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De historiografía lingüística

Ascensión H. de León-Portilla
Ignacio Guzmán Betancourt
e historia de las lenguas
De historiografía lingüística Ignacio Guzmán Betancourt

(coordinadores)
Pilar MÁynez
e historia de las lenguas Pilar Máynez
IGNACIO GUZMÁN BETANCOURT, PILAR MÁYNEZ
Ascensión H. de León-Portilla
ASCENSIÓN H. DE LEÓN-PORTILLA (coords.) (coordinadores)

A través de los ensayos contenidos en el volumen


De historiografía lingüística e historia de las len-

De historiografía lingüística
guas se persigue mostrar, dentro de una dimensión

e historia de las lenguas


diacrónica, algunos rasgos lingüísticos de las len-
guas vernáculas de México y de la lingua geral de
Brasil, siempre desde la perspectiva de lengua y cul-
tura. Tales rasgos ayudan a comprender el pasado
de las lenguas y de los pueblos que las hablan ante S
un futuro globalizador que tiende a imponer una ho-
mogeneidad lingüística y cultural.
ã
Por otra parte, los ensayos que versan acerca de n
los estudios sobre estas lenguas, abren un camino
para vislumbrar la importancia de la historiografía
s
lingüística mexicana como una disciplina en la que A G
se refleja un extenso capítulo de la historia de la
lingüística de todos los tiempos.
f ñ
U

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siglo
veintiuno
editores
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lingüística
y
teoría literaria
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DE HISTORIOGRAFÍA LINGÜÍSTICA
E HISTORIA DE LAS LENGUAS

por
JUAN M. LOPE BLANCH * HANS-JOSEF NIEDEREHE *
MIGUEL LEÓN-PORTILLA * NIDIA OJEDA ROSADO * ROSA
HERMINIA YÁÑEZ ROSALES * PILAR MÁYNEZ VIDAL *
MERCEDES MONTES DE OCA VEGA * FEDERICO B. NAGEL
BIELICKE * THOMAS C. SMITH STARK * ERÉNDIRA NANSEN
DÍAZ * FRANCISCO ALMADA LEYVA * JOSÉ LUIS ITURRIOZ
LEZA * BÁRBARA CIFUENTES * MIGUEL Á. DE LA CALLEJA *
IGNACIO GUZMÁN BETANCOURT * PEDRO MARTÍN BUTRAGUEÑO
REBECA BARRIGA VILLANUEVA * CONSUELO ALFARO LAGORIO *
ASCENSIÓN HERNÁNDEZ DE LEÓN-PORTILLA * PATRICK
JOHANSSON K. * GUILHEM OLIVIER * ELVIA FRANCO GARCÍA
GABRIELA E. CORTÉS SÁNCHEZ * TSUBASA OKOSHI HARADA *
JOSÉ ALEJOS GARCÍA * JOSÉ ANTONIO PAOLI BOLIO * CARLOS
LENKERSDORF * LAURA ELENA SOTELO SANTOS * LAURA
RODRÍGUEZ CANO * MANUEL A. HERMANN LEJARAZU * ZARINA
ESTRADA FERNÁNDEZ * RODRIGO MARTÍNEZ BARACS *
BEATRIZ ARIAS ÁLVAREZ * GUADALUPE VÁZQUEZ GONZÁLEZ
LAURA HERNÁNDEZ * ERNESTO DE ICAZA VILLALPANDO

coordinadores
IGNACIO GUZMÁN BETANCOURT
PILAR MÁYNEZ
ASCENSIÓN H. DE LEÓN-PORTILLA

siglo
veintiuno
editores
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los trabajos aquí presentados son fruto de las tareas


académicas propiciadas por la sociedad mexicana de
historiografía lingüística y la facultad de estudios
superiores acatlán

portada de maría luisa martínez passarge

primera edición, 2004


© siglo xxi editores, s.a. de c.v.
isbn 968-23-2515-3
© universidad nacional autónoma de méxico
instituto de investigaciones filológicas
isbn 970-32-1846-6

derechos reservados conforme a la ley


impreso y hecho en méxico

queda prohibida su reproducción parcial o total


por cualquier medio mecánico o electrónico
sin permiso escrito de la casa editorial
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It is now accepted that the history of linguistics is a valid and intellec-


tually exciting field of research and a valuable part of the education of
students of linguistics. Perhaps it is essential if linguistics as an acade-
mic subject is to be kept within the humanities and not just marketed as
a set of practical and commercially useful techniques. We see with plea-
sure during the past decade the growing number of books, periodicals,
societies, and conferences devoted to this branch of linguistics studies.

ROBERT HENRY ROBINS, “Constraints and Intentions in the


Organization of the History of Linguistics”, Werner Hüllen
(ed.), Understanding the Historiography of Linguistics. Problems
and Projects, Münster, Nodus Publikationen, 1990, p. 11.

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PRESENTACIÓN

En el último año del siglo XX, un grupo de investigadores mexicanos


amantes de la historia de las lenguas y sus textos decidimos formar
una asociación. El 14 de enero del año 2000 quedó formalmente cons-
tituida la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística (SOMEHIL,
en siglas), como asociación civil cuyo objetivo principal es el de pro-
piciar y difundir las investigaciones que se realizan en México y fuera
de él en el campo de la historia de la lingüística y de la filología.
Desde su fundación, la Sociedad contó con el apoyo del Instituto
de Investigaciones Filológicas y de la ENEP-Acatlán, por parte de la
UNAM; de la Dirección de Lingüística del INAH y del Centro de Estu-
dios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. En todas estas
instituciones y en otras, como la Escuela Nacional de Antropología
e Historia, la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad de
Guadalajara y la de Sonora, había grupos interesados en el estudio
de la historia de la lingüística. En realidad, la Sociedad fue fundada
para poner en contacto a estos grupos y propiciar un diálogo entre
ellos, a la vez que entablar relaciones formales e informales con otras
asociaciones similares mexicanas y del extranjero.
Uno de los objetivos primordiales de esta Sociedad es el de orga-
nizar congresos, seminarios, conferencias y cualquier tipo de reunio-
nes que contribuyan a ampliar y difundir las investigaciones sobre el
tema y que faciliten el contacto entre especialistas e interesados en la
historia de la filología y la lingüística. Este objetivo determinó la pri-
mera actividad importante de la Sociedad, la de organizar un Con-
greso, que ha sido el primero de Historiografía Lingüística celebra-
do en nuestro país. Los integrantes de la Mesa Directiva –Ignacio
Guzmán Betancourt, Pilar Máynez, Leonardo Manrique, Federico Na-
gel y Ascensión Hernández– estuvieron de acuerdo en que un Con-
greso era el mejor punto de arranque de labores de la nueva agrupa-
ción, a la vez que el mejor foro de expresión para todos aquellos que
compartíamos interés y admiración por la diversidad de lenguas de
México y por la riqueza de estudios que de ellas se han hecho desde
el siglo XVI. Sabíamos que tales estudios forman un capítulo en la his-

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toria de la lingüística universal y que este capítulo se está enriquecien-


do a la luz de las nuevas corrientes lingüísticas surgidas en el siglo XX.
A este esfuerzo se unió el profesor Miguel Ángel de la Calleja, jefe de
la sección de Lengua y Literatura Hispánica de la ENEP-Acatlán, así co-
mo la licenciada Yolanda Aquino Rodríguez, secretaria técnica del
Programa de Investigación de ese mismo plantel.

œ

Tal fue, en resumen, la génesis del Primer Congreso de Historiogra-


fía Lingüística que se realizó del 17 al 19 de octubre en la ENEP-Aca-
tlán. Al llegar a este punto hay que decir que, por razones académi-
cas y prácticas, el Congreso se organizó en armonía con el Tercer
Encuentro de Lingüística de Acatlán, dado que estos encuentros ya
se habían hecho en dos ocasiones en el mes de octubre. Cabe seña-
lar que los Encuentros de Lingüística en Acatlán han ido tomando
un lugar en la vida académica mexicana ya que en ellos tienen cabi-
da muchos temas relacionados con la lingüística, tanto sincrónica co-
mo diacrónica. De manera que, el haberlos reunido no fue casual, si-
no el resultado de una reflexión en la que estaba claro que existían
intereses congruentes entre lingüistas, filólogos y hasta historiadores
por intercambiar ideas acerca de cuestiones sobre las lenguas y los
textos, del presente y del pasado. La Sociedad se hizo eco de estos in-
tereses y planeó hacer los dos Congresos conjuntamente, los días 16,
17 y 18 de octubre de 2000, con mesas temáticas. Quedaron así esta-
blecidos los temas que tradicionalmente se tocaban en los Encuen-
tros de Acatlán más los nuevos de Historia de la Lingüística y de la Fi-
lología. La celebración de dos Congresos en uno supuso un
enriquecimiento en el estudio de las lenguas desde diversas perspec-
tivas y un ahondamiento en la investigación de la tradición lingüísti-
ca y filológica de México.
El presente volumen recoge treinta y dos ponencias, la gran mayo-
ría de las que fueron presentadas. Versan ellas sobre temas muy varia-
dos si bien todas giran alrededor de dos cuestiones fundamentales:
historiografía lingüística e historia de las lenguas. Podría decirse tam-
bién que, sin olvidar los aspectos sincrónicos, en casi todas está pre-
sente la dimensión diacrónica de los estudios lingüísticos. Abundan
asimismo los trabajos en los que se abordan estudios de lenguas y tex-
tos desde una perspectiva filológica. Creemos que vale la pena ofre-
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cer una breve visión de los ensayos que aquí se recogen ya que, a tra-
vés de ellos, se pueden vislumbrar los intereses de la Sociedad por
crear un espacio propio en México, en el que estén presentes tam-
bién las aportaciones de investigadores extranjeros.
Reparemos en primer lugar en las tres ponencias magistrales a car-
go de Juan M. Lope Blanch, Hans-Josef Niederehe y Miguel León-Por-
tilla. Cada una de ellas tocó un aspecto cardinal en la vida de las len-
guas habladas en México, tanto en relación con el pasado como en
el de la conservación para el futuro, dentro del plurilingüismo que
identifica al país.
“De historiografía lingüística mexicana” fue el título elegido por
Juan M. Lope Blanch para valorar, en una especie de síntesis biblio-
gráfica, el cúmulo y la calidad de trabajos hechos por los misioneros
acerca de las lenguas amerindias y asimismo los nada desdeñables es-
tudios modernos sobre el español de México elaborados por los estu-
diosos del siglo XX. Su propuesta, sin embargo, va más lejos y nos in-
volucra a todos. En la historia de la lingüística, piensa él, cada uno de
nosotros puede dedicar su atención a cualquier tema particular de
los muchos que se ocultan en ella para así alcanzar un “conocimien-
to riguroso y profundo de la historia de la lingüística general en ca-
da una de sus etapas en general y en su desarrollo secular de igual
manera que cada humilde ladrillo contribuye a levantar un gran edi-
ficio arquitectónico”.
Hans-Josef Niederehe tocó un tema “clásico”, como muy bien se
expresa en el título de su conferencia, “La Gramática castellana de
Antonio de Nebrija”. Niederehe, autor de la más completa bibliogra-
fía nebrisense que hasta la fecha se ha elaborado, es una de las pocas
personas que siempre podrán decir algo nuevo sobre el famoso gra-
mático andaluz. El lector confirmará estas apreciaciones al leer su en-
sayo en el que, con erudición y claridad, se valora la Gramática de la
lengua castellana desde una triple dimensión: como vía para acceder a
la lengua materna, a la lengua latina desde la castellana y a la lengua
castellana desde cualquier otra lengua peregrina. Otra idea de Niede-
rehe digna de destacar es que en la citada obra de Nebrija se recoge
un deseo común de fines de la Edad Media, el de introducir en los
textos latinos ejemplos en lenguas vernáculas para aclarar problemas
gramaticales, lo que se llamaba grammatica proverbiandi. Con Nebrija
este deseo se hace realidad en el contexto gramatical europeo.
Miguel León-Portilla, por su parte, aborda un tema tan actual co-
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mo complejo: “El destino de las lenguas indígenas de México”. Su ex-


posición se enfoca a reflexionar sobre el futuro incierto de estas len-
guas ante el empuje de las fuerzas globalizadoras que tienden a im-
poner una homogeneidad lingüística y cultural. Su propuesta parte
de una exposición histórica en la que suceden dos realidades: por una
parte, el proceso de acercamiento que realizaron las órdenes religio-
sas al elaborar un gran número de obras en las principales lenguas
mesoamericanas, dentro de una actitud tolerante de la corona en
época de los austrias; por la otra, el centralismo borbónico agobian-
te que se manifestó en varias disposiciones a favor de la imposición
del español frente a las lenguas amerindias. Durante los siglos siguien-
tes, la actitud centralizadora prevaleció entre los independentistas y
los revolucionarios que, ante todo, buscaron la unidad nacional a tra-
vés de la uniformidad lingüística. Con este fondo histórico, el tercer
milenio se abre con una multitud de lenguas conservadas gracias a la
voluntad de sus hablantes: “intentemos una respuesta”, dice León-
Portilla, la de reconocer que cada lengua tiene atributos que la ha-
cen valiosa y válida para el futuro. Tal vez lo que ellas necesitan para
volver a florecer es que, “como las plantas a las que otra más grande
hace sombra, se las libere de cualquier opresión. De nosotros depen-
de su destino”.

œ

Más allá de las plenarias, Nebrija sigue siendo manantial de ideas y


paradigma de inspiración y a él están dedicados los ensayos de Nidia
Ojeda y Rosa Yáñez. El de Nidia Ojeda titulado “La labor de Nebrija
como terminólogo”, muestra un aspecto poco estudiado del famoso
gramático. Tomando como base los libros tercero y cuarto de la Gra-
mática de la lengua castellana, la autora analiza los criterios que Nebri-
ja usó para construir los términos que necesitaba “apoyado en una re-
flexión y análisis de su propia lengua”. El de Rosa Yáñez ostenta el
título, “El vocabulario de Gerónimo Cortés y Zedeño: entre Antonio
de Nebrija y Alonso de Molina”. Se centra ella en el examen del Vo-
cabulario que Cortés incluyó en su Arte vocabulario y confesionario en el
idioma mexicano como se usa en el obispado de Guadalajara (Puebla, 1765).
Muestra que el Vocabulario, aunque breve, es sistemático y está estruc-
turado siguiendo más de cerca a Nebrija que a Molina.
A estas consideraciones podría añadirse que Cortés lo tituló “Dic-
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cionario de romance a mexicano”, lo cual ya nos acerca al título del


de Nebrija y nos hace pensar en la perduración de su memoria como
lexicógrafo.
Fray Alonso de Molina es también polo de atracción. Por una par-
te, están las reflexiones de índole fonética y lexicográfica que Lope
Blanch hace del Vocabulario del franciscano. Por la otra, el ensayo de
Pilar Máynez sobre “Los hispanismos en la Doctrina cristiana de Moli-
na: su incidencia”. Sobre la base de esta doctrina en náhuatl y caste-
llano, la primera publicada en una lengua del Nuevo Mundo (1546),
Máynez se ocupa de la necesidad que tuvo fray Alonso de incorporar
términos para trasvasar el mensaje cristiano a otra cultura. Muestra la
autora los mecanismos de que se sirvió Molina, a veces incorporando
nuevos significados a significantes ya existentes y otras veces aceptan-
do hispanismos. La ponencia de Máynez sigue una línea de interés
de esta investigadora a la que ha dedicado varios trabajos con objeto
de perfilar el fenómeno de interferencia lingüística en el proceso de
transculturación del siglo XVI novohispano.
En este campo de transculturación lingüística se inscribe el traba-
jo de Mercedes Montes de Oca, “Yn iqualtica yectica ygratia. Los mar-
cadores del discurso como estrategia para evangelizar”. En él explica
el nuevo uso de los difrasismos adaptados al discurso evangélico. To-
ma como fuente El tratado de los pecados mortales elaborado en náhuatl
por fray Andrés de Olmos y traducido y publicado por Georges Bau-
dot en 1996. Compara estos difrasismos con los que aparecen en el
libro VI de la Historia general de Sahagún y muestra cómo Olmos, a ve-
ces, les imprimió un significado cristiano. Con ello, piensa la autora,
estas estructuras binarias, tan propias del náhuatl clásico, tomaron un
papel relevante en la reestructuración lingüística y en la conquista es-
piritual.
En gran número de las ponencias descritas, Nebrija y Molina son
objeto de atención como los responsables de modelos gramaticales y
lexicográficos en las lenguas castellana y mexicana. Otros gramáticos
de los siglos XVI y XVII son valorados en los trabajos de Federico Na-
gel y Thomas Smith. El de Nagel está dedicado a “Una definición del
náhuatl novohispano temprano”, y versa sobre el tratamiento de de-
terminados rasgos fonológicos y morfológicos en cinco autores. Son
ellos fray Andrés de Olmos, fray Alonso de Molina y el padre Antonio
del Rincón, del XVI, además de fray Diego de Galdo Guzmán y el pa-
dre Horacio Carochi, del XVII. Para Nagel, aunque unos aciertan más
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que otros en sus apreciaciones gramaticales, cada uno ofrece algo pro-
pio, de tal manera que todos ellos se complementan y conforman un
horizonte lingüístico que nos permite conocer el temprano náhuatl
novohispano. Thomas Smith, en su trabajo, nos lleva a un campo muy
concreto de la filología: el de la crítica textual orientada a la recons-
trucción histórica de un texto original cuando sobreviven varias ver-
siones de ese mismo texto. El estudio detallado de las versiones per-
mite reconstruir un stemma, es decir, un árbol genealógico del cual
pueden identificarse todas las partes constituyentes: raíz, tronco y ra-
mas. “Un stemma para los manuscritos del Arte para aprender la lengua
mexicana (1547) de Andrés de Olmos” es el título elegido por Smith
para establecer una secuencia en la elaboración de los seis manus-
critos que perduran del citado Arte, secuencia que nos lleva al ma-
nuscrito arquetipo del que se derivaron las seis copias existentes y dos
más, también extraviadas.
Dos trabajos más completan este grupo de ponencias sobre la len-
gua y el pensamiento mesoamericanos vistos desde la óptica novohis-
pana. Me refiero al de Eréndira Nansen y Francisco Almada sobre la
lengua cahíta y al de José Luis Iturrioz sobre el cora. Cahíta y cora
pertenecen al tronco yutonahua y se hablan en el noroeste de Méxi-
co, la región que los modernos arqueólogos definen como la Mesoa-
mérica septentrional. “Cuando las fuentes para la historiografía lin-
güística parecen no serlo”, es el título del trabajo de Nansen y Almada
en el que dan a conocer un escrito inédito conservado en la Bibliote-
ca Nacional de Antropología e Historia. Contiene la Novena del glorio-
so San Ignacio de Loyola, compuesta por un sacerdote de la misma compañía.
Traducida y añadida en el Idioma Cahita o Mayo por otro hijo del Santo Pa-
triarcha… Piensan los autores que la elaboró el padre Juan Bautista
de Velasco, el mismo que escribió un Arte de la lengua cahita, publica-
do en 1737. Ambos, además de traducir parte de la novena al espa-
ñol, ofrecen valiosos datos y consideraciones sobre la religiosidad del
bajo río Mayo. El de José Luis Iturrioz, “Comentarios de Wilhelm von
Humboldt sobre la lengua cora”, nos traslada a los orígenes de la lin-
güística comparada, concretamente a los trabajos de Guillermo de
Humboldt para describir y clasificar la lengua cora tomando como
base el Vocabulario en lengua castellana y cora (1732) del jesuita José de
Ortega. Iturrioz destaca los aciertos de Humboldt en lo que se refie-
re a sus apreciaciones sobre la estructura de la lengua y los desacier-
tos en lo que respecta al sistema fónico, ya que para ello el lingüista
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alemán contó con pocos datos escritos y la falta total de conocimien-


to de la lengua hablada.
En resumen, es este primer conjunto de ensayos una serie de re-
flexiones acerca de las lenguas mesoamericanas y sobre algunas de
las figuras más señaladas en la historia de la lingüística como son An-
tonio de Nebrija, Andrés de Olmos, Horacio Carochi y Guillermo de
Humboldt.

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De las lenguas mesoamericanas pasamos a las indoeuropeas, al espa-


ñol y al portugués. Cinco son los ensayos aquí reunidos en los que,
desde diversas perspectivas, se analizan temas específicos de gran in-
terés en la historia de la filología y de la lingüística. El primero de
ellos, de Bárbara Cifuentes, lleva por título “Entre dialecto y provin-
cialismo: una polémica entre Melchor Ocampo y Vicente Salvá”. La
autora concentra su estudio en el Idioticón de Ocampo y lo considera
como intento valioso de delimitar y valorar los rasgos propios del es-
pañol de México en un contexto universal. El segundo se debe a Mi-
guel Ángel de la Calleja, “Breve semblanza de Joaquín García Icazbal-
ceta”. De la Calleja lo valora como erudito que abrió camino y marcó
un modelo en los estudios lingüísticos e historiográficos en México.
“Francisco Belmar y su peculiar concepto de dialecto”, de Ignacio
Guzmán Betancourt, es el tercero de este grupo de ensayos. Interesa
al autor mostrar la variedad de significados de la palabra dialecto, la
cual, por su riqueza semántica, ha propiciado múltiples usos de ella
desde los antiguos griegos. Aduce opiniones de autores franceses y
españoles desde el Renacimiento y asimismo de varios autores no-
vohispanos que elaboraron gramáticas de lenguas indígenas. Su ex-
posición muestra que incluso lingüistas destacados, como Francisco
Belmar, caen en confusión al usar dicha palabra.
Pedro Martín Butragueño y Rebeca Barriga en su ponencia “De
Silva y Aceves a Santamaría: hacia una lingüística mexicana”, delimi-
tan los años centrales del siglo XX como el periodo en el que se esta-
ba formando un contexto lingüístico moderno, donde varios autores
empiezan a publicar trabajos elaborados conforme a métodos cientí-
ficos derivados de las nuevas corrientes de la lingüística. Por último,
Consuelo Alfaro Lagorio en “El pensamiento lingüístico de Couto de
Magalhães (1837-1898)”, hace una descripción de la lingua geral de
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Brasil y del papel histórico que esta lengua tuvo como aglutinante de
una conciencia común en una gran parte del Brasil, la Amazonia. Se
centra en la figura de José Vieira Couto de Magalhães, político y em-
presario que emprendió un estudio profundo etnológico-lingüístico
sobre el tupi lingua geral, llamada también ñeẽngatú. Considerada len-
gua de salvajes, Couto tomó la misión de revalorizarla y de destacar
sus funciones como factor de ordenamiento social.
Estos cinco ensayos constituyen una visión breve pero profunda so-
bre seis filólogos de los siglos XIX y XX interesados en varias lenguas,
principalmente el español y la lingua geral, a los cuales puede consi-
derarse pioneros en la construcción de una lingüística que abrió nue-
vos caminos en la segunda mitad del siglo XX.

œ

Pasamos ahora a otro conjunto de ensayos enfocados directamente a


temas mesoamericanos o de tradición mesoamericana, elaborados
dentro de un marco histórico-lingüístico, es decir, dentro de una pers-
pectiva doble de lengua y cultura. Como se verá, los cuatro primeros
versan sobre filología mesoamericana centrada en los nahuas; los cua-
tro que siguen sobre el mundo mayence y, los tres últimos, sobre li-
bros mayas y mixtecos.
El primero se debe a Ascensión Hernández y lleva por título “El
corpus filológico mesoamericano: un acercamiento”. Con ayuda de
la glotocronología, la semiología y la epigrafía, la autora hace una lec-
tura filológica de los orígenes del pensamiento mesoamericano en la
civilización olmeca. Por su parte, Patrick Johansson presenta un en-
sayo titulado “Tamoanchan: una etimología del origen”, en el que se
adentra en la búsqueda del significado de esta emblemática palabra
y lo hace desde la perspectiva de la lingüística cognitiva, siempre so-
bre la base de los textos nahuas. Su propuesta es que Tamoanchan se
deriva de tonemoanchan “el lugar matricial en la geografía interior del
indígena”.
“De flechas, dardos y saetas. Mixcóatl y el simbolismo de las flechas
en las fuentes nahuas”, de Guilhem Olivier, es un estudio en torno al
dios Serpiente de Nubes y a sus flechas. En los vocablos que designan
flechas, el autor encuentra un simbolismo muy rico, tanto lingüístico
como cultural. Su trabajo descansa en el análisis de un vocabulario
específico construido a partir de las fuentes del siglo XVI.
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Cuatro ponencias forman unidad en el estudio del pasado y pre-


sente de Yucatán. Sus autores integran datos históricos con el saber
filológico y lingüístico y dibujan una secuencia de la vida de los ma-
yas en los siglos pasados y en el presente. Abre el conjunto Tsubasa
Okoshi con un “Análisis del fragmento de la historia de Yucatán co-
piado por Don Juan Xiu Cimé (29 de mayo de 1685)”. Como se dice
en el título, el autor elige un pasaje de un texto colonial para estu-
diar la dinámica de interacción entre mayas y españoles. Enfoca su
atención en el cambio morfémico y semántico del vocablo maya anah-
te, que termina españolizado en analte, “anales”. Del siglo XVI pasamos
al XX con el artículo de José Alejos García, “Itzáes: pérdida de lengua
y etnicidad”. El título adelanta el contenido, que responde a la preo-
cupación del autor ante la situación actual de los itzáes del Petén. Exa-
mina las condiciones adversas que han llevado a la situación actual
de pérdida de la lengua, a pesar de los esfuerzos de algunos miem-
bros de la comunidad de San José en el lago de Petén Itzá, sobre to-
do a partir de 1992. Otra realidad sociolingüística muy diferente es
la que se presenta en el trabajo de Antonio Paoli Bolio titulado “Au-
togestión (cochelin jbahtik, tukelin jbahtik) de la comunidad y la comar-
ca tseltal”. En él se muestra la pervivencia de un modelo comunitario
milenario y la capacidad del grupo tzeltal para conservarlo y recrear-
lo en los nuevos asentamientos que este pueblo ha realizado en la La-
candonia. Por último, Carlos Lenkersdorf, en su estudio titulado la
“Comparación de igualdad y desigualdad en tojolabal y español”, ha-
ce ver que las estructuras lingüísticas tojolabales para expresar la com-
paración responden al sistema de relaciones humanas y al todo cul-
tural del pueblo tojolabal.
Escritura, lengua y pensamiento es el tema de los tres ensayos so-
bre códices, como ya se dijo. El primero de ellos, de Laura Sotelo, lle-
va por título “Las voces del Chilam. El lenguaje de los códices mayas”.
La autora ofrece una visión de conjunto del contenido de los libros
mayas, desde sus rasgos físicos hasta los múltiples cómputos del tiem-
po. Resalta el lenguaje propio de los códices y el valor de las figuras
antropomorfas como parte importante del texto jeroglífico. El segun-
do, es el ensayo de Laura Rodríguez Cano, “El sistema de escritura
mixteca en un documento del siglo XVI de la Mixteca Baja”. La auto-
ra presenta, además de una visión general sobre escritura mixteca, un
buen número de datos sobre el contenido del códice, que versa so-
bre registros de linaje y de tributo. La tercera ponencia de este gru-
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18 los coordinadores

po se debe a Manuel Hermann Lejarazu y lleva por título “Antropo-


nimia mixteca: su análisis, morfología y representación glífica”. El au-
tor toma como base de su estudio los códices Egerton y Muro y organi-
za un corpus de antropónimos según las categorías gramaticales
correspondientes a nombres, adjetivos y verbos. Novedoso es su aná-
lisis de los antropónimos diferenciando funciones gramaticales, se-
gún la morfología y la sintaxis. Cabe destacar que los 61 vocablos del
corpus no aparecen en los tratados lingüísticos sobre el mixteco, re-
dactados en siglo XVI.

œ

Las últimas cinco ponencias integran un capítulo de no menor inte-


rés que las precedentes, ya que todas ellas, además de perfilar algún
rasgo lingüístico, están elaboradas desde una dimensión diacrónica.
La primera de ellas se debe a Zarina Estrada y versa sobre “Codifica-
ción de la categoría adjetival en névome o pima bajo”, lengua del tron-
co yutonahua hablada en Sonora. Parte la autora del Vocabulario de la
lengua névome editado por Pennington en 1979, aunque redactado
por un jesuita del siglo XVII, Baltasar de Loaysa. Interesa a ella mostrar
los procesos morfológicos que el névome posee para codificar formas
adjetivales. Le sigue la de Rodrigo Martínez Baracs titulada “La tras-
lación del acento tónico en la españolización de las voces nahuas”. En
ella muestra el autor los cambios que sufrieron los antropónimos, los
topónimos y, en general, los nahuatlismos, desde que en el siglo XVI
pasaron a ser usados por los hablantes de castellano de México. En
menor medida, su estudio abarca también los purepechismos.
Beatriz Arias concentra su mirada en la relación entre escritura y
habla y lo expresa en forma de pregunta: “¿Puede la lengua escrita
reflejar la lengua oral? El caso de la grafía <y>”. Plantea ella un tema
de estudio recurrente en la lingüística centrado en la letra <y> como
portadora de un fonema cuyos orígenes y uso trata de perfilar a tra-
vés de textos medievales, renacentistas y modernos y concluye que,
además de los datos lingüísticos, es necesario tomar en cuenta facto-
res de índole cultural para poder llegar a resultados precisos. Por su
parte, Guadalupe Vázquez González, en su ensayo “El significado fu-
túrico de ir a + infinitivo en la Edad Media”, destaca la preferencia
moderna de esta perífrasis sobre la forma sintética del futuro. Se
adentra en textos medievales y muestra que la citada perífrasis era ya
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presentación 19

usada en el Poema de Mio Cid y en otros escritos de la Edad Media y


que su uso permanece en el español en los siglos siguientes. Por últi-
mo, Laura Hernández en “El concepto de lenguaje marginal en la
lengua española”, explica que las diferentes hablas consideradas mar-
ginales –germanía, jerga y otras– no son sólo formas lingüísticas sino
también conceptuales y que se han de estudiar dentro de la catego-
ría de “lenguaje natural” que se maneja en lingüística.
Cierra estas memorias el ensayo que lleva por título “Wittgenstein
y Gadamer: el problema lingüístico de la comunicación”, de Ernesto
de Icaza. El autor traza una serie de consideraciones acerca de la ca-
pacidad del hombre de comunicarse a través de la lengua y la existen-
cia de la soledad humana como producto de las limitaciones del len-
guaje. El ensayo es una reflexión filosófica que pone en juego el
fundamento teórico de tres grandes pensadores del siglo XX: Ferdi-
nand de Saussure, Ludwig Wittgenstein y Hans-Georg Gadamer.
Ésta es, a grandes rasgos, la temática de los trabajos que se inclu-
yen en las siguientes páginas. Agradecemos a nuestros colegas el apo-
yo que nos brindaron para hacer posible la realización de éste que es-
peramos sea el primero de una serie de volúmenes editados o
patrocinados por la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística.

Los coordinadores
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DE HISTORIOGRAFÍA LINGÜÍSTICA MEXICANA

JUAN M. LOPE BLANCH*

La Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística inicia hoy públi-


camente sus actividades científicas con este Primer Congreso, cuyo
éxito cabal doy por descontado. Comienza así la vida corporativa, ple-
na, de la Sociedad, pero está por demás decir, perogrullescamente,
que la historiografía lingüística mexicana tiene ya muchos años de vi-
da, y que puede hablarse, inclusive, de una notoria y firme tradición.1
Diversos sectores del espectro lingüístico mexicano, en efecto, han si-
do ya estudiados en fechas anteriores a la de este congreso; creo que
todos esos sectores lingüísticos deberían seguir siendo analizados, es-
tudiados en profundidad, durante los años venideros.
Comenzando, naturalmente y ante todo, por el estudio pormeno-
rizado, sistemático y riguroso, de aquellas sorprendentes gramáticas
y de aquellos maravillosos vocabularios de las lenguas amerindias he-
chos por los venerables misioneros convertidos en lingüistas por la
fuerza de la necesidad y por su impetuoso celo evangelizador. Mucho
es lo que se ha avanzado ya en este terreno de la investigación histó-
rico-lingüística de México; pero es también mucho lo que falta por
recorrerse a lo largo de ese camino. Innecesario y aun impertinente
sería recordar aquí los trabajos ya cumplidos por autorizados filólo-
gos en torno de: 1] la catalogación bibliográfica de los estudios hechos
en el pasado sobre las lenguas amerindias, 2] sobre las reediciones de
las gramáticas y vocabularios de esos idiomas, o 3] en relación con los
estudios monográficos referentes a tales codificaciones gramaticales
o lexicográficas. Aquellos valiosísimos catálogos bibliográficos –como
los del Conde de la Viñaza, o de Joaquín García Icazbalceta, o de Ni-
colás León, o de López Valdemoro, o de Vázquez de Tapia,2 entre

* Universidad Nacional Autónoma de México.


1 Véase, a este respecto, el artículo de Ignacio Guzmán Betancourt, “Para una his-

toria de la historiografía lingüística mexicana. Desde sus orígenes hasta el siglo XIX”,
en Dimensión Antropológica, año 1, 1994, vol. 2, pp. 95-130.
2 Me refiero, claro está, a la Bibliografía española de lenguas indígenas de América (Ma-

[21]
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22 juan m. lope blanch

otros menores, aunque también dignos de recuerdo3– deberían ser


completados y actualizados exhaustivamente, para que las investiga-
ciones historiográficas indoamericanas que hayan de realizarse en el
futuro puedan construirse con absoluta seguridad en lo que a la do-
cumentación ya existente se refiere. En esta época tan rica en recur-
sos electrónicos y computacionales, las tareas bibliográficas se han fa-
cilitado un tanto, aunque la busca y rebusca de información en
antiguos catálogos, en recónditas bibliotecas o polvorientos archivos,
y en maltratados manuscritos seguirán siendo paciente e inevitable
labor personal, humana. No olvido de ningún modo –¿cómo podría
ser olvidada?– la magnífica labor realizada hace cuatro lustros por la
maestra Irma Contreras García en torno de este capital tema.4 No
creo que haya escapado a su pormenorizada indagación bibliográfi-
ca nada de lo escrito desde comienzos del siglo XVI hasta el año de
1980; lo que habríamos de hacer ahora sería continuar su trabajo, ac-

drid, 1892) del Conde de la Viñaza, así como a su extraordinaria y aún utilísima Biblio-
teca histórica de la filología castellana (Madrid, 1893); a la invaluable Bibliografía mexicana
del siglo XVI (México, 1954) de García Icazbalceta; al catálogo de 21 manuscritos exis-
tentes en la Real Biblioteca que registraron Juan López Valdemoro y Manuel R. Zarco
del Valle, y que publicó Antonio Graiño con el título de Lenguas de América (Madrid,
1914); a la Bibliografía mexicana del siglo XVIII de Nicolás León, publicada en México en-
tre 1902 y 1908 en cinco partes; o a la Bibliografía española de lenguas indígenas de Améri-
ca de Vázquez de Tapia, una de las primeras en su género (Madrid, 1892).
3 Entre los que me animo a recordar la Bibliografía lingüística de la República Mexica-

na de Anselmo Marino Flores (México, Ediciones Especiales del Instituto Indigenista


Interamericano, 1957), así como la “Guía de las obras en lenguas indígenas existentes
en la Biblioteca Nacional” que publicó Roberto Moreno de los Arcos en el Boletín de la
Biblioteca Nacional (1966, vol. XVII, pp. 21-210); o como la “Bibliografía de gramáticas y
métodos de la lengua náhuatl” que poseía Byron McAfee y de que dio cuenta en la re-
vista Investigaciones Lingüísticas (1935, vol. III, pp. 227-230); o como las Notas de bibliogra-
fía lingüística huasteca y el Paradigma apologético del bachiller Tapia Zenteno, de Rafael
Montejano y Aguiñaga, que publicó la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en
1961; o también el Catálogo de obras escritas en lenguas indígenas de México o que tratan de
ellas existentes en su momento en la biblioteca particular de Salvador Ugarte, que pu-
blicó la Editorial Jus en 1949 y reimprimió en 1954. Enumerar siquiera otros muchos
catálogos bibliográficos de similar naturaleza sería excesivamente prolijo y estaría sin
duda fuera de mi alcance, ya que no es éste el dominio filológico que haya sido obje-
to de mi particular atención.
4 Cuya primera parte rebasa ampliamente los límites formales de una seria y bien

hecha bibliografía. Cf. Irma Contreras García, Bibliografía sobre la castellanización de los
grupos indígenas de la República Mexicana, 2 vols., México, UNAM-IIB, 1985-1986.
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de historiografía lingüística mexicana 23

tualizarlo año con año, para mantener al día tan excelente catálogo
bibliográfico.
Muchísimo ha progresado también la labor editorial durante el si-
glo que está ya próximo a su fin. Imposible me sería, por evidente fal-
ta de tiempo, recordar, simplemente, el elevado número de gramáti-
cas y diccionarios de idiomas amerindios que han sido reeditados por
autorizados filólogos amantes de la lingüística mexicana, especial-
mente la novohispana. Tal es el caso, entre otros igualmente merito-
rios, de René Acuña, a quien debemos bellas reediciones de las obras
del padre Andrés de Olmos, de fray Gabriel de San Buenaventura, de
Carlos de Tapia Zenteno y de fray Alonso Urbano, así como del Voca-
bulario de Maya Than.5
No todos los misioneros lingüistas han merecido igual atención por
parte de los estudiosos de sus trabajos. Las obras de algunos de ellos
han sido reeditadas en varias ocasiones, en tanto que otras cuentan
con una sola –y a veces inaccesible– reedición, y otras permanecen
aún en el limbo editorial. Con justísima razón, por su notable priori-
dad cronológica, la gramática de fray Andrés de Olmos ha sido reite-
radamente sacada a luz desde que Rémi Siméon la publicó en París,
en 1875.6 Sobre esta edición se hicieron posteriormente, como es bien
sabido, la de Anales del Museo Nacional 7 y la de la Colección de gramáti-
cas de la lengua mexicana,8 y la de Edmundo Aviña Levy, con prólogo
de Miguel León-Portilla.9 Más recientemente, además de la edición
de René Acuña a que líneas antes he hecho referencia, el Instituto de
Cooperación Iberoamericana ha publicado el Arte del padre Olmos
en Madrid (1994, 2 vols.). Mejor fortuna aún ha tenido la obra de fray

5 Su edición del Arte de la lengua mexicana y Vocabulario de Olmos fue publicada en

México por la UNAM, en 1985; el Arte de la lengua maya de San Buenaventura, también
por la UNAM, en 1996; el Paradigma apologético y noticia de la lengua huasteca de Tapia Zen-
teno, asimismo por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, en 1985; el
Arte breve de la lengua otomí y vocabulario trilingüe de fray Alonso Urbano, por la misma
institución en 1990; y el Vocabulario maya, igualmente, en 1993.
6 Grammaire de la langue nahuatl ou mexicaine, composée en 1547, par le franciscain

André de Olmos, et publiée avec notes, éclaircissements, etc. par Rémi Siméon. París,
Imprimerie Nationale, 1875.
7 México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1885, pp. 1-126.
8 México, Imprenta del Museo Nacional, 1904.
9 Guadalajara, 1972, con prólogo y versión castellana de la Introducción de Rémi

Simeón por Miguel León-Portilla.


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24 juan m. lope blanch

Alonso de Molina, fortuna justamente paralela a la de sus méritos in-


cuestionables. Habiendo sido la única gramática de la lengua náhuatl
que alcanzó dos ediciones en vida de su autor10 –como sucedió tam-
bién, relativamente, en el caso del Vocabulario en lengua castellana y
mexicana11–, el Arte de Molina ha sido asimismo reimpreso en época
moderna, primeramente como suplemento de los Anales del Museo Na-
cional (1886), y luego en la Colección de gramáticas de la lengua mexicana
(1904), y después por el Instituto de Cultura Hispánica (Madrid,
1945).
Suerte diversa han corrido otras obras gramaticales y lexicográfi-
cas sobre lenguas indígenas de México. Muy favorable en el caso de
Pedro de Arenas, así como en los de fray Diego Basalenque,12 del pa-
dre Horacio Carochi, de fray Juan de Córdova, de fray Maturino Gil-
berti, de fray Antonio de los Reyes, del padre Antonio del Rincón, del
ya antes recordado fray Gabriel de San Buenaventura, o de Carlos de

10 Del Arte de la lengua mexicana y castellana, impreso en México por Pedro Ocharte

en 1571, hizo el padre Molina una segunda edición, con algunas interesantes correc-
ciones, en 1576.
11 Publicada esta parte castellana-mexicana en 1555, fue reeditada en 1571, tam-

bién en México, completándola el padre Molina con la parte mexicana-castellana. De


esta segunda edición del Vocabulario hizo una reedición en facsímil Julius Platzmann
en Leipzig (1880), la cual fue reimpresa por la Editorial Porrúa, en 1970, con estudio
preliminar de Miguel León-Portilla. De la edición de 1571 existe reproducción facsi-
milar hecha por el Instituto de Cultura Hispánica, de Madrid, en 1994. Del Arte exis-
ten también reimpresiones: la incluida en la Colección de gramáticas de la lengua mexica-
na (México, 1886, vol. I, pp. 127-224), y la más accesible del Instituto de Cultura
Hispánica (Madrid, 1945).
12 El Vocabulario manual de las lenguas castellana y mexicana de Arenas (México, 1611),

ha sido reeditado al menos, que yo sepa, en 1668, en 1683, en 1793 y en 1831 (de es-
tas ediciones existía un ejemplar en la biblioteca del Instituto Nacional de Antropolo-
gía, así como otra, sin fecha, “en la Imprenta de Francisco Rivera Calderón”, posible-
mente de 1728); finalmente Ascensión H. de León-Portilla ha reimpreso la edición
príncipe de Henrico Martínez, haciéndola preceder de un valioso estudio introducto-
rio (México, UNAM, 1982). Buena ha sido también la fortuna del Arte de la lengua taras-
ca de fray Diego Basalenque, y especialmente la de su Arte y de sus Vocabularios de la
lengua matlaltzinga. Los respectivos manuscritos de estas últimas obras (de 1640 y de
1642, respectivamente, conservados en la Biblioteca John Carter Brown de la famosa
universidad estadunidense), han sido sacados a luz por María Elena Bribiesca, con un
estudio preliminar de Leonardo Manrique: Arte y vocabulario de la lengua matlaltzinga,
México, Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, 1975. Y el Arte de la lengua ta-
rasca, que se encargó de sacar a luz fray Nicolás de Quixas en 1714, fue reimpresa, tam-
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de historiografía lingüística mexicana 25

Tapia Zenteno,13 entre otros más que también han merecido la aten-
ción de modernos editores y comentadores, como es el caso de An-
tonio Vázquez Gastelu, de fray Agustín de Vetancurt, o del misterio-
so “padre de la Compañía de Jesús” autor de un Arte de la lengua cahíta
(México, 1737), que reimprimió Eustaquio Buelna en 1890, y que ha
reeditado facsimilarmente, en 1989, José G. Moreno de Alba para la
editorial Siglo XXI. De también desconocido autor es el Arte de la len-
gua totonaca, cuyo manuscrito fue editado facsimilarmente en 1990,
para la UNAM, por el insigne mexicanista Norman A. McQuown.
Convendría mucho continuar esta tarea editorial hasta llevarla a
su culminación, sacando a la luz no sólo obras que no hayan sido ree-
ditadas modernamente, sino también las conservadas sólo en los ma-
nuscritos originales. Don Marcelino Menéndez y Pelayo registraba en

bién en México, en 1886 por Antonio Peñafiel, y reeditada en Morelia en 1962 por la
Editorial Erandi del gobierno de Michoacán y en 1994 por Fímax Publicistas, con es-
tudio introductorio de J. Benedict Warren.
13 No siendo mi propósito, de ninguna manera, organizar un registro bibliográfico

de las reimpresiones y reediciones de aquellas obras gramaticales y lexicográficas escri-


tas a lo largo de los siglos en la Nueva España, me limitaré en lo que sigue a consignar
mínimas referencias indicadoras. (Está por demás decir que hago estas citas sólo a ma-
nera de ejemplo): Del Arte de la lengua mexicana del padre Horacio Carochi (México,
1645) tengo noticia de varias reediciones: México, 1759 (en la Imprenta de la Biblio-
theca Mexicana), México, 1892 (en Anales del Museo Nacional), en 1904 (en la Colección
de gramáticas de la lengua mexicana), y en México, UNAM, 1983 (con estudio de Miguel
León-Portilla). Del Arte en lengua zapoteca (México, 1578) de fray Juan de Córdova: reim-
presión a cargo de Nicolás León, Morelia, 1886 (reimpresa en 1987 por Ediciones Tole-
do/INAH); y de su Vocabulario, ed. facs., México, 1942. Del Arte de la lengua tarasca (Mé-
xico, 1559) de fray Maturino Gilberti, reimpresión de Joaquín Baranda, México, 1898,
y de su Diccionario (México, 1559) la reimpresión de Antonio Peñafiel, México, 1901, y
sobre ésta la de J. Ernesto Ramos, México, 1962. Del Arte en lengua mixteca (México,
1593) de fray Antonio de los Reyes: reed., Puebla de los Ángeles, 1750; Alençon, 1889;
París, 1890; México, 1893; Nashville, Tenn., 1976. Del Arte mexicana del padre Antonio
del Rincón (México, 1595) hay reediciones, al menos, de México, 1885 (por Antonio
Peñafiel), de 1888 (por Anales del Museo Nacional), de 1904 (en la Colección de gramáticas
de la lengua mexicana), y de Guadalajara, 1967 (por Edmundo Aviña Levy). Del Arte de la
lengua maya (México, 1684) de fray Gabriel de San Buenaventura: de J. García Icazbal-
ceta, México, 1888 y la ya citada de René Acuña, México, 1996. De las obras de Carlos
de Tapia Zenteno, Arte novíssima de lengua mexicana (México, 1753), reimpresa en Mé-
xico, 1885 (Anales del Museo Nacional, t. III, pp. 1-42), y Guadalajara, 1967 (por Edmun-
do Aviña Levy); de la Noticia de la lengua huasteca (México, 1767), reimp. Con estudio de
Bernard Pottier, Georgetown, 1975; y de René Acuña, México, 1985.
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26 juan m. lope blanch

la Tercera Parte de La ciencia española14 un elevado número de obras


escritas en la Nueva España, entre las cuales incluía algunas de cuya
posible publicación moderna no tengo yo noticia alguna, tal vez por
limitaciones personales en el rastreo de las fuentes de información o
acaso porque no hayan sido realmente publicadas. Tal sería el caso
del Arte y vocabulario de la lengua zapoteca del padre dominico Pedro
de Feria, autor de una Doctrina cristiana en esa lengua (1567); o del
Arte y vocabulario del idioma de los zacatecos del franciscano Pedro de Es-
pinareda; o del Arte y diccionario de la lengua mexicana del también fran-
ciscano Juan de Ayora; o del Arte y vocabulario de la lengua de Yucatán
o lengua maya, de fray Luis de Villalpando, asimismo franciscano; o
del Arte de la lengua zapoteca conforme al método latino de Antonio de Ne-
brija, del dominico Pedro Cueva, que don Marcelino fecha como obra
de 1609; o de las Comparaciones varias de las dos lenguas castellana y me-
xicana, de fray Miguel Val, franciscano muerto en 1643;15 o de la más
tardía –ya en el siglo XVIII– Gramática de la lengua otomí de don Fran-
cisco de Aedo, fechada como de 1731 por Menéndez y Pelayo.
Pero claro está que no basta con rescatar del olvido éstas y otras
posibles obras filológicas para ponerlas a la fácil disposición de todos
los estudiosos actuales. Es necesario analizarlas detenidamente, dado
su enorme interés lingüístico –en sí mismas– e historiográfico –den-
tro del desarrollo cultural de la Nueva España y, franqueando los lí-
mites geográficos naciones, de todo el Nuevo Mundo. Que, como
bien ha señalado E. F. K. Koerner,16 la actividad lingüística está estre-
chamente vinculada con las corrientes culturales de sus respectivas
épocas: “Las teorías lingüísticas no se desarrollan con completa inde-
pendencia del clima intelectual general de un periodo o de las acti-
tudes particulares mantenidas por la sociedad que fomenta la activi-
dad científica” (p. 57).

14 Me sirvo de la edición de Enrique Sánchez Reyes publicada en Santander por el

Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de España, 1954 (“Lenguas de Méxi-


co”: pp. 155-163).
15 Obra de que J. M. Beristáin indica que hubo un ejemplar en la Biblioteca del Co-

legio de San Diego de Zaragoza en 1732. (Cf. su Biblioteca Hispano-Americana Septentrio-


nal, 2da ed., Amecameca, 1883, y de la cual también da noticia el Conde de La Viñaza
en su Bibliografía española de lenguas indígenas de América.)
16 Cf. Su artículo sobre “Problemas persistentes de la historiografía lingüística”, en

Analecta Malacitana, 1996, vol. XIX, pp. 41-66.


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de historiografía lingüística mexicana 27

Cierto es que no son escasas las investigaciones hechas en nuestro


tiempo sobre esas obras. Unas, en los prólogos y en los estudios pre-
liminares puestos al frente de sus respectivas reediciones modernas;
otras, en ensayos particulares publicados en diversas revistas filológi-
cas. No podría detenerme a comentar todos ellos ni sería prudente
hacerlo ante ustedes, conocedores de tales obras con muchísima más
autoridad que yo. Señalaré sólo el significativo hecho de que la his-
toriografía lingüística de temas mexicanos se ha desarrollado ya du-
rante los últimos lustros con mayor vigor que durante muchas de las
décadas precedentes; y ello tanto por obra de estudiosos mexicanos
–entre ellos el presidente mismo de nuestra Sociedad, Ignacio Guz-
mán Betancourt– cuanto por la atención de filólogos extranjeros, co-
mo Klaus Zimmermann, Manuel Galeote, Esther Hernández, Félix
Zubillaga y muchos otros.17 Me es grato reiterar mi agradecimiento
al doctor Guzmán Betancourt por haberme dedicado su estudio so-

17 Cf., por ejemplo, el volumen colectivo editado por Klaus Zimmermann, La des-

cripción de las lenguas amerindias en la época colonial, Frankfut/Madrid, Vervuert-Iberoa-


mericana, 1997. (Incluye estudios sobre Alonso de Molina, Horacio Carochi, Juan Bau-
tista de Lagunas, Juan de Córdova, entre otros.) También Jesús Bustamante, “Las
lenguas amerindias: una tradición española olvidada”, en Histoire, Épistémologie, Langa-
ge, París, SHESL, 1987, vol. 9, núm. 2, pp. 75-97; del mismo Bustamante y Elena Díaz
Rubio, “La alfabetización de la lengua náhuatl”, en A. Quilis y H.J. Niederehe, eds.,
The History of Linguistics in Spain, Amsterdam/Filadelfia, John Benjamins, 1986; Manuel
Galeote, “El Vocabulario en lengua castellana y mexicana (1551 y 1571) de fray Alonso de
Molina”, en el volumen colectivo Antiqva et Nova Romania: Estudios lingüísticos y filológi-
cos en honor de José Mondéjar, Universidad de Granada, 1993, pp. 273-299, y del mismo
M. Galeote, “Presencia de indigenismos en el Vocabulario mexicano-castellano (1571) de
Alonso de Molina”, en Actas del III Congreso Internacional de Historia de la lengua españo-
la (ed. de A. Alonso et al., Madrid, 1996, vol. I, pp. 667-676; José F. Ramírez, Las partí-
culas nahuas. Estudio basado en la gramática de H. Carochi, México, Editorial Innovación,
1980; A. Rubio, De la obra cultural de la antigua España: trabajos filológicos en Indias duran-
te los siglos XVI, XVII y XVIII, Panamá, s.p.i., 1938; Thomas C. Smith Stark, “La grafía del
náhuatl de Antonio del Rincón”, en Revista Latina de pensamiento y lenguaje, vol. 2, núm.
Monogr. 2B, Estudios de filología y lingüística náhuatl, 1996, pp. 407-434; Félix Zubillaga,
“Las lenguas indígenas de Nueva España en la actividad jesuita del siglo XVI”, en Mon-
talbán, Revista de la Universidad Católica Andrés Bello, núm. 3, Caracas, 1974, pp. 105-
155; Antonio Quilis, “Las lenguas indígenas en De procuranda indorum salute de José de
Acosta”, en Estudios de Historiografía lingüística hispánica ofrecidos a Hans-Josef Niederehe
(ed. de María do Carmo Henríquez Salido y Miguel Ángel Esparza Torres), Universi-
dad de Vigo, 1999, pp. 113-122; Esther Hernández, Vocabulario en lengua castellana y me-
xicana de fray Alonso de Molina: Estudio de los indigenismos léxicos y registro de las voces espa-
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28 juan m. lope blanch

bre “Los tres Siglos de Oro de la lingüística mexicana”,18 excelente


recapitulación y buen punto de partida para las futuras investigacio-
nes filológicas de nuestro interés.
La evidente importancia de esas obras de nuestro pasado lingüís-
tico invita a su estudio sistemático y pormenorizado. Cada uno de no-
sotros podría dedicar su atención a cualquier tema particular de los
muchos que se esconden en ellas, por minúsculo que nos pueda pa-
recer. El conocimiento de lo particular –de las ideas y de la obra ais-
lada de un autor determinado– contribuirá sin duda a alcanzar un co-
nocimiento riguroso y profundo de la historia lingüística general, en
cada una de sus etapas y en su desarrollo secular, de igual manera que
cada humilde ladrillo contribuye a levantar un gran edificio arquitec-
tónico. Deberemos, pues, seguir haciendo estudios descriptivos, por
circunscritos que nos parezcan, de temas u obras particulares, antes
de poder llegar a la visión global, totalizadora: a lo que Konrad Koer-
ner denomina “etapa teórica” (art. cit., p. 64).
Me permitiré recordar, a manera de simple ejemplo, dos breves
muestras extraídas de mi propia actividad filológica, tan alejada aún,
lamentablemente, de la lingüística amerindia colonial; ambas relacio-
nadas con la obra de fray Alonso de Molina. Sea la primera la que re-
vela la fina percepción auditiva de quien –sin haber seguido curso al-
guno de fonética experimental ni mucho menos de fonología o
fonemática teórica– era capaz de distinguir entre la [s’] ápicoalveo-
lar cóncava y la [s] predorsodental convexa: fray Alonso, habiendo
confundido tales variantes articulatorias en lo que se refería al fone-
ma africado, advirtió su error y lo corrigió prontamente. En efecto,
en el prólogo de la primera edición de su Arte (1571), había señala-

ñolas internas, Madrid, CSIC, 1996; y de la misma autora, “Palabras del siglo XVI”, en Re-
vista de Filología Española, 1996, vol. LXXVI, pp. 171-175.
18 En Mechthild Rutsch y Carlos Serrano, eds., Ciencia en los márgenes. Ensayos de his-

toria de las ciencias en México, México, UNAM-IIA, 1997, pp. 33-49. Ignoro si llegó a publi-
carse la ponencia del propio Guzmán Betancourt en torno de “Un precursor de la lin-
güística mayance: el Conde de Charencey”, leída en el Coloquio Homenaje a Moisés
Romero Castillo (Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, 8-10 dic.
1986), de la cual apareció una parte en Plural, Revista Cultural de Excelsior, núm. 272
(mayo de 1994), pp. 59-62. [El Dr. Guzmán Betancourt me ha entregado últimamente
un sobretiro de este artículo, publicado en Amerindia, París, AEA/CNRS, 1996, vol. 21,
pp. 161-171.]
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de historiografía lingüística mexicana 29

do que la lengua náhuatl poseía una articulación sibilante africada si-


milar al tsade hebraico, “la cual se ha de escrevir con t y con s o con t
y z, y ase de pronunciar como t y s”; pero en la segunda edición (1576)
hizo la oportuna y fina distinción: “se ha de escrevir con t y z, y no con
t y s, ase de pronunciar t y z”, o sea como africada dorsodentoalveo-
lar, no como ápicoalveolar.19
Sea la segunda muestra, mucho más reciente, la que se refiere al
“enriquecimiento léxico observable en el Vocabulario de fray Alonso
de Molina respecto de los de Nebrija, que sirvieron como punto de
partida de aquél”, enriquecimiento debido en alguna medida a la ne-
cesidad no sólo de rescatar voces olvidadas por el sevillano, sino a ve-
ces también de “registrar conceptos, acepciones o matices semánti-
cos nuevos ausentes en los dos Vocabularios de Nebrija”20 originados
en algunas ocasiones por la existencia de campos léxicos o semánti-
cos peculiares de la lengua náhuatl. La simple confrontación de sólo
las 21 primeras páginas del Vocabulario castellano-mexicano –que van de
la letra A hasta locución aosadas– con las del diccionario nebrisense
me ha permitido reunir más de un centenar de palabras castellanas
registradas por el padre Molina que están ausentes en la obra de Ne-
brija. Y en algún caso –conforme acabo de indicar– la nueva entrada
que figura en el Vocabulario del franciscano está determinada por la
peculiar estructura léxica de la lengua náhuatl. Así sucede, por ejem-
plo, en el caso de la voz náhuatl xicuecuéyotl, la cual da origen, en la
parte castellana del diccionario de fray Alonso, a la entrada “Arrugas
de barrigas de viejos. Xixuecueyotl”. Paralelamente, la aparición de
la voz cacao está determinada por la existencia, en náhuatl, del nom-
bre cacáhuetl, de igual manera que el verbo náhuatl ixami origina la

19 Los misioneros gramáticos advirtieron muy pronto la diferencia existente entre

la [s’] ápicoalveolar cóncava representada normalmente por s y la [s] dorsodental con-


vexa, escrita como ç, c, z. Reúne varios testimonios antiguos de esa distinción J. Igna-
cio Dávila Garibi en La escritura del idioma náhuatl a través de los siglos, México, 1948 (cf.
pp. 79 y 81). A todo ello me referí en el artículo sobre “La influencia del sustrato en
la fonética del español de México”, Revista de Filología Española, 1967, vol. 50, pp. 141-
161. (Recogido también en mi libro de Estudios sobre el español de México, México, UNAM,
1972; 2a. ed., 1983; cf. pp. 107-108, n. 27, de esta última versión.)
20 De ello me he ocupado, brevemente, en el ensayo sobre “La lexicografía espa-

ñola y los vocabularios de lenguas amerindias”, en P. Carbonero Cano et al., eds., Len-
gua y discurso. Estudios dedicados al profesor Vidal Lamíquiz, Madrid, Arco Libros, 1999,
pp. 555-565.
GuzmanBetancourt 02 5/11/04 1:56 PM Page 30

30 juan m. lope blanch

aparición, asimismo en la parte castellana del Vocabulario, del verbo


adereçarse con el significado especial de “componerse para ser cobdi-
ciado de las mugeres”.21 Cabe imaginar cuán provechoso será el espi-
gueo minucioso de las gramáticas y vocabularios de las diversas len-
guas amerindias que han llegado hasta nosotros. Ello sería, a mi modo
de ver, una de las principales tareas –si no es que la principal– de la
historiografía lingüística mexicana.
Ahora bien, siendo ésta la más importante tarea y a la que, conse-
cuentemente, con mayor acuciosidad deberían atender los historiado-
res de la lingüística mexicana, no es por ello, obviamente, la única dig-
na de estudio. Otros sectores del quehacer filológico demandan
nuestra atención. La lingüística mexicana no es sólo la de las lenguas
amerindias, sino también la de la lengua española. Nuestra historio-
grafía lingüística debe atender también a lo hecho en torno de la len-
gua española aquí o en el resto de los países hispanohablantes o en
cualquier otra parte del mundo. En tal dirección hemos trabajado ya
no poco. Una prueba inequívoca de ello es el volumen colectivo en
que se reúnen los trabajos presentados en el coloquio celebrado en la
ciudad de México, durante el mes de agosto de 1992, en torno de la fi-
gura y la obra de Nebrija al cumplirse cinco siglos de la publicación de
su Gramática de la lengua castellana, reunión en la que participaron co-
legas mexicanos tan autorizados y buenos conocedores de la obra del
humanista sevillano como Concepción Abellán, Mauricio Beuchot,
Sergio Bogard, Bárbara Cifuentes, Roberto Escalante, Ignacio Guz-
mán, Ascensión Hernández, Leonardo Manrique, Cristina Monzón,
José G. Moreno, Eréndira Nansen, José Quiñones, María de los Ánge-
les Soler y Josefina Urquijo.22 En cuanto filólogo mexicano, no he de-
jado de ocuparme yo mismo de la obra de Nebrija y de la de otros lin-
güistas españoles,23 entre los cuales, últimamente, Eduardo Benot,

21 En la parte mexicano-castellana del Vocabulario la entrada correspondiente reza

así: “Ixami. Nitla. Cobdiciar mugeres adornandose para ser de ellas cobdiciado”. En el
Vocabulario español-latino de Nebrija la voz Adereçar figura sólo con el sentido lato del
latín “apparo. As, preparo. As”. (Cf. La edición de la Real Academia Española, Madrid,
1951.)
22 Cf. Ignacio Guzmán Betancourt y Eréndira Nansen Díaz, eds., Memoria del colo-

quio “La obra de Antonio de Nebrija y su recepción en la Nueva España”, México, INAH, 1997.
23 En el librito Nebrija, cinco siglos después (México, UNAM, 1999) he recogido media

docena de estudios sobre la obra del humanista andaluz. Y en el volumen de Estudios


GuzmanBetancourt 02 5/11/04 1:56 PM Page 31

de historiografía lingüística mexicana 31

cuyos Breves apuntes sobre los casos y las oraciones pusieron las bases firmes
y rigurosas de la moderna sintaxis oracional de la lengua española.24
La Ortografía castellana de Mateo Alemán no ha de interesar a la
historiografía lingüística mexicana por el simple hecho de haber si-
do publicada en nuestro país,25 sino por ser uno de los más impor-
tantes tratados ortográfico-fonéticos de la lengua española, de nues-
tra lengua. Deberemos, pues, atender también al amplio sector
hispánico de nuestra lingüística, prestando asidua atención a la labor
filológica de colosos hispanoamericanos, como el venezolano-chile-
no Andrés Bello o el colombiano Rufino José Cuervo, sin olvidar por
ello la actividad de filólogos mexicanos modernos, como Rafael Án-
gel de la Peña –cuya Gramática fue reeditada, con amplio estudio pre-
liminar, por el profesor Moreno de Alba–26 o como Mariano Silva y
Aceves –quien tanto se esforzó por impulsar y modernizar la filología
mexicana, desde el Instituto Mexicano de Investigaciones Lingüísti-
cas por él fundado en 1933–27 o por Francisco J. Santamaría, autor
del hasta ahora más amplio Diccionario de mejicanismos que haya sido
publicado (México, Editorial Porrúa, 1959).28

de historia de lingüística hispánica (Madrid, Arco Libros, 1990) reuní algunos breves tra-
bajos sobre diversos lingüistas españoles del Siglo de Oro y sobre Andrés Bello.
24 Tengo actualmente en la prensa de la UNAM la edición en facsímil de los Breves

apuntes, con un estudio preliminar en que trato de mostrar la enorme importancia de


esa obra dentro de la historia de la sintaxis de la lengua española.
25 Impresa en México por Jerónimo Balli en 1609; reeditada por José Rojas Garci-

dueñas (México, El Colegio de México, 1950) con estudio preliminar de Tomás Nava-
rro. No obstante esto último, la obra merecería ser de nuevo estudiada y comentada
detenidamente en relación con tantos otros tratados de ortografía y fonética publica-
dos durante los Siglos de Oro.
26 Cf. Gramática teórica y práctica de la lengua castellana. Introducción de José G. Mo-

reno de Alba. México, UNAM, 1985. Del mismo profesor Moreno son unas interesantes
“Notas sobre la enseñanza de la gramática castellana en México durante el siglo XIX”,
publicadas en el volumen colectivo sobre El Centro de Lingüística hispánica y la lengua es-
pañola, México, UNAM, 1999, pp. 447-468.
27 A cuya memoria dediqué hace años un modesto homenaje: “La lingüística en la

Universidad de México: un precursor sin par”, en Memoria del Encuentro “La Lingüísti-
ca en la Universidad”, México, UNAM, 1987, pp. 1-11. (Recogido también en mi libro Es-
tudios de lingüística hispanoamericana, México, UNAM, 1989, pp. 237-244.)
28 El Índice de mexicanismos publicado por la Academia Mexicana de la Lengua en

1997 es cosa diferente. Hemos de hacer votos porque el diccionario que prepara Luis
Fernando Lara en El Colegio de México pueda salir pronto a la luz pública.
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32 juan m. lope blanch

Verdadera hilaridad –ya que no contrariedad– me causa oír hablar


de “literatura latinoamericana” para referirse a la escrita por Rubén Da-
río, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges u otros muchos
autores hispanoamericanos, quienes –que yo sepa– no escribieron ni
una sola línea en latín (a no ser, quizá, en algún ejercicio escolar du-
rante los años juveniles de su instrucción personal). No me cansaré
de señalar lo inapropiado y absurdo del calificativo latinoamericano –y
del nombre geográfico de Latinoamérica– que trataron infructuosa-
mente de endilgarnos los franceses en el siglo pasado, durante los
años de su intervención imperialista en México, y que sí han logrado
imponernos los medios de comunicación masiva y el gobierno de los
Estados Unidos de (Norte)américa. Cierto es que “sí existe una lite-
ratura latinoamericana: la que en lengua latina, precisamente, se es-
cribió en América durante los siglos XVI al XVIII sobre todo. Literatu-
ra latinoamericana que alcanzó notorio esplendor, y que ha sido ya
estudiada por especialistas como Gabriel Méndez Plancarte, el recor-
dado Ignacio Osorio y, en cierto modo, Walter Mignolo entre otros.29
Y hubo también una lingüística latinoamericana, obra de los humanis-
tas hispanoamericanos que, durante la época colonial, estudiaron la
lengua latina y enseñaron su gramática “a los indios, algunos de los
cuales llegaron a ser buenos escritores –ellos sí– latinoamericanos”, se-
gún mostró Ignacio Osorio en otro de sus reveladores libros.30
Sería recomendable continuar transitando por estas dos rutas: la
de la sorprendente cultura humanista de la Nueva España y la de la
historia de la lingüística hispánica en general. Que nuestra naciente

29 Acordaré, a este respecto, algunos de sus reveladores estudios: G. Méndez Plan-

carte, Humanismo mexicano del siglo XVI, México, UNAM, 1946; del mismo, Humanistas del
siglo XVIII, México, UNAM, 1941; I. Osorio Romero, Jano o la literatura neolatina de México,
México, UNAM, 1981, y Floresta de gramática, poética y retórica en Nueva España (1521-1767),
México, UNAM, 1980; y W. D. Mignolo, “Teorías renacentistas de la escritura y la colo-
nización de las lenguas nativas”, en Actas del I Simposio de Filología Iberoamericana (Uni-
versidad de Sevilla), Zaragoza, Pórtico, 1990, pp. 171-199.
30 Cf. Ignacio Osorio Romero, Colegios y profesores jesuitas que enseñaron latín en Nueva

España, 1572-1767, México, UNAM, 1979, y La enseñanza del latín a los indios, México, UNAM,
1990. Ya he recordado estos valiosos trabajos en la ponencia “Latinoamérica, Iberoamé-
rica, Hispanoamérica”, que presenté en el X Congreso Internacional de la Asociación
de Lingüística y Filología de la América Latina [!]: Actas publicadas por M. Arjona y J.
López Chávez, México, UNAM, 1996 (cf. pp. 723-728). También incluida en mi libro so-
bre Español de América y español de México, México, UNAM, 2000, pp. 7-20.
GuzmanBetancourt 02 5/11/04 1:56 PM Page 33

de historiografía lingüística mexicana 33

Sociedad no lo es de historiografía lingüística mexicana, sino que,


más generalmente, se define como Sociedad Mexicana de Historio-
grafía Lingüística. Y nada que pertenezca a la lingüística –amerindia,
española o general– debe sernos ajeno. Cuando, en 1967, durante la
rectoría del doctor Ignacio Chávez, y con el respaldo del doctor Ru-
bén Bonifaz Nuño, en aquel entonces Coordinador de Humanidades
de la UNAM, contribuí a fundar el Centro de Lingüística Hispánica,
consideré conveniente orientar sus actividades hacia el estudio del es-
pañol de México, de su realidad dialectal contemporánea y de su evo-
lución histórica desde el siglo XVI hasta nuestros días, pero todo ello
como contribución al mejor conocimiento de la lengua española en
general, a cuya realidad histórica y presente podrían orientarse las ac-
tividades académicas del Centro.31 Nada relativo a la lingüística espa-
ñola debía ser ajeno al Centro mexicano. Dar prioridad a un determi-
nado sector de cualquier ciencia no significa ignorar o menospreciar
los demás sectores. Hagamos, pues, historiografía de la lingüística me-
xicana, pero no olvidemos incursionar en la de otras nacionalidades
hispánicas y aun en la de otros idiomas, siempre y cuando todo ello
no rebase nuestras posibilidades ni implique dispersión excesiva. Que
quien mucho abarca, poco aprieta…
Llegado a este punto, me atrevería a hacer un par de propuestas
o, si no resultase excesivamente impertinente presentarlas así, de re-
comendaciones. Sería la primera que la Sociedad Mexicana de His-
toriografía Lingüística delimite bien su campo de acción, sus objeti-
vos esenciales –natural y obviamente historiográficos–32 y no dé
cabida entre ellos al estudio histórico de las lenguas en sí mismas, si-
no a la historia de los estudios a ellas dedicados; es decir, que no con-
funda su campo de acción historiográfico con los de la lingüística
histórica o la historia de las lenguas. Y sería la segunda recomenda-
ción que nuestra Sociedad pueda llegar a organizarse, con el apoyo
y el entusiasmo de todos, como una institución activa, creativa, impul-

31 El Centro se propuso inicialmente estudiar “la lengua española en general y, de

manera particular, las modalidades propias de México, tanto en su realidad actual –vis-
ta a través de sus niveles urbanos y rurales– cuanto en su proceso histórico”.
32 Aplicada a la lingüística, la definición específica que de historiografía proporcio-

na el Diccionario de la Real Academia Española sería: “Estudio bibliográfico y crítico


de los escritos sobre historia y sus fuentes, y de los autores que han tratado de estas ma-
terias”.
GuzmanBetancourt 02 5/11/04 1:56 PM Page 34

34 juan m. lope blanch

sora. Para ello, creo que debería tratar de organizar y de auspiciar in-
vestigaciones colectivas –o acaso individuales, pero regidas todas por
una misma orientación, dirigidas hacia un objetivo común, hacia un
proyecto amplio, “incluyente” como ahora suele decirse– en cual-
quiera de los sectores lingüísticos a que he ido haciendo referencia:
en el presentarse mayor interés para los posibles participantes en su
ejecución.
La organización de tal empresa podría estar a cargo de la directi-
va de nuestra Sociedad, representada por un coordinador general
dispuesto a dedicar algunas horas de su tiempo a tal quehacer; y el
auspicio podría obtenerse solicitando apoyo financiero a alguna
institución cultural filantrópica del país o, en último caso, del extran-
jero. Pienso concretamente en el Consejo Nacional de Ciencia y Tec-
nología (CONACYT), institución que ha respaldado ya diversas investi-
gaciones de carácter humanístico, como sería, lógicamente, la que la
Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística decidiese organizar.
Conocer el pasado propio es tarea fundamental para la construcción
y desarrollo de los conocimientos futuros; que “el pasado es prólogo”,
como muy bien sabía Shakespeare. O, como explicaba José Martí: “El
pasado es la raíz del presente. Ha de saberse lo que fue, porque lo
que fue está en lo que es”.33
Espero que esta propuesta no les parezca demasiado impertinen-
te ni excesivamente utópica. De no ser así, denla por inexistente, y
perdonen mi osadía.
Perdón que les solicito de antemano, acompañado de mis más sin-
cero agradecimiento por la atención que han prestado a estas deshil-
vanadas páginas.

33 Cf. Su ensayo sobre “Colegios y Universidades”, recogido en el libro José Martí en

los Estados Unidos, edición, prólogo y notas de André Sorel, Madrid, 1968, p. 291.
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LA GRAMÁTICA DE LA LENGUA CASTELLANA (1492)


DE ANTONIO DE NEBRIJA

HANS-JOSEF NIEDEREHE*

1. PRESENTACIÓN DE LOS HECHOS

Empecemos presentando sencillamente los hechos. En el año 1481, el


humanista español Antonio de Nebrija (1441/1444?-1522) publicó,
después de algunos años de estancia en Italia consagrados al estudio
del latín clásico, las Introductiones latinæ, es decir, su Grammatica latina.
Siguen, hacia 1488 (no se conoce la fecha exacta), las Introduciones
latinas contrapuesto el romance al latín, esto es, una nueva edición de la
Grammatica latina, compuesta a instancias de la reina Isabel y acom-
pañada, esta vez, de una traducción al castellano.1
En 1492 aparece, finalmente, la Gramática de la lengua castellana, sin
parte latina en esta ocasión, la “primera gramática de un idioma eu-
ropeo moderno”, como de modo poco acertado se la suele llamar,
pues antecede, por ejemplo, la Grammatica italiana de León Battista
Alberti, de hacia 1450, una gramática de otro idioma vulgar que, no
obstante, no puede en nada compararse con la de Nebrija.
Efectivamente, la lingüística actual no ha cesado de reiterar los sin-
gulares méritos de la Gramática castellana nebrisense. Tres importan-
tes congresos celebraron el quinto centenario de su publicación. 2
Unos años antes, Lope Blanch había ponderado la agudeza del autor
con las siguientes palabras:

De la penetración de Nebrija como gramático de la lengua vulgar no será ne-


cesario ofrecer muchos ejemplos. Basta recordar sus mismos criterios meto-

* Universidad de Tréveris.
1 Véase la edición de las Introduciones latinas contrapuesto el romance al latín, por Mi-

guel Ángel Esparza y Vicente Calvo, Münster, Nodus, 1996, p. 5.


2 Estos congresos se han celebrado en 1992 en Murcia (véase Escavy et al., 1994),

en Salamanca (véase Codoñer y González Iglesias, 1994) y en la ciudad de México (véa-


se Ignacio Guzmán Betancourt y Eréndira Nansen Díaz, eds., 1997. Memoria del coloquio.
La obra de Antonio de Nebrija y su recepción en la Nueva España. Quince estudios nebrisenses,
México, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

[35]
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36 hans-josef niederehe

dológicos: su determinación de las categorías está basada en razonamientos


íntegramente gramaticales, y no en supuestos de índole semántica [nota de
pie de página]. Todo el capítulo 7 del libro I puede considerarse como el pri-
mer intento de gramática histórica hecho en nuestra lengua, y con aciertos
en verdad sorprendentes [nota]. Es notable su reconocimiento certero de las
perífrasis verbales castellanas, inclusive las de futuro, cantaré y cantaría [no-
ta]. Muy acertado es también su concepto fonético de la ortografía, justamen-
te elogiado por Cuervo […]. “assi tenemos de escrivir como pronunciamos i
pronunciar como escrivimos por que en otra manera en vano fueron halla-
das las letras” (I, 5 […]) Aquilata en todo su valor –como buen humanista–
la lengua popular y la poesía tradicional, que utiliza con frecuencia en su li-
bro a título de ejemplo; “su temperamento lírico le lleva a comprender el au-
téntico valor de la poesía popular que, muchas veces, recogida de la propia
fuente, halla amplio eco en sus páginas gramaticales” [según Pascual Galin-
do]. (Lope Blanch, 1990: 55.)

Independientemente de estos méritos atestiguados por la lingüística


actual,3 la Gramática catellana es, en su tiempo, una empresa malogra-
da, un fracaso total.4
Esta valoración se desprende fácilmente de otra serie de hechos.
La Grammatica latina de 1481 tuvo una tirada de 1 000 ejemplares y
debió ser vendida en pocas semanas. Se imponía una reedición. Ésta
tuvo lugar el año siguiente y, del mismo modo que la primera, fue ven-
dida rápidamente. Por eso, en 1483, vuelve a reeditarse. Así se inicia
una imparable cadena de reediciones y reimpresiones que, hacia fi-
nales del siglo XVIII, rondará la cifra de doscientas, porque la obra era
necesaria para la enseñanza universitaria del latín. Muy al contrario,
la Gramática de la lengua castellana de 1492 se publicará sólo una vez
en vida de su autor y una segunda en 1744-1747?, fecha por la que se
le ha otorgado, incluso, el calificativo de “falsificación”.5
El fracaso editorial de la Gramática castellana en vida de su autor
contrasta de un modo muy llamativo con la gloria que, por el contra-

3
Cf. También Esparza Torres, 1995, pp. 21-22.
4
Ha sido Fontán (1986) el primero en hablar del fracaso profesional que supuso
la Gramática castellana.
5 Para la bibliografía completa de las obras de Nebrija, véase Esparza Torres y Nie-

derehe, 1999.
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la gramática de la lengua castellana (1492) de antonio de nebrija 37

rio, se le atribuye en nuestros días. ¿Cómo explicar esta despropor-


ción de los juicios?

2. LA GRAMÁTICA CASTELLANA

2.1. Estructuración de la Gramática castellana

El título exacto de la Gramática castellana reza de la siguiente manera:


1492. Nebrija, Antonio de
<.a.ii.:> Ala mui alta t assi esclarecida princesa doña Isabel la | ter-
cera deste nombre Reina i señora natural de espa=|ña t las islas de
nuestro mar. Comiença la gramatica | que nueva mente hizo el maes-
tro Antonio de lebrixa | sobre la lengua castellana. t pone primero el
prologo | Lee lo en buena ora. <.i.3 verso, expl.:> Acabose este trata-
do de grammatica que nueva mente | hizo el maestro Antonio de le-
brixa sobre la lengua cas=| tellana Enel año del salvador de mil t cccx-
cij. A xviij | de Agosto. Empreso en la muy noble ciudad de Sa |
lamanca.
Salamanca: s.n.
68 hh., primera y última en blanco, sign. .a.-h.8, .i.4 letra gótica.

Comprende 68 folios o, aproximadamente, 160 páginas impresas.


Los cuatro primeros libros tratan en orden ascendente de la lengua,
es decir, empiezan por los elementos más pequeños, los sonidos y la
manera de escribirlos. “la ortographia” [110-159];6 sigue el “libro se-
gundo” “que trata dela prosodia t silaba” [160-204] y el “libro terce-
ro” “que es dela etimologia y dicion” [204-270] y termina con el “li-
bro cuarto” “que es de sintaxi t orden delas partes dela oracion”
[270-310]. A este procedimiento ascendente lo llama Nebrija el “or-
den natural de la grammatica”. Se dirige exclusivamente a los “estu-
diantes nativos”,7 es decir, a los que han aprendido el castellano des-
de su niñez, como lengua materna.

6 Cito por la edición de Esparza Torres y Sarmiento, 1992 (Madrid: Fundación An-

tonio de Nebrija).
7 Véase Gramática castellana, ed. Esparza Torres y Sarmiento, 1992, pp. 64ss.
GuzmanBetancourt 03 5/11/04 1:59 PM Page 38

38 hans-josef niederehe

Los cuatro libros se orientan de acuerdo con la estructuración de


la materia tratada y presentada en las Introductiones latinæ (véanse ibid.,
libro 3 y Esparza Torres, 1995: 120).
A estos cuatro libros sigue otro cuyo título –redactado poco tiem-
po antes de la vuelta de Cristóbal Colón de su viaje al Nuevo Mun-
do– deja entrever que, un día, habrá algo como una “LE2”, una len-
gua española para extranjeros; reza así: “Delas introduciones de la
lengua castellana para los que de extraña lengua querrán depren-
der” [310].
Esta parte de la Gramática castellana presenta una orientación me-
todológica bastante diferente de los cuatro primeros libros. Nebrija
la denomina, para diferenciarla del “orden natural de la gramática”,
el “orden de la doctrina”. Y, a diferencia de la primera parte, no se di-
rige a los “estudiantes nativos” sino a los que “de alguna lengua pere-
grina querran venir al conocimiento de la nuestra”,8 es decir, a estu-
diantes que hablan otra lengua materna distinta de la española.
La Gramática castellana no se dirige, pues, a un público homogé-
neo, sino que distingue claramente entre “españoles” y “extranjeros”,
o sea, entre “native speakers” y “no native speakers”. Dicho con otras
palabras, la Gramática castellana obedece a una visión pedagógica y di-
dáctica clara.

2.2. La descripción del español como lengua extranjera

El libro quinto, la “gramática para extranjeros”, se puede caracterizar


a grandes rasgos como un sumario fonético y morfológico de la len-
gua castellana.9 Así se desprende de los títulos de los capítulos en que
se subdivide la “gramática para extranjeros”. Éstos tratan de “las letras,
sílabas, t diciones”, “la declinación del nombre”, “la declinación del

8 “Agora es este libro quinto siguiendo la orden de la doctrina, daremos introdu-

ciones de la lengua castellana para el tercero genero de ombres, los cuales de alguna
lengua peregrina querran venir al conocimiento de la nuestra”. Gramática castellana,
ed. Esparza Torres y Sarmiento, 1992, pp. 65 y 313; en lo que se refiere a paralelos de
contenido entre los primeros capítulos de las Introductiones latinae y de la Gramática cas-
tellana, véase ibid., p. 86.
9 Se podría hablar también de una presentación “paradigmática”, opuesta a la pre-

sentación “sintagmática” de la primera parte.


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la gramática de la lengua castellana (1492) de antonio de nebrija 39

pronombre”, “la conjugación del verbo” y, luego, el “imperativo”, el


“optativo”, el “subjuntivo”, el “infinitivo” y, finalmente, el “gerundio,
participio, t nombre participial infinito”. El párrafo donde habla de
la “declinación” reza así:

Las declinaciones del nombre son tres. La primera delos que acaban el nu-
mero de uno [‘singular’] en .a. t embian el numero de muchos [‘plural’] en
.as. como la tierra, las tierras. La segunda delos que acaban en numero de
uno en .o. t embian el numero de muchos en .os. como el cielo. los cielos. La
tercera delos que acaban el numero de uno en d. i. l. n. r. s. x. z. t embian el
numero de muchos en .[e]s. como la ciudad. las ciudades. el ombre. los om-
bres. el rei. los reies. el animal. los animales. el pan. los panes. el señor. los
señores. el compas. los compases. el relox. los reloxes. la paz. las pazes. Nin-
guna delas otras letras puede ser final en palabra castellana”. (Gramática cas-
tellana, ed. Esparza Torres y Sarmiento, 1992: 315.)

Se trata, como se ve, de una exposición sobria, sucinta y acertada


que aún hoy en día apenas se puede mejorar. Todo el libro quinto
muestra las mismas características.

2.3. La descripción del español como lengua materna

La descripción de la primera gramática del español para españoles,


es decir, el conjunto de los libros 1 a 4, se presenta –en comparación
con lo dicho respecto del libro quinto– mucho más detallado. El pa-
saje en que trata del nombre,10 empieza con unas líneas definitorias
que podrían hasta encontrarse en las gramáticas latinas de un Dona-
to o de un Prisciano. “Nombre es una delas diez [!] partes dela ora-
cion: que se declina por casos sin tiempos: t significa cuerpo o cosa”
[207].
Se añaden, después, lo que podríamos llamar “conocimientos bá-
sicos gramaticales”: “[…] llamase nombre, por que por el se nombran
las cosas. t assi como de onoma en griego los latinos hizieron nomen:
assi de nomen nos otros hezimos nombre” [207]. Siguen comenta-

10 Gramática castellana, ed. Esparza Torres y Sarmiento, 1992, pp. 207-237.


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40 hans-josef niederehe

rios bastante detallados sobre el empleo del “nombre propio” [209]


en latín, también de los “prenombres” y otras variedades de nombres
[ibid.], resaltando al mismo tiempo las diferencias de su empleo en
latín y en castellano.

Nuestra lengua no tiene tales pr[e]nombres: mas en lugar dellos pone esta
partezilla don cortada desde nombre latino .dominus. como los italianos ser
t misér por mi señor. Los franceses mosier. Los aragoneses mosen. Los mo-
ros abi. cid. mulei. Assi que sera don en nuestro lenguaje en lugar de pre-
nombre: t aun devesse escribir por breviatura como los prenombres latinos.
[209].

Doce páginas más adelante, viene a tratar de la declinación y eso,


otra vez, de modo más detallado que en el libro quinto.

Numero en el nombre es aquello por que se distingue uno de muchos. El nu-


mero que significa muchos llamase plural. como los ombres. las mugeres. De-
clinacion del nombre no tiene la lengua castellana salvo del numero de uno
al numero de mucho. Pero la significacion delos casos distingue por prepo-
siciones. Assi que pueden se reduzir todos los nombres a tres formas de de-
clinacion. La primera delos que acaban el singular en .a. añadiendo .s. em-
bian el plural en .as. como la tierra. las tierras. sacanse los que tienen accento
agudo enla ultima silaba: por que sobre el singular reciben esta terminacion
.es. como alvala alvalas. alcala alcalaes. t assi diremos una .a. dos .aes. una .ca.
dos .caes. La segunda delos que acaban el numero de uno en o. t añadiendo
.s. embian el numero de muchos en .os. como cielo. los cielos. La tercera de-
los que acaban en numero de uno en .d. e. i. l. n. r. s. x. z. por que enlas otras
letras ningun nombre acaba salvo si es barbaro. como jacob, isaac. t embian
todos el numero de muchos en .es. [231].

Podría añadir otros ejemplos parecidos, también de los otros capí-


tulos de la “gramática para españoles”. Pero lo mencionado hasta aho-
ra baste para caracterizar someramente la Gramática castellana. Trata,
de modo tradicional y a la manera de un Donato o de un Prisciano,
“todas” las categorías gramaticales del castellano, presentándolas al
mismo tiempo en contraste y comparación con las categorías de otros
idiomas, tales como el latín, el griego, el hebreo, el francés… para re-
saltar, sobre todo, las peculiaridades del castellano. (Véase, entre
otros lugares, el Libro Primero, capítulo III: “De las letras i pronun-
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la gramática de la lengua castellana (1492) de antonio de nebrija 41

ciaciones de la Lengua latina”, capítulo V: “De las letras y pronuncia-


ciones de la Lengua castellana” o, los ya mencionados, “diez partes
de la oración castellana”.)

2.4. El público de lengua materna

Como tuve la oportunidad de mencionar más arriba, el público de la


gramática desempeña una función muy importante, ya que diferen-
cia Nebrija sistemáticamente entre lectores “de habla extranjera” y
lectores “de habla materna castellana”. Para los primeros escribió, se-
gún declara, el Libro V mientras que, para los últimos, la parte más
voluminosa de la gramática, los libros I-IV.
Esta bipartición resalta aún más por el hecho de que hace prece-
der al libro quinto de su Gramática castellana de otro prólogo, diferen-
ciado claramente del principal. En este segundo prólogo declara ex-
presamente que la gramática no está sólo redactada para dos grupos
de usuarios, sino para tres:

…para tres generos de ombres se compuso el arte del castellano. [1] Prime-
ra mente para los que quieren red[u]zir en artificio t razon la lengua que por
luengo uso desde niños deprendieron. [2] Despues para aquellos que por la
lengua castellana querran venir al conocimiento dela latina: lo cual pueden
mas ligera mente hazer: si una vez supieren el artificio sobre la lengua que
ellos sienten. I para estos tales se escriviero[n] los cuatro libros passados. En
los cuales siguiendo la orden natural dela grammatica: tratamos primero de-
la letra t silaba: despues de las diciones: t orden delas partes dela oracion.
[3] Agora eneste libro quinto siguiendo la orden dela doctrina daremos in-
troduciones dela lengua castellana para el tercero genero de ombres: los cua-
les de alguna lengua peregrina querran venir al conocimiento de la nuestra.
[311ss.].

Está prevista, pues, su gramática: 1] para gentes de lengua mater-


na castellana que quieren describir con reglas su propio idioma; 2] de-
bería servir, además, a estos hablantes castellanos, para llegar a un
conocimiento más profundo de la lengua latina, gracias a las reglas
que se aplican al idioma propio; 3] finalmente, debería ayudar, como
antes ya había explicado, a los extranjeros que quieren aprender el
castellano.
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42 hans-josef niederehe

Mientras que están reservados los libros I-IV para los que de lengua
materna (castellana) quieren venir al conocimiento del latín y el li-
bro V para los que de “una lengua peregrina” quieren venir en el co-
nocimiento del castellano, no queda –tomando las declaraciones de
Nebrija con el rigor que merecen– ningún libro para los que quieren
estudiar su propio idioma. Es decir, paradójicamente, una gramática
castellana propiamente dicha no está prevista en la Gramática de la len-
gua castellana que hizo el maestro Antonio de Lebrija, o, en otras palabras,
los libros I-IV se presentan al mismo tiempo como preparación del es-
tudio del latín y del idioma materno.

2.5. Las gramáticas de lengua materna después de Nebrija

Calvo Fernández y Esparza Torres (1993:149) han señalado el hecho


de que no era del todo habitual en 1492 abrigar la idea de una gra-
mática del castellano para nativos, lo que explica que, unos cincuen-
ta años después de la Gramática castellana, entre 1535-1540, Juan de
Valdés declara, en su Diálogo de la lengua:

Ya sabéis que las lenguas vulgares de ninguna manera se pueden reduzir a re-
glas [36v] de tal suerte que por ellas se pueden aprender, y siendo la caste-
llana mezclada de tantas otras, podéis pensar si puede ninguno ser bastante
a reduzirlas a reglas. [Valdés, ed. Quilis 1984; cf. Esparza Torres, 1996:69.]

Y aún cien años después de la Gramática castellana, el autor de la


primera historia de la lengua española, Bernardo José de Aldrete, de-
clara:

Bien claro es, que para saber la lengua vulgar no es menester arte, ni escue-
la para aprenderla en la tierra donde se vsa […] En Castilla oi para hablar
Romance no es menester acudir a maestros, que lo enseñen, que con el ha-
blar mismo se sabe. Assi fue la Latina en Roma siendo vulgar, i niños i muge-
res sin saber leer la hablauan i sabian, como consta de Ciceron, en los luga-
res referidos… [Aldrete, 1972 (=1606): 47.]

No obstante, el siglo XVII se abre algo más a la idea de una gramá-


tica del español para nativos de lo que podría parecer. Pocos años des-
pués de Aldrete, Jiménez Patón publica una pequeña gramática, de
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la gramática de la lengua castellana (1492) de antonio de nebrija 43

sólo 29 folios, que podría denominarse una “gramática española pa-


ra nativos”,11 una gramática que está dedicada al autor del primer dic-
cionario monolingüe del castellano, Sebastián de Covarrubias:

Jiménez Patón, Bartolomé. 1614. ßInstitvcionesß de la grama|tica española. |


Dirigidas al Licencia-|do don Sebastian de Cobarrubias Oroz-|co, Capellan de
su magestad, Maestre | escuela, y Canonigo de la Santa Iglesia | de Cuenca, y
consultor del santo ofi-|cio dela Inquisicion, y Auu-|tor del Tesoro de la | len-
gua Espa|ñola. | <Adorno> | Por el Mestro Bartolo-|me Ximenez Paton. >Sin
lugar ni año>. Baeza: Pedro de la Cuesta. (Cf. BICRES II.)

Unos pocos años más tarde, Gonzalo Correas, “Catedrático de


Griego y Hebreo en la Universidad de Salamanca” [portada] redacta
una gramática castellana bastante más voluminosa, pero sin publicar
hasta ahora:

Correas, Gonzalo. 1626. Arte <grande> de la lengua | española castellana |


compuesto | Por el maestro Gonzalo Correa <sic> | Catedrático de Griego
y Hebreo en la Univer-|sidad de Salamanca. | Año M DC XXV. | <Adorno>.
S.I.: ms.

Hacia mediados del siglo XVII, aparece otra gramática castellana


que, con cierto derecho, podría mencionarse en este contexto,12 si
–repito el “si”– el título no llevara a pensar de nuevo en la enseñanza
del latín, lo que vale también para las gramáticas de Jiménez Patón y
Gonzalo Correas, ambos profesores de idiomas clásicos:

Villar, Juan. 1651. Arte De La | Lengva | Española. | Redvcida a reglas, y pre-


|ceptos de rigurosa gramatica, | Con notas, y apuntamientos utilissimos | pa-
ra el perfeto conocimiento de esta, | y de la lengua latina. Por el P. Ivan Vi-
llar de | la Compañía de Iesvs. | <Adorno> | Con Licencia | En Valencia por
Francisco Veren-|gel, Año de 1651.

11 Hacia 1555 aparecen, especialmente en Lovaina, pero también en Amberes, al-

gunos tratados gramaticales que, sin embargo, son manuales para extranjeros. Cfr. Es-
parza Torres, 1993, p. 150; 1996, pp. 67ss.
12 Esparza Torres 1996, p. 70, que hace referencia a este título de modo abreviado,

lo menciona bajo “gramáticas del español”. Véase también Balbín y Roldán, en Anóni-
mo 1966, XXIII.
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44 hans-josef niederehe

Dicho con otras palabras, todavía en el siglo XVII, más de ciento cin-
cuenta años después de la Gramática castellana de Nebrija, la idea de
escribir una gramática castellana para nativos no parece establecida
definitivamente.

3. NEBRIJA Y LA TRADICIÓN GRAMATICOGRÁFICA DE LA EDAD MEDIA

Como ha demostrado Miguel Ángel Esparza Torres (1995), la solu-


ción del “‘enigma’ de la Gramática castellana”, es decir, el hecho de
que después de la primera edición de 1492, no apareciera otra segun-
da, ni haya dejado huellas claras en la historia de la gramaticografía
española, no se deriva de la historia de la recepción de la obra nebri-
sense, sino de la prehistoria de la Gramática castellana. Es decir, las tra-
diciones gramaticales anteriores a Nebrija y las teorías lingüísticas vi-
gentes en aquel tiempo han ofrecido las pautas para la redacción de
la Gramática castellana. En este contexto, la enseñanza del latín y sus
métodos desempeñan un papel central.13
En la Edad Media había cuatro métodos principales o “libros de
texto” como se suele decir hoy en día: “las gramáticas versificadas, los
comentarios, la gramática erotemática y la síntesis del método ad pro-
verbiandum” (Esparza Torres, 1995:162). Sobre todo los dos últimos
son de importancia para la Gramática castellana, la grammatica erotema-
tica, un tipo de gramática en forma de preguntas y respuestas, y la
grammatica proverbiandi, caracterizada por un empleo sistemático del
idioma vernáculo en la enseñanza del latín.

3.1. La “Grammatica erotematica”

La grammatica erotematica, y con ella la enseñanza medieval del latín,


ha dejado –como lo ha señalado Esparza Torres– huellas muy claras
en las Introductiones latinæ, la gramática latina de Nebrija:

13 Esparza Torres (1993) separa claramente –y con justicia– entre la “grammatica

speculativa” medieval y la “gramática pedagógica”, ibid., p. 159.


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la gramática de la lengua castellana (1492) de antonio de nebrija 45

La fortuna de este método no se restringe tampoco a la Edad Media: el Li-


bro III de las Introductiones latinæ de Nebrija, en cualquiera de sus redaccio-
nes, sigue las pautas de una gramática erotemática. (Esparza Torres 1996:52).

Dicho con otras palabras: en lo que se refiere a la enseñanza del


latín, Nebrija sigue orientándose en los métodos probados en la Edad
Media. Eso se desprende con toda claridad de otro tipo de “libros de
texto”, que ha pasado en buena medida inadvertido hasta hace pocos
años, la grammatica proverbiandi. Apenas se encuentra en Francia, pe-
ro sí, y con bastante frecuencia, en Italia y en España (véase Esparza
Torres, 1993:164).

3.2. La “Grammatica proverbiandi”

El rasgo más característico de la grammatica proverbiandi lo constituye


el empleo sistemático del idioma vernáculo al explicar las construc-
ciones sintácticas del latín. El mismo término proverbiare se emplea,
en estas gramáticas, para la traducción del latín, especialmente para
una traducción muy exacta, “palabra por palabra”, de las construccio-
nes latinas (Esparza Torres 1993:169). De acuerdo con este procedi-
miento, la gramática ofrece ejemplos para el ejercicio sistemático de
traducir “en ambas direcciones”, del latín vernáculo y viceversa (ejem-
plos en Esparza Torres 1993:166-169).
En España se han descubierto grammaticae proverbiandi con pasajes
en los vernáculos de Castilla, de Cataluña, de Aragón y de Valencia.
Por el acopio de recursos que hacen los autores de los textos prover-
biandi, puede afirmarse que ofrecen una síntesis de las fórmulas y mé-
todos medievales de enseñanza (Esparza Torres, 1996:53; cfr. Calvo y
Esparza Torres 1993).
El apartado más importante que se halla en las grammaticae prover-
biandi es el conocido con el nombre de supletio, donde se trata de la
manera correcta y rigurosa de interpretar en latín aquellas construc-
ciones que son típicas del vernáculo, pero no del latín. Un ejemplo:

Nota quod quando participium deficit, si venerit per modum ablativi absolu-
ti non est suplendum per quis vel qui, sed est suplendum per ipsa adverbia,
scilicet: cum vel dum vel postquam, resolvendo substantivum in nominativo et
participium in verbo eiusdem temporis cuius est participium deficiens, verbi
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46 hans-josef niederehe

gracia: el rey venido, fuira[n] los ladrones, fit sic: postquam rex venit, fugient latro-
nes. (Madrid. BN, ms. 10073, fol. 11 v; cit. Por Calvo Fernández y Esparza To-
rres, 1999:148).

El estudio de la supletio se adivina, por consiguiente, como presu-


puesto importante de la enseñanza del latín para los que tienen el
castellano como idioma materno.

3.3. La enseñanza del latín y la grammatica proverbiandi en tiempos


de Nebrija

Hacia el año 1492, es decir, hacia la fecha de aparición de la Gramá-


tica castellana, aparecen en España unas gramáticas del latín en que
el esfuerzo para aclarar problemas gramaticales con ejemplos en ver-
náculo aumenta considerablemente. Se puede mencionar aquí la ver-
sión manuscrita del Compendium grammatice de Juan Pastrana:

Pastrana, Juan de. 1462. <Incipit:> Declinatio in genitiuo singulari. <Fol. 92:>
Explicit compendium grammatice breue et utile siue tractatus In|titulatus
thesaurus pauperum siue expeculum [sic] puerorum edi|tum a deuoto Jo-
hanne de pastrana. | Laus tibi xriste liber explicit iste. Qui fuit perfectus an-
no | domini millesimo cccc° lx° ij° fernandus perfecit inmaculata xristi | vir-
go maria oret semper pro eo. Amen. S.l.: ms. Fernandus.

Cabe mencionar también a los considerados “alumnos de Nebri-


ja”, Gutiérrez de Cerezo y Daniel Sisón:

Gutiérrez de Cerezo, Andrés. 1485. Andreas guterrius cerasianus humanissi-


mo | domino ludouico acunña: reuerendissimoque | patri in christo episco-
po burgensi benemeri|to: et viro grauissimo salutem plurinam dicit [.] | <Ho-
ja 2:> Andreæ guterrij cerasiani breuis grammatica in laudem reuerendissimi
episcopi burgensis | domini ludouici acunña et recte et optime | dedicata. |
[…] <H. [86]:> Donatvs de Barbarismo <Contiene, además:> Totius opuscu-
li significationes uocabulorum secundum ordinem aphabeti digestæ hæ fere
sunt. <H. [104]v°:> Mense marcio duodecimo die anno salutis | domini mi-
llessimo quadrigentesimo octo|gesimo quinto quo tempore clarissimi reges |
ferdinandus & helisabella infideles ingenti|bus copijs desolare cœperunt: su-
perstite illus|trissimo principe ioanne: atque integerrimo | viro petro a men-
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la gramática de la lengua castellana (1492) de antonio de nebrija 47

doza cardinali hispano: | viceque regum gubernante nobilissimo et | grauis-


simo primipilo petro a velasco, in | salmanticensi quoque gymnasio scholas-
ticis præfecto guterrio a toleto tunc præsidente | hoc breue compendium ma-
xima cum dili|gentia per ingeniosum virum magistrum | fredericum burgis
impressum est. | Valete. Foeliciter. <H. [105]:> Hæc sunt significata: quæ mo-
dis temporibus et personis per totam coniugationis declinationem nostro
idiomate hispano debent imponi. <fol. [106]v:> Los capitulos que en este
compendio | de grammatica se contienen son estos. Las partes para los prin-
cipiantes del nombre pronombre | verbo. Las quatro coniugiationes forma-
tiones verbos iregu|lares las reglitas con sus versos. | Del doctrinal el genero
las declinationes ansi griegas como | latinas. Las formationes delos preteritos
y supinos. Los ete|roclitos. | La metrificatura dela fuerça delas letras el cre-
mento las pri|meras medias y yltimas syllabas el accento con sus imped[i]men-
tos. Los versos de la escancion. El regimen las materias. | las quatro partes in-
declinables dela oration. La construction | con sus impedimentos. Las species
del nombre. | La orthographia vnas elegantias breues el modo de puntar. |
Las figuras del donato. | El vocabulista por la orden del a.b.c. delos vocablos
dudo|sos de todo el libro. | El modo de principiar en grammatica puesto en
romançe. | Estan las quatro partes dela grammatica y las ocho dela orati|on
en manera que no es menester otro libro para toda el arte |. Burgos: Fadri-
que de Basilea. (Cf. Ridruejo, 1979.)

Siso, Daniel. 1490. <En un grabado:> Initium sapientie est timor domini. |
¶Veni sancte spiritus reple tuorum | corda fidelim: & tui amoris in eis | ignem
accende. <a2:> Perutile danielis sisonis grammaticale compendium ad genae-
rosum Franciscum de luna dicatum incipit feliciter … <Al fin:> ¶Danielis si-
sonis Fragensis Mon=|tissoni gymnasij magistri maioris: | perutile grammati-
ces compendium: ad | humanissimum virum Franciscum de | luna delectum.
| Anno christiane salutis. M.cccc. | xc, Tertio kalendas octobrias <sic> fœlici-
ter explicitum. | ¶Deo gratias. Zaragoza: Pablo Hurus.

Ambas gramáticas ofrecen ejemplos claros que atestiguan el au-


mento del recurso al vernáculo. No se trata sólo de una mera ayuda
para la comprensión, sino también de la introducción de nuevos tér-
minos gramaticales en el español. Todo ello se encamina, como ha
demostrado ya Esparza Torres (1995), a superar la necesidad de acla-
rar lo más posible aquellos procedimientos que se deben utilizar al
traducir del vernáculo al latín, procedimientos preparados, en bue-
na parte, por la grammatica proverbiandi.
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48 hans-josef niederehe

Persiste esta necesidad también después de Nebrija. Juan Luis Vi-


ves (1492-1540), gran admirador de Nebrija, declara explícitamente
que hay que estudiar el latín basándose en el idioma materno del es-
tudiante. Sigue en esto el programa nebrisense.

4. CONCLUSIONES

Pero este programa era demasiado ambicioso. Intentaba abarcar to-


dos los métodos didácticos existentes para la enseñanza del latín. Y
aún más: anticipaba radicalmente las consecuencias de todos estos mé-
todos, al excluir, de una introducción al latín, al latín mismo. Este pa-
so excesivamente audaz, ni lo buscaban, ni lo entendieron, aquellos
lectores de su Gramática castellana, que compartían con él la opinión
de que el estudio del latín había de basarse en unos conocimientos
sólidos del idioma materno.

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GuzmanBetancourt 04 5/11/04 2:13 PM Page 51

EL DESTINO DE LAS LENGUAS INDÍGENAS DE MÉXICO

MIGUEL LEÓN-PORTILLA*

De las lenguas amerindias –concentrándonos aquí en las habladas en


México– puede decirse que a lo largo de los siglos han pasado por si-
tuaciones muy diferentes entre sí. Antes de que ocurriera el encuen-
tro de los diversos pueblos indígenas con los invasores europeos, si
bien eran mucho más numerosas, hubo algunas que alcanzaron ma-
yor difusión e incluso llegaron a imponerse sobre otras. Un ejemplo
muy relevante lo ofrece el náhuatl, hablado probablemente desde el
periodo clásico en lugares como Teotihuacan y otros de la región cen-
tral. La difusión del náhuatl como lingua franca se inició verosímil-
mente desde la época tolteca y alcanzó su máxima presencia en la Me-
soamérica prehispánica durante la hegemonía mexica.
En tiempos ya de la Nueva España, las lenguas indígenas se vieron
confrontadas por la presencia de la que tenían como propia los espa-
ñoles. El castellano, que en ese momento distaba mucho de ser una
lengua ecuménica, fue entonces el idioma de las autoridades, en el
que se legislaba y se administraba el país y el que hablaban cuantos
controlaban la economía y el trabajo.
En ese nuevo contexto el destino de las lenguas indígenas se tor-
nó incierto. Hay algunos estudios que versan sobre éste, aunque nin-
guno ha abarcado cabalmente lo que ocurrió en esta materia a lo lar-
go de las tres centurias novohispanas. Mencionaré aquí los trabajos
de Shirley Brice Heath, Gonzalo Aguirre Beltrán, Silvio Zavala e Ig-
nacio Guzmán Betancourt.1 Tomaré en cuenta lo que ellos aportan

* Universidad Nacional Autónoma de México.


1 Véase Shirley Brice Heath, La política del lenguaje en México: de la Colonia a la Na-

ción, México, Instituto Nacional Indigenista, 1972 (Colección de Antropología Social,


13). Gonzalo Aguirre Beltrán, Las lenguas vernáculas. Su uso y desuso en la enseñanza: la
experiencia de México, México, CIESAS, 1983. Silvio Zavala, “Poder y lenguaje desde el si-
glo XVI”, Beatriz Garza Cuarón (coord.), Políticas lingüísticas en México, México, La Jor-
nada/UNAM, 1997, pp. 69-76. Ignacio Guzmán Betancourt, “Las ideas sobre las len-
guas indígenas en el México virreinal”, Beatriz Garza Cuarón (coord.), op. cit., pp.
77-94.

[51]
GuzmanBetancourt 04 5/11/04 2:13 PM Page 52

52 miguel león-portilla

atendiendo a las disposiciones de la Corona española en relación con


el uso de las lenguas indígenas y la enseñanza del castellano. Asimis-
mo, acudiré a otros testimonios que versan también sobre la situación
lingüística en diversos momentos del periodo colonial.

UN EXTRAORDINARIO PROCESO DE ACERCAMIENTO A LAS LENGUAS


INDÍGENAS

Coinciden los investigadores mencionados y otros testimonios de dis-


tintas procedencias y tiempos en que, sobre todo durante el siglo XVI
y una parte del XVII, los frailes misioneros, de modo especial los fran-
ciscanos, propugnaron por el uso de las lenguas indígenas en la evan-
gelización. Argumentaban los religiosos que era muy difícil para los
nativos acercarse a la doctrina cristiana en un idioma que no era el
suyo. Esta persuasión movió a varios de ellos a preparar un conside-
rable número de obras tanto para el aprendizaje de las lenguas indí-
genas como para la transmisión del mensaje cristiano a aquellos que
querían convertir.
Como nunca antes en la historia universal, se desarrolló entonces
una extraordinaria empresa lingüística dirigida a captar y describir
las características fonológicas, léxicas y estructurales de centenares de
idiomas nativos. En tal empresa participaron conjuntamente propios
hablantes y un buen número de frailes misioneros, franciscanos, do-
minicos, agustinos y jesuitas. Resultado de tales esfuerzos fue la ela-
boración de numerosas “artes” o gramáticas, así como de vocabula-
rios de dichas lenguas.
La tarea, llevada a cabo especialmente a lo largo de los siglos XVI y
XVII, hubo de superar grandes dificultades. Aunque en el contexto
cultural de España se contaba con las recientes aportaciones de Elio
Antonio de Nebrija, primeramente sus Introductiones latinae y luego,
en 1492, su Gramática castellana –la primera de una moderna lengua
europea– en realidad no existía un saber lingüístico formalizado que
pudiera servir de base en el trabajo que se echaban a cuestas esos mi-
sioneros.
Con ingenuo anacronismo han criticado algunos lingüistas a di-
chos frailes por haber tomado como modelo en sus trabajos el Arte y
el Vocabulario de Nebrija. Los críticos no parecen haberse pregunta-
GuzmanBetancourt 04 5/11/04 2:13 PM Page 53

el destino de las lenguas indígenas de méxico 53

do qué otra cosa de mayor modernidad, pudieron hacer entonces


esos frailes. ¿Acaso habría que pedirles que hubieran adoptado el en-
foque de Noam Chomsky?
Siguiendo a Nebrija pudieron ofrecer, en primer lugar, un adecua-
do marco de referencia a quienes iban a aprender las lenguas valién-
dose de esas gramáticas. Además, y, a pesar de las radicales diferen-
cias entre el castellano y los idiomas indígenas, pudieron abarcar así
en la gran mayoría de los casos, los rasgos y elementos propios de esos
idiomas que por vez primera entonces se estudiaban y describían. No
siguieron ellos a Nebrija servilmente como muchos gratuitamente lo
han supuesto. A modo de ejemplo citaré las palabras de quien dispu-
so la primerísima y bastante bien lograda gramática de una lengua
del Nuevo Mundo, fray Andrés de Olmos. A él se debe el Arte de la len-
gua mexicana (azteca o náhuatl), concluida en 1547, es decir, sólo vein-
tiséis años después de que Hernán Cortés tomó la ciudad de México.
Expresa Olmos:

En el arte de la lengua latina creo que la mejor manera y orden es la que An-
tonio de Nebrija sigue en la suya; pero porque en esta lengua [el náhuatl] no
cuadra la orden que él lleva por faltar muchas cosas que en el arte de gramá-
tica se hace gran caudal, como declinaciones y supinos […], por tanto no se-
ré reprensible si en todo no siguiere la orden de Antonio.2

De parecida forma procedieron otros de los frailes espontáneos


lingüistas como Alonso de Molina, el primer lexicógrafo del Nuevo
Mundo, que publicó su Vocabulario de la lengua castellana y mexicana,
en México, en Casa de Juan Pablos, año de 1555. En los varios “avi-
sos” que incluyó Molina en su prólogo insistió en que “el lenguaje y
frasis de estos naturales es muy diferente del lenguaje y frasis [estruc-
tura] latino, griego y castellano…” Por ello adoptó varios criterios en
la presentación de su Vocabulario teniendo siempre en mente “dar a
entender mejor la propiedad de la lengua de los indios”.3

2 Fray Andrés de Olmos, Arte de la lengua mexicana, edición de Ascensión y Miguel

León-Portilla, 2 vols., Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1993, p. 15.


3 Fray Alonso de Molina, Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y cas-

tellana, edición facsimilar y estudio introductorio de Miguel León-Portilla, México, Edi-


torial Porrúa, 1977, páginas preliminares.
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54 miguel león-portilla

No fue casualidad que correspondiera al náhuatl, según ya vimos,


ser el primer idioma americano que contó con una gramática, la de
Olmos (1547) y un diccionario, el de Molina (1555). Pocos años des-
pués, en 1560, se publicaron en España, precisamente en Valladolid,
la Grammática o Arte de la lengua general de los indios de los reynos del Pe-
rú, compuesta por el maestro fray Domingo de Santo Thomás, de la
Orden de Santo Domingo, así como, del mismo autor, el Lexicon o vo-
cabulario de la lengua general del Perú, ambos en la Oficina de Francis-
co Fernández de Córdova, Impresor de su Majestad Real.
Fray Domingo de Santo Thomás, como lo habían notado antes Ol-
mos y Molina respecto del náhuatl, señala que, aunque sigue “el mis-
mo orden que el de Antonio de Nebrija”, está describiendo una len-
gua “tan extraña, tan nueva, tan incógnita y tan peregrina en
nosotros, y tan nunca hasta ahora reducida a arte…”4 Ello, obviamen-
te, le ha obligado en muchos casos a apartarse de Nebrija.
La actuación de los frailes y las disposiciones de la Corona que im-
ponían el aprendizaje de las lenguas indígenas en quienes, como los
religiosos y curas seculares, debían tratar de continuo a los nativos,
hizo que la empresa lingüística no se limitara a los idiomas con ma-
yor número de hablantes. Apareció así el Arte de la lengua de Michoa-
cán (purépecha o tarasca), obra del tolosino fray Maturino Gilberti,
publicada en México por Juan Pablos en 1558. Un año más tarde vio
la luz el Vocabulario en lengua de Michoacán, del mismo autor y por el
mismo impresor.
Se imprimieron asimismo el Arte en lengua zapoteca (hablada en Oa-
xaca), compuesto por el dominico fray Juan de Córdova. En México,
en Casa de Pedro Balli, 1578; el Arte de la lengua mixteca por fray An-
tonio de los Reyes, en México, en Casa de Pedro Balli, 1593 y el Voca-
bulario en lengua mixteca, hecho por los padres de la Orden de Predi-
cadores y últimamente recopilado y acabado por el padre fray
Francisco de Alvarado. En México, en Casa de Pedro Balli, 1593. Dig-
no de mención es lo que el propio fray Francisco de Alvarado expre-

4 Fray Domingo de Santo Thomás, Grammática o Arte de la lengua general de los indios

del Perú, Valladolid, Oficina de Francisco Fernández de Córdoba, 1560, páginas preli-
minares. Existe reproducción facsimilar con transliteración y estudio de Rodolfo Ce-
rrón Palomino, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1994.
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 55

sa en su “Prólogo al lector”: “Los indios –dice– son los mejores maes-


tros para esto y han sido los autores” (del Vocabulario).5
El Arte de la lengua mexicana, compuesto por el padre Antonio del
Rincón de la Compañía de Jesús, en México, en Casa de Pedro Balli,
1595, constituye la última de las grandes aportaciones lingüísticas he-
chas en el XVI a propósito de un idioma amerindio. El padre Rincón,
emparentado con la antigua nobleza indígena de Tezcoco, enrique-
ció su obra con pertinentes precisiones de carácter fonológico.
En esta sumaria recordación restringida a trabajos de tema lingüís-
tico, no he dado entrada a otras numerosas publicaciones en las que
se incluyen sermonarios, doctrinas y diversas producciones de tema
religioso en lenguas indígenas. Mencionaré al menos un pequeño li-
bro aparecido en 1600, es decir, al cerrarse el siglo XVI. En el mismo
se incluyeron importantes textos de la antigua tradición indígena en
náhuatl: Huehuehtlahtolli [“Antigua palabra”], que contiene las pláticas
que los padres y madres hicieron a sus hijos y a sus hijas y los señores a sus va-
sallos, todas llenas de doctrina moral y política, publicadas y enriquecidas
por fray Juan Baptista. En Tlatelolco, impreso por Melchor Ocharte.
Año de 1600. Este precioso libro, en el que se transcribe en náhuatl
un conjunto de antiguos discursos, recoge algunos de los más impor-
tantes testimonios de la sabiduría prehispánica.
El siglo XVII siguió siendo tiempo propicio para la edición de otras
varias artes o gramáticas de la lengua náhuatl o mexicana, como las
de Diego de Galdo Guzmán (1642); la muy rica en descripciones de
aspectos antes no tomados en cuenta, estructurales y fonológicos, del
jesuita Horacio Carochi (1645) y las debidas a fray Agustín de Vetan-
curt (1673), al bachiller Antonio Vázquez Gastelu (1689), a fray Juan
Guerra, sobre el náhuatl de occidente (1692) y otras varias más. De
gran interés, como una de las primeras guías de conversación con fra-
ses sobre una multitud de temas, apareció en repetidas ediciones el
que Pedro de Arenas intituló Vocabulario manual de las lenguas castella-
nas y mexicana (1611, 1668, 1683, 1690…). De ella Ascensión H. de
León-Portilla ha ofrecido una reedición con amplio estudio introduc-
torio, Universidad Nacional, 1983.

5 Fray Francisco de Alvarado, Vocabulario en lengua mixteca, México, en casa de Pe-

dro Balli, 1593, páginas preliminares.


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56 miguel león-portilla

De los idiomas del tronco mayense, aunque pronto se elaboraron


artes y vocabularios de algunos –en particular del maya yucateco y del
quiché de Guatemala–, sólo hasta fines del XVII, empezó a haber pu-
blicaciones sobre ellos. Cabe mencionar el Arte de la lengua maya, com-
puesto por fray Gabriel de San Buenaventura, definidor de la Provin-
cia de San José de Yucatán. En México, por la viuda de Bernardo
Calderón. Año de 1684. También aparecieron gramáticas de lenguas
con mucho menor número de hablantes y con vigencia en las que
pueden tenerse como regiones marginales. Citaré al menos una: el
Compendio del Arte de la lengua de los tarahumares y guazapares, por el pa-
dre Thomás de Guadalajara, jesuita. En la Puebla de los Ángeles, por
Diego Fernández de León. Año 1683.
Del impresionante caudal de aportaciones lingüísticas a partir del
inicio del Encuentro de Dos Mundos –tanto de las impresas como de
muchas inéditas hasta fines del siglo XVIII– se han elaborado varias bi-
bliografías y otros géneros de estudios. Sobresale la obra del inicia-
dor de la moderna lingüística comparada, Lorenzo Hervás y Pandu-
ro, Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas…, publicado en seis
volúmenes, Madrid, 1800. Si bien no se restringe él a los idiomas del
Nuevo Mundo, dedica a éstos muy amplio espacio. Trabajo, también
pionero, fue el de Hermann Ludewig, The Literature of American Abo-
riginal Languages, Londres, 1858. Mención muy particular merece la
contribución de Cipriano Muñoz y Manzano, conocido como Conde
de la Viñaza, Bibliografía española de lenguas indígenas de América, Ma-
drid, 1892, que incluye y describe 1188 títulos de obras, abarcando
las de temas religiosos y otras, inéditas e impresas.
Además de los bien conocidos trabajos de bibliografía no restrin-
gida a lenguas indígenas, de autores como Joaquín García Icazbalce-
ta, José Toribio Medina y otros, hay que recordar a quien llegó a ser
presidente de la Argentina, Bartolomé Mitre, al que se debe un Catá-
logo razonado de las lenguas indígenas de América, en dos volúmenes, Bue-
nos Aires, 1909.
Entre las aportaciones más recientes sobresale una referida exclu-
sivamente a la lengua náhuatl o mexicana que es, sin duda, la que ha
sido objeto de mayor estudio y que posee una rica literatura, además
de ser hablada hasta el presente por cerca de dos millones de perso-
nas. Dicha aportación se debe a Ascensión H. de León-Portilla, Tepuz-
tlahcuilolli. Impresos en náhuatl. Historia y bibliografía, 2 vols., México,
UNAM, 1988. La autora ofrece en ella la historia de la lingüística y fi-
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 57

lología en relación con el náhuatl e incluye una bibliografía comen-


tada que comprende cerca de 3000 obras.

LAS A VECES OPUESTAS DISPOSICIONES DE LA CORONA EN MATERIA


LINGÜÍSTICA

En tanto que hay testimonios provenientes de 1531 que muestran que


desde muy tempranas fechas hubo frailes empeñados en preparar un
“arte” o gramática del náhuatl, existen también reales cédulas expe-
didas hacia mediados del mismo siglo XVI en que se urgía a las auto-
ridades virreinales y a los superiores de las órdenes religiosas se ense-
ñara a los indios la lengua castellana. Así, el 7 de junio de 1550 el
emperador Carlos I manifestó que:

Habiendo hecho particular examen sobre si aun en la más perfecta lengua


de los indios se pueden explicar bien y con propiedad los misterios de nues-
tra Santa Fe Católica, se ha reconocido que no es posible sin cometer gran-
des disonancias e imperfecciones y, aunque están fundadas cátedras donde
sean enseñados los sacerdotes que hubieren de doctrinar a los indios, no es
remedio bastante, por ser mucha la variedad de lenguas.6

Tras expresar estas consideraciones, en la misma real cédula se tras-


mite el siguiente mandato:

Y habiendo resuelto que convendría introducir [la lengua] castellana, orde-


namos que a los indios se les pongan maestros que enseñen a los que volun-
tariamente la quisieren aprender como les sea menos molesto y sin costa, y
ha parecido que esto podrían hacer bien los sacristanes como en las aldeas
destos reynos enseñan a leer y escribir y la doctrina christiana.7

La reacción de los frailes no se dejó sentir y fue de abierta oposi-


ción. Una idea surgió entonces entre algunos de ellos. Fue ella la de
valerse del náhuatl –que desde los tiempos prehispánicos había alcan-

6 Recopilación de las leyes de los reynos de las Indias, 3 vols., Madrid, 1943, vol. II, p. 193.
7 Ibid.
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58 miguel león-portilla

zado muy grande difusión– preparando para tal fin a buen número
de maestros y escribanos. Consideraban, quienes así se manifestaron,
que aun a los indios que no tenían dicha lengua como materna, les
resultaría más fácil aprenderla que la castellana. En apoyo de esta ase-
veración pudieron aducir tal vez, conociendo otros idiomas mesoa-
mericanos, que la estructura morfémica y sintáctica –o como dirían,
la frasis del náhuatl– guardaba mayores semejanzas que la del caste-
llano con lenguas como el zapoteco, mixteco y otras.
Así en una “Relación que [en 1569] los franciscanos de Guadala-
jara dieron…” no dudaron en declarar que: “Han trabajado, por la
mucha diversidad de lenguas que hay en esta tierra, de enseñar una
lengua, que es la mexicana y más general…”8
Consta que en la segunda mitad del siglo XVI y parte del XVII había
en lugares muy apartados del centro de México escribanos que redac-
taban numerosos escritos en náhuatl. De ello son prueba los escritos
en náhuatl, no pocos ya publicados, procedentes de varios pueblos
de los actuales estados de Jalisco, Zacatecas, Colima, Durango, Gue-
rrero, Chiapas, Tabasco, Campeche y aun de Guatemala y otras po-
blaciones de América Central.9
Cartas y otras relaciones de los frailes convencieron a Felipe II de
la conveniencia de que se adoptara, como lo querían ellos, el náhuatl
como medio para la evangelización y la unificación lingüística de la
Nueva España. La investigadora Shirley Brice Heath cita a este respec-
to varias reales cédulas de Felipe II que corroboran lo dicho.10 No sig-
nificó esto, desde luego, que el náhuatl llegara a adoptarse en regio-
nes como Yucatán y otras donde tenían muy antiguo y hondo arraigo
otras lenguas. En cambio sí hubo alguna penetración, aunque limi-
tada, del idioma mexicano en algunas de las áreas norteñas del país.
Esto explica que, ya en el reinado de Felipe III, se expidieran reales
cédulas mandando que los misioneros de esas y otras regiones cono-
cieran los idiomas hablados en éstas y también el náhuatl. Y, aunque

8 “Relación que los franciscanos de Guadalajara dieron de los conventos que tenía

su orden”, Códice Franciscano, México, Editorial Chávez Hayhoe, s.f., p. 153.


9 Como muestras citará dos cartas que publiqué de un lugar muy apartado del cen-

tro de México: “Un cura que no viene y otro al que le gusta la india Francisca: dos car-
tas en náhuatl de la Chontalpa, Tabasco, 1579-1580”, en Estudios de cultura náhuatl, Mé-
xico, UNAM, 1994, vol. 24, pp. 139-170.
10 Shirley Brice Heath, op. cit., pp. 49-54.
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 59

con timidez, volvió entonces a insistirse en la conveniencia de enseñar


a los indígenas la lengua castellana.
En forma más radical se había pronunciado desde 1639 y luego en
1647 un prestigiado jurisconsulto, Juan de Solórzano y Pereyra, maes-
tro en la Universidad de Salamanca, más tarde oidor en Lima y miem-
bro del Consejo de Indias hasta llegar al Real Supremo Consejo de
Castilla. En su obra Política indiana (1647), aparecida primero en la-
tín con el título de De Indiarum iure (1639), tomando muy en cuenta
las reales cédulas y otros ordenamientos emitidos, elabora lo que, co-
mo su título lo expresa, ha de constituir una “política” o conjunto de
normas de aplicación necesaria en los diversos campos de la adminis-
tración pública de las Indias. Tras discurrir ampliamente sobre si con-
viene o no imponer el castellano en las Indias, concluye:

No hallo causa para que [a] nadie se le pudiese ni pueda hacer duro o nuevo
este precepto de que los indios fuesen obligados a aprender y hablar nuestra
lengua; pues no ha habido cosa más antigua y frecuente en el mundo que man-
dar los que vencen o señorean nuevas provincias que luego en ellas se reciba
su idioma y costumbres; así para mostrar en esto el derecho de su dominio y
superioridad, como para tenerlos más conformes y unidos en sus gobiernos.11

Sin embargo ni esta recomendación ni las ulteriores disposiciones,


algunas apremiantes, emitidas por Felipe IV y Carlos III, lograron real-
mente que se promoviera de modo eficaz la implantación del castella-
no entre los indios. La gran mayoría de éstos mantenían su lengua pro-
pia y buen número se comunicaba asimismo en náhuatl. Además de
que en no pocos conventos se seguían enseñando gramática, lectura
y escritura sobre todo en náhuatl, en 1642 se instituyeron en la Real y
Pontificia Universidad cátedras de las lenguas mexicana y otomí. Pri-
mer catedrático de ambas fue fray Diego de Galdo Guzmán, autor por
cierto de un Arte de la lengua mexicana, publicado ese mismo año.
Con el advenimiento de los Borbones la situación, en lo tocante a
las lenguas indígenas, aunque lenta y parcialmente, empezó a cam-
biar. De hecho, ya en pleno reinado de Carlos III, “la castellanización”
como se diría más tarde, había avanzado bien poco. De ello dan tes-
timonio varios escritos y disposiciones, entre otros, del arzobispo de

11 Juan de Solórzano y Pereyra, Política indiana, 2 vols., Madrid, 1647, vol. I, p. 399.
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60 miguel león-portilla

México, Francisco Antonio de Lorenzana, apoyado por el virrey mar-


qués de Croix. En su célebre carta “Pastoral para que los indios apren-
dan castellano”, enumeraba las razones por las que, a su juicio, había
que acabar con la multiplicidad de las lenguas indígenas e imponer,
de una vez por todas, el castellano. Carlos III pronto reaccionó en fa-
vor de esta manifestación y ordenó tajantemente se enseñara el cas-
tellano universalmente a los indígenas.
Trasladado Lorenzana a la sede cardenalicia de Toledo, y sustitui-
do el marqués de Croix por Antonio María de Bucareli como autori-
dad suprema en el virreinato, ni lo promovido antes ni las reiteradas
reales órdenes alteraron sustancialmente la situación. En vísperas ya
del siglo XIX y del movimiento emancipador de México la gran mayo-
ría de los indígenas mantenía vivas sus lenguas. Ni siquiera había pros-
perado un deseado bilingüismo. El náhuatl, eso sí, estaba perdiendo
su carácter de lingua franca.
Puede decirse, en suma, que las lenguas indígenas durante el perio-
do virreinal habían sobrevivido gracias a tres factores principales. Uno
fue el empeño de los mismos hablantes de ellas que, a pesar de todos
los pesares, las conservaron como elemento preciado de su identidad.
Otro fue la persuasión y voluntad de los frailes convencidos de que,
sólo a través de las lenguas nativas, podría llevarse a cabo adecuada-
mente la evangelización. Un factor más consistió en la actitud de la
Corona española. Aunque, ésta, según vimos, mostró en varios mo-
mentos su determinación de implantar el castellano, de hecho asumió
una actitud tolerante e incluso apoyó acciones para el mantenimien-
to, enseñanza y difusión de dichos idiomas. Tal fue el caso de la crea-
ción de las cátedras de náhuatl y otomí en la Universidad. Deben re-
cordarse también las disposiciones que en varias reales cédulas se
transmitieron en el sentido de que sólo los frailes y clérigos que cono-
cieran las lenguas habladas en una determinada región podrían en-
cargarse de las tareas de cristianización de los correspondientes indios.

LAS LENGUAS INDÍGENAS DURANTE EL SIGLO XIX

Límites de espacio me impiden adentrarme en un estudio porme-


norizado de lo que ocurrió a los indígenas y a sus lenguas durante
el primer siglo de vida independiente de México. La ya citada Shir-
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 61

ley Brice Heath, así como Gonzalo Aguirre Beltrán, se han ocupado
de esto. En resumen, puede decirse que el primer siglo de vida in-
dependiente de México en ningún sentido fue favorable a las len-
guas indígenas. Si ellas, en su mayoría, perduraron fue paradójica-
mente gracias a la falta de atención que les concedieron el Gobierno
y otras instituciones públicas y privadas. Arrinconados los indígenas
en regiones poco propicias a su desarrollo económico y cultural,
mantuvieron allí vivos los que con desprecio se tenían como “sus dia-
lectos”.
A la luz de ideales igualitarios, desde la promulgación del Plan de
Iguala en 1821 y luego en la Constitución de 1824, se impuso el cri-
terio de que, por ser mexicanos todos los habitantes del país, no de-
bía haber diferencias en los ordenamientos jurídicos. Esto abarcó na-
turalmente el campo de la educación y en él todo lo tocante a las
lenguas indígenas. Así se silenció formalmente la palabra de los des-
cendientes de los pueblos originarios que durante tres siglos habían
hecho llegar sus demandas y quejas en su propia lengua.
Los indios, ante los ojos de hombres como el doctor José María
Luis Mora y Valentín Gómez Farías, debían ser tratados de manera
igual que el resto de los ciudadanos. Para alcanzar la anhelada uni-
dad nacional en un país sumamente extenso y con una población
muy dispersa, la educación tendría como objetivo impartir a todos
una misma enseñanza en la que debía ser la lengua nacional, es de-
cir el castellano. Se pensó que así se superarían la marginación y atra-
so de los indios.
En medio de una recurrente inestabilidad política, grandes penu-
rias económicas, asonadas e incluso guerras extranjeras –con Francia
y los Estados Unidos– las poblaciones indígenas continuaron margi-
nadas y desatendidas en todas sus necesidades, incluyendo las educa-
tivas. Tan sólo en caso de sublevaciones y guerras se dirigía la aten-
ción a los indios para reclutarlos forzadamente por el procedimiento
de la leva.
Con la Constitución de 1857 la situación de los pueblos nativos em-
peoró. Al quedar suprimido el régimen de propiedad comunal en to-
das sus formas, los pueblos indígenas iban a verse privados de sus tie-
rras y territorios poseídos desde tiempos ancestrales. Ello sería la
causa de su depauperamiento y marginación aún más radicales. Iró-
nicamente fue en ese contexto cuando al implantarse el efímero im-
perio de Maximiliano (1863-1867), se les quiso restituir las propieda-
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62 miguel león-portilla

des mantenidas de forma comunal. Varios decretos expidió con tal


propósito Maximiliano, por cierto en castellano y también en ná-
huatl.12 Con esto quiso él enfatizar la importancia que concedía a las
lenguas indígenas. La caída del fugaz imperio desvaneció bien pron-
to lo que pudo tenerse como indicio de apoyo para la conservación
y fomento de éstas.
Entre los estadistas liberales que colaboraron luego con Benito Juá-
rez, es digno de especial mención el escritor y pensador Ignacio Ra-
mírez. Propugnó él por el establecimiento de un sistema educativo
en el que se emplearan tanto el castellano como el idioma indígena
de las distintas regiones. Sostenía que sólo así podrían los niños abo-
rígenes desarrollar plenamente sus facultades mentales. Llegó inclu-
so a proponer que, en función de las lenguas que se hablaban, se es-
tablecieran las distintas jurisdicciones geopolíticas en el país. Sus
ideas, como podría esperarse, quedaron en el campo de la utopía.13
Muy contrario a ellas fue el filósofo positivista Gabino Barreda, fun-
dador de la Escuela Nacional Preparatoria y promotor de un nuevo
sistema educativo en todo el país. En él debían impartirse enseñan-
zas siempre en castellano en un plan igualitario sin distinción alguna
racial o étnica. Y aunque por ese tiempo –últimas décadas del siglo
XIX– hubo personas y aun algunas instituciones interesadas en inves-
tigar acerca de las culturas y lenguas indígenas, la situación de los des-
cendientes de los pueblos originarios no mejoró por ello un ápice.
Cabe mencionar al menos los nombres de los más destacados estu-
diosos, mexicanos y extranjeros, que hicieron aportaciones de consi-
derable valor acerca de los idiomas nativos: Francisco Pimentel, Ma-
nuel Orozco y Berra, Joaquín García Icazbalceta, Francisco Belmar,
Eduard Seler, Johann Karl Eduard Buschmann y algunos más. Sus tra-
bajos, sin embargo, no rebasaron los ámbitos académicos.
Tal vez más que nunca prevaleció entonces la idea de que los idio-
mas indígenas eran un enorme escollo para alcanzar la integración
de los indios a la “cultura nacional” y realizar así una unidad sin la
cual no parecía imaginable el país. El célebre Justo Sierra, siendo mi-

12 Véase Fernando Horcasitas, “Un edicto de Maximiliano en náhuatl”, en Tlalocan,

México, 1963, vol. 4, núm. 3, pp. 230-235.


13 Sobre las ideas de Ignacio Ramírez en relación con las lenguas indígenas, véase

Shirley Brice Heath, op. cit., pp. 111-114.


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el destino de las lenguas indígenas de méxico 63

nistro de educación, tipificó esta postura cuando, al inaugurarse el


Consejo Superior de Educación Pública, declaró:

La poliglosia [pluralidad lingüística] de nuestro país es un obstáculo a la pro-


pagación de la cultura y a la formación plena de la conciencia de la patria […]
Ello os dará la clave de por qué los autores de la primitiva ley de instrucción
pública, llamamos al castellano lengua nacional […] siendo la sola lengua es-
colar llegará a atrofiar y destruir los idiomas locales y así la unificación del ha-
bla nacional, vehículo inapreciable de la unificación social, será un hecho. 14

Estas palabras, pronunciadas el 13 de septiembre de 1902 por Jus-


to Sierra, son como la sentencia de muerte que se quería aplicar, de
una vez por todas, a las lenguas indígenas. Y, sin embargo, los hablan-
tes de ellas, arrinconados como peones en las haciendas o viviendo
en regiones de refugio, casi todos analfabetas, depauperados y exclui-
dos radicalmente de la vida económica, social y política de México,
continuaban hablando en su gran mayoría sus idiomas maternos. Tal
vez lo hacían porque no les quedaba otra cosa. Paralelamente a esa
dramática situación había intelectuales que estudiaban y apreciaban
con admiración el legado indígena, incluyendo el de sus lenguas. El
gobierno costeaba exploraciones arqueológicas y erigía monumentos
a héroes indígenas como el que por ese tiempo se levantó en honor
de Cuauhtémoc en el cruce de dos de las más importantes avenidas
de la ciudad de México. Ésa era la situación imperante en vísperas del
estallido de la Revolución mexicana de 1910.

LOS PUEBLOS INDÍGENAS Y SUS LENGUAS A PARTIR DE LA REVOLUCIÓN


MEXICANA

Consecuencia tangible de la Revolución fue la nueva Constitución


promulgada en 1917. En su nuevo artículo 27 se prescribió la resti-
tución de tierras en forma comunal a los pueblos indígenas. Otros

14 Justo Sierra, “Discurso pronunciado el día 13 de septiembre del año de 1902 con

motivo de la inauguración de Consejo Superior de Educación Pública”, en Discursos


de…, México, 1919, p. 191.
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64 miguel león-portilla

aspectos de sus derechos quedaron al margen del interés de los cons-


tituyentes. Es cierto que se produjo entonces un movimiento de exal-
tación de lo indígena pero éste se dirigió más a revaluar el legado
prehispánico que a atender los requerimientos de su realidad con-
temporánea. En lo que se conoció más tarde como indigenismo an-
tropológico cabe distinguir dos corrientes que, con matices distintos,
iban a tener larga vigencia.
Una partió de la idea de que los indígenas continuaban viviendo
en situaciones precarias precisamente porque sus formas de cultura
eran anacrónicas y no les permitían acceder a la modernidad que bus-
caba el país. En lo que concierne a sus lenguas se siguió pensando
que eran ellas una barrera para la comunicación de los indígenas con
el resto de la población. Por ello había que castellanizarlos y alfabe-
tizarlos en la que se llamaba “lengua nacional”. La clave, en suma, era
asimilarlos o incorporarlos a la cultura de la gran mayoría de los me-
xicanos.
La otra corriente tomó como punto de partida el reconocimien-
to de que México está constituido por un conjunto de pueblos con
lenguas y culturas diferentes. Manuel Gamio, que fue el principal
promotor de esta corriente, si bien reconoció la importancia del mes-
tizaje y el hecho de que en diversos grados y formas los pueblos in-
dígenas también habían recibido la influencia de la mestización cul-
tural, puso a la vez de relieve que éstos perduraban con sus grandes
diferencias y sus propias lenguas.
Gamio concibió entonces un proyecto de investigación con un
enfoque integral. Como lo señaló en La población del valle de Teotihua-
cán (1922), había que ahondar en el conocimiento de las diferen-
cias culturales y lingüísticas prevalecientes en México. Para ello se
fijó en distintas regiones del país que podían tenerse como más re-
presentativas de esa diversidad cultural. Su propósito último era pro-
poner al gobierno federal y a los estatales diversas acciones que per-
mitieran a quienes habían mantenido sus diferencias culturales y
lingüísticas acceder a la realidad social, económica y política de Mé-
xico. En otras palabras tales formas de acción se dirigían a acabar
con la exclusión de los indios de la vida del país. Ello, en el pensa-
miento de Gamio, no implicó promover el desvanecimiento de las
identidades indígenas. Hablando en un foro panamericano, señaló
Gamio la necesidad de revisar muchas de las constituciones latinoa-
mericanas ya que en ellas, al no ser tomados en cuenta los indíge-
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 65

nas, quedaron excluidos del marco político del país. Entre otras
ideas expresó:

Hasta la fecha las constituciones y legislaciones de México independiente han


sido derivadas de este segundo grupo [el de cultura europea o europeizan-
te] y tendieron a su mejoría, quedando abandonada la población indígena
más radicalmente que lo fue por los legisladores de la monarquía europea
quienes crearon por el indio y para el indio las famosas Leyes de Indias que
constituyeron barrera poderosa a su triste debilidad.15

Siempre con la idea de poner fin a la exclusión de que eran obje-


to los pueblos indígenas, señaló la necesidad de que llegaran a estar
representados en el Congreso por legisladores miembros de sus pro-
pias comunidades.16 Y así como planteó esta necesidad, insistió en re-
petidas ocasiones en puntos muy relacionados con el tema de la au-
tonomía indígena. Llegó así a sostener que entre los grupos indígenas
de América están íntima y dinámicamente arraigadas las ideas demo-
cráticas. Éstas deben respetarse en sus formas de gobierno y en su or-
ganización social interior.17 Corresponde, por tanto, a los pueblos in-
dígenas elegir sus autoridades, diseñar las formas de su organización,
al igual que los sistemas de aprovechamiento de sus recursos natura-
les. Todo esto lo llevó a señalar, una y otra vez, que había que refor-
mar la Constitución ya que contenía artículos que resultaban del to-
do inapropiados y excluyentes para los indígenas.18
En lo tocante específicamente a las lenguas indígenas, si bien re-
conoció la conveniencia de que los distintos pueblos indígenas, para
comunicarse unos y otros y con el resto de la población, debían tener
acceso al conocimiento del castellano, reiteró que en ello había que
proceder siempre “sin perjuicio de que se estudien y cultiven también
las lenguas indígenas”.19 Un ejemplo lo dio el mismo Gamio que tu-
vo un cierto conocimiento del náhuatl.

15 Manuel Gamio, Forjando Patria, México, Editorial Porrúa, 1960, p. 71 (1a. ed.,

1916).
16 Ibid., p. 76.
17 Ibid., p. 199.
18 Loc. cit.
19 Manuel Gamio, La población del valle de Teotihuacán, 3 vols., México, Secretaría de

Agricultura y Fomento, Dirección de Antropología, 1922, p. xxxv.


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66 miguel león-portilla

Su pensamiento y acción influyeron mucho en el indigenismo me-


xicano y del continente. Hallándose al frente del Instituto Indigenis-
ta Interamericano, creado en 1940 como consecuencia del congreso
de Pátzcuaro, celebrado con el patrocinio del presidente Lázaro Cár-
denas, promovió la creación de Institutos Nacionales Indigenistas en
varios países del continente. En México Alfonso Caso, con otros an-
tropólogos como Julio de la Fuente, Gonzalo Aguirre Beltrán y Alfon-
so Villa Rojas, que dieron origen al Instituto Nacional Indigenista, se
concentraron en fomentar el desarrollo de comunidades nativas en
campos como el de la educación, las actividades económicas, la salud
y el bilingüismo.
Sin embargo, no se puso énfasis en los puntos que, citando a Ga-
mio, he señalado. Me refiero al reconocimiento jurídico de las auto-
nomías en el régimen interno de los pueblos indios, la vigencia de su
derecho tradicional, su representación en las cámaras, el cultivo, in-
cluso literario, de sus lenguas, así como el tema de sus tierras y terri-
torios. Atender directamente a todo esto iba a ser consecuencia del
clamor indígena de tiempos más recientes.

EL DESTINO DE LAS LENGUAS INDÍGENAS EN EL TERCER MILENIO

Los procesos de globalización que, cada vez más intensos, se dejan


sentir, obviamente afectan también a las lenguas de los pueblos indí-
genas. ¿Los llamados idiomas ecuménicos –en particular, el inglés y,
en menor grado, otros como el castellano– acabarán por relegar al
olvido a las lenguas de las minorías, como es el caso de las habladas
por los indígenas de México y de otros países?
Desde luego que en el universo de las muchas lenguas vernáculas
hay incontables diferencias que pueden influir en sus respectivos des-
tinos. El número de hablantes de una lengua es un factor de muy
grande importancia. Pensemos en el caso de la lengua seri, hablada
en Sonora por sólo algunos centenares de personas o en el de los va-
rios idiomas yumanos de grupos muy reducidos en el norte de Baja
California. Otra, en cambio, es la situación de lenguas mesoamerica-
nas como el náhuatl, el maya, yucateco, el otomí, el zapoteco y el mix-
teco que, a pesar de todos los pesares, mantienen considerable vigen-
cia en amplios territorios.
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 67

Suele afirmarse que la salud de una lengua está en razón directa


no sólo del número de personas que la mantienen viva sino también
de su utilidad como instrumento de comunicación ante la concurren-
cia de otro idioma de vigencia mayoritaria con el que tiene que coe-
xistir. Cuando el empleo de una lengua se torna, por así decirlo, ar-
tificial, ya que no responde a requerimientos sociales, económicos y
simplemente culturales, su vida invariablemente entra en peligro. Y
esto mismo se acentúa sobremanera cuando el número de quienes la
hablan se ve cada vez más disminuido.
¿Qué podemos decir, a la luz de esto, sobre el destino, en el tercer
milenio, del náhuatl y en general de las lenguas de los pueblos origi-
narios de México? Una primera forma de respuesta es que hay algu-
nas cuya perduración correrá cada día mayor peligro. Es un hecho
innegable que lenguas como el paipai, el kiliwa, el warojio (o guari-
jío) y otras varias más se encuentran en tal situación. Refiriendo aho-
ra la pregunta a las lenguas mesoamericanas que hasta hoy son habla-
das por varios cientos de miles de personas e incluso por cerca de casi
dos millones en el caso del náhuatl, debe reconocerse que no por es-
to deja de estar amenazada su sobrevivencia.
El tercer milenio traerá consigo una nunca antes vista aceleración
en los procesos de globalización. Algunos de éstos son inevitables y,
debidamente canalizados, pueden tenerse como positivos. Tal es el
caso, por ejemplo, de los procesos de globalización de la tecnología
electrónica y de los conocimientos derivados de muchas ramas de las
ciencias físico-matemáticas y naturales. Y si bien en esos campos no
deja de haber riesgos, como serían algunas de sus influencias en de-
trimento de la naturaleza, hay otros muchos procesos globalizantes
que, más allá de cualquier duda, se presentan como adversos en el
universo de la cultura.
Reiteraré que en la actualidad hay unas cuantas lenguas que pue-
den considerarse como ecuménicas o al menos de cada vez más am-
plia vigencia en el mundo. Una de ellas, el inglés, es una lingua fran-
ca. El español se impone cada vez más en el ámbito latinoamericano
donde hasta hoy han subsistido, casi arrinconadas, las lenguas de los
pueblos originarios.
¿Es de prever que en el próximo milenio no ya sólo el inglés sino
también el español se convertirán en un reto para la supervivencia
de las lenguas indígenas? Intentemos una respuesta, no ya teórica si-
no encaminada a promover determinadas formas de acción. Reco-
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68 miguel león-portilla

nozcamos, en primer lugar, que toda lengua tiene atributos que ha-
cen valiosa su perduración en el universo cultural. Cada lengua es
una especie de gran ordenador, con características propias, del pen-
samiento humano. Por eso cuando muere una lengua, la humanidad
se empobrece. Pero además, para el pueblo que tiene como mater-
na una lengua es ella elemento insustituible en su discurrir y desa-
rrollarse en el mundo. Es parte esencial de su propio legado. Siendo
esto así, la pluralidad de lenguas en un determinado país debe reco-
nocerse, al igual que su biodiversidad, como uno de sus más grandes
tesoros.
Ahora bien, ¿cómo puede encauzarse la convivencia de las lenguas
de los pueblos originarios con la lengua, bien sea oficial o de uso ma-
yoritario, en un país? Recordaré aquí un par de anécdotas. El poeta
mazateco, y presidente de la asociación de escritores en lenguas indí-
genas Juan Gregorio Regino, manifestó en una reunión nada menos
que ante el antiguo Secretario de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, lo
siguiente: “Usted, don Javier, probablemente habla varios idiomas, es-
pañol, inglés, francés y quizás otros. Pero no tiene usted algo que yo
sí tengo. Yo poseo dos lenguas maternas, el mazateco que me acerca
con mi gente. Lo hablo con mi mujer y mis hijos, mis padres y mis
abuelos. En esta lengua puedo conversar con cerca de ciento cuaren-
ta mil personas. Pero el español, que también desde niño escuché de
labios de mi madre que hablaba en esa lengua con los que no enten-
dían mazateco, el español, es también lengua que por esto tengo asi-
mismo como materna. Además el español me permite comunicarme
con los hermanos indígenas que hablan idiomas que desconozco y
también puede acercarme a casi cuatrocientos millones de hombres
y mujeres en toda nuestra América, en España y en otros lugares”.
A su vez, Natalio Hernández Xocoyotzin, de estirpe náhuatl, fue
protagonista de lo que ahora recordaré. En ocasión del XI Congreso
de las Academias de la Lengua Española, celebrado en Puebla en oc-
tubre de 1998, fue invitado a hablar en la sesión de clausura. Natalio
Hernández, director de la Casa de Escritores en Lenguas Indígenas,
fue breve y contundente. “El español también es nuestro” fue el títu-
lo de su intervención. Coincidiendo con el poeta mazateco Juan Gre-
gorio Regino, hizo ver a los académicos que la preservación y el cul-
tivo de las lenguas indígenas en modo alguno se contrapone con la
aceptación del idioma español. Éste, por su misma vigencia es ya per-
tenencia de todos y, en países multilingües como México, viene a ser
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el destino de las lenguas indígenas de méxico 69

un valioso medio de comunicación entre los hablantes de tantas y tan


distintas lenguas.
Las reflexiones de estos dos distinguidos maestros de la palabra,
descendientes de los pueblos originarios de México, desvanecen la
objeción que suele hacerse contra la perduración de las lenguas ver-
náculas. Es del todo falso que la conservación de ellas signifique un
riesgo de fragmentación cultural y menos todavía un peligro para el
fortalecimiento de la lengua que hablan hoy cerca de cuatrocientos
millones de seres humanos. En realidad, como lo muestra la historia,
las lenguas indígenas han contribuido considerablemente al enrique-
cimiento del léxico del español y asimismo, de diversas formas, a ma-
tizar las hablas regionales de cuantos tenemos como propia la lengua
de Cervantes en el Nuevo Mundo.
Lo que verdaderamente importa, en lo que concierne al destino de
las lenguas indígenas en el tercer milenio, es encontrar los medios que
propicien no sólo su perduración sino su enriquecimiento y cultivo li-
terarios. Partiendo de la idea de que cuando muere una lengua la hu-
manidad se empobrece, lo primero será concientizar de su valor a sus
propios hablantes y a cuantos no han tenido aprecio alguno por ellas,
considerándolas con frecuencia como “meros dialectos de los indios”.
Hacer ver que toda lengua, en cuanto sistema de signos, es un manan-
tial de simbolización, que abre camino a una pluralidad ilimitada de
concepciones del mundo y que, más allá de su primordial valor en las
esferas del pensamiento y de la comunicación, alcanza en la creación
poética atisbos insospechados, incluso revelación de misterios.
Si, al igual que la biodiversidad, la pluralidad de lenguas es uno de
los más preciados patrimonios de la humanidad, hay que encontrar
los medios que impidan la muerte de idiomas que han existido en el
Nuevo Mundo a través de milenios.
La educación bilingüe, debidamente implementada, será ya ina-
plazable. Los niños descendientes de los pueblos originarios agiliza-
rán sus mentes al penetrar en los secretos de sus dos lenguas mater-
nas, la suya vernácula y el español. Lejos de avergonzarse de hablar la
primera, tendrán orgullo de ser bilingües, conscientes de que poseen
dos formas distintas de comunicarse y concebir el mundo. Todo esto
propiciará la creación literaria en la lengua vernácula. La gran litera-
tura mexicana y también la gran literatura iberoamericana incluirán
como partes insuprimibles de sí mismas las nuevas y las antiguas crea-
ciones en las lenguas vernáculas. Los descendientes de los pueblos
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70 miguel león-portilla

originarios y todos cuantos conviven con ellos disfrutarán del antiguo


legado y de las creaciones de la nueva palabra en la gran sinfonía de
las lenguas indígenas.
¿Es todo esto una quimera o un mero deseo? En la realidad con-
temporánea de las últimas décadas del siglo XX y ahora ya en el nue-
vo milenio se están produciendo cambios muy significativos. Uno es
que México se reconoce ya a sí mismo, en el artículo cuarto de su
Constitución, como un país pluricultural y plurilingüe. En virtud de
dicho artículo corresponde al Estado mexicano implementar las for-
mas para el fomento de las culturas y lenguas indígenas. Otro cambio
que se está produciendo es el del creciente cultivo literario de lenguas
que habían permanecido del todo marginadas. Existe hoy literatura
–poesía, narrativa, teatro, lírica– en lenguas como el náhuatl, zapote-
co, mixteco, purépecha, otomí, maya yucateco, tzeltal, tzotzil y varias
otras.20 En la Casa de Escritores en Lenguas Indígenas se ofrecen ta-
lleres de redacción, clases de literatura indígena y de varias lenguas
nativas. Son ya numerosos los libros y revistas portadores de la Yancuic
tlahtolli, la Nueva Palabra. Existen varias estaciones de radio en que se
dan a conocer tales producciones. Pienso que también cada vez es más
grande el número de los no-indígenas que aprecian y disfrutan la lite-
ratura indígena y que quieren aprender una lengua vernácula.
Más allá de cualquier consideración, es un hecho que, en gran me-
dida, de nosotros dependerá el destino de las lenguas indígenas en
el tercer milenio. Tal vez lo único que éstas requieren para volver a
florecer es que, como las plantas a las que otra más grande hace som-
bra, se las libere de cualquier opresión. Entonces será verdad de nue-
vo lo que expresó un antiguo cuicapicqui, poeta del mundo náhuatl:
“No acabarán mis cantos, no morirán mis flores, yo cantor los elevo,
así llegarán a la casa del ave de plumas de oro”.

20 Son relativamente numerosas las publicaciones en que se dan a conocer produc-

ciones literarias en éstas y otras lenguas. Como muestra del aprecio que existe ya por
la literaturas indígenas contemporáneas, cabe mencionar que la prestigiosa editorial
Norton & Co., de Nueva York, que ha publicado grandes antologías de las literaturas
clásicas antiguas y de las principales lenguas europeas, ha incluido en su serie una obra
sobre las producciones mesoamericanas, desde las de la tradición prehispánica hasta
el presente: In the Language of Kings. An Anthology of Mesoamerican Literature, Pre-Colum-
bian to the Present, edición y estudios de Miguel León-Portilla y Earl Shorris, Nueva York,
Norton & Co., 2001.
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LA LABOR DE NEBRIJA COMO TERMINÓLOGO

NIDIA OJEDA ROSADO*

Hablar de la obra de Antonio de Nebrija no es empresa fácil; mucho


se ha dicho de ella y es también mucho lo que se ha de decir. Acer-
carse a su Gramática a través de la terminología nos permite vislum-
brarlo desde otra perspectiva y, a la vez, darle a la disciplina termino-
lógica una idea de historia o diacronía que no se ha acostumbrado
hasta ahora y que, inclusive, se le ha negado.
La labor de Nebrija como terminólogo se puede apreciar funda-
mentalmente en su Gramática de la lengua castellana, ya que es en ella
donde él se plantea la necesidad de “buscar nombres” para concep-
tos y relaciones conceptuales que él conoce y maneja, pero que re-
quieren de denominación. Esta situación es interesante pues presen-
ta al autor enfrentado a su propia capacidad de organización y
estructuración de su lengua materna, a la que conoce de manera muy
amplia y profunda.
El trabajo que se presenta en esta ocasión se divide en tres partes:
1] Breve acercamiento a la terminología, 2] Análisis de los términos
utilizados por Nebrija en su Gramática de la lengua castellana, específi-
camente en los libros tercero (Que es de la etimología y dición), y cuar-
to (Que es de sintaxi y orden de las diez partes de la oración); y, por último,
3] Conclusiones.

1. BREVE ACERCAMIENTO A LA TERMINOLOGÍA

La terminología como disciplina es muy reciente; sin embargo, la


práctica terminológica es muy anterior. Generalmente a ésta se la ubi-
ca desde el siglo XVIII con los trabajos realizados en las áreas de la quí-
mica, la botánica o la zoología, en los que destaca el interés que en la
fijación de los nombres de los conceptos científicos tenían y han te-

* UNAM/ENEP-Acatlán.

[71]
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72 nidia ojeda rosado

nido siempre los especialistas. Hacia el siglo XIX, con el avance de las
ciencias, se comienza a manifestar de manera más sistemática y orde-
nada la necesidad de disponer de registros de formación de términos
para cada disciplina. Es en el siglo XX cuando aparece el interés por
parte de los técnicos debido al acelerado progreso de las tecnologías,
que necesitan denominar nuevas realidades y conceptos y, a la vez, or-
ganizar esas nuevas denominaciones:

Así surgen, precisamente en el campo de la ingeniería, el austríaco E. Wüs-


ter (1898-1977), considerado el fundador de la terminología moderna y prin-
cipal representante de la llamada escuela de Viena, y el ruso D. S. Lotte (1889-
1950), fundador de la escuela soviética de terminología.1

La terminología clásica o Teoría General de la Terminología (TGT),


representada por Wüster, centra su atención en los conceptos y se
orienta hacia la normalización de términos y nociones con la finali-
dad de asegurar la univocidad de la comunicación profesional. Fren-
te a esta concepción de terminología surge la posición de María Te-
resa Cabré y su Teoría comunicativa de la Terminología (TCT), que
busca fundamentos para una nueva teoría basada en los principios
del lenguaje y en el carácter sociocultural de éste. Esta teoría requie-
re, según su autora, que:

se contemple la variación lingüística en toda su dimensionalidad, se asuma


la condición de adecuación de los términos y se integren los aspectos psico-
lingüísticos implicados (compartidos con la perspectiva cognitiva) y los ele-
mentos sociolingüísticos relacionados (compartidos con la perspectiva so-
cial). Al lado de estas condiciones, la propuesta debe asumir además que
tanto el conocimiento especializado, como las unidades terminológicas pue-
den darse a diferentes niveles de especialización y describirse en distintos ni-
veles de representación. Sólo así, los términos pueden explicarse en toda su
realidad comunicativa y representacional.2

1 M. T. Cabré, La terminología. Teoría, metodología, aplicaciones, Barcelona, Antárti-

da/Empúries, 1993, p. 22.


2 Id., “Una nueva teoría de la terminología: de la denominación a la comunicación”,

en La terminología. Representación y comunicación. Elementos para una teoría de base comuni-


cativa y otros artículos, Barcelona, Institut Universitari de Lingüística Aplicada, Barcelo-
na, Universitat Pompeu Fabra, 1993, p. 126.
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la labor de nebrija como terminólogo 73

Creemos que esta propuesta –con la que estamos de acuerdo– no


estaría completa si no toma en cuenta la variación lingüística en su
dimensión diacrónica o histórica, y una forma o camino para poder
incluir esta visión es, precisamente, estudiando, analizando y profun-
dizando en los inicios de las diferentes áreas de especialidad que, en
muchos casos, se remontan mucho más allá del siglo XVIII. Por ello es
importante analizar áreas de especialidad tan antiguas y tradiciona-
les como la gramática.
Consideraremos a la terminología como parte de la lingüística, co-
mo una multidisciplina que permite identificar el vocabulario de una
especialidad en forma ordenada y sistemática, analizarlo y, si es nece-
sario, proponerlo y normalizarlo en una situación concreta de fun-
cionamiento con el objetivo de responder a las necesidades de los
usuarios.
El método de trabajo de la terminología es onomasiológico, es de-
cir, procede desde el concepto hacia el signo, a diferencia de la lexi-
cografía en la que se va del signo hacia el concepto: “El usuario del
producto terminológico no busca necesariamente una definición, si-
no una denominación”.3 El término es, entonces, el elemento cons-
titutivo de las nomenclaturas que estén relacionadas con una lengua
de especialidad. Por consiguiente, se puede definir como “la deno-
minación de un objeto propio de una determinada área de especia-
lidad”.4 Si hay que crear un término para un referente que no tiene
nombre, la terminología lo tomará de los mismos materiales que la
lengua pone a su disposición. Los términos pueden estar formados
por una sola palabra o por relaciones sintagmáticas diversas. El con-
junto de términos de una especialidad, o sea su terminología, repre-
senta la estructura conceptual de esa materia y cada uno de los térmi-
nos denomina un concepto de la estructura del área especializada en
cuestión. Los términos son unidades sígnicas que, en general, pue-
den ser analizadas desde tres puntos de vista: formal (la denomina-
ción), semántico (el concepto) y funcional (la categoría y la distribu-
ción sintáctica).

3 R. Dubuc, Manual práctico de terminología, Chile, Unión Latina RiL Editores, 1999,

p. 47.
4 Ibid., p. 55.
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74 nidia ojeda rosado

2. ANÁLISIS DE LOS TÉRMINOS UTILIZADOS POR NEBRIJA

Para llevar a cabo el análisis, se elaboraron fichas contextuales de los


libros tercero y cuarto de la Gramática, con el fin de poder precisar
los términos que serían objeto de nuestro estudio; hasta el momento
se han detectado 170 términos sin contar los sinónimos que, sobre to-
do en el libro cuarto, se encuentran.
Durante este proceso pudimos constatar que Nebrija se enfrenta
a la elaboración de su propia terminología y aunque, como sabemos,
no parte de la nada, ya que se basa en la tradición grecolatina, posee
criterios innovadores que manifiesta y justifica en su obra. La cons-
trucción de sus términos se apoya en una profunda reflexión y análi-
sis de su propia lengua y, teniendo como base su gran conocimiento
del latín, así como del griego, el árabe y el hebreo, propone los nom-
bres que considera más adecuados a los conceptos que él ya ha ana-
lizado y estudiado con profundidad.
Las propuestas que él plantea se pueden encontrar desde el prin-
cipio de su obra, cuando se refiere a las divisiones de la gramática (“la
arte de las letras”): se divide en Istórica (como la llaman los griegos) o
Declaradora (“como podemos llamarla nosotros”, dice), porque “expo-
ne y declara los poetas y otros autores por cuia semejanca avemos de
hablar”, y Methódica (según los griegos) o Doctrinal, porque contiene
los preceptos y reglas del arte; esta última, a su vez, es dividida en cua-
tro apartados: Orthographía (del griego) “a la que en lengua romana
le podemos dezir sciencia del bien y derecha mente escribir”; Prosodia (del
griego) o Acento o quasicanto, que es el arte de contar, pesar y medir
los pies de los versos y coplas; Etimología (del griego) o Anotación (se-
gún los latinos) o Verdad de palabras, porque considera la significación
y accidentes de cada una de las partes de la oración y, por último, Sin-
taxis (del griego), Construcción (según los latinos) u Orden, porque sir-
ve para ordenar entre sí las palabras y partes de la oración.
En esta división Nebrija propone cinco términos para denominar
las partes de la gramática: Declaradora, Doctrinal, Acento o quasican-
to, Verdad de palabras y Orden; pero, curiosamente, no los utiliza en
el momento de nombrar las partes de su propia obra, ya que usa los
términos tradicionales procedentes del griego.
Sin embargo, existen otras propuestas que él plantea ante fenóme-
nos que no tienen paralelo en las lenguas que le sirven de modelo
(latín y griego, fundamentalmente); los casos más representativos son
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la labor de nebrija como terminólogo 75

los términos: Aumentativo y Nombre participial infinito. Del primero nos


dice que es contrario al diminutivo y que no existe ni en griego, ni en
latín, ni en hebraico:

…y porque este género de nombre, aun no tiene nombre, osemos le nom-


brar Aumentativo por que por el acrecentamos alguna cosa sobre el nombre
principal de donde se deriva, como de ombre, ombrazo; […] Destos, a las ve-
zes usamos en señal de loor, como diciendo es una mugeraza, por que abul-
ta mucho, a las vezes en señal de vituperio, como diziendo es un cavallazo,
por que tiene alguna cosa allende la hermosura natural y tamaño de cavallo.5

Del nombre participial infinito comenta que es una parte de la


oración que no tienen ni el griego, ni el latín, ni el hebraico, ni el
arábigo:

E por que aún entre nos otros no tiene nombre, osemos la llamar nombre
participial infinito: nombre, por que significa substancia y no tiene tiempos;
participial, por que es semejante al participio de tiempo passado; infinito,
por que no tiene géneros, ni números, ni casos, ni personas determinadas.
Esta parte fue hallada para que con ella y con este verbo e, as, ove, se suplan
algunos tiempos de los que falta el castellano del latín; e aún para dezir por
rodeo algunos de los que tiene.6

Con este término se refiere a las formas de los tiempos compues-


tos como io e amado. De estos dos términos innovadores, neologismos
en su época, sólo el primero se mantuvo como característico del área
de especialidad y el otro, desapareció.
El nebrisense siempre intenta definir o explicar cada uno de los
términos que utiliza; generalmente los presenta con ejemplos para su
mayor comprensión. Sólo encontramos algunos términos como acci-
dente, declinación, caso, conjugación, persona y tiempo, sin concepto ni de-
finición en su obra; esto quizá se deba a que los consideró elementos
ya muy identificados en las gramáticas latinas y griegas y no creyó ne-
cesario definirlos.

5 Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana, Estudio y edición de Anto-

nio Quilis, 2a. ed., Madrid, Editora Nacional, 1984, p. 168.


6 Ibid., p. 193.
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76 nidia ojeda rosado

Según la terminología, las unidades terminológicas o términos se


pueden analizar desde diversos criterios: 1] por la procedencia, 2]
por la función, 3] por la forma, 4] por el significado.

1. Por la procedencia lingüística, los términos pueden ser de la pro-


pia lengua o préstamos procedentes del fondo histórico grecolatino,
normalmente llamados cultismos o préstamos de otras lenguas (los
préstamos propiamente dichos), o de otros dialectos geográficos. En
el caso que nos ocupa, todos son de la propia lengua o préstamos pro-
cedentes de la tradición grecolatina, Nebrija no requiere de otro ti-
po de préstamos en el momento de designar los fenómenos y concep-
tos a los que se enfrenta.

2. Por la función, según la terminología, los términos pueden ser sus-


tantivos, adjetivos, verbos o adverbios. Siempre será mayor el núme-
ro de sustantivos. En la gramática de Nebrija nos encontramos con
una denominación totalmente nominal. Sólo hay sustantivos y adje-
tivos y estos últimos se encuentran elidiendo al sustantivo, por ejem-
plo: aumentativo (nombre), femenino (género), inclusive en las cons-
trucciones sintagmáticas del tipo común de dos (géneros). No
encontramos verbos, ya que éstos también están nominalizados; no
se habla de conjugar, sino de conjugación; se encuentra declinación y
no declinar.

3. Por la forma, los términos pueden ser analizados según el número


de morfemas que los conforman (simples o complejos) y, dentro de
los complejos, según el tipo de morfemas que intervienen en su for-
mación (derivados y compuestos). En estos momentos no se ha rea-
lizado el análisis de la derivación (entendida como la agregación de
afijos a bases léxicas), aunque podemos mencionar que no es abun-
dante, por lo que hemos podido observar, sólo casos como participial,
pronombre, renombre, etc. En lo referente a los compuestos, se realizó el
análisis de los términos formados por un solo elemento y las combi-
naciones de palabras que siguen una determinada estructura sintác-
tica, es decir, los sintagmas terminológicos o estructuras sintagmáti-
cas terminológicas. De 170 términos estudiados hasta ahora, 130 están
conformados por un solo elemento, es decir, el 76% del total (prepo-
sición, conjunción, nombre, relativo, paragoge, etc.); 29, por dos elemen-
tos con una estructura de Modificador directo + Núcleo (MD + N); por
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la labor de nebrija como terminólogo 77

ejemplo: Absoluto verbo, Optativo modo, Verbal nombre, Activa boz, etc.; es-
ta cifra representa el 17% de la muestra; y, por último, 11 términos
están formados por tres o más elementos, es decir, el 11% del total de
la muestra; de éstos podemos citar: Accidentes del nombre, Relativos de
cantidad discreta, Nombre participial infinito, Passado no acabado, Passado
más que acabado.

4. Por el significado, la terminología precisa que se pueden encon-


trar términos para designar: a] objetos o identidades (para los que
utiliza nombres), b] procesos, operaciones, o acciones (para los que
se utilizan verbos y nominalizaciones de verbos); c] propiedades, es-
tados, cualidades (adjetivos) y, d] relaciones (adjetivos y verbos). Co-
mo ya se mencionó en nuestra muestra nos encontramos fundamen-
talmente ante identidades, propiedades y cualidades, de ahí, las
categorías gramaticales utilizadas (sustantivos y adjetivos).

Con respecto a otros fenómenos, se han encontrado casos de sino-


nimia. En el libro tercero existen cinco casos de este fenómeno: Co-
mún nombre o Apelativo; Con nombre o Apellido; Patronímico o sobrenombre;
Modo o calidad; Infinitivo o indeterminado. El libro cuarto es en donde
podemos encontrar siempre un equivalente del término en cuestión
o una explicación del porqué del “nombre” utilizado. En este aparta-
do se pueden encontrar 28 casos de equivalencia de un solo elemen-
to, por ejemplo: Diéresis – apartamiento; Amphibolia – amphibología; Aci-
rología – impropiedad; Paréntesis – entreposición, etc. Además, hay 34
términos que contienen una explicación de dos o más elementos: Me-
táphora – transformación de una cosa a otra; Onomatopeia – fingimiento del
nombre; Anastropha – tornamiento atrás; Alegoría – agena significación;
Amphibología – duda de palabras (este término, a su vez, tiene un sinó-
nimo que ya se mencionó: Amphibolia).
También existen casos de homonimia, aunque en mucho menor
proporción que los de sinonimia, por ejemplo el término artículo, en
el libro tercero, que nos dice el autor son unos pequeños miembros
“que añadimos al nombre para demostrar de qué género es”.7 Y en
el libro cuarto se menciona este término como parte de Diályton que
se da cuando muchas palabras o cláusulas se “aiuntan” sin conjunción.

7 Ibid., p. 182.
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78 nidia ojeda rosado

En este caso Nebrija nos informa que Tulio en los Retóricos, hace dis-
tinción entre dissolución, que es cuando muchas cláusulas se ponen
sin conjunción y “artículo cuando muchos nombres se ponen sin
ella”.8
El análisis terminológico obviamente no termina aquí, pero sirva
esta pequeña muestra como ejemplo de éste.

3. CONCLUSIONES

Después de este breve análisis de la obra de Nebrija como terminólo-


go, podemos concluir que la labor de denominación de una materia
especializada no sólo implica identificar los “nombres apropiados”
para los conceptos en cuestión, sino que requiere de una labor más
ardua, de realmente profundizar y reflexionar sobre la tarea que se
está llevando a cabo.
Con el paso del tiempo y con el avance de la especialidad no sólo
se complican los conceptos, también sus denominaciones sufren mo-
dificaciones y reestructuraciones y ante un concepto más elaborado
y reorganizado se requerirá también un término que refleje esas ca-
racterísticas.
Existen términos que podemos llamar “básicos” que serán mante-
nidos en el conjunto terminológico de las áreas de especialidad, ha-
brá otros que requerirán de precisiones o de cambios y algunos que
sólo verán la luz en la obra específica de su creador para nunca vol-
ver a aparecer. Asimismo, después del análisis, se puede concluir que
los términos se comportan como las piezas léxicas de la lengua ge-
neral, ya que presentan los mismos fenómenos en su estructura y re-
lación.
La terminología como disciplina requiere de una visión más am-
plia y de una teoría que dé cuenta de su labor multidimensional; pa-
ra ello es importante considerar no sólo el estudio de las necesidades
comunicativas de los usuarios en un momento dado, sino también la
realidad diacrónica de los términos especializados en el desarrollo de
la propia especialidad.

8 Ibid., p. 221.
GuzmanBetancourt 05 5/11/04 2:14 PM Page 79

la labor de nebrija como terminólogo 79

Antonio de Nebrija fue el primer individuo que en el mundo oc-


cidental tomó la iniciativa de escribir una gramática sobre una len-
gua vulgar (el castellano) y así lo hizo; en muchas ocasiones se ade-
lantó a la mentalidad de su época y, en otras, se presentó como fiel
hijo de su tiempo: no podía ser de otra manera. Sin embargo, pode-
mos observar, a través del análisis realizado, que adopta un criterio
objetivo y trata de ordenar y clasificar los hechos de la lengua espa-
ñola, de acuerdo con los esquemas que le proporcionaron los mejo-
res gramáticos clásicos grecolatinos, pero no se queda ahí, sino que
va más allá, gracias a su profunda sensibilidad lingüística que lo indu-
ce a distinguir cómo nuestra lengua se ha ido apartando de la latina.
Quiero terminar mi disertación con una cita de don Julio Fernán-
dez Sevilla, distinguido estudioso de la obra del nebrisense, y que re-
sumidamente expresa mucho de lo que yo intenté exponer en las lí-
neas que preceden:

lo importante de la ciencia en una determinada época no es ella misma sino


más bien lo que puede alumbrar para el futuro, lo que tiene de germen pa-
ra sucesivas cosechas. No cabe ninguna duda de que la obra de Nebrija fue
punto de partida de muchas gramáticas posteriores que se inspiraron en ella
o la copiaron sin siquiera citarla, no sólo en España, sino también en el ex-
tranjero.9

BIBLIOGRAFÍA

Cabré, María Teresa, La terminología. Teoría, metodología, aplicaciones, Barcelo-


na, Antártida/Empúries, 1993.

——, “Una nueva teoría de la terminología: de la denominación a la comu-


nicación”, La terminología. Representación y comunicación. Elementos para
una teoría de base comunicativa y otros artículos, Barcelona, Institut Uni-
versitari de Lingüística Aplicada, Universitat Pompeu Fabra, 1999.

Dubuc, R., Manual práctico de terminología, Santiago de Chile, Unión Latina


RiL Editores, 1999.

9 J. Fernández Sevilla, Un maestro preterido: Elio Antonio de Nebrija, Bogotá, Instituto

Caro y Cuervo, 1974, p. 19.


GuzmanBetancourt 05 5/11/04 2:14 PM Page 80

80 nidia ojeda rosado

Fernández Sevilla, Julio, Un maestro preterido: Elio Antonio de Nebrija, Bogotá,


Instituto Caro y Cuervo, 1974.

Nebrija, Antonio de, Gramática de la lengua castellana, estudio y edición de An-


tonio Quilis, 2a. ed., Madrid, Editora Nacional, 1984.
GuzmanBetancourt 06 24/6/04 12:28 Page 81

EL VOCABULARIO DE GERÓNIMO CORTÉS Y ZEDEÑO:


ENTRE ANTONIO DE NEBRIJA Y ALONSO DE MOLINA

ROSA H. YÁÑEZ ROSALES*

PRESENTACIÓN

En múltiples fuentes ha sido indicada la influencia decisiva que las


obras de Antonio de Nebrija sobre el latín tuvieron en la descripción
colonial de diferentes lenguas indoamericanas. Tanto las Introductio-
nes latinae (1481, y en castellano, 1488), como De Institutiones Gram-
maticae (1495) y el Vocabulario de romance en latín (1516),1 sirvieron de
paradigmas para “sujetar” las lenguas indígenas y conceptualizar una
realidad lingüística, frecuentemente de manera imprecisa e incluso
errónea.
Cuánto tiempo estuvo vigente el paradigma nebrisense, y entre
quiénes, es algo que todavía implica investigación amplia. Como he
señalado en un trabajo reciente,2 su seguimiento es bastante eviden-
te entre franciscanos y dominicos, no así entre los jesuitas, quienes
parecen haber desarrollado otro tipo de estrategias de aproximación
a las lenguas que describieron.
El Arte, vocabulario y confessionario en el idioma mexicano como se usa
en el Obispado de Guadalajara, de Gerónimo Cortés y Zedeño, se publi-
có en 1765, en Puebla de los Ángeles, en la Imprenta del Colegio Real
de San Ignacio, 12 páginas de preliminares sin numerar más otras
184. La obra concentra sin duda la mayor parte de las isoglosas que
distinguen el náhuatl de la periferia occidental (como han sido iden-
tificadas por Valiñas 1981, 1994, Lastra de Suárez 1986, Canger 1978),
y ése es su valor sobresaliente. Cortés y Zedeño pertenecía al clero se-

* Universidad de Guadalajara.
1 Debo advertir que las fechas de publicación de las obras de Nebrija son un tanto

dudosas, pues a excepción de una edición reciente del Vocabulario…, no me fue posi-
ble consultar ninguno de los otros textos escritos por dicho autor.
2 Véase mi ponencia “El discurso de evangelización en el norte de México. Conti-

nuidades y rupturas de la Colonia a la Nación”, V Encuentro Internacional de Lingüís-


tica en el Noroeste, Memorias, Hermosillo, Sonora, 2001, t. III, pp. 229-234.

[81]
GuzmanBetancourt 06 24/6/04 12:28 Page 82

82 rosa h. yáñez rosales

cular y escribió su obra siguiendo, como él lo señala en múltiples no-


tas a lo largo del Arte, el paradigma de Antonio de Nebrija, el de De
institutiones grammaticae.
El objetivo de este trabajo es explorar en la sección del “Vocabula-
rio” de Cortés y Zedeño, los que se podría pensar fueron sus mode-
los: el Vocabulario de romance en latín de Antonio de Nebrija y el Voca-
bulario en lengua castellana y mexicana3 de fray Alonso de Molina; qué
tanto los siguió, qué tanto se desvió de ellos, considerando los apro-
ximadamente doscientos años que han transcurrido entre aquéllos y
su obra. La idea a futuro es ver, también, si de la obra de Cortés y Ze-
deño se puede reconstruir una imagen más nítida de los indígenas
que en aquellos años habitaban la entidad llamada Nueva Galicia; es-
to en cuanto a términos o campos semánticos que de alguna manera
permitan apreciar parte de la organización social, vida cotidiana, usos
de plantas, es decir, hacer una etnografía, la imagen viva de los indí-
genas del occidente colonial.
Para el presente trabajo, se han estudiado exclusivamente los ver-
bos que inician en español con la letra <a>, pues en esta lengua coin-
ciden los tres autores (Nebrija, Molina y Cortés y Zedeño).4 El traba-
jo se divide en cuatro apartados. En el primero hablo brevemente de
algunas características de los vocabularios coloniales. En el segundo,
de algunas aproximaciones al náhuatl del occidente de México, rea-
lizadas previamente a la publicación de la obra de Gerónimo Cortés
y Zedeño. En el tercero de lo que el “vocabulario” de este autor po-
ne de manifiesto en cuanto a sus probables paradigmas y en el cuar-
to de lo que, en estos mismos términos muestra el “vocabulario”.

1. LAS COMPILACIONES LÉXICAS NOVOHISPANAS

La labor lexicográfica realizada por evangelizadores para distintas len-


guas, si bien ha sido explorada en algunos trabajos (Bartholomew

3 Por no ser el caso que interesa en este trabajo, se excluye la parte de la obra de

Molina que corresponde a la de lengua mexicana y castellana.


4 Sobre todo en el caso de Nebrija y de Zedeño, pues su obra no se presenta en dos

direcciones, como la de Molina (Castellano y Mexicano y Mexicano y Castellano).


GuzmanBetancourt 06 5/11/04 2:16 PM Page 83

el VOCABULARIO de gerónimo cortés y zedeño 83

1991, Bredt-Kriszat y Holl 1997, Clayton 1989, Clayton y Campbell


2000, Kartunnen 1988, 1991, 1995; Thiemer-Sachse 1997, entre
otros), no ha sido tan extensamente estudiado como el de las Artes.
En este sentido se presenta potencialmente como una veta que per-
mitiría reconstruir distintos aspectos de la vida cotidiana de los indí-
genas mesoamericanos. Son conocidos en este ámbito, además de los
ya citados, los trabajos de Mario Ruz sobre un vocabulario tzeltal, de
Cristina Álvarez sobre uno del maya yucateco colonial y algunos otros.
Un acercamiento a distintos vocabularios manifiesta el hecho de
que la organización del acervo léxico de las lenguas indígenas no
siempre fue siguiendo a Antonio de Nebrija, ni en un estricto orden
alfabético. Hubo propuestas, como la de Pantaleón de Guzmán en
1704, sobre el cakchiquel, donde la información se organizó en áreas
que el autor consideró pertinentes y que podríamos llamar de mane-
ra muy laxa, campos semánticos. Algunos de los índices organizados
por Guzmán, son:

Nombres de yerbas comestibles.


Nombres de yerbas medicinales.
Nombres de yerbas silbestres (sic).
Nombres de piedras preciosas: pedernales: metales: vientos: planetas:
y elementos, etcétera.5

En otras obras el seguimiento del paradigma nebrisense es muy


evidente. El propio fray Alonso de Molina lo hizo, como ya han de-
mostrado Clayton y Campbell (2000) o fray Juan de Córdova en su
Vocabulario en Lengua Zapoteca, hecho y recopilado por el Muy Reverendo
padre… de la orden de los Predicadores…, de 1578.
Hay todavía otras opciones, como la de los jesuitas, Joseph de Or-
tega y Benito Rinaldini. Ortega publicó en 1732 un vocabulario cora-
castellano y Rinaldini publicó su obra sobre la lengua tepehuana en
1743 en la que se incluye un vocabulario. Si bien ambos vocabularios
están organizados alfabéticamente sobre la base del español, este or-
den, dista de limitarse al propuesto por Nebrija. Véanse algunos ejem-
plos considerando los tres autores:

5 Pantaleón de Guzmán, Vocabulario de la lengua cakchiquel, Ed. de René Acuña, Mé-

xico, UNAM, 1980.


GuzmanBetancourt 06 24/6/04 12:29 Page 84

84 rosa h. yáñez rosales

Nebrija, 1516:

A a a interjecion del que se rie. Ah ah ah


Aaron o barva de Aaron yerva. Arus –i sive arum –i
Abad prelado de monjes. Abbas –atis
Abadessa abbatis –idis; de monjas abbatissa –ae
Abadia dignidad de aquestos abbatia –ae
Abadengo lo del abad ad abbatem pertinens
Abadejo escaravajo ponçoñoso cantharis –idis
Abahar retener el baho vaporo –as –avi
Abalançarse alguno infero me medium
Aballar mover con dificultad amolior –iris
Abarca suela de cuero rudo pero –onis
Abarcado calçado con ella peronatus –a –um
Abarca calçado de madera soccus –i
Abarcado calçado con ella soccipes –edis
Abarcar casi abraçar complector. Amplector
Abarcar como tierra o onrra ambio –is -ivi

Ortega, 1732:

Abajar algo Acâtoa. Nete. Acácare Nete


Abajar alguno Acâtezim. Nete. Acahazême. Nete
Abajar la cabeza Abaûtona. Nabântona
Abajar, o descender Acáme. N.
Abajar, y alsar a menudo
la cabeza Temúba. Ne
Abajarse inclinandose Abaûtona. Nabântona.
Abajar la rama del arbol
doblegandola Acahûracâ Nete
Abajo por donde corre el rio Yûte Mête
Abajo respecto de lo alto Mâke. Mûke ake
Abarcar entre los brazos Bêvi. Nete
Abarcar debajo del
sobaco Vicurêtzina. Nete6

6 Joseph de Ortega, Vocabulario en lengua castellana y cora, México, por los Herederos

de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, en la Puente de Palacio, Año de 1732,


fol. 1.
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el VOCABULARIO de gerónimo cortés y zedeño 85

Rinaldini, 1743:

A alguna parte Amo Scibo


Aquel lugar Gáre
A todas partes Iùscova
A entrambas partes Bus gocapaquer
A este lugar Amove
Adrede lo hizo Iquere: velia
A escondidillas Aâguituidi
Avalanzarse a los peligros, Mat, uel maiti nimoe: amosjùru-
v. g. A passar el rio nana
Abaratar Máitan sei nàmoquitude
Avarca o zueco de madera Usci sùfaxa
Abarcar Bùsci bubui
Abastecer Bèiga bitutugue
Abastado Bèiga bitutudicamue7

Como se puede observar, los autores jesuitas se alejan del modelo


nebrisense y hacen el propio, tratando de registrar las posibilidades
léxicas de las lenguas que están describiendo. Evidentemente, este so-
lo hecho merece un estudio aparte que no haré aquí. Lo único que
quiero enfatizar, es que en las obras coloniales se pueden identificar
distintas estrategias para “sujetar” las lenguas indígenas, en lo que a
léxico se refiere, si bien, es indudable que el inventario que Nebrija
legó en el Vocabulario de romance en latín, constituyó un punto de par-
tida importantísimo.

2. OBRAS SOBRE EL MEXICANO DEL OBISPADO DE GUADALAJARA,


ANTERIORES A CORTÉS Y ZEDEÑO

De acuerdo con múltiples documentos del siglo XVI y todavía del XVII,
en el territorio demarcado por lo que fue el obispado de Guadalaja-
ra, se hablaba una gran variedad de lenguas indígenas, como cora,

7 Benito Rinaldini, Arte de la lengua tepeguana con vocabulario, confessionario, y catechis-

mo, México por la viuda de D. Joseph Bernardo de Hogal: Calle de las Capuchinas, Año
de 1743, Vocabulario, p. 1.
GuzmanBetancourt 06 5/11/04 2:16 PM Page 86

86 rosa h. yáñez rosales

coano, cazcán, coca, vitzurita o wixárika, tecozquín y náhuatl, entre


otras. Desde fines del siglo XVI, en 1583, se instituyó una cátedra de
idioma mexicano. De manera intermitente, la enseñanza de esta len-
gua continuó sobre todo en la sede del obispado. En varios documen-
tos los franciscanos afirmaron que en esta lengua se enseñaba a rezar
y a cantar a los niños indígenas, si bien en varias poblaciones, esta ac-
tividad equivalía a la enseñanza de una segunda lengua.8 Con todo,
se puede afirmar que la enseñanza del náhuatl como lengua de evan-
gelización pervivió a lo largo de la época colonial. Distintos testimo-
nios escritos no sólo de las órdenes y de los seculares, sino también
de las autoridades civiles como la Real Audiencia, así lo manifiestan.9
Qué obras se utilizaron para esta enseñanza en el obispado de Gua-
dalajara, es hasta cierto punto una incógnita. Es común que en los
mismos documentos donde se habla de la necesidad de conocer la
lengua mexicana, se afirme también que se hablan idiomas diferen-
tes en pueblos que distan apenas pocas leguas unos de otros. Y cuan-
do sí se habla náhuatl, éste difiere del de México.
Es muy posible que las obras utilizadas por los encargados de la di-
fusión del evangelio hayan sido aquellas que de alguna manera fun-
dan el registro de esta lengua en el alfabeto latino. En la Biblioteca
Pública del Estado de Jalisco, existe un fondo de obras de lenguas in-
dígenas que aparentemente fue reunido a raíz de expropiaciones a
los conventos hechas por el estado. En ese fondo se encuentran va-
rios originales, como el Sermonario de fray Juan de la Anunciación de
1577 y el de fray Joan Bautista, de 1598, los Vocabularios de fray Alon-
so de Molina de 1555 y el de 1571, etc. Es de suponerse que eran con-
sulta obligada de los evangelizadores.

8 Véanse al respecto, la carta de fray Rodrigo de la Cruz, enviada desde el conven-

to de Aguacatlán, en 1551 y el texto del informe de los franciscanos a Juan de Ovan-


do, visitador de Felipe II, redactado en 1569.
9 Este tema lo he trabajado en “Dinámica del desplazamiento de las lenguas indí-

genas en el occidente de México: época colonial”, en Ricardo Ávila Palafox (coord.),


El occidente de México en el tiempo, Guadalajara: Universidad de Guadalajara, 1994, pp.
59-75. Existen numerosos documentos en los libros de Gobierno de la Real Audiencia
de Guadalajara, que indican la enseñanza del náhuatl y la selección de encargados de
doctrinas y de beneficios, con el requisito de haber aprobado un examen de lengua
mexicana. Dichos libros se encuentran en el Archivo de Instrumentos Públicos del Es-
tado de Jalisco.
GuzmanBetancourt 06 5/11/04 2:16 PM Page 87

el VOCABULARIO de gerónimo cortés y zedeño 87

Ahora bien, es en 1692 cuando un franciscano de la Provincia de


Santiago de Xalisco, publica un Arte de la lengua mexicana según la acos-
tumbran hablar los indios en todo el obispado de Guadalajara. La obra con-
tiene, además de la parte de “gramática”, una lista de términos que
Guerra no se atreve a llamar “vocabulario”, sino “Copia de los verbos,
nombres y adverbios, de los significados que cada qual de ellos tiene”,
y una “Instrucción…” para administrar los sacramentos. En cuanto a
la organización de la información gramatical, es Nebrija el que está
presente; sin embargo, una autoridad que es todavía más obvia, es la
de fray Agustín de Vetancurt, a quien Guerra sigue, casi al pie de la
letra, como una comparación entre las artes de ambos deja en claro.
Vetancurt publicó su obra apenas 19 años antes que Guerra, en 1673
y de hecho, es quien aprueba la publicación de la de Guerra, en su
papel de “Ex Lector de Theología, Predicador General, Chronista
Apostólico de la Santa Provincia del Santo Evangelio, y Cura Ministro
por su Magestad de la Iglesia Parroquial del Señor San Ioseph de los
Naturales de México”.10 De no ser porque a pesar de seguir casi fiel-
mente la obra de Vetancurt, Guerra registra varias de las isoglosas del
náhuatl de occidente, el valor de la obra residiría en que constituye
también una demarcación territorial, lo cual fue una forma de con-
trol utilizada por la administración colonial. Guerra, se percató de las
diferencias dialectales entre el náhuatl de occidente y el del centro y
las legó para quienes vinieran después que él a difundir el evangelio,
a pesar de considerarlas una manifestación de náhuatl “corrupto”.
La necesidad de contar con un Arte que concentrara información
del náhuatl hablado en el obispado de Guadalajara, dio lugar a que,
por el hecho, la obra se agotara pocos años después de su edición. Es-
to se infiere de que se hayan elaborado, por lo menos dos copias ma-
nuscritas de ésta, una hacia 1758 y la segunda en 1759.11 Dicho texto
es el antecedente más inmediato al de Cortés y Zedeño.

10 Fray Joan Guerra, Arte de la lengua mexicana según la acostumbran hablar los indios

en todo el Obispado de Guadalajara y de parte de los de Durango y Mechoacán, segunda edi-


ción, Guadalajara, Imprenta Ancira y Hno. A. Ochoa, prólogo de Alberto Santoscoy,
1900, p. 2.
11 Es Alberto Santoscoy quien menciona la copia de 1758, sin describirla. Por otra

parte, la de 1759 se encuentra como manuscrito en BPEJ, en el Fondo Franciscano, vol.


237, 1759, 93 ff.; dicha versión no cuenta con la “copia de verbos…”.
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88 rosa h. yáñez rosales

3. PARADIGMAS EN EL ARTE DE CORTÉS Y ZEDEÑO

Gerónimo Thomas de Aquino Cortés y Zedeño conocía los paradig-


mas vigentes en su época. En la breve introducción de su Arte, señala:

Siguiendo en quanto pueda el arte de Antonio de Nebrija, para que los que
huvieren estudiado aquel, entiendan este, se divide el Arte Mexicana, en qua-
tro Libros: el primero se ponen las declinaciones de los nombres, y conjuga-
ciones de los verbos. En el segundo se ponen las ocho, o las siete partes de la
oración. En el tercero se trata de los géneros y pretéritos. En el quarto se tra-
ta de la composición y syntaxis de las ocho, o de las siete partes de la ora-
ción.12

Esta afirmación abierta sobre el seguimiento de la obra de Nebri-


ja, se confirma en las páginas del Arte. Continuamente, Cortés y Ze-
deño cita De Institutiones Grammaticae orientando al lector sobre qué
libro y apartado de Nebrija está siguiendo.
En cuanto a obras sobre el náhuatl anteriores a la suya, además de
la de Guerra, y que para 1765 eran ya muchas, Cortés y Zedeño tam-
bién estaba al tanto. En el “Prólogo”, nos dice:

Tres hijos van de un mismo parto, o tres obritas salidas de mi corto entendi-
miento; que son: Arte, Vocabulario, y Conffessonario: En ellos no encontra-
rás aquellos phrasismos de que usaron los antiguos Cicerones del Idioma Me-
xicano, quales fueron los Carochis, los Antonios del Rincon, Vetancures,
Guerras y otros. Estos zelosos Ministros bebieron, como dicen, el agua, o en
sus mismas fuentes, o al menos, quando no estaban lejos de su origen, ni lle-
vaban mezcla de otras, nacidas de diversos manantiales.13

Con todo, la influencia más evidente en el Arte, en cuanto a trata-


miento del náhuatl, es, al igual que en fray Joan Guerra, la de fray
Agustín de Vetancurt, publicada en 1673, como ya se dijo. En 46 de
las 61 notas de pie de página del Arte aparece la referencia a Vetan-
curt. Como se puede apreciar entonces, el franciscano seguía “estan-
do de moda” cien años después de la publicación, hecho que no pre-

12 Cortés y Zedeño, op. cit., p. 1.


13 Ibid., p. 1.
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el VOCABULARIO de gerónimo cortés y zedeño 89

cisamente obedecía a que fuera una mejor obra, pues para ese tiem-
po ya se habían publicado las de Rincón, Carochi y Gastélum. Vetan-
curt además no incluyó ningún vocabulario en su arte. El que Cortés
y Zedeño lo tome como modelo en cuanto a la organización de la in-
formación del náhuatl se debió tal vez a un acceso más fácil a su obra
o la importancia del franciscano en el México colonial, tema aparte
del de esta ponencia. No abundaré sobre esto.14

4. INFLUENCIAS PRESENTES E INFLUENCIAS AUSENTES EN EL VOCABULARIO


DE CORTÉS Y ZEDEÑO

El vocabulario de Cortés y Zedeño, titulado “Diccionario de roman-


ce a mexicano”, consta en su totalidad de 3521 entradas, corpus que
si bien no es exhaustivo, presenta un gran potencial para asomarnos
a la cotidianidad de los indígenas del obispado de Guadalajara, sin
olvidar que es parte de una obra que incluye un arte y un confesiona-
rio. Digo que no es “exhaustivo” considerando que el de Nebrija con-
tiene entre 15 600 y 15 800 entradas y el de Molina, en su parte cas-
tellano-mexicano 17 410.15
Ahora bien, cuando inicié el análisis comparativo entre los tres vo-
cabularios, partí del supuesto de que Cortés y Zedeño mostraría una
fuerte influencia del vocabulario de fray Alonso de Molina. Esto no
es así. Por lo menos es lo que se desprende del primer conjunto de
unidades verbales estudiadas. La revisión y recuento de las entradas
de verbos que inician con <a>, me permite afirmar que Cortés y Ze-
deño siguió de manera muy cercana el vocabulario de Nebrija, para
hacer el suyo, mas no siguió el de Molina para establecer los equiva-
lentes en náhuatl. Me atrevería a decir que ni siquiera conoció este
último. En el corpus de 233 verbos no hay indicador alguno de que
lo haya consultado. En cambio, no hay duda de que conocía bastan-

14 Lo que quiero decir es que Vetancurt era típicamente una “autoridad” colonial,

en tanto que hizo una producción de obras claves para legitimar el discurso coloniza-
dor. Este tema lo desarrollo más en mi tesis doctoral, inédita.
15 Mary L. Clayton and R. Joe Campbell, “How much did Nebrija influence Moli-

na?”, ponencia presentada en el Taller de Amigos de las lenguas Yutoaztecas, celebra-


do el 28 y 29 de julio de 2000, en Chapala, Jalisco.
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90 rosa h. yáñez rosales

te bien el de Nebrija. Este autor registra 560 verbos que inician con
<a> mientras que Molina 757 para la misma letra.
Analizando las entradas, Cortés y Zedeño presenta coincidencias
en su inventario léxico en un 90% (aproximadamente) con Nebrija
y en un 60% (aproximadamente) con Molina, en la parte castellana
y sólo de un 30% en la parte náhuatl. Es decir, las entradas registra-
das por Cortés y Zedeño coinciden en un 90% con Nebrija, si bien es-
te último autor incluye una mayor proporción de unidades léxicas
castellanas. Véanse algunos ejemplos:

Ejemplos de coincidencias en castellano en los tres autores:

Nebrija
(1516) Abalançarse alguno Infero me medium
Abogar como quiera Ago causas. Adsum

Molina
(1571) Abalançarse o echarse por essos suelos,
prostrado nino, mayauhtiuetzi nino, tlaztiuetzi
Abogar, hablar por otro Tepan ni, tlatoa

Cortés y Zedeño
(1765) Abalanzarse Moixtaza
Abogar Palehuia

Ejemplos de coincidencias en castellano en sólo dos de los autores:

Nebrija
(1516) Acabar de hazer Perficio –is. Conficio–is.
y
Molina
(1571) Acabarse de hazer Tlami. Tzonquiça. Ye
algo caui quiça

Nebrija
(1516) Ablandar lo duro Mollio –is. Mollifico –as
y
Cortés y Zedeño
(1765) Ablandar lo duro Iamania
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el VOCABULARIO de gerónimo cortés y zedeño 91

Ejemplos de entradas registradas por sólo uno de los autores:

Nebrija
(1516) Abrevar, dar a bever. Poto -as
Acabar de velar. Pervigilo -as
Molina
(1571) Acabar o consumir comida. Nitla, tlamia.
Nitla, tlamiltia. Nic, centlamia
Cortés y Zedeño
(1765) Alimentar. Taqua, l. Chicahuayia vel.
alimentaroa

Por el contrario, es poco frecuente que la palabra náhuatl propor-


cionada por Cortés y Zedeño coincida con la proporcionada por Mo-
lina para la misma entrada en castellano. Véase enseguida:

Coincidencias en castellano y en náhuatl entre Molina y Cortés y


Zedeño:

Molina: Abaxar por descendir. Ni, temo. Non, temo


Cortés y Zedeño: Abajar, descender. Temoa

Molina: Abaxar alguna cosa de alto. Nitla Temouia


Cortés y Zedeño: Abajar a otra cosa de alto. Temohuia

Coincidencias sólo en castellano y términos distintos en náhuatl


entre Molina y Cortés y Zedeño:

Molina: Abollar. Nitla patzoa


Cortés y Zedeño: Abollar. Tatectehuia

Molina: Abraçar. Nite nauatequi


Cortés y Zedeño: Abrazar. Nepaloa

Otras coincidencias en castellano y términos distintos en náhuatl


e influencia del castellano:

Molina: Significar. Nitla, nezcayotia


Cortés y Zedeño: Significar. Tenhualaquichihua inin, l. significaroa
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92 rosa h. yáñez rosales

Molina: Señalar. Nitla, machiyotia. Nitla, nezcayotia


Cortés y Zedeño: Signar o señalar. Machiotia, l. Señalaroa

Es claro que la exhaustividad, la abundancia demostradas por Mo-


lina están ausentes en Cortés y Zedeño. Su “Vocabulario” es una apor-
tación más bien modesta en número de entradas, y a pesar de ello, es
un excelente testimonio del contacto lingüístico que se estaba dando
entre el náhuatl y el castellano, donde ya se observan préstamos del
español que estaban compitiendo con el término náhuatl en el terri-
torio del obispado de Guadalajara en la segunda mitad del siglo XVIII
y que evidentemente no se encuentran en Molina, vg., taqua y alimen-
taroa, taquetentac y cenaroa; xochitia y floreceroa, tazopinia y punzaroa; ma-
chiotia y señalaroa; tenhualaquichihua inin y significaroa, por mencionar
sólo algunos. Estos registros y el de las distintas isoglosas que definen
el náhuatl de la periferia occidental constituyen la enorme aporta-
ción de la obra de Cortés y Zedeño. Incluso, un estudio más profun-
do del vocabulario, permitiría posiblemente incrementar el número
de isoglosas, precisamente por no registrar lo que el Vocabulario de
Molina registra.

CONCLUSIONES

Es posible que Cortés y Zedeño no consultara el Vocabulario de Moli-


na, porque hasta donde se sabe, no hubo reediciones durante la épo-
ca colonial del mismo y ya en el siglo XVIII, debe haber sido una obra
de difícil acceso. Con todo, a Cortés y Zedeño no le resultaba indis-
pensable consultar vocabulario alguno. A lo largo de su libro es evi-
dente que conocía la lengua náhuatl bastante bien, como hablante
nativo que era de ésta.16 Si comparamos su trabajo con el de fray Joan

16 A raíz de la localización de un expediente en el Fondo de Bienes de Difuntos en

la misma Biblioteca Pública del Estado, he iniciado la búsqueda de datos que me per-
mitan reconstruir su biografía. Según lo que se asienta en el expediente, Cortés y Ze-
deño era indígena originario de Tlajomulco, hermano del cacique de esta población.
Joaquín Cortés y Zedeño fue quien costeó todos los estudios del sacerdote. El pleito se
suscita debido a que el sacerdote deja sus bienes a un sobrino. Esto provoca que su cu-
ñada, la esposa de Joaquín Cortés, inicie una reclamación formal alegando precisa-
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el VOCABULARIO de gerónimo cortés y zedeño 93

Guerra, el de Cortés y Zedeño es bastante sistemático. El de Guerra,


en cambio, presenta ciertas irregularidades. En todo caso, lo que tam-
bién procede es un estudio de la influencia y alcance de la obra de
Molina, no sólo como obra que “sacaba” de dudas y apoyaba el traba-
jo del evangelizador, sino como obra que también dio forma y orien-
tó el inventario léxico del náhuatl y sus variantes. Después de todo, los
vocabularios de las lenguas indígenas no son tantos, comparados con
las artes. De esta forma, Molina y Cortés y Zedeño, son autores de re-
gistros verdaderamente singulares.

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LOS HISPANISMOS EN LA “DOCTRINA CRISTIANA”


DE MOLINA: SU INCIDENCIA

PILAR MÁYNEZ VIDAL*

Fue la orden de los franciscanos la primera en llegar a la Nueva Espa-


ña con la encomienda de salvar almas e instaurar un nuevo credo en-
tre la población aborigen, de la cual sólo pocos años antes se había te-
nido noticia. Seguidores de san Francisco, los predicadores, que
arribaron desde la segunda década del siglo XVI, obtuvieron muy pron-
to la confianza de los naturales por la sencillez que mostraban y por
la rigurosa pobreza en que vivían, cualidades con las que los nativos
se identificaban plenamente. El principio de austeridad que regía a
la orden de san Francisco fue reconocido también por las autoridades
del gobierno y del clero, quienes giraron amplias recomendaciones
al rey para que dicha congregación se encargara de la labor misional
del Nuevo Mundo.1 A estos frailes menores, como se les conocía, fue
confiada, en primera instancia, la conquista espiritual de los natura-
les amerindios. Se trataba de inculcar la creencia en un solo y único
Dios omnipotente, juez supremo que castigaría o premiaría las accio-
nes realizadas en la tierra. Por tanto, el culto idolátrico y politeísta de-
bía de ser erradicado en favor de aquel que consideraban, los fervo-
rosos padres, el único posible.
Para ello se requería vencer la resistencia de los indígenas y crear
métodos eficaces de transculturación. No obstante, a pesar de la con-
fianza que despertaron entre los aborígenes los misioneros francisca-
nos, la implantación de la nueva religión de ninguna manera resultó

* UNAM/ENEP-Acatlán.
1 Dice Lino Gómez Canedo: “En cuanto a la pobreza y desinterés abundan los testimo-

nios de que los franciscanos de México gozaron desde un principio y por mucho tiem-
po de tal opinión en sumo grado. El contador Rodrigo de Albornoz los recomendaba
al rey en 1525 como dignos de crédito, por ser “personas sin codicia y pasión”; el obis-
po fray Juan de Zumárraga en 1547 advertía la pobreza en que vivían, pues no recibían
dinero por las misas que todas las decían por los bienhechores, y además no eran im-
portunos en pedir”. Evangelización, cultura y promoción social, México, Porrúa, 1993,
p. 172.

[97]
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98 pilar máynez vidal

fácil. Había que convencerlos del error en que habían vivido, pero tal
cuestionamiento fue objeto de confrontaciones desgarradoras. Re-
cordemos, en este sentido, el Libro de los Coloquios reelaborado por fray
Bernardino de Sahagún con la ayuda de sus colaboradores indígenas,
en el que se reproduce lo que debió suceder repetidas veces en este
intercambio doloroso. En ellos se muestra la resistencia de los tlama-
tinimeh a abandonar su forma de concebir el mundo y la desesperan-
zadora expresión de lo que ello implicaría. A continuación transcri-
bimos aquí una de las partes más conmovedoras de este texto; la
traducción es de Miguel León-Portilla:

Vosotros dijisteis
que nosotros no conocíamos
al Dueño del cerca y del junto,
a aquél de quien son el cielo y la tierra.
Habéis dicho
que no son verdaderos dioses los nuestros.
Nueva palabra es ésta,
la que habláis
y por ella estamos perturbados,
por ella estamos espantados.
Porque nuestros progenitores,
los que vinieron a ser, a vivir en la tierra, no hablaban así.2

Para la conversión de los naturales se requería la instrumentación


de métodos de enseñanza de la religión que se deseaba imponer, los
cuales abarcaron desde la simple exposición de los dogmas funda-
mentales del cristianismo a través de lienzos, hasta la elaboración de
numerosos textos destinados a la catequesis. De ahí la proliferación
de sermones, vidas de santos, piezas teatrales con temática religiosa,
entre otros, transvasados a diversos idiomas indígenas. Éste, sin du-
da, fue el procedimiento más eficaz de evangelización, pero también,
como veremos posteriormente, el más complejo. Se requería el do-
minio de los contenidos de la historia cristiana y el pleno conocimien-
to de la cultura y la lengua a los que serían traducidos.

2
Coloquios y Doctrina Cristiana, edición facsimilar, introducción, paleografía, versión
del náhuatl y notas de Miguel León-Portilla, México, UNAM y Fundación de Investiga-
ciones Sociales A. C., 1986, p. 149.
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los hispanismos en la “doctrina cristiana” de molina 99

Fray Pedro de Gante, fray Bernardino de Sahagún y fray Alonso de


Molina, los tres pertenecientes a la orden franciscana, se dedicaron
justamente a este trabajo. Fray Alonso de Molina, al que nos referire-
mos particularmente aquí, fue autor de importantes textos sagrados
como los Confesionarios mayor y menor publicados por primera vez en
1565 en la casa de Antonio de Espinosa, y de obras lingüísticas que
no tuvieron parangón, como el Vocabulario en lengua mexicana y caste-
llana y castellana y mexicana, editado en 1555, y reeditado y considera-
blemente ampliado en 1571. Inmerso en la misión evangelizadora
que había sido confiada a su orden, en primera instancia, elaboró
también una de las más conocidas y usadas doctrinas del siglo XVI que
incluso se convirtió en modelo a seguir: me refiero a la Doctrina cris-
tiana en náhuatl y castellano, publicada en 1546 posiblemente por
Juan Pablos y reeditada en 1571 y subsecuentemente en los siglos XVII
y XVIII.
Aunque sabemos que salió a la luz a mediados del siglo XVI gracias
a la indicación en un informe de los franciscanos a la Provincia del
Santo Evangelio de México, sólo contamos con un fragmento de vein-
ticinco páginas impresas, incluido en el que García Icazbalceta publi-
có en 1889 con el nombre de Códice franciscano. Sobre esta obra reli-
giosa leemos en el citado Códice que “la mejor destas Doctrinas, y más
acertada en buena lengua y en la demás […] es una que compuso el
p. Fr. Alonso de Molina […] y digo que será la mejor, porque este re-
ligioso es la mejor lengua mexicana que hay en la Nueva España”.3
Contiene la Doctrina cristiana de Molina oraciones como el Credo,
el Padrenuestro, el Ave María y la Salve Regina; la exposición de los
diez mandamientos de Dios y los cinco de la Iglesia. También inclu-
ye una somera revisión sobre los pecados veniales y mortales, las vir-
tudes teologales y cardinales, las ocho bienaventuranzas, una breve
reflexión sobre la confesión, preguntas a los adultos que quieren bau-
tizarse y a los padrinos, y, por último, la bendición y las gracias a los
alimentos. En cuanto a la originalidad de esta obra, Robert Ricard co-
menta que su contenido es prácticamente el mismo que el de los ca-
tecismos usados en la Península como la Doctrina pueril de Raymun-

3 Fray Alonso de Molina, Doctrina Christiana breve traduzida en lengua mexicana, en


Joaquín García Icazbalceta, Nueva colección de documentos para la historia de México, Mé-
xico, Antigua Librería de Andrade y Morales, 1889, v. 11, p. 29.
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100 pilar máynez vidal

do Lulio, aunque precisa que el plan adoptado es casi igual al que en


los últimos años del siglo XV siguió el fraile fray Pedro de Alcalá en su
obra destinada a los moros del reino de Granada.4
Pero, entonces, ¿en qué consistió la importancia de estas obras que
repiten, o en el mejor de los casos adaptan, hasta cierto punto, el pen-
samiento del nuevo catecúmeno, la estructura y los contenidos de
aquéllas confeccionadas en el Viejo Mundo? Además de la tarea de
difusión del nuevo credo para las que estaban destinados, estos tex-
tos, en su mayoría, fueron traducidos a los distintos idiomas de los
prosélitos, lo cual sin duda implicó serias dificultades que tuvieron
que ver con la particular conceptualización de aquellos sistemas a los
que se tendrían que transvasar los contenidos de la religión que se
deseaba difundir. Joaquín García Icazbalceta comenta, por ejemplo,
con relación a los Sermones de Domínicas y de Santos en lengua mexica-
na de fray Bernardino de Sahagún que “no fueron traducidos de Ser-
monario alguno sino compuestos nuevamente a la medida de la ca-
pacidad de los indios”.5
Existe, por otra parte, una estrecha relación entre el tema de trans-
culturación lingüística y el trabajo del traductor que intentará trans-
mitir en este caso el mensaje cristiano en términos de la cultura re-
ceptora. Y esto precisamente es lo que nos interesa aquí: los criterios
que adoptó fray Alonso de Molina para hacer alusión en la parte ná-
huatl de la obra que venimos comentando a los conceptos torales de
la religión católica.
Fueron dos los procedimientos por los que podía optar: incorpo-
rar los términos castellanos en los textos en lenguas indígenas que hi-
cieran clara alusión a los conceptos de la fe que se deseaba implantar,
o potenciar las posibilidades formales y semánticas de los propios idio-
mas vernáculos a fin de generar nuevos significantes y frases descrip-
tivas o de imprimir otros significados a los significantes preexistentes.
El primer método que es al que nos referiremos particularmente aquí
evitaba el posible sincretismo. Al emplear voces procedentes de otro
sistema, el referente quedaba diferenciado formal y conceptualmen-
te; sin embargo, también quedaba como un elemento ajeno a su per-

4 Robert Ricard, La conquista espiritual de México, México, Fondo de Cultura Econó-

mica, 1986, p. 190.


5 Joaquín García Icazbalceta, Bibliografía mexicana del siglo XVI, edición por Agustín

Millares Carlo, México, Fondo de Cultura Económica, 1954, p. 335.


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los hispanismos en la “doctrina cristiana” de molina 101

cepción lingüística y, por tanto, a su cosmología. El concepto introdu-


cido mediante el préstamo era concebido, entonces, como un elemen-
to ajeno. John Crawford asegura, por su parte, que “el resultado del
uso de ese método es que en aquellos lugares donde la cultura indí-
gena más necesita de una explicación significativa de un concepto abs-
tracto, se encuentra con una palabra extranjera, una que lo más po-
sible es que no tenga ningún significado para dicha cultura”.6 El
segundo método requería el pleno conocimiento de la lengua a la que
se traduciría la nueva religión a fin de crear neologismos de acuerdo
con la naturaleza de la lengua vernácula o circunloquios explicativos
que hicieran referencia a esos contenidos. Este procedimiento permi-
tía una penetración más eficaz y profunda en el sistema lingüístico y
conceptual del nuevo receptor. No obstante, también implicaba algu-
nas dificultades que tenían que ver con la errónea comprensión de
las nuevas aplicaciones de la palabra indígena y con la exagerada lon-
gitud de las paráfrasis, que incluso podían integrar información su-
plementaria no incluida en el término original.7
Fray Alonso de Molina pudo elegir así entre la ortodoxia que pro-
porcionaba el empleo de hispanismos, y en algunos casos de latinis-
mos para la enseñanza de conceptos fundamentales de su credo o
entre el transvase al náhuatl de esos contenidos a través de los pro-
cedimientos mencionados. En la Doctrina cristiana como en sus dos
Confesionarios mayor y menor, publicados con posterioridad a ésta, se
identifican ambas formas de referencia. Lo que resulta interesante
aquí es precisamente descubrir, si es que existen, las constantes en el
empleo de uno u otro métodos y sus posibles causas. Pero veamos.
Los préstamos del castellano al náhuatl que se advierten en este tex-

6 “Transculturación lingüística y la traducción de la Biblia” en Actas del XXXV Con-

greso Internacional de Americanistas (México, 1962), México, 1964, vol. 11, p. 636.
7 Algunos trabajos que tratan sobre esto son: John Crawford, “Transculturación lin-

güística y la traducción de la Biblia” en Actas del XXXV Congreso Internacional de Ameri-


canistas (México, 1962), México, 1964, vol. II, pp. 635-637; Carlos Robles, “Problemas
que se presentan en la expresión de los conceptos filosófico-religiosos del Cristianis-
mo en las lenguas indígenas de América”, Actas del XXXV del Congreso Internacional de
Americanistas (México, 1962), México, 1964, vol. II, pp. 615-624; Wigberto Jiménez Mo-
reno, “Filosofía de la vida y transculturación religiosa. La religión mexica y el Cristia-
nismo”, XXXV Congreso Internacional de Americanistas (México, 1962), México, 1964, vol.
II, pp. 543-613; Ascensión H. de León-Portilla, Tepuztlahcuilolli, impresos en náhuatl, his-
toria y bibliografía, México, UNAM, t. I, pp. 24-30.
GuzmanBetancourt 07 24/6/04 12:10 Page 102

102 pilar máynez vidal

to los podemos dividir en dos grandes rubros: sustantivos propios y


comunes. James Lockhart comenta respecto a este punto que: “los
préstamos [incorporados en las primeras décadas de la Colonia] no
son mínimos y que en la mayoría de los casos se puede argumentar
incluso que es posible interpretarlos nominalmente”.8
Tanto los nombres propios como los comunes pueden aparecer en
su forma simple y compuesta, es decir, ya como vocablos sueltos, ya
como sintagmas. De esta forma tenemos: diezmos, padrinos, sacramen-
tos y doctrina cristiana, sentidos corporales, orden sacerdotal, Santa María,
Pater Noster. Así mismo, a unos y a otros pueden incorporárseles pre-
fijos o sufijos del náhuatl: tipadre, imaniman, cristianoyotl, cruztitech, Dio-
se, sanctome. La pluralización de los hispanismos con el sufijo me no se
identifica únicamente en textos sagrados de esta índole. En el vasto
corpus compilado y analizado por Lockhart, se registran numerosos
casos en los que aparecen tanto me como tin incluidos al final del tér-
mino castellano; caballos alterna con cahuallome, cahuallos y cahuallos-
me. Queda claro, entonces, que los préstamos introducidos en la Doc-
trina cristiana son en su totalidad sustantivos o sintagmas nominales
que en ocasiones pueden incluir al principio o al final del vocablo
elementos del náhuatl.
Pero ¿de qué manera se podrían explicar los criterios adoptados
por Molina en la incorporación de hispanismos en esta obra funda-
mental de la tarea catequística? Algunos de los términos castellanos
alternaron con su equivalente forma amerindia; por ejemplo, pecado
venial convive en el texto indígena con tepiton tlatlacolli; lo mismo ocu-
rre con la palabra fe y su equivalente tlaneltoquiliztli. Otras veces la in-
serción de préstamos responde más bien al interés por transmitir cla-
ramente la idea a la que se hace referencia: No oncatqui chicuntlamantli
qualtiuani, yectiuani: yn itoca virtudes. En este caso existe una sobrealu-
sión al concepto expresado en náhuatl mediante qualtiuani, yectiuani,
a través del hispanismo virtudes. Pero también esta repetición podría
deberse al hecho de que la voz hispana se encontraba apenas en un
proceso de introducción en el náhuatl, y por tanto requería de una
especificación adicional. Recordemos que esta obra corresponde a
un periodo muy temprano de la Colonia (1546) en el que los nuevos

8 James Lockhart, Los nahuas después de la Conquista. Historia social y cultural de la po-

blación indígena del México central. Siglos XVI-XVII, México, FCE, 1999, p. 412.
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los hispanismos en la “doctrina cristiana” de molina 103

conceptos que los frailes deseaban enseñar necesitaban una especial


precisión.
Ahora bien, si revisamos los campos semánticos en los que se ob-
serva este fenómeno de interferencia advertimos aspectos de gran in-
terés, como los siguientes: la enunciación de los pecados mortales y
de las virtudes contrarias a esas graves transgresiones aparecen tradu-
cidas en el texto indígena, esto es, si en el escrito castellano leemos
soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza, en el mexicano en-
contramos nepoaliztli, teuyeuacatiliztli, auilnemiliztli, qualaniliztli, nexu-
tiliztli, nexicoliztli, tlatziuiztli.
Lo mismo ocurre con la enumeración de las virtudes teologales y
cardinales fe, esperanza y caridad, por una parte, y justicia, prudencia, for-
taleza y templanza, por otra, que aparecen transvasadas en el apartado
en náhuatl como tlaneltoquiliztli, netemachiliztli, tetlazotlaliztli y tlachiua-
liztli, nematiliztli, chicaualiztli, tlaiyeyecoliztli, respectivamente.
Molina tradujo sin mayor problema estos términos, quizá porque
las faltas que se pueden cometer o los atributos deseados dentro de
la moral cristiana a los que se hacían referencia, son propios de la na-
turaleza humana y, por tanto, no requerían una alusión diferenciada
mediante el hispanismo. Sin embargo, éste no fue el caso de los sa-
cramentos que aparecen en el texto indígena mencionados a través
del vocablo castellano. Aquí podemos observar un especial interés en
destacar particularmente cada uno de estos siete conceptos: bautis-
mo, confirmación, penitencia, comunión, extremaunción, orden sa-
cerdotal y matrimonio.
Ahora bien, en el texto que hemos venido tratando encontramos
una caso especial, esto es, la referencia al primero mediante la pala-
bra castellana pero también a través de su equivalente náhuatl; así
aunque es más frecuente la incorporación de bautismo, en uno de los
últimos apartados leemos moquaatequia, para bautizar, forma que apa-
rece igualmente en otras obras catequísticas del fraile.9 El empleo de
una u otra voz podría estar vinculado, entonces, a cuestiones de ín-
dole gramatical y semántico-cultural. Para el nombre del sacramento

9 El término “bautismo” aparece también en los Confesionarios de Molina; no obs-

tante, al cambiar de categoría gramatical se emplea otimoquatequi. Véase Pilar Máynez,


“La incidencia de hispanismos en los Confesionarios mayor y menor de fray Alonso de Mo-
lina: un análisis contrastivo”, Estudios de Cultura Náhuatl, UNAM, 1999, vol. 30, p. 283.
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104 pilar máynez vidal

Molina no hace concesiones; lo distingue con el hispanismo aun


cuando, como se ha dicho anteriormente, el concepto quede como
un elemento extraño e impuesto; no así la referencia a la acción co-
rrespondiente (bautizar), quizá porque el ritual indígena incluía tam-
bién una práctica muy parecida a aquel acto de purificación cristia-
no, por lo que su traducción permitía a los nuevos catecúmenos una
más fácil referencia.10
Recordemos que la ceremonia prehispánica comprendía dos par-
tes: el lavatorio del niño y la imposición de su nombre. En ésta la co-
madrona, según leemos en el libro VI del Códice florentino: “metía en
el agua a la criatura y dezia. Entra hijo mjo, o hija mja en el agua que
se llama matlalac, y tozpalac, laveos ella, limpieos el que esta en todo
lugar, y tenga por bien de apartar de voz todo el mal que trays con
vos”.11 Por otra parte, en el apartado correspondiente a la amonesta-
ción breve para los que se acaban de bautizar de la Doctrina cristiana
encontramos un notable paralelismo con el texto indígena que arri-
ba transcribimos: “Hijo muy amado: Nuestro Señor te ha hecho ago-
ra muchas mercedes, porque te ha alimpiado y te ha perdonado to-
dos tus pecados, y te ha adoptado en hijo, y eres ya miembro de la
Sancta Iglesia, y quedas libre de los pecados que te afligian mucho”.12
Como se puede advertir, existe una evidente similitud entre ambos
actos iniciáticos de purificación, lo cual podría explicar tanto la in-
serción del préstamo como la traducción del concepto a su aproxi-
mado indígena. Pero lo anterior no implica que estas dos formas (bau-
tismo y moquaatequia) sean intercambiables, como no lo son otros

10 Jacques Soustelle advierte al respecto: “Cuando el hombre nace o ‘desciende’ (te-

mo) por decisión de la dualidad suprema, se encuentra automáticamente insertado en


este orden, aprisionado por esta máquina omnipotente. El signo del día de su naci-
miento lo dominará hasta su muerte; determinará incluso ésta y, por consiguiente, su
destino ulterior, según que haya sido escogido para morir sacrificado –se unirá enton-
ces al cortejo resplandeciente del Sol– o ahogado, en el cual caso conocerá las delicias
del Tlalocan, o en fin, destinado a la aniquilación en el más allá tenebroso del Mictlán.
Toda su suerte se halla sometida a una predestinación rigurosa”. En Miguel León-Por-
tilla, La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, México, UNAM, 1993, pp. 193-194.
11 Fray Bernardino de Sahagún, Códice florentino, Historia general de las cosas de Nue-

va España. Manuscrito 218-20 de la Colección Palatina de la Biblioteca Medicea Laurenziana,


edición facsimilar, México, Florencia, Casa Editora Giunti Marbera, AGN, 1979, lib. 6,
fols. 149 y 150, pp. 153v. y 154r.
12 Fray Alonso de Molina, Doctrina cristiana, p. 53.
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los hispanismos en la “doctrina cristiana” de molina 105

conceptos que en esta Doctrina no aparecen con su traducción, pero


que en otras obras catequísticas sí la incluyen, lo cual podría invitar
en un primer momento a inexactas comparaciones.13
A pesar de sus correspondencias con el indígena, el bautismo cris-
tiano, al menos en las primeras décadas de la evangelización, no fue
comprendido plenamente por los nuevos prosélitos. En el Confesiona-
rio mayor, Molina reprende a quienes se bautizan dos veces, lo que sig-
nifica que el rito no estaba asimilado del todo. ¿Qué se puede espe-
rar, entonces, de aquellos sacramentos, como el de la Extremaunción,
que según explica el franciscano, “recibe el que está ya para morir”,
los cuales no tenían parangón posible con la religión pagana y que,
como se advierte en este caso, tuvieron que expresarse a través de la
voz prestada?
El fenómeno de interferencia lingüística al que nos hemos venido
refiriendo requiere de un minucioso análisis que permita explicar de
manera más sistemática los criterios adoptados por los frailes en el
empleo ya del préstamo, ya de la traducción de los conceptos torales
de la religión que deseaban implantar. Para ello es fundamental la
elaboración de un inventario extraído de las obras catequísticas que
contemple no sólo los casos que hemos señalado de manera muy so-
mera aquí sino otros más, como el de la generación de neologismos
a partir de los elementos preexistentes en las lenguas aborígenes, la
fecha probable en que comenzaron a circular y el significado que re-
vestían. Tal examen nos permitirá comprender más claramente uno
de los más interesantes casos de transculturación lingüística en el
Nuevo Mundo.

13 Sobre lo anterior dice Pedro Carrasco que: “al describir la religión del México

antiguo se usan palabras como dios, ídolo, alma, cielo, infierno, etc., más o menos con-
sagradas por el uso. Como es natural no deben aceptarse las connotaciones que pue-
dan tener estos términos desde el punto de vista partidista de cualquier religión”, His-
toria general de México, México, El Colegio de México, t. I, 1977, p. 235.
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YN IQUALTICA YECTICA YGRATIA: LOS MARCADORES


DISCURSIVOS COMO ESTRATEGIA PARA EVANGELIZAR

MERCEDES MONTES DE OCA VEGA*

1. INTRODUCCIÓN

La gran producción de textos religiosos que se originó a raíz de la


conquista, hizo necesario adecuar no sólo la lengua de la evangeliza-
ción al nuevo momento histórico, sino también las formas empleadas
para lograr persuadir al indígena acerca de la posibilidad de sustituir
sus creencias por la doctrina cristiana.
Había conceptos que los frailes querían transmitir y otros que era
necesario desaparecer. Con este fin en mente se siguen diversas estra-
tegias conceptuales y textuales para reformular creencias y otros as-
pectos de la idiosincrasia indígena desde la perspectiva católica.
A nivel muy general, podemos mencionar algunas de estas estrate-
gias tales como la creación de neologismos en la lengua náhuatl, los
cuales permiten la transmisión del concepto deseado sin interferen-
cias. Por ejemplo, el pecado, designado por la palabra tlahtlacolli, tie-
ne como origen el verbo ihtlacoa, que fray Alonso de Molina traduce
como “estragar o dañar algo” (Molina [1571] 1977:43r). El neologis-
mo se convierte así en el mejor vehículo, tanto a nivel lingüístico co-
mo conceptual, para implantar una unidad de significado que estaba
ausente del universo prehispánico, concretamente en un texto de fray
Andrés de Olmos, tiene una presencia constante. Me refiero al Trata-
do sobre los siete pecados mortales, elaborado en náhuatl por fray Andrés
en 1551 y publicado por Georges Baudot en 1996 con traducción al
español. La estructura lingüística del vocablo citado es adaptada fá-
cilmente al paradigma conceptual católico para transmitir significa-
dos precisos como “pecado mortal”, “pecado venial”, “caer en pecado”,
“el pecado es malo”:

temictiani tlatlacolli
“pecado mortal”
(Olmos [1551] 1996:18)

* UNAM/IIFL.

[107]
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108 mercedes montes de oca vega

ayc ypan uetz in tlatlaculli


“nunca cayó en pecado”
(Olmos [1551] 1996:114)

yn ixquich tlatlacolli mochi amo qualli


“todos los pecados son muy malos (no buenos)”
(Olmos [1551] 1996:232)

ypan huetçihua in tepiton tlatlacolli in itoca venial


“se cae en pecado pequeño, su nombre es venial”
(Olmos [1551] 1996:142)

Otro recurso consiste en la desemantización de los vocablos. En es-


te caso, no se trata de la creación sino la reutilización de algunos de
los lexemas que, previamente, debían vaciarse del sentido que tenían
para ser empleados, con posterioridad, en nuevos contextos de corte
cristiano, por ejemplo: teopixque, “sacerdote”; Mictlan, “infierno”. Este
último aparece en el Tratado de los siete pecados mortales, designado, no
por los difrasismos registrados en el Libro VI del Códice Florentino:

in mictlan in ilhuicac “en el lugar de los muertos” /


“en el cielo”

ahpochquiahuayocan ahtlecallocan “donde no hay salida para


el humo” / “donde no hay
chimeneas”

in atlan in oztoc “en el agua” / “en la cueva”

in mictlan in yohuayan “en el lugar de los muertos” /


“en la oscuridad”

in chantli in mictlan “en el hogar” / “en el lugar


de los muertos”

sino por otros difrasismos cuyos términos asociados, si bien no son


una innovación respecto al inventario del Florentino, sí lo es la asigna-
ción del significado, como, por ejemplo: “la trampa” y “el mecate” in
tzonhuaztli in mecatl, que constituía uno de los difrasismos que nom-
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los marcadores discursivos como estrategia 109

braba al castigo. Así, con esta asociación, se reformula el sentido del


Mictlan como un lugar de castigo:

tzonhuazco mecac mictlan


“en la trampa, en el mecate, en el Mictlán”
(Olmos [1551] 1996:20)

Este difrasismo también es empleado en un nuevo contexto que


sirve para dotarlo de una sustancia semántica diferente por la inclu-
sión de la figura del diablo, personaje desconocido hasta el momen-
to y al cual se prefiere nombrar en español:

yuhqui yn itzouaz yuhqui yn imecauh in diablo


“como su trampa, como su mecate del diablo”
(Olmos [1551] 1996:46)

Estos ejemplos nos llevan a otra de las estrategias, a saber, la que


consistía en emplear los mismos parámetros conceptuales, siempre y
cuando existiera la posibilidad de asociarlos con el paradigma católi-
co. De tal suerte, tenemos la identificación y posterior asimilación de
la suciedad con el pecado, asemejándose esta relación al paradigma
indígena en el cual lo sucio, expresado por un difrasismo in teuhtli in
tlazolli, “el polvo”/“la basura”, denominaba una conducta que iba con-
tra la norma, referida preferentemente a los hábitos sexuales. A pe-
sar de que la analogía no respetó el significado exacto, el traslado se-
mántico al contexto católico fue eficaz:

in teuhtli in tlaçolli yn ixquich yn amo qualli in aiectli


“el polvo, la basura todo lo no bueno, lo no recto”
(Olmos [1551] 1996:256)

Otro recurso consistió en incluir términos en español, los cuales


eran empleados junto a una perífrasis que permitía la explicación, en
lengua náhuatl, para hacer más eficiente su estandarización y difu-
sión. El caso del bautismo, en el texto de Olmos, constituye un ejem-
plo de este procedimiento en el cual, a través de una estructura di-
frástica, el primer término, “lavarse la cabeza”, hace explícita la
naturaleza del segundo: recibir el bautismo:
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110 mercedes montes de oca vega

yn otimoquatequi yn oticceli baptismo


tú te lavas la cabeza, tú recibes el bautismo
(Olmos [1551] 1996:88)

Este último ejemplo nos lleva al tema del presente trabajo: el em-
pleo de los difrasismos en los textos de evangelización, particularmen-
te en aquel de fray Andrés de Olmos y la manera en la que estas es-
tructuras son incorporadas en los textos en cuestión.
La enumeración previa de los mecanismos lingüísticos y concep-
tuales en el material textual católico no es exhaustiva; sin embargo,
creo que es necesario profundizar en este tema para entender los me-
canismos lingüísticos de la evangelización.1

2. LOS DIFRASISMOS EN EL TEXTO DE OLMOS

Los difrasismos son construcciones lingüísticas que consisten en la


yuxtaposición de dos términos cuyo significado es diferente de aquel
de los lexemas que los componen. Por lo tanto, se puede decir que
el significado no se obtiene a través de una sumatoria de los térmi-
nos.
Para ilustrar estas estructuras tenemos algunos ejemplos de difra-
sismos nominales y verbales:

atl metlatl = mujer iztlactli tencualactli = mentira


“agua” “metate” “saliva” “baba”
itqui mama = gobernar xotla cueponi = brotar
“cargar” “portar” “encender” “estallar”

1 Como bien lo dice L. Burkhart: “By allowing Christian doctrine to be shaped by

Nahuatl terminology, and by assuming that Nahua concepts of time, morality and cos-
mology were comparable to theirs, the friars inadvertenlty fostered the retention of
much indigenous belief, within the context of colonial Nahua Christianity. It is only
through close study of their native-language doctrinal writings that the dialogue bet-
ween indians and priests, between inidigenous culture and Christianity, can be recons-
tructed, and that simplistic models of ‘syncretism’ and ‘survival’ can be replaced by a
deeper understanding of the processes of culture contact” (Burkhart, 1988:253).
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los marcadores discursivos como estrategia 111

Tradicionalmente han sido estudiados desde una perspectiva esti-


lística pero es necesario destacar que son formas que pertenecen a la
lengua y expresan las maneras de percibir y conceptualizar de los ha-
bitantes del México prehispánico.
Como marcadores discursivos, están presentes en contextos con-
trolados y tienen diversas funciones entre las que destacan: la deno-
minación de un referente significativo a través de una estructura pa-
ralela, y la asignación de un estatuto honorífico a través del cual se
distinguen ciertos referentes. El empleo de los difrasismos en lugar
de los términos habituales permite destacar ciertos rasgos semánticos
poniéndolos en perfil.2
Los difrasismos sobre los que versa este trabajo se recopilaron de
un texto escrito exprofeso para la evangelización, llamado Tratado so-
bre los siete pecados mortales del franciscano Andrés de Olmos, fechado
en 1551-1552. Este texto está, según Baudot:

totalmente elaborado en lengua náhuatl, cuenta con setenta y seis hojas rec-
to y vuelto desde el folio 312r hasta el 387v, en que bruscamente se interrum-
pe con una frase trunca, presentando así una mutilación que lo hace incom-
pleto, ya que el folio 388 parece haber sido arrancado (Baudot 1996:ix)

El cuerpo del texto se divide en capítulos y subcapítulos que tra-


tan sobre los diversos pecados agrupados en los siete, considerados
como mortales. Así, se incluyen pecados como la desobediencia, la
vanagloria, la jactancia, la irreverencia, el desprecio, la vanidad, la am-
bición, la hipocresía, la avaricia, la simonía y la rapiña, el fraude y el
hurto, el juego, la lujuria, el adulterio, el estupro, la gula, la ira, el
enojo, la pereza y la envidia.
El análisis que presento a continuación se concibe de manera
comparativa con un corpus recolectado previamente del Libro VI del
Códice Florentino. En este texto se identificaron y clasificaron, de
acuerdo con su estructura, los difrasismos que estaban presentes más
de dos veces en dicho manuscrito. Dadas las características y los ob-
jetivos con los que fueron recopilados los diversos libros del Floren-

2 El proceso de poner en perfíl o perfilar se refiere a un concepto de la gramática

cognoscitiva que consiste en una entidad, designada por una predicación, que es pro-
minente y se puede pensar como un tipo de punto focal (Langacker, 1987:118).
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112 mercedes montes de oca vega

tino3 se puede plantear una diferencia sustancial entre éste y el tex-


to que nos ocupa. En consecuencia, considero que es posible propo-
ner que el corpus básico contiene difrasismos que pueden estar más
apegados a una tradición textual prehispánica, mientras que los di-
frasismos que se encuentran en el texto de fray Andrés de Olmos res-
ponden a un nuevo momento lingüístico y cultural.
La primera diferencia entre ambos corpora son los difrasismos que se
privilegian, es decir, los que tienen una mayor frecuencia de aparición.
En el primer cuadro se presentan los difrasismos construidos a par-
tir de dos nominales:

Libro VI Códice Florentino Frecuencia Tratado de los Siete Frecuencia


Pecados
in atl in tepetl 98 in qualli in yectli 49
“el agua” “el cerro” “bueno” “recto”
in nantli in tahtli 94 in ixtli in yollotl 26
“la madre” “el padre” “ojo-cara” “corazón”
in cuauhtli in ocelotl 72 in tetl in cuahuitl 26
“el águila” “el ocelote” “la piedra” “el palo”
in petlatl in icpalli 57 in atl in tepetl 25
“el petate” “el asiento” “el agua” “el cerro”
in ilhuilli in macehualli 50 in cueitl in huipilli 16
“la recompensa” “la falda” “la camisa”
“el merecimiento”
in cozcatl in quetzalli 52 in axixtli in cuitlatl 15
“el collar” “la pluma “la orina” “el excremento”
preciosa”
in cuahuitl in tetl 34 in nantli in tahtli 13
“el palo” “la piedra” “la madre” “el padre”
in chalchihuitl in teoxihuitl 33 in tenyotl in mahuizyotl 14
“la jadeíta” “la turquesa” “el renombre” “la fama”
in cententli in cencamatl 33 in axcaitl in tlatquitl 11
“un labio” “una boca” “la propiedad” “el bien”
in cualli in yectli 25 in cuitlapilli in ahtlapalli 11
“lo bueno” “lo recto” “la cola” “el ala”

3 Para más información acerca de los objetivos y el método de recopilación etno-

gráfica de Sahagún, consultar Ascensión Hernández, ed., 1990; Edmonson, ed., 1974.
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los marcadores discursivos como estrategia 113

En el segundo cuadro aparecen los difrasismos formados por dos


estructuras verbales:

Libro VI Códice Florentino Frecuencia Tratado de los Siete Pecados Frecuencia


Capitales
itqui - mama 48 ihtoa- tenehua 31
“cargar” “portar” “decir” “hablar”
choca - tlaocoya 38 cocoa - tolinia 29
“llorar” “sufrir” “estar enfermo” “ser pobre”
tlacoti - tequiti 35 cuiltonoa- tlamachtia 20
“trabajar” “laborar” “gozar” “disfrutar”
notza - tzahtzi 30 mauhtia - izahuia 18
“llamar” “gritar” “tener miedo” “espantar
a alguien”
ihiyohuia - ciahui 26 ahci tlalia pachihuia 16
“padecer necesidad” “alcanzar” “poner” “satisfacer”
“adquirir con trabajo
lo necesario a la vida”
tonehua - chichinaca 25 pohua - atlamati 16
“padecer dolor” “tener respeto a otro”
“tener dolor” “embaucar a otro”
cui - caqui 24 teca - pechteca 16
“agarrar” “oír” “tender” “humillarse”
atli - tlaqua (tlamaca) 24 chihua-tlahueliltic4 15
“dar de beber” “hacer” “ser desgraciado”
“dar de comer”
temiqui - cochi 23 ihca -nemi 14
“soñar” “dormir” “estar de pie” “vivir”
cuiltonoa - tlamachtia 22 choca -tlaocoya 14
“gozar” “disfrutar” “llorar” “sufrir”
yoli - tlacati 22 cocoa - izahuia 13
“vivir” “nacer” “estar enfermo” “espantar”
paca - altia 20 tliltia – catzahua 13
“lavar” “bañar” “enegrecer” “ensuciar”
cui - ana 19 zoma - nenequi 13
“agarrar” “tomar” “enojarse” “hacerse del rogar”
cua - i 17 pachoa - yacana 10
“comer” “beber” “gobernar” “guiar a otro”

4 Este par, a pesar de su alta frecuencia, sólo presenta una forma: omochiuh omotlaue-
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114 mercedes montes de oca vega

Es obvio que la frecuencia de los difrasismos en el Códice Florentino


es más elevada, ya que es un texto más extenso; pero, si nos concen-
tramos en la frecuencia relativa, es posible establecer la comparación
y señalar algunas particularidades.
En el caso de los verbales, el difrasismo más común en el texto Tra-
tado sobre los siete pecados mortales es:

Ihtoa tenehua
“decir” “hablar”

Si se piensa que el objetivo y carácter del citado texto se centran en


la predicación tiene sentido que sea precisamente este par el que apa-
rece con más frecuencia, aunque el uso es distinto ya que las expresio-
nes se refieren a la mención y al acto de invocar los nombres de Jesús
y de Dios. Asimismo, las posibilidades de diversidad estructural se res-
tringen al utilizar la forma pasiva y el eventual de la forma pasiva:

iceltzin dios qualli yectli ytoloni teneualoni


“sólo Dios debe ser bien-rectamente hablado, mencionado”
(Olmos [1551] 1996:24)

in itocatzin Jesus yn nouiyan ytoloz teneualoz


“su nombre de Jesús en todas partes será dicho, mencionado”
(Olmos [1551] 1996:70)

Respecto a los difrasismos nominales, el que predomina, en el ca-


so del texto de fray Andrés de Olmos, es el que se refiere a lo bueno
y a lo recto. De las 49 apariciones, 12 tienen un sentido negativo, lo
no bueno, lo no recto:
qualli yectli
“lo bueno” “lo recto”
(Olmos [1551] 1996:18, 24, 22, 32, 26, 208)

liltic. La elección de un verbo irregular, cuya única forma es la 3a. Sg, impide que el
verbo chihua, “hacer”, aparezca flexionado y, por lo tanto, este difrasismo podría ser
considerado como un congelamiento lingüístico los cuales son considerados estructu-
ras lingüísticas que se constituyen como pares ordenados convencionalmente, cuyo or-
den está congelado o fijo y también la forma bajo la cual aparecen ya que no permi-
ten flexiones o derivaciones (Cf. Landsberg, 1995).
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los marcadores discursivos como estrategia 115

yn aqualli in ayectli
“lo no bueno” “lo no recto”
(Olmos [1551] 1996:24,38,58)

yn aqualhcan yn ayeccan
“en el lugar no bueno” “en el lugar no recto”
(Olmos [1551] 1996:14, 106)

yn amoqualli yn amoyectli
“lo no bueno” “lo no recto”
(Olmos [1551] 1996:44)

Esta estructura no difiere de la que se presenta en el Códice Floren-


tino. Sin embargo, en el Tratado se añaden otros términos a este par.
En un trabajo anterior propuse que la existencia de un tercer térmi-
no, que se integraba de manera facultativa a los pares establecidos, se
empleaba para especificar o designar el sentido que tenía el difrasis-
mo (Montes de Oca, 2000).
En consecuencia, tenemos un tercer término que es el que apare-
ce con más frecuencia: chipahuac:

ynic yectli inic qualli ynic chipaoac


“con lo recto, con lo bueno, con lo limpio”
(Olmos [1551] 1996:34)

yn iyectica yqualtica ichipauaca


“su rectitud, su bondad, su limpieza”
(Olmos [1551] 1996:44)

ma qualli yectli chipahuac


“que (sea) bueno, que (sea) recto, que (sea) limpio”
(Olmos [1551] 1996:44)

ynic qualli yectli chipahuac


“con lo bueno, recto limpio”
(Olmos [1551] 1996:156)

qualli yectli chipahuac


“bueno, recto, limpio”
(Olmos [1551] 1996:192,240)
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116 mercedes montes de oca vega

En este caso es importante señalar que se viola uno de los princi-


pios estructurales de la formación de difrasismos al parear términos
de diferentes clases (Montes de Oca, 2000).5 Los dos primeros son no-
minales mientras que el último tiene un sufijo adjetival. Así, a pesar
de que el lexema está en lengua náhuatl, la construcción del difra-
sismo sigue el paradigma del español al considerar que tanto qualli
como yectli son formas adjetivas y por lo tanto la inclusión de chipa-
huac es apropiada.
De tal suerte, el espacio de significación de este difrasismo se an-
cla a un contexto cristiano a través de la inclusión de este tercer lexe-
ma cuyo significado: chipauac. Cosa limpia, hermosa o clara (Molina,
1577:21r), con facilidad nos remite al concepto de limpieza = pure-
za, omnipresente en la ideología cristiana.
También está presente un término que aparece sólo una vez, teto-
liniloyan “lugar en el que se sufre, hay aflicción”, junto a la construc-
ción negativa de este par:

yn can aqualhca ayecca yn tetoliniloyan


“en el lugar de lo no bueno, de lo no recto, en el lugar
del sufrimiento y la aflicción”
(Olmos [1551] 1996:90)

Esta estrategia tiene una variante cuando se incluye el tercer lexe-


ma en latín para establecer la denominación pretendida, se recupe-
ra así el sentido estricto que Olmos busca establecer para los otros dos
términos.

Yn iqualtica yectica ygratia


“su bondad, su rectitud, su gracia”
(Olmos [1551] 1996:6, 226)

El término en latín, gratia, se añade en tres ocasiones a los lexe-


mas: qualtica yectica, cuya forma nominal se ha alterado6 para integrar

5 Este difrasismo aparece una sola vez en el corpus del Libro VI del Florentino pero

no se rompe la simetría estructural ya que se preserva en los tres términos la forma ver-
bal: ma qualtia ma iectia ma chipaoa (Cf: Libro VI: 175).
6 Este proceso puede ser similar al que reporta L. Burkhart respecto a teoyotl: “The
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los marcadores discursivos como estrategia 117

el sufijo –ti y formar un verbo intransitivo que indica “el ser o el vol-
verse” (Launey, 1992:268). A dicho verbo se le cambia, por segunda
vez, la clase a una nominal a través del sufijo participial –ca que ex-
presa un estado o lo que produce un estado (Launey, 1992:279). Se
construye así, una estructura que tiene una presencia escasa en el Flo-
rentino,7 y cuya composición evidencia una complejidad innecesaria
ante la existencia de varias formas nominales respectivas: qualli, qual-
tiliztli, quallotl yectli, yectiliztli, yectiliztica. Por lo tanto, podría pensarse
que se trata de una forma de innovación léxica con la cual se cons-
truye una especialización semántica:

yn ica yqualtica yca yectica yçan ypaltzinco yca ygratia


“con su bondad con su rectitud y junto con su gracia”
(Olmos [1551] 1996:58)

Estos ejemplos sugieren que los difrasismos han sufrido procesos


de modificación que cambian la forma original y el sentido que te-
nían en los textos de filiación prehispánica.
En los documentos empleados para la evangelización es evidente
el reconocimiento de la utilidad que tenían los difrasismos como re-
cursos discursivos. Las alteraciones a las formas y sentidos originales
de estas formas son de varios tipos, su enumeración y explicación re-
basaría el espacio considerado para este trabajo.8 Sin embargo, es ne-
cesario señalar que la modificación más notoria consiste en emplear
una estructura paralela para incorporar términos, estrictamente cris-
tianos. Se construyen así, difrasismos propios para el contexto de los
textos de evangelización.

friars often employed this term teoyotica (in a sacred or divine way, or divinely, from teo-
yotl, an abstract form of the noun teotl (deity) plus the instrumental suffix -tica) as a
way of expressing metaphorical relationships between earthly and spiritual referents”.
El análisis gramatical si bien es diferente del que yo propongo no deja de sorprender
que se emplee la misma forma (Burkhart, 1988:249).
7 Las únicas apariciones se registran en el Códice Florentino, cualtica aparece tres ve-

ces en el mismo contexto en referencia a los días malos y buenos del tonalpohualli en
la misma forma 3a. SgPos, y una sola vez junto a la única aparición de yectica (Cf. Dib-
ble & Anderson, Libro 4, f. 9, 96; Libro 6, f. 16, 198; Libro f.1, p. 25).
8 Una versión más extensa de este artículo que incluirá los tipos de modificaciones

que presentan los difrasismos será publicada más adelante.


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118 mercedes montes de oca vega

in yolia in nacayotl
“la vida” “la carne”

in teoyotl in ilhuicayotl
“lo divino” “lo celestial”

in qualli in gratia
“lo bueno” “la gracia”

in angelome in diablome
“los ángeles” “los diablos”

in dios in oquichtli
“dios” “el varón”

in angelome in sanctome
“los ángeles” “los santos”

3. NÚCLEOS CONCEPTUALES

La propuesta de los núcleos conceptuales surge a partir de la presen-


cia de varios difrasismos en relación a un mismo referente, al cual de-
signan de manera diferenciada. Es decir, cada uno destaca o perfila
ciertos rasgos o características de un significado que puede conside-
rarse como global. En el Tratado… es posible identificar algunos de
estos núcleos que se refieren a:

la persona: in ixtli in nacaztli


“el ojo-rostro” “la oreja”
in ixtli in yollotl
“el ojo-rostro” “el corazón”
in maitl in icxitl
“la mano” “el pie”

la pareja in cihuatl in oquichtli


“la mujer” “el varón”
in pilli in cihuapilli
“el noble” “la mujer noble”
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los marcadores discursivos como estrategia 119

la mujer: in malacatl in tzotzopaztli


“el huso” “el palo de tejer”
in cueitl in huipilli
“la falda” “la camisa”

el hombre: in cuauhtli in ocelotl


“águila” “ocelote”
in huictli in mecapalli
“el azadón” “el mecapal”

los ancestros in ilama in huehue


“la vieja” “el viejo”
in nantli in tahtli
“la madre” “el padre”

lo valioso in cozcatl in quetzalli


“collar” “pluma preciosa”
in chalchihuitl in teoxihuitl
“jadeíta” “turquesa”

el peligro in atlauhtli in tepetl


“barranca” “cerro”
in nextepehualli in ohtlamaxalli
“tropezadero” “encrucijada”

la suciedad: in axixtli in cuitlatl


“orina” “excremento”
in teuhtli in tlazolli
“polvo” “suciedad”

el castigo: in tzonhuaztli in tlaxapuchtli in mecatl


“lazo para cazar” “trampa” “mecate”
in tzonhuaztli in mecatl
“lazo para cazar” “mecate”
in tlaxapochtli in tepetl
“lazo para cazar” “cerro”
in tetl in cuahuitl
“piedra” “palo”
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120 mercedes montes de oca vega

in colotl in tzitzicaztli
“alacrán” “ortiga”
in huitztli in omitl in cecec atl
“la espina” “el hueso” “el agua fría”
in axixtli in cuitlatl
“los orines” “el excremento”

Mictlan: in axixpan in cuitlapan


“en el lugar de los orines, en el lugar
del excremento”
tzonuazco mecac mictlan
“en el lugar del lazo para cazar, en el lugar
del mecate”

El núcleo conceptual en el que se registra un mayor número de di-


frasismos es el referente al castigo. Sin embargo, es notorio que sea
precisamente éste en el cual los núcleos conceptuales han sido alte-
rados ya que los difrasismos integrantes son diferentes. Así, en el do-
minio del castigo se incluyen pares que podrían considerarse como
convencionales o prototípicos como:

in colotl in tzitzicaztli in tetl in quauitl


“el alacrán” “la ortiga” “la piedra” “el palo”

Pero también se incluye otro par formado por “espina”, “hueso”,


“agua fría” uitztli, omitl cecec atl que son lexemas que tradicionalmen-
te no constituyen un par del núcleo conceptual de castigo en el cor-
pus base:

Niman uel yehoatl in culutl in tzitzicaztli tetl quauitl ynic


tetzacuilhti yuan uitztli
“Luego él con el alacrán, la ortiga, la piedra, el palo
con esto castiga a la gente y

omitl cecec atl


con la espina el hueso, al agua fría”
(Olmos [1551] 1996:110)
GuzmanBetancourt 08 5/11/04 2:19 PM Page 121

los marcadores discursivos como estrategia 121

a pesar de que el difrasismo in huitztli in omitl no aparece en el cor-


pus del Libro sexto del Códice Florentino, tenemos la referencia en el
diccionario de fray Alonso de Molina, quien la califica como metá-
fora:
vuitztli omitl tetech nicpachoa
“reprehender y castigar a otro”
(Molina, 1577:157v)

uitztli tzitzicaztli tetech nicpachoa


(Molina, 1577:158r)

Literalmente esta última expresión se traduciría como: “yo le apli-


co (o le allego) a alguno la espina el hueso”. Una posible explicación
podría ser que la entrada, en el diccionario mencionado, está indi-
cando una modificación a nivel de los lexemas constituyentes de los
difrasismos y que dicho proceso de alteración de los pares se inició
de forma muy temprana.
También aquellos pares que se consideran prototípicos se han al-
terado, por ejemplo en el difrasismo in tetl in quahuitl “la piedra” “el
palo”, uno de los más comunes y el cual mantiene el orden de apari-
ción9 de los lexemas en las 26 recurrencias que tiene se modifica en
una ocasión. Y sólo se mantiene uno de los lexemas originales qua-
huitl al cual se le añade xochitl para hacer un par nuevo: in quahuitl
in xochitl, “el palo” “la flor” este difrasismo sufre así una descontextua-
lización que lo lleva a perder el nexo con una de las formas de casti-
go más comunes en el México prehispánico.
De tal suerte, es posible que “el palo” y “la flor” constituyan los le-
xemas para construir un difrasismo para castigo y la presencia de la
flor sea con el fin de acentuar un castigo no físico y así reforzar la idea
del castigo después de la muerte, en un espacio cristiano.
Nuevos difrasismos se forman a partir del nuevo contexto y en con-
secuencia podemos considerar que también se agrupan en núcleos
conceptuales correspondientes.

9 El orden de aparición de los lexemas es importante para diferenciar los pares más

establecidos y frecuentes de aquellos que no los son (cf. Montes de Oca, 2000).
GuzmanBetancourt 08 24/6/04 12:33 Page 122

122 mercedes montes de oca vega

4. CONCLUSIONES

Los difrasismos formaron parte de las estrategias textuales y narrati-


vas que los misioneros emplearon para construir una nueva visión del
mundo que estuviera más acorde con el paradigma católico y fuera
mejor aceptada por los indígenas. El empleo y la innovación de los
marcadores discursivos, conocidos como difrasismos, así como su pre-
sencia en diversos textos, elaborados ex profeso para la evangelización,
son evidencia de su papel central en la reestructuración lingüística y
en la conquista espiritual del México antiguo.

BIBLIOGRAFÍA

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nial Mexico”, Ethnohistory, 1988, 35:3, pp. 234-256.

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GuzmanBetancourt 08 5/11/04 2:19 PM Page 124
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 125

UNA DEFINICIÓN DEL NÁHUATL NOVOHISPANO TEMPRANO

FEDERICO B. NAGEL BIELICKE*

En este trabajo expongo los lineamientos para tratar de delimitar el


náhuatl de la época novohispana temprana, sobre la base de algunos
de los documentos que corren desde fines del segundo decenio del
siglo XVI hasta mediados del siguiente. Considero que es prioritario
establecer cimientos firmes y detallados para la elaboración de estu-
dios posteriores. Para lograr tal propósito, distingo cuatro caminos a
seguir con relación al aprovechamiento de las fuentes elegidas: la fo-
nología, la morfología, la sintaxis y la lexicografía y en esta exposición
defino el periodo a estudiar y describo la metodología con relación a
las primeras gramáticas.
El periodo que establezco para el estudio del náhuatl es el que com-
prende las primeras gramáticas y otros documentos alfabetizados de
esta lengua. No disponemos de fuentes anteriores a la conquista que
nos permitan dilucidar las características inmanentes del idioma, a pe-
sar de que los antiguos nahuas tuvieron un sistema incipiente de es-
critura y aún perduran testimonios de esa época pero, en cualquier ca-
so, no auxilian al investigador para llevar a cabo este tipo de pesquisa.
La alfabetización del náhuatl se inicia en el primer contacto con
los castellanos. Aunque no se incorporan palabras nahuas en la pri-
mera carta de relación de Hernán Cortés –sólo hay uno que otro to-
pónimo probablemente del maya–, en la segunda, fechada 30 de oc-
tubre de 1520, se encuentran numerosos antropónimos, gentilicios y
topónimos en náhuatl ya transcritos con el alfabeto latino. Los docu-
mentos más antiguos que se conocen redactados enteramente en ná-
huatl datan de ocho años después como, por ejemplo, el que Lorenzo
Boturini llamó Unos anales históricos de la Nación Mexicana (Hernández
de León-Portilla, 1988, I:17). La semejanza fonológica entre los dos
idiomas facilitó en gran medida los primeros intentos de transcrip-
ción y no dudo que Pedro de Gante, hacia fines de 1523, estaba tra-
tando de aprender el idioma auxiliándose con palabras o frases que

* UNAM/ENEP Acatlán.

[125]
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 126

126 federico b. nagel bielicke

escribía. Es gracias a los evangelizadores e incluso a algunos conquis-


tadores de este periodo que hoy podemos estudiar la riqueza del ná-
huatl tal como se hablaba entonces.
Sería conveniente examinar a fondo los primeros documentos del
idioma y luego reunir los datos obtenidos por tema en una forma que
resulte fácilmente asequible a los lingüistas y nahuatlatos modernos.
Las síntesis deben cubrir los diferentes dominios del idioma: fonolo-
gía, morfología, sintaxis y lexicología. En los años setenta se publica-
ron varias gramáticas y en la siguiente década dos diccionarios que
toman en cuenta el acervo en cuestión, pero, especialmente en lo que
a gramáticas se refiere, no se aclara la procedencia de los materiales,
ni cómo se interpretaron las discrepancias que hay entre los distintos
autores. Por otra parte, acerca de la sintaxis náhuatl casi no hay estu-
dios dignos de referir.
Así pues, mi primer compromiso consiste en definir el periodo que
se va estudiar, y eso es justamente lo que me propongo hacer en esta
exposición, el contexto sirve para justificar la terminología que adop-
to: náhuatl novohispano temprano. Dicho de otra manera, me propon-
go averiguar cómo era exactamente el idioma que registran los escri-
tos alfabetizados más antiguos a los que tiene acceso el investigador.
Las fuentes básicas para estudiar –mediante las cuales defino el
periodo– son, fundamentalmente, las gramáticas, ya que por sus ca-
racterísticas y la información que contienen, delimitan con claridad
un momento clave en la historia del náhuatl. El primer paso consis-
te en reseñar las Artes o gramáticas, indicando cómo los autores orde-
naron su material, en qué tema dejarán su mayor aporte y cuál es la
relación que hay entre ellos y sus dimensiones.

LAS ARTES O GRAMÁTICAS

Se sabe que ya desde el primer decenio después de la conquista los


franciscanos habían elaborado por lo menos una gramática y un vo-
cabulario para auxiliar a sus compañeros en el aprendizaje del ná-
huatl; es de lamentar que dichas obras se conozcan únicamente por
referencias. El primer cronista novohispano de la orden, fray Jeróni-
mo de Mendieta (1980: 224, 550, 625, 661), escribía a fines del siglo XVI
refiriendo los nombres y detalles que se han comprobado parcialmen-
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 127

una definición del náhuatl novohispano temprano 127

te en fuentes independientes; para mayor detalle al respecto, véase As-


censión Hernández de León-Portilla (1988, I:14) y Francisco Morales
(1993:62). Por razones de espacio no profundizo en este interesante
tema pero también porque alejaría al lector de la finalidad principal,
por lo cual regreso a los materiales que sí se pueden consultar.
La gramática más antigua, de la cual se conocen seis ejemplares
manuscritos, es la de fray Andrés de Olmos, Arte para aprender la len-
gua mexicana, terminada en 1547 aunque no vio la imprenta sino has-
ta 1875, en París. Para ordenar las categorías gramaticales del náhuatl
el autor dice que se inspira en el arte latino de Antonio de Nebrija
que, sin lugar a duda, fue el método que utilizó la gran mayoría de
los estudiosos que aprendían el latín como segunda lengua desde fi-
nes del siglo XV y gran parte del XVI en España; sin embargo, es im-
portante señalar que Olmos (1972: 13) advierte claramente que el ná-
huatl es un idioma distinto del latín y, por lo tanto, no sigue del todo
el esquema de Nebrija.
Al hojear su gramática es evidente que, desde el principio, emplea
la metodología nebrisense, pero adapta el orden a uno más adecua-
do con la estructura del náhuatl. En lugar de los “cinco libros” de la
gramática latina, divide su obra en tres partes, la primera contiene
prefijos que él asocia a los pronombres, y continúa con la palabra no-
minal (los pronombres, los sustantivos y los adjetivos); es la parte más
pequeña de la obra, 20.3%. El segundo apartado trata de la palabra
verbal, que es lo más complejo y abundante de la información grama-
tical, 39.8%. Con estas dos partes ha identificado las palabras que
aceptan flexión: nombres, pronombres, verbos y participios, que co-
rresponden a las ocho partes de la oración latina.
En el tercer apartado del libro explica las otras cuatro partes de la
oración: adverbio, conjunción, preposición e interjección, además de
la ortografía y sintaxis, las “maneras de hablar” (21.7%). La edición
de Rémi Siméon de 1875 incluye varios huehuehtlahtolli que se omiten
en la publicación del Museo Nacional y, si agrego esos textos, corres-
ponderían a otro 12.6%. Así, esta parte llegaría a ser casi tan extensa
como la sección de la palabra verbal; las páginas iniciales correspon-
den a otro 5.6%. (He usado las ediciones del Museo Nacional para
comparar la extensión de las gramáticas ya que todas ellas fueron reu-
nidas en un tomo intitulado Colección de gramáticas de la lengua mexica-
na, y, en consecuencia, tienen características tipográficas y de forma-
to semejantes.)
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 128

128 federico b. nagel bielicke

Resulta útil reflexionar sobre el orden que dispuso ya que, a mi pa-


recer, refleja en forma palpable la morfología del náhuatl, las tres par-
tes corresponden a los diversos tipos de palabras (nominales, verba-
les y de partículas); agrega otros datos del idioma en el libro tercero
referentes a fonética y sintaxis. Sin embargo, lo que en verdad consi-
dero genial de la presentación de Olmos es el cambio, con relación
a lo tradicional, al colocar el pronombre antes del nombre, pues así
hace resaltar una de las características que distinguen al náhuatl del
latín, a saber, el uso de prefijos para indicar relaciones de persona
tanto con nombres como con verbos.
Ahora paso al primer Arte que se imprimió, escrito por fray Alonso
de Molina, quien, sin duda, auxilió a Olmos cuando éste aprendía el
náhuatl. El Arte de la lengua mexicana y castellana, publicado en 1571,
fue la segunda gramática impresa de un idioma americano. El orden
de los elementos en este tratado es totalmente distinto del que sigue
Olmos, ya que en el primer apartado sigue rigurosamente el orden de
las partes de la oración, un capítulo por cada uno de las ocho, 66.0%,
y en la segunda, 25.8%, retoma los elementos más complejos del idio-
ma: nominales y verbales, y luego explica la “buena pronunciación” y
las “maneras de hablar”, donde, como ejemplo, presenta un análisis
por palabra del inicio del Padre Nuestro y remite al lector a su “doc-
trina cristiana” para más ejemplos de la “phrasis” de la lengua.
A diferencia de Olmos, él no hace tanto hincapié en los prefijos
sino que constantemente hace referencia a los diversos sufijos del
náhuatl. Esto también es muy interesante, desde la perspectiva del
idioma, y utilizó esos elementos como forma básica de ordenar la in-
formación dentro de los capítulos; sin embargo, esta solución, en al-
gunos casos, aumenta la complejidad para el neófito, ya que en algu-
nos contextos ciertos sufijos desempeñan funciones disímbolas,
aunque aparecen en una misma entrada. En lo que se refiere a su no-
menclatura, ésta no es la que comúnmente se buscaría en la actua-
lidad, en parte por su ortografía y en parte por la forma en que la
define.
La siguiente gramática que se publicó, en 1595, fue escrita por el
padre jesuita Antonio del Rincón, un indígena (al parecer) hablante
nativo de náhuatl y castellano, emparentado con la familia de Neza-
hualcóyotl. Su Arte mexicana es la más pequeña de la época que se es-
tudia. Aunque no lo aclara, es obvio que usa el esquema de la gramá-
tica latina de Nebrija ya que, al igual que éste, divide su obra en cinco
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 129

una definición del náhuatl novohispano temprano 129

libros con temas y orden muy semejantes. Las páginas iniciales, con las
licencias y dedicatoria, representan 14.3%, el libro primero (10.7%),
lo dedica a la palabra nominal, donde incluye los prefijos que, como
los otros autores de la época, clasifica como pronombres, aunque él
los llama semipronombres. La conjugación del verbo y su formación
está contenida en el libro segundo (14.3%), los siguientes dos tienen
material nominal y verbal y en ellos se cubren aspectos más complejos;
en el tercero, el más extenso (17.8%), trata sobre la derivación de no-
minal a verbal y viceversa y diversos sufijos y construcciones verbales
(causativo, aplicativo y honorífico), y al final el frecuentativo. En el si-
guiente, composiciones entre palabras (12.5%) y en el último incluye
toda la información relacionada con la escritura y fonología (14.3%).
Una diferencia con las gramáticas anteriores es que agrega un vo-
cabulario de las palabras utilizadas pero no traducidas en el Arte
(16.1%). Molina (1945: f5v-6r) había mencionado que, siguiendo a
Nebrija, no traducía muchas palabras, entre otras razones por no ha-
cer el libro tan voluminoso. Hay que considerar que él mismo acaba-
ba de publicar su enorme Vocabulario, al cual remite al estudioso. La
pequeña lista de palabras incluida por Rincón en su Arte resulta, a mi
parecer, muy acertada desde el punto de vista didáctico.
Hacia mediados del siguiente siglo salió el Arte mexicano, impreso
en 1642, de fray Diego de Galdo Guzmán. Este religioso agustino fue
el primer profesor que ocupó, en la Real y Pontificia Universidad, las
cátedras de náhuatl y hñähñu (otomí) que se habían abierto desde
el siglo anterior. En forma análoga a Olmos, dividió su libro en tres
partes, la primera con la información de la palabra nominal (18.4%),
la segunda con la conjugación de los verbos (30.7%) y la otra, la más
extensa (42.1%) contiene principalmente información del verbo y al
final las otras partes de la oración (preposición, adverbio, conjunción
e interjección), para concluir con las “maneras de hablar”. Las licen-
cias y dedicatoria, al inicio, representan otro 8.8%.
A medio siglo de la aparición del Arte mexicana de Rincón, y tres
años después del de Galdo Guzmán, se publica el tratado del padre
Horacio Carochi, también jesuita, el Arte de la lengua mexicana con la
declaración de los adverbios della. Carochi sigue muy de cerca el mode-
lo del Arte mexicana de su compañero de orden, pero trata de expli-
car todo con mayor claridad e incorporando numerosos ejemplos, tal
como lo advierte al inicio de su prólogo “Al lector” (Carochi, 1983:
s/n [11]). En realidad, este Arte y el de Olmos son los que están me-
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 130

130 federico b. nagel bielicke

jor explicados y con mayor abundancia de ejemplos, tanto en lo que


se refiere a vocablos como a frases y enunciados.
Ya resalté la semejanza que existe entre este Arte con el de Rincón,
salvo en dos importantes rubros. Para la fonética presenta los datos
básicos en el primer capítulo y luego integra las otras observaciones
de su antecesor en los lugares que corresponden a la explicación mor-
fológica; además, a todo lo largo del libro usa signos diacríticos para
precisar la pronunciación de las vocales en náhuatl; asimismo, el li-
bro quinto lo dedica al adverbio, categoría que no tocó su antecesor.
El libro primero de Carochi trata la palabra nominal (14.8%), el
siguiente de las conjugaciones (16.9%), el tercero y cuarto contiene
el mismo material que el Arte de su antecesor (23.2% y 9.9%, respec-
tivamente). El quinto, que es el más extenso (31.0%), incorpora pre-
ciosos ejemplos utilizando los adverbios, las páginas iniciales repre-
sentan 4.2%.
A continuación se puede apreciar la extensión de las cinco gramá-
ticas y cómo las ordenaron sus autores, concentrados en una tabla pa-
ra facilitar comparaciones:

Autor Olmos Molina Rincón Galdo Carochi


Guzmán
pág.1 %1 pág.1 %1 pág.1 %1 pág.1 %1 pág.1 %1
Iniciales 8 5.6 8 8.2 8 14.3 10 8.8 6 4.2
Libro 1 29 20.3 64 66.0 6 10.7 21 18.4 21 14.8
Libro 2 57 39.8 25 25.8 8 14.3 35 30.7 24 16.9
Libro 3 31 21.7 10 17.8 48 42.1 33 23.2
Libro 4 7 12.5 14 9.9
Libro 5 8 14.3 44 31.0
Textos 18 12.6
Vocabulario 9 16.1
Total 1432 100 97 100 56 100 114 100 142 100

1 La cantidad de páginas en la edición del Museo Nacional y su porcentaje del to-

tal de la gramática.
2 He integrado las páginas que corresponderían a los huehuehtlahtolli a la edición

del museo por comparación con el facsimilar de Rémi Siméon.


GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 131

una definición del náhuatl novohispano temprano 131

Como se puede apreciar por los breves comentarios al presentar


las Artes, cada autor contribuyó con algo específico y valioso, y en-
tre los cinco tenemos una mejor idea de cómo es el idioma náhuatl,
pero ¿qué sucede con las siguientes gramáticas?
En 1673 salió de la imprenta el Arte de la lengua mexicana, de fray
Agustín Vetancurt, consta de 82 páginas en la edición del Museo Na-
cional. Luego se encuentra la del clérigo Antonio Vázquez Gastelu,
Arte de la lengua mexicana, que se imprimió en 1689, y en la edición
que usó como punto de comparación contiene 39 páginas. La últi-
ma del siglo XVII apareció en 1692, Arte de la lengua mexicana según
la acostumbran hablar los indios en todo el Obispado de Guadalajara, par-
te del de Guadiana y del de Mechoacan, por fray Juan Guerra; ésta no
se incluye en la Colección de gramáticas de la lengua mexicana publica-
da por el Museo Nacional; la edición original, en octavo, consta de
78 páginas y es aproximadamente 50% más grande que la de Váz-
quez Gastelu.
La primera observación acerca de estas tres últimas gramáticas,
es que, en términos generales y en relación con las primeras, éstas
son más pequeñas, rasgo distintivo, también, de las del siglo XVIII.
Otro aspecto muy importante es que, por lo menos una, la de Juan
Guerra, se refiere a un dialecto del náhuatl, concretamente a la va-
riante del náhuatl hablado en occidente, tal como se especifica en
el título. Algunas décadas después se publicará otra sobre esa mis-
ma región, y una más que tiene algunos datos que remiten al actual
estado de Guerrero. Es oportuno aclarar que las cinco primeras re-
flejan el náhuatl de la cuenca de México con algunos datos sobre
las zonas aledañas.
Lo que salta a la vista es que, en general, las primeras gramáticas
son voluminosas, constan de aproximadamente cien páginas o bas-
tante más, salvo la de Rincón que se asemeja más a las dos que se
publicaron hacia fines del siglo XVII. Las dos más grandes, práctica-
mente idénticas en tamaño, son las de Olmos y Carochi, y les siguen
la de Galdo Guzmán y Molina. La siguiente sería la de Vetancurt, de
extensión semejante las de Guerra y Rincón y, por último, la muy
pequeña de Vázquez Gastelu. En el siguiente cuadro se pueden
comparar los resultados de la inspección:
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132 federico b. nagel bielicke

Autor Año Pp. M.N. % de Olmos


Andrés de Olmos 1547 143 100
Alonso de Molina 1571 97 67.8
Antonio del Rincón 1595 56 39.2
Diego de Galdo Guzmán 1642 114 79.7
Horacio Carochi 1645 142 99.3
Agustín Vetancurt 1673 82 57.3
Antonio Vázquez Gastelu 1689 39 27.3
Juan Guerra 1692 591 41.3

1 Se comparó el de Juan Guerra de octavo con el de Vázquez Gastelu y su longitud

en la edición del Museo Nacional sería aproximadamente de 59 páginas.

LAS GRAMÁTICAS EN FUNCIÓN DE SU COBERTURA SOBRE TEMAS GENERALES


DE LINGÜÍSTICA

La siguiente etapa en el análisis consistirá en comparar la manera en


que se abordan distintos aspectos de la lingüística: fonológicos, mor-
fológicos, lexicográficos y sintácticos.

Fonología

A cierto nivel todas las fuentes alfabetizadas del náhuatl presentan in-
formación fonológica porque, siguiendo la tradición en España y va-
rios otros países, se trata de usar un signo por cada fonema; sin em-
bargo, por razones históricas esto no siempre es cierto porque el
español está ligado a la ortografía del latín de donde derivó su alfa-
beto y el náhuatl al castellano. Lo importante fue que, al ir conocien-
do los idiomas americanos, usaban este principio para tratar de trans-
cribirlos. Por supuesto hubo problemas: la irregularidad de la
ortografía del castellano, en especial el uso indistinto entre las semi-
vocales y vocales < i, j, y > para los fonemas /i/ e /y/ y además < u, v,
hu > y a veces o para los fonemas /u/ y /w/. Sobre todo hay proble-
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 133

una definición del náhuatl novohispano temprano 133

mas con sonidos que no conocían, en especial los diversos matices de


las vocales que rara vez registraron, porque tenían problemas para
distinguir con certeza lo que ellos llaman “acento”: longitud vocáli-
ca, cierre glotal o saltillo y el acento propiamente dicho.
El primer gramático que trata de solucionar los aspectos fonoló-
gicos del idioma es Rincón y, sin duda, ésta es su principal aporta-
ción. Como hablante nativo del idioma, siguió el reto que dejó Ol-
mos (1972: 11) al señalar en su Arte que variaba mucho el acento y a
veces los vocablos parecían tener dos acentos, algo que él no supo
registrar y que esperaba que otro estudioso lo solucionara. No estoy
de acuerdo con la solución que da Rincón, porque junta en cada una
de sus definiciones de acento varias características distintas, pero él
está consciente del problema, de sus particularidades y lo trata de re-
gistrar mediante signos diacríticos (Smith Stark, 1996: 408); es pro-
bable que la imprenta no tuviera los tipos adecuados, pero al traba-
jar con su gramática detenidamente, se duda de que exista una
sustentación en relación con los “acentos”. Otra aportación al mis-
mo tema es su lista de pares mínimos en la que proporciona ejem-
plos de palabras cuyas variaciones en la vocal conllevan cambios se-
mánticos.
Hay unos problemas menores con Olmos, dos detalles lo distin-
guen de los otros franciscanos de esa época, usa <tç> en lugar del más
común <tz>. El otro es el empleo de una <h> después de la <l> en for-
ma de <lh> y aclara que algunos lo utilizan así; esto lo podemos ver
en Molina y Sahagún pero sólo en dos contextos: lhu y thu. En algu-
nos casos, en aquel tiempo la h del castellano era una fricativa ligera-
mente aspirada.
Por su parte, Molina tampoco solucionó los problemas de las vo-
cales pues, al parecer, no capta la diferencia entre longitud vocálica
y acento, aunque comenta otras cosas interesantes que están relacio-
nadas con la fonología. Galdo Guzmán menciona uno que otro deta-
lle en relación con ciertos cambios de sonidos a lo largo de su Arte,
pero no dedica una sección al asunto.
Carochi, siguiendo las ideas de Rincón, especifica con cuidado y
separa cada elemento como lo hubiera hecho un fonetista de nues-
tros tiempos: distingue acento, longitud vocálica y saltillo. Pero no
se queda allí, sino que usó en su manuscrito, según lo advierte, abun-
dantes signos diacríticos para que no quedara duda al respecto. És-
te es uno de los más importantes aportes de su gramática, ya que a
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 134

134 federico b. nagel bielicke

todo lo largo de ella se marca la longitud vocálica y los saltillos. Ade-


más, retoma otros problemas ortográficos y los aclara a lo largo de
su Arte.
Un ejemplo específico sería el sonido de la semivocal /w/ después
de la vocal que todos escriben con <uh> y él no marca esa <h> como
saltillo, no lo es, y también omite el uso de la <u> como vocal, aun-
que la incluyó en su lista de cinco vocales porque considera la <uh>
como una <u> con aspiración <h> y no saltillo. Es extraño que no pro-
fundice en la relación entre el mismo fonema antes y después de la
vocal, el juego entre <hu–> y <–uh>. No sólo en este caso y con las vo-
cales, sino en general usó una ortografía normalizada, no la varía co-
mo es común en su época y por eso, con muy pocos cambios, algunos
lingüistas han adoptado su sistema como alfabeto tradicional de ná-
huatl.
La ventaja de estas gramáticas es que los autores explican las carac-
terísticas de su ortografía y así se pueden cotejar con más seguridad.
El único que emplea rasgos distintivos para representar algunos fo-
nemas es Olmos, pero explica la razón para usar esa forma de escri-
bir, como ya se comentó arriba.
Con relación a la fonología, las tres Artes principales son la prime-
ra, tercera y última porque Olmos estaba consciente de algunos pro-
blemas aunque no supo cómo solucionarlos; más tarde Rincón hace
el primer esfuerzo por aclararlos. El autor del Arte mexicana presenta
numerosas reglas donde por contextos morfológicos se dan cambios
de longitud de la vocal; además, incluye su tabla de pares mínimos y,
posteriormente, Carochi vuelve sobre el problema y usa signos diacrí-
ticos a todo lo largo de su gramática para registrar esas característi-
cas, con una ortografía normalizada en que no hay duda con relación
a todos los fonemas, mismos que han retomado los gramáticos mo-
dernos. Pasemos ahora a la siguiente categoría.

Morfología

Hay semejanza en la forma que presentan la estructura gramatical del


idioma porque es probable que todos los autores de esa época usaran
un mismo tratado como modelo, la gramática latina de Elio Antonio
de Nebrija. Las diferencias entre ellos se relacionan más con el orden
y presentación de los temas; sin embargo, cada autor adapta la infor-
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una definición del náhuatl novohispano temprano 135

mación del náhuatl en una forma personal y característica del idio-


ma para no caer en la distorsión al tratar de ajustarse a la estructura
de un idioma distinto, el latín. Ya hemos visto esto someramente al
describir cada gramática, aquí se profundiza en lo que se consideran
los temas principales de la morfología, los cuales se han concentrado
de la siguiente manera: prefijos nominales y verbales, palabra nomi-
nal, palabra verbal y los indeclinables; asimismo se aprovecha este
apartado para comentar el espacio que dedican los autores a las “ma-
neras de hablar” (sintaxis) y la “ortografía” (fonética). Estas evalua-
ciones no son enteramente precisas porque en muchos casos se dis-
tribuye este material en diversas partes de las gramáticas, por lo que
se requeriría un estudio más detenido e integral de ellas; sin embar-
go, en general, da una idea de las proporciones como, por su organi-
zación, han hecho hincapié en cada tema.
Considero muy importante señalar que especifican los temas gra-
maticales en términos de cómo se traducen al español. Esto se nota
especialmente con el verbo y, en ocasiones, en las distintas traduccio-
nes de un mismo elemento morfológico. Un caso concreto sería el
tiempo habitual y el sustantivo verbal derivado de éste, que se tradu-
ce con dos formas, verbal o nominal, pero la morfología es la misma.
En otros casos se presentan, por ejemplo, el modo infinitivo, que no
existe en el náhuatl, por la forma en que se traducen las palabras al
castellano: Titlacuaznequi / “Queremos comer”. Otras formas presen-
tan problemas análogos.
Al consultar la gramática de Olmos, encuentro que dedica una
parte sustancial a los prefijos nominales y verbales (11.2%); al pare-
cer, es quien dedica más espacio a este tema porque junta todos los
datos y no los distribuye en diversos apartados. La mayor parte del li-
bro se dedica a la palabra verbal (34.3%), y mucho menos a la pala-
bra nominal (19.5%) y sólo 3.5% a las palabras indeclinables. Dedi-
ca un poco de atención a la fonología (2.1%) pero, finalmente, con
las “maneras de hablar”, que incluye su lista de metáforas y los hue-
huehtlahtolli, el todo representa 23.8%, que es más que la palabra no-
minal.
Un aspecto importante de Olmos es la forma tan clara y bien ex-
plicada que emplea para presentar los conceptos gramaticales y sus
numerosos ejemplos de palabras o frases traducidas. En esto es seme-
jante a Carochi; sin embargo, en Olmos, se presentan los sustantivos
verbales con las palabras nominales al principio, aunque el estudian-
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 136

136 federico b. nagel bielicke

te no haya llegado aún a dominar el material verbal, el cual ni siquie-


ra lo conoce someramente. El autor está consciente de esto y hace re-
ferencia a lo que se verá. Pero didácticamente no es adecuada esta
presentación, pues si se busca algún aspecto de la palabra nominal lo
encontrará uno en la primera parte, salvo lo que clasifican todos los
autores de la época como “preposiciones”, que en realidad son sufi-
jos nominales, hoy mejor conocidos como posposiciones, y en Olmos
aparecen en la tercera parte. En el caso de todos los demás autores,
se tiene que buscar datos de la palabra nominal o verbal en diversas
partes o secciones.
En la gramática de Molina se encuentra que el tema de mayor pe-
so es la palabra verbal, la mitad del libro (50.5%) con sólo 6.2% pa-
ra los prefijos nominales y verbales, y una proporción semejante a la
de Olmos para la palabra nominal (20.6%) las palabras indeclinables
representan el 5.2%. Finalmente, para las “maneras de hablar” dedi-
ca la misma extensión que a la ortografía, 4.1% para cada uno.
Como en los dos casos anteriores, al considerar el Arte mexicana de
Rincón bajo otro punto de vista, encuentro que dedica poco espacio
a los prefijos nominales y verbales (3.6%) porque los presenta en for-
ma de cuadro con pocas explicaciones. La palabra verbal, como en
los otros casos (30.4%) es la parte más extensa, otro 17.9% cubre la
palabra nominal; no menciona las palabras indeclinables y, finalmen-
te, para las “maneras de hablar” sólo dedica 3.6%. Es quien dedica
más espacio a la fonología (8.9%), e incluye una relación de sus pa-
res mínimos en el vocabulario (21.3%).
Galdo Guzmán generalmente traduce sus ejemplos del náhuatl y
proporciona nuevas reglas gramaticales en cada capítulo. Dedica po-
co más de la mitad del libro al verbo (50.9%), en este sentido es co-
mo Molina. Sigue en importancia la palabra nominal (21.9%), todos
dedican un espacio semejante al sustantivo. Galdo Guzmán presenta
los prefijos nominales y verbales en forma análoga a Rincón, 3.5%.
Éste, más que los autores anteriores, se explaya con las palabras inde-
clinables (12.3%), en especial con el adverbio. Hay varias secciones
en que parece seguir muy de cerca al jesuita aunque su organización
global es fundamentalmente distinta. Al final da algunas “maneras de
hablar” (2.6%).
Llama la atención que, en algunos aspectos, todos enfrentan pro-
blemas semejantes. Hay verbos (los que terminan en –ia u –oa) que
pierden la –a final en el futuro y, en otras ocasiones, sirve para distin-
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una definición del náhuatl novohispano temprano 137

guir otro tipo de raíz. Rincón la llama “del futuro”, pero por los verbos
que usa como ejemplo en sus conjugaciones no se nota esto. Olmos
usa pia, “guardar”, que sería mejor escribir como piya, y no muestra
esta característica. Rincón y su compañero de orden tomaron poa,
“leer” que, como el anterior, es mejor escribirlo, como lo hace Caro-
chi, pohua, y tampoco aparecen los cambios. Molina usó tlazohtla,
“amar”, un verbo derivado de un sustantivo. El caso sobresaliente, con
relación a esto, es el Arte de Galdo Guzmán, que clasifica los verbos
en dos conjugaciones, para la primera usa pia, pero en la segunda
conjugación usa machtia, “enseñar”, en que sí se ve el juego entre la
–ia y la –i, aunque no resalta la alternancia de vocales cortas y largas
entre ellas. Para la conjugación de los verbos ésta es la gramática más
completa; sin embargo, parece omitir ciertas formas más complejas
del verbo como causativos y aplicativos.
Siguiendo los mismos lineamientos, encuentro un 24.0% dedica-
do a la palabra nominal en Carochi, 32.4% a la verbal, los prefijos no-
minales y verbales 4.2%, sólo 2.8% a la fonología por las razones re-
calcadas arriba, las “maneras de hablar” 2.1%, pero a los adverbios,
tema menor en todas las gramáticas; él utiliza 26.1% del espacio to-
tal, poco más de una cuarta parte del libro que explica el subtítulo
del mismo: Arte de la lengua mexicana con la declaración de los adverbios
della. En esta sección, como ya se mencionó, usa numerosas frases pa-
ra resaltar el uso de estas palabras que sirven también para estudios
de las “maneras de hablar”.
Las gramáticas que mejor explican los conceptos gramaticales, son
las de Olmos y Carochi. De las cinco Artes de esa época, las dos ya men-
cionadas son las más extensas de todo el periodo colonial, y no es si-
no hasta fecha reciente que han salido algunas de iguales dimensio-
nes. Hay dos medianas y una muy pequeña que, a pesar de su tamaño,
abarca la gran mayoría de los temas gramaticales, la de Rincón. No he
profundizado en los aspectos didácticos de la presentación sino en el
contenido gramatical.
A manera de síntesis presento una tabla con los datos que se han
expuesto arriba y, para más detalle, la tabla que sigue, con más divi-
siones para mostrar otras diferencias entre los cinco autores de los
cuales no se ha hecho hincapié arriba.
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138 federico b. nagel bielicke

Olmos Molina Rincón Galdo Carochi


Guzmán
%1 %1 %1 %1 %1
fonética - escritura 2.1 4.1 8.9 0.0 2.8
prefijos nominales y verbales 11.2 6.2 3.6 3.5 4.2
palabra nominal 19.5 20.6 17.9 21.9 24.0
palabra verbal 34.3 50.5 30.4 50.9 32.4
indeclinables 3.5 5.2 0.0 12.3 26.1
Sintaxis 23.8 4.1 3.6 2.6 2.1

1 Es el porcentaje de toda la obra.

Olmos Molina Rincón G. Guzmán Carochi


pág.1 %1 pág.1 %1 pág.1 %1 pág.1 %1 pág.1 %1
páginas iniciales 3 2.1 6 6.2 5 8.9 5 4.4 4 2.8
prólogo 3 2.1 2 2.1 1 1.8 2 1.8 1 0.7
prefijos - nominal, 16 11.2 6 6.2 2 3.6 4 3.5 6 4.2
verbal
nominal 9 6.3 9 9.3 3 5.4 7 6.1 9 6.3
nominal derivados 19 13.2 11 11.3 7 12.5 18 15.8 25 17.7
verbal 32 22.4 36 37.1 8 14.3 50 43.9 23 16.2
conjugaciones
verbal derivados 17 11.9 13 13.4 9 16.1 8 7.0 23 16.2
adverbio 4 2.8 3 3.1 0 0.0 12 10.5 37 26.1
conjunción - 1 0.7 2 2.1 0 0.0 2 1.8 1 0.7
interjección
fonética - escritura 3 2.1 4 4.1 5 8.9 0 0.0 4 2.8
sintaxis 16 11.2 3 3.1 2 3.6 3 2.6 3 2.1
textos 18 2 12.6 1 1.0 0 0.0 0 0.0 0 0.0
vocabulario 0 0.0 0 0.0 12 21.3 0 0.0 2 1.4
índices 0 0.0 0 0.0 0 0.0 0 0.0 3 2.1
páginas en blanco 2 1.4 1 1.0 2 3.6 3 2.6 1 0.7
total 143 100 97 100 56 100 114 100 142 100
% de Olmos 100 67.8 39.2 79.7 99.3

1 La cantidad de páginas en la edición del Museo Nacional y su porcentaje del to-

tal de la gramática.
2 He integrado las páginas que corresponderían a los huehuehtlahtolli a la edición

del museo por comparación con el facsimilar de Rémi Siméon.


GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 139

una definición del náhuatl novohispano temprano 139

Lexicografía

Las gramáticas son fuente muy interesante para el estudio de la lexi-


cografía por varios motivos: contienen ejemplos de muchos de los
procesos morfológicos del náhuatl que no aparecen en el Vocabulario
de Molina, los ejemplos que incorpora el diccionario son, en muchas
ocasiones, distintos de los que aparecen en las gramáticas. Por lo me-
nos en el caso que he estudiado a fondo, el corpus de Rincón con
1200 palabras, ha sido de mucho provecho la comparación con el dic-
cionario grande, porque muchas de esas palabras no aparecen en Mo-
lina. Lo más importante es que en la mayoría de los casos las palabras
vienen con una traducción apegada a la forma del náhuatl.
La de Olmos es muy rica en lo tocante a este aspecto, contiene múl-
tiples ejemplos y es la más abundante en lo que a la incorporación de
textos en náhuatl se refiere. Tiene la ventaja adicional de que, en ge-
neral, traduce las palabras nahuas al castellano. Recordemos que él rea-
lizó su trabajo para las personas que no siempre tendrían “un maestro
cerca”, y en ese tiempo no se había publicado diccionario alguno: ésta
es la diferencia fundamental entre él y su compañero de orden, Moli-
na, que desde el inicio remite al estudiante a consultar las palabras en
el Vocabulario, como ya vimos arriba. Sin embargo, al hojear su Arte, en-
cuentro que en la mayoría de los casos también traduce los ejemplos.
Rincón vierte pocos ejemplos al castellano, pero incluye un peque-
ño vocabulario que registra la mayoría de las palabras que usó, mu-
chas otras están traducidas al presentarlas por primera vez. Al pasar
a Carochi, observo que ofrece muchos más ejemplos que su compa-
ñero (cuando el primero da un ejemplo, el segundo proporciona
tres) y generalmente los romancea. En ese sentido, también Galdo
Guzmán regularmente presenta sus ejemplos en náhuatl y castellano.
Sin duda, las gramáticas pueden aportar no sólo vocablos que no
aparecen en el diccionario, sino también ejemplos para resaltar me-
jor las palabras en su contexto sintáctico, y ahora paso a ese sector, el
menos estudiado del náhuatl.

Sintaxis

Ninguna de las gramáticas profundiza en las “maneras de hablar”; en


todas hay mención y algunos ejemplos de los “romances extravagan-
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140 federico b. nagel bielicke

tes” (Olmos, 1972: 202). Es obvio que la sintaxis es distinta en muchos


aspectos a la castellana pero no tratan de profundizar en el tema, pues
lo consideran asunto para elaborar en una obra aparte, como lo se-
ñala Rincón (1595: lb4, cp5, f60r).
Es lamentable que todos hayan procedido en forma similar, sólo
Olmos presentó más material de este tipo, sin embargo, entre las cin-
co gramáticas hay un interesante corpus de ejemplos de construccio-
nes que difieren significativamente del castellano.

EL PERIODO BAJO ESTUDIO

Como se puede observar, las Artes analizadas contienen aspectos ex-


cepcionales y otros poco tratados. Personalmente considero que las
obras de Olmos y Carochi son las más ricas y bien explicadas. No se
puede omitir al último porque es el que define con mayor precisión
la fonología del idioma. Por otro lado, casi todos, más allá de mostrar
una historia del pensamiento específico al respecto y la adaptación
del náhuatl a la visión grecolatina, más que negativo presentan una
base para poder entender lo que pasa en ese momento e histórica-
mente no podemos pedir más.
Para un estudio que pretende ser sincrónico un siglo puede pare-
cer como un periodo demasiado amplio, pero eso sería verlo con ojos
del siglo XX y no del XVI y XVII. Los cambios no acontecen con tanta
rapidez en ese momento, aunque sí hay un problema de fondo, la in-
fluencia del castellano. Cada vez que veo quentica en el Vocabulario de
Pedro de Arenas, siento que es meramente una traducción del caste-
llano al náhuatl, aun en su bellísima forma honorífica, ¿Quen timoyetz-
ticah? Ese ¿Cómo estás? o ¿Cómo está usted? no parecen encajar en
la forma de expresarse de los nahuas; quizás esté equivocado, pero
siento que es una influencia del castellano.
Sin embargo, estas son las fuentes que tenemos para estudiar el ná-
huatl de ese momento. Si se extiende, siguen apareciendo gramáti-
cas hasta nuestros días, pero como planteé desde el principio, lo que
pretendo es definir el náhuatl de un periodo específico que sirva co-
mo base para estudios profundos, y como punto de comparación con
los posteriores. Son los cinco Artes que, por sus características, limi-
tan esa etapa de poco más de un siglo. Al estudiar el náhuatl novohis-
GuzmanBetancourt 09 5/11/04 2:20 PM Page 141

una definición del náhuatl novohispano temprano 141

pano temprano hay mejores bases para después observar lo posterior


y entender lo que pasa en la actualidad.

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GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 143

UN STEMMA PARA LOS MANUSCRITOS DEL ARTE PARA


APRENDER LA LENGUA MEXICANA (1547) DE ANDRÉS
DE OLMOS

THOMAS C. SMITH STARK*

En el estudio de documentos coloniales sobre lenguas indígenas, con


frecuencia tenemos un solo testimonio de los textos, que puede ser
un manuscrito o una única edición de un libro impreso. En tal caso,
no tenemos que enfrentar el problema tan típico de los estudios clá-
sicos del latín y del griego o de los estudios bíblicos de establecer un
texto a partir de varios versiones o testigos distintos, y a veces encon-
trados. El proceso de producir una edición moderna consiste muchas
veces simplemente en reproducir el original con fidelidad. Sin em-
bargo, no siempre es así. El caso más importante, quizás, de la super-
vivencia de distintas versiones de un documento colonial sobre una
lengua indígena mexicana es el del Arte para aprender la lengua mexi-
cana que terminó de escribir el fraile franciscano Andrés de Olmos
el 1 de enero de 1547 en el convento de Hueytlalpan de la Totonaca-
pan, en el actual estado de Puebla. Existen seis copias manuscritas de
esta obra con importantes diferencias entre ellas. En 1875, el nahua-
tlato francés Rémi Siméon publicó una edición de Olmos (RS) basa-
da en dos de los manuscritos, el de Colbert (BN) en la Biblioteca Na-
cional de Francia y el de Maisonneuve (MN), actualmente en la
Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Esta publicación es la
forma de la gramática de Olmos mejor conocida y que generalmen-
te se consulta y se cita. En 1985, se publicó un facsímil de otro manus-
crito, el de Tulane (T), en un libro hecho por Thelma Sullivan, pero
finalmente publicado con algunas adiciones, después de la muerte de
la primera editora en 1981, bajo el cuidado de René Acuña. En 1993,
Miguel León-Portilla y Ascensión Hernández de León-Portilla publi-
caron un facsímil del manuscrito de Olmos que se encuentra en la
Biblioteca Nacional de Madrid (Md), junto con su propia edición del
texto basada en este manuscrito, pero también tomando en cuenta la
edición de Siméon (LP2). Además, hay otras dos copias manuscritas

* Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, El Colegio de México.

[143]
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 144

144 thomas c. smith stark

del arte, la de Aubin, actualmente en la Biblioteca Nacional de Fran-


cia (A), y una incompleta en la Biblioteca Bancroft de la Universidad
de California en Berkeley (B). Estas últimas no se han publicado ni se
han tomado en cuenta para alguna edición publicada.
Dada la existencia de seis versiones del Arte para aprender la lengua
mexicana de Olmos, surge una pregunta importante: ¿cómo podemos
saber lo que Olmos realmente escribió? Esta pregunta sería fácil de
contestar si tuviéramos un manuscrito ológrafo de Olmos, pero no pa-
rece ser esto el caso. También sería fácil de contestar si los seis manus-
critos fueran iguales. Pero como cualquier persona familiarizada con
la transmisión de documentos por copiado sabe que es casi imposible
hacer una copia manuscrita de un documento sin cambiar el texto.
Así se explica, en parte, el hecho de que todas las copias de Olmos ten-
gan diferencias entre sí. En este trabajo, entonces, quisiera hablar de
una de las técnicas que se ha desarrollado para ayudar a determinar
la forma original de una obra, la de la construcción de un árbol ge-
nealógico o stemma que intente establecer las relaciones entre los tes-
timonios de un original o arquetipo que queremos conocer, y ver lo que
nos puede decir en el caso de las distintas versiones de Olmos.
La construcción de un stemma para una familia de versiones manus-
critas de un texto específico es un proceso familiar para los que prac-
tican la filología clásica y bíblica, pero casi desconocido entre los lin-
güistas que trabajamos con lenguas indoamericanas.1 De hecho, el
presente trabajo resulta de mi propio intento de conocer y entender
las técnicas de la crítica textual.2 Una versión preliminar de este tra-
bajo se hizo para un curso que impartí en 1998 sobre la filología indo-
mexicana.3 En esa ocasión, pude consultar la edición de Siméon, el
facsímil del Tulane y el facsímil del Madrid. Para la versión que pre-
sento ahora, he podido consultar, además, reproducciones de los ma-
1 El único ejemplo que conozco de la presentación de un stemma es el que ofrece

Acuña en su edición del diccionario de Thomas de Coto (Acuña 1983: xxxviii).


2 Para ello, me he basado sobre todo en Quetglas 1985 y en Astey 1985. También

he consultado a Blecua 1983.


3 Dicté el curso en dos ocasiones: la primera, del 4 al 17 de noviembre en la maes-

tría en lingüística con especialización en Lingüística Indoamericana, Departamento


de Letras y Lingüística, División de Humanidades y Bellas Artes, Universidad de Sono-
ra, Hermosillo, Sonora; la segunda, del 2 al 12 de diciembre como parte de las activi-
dades del Seminario permanente sobre la lengua, la escritura, la historia y el pensa-
miento de los binnigula’sa’, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropología Social, Unidad Istmo, ciudad de Oaxaca.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 145

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 145

nuscritos de Maisonneuve y de la Bancroft, gracias a la generosidad de


los León-Portilla, a quienes dedico este trabajo en reconocimiento de
sus contribuciones importantísimas al conocimiento del náhuatl colo-
nial y de su amistad y compasión humana, por las cuales me siento pro-
fundamente agradecido con ellos. Así, la única versión del arte que
aún no he podido tomar en cuenta es la de Aubin. Además, sólo co-
nozco el manuscrito de Colbert por la edición que hizo Siméon; des-
graciadamente, he aprendido que no se puede confiar demasiado en
las ediciones para este tipo de trabajos puesto que cada editor toma
decisiones que pueden alterar los datos originales de manera inespe-
rada, inadvertida y que los puede invalidar para otros propósitos.
El proceso de construir un stemma para una familia de manuscri-
tos consiste en determinar cuáles manuscritos son copias de cuáles
otros o cuáles forman grupos en que todos son copias de algún ma-
nuscrito hipotético. Se parece al método de construir un árbol genea-
lógico para una familia de lenguas. De hecho, Hoenigswald (1966, p.
6, nota 13) ha propuesto que el uso del modelo del Stammbaum en la
lingüística histórica se deriva, por lo menos en parte, de los stemmata
de la crítica textual.4 En los dos casos, la clasificación se fundamenta
en el concepto de innovación compartida. Si dos manuscritos compar-
ten la misma innovación con respecto al original, entonces se puede
concluir que pertenecen al mismo subgrupo del stemma. Al igual que
en el caso de las lenguas, no siempre es fácil distinguir las innovacio-
nes compartidas de las retenciones, pero en el caso del estudio de los
manuscritos, juega un papel importante en este sentido la noción de
error, que casi por definición tiene que ser una innovación,5 lo cual
no tiene contraparte en el estudio del cambio lingüístico.
Cuando hay discrepancias o diferencias entre dos manuscritos, puede
ser porque uno ha innovado con respecto al otro, o porque los dos han
innovado de maneras distintas. Las discrepancias pueden ser significa-
tivas o insignificantes, en la medida en que se pueden usar para esta-
blecer la relación entre los manuscritos que las comparten. Las discre-
pancias insignificantes son las que se deben a alteraciones que se pueden

4 Anttila (1972:300), en cambio, dice que el uso del diagrama arbóreo en la lin-

güística se deriva de los intentos de mapear los movimientos de poblaciones en el


mundo clásico, pero que también recibió apoyo importante de la crítica textual y de
la biología.
5 Por supuesto se tiene que considerar la posibilidad de que el original haya conte-

nido el error.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 146

146 thomas c. smith stark

dar fácilmente de manera independiente, que no cambian el significa-


do del texto de manera irreversible, y que no tienden a transmitirse de
manera estable cuando se hacen copias de los documentos.6 En el pre-
sente caso, considero como insignificantes diferencias en la distribu-
ción del texto en las líneas y folios del manuscrito (el vehículo), en el
uso o no de abreviaturas y su forma, en la puntuación, en el uso de ma-
yúsculas y minúsculas, en el uso de alógrafos, en las formas posibles de
deletrear una palabra, y en las divisiones entre palabras. Cada uno de
estos rasgos se puede cambiar inconscientemente cada vez que se ha-
ce una copia puesto que no son rasgos que se consideran inherentes
al texto. Más bien, tienden a responder al tamaño de la hoja, a las con-
venciones de una época o a las prácticas personales de los copistas.
También considero como insignificantes las alteraciones que cambian
el significado del texto o que lo destruyen, cuando éstas son transpa-
rentes y fáciles de identificar, puesto que siempre existe la posibilidad
de que el copista las vaya a corregir bajo su propia responsabilidad, en
lugar de transmitirlas. En cambio, las discrepancias significativas son las
que se deben a alteraciones que, una vez introducidas, tienden a ser
transmitidas a copias posteriores. Pueden ser cambios tales como omi-
siones, adiciones, sustituciones y transposiciones, sobre todo las que
mantienen un texto legible y cuerdo o las que lo distorsionan a tal gra-
do que no es obvio cómo restaurarlo a su estado original.
Las discrepancias significativas se pueden usar para establecer las
líneas de transmisión de los textos. Sin embargo, si las lecturas alter-
nativas son igualmente correctas y plausibles, es difícil saber cuándo
se trata de una innovación o de una retención. Por lo tanto, los erro-
res cobran especial importancia en la construcción de un stemma, pues-
to que casi siempre son innovaciones inconscientes introducidas por
los amanuenses en detrimento del texto. Además, si dos manuscritos
comparten el mismo error, es muy probable que este hecho se deba
a una innovación compartida puesto que es poco probable que dos
copistas se vayan a equivocar de la misma manera y de forma inde-
pendiente. Cuando dos o más manuscritos comparten el mismo con-
junto de errores, es casi seguro que todos son copias del mismo ma-

6 Los rasgos insignificantes para algunos copistas pueden ser significantes para

otros. La determinación de los rasgos insignificantes, entonces, depende de una eva-


luación pormenorizada de la práctica del copista de cada manuscrito, algo que no he
intentado aquí.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 147

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 147

nuscrito corrupto, el cual puede ser uno de ellos u otro ya perdido.


Para ilustrar estos conceptos, veamos los dos párrafos iniciales del
cap. 6 de la 3a. parte del Arte de Olmos, que se trata de la ortografía.

Olmos, 1547, parte III, capítulo 6, 1er. párrafo


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148 thomas c. smith stark

Olmos, 1547, parte III, capítulo 6, 2do. párrafo

Una comparación de estos textos revela varias discrepancias que


considero insignificantes para la determinación de las relaciones ge-
nealógicas entre ellos: diferencias en la disposición del texto en el ve-
hículo (foliación, líneas), en el uso de abreviaturas, en la distribución
de alógrafos, en la ortografía, en el uso de mayúsculas, en la puntua-
ción, en las divisiones entre palabras, y en la presencia de errores au-
tocorregibles. A continuación se dan ejemplos de cada uno de estos
tipos de discrepancias insignificantes.

Disposición del texto en el vehículo

Foliación: El capítulo 6 de la tercera parte empieza en medio del fo-


lio 192 v. del Tulane; al inicio del folio 92 r. en el Maisonneuve; en la
última línea del folio 74 r. en el Bancroft; y en medio de una página
sin numeración en el Madrid.
Líneas: El primer párrafo ocupa 11 líneas en tres manuscritos, pe-
ro 19 en el Tulane. En los donde ocupa 11 líneas, la segunda línea
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 149

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 149

termina en “pronunciar” en dos casos, pero en el Bancroft, se inclu-


ye, además, las dos primeras letras de la palabra que sigue, “suele”.
En los casos donde la segunda línea termina igual, la tercera termina
en “antiguos” en el Maisonneuve, pero sólo cabe “anti” en el Madrid.

Abreviaturas:

Tres abrevian “capítulo” con “Capº”, pero el Bancroft usa “Capiº”.


El “con” de “con mi parecer” se abrevia como “cõ” en el Madrid y
el Bancroft, pero no en los otros dos.
La “que” que le sigue a “con mi parecer” está abreviada en el Ban-
croft y el Maisonneuve, pero no en los otros dos.

Alógrafos y ortografía:

Las “s” de “suele se tomar” son redondas en el Tulane, altas en el Ban-


croft, y la primera es alta y la segunda redonda en los otros dos ma-
nuscritos. Se escribe “pronunciar” con cedilla en el Tulane y el Ban-
croft, pero no en los otros dos.
El Tulane, el Bancroft y el Maisonneuve emplean una “u redonda”
en “adeuinando”, pero el Madrid emplea una “u angular”.
El Maisonneuve y el Madrid tienen “estoi” con i latina, pero el Tu-
lane y el Bancroft tienen “estoy” con “y griega”.
Todos tienen “escripturas” excepto el Bancroft, que tiene “escritu-
ras”. Se deletrea “escribir” con “b alta” en el Tulane, pero con “u re-
donda” en los otros tres manuscritos.

Mayúsculas:

El Maisonneuve escribe “Siendo” del último renglón con mayúscula,


los demás con minúscula.

Puntuación:

En el Madrid, el Maisonneuve y el Tulane se usan dos puntos en la se-


cuencia “escriptura: falta”. En el Bancroft, no hay ninguna puntua-
ción entre estas dos palabras.
En el Maisonneuve y el Tulane emplean un diagonal en “adeuinan-
do / pero”. El Madrid y el Bancroft no tienen ninguna marca entre
estas dos palabras.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 150

150 thomas c. smith stark

El uso del calderón para iniciar el encabezado y el párrafo está au-


sente en el Bancroft.

División entre palabras:

“y pronunciar” se juntan en el Bancroft y el Maisonneuve, pero no


tanto en el Madrid y el Tulane.
“conformidad” se divide en “confor midad” en el Madrid y el Tu-
lane, en “con formidad” en el Bancroft, y en “conformi dad” en el
Maisonneuve.

Errores autocorregibles:

En el Tulane, se escribe “quare” en lugar de “quadrare”, pero no es


difícil corregirlo basado en el significado del texto.
El Madrid tiene “andel adevinando” donde debe tener “andar ade-
vinando”. Otra vez, es relativamente fácil corregir el error basado en
el significado del texto.
El Tulane tiene “pronunciaçiacion”, un error que un copista podría
corregir fácilmente.

Hay otras discrepancias, en cambio, que me parecen significativas


para determinar las interrelaciones entre las distintas copias del Arte
de Olmos; son omisiones, adiciones, transposiciones, y sustituciones
que conservan el significado del texto o que lo alteran a tal grado que
el significado anterior no se puede recuperar. A continuación se pro-
porcionan ejemplos de cada uno de estos tipos de discrepancias.

Omisión/adición:

Al final del segundo párrafo, el Tulane y el Maisonneuve tienen “con-


sonante” en singular, pero el Bancroft y el Madrid tienen “consonan-
tes” en plural. Se puede interpretar esta diferencia como la omisión de
la “s” en aquéllos o como la adición de la “s” en éstos, según cuál se to-
me como la innovación. Las dos lecturas tienen sentidos diferentes. En
mi opinión, la lectura singular es la correcta. En tal caso podríamos ha-
blar de la adición de la “s” en el Bancroft y el Madrid. Pero es un cam-
bio sutil, que difícilmente se podría corregir espontáneamente.7
7 Nótese que las omisiones, las adiciones, y las transposiciones son casos especiales
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 151

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 151

Transposición:

No hay un ejemplo de una transposición en el texto ilustrado, pero


sí existen casos en otros lugares. Por ejemplo, el manuscrito de Col-
bert (BN) tiene el texto “antes de si consonante” mientras que los de-
más manuscritos ponen “consonante antes de si” (cf. 1e). Los dos ór-
denes son posibles y tienen el mismo significado. No se puede
distinguir cuál es la innovación sin tomar en cuenta otros datos.

Sustitución:

El Tulane y el Bancroft tienen “Quando” en lugar de “Quanto” al


principio del segundo párrafo. El uso de “quando” introduce un
error y, por lo tanto, es la innovación. Parece ser un error debido al
proceso de sonorización de oclusivas después de nasales en el ná-
huatl. Por tanto, sugiere que los copistas del Bancroft y del Tulane
eran nativohablantes del náhuatl que no dominaban el español ple-
namente.
En el segundo párrafo, el Tulane tiene una abreviatura de “oración”
donde los otros tienen “dicción” con tres formas gráficas diferentes:
“diction” (Maisonneuve), “dicion” (Madrid) y “dizion” (Bancroft). El
uso de “oración” parece ser la innovación, por ser más general que lo
necesario, aunque el significado sigue siendo verdadero.

Como se puede apreciar en los ejemplos anteriores, las discrepan-


cias entre los manuscritos son numerosas. Ahora, ¿qué conclusiones
se pueden sacar al analizarlas en detalle? Para empezar, se puede ver
si los manuscritos que tenemos son testimonios independientes del
original o si alguno puede ser considerado como copia de algún otro.
En particular, si se puede demostrar que un manuscrito tiene una dis-
crepancia significativa separativa que ningún otro comparte, enton-
ces se puede concluir que no fue usado como modelo para los demás.
A continuación, demuestro que cada manuscrito contiene discrepan-
cias significativas frente a los demás y, por lo tanto, que ninguno es el
modelo de algún otro. Además, cada uno contiene errores que indi-
can que no es el arquetipo. Para agilizar la presentación, empleo las
abreviaturas siguientes:
de sustitución. Además, sólo se puede distinguir entre ellos al determinar cuál es la in-
novación.
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152 thomas c. smith stark

A = ms. de Aubin, actualmente en la Biblioteca Nacional de París


B = ms. de Ramírez, actualmente en la Biblioteca Bancroft
BN = ms. de Colbert, actualmente en la Biblioteca Nacional de París
Md = ms. de la Biblioteca Nacional de Madrid
MN = ms. de Maisonneuve, actualmente en la Biblioteca del
Congreso, Washington
T = ms. de la Biblioteca Latinoamericana, Universidad de Tulane
RS = edición de Rémi Siméon 1875 (basado en BN y MN)
LP2 = edición de los León-Portilla 1993 (basado en Md, BN, MN y RS)
Ω = el arquetipo u original8
∴ = por lo tanto
≠ = no es igual a

1] BN no es el modelo para los otros porque contiene las siguientes


características separativas significativas, es decir, no compartidas con
los demás y que hubieran sido transmitidas en el caso de haber sido
copiado. Tampoco es el arquetipo por contener un claro error (1c).

a] Posible error por sustitución que cambia el significado


BN no la hazen en la pronunciacion, (según RS)
A ?
B pero mexico. nola haze En la pronunçiaçion (74v: 19)
Md pero mexico nola haze enla pronunciacion (156: 14)
MN pero mexico nolo haze enla pronunçiaçion (92r: 21-22)
T pero mexico nola haze en la pronunciacion (193r: 18-20)
RS no la hazen en la pronunciacion, (197: 17)
LP2 pero Mexico no la haze en la pronunciacion (174: 6)

Supongo que la versión en BN es un error puesto que atribuye la


mala pronunciación tanto a México como a Texcoco, pero el ejem-
plo de mala pronunciación que se da sólo se refiere a México (cf. 11
para el contexto más amplio).

8 Uso la omega mayúscula para representar el original, letras griegas minúsculas

para otros manuscritos hipotéticos, y letras latinas para los manuscritos conocidos (cf.
Quetglas 1985:39). Empleo arquetipo y original indiferentemente para referirme al ma-
nuscrito ológrafo original de Olmos (cf. Blecua, 1982:71, sobre la importancia de acla-
rar la manera de entender estos términos).
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 153

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 153

b] Sustitución que conserva el significado


BN DE LOS ADVERBIOS EN GENERAL (según RS)
A ?
B delos aduerbios en comun (74v: 19)
Md /Delos aduerbios. en comun. (140: 27)
MN De los adverbios en Comun (83v: 8)
T Delos adverbios comun (179r: 12)
RS DE LOS ADVERBIOS EN GENERAL (179: 4)

En este caso es difícil decir cuál es la forma original puesto que tan-
to “adverbios en general” como “adverbios en comun” tienen el mis-
mo sentido.

c] Error por omisión que elimina información irrecuperable


BN Esta preposicion ca por si sola esta en lugar de quatro
preposiciones: en, de, a, por. Ex.: coyonqui, agujero o
ventana; y por la ventana (según RS).
A ?
B Esta preposicion. ca. por si sola esta en lugar de 4º. de
quatro preposiçiones. en. de. a. por. exº. coyonqui
agujero. o ventana coyonca. enla ventana dela ventana.
ala ventana y por la ventana (65r: 8-11)
Md ¶Esta preposition. ca. por si sola esta en lugar de. &
prepositiones. en. de. a. por. Exº. ¶coyonqui. agujero.
o ventana ¶coyonca En la ventana, De la ventana, a la
ventana. y por la ventana (135: 7-11)
MN ¶Esta preposicion. ca. por si sola esta en lugar de 4º.
preposiciones. en. de a por. Exº. ¶ Coyonqui. agujero
o ventana. ¶ Coyonca. en la ventana. de la ventana.
a la ventana. y por la ventana. (80v: 10-13)
T ¶Esta preposition. c. Esto por si sola Esta En lugar. de. 4º.
preposiones. en. de. o por Exº. ¶ Coyonqui. agojero. o.
ventana ¶ Coyonca. En la ventana / dela ventana /
a la ventana / y por la ventana. (172v: 9-15)
RS Esta preposicion ca por si sola esta en lugar de quatro
preposiciones: en, de, a, por. Ex.: coyonqui, agujero o
ventana; coyonca, en la ventana, de la ventana, a la
ventana, y por la ventana; (172: 1/4)∴
∴BN ≠ Ω
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 154

154 thomas c. smith stark

d] Sustitución que conserva el significado


BN la qual consonante no hiere en la vocal
siguiente (según RS)
A ?
B que no hiera enla vocal sigiente (75v: 30-31)
Md que no hiera enla vocal siguiente: (158: 32)
MN que no hiera enla vocal siguiente (93v: 18)
T que no hiera en la vocal siguientes (196v: 9-10)
RS la qual consonante no hiere en la vocal
siguiente (199: 26-27)
LP 2 [la qual consonante] no hiere en la vocal
siguiente (176: 11-12)

e] Transposición que conserva el significado


BN pues tiene la vocal antes de si consonante (según RS)
A ?
B pues tiene la vocal consonate antes desi (76r:5-6)
Md pues tiene la vocal consonante antes de si (159:7-8)
MN pues tiene la vocal consonante antes de si (93v:26-27)
T pues tiene. la vocal consonante. antes de si (197r:2-4)
RS pues tiene la vocal antes de si consonante (200:6)
LP2 pues tiene la vocal antes de si consonante (176:20-21)

En estos cinco casos, BN muestra una discrepancia significativa con


respecto a los demás manuscritos. Por lo tanto, ninguno puede ser
una copia de él. En los casos donde no hay un claro error, no es apa-
rente cuál es la forma innovadora, pero en el caso del error obvio en
(1c), se puede deducir que BN ha innovado y, por lo tanto, no puede
ser el arquetipo Ω.
2] MN no es el modelo de alguno de los otros manuscritos porque con-
tiene las siguientes características significativas separativas que no
comparte con los demás, y que hubieran sido transmitidas a cualquier
copia. Tampoco es el arquetipo dado el claro error en (2c).

a] Ausencia de texto presente en los demás


MN [omitido] (90v)
A ?
B para dezir Anbos oentramos ombres palos
opetates dizen (73v: 8)
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 155

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 155

BN Para dezir ambos o entrambos hombres, palos,


petates, dizen: (según RS)
Md para dezir ambos o entramos bombres. palos.
o petates dizen. (153: 26-27)
T Para dezir ambos o Entramos hombres. palos
o petates. dizen (190r: 20-21)
RS Para dezir ambos o entrambos hombres, palos,
petates, dizen: (193: 24-25)

b] Ausencia de texto presente en los demás


MN [omitido]
A ?
B otras vezes esta de. quilmach que quiere dezir
dizque. exº. quilmachniaz mochan dizque yre
a tu casa. (69v: 16-18)
BN Otras vezes esta en lugar de quilhmach que quiere
dezir: dizque. Ex.: quilmach niaz mochan? dizque
yre a tu casa? (según RS)
Md ¶Otras vezes esta de. quilmach. que quiere dezir
Diezque. Exº. quilmach niaz mochan? Dizque.
yre a tu casa? (145: 1-2)
T Otras vezes. esla de quilmach. que quiere dezir.
dizque. exº. quilmachniazmochan. dizque yre
a tu casa (183r: 13-16)
RS Otras vezes esta en lugar de quilhmach que quiere
dezir: dizque. Ex.: quilmach niaz mochan? dizque
yre a tu casa? (184: 12-13)
c] Error por omisión de información irrecuperable
MN otras vezes es adverbio en lugar de. sicut. casa (85v: 10-11)
A ?
B otras uezes es aduerbio an lugar de. sicut. exº.
de como es aduerbio yuh mani yn calli assi
esta a casa (69r: 31-69v:1)
BN otras vezes es aduerbio en lugar de sicut.
Exemplo de como es aduerbio: yn mani in calli,
assi esta la casa (según RS)
Md otras vezes es aduerbio. en lugar de sicut Exº.
de como es aduerbio. Yn mani in calli. Assi esta
la casa (144: 14-16)
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 156

156 thomas c. smith stark

T otras vezes es adverbio. en lugar. de. sicut. exº.


de como es aduerbio. Yn mani yn calli. asi esta
la casa. (182v: 13-16)
RS otras vezes es aduerbio en lugar de sicut.
Exemplo de como es aduerbio: yn mani in calli,
assi esta la casa (183: 21-23)
∴ MN ≠ Ω

d] Ausencia de texto presente en los demás


MN &ª (62v: 27)
A ?
B [parte de varias páginas omitidas]
BN Ex.: como digo: duermo, tambien digo:
duermome. (según RS)
Md exº. digo. duermo. / tambien digo
duermo me. (103: 16-17)
T &ª. exemplo. como. digo duermo. tambien
digo duermo me (131v: 15-17)
RS Ex.: como digo: duermo, tambien digo:
duermome. (138: 20-21)

En el caso de la ausencia de texto en MN que se encuentra en los


demás manuscritos, no es claro si hay una omisión en MN o si los de-
más contienen una adición. El error en (2c), en cambio, es un error
por omisión claro que indica que MN no puede ser el arquetipo.
3] B no es el modelo de alguno de los otros manuscritos porque con-
tiene las siguientes características significativas no compartidas con
los demás, que hubieran sido transmitidas a cualquier copia. Tampo-
co es el arquetipo porque contiene muchos errores como los de (3a)
y (3b).

a] Error por omisión irrecuperable de varias hojas


B aquellos sellaman en la calhtia. hago mi casa. (48v: 28-29)
BN Aquellos se llaman en la gramatica verbos
neutros… (según RS)
… ninocalhtia, hago mi casa. (según RS)
A ?
Md aquellos sellaman en la gramatica verbos neutros… (102: 5-6)
… ninocaltia hago mi casa (110: 22-23)
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 157

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 157

MN aquellos sellaman enlagramatica verbos


neutros… (62r: 11-12)
… ninocalhtia. hago mi casa. (66v:14-15)
T aquellos. sellaman en la gramatica / verbos
neutros… (130r: 2-4)
… ninocaltia. hago mi casa. (140v:5-6)
RS Aquellos se llaman en la gramatica verbos
neutros… (137: 5-6)
… ninocalhtia, hago mi casa. (145: 23)
∴B≠Ω

b] Error por omisión probablemente irrecuperable


B ayuntada alos pronombres o algunas dellas (64v: 7)
A ?
BN ayuntadas a los pronombres, o nombres,
y algunas dellas (según RS)
Md ayuntadas alos Pronombres o nombres.
Y algunas dellas (134: 20-21)
MN ayuntadas alos pronombres /: o nombres.
y algunas dellas (80r: 20-21)
T ayuntadas a los pronombres y algunas dellos (172r: 2-3)
RS ayuntadas a los pronombres, o nombres,
y algunas dellas (171:9)
∴B≠Ω
4] Md no es el modelo de alguno de los otros manuscritos porque con-
tiene discrepancias significativas con respecto a los demás, que hubie-
ran sido transmitidas a cualquier copia. Tampoco es el arquetipo por
contener muchos errores como los de (4a) y (4b).

a] Error por omisión posiblemente recuperable


Md Exº. dizen. xi ual mouica y aviande dezir ximouica (156: 18)
A ?
B exº. dizen xiualmohuica y auian de dezir. xiualmouica
(74v: 23-24)
BN Ex. dizen xiualhmovica, y auian de dezir xiualhmouica
(según RS)
MN Exº. dizen. xiualh movica. Y avian de dezir. xiualmoujca
(92r: 26-27)
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 158

158 thomas c. smith stark

T exº. dizen. xihualmovica y avian dezir. xuvalmovjca


(193v: 4-5)
RS Ex. dizen xiualhmovica, y auian de dezir xiualhmouica
(197: 21-22)
∴ Md ≠ Ω

En este caso, los únicos manuscritos que tienen sentido son el MN


y, según RS, el BN.

b] Error por omisión posiblemente recuperable


Md çaçenyuniliztica (135: 13-14)
A ?
B çaçeneyxcueyoniliztica (65r: 13-14)
BN çacen neixcueyuniliztica (según RS)
MN çaçenneyxcueyuniliztica (80v: 15-16)
T çaceneyxcueyoniliztica (172v: 20-21)
RS çacen neixcueyuniliztica (172: 6)
∴ Md ≠ Ω

5] El manuscrito de Tulane (T) no es el modelo de alguno de los otros


manuscritos porque contiene discrepancias significativas con respec-
to a los demás, que hubieran sido transmitidas a cualquier copia. Tam-
poco es el arquetipo porque contiene muchos errores como los de
(5b) y (5c).

a] Sustitución que cambia significado, pero sigue siendo válida


T oracion (193r: 8)
A ?
B dizion (74v: 13)
BN diccion (197: 10)
Md dicion (156: 6)
MN diction (92r: 15)
RS diccion (197: 10)

b] Error por sustituciones posiblemente recuperables


T exº. dizen. xihualmovica y avian dezir. xuvalmovjca
(193v: 4-5)
A ?
B exº. dizen xiualmohuica y auian de dezir. xiualmouica
(74v: 23-24)
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 159

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 159

BN Ex. dizen xiualhmovica, y auian de dezir xiualhmouica


(según RS)
Md Exº. dizen. xi ual mouica y aviande dezir ximouica
(156: 18)
MN Exº. dizen. xiualh movica. Y avian de dezir. xiualmoujca
(92r: 26-27)
RS Ex. dizen xiualhmovica, y auian de dezir xiualhmouica
(197: 21-22)
∴T≠Ω

c] Tres errores, uno por sustitución de ca por c, uno por adición de


Esto, y uno por sustitución de a por o. Los tres cambios posiblemente
son reversibles.
T ¶ Esta preposition. c. Esto por si sola Esta En lugar. de. 4º. pre-
posiones. en. de. o por Exº. ¶ Coyonqui. agojero. o. ventana
¶ Coyonca. En la ventana / dela ventana / a la ventana / y
por la ventana. (172v: 9-15)
A ?
B Esta preposicion. ca. porsisola esta en lugar de 4º. de quatro
preposiçiones. en. de. a. por. exº. coyonqui agujero. o venta-
na coyonca. enla ventana dela ventana. ala ventana y por la
ventana (65r: 8-11)
BN Esta preposicion ca por si sola esta en lugar de quatro prepo-
siciones: en, de, a, por. Ex.: coyonqui, agujero o ventana; y por
la ventana; (según RS)
Md ¶Esta preposition. ca. porsisola esta en lugar de. & preposi-
tiones. en. de. a. por. Exº. ¶coyonqui. agujero. o ventana
¶coyonca En la ventana, De la ventana, a la ventana. y por la
ventana (135: 7-11)
MN ¶Esta preposicion. ca. por si sola esta en lugar de 4º. prepo-
siciones. en. de a por. Exº. ¶ Coyonqui. agujero o ventana. ¶
Coyonca. en la ventana. de la ventana. a la ventana. y por la
ventana. (80v: 10-13)
RS Esta preposicion ca por si sola esta en lugar de quatro pre-
posiciones: en, de, a, por. Ex.: coyonqui, agujero o ventana;
coyonca, en la ventana, de la ventana, a la ventana, y por la
ventana; (172: 1-4)
∴ T ≠ Ω.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 160

160 thomas c. smith stark

d] Sustitución que conserva significado

T y las letras quales faltan (193r: 12-13)


A ?
B y las letras que les faltan (74v: 15-16)
BN Y las letras que les faltan (según RS)
Md y las letras queles faltan (156: 8-9)
MN Y las letras queles faltan (92r: 18)
RS Y las letras que les faltan (197: 12-13)
LP2 Y las letras que les faltan (174: 2)

6. No se puede decir nada nuevo sobre el manuscrito de Aubin has-


ta no poder examinarlo.9
Los ejemplos anteriores muestran, con cierta contundencia, que
cada manuscrito que sobrevive, con la excepción del A sobre el cual
no es posible opinar, representa una línea independiente en la histo-
ria de la gramática de Olmos. Es decir, cada uno debe ser tomado en
cuenta al intentar una reconstrucción del original puesto que cada
uno podría contener un dato crucial no contenido en los demás. En
particular, no se debe descartar el Bancroft, a pesar de ser una copia
sumamente corrupta en muchos sentidos. También muestra que nin-
guno de los manuscritos sobrevivientes es el original puesto que ca-
da uno contiene errores que no parecen ser originales.10 Una prime-
ra aproximación al stemma de esta familia de manuscritos, entonces
sería el siguiente:

BN Md B MN T A?

El concluir que cada manuscrito es un testimonio independiente


no quiere decir, empero, que cada uno es una copia directa del ori-

9 Sullivan (1985:10) dice que se considera como el manuscrito más antiguo del

grupo, sin dar argumentos. Acuña (1985:292) observa que aparentemente está dentro
del grupo de los más antiguos porque comparte con BN y Md la referencia a Martín de
Hojacastro cuando aún no era obispo de Tlaxcala.
10 En particular, Md no es una copia tardía de BN, como propuso Baudot (Sullivan,

1985:10).
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un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 161

ginal, como indica el diagrama anterior. Puede ser que algunos sean
copias de otras copias, ya perdidas. Si dos o más provienen de la mis-
ma copia intermedia, entonces deben compartir las características dis-
tintivas de aquella copia intermedia que la distinguían de las demás
copias. Es decir, formarían una familia de manuscritos con ciertas ca-
racterísticas conjuntivas que los definen como un grupo y que son se-
parativas frente a los demás manuscritos. Esencialmente es el mismo
problema que la subagrupación lingüística y al igual que ahí, las ca-
racterísticas que tienen valor para este tipo de agrupaciones son las
innovaciones compartidas.
Hasta el momento he examinado discrepancias donde uno de los
manuscritos muestra características que lo separan de todos los demás.
Pero, los cuatro manuscritos que constituyen “todos los demás” tam-
bién comparten una característica. Si fuera posible sostener que esa
característica fuera una innovación, entonces se podría proponer que
son descendientes de la misma copia intermedia. Sin embargo, las úni-
cas innovaciones claras en los datos presentados hasta el momento son
los errores que se encuentran en un solo manuscrito.
También hay discrepancias conjuntivas que permiten identificar
subgrupos de dos o tres manuscritos frente a los demás. En estos ca-
sos, a pesar de no saber cuál es la innovación y cuál la retención, te-
nemos clara evidencia de una tradición intermedia. En particular, hay
un buen número de casos, como los que ilustro en (7) y (8), donde
BN y Md se parecen de un lado y MN y T se parecen del otro. B vacila
entre los dos grupos.

7] BN, Md / MN, T, B. Hay un texto ausente en BN y Md que contienen


los otros tres.
A ?
B Con algunos aunque pocos usan sincopados poner la dicha.
pa y por uentura alguna /otra que agora no me ocurre. exº.
cochiztli. l. cochiliztli dormiçion. &. tecochpa en lo tal de al-
gunos. nocochan en mi sueño /o dormiçion. y o cochpa. no
se dize. si no cochizpan. l. cochilizpan. nemachpa. pro. ne-
machilizpan. a los pronombres. pro. (66r: 2-7)
BN [ausente] (según RS)
Md [ausente] (137: 10)
MN ¶con algunos nombres tales avnque pocos / vsan sincopados
poner la dycha. pa. y por uentura alguno otro que no ocurre.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 162

162 thomas c. smith stark


exº. cochiztli. l. cochiliztli. dormicion. tecochpa. en la tal dor.
de algunos. nocochpa. en mi sueño /o: dormicion pero.
cochpa. no se dize / sino. cochizpa. l. cochilizpa. nemachpa.
pro. nemachilizpa. &. con los pronombres. (81v: 14-19)
T ¶Con algunos nombres tales aunque pocos / vsan cincopa-
dos poner la dicha. pa. y por ventura alguna otra que agora
no me acurre. exº. cochiztli. .l. cochiliztli. dormicion. tecoch-
pa. en la tal dormiçion. de algunos. nochochpa en mi sueño.
o dormiçion. pero. cochpa. no se dize sino cochizpa. l. cochi-
lizpa. nemachpa. pero. nemachilizpa. / con los pronombres.
(175r: 1-12)
RS Con algunos nombres tales, aunque pocos, usan syncopados
poner la dicha pa, y por ventura alguno otro que no ocurre.
Ex.: cochiztli, vel cochiliztli, dormicion; tecochpa, en la tal dor-
micion de algunos; nocochpa, en mi sueño, o dormicion; pe-
ro cochpa no se dize, sino cochizpa vel cochilizpa; –nemachpa, pro
nemachilizpa, etc. con los pronombres. (174: 13-19)

8] BN, Md, B / MN, T. Hay un texto de 12 líneas al final de la parte III,


capítulo 5, que está ausente en BN, Md, y B, pero que tienen MN y T.
A ?
B no las tiene
BN no las tiene
Md no las tiene
MN las tiene
T las tiene
RS considera que no son originales

Estos datos apuntan a tres versiones del manuscrito, una sin las adi-
ciones (α), otra con algunas de las adiciones (β) y una tercera con to-
das las adiciones (γ).

(9)

α β γ

BN Md B MN T ¿A?
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un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 163

Desgraciadamente, en ninguno de estos casos es fácil identificar


las innovaciones. Tan fácil es agregar texto como es quitarlo. Sin em-
bargo, el texto extra en general proporciona información coherente
y produce una descripción más completa. Si tomamos en cuenta que
los manuscritos BN y Md parecen ser más tempranos que MN a juzgar
por la mención que éste hace de fray Martín de Hojacastro como obis-
po de Tlaxcala,11 posición que todavía no ocupaba cuando se escri-
bió la epístola nuncupatoria de aquéllos, entonces se sugiere que las
diferencias notadas en (7) y (8) se deben a los textos que Olmos, u
otra persona, agregó a la versión original durante los intentos de pu-
blicarla.12 Así, se puede proponer como hipótesis que α es el primer
borrador o la primera redacción de Olmos,13 que β contiene un pri-
mer grupo de adiciones, y que γ es la redacción final que incluyó aún
más explicaciones. El stemma que corresponde a esta hipótesis sería,
entonces, el esquema (10) de la siguiente página.
Es decir, α corresponde al arquetipo original de la gramática, Ω,
mientras que β (perdido) fue una nueva redacción hecha a partir de
Ω, que sirvió como la fuente de B, y γ (perdido) contenía las últimas
correcciones de Olmos y sirvió como la base de MN y T.14
Para mostrar las implicaciones de esta hipótesis, veamos lo que im-
plica para la determinación de lo que dijo Olmos sobre el náhuatl.

11 Fue nombrado obispo de Tlaxcala en mayo de 1547 (Acuña, 1985:291) y muere

en 1558.
12 Siméon ([1875]1972, pp. 20 y 22 de la traducción de la introducción) hace no-

tar que hubo varios intentos de publicar el arte de Olmos. El prólogo del franciscano
anónimo (Acuña 1985:294, piensa que fue Jerónimo de Mendieta) que se encuentra
en MN (ibid., pp. 7-8 del facsímil) dice que el arte se iba a imprimir en un primer mo-
mento, pero que la impresión se detuvo cuando se murió el impresor, seguramente
una alusión a la muerte de Juan Pablos en 1560 (cf. García Icazbalceta [1886]1981:34-
35). Luego, fray Francisco de Bustamante llevó el manuscrito a España en 1561 con la
intención de promover su impresión ahí, pero tampoco la logró antes de su muerte
en 1562. Los esfuerzos del fraile franciscano anónimo fueron igualmente vanos. Su-
pongo que la publicación del arte de Molina en 1571, mismo año en que falleció Ol-
mos, marcó el fin de los intentos de publicar esta gramática, hasta que Siméon la sacó
a la luz en 1875 tras el intento fallado de Aubin.
13 Sullivan (1985:10) considera que BN ya es una segunda redacción del arte, pues-

to que Olmos dice, en su prólogo: “conociendo, a la primera que hize, faltarle mucho
en el corte: aunque casi tocase lo principal questa segunda” ([1875] 1972:9).
14 Para esta reconstrucción, no he tomado en cuenta la posibilidad de la contami-

nación o transmisión transversal, cuando una copia se hace al tomar en cuenta más de
un manuscrito como modelo.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 164

164 thomas c. smith stark

(10)
α=Ω

BN Md β ¿A?

B γ

MN T

Veamos de nuevo el (1a). El texto completo de donde viene ese tro-


zo reza así en la edición de Siméon:

(11) “Y puesto caso que quanto a la congruidad de la lengua los Mexicanos


y Tetzcucanos hagan ventaja a otras prouincias, no la hazen en la pronuncia-
cion, porque los Mexicanos no pronuncian la m, ni la p; y ansi por dezir Me-
xico dizen: exico.”

Sin embargo, con el stemma de (10), dos de los tres testimonios que
tenemos para el original (Md y β) tienen “pero Mexico no la haze en
la pronunciacion”, que sería el texto que se debe favorecer en la re-
construcción, como lo hacen los León-Portilla, pero no Siméon.
Una reconstrucción definitiva del stemma de estos manuscritos re-
querirá de un estudio mucho más detallado que el que he podido rea-
lizar aquí. Además, debe incluir datos del manuscrito de Aubin y tam-
bién del original del manuscrito de Colbert. De hecho, sería un
excelente tema para una tesis de doctorado. Por el momento, espe-
ro que mis observaciones, a pesar de ser tan preliminares, ayuden a
indicar cómo se puede acercarse al problema y qué tipo de conclu-
siones nos esperan.

BIBLIOGRAFÍA

Acuña, René, edición introducción, notas, apéndices e índices. Fray Thomás


de Coto, [Thesavrvs verborū] Vocabulario de la lengua cakchiquel v[el] gua-
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 165

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 165

temalteca, nueuamente hecho y recopilado con summo estudio, trauajo y erudi-


ción, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Au-
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Acuña, René, “Noticia sobre los manuscritos del Arte de Olmos”, en Sullivan
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García Icazbalceta, Joaquín (1886), Bibliografía mexicana del siglo XVI, catálogo
razonado de libros impresos en México de 1539 a 1600. Con biografías de au-
tores y otras ilustraciones, precedido de una noticia acerca de la introducción
de la imprenta en México, Imprenta de Francisco Díaz de León, México,
xix más 419 pp. Nueva edición por Agustín Millares Carlo, Biblioteca
americana, Serie de literatura moderna, historia y biografía, Fondo de
Cultura Económica, México, 1954, 2a. impresión, 1981.

Hoenigswald, Henry M., “Criteria for the subgrouping of languages”, en Hen-


rik Birnbaum y Jaan Puhvel, eds., Ancient Indo-European dialects, Univer-
sity of California Press, Berkeley y Los Ángeles, 1966, pp. 1-12.

León-Portilla, Miguel y Ascensión (eds.), Andrés de Olmos, Arte para apren-


der la lengva mexicana, con estudio introductorio, transliteración y no-
tas de los editores, 2 vols., Ediciones de Cultura Hispánica, Instituto de
Cooperación Iberoamericana, Madrid, España, 1993 (contiene un fac-
símil del ms que tiene la Biblioteca Nacional de Madrid [signatura
10081, reservado 165]; la edición toma en cuenta el manuscrito de Col-
bert en la Biblioteca Nacional de París, el de Maisonneuve, ahora en
la Biblioteca del Congreso en Washington y la edición de Siméon
1875). Reedición, IIH-UNAM, 2002.

Molina, Alonso de, Arte de la lengua mexicana y castellana, Pedro Ocharte, Me-
xico, 1571.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 166

166 thomas c. smith stark

Olmos, Andrés de, Arte para aprender la lengva mexicana, México. Existen seis
copias manuscritas de este tratado, con importantes diferencias entre
ellas: 1] la de Aubin (A), actualmente en la Biblioteca Nacional de Fran-
cia (Colección de Manuscritos Mexicanos, signatura 364); 2] la de Col-
bert (BN), también en la Biblioteca Nacional de Francia (Fondo Espa-
ñol, núm. 259); 3] la de la Biblioteca Nacional de Madrid (Md,
signatura 10081, reservado 165), reproducida en facsímil en León-Por-
tilla y León-Portilla 1993; 4] la de Ramírez (B), actualmente en la Bi-
blioteca Bancroft en la University de California, Berkeley (M-M 454, con
una fecha de 1563); 5] la de Gates (T), actualmente en la Biblioteca
Latinoamericana de la Universidad de Tulane (núm. 407.2017.051, Ga-
tes núm. 760), reproducida en facsímil en Sullivan y Acuña (eds.),
1985; y 6] la de Maisonneuve (MN), actualmente en la Biblioteca del
Congreso en los Estados Unidos (signatura S III-48-C, 4 Ac. 8; ms. núm.
1477). También existen dos ediciones modernas basadas en algunas de
estas copias: 1] Siméon 1875 (RS), basada en BN y MN; y 2] León-Porti-
lla y León-Portilla 1993 (LP2), basada en Md, BN, MN y RS, 1547.

Quetglas i Nicolau, Pere, Elementos básicos de filología y lingüística latinas, Edi-


torial Teide, Barcelona, España, 1985.

Siméon, Rémi, Grammaire de la langue nahuatl ou mexicaine, composée, en 1547,


par le franciscain André de Olmos, et publiée avec notes, éclaircissements, etc.
par Rémi Siméon, Imprimerie Nationale, París, 1875. Ésta es la primera
edición impresa del arte de Olmos. Se basó en uno de los manuscritos
de la Biblioteca Nacional de Francia (el de Colbert, Fondo Español,
núm. 259) y en el del librero y editor Maisonneuve (ahora en la Biblio-
teca del Congreso de los Estados Unidos de América en Washington,
signatura S III-48-C, 4 Ac. 8). Fue reeditado, sin el prólogo de Siméon,
en la Colección de gramáticas de la lengua mexicana (=suplemento de los
Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, 1a. época,
vol. 3, entregas 9, 10, 11, pp. 1-125, 1885, México). Algunos ejemplares
se encuadernaron con el pie de imprenta de Ignacio Escalante, Méxi-
co, 1885. Posteriormente fue incluido en Francisco del Paso y Tronco-
so y Luis González Obregón (eds.), Colección de gramáticas de la lengua
mexicana. Suplemento a Anales del Museo Nacional de Arqueología, Histo-
ria y Etnología, Museo Nacional e Ignacio Escalante, México, 1904. Una
reedición facsimilar de la edición original de Siméon apareció en 1972
como Andres de Olmos, Arte para aprender la lengva mexicana, con pró-
logo y versión al castellano de la Introducción para esta edición por Mi-
guel León-Portilla, Biblioteca de facsímiles mexicanos, 7, Edmundo Avi-
ña Levy Editor, Guadalajara, Jalisco, México.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 167

un STEMMA para los manuscritos del ARTE PARA APRENDER LA LENGUA MEXICANA 167

Sullivan, Thelma D., “Introducción”, Sullivan y Acuña (eds.), 1985, pp. 5-19.

—— y René Acuña (eds.), Andrés de Olmos, Arte de la lengua mexicana y voca-


bulario, introducción, advertencias, paleografía y apéndices de Thelma
D. Sullivan, edición de René Acuña. Filología, Gramáticas y dicciona-
rios, 4, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional
Autónoma de México, 1985.
GuzmanBetancourt 10 24/6/04 12:11 Page 168
GuzmanBetancourt 11 5/11/04 2:23 PM Page 169

CUANDO LAS FUENTES PARA LA HISTORIOGRAFÍA


LINGÜÍSTICA PARECEN NO SERLO

ERÉNDIRA NANSEN DÍAZ*


FRANCISCO ALMADA LEYVA**

Con este descubrimiento comenzó a pensar


más en su vida pasada y en cuánta necesidad
tenía de hacer penitencia de ella. Y éste fue el
momento clave de su conversión.
P. LÓPEZ DE LARA, 1993: 39

Uno de los problemas de trabajar con lenguas carentes de codifica-


ción escrita es que, cuando finalmente se comienzan a escribir, sus
testimonios históricos pueden tener diferentes índoles y estas fuen-
tes tienen muy poca profundidad temporal. De manera que los es-
casos textos escritos en ellas que pueda encontrar un investigador,
se convierten en los monumentos históricos de esas lenguas, por el
sólo hecho de tener la forma material de estar escritos sobre un so-
porte, como el papel en el que está escrito el texto que trataremos
en este trabajo.
El documento a tratar, como tal, presenta los siguientes proble-
mas: a] su temática no es producto directo de la lengua en la cual es-
tá escrito; b] puesto que se trata de un texto anónimo (ya que no con-
tiene el nombre de su autor) tampoco es posible saber, en forma
directa, si fue elaborado por un hablante nativo de la lengua en cues-
tión, y c] lo único que podríamos afirmar en un primer momento,
es que lo que sí está presente en ese texto, es el contexto cultural de
la lengua en la cual está escrito. Y que ese contexto cultural le dio al
discurso contenido en el texto la forma de plantear los conceptos
que contiene.
El manuscrito que hemos venido trabajando hasta ahora contiene
la Novena del Glorioso San Ignacio de Loyola. Fundador de la Compañía de
JHS. Compuesta por un sacerdote de la misma Compañía. Traducida, y aña-

* DL/INAH.
** SEC-Sonora.

[169]
GuzmanBetancourt 11 5/11/04 2:23 PM Page 170

170 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

dida en el Idioma Cahita o Maya1 por otro Hijo del Santo Patriarcha. Mis-
sionero de la Provincia de Çinaloa. Y consta de trece páginas escritas por
ambos lados en lengua cahíta o yoreme, que forman parte del vol. 25
del Fondo Jesuita de la Biblioteca Nacional de Antropología e Histo-
ria, y está encuadernado en 2o.2
Son escasos los documentos compuestos en esta lengua que datan
de la época colonial, y este manuscrito se inscribe en la exigua lista
de obras que nos permiten dar cuenta del cambio que ha sufrido es-
ta lengua a lo largo de cuatro siglos. Como la mayoría de las obras
producidas por religiosos tenía una finalidad práctica: la de facilitar
la propagación de la fe cristiana entre los pueblos cahítas o yoreme,
como el Arte de la lengua cahíta, cuya redacción se atribuye al padre
Tomás Basilio, y reeditado por Eustaquio Buelna en 1890.3
El manuscrito de la Novena de san Ignacio de Loyola no está fe-
chado.4 Y aunque la letra es diminuta y la tinta se ha decolorado, es
clara y puede leerse y paleografiarse con facilidad. La escritura del
texto refleja sólo algunos problemas de la estructura fonológica de la
lengua, pero no los más relevantes, como serían el de la aspiración y
el cierre glotal intervocálicos. Tampoco incluye vocales y consonan-
tes dobles e incluye en español, como era costumbre en este tipo de

1 Si bien el título dice lengua “maya”, se trata de la lengua mayo o yoreme, que era

otra denominación para la lengua que en tiempos históricos novohispanos se conocía


bajo este nombre. Y sobre ella dice el autor anónimo del Arte de la lengua cahíta
(1989:5): “toda esta gente usa de un mismo idioma, los Hiaquis, los Mayos y los The-
huecos, pero se diferencian en el modo”.
2 El manuscrito fue exhibido como pieza del mes de la Biblioteca Nacional de An-

tropología e Historia durante el mes de junio de 1999, y los trabajos iniciales de Alma-
da y Nansen sobre este tema se presentaron como parte de la Mesa Redonda sobre la
Fiesta Novohispana, Fiesta Religiosa y Fiesta Indígena, durante este mes, en la Biblio-
teca Nacional de Antropología e Historia y como parte de las actividades de su Semi-
nario de Cultura Novohispana.
3 Véase, Arte de la lengua cahíta, edición facsimilar de la publicada por Eustaquio

Buelna en 1890, prólogo de José G. Moreno de Alba, México, Siglo XXI Editores, 1989.
4 Respecto de los documentos, nos dice Sandoval Aguilar (1991:25) en su ficha téc-

nica sobre éstos: “Anuario de fiestas religiosas. Contiene diversas oraciones en mayo,
castellano y latín; un anuario de fiestas y ceremonias religiosas y una novena a San Ig-
nacio de Loyola traducida y aumentada en el idioma mayo por un misionero de la pro-
vincia de Sinaloa. Sin lugar, 1673-1681. Manuscritos en papel europeo, todos en hojas
del mismo tamaño (10 x 15 cm) y algunos unidos por un hilo, 220 fs. Manuscritos en
mayo, castellano y latín con diferentes letras”.
GuzmanBetancourt 11 5/11/04 2:23 PM Page 171

cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 171

textos, algunos términos teológicos, como es el caso de las palabras:


Dios, Espíritu Santo, Jesucristo, Santísima Trinidad, etc. Para no en-
trar en conflictos teológicos con el sistema cosmogónico de los ha-
blantes, y para vincular directamente en sus mentes el significado de
estos conceptos con los términos en español, en un proceso de susti-
tución cultural y lingüística.
Tal como lo menciona el título del manuscrito, se trata de una ver-
sión traducida y añadida en mayo de la Provincia de Sinaloa. Quien
la tradujo y añadió pudo haber sido un religioso que no era hablan-
te nativo de esta lengua que, ayudado por informantes, le dio la for-
ma que tiene el texto.5 Su ortografía, en términos de lo que se agru-
pa o separa en calidad de palabra, es incierta.
La Novena de san Ignacio de Loyola aún se reza en la actualidad
entre los yoreme, antes de la víspera de su fiesta, que se celebra el 31
de julio, pero el texto ha sido modificado por los yoreme en su estruc-
tura y sus partes para adaptarlo a los cánones que dicta su cultura pa-
ra la celebración de la fiesta de este santo. Todo ello en sincretismo
con otros elementos que, pese a la evangelización, y para fortuna de
los yoreme de la actualidad, no desaparecieron de esta fiesta y les ayu-
dan a sobrevivir y a reflexionar sobre sí mismos.

LA NOVENA COMO INSTRUMENTO DE CONVERSIÓN

Ante todo, cabe aclarar que, si bien mucha de la producción de los


religiosos novohispanos tuvo como fin ser una herramienta para la
propagación y reafirmación de la fe cristiana, cada texto tiene un pro-
pósito especial. Así pues, a la Novena de san Ignacio podríamos ini-
cialmente catalogarla como un ritual de oración.

5 Sobre el autor de la Novena, podríamos aventurar que quizá fue el padre Juan Bau-

tista de Velasco, quien en 1593 fue enviado a la entonces Provincia de Sinaloa, para que
se hiciese cargo de las misiones, que comprendían las establecidas en el norte de Sina-
loa y sur de Sonora; posteriormente, a la muerte a manos de los zuaques de los padres
pioneros Gonzalo de Tapia y Martín Pérez, todos de la Compañía de Jesús. El padre Ve-
lasco permaneció durante veinte años en tierras de la nación cahíta y se dice que: “re-
dujo al arte los tres idiomas dominantes en su jurisdicción eclesiástica, que eran el chi-
corato, ohuero y cahuimeto, formando con ellos una gramática de la lengua cahíta, de que
GuzmanBetancourt 11 5/11/04 2:23 PM Page 172

172 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

Sin embargo, para quienes en la actualidad no somos muy devotos


o asiduos a la iglesia, una novena es un ritual de oración que se reza
durante nueve días a un santo, para pedir algo, y se reza en la iglesia o
en la casa. Pero, ¿qué era exactamente un novenario en el siglo XVI?
Para empezar, quien en ese siglo realizaba el ritual del novenario,
estaba consciente de que no era el santo quien cumplía la gracia pe-
dida, sino quien intercedía ante Dios para que éste la cumpliera; al
menos, ésta era la intención de los predicadores, como veremos a
continuación.
Otro jesuita, el padre Francisco de Florencia, fue autor de una No-
vena a Nuestra Señora de los Remedios que data del año 1685 (1745).
Este texto trata de Las novenas del Santuario de los Remedios, cómo se han
de hacer para sacar fruto de ellas. En él se describe puntualmente el pro-
ceso de celebración del novenario como acontecimiento religioso de
la sociedad novohispana:

Las Visitas y Novenas que se hacen, así a la santa imagen de los Remedios, co-
mo a la de Guadalupe, han sido desde sus principios muy usadas de todo gé-
nero de personas. Y en especial de algunas personas doctas y espirituales que
usaban el retirarse a la casa de la Virgen, por nueve o más días, a gozar en ella, qui-
tados del tráfago de México, de la comunicación inmediata con la Señora, y a recibir
la abundancia de favores que suelen hacer a los que velan a las puertas de su miseri-
cordia y la buscan en sus necesidades (Florencia, 1998:3).

En 1685, “rezar una novena” podía, pues, implicar un viaje de al-


gunas horas hasta el santuario en cuestión, con la opción de perma-
necer en él durante los nueve días en que se haría la celebración del
novenario.
Ahora bien, en la página 5 del texto del padre Florencia, aparece
una parte donde: “Explícanse los modos de hacer Novenas con fru-
to”. Quien rezaba la novena tenía dos opciones: la peregrinación y re-
tiro o permanencia en un santuario; o bien la de los: “Otros, que no
pueden faltar de sus cosas tanto tiempo, [y] abrevian los días, multi-
plicando en menos tiempo las horas de oración y ejercicios devotos que

se derivaban los posteriores, y era hablado exclusivamente en los ríos Yaqui y Mayo ha-
cia la costa, en la mayor parte del río Fuerte, comprendido dentro del hoy territorio si-
naloense, y con más o menos extensión en los de Sinaloa y Mocorito”. (Villa, 1984:26.)
GuzmanBetancourt 11 5/11/04 2:23 PM Page 173

cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 173

habían de hacer en los nueve” (op. cit., 1998:5). Es decir, el rezo de la


novena conllevaba además un ritual de meditación. Y el padre Flo-
rencia nos dice que el elemento más importante para la comprensión
de la novena es: “…que en esos días procuren traer a la memoria las mi-
sericordias y maravillas que por medio de su milagrosa imagen ha obrado la
Señora en su casa y santuario… con el deseo de que se haga aprecio de lo que
debe México a la Santísima Virgen por esta imagen” (op. cit., 1998:8).
La intención pedagógica de los nueve días de la novena de los Re-
medios es clara. Se ha escogido para cada uno de ellos una medita-
ción especial sobre nueve misterios de la vida de la Virgen que tienen
relación con la historia de su aparición en Los Remedios. Es decir, vin-
culan el hecho histórico de la Conquista con las capacidades divinas
o misterios de la Virgen, con el fin de hacer entender a los fieles la
función de esta Virgen como conquistadora de la salvación de la culpa.
Y esta característica, como veremos más adelante, está presente en
los Ejercicios Espirituales que Ignacio de Loyola diseñara para el en-
cuentro del individuo con Dios. En el novenario, la realización de és-
tos era condición para la intercesión de la Virgen o el santo ante Dios,
y para el otorgamiento de la gracia solicitada, además de contribuir
con ello al proceso de conversión del individuo instruyéndolo sobre
los pasos a seguir en el camino de la fe y obligándolo a reflexionar so-
bre la divinidad.
Es decir, en el cuerpo del género textual denominado novena, en
calidad de instrumento de propaganda fide, tendríamos que encon-
trar, en toda novena traducida a una lengua indígena, además de las
advertencias sobre el modo de hacerla y de la oración que se reza pa-
ra todos los días, nueve episodios de la vida de la Virgen, de un san-
to o de Cristo, vinculados con los cinco misterios del rosario. Y tener
en mente que servían para la conversión de un individuo en aras del
cumplimiento de una gracia, para la reafirmación de su fe en un ac-
to religioso tan vital y público como la fiesta del santo patrono del
lugar.
A diferencia del Padre Nuestro, el Ave María o el Credo, que son
oraciones de alabanza o reafirmación de fe, la novena es un brevia-
rio de historia de vida de un individuo o entidad sagrada, que sirve
de espejo para encontrar en la propia, la virtud divina de la entidad
que se invoca.
Ésta sería, pues, la estructura de los temas que abarca una novena,
y que debiera reflejarse en la traducción a la lengua indígena.
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174 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

Veamos ahora el texto de la novena del santo de Loyola. En el tex-


to en español se incluye la advertencia sobre cómo se debe rezar es-
ta novena y dice:

El tiempo más oportuno para hacer esta novena […] es aquel en que sus de-
votos necesiten conseguir alguna gracia del Señor, por medio de su podero-
sa intercesión. Los que lo hicieren si precisaren alguna urgente aflicción, o
fervor devoto, podrán escoger los tiempos siguientes: desde el día 23 de ju-
lio hasta el día de su solemnidad, que la santa Iglesia celebra a 31 del mismo
mes […] de rodillas ante algún altar o imagen de San Ignacio de Loyola, le-
vantará el corazón a Dios y se considerará presente a la Santísima Trinidad,
a Cristo nuestro Señor, a María Santísima asistida de la celestial corte de in-
numerables ángeles y santos, y especialmente pondrá los ojos del alma en San
Ignacio… (Novena a San Ignacio de Loyola, 1999:2-3).

Con esto se establece también el periodo para la celebración, que


abarca justo los nueve días, contados a partir de la fecha de la fiesta
del apóstol Santiago, cuando Loyola inició su ascenso hasta la ermita
de la Virgen de la Purísima Concepción de Montserrat, en Cataluña,
que fue su constante inspiración y mística compañía en su camino de
conversión de soldado del rey a soldado del Rey de los Cielos y mili-
tante de la evangelización. El 31 de julio, es el aniversario de la con-
versión de Íñigo de Loyola, el guerrero, en el soldado de Dios.
La novena de san Ignacio era un ejercicio de conversión. La ora-
ción de su primer día y la súplica de la gracia quedan ubicadas en el
marco de la regla del santo y su orden religiosa. Ésta tiene que ser pe-
dida, y si es concedida, será concedida al individuo siempre para ma-
yor gloria de Dios, al igual que el cumplimiento de la penitencia que se
le impondrá en caso de no obtenerla.
En su Guía para hacer ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, otro
jesuita, el padre Fernando Azuela, habla detalladamente de la impor-
tancia de vincular a “Dios, Señor de la Historia” (1989:22) con el indi-
viduo y su propia experiencia mística a través de la vida del santo, que
es precisamente lo que intenta hacer el padre Francisco de Florencia
en la novena de los Remedios. El espíritu de la novena novohispana si-
gue vigente en la regla jesuita y el ejercicio espiritual en la meditación.
Al buscar estos elementos en el texto de la novena cahíta, adverti-
mos que se cumplen el plazo para su rezo, el lugar, que es la iglesia,
pero a diferencia del texto en español, el de la novena cahíta conser-
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cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 175

va estas partes, pero poco o nada refiere sobre los hechos de la vida
del santo, en tanto que datos biográficos puntuales, como son los co-
nocidos episodios de Montserrat y el de la cueva de Manresa, en don-
de la Virgen de la Purísima Concepción se apareció a Íñigo de Loyo-
la, para convertirse en la sagrada dama de sus gestas de caballero de
la fe, que sí aparecen en la novena en español.
En cambio, el texto cahíta se convierte en una interpelación direc-
ta del individuo que la reza, en la cual él recuerda al santo sus virtu-
des y los hechos que reforzaron su fe, para que el santo pueda, por
estas cualidades interceder ante Dios para que le conceda la gracia
pedida y le permita parecerse a él. Muy a la manera en que la religio-
sidad popular de hoy en día, ruega directo al santo que le haga un fa-
vor, y hasta lo azota, lo para de cabeza, o lo mete en agua para obli-
garlo a cumplir la gracia pedida.
Estas interlocuciones pueden resumirse en un paso por día, de la
manera siguiente:6

1] El primer día de la novena, después de un acto de invocación al


santo y de contrición por sus pecados, el individuo suplica al santo,
al que Dios concedió: ser el mismo misterio de la Santísima Trinidad [sic],
le conceda: poder nombrarlo. Para que conozca todo aquello que or-
dena la Santa Madre Iglesia y me ayude a creer. Por eso, porque tú le
creíste cuando andabas en la tierra…y para que en el cielo no tenga
yo que estar rogando también, porque lo dispuso Dios. (p. 5 ms.):

Dios apo graciata entzi micac Santísima Trinidad mysteriompotunaque betzibuo. Emou-
ne uhbuana Diosta nocrianaque Diosta sualuamta, fee teuame ne micnaque a et chic-
ti hita itom Aie Santa Iglesia a taia nesaue, anetaianaque soc ante sualnaque betzi-
buo entzi quet itom buan aniapo hiepsao hulen a sualeca betzibuo.

2] El segundo día de la novena, después de lamentarse por sus peca-


dos, el individuo le recuerda al santo: “Dios te dio la gracia de cono-
cer el bien en lo conocido, para que lo tengas muy en cuenta hasta tu

6 Dadas las restricciones de extensión de este trabajo, se ha elaborado una versión

traducida al español de las partes de la Novena que aparecen en este punto, sin incluir
una glosa morfológica. Esta modalidad se presentará en otro trabajo de carácter com-
parativo, que incluirá la paleografía completa del texto.
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176 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

muerte…”, y ratifica: “Tendré en cuenta en mi corazón a Dios, aun


por los que no lo hacen y así me concederás lo que te pido ahora, si
es bueno para mi alma, y si Dios me lo quisiera conceder…” (p. 6 ms.):

Dios entzi hiocorec turisi a taiamecari soc ataiaca utesi em hiepsimeie aerianaque em
muqueu camtia, em puhba, […] quet elevenasia chicti tapo in mucneu camptia Dios-
ta em hiepsimeie utesi en ianaquete hiacari

3] El tercer día de la novena dice, después del acto de contrición: “Tú,


en nuestro valle de lágrimas, porque tuviste en cuenta a Dios para tu
salud, para tu cuerpo, para tu alma, lo buscaste hasta la hora de la
muerte. Te pido por mí, y teniendo en cuenta a cada persona, porque
nos lo ordenó Dios, él mismo, Dios, ha escuchado tus ruegos”. (p. 7 ms.):

Empo itom buananiapo Diosta betana emo benasia chicti jioreme em hiepsipoutesi am
eriac, aet betzibuo vem tuuraua vem hiepsi soc vem tacaua betzibuo hariuac em mu-
queu camptia; entzi emou en uhbuna ino betzibuo Diostanocrianaque, nezte quet ele-
venasia cin mucneu camptia Diosta vetana ino venasia chicti Joreme eriacacari Dios
hulen itom saueca betzibuo apori bueurusi entzi ieac in noqui utesi ara hica

4] El cuarto día de la novena, el individuo le recuerda: “A la Purísi-


ma Concepción tú la tuviste en cuenta en todos tus actos (para que
evitase que cayeras en el pecado otra vez) y le recuerda al santo (como
para que no se le olvide a él): También tendrás presente a nuestra Ma-
dre, la Purísima Concepción, lo harás, y así, si lo que te pido es bue-
no para mi corazón (mi alma), y si Dios me lo quiere conceder, me
lo conceda”. (p. 8 ms.):

Itom Aie Santa María Concepcionta chicti em hiepsimeie empo a eriac… itom Aie Con-
cepcionta erianaque i, anaque canapat ne tatacolita aque, i, anaque soc in emou aa-
waw in hiepsi betzibuo.

5] El quinto día de la novena el individuo le recuerda al santo: “Cuan-


do tú viviste en nuestro valle de lágrimas, le enseñaste a bautizados y
no bautizados el camino que lleva directamente al cielo. Y así, Dios te
favoreció”. Y le promete: “Nunca más provocaré la ira de Dios, ya sien-
do hombre como tú, para que me confirmes como una persona que
muera bautizada”. (p. 8 ms.):
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cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 177

Itom buan aniapo emzti quet hiepsaco Diosta bétana chicti habeta batorim, ca batorim
huneri tehuecau vichaca lútula vichaca lútula bota amachtiac…. Natzai cane napat
Diosta omtitua, i anaque. Ne batota venasi muc, i, anaque…

6] El sexto día de la novena, el individuo le recuerda al santo: “Cuan-


do tú viniste a este valle de lágrimas, tuviste temor de Dios. Hiciste pe-
nitencia castigando tu cuerpo por tu amor a Dios… Aun cuando ha-
bía mucho que comer, comías un pedazo de pan y un poco de agua
azotándote de cuatro a cinco veces todos los días”. (p. 9 ms.):

Emtzi quet itom buan aniapo hiepsaco, Diosta vetana hantiachi penitenciata hoac.
Utesi em tacaua cocosi ieac Diosta naqueca….naiqui tapo elapo hibua machi caluti
obec hulem lebela panim ilitchi buacari, soc iliqui bata hecari, soc chicti taiao naiqui-
sia omti mamnisi uttesi emo vibumuchae

7] El séptimo día de la novena, el individuo le recuerda al santo: “Vi-


viste mucho tiempo respetando a Dios en este valle de lágrimas, y en
tu corazón platicaste con Dios, por eso Dios y la Virgen María llegan
a ti tantas veces y cumplen tus deseos… y le ofrece adorar a Dios de
todo corazón todos los días”. (p. 10 ms.):

Empo Diosta ioioreca betzibuo burusia iton buan aniapo quet hiapsaco, em hiepsipo
Diosta mac nocac, ie vetsibuo apo Dio, Itom Aie Santa Maria huneri burusia eni ieu
machiecm burusia emo iaiahiac em

8] El octavo día de la novena, el individuo le recuerda al santo: “Cuan-


do anduviste por nuestro valle de lágrimas, aunque no hubiera reme-
dio por parte de Dios, pero así con el signo de la Santa Cruz, alivias-
te el cuerpo de muchos hombres que estaban enfermos, y sus almas
sanaron escuchando tu palabra”. (p. 11 ms.):

Itom buanianapo recteco, elapo cahita hitoa, Diosta betana hulem Santa Crusta hu-
nac teuamta aie huevena ioreme cocoreca hiocot aneme vem tacaua sepi em alaeuac,
entoc ven hiepsi em noqui

9] El noveno día de la novena, el individuo le recuerda al santo: “Cuan-


do viviste en este valle de lágrimas, tú asustaste a los diablos muchas ve-
ces. Al escuchar tu nombre, luego abandonaron el cuerpo de los hom-
bres en los que se habían metido para dañarlos. Cuando en verdad no
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178 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

lloraban diciendo que eras un gran Santo… y que los corriste a la fuer-
za”. Y le promete: “Me confesaré y sacaré mis pecados, y de aquel la-
do, sacaré más gloria para mi alma que del diablo…” (p. 12 ms.):

Itom buanianapo hiepsaco empo burusia diablom uomtiac emteuam hicaca sepi emo
hoac ioremem tacauapo uahiac quimocame cocori amhoa bareteco tua ca buanaio emt-
zi bueru Santo, emtzi tua Santo tiaca uteapo am sasacatuac emo uhbuana…ne turi-
si compesecteco, in tatacolim diablota aet uanavo chea huenam in hiepsi vet ien am
uotianaque…

Aunque los episodios biográficos no estén presentes en el texto in-


dígena, con nombres y lugares históricos, las virtudes y capacidades
del santo como la de hacer penitencia ante Dios y la de echar fuera a
los demonios, sí lo están. Es de suponer que era difícil explicarles co-
sas como el concepto de un Dios en tres personas, o una madre vir-
gen con su hijo, además del coro de ángeles que la acompañaban. Pe-
ro más difícil era explicarles la escena de la cueva de Manresa donde,
en opinión del padre Azuela, Ignacio de Loyola tuvo su Pentecostés
al seguir la ruta del ejercicio espiritual de la meditación que deman-
da que el individuo hiciera (op. cit., 23-24):

1] La Oración preparatoria, que coloca al individuo ante la presen-


cia de Dios, concentrando en él todo su pensamiento para ponerlo a
su servicio.

2] La Composición que ve el lugar del episodio con su “imaginación


y sentimientos”, los que le permiten pensar en una ambientación de
apoyo y una escenografía en movimiento, que le posibiliten incorpo-
rarse participativamente a la vivencia del santo. Lo cual probablemen-
te era la función de las ilustraciones y cuadros alusivos novohispanos,
que acompañaban al rezo, como en el caso de la novena de Los Re-
medios. Y que en las fiestas religiosas indígenas y no indígenas, se en-
contraban representados en las flores, las banderas, los rituales y las
danzas que acompañan la celebración.

3] La Demanda de lo que quiere y desea, que es la expresión de Ig-


nacio de Loyola para el objetivo de la meditación, porque es esta de-
manda la que alcanza la gracia pedida.
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cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 179

4] Seguir los Puntos de oración, o alternativas propuestas para el lo-


gro de la gracia y la Conclusión coloquial, consistentes en un profun-
do diálogo amistoso con María, Jesús y el Padre, quienes coadyuvarán
al logro de la gracia.

LA SUPERVIVENCIA DE LA NOVENA CAHÍTA EN LA NOVENA DE SAN IGNACIO


EN LA ACTUALIDAD

A la Iglesia católica yoreme podríamos considerarla como un espacio


donde se desarrollan las actividades culturales y religiosas de los yo-
remes.
El título de Iglesia católica yoreme quizá sea muy ostentoso ya que
no constituye en sí un organismo que forme parte de una jerarquía
religiosa o que tenga sustento en algo palpable como pudieran ser
una liturgia especial, un calendario de festividades o incluso libros sa-
grados propios.
Si bien se supone que es católica, la Biblia no parece ser el funda-
mento de su actividad religiosa, ni constituye una referencia para ser
buen yoreme. Los conductores de sus ceremonias, llamados “maes-
tros rezadores”, forman parte de la jerarquía católica oficial, el calen-
dario ritual es el católico, pero es muy selectivo en los santos a los que
se rinde veneración en los días de fiesta.
Más bien se le denomina católica porque al amparo del catolicis-
mo han sobrevivido los elementos constitutivos de la cultura yore-
me que han sido rechazados en otros ámbitos. Los yoremes tienen
la facultad de celebrar sus fiestas y ceremonias funerarias, mas no la
de otorgar ningún sacramento. Esto no es obstáculo para que, du-
rante su vida, los rezadores yoremes participen en ceremonias don-
de la bendición que dan no es completamente aceptada; de hecho
es muy frecuente que tanto la extremaunción como todo lo referen-
te a los funerales esté exclusivamente en manos de los yoremes, por-
que sólo ellos entienden el punto de vista de su cultura, y sería im-
perdonable dejar esto a cargo de quien no lo entiende ni quiere
entenderlo.
La Iglesia católica tuvo que aceptar –no sin antes haber creado con-
flictos entre los yoremes– que éstos realizaran sus fiestas tal como sus
antepasados les enseñaron, porque en resumidas cuentas, eran los
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180 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

restos de las enseñanzas que los primeros padres de la evangelización


habían establecido por esos lugares.
Además, en realidad no todo está mal por lo cual la jerarquía ca-
tólica no sólo les recomienda seguir con sus prácticas religiosas sino
estar de acuerdo con ellas, siempre y cuando se conserven esas bue-
nas costumbres.
La iglesia yoreme consta de tres partes principales para efectos de
sus ceremoniales y son la capilla, el ramadón y la cocina que están dis-
tribuidas según el espacio con que cuenten en cada pueblo. Cada una
tiene una función especifica a la cual le corresponden diferentes tiem-
pos durante el transcurso de la fiesta e inclusive durante el tiempo
que dura en funciones el grupo de fiesteros.

ALGUNOS ELEMENTOS DE LAS FIESTAS YOREMES

Los fiesteros: Son doce personas, como número ideal, y se encargan de


realizar la fiesta.

La música y las danzas

La música puede ser la misma para todas las fiestas. En cuanto a las
danzas hay tres que son comunes a todas: “el pascola”, “el venado” y
“el matachín”, pero también hay algunas diferencias a nivel subre-
gional.
La música que se toca se considera como una alabanza instrumen-
tal y, por lo tanto, es sagrada. La danza es el acompañamiento para la
música donde hombre y música se ofrecen ante Dios, la Virgen y el
santo festejado. Así en la representación del universo dentro de la ca-
sa de la fiesta, todo está en movimiento y el individuo se entrega en
cuerpo y alma a la alabanza de Dios por medio del canto, la danza y
la música que interpretan músicos, cantadores, pascolas y venado.
Todos se entregan a Dios de dos maneras: los que ejecutan la mú-
sica están guiados por la inspiración divina, que literalmente es quien
dice qué música quiere escuchar; el danzante que la oye se apropia
de ella, por cuanto en su atuendo se encuentran elementos que pro-
ducen ruido como los ténabaris, coyolis y sonajas cuyos sonidos com-
plementan la armonía de la música que se ofrece a Dios. De la mis-
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cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 181

ma manera, el cantador de venado, al tiempo que ejecuta el instru-


mento canta el son. Y todo esto se produce en el ramadón o techum-
bre de ramas que está afuera de la iglesia. Pero, también en el inte-
rior de la iglesia hay, simultáneamente, música, movimiento y canto.
La urdimbre de la fiesta se entreteje pues, en tres espacios dimen-
sionales simultáneos: la iglesia con cantos, alabanzas, luces, flores, in-
cienso, campanas reverencias y movimientos significativos que los
acompañan. El ramadón que es donde la alabanza cantada y bailada
se desarrolla. Y la cocina, donde la alabanza se manifiesta en los agra-
decimientos que se dan cada vez que alguien se levanta de la mesa,
después de haber sido obsequiado con alimentos, porque trajo algu-
na aportación voluntaria o porque cumplió con el ritual de conser-
var los bienes de la iglesia, de los que fue depositario durante un año
y dice: “Gracias a Dios que nos dio vida y salud para cumplir felizmen-
te. Gracias a Dios por este caldo porque los que quedamos aquí en la
tierra estamos siguiendo el camino de nuestros antepasados”.
Pero el hecho más importante que se desarrolla en la cocina, es la
firme creencia de que cada vez que se destapa una olla para servir un
plato, el primero en recibir la comida es Dios porque hacia él se ele-
van el vapor y los aromas de los alimentos que hay en la olla.

La novena

Es el periodo de nueve días de rezos para llegar a la celebración de


la fiesta del santo patrón. El rezo de la novena comprende también
las conversaciones respecto a los preparativos para lo que se va a ha-
cer en la fiesta. Aun cuando aparentemente es lo mismo todos los
años no se debe dejar nada al azar ya que la complejidad de los ritua-
les, y el cansancio que produce realizarlos pueden conducir a come-
ter errores que son mal vistos por la comunidad, que espera que los
elementos principales le sean presentados de manera impecable. La
novena va acercando al individuo a la meta final de ese periodo de su
existencia, en el cual pone todo su empeño, ya que en la concepción
yoreme, está a punto de salir de una penitencia o de un sacrificio, es
decir, el tránsito o la caminata de doce meses esta a punto de concluir
para salir de allí como un ser nuevo en la fe y en la lealtad a la iden-
tidad yoreme.
A diferencia del católico romano, que puede rezar la novena en
forma individual, y en la intimidad o con un número reducido de per-
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182 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

sonas, el católico yoreme nunca reza una novena solo; la novena es


para el yoreme un acto público y colectivo y, como individuo pide una
gracia, pero es frecuente que haga patente lo que pidió a la colectivi-
dad. Además, al hacerlo adquiere un compromiso, y si éste incluye
una fiesta, puede hacer una fiesta casera. Es decir, en su casa pone el
altar al santo, ofrece danzas, cohetes, etc., y concluye con cuatro fies-
tas más, una cada año.
Pero si decide hacer la fiesta en la iglesia, tiene que encontrarse
con otros que tengan esa misma novena (once personas, para com-
pletar con él la docena de fiesteros) y ahí, la novena se tiene que adap-
tar al tiempo que se le dedique y a los rituales.

LA FIESTA DE SAN IGNACIO EN EL BAJO RÍO MAYO

Como se vio en los apartados anteriores es bastante complicado que-


rer describir una fiesta yoreme que a simple vista parece muy senci-
lla. Y más complicado aún es organizarla.
Para la comunidad yoreme todavía subsiste la idea de que la fiesta
la instituyó Dios para que cada uno participe en ella al menos, una
vez en su vida. Esto significa que a un santo se le harán cuatro fiestas
(una por año) participando en tres distintos cargos, más un año de
pilón por haber terminado su compromiso con Dios.
La fiesta no es para mostrar la opulencia de los participantes Al
contrario, es una fiesta realizada como sacrificio y penitencia para que
Dios tenga en cuenta aquellos trabajos y sufrimientos que pasa el in-
dividuo para mostrarle su agradecimiento por su vida, y el fiestero de-
finitivamente goza del prestigio, único quizá, de ser el que está cui-
dando la flor de la fiesta durante el año, y su actuación determina el
cómo se le recuerda, una vez concluido su periodo.
Al parecer, aquí es donde menos posibilidades hay de aplicar aque-
lla conocida teoría de la redistribución de la riqueza porque todo se
realiza gracias al esfuerzo de cada uno de los fiesteros quienes a ve-
ces son los más pobres, ya que una de sus funciones es renovar los bie-
nes perecederos (alimentos y objetos rituales) que le entrega la igle-
sia, y según el uso que haga de ellos estará en condiciones de pasar
ese compromiso en forma desahogada.
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cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 183

LA FIESTA DE SAN IGNACIO: CARACTERÍSTICAS

La fiesta de san Ignacio, donde se reza la novena, se celebra en dos


comunidades del Bajo Río Mayo llamadas El Júpare y La Loma del Et-
choropo pero no se ciñe fielmente al modelo de fiesta que realizan
los yoremes. Se desarrolla en la iglesia haciendo uso de toda su in-
fraestructura pero se celebra en un entorno casi familiar.
Los fiesteros de san Ignacio se comportan como una unidad do-
méstica, ya que al parecer han dejado de hacer la fiesta cuando los
problemas de uno de ellos han desanimado a los otros. Esto tiene una
razón de ser, dado que a estos fiesteros les ha sido impuesto el rosa-
rio, que es un distintivo del fiestero en forma vitalicia. Es decir, el pa-
dre de familia lo recibió y a su muerte pueden suceder una de dos co-
sas: o se lo lleva a la tumba o su esposa se queda con él, para seguir
participando en la fiesta. Es lícito que al que recibió el rosario de san
Ignacio lo entierren junto con él, pero no faltan los que aún sin la es-
peranza de que alguno de su familia se haga cargo en lo sucesivo, lo
hayan dejado a sus parientes. Todo esto ha ocasionado una grave dis-
minución en el número de estos fiesteros. Pero en años recientes ha
habido una reestructuración, por lo que podemos ver bandera y ro-
sarios nuevos, ya sea porque alguna familia retomó esa herencia o
porque ha ingresado algún voluntario.
Sea como fuere, el resurgimiento de la fiesta no ha hecho variar lo
que ya es tradición celebrar: la “Descuelga del santo”, rezar el nove-
nario, realizar la fiesta y quedarse con el rosario que son las únicas
partes que tiene esta fiesta, a diferencia de las otras.

LA NOVENA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

El novenario para los santos es una tradición muy común en el Bajo


Río Mayo. Respecto de la novena de san Ignacio, a diferencia de las
novenas de otros santos que se rezan en español, ésta está traducida
al yoreme, su traducción data del siglo XVI, el texto manuscrito está
en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de
México.
Aparentemente san Ignacio de Loyola es el único santo cuya nove-
na fue traducida al yoreme, y lo extraño es que contando con una tra-
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184 eréndira nansen díaz y francisco almada leyva

dición desde los días de la evangelización su fiesta no tiene el luci-


miento de las fiestas creadas en una época más reciente.
Las incógnitas que rodean a esta fiesta son:
¿Por qué si fue de las primeras que se establecieron no presenta el
patrón de las fiestas yoremes? ¿Tiene esto algo que ver con el santo o
con la forma en que se organizó su fiesta por parte de los evangeliza-
dores jesuitas?
¿A qué se debe que los rosarios no pasan a algún otro promesero
voluntario que quiera participar en la fiesta?
Por la forma de imponerse el rosario a un miembro de la familia,
se consideraría que tal fiesta estaba condenada a desaparecer al cabo
de una generación, a diferencia de las demás.
¿Por qué si se estaba en un grupo de fiesteros no había la obligación
impostergable de realizar la fiesta en el tiempo que indica el calenda-
rio y ésta estaba condicionada por el estado de ánimo de los fiesteros?
Durante la recolección de palabras para la conformación del dic-
cionario yoreme que elaboré, escuche y registré las expresiones que
se referían a esta fiesta como la Fiesta de los Mezquites (Jüpa Paxko)
y la Fiesta del Sarpullido (Sijönia Paxko) como sinónimas de San Inaa-
sio Paxko o Fiesta de san Ignacio. Ambas expresiones están relaciona-
das con la antigua tradición de la recolección de las péchitas que son
los frutos del mezquite, con las cuales se prepara un atole que, al con-
sumirlo, provoca el brote de un sarpullido.
Las péchitas forman parte de los alimentos tradicionales de los yo-
remes cuyo origen se remonta a la época prehispánica.
Entre los yoremes el mezquite es un árbol especial: da sombra,
combustible, proporciona alimentos como las péchitas, se usa como
colorante para teñir las cobijas de negro y es medicinal.
Uno se puede abrazar de él, contarle sus penas y salir reconforta-
do, tal como lo hace con cualquier santo. La cruz que protegía a to-
do hogar yoreme se hacía, hasta hace poco de mezquite y todavía
acompaña a los difuntos en su trayecto hacia la otra vida.
Los yoremes han asignado un color a cada santo, que tiene rela-
ción con distintos aspectos de la cultura. El color del santo de Loyo-
la es negro, porque su hábito es negro, pero el color del luto también
es el negro, de aquí el aparente sincretismo entre todas las propieda-
des del mezquite y el color del santo, lo cual favorece la adoración del
árbol del mezquite a través de la figura de san Ignacio de Loyola. Otro
detalle significativo es que los rosarios de los fiesteros de san Ignacio
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cuando las fuentes para la historiografía lingüística parecen no serlo 185

del Júpare y la Loma del Etchoropo, que son vitalicios, están hechos
de madera de mezquite, mientras que los de cualquier otro santo
son de amolillo (o tukchi, que es una especie de saponaria) y se en-
tregan a un fiestero diferente cada año.
Sobre esto es posible concluir, que el proceso sincretizador ha
compactado una serie de símbolos culturales de los yoreme en la fi-
gura de san Ignacio de Loyola que en apariencia lo vinculan con la
muerte.
Sin embargo, la fiesta es para el árbol del mezquite y el día del
santo, el 31 de julio, marca la época de la cosecha de sus vainas o pé-
chitas como un acontecimiento anual que no tiene un marco religio-
so real. En cambio, no sucede así en el caso de las otras fiestas, que
tienen su base en el marco de la Trinidad. Éstas se realizan en tres
periodos, lo cual no las hace menos sincréticas que la de san Ignacio
sino que las vincula directamente con la vida y sus ciclos que se repi-
ten año con año. La fiesta de san Ignacio pareciera poder morir, en
cambio la de la Trinidad no.

BIBLIOGRAFÍA

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COMENTARIOS DE WILHELM VON HUMBOLDT


SOBRE LA LENGUA CORA

JOSÉ LUIS ITURRIOZ LEZA*

ANTECEDENTES: LA OBRA PÓSTUMA DE HUMBOLDT

La primera fase de este trabajo se inicia en 1990 y sus resultados se


presentan en el marco del Simposio Internacional del Instituto Ibe-
roamericano de Berlín, celebrado en esta ciudad del 24 al 26 de sep-
tiembre de 1992. Entre los trabajos del legado póstumo de Humboldt,
catalogados y descritos por Kurt Mueller-Vollmer (1993), y puestos a
disposición de los especialistas para su valoración, se hallaban docu-
mentos de diversa magnitud referentes a lenguas (del occidente) de
México. Como era de esperar, no hallé nada sobre huichol, pero sí
unas cuantas páginas con comentarios sobre la lengua cora a partir
de algunos escritos del misionero José de Ortega (véase Iturrioz,
1992). Aunque Guillermo de Humboldt no estuvo nunca en México,
y sus comentarios no son por tanto estrictamente parte de la historia
de las ideas lingüísticas de México, creo que vale la pena analizar sus
comentarios como muestra de la recepción que tuvieron en Europa
los trabajos gramaticales y lexicales hechos en México y su contribu-
ción indirecta al desarrollo de las ideas.
No hay indicaciones sobre cómo llegó Humboldt a hacerse de un
ejemplar de estos escritos, pero nos podemos imaginar dos vías. Co-
mo embajador en el Vaticano debió dedicar buena parte de su tiem-
po a la biblioteca, donde había un buen número de gramáticas de las
más diversas lenguas escritas especialmente por misioneros. La otra
posibilidad es que su hermano Alejandro, que viajó por México y re-
corrió también el occidente de México le proporcionara este mate-
rial, como se sabe que lo hizo con el mexicano (náhuatl) y otras len-
guas. La diferencia es que para el náhuatl recibió material suficiente
para hacerse una idea cabal de su estructura, hasta el punto de escri-
bir una gramática, mientras que la obra de Ortega la considera una
fuente de datos bastante pobre para poder establecer hipótesis bien
fundadas sobre su origen, su tipo y sus categorías más destacadas.

* Universidad de Guadalajara.

[187]
GuzmanBetancourt 12 5/11/04 2:25 PM Page 188

188 josé luis iturrioz leza

ALGUNOS DATOS HISTÓRICOS SOBRE JOSÉ DE ORTEGA

Los coras parece que fueron sometidos por el poder colonial hasta el
año 1722. Al mismo tiempo tienen lugar los primeros intentos de
evangelización por parte de los jesuitas, los cuales se ven interrumpi-
dos con la expulsión del país de los miembros de esta orden religio-
sa en 1767. Apenas diez años después del apaciguamiento de los co-
ras por las tropas coloniales aparecen las principales obras de José de
Ortega.
Los comentarios de Humboldt se refieren por tanto a los testimo-
nios más antiguos que tenemos de esta lengua, los trabajos gramati-
cales y lexicales de este jesuita que nació el 15 de abril de 1700 en
Tlaxcala (México), a los 17 años entró en la orden de los jesuitas, y
como sacerdote visitó a los coras en los años veinte del siglo XVIII. En
1732 fue editada en la ciudad de México su obra principal: Vocabula-
rio en lengua castellana y cora. En 1860 se reeditó en el volumen VIII del
Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística con un prólogo
del famoso filólogo Francisco Pimentel y en 1888 por la editorial del
estado de Nayarit. El padre Ortega escribió además un catecismo ti-
tulado Doctrina cristiana, Oraciones, Confesonario, Arte y Vocabulario de la
lengua cora (México, 1729), así como un Confesonario manual en lengua
cora (México, 1732). Humboldt tuvo a su disposición el Vocabulario en
lengua castellana y cora y una versión del Padrenuestro como única
muestra textual.

COMENTARIOS ACERCA DE LOS COMENTARIOS

Algunas de las ideas más originales del pensamiento lingüístico de


Humboldt se desarrollaron a partir de su análisis de lenguas ameri-
canas; su contribución más destacada a la tipología fue la introduc-
ción del tipo incorporante, que describe cien años antes que Sapir
como un rasgo característico de lenguas americanas y cuyos aspectos
teóricos son de suma actualidad. En Iturrioz (2000) e Iturrioz/Gó-
mez (2000) hacemos una valoración detallada de su concepción de
la incorporación desde la perspectiva de las teorías más modernas.
En un trabajo todavía en elaboración llevo a cabo un análisis de su
gramática del mexicano y, en especial, del papel que en ella desem-
GuzmanBetancourt 12 5/11/04 2:25 PM Page 189

comentarios de wilhelm von humboldt sobre la lengua cora 189

peña su visión de la incorporación. En sus comentarios sobre los es-


critos de Ortega, Humboldt manifiesta su frustración por no hallar
datos relativos a este fenómeno gramatical, al que atribuye una im-
portancia singular a la hora de juzgar el parentesco entre el cora y el
náhuatl y de tipificar a la lengua cora.
De manera más general, Humboldt lamenta al inicio de sus obser-
vaciones que los escritos de Ortega no satisfacen sus expectativas, por-
que no contienen suficientes datos para reconstruir ni el sistema fó-
nico ni mucho menos la organización gramatical de la lengua: “Las
noticias que nos da Ortega de la gramática de la lengua son, aun
cuando las completemos a partir del diccionario y del Padrenuestro,
muy incompletas y no permiten hacer un juicio profundo sobre el ca-
rácter de la lengua.” La versión del Padrenuestro a la que se refiere
la podemos identificar a partir de las tres palabras que él cita y que
yo señalo en el texto. Lo reproduzco con el fin de facilitar la com-
prensión de los comentarios de Humboldt, conservando para ello la
escritura original:

Tayaoppa, tahapoa petehbe cherihuaca eiia teahuarira; chemeahaubeni taheni


eiia chianaca; cheahuazteni eiia hevira iye chianacata poan, tup up tahapoa.
Ta hamuit; huima tahetze ruheve ihik ta toa; huataurinaka ta xanacat, tetup
itehamo tahuatauni titaxanacante; ta vachre, teatkai havobereni xanacat het-
ze; huavaecreaka, tekai tahemi rutahuaha tehaieuene.

Los comentarios de Humboldt giran en torno de tres puntos estre-


chamente ligados: a] el origen de la lengua, b] el parentesco con el
náhuatl y c] las características tipológicas de la lengua.
Desde un punto de vista metodológico, Humboldt considera que,
dado el parentesco del cora con el náhuatl, la comparación con el
mexicano es el mejor instrumento para acercarse al sistema fónico y
a la estructura gramatical del cora. Seguramente estaba convencido
de que su origen, en la medida en que se refleja en el parentesco con
el náhuatl, determina el tipo de la lengua. Para entonces él estaba ya
bastante familiarizado con el náhuatl. Incluso aventura la hipótesis
de que el cora surgió como resultado de una mezcla del náhuatl y otra
forma lingüística anterior. Uno de los argumentos que utiliza para
ello es el testimonio de Lorenzo Hervás y Panduro de que en algunas
de las aldeas de la zona se habla un dialecto del mexicano. Se refiere
al mexicanero, que todavía se habla en la actualidad.
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190 josé luis iturrioz leza

Vamos viendo ahora en detalle de qué modo lleva a cabo la com-


paración, en qué rasgos se fija y cómo sopesa similitudes y divergen-
cias para una valoración global del parecido.

SISTEMA FÓNICO

1] A partir de la ortografía que utiliza Ortega, constata que el cora


“tiene las tres mudas y tenues k, p, y t, y además el sonido adicional ke
que falta en mexicano”, como en la preposición kehme. Probablemen-
te se refiere a la k palatalizada, que en cora, como en huichol, resul-
ta de la palatalización de la oclusiva sorda velar ante las vocales ante-
riores.

2] Afirma que “de las letras líquidas falta totalmente la l ”, y cita co-
mo evidencia adicional de ello su desaparición de las palabras pres-
tadas del náhuatl, ejemplificada con la conversión de la palabra azte-
ca tlatoani en tatuani, pero en realidad <tl> no es en náhuatl un grupo
consonántico, sino una líquida lateral. Esto puede pasar cuando só-
lo se tiene acceso a la lengua a través de la escritura. El sonido [l] exis-
te en cora, como en huichol, al menos como una variante de la /r/
en ciertos registros como el habla afectada o afectuosa. McMahon y
Casad lo consideran incluso como un fonema independiente, lo mis-
mo que las consonantes palatalizadas.

3] Parecería que no siempre se deja llevar por la escritura, como en


el siguiente pasaje, donde duda de la presencia de una aspirada a pe-
sar de que <h> aparece con bastante frecuencia en la escritura: “No
es fácil decidir si existen aspiradas. Sin embargo la h se presenta a me-
nudo al comienzo de las palabras y también al interior, en final de sí-
laba, seguida de consonante; hihbe, llamar, gritar”. Su incredulidad
podría deberse a que en español <h> no representa sonido alguno,
pero la distribución de la letra en la escritura del cora es muy diferen-
te, como él mismo reconoce, a la que presenta en la escritura del es-
pañol.

4] Su visión poco sistémica de los sonidos de una lengua se manifies-


ta en el tratamiento que da a las medias: “De las medias faltan, como
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comentarios de wilhelm von humboldt sobre la lengua cora 191

en mexicano, la d y la g, a no ser que como allí h se pronuncie como


g. Por el contrario, es frecuente la b, desconocida en mexicano, lo que
muestra que las letras aspiradas suaves no le faltan totalmente a la na-
ción”.
Por lo que a [g] se refiere, es difícil seguir su razonamiento. Po-
dría haber tenido en mente tal vez el hecho de que la letra <g> repre-
senta en la escritura del español a la fricativa velar sorda y que ésta a
su vez en algunas zonas de México se pronuncia casi como una aspi-
rada. En su argumentación se echa de menos un rasgo de sistemati-
cidad al tratar las tres “medias” de maneras tan diferentes. La letra
<b> es ciertamente frecuente en la escritura, y también la letra <v>,
pero si no corresponden en español a sonidos diferentes, su uso di-
ferenciado en la escritura del cora requeriría de una justificación es-
pecial; tampoco asocia estas grafías con <hu>, utilizada en cora, si-
guiendo el modelo del náhuatl, para representar la semiconsonante
labiovelar. Igual que en náhuatl y en huichol, los sonidos [w] y [v]
son solamente alófonos de la semivocal labiovelar /w/, representa-
dos en la escritura de Ortega de manera un tanto caprichosa por las
letras <b>, <y>, <v> y la combinación <hu>.

5] Al afirmar que la j española falta totalmente, no se refiere simple-


mente a la ausencia de la letra en la escritura del cora, sino a la au-
sencia de una fricativa velar sorda /x/, porque pone este hecho in-
mediatamente en relación con la pregunta sobre la pronunciación
de la letra <x> que, como sabemos, en el español de la colonia y en
náhuatl se pronunciaba como palatal sorda, pero que posteriormen-
te en español cambia a velar sorda.

Humboldt habla todavía de sonidos, cuando no de letras como


Grimm, y en su intento por reconstruir lo que llama el sistema fóni-
co, al que en otro pasaje llama simplemente alfabeto, nada hace pen-
sar que tuviera una intuición clara de la distintividad; su único crite-
rio para establecer el inventario y llevar a cabo la comparación es la
regularidad en la representación gráfica, que en la práctica le resul-
ta insuficiente: “Es imposible determinar el alfabeto ni siquiera en la
misma medida que el mexicano.” (Sistema fónico §2.)
En este contexto, Humboldt utiliza correctamente como evidencia
el tratamiento de un préstamo: la palabra española pesar se convierte
en cora en pexuvi, de donde induce que debe tratarse de un sonido
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192 josé luis iturrioz leza

similar a la pronunciación de <x> en mexicano. Si hubiera hallado en


los escritos de Ortega más casos como éste, podría haber avanzado
bastante más en la reconstrucción del sistema fónico del cora en el si-
glo XVIII. Si observamos, por ejemplo, que la palabra becerro pasa al co-
ra en la forma wihsaru (a partir seguramente del español rural bicerro),
podemos aventurar, en espera naturalmente de otros casos que le den
sistematicidad o carácter de regla a esta equivalencia, que el cora del
XVIII no tenía una oclusiva sonora labial, que queda convertida en una
semivocal labiovelar, ni tampoco[r̄], convertida en [r], ni tampoco
una fricativa interdental [θ]. Una confirmación con el tratamiento
que esta misma palabra experimenta en huichol más o menos en la
misma época, confirma al menos una parte de esta hipótesis: pixeru;
aquí tiene lugar también la sustitución de la r por la r y de la s por un
sonido que debía parecer bastante similar a la palatal sorda; la dife-
rencia más importante es que en huichol la labial sonora se ensorde-
ce en lugar de convertirse en semivocal, pero de todos modos confir-
ma la ausencia de una oclusiva labial sonora. El hecho de que en cora
aparezca una aspiración al final de la primera sílaba tiene que ver con
la estructura fonológica propia de la lengua. Lo que quiero decir con
esto es que tiene razón Humboldt cuando se queja de que los datos
que encuentra en los escritos de Ortega no son suficientes. Para avan-
zar más, habría sido necesaria una escritura más sistemática y más icó-
nica, es decir, más orientada en la estructura propia de la lengua que
en el sistema ortográfico de otra lengua; habrían sido útiles datos re-
lativos al tratamiento de préstamos, datos similares de otra lengua que
náhuatl, por ejemplo, huichol, pero esta lengua era entonces total-
mente desconocida para la ciencia lingüística.
Pero la carencia de datos no es la única causa de esta deficiente re-
construcción del sistema fónico del cora. Llama la atención también
que la escritura aparece casi siempre en un primer plano, lo cual pue-
de parecer obvio por el hecho de que la escritura era el único acce-
so a la lengua que tenía Humboldt. Esto, combinado con la falta de
pensamiento sistémico (a pesar del título que pone a sus comenta-
rios: sistema fónico) explica el resto. La confusión de letras y sonidos
así como la ausencia del criterio de distintividad y, por ende, la inca-
pacidad de reconocer variantes contextuales o combinatorias es a me-
nudo patente.
A las vocales dedica un único párrafo. Éstas se distinguen entre sí,
además del timbre, en un triple aspecto: la longitud, el “saltillo” (es
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comentarios de wilhelm von humboldt sobre la lengua cora 193

decir la oclusión de la glotis, glotal stop, en inglés) y el acento. El chas-


quido o “saltillo” no es reconocido como una consonante per se, sino
que es considerado, igual que el acento, como calidad vocálica: “Da-
do que las sílabas pueden ser largas y breves y que en la pronuncia-
ción existe también el saltillo mexicano, se puede presumir que las
vocales pueden ser de una triple naturaleza, en cuanto que el signifi-
cado de las palabras cambia si cambia el acento”.
Especiales dificultades depara la presencia de una vocal que no
puede ser identificada con ninguna de las cinco vocales del español.
Dado que Ortega creía percibir el timbre de dos vocales diferentes,
la reprodujo mediante la combinación de dos vocales. Lo mismo ocu-
rre todavía actualmente con huichol cuando personas sin prepara-
ción fonológica tratan de reproducir la vocal delantera semiabierta:

La lengua difiere mucho de la mexicana en los diptongos. Tiene muchos ade-


lante, en el interior y al final de las palabras, y su pronunciación debe ser muy
difícil. Ortega lo insinúa mediante otra escritura, y yo trazaré una raya por
encima [aquí se sustituye por el subrayado]; teauteri. Sobre la pronunciación,
Ortega da la regla general de que no se debe dar a ninguna a de las vocales
así unidas un sonido separado. Con pocas excepciones, la primera vocal de-
be ser siempre e, y luego los labios deben ser dejados en la medida de lo po-
sible en la posición propia de la e hasta pronunciar las demás vocales. (Hum-
boldt Ms. 3).

En cora existe de hecho una serie de diptongos, pero no todo lo


que en los escritos de Ortega aparece como una combinación de vo-
cales corresponde a un diptongo real. Ocurre a menudo que la oclu-
siva glotal se omite; con bastante regularidad se pega a las consonan-
tes palatalizadas una <e>; en el ejemplo siguiente están representados
ambos casos: ne-teu-heicat, “yo maté”; mejor: nye-tyu-he/ikat; teata, plur.
teteacare. “varón, masculino”; mejor: tyata’a, PL tyetyakare (SG tyetyaka).
Esta manera de escribir da a los diptongos la apariencia de una triple
combinación de vocales, es decir, de triptongos: teauteri en lugar de
tyeiteri, “personas”. El hecho de que /e/ se perciba a menudo como
[a], especialmente ante [u], tiene la siguiente explicación: como con-
secuencia de la falta de oposición entre [o] y [u], el lugar de articu-
lación de todas las demás vocales se retrotrae en comparación con el
español.
Poco tiene de extraño que una comparación con el mexicano lle-
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194 josé luis iturrioz leza

vada a cabo en estas condiciones llevara a un resultado decepcionan-


te: “Para ser lenguas emparentadas como parecen serlo, el cora y el
mexicano muestran grandes diferencias en sus sistemas fónicos”
(Humboldt Ms. 3).
En realidad tienen muchos rasgos comunes: un sistema de cinco
vocales, que pueden ser largas y breves, ausencia de oposición entre
las vocales posteriores cerrada y semicerrada, la longitud como rasgo
relevante. La principal diferencia es que, en cora como en huichol,
hay una quinta vocal central, semiabierta, velarizada, no labializada.
En breves palabras se puede decir que se trata de una [u] no redon-
deada.
En el sistema consonántico se dan también coincidencias muy im-
portantes que no son debidamente valoradas por Humboldt, ya que
la diversidad fonética que se refleja en la escritura empaña bastante
su percepción de la unidad: hay dos consonantes glotales, no existen
consonantes oclusivas ni fricativas sonoras, las consonantes fricativas
y oclusivas se palatalizan ante las vocales anteriores.

FORMAS GRAMATICALES

Los comentarios gramaticales de Humboldt son en general correctos


y se refieren a aspectos relevantes de la estructura de la lengua.
Resalta que, como en náhuatl y otras lenguas yutoaztecas, los nom-
bres tienen una forma especial sufijada para el status absolutus, es de-
cir, para la forma no poseída; las terminaciones absolutivas –t y –ti,
que corresponden a las terminaciones mexicanas –tl y –tli (cora tenez-
ti, “cal”; náhuatl tenextli), desaparecen en el status constructus: xanaka-
t, “el pecado” vs ta-xanaka, “nuestro pecado”.
A Humboldt le llama además la atención que los nombres forman
el plural con diferentes afijos. Entre los afijos formadores del plural
que extrae del diccionario figuran –tye, –tzi, –se, –si, –ri, –tze, –ki, –xi,
–ka, –h. En algunos casos el plural se forma por supletivismo: pá/ari/i,
“niño”; ti/irí, “niños”. No hace ningún comentario al respecto, ni si-
quiera establece una comparación con el alemán, donde el plural se
expresa también por medio de morfos diferentes (Land – Länder,
Kind – Kinder, Zug – Züge, Monat – Monate, Frau – Frauen, Bauer –
Bauern, Tip – Tips, etc.). En cora, a diferencia del alemán, estos sufi-
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comentarios de wilhelm von humboldt sobre la lengua cora 195

jos están cargados de significado. El cora tiene, como lo hemos des-


crito en detalle para el huichol, un sistema de clases nominales en el
nombre, es decir, que el plural se forma con distintos afijos que im-
plican una clasificación del inventario nominal.1 Humboldt constata
vagamente la asimetría existente en el uso del plural entre los nom-
bres de animados y los de inanimados al afirmar que “el plural se in-
dica con todos los objetos animados y algunos inanimados”. En rea-
lidad lo que ocurre no es que la formación del plural esté restringida,
sino que la marca de plural en los inanimados es en general faculta-
tiva. Finalmente observa que no se hace mención a la reduplicación
como recurso para la formación del plural, y que en el diccionario
encuentra solamente algún caso aislado: teata, “varón”, plural teteaca-
re. En realidad, a juzgar por el equivalente huichol, no se trata de re-
duplicación, sino de una marcación múltiple del plural poco trans-
parente: tewi, “persona”, plural teiteri (de *tewi-te-ri).
El cora tiene también un sistema de preposiciones (en realidad
posposiciones) sufijadas entre las cuales desaparece el absolutivo:
huinni-ti, “caña” (lugar), huinni-tzata “entre cañas”; aca-ti, “carrizo”
(lugar), aca-tzahta. La comparación de muechi-ta, “lugar de los muer-
tos” con Mictlan lo lleva a identificar –ta con –tla, pero no hace lo mis-
mo con –ti; no encuentra en el diccionario datos para distinguir se-
mánticamente las posposiciones y, como las encuentra sobre todo en
topónimos o locativos, a todas ellas les asigna el significado “donde
abunda algún tipo de objeto”.
Es cierto que el cora no tiene marcas gramaticales de caso, pero
sólo por lo que al nombre se refiere. En el verbo se pueden marcar
tanto el sujeto como el objeto. Pero además existe en cora, como en
huichol, una manera indirecta de indicar el objeto directo en los de-
terminantes más predicativos del nombre como los numerales y cuan-
tificadores mediante marcadores de identidad referencial y temporal
o switch reference (idéntico sujeto, sujeto diferente, anterioridad etc.):2

wa- ‘u-nanai mwakwa-ka i waka-si


3PLO COMPL compra cuatro-O ART vaca PL
“Compró cuatro vacas”

1 Véase Iturrioz et al., 1986/IH:I-II.


2 Iturrioz, 1990/VAR.
GuzmanBetancourt 12 5/11/04 2:25 PM Page 196

196 josé luis iturrioz leza

En el verbo sí se expresan las funciones gramaticales de sujeto y


objeto con exponentes pronominales:

ne- a- heicat eu tzeuk


yo él mato el perro
ne-hua-be-ne- eu [raya sobre <eu> teuritzi [raya sobre <eu>]
yo los golpeo los muchachos

Observa que las formas de los pronombres personales varían co-


mo en mexicano de acuerdo a los siguientes parámetros: autónomo-
ligado, formas verbales perfectivas-preteritales, relación gramatical
(poseedor, objeto directo, reflexivo). Pero además de las que se dan
en náhuatl, cree detectar otra clase adicional sobre la que no obtie-
ne claridad: se trata de la clase 2, que es probablemente una combi-
nación de las formas autónomas y las ligadas de sujeto; en el único
ejemplo que da con un nombre, éste aparece en la función de predi-
cado y acompañado de –ti, que tiene cierto valor recategorizador, de
manera que sería más correcto hablar de que acompaña al predica-
do, aunque éste sea nominal:

Ejemplos de estos pronombres son: nean-huri, “yo vivo” (lo mismo es expre-
sado con la misma traducción en otra ocasión como ne-huri), nean-ti-xanaca-
ri huianu “yo (soy) pecador”. Aunque en estos dos ejemplos nean signfica “yo”,
el pronombre mismo es indicado como nea.

1] autónomas; con el nombre y con el verbo


2] las mencionadas formas mixtas
3] las de la persona nominativa (sujeto)
4] las de la persona acusativa (llamada siempre expresamente pacien-
te o pasiva)
5] Pronombres posesivos.

Las clases de formas las presenta en la siguiente tabla:

1 2 3 4 5
Sing. 1a. neapue nea ne ne
2a. apue ap pe, pa mua a
3a. achpue achp a ana
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comentarios de wilhelm von humboldt sobre la lengua cora 197

Plur. 1a. Iteammo itean te ta ta


2a. ammo an a amua amoa
3a. achmo achm me hua hua

En huichol existen también otros tantos alosistemas para la cate-


goría de persona, es decir, paradigmas alternativos que forman una
escala, cuya primera instancia son las formas autónomas y la última
las formas concordantes de sujeto.3
Hace observar que solamente la 3a. persona singular del verbo es
la única que aparece sin marca.
También detecta el supletivismo radical en algunos verbos para ex-
presar la categoría de número, y piensa que este recurso está en com-
petencia con las marcas personales: natachiuite “dame (un objeto alar-
gado)” frente a natachte, “dame varios palos largos”. Se trata de lo que
hoy describimos como verbos clasificatorios.
El “pronombre indefinido” –ti / –tyu desempeña en varias lenguas
yutoaztecas un papel importante en la estructura del enunciado y más
todavía en la configuración del texto. Entre yutoaztequistas es cono-
cido como el signo de la “referencia inespecífica”. Sin embargo, en
varios trabajos he dejado claro que esta caracterización no es correc-
ta. En realidad este morfema es tanto en cora como en náhuatl y hui-
chol polifuncional, y un análisis exacto de sus diferentes funciones
sería de gran interés tanto para la comparación como para la recons-
trucción del desarrollo diacrónico. Se trata en primer lugar del gene-
ralizador o desindividualizador en el sentido de la dimensión de apre-
hensión de objetos.4 Sus funciones se pueden ordenar en una escala
donde sólo la última instancia tiene algo que ver con referencia; las
posiciones de ti– y de los pronombres posesivos se invierten en esta
instancia: Hui. ti-ne-teriwame significa “mi libro de lectura” (con todas
las interpretaciones contextuales posibles), mientras que ne–ti-teriwa-
me tiene el significado específicamente verbal “lo que leo” una de las
instancias intermedias corresponde a la segunda función menciona-
da por Humboldt: ti– aparece en los nombres relacionales cuando el
poseedor no está indicado como signo de derrelacionamiento, es de-
cir, del empleo absoluto del nombre.

3 Iturrioz et al., 1986/IH-II.


4 Véase Iturrioz et al., 1986/IH:II.
GuzmanBetancourt 12 5/11/04 2:25 PM Page 198

198 josé luis iturrioz leza

RESUMEN Y VALORACIÓN

Humboldt busca en los escritos de Ortega, especialmente en el Dic-


cionario, aspectos de la estructura fonológica y gramatical que sean
relevantes para una comparación con el náhuatl y para la reconstruc-
ción del tipo de la lengua. Los datos que halla son insuficientes, in-
cluso nulos con respecto a algunos aspectos que él juzga especialmen-
te importantes para ambos propósitos, a saber si la lengua puede
incorporar nombres en las formas verbales, es decir, si se trata de una
lengua incorporante.

Lo más importante, lo que más podría haber permitido enjuiciar la similitud


del cora con el mexicano, por desgracia no se puede ver, a saber si los coras
tienen también en el nombre y en el verbo el sistema de incorporación de
los mexicanos.

No encuentra ningún dato relativo a la incorporación de nombres


a las palabras verbales, lo que él considera un rasgo esencial del ná-
huatl y un parámetro tipológico de primer orden. Pero encuentra
una estructura que parece considerar próxima a la incorporación y
que comparte con el náhuatl, a saber el uso predicativo de los nom-
bres sin mediación de un verbo, con las marcas pronominales de su-
jeto prefijadas. Por el contrario, parece que el pronombre unido con
el sustantivo, sin verbo, constituye por sí mismo un verbo, como en el
mexicano, y que esto es lo que determina las formas pronominales
de la clase 2. Reproduzco, traducidas, sus propias palabras con las que
hace un balance valorativo de su comparación con el náhuatl:

De estos pocos datos, que son por lo demás todo lo que se puede hallar so-
bre la gramática, se desprende ya la gran parte que corresponde al mexica-
no en la formación de la lengua. Abarca no simplemente los aspectos gene-
rales, que podrían haber sido concebidos de forma similar por dos pueblos
sin conexión inmediata, sino justamente también formas determinadas, la
misma manera, y en la medida en que ambas lenguas lo permiten, también
la misma expresión de los afijos. Pero no por ello quisiera afirmar que la len-
gua cora sea igual a la mexicana en toda su parte esencial, el sistema de in-
corporación, y mucho menos que una de las dos proceda lisa y llanamente
de la otra. Existe más de una manera en que las lenguas pueden estar rela-
cionadas unas con otras, y la impresión que me da el cora es que es una mez-
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comentarios de wilhelm von humboldt sobre la lengua cora 199

cla de dos lenguas diferentes, la mexicana y otra más antigua y rica, pero tam-
bién más vasta. La investigación del diccionario debe ayudar a desarrollar y
demostrar esta idea. Entre las formas gramaticales se encuentran ciertamen-
te muchas que recuerdan a las mexicanas, sólo que muchas otras, especial-
mente entre las pronominales, están formadas de acuerdo a reglas diferen-
tes y hasta contrapuestas. Ya arriba se mencionó el curioso fenómeno del
pronombre posesivo, cuyas formas se pegan por detrás, con excepción de una
sola forma que se pega por delante. También está la diversidad de los siste-
mas fónicos, lo que sugiere otro origen que el mexicano. Dos diferencias lla-
mativas son además la falta de reduplicación y de formas reverenciales. La
primera permite inducir que se trata de dos naciones con un natural diferen-
te, si es que podemos hablar así. La segunda podría ser explicada a partir de
la diversidad de las instituciones políticas, que entre los mexicanos eran de
orden feudal. Sólo que, en la medida en que la forma reverencial es también
expresión de ternura y compasión, podría tal vez hablar de una sensibilidad
diferente.

Los comentarios de Humboldt son interesantes para la reconstruc-


ción de la historia de las ideas y de los procedimientos analíticos. No
es solamente la escasez de datos lo que impide a Humboldt recons-
truir la estructura fonológica y gramatical del cora, otras causas im-
portantes son también la falta de herramientas analíticas adecuadas
para evaluar esos datos, su observación de una lengua (cora) a través
del prisma de otra (náhuatl), sus ideas sobre la ontogénesis y el pa-
rentesco de las lenguas inspiradas en la reproducción de los seres or-
gánicos. Al no tener acceso directo a la lengua hablada, tiene que tra-
tar de reconstruir el sistema fónico a partir de la escritura, lo que
conduce varias veces a interpretaciones falsas; la escritura se interpo-
ne de tal manera entre su mente y la lengua que con frecuencia ha-
bla de letras en lugar de sonidos y del alfabeto en lugar del sistema fó-
nico; pero no es una cuestión puramente terminológica, sino que
conlleva la transferencia al sistema fónico de propiedades del sistema
alfabético. Esa notable indiferenciación entre la escritura y la lengua
hablada se complica con la ausencia de una idea de pertinencia o dis-
tintividad al tratar de establecer el inventario de los sonidos de la len-
gua, lo que hace que la descripción carezca de sistematicidad, a pesar
de que emplea varias veces el término “sistema fónico” (Lautsystem).
En el terreno gramatical habla del sistema de incorporación (Einver-
leibungssystem), pero aquí el término sí estaba sustentado por una idea
GuzmanBetancourt 12 5/11/04 2:25 PM Page 200

200 josé luis iturrioz leza

clara de lo que es un sistema como una organización compleja y re-


gular; aunque no se mencionan explícitamente estas propiedades en
los comentarios, considera la presencia de marcas pronominales de
las formas verbales como parte del sistema de incorporación. En su
argumentación y en las conclusiones no distingue tampoco claramen-
te entre las propiedades de la lengua misma y la descripción de Orte-
ga; así, del hecho de que los escritos de Ortega no contienen datos re-
lativos a la incorporación nominal parece inducir en su evaluación
global del parecido entre las dos lenguas que el cora no tiene tal es-
trategia gramatical. Tampoco las descripciones del huichol llevadas a
cabo con anterioridad a las nuestras aportan datos sobre la incorpo-
ración nominal y, sin embargo, nuestras investigaciones han puesto
de manifiesto que la incorporación nominal es un recurso gramatical
muy productivo en huichol, tanto en el léxico como en la sintaxis.

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ENTRE DIALECTO Y PROVINCIALISMO: UNA POLÉMICA


ENTRE MELCHOR OCAMPO Y VICENTE SALVÁ

BÁRBARA CIFUENTES*

INTRODUCCIÓN

El domingo 3 de septiembre de 1843, el periódico El Siglo XIX publi-


có, en la sección de “Remitidos”, un artículo bastante original que cu-
bría tres páginas. Un escritor anónimo invitaba a los estudiosos inte-
resados a colaborar en el Idioticón Hispano mexicano. El articulista hacía
saber que éste era el nombre de un diccionario que se limitaba a re-
gistrar tres universos léxicos: las palabras cuyo uso fuera peculiar de
México; las palabras que no estuvieran incluidas en el Diccionario vul-
gar de la Real Academia Española (DRAE), aunque se emplearan en Es-
paña, y finalmente las palabras que constando en él tuvieran una o
más acepciones diferentes entre los mexicanos. Para mostrar los avan-
ces de la investigación, exhibió un listado de 1725 entradas, utilizan-
do una ortografía distinta de las usuales en ese momento.1
Las respuestas a favor y en contra del Idioticón no se hicieron espe-
rar. Algunos lectores enviaron de inmediato sus contribuciones sin
hacer ningún reparo; otros, en cambio, cuestionaron abiertamente
las características de esta pesquisa. Fue así como el artículo firmado
con la inicial de N refería que esta clase de proyectos había sido ya
objeto de debate en los círculos literarios del país. Y ahora, condicio-
naba la cientificidad de esta nueva iniciativa a la descripción realista
del uso del castellano por parte de los mexicanos. Señalaba que el
Idioticón debía dar cuenta de las diferencias léxicas y fonéticas con
el habla de la Península, así como de las variedades existentes en el
interior de la República.2

* Escuela Nacional de Antropología e Historia. División de Estudios Superiores.


1 “Remitidos. Invitación a los estudiosos”, México, El Siglo XIX, 3 de septiembre de

1843, pp. 2-4.


2 N. “Remitidos”, México, El Siglo XIX, 25 de septiembre de 1843, pp. 3 y 4. [Supon-

go, por las investigaciones que he realizado, que la inicial de N corresponde a Joaquín
Navarro.]

[203]
GuzmanBetancourt 13 5/11/04 2:26 PM Page 204

204 bárbara cifuentes

Otros compatriotas rechazaron de manera tajante el proyecto. El


profesor de primeras letras, Manuel Esteban, denunció las propues-
tas del Idioticón y sus colaboradores porque violentaban los propósi-
tos de una educación esmerada. Estos escritores –acusaba– no se con-
formaban con aceptar una pronunciación viciosa, sino que además,
con base en ella, incitaban a una reforma en la ortografía.3 Por su par-
te, El Zurriago, responsable de la sección de crítica literaria del mis-
mo diario y editor de otras prestigiadas revistas, puso en entredicho
la calidad del Idioticón, considerando que numerosas voces conteni-
das en él no eran castellanas sino verdaderos barbarismos. Asimismo,
la propuesta neográfica le parecía insostenible por la omisión de to-
do criterio etimológico.4
Dos periódicos chilenos, El Mercurio y La Gazeta de Comercio, publi-
caron esta discusión en el febrero de 1844. Faustino Sarmiento, en
aquel entonces director de la Escuela Normal de Santiago, reforzó
con ella su convocatoria para emprender “una revolución ortográfi-
ca”, que estuviera atenta a la pronunciación de los americanos. Para
el exiliado argentino, no se trataba de una simple coincidencia de
usos de la lengua y de opiniones sobre la conveniencia de un cambio
ortográfico, sino de un movimiento continental irreversible, asocia-
do a una evolución política.5
Pese al revuelo inmediato que produjo el Idioticón, el nombre del
autor no fue conocido por sus interlocutores. Tampoco lo supo el eru-
dito bibliógrafo Joaquín García Icazbalceta, quien hizo uso de aque-
llos artículos al poner en marcha las actividades de la Academia Me-
xicana (de la Lengua) correspondiente a la Española, en 1875.
Encargado de organizar los trabajos lexicográficos de esta Sociedad,
don Joaquín consideró que los artículos publicados en El Siglo XIX
constituían las primeras notas sobre los provincialismos mexicanos.6

3
Manuel Esteban, “Remitidos”, El Siglo XIX, 2 de octubre de 1843, p. 2.
4
Véase El Zurriago, 2a. época, 1843-1844. Este seudónimo corresponde a José Jus-
to Gómez de la Cortina.
5 Domingo Faustino Sarmiento, “Orografía americana”, Obras Completas, París-Ber-

lín, vol. IV.


6 Joaquín García Icazbalceta, “Acta de la sesión celebrada el día 5 de noviembre de

1875”, Actas de la Academia Mexicana Correspondiente a la Española y otros documentos (Ma-


nuscrito).
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entre dialecto y provincialismo 205

MELCHOR OCAMPO ES EL AUTOR DEL IDIOTICÓN

Desde la centuria pasada, la vida y obra de Melchor Ocampo (1812-


1861) ha sido objeto de atención por parte de los especialistas. Ade-
más de reconstruir su actuación en los escenarios políticos del país,
los apologistas de Ocampo se han esforzado por dar a conocer su de-
sempeño como hombre de ciencia. Con el ánimo de cumplir este pro-
pósito se han dado a la tarea de reunir y editar el conjunto de sus ma-
nuscritos y publicaciones sobre temas botánicos, astronómicos,
bibliográficos, filológicos y literarios.
Es así como Porfirio Parra y Ángel Pola presentaron en 1900 un vo-
cabulario inconcluso que lleva el nombre de “Idiotismos Hispano-me-
xicanos o más bien primeros apuntes de un suplemento al Dicciona-
rio de la Academia Española, por las palabras que se usan en la
República de México como parte del dialecto mexicano que en ella
se habla”, suponiendo que se trataba de la primera ocasión en que es-
tos apuntes se exhibían públicamente.7 La compulsa de este texto con
la lista publicada en el periódico El Siglo XIX revela, sin embargo, que
se trata de dos etapas de una misma investigación que tuvo continui-
dad hasta 1844.
A esta primera confrontación podemos sumar los datos recabados
en el epistolario de Melchor Ocampo. Por este medio sabemos que
esta investigación lexicográfica se gestó en la librería del valenciano
don Vicente Salvá (1786-1849), para ser parte del Nuevo diccionario de
la lengua española. El contacto entre ambos escritores se realizó en
Francia durante los años de 1840 y 1841. El historiador José C. Vala-
dés destaca el carácter nacionalista de este trabajo, pero también su-
pone, como sus colegas, que Ocampo lo suspendió totalmente al in-
tegrarse a la vida parlamentaria mexicana.8
Para nosotros, el valor testimonial del Idioticón es doble: por una
parte, se trata de una reflexión original sobre la singularidad del es-
pañol en México; por la otra, con él se incluye a un grupo de intelec-

7 Véase Obras completas de Melchor Ocampo. Prólogo del Lic. Félix Romero, notas de

Ángel Pola, México, Velázquez Editor, 1900. La segunda edición de las Obras completas,
en tres tomos, fue realizada por la editorial El Caballito, México, 1978.
8 José C. Valadés, Don Melchor Ocampo. Reformador de México, México, Editorial Pa-

tria, 1954.
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206 bárbara cifuentes

tuales mexicanos en la discusión sobre la autonomía del español ame-


ricano, que en la primera mitad del siglo XIX tuvo dimensiones con-
tinentales. Las hipótesis que Ocampo emitió al respecto estuvieron
sustentadas en una concepción naturalista y filosófica del lenguaje,
siendo la categoría de dialecto la que le permitió asir la movilidad geo-
gráfica y temporal del castellano.
El estado que guardaba en aquellos momentos la lexicografía del
mundo hispánico es el contexto que permite estimar qué tan nove-
dosa era la perspectiva del Idioticón. Con el propósito de delinear a
grandes rasgos este marco haremos mención del tratamiento que te-
nían los americanismos y los provincialismos en el diccionario de Vi-
cente Salvá y en el de la Academia Española. Estos referentes nos ha-
rán comprender cuáles fueron las interpretaciones que enfrentó
Ocampo y por qué se sintió obligado a ofrecer una explicación más
satisfactoria, tanto lingüística como política, sobre las causas y modos
de coexistencia de las variedades del castellano.

PROVINCIALISMO Y AMERICANISMO EN EL DICCIONARIO DE VICENTE SALVÁ

Con la confianza depositada en una sólida formación en humanida-


des iniciada en el Seminario de Morelia y enriquecida luego de ma-
nera autodidacta, Melchor Ocampo recurrió a Vicente Salvá duran-
te su estancia en París, en 1840.9 El compromiso que adquirió fue
elaborar un “Suplemento al diccionario de la lengua española con las
voces usadas en la República de México”. La perseverancia no fue su-
ficiente para que Ocampo concluyera el trabajo antes de regresar a
México en 1841. Pero vale la pena notar que ya en el viaje de retor-
no, el texto tenía otro título: Idioticón hispano-mexicano.10
El nombre de Salvá era ampliamente conocido por el éxito de sus
empresas editoriales en Hispanoamérica así como por sus actividades
filológicas y gramaticales.11 Uno de los proyectos más caros de don

9 Un estudio amplio sobre el Seminario de Morelia, lo presenta José Bravo Ugar-

te, Historia sucinta de Michoacán, México, Editorial Jus, 3 tomos, 1964.


10 Véase Parra y Valdés.
11 Para la biografía de Salvá, véase Vicente Llorens Castillo, Liberales y románticos,
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entre dialecto y provincialismo 207

Vicente había sido la elaboración del Nuevo diccionario de la lengua cas-


tellana. El plan original consistía en una reedición crítica de la nove-
na edición del DRAE. Las mejoras resultarían fácilmente observables
porque las definiciones serían menos vagas, la organización y la orto-
grafía de los artículos sería homogénea y corregiría las correspon-
dencias latinas. Otra novedad era el tratamiento especial de cinco uni-
versos léxicos poco atendidos por la Academia Española: las voces
correspondientes a las ciencias y a las artes, los neologismos, los ar-
caísmos, así como las voces y locuciones americanas.12
Animado por un sentimiento de fraternidad y queriendo agrade-
cer la excelente recepción de sus publicaciones en América, Salvá qui-
so ofrecer un diccionario mixto, normativo y descriptivo, que inclu-
yera tanto las voces patrimoniales de la comunidad hispanohablante
como aquellas otras que eran exclusivas de alguna de sus regiones.
Estaba dispuesto a ampliar los horizontes diatópicos del DRAE porque
estimaba que era “una notaria injusticia que el chileno, filipino, gra-
nadino, guatemalteco, habanero, mejicano, venezolano [y otros], no
encontraran en él sus provincialismos”.13 No obstante que la Acade-
mia había integrado algunos americanismos en el Diccionario de Auto-
ridades (1726-1739) y permitió la entrada a las voces provinciales en
el Reglamento de 1760, los colaboradores del DRAE se circunscribían
a examinar los regionalismos de la Península.14
Incluso, la más reciente edición del DRAE (1843) no mostraba el ar-
tículo correspondiente al sustantivo provincialismo, conformándose
con presentar los de provincia y provincial. Tampoco lo habían regis-
trado otros diccionarios ajenos a la Academia como el de Esteban Te-
rreros y Pando, autor que lo empleaba a manera de adjetivo en la ex-
presión “lengua provincial”, definiendo a esta última como “la que es

México, El Colegio de México, 1954. Así también Margarita Lliteras, “Estudio y edi-
ción” a la Gramática de la lengua castellana según se habla ahora, Madrid, Arco Libros,
1988.
12 Vicente Salvá, “Prólogo” al Nuevo diccionario de la lengua castellana por la Academia

Española añadido con unas veinte mil voces, acepciones, frases y locuciones entre ellas muchas
americanas, París, Librería Garnier Hermanos, 8a. ed., 1879. [la 1a. ed. corresponde a
la Librería Salvá, París, 1846].
13 Op. cit.
14 Manuel Alvar, La lengua de…, Madrid, Ediciones de la Universidad de Alcalá de

Henares, 1993, p. 28.


GuzmanBetancourt 13 5/11/04 2:26 PM Page 208

208 bárbara cifuentes

propia de alguna provincia”.15 La entrada y el lema provincialismo, con


dos acepciones: la primera: “El modismo peculiar de una provincia,
tanto en las voces como en la sintaxis” y, la segunda, “El apego indis-
creto á las personas y cosas de la provincia en que uno ha nacido”, se-
rá precisamente una de las aportaciones que presentó el diccionario
de Salvá, publicado en 1846.
Don Vicente también se mostraba más tolerante que la RAE con la
entrada de neologismos, sin importarle el idioma y el lugar de proce-
dencia. Estimaba que la labor del lexicógrafo debía limitarse a escu-
driñar las palabras y locuciones que estaban en circulación, siempre
y cuando éstas se hubieran ya aclimatado a la índole de la lengua y
fuesen empleadas por personas cultas. Así, por ejemplo, decidió acep-
tar dictaminar, editorial y empastar, voces que se habían introducido re-
cientemente en América, ya que juzgó que ellas eran tan necesarias
y aceptables como pupitre, quinqué y rango, las cuales desde hacía un
siglo habían adquirido cartas de naturalización en la Península.
A pesar de que la expectativa de Salvá había sido ofrecer un regis-
tro bastante fiel del uso actual del castellano, las circunstancias actua-
ron en contra de aquellas buenas intenciones. Entre los obstáculos
más difíciles de superar en el acopio y organización de los america-
nismos estaba la falta de un cuerpo sólido y exhaustivo de fuentes y
lo impreciso o contradictorio de la información recabada por los co-
laboradores. Llevados por la mera impresión, con frecuencia envia-
ban voces suponiendo que eran originarias o exclusivas de su país. El
contraste de estos materiales y la experiencia filológica de Salvá lo lle-
varon a descubrir que muchas de aquellas voces tenían un uso más
extendido y que también eran frecuentes los casos en que las pala-
bras se habían originado en la Península.
Don Vicente decidió emplear el término provincialismo para cali-
ficar las voces que le parecían ser de uso exclusivo en un país, por
ejemplo, Provincialismo del Perú. Y lo utilizó también cuando halló que
la misma voz estaba anotada en los dos hemisferios del Continente:
Provincialismo de América. Aunque esta inclusión representaba un
avance considerable en la lexicografía del mundo hispánico, final-

15
Esteban Terreros y Pando, Diccionario castellano con las voces de las ciencias y de las
artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, Madrid, Imprenta
de la Viuda de Ibarra, hijos y compañía, 1786.
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entre dialecto y provincialismo 209

mente la adscripción de los americanismos resultaba ser la misma


que la de los regionalismos de la Península; v. gr. Prov. de las Monta-
ñas de Burgos.16
Para el gramático valenciano, el reconocimiento de la diversidad
no contrariaba el ideal de unidad. Las variedades sólo representaban
los desplazamientos del mismo idioma en una vasta extensión geo-
gráfica. Si bien quería ser imparcial y por lo tanto aceptaba los mo-
dismos peculiares de las provincias, también suponía que el impulso
de la lengua común, cuya extensión y prestigio era patente en la lite-
ratura oficial, científica y artística, actuaba como su principal contra-
peso.

DIALECTO Y LENGUA NACIONAL EN EL IDIOTICÓN

En el transcurso de la investigación, don Melchor Ocampo fue asu-


miendo una postura irreconciliable con la de Salvá. El modo en que
se fue planteando las variedades en el interior del castellano también
lo llevó a distanciase de aquellos escritores, españoles y americanos,
que llamaban a sus obras diccionarios provinciales o utilizaban el gen-
tilicio correspondiente; como era el caso del Diccionario casi razonado
de voces y frases cubanas.17 Para hacer notar la dirección y finalidad de
su trabajo, Ocampo incorporó y tradujo el nombre dado en la litera-
tura alemana a los vocabularios o diccionarios que se ocupaban de
describir las variantes de un dialecto: Idioticón.18
La revisión de los escritos filológicos de Melchor Ocampo, inclui-
dos los que publicó en la revista El Museo Mexicano, permite señalar
que nuestro autor dio, por lo menos, dos sentidos al término dialec-
to.19 Uno de ellos lo derivó de las ciencias naturales, por lo que lo de-
fine como variedad de una especie caracterizada por una estructura
común y constante; el otro, era histórico, en tanto que producto de

16 Véase DRAE, 8a. ed., 1837. Así también Salvá, op.cit.


17 Diccionario publicado por Esteban Pichardo en 1836.
18 “Idiotismos Hipano-mexicanos”, Obras Completas de Melchor Ocampo, 1978, t. III, p.

126.
19 Ocampo colaboró con once artículos en El Museo Mexicano, Imprenta de Ignacio

Cumplido, 1843- 1845.


GuzmanBetancourt 13 5/11/04 2:26 PM Page 210

210 bárbara cifuentes

las necesidades y condiciones de vida de sus usuarios. A partir de es-


ta doble perspectiva, interpretó que la emergencia de dialectos era la
consecuencia de la movilidad incesante a que estaba sujeto el lengua-
je a lo largo del tiempo y a través del espacio.
Con la autoridad de la Gramática General, tal y como estaba ex-
presada en la Enciclopedia francesa, Ocampo aceptó la validez de tres
especulaciones relativas a la génesis y modos de operación del len-
guaje: la primera, que el lenguaje es un conjunto de signos cuyas fun-
ciones son organizar y expresar el contenido de la mente; la segun-
da, que los signos lingüísticos tienen su origen en la experiencia
sensitiva, trasformándose luego en voluntarios y, finalmente, que ca-
da una de las tres partes del signo (el sonido – la idea – el objeto) pue-
de ser examinada de manera independiente.20
Para don Melchor Ocampo, al igual que para los demás especialis-
tas de la época, estas consideraciones filosóficas no desacreditaban
las hipótesis a favor de la existencia de una o más lenguas matrices,
como lo proponían los practicantes de la Gramática Comparada.21
Un denominador común de ambas corrientes era sostener que tanto
la especie –el lenguaje– como sus variedades –las lenguas– padecían
cambios desde tiempos inmemoriales a causa de los influjos del cli-
ma, el desplazamiento y la mezcla de los pueblos, así como por los
progresos intelectuales que iban conquistando los hablantes. Los ras-
gos específicos que llegaban a tener los sistemas derivados guardaban
una estrecha conformidad con el carácter que se habían ido forjan-
do las naciones.22
Reconociendo que el castellano carecía de una nomenclatura pre-
cisa para clasificar los sistemas de signos, Ocampo estableció en el
Idioticón una analogía entre el binomio lenguaje e idioma y el bino-
mio lengua y dialecto. Consideró que en ambos casos se trataba de
dos niveles de abstracción de un mismo fenómeno: por una parte, los
hechos generales del lenguaje y de la lengua solamente podían re-
construirse a través de sus distintas manifestaciones; por la otra, el

20
Véase Sylvain Auroux, L’Encyclopédie “grammaire” et “langue” au XVIIIe siècle, París,
Maison Mame, 1973.
21 La referencia a Franz Bopp y las lenguas matrices se encuentra en “Bibliografía”,

El Museo Mexicano, 1844, t. III.


22 Véase “Idiotismos”.
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entre dialecto y provincialismo 211

descubrimiento de los rasgos sui generis de los idiomas y de los dialec-


tos obligaba a comparar entidades de la misma calidad.
A pesar de la diversidad de los sistemas, todos ellos presentaban
una estructura cuatripartita que les era común. Cada idioma, tomado
como un hecho singular, era poseedor de un material silábico (nú-
mero, clase y combinación de sonidos); de una construcción (decli-
naciones, modificaciones de los verbos, colocación de las palabras,
idiotismos, etc.); de una prosodia y una entonación. La consideración
de los mismos puntos llevaba a distinguir los grados de semejanza y
de diferencia que guardaban entre sí los dialectos.23
A través de este razonamiento, Ocampo planteó que el habla de
los mexicanos compartía con el habla de los españoles un mismo fon-
do. También eran iguales las causas que habían provocado los cam-
bios. Lo que hacía distinto a cada sistema era el peculiar entorno na-
tural e histórico al que habían estado expuestos. Desde su punto de
vista, el término provincialismo resultaba inadecuado si el propósito
era destacar la coexistencia de variedades de un mismo idioma.
Para Melchor Ocampo, lo que se hablaba en México era un dialec-
to, y éste a su vez contaba con provincialismos en su interior. Un he-
cho general era la pronunciación propia que se le daba a las sílabas
castellanas za, ce, ci, zo, zu, lla, lle, lli, llo, llu y a la combinación del con-
junto tl. Esto no significaba desconocer, por ejemplo, que la entona-
ción de un colimeño y un queretano era diferente y que los poblanos
pronunciaban de manera “siflante” la ¨[y]. Siendo la intención escri-
bir de acuerdo con la pronunciación que los mexicanos daban a las
voces castellana, para tal efecto sólo se necesitaba de 22 signos gráfi-
cos. Además de coincidir con los reparos que habían hecho los pro-
motores de una ortografía estrictamente racionalistas; a saber, el em-
pleo de una grafía por cada sonido, el alfabeto del Idioticón prescindía
de las letras <c>, <z>, <ll>, <ch>, <v>, <q> y <k>.24
Con una mirada abierta, no ajena a la de Salvá, Melchor Ocampo
daba entrada a un amplio universo de palabras y locuciones tal como
se usaban en México. Dio cabida a las voces que provenían de las len-
guas amerindias (atole-atolera-atolería), a las germanas (vals o bals)

23 Loc cit.
24 La propuesta neográfica sólo se expone en su totalidad en el periódico El Siglo
XIX.
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212 bárbara cifuentes

y también a las francesas (canapé, coñac, francomason). En el caso de


la nomenclatura perteneciente a la flora y a la fauna ofreció la clasi-
ficación científica y, en los nahuatlismos, la etimología. Dio cuenta de
la existencia de voces diferentes para designar el mismo objeto (pa-
palote-cometa; cacle-calzado) y en los que la misma voz tenía una dis-
tinta significación, literal o metafórica (carátula-portada). Asimismo,
hizo observaciones con respecto a las preferencias en la manera de
composición de las palabras así como en la formación de algunos
idiotismos.
Ocampo consideró que un buen número de palabras y expresio-
nes de México eran “isosónimas” de las peninsulares, tomando en
cuenta las connotaciones diacrónicas y diatópicas de la categoría de
dialecto. Sin desatender la dimensión normativa, aceptaba la existen-
cia de pronunciaciones y construcciones viciosas en el dialecto mexi-
cano. Pero este reconocimiento no significaba que el castellano ha-
blado por los mexicanos cultos estuviera saturado de barbarismos y
solecismos.
Una vez explicadas las causas y modos de coexistencia de varieda-
des en el castellano, la legitimidad de los dialectos era una cuestión
política. Y éste había sido el sentido que daban los colaboradores de
la Enciclopedia francesa, al expresar que:

Si una lengua es hablada por muchos pueblos iguales y cuyos Estados son in-
dependientes unos de otros, tales como eran antiguamente los griegos y lo
son hoy los italianos y alemanes, con el uso general de los mismos nombres y
la misma sintaxis, cada pueblo puede tener usos propios sobre la pronuncia-
ción o sobre la declinación de las mismas palabras: estos usos subalternos, igual-
mente legítimos, a causa de la igualdad de los Estados, en donde están autori-
zados, constituyen los dialectos de la lengua nacional.25

La descripción del castellano a través de este múltiple tamiz volvía


obsoleta la categoría de provincialismo. Al caracterizar como “dialec-
to” cualquier variedad de la lengua quedaba desacreditada la exclusi-
vidad y superioridad del habla y la escritura sancionadas positivamen-
te en los diccionarios españoles. También con ella se enfrentaba la
doxa relativa a la degeneración o mala calidad del español en México.

25 Nicolás Beauzée, citado por Melchor Ocampo en “Idiotismos”, loc. cit.


GuzmanBetancourt 13 5/11/04 2:26 PM Page 213

entre dialecto y provincialismo 213

Desde nuestro punto de vista, el Idioticón fue un exhorto que hizo


Melchor Ocampo a los gobernantes e intelectuales del país para po-
ner en práctica su derecho legítimo a elegir y a vigilar el futuro de la
lengua oficial. La aceptación de que ésta fuera originaria de la Penín-
sula, no iba en contra de un hecho actual: el castellano era ya un pa-
trimonio de los mexicanos. Una vez asumida la condición de autono-
mía, el estado debía atender y responder a su propia circunstancia, a
sus usos, a sus costumbres y a su idioma.
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BREVE SEMBLANZA DE JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA

MIGUEL ÁNGEL DE LA CALLEJA*

La insigne figura de don Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) ha


estado, desde su sobria postura en el cartel y programa del Primer
Congreso de Historiografía Lingüística, vigilante de los rumbos que
han tomado los estudios lingüístico-historiográficos en México.
Quienes han frecuentado la actividad intelectual del siglo XIX, no
habrán olvidado la importante labor que realizó este erudito mexica-
no para proveer de múltiples materiales y caminos de estudio en di-
ferentes disciplinas humanísticas: la Historia, la Bibliografía, la Lite-
ratura, la Filología; asimismo, recordarán su método de trabajo y
algunos hechos relevantes –y hasta polémicos– en su larga y fructífe-
ra vida.

Don Joaquín era hombre de costumbres sin tacha alguna: avaro de su tiem-
po, trabajaba sin cesar, despachando al día los negocios de sus propiedades,
su correspondencia literaria nutrida y abundante; y el resto de las horas li-
bres consagrándolo al mejor amigo: el estudio. […] Correcto en su persona,
en su lenguaje literario, hasta en las impresiones y en las pastas de sus libros,
caballeroso y creyente; de conversación sencilla, sobria, instructiva y amena;
aun cuando a veces solía ser áspero con sus propios amigos, sin intención de
herir con ofensa alguna…1

Así lo describió su discípulo, amigo y compañero del Instituto Bi-


bliográfico Mexicano, don Jesús Galindo y Villa.
En esta breve semblanza quisiera dejar que sus discípulos, conoci-
dos y estudiosos, nos presenten su perfil biográfico e intelectual a tra-
vés del conocimiento que indiscutiblemente tenían de su persona,
por su cercano trato con él o su labor intelectual, mediante la cual
también podemos rastrear algunos rasgos de su personalidad.

* UNAM/ENEP Acatlán.
1 Cf. Jesús Galindo y Villa, “D. Joaquín García Icazbalceta. Biografía y bibliografía”,

Boletín del Instituto Bibliográfico Mexicano, 1903, p. 17.

[215]
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216 miguel ángel de la calleja

Su padre fue don Eusebio García Monasterio, miembro de una fa-


milia de cosecheros de vino de las provincias de La Rioja y Andalucía
que se trasladó a México y estableció un negocio en el mismo ramo.
Su madre fue doña Ana Ramona Icazbalceta y Musitu, de familia me-
xicana acomodada, a quien pertenecía la hacienda de Santa Clara
Montefalco; los hermanos de doña Ana Ramona poseían las hacien-
das de Santa Ana Tenango y de San Ignacio Urbieta, en el estado de
Morelos, las cuales pasaron a pertenecer más tarde a don Eusebio.2
Victoriano Agüeros, por su parte, comenta acerca de sus padres
que “eran de acendrados y piadosos sentimientos y de posición desa-
hogada”;3 y prosigue: “Tocó a la capital de la República la honra de
ser su cuna, el 21 de agosto de 1925, recién emancipada nuestra pa-
tria; el ‘Benjamín’ en decena de Garcías”.4 Fue su nacimiento en la
calle de la Merced número 3, hoy Venustiano Carranza número 135,
donde –refiere José Luis Martínez– en 1925, centenario del natalicio
del sabio, la Academia de Historia colocó una placa conmemorativa.
En el año de su nacimiento ocurrió la capitulación de San Juan de
Ulúa, último reducto de la resistencia española. La tensión contra los
españoles radicados en México terminaría con las leyes que decretaron
su expulsión. La segunda medida, la de 1929, fue general y sólo se ex-
ceptuaba a los enfermos, ésta le tocó aplicarla a Vicente Guerrero. “El
estado político del país y la mal fundada saña que se tuvo contra los pe-
ninsulares residentes en México, hicieron emigrar a la familia García”.5
Los García Monasterio partieron en 1929. Viajaron primero a Nue-
va Orleans y después a Burdeos, donde residieron por algún tiempo.
Luego pasaron a Cádiz, donde su padre retomó el negocio de los vi-
nos. La familia permaneció hasta 1939, fecha en que, reconocido el
gobierno de México por la antigua metrópoli, se reanudaron las re-
laciones diplomáticas y los expulsados pudieron volver a México. Don
Joaquín vivió, entonces, de los cuatro a los once años de edad, fuera
de su país y, según sus biógrafos, nunca más volvió a salir de él.

2 Cf. José Luis Martínez, “Dos aspectos de Joaquín García Icazbalceta”, La expresión

nacional, México, CONACULTA, 1993, p. 321.


3 Vitoriano Agüeros, “Don Joaquín García Icazbalceta”, Divulgación histórica. Revis-

ta mensual histórica, Año III, núm. 1, México, 1941, p. 38.


4 Jesús Galindo y Villa, op. cit., p. 7
5 Ibid.
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breve semblanza de joaquín garcía icazbalceta 217

Durante los años que permaneció en el destierro, tuvo una educa-


ción fundamentalmente humanista: Aprendió idiomas, llegando a do-
minar el latín, el francés, el inglés y el italiano.6 Estos primeros estu-
dios los realizó en su hogar, con maestros particulares. Él mismo nos
relata acerca de la decisión de sus padres: “Nunca he estudiado en
parte alguna, ni aun he pisado una escuela de primeras letras; nada
aproveché tampoco con los maestros que me proporcionaron mis
buenos padres”.7
A partir de 1835 y hasta 1840, de los diez a los quince años, comien-
za a escribir pequeños periódicos, diarios y misceláneas de apuntes y
observaciones. Se trata de infantiles que prefiguran la labor de reco-
pilación y divulgación que desarrollará posteriormente, como El Ele-
fante, la Revista Miscelánea, editada en Cádiz en 1835; de 1836 es El Rui-
señor, conjunto de resúmenes de artículos de revistas, relativos a temas
mitológicos y a menciones de autores importantes. De este periodo
es la Miscelánea, publicada entre 1838 y 1840 que contiene poesías ori-
ginales y ajenas; lo más frecuente son reproducciones de datos y anéc-
dotas como de almanaque. En 1844 publica algunos artículos en la
revista Liceo Mexicano. En 1847 combatió al ejército norteamericano
y concurrió a la batalla del Molino del Rey.
Nos dice Galindo y Villa que con “el transcurso de los años em-
prendió trabajos de pasmosa erudición, vertiendo del armonioso idio-
ma de Shakespeare al castellano, o del habla hermosa de Virgilio a la
lengua natal, obras notables, o compilando datos para componer
otra”.8
Su primer trabajo importante fue la traducción de la Historia de la
conquista del Perú de William Prescott, en 1849, a la que le agregó al-
gunos capítulos y un importante apéndice; al mismo tiempo, estable-
ció un pequeño taller de tipografía en su casa, el cual le sirvió duran-
te toda su vida intelectual para imprimir algunas de las obras antiguas
que editó y muchos de los originales con los que iba a enriquecer la
literatura y la historia mexicana como una carta inédita de Hernán
Cortés (1855).

6 Julio Jiménez Rueda, “Prólogo”, en Joaquín García Icazbalceta, Opúsculos y biogra-

fías, México, UNAM (BEU, 38), 1973, p. XX.


7 José Luis Martínez, op. cit., p. 322.
8 Jesús Galindo y Villa, op. cit., p. 7.
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218 miguel ángel de la calleja

Su labor de investigador comienza cuando colabora en Diccionario


universal de historia y de geografía (1852-1856), importante obra em-
prendida por Lucas Alamán, Manuel Orozco y Berra, José María La-
fragua, el conde de la Cortina y muchos otros importantes intelectua-
les. “Don Joaquín colaboró con preciosos artículos, en general
biográficos, destacando como los más notables los relativos a Pedro
Mártir de Anglería, Vasco Núñez de Balboa, Pedro de Alvarado, Ber-
nardo de Balbuena y muchos otros”.9 Victoriano Agüeros considera
esta etapa así:

En estos trabajos se reveló nuestro autor lo que había de ser más tarde: escri-
tor concienzudo y sereno, de rígido y sanísimo criterio y de un estilo sobrio,
castizo; galano y limpio. Había en ellos copioso caudal de noticias, que hacía
adivinar larga y paciente labor de investigación, solidez de juicio, fruto de
una inteligencia ajena a toda preocupación, y un amor a la verdad y a la jus-
ticia, propio del varón verdaderamente recto.10

En 1886, publicó unos Apuntes para un catálogo de escritores en len-


guas indígenas de América, interesante texto que con sólo mencionar
la tabla donde se enumeran las lenguas incluidas en la obra podemos
notar un proto-atlas lingüístico: cahita, cora, cumanagota, chuchona,
heve o eudeve, huasteca, mame, matlatzinca, maya, mazahua, mexi-
cana o náhuatl, mije, mixteca, mutsúm, ópata, otomí, pima, quiché,
tarahumara, tarasca o purépecha, tejas (de los indios), tepehuana, ti-
muquana (de la Florida), totonaca, yunga (lengua de Sudamérica) y
zapoteca.
En 1870, imprimió la Historia eclesiástica indiana de fray Jerónimo
de Mendieta, crónica que se creía perdida y, “debido a su celo, su ami-
go Andrade logró comprar el manuscrito en Madrid e inmediatamen-
te darlo a la estampa”,11 “con unas preciosas y muy instructivas Noti-
cias del autor y de la obra”.12
“México en 1554” es el título que dio en versión castellana a los
Diálogos latinos de Francisco Cervantes de Salazar:

9 Ibid.
10 Victoriano Agüeros, op. cit., 38.
11 Jesús Galindo y Villa, op. cit., p. 8.
12 Victoriano Agüeros, op. cit., p. 38.
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breve semblanza de joaquín garcía icazbalceta 219

A cada diálogo precede una introducción de nuestro sabio autor, en el cual


se explica el objeto de aquél: y en ella, lo mismo que en las notas que van des-
pués se amplían, modifican o aclaran las noticias de Cervantes de Salazar, ya
sobre lugares y edificios, ya sobre otros muchos puntos de curiosidad e inte-
rés histórico relativos a esta ciudad de México.13

Don Joaquín sacó del olvido los Coloquios espirituales y sacramentales


y poesías sagradas del presbítero Fernán González de Eslava, escritor
del siglo XVI; esta edición se hizo según la de 1610 y está dedicada a
la Real Academia Española. Dice Agüeros:

En la Introducción, que para este libro hizo nuestro sabio historiador, brillan
como en todos sus trabajos, la erudición más copiosa, el juicio más atinado y
las galas de un estilo que recuerda el siglo de oro del idioma castellano. En
esa admirable pieza literaria hay pormenores muy curiosos y enteramente
nuevos de los espectáculos a que daban lugar en México aquellos Coloquios,
género de literatura muy en boga a la sazón, y que servía para entretener y
moralizar a los indios.14

En 1881, publicó Don fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobis-


po de México. Estudio biográfico y bibliográfico, “que es una historia ma-
gistral de la primera época de la dominación, en que se dibujan las
competencias, las rivalidades, el modo de ser de la sociedad que allí
iba formando asiento”.15
La célebre Bibliografía mexicana del siglo XVI, apareció en 1886, obra
a la cual dedicó don Joaquín cuarenta largos años. Se trata de un ca-
tálogo razonado de los libros impresos en el periodo de 1539 a 1600,
con biografías de los autores y varias ilustraciones, facsímiles de por-
tadas antiguas, extractos de libros raros e infinidad de notas biblio-
gráficas.
En 1888, publicó en facsímil el Arte de la lengua maya de fray Ga-
briel de San Buenaventura (1684), y en 1889 Opúsculos latinos y caste-
llanos del padre Francisco Javier Alegre. Ambos de gran interés lin-
güístico y filológico.

13 Ibid.
14 Ibid.
15 Jesús Galindo y Villa, op. cit., p.9.
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220 miguel ángel de la calleja

Hasta aquí nos hemos referido a su gran labor como historiógra-


fo. Julio Jiménez Rueda afirma que pudo haber escrito la historia de
la cultura mexicana en los siglos de la Colonia; tenía capacidad para
ello: “sin embargo, se concretó a reunir los materiales necesarios pa-
ra que otro realizara la gran obra de síntesis”.16
Esta intención la confiesa García Icazbalceta en una carta a José
Fernando Ramírez de 1850:

Mas estoy persuadido de que la mayor desgracia que puede sucederle a un


hombre es errar su vocación, procuré acertar con la mía, y hallé que no era
la de escribir nada nuevo, sino acopiar materiales para que otros lo hicieran;
es decir, allanar el camino para que marche con más rapidez y con menos es-
torbos el ingenio a quien está reservada la gloria de escribir la historia de
nuestro país. Humilde como es mi destino de peón, me conformo con él y
no aspiro a más: quiero sí, desempeñarlo como corresponde.17

En esta humilde confesión, podemos notar la actitud que lo llevó


a emprender la reunión y clasificación de los monumentos históricos
para el estudio de la cultura mexicana.
Sin embargo, en sus últimos años renunció –por causas familiares
y los ataques por la cuestión guadalupana–18 a seguir este camino y
se trazó otro muy diferente y sumamente importante. Desde fines de
1892 empezó a reunir “cedulitas” –como él las llamaba– el Vocabula-
rio de provincialismos. La preocupación de García Icazbalceta por con-
servar y estudiar el idioma hablado en México se remonta al estudio
llamado “Provincialismos mexicanos” que leyó en una sesión de la
Academia Mexicana, donde advirtió la urgencia de registrar estos mo-
dismos en un diccionario que los conservara antes de que desaparez-
can. Dice: “la destrucción es tan rápida, que los que hemos llegado a
edad avanzada podemos recordar perfectamente voces y locuciones
que en la época, por desgracia ya lejana, de nuestra niñez eran muy
comunes, y hoy han desaparecido por completo”.19

16
Julio Jiménez Rueda, op. cit., p. XIX.
17
José Luis Martínez, op. cit., pp. 326-327.
18 Cf. Joaquín García Icazbalceta, Carta acerca del origen de la imagen de nuestra señora de

Guadalupe de México (dirigida al arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos),


México, Tipografía La Europea, 1896.
19 José Luis Martínez, op. cit., p. 329.
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breve semblanza de joaquín garcía icazbalceta 221

El Vocabulario sólo llegó a ser organizado hasta la letra G, pero ha-


bía mucho material para abarcar hasta la Z. Sin embargo, la noche
del 26 de noviembre de 1894 murió don Joaquín García Icazbalceta
dejando inconclusa esta importante obra. Cinco años después, su hi-
jo Luis García Pimentel lo publicó hasta donde estaba terminado con
el nombre de Vocabulario de mexicanismos. Don Francisco J. Santama-
ría, miembro también de la Academia Mexicana, en su discurso de
ingreso en 1954 y con su Diccionario de mejicanismos bajo el brazo, di-
jo que quería –a la cual se une esta presentación del erudito mexica-
no para concluir– “hacer una ofrenda votiva a un hombre excelso e
inmortal” don Joaquín:

Nos ha parecido de elemental e ineludible acatamiento y reverencia a su au-


toridad, no emprender una obra como trabajo desligado del suyo, sino lle-
var a término la constitución de su obra misma, reproduciendo desde luego
todo aquello que él pudo realizar, para aprovechar más tarde sus luces a la
vez que revivir lo que parece que se va olvidando, ora por lo raro de su libro,
cada vez más agotado, ora por la despreocupación o por el poco interés que
existe por estas cosas del decir en el común e la gente.20

20 Ibid., p. 330.
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FRANCISCO BELMAR Y SU PECULIAR CONCEPTO DE


“DIALECTO”

IGNACIO GUZMÁN BETANCOURT*

La palabra “dialecto” tiene en México, como en muchas otras partes,


dos acepciones principales: por un lado, la que manejan los especia-
listas y las personas cultivadas y, desde luego, familiarizadas con la ter-
minología lingüística; por otro, la que circula a nivel popular entre
personas no familiarizadas con dicha terminología y que es, al pare-
cer, la más difundida. En el primer caso se entiende por “dialecto”, de
manera simplificada, la “variante regional de una lengua cualquiera”;
en el segundo, y resumidamente, “lengua indígena” o “lo que hablan
los indios”. Este artículo tiene como objetivo principal averiguar el po-
sible origen de esta acepción aberrante con base en el análisis de una
serie de textos en los que ciertos autores emplean este término de ma-
nera ambivalente o, mejor dicho, polisémica. Parto de la idea de que
tal acepción deriva, por una parte, de ciertos usos peculiares con que
algunos autores utilizan ese vocablo y, por otra, de un empleo desa-
fortunado de éste por parte de otros, entre ellos el notable lingüista
mexicano Francisco Belmar. Pero para llevar a término el propósito
perseguido, creo útil rastrear la historia de esta palabra y las diferen-
tes acepciones que ha tenido en el curso de los siglos.
Como todo el mundo sabe, la palabra “dialecto” es de origen grie-
go, al igual que muchos otros términos empleados en las ciencias lin-
güístico-filológicas. Según Coseriu, proviene de diålektoq, “habla, len-
gua”, que a su vez deriva del verbo dial™gomai, “hablar uno con otro”.1
Aunque algunas veces se empleaba como sinónimo de glṽssa, “len-
gua”, la verdad es que tenía diålektoq en griego un uso más bien es-
pecializado: “habla regional”, “manera de hablar”. Mas he aquí que
diålektos no se refería en general o en abstracto a cualquier “habla
regional” o “manera de hablar”, sino específicamente a las hablas re-

* Dirección de Lingüística del INAH, Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística.


1 Eugenio Coseriu, “Los conceptos de ‘dialecto’, ‘nivel’ y ‘estilo de lengua’ y el sen-

tido propio de la dialectología”, Lingüística española actual, 1981, vol. III, pp. 1-32.

[223]
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224 ignacio guzmán betancourt

gionales de la Hélade que los griegos consideraban como una espe-


cie de comunidad lingüística de amplitud determinada. En concre-
to, los antiguos griegos reconocían cinco variedades (l™jeiq, ˝di√mata)
o “maneras de hablar” la glṽssa: aquea, jónica, eólica, dórica y ática;
esto es, las “maneras de hablar” el griego según las distintas regiones
geográficas que integraban la antigua Hélade. Así pues, para los grie-
gos, “un ‘dialecto’ es un modo interindividual de hablar, un ‘genus lo-
quendi’ tradicional”.2 De aquí surge la idea –por demás legítima– de
que un dialecto es un sistema lingüístico menor dentro de un siste-
ma mayor, idea que, según Coseriu, se halla explicitada, a partir de
Clemente Alejandrino, en la dialectología helenística y bizantina, con-
siderando a los diålektoi como variedades de la glṽssa. El término y
concepto griego de “dialecto” pasó, como muchos otros, a los roma-
nos, aunque en realidad se usó poco en latín, y no precisamente en
el lenguaje de los gramáticos y filólogos. El Dictionnaire illustré latin-
français de Félix Gaffiot sólo remite al “Tiberio” de Suetonio como
documentación de la palabra,3 e igual sucede en el Diccionario latino-
español de A. Blazquez Fraile.4 Por lo tanto, el término ‘dialecto’ no
entró en las lenguas romances por la vía normal, como palabra del
fondo común latino-romance, sino que fue introducida como cultis-
mo por los humanistas del Renacimiento.
En efecto, la primera documentación que se tiene de este vocablo
en una lengua romance, es en francés; la emplea el poeta Pierre de
Ronsard (1524-1585) en su obra Abregé de l’art poétique (1550) y ya con
el sentido que actualmente tiene la palabra en lingüística. Veamos lo
que con la mayor naturalidad Ronsard recomienda a sus discípulos:

Elegirás diestramente y adecuarás a tu obra los vocablos más significativos


de los “dialectos” franceses cuando los de tu región no sean suficientemen-
te adecuados o significativos. No hay que preocuparse porque sean gasco-
nes, potevinos, normandos, manseanos, lioneses o de otra región con tal que
sean adecuados y expresen con claridad aquello que quieren decir. 5

2
Ibid., p. 5.
3
Félix Gaffiot, Dictionnaire illustré latin-français, París, Hachette, 1934.
4 Agustín Blazquez Fraile, Diccionario latino-español, Barcelona, Editorial Ramón So-

pena, 1954.
5 Citado por Walter von Wartburg, Evolución y estructura de la lengua francesa, trad.

de Carmen Chust, Madrid, Gredos, 1966, p. 171.


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francisco belmar y su peculiar concepto de “dialecto” 225

Por lo que se refiere al español, la más antigua documentación co-


nocida del término ocurre cincuenta y cuatro años más tarde que en
francés. La emplea el humanista manchego Bartolomé Jiménez Patón
(1569-1640) en su obra Elocuencia española en arte, publicada en Tole-
do en 1604. Este erudito filólogo emplea varias veces el término en
el prólogo “Al lector” de dicha obra, pero con un sentido muy distin-
to del que acabamos de ver en Ronsard, que concuerda con la acep-
ción etimológica del vocablo y se aproxima más a nuestro moderno
concepto de “dialecto”. La idea que Jiménez Patón tiene de “dialec-
to”, como podremos apreciar en seguida, coincide más bien con lo
que llamamos “idiotismos” o “modismos”, es decir, con ciertas parti-
cularidades lingüísticas como son pronunciación, giros, vocablos y ex-
presiones propias de los idiomas que las distinguen frente a las de-
más, sean o no variantes de determinadas lenguas. Esta idea tal vez
proceda de la definición de “dialecto” dada por Calepino, en la que
se basa Jiménez Patón:

La raçón es que la propriedad de vna lengua no sólo se conoce en que tiene


vocablos proprios, sino en que tiene “Dialecto” y Phrases proprias; pues que la
nuestra tenga lo vno y lo otro por su discurso se haze manifiesto por el de
nuestra doctrina y por el que queramos hazer en algunos modos de hablar.
Porque dezir: juras a Dios, macho no tienes, es vizcaíno. Y o arregar el limo, es mo-
risco. Y o siruo a Dios, es español Dialecto y los vocablos todos son españoles.
Demás de esto por la pronunciación como oyendo estas naciones lo experi-
mentamos. Y esto en que consiste la sustancia de las lenguas llamaron los grie-
gos Ydioma, lo qual se diuide en “Dialecto” y Phrasis. Y assí lo diffine Calepi-
no, diciendo: “Dialectos”: es la propiedad de alguna lengua, y lo que la tal
tiene por particular, como son terminaciones en nombre y verbos, artículos
y géneros y otros atributos y accidentes inseparables entre sí y distinctos en
otras lenguas.6

A escasos siete años de la publicación de la Elocuencia española en


arte, se publica en España el Tesoro de la lengua castellana o española del
lexicógrafo toledano Sebastián de Covarrubias (1539-1612), primer
diccionario monolingüe del español. Aquí el autor ofrece una defi-

6 Bartolomé Jiménez Patón, “Elocuencia española en arte”, Elena Casas, La retórica

en España, Madrid, Editora Nacional, 1980, pp. 238-239.


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226 ignacio guzmán betancourt

nición más acorde con el sentido griego de la palabra y menos con-


fusa que la de Jiménez Patón:

“Dialecto”. Lo que es particular en cada lengua y proprio suyo, por donde


distinguimos el castellano nuevo y viejo, el andaluz y los demás, que aunque
hablan un mesmo lenguaje castellano, tienen alguna manera de pronuncia-
ción y formación de vocablos, en que nos distinguimos unos de otros; como
entre los griegos los atticos, jónicos, dóricos, aeólicos y el lenguaje común y
vulgar. Y todas las demás naciones tienen estas mesmas diferencias, por las
quales se distinguen los que son de una provincia o de otra.

Acaso convenga reparar en el hecho de que la inclusión de la pa-


labra en este diccionario, pues su captura allí puede indicarnos que
no era un vocablo de uso esporádico en la lengua castellana de la épo-
ca. Como veremos en seguida, esta nueva acepción de la palabra se-
rá la que empleen preferentemente diversos autores, sobre todo en
el transcurso del siglo XVIII.
En efecto, es en el siglo XVIII que el término “dialecto” es emplea-
do con más frecuencia por los historiadores, lexicógrafos y gramáti-
cos tanto en Europa como en América, y en muchos casos de acuer-
do con el sentido que acabamos de indicar. Así, por ejemplo, en el
primer diccionario de la Real Academia, el llamado Diccionario de au-
toridades, publicado en Madrid entre 1726 y 1739, se define la palabra
como sinónimo de idioma,7 en el sentido de “propiedad de una len-
gua en sus voces, explicación y pronunciación”. Cita como “autori-
dad” a Jiménez Patón, reproduciendo parte de sus ejemplos, así co-
mo un fragmento de un verso de Tomé de Burguillos: Ampliar la
lengua propria, es cosa urbana / Adulterarla es bárbaro defecto / Porque su
idioma y cándido dialecto, / Con voces peregrinas se profana.
Ahora bien, por lo que se refiere en concreto a los gramáticos de
este siglo –en especial los descriptores de lenguas no-indoeuropeas–,
he encontrado el término “dialecto” en algunos tratados gramatica-
les como, por ejemplo, el Arte de la lengua japona, dividido en quatro li-
bros según el arte de Nebrixa, del misionero franciscano Melchor Oyan-
guren de Santa Inés (1688-1747), publicado –y probablemente

7 “Idioma. La lengua vulgar, propria y particular de cualquier nación. Es voz grie-

ga, que significa la propiedad. […] Se toma también por la phrase y modo particular
de algunos.”
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francisco belmar y su peculiar concepto de “dialecto” 227

también redactado– en México en 1738.8 En efecto, este religioso


guipuzcoano, experto en varias lenguas asiáticas, emplea en dicha
obra repetidas veces el término “dialecto”, sobre todo con las acep-
ciones de “lengua” o “idioma” y, en menor grado, de “dialecto”, en
su acepción técnica. Estos empleos ocurren específicamente en la
“Dedicatoria”, en el “Preludio al lector” y en el encabezado del Li-
bro Primero, “Del dialecto Japón”.9 Veamos lo que al respecto nos
dice en el “Preludio”:

Aunque de la Torre de Babel salieron tantas lenguas matrices, el día de oy ay


muchas más por los distintos “dialectos” que se han originado de las mesmas
matrices, y por la comunicación de unas lenguas con otras: y para probar es-
to, no necesitamos recurrir a los “dialectos” Attico, Jónico, Dórico, Eólico de
la lengua griega, quando en el continente del dominio Español, tenemos
“dialectos” del Vascuenze: en la América con la lengua Mexicana, y Peruana;
en las islas de Luzón con la lengua Malaya, o Tagala.
Y finalmente lo mesmo podemos decir de los distintos “dialectos”, que ay
en el Imperio de la gran China, sus Provincias, y Reynos adyacentes, en cu-
yos “dialectos” tan diversos experimentan los Missionarios Apostólicos el hoc
opus, hic labor.
El dialecto Nifón, o Japón es “dialecto”, que procedió del Imperio Chíni-
co, como también sus habitadores, según consta de sus historias: es “dialec-
to”, que se divide en muchos otros “dialectos”, según distintos Reynos, que
ay en el Japón: es más puro, menos difícil, que los “dialectos” Chínicos, pues
éstos, con el dominio Tártaro, han dejado introducir en sus “dialectos” dis-
tintas voces, tomadas, guturales, &.

Con relación a las lenguas indígenas de México, la primera docu-


mentación que he encontrado del término en cuestión se halla en el
Arte de la lengua tepeguana, compuesto por el jesuita de origen italia-
no Benito Rinaldini (1695-1764).10 Este misionero de los tarahuma-

8 Dispongo de una fotocopia del ejemplar existente en la Biblioteca Pública del Es-

tado de Jalisco que me consiguió mi colega Rosa H. Yáñez, profesora-investigadora de


la Universidad de Guadalajara.
9 Cabe mencionar que los cuatros dictaminadores de la obra, cuyos textos apare-

cen al frente de ésta, emplean también, seguramente influidos por el autor, esta nove-
dad lexicográfica.
10 Arte de la lengua tepeguana, con vocabulario, confessionario y catechismo. En que se expli-
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228 ignacio guzmán betancourt

ras y tepehuanes emplea dos veces el término en uno de los textos


preliminares de su tratado, concretamente en la nota 5 de las “Pre-
vias advertencias para la más fácil inteligencia de las obras que si-
guen”. He aquí una parte del texto de dicha nota:

Se hallará en el decurso de estas Obras alguna variedad de Letras, de Termi-


nación, de Tiempo, en un mesmo vocablo, y en un mesmo sentido (se ha
puesto con refleja esta variedad). Origínase ya de ser en uso ambas cosas, ya
de la concurrencia de otra semejante letra en la dicción; y ya (que es lo más
ordinario) por el Dialecto distinto de los Pueblos: (v.g.) Toopa y Toofa: Pa-
vos Indianos. La terminación de Cade, en lugar de Tade, en el Imperfecto de
Indicativo, especialmente en el Verbo Sum: (v.g.) In Oggacade, in saroeca-
de: Era mi Padre, Era mi Azadón, es por Dialecto distincto; pero mejor es no
apartarse de las Reglas del Arte.

Con las acepciones de “lengua”, “idioma”, “variante regional” y


otras nuevas, encontramos por estas fechas el término “dialecto” en
las obras lingüísticas del cura políglota novohispano Carlos de Tapia
Zenteno, autor de sendas gramáticas del huasteco y del mexicano,
catedrático de lengua mexicana en la Real Universidad y en el Semi-
nario Tridentino. En ambas obras aparece la palabra en cuestión, em-
pleada tanto por el autor como por algunos de los dictaminadores
de sus libros. Veamos algunos ejemplos, primeramente los que figu-
ran su Noticia de la lengua huasteca, la cual, aunque publicada en fe-
cha posterior (1767) a su Arte novíssima de lengua mexicana (1753), es
muy anterior a la redacción y edición de esta última, como se dedu-
ce de las fechas que llevan las aprobaciones y licencias, total ellas fe-
chadas en 1746 y por lo que el autor informa en el prólogo.11 En es-

can los Mysterios de Nuestra Santa Fè Cathólica, Mandamientos de la Ley de Dios, y de Nuestra
Santa Madre Iglesia. Por el P. Benito Rinaldini, de la Compañía de Jesús, Visitador de la Pro-
vincia Tepeguana, y Taraumara antigua. Impresso en México por la viuda de D. Joseph
Bernardo de Hogal, año de 1743. Edición facsimilar con prólogo de Javier Guerrero
Romero, México, CNCA/Gobierno del Estado de Durango, 1994.
11 El autor informa en el prólogo “Al estudiante aplicado”: “Más de quarenta años,

que para mi enseñanza escribí este papel: y más de veinte que se expidieron varias cu-
rias las licencias necessarias (como consta de sus datas) para su impressión, que por
sus costos se ha detenido…” Esto quiere decir que su Noticia fue escrita en el decenio
de los años veinte del siglo XVIII.
GuzmanBetancourt 15 5/11/04 2:29 PM Page 229

francisco belmar y su peculiar concepto de “dialecto” 229

ta gramática –que René Acuña tilda de “deficiente y breve, con todas


las limitaciones teórica de la época” y a la vez como “una gramática
innovadora y, hasta cierto punto, iconoclasta”– aparece por primera
vez la palabra en la “aprobación” del bachiller Francisco Xavier de
Jáuregui, cura interino de Tampamolón, fechada el 9 de agosto de
1746. Dice éste, refiriéndose a la gramatización del huasteco efectua-
da por Tapia:

Pero reducir sus “dialectos” a tan ajustadas reglas, iniciar su barbaridad a le-
yes tan bien fundadas, arreglar sus propriedades y secretos a documentos tan
claros, hacer tratables y dóciles sus asperezas, convertir sus ambages en tan de-
rechas líneas y allanar sus escabrosidades en estas planas, ¿quién no ha de ver
en esto manus Domini erat cum illo?12

Tapia, por su parte, emplea la palabra al inicio de la Noticia con


una acepción que podríamos interpretar hoy como “estructura lin-
güística” o “naturaleza propia de la lengua”, cuando dice:

Es su “dialecto” blando, aun más que el mexicano, sus principales partes son
(acomodándolas a nuestra Grammatica) ocho: nombre…, pronombre…, ver-
bo…, preposición…, adverbio…, conjunción…, participio… [e] interjec-
ción…

Pero cuatro breves párrafos adelante, emplea la misma palabra en


el sentido de “habla regional”, por tanto, de “dialecto” en el sentido
etimológico y técnico del término:

Tendrá cuidado el principiante en no tropezar en el “dialecto” y pronuncia-


ción de los de Tamtoyoc, y la mayor parte de la jurisdicción de Tampico, ex-
cepto Panoco, que no la pronuncian [la tz] como está dicho, mayormente los
serranos de Tamtima, sino que en lugar de tz, usan en su lugar de ch, pronun-
ciándola como nosotros en castellano…

Las demás veces que emplea el término “dialecto” a lo largo del


texto, lo hace en el sentido de ‘idioma’ o ‘lengua’ tanto para referir-
se al huasteco como al castellano:

12 Cito la edición facsimilar y transliterada de René Acuña, Paradigma apologético y

noticia de la lengua huasteca, México, UNAM/IFFL, 1985.


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230 ignacio guzmán betancourt

a] Aunque en rigor no debemos llamar a éstos diminutivos propia-


mente, sino resueltos, porque no hay en este “dialecto” [el huaste-
co] modo con que podamos decir hombrecillo…
b] Y para decir esto es muy bueno, o cosa que suene en nuestro “dia-
lecto” [el español], y en el latino a superlativo, se resuelve con el
adjetivo de que se habla y la partícula le antepuesta…
c] Y porque para reducir a nuestro “dialecto” [el español] este idio-
ma [el huasteco], hemos de echar menos estos modos de hablar…
d] Los [tiempos] de De, son quasi de la mesma naturaleza que los an-
tecedentes: porque siempre, que para ajustar la locución a nues-
tro “dialecto” [el español] es menester darle este romance…

Esta ambivalencia en el uso de “dialecto” ocurre también en el tex-


to de su Arte novíssima de lengua mexicana, publicada en 1753. Al igual
que en la obra anterior, comienza usándola uno de los dictaminado-
res (en ambos casos tal vez influenciados por Tapia), el bachiller Joa-
quín Gregorio de Torres:

…y esto es lo nuevo y exquisito de este Arte; pues aunque hay otras varias que
enseñan el idioma [mexicano], están tan llenas de preceptos y reglas que no
pide su “dialecto”, que no puede dudarse que embarazan y confunden mu-
cho a los que se dedican a estudiarlo…

Por lo que se refiere a Tapia, usa siete veces el término “dialecto”


a lo largo de su descripción gramatical con distintas acepciones; veá-
moslas:

a] lengua, idioma (español o náhuatl)


p. 7: la S es sin duda, que la pronunciación de ella es demostrable:
pues la Z, que en su lugar escriben, tiene diferente sonido de el que
en nuestro “dialecto” [el español]…
p. 8: esta letra [tl] se expresará abiertos los labios, sacando algo la
lengua por entre los dientes y afirmándola hacia el lado izquierdo,
procurando no equivocarla con la c, como los que ignorando este
“dialecto” [el mexicano] dicen claclacolli, clamancli, etc., en lugar de
tlatlacolly y tlamantli.
p. 8: y si por esto no podemos llamar a aquellas otras lengua bár-
baras [el castellano y el latín], así tampoco al Mexicano “Dialecto”,
Príncipe de toda esta América Septentrional.
GuzmanBetancourt 15 5/11/04 2:29 PM Page 231

francisco belmar y su peculiar concepto de “dialecto” 231

p. 12: porque el singular, que arriba explicamos, parece barbaris-


mo en nuestra lengua, como decir mucho Padre, mucha persona, mu-
cha ave, etc., es en esta Lengua propiedad particular, que como la
echan menos en el Castellano, pronuncian los que llamamos cuatros,
que son solecismos, de que nos reímos, como ellos de nosotros cuan-
do faltamos a las propiedades de su “dialecto”.

b] habla regional, dialecto


p. 15: esto ocurre entre los indios políticos, que entre los serranos y
de toda tierra caliente es tanta su rudeza, que todos los reverenciales
se los aplican a sí, y hablan sin cortesía con las personas a quienes se
les debe, y así dicen Nehuatzin, mi merced, y a las personas de respe-
to les llaman de tú y vos, como Tehuatl, Yehuatl; pero siendo éste en su
modo, propiedad de su “dialecto”, paréceme necesario advertirlo, pa-
ra los que hubieren de ir a estas tierras lleven noticia del estilo de ca-
da una y se acomoden a la práctica de sus moradores, que es lo que
más importa.

c] estructura lingüística
p. 24: Y así, me parece que sólo le conviene a los verbos mexicanos la
definición que da nuestro grande y digno de toda alabanza, Maturi-
no Gilberto [sic]: Verbum est pars orationis, agere aliquid significans: y me
ha parecido necesario traer estas doctrinas (aunque parezca digre-
sión) porque considerada la sustancial propiedad del verbo Índico,
sea nuestro estudio acomodarnos más a su “dialecto”.

d] categoría gramatical (aspecto verbal)


p. 39: De los que llaman Compulsivos, se usará en los principios con
mucha consideración, porque como es “dialecto” que no tenemos en
nuestro Castellano, les es tan dificultoso a los que comienzan, para
hablarlo como para oírlo y entenderlo.

Hasta aquí los usos polisémicos del término “dialecto” por parte
de Tapia Zenteno y sus émulos. Como pudimos darnos cuenta, ya hay
en estos usos una clara tendencia a referirse a las lenguas indígenas
como “dialectos”, sin que esto implique necesariamente que se trata
de variantes regionales y –cabe reparar en ello– sin ninguna conno-
tación peyorativa. El padre Tapia utiliza el neologismo “dialecto” más
bien como un recurso estilístico, por el simple gusto de usar vocablos
GuzmanBetancourt 15 5/11/04 2:29 PM Page 232

232 ignacio guzmán betancourt

técnicos o quizá para darle un efecto de erudición y modernidad a su


obra, a la que valora como “novísima”.
Ahora bien, para que no se piense que en el siglo XVIII todo el mun-
do usaba a su arbitrio el término “dialecto”, revisemos tres ejemplos
en lo que esto no ocurre así, y en los que está empleada en el senti-
do técnico de variante geográfica o regional de una lengua. En el pri-
mero de ellos se trata de la documentación de dicho vocablo en la
obra del bibliógrafo mexicano Juan José de Eguiara y Eguren (1695-
1763), Bibliotheca Mexicana, cuyo primer y único tomo se publicó en
1755, testimonio que, aunque escrito en latín, se refiere a una lengua
indígena de México. Se halla en el artículo dedicado al jesuita Ber-
nardo de Mercado (que por error el autor llama Nicolás), a quien
Eguiara le atribuye la autoría de una Artem Linguae Mexicanae “dialec-
to” qua Cinaloensis orae maritimae utuntur, la cual “personas muy de fiar”
le informaron que estaba preparada para la prensa. Los otros dos
ejemplos están estrechamente relacionados entre sí por varias circuns-
tancias; se localizan en sendas obras de los eruditos jesuitas exiliados
en Italia a raíz de la expulsión de esta orden de los dominios españo-
les en 1767, el historiador mexicano Francisco Javier Clavijero (1731-
1787), autor de la Historia antigua de México, y el filólogo Lorenzo Her-
vás (1735-1809), autor de un Catálogo de las lenguas. Ambas obras se
publicaron originalmente en italiano en Cesena en 1780 y 1785, res-
pectivamente.
El padre Clavijero emplea el plural del vocablo “dialecto” en la pri-
mera de las nueve “disertaciones” que inserta al final de su Historia,
concretamente en el apartado donde discute acerca de “Quiénes fue-
ron los pobladores de América”:

Puedo afirmar, sin peligro de engañarme, que no se encontrará ni entre las


vivas ni entre las lenguas muertas de Europa, dos más diversas entre sí que la
mexicana, la otomí, la tarasca, la maya y la mixteca, cinco lenguas dominan-
tes en diversas provincias del reino de México. Y así sería un grande despro-
pósito decir que semejantes lenguas americanas hayan sido diversos “dialec-
tos” de una lengua madre.

Y pregunta:

¿Cómo es posible que una nación alterase del tal modo su primitivo lenguaje
o lo multiplicase en tantos “dialectos” tan diversos entre sí, que no hubiese,
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francisco belmar y su peculiar concepto de “dialecto” 233

aun después de muchos siglos, muchas voces comunes a todos, o a lo menos


que no hubiese en ellos alguna afinidad o quedase algún rastro de su origen?13

Hervás, por su parte, emplea copiosamente el término “dialecto”


tanto en la edición italiana de su Catálogo cuanto en la versión espa-
ñola de éste, publicada en Madrid entre 1800 y 1805 con el largo tí-
tulo de Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, y numeración, di-
visión y clases de éstas según la diversidad de sus idiomas y dialectos. En
todos los casos el autor emplea la palabra “dialecto” en el sentido de
variante o variantes regionales de una lengua matriz,14 y en este mis-
mo sentido la emplean varios de los jesuitas que colaboraron con él
en materia de informes lingüísticos, según se constata en algunos do-
cumentos que transcribe.15
Hasta aquí la historia de la palabra con sus diferentes acepciones,
desde sus primeras documentaciones en español, hasta principios del
siglo XIX, fecha en que se publica la edición castellana del Catálogo de
Hervás. En lo sucesivo, y por lo que respecta a México, los historiado-
res y filólogos del siglo XIX como, por ejemplo, Manuel Orozco y Be-
rra y Francisco Pimentel usarán la palabra en el sentido técnico de va-
riante regional o geográfica de una lengua.
Pero ¿qué pasa con Francisco Belmar y cuál era en concreto su
concepto de “dialecto” para que lo tildemos de “peculiar”? Este dis-
tinguido lingüista y etnógrafo nacido en Tlaxiaco, Oaxaca en 1859,
es hoy considerado por muchos como el estudioso de asuntos lingüís-
ticos más completo de su tiempo, los finales del siglo XIX y principios

13 Francisco Javier Clavijero, Historia antigua de México, edición de Mariano Cuevas,

México, Porrúa (Sepan cuantos…, 29), 1971, p. 430.


14 Por ejemplo, en la edición italiana del Catálogo, leemos: “Gli indiani chiamano

parenti tutte quelle nazioni che parlano “dialetti” di una stessa lingua matrice”.
15 Por ejemplo, en la carta que transcribe de un jesuita mexicano en el vol. I, cap.

VI, “Lenguas que se hablan en el continente de la Nueva-España”, pp. 286-287: “II: Las
lenguas que v. pone en su catálogo se hablan ciertamente en la Nueva-España, y de
ellas se usan también varios “dialectos”, de que no me es posible darle una noticia dis-
tinta, ni tampoco de las misiones que los jesuitas mexicanos tenían. Las misiones de
éstos contenían centenares de millares de almas; y no pocas veces acontecía, que en
una misma misión se hablaban varios “dialectos” de una misma lengua matriz. III. En
la provincia de Nayarit (la más cercana al México) había siete misiones con diez luga-
res de neófitos: en algunos de estos lugares se hablaba la lengua cora, y en otros un
“dialecto” de la lengua mexicana”.
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234 ignacio guzmán betancourt

del XX. Puede considerárselo también, junto con fray Manuel de San
Juan Crisóstomo Nájera (1803-1853) y Francisco Pimentel (1832-
1893), como uno de los tres más importantes introductores e impul-
sores de la moderna lingüística en México. Continuador y corrector
de la obra de Orozco y Berra (1816-1881) en lo referente a clasifica-
ción y distribución de las lenguas indígenas de México, y de Pimen-
tel en cuanto a la pluralidad y amplitud de intereses en la materia,
sus trabajos lingüísticos, publicados entre 1890 y 1914, dieron la pau-
ta para la práctica científica de la lingüística antropológica en nues-
tro país. En efecto, aunque de formación autodidacta en esta disci-
plina, como el resto de sus contemporáneos, logró no obstante
hacerse de sólidas bases teóricas y metodológicas vigentes en la cien-
cia lingüística del momento. Su perfecto dominio de las principales
lenguas europeas y sus contactos personales con instituciones y agru-
paciones académicas y con especialistas de varias nacionalidades, le
llevó a estar enteramente al día en lo referente a publicaciones y
avances en los campos de su interés. El profesor Leonardo Manrique
ha efectuado un recuento de los autores y obras citados por Belmar
en su obra póstuma inconclusa, la Glotología indígena mexicana (1914-
1921), hallando 217 autores, 91 de ellos como fuentes de datos lin-
güísticos y el resto como teóricos o estudiosos del lenguaje o de cier-
tas familias y lenguas mexicanas.16 Entre las obras citadas, sin
considerar las escritas en español, Manrique cuenta 24 en francés, 13
en alemán, 9 en inglés y 3 en italiano. Fue además buen conocedor
y crítico de los trabajos lingüísticos sobre lenguas indígenas redacta-
dos en México durante la época colonial, e incluso reeditó algunos
de ellos como, por ejemplo, el Arte de la lengua mixe de fray Agustín
Quintana, cuya primera edición apareció en Puebla en 1729, y hoy
día inasequible.
Pues bien, este destacadísmo pionero de la moderna lingüística an-
tropológica mexicana, manejaba una noción de dialecto que no po-
demos menos que juzgar de desconcertante, por tratarse de un indi-
viduo tan perspicaz y bien informado, sobre todo en asuntos
relacionados con la clasificación y tipología de las lenguas indígenas

16
Cf. Leonardo Manrique Castañeda, “Francisco Belmar”, en Lina Odena Güemes
y Carlos García Mora (coords.), La Antropología en México. Panorama histórico, México,
INAH, 1988, vol. 9, p. 290.
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francisco belmar y su peculiar concepto de “dialecto” 235

de México, que es uno de los contextos donde con mayor frecuencia


se emplea este término y concepto. Basta revisar aun someramente
sus publicaciones lingüísticas para reparar con cuánta laxitud emplea
el término, tanto en el sentido propio de la dialectología, es decir, pa-
ra referirse a las variantes regionales de las lenguas, como en la acep-
ción de idioma o lengua. Y esto a pesar de que en su ambiciosa obra
póstuma, la Glotología indígena mexicana, dedica varias páginas de un
capítulo a discutir qué debe entenderse por “dialecto” de acuerdo
con los más autorizados filólogos y lingüistas y obras de referencia de
aquel tiempo: Littré, Jacquet, Giacomo di Gregorio, Max Müller,
Grimm, Hervás, Whitney, etc.17 Tras la exposición y discusión de las
ideas de estos autores, Belmar concluye “que no hay una diferencia
esencial entre los conceptos que nos formamos de las voces lengua,
idioma y dialecto”. Sin embargo, al referirse en concreto, en ese mis-
mo capítulo, a los “dialectos indígenas” –y he aquí la clave del porqué
usa indistintamente el término “dialecto” para referirse a las lenguas
indígenas y viceversa– explica que, de acuerdo con Whitney, “las len-
guas del territorio mexicano deben tomarse como dialectos si se con-
sideran relacionadas con otras” (p. 128). Por ello usa indiferentemen-
te los términos “lengua”, “idioma” y “dialecto”, creando así una
confusión terminológica y conceptual que lo rebasa.
Este empleo ambivalente del término “dialecto” se registra en mu-
chos de los escritos publicados por Belmar, y en algunos casos el uso
que hace de él parece conllevar un matiz negativo, como éste que ha-
llamos al inicio de uno de sus principales trabajos, Familia mixteco-za-
poteca y sus relaciones con el otomí (México, 1905): “Su idioma [de los za-
poteca], conocido con el nombre de tehuano, tehuentepecano,
zapoteco de Tehuantepec, o zapoteco de tierra caliente, es sólo un
dialecto, en la actualidad en decadencia”.
En conclusión, se puede conjeturar que la costumbre de llamar
“dialectos” a las lenguas indígenas, mal entendidas a veces como for-
mas de expresión asistemáticas, degradadas, inferiores, decadentes,
etc., proviene de los propios filólogos y lingüistas que se ocuparon del
estudio de estas lenguas, sobre todo durante el siglo XIX y principios
del XX.

17 “Capítulo VI. Lenguaje en general. Lenguas. Idiomas. Dialectos. Jergas”, pp. 119-
130.
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DE SILVA Y ACEVES A SANTAMARÍA: HACIA UNA


LINGÜÍSTICA MEXICANA1

PEDRO MARTÍN BUTRAGUEÑO*


REBECA BARRIGA VILLANUEVA*

En este trabajo pretendemos explorar una de las fases más importan-


tes en la formación de la lingüística moderna en México, que va de
1933, año en que se empieza a publicar la revista Investigaciones Lin-
güísticas, dirigida por Mariano Silva y Aceves, a 1959, fecha en que ve
la luz el Diccionario de mejicanismos de Santamaría.2 Estas fechas no só-
lo son importantes para la historia de la lingüística mexicana. Es la
época de expansión del estructuralismo. En 1933 aparece Language
de Bloomfield. De 1943 es Phonemics de Pike. En 1945 Amado Alon-
so traduce el Curso de lingüística general de Saussure. En 1954 Margit
Frenk y Antonio Alatorre traducen El lenguaje de Sapir. Poco antes de
la aparición del Diccionario de Santamaría se habían publicado el Cour-
se de Hockett (1958), que resume las enseñanzas del estructuralismo,
e incluso las revolucionarias Syntactic Structures de Chomsky (1957).
Mientras tiene lugar esta efervescencia estructuralista, la actividad lin-
güística en México continúa relativamente al margen de estos desa-
rrollos, con dos excepciones. Por un lado, la Nueva Revista de Filología
Hispánica (fundada en 1947) alberga numerosos trabajos de estilísti-
ca, corriente bien recibida en la tradición hispanística,3 pero que al
menos en parte era una reacción al estructuralismo europeo. Por
otro, los lingüistas del Instituto Lingüístico de Verano, que llegan a

* El Colegio de México.
1 Este trabajo forma parte del proyecto “Principios, paradojas y etapas de la lingüís-

tica en México”, que estamos desarrollando en el Centro de Estudios Lingüísticos y Li-


terarios de El Colegio de México.
2 Por el momento nuestro objetivo se reduce a dar un panorama general de los he-

chos que prefiguran los rasgos distintivos de la actual lingüística mexicana. Sin asumir
que 1933 y 1959 sean de manera precisa los que definen el nacimiento de una lingüís-
tica científica, sí consideramos que son años particularmente simbólicos.
3 Ya en 1938, Pedro Henríquez Ureña había publicado una recopilación de traba-

jos sobre el español de México (y Estados Unidos y América Central), seminal para es-
ta tradición.

[237]
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238 pedro martín butragueño y rebeca barriga villanueva

México hacia 1934, nutren sus trabajos con las perspectivas del distri-
bucionalismo estadunidense.4
Una de nuestras hipótesis es que para que surja una lingüística cien-
tífica deben cumplirse, al menos, tres condiciones. Se requiere, en pri-
mer lugar, de la presencia de personalidades capaces de crear escuela
y producir obras ejemplares –en el sentido literal. También deben sur-
gir estructuras que permitan la investigación, la docencia, la disponibi-
lidad y la difusión del conocimiento: en otras palabras, que haya facul-
tades y departamentos, bibliotecas y laboratorios, revistas y reuniones
académicas. En fin, hace falta una reflexión explícita sobre las relacio-
nes entre el dato lingüístico y las generalizaciones que se pueden cons-
truir a partir de este dato; es decir, se requiere de un examen conscien-
te de los métodos, una metodología en el sentido etimológico.
En el tercio medio del siglo XX mexicano varias personalidades ca-
paces y notables cumplían bien con la primera condición. A lo largo
del periodo, sólo se cubrirá una parte de las etapas que lleven al cum-
plimiento de las otras dos condiciones. Sólo al final de esta época, en
la década de los años cincuenta, se empieza a vislumbrar el perfil de
lo que se esperaría de una lingüística moderna.
Una segunda hipótesis es que la lingüística mexicana de este perio-
do se encuentra escindida entre dos grandes tradiciones, la hispáni-
ca y la indigenista, sin lograr una fisonomía propia. A pesar del des-
pertar de la actividad lingüística en el último decenio de la etapa que
estudiamos, ambas tradiciones empiezan a crecer por separado, en
ignorancia mutua, aunque con algunos paralelismos interesantes.
Silva y Aceves es de los primeros en tener en México una clara idea
académica del quehacer lingüístico, de la necesidad de crear una es-
tructura dotada de centros de enseñanza, bibliotecas, laboratorios y
revistas. Por su parte, el Diccionario de mejicanismos de Santamaría es
quizá la última gran obra individual que puede producirse hasta cier-
to punto fuera de la estructura académica desarrollada especialmen-
te en los años cincuenta y sesenta.
No había muchas razones para sentirse optimista por el futuro de
los estudios lingüísticos en México hacia 1933. En el primer número

4
De hecho, los miembros del ILV van actualizando con los años sus posturas teóri-
cas. Por ejemplo, Sarah Gudchinsky, en sus trabajos sobre el mazateco, incluía ya en
1959 elementos analíticos generativistas.
GuzmanBetancourt 16 5/11/04 2:30 PM Page 239

de silva y aceves a santamaría: hacia una lingüística mexicana 239

de Investigaciones Lingüísticas (IL), Mariano Silva y Aceves describía la


situación con gran perspicacia:

Los estudios lingüísticos en México, han estado reducidos, por lo que ve a la


lengua española, a las clases de esa asignatura que se vienen dando en la escue-
la primaria, como clases de lenguaje con nociones gramaticales; en la escuela
secundaria, a dos años de estudios gramaticales y un año dedicado al desa-
rrollo histórico de la literatura española, lectura de las principales obras,
orientaciones críticas y formas de estilo, todo en el mismo curso. En la Facul-
tad de Filosofía y Letras a una cátedra de filología española que dura un año,
y a una cátedra de fonética general que dura otro año. Por lo que ve a las len-
guas indígenas, sólo en la Facultad de Filosofía y Letras existe una cátedra de
mexicano y otra de lengua maya (p. 1).

Investigaciones Lingüísticas era el órgano del Instituto Mexicano de


Investigaciones Lingüísticas (IMIL), fundado también por Mariano Sil-
va y Aceves. El IMIL es paradigmático en la historia de la lingüística
mexicana,5 es el primer intento de sistematizar los estudios lingüísti-
cos, reducidos por entonces a la enseñanza de la lengua española. La
concepción de la lingüística expresada en las páginas de la revista era
a la vez muy amplia y muy difusa, una especie de collage en el que se
mezclan lenguaje, filología, antropología y literatura. Por ejemplo,
en un mismo número aparecen en su índice temas tan dispares co-
mo “La agonía del francés”, “Sobre nombres e hipocorísticos” y “El
habla de Tabasco”.6 Frente a la escisión de las tradiciones lingüísticas,

5 Las tareas fijadas para los llamados miembros activos del IMIL eran realmente muy

ambiciosas. Debían emprender: i] estudios pedagógicos en la enseñanza de idiomas


que se hace en las escuelas mexicanas; ii] estudios fonéticos con aplicación a los fenó-
menos lingüísticos de México; iii] estudios lexicográficos y etimológicos tanto del es-
pañol como de las lenguas indígenas; iv] estudios críticos, estilísticos e históricos en
obras de la literatura mexicana; v] estudios bibliográficos; vi] estudios gramaticales
tanto del español como de las lenguas indígenas; vii] estudios de provincialismos, re-
gionalismos o lenguajes especiales que se usan en México; viii] estudios de formas lin-
güísticas de nuestro español, influidas, ya sea por las lenguas nativas o por idiomas ex-
tranjeros; ix] estudios de metodología de la enseñanza de lenguas clásica (latín y
griego) en las escuelas universitarias (ibid., p. 5).
6 Es muy interesante asomarse a los índices de los pocos números publicados, por-

que los autores y las temáticas que tratan son buen reflejo de la actividad lingüística
del momento.
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240 pedro martín butragueño y rebeca barriga villanueva

la meta general del Instituto era la dignificación de nuestras lenguas


indígenas y la valorización del español que hablamos. “No creemos
que el acercamiento de los dos Méxicos –escribe Silva y Aceves–, y me-
nos aún la fusión de ellos, dentro de la idea tantas veces invocada de
la unidad nacional, pueda hacerse sin contar con la organización de
una cultura lingüística” (ibid., p. 9). El deseo de armonizar hispanis-
mo e indigenismo será una de las mistificaciones de la lingüística me-
xicana en muchos momentos de su historia.7
Es interesante notar la ausencia de personalidades mexicanas de-
dicadas a la lingüística en el Instituto. Ni en la lista inicial de miem-
bros honorarios, en la que aparecen los españoles Menéndez Pidal,
Castro, Navarro Tomás, García Solalinde, García de Diego, Onís y A.
Alonso, los alemanes Doehner, Hatzfeld, Pfandl, Spitzer, Lehmann,
el cubano Dihigo, el dominicano Henríquez Ureña y como único me-
xicano Alfonso Reyes (por entonces en Brasil), ni en la de miembros
activos, en la que figuran, entre otros, Julio Jiménez Rueda, José Go-
rostiza, Agustín Yáñez, Rafael Heliodoro Valle, además de Andrés He-
nestrosa y Manuel Gamio, hay un solo mexicano al que hoy pudiéra-
mos reconocer inequívocamente como lingüista. Hay, sí, personas
cultas y con prestigio social, personas interesadas en el lenguaje, lite-
ratos, pero no académicos propiamente dichos.8
Veamos algunos de los principales hitos del desarrollo de la lin-
güística en México en los años treinta, cuarenta y cincuenta.
Al revisar las listas de publicaciones aparecidas a lo largo de estas
tres décadas,9 hay varios hechos que llaman la atención. Si se compa-

7 “Ya hemos dicho que en México, al aspirar a la especialización lingüística, no po-

demos prescindir de nuestras numerosas e importantes lenguas nativas. Nuestro Insti-


tuto ha descubierto que los trabajos lingüísticos en México son más activos en esta ma-
teria que en el español mismo, y que los extranjeros cultos muestran por estos estudios
tanta o más curiosidad que los mexicanos” (ibid., p. 62).
8 “En cuanto a los lingüistas que trabajan en México, no hemos hecho designación

honoraria, porque esperamos tener la satisfacción de que los indudables valores cien-
tíficos que en esta materia tenemos se sientan comprometidos al igual que nosotros”
(ibid., p. 58).
9 Las publicaciones periódicas en que aparecen trabajos lingüísticos entre 1933 y

1959 dan idea de las posibilidades del momento. Por supuesto, la lista es mucho más
reducida que en decenios posteriores. Algunas son efímeras. Muchas son revistas cul-
turales, más que académicas. Buena parte son históricas, geográficas o sociológicas. Ca-
si ninguna es exclusivamente lingüística o por lo menos filológica. Nos parece intere-
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de silva y aceves a santamaría: hacia una lingüística mexicana 241

ran los trabajos de lingüística hispánica con los de lingüística indíge-


na, son pocos los estudiosos que aparecen en ambas nóminas. Entre
las excepciones se cuenta a Dávila Garibi, con sus estudios de toponi-
mia mexicana, influencia del náhuatl en el diminutivo en español, la
escritura del náhuatl, además de varios trabajos sobre el cora, el ca-
híta o el ópata, o un epítome de raíces nahuas. En conjunto hay bas-
tantes más publicaciones sobre las lenguas indígenas de México que
sobre el español en el periodo que nos ocupa. Sin embargo, una bue-
na proporción de estos trabajos fueron redactados por miembros del
Instituto Lingüístico de Verano. En buena medida, la lingüística in-
digenista no estaba siendo construida desde dentro de la lingüística
mexicana como tal. Aunque los lingüistas del ILV aplicaban los nue-
vos enfoques que iban surgiendo en Estados Unidos, hay un abismo
entre su trabajo y el que realizaban los investigadores locales. En me-

sante ofrecer una lista de las revistas activas en el periodo. PUBLICACIONES YA EXISTENTES
EN 1929: Boletín de la Biblioteca Nacional (México, Biblioteca Nacional, 1904-1967); Bo-
letín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (México, Sociedad Mexicana de
Geografía y Estadística, 1839-1983?); Excélsior (México, 1917?); El Libro y el Pueblo (Mé-
xico, Departamento de Bibliotecas, Secretaría de Educación Pública, 1922-1970?); Me-
morias de la Academia Mexicana (México, Academia Mexicana, 1876?; suspendida entre
1910-1944, 1975-1984); El Nacional (México, G. Bosques, 1929-1998); Revista Mexicana
de Estudios Antropológicos (México, Sociedad Mexicana de Antropología, 1927?-1980?;
suspendida entre 1929-1938). NACIDAS EN LOS AÑOS 30: Ábside. Revista de Cultura Mexica-
na (México, 1937-1979?); Boletín Bibliográfico de Antropología Americana (México, Insti-
tuto Panamericano de Geografía e Historia, 1937-1979); Investigaciones Lingüísticas, Mé-
xico, Instituto Mexicano de Investigaciones Lingüísticas, UNAM, 1933-1938); Lectura.
Revista crítica de ideas y libros (México, 1937-1967?); Letras de México (México, Costa Amic,
1937-1947); Orbe (Mérida, Yucatán, Departamento de Publicidad, Universidad Nacio-
nal del Sureste, 1937-1978); Revista Mexicana de Sociología (México, Instituto de Inves-
tigaciones Sociales, UNAM, 1939→); Yikal Maya Than (Mérida, 1939?-al menos hasta
1951). NACIDAS EN LOS AÑOS 40: América Indígena (México, Instituto Indigenista Intera-
mericano, 1941→); Anales del Instituto Nacional de Antropología e Historia (México, INAH,
núm. 2, 1941-1946; núm. 17, 1965); Anuario de la Sociedad Folklórica de México (México,
1940, al menos hasta 1945); Boletín Bibliográfico Mexicano (México, Porrúa, 1940→);
Cuadernos Americanos (México, 1942→); Memorias de la Academia Mexicana de la Historia
(México, 1942→); Nueva Revista de Filología Hispánica (México, Centro de Estudios Lin-
güísticos y Literarios, El Colegio de México, 1947→). NACIDAS EN LOS AÑOS 50: Boletín
Bibliográfico (México, Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 1954-1974→); Estudios
de Cultura Náhuatl (México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1959→);
Historia Mexicana (México, El Colegio de México, 1951→); Revista de la Universidad de
México (México, UNAM, 1959→); Revista de la Universidad de Yucatán (Mérida, Departa-
mento de Difusión y Relaciones de la Universidad de Yucatán, 1959→).
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dio de dos grandes vertientes, la estadunidense (obvia desde 1934) y


la hispanística filológica (más claramente implantada a fines del de-
cenio de los cuarenta), se forma una lingüística local o regional, sin
grandes vuelos teóricos ni metodológicos. En ese ambiente surgen es-
tudios del tipo de los emprendidos por Gutiérrez Eskildsen sobre el
habla de Tabasco. La labor de Gutiérrez Eskildsen, con repercusio-
nes en el mundo normalista, es de las más interesantes del periodo.
González Casanova, a caballo entre la lingüística y la etnología, publi-
có en los años treinta un trabajo sobre los hispanismos en el azteca y
se interesó por un método fonofotográfico para estudiar los idiomas
indios.10 Varios hispanistas extranjeros son determinantes en el naci-
miento de la hispanística científica. Debe analizarse en más detalle el
papel de Pedro Henríquez Ureña, Amado Alonso, Delos L. Canfield,
Yakov Malkiel, Peter Boyd-Bowman, Joseph Matluck y, desde luego,
la figura de Juan M. Lope Blanch. La producción de estos investiga-
dores se vuelve mucho más ejemplar –es decir, sus trabajos son mo-
delos para los proyectos, tesis e investigaciones puntuales que se em-
piezan a elaborar desde fines de los años cuarenta–, que la elaborada
por maestros como Dávila Garibi, Barrera Vásquez o Bolaño e Islas.
Varios de estos maestros tuvieron una actividad docente intensa y lle-
gan a publicar manuales de difusión, pero su obra propiamente de in-
vestigación lingüística es escasa.
Paralelamente a este desarrollo, en la lingüística indigenista, jun-
to a la labor de investigadores locales como Dávila Garibi, Garibay,
Mendizábal, Jiménez Moreno, Mediz Bolio, la labor académica de
Swadesh representa el puente entre la lingüística estadunidense y las
nuevas generaciones de alumnos mexicanos a partir de 1939 y, en es-
pecial, después del regreso de Swadesh en 1956, invitado por el Ins-
tituto Nacional Indigenista. Aunque Whorf estuvo esporádicamente
en México, las otras dos figuras estadunidenses que más influyeron
en este momento –y también después– fueron Pike y Nida, que pron-
to empiezan a colaborar con especialistas locales como Romero Cas-
tillo, por lo menos desde 1946. Debe mencionarse también a Mc-
Quown como parte de una presencia relevante en esta lingüística en
proceso de formación.

10 La idea resulta tan novedosa dentro del campo de la lingüística mexicana que

merece ser retomada en un estudio aparte.


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En el cuadro siguiente tratamos de resumir los temas y los enfo-


ques más privilegiados en las dos tradiciones en ciernes:

Nivel Lingüística hispánica Lingüística indígena


fonético Estudios dialectales: En función de la fonología;
dos etapas pocos trabajos dialectales
1. H. Ureña, G. Eskildsen
2. Boyd-Bowman, Matluck,
Cárdenas
fonológico Alonso: fonema a lo ILV:
la versión distribucionalista
Courtenay Propuesta de alfabetos
morfológico Sufijos, estudios dialectológicos Estudios puntuales y gramáticas
descriptivas
sintáctico Lope Blanch: Observaciones Estudios puntuales y gramáticas
(1955) descriptivas
léxico- Estudios (casi siempre
semántico históricos):
1. etimologías 1. préstamos
2. vocabularios (dialectales 2. vocabularios bilingües
y jergales)
3. préstamos 3. onomástica (sobre todo
toponimia)
4. onomástica (sobre todo
toponimia)
textual Textos literarios, estudios Textos orales, narraciones
estilísticos

CONSIDERACIONES FINALES

Como hemos propuesto, para que exista una tradición científica son
necesarias al menos tres condiciones: i] que haya personalidades con
la formación y la visión necesarias; ii] una estructura académica via-
ble; iii] una conciencia metodológica que asegure una determinada
construcción de los datos.
La tradición de elaborar estudios eruditos sobre ciertos aspectos
del lenguaje ha acompañado siempre a los estudios propiamente aca-
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244 pedro martín butragueño y rebeca barriga villanueva

démicos. En realidad, esta tradición es previa al estudio científico del


lenguaje y sigue viva en la actualidad. Aunque 1959 no es la fecha en
que concluya este tipo de estudios, sí es cuando aparece el quizá más
importante trabajo de esta tradición, el Diccionario de mejicanismos de
Santamaría.
Henríquez Ureña es el puente que vincula a Silva y Aceves con el
hispanismo internacional. Son los hispanistas extranjeros de Investi-
gaciones Lingüísticas los que vuelven a aparecer en 1947 en la Nueva
Revista de Filología Hispánica. El círculo mexicano de Investigaciones (en
el que se encuentran, por ejemplo, Dávila Garibi y Gutiérrez Eskild-
sen, dos de los lingüistas más activos en nuestro periodo), no reapa-
rece en la NRFH. Silva y Aceves había conseguido reunir en las páginas
de IL escritos de hispanistas foráneos, de indigenistas estadunidenses
y de la incipiente labor filológica mexicana del momento. Sin embar-
go, IL no pudo sobrevivir a la muerte de su fundador y se malogró la
ambiciosa idea de unificar los estudios sobre el español y las lenguas
indígenas.
Los lingüistas del ILV publican entre 1937 y 1959 una enorme can-
tidad de trabajos que contienen datos de las lenguas indígenas de Mé-
xico. Algunos son teóricos, bastantes son de aplicación lingüística y
muchos descriptivos. Abordan todos los niveles lingüísticos. Sin em-
bargo, hay una gran desproporción entre este volumen de trabajo y
sus repercusiones directas sobre el desarrollo de la lingüística en Mé-
xico. Los miembros del ILV ejercían la docencia y publicaban muy ma-
yoritariamente en Estados Unidos, lo que quizá explique en parte el
problema. Por otro lado, sí hubo varias relaciones episódicas –que
queremos analizar en detalle en un trabajo posterior. Como ya hemos
mencionado, Moisés Romero Castillo colaboró con Pike y con Nida.
Robert J. Weitlaner, junto con Wigberto Jiménez Moreno y J. Ignacio
Dávila Garibi, entre otros, impartía lingüística de idiomas indígenas
en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional desde
1937. En IL publican Lathrop, Miller, Kenneth y Victoria Pike, Nida y
Townsend. Ahí mismo llegaron a incluirse cartillas para la enseñan-
za de lenguas indígenas elaboradas por el ILV. La repercusión más im-
portante del trabajo del ILV debe haber sido contribuir a destacar la
necesidad del trabajo de campo, del trabajo descriptivo que emplea
datos vivos y de primera mano.
Cabe señalar que Swadesh, central en el desarrollo de la lingüísti-
ca mexicana dedicada al estudio de las lenguas indígenas, apenas em-
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pieza a ejercer influencia en nuestro periodo.11 Será el verdadero ini-


ciador de la tradición de estudios científicos indigenistas, permitida
por su formación y por la estructura académica ya existente en los
años cincuenta. Ambas cosas lo separan de Silva y Aceves, abogado y
humanista, maestro y no investigador, visionario que colaboró en lo
que pudo en la creación de una estructura académica.
En cuanto a los temas trabajados, los estudios hispánicos se intere-
san más por la fonética dialectal; los indigenistas por la fonología. La
dialectología es también el horizonte de la mayoría de los trabajos
morfosintácticos del español. En cambio, lo que se intenta es escribir
gramáticas descriptivas de las lenguas indígenas. El interés por el lé-
xico es semejante. Por fin, en el nivel textual, los trabajos hispánicos
se concentran en el análisis estilístico de textos literarios. Los estudios
indigenistas, en cambio, buscan documentar el nivel discursivo oral.
¿Podemos decir que estos tres decenios son el periodo fundante
de la lingüística en México? Sí y no. Un indicio externo es la apari-
ción de escuelas, revistas y reuniones. Estas estructuras van aparecien-
do gradualmente, aunque el decenio de 1950 parece en especial sig-
nificativa. La cuestión central es el carácter científico de los datos, la
conciencia metodológica con que se aborden (la tercera condición
de la que hablábamos). La lingüística científica nace en México, en
particular, cuando los investigadores, indigenistas o hispanistas, deci-
den acudir al campo y estudiar directamente las hablas vivas, para pos-
teriormente segmentarlas y clasificarlas. Será una lingüística ante to-
do descriptiva y taxonómica, más interesada en la recolección y en el
análisis que en la interpretación teórica de los datos, pero es ya una
lingüística científica.

11 Su formación es netamente lingüística. Fue alumno de Sapir y sus intereses eran

muy amplios: del nootka al ruso y del zapoteco al birmano. Desde 1956, se instala de-
finitivamente en México y hasta su muerte en 1967, como profesor en la Escuela de
Antropología y en la Universidad Nacional.
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