luchar contra este esteblishment.
Hay que terminar con la picardia de Uruguay.
«En suiza no es ilegal no pagar impuestos en Italia» Ese es el modelo uruguayo.
Eduardo Varela-Cid Dice  1 día hace

ESTAMOS HABLANDO DE DINERO


Que tiene que ver Venezuela? Nardelli y Gonzalez Fraga y sus jefes tienen que devolver el dinero y pagarle a los
productores.

María Laura Dice  1 día hace

Muy buena nota!!

Daniel Roy Dice  1 día hace

Muy claros conceptos. Cada párrafo trasluce la batalla cultural que hoy estamos perdiendo por goleada. Hay que
hacer llegar la verdadera informacion a todos los que podamos.

Carlos Spina Dice  1 día hace

El problema de Argentina como país no es la llegada de inversiones extranjeras, es frenar la fuga al exterior del
excedente producido por los trabajadores argentinos. Excedente obtenido por los grupos monopolios locales o
extranjeros que dominan todas las actividades económicas pagando salarios miserables y manejando los precios de la
economía a su antojo, incluso hoy. Retener el excedente e invertirlo localmente es un objetivo de mínima, pero la
recuperación del papel de Estado en la economía es el objetivo a lograr. Renova está en la orilla del río Paraná, en el
conglomerado agroportuario al norte de la ciudad de Rosario, y es una de las plantas de molienda de soja más
grandes del mundo y a pesar de los créditos del Banco Nación a nes de 2019 Vicentín vendió a Glencore el 16,7 % de
Renova, y con el 66,7 % del paquete accionario Renova ahora es de Glencore, una multinacional con sede en Suiza,
que se la considera la principal empresa privada dedicada a la compraventa y producción de materias primas y
alimentos del mundo. un grupo con tiene una facturación anual equivalente al 50 % del PBI de Argentina. Renova no
es ya ni siquiera una empresa local, es Suiza. El dilema es Estado o Corporaciones en el mundo de hoy y en un país
como Argentina.

Daniel Roy Dice  1 día hace

Muy buen comentario. RENOVA puede llegar a ser una verdadera piedra en el zapato en la expropiacion
de VICENTIN

Carlos Dice  1 día hace

«…. los fondos necesarios para hacer que el país funcione terminan en Panamá.»
Yo diría que los fondos terminan disfrazando de insolventes a sus dueños y dando trabajo y trans riendo capital a
zonas de nula o escasa tributación.
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