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Una pobreza indigna

Por Luján Stasevicius


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Elizabeth Strout tiene 63 años y escribe desde que su madre le regaló su primer
cuaderno. Ganó el Pullitzer por su tercera novela, Olive Kitteridge – que fue después
una serie de HBO ganadora a su vez de 8 premios Emmy – cuando tenía 53, habiendo
publicado la primera después de los 40. En el medio, hizo de todo; fue moza, esposa,
abogada, vendedora de colchones y hasta comediante. Cualquier cosa que le
permitiera dedicarle un par de horas a escribir en lugar de hablar incansablemente de
“la escritura”, como hacían sus amigos de la carrera de escritura creativa. Una vez que
empezó a ganar dinero con sus novelas, cambió de marido y se mudó a Nueva York.
Los derechos de su cuarta novela, The Burgess Boys, fueron comprados por Robert
Redford para adaptarla también a HBO, aunque el proyecto todavía no vio la luz. Como
su par J.K. Rowling, su historia profesional tiene más años de anonimato que éxito,
pero mientras la inglesa se hizo famosa por producir una narrativa escapista y
fantástica, la norteamericana decide asomarse a las entrañas menos exploradas de
Estados Unidos: las de la cotidianidad de la pobreza blanca. Años atrás, al terminar su
curso de stand up, se dio cuenta que su nicho eran las cosas que de tan verdaderas
causan gracia al oírlas en la boca de otro. Nunca se subió a un escenario a probar
suerte, pero esa revelación la acompañó para el resto de su producción. Años más
tarde diría que, lejos del melodrama o de los binarismos morales, lo que a ella le
interesa escribir son esas pequeñas ondas concéntricas en las que se nos va la vida, y
de las que a veces surge una emoción que de tan cruda resulta verdadera e imposible
de no narrar. Su producción, hasta el momento, no ha hecho otra cosa que honrar esa
declaración de principios; todas sus novelas se demoran en estas ondas concéntricas
y, juntas, producen un mosaico de la realidad americana que no todos quieren ver de
manera detenida.
A fines de julio de este año, The New Yorker publicó “Motherless child”, un largo
relato donde –luego de 11 años– la autora vuelve a su ya famosa Olive Kitteridge. La
narración retoma la historia sólo un par de años después de la última página que
leímos en 2008; luego de enviudar, Olive sigue su relación con Jack –de hecho, han
decidido casarse– y se ha convertido recientemente en abuela por segunda vez. Es
justamente la visita de su hijo a la histórica casa familiar de Crosby, Maine el punto de
partida de este relato, en el que se condensa todo lo que Olive Kitteridge como obra es
a nivel temático; largos silencios, malos entendidos y una tensión emocional
insostenible entre las apariencias y la honestidad brutal que, como siempre, explota a
partir de nada y da a luz a todo. Familias disfuncionales en todo su esplendor.
No es la primera vez que Strout juega esta carta; en 2017 publicó Anything is
Possible (Todo es posible), que entraría en lo que estúpida y habitualmente suele Field Code Changed

llamarse “novela coral” –una imprecisión crítica que por suerte ha comenzado pasar de
moda–, y en la que Lucy Barton, la protagonista de su anterior My Name Is Lucy Barton
(Me llamo Lucy Barton), aparece en principio a través del recuerdo de los otros Field Code Changed

personajes y, luego ya sin mediación, aunque tangencialmente, sobre el final del relato.
En un juego caleidoscópico á la Saer, los personajes secundarios de la primer novela
se vuelven principales en la segunda, y la propia Lucy Barton es objeto de la
representación de los otros –por medio del chisme, el acoso online y la especulación
cínica, lo único que realmente abunda en estos relatos– para finalmente hacerse de
cuerpo presente en una visita a sus hermanos, momento en el que es narrada y no
narradora, desde las proyecciones que tanto su hermano Pete como Vicky han
amasado durante 15 años. Esta degradación de su agencia vuelve a la ficcional
Amgash, Illinois, la ciudad escenario de su pasado traumático en My Name Is Lucy
Barton, el núcleo de articulación de las historias tramadas de Anything is Possible y el
propio espacio que le hace posible ajustar cuentas con quien se escapó y pudo triunfar
en Nueva York. De ese modo, su regreso, que es anticipado en algún punto por todos
los personajes que tuvieron relación con ella, no tiene nada de triunfal y mucho de
revancha a manos de los que quedaron en el pueblo. La presión por recordar(le) una y
otra vez su pasado –la “verdad”, como insiste su hermana Vicky es tan pesada que
Lucy termina víctima de un ataque de pánico que sólo se atenúa cuando vuelve a
escapar del pueblo y se a encuentra cerca a Chicago.
Sin embargo, más allá de la creación y el desarrollo de personajes complejos, lo que
distingue a Strout de sus contemporáneos es su manera de abordar la pobreza blanca
en Estados Unidos. En una entrevista para un medio inglés el año pasado, la autora
especuló que, de haber sido real, Vicky probablemente hubiera votado por Donald
Trump en las elecciones de 2016. Los análisis demográficos basados en los boca de
urna de la última elección coinciden; de los votantes de raza blanca – un 70% del
padrón electoral - , el 58% votó por Trump, así lo hizo también el 62% de los habitantes
de ciudades chicas – como podría ser Amgash o Crosby – y, finalmente, el 50% de los
votantes se reconoció como clase media baja. A todo esto, vale también recordar que
en Estados Unidos el voto no es obligatorio, así que, si bien estos datos no son
representativos de la población total, el 61.3% de los habitantes registrados se acercó a
las urnas, un aumento del 3.1% con respecto a la histórica elección de Obama a la
presidencia. Los personajes de Strout, entonces, facilitan una inspección minuciosa a
esa masa que dio vuelta una elección hace 3 años, y que todavía sorprende a los
demócratas.
Ese enigma para los demócratas es el terreno en el que Strout brilla y da cátedra.
Lejos de representar una escenografía, o un punto de anclaje necesario para historias
de sueño americano con final feliz a las que una mayoría de lectores es tan adepta,
retomando quizás aquel viejo tópico del undeserving por (es decir el que es “pobre
pero…”), la narrativa stroutiana se demora en el día a día de la agonía de recursos
financieros y emotivos, aunque sin entrar en un naturalismo decadente. La ausencia de
oportunidades, la penuria sostenida y la inmovilidad social absoluta toma el centro de
sus novelas y permea el horizonte emocional de sus personajes. Incluso Lucy Barton,
viviendo ya en Nueva York –aunque hospitalizada y, por ende, con riesgo cierto de
volver a caer en la pobreza–, se sumerge con su madre (que la está cuidando) en un
paseo lingüístico que las lleva hasta su infancia y en ningún momento se esconde
detrás de eufemismos para maquillar la carencia que la caracterizaba. Tampoco lo
hace Strout.
Casi como reflejo perverso de la lectura obsesiva que Pete, el hermano de Lucy,
hace de la serie de folletines que en Argentina se conoció con el nombre de La Famila
Ingalls –literatura en la que quizá busque esa reducción optimista que la narrativa que
lo contiene sin duda le niega–, el universo de Amgash está plagado de secretos
inconfesables y de pequeñas grandes miserias humanas que no sólo se reducen a lo
pecuniario. Sus habitantes arrastran traumas desde edades tempranas y nunca
consiguen recuperarse, salvo a través del odio y el resentimiento con que siguen online
la vida de Lucy.
Ciertamente no se trata de una pobreza “digna”, en los términos que con cinismo la
enunciaba el personaje de Luis Brandoni en la famosa escena de Esperando la
carroza. No. Los Burton no te darían una empanada si tienen tres. A los Burton no se te
ocurriría pedírsela; estarías intimidado frente a su violencia contenida y no podrías
siquiera sostenerles la mirada. Los Burton no son pobres lindos de campaña
publicitaria; no son los pobres dignos de caridad, humildes y agradecidos, sabedores
de “su lugar”, respetuosos del lugar de los otros. Los Burton son una gran mayoría
cutre y blanca en un país donde se repite hasta el cansancio el estereotipo de la
pobreza racializada. Los Burton amasan resentimiento como quien amarroca dólares, y
lo liberan a través su poder ciudadano, con resultados que sorprenden a los que no
estuvieron atentos a lo que se veía venir. Nueva York o Chicago, frente a Amgash o
Crosby son, para Strout, las dos caras de un país que elige chocarse las nucas en
lugar de mirarse de frente. Su descarnada prosa es tremendamente refrescante. No da
margen a concesiones. Ahora sólo resta esperar los próximos meses, a ver qué de
todo lo que sabe de Olive Kitteridge está decidida a mostrarnos en Olive, again.