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Universidad del Zulia

Escuela de Comunicación Social


Sistema político y económico contemporáneo
Trabajo final por Laura Nieto
C.I.: 26.775.613

Apuntes y consideraciones finales tras las Reflexiones sobre la democracia en México


de Giovanni Sartori

Los sistemas políticos latinoamericanos han experimentado distintas etapas en su


transición hacia el logro de una democracia consolidada: desde la elección de candidatos
civiles para ocupar el cargo de presidente hasta la imposición de dictaduras militares. El
hecho es que pocos son los gobiernos que han llegado a su final con el apoyo total de
quienes confiaron en su discurso, reconocieron su autoridad y creyeron que valdría la pena
soportar y ceder con la esperanza de que aquellas utopías —ofrecidas sin cesar en boca de
sus dirigentes— en algún momento se hiciesen tangibles.

En efecto, día a día, la popularidad de los actores sociales más importantes del continente
se reduce, los partidos tradicionales pierden adeptos y el rechazo a la política se incrementa.
La razón es evidente en muchos casos: dentro de los poderes que integran al Estado, sus
miembros se enfrentan a crisis institucionales, rivalidades internas y la aparición de líderes
antipartidistas que amenazan con cambiar una realidad exigente de respuestas que nunca
llegan.

Ante esta situación, el gran reto de la mayoría de los Estados modernos es


definitivamente el de rescatar el principio fundamental que marcó el fin de las monarquías
y los consolidó como una de las mejores representaciones de la evolución que la sociedad
ha experimentado en los últimos siglos: el de otorgar al pueblo, bajo el pleno
reconocimiento de su libertad y dignidad, el derecho de dictar y determinar su propio
destino.

En ese sentido, los esfuerzos de México por devolver a sus ciudadanos cierto
protagonismo político podrían considerarse una guía para el resto de los países de
hablahispana dada la larga trayectoria, llena de aciertos y desaciertos, que —a razón de este
y otros objetivos— ha venido trazando su democracia.

Giovanni Sartori, investigador italiano reconocido por sus obras en el campo de


la Ciencia Política, sostiene que el foco principal de las propuestas y acciones llevadas a
cabo al respecto, deben ir orientadas a crear un sistema presidencial de aceptación
mayoritaria. Una tarea bastante complicada si consideramos el cambio radical de la
respuesta política de los ciudadanos que se presentó apartir de la pérdida de una
gobernatura en las eleccionesde 1989 por parte del Partido Revolucionario Institucional,
organización que mantuvo el control total del país por siete décadas en un régimen
netamente hegemónico que incluso, más de una vez fue tildado de dictatorial dentro del
contexto internacional.

No obstante, dicha nominación puede ser sentenciada como un error grave: en la


práctica, ninguno de sus líderes tuvo intenciones de perpetuarse indefinidamente en el
poder ni negó la existencia de otros partidos, dos características indispensables de cualquier
régimen totalitario. Al contrario, hablamos de un modelo partidista en el que se admite la
renuncia de los mandatarios para crear una línea sucesora —irónicamente bastante parecida
a la de los reinados europeos— fundamentada en las ideologías y camaraderías
institucionales, así como la creación de organizaciones paralelas que, si bien terminan
legitimando la instaurada, legalmente tienen establecido un marco para su acción.

En el caso del escenario venezolano, es difícil hallar un fenómeno —anterior a la


peculiar situación actual— más parecido a este que el resultante del Pacto de Punto Fijo de
1958: el sistema bipartidista de Acción Democrática y COPEI que alternó, sin
interrupciones, sus representantes dentro del Gobierno nacional durante más de 30 años y
que, ahora, se presenta como una opción ante el caso mexicano bajo el nombre de gobierno
de coalición.

Parece que casi se tratase de un juego de roles. Y es que, efectivamente, es en esta última
etapa de la historia de nuestro país, aquella marcada por la supuesta llegada del Socialismo
del siglo XXI, cuando se intercambian los papeles y somos nosotros quienes pudimos
experimentar por primera vez la consolidación de un bloque capaz de ejercer una autoridad
incluso mayor que la del PRI. El outsider Chávez aparece justamente con un proyecto
político que conmociona a las masas y lo lleva a ganar la presidencia de la República con
más del 50% de los votos en 1998. A partir de ese episodio, comienza en Venezuela un
régimen populista que se postergaría por más de una década y que, a pesar de la muerte de
su carismático y aclamado propulsor, sigue vigente en manos de Nicolás Maduro, candidato
seleccionado por él mismo para suplirlo.

Lo que sí tienen en común ambos contextos es que en el ocaso de su irremediable declive


tienden a experimentar cierto decaimiento en la respuesta de sus simpatizantes: allá en
América central se hace incuestionable en el 2000 con el triunfo del candidato del partido
PAN, Vicente Fox, en las elecciones presidenciales; mientras que aquí, la prueba es la
reciente obtención de la mayoría parlamentaria por parte de la oposición en los comicios
electorales del 2015, su primera victoria de peso en 17 años.

De ahí que, con total seguridad, se pueda valorar la transcendencia del electorado: ante
reacciones como estas, no esperan sino pues un cambio y, aunque las consecuencias de lo
ocurrido en México son ya palpables, el discurso oficialista proveniente de los sectores de
la izquierda venezolana destinado a restar importancia al nuevo control del Poder
Legislativo, puede ser considerado una burla a estas necesidades y un acto de ignorancia al
desconocer el valor que —de hecho— tiene la Asamblea Nacional dentro del gobierno
democrático.

No es coincidencia que el líder de la gran revolución que vivió nuestro país haya
llegado al Palacio de Gobierno con una prometedora reforma constitucional bajo el brazo;
ni que, una vez haya iniciado el proceso hacia la instauración de un nuevo sistema de
gobierno mexicano, se hablase con ímpetu de renovar la norma suprema del Estado: es de
gran interés modificar sus límites y algunos estatutos para aumentar el marco de acción de
las reformadas instituciones, y, proporcionar —o al menos así debería ser— mejoras con
respecto a las garantía de los derechos y libertades cívicas contenidas en la ley. En
conclusión: la existencia, creación y modificación de las normas jurídicas podrían ser un
determinante de la eficacia del ejecutivo y, así mismo, de su gobernabilidad; por lo tanto,
no es conveniente que fuerzas no provenientes del eje hegemónico tengan el poder del
parlamento, ya que aun cuando las políticas impuestas o no puedan exhortar al Gobierno
nacional de sus responsabilidades —gracias a un discurso que acusa firmemente al ente de
no dar espacio a la puesta en marcha de sus proyectos— se concede, casi sin darse cuenta,
mayor control a la institución normativa; tal vez lo que pueblo venezolano tenía en mente
cuando acudió a las urnas el pasado 6 de diciembre.

Ahora más que nunca, las encuestas indican que estamos ante un escenario favorable
para modificar la vía democrática que hasta entonces habíamos transitado. Si las elecciones
presidenciales del 2013 habían reflejado la inexistencia de una mayoría distinguible y la
división prácticamente equitativa de los votos entre Maduro y su contrincante, Henrique
Capriles Radonski, que además indicaban un descenso en la aceptación del primero y un
aumento en el apoyo al segundo; el proceso electoral pasado no hace sino reafirmarlo. Pues,
también muchos son los que señalan que, de haber vuelto a hacerse un llamado para acudir
a los centros de votación hace tres años o contar con una modalidad que admitiese la
segunda vuelta, los resultados hubiesen sido distintos y hoy se pudiese hablar de un sistema
seleccionado por un verdadero bloque de personas que comenzaba a formarse en aquel
momento y que ahora es simplemente imposible de ignorar.

El objetivo, por tanto, sería el de mantenerlos ahí para los próximos comicios electorales
o, al menos, hasta llegado el momento oportuno para solicitar un referéndum revocatorio.
En ese caso, la nueva Asamblea deberá demostrar que su plan de acción está orientado a
encontrar soluciones efectivas a corto plazo para enfrentar la crisis económica, jurídica,
social y cultural que está viviendo el país más allá de cualquier movimiento netamente
político que no represente ningún tipo de beneficio directo para la población.

Además, velará por conservar intacto el protagonismo que les fue atribuido a las
comunidades a través de los Concejos comunales, el nuevo Parlamento Comunal y el
reconocimiento de sus iniciativas ciudadanas —mecanismo que les permite vincularse con
la creación de leyes y normas a través de proyectos generados por ellos mismos y
presentados posterior a una recolección de cierta cantidad de firmas—; considerando que,
de no ser así, podría perder el apoyo de una gran parte de aquellos votantes que
decepcionados, fueron capaces de sufragar en contra de la única gestión que prometió
tomarlos en cuenta, y confiaron a ciegas en que no serían nuevamente silenciados en este
proyecto de gobierno.
Solo así, será posible vislumbrar la ejecución de los mecanismos legales para aplicar las
alternativas que ofrece la Constitución con el propósito de despedir a Maduro de sus
facultades como jefe de Estado antes del periodo reglamentario, por ejemplo. Es posible
afirmar que, definitivamente, son los referéndums una de las alternativas más aceptadas,
fuertes y eficientes para vincular al pueblo con el despertar y quehacer democrático.

Con ello, una vez más se ratifica la importancia que tienen los ciudadanos en los
procesos políticos. Es necesario imitar la búsqueda del gobierno mexicano hacia el
fortalecimiento de un sistema capaz de crear condiciones favorables para obtener el apoyo
de la mayoría, aumentar la gobernabilidad y generar de nuevo un clima de confianza hacia
las instituciones y gestores políticos latinoamericanos; todo esto, reconociendo que cada
nación experimenta procesos paralelos que atienden a sus propio contexto, pero que, sin
embargo, pueden verse reflejados en la historia que surge más allá de sus límites y
funcionar como vagas referencias a un sinfín posibilidades que no son realmente tan
inciertas.

De no ser así, nos sumergiremos una y otra vez en una espiral que —llena de errores,
fallas y desaciertos— nos llevará de vuelta a la forma más primitiva de un modelo social
que hasta ahora no ha logrado ver ni verá su máximo esplendor.

Apuntes y consideraciones finales tras La crisis de la democracia y la lección de los


clásicos de Norberto Bobbio

Más de una vez, se ha resaltado la importancia que tiene el analizar los fenómenos del
pasado para comprender la realidad que nos rodea. La historia se consolida como una
ventana única para revivir cada uno de los sucesos que nos trajeron aquí y, la filosofía nos
da las claves básicas para intentar sumergirnos en lo más profundo de la psiquis del ser
humano, entender su naturaleza y esencia, la fuerza de su espíritu y los cambios sociales
que surgen con su evolución como ente año tras año.

Así, su auto-reconocimiento como ser con el universo y como animal racional, político y
social, lo sitúan en el lugar del protagonista dentro de un panorama que solo puede ser
captado y analizado bajo una serie de criterios fijados por él mismo. Se trata de observar y
plantear hipótesis, de escudriñar más allá de la impresión inmediata y superficial de lo que
ocurre a partir de los límites que señalan las barreras físicas que lo separan del sistema-
ambiente, y de sumergirse en los rincones más oscuros de su mente y alma para hallar una
serie de soluciones válidas a los problemas que surgen al intentar descifrar su razón de ser
en el allí y aquel momento.

Afortunadamente, varios son los autores que se encargaron de sentar las bases —por
muy primitivas que puedan resultar en algunos casos— para desentrañar el funcionamiento
dentro de la organización de las comunidades modernas. Partiendo de Maquiavelo, Platón y
Aristóteles hasta llegar a Marx, Weber e Easton, todos estudiaron, desde su perspectiva
singular, esa semilla que apareció en el hombre y lo hizo sobrevivir a lo largo de todos
estos años en pequeñas, medianas y grandes sociedades.

Con respecto al Estado actual, institución que marca y condiciona el establecimiento del
modelo capitalista que domina el panorama político mundial, muchas son las tesis que se
han realizado con el fin de intentar comprender a qué razón natural responde su existencia.
Sin embargo, dichas propuestas valen la pena ser, a su vez, revisadas, para una mayor
compresión, bajo la concepción de su funcionamiento justamente como el sistema que es.

En efecto, es indudable que esta organización, como ente jurídico-político encargado de


dictaminar —en rol como autoridad— las funciones individuales que contribuirán al
bienestar común, convergen aspectos propios de los sistemas económicos, culturales,
religiosos, etc. que refuerzan y aseguran la reproducción de las relaciones sociales que lo
mantienen vivo: la existencia de un grupo subordinado ante la fuerza opresora que surge
como expresión del poder legitimizado y cedido a una élite determinada. Así es posible
afirmar que, como en cualquier otra unión de elementos, el sistema-Estado se nutre de
influjos externos traducidos en necesidades y exigencias que, a su vez, son procesadas por
sus divisiones y formaciones internas y salen fuera de sí a través acciones que hacen las
veces de producto; por lo tanto, no es posible desvincularlo de su ambiente.

Y es que, ante la constante que existe de pecar en esa clase de conclusiones, vale la
pena destacar que en este caso particular y los referidos a los sistemas políticos anteriores,
su origen no responde a ningún tipo de azar, al contrario, obedece a estímulos externos que
resultaban de la incapacidad de viejos mecanismos que no se encontraban ya a la altura
para responder a la cambios bruscos que se comenzaban a gestar en el interior de otras
organizaciones y estimulaban un ambiente de completo caos. No hay que ir muy lejos para
encontrar un caso evidente: el nacimiento del Estado mismo nace en un complejo panorama
auspiciado por la implosión del liberalismo económico dentro de las estructuras sociales y
la necesidad de crear una institución a la que se le conceda la capacidad de regularlas.

En ese sentido, se habla de ‘conceder’ porque su capacidad de acción dependerá


muchas veces de su legitimización, es decir, de su reconocimiento como organismo por
parte de la mayoría de sus miembros. Dicho procedimiento, en el que la sociedad habilita
públicamente al Estado —ya sea por decisión explícita o un periodo de pasividad que no
promueve ningún tipo de malestar— para ejercer el control total de la fuerza individual y
comunal ante una situación de crisis en la que se desborda por todas partes, alcanza su
máxima expresión cuando ese gen despótico es encerrado dentro de un marco legal que
promueve la autodisciplina para el uso de dicha competencia, principalmente en la
resolución de dichos conflictos.

En la democracia moderna, los poderes que constituyen al organismo de poder máximo


deben atender además, a los principios contenidos en los derechos fundamentales del
hombre, con los que todo acto destinado a violarlos será condenado a través de instancias,
si no internas, internacionales. Por tal razón, Norberto Bobbio da lugar a interpretaciones
que apuntan hacia que es esta modalidad del Estado la que, en definitiva, reduce el espacio
de aplicación de la fuerza, otorgando más poder a quien consiga afianzarse a través de la
retórica de un discurso que promete dirigir su energía a la solución de las necesidades de
los ciudadanos por las vías diplomáticas que garanticen el reconocimiento de sus libertades
y derechos como individuos.

El problema radica en lo que ocurre cuando dicho tipo de gobierno no funciona


correctamente, como es el caso de los países latinoamericanos. Es difícil determinar en
manos de quién va a parar la administración del poder ante la incapacidad del Estado para
responder efectivamente a dichas demandas. Lo que sí es seguro es que el ente se vuelve
frágil ante la posibilidad admitir un régimen autoritario que, contra todo principio, pase por
encima de la dignidad de sus ciudadanos y silencie sus quejas —como ha venido
ocurriendo en distintos puntos del continente— hasta el punto de perder su rol como
sistema de sistemas capaz de concretar en su seno la solución de problemas que incluso
traspasan los límites de sus fronteras.