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PASIONES TERRENAS

“Como una daga en la carne”


Pasional

A poco de leer algunas páginas de Pasiones terrenas se debe suspender la incredulidad


y sumergirse en las aguas del tiempo y el espacio literarios. Cada uno de los personajes
aquí reunidos es ya un mito en sí mismo: descomponerlo, rearmarlo y darlo en su versión
pasional supone airear la entretela de sus vidas públicas y privadas no sin remitirlas a su
núcleo de verdad histórica. Marx, Luxemburg, Gramsci, Benjamin, Gorz, Althusser, Lenin
parecen nombres imposibles de reunir en un solo libro. Sin embargo, Crespi se la ingenia
para resaltar acaso las aristas menos conocidas de estos personajes: sus relaciones
personales con parejas, amantes, mentores y albaceas. Esto, me dije, a poco de leer. Pero,
¿qué pasa luego?: nos atrapa un enrarecido verosímil, un sutil cuadro donde se suceden
escenas improbables y bellas, pero también trágicas y temerarias. En este sentido es muy
estimulante percibir, entrever, que una de las grandes pasiones de Marx, si no la más
arrolladora, fue el estudio. Hay ahí una imagen de la aventura del conocimiento: puede
decirse que encuentra un método, una razón por la cual tomar el camino para que el
lenguaje se vuelva “científico” y, de esta manera, desentrañar la alienación de la que es
víctima el explotado trabajador. La descripción del lugar de trabajo de Marx se muestra
como un verdadero laboratorio de escritura, metáfora de la que Piglia se apropió y de la
que, de algún modo, se amparó para proyectarse hacia el futuro. En el de Marx se fundieron
el oro y el barro. Como en todo laboratorio, se hacen experimentos; pero en este se los hace
con el afán de extraer, separar y discriminar aquellos elementos que se desprenden y se
persiguen con la obstinación de lo inalcanzable y así configurarlos en una fórmula
científica: axiomática y deducción. Y si la escritura de Marx pasó por diversos estadios,
pivoteando entre el pensamiento político, la prosa panfletaria y el lenguaje científico,
incluso superponiéndose entre sí, se hace evidente que la idea de valor es el verdadero
legado y el fundamento de toda crítica. Repito: es un relato donde se prioriza una sola cosa:
la aventura del conocimiento.
Conforme avanzan las páginas no puedo dejar de traer al ruedo las Vidas imaginarias de
Marcel Schwob, ese extraordinario libro de relatos donde también todos los personajes son
históricos, aunque están rodeados por un aura lejano e intangible. Aquí ocurre todo lo
contrario: la literatura está más acá, es decir del lado de los huecos que dejan los
documentos y que son habitados por la imaginación de la letra. ¿Cómo escribía Marx?,
¿cómo leía?, ¿en qué condiciones prácticas vivía y con quiénes?: “para entender la
intimidad del pensamiento de Marx es preciso imaginar ese cuarto”, nos dice Crespi. Parece
que trabajaba de una forma poco ortodoxa, como si el estar sentado lo atornillara a una
posición de placer que le era negada debido a unos forúnculos indeseables. El aparente
desorden en su lugar de trabajo responde a la forma de tratar los materiales con los que
elaboraba sus teorías, pero también ilustra la lógica implícita de esa disposición y su propia
predisposición hacia los diversos libros, periódicos y folletos en la forma de tratarlos y
marcarlos. Ahora sabemos por qué Viñas arrancaba las páginas de los libros y se las
quedaba; o por qué María Moreno habla de cierto estado de perversión en el subrayado en
tanto apropiación del texto ajeno. (¿Quedará muy lejos el tamborileo percusivo con el que
Hernández mascullaba octosílabos, o el flujo y reflujo del humo en bocanadas de un Saer
sobre sus cuadernos?).
El libro contiene imaginación e información. La primera es realmente necesaria par a
todo tipo de escritura. Sin el susurro sensual de las palabras no se hubieran podido elaborar
estos “relatos”, según los llama el autor en la Nota preliminar, condensados en sus
atmósferas históricas. La segunda está supeditada a las necesidades estructurales que la
colocan en los lugares indicados para abrirse camino hacia lo que el lector desee saber. La
combinación de ambas resulta de la tensión narrativa provista por la historia, la memoria, el
relato y la ficción. Sería pretencioso demandar más a uno que a otro de estos vectores, pues
del toque de intensidad de cada uno dependió la escritura de estas semblanzas; y porque
sabemos que el matiz biográfico, con el que se emparentan estos relatos, los ubica en ese
gran género híbrido que es la biografía y cuyo corte depende de la pulsión del biógrafo.

Las páginas avanzan y luego de leer las “biografías” de Rosa Luxemburg y Gramsci se
debe prestar atención a los fragmentos elegidos por el autor con el fin de dejarnos entrever
a nosotros, lectores cautos, el semblante de esos nombres propios. De la revolucionaria
polaca debe destacarse como un grito actual el eco de una frase que de un modo
contundente reivindica toda lucha por derechos denegados: “La libertad es y ha sido
siempre libertad para los que piensan diferente”. Gramsci toca un nervio kafkiano, porque
la cuerda interna que todo lector escucha y que en todo lector vibra (cuando quiere aferrarse
al último rastro de vibración en un cuerpo, el cuerpo del lector), deja ver que la extinción es
inevitable. Y sin embargo, el don de la palabra va de la mano de lo vital, porque en ella, en
la materialidad de su pronunciación, en su escritura, la imaginación de la letra sobrevive a
la barbarie.
El texto sobre Benjamin se sostiene en la tensión de un relato onírico. Crespi transcribe
un sueño que tuvo el autor de Calle de dirección única, relatado en una misiva enviada a
Gretel Karplus, esposa de Adorno. La materia del sueño se manifiesta como un valor en sí
mismo que es necesario preservar a la manera en que los coleccionistas o los bricoleurs se
dejan seducir por los objetos que encuentran en el camino: la articulación del sentido viene
a posteriori, como en la lectura. Increíblemente el sueño se vincula con el “motivo de leer”.
Entonces benjamín escribe y el sueño se vuelve materia en una deriva que condensa y
desplaza sentidos: la alegoría se convierte en el santo y seña del filósofo que supo hacer de
la imagen alegórica (Angelus novus) la interminable glosa de una incandescente forma de
leer que aun hoy nos alcanza como restos diurnos.
La rasante “biografía” de Adré Gorz serpentea en la relación del escritor con Doreen, su
compañera. Ambos permanecieron juntos hasta que decidieron acabar con sus vidas. Este
relato proyecta el aura del arco voltaico que se produce entre ambos. La ficción biográfica
aprieta las mallas que entretejen la vida imaginaria del escritor, es decir, del mito del
escritor. Pero también deja en evidencia las vicisitudes de la vida cotidiana y la lucha por
sobrevivir en el mundillo intelectual. Los dos forman un equipo en el que Doreen emerge
como la lectora crítica de la producción ensayística de André: el positivo necesita del
negativo para funcionar en una relación cuyo destino final es el robo del fuego a los dioses
para decir cese ya la escritura. El epistolario se muestra como un ida y vuelta, un
interesante “nido de víboras” en el que el soporte ensobrado, escrito de puño y letra, como
se dice, habla también de lo in-soportable de la distancia pero de la necesidad de la co-
respopndencia.
A cada uno de los personajes los movía y los conmovía una sola pasión: la palabra. Que
saliera de la boca o del puño, para enarbolar las blasfemia, el odio, el resentimiento o el
pasional amor, hizo que la revolución intelectual tuviera su renacimiento en el siglo XX:
“un revoltijo y sin embargo una luz” (Althusser). La pasión por la intelección tiene su
precio, aunque también tiene como contrapartida la pasión que puede llevar a la embriaguez
del sin-sentido, pero aquí se craquela rozando la ironía sofista para zafar de las garras del
mito originario.
A no dudarlo: la verdadera pasión que trasunta en estos relatos es la de la escritura, esa
práctica tan antigua que llegó a esgrimirse en sagrada hasta ser abordada como un moderno
concepto por parte de la crítica. Crespi, con su libro, quiere que quede un registro, una
iluminación breve pero precisa, de la aventura del conocimiento. La imaginación biográfica
es el procedimiento que emprende para ir recorriendo las estaciones a las que ha arribado la
teoría marxista en el siglo XX. Sus derivas, sus transformaciones y sus polémicas
insoslayables. Pero además merodea también en los alrededores de la sintaxis calculada, la
pregunta que sigue siendo motivo de escritura para todo aquel que se adentra en su
“misterio”: ¿cómo se le quita a la palabra su halo religioso y así, por fin, descorrer el velo
de la alienación? Se puede fracasar en el intento, y de hecho el fracaso sería la prueba más
irrefutable que hay que seguir intentándolo. Sin embargo, quien escribe desoye todo canto
dulce porque sabe que hay algo por hacer y comprobar: escribir sigue siendo un verbo
intransitivo.
Fabián Wirscke.