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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

18 DE DICIEMBRE, 1970

15:17 P.M.

Que clima Brontëano, pensó el doctor Barrett.


La incesante lluvia, el frío y el viaje de dos horas desde Manhattan en una de
esas largas limosinas tapizadas en cuero negro de Deutsch, le habían parecido
una escena pergeñada por las hermanitas Brontë; reprimió una sonrisa al imagi-
narse protagonizando algún moderno novelón gótico. Ahora, esperaba sentado en
este lujoso corredor, mientras hombres y mujeres desconcertados lo miraban de
soslayo de vez en cuando, mientras entraban y salían apresuradamente del dor-
mitorio del moribundo. Sacó su reloj del bolsillo del chaleco y levantó la tapa.
Había estado esperando aquí más de una hora.
¿Para qué me habrá traído Deutsch? Se preguntó intrigado.
Tratar algún asunto sobre parapsicología era lo más probable; en los últimos
tiempos, la cadena de diarios y revistas del viejo Deutsch había florecido publi-
cando obsesivamente toda clase de artículos sensacionalistas sobre esa temática:
«EL REGRESO DE LA TUMBA» o «LA CHICA QUE NO PODÍA MORIR», eran ejem-
plos bastante típicos. Constantemente desvergonzados, raramente objetivos.
Sobresaltándose en el esfuerzo, el doctor Barrett levantó su pierna derecha sobre
su izquierda. Era un hombre alto, ligeramente excedido de peso, cincuentón, con
un delgado cabello rubio que permanecía inalterado en color, aunque su barba
recortada mostraba huellas de blanco. Se irguió en la silla de respaldo recto fren-
te a la puerta del dormitorio de Deutsch. Pensó en Edith. Debe estar inquieta en
el piso de abajo y sintió pesar de que ella hubiera venido. Aunque no había tenido
forma de saber que este trámite demoraría todo este tiempo.
Al fin, la puerta del dormitorio de Deutsch se abrió, y su secretario personal, Han-
ley, salió y lo llamó.
Barrett alcanzó su bastón y, levantándose, caminó cojeando a través del vestíbu-
lo, deteniéndose detrás de Hanley hasta que éste entró y lo anunció.
—El doctor está aquí, señor —dijo el secretario. Luego entró en el cuarto. Hanley
cerró la puerta detrás de él.
El oscuro dormitorio revestido con molduras era colosal.
El santuario del monarca, pensó Barrett mientras caminaba a través de la alfom-
bra. Se paró de frente a la cama maciza, y miró al viejo que dificultosamente se
sentaba. Rolf Rudolph Deutsch de ochenta y siete años, calvo y esquelético, lo
atisbaba con atención desde la perspicaz oscuridad de sus cavidades oculares
huesudas.
Barrett sonrió.

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—Buenas tardes —dijo, intrigado como este carcamal había erigido un imperio
editorial.
—Usted está lisiado —la voz de Deutsch era áspera—. Nadie me informó sobre
eso.
—¿Perdón? —Barrett se quedó rígido.
—No importa —Deutsch le cortó—. No es tan importante, después de todo. Mi
personal lo ha recomendado; dicen que usted es uno de los cinco mejores en su
campo —aspiró aliento trabajosamente—. Su retribución será de cien mil dólares
y su encargo será establecer hechos factibles.
—¿Referentes a qué? —preguntó Barrett.
Deutsch pareció indeciso acerca de contestar, como si buscara las palabras ade-
cuadas. Finalmente dijo: —Supervivencia después de la muerte.
—¿Usted me necesita para. ? —empezó Barrett.
—Para decirme si de una vez si eso es posible o no —contestó el viejo.
El corazón de Barrett brincaba. Cien mil dólares.
—No son mentiras piadosas las que quiero —dijo Deutsch—; compraré la res-
puesta verdadera, cualquiera que esta sea. Siempre que sea definitiva.
Barrett sintió un disgusto de desesperación.
—¿Y cómo tengo que hacer para convencerlo? —se vio forzado a decirlo.
—Dándome hechos —Deutsch contestó irritado.
—¿Y dónde debo encontrarlos? Soy un físico. En los últimos veinte años que he
estudiado parapsicología, jamás he visto...
—Si existen —Deutsch interrumpió—, los encontrará en el único lugar de este
planeta en dónde sé que nunca pudieron ser refutados: la casa Belasco en Maine.
—¿En Hell House? ¿La Casa del Infierno?
Algo brilló intensamente en los ojos del viejo.
—La Casa del Infierno, así es.
Barrett sintió un hormigueo de excitación.
—Pensé que los herederos de Belasco la habían sellado completamente después
de lo que ocurrió...
—Eso fue treinta años atrás —Deutsch le interrumpió otra vez—. Necesitan el di-
nero ahora; he comprado el lugar—. ¿Podría empezar allí este lunes?
Barrett vaciló; luego, viendo a Deutsch comenzar a fruncir el ceño, asintió con la
cabeza una vez.
—Sí —no podría dejar pasar esta oportunidad.
—Habrá otros dos con usted —dijo Deutsch.
—¿Le puedo preguntar quienes?
—Florence Tanner y Benjamin Franklin Fischer.
Barrett intentó no demostrar la decepción que sintió. ¿Una médium espiritista ul-
trasensible y el único sobreviviente del desastre de 1940? Se preguntó si eran los
indicados. Tenía su propio grupo de ayudantes y no veía cómo Florence Tanner o
Fischer podrían ser de alguna ayuda para él. Fischer había demostrado habilida-

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des increíbles cuando era un niño, excepto después del colapso donde obviamen-
te había perdido su don, y, después de haber sido atrapado en fraude cierto nú-
mero de veces, finalmente desapareció.
Además, Deutsch le dijo que Florence Tanner volaría al norte con él, mientras Fis-
cher los encontraría en Maine.
El viejo notó su expresión. —No se preocupe, usted estará a cargo —dijo.
—Tanner estará presente solo porque mi gente dijo que ella es una médium de
primera clase...
—Una médium mental —murmuró Barrett.
—Y me gustaría que la línea de respeto continúe —continuó Deutsch, como si Ba-
rrett no hubiera hablado—. La presencia de Fischer es obvia.
Barrett inclinó la cabeza. No había caso. Tendría que dejar afuera a uno de sus
colegas después de que el proyecto estuviera en proceso.
—En lo que se refiere a los costos... —empezó.
El viejo se agitó completamente. —Hable de eso con Hanley. Usted tiene fondos
ilimitados.
—¿Y el tiempo?
—Eso es algo que usted no tiene —contestó Deutsch—, quiero la respuesta en
una semana.
Barrett se mostró consternado.
—¡Tómelo o déjelo! —El viejo explotó con una incomprensible furia, repentina,
desnuda en su expresión. Barrett supo que tenía que acceder o perder la oportu-
nidad y habría una chance si pudiera construir su máquina a tiempo.
Inclinó la cabeza una vez. —De acuerdo. Una semana.

3:50 P.M.

—¿Alguna otra cosa? —preguntó Hanley.


Barrett revisó los artículos en su mente otra vez. Una lista de todos los fenóme-
nos observados en la casa Belasco; la restauración de su instalación eléctrica; la
instalación del servicio telefónico; la piscina y el cuarto de baños turcos, hecho
especialmente para él. Barrett ignoró el ceño fruncido del secretario cuando men-
cionó el cuarto ítem. Una zambullida diaria y un baño de vapor eran obligatorios
para él.
—Un artículo más —dijo—. Trató de sonar informal pero consideró que su excita-
ción aleccionaría—. Necesito una máquina. Tengo las heliografías para eso en mi
apartamento.
—¿Qué tan pronto la necesitará usted? —preguntó Hanley.
—Tan pronto como sea posible.
—¿Es grande?
Veinte años, pensó Barrett. —Muy grande —dijo.

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—¿Eso es todo?
—Es todo lo que puedo pensar por el momento. Además no he mencionado los
recursos de vivienda, por supuesto.
—Hemos renovado suficientes habitaciones, y un matrimonio de Caribou Falls
preparará y entregará sus comidas. —Hanley pareció a punto de sonreír—. Se
han rehusado a pasar la noche en la casa.
Barrett se levantó. —Es lo mejor. Sólo me estorbarían.
Hanley le guió hacia la puerta de la biblioteca. Antes de que la alcanzasen, fue
abierta oportunamente por un hombre corpulento, quien se dirigió a Barrett.
Aunque era cuarenta años más joven y treinta y ocho kilos más pesado, William
Reinhardt Deutsch tenía un parecido inconfundible con su padre.
Cerró la puerta. —Le advierto ahora mismo —dijo—, voy a cancelar esta locura.
Barrett clavó los ojos en él.
—La verdad —dijo el joven Deutsch—, ¿Esto es algún tipo de estafa, no es así?
Póngalo por escrito, y le haré enviar un cheque de mil dólares ahora mismo.
Barrett titubeó.
—Me temo que...
—¿No hay tal cosa sobrenatural, verdad? —el cuello de Deutsch se enrojecía.
—Correcto —dijo Barrett. Deutsch comenzó a sonreír triunfalmente—. La palabra
es paranormal. La naturaleza no puede ser transcen...
—¡Me cago en la diferencia! —Deutsch le interrumpió—. ¡Es superstición, nada
más!
—Lo siento, pero no es así —Barrett empezó a caminar—. Ahora, usted me excu-
sará...
Deutsch atrapó su brazo. —Mire, mejor deja usted este asunto. Veré que nunca
pueda obtener ese dinero...
Barrett liberó su brazo forzosamente.
—Mire, haga lo que usted quiera —dijo—; yo procederé hasta que escuche lo con-
trario de la boca de su padre.
Cerró la puerta y empezó a renquear por el corredor. A consecuencia del episodio
presente, su mente se dirigió al joven Deutsch; alguien que elige referirse a los
fenómenos psíquicos como superstición simplemente no se da cuenta que está
pasando en el mundo. La documentación es inmensa. Barrett se detuvo y se apo-
yó contra la pared. Su pierna comenzaba a doler otra vez. Por primera vez, se
permitió reconocer la tensión que, en su condición, podría causarle una semana
en la casa Belasco.

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4:37 P.M.

El Rolls Royce atravesó velozmente la carretera hacia Manhattan.


—Ese es un montón de dinero. —Edith sonó incrédula.
—No para él —dijo Barrett—. Especialmente cuando considera que está pagando
por un seguro de inmortalidad.
—Pero él debe saber que tu no crees...
—Oh, estoy seguro que sabe —interrumpió Barrett—, pero como moribundo, no
quiere considerar la posibilidad de que le hayan dicho todo. Además, no es la cla-
se de hombre que acepta algo sin ser completamente informado.
—Pero cien mil dólares...
Barrett sonrió. —Apenas puedo creer en eso yo mismo —dijo—. Si estuviera viva
mi madre, indudablemente consideraría esto un milagro de Dios. Las dos cosas
en que las que he fallado logran ambas una misma oportunidad; una, probar mi
teoría, y la otra, provisión de dinero para los próximos años. Realmente, no pue-
do pedir más.
Edith devolvió su sonrisa. —Me alegro por ti, Lionel —dijo ella.
—Gracias, querida —palmeó su mano.
—La tarde del lunes —Edith se mostró preocupada—. Eso no nos da demasiado
tiempo.
—Me pregunto si no debería ir a solas en este caso... —dijo Barrett.
Ella lo miró.
—Pues bien, no a solas, claro está —continuó—. Allí estarán los otros dos.
—¿Qué hay acerca de las comidas?
—Serán provistas. Todo lo que tendré que hacer es trabajar.
—Siempre te he ayudado, sin embargo... —ella empezó a decir.
—Lo sé. Es justo que...
—¿Qué?
Él vaciló. —Es que preferiría ir solo esta vez, eso es todo.
—¿Por qué, Lionel? —se inquietó—. ¿Es por mí?
—Por supuesto que no —la sonrisa de Barrett fue rápida, perturbada.
—Es... esa casa.
—¿No es simplemente otra casa encantada? —preguntó ella.
—Me temo que no —admitió—. Se la considera “el Monte Everest de las casas en-
cantadas”, se podría decir.
Hubo dos intentos para investigar esa casa; uno en 1931, y el otro en 1940. Am-
bos fueron desastres.
Ocho personas involucradas en esos intentos fueron asesinadas, cometieron sui-
cidio, o se volvieron dementes. Sólo uno sobrevivió, y no tengo idea qué tan
cuerdo pueda ser Benjamin Fischer, uno de lo dos que estarán conmigo.

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—No es que yo tema el efecto de la casa —continuó, tratando de perfeccionar sus


palabras—. Tengo fe en lo que sé. Es simplemente que los detalles de la investi-
gación pueden estar —se encogió de hombros— un poco sucios.
—¿Pero quieres que te deje ir allá a solas?
—Mi amor...
—¿Qué tal si algo te ocurre?
—Nada pasará.
—¿Qué tal si ocurre? ¿Conmigo en Nueva York, y tú en Maine?
—Edith, nada va a ocurrir.
—Entonces no hay razón para que yo no pueda ir —trató de sonreír—. No tengo
miedo, Lionel.
—Sé que no lo tienes...
—No me pondré en tu camino o te molestaré.
Barrett suspiró.
—Sé que no entiendo mucho de lo que haces, pero hay siempre cosas que puedo
hacer para ayudar. Empacar y descargar tu equipo, por ejemplo. Ayudarte en tus
experimentos. Mecanografiar los manuscritos; además quiero estar contigo cuan-
do pruebes tu teoría.
Barrett inclinó la cabeza. —Déjame pensar acerca de eso.
—No estaré en tu camino —prometió.
Él inclinó la cabeza otra vez, tratando de pensar. Era obvio que ella no quería
quedarse atrás. Él apreciaba eso. Excepto por aquellas tres semanas en Londres
en 1962, nunca habían estado separados desde que se casaron. Ciertamente, ella
había visto bastantes supuestos fenómenos psíquicos a estas fechas para estar
acostumbrada a eso.
Sin embargo, esa casa era un factor desconcertante. No había sido llamada Casa
del Infierno sin razón.
Hay en ese lugar un poder lo suficientemente fuerte como para demoler física y
mentalmente a ocho personas, tres de las cuales habían sido científicos como él
mismo.
¿Aun sabiendo exactamente lo que ese poder puede hacer, se atrevería a exponer
a Edith?

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20 DE DICIEMBRE, 1970

10:39 P.M.

Florence Tanner cruzó el patio que separaba su casa pequeña de la iglesia y an-
duvo por el estrecho sendero hasta la calle. Estaba de pie sobre la acera y con-
templaba su iglesia. Era sólo una tienda de abarrotes convertida, pero había sido
todo para ella en estos últimos seis años. Miró el cartel en la ventana pintada:
TEMPLO DE LA ARMONÍA ESPIRITUAL
Sonrió. Ciertamente, esos pasados seis años habían sido la mayor parte los más
espiritualmente armoniosos de su vida.
Caminó hacia la puerta, la abrió y entró. El calorcito interior se sentía bien. En-
cendió la lámpara fijada a la pared en el vestíbulo. Sus ojos se concentraron en el
tablero de anuncios:

Servicios Dominicales — 11:00 a.m. 8:00 p.m.


Sanaciones y Profecías — martes 7:45 p.m.
Conferencias y Agradecimientos — miércoles 7:45 p.m.
Mensajes y Revelaciones — jueves 7:45 p.m.
Comuniones — 1º domingo de cada Mes.

Giró la cabeza y contempló en su propia foto clavada en la pared, las palabras


impresas por encima de ella: REVERENDA FLORENCE TANNER. Por varios segun-
dos recordó su belleza de juventud. Tenía cuarenta y tres años, pero se mantenía
incólume, con su pelo cobrizo algo gris y su donaire femenino, tal como en sus
veinticinco. Sonrió en un gesto de autodesprecio. Luego pensó: Vanidad de vani-
dades.
Entró en la iglesia, anduvo por el atrio alfombrado, y dio un paso sobre la plata-
forma, tomando una actitud familiar detrás del atril. Miró las filas de sillas, los
himnarios puestos cada tercer asiento. Visualizó su congregación sentándose
frente a ella.
—Mis amores —murmuró.
Ella les había hablado en la mañana y en los servicios de la noche. Les habló de la
necesidad de ausentarse de ellos durante la semana entrante. Les dijo que esa
ausencia era la respuesta a sus oraciones de construir una iglesia verdadera en
su propiedad y les pidió que rezaran por ella durante ese tiempo.
Florence unió sus manos en el atril y cerró sus ojos. Sus labios se movieron lige-
ramente rogando tener fuerza suficiente para limpiar la casa Belasco. Esa casa
que había tenido una historia tan atroz de muerte y suicidio y locura.
Rezó para acabar con su atribulada historia.

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Cuando completó la oración, Florence levantó la cabeza y contempló su iglesia. La


amaba profundamente.
Poder construir una iglesia verdadera para su congregación era verdaderamente
un regalo del cielo. Y en la Navidad... Sonrió, con los ojos refulgiendo en lágri-
mas.
Dios era bueno.

11:17 P.M.

Edith terminó de cepillar sus dientes y contempló en el espejo su corta melena


castaño rojiza, y sus características fuertes, casi masculinas. Su expresión era de
preocupación. Perturbada por la vista de eso, apagó la luz del baño y regresó al
dormitorio.
Lionel estaba dormido. Se sentó sobre la cama y lo miró, escuchando el sonido de
su resuello. Pobre Lionel, pensó. Había tenido mucho que hacer. Hacia las diez en
punto había quedado exhausto, y ella le había hecho irse a la cama.
Edith se acostó junto a él y siguió contemplándolo. Nunca lo había visto tan pre-
ocupado antes. Le había hecho a ella prometer que nunca dejaría su lado una vez
que hubieran entrado en la casa Belasco. ¿Podría ser tan malo? Ella había entrado
en muchas casas estigmatizadas con Lionel y nunca había tenido miedo. Él estaba
todo el tiempo confiado y tan calmo; Sería imposible estar asustada cuando él
estaba cerca.
Aún así, estaba lo suficientemente perturbado acerca de la casa Belasco para
hacer una rabieta sobre este asunto. Edith tembló. ¿Le dañaba su presencia?
¿Cuidar de ella gastaría tanta energía que su trabajo se afectaría? Ella no quería
eso. Sabía cuánto significado tenia su trabajo para él.
De todos modos, ella tenía que ir. Podía afrontarlo todo menos que él estuviera
solo. Ella nunca le había dicho a Lionel qué tan cerca estuvo del colapso nervioso
durante esas tres semanas en que él se había ido en 1962. Sólo lo habría afligido,
y había necesitado toda su concentración para el trabajo que estaba haciendo. Así
es que le había mentido y había sonado alegre en el teléfono las tres veces que lo
llamó; y a solas, había llorado y había tomado tranquilizantes, no había dormido
o había comido. Había perdido cinco kilos.
Finalmente en el aeropuerto, pálida y sonriendo, le dijo que había tenido una gri-
pe.
Edith cerró sus ojos y relajó sus piernas. No podría afrontar eso otra vez. Ni la
peor casa embrujada del mundo haría que volviera a quedarse sola.

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11:41 P.M.

No podía dormir. Fischer abrió los ojos y miró alrededor. Viajaba en el avión pri-
vado de Deutsch.
Que extraño es estar sentado en la cómoda butaca de un avión, pensó. Extraño
en todo sentido. Nunca había volado en toda su vida.
Fischer alcanzó la cafetera y se sirvió otra taza. Se frotó la cara con la mano y
levantó una de las revistas que descansaban sobre la mesita de café delante de
él. Era una de Deutsch. ¿De quien otro podía ser?
Después de un rato sus ojos salieron fuera de foco, y las palabras en la página
comenzaron a empañarse conjuntamente. Otra vez, pensó. El único de nueve
personas que sigue caminando, iba de regreso por más.
Lo habían encontrado acostado en el porche delantero de la casa esa mañana de
septiembre de 1940, desnudo, escarolado como un feto, temblando y con la mi-
rada perdida. Cuando lo pusieron en la camilla, había comenzado a gritar y vomi-
tar sangre, y sus músculos estaban anudados y duros como una roca.
Luego, cayó en un coma de tres meses en el Hospital de Caribou Falls. Cuándo
abruptamente abrió sus ojos, se parecía más a un hombre ojeroso de treinta
años, un mes después de su decimosexto cumpleaños. Ahora tenía cuarenta y
cinco, y se había convertido en un hombre parco, de pelo gris con ojos oscuros, y
su expresión era dura y suspicaz.
Fischer se enderezó en la silla. No importa; es hora, pensó. Ya no tenía quince
años, no sería nunca más aquel chico ingenuo, la presa crédula que había sido en
1940. Las cosas serían diferentes esta vez.
Jamás creyó ni en sus fantasías más descabelladas que recibiría una segunda
oportunidad en esa casa. Después de que su madre había muerto, había viajado
por toda la Costa Oeste. Probablemente, como más tarde se percató, era para
llegar tan lejos como sea posible de Maine. Cometió unos torpes fraudes en Los
Ángeles y San Francisco, deliberadamente alienando Espiritistas y científicos, solo
para liberarse de ellos. Había subsistido penosamente esos últimos treinta años,
lavando platos, haciendo trabajos en granjas, y realizando ventas de puerta en
puerta; cualquier cosa para ganar dinero sin usar su mente.
Aún, en cierta forma, había protegido su habilidad y procurado nutrirla. Estaba
todavía allí, tal vez no tan espectacular como cuando era adolescente, pero muy
intacta y respaldada ahora por la cautela y prudencia de un hombre en vez de la
arrogancia suicida de un chico. Estaba listo para aflojar los músculos psíquicos
inactivos, ejercitarlos y fortalecerlos, ponerlos en uso otra vez. En contra de ese
agujero de pestilencia que se alzaba en Maine.
De nuevo, en contra de Hell House.

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21 DE DICIEMBRE, 1970

11:19 A.M.

Los dos Cadillacs negros se movieron a lo largo de la carretera, esquivando un


denso y funesto bosque. En el primer coche estaba el representante de Deutsch.
El doctor Barrett, Edith, Florence Tanner y Fischer viajaban en la segunda limosi-
na; Fischer estaba sentado sobre el asiento reclinable, de cara a los otros tres.
Florence puso su mano en la de Edith.
—Espero que no me haya considerado poco amistosa antes —dijo—. Es que sien-
to preocupación por usted.
—Entiendo —dijo Edith. Ella retiró su mano.
—Apreciaría, señorita Tanner —Barrett se dirigió a ella—, que no alarmara a mi
esposa prematuramente.
—No tuve intención de hacer eso, doctor.
—Florence vaciló, luego siguió—. Confío en que usted haya preparado a la señora
Barrett.
—Mi esposa está bien informada de que habría ciertas ocurrencias.
Fischer gruñó. —Una forma de explicarlo —dijo—.
Fue la primera vez que había hablado en una hora.
Barrett le retrucó: —Ella también ha sido bien informada de que estas ocurren-
cias, en cualquier forma, no significarán la presencia de la muerte.
Fischer movió la cabeza, y sacó un paquete de cigarrillos.
—¿Todo en orden si fumo? —preguntó. Su mirada recorrió de un golpe las otras
caras. No viendo objeción, encendió uno.
Florence estuvo a punto de decirle algo más a Barrett, pero luego cambió de idea.
—Es extraño que un proyecto como este deba ser financiado por un hombre como
Deutsch —dijo ella—. Nunca habría pensado que un hombre como él estuviera
genuinamente interesado en estos asuntos.
—Es un hombre viejo y enfermo —dijo Barrett—. Está agonizando, y quiere creer
que no es el fin.
—No es el fin, por supuesto —dijo Florence.
Barrett sonrió.
—Usted se ve familiar —Edith se dirigió a Florence—. ¿Por qué será?
—Bueno, quizás porque fui actriz años atrás. La televisión en su mayor parte; te-
lenovelas y una película ocasional. Mi nombre artístico era Florence Michaels.
Edith inclinó la cabeza.
Florence miró a Barrett, luego a Fischer.
—Pues bien, esto es excitante —dijo—. Trabajar con estos dos gigantes. ¿Cómo
podrá esa casa no caer ante nosotros?
—¿Por qué la llaman Casa Del Infierno? —preguntó Edith.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Porque su dueño, Emeric Belasco, creó un infierno privado allí — le contestó Ba-
rrett.
—¿Es verdad que es el único que estigmatiza la casa?
—Entre muchos —dijo Florence—. Los fenómenos son demasiados complicados
para ser el trabajo de un único espíritu superviviente. Es obviamente un caso de
estigmatización múltiple.
—Digamos simplemente que hay algo allí —dijo Barrett.
Florence sonrió. —De acuerdo.
—¿Te desharás de eso con tu máquina? —preguntó Edith.
Florence y Fischer miraron a Barrett.
—Les explicaré en su debido momento —les dijo.
Todos ellos miraron hacia las ventanas cuando el coche pasó la curva descenden-
te hacia el valle. —Estamos en la recta final —dijo Barrett.
Miró a Edith. —La casa está en el Matawaskie Valley.
Todos ellos contemplaron el valle anillado en la colina por delante, el suelo oscu-
recido por la niebla. Fischer aplastó su cigarrillo en el cenicero, y lanzó una última
bocanada de humo. Mirando hacia delante otra vez, se sobresaltó.
—Entramos.
El coche estaba repentinamente sumergido en una niebla verdosa. El conductor
disminuyó la velocidad, y lo vieron inclinándose hacia adelante, mirando con
atención a través del parabrisas. Después de varios segundos conectó los faros
antiniebla y los limpiaparabrisas.
—¿Cómo pudo alguien construir una casa en semejante lugar? —preguntó Floren-
ce.
—Éste es un día de sol para Belasco —dijo Fischer.
Todos ellos se quedaron con la mirada fija a través de las ventanas en la niebla
rizada. Estaba como si fueran dentro de un submarino, lentamente navegando
hacia abajo a través de un mar de leche cuajada. En diversos momentos, los ár-
boles o los arbustos o las formaciones rocosas grandes y redondas aparecían al
lado del coche, y luego desaparecían. El único sonido era el zumbido del motor.
Por fin, el coche frenó. Todos ellos estaban deseando ver al otro Cadillac delante
de ellos.
Se escuchó un sonido apenas perceptible cuando la portezuela se cerró. Luego la
figura del representante de Deutsch surgió ceñudamente de la niebla. Barrett
oprimió un botón, y la ventanilla de su lado se deslizó. Hizo una mueca por el olor
fétido de la niebla.
El hombre se curvó en la ventanilla. —Estamos en el desvío —dijo.
—Su chofer viene a Caribou Falls con nosotros, así que uno de ustedes tendrá
que conducir hacia la casa. Es simplemente un trayecto pequeño. El teléfono y la
electricidad han sido conectados, y sus cuartos están listos. Recorrió con la mira-
da el suelo. —La canasta con la comida le debería llegar esta tarde. La cena será
entregada a las seis. ¿Alguna pregunta?

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿Necesitaremos una llave para la puerta principal? —preguntó Barrett.


—No, está sin llave.
—Traiga una de cualquier manera —dijo Fischer.
Barrett lo miró, luego se volvió hacia el representante. —Quizás sea lo mejor.
El hombre extrajo un anillo de llaves de su bolsillo del abrigo y se lo dio a Barrett.
—¿Cualquier otra cosa?
—Llamaremos por teléfono si la necesitáramos.
El hombre sonrió brevemente. —Adiós, entonces —dijo, y se marchó dando media
vuelta.
—Confío en que no haya querido decir au revoir —dijo Edith.
Barrett sonrió y volvió a levantar la ventana.
—Yo conduciré —dijo Fischer. Trepó sobre el asiento y llegó enfrente. Echando a
andar el motor, dio vuelta a la izquierda sobre la carretera llena de baches.
Edith aspiró aliento repentinamente. —Ojalá supiera qué esperar.
Fischer contestó sin mirar atrás: —Espere cualquier cosa —dijo.

11:47 A.M.

Durante los siguientes cinco minutos Fischer condujo cautelosamente el Cadillac,


avanzando poco a poco a lo largo de la estrecha carretera, sumida en la espesa
niebla.
De pronto frenó y detuvo el motor. —Aquí estamos —dijo—. Torció la manilla de
la puerta y saltó afuera, abotonando su abrigo azul marino.
Edith se volvió hacia Lionel mientras éste abría la puerta a su lado. Ella esperó a
que él saliera trabajosamente, y luego se movió tras él. Tembló como una hoja.
—El frío —dijo—, y ese olor...
—Probablemente un pantano en alguna parte...
Florence se les unió, y los cuatro quedaron silenciosos por algunos momentos,
mirando alrededor.
—Por aquí —dijo Fischer. Contemplaba sobre el techo del auto.
Echemos un vistazo —dijo Barrett—. Podemos bajar nuestro equipaje luego. Se
dirigió a Fischer.
—¿Podría usted llevar la delantera?
Fischer se alejó.
Habían caminado sólo algunos metros cuando alcanzaron un puente estrecho de
concreto. Mientras lo atravesaban, Edith miró por el borde. Si había agua debajo,
la niebla la había ocultado. Ella volvió la mirada hacia atrás. La limosina había si-
do tragada por niebla.
—No se vayan a caer en ese pantano... —la voz de Fischer se escuchaba lejos,
como a la deriva. Edith cambió de dirección y vio una extensión de agua adelan-
te, en un camino de grava curveando a su izquierda. El aspecto del agua era co-

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mo una gelatina anubarrada rociada con escombros, hierba y hojas. Un miasma


de descomposición sobrevolaba por encima de eso, y las piedras que lo rodeaban
estaban verdes de cieno.
—Ahora sabemos de dónde viene el olor —dijo Barrett y negó con la cabeza.
—Belasco tenía su propia laguna.
—El Pantano de los Bastardos —dijo Fischer.
—¿Por qué lo llama usted así...?
Fischer no contestó. Finalmente dijo: —Se lo diré más tarde.
Caminaban en silencio ahora, el único sonido lo producía la grava crujiendo deba-
jo de sus zapatos. El frío era agudo, un frío húmedo y pegajoso que parecía calar-
se en sus huesos. Edith jaló el cuello de su abrigo y se quedó cerca de Lionel, afe-
rrándose de su brazo y mirando la tierra.
Detrás, caminaba Florence Tanner.
Cuando Lionel se detuvo por fin, Edith miró hacia arriba rápidamente.
Ante ellos, maciza, y surgiendo sobre la niebla, se alzaba la casa.
—Horrenda —dijo Florence, sonando casi enojada. Edith la miró.
—Aún no hemos entrado, señorita Tanner —dijo Barrett.
—No tengo que entrar para saberlo —dijo Florence dirigiéndose a Fischer, quien
clavaba los ojos en la casa. Cuando ella lo miró, se estremeció.
Alcanzándolo, ella lo tomó de la mano. Él la agarró tan fuerte que hizo que Flo-
rence se sobresaltase.
Barrett y Edith contemplaron el edificio cubierto con una túnica de oscuridad. En
la niebla, se parecía a algún acantilado fantasmal bloqueando su camino. Edith se
inclinó hacia adelante repentinamente. —No tiene ventanas —dijo.
—Belasco las enladrilló —dijo Barrett.
—¿Por qué?
—No sé. Quizás...
—Perdemos el tiempo —Fischer le cortó, soltando la mano de Florence.
Caminaron los metros finales a lo largo del camino de la grava, y luego se para-
ron frente a los anchos escalones del pórtico. Edith vio como todos esos escalones
estaban agrietados, y la fungosidad amarilla brotaba de las fisuras.
Se detuvieron antes de las contrapuertas macizas.
—Si se abren solas, me voy a casa —dijo Edith, tratando de sonar divertida. Ba-
rrett agarró el aldabón de la puerta y descargó su peso hacia adelante. La puerta
se aferró en su lugar. Volvió su mirada a Fischer.
—¿Esto le suele ocurrir?
—Más de una vez.
—Menos mal que tenemos la llave —Barrett sacó el manojo de llaves del bolsillo
del abrigo y deslizó una en el cerrojo. No cambiaba de dirección. Volvió a conto-
nearla de regreso.
Abruptamente la llave se volteó, y la pesada puerta comenzó a mecerse hacia
adentro. Edith miró a Florence contener su aliento.

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—¿Qué le pasa? —preguntó. Florence negó con la cabeza—. No se alarme —dijo


Barrett.
Edith le devolvió la mirada con sorpresa.
—Es simplemente una reacción, señora Barrett —explicó Florence—. Su marido
tiene toda la razón. No es nada para estar alarmada.
Después de unos momentos tanteando en la oscuridad, Fischer alcanzó el inter-
ruptor. Cuando lo encontró, lo escucharon clickear de arriba abajo sin resultado.
—A eso llaman servicio eléctrico restaurado —dijo.
—Obviamente el generador es demasiado viejo —dijo Barrett.
—¿El generador? —Edith se mostró sorprendida otra vez—. ¿No hay un servicio
eléctrico aquí?
—No hay suficientes casas en el valle para justificar el esfuerzo —contestó Ba-
rrett.
—¿Cómo pudieron colocar un teléfono, entonces?
—Es un teléfono de campaña —dijo Barrett. Miró directamente a la casa.
«Bueno, señor Deutsch, tendrá que proveernos de un generador nuevo, eso será
todo.» Pensó en voz alta Barrett.
—¿Usted piensa que esa es la respuesta, cierto? —Fischer sonó dubitativo.
—Por supuesto —dijo Barrett—. La falla de un generador antiguo apenas puede
estar clasificada como un fenómeno psíquico.
—¿Qué vamos a hacer nosotros? —preguntó Edith—. ¿Permanecer en Caribou
Falls hasta que el generador nuevo sea instalado?
—Eso podría tomar días —dijo Barrett—. Usaremos velas hasta que llegue.
—Velas —dijo Edith.
Barrett sonrió.
—Simplemente por un día o poco más o menos.
Ella inclinó la cabeza, y devolvió una sonrisa macilenta. Barrett miró en la casa.
—La pregunta ahora —dijo—, ¿Es cómo encontramos algunas velas? Asumo que
debe haber en alguna parte... —se interrumpió cuando vio la linterna que Fischer
había sacado de su bolsillo del abrigo.
—Ah —dijo.
Fischer prendió la linterna, apuntó hacia adentro, y dio un paso cruzando el um-
bral.
Barrett entró después. Le pareció escuchar algo, brevemente. Cambiando de di-
rección, extendió su mano a Edith. Ella entró en la casa, aferrándosele
fuertemente a su mano.
—Esto huele —dijo—. Es aún peor que afuera.
—Es una casa muy vieja sin ventilación —dijo Barrett. —También podría ser el
horno, el cual no ha sido usado en más de veintinueve años. Se volvió hacia Flo-
rence. —¿Viene, señorita Tanner? —preguntó.
Ella inclinó la cabeza, sonriendo débilmente.
—Sí —tomó aliento profundamente y entró. Miró alrededor.

14
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—Esta atmósfera... —dijo, y su voz sonó asqueada.


—Una atmósfera de este mundo, no del siguiente —dijo Barrett secamente.
Fischer paseó el rayo de la linterna alrededor de la inmensidad oscura del vestí-
bulo de entrada. El cono estrecho de luz saltó de un lugar a otro, y se congeló
momentáneamente en una acumulación de mobiliario; Pinturas enormes, de colo-
res plomizos; Tapices gigantes cubiertos de polvo; una escalera, ancha y arquea-
da, que conducía hacia la negrura de arriba; un segundo corredor hacia el vestí-
bulo de entrada; y muy por encima, engullido por las sombras, un espacio vasto
de cielo raso revestido con paneles.
—Nunca vi nada tan humilde —dijo Barrett socarronamente.
—No es humilde en absoluto —dijo Florence—. Apesta a arrogancia.
Barrett bufó. —Apesta, en todo sentido —miró a su derecha—. Según el plano, la
cocina debería estar en esa dirección.
Edith caminó al lado de él cuando pasaron a través del vestíbulo de entrada, y el
sonido de sus pasos retumbó en el piso de madera dura.
Florence miró alrededor. —Sabe que estamos aquí —dijo.
—Señorita Tanner —Barrett frunció el ceño—. Por favor no piense que estoy tra-
tando de restringirla...
—Lo siento —dijo Florence—, trataré de mantener en privado mis observaciones.
Alcanzaron un corredor y anduvieron por él, Fischer a la cabeza, Barrett y Edith
detrás de él, Florence de último. Al final del corredor encontraron un par de puer-
tas de vaivén metálicas. Fischer empujó uno de ellas y entró en la cocina, suje-
tando la puerta entreabierta para los demás. Cuando todos ellos habían entrado,
dejó que la puerta se columpiara de regreso y se volvió.
—Mi Dios. —los ojos de Edith se movieron con el rayo de la linterna mientras Fis-
cher la discurría alrededor del cuarto.
La cocina tenía ocho metros de ancho por quince de largo; su perímetro estaba
cercado por muebles mostradores acerados y alacenas de madera oscura, un fre-
gadero largo de la palangana doble, una estufa gigantesca con tres hornos, y un
refrigerador industrial. En el centro del cuarto, una mesa enorme.
—Belasco ha debido tener un buen negocio —dijo Edith.
Fischer apuntó la linterna al gran reloj de pared eléctrico por encima de la estufa.
Sus agujas estaban detenidas en las 7:31. ¿A.M. o P.M., y en qué día? Barrett se
preguntó mientras cojeaba a lo largo de la pared, jalando gavetas abiertas. Edith
y Florence se mantuvieron juntas, observándole. Barrett jaló las puertas de la
alacena y gruñó cuando Fischer le apuntó la luz en la cara.
—Creo que encontré espíritus genuinos —dijo—, mirando los estantes de botellas
cubiertas de polvo. —Quizá abramos alguna “espirituosa” durante la cena.
Fischer jaló una hoja de cartulina de bordes amarillos de una de las gavetas y
apuntó la linterna en ella.
—¿Qué es eso? —preguntó Barrett.

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—Uno de sus menús, fechado el 27 de marzo, 1928. Sopa de mariscos y camaro-


nes. Mollejas de ternera en su salsa. Capón estofado. Coliflor descremada. Para
postre, Frutillas con crema, almendras con queso y membrillo.
Barrett se rió ahogadamente. —Sus invitados han debido tener acidez.
—La comida no apuntaba contra sus corazones —dijo Fischer, tomando una caja
de velas de la gaveta.

12:19 P.M.

Caminaron de regreso a través del vestíbulo de entrada, cada uno llevando una
vela en una agarradera. Conforme se movían, la iluminación oscilante hizo bailar
sus sombras en las paredes y el cielo raso.
—Éste debe ser la gran sala —dijo Barrett.
Se movieron bajo un pasaje abovedado de casi dos metros de ancho y se detu-
vieron, Edith y Florence quedándose sin aliento casi simultáneamente. Barrett
chifló suavemente cuando levantó su vela para conseguir un máximo de luz.
La gran sala medía catorce metros de ancho por veintinueve de largo; sus pare-
des altas, revestidas con paneles de nogal de una altura de tres metros, y blo-
ques de piedra rústica más arriba. Enfrente de donde se detuvieron había una
chimenea gigantesca, con un antiguo dintel de piedra.
Los enseres eran todos antiguos excepto por las sillas desparramadas y sofás ta-
pizados a la manera de los años veinte. Las estatuas de mármol estaban de pie
sobre pedestales en posiciones diversas. En la esquina noroeste había un piano
de cola negro, y en el centro del vestíbulo una mesa circular, de más que seis
metros de diámetro, con dieciséis sillas alomadas alrededor de ésta y una araña
de luces suspendida sobre su centro. Buen lugar para desplegar mi equipamiento,
pensó Barrett; obviamente todo había sido limpiado.
Bajó su vela. —Sigamos adelante —dijo.
Dejaron la gran sala y se movieron a través del pasillo de entrada, bajo la escale-
ra sobresaliente, y en línea recta en otro corredor. Varios metros más adelante a
lo largo de su longitud, alcanzaron un par de puertas de nogal. Barrett empujó
hacia dentro una y miró con atención adentro. —El teatro —dijo.
Entraron, reaccionando al olor rancio. El teatro fue diseñado para sentar a cien
personas, y sus paredes estaban cubiertas con un brocado rojo antiguo, su piso
inclinado, de tres pasillos con alfombrado grueso y rojo. En el escenario, unas do-
radas columnas renacentistas flanqueaban la pantalla, y espaciados a lo largo de
las paredes, candelabros de plata adaptados con cables eléctricos. Los asientos
estaban hechos a la medida, tapizaron con terciopelo rojo vino.
—¿Qué tan rico era Belasco? —preguntó Edith.
—Creo que dejó más de siete millones de dólares cuando murió —contestó Ba-
rrett.

16
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—¿Morir? —dijo Fischer, manteniendo abierta una de las puertas.


—Si hay algo importante que quiera usted decirnos... —dijo Barrett cuando entró
en el corredor.
—¿Decir? Sólo que la casa trató de matarme; y casi tuvo éxito.
Barrett lo miró con intenciones de contestarle. Luego cambió de idea y miró con
atención el corredor.
—Pienso que esa escalera conduce hasta la piscina y el baño turco —dijo.
—Mientras no tengamos electricidad no tiene caso ir allí. —cojeó a través del
corredor y abrió una puerta de madera pesada.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Edith.
—Se parece a una capilla.
—¿Una capilla? —dijo Florence consternada. Cuando se acercó a la puerta, co-
menzó a hacer sonidos de aprensión en su garganta. Edith la miró ansiosamente.
—¿Señorita Tanner? —llamó Barrett.
Ella no contestó. Casi en la puerta, se contuvo.
—Mejor no entre —dijo Fischer.
Florence negó con la cabeza.
—Debo hacerlo —comenzó a entrar.
Con un vértigo y un involuntario sollozo, se echó atrás.
—¿Qué le pasa? —clamó Edith.
Florence fue incapaz de contestar. Tomó aliento y negó con la cabeza con movi-
mientos cortos. Barrett puso su mano en el brazo de Edith. Ella lo miró y vio sus
labios formar las palabras:
—Está bien.
—No puedo entrar —dijo Florence, como disculpándose—. No ahora —se atragan-
tó—. La atmósfera es más de lo que puedo aguantar.
—Sólo será un momento —le dijo Barrett.
Florence inclinó la cabeza, marchándose dando media vuelta.
Cuando entró en la capilla, Edith se preparó psicológicamente, esperando una sa-
cudida de alguna clase. No sintiendo nada, recurrió a Lionel y confundida, esperó
hasta que estuvieron lejos de Fischer y comenzó a hablar.
—¿Por qué no pudo entrar ella? —susurró.
—Su sistema está abarrotado de energía psíquica —le aclaró Barrett.
—Obviamente es muy fuerte aquí dentro.
—¿Por qué aquí?
—Por contraste, quizá. Una capilla en medio del infierno; esa clase de cosas.
Edith movió la cabeza y reparó en Fischer.
—¿Por qué a él no le molesta? —preguntó.
—Quizá él sabe cómo protegerse mejor que ella.
Edith sacudió la cabeza otra vez, y se detuvo cuando Lionel observó alrededor del
oratorio. Había bancos de madera para cincuenta personas. Enfrente estaba el

17
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altar; Por encima de eso, destellando en la luz de las velas, una figura de tamaño
natural y de color carne de Jesucristo en la cruz.
—Bueno, parece una capilla... —comenzó a decir, ahogándose cuando se dio
cuenta que la figura de Jesús estaba desnuda y con un desproporcionado falo
erecto. Hizo un sonido de revulsión, clavando los ojos en el crucifijo obsceno. El
aire le pareció repentinamente grueso, coagulándose en su garganta.
También se percató que las paredes estaban cubiertas de vitrales pornográficos.
Sus ojos quedaron atrapados por uno a su derecha, bosquejando una orgía masi-
va involucrando monjas a medio vestir y sacerdotes. Las caras en las figuras se
veían demenciales, babosas, sonrojadas y distorsionadas por una lujuria maníaca.
—Profanación de lo sagrado —dijo Barrett—. Apetito venéreo profano.
—De veras que estaba enfermo —se quejó Edith.
—Sí, así fue —Barrett tomó su brazo. Cuando llegaron al final del pasillo, Edith vio
que Fischer ya había salido.
Lo encontraron en el corredor.
—Tanner se fue —dijo.
Edith lo miró inquisitivamente. —¿Cómo pudo irse? —empezó a mirar alrededor.
—Estoy seguro que no es nada —dijo Barrett.
—¿Seguro? —Fischer sonó enojado.
—Estoy seguro que ella está bien —dijo Barrett firmemente.
—¡Señorita Tanner! —llamó—. Venga, por favor.
Empezó a caminar el corredor. —¡Señorita Tanner! —Fischer lo siguió sin hacer
un sonido.
—¿Lionel, por qué haría esto...?
—No precipitemos conclusiones —dijo Barrett, y llamó de nuevo.
—¡Señorita Tanner! ¿Me puede oír usted?
Cuando alcanzaron el vestíbulo de entrada, Edith la vio. Había luz de vela dentro
de la gran sala.
—¡Señorita Tanner! —llamó Barrett.
—¡Sí!
Barrett le sonrió a Edith, y luego volvió la mirada hacia Fischer. La expresión de
Fischer no había bajado en intensidad.
Ella estaba de pie sobre el lado lejano del vestíbulo. El ruido de sus pasos hizo
crepitar el piso arruinado cuando caminaron hacia ella.
—No debería haber hecho eso, señorita Tanner —dijo Barrett—. Usted nos causó
una alarma innecesaria.
—Lo siento —dijo Florence, pero fue sólo una señal de disculpa—. Oí una voz aquí
dentro.
Edith se estremeció.
Florence gesticuló hacia el mueble individual al lado de donde estaba parada, un
fonógrafo instalado dentro de un gabinete de nogal español. Acercándose al plato
giratorio, levantó un disco y se lo mostró a ellos.

18
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—Fue éste.
Edith no entendió. —¿Cómo pudo funcionar sin electricidad?
—Funciona a manivela. Barrett colocó su vela sobre el gabinete y tomó el disco
de Florence. —Hecho en casa —dijo—. Belasco.
Barrett la miró, intrigado.
—¿Era su voz? —preguntó mientras lo colocaba en el plato giratorio. Florence mi-
ró a Fischer, quien aguardaba varios metros atrás, clavando los ojos en el fonó-
grafo.
Barrett hizo girar la manivela, movió el brazo metálico con la púa acerada, y la
colocó en el borde del disco. Hubo un ruido crujiente a través del parlante, luego
una voz.
—«Bienvenidos a mi casa —dijo Emeric Belasco—. Estoy encantado de que
hayan podido venir...
Edith se cruzó de brazos y tembló.
—... Estoy seguro que encontrarán que su permanencia aquí será ilumi-
nadora.
La voz de Belasco era suave y tranquila, pero era la voz de un desequilibrado cui-
dadosamente disciplinada.
—... es lamentable que no pueda estar con ustedes —dijo—, pero tuve que
irme antes que llegaran...
Bastardo, pensó Fischer.
—... no dejen que mi ausencia física los moleste... sólo acéptenme como
su incorpóreo y ubicuo anfitrión y créanlo o no, durante su permanencia
aquí, estaré con ustedes en espíritu...
Los dientes de Edith estaban haciendo ruido. Esa voz.
—...Todas sus necesidades han sido previstas —la voz de Belasco continuó.
... Nada ha sido pasado por alto... Vayan adonde quieran y hagan lo que
se le antoje placentero, son los preceptos cardinales de mi casa. Siéntan-
se en libertad para moverse como ustedes elijan. No hay responsabilida-
des, ninguna regla es aplicable. Cada cuál para su deleite, será el único
patrón aquí. Espero que encuentren la respuesta que buscan. Porque, se
los prometo, está aquí en esta casa —hubo una pausa.
—...Y ahora... Auf Wiedersehen.»
La púa hizo un chirrido escabroso en el disco. Barrett levantó el brazo metálico y
desconectó el fonógrafo. El gran vestíbulo estaba inmensamente quieto.
—Auf Wiedersehen —dijo Florence—. Hasta que nos reencontremos.
—¿Lionel...?
—El disco no tiene significado para nosotros —dijo.
—Pero...
—Esto fue grabado hace por lo menos medio siglo —dijo Barrett—. Mírenlo. Lo
sostuvo. —Es meramente una coincidencia que lo que él dijo parezca aplicable a
nosotros.

19
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—¿Qué hizo que el fonógrafo funcionara por sí mismo, entonces? —preguntó Flo-
rence.
—Ese es un problema separado —dijo Barrett—. Sólo discuto el disco ahora. Miró
a Fischer. —¿Funcionó por sí mismo en 1940? Los informes no dicen nada sobre
eso.
Fischer negó con la cabeza.
—¿Sabe usted alguna cosa acerca de este disco?
Pareció que Fischer no iba a contestar. Luego dijo: —Los invitados llegarían, y lo
encontrarían ausente; luego, escucharían ese disco —hizo una pausa—. Era un
juego que él disfrutaba. Cuando los invitados estaban aquí, Belasco los espiaba
mientras estaba escondido.
Barrett movió la cabeza.
—O... tal vez era invisible —Fischer continuó—. Alguna vez dijo poseer ese poder;
quizás llamaba la atención de un grupo de personas con algún objeto en particu-
lar, y se movía entre ellos, desapercibido.
—Dudo de eso —dijo Barrett.
—¿Duda usted? —la sonrisa de Fischer era tan extraña como cuando miraba el
fonógrafo—. Todos nosotros le prestamos nuestra atención algunos momentos
atrás —dijo— ¿Cómo sabe usted que Belasco no estaba espiándonos mientras
escuchábamos el disco?

12:46 P.M.

Subían la escalera cuando una brisa helada pasó por encima de ellos, causando
que las llamas de las velas titilaran. La vela de Edith se apagó.
—¿Qué fue eso? —susurró.
—Una brisa —dijo Barrett instantáneamente. Acercó su vela para reencender la
de ella—. Lo discutiremos más tarde.
Edith tragó saliva, recorriendo con la mirada a Florence. Barrett la llevó del brazo,
y continuaron subiendo las escaleras otra vez.
—Pasarán muchas cosas como esta durante la semana —dijo—. Ya te acostum-
brarás.
Edith no dijo nada más. Mientras ella y Lionel subían las escaleras, Florence y Fis-
cher intercambiaron una mirada.
Alcanzaron el segundo piso y, girando a la derecha, caminaron a lo largo del co-
rredor del balcón. Por su derecha, la pesada balaustrada continuaba; por su iz-
quierda, en una pared revestida con paneles, las puertas de los dormitorios. Ba-
rrett se acercó a la primera de las puertas y la abrió. Echó una mirada adentro y
luego se volvió a Florence.
—¿Le gusta este? —preguntó.
Ella atravesó el umbral. Después de algunos momentos, se volvió hacia ellos.

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—No está mal —dijo. Le sonrió a Edith—. Pero ustedes descansarían más confor-
tablemente aquí.
Barrett estuvo a punto de hacer un comentario, pero se aplacó. —Bien —dijo.
Gesticuló disgustado mientras entraba al cuarto.
Edith lo siguió adentro, cerró la puerta y observó como su esposo cojeaba alrede-
dor del dormitorio. A su izquierda había un par de camas Renaissance de nogal y
entre ellas una mesita de luz con una lámpara y un teléfono de estilo francés.
Una chimenea estaba centrada en la pared opuesta, delante de ella una silla pe-
sada también de nogal. El piso estaba al amparo de una alfombra persa azul de
diez por diez metros, y en la mitad, una mesa de parte superior octagonal con
una silla que hacía juego tapizada en cuero rojo.
Barrett recorrió con la mirada el cuarto de baño, y luego se volvió hacia ella.
—Acerca de esa brisa —dijo—. No quise enredarme en un debate con la señorita
Tanner. Por eso es que lo dejé pasar.
—¿Realmente ocurrió?
—Por supuesto —contestó, sonriendo—. Una manifestación de cinética simple: sin
guía, sin inteligencia.
—No me importa lo qué Tanner piense. Debería habértelo mencionado antes de
que saliésemos.
—¿Mencionado qué?
—Que necesitarás endurecerte a ti misma para lo que ella pueda decir la semana
entrante. Ella es una espiritista, como sabes. La comunicación con los muertos o
desencarnados es el fundamento de su creencia; un fundamento erróneo, como
tengo la intención de probar. Mientras tanto, sin embargo...
—sonrió—. Debes estar preparada a escuchar sus puntos de vista. No puedo pe-
dirle que se quede callada todo el tiempo.

12:50 P.M.

En el dormitorio de Florence, se distinguían un par de camas con cabeceros ela-


boradamente cortados, y entre ellas, una cómoda enorme. Por encima de ella,
suspendida del cielo raso, estaba una gran lámpara de plata italiana.
Directamente enfrente de ella, por las contraventanas revestidas con paneles,
una mesa española con una silla que hacía juego. Encima de la mesa había una
lámpara china y un teléfono de estilo francés. Florence cruzó el cuarto y levantó
el auricular. Estaba muerto. ¿Esperabas que funcionara? Pensó, divertida.
De todos modos, indudablemente habría sido usado sólo para llamadas hechas
dentro de la casa.
Cambió de dirección y miró alrededor del cuarto. Había algo allí. ¿Qué, sin Em-
bargo? ¿Una personalidad? ¿Un residuo de emoción? Florence cerró sus ojos y
esperó. Algo en el aire; ninguna duda de eso. Percibió como cambiaba de posición

21
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y forma, acercándose de modo amenazador a ella, para luego retirarse como al-
guna temerosa bestia invisible.
Después de varios minutos abrió sus ojos. Ya Volverá, pensó. Cruzó hacia el cuar-
to de baño, entrecerrando los ojos ligeramente. Se acercó al lavatorio, y abrió el
grifo de agua caliente. Por un momento, no pasó nada. Luego, con un traqueteo
de burbujeo, una gota de agua oxidada salpicó en la batea. Florence esperó hasta
que el agua se hubiera aclarado antes de ponerlas bajo el chorro. Rechifló por el
frío. Doblándose, comenzó a palmear agua encima de su cara.
Debería haber entrado en la capilla, pensó. No debería haberme echado atrás al
primer inconveniente. Se sobresaltó, recordando la náusea violenta que había
sentido cuando estaba a punto de entrar. Un lugar horrible. Ella tenía que supe-
rarse, hacer el esfuerzo. Pero si ella lo forzara ahora, podría hasta perder el cono-
cimiento. Ya volveré allí dentro pronto, se prometió a sí misma. Dios me concede-
rá el poder cuando sea hora.

12:57 P.M.

El cuarto de Fischer era más pequeño que los otros dos. Había sólo una cama con
una sencilla parte superior. Fischer se sentó en ella, fijando los ojos en el patrón
intrincado de la alfombra. Podía sentir la casa alrededor de él como algún ser vas-
to, amorfo e intangible. Sabe que estoy aquí, pensó; Belasco sabe, todos ellos
saben que estoy aquí: Su único fracaso. Lo estaban observando, esperando a ver
lo que haría.
No iba a hacer cualquier cosa prematuramente, eso estaba seguro. No iba a hacer
una sola cosa hasta que volviera a acostumbrarse al lugar.

2:21 P.M.

Fischer entró en la gran sala llevando su linterna. Se había puesto un suéter ne-
gro de cuello de tortuga, pantalones negros de pana, y un par de zapatillas de
tenis blancos llenos de rozaduras. Sus pasos no se oyeron cuando caminó hacia la
enorme mesa redonda donde Barrett, sentado y Edith de pie, abrían y descarga-
ban equipo de unas cajas de madera. En la chimenea, un fuego ardía.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó Fischer, cuando emergió de las sombras.
—No, todo va muy bien, gracias —dijo Barrett, sonriendo.
Fischer se sentó en una de las sillas, mientras veía como Barrett desempacaba un
delicado instrumento recubierto por un paño y, cuidadosamente, lo colocaba so-
bre la mesa.
Celoso de sus juguetes, pensó Fischer. Sacó el paquete de cigarrillos de su bolsi-
llo y prendió uno.

22
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—¿Todavía enseña Física? —le preguntó a Barrett, fingiendo interés.


—Limitadamente, por mi salud. Barrett vaciló, luego continuó—. Tuve polio a los
doce años de edad; mi pierna derecha está casi paralizada.
Fischer lo contempló en silencio. Barrett tomó otro instrumento de su caja y lo
limpió con un trapo. Colocó el instrumento en la mesa y miró a Fischer.
—No afectará nuestro proyecto de ninguna forma —dijo.
Fischer inclinó la cabeza.
—Usted se refirió a la laguna como el Pantano de los Bastardos —dijo Barrett,
volviendo a su trabajo—. ¿Por qué?
—Una cierta cantidad de invitadas de Belasco quedaron embarazadas mientras
estuvieron aquí.
—¿Y ellas realmente...? —Barrett lo interrumpió.
—Unas trece veces.
—Eso es horrendo —dijo Edith.
Fischer lanzó una bocanada de humo. —Una gran cantidad de cosas horrendas
ocurrieron aquí —dijo.
Barrett paseó sus ojos a través de los instrumentos sobre el tapete: El galvanó-
metro estático, el galvanómetro de espejo, el electrómetro de cuadrante, el ba-
lanceador Crookes, la jaula de presión, el absorbedor de humo, el manómetro, la
cámara y la grabadora. Todavía faltaban ser desempacados el reloj de contacto,
el electroscopio, las luces (estándar e infrarroja), el termómetro, el higroscopio,
la pantalla fosforescente de sulfuro, el hornillo eléctrico, la caja de atanores y los
tubos de ensayo, los materiales moldeadores, y el equipo del gabinete. Y el ins-
trumento más importante de todos, pensó Barrett con satisfacción.
Estaba desempacando el equipo de luces cuándo Fischer preguntó:
—¿Cómo piensa usar esas cosas si no hay electricidad?
—Habrá por la mañana —dijo Barrett—. Llamé por teléfono a Caribou Falls; El te-
léfono está junto a la puerta principal. Instalarán un generador nuevo en la ma-
ñana.
—¿Y usted piensa que esos instrumentos surtirán efecto?
Barrett reprimió una sonrisa. —Surtirán efecto.
Fischer no dijo más. A través del vestíbulo, un leño muy caliente se abrió de
pronto con un pequeño sonido explosivo, haciendo que Edith se sacudiera cuando
iba a traer una de las mayores cajas de madera.
—No, esa no, es demasiado pesada —le dijo Barrett.
—Yo lo haré —levantándose de su silla, Fischer caminó hacia Edith y, encorván-
dose, levantó la caja.
—¿Qué es esto, un yunque? —preguntó cuando la colocó en la mesa.
Barrett se dio cuenta de la mirada fija y curiosa de Fischer cuando forzó con la
palanca las tablas encima de la caja.
—¿Podría usted...? —preguntó. Fischer sacó el instrumento voluminoso de metal
y lo colocó en la mesa. Tenía forma de cubo, pintado de azul oscuro, con un dial

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elemental delante de él numerado de 0 al 900, y con una delgada aguja roja


apuntando en el cero. A través de la parte superior del instrumento se leía en le-
tras negras: “BARRETT REM”.
—¿REM? —Preguntó Fischer.
—Le explicaré más tarde —dijo Barrett.
—¿Esta es su máquina?
Barrett negó con la cabeza. —Todavía está en construcción.
Todos ellos giraron la vista hacia el pasaje abovedado al oír el sonido de tacones.
Florence estaba por llegar, llevando una vela en su mano. Ella se había puesto un
pesado suéter verde, con mangas largas, una falda gruesa de tejido mixto de la-
na, y zapatos de tacón bajo.
—Hola —dijo ella alegremente.
Cuando llegó hasta ellos, su mirada fija se topó con el conjunto imponente de
dispositivos sobre el mantel y sonrió. Miró a Fischer.
—¿Le gustaría dar un paseo conmigo? —le preguntó.
—¿Por qué no?
Después de que se fueron, Edith vio una lista mecanografiada sobre la mesa y la
leyó.

FENÓMENOS PARANORMALES OBSERVADOS EN LA CASA BELASCO


Apariciones; dibujo automático; pintura automática; oratoria
automática; escritura automática; Bilocación; Fenómenos bioló-
gicos; Registro de pruebas; Brisas; Catalepsia; Fenómenos quí-
micos; Clariaudiencia; Clarisentencia; Clarividencia; Comunica-
ción; Control; Adivinación por medio de la bola de cristal;
Desmaterialización; Comunicaciones de sueño; Profecías de sue-
ño; Emanaciones de médium; Fenómenos eléctricos; Elongación;
Exteriorización de motricidad; Exteriorización de sensación;
Percepción Extratemporal; Visión ciega; Fantasmas; Hiperamne-
sia; Hiperestesia; Ideomorfismo; Ideoplasma; Voz independiente;
Interpenetración de materia; Levitación; Fenómenos luminosos;
Fenómenos magnéticos; Materialización; Metagrafología; Admoni-
ción; Impulso automático; Obsesión; Parakinesis; Paramnesia;
Parestesia; Percusión; Fenómenos de Poltergeist; Posesión; Pre-
cognición; Seudópodos; Fotografía psíquica; Sonidos psíquicos;
Psicokinesia; psicometría; Radiestesia; Radiografía; Retrocog-
nicion; Automatismo sensorial; telequinesia; Teleplasma; Teles-
tesia.

Edith puso la lista donde estaba. Dios mío, pensó. ¿Qué clase de semana vamos a
tener aquí?

24
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

2:53 P.M.

El garaje se había construido para acomodar siete autos. Ahora estaba vacío.
Cuando entraron, Fischer apagó la linterna, ya que bastante luz del día se filtraba
a través de las ventanas mugrientas. Miró la niebla verdosa que presionaba sobre
los cristales.
—Tal vez debiéramos mantener el coche aquí dentro —dijo.
Florence no contestó. Ella caminaba sobre el piso grasiento, volteando la cabeza
de un lado para otro. Hizo una pausa sobre un estante y tocó un martillo sucio,
moteado en herrumbre.
—¿Qué dijo usted? —preguntó.
—Que tal vez debiéramos meter el coche aquí dentro.
Florence negó con la cabeza.
—Si un generador puede ser estropeado aquí, también un coche lo será.
Fischer observó a la médium caminando alrededor del garaje. Cuando ella pasó a
corta distancia, percibió el perfume de la colonia que ella usaba.
—¿Por qué dejó usted la actuación? —le preguntó.
Florence lo miró con una sonrisa fugaz.
—Es una larga historia, Ben. Cuando nos hayamos aclimatado un poco, le diré por
qué. Ahora, sería mejor concentrarnos en este lugar —se detuvo en un parche de
luz y cerró sus ojos.
Fischer la miró. En esa semioscuridad, la piel de marfil y el lustroso pelo rojo le
daban la apariencia de una muñeca Dresden.
Después de un rato ella regresó a Fischer.
—Nada por aquí —dijo—. ¿Usted está de acuerdo?
—Lo mismo digo.
Fischer encendió la linterna cuando subieron los escalones hacia el corredor.
—¿Por dónde ahora? —preguntó ella.
—No conozco muy bien este lugar. Estuve aquí sólo tres días.
—Entonces exploraremos —dijo Florence—. No hay necesidad de... —calló de
pronto y repentinamente se detuvo, con la cabeza vuelta hacia la derecha, como
si hubiera escuchado un ruido detrás de ellos.
—Sí... —murmuró—. Sí. Pena. Dolor —frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—No, no —suspiró largamente y miró a Fischer.
¿Usted lo sintió? —le preguntó.
Fischer no contestó. Florence sonrió y apartó la mirada.
—Bien, veamos lo que podemos encontrar —dijo.
—¿Leyó el artículo del doctor Barrett en el cual compara a los médium con conta-
dores Geiger? —le preguntó mientras caminaban por el corredor.
—No.
—No es una mala comparación. Somos como contadores Geiger en cierto modo.
Si nos exponen a las emanaciones psíquicas, hacemos tictac. Por supuesto, la di-

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ferencia es que somos jueces así como también instrumentos, no sólo adquirien-
do impresiones, sino evaluándolas también.
—Ajá —dijo Fischer. Florence lo miró, intrigada.
Caminaron bajo el tramo de escalera enfrente de la capilla. Fischer apuntó la lin-
terna a sus pies.
—Me pregunto si vamos a necesitar la semana completa —dijo Florence.
—Un año completo no sería suficiente.
Florence trató de sonar suavemente en desacuerdo.
—He visto lo más abstruso de los problemas psíquicos solucionados de la noche a
la mañana. Nosotros no debemos...
Se detuvo, sujetándose firmemente de la baranda.
—Esta cloaca maldita... —masculló en una voz salvaje; pareció desmayarse y ne-
gó con la cabeza.
—Oh, señor. Tanta furia. Tanto veneno destructivo —contuvo un aliento temblo-
roso.
—Un hombre tan hostil —dijo—. No es de extrañar. ¿Quién le puede culpar, atra-
pado en esta casa?
Ella volvió la mirada a Fischer.
Alcanzando el corredor inferior, atravesaron un par de puertas metálicas de vai-
vén con ventanas redondas. Fischer empujó una de las puertas y franqueó el pa-
so a Florence. Cuando entraron, el ruido de sus pasos sonó agudamente en el pi-
so de ladrillos y reverberó fuera del cielo raso.
La piscina era de tamaño olímpico. Fischer dirigió su linterna a las profundidades.
Caminó hacia el borde de la piscina y se arrodilló en su esquina. Levantando la
manga de su suéter, metió su mano en el agua.
—No está fría —dijo, asombrado. Miró a su alrededor—. Si el agua entra, la pisci-
na debe operar con un generador separado.
Florence contempló la piscina. Las ondas hechas por Fischer se deslizaban a tra-
vés de su superficie.
—Hay algo aquí dentro —dijo, sin mirar hacia Fischer buscando su aprobación.
—El cuarto de vapor está en el otro extremo —dijo Fischer al regresar a su lado.
—Echémosle un vistazo.
El eco de sus pasos cuando caminaron por el borde de la piscina sonó como si al-
guien los estuviera siguiendo. Florence volvió la mirada a través de su hombro.
—Sí... —murmuró.
Fischer jaló la pesada puerta de metal y la sujetó entreabierta, apuntando la lin-
terna hacia adentro. El cuarto de vapor era cuadrado, de cuatro por cuatro me-
tros, y sus paredes, su piso, y el techo estaban azulejados en color blanco, con
bancos de madera alineados a las paredes; y, subiendo vertiginosamente a través
del piso como una serpiente petrificada, había una descolorida manguera verde
conectada a un grifo.
Florence hizo una mueca.

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—Perverso —dijo—. Aquí... —tragó como intentando librar su garganta de bilis


agria—. Aquí dentro —dijo—. ¿Pero qué?
Fischer soltó la puerta, y el ruido retumbó fuerte. Florence se sobresaltó; luego,
cuando él se marchó dando media vuelta, ella retomó el paso al lado de él.
—¿El doctor Barrett está ciertamente bien equipado, no es así? —dijo ella, tratan-
do de alivianar su estado de ánimo—. Es extraño pensar que él crea que la cien-
cia a solas pueda acabar con el poder de esta casa.
—¿Qué otra cosa podría hacerlo?
—El Amor —contestó ella y apretó su brazo—. ¿Sabes que es así, no?
Fischer sujetó la puerta de vaivén para ella, y regresaron al corredor.
—¿Qué habrá allí? —Florence cruzó el vestíbulo y abrió una puerta de madera.
Fischer apuntó el rayo de la linterna hacia adentro. Era una bodega de vinos, con
todos sus estantes y sus aparadores vacíos. Florence se sobresaltó.
—Puedo ver este cuarto completamente lleno de botellas. Ella se marchó dando
media vuelta—. No entremos.
Caminaron de regreso y cuando pasaron por la puerta de la capilla, Florence vol-
vió a estremecerse. —Este lugar es el peor de todos —dijo—. Si bien no he visto
la casa entera, en cierta forma tengo la sensación... —su voz fue desvaneciéndo-
se.
Se aclaró la voz. —En algún momento entraré —dijo.
Se adentraron en un corredor contiguo. A veinte metros a lo largo de su pared
derecha encontraron un pasaje abovedado.
—¿Pero qué tenemos aquí? —Florence caminó bajo el pasaje abovedado, boquia-
bierta.
—Oh, esta casa —dijo.
El salón de baile era colosal: sus paredes, brocadas y adornadas con paños rojos
de terciopelo: tres enormes arañas de luces, espaciadas a lo largo del cielo raso
revestido con paneles; el piso era de roble, elaboradamente parqueado; y en el
extremo más alejado se encontraba un recinto acústico para los músicos.
—¿Un teatro, sí, pero esto? —dijo Florence—. ¿Puede un salón de baile ser un lu-
gar maldito?
—El mal vino más tarde —dijo Fischer.
Florence negó con la cabeza.
—Sin embargo, es contradictorio —dijo mirando a Fischer—. Usted está en lo co-
rrecto, esto va a tomar un tiempo asimilarlo. Me siento como si estuviera en el
centro de un laberinto de una complejidad tal que la posibilidad de emerger es...
—se refrenó—. Aún así, saldremos.
En lo alto, hubo un cascabeleo. Fischer apuntó rápidamente la linterna hacia la
parábola de cristal pesado que pendía encima de ellos. Sus colgantes refractaron
la luz, extendiendo colores del espectro a través del cielo raso. La araña de luces
estaba inmóvil.
—Encontramos un reto —susurró Florence.

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No nos apresuremos en aceptarlo —advirtió Fischer.


Florence lo miró abruptamente.
—Bloqueas todo completamente —dijo.
—¿Qué?
—Te bloqueas a propósito. Por eso es que no sientes esas cosas.
Fischer sonrió fríamente.
—No las sentí porque NO estaban allí. Recuerde que yo también soy clarividente.
Sé bien cómo ustedes los médium mentales encuentran cosas en cada esquina
cuando quieren.
—Ben, eso no es cierto —Florence sonó herida—. Esas cosas estaban allí. Las
habrías sentido tal como yo si no las obstruyera...
—No obstruyo nada —le interrumpió—, es que trato de no tropezar dos veces con
la misma piedra. Cuando vine aquí en 1940, yo era igual que usted,... no, peor,
mucho peor. Siempre pensé que era alguien especial. Un regalo de Dios para la
investigación psíquica.
—Fuiste el médium físico más poderoso que este país alguna vez haya conocido,
Ben.
—Y sigo siéndolo, Florence. Sólo que ahora soy más cuidadoso, eso es todo. Por
eso le sugiero el mismo comportamiento. Usted se pasea alrededor de esta casa
incautamente con sus sentidos expuestos. Cuándo en realidad encontremos algo,
nos arrancará las entrañas a jirones. Este lugar no se llama Hell House por nada,
usted sabe. Tiene la intención de matar a cada uno de nosotros, así es que debe-
ría aprender a protegerse, o será una víctima más en la lista.
Se miraron en silencio por mucho tiempo. Finalmente ella tocó su mano.
—Pero si entierras tu talento... —dijo ella.
—Oh, carajo —dijo él. Dando media vuelta, se alejó de ella.

6:42 P.M.

La sala comedor tenía dieciocho metros de largo, y nueve de ancho; en ambas


direcciones hacia los vestíbulos. Había dos entradas para accederlo: una era el
pasaje abovedado del gran salón, y la otra, una puerta de vaivén conduciendo a
la cocina.
Su cielo raso estaba dividido en una serie de paneles elaboradamente cortados y
el piso estaba embaldosado y pulido.
Sus paredes revestidas con paneles tenían una altura de tres metros y medio,
rematadas en piedra. En el centro de la pared del oeste había una chimenea gi-
gante, con una terminación gótica llegando al cielo raso. Espaciadas a intervalos
por encima de la longitud de la mesa de doce metros, y en el centro del vestíbulo
colgaban cuatro lámparas inmensas. Treinta sillas de nogal antiguo rodeaban la
mesa, tapizadas en terciopelo color vino.

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Los cuatro estaban sentados en un extremo de la mesa, con Barrett en la cabece-


ra. El matrimonio de Caribou Falls había dejado la cena a las seis y quince.
—Si nadie objeta, me gustaría probar una sesión espiritista esta noche —dijo Flo-
rence.
La mano de Barrett se congeló momentáneamente antes de continuar sirviéndose
una segunda porción de brócoli.
—No tengo objeción —dijo.
Florence recorrió con la mirada a Edith, quien negó con la cabeza. Ella miró a Fis-
cher. —De acuerdo —dijo, tratando de alcanzar la cafetera.
Florence inclinó la cabeza. —Después de cenar, entonces. Su plato estaba vacío;
ella había estado bebiendo sólo agua desde que se habían sentado.
—¿Le importaría intentar una sesión mañana, señor Fischer? —preguntó Barrett.
Fischer negó con la cabeza. —No, todavía no.
Barrett asintió. Ya está; pensó. Le pregunté y se rehusó. Deutsch no pudo en-
viarme inútil peor que éste. Excelente. Mañana pediré otro clarividente.
—Pues bien —dijo Barrett—, debo decir que la casa apenas ha estado a la altura
de su reputación hasta ahora.
Fischer lo miró por encima de las sobras de comida de su plato.
—Es que todavía no ha tomado nuestras medidas —dijo. Sus labios se flexionaron
en una breve sonrisa sin humor.
—Pienso que estamos equivocados si consideramos a la casa como una fuerza
deletérea —dijo Florence. —Evidentemente, el problema aquí es causado por en-
tidades sobrevivientes quienes quieran que puedan ser. El único de quien pode-
mos estar seguros es Belasco.
—¿Usted lo contactó hoy? —preguntó Barrett—. Su tono era suave, pero Florence
sintió el sarcasmo en ella. —No —dijo—, pero el señor Fischer lo hizo cuando es-
tuvo aquí en 1940. Y la presencia de Belasco fue documentada.
Así fue reportado —dijo Barrett.
Florence vaciló. Finalmente dijo: —Pienso que es hora que entre nosotros ponga-
mos las cartas sobre la mesa, doctor Barrett. Entiendo que usted no está todavía
convencido de que los fantasmas existan.
—Si se refiere a entidades o personalidades supervivientes —dijo Barrett, usted
está realmente en lo correcto.
—¿A pesar de que hayan sido observados a lo largo de la Historia? —preguntó
Florence—. ¿De que hayan sido vistos por más de una persona a la vez? ¿O vistos
por animales? ¿O hayan sido fotografiados? ¿Qué hayan impartido información
que se verificó más tarde? ¿O que hayan tocado personas? ¿Y que hayan movidos
objetos?
—Esos son hechos manifiestos de un fenómeno, señorita Tanner, no prueba de la
existencia de fantasmas.
Florence sonrió cansadamente. —No sé cómo contestar eso —dijo.

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Barrett devolvió la sonrisa, gesticulando con sus manos mientras decía: —de
acuerdo, no congeniamos, entonces ¿Por qué no lo dejamos ahí?
—Es que usted no acepta La Otra Vida —persistió Florence.
—Esa es una noción encantadora —dijo Barrett—. No tengo objeción sobre eso,
sólo que NO PUEDO dar crédito al concepto de comunicarme con las así llamadas
entidades sobrevivientes.
Florence le contestó tristemente: —¿Cómo puede decir eso, habiendo oído los so-
llozos en sesiones de espiritismo?
—He oído sollozos similares en instituciones mentales.
—¿Instituciones mentales?
Barrett suspiró. —Sin intención de ofender. —Pero sé que la creencia en la comu-
nicación con los muertos ha conducido a más personas a la locura que a la tran-
quilidad de espíritu.
—Eso no es cierto —dijo Florence—. Si así fuera, todos los intentos en la comuni-
cación ultraterrena hubieran acabado hace mucho tiempo. Sin embargo, han du-
rado a través de los siglos —miró sostenidamente a Barrett, tratando de dar a
entender su punto de vista—. Usted la llama una noción encantadora, doctor. Se-
guramente es más que eso. ¿Qué hay acerca de las religiones que aceptan la idea
de la vida después de la muerte? San Pablo dijo: «¿Si los muertos no se levantan
de la tumba, entonces nuestra religión es en vano?»
Barrett no respondió.
—Pero usted no está de acuerdo —dijo.
—No, no estoy de acuerdo.
—¿Tiene usted alguna alternativa para ofrecerme, sin embargo?
—Sí —Barrett le devolvió una mirada fija, retadora.
—Tengo una alternativa mucho más interesante y compleja: a saber, el ego su-
bliminal, el vasto y oculto espacio de la personalidad humana que, como un ice-
berg, persiste bajo el así llamado umbral de la conciencia. Eso que está escondido
allí donde la ignorancia nos miente, señorita Tanner. No en las áreas especulati-
vas de la vida después de la muerte, sino aquí, en el AHORA; El reto de nosotros
mismos. Los misterios sin descubrir del espectro humano, las aptitudes infrarro-
jas de nuestros cuerpos, las aptitudes ultravioletas de nuestras mentes. Ésta es la
alternativa que le ofrezco: Las facultades extendidas del sistema humano que
hasta ahora no han sido establecidas. Las facultades REALES por las cuales, estoy
convencido, todos los fenómenos psíquicos son producidos.
Florence guardó silencio por algunos momentos antes de sonreír.
—Vamos a ver —dijo.
Barrett inclinó la cabeza. —Ciertamente lo haremos.
Edith miró alrededor de la sala comedor. —¿Cuándo habrá sido construida esta
casa? —preguntó.
Barrett miró a Fischer. —¿Sabe usted?
—Alrededor de 1919 —dijo Fischer.

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—De varias cosas que dijo usted hoy, tengo la impresión que sabe mucho acerca
de Belasco —dijo Barrett—. ¿Le importaría decirnos qué es lo que sabe? —No
vendría nada mal —reprimió una sonrisa—. Conocer a nuestro adversario.
¿Le parece divertido? Pensó Fischer. No lo encontrará divertido cuando Belasco y
los demás pongan manos a la obra.
—¿Qué quiere usted saber? —preguntó.
—Lo que sea que pueda decirnos —dijo Barrett—; un resumen general de su vida
podría ser de ayuda.
Fischer se sirvió otra taza de café, luego abrigó sus manos alrededor de la taza, y
comenzó a hablar.
—Nació en 1879, fue hijo ilegítimo de Myron Sandler, un fabricante de municio-
nes, y Noelle Belasco, una actriz inglesa.
—¿Por qué tomó él el nombre de su madre? —preguntó Barrett.
—Sandler era casado —dijo Fischer. Hizo una pausa, y siguió.
—Su infancia es un misterio excepto por incidentes esporádicos. A los cinco años,
colgó a un gato para ver si revivía usando la segunda de sus nueve vidas. Cuando
eso no pasó, se enfureció tanto que picó en trocitos al gato, arrojando las partes
desde su ventana del dormitorio. Después de eso, su madre lo llamó Evil Emeric.
—Se crió en Inglaterra, supongo —intervino Barrett.
Fischer afirmó con la cabeza. —Hubo otro incidente verificado... fue un atentado
sexual a su hermana menor —dijo.
Barrett frunció el ceño.
—¿Toda su vida va ser sobre eso?
—No vivió una vida ejemplar, doctor —dijo Fischer, con un tono cáustico en su
voz.
Barrett vaciló. —Muy bien —dijo. Miró a Edith—. ¿Algo que objetar, querida? Edith
negó con la cabeza. Luego miró a Florence.
—¿Señorita Tanner?
—No si nos ayuda a entender —dijo.
Barrett le hizo un gesto a Fischer para que continuara.
—Después del estupro, su hermana pasó dos meses en el hospital —dijo Fischer.
—No entraré en detalles. Después de eso, Belasco fue enviado a una escuela reli-
giosa cuando cumplió diez años. Allí, fue víctima de abuso durante mucho tiempo,
en su mayor parte por uno de los maestros pederastas. Más tarde, Belasco invitó
a ese hombre a visitar su casa por una semana; al final de ese tiempo, el maestro
volvió a su casa y se ahorcó.
—¿Qué aspecto tenía Belasco? —preguntó Barrett.
Fischer miró perdidamente hacia arriba. Al cabo de un rato, continuó:
—Sus dientes eran los de un carnívoro. Cuando los dejaba al descubierto en una
sonrisa, daba la impresión de un animal gruñendo. Su tez era blanca, pues como
decía el mismo: «Desprecio el sol y los espacios abiertos». Tenía ojos asombro-
samente verdes, que parecían poseer una luz interior en ellos. De frente ancha, y

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su pelo y corta barba muy negros. A pesar de su apostura demacrada tenía un


aspecto atemorizante, como el de algún demonio que ha cobrado forma humana.
—¿De donde sacó esa descripción? —preguntó Barrett.
—De su segunda esposa. Ella se suicidó aquí, en 1927.
—Pareces haber estudiado esa descripción minuciosamente y palabra por palabra
—dijo Florence—. Debes haberla leído muchas veces.
Fischer sonrió en forma sombría.
—Como el doctor bien dijo —contestó—, «Conoce a tu adversario».
—Escuché que era un tipo muy alto —intervino Barrett.
—Un metro noventa y siete. “El Gigante Rugiente”, le decían.
Barrett asintió. —¿Y su educación?
—Nueva York. Londres. Berlín. París. Viena. Ningún curso específico de estudio.
Lógica, Ética, Religión, Filosofía.
—Sólo la adecuada cantidad de conocimiento con la cual racionalizar sus accio-
nes, supongo —dijo Barrett—. ¿Heredó la fortuna de su padre, verdad?
—En su mayor parte. Su madre le dejó muchos miles de libras esterlinas, pero su
padre le dejó diez y medio millones de dólares, parte de los ingresos de las ven-
tas de rifles y ametralladoras.
—Eso le pudo haber dado un cargo de conciencia —dijo Florence.
—Belasco nunca sintió una pizca de culpabilidad en su vida.
—Que sólo viene a justificar su aberración mental —dijo Barrett.
—Su mente pudo haber sido aberrante, pero fue brillante, también —prosiguió
Fischer.
—Podía dominar con maestría cualquier tema que haya estudiado; hablaba y leía
una docena de idiomas; fue un avezado estudiante de filosofía natural y metafísi-
ca; había asimilado todas las religiones, cabalísticas y doctrinas Rosacruces, y los
misterios antiguos. Su mente era una bodega de información.
Hizo una pausa. —Un bestiario de caprichos y antojos.
—¿Amó alguna vez a alguna persona en su vida? —preguntó Florence.
—Belasco no creía en el amor —contestó Fischer—, creía en esto, y cito:

«La voluntad, en las rarezas del Ser, en el magnetismo, esa delectación más se-
creta y predominante de la mente: La Influencia.» Emeric Belasco, 1913.

—¿Qué quiso decir con ”La Influencia”? —preguntó Barrett.


—El poder de la mente para dominar —dijo Fischer—. El control de un ser huma-
no por otro. Obviamente tuvo ese tipo de personalidad hipnótica como tuvieron
Cagliostro y Rasputín. Según cita su segunda esposa: “Nunca nadie alguna vez se
acercó demasiado a él, pues su presencia terrible y avasalladora terminaría engu-
lléndoselo.”
—¿ Belasco tuvo hijos? —preguntó Florence.
—Un hijo, según escuché. Nadie está realmente seguro, sin embargo.

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—Usted dijo que la casa se construyó en 1919 —dijo Barrett—. ¿La corrupción
empezó inmediatamente?
—No, la casa era “normal” al principio. Cenas de Alta Sociedad. Soirées y bailes y
veladas.
Las personas viajaban de todas partes del país y del mundo para pasar un fin de
semana aquí. Belasco fue un sofisticado y perfecto anfitrión.
—Luego, en 1920, poco a poco, empezó la sensualidad en la conversación, luego
en la actividad. La murmuración. Rumores. Intrigas cortesanas. Maquinaciones
aristocráticas. Fluyeron el vino, el champagne y los dormitorios empezaron a
brincar; todo eso inducido por Belasco y sus influencias.
—Lo que él hizo, en esta primera fase, fue crear un paralelo con la alta sociedad
europea dieciochesca; requirió mucho esfuerzo para planear en detalle cómo lo
hizo. Fue diseñado con gran delicadeza.
—Supongo que el resultado de todo esto fue primordialmente sexual —dijo Ba-
rrett.
Fischer asintió con la cabeza.
—Belasco formó un club que llamó Les Afrodites. Cada noche y dos o tres veces al
día, tenían reuniones; Belasco las llamaba Simposios. Después de haber “degus-
tado” drogas y afrodisíacos, se sentaban alrededor de la mesa en la gran sala
hablando de sexo hasta que todo el mundo alcanzaba un trance, el que Belasco
llamaba “clima lúbrico”. Luego comenzaba una orgía.
—Aún así, al principio no era exclusivamente sexual; el exceso fue aplicado a ca-
da fase de la vida aquí. Cenar se convirtió en glotonería, el vicio del licor recurrió
a la ebriedad. Luego, vino la adicción a las drogas. Y, cuando el espectro físico de
sus invitados fue pervertido, entonces también lo fueron sus mentes.
—¿Cómo? —preguntó Barrett.
—Visualice veinte o treinta personas mentalmente alentadas a hacer lo que se les
viniere en gana los unos con los otros; sin ninguna clase de límite o tapujo en lo
que imaginación se refiere. Cuando sus mentes comenzaron a abrirse y acercar-
se, se formó una especie de comunión en cada aspecto de sus vidas conjuntas.
Esas personas se quedaron aquí meses, luego años. La casa se convirtió en su
forma de vida...
—Hippies perversos y con mucho dinero —intervino Edith.
—Algo así —continuó Fischer—. Pero esta forma de vida se volvió más demente
cada día. Aislada del contraste con la sociedad normal, La intemperancia total y la
depravación se convirtieron en la norma. Más tarde, la brutalidad y la carnicería
aparecieron.
—¿Cómo es posible que nadie se enterara de estas bacanales? —preguntó Ba-
rrett—. ¿Y porqué nadie llamó la atención... o denunció a Belasco?
—Bueno, la casa está apartada; Realmente aislada. Que yo sepa, no hubo nunca
una llamada por teléfono. Nadie osaría implicar a Belasco; Todos estaban dema-
siados intimidados por él. Una vez, unos detectives privados hicieron una pesqui-

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sa. No encontraron nada raro. Todo estaba en su lugar, y las personas eran las
más educadas que los uniformados hubieran visto.
—¿Y, durante todo ese tiempo, la gente seguía viniendo a la casa? —preguntó Ba-
rrett, incrédulo.
—Eran rebaños de animales en movimiento —dijo Fischer—. Al cabo de un tiem-
po, Belasco estaba tan harto de tener sólo a viejos pecadores ansiosos en su ca-
sa, que comenzó a dar la vuelta al mundo enlistando personas jóvenes y creati-
vas para invitarlas a lo que llamó su “Retiro artístico para escribir o componer,
pintar o meditar”.
—Y una vez que los trajo, por supuesto... —gesticuló—. Sus influencias.
—La más vil de las vilezas —dijo Florence—; corrupción de jóvenes —miró a Fis-
cher casi suplicante—. ¿Tenía este hombre algo de decencia?
—Ninguna —dijo Fischer—. Uno de sus pasatiempos favoritos era destruir a las
mujeres. Parece que siendo tan alto e imponente, tan magnético, podía enamo-
rarlas a voluntad. Luego, cuando estaban en lo más profundo de la adoración, se
deshacía de ellas. Le hizo a su hermana lo mismo que le habían hecho a él. Ella
fue su amante por un año. Después de que la desechó, ella se hizo adicta a las
drogas. Murió aquí de una sobredosis de heroína en 1923.
—¿Se drogaba Belasco? —preguntó Barrett.
—Al principio. Más tarde, comenzó a apartarse de sus invitados. Tenía la intención
de hacer un estudio sobre la naturaleza del mal, y decidió que no podría hacer
eso si él era un participante activo. Así es que comenzó a dejar de participar con-
centrando sus energías en la corrupción masiva de sus concurrentes.
Hacia 1926, inició la fase final. Aumentó sus esfuerzos en alentar a los invitados a
imaginar cada crueldad, cada perversión y cada horror que pudieran concebir.
Condujo certámenes para ver quienes podían crear las ideas más espantosas. Ini-
ció lo que él llamó “Días de Profanación”; veinticuatro horas continuas de depra-
vaciones, sin escalas. Intentó una escenificación de los 120 Días de Sodoma, del
Marqués de Sade. Después comenzó a importar monstruosidades de todas partes
del mundo para entremezclar con sus invitados: jorobados, enanos, hermafrodi-
tas, o con deformaciones grotescas de cada tipo.
Florence cerró sus ojos y bajó su cabeza, llevando sus manos sobre su frente.
—Creo que fue en ese momento —Fischer continuó—, en que todo comenzó a
desbarrancarse definitivamente. Ya no había sirvientes para mantener la casa;
fueron indistinguibles de los invitados para entonces. Los servicios empezaron a
fallar, y todo el mundo se vio forzado a lavar sus propias ropas, tarea que todos
rehusaron, por supuesto. Ninguno de los cocineros quiso quedarse, y todo el
mundo tuvo que preparar sus comidas, que empezaron a escasear.
—Luego, una epidemia de gripe golpeó la casa en 1927. Creyendo en los informes
de varios de los médicos invitados de que la niebla del Valle Matawaskie era dañi-
na para la salud, Belasco mandó sellar las ventanas con ladrillos.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—El generador principal, no siendo mantenido, comenzó a funcionar irregular-


mente, y se vieron forzados a usar velas. La chimenea se apagó definitivamente
en el invierno de 1928, y nadie se molestó en reencenderla. La casa se volvió tan
fría como una heladera. La neumonía exterminó a catorce invitados.
—A ninguno de los otros le importó. Para entonces, todo lo que les preocupaba
era el “régimen diario de depravaciones”, como Belasco lo llamó. A fines de 1928,
apareció la mutilación, el homicidio, la necrofilia y el canibalismo.
Los tres estaban sentados inmóviles y silenciosos, Florence con su cabeza gacha,
Barrett y Edith clavando sus ojos en Fischer, y, quedamente, virtualmente con la
mirada vacía, como si relataba algo muy ordinario, continuó.
—En junio de 1929, Belasco montó una versión muy particular del circo romano
en su teatro —dijo—. La atracción principal era ver a un leopardo hambriento co-
merse una mujer. En julio del mismo año, un grupo de doctores drogadictos se
pusieron a experimentar en animales y humanos, buscando umbrales de dolor,
intercambiando órganos y creando monstruosidades.
—Para entonces todo el mundo —menos Belasco— estaba en un nivel animal, su-
cios, usando ropas rotas, comiendo y bebiendo cualquier cosa en la que ellos pu-
dieran colocar sus manos, o matándose entre ellos por comida o agua; el licor,
las drogas, el sexo, la sangre, se emparejaban con el sabor de la carne humana,
gusto que muchos de ellos habían adquirido para entonces.
—Y, todos los días, Belasco caminaba entre ellos, frío, abstraído, impertérrito. Be-
lasco, un flamante Leviatán observando a sus exaltados acólitos. Siempre vestido
de negro. Una figura gigante, aterradora, contemplando el infierno que él mismo
había creado.
—¿Cómo acabó todo? —preguntó Barrett.
—¿Si eso hubiera acabado, estaríamos aquí?
—Lo terminaremos nosotros —dijo Florence.
Barrett persistió. —¿Qué sucedió con Belasco?
—Nadie sabe —dijo Fischer—. Cuando parientes de algunos invitados forzaron la
entrada de la casa en noviembre de 1929, todo el mundo adentro estaba muerto.
Unas veintisiete personas.
—Belasco no estaba entre ellos.

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8:46 P.M.

Florence caminó a través del gran salón. En los pasados diez minutos, ella había
estado sentada en un rincón —preparándose—, según les había dicho. Ahora es-
taba lista. Sonrió.
—¿Tomaremos nuestros lugares?
Los cuatro se sentaron en la enorme mesa redonda, Fischer enfrente de Florence,
Barrett varias sillas lejos de ella, Edith al lado de él.
—Se me ocurre —dijo Florence mientras se ubicaba—, que el mal en esta casa
está tan intensamente concentrado, que podría ser un constante atractivo para
todos aquellos espíritus atados a la Tierra en todas partes. En otras palabras, esta
casa podría estar actuando como un imán gigante para esas almas degradadas.
Esto podría explicar su atormentado historial.
¿Qué pretende decir con eso? Pensó Barrett. Volvió la mirada a Edith, y se esfor-
zó para reprimir una sonrisa cuando vio como ella miraba a Florence.
—¿Está segura que mi equipo no va a molestarle? —dijo.
—De ningún modo. De hecho, sería conveniente para usted conectar su grabado-
ra cuando NubeRoja comience a hablar. Podría decir algo valioso.
Barrett asintió con la cabeza.
—¿Trabaja con baterías, no?
Barrett asintió otra vez.
—Muy bien —Florence sonrió—. El resto de los instrumentos, claro está, no me
sirve.
Miró a Edith.
—Su marido le ha explicado, estoy segura, que no soy una médium física. Lo mío
es solamente un contacto mental con aquellos en espíritu. Los admito sólo en
forma de pensamiento —echó un vistazo alrededor—. ¿Apagamos las velas?
Edith se tensó cuando Lionel apagó su vela con dos dedos mojados. Fischer sopló
la suya. Sólo la de ella quedó, un diminuto y pulsante foco de luz en la inmensi-
dad del vestíbulo; Edith fue incapaz de obligarse a extinguirlo. Barrett extendió la
mano y lo hizo por ella.
La oscuridad pareció chocar con ella como una ola gigantesca, llevándose su
aliento. Buscó a tientas la mano de Lionel, recordando una visita que había hecho
una vez a las Cavernas Carlsbad. En una de las cavernas, el guía había apagado
las luces, y la oscuridad había sido tan intensa que ella había sentido como pre-
sionaba sus ojos.
—Oh, Espíritu de amor y ternura —comenzó Florence—, nos reunimos aquí esta
noche para descubrir una vez más la perfecta comprensión de las leyes que go-
biernan nuestro ser...
Barrett sintió la mano fría de Edith y sonrió. Supo lo que ella estaba haciendo; lo
mismo que había hecho docenas de veces antes, desde los primeros días de su

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trabajo. Si bien ella había estado en sesiones de espiritismo antes, pero nunca en
un lugar con un tamaño tan impresionante.
—Venga a nosotros, Oh, Divino Maestro, y danos la manera de comunicarnos con
esos del más allá, en particular con esos que caminan por esta casa en perpetuo
tormento.
Fischer lanzó un respiro largo y errático. Recordó su primera sesión aquí en 1940,
en esta sala y en esta misma mesa. Los objetos alrededor habían sido proyecta-
dos en el aire y el doctor Graham había quedado inconsciente por uno de ellos.
Una niebla verdosa y encendida había llenado la atmósfera, abrasando la gargan-
ta de Fischer.
No debería estar participando en esto, pensó.
—...Te suplicamos que el trabajo de cruzar el abismo de la muerte sea, para no-
sotros, el camino para que el dolor pueda ser transformado en alegría...
...todo esto en nombre de nuestro Padre infinito, Amén.
Todo quedó silencioso por un rato. Luego las piernas de Edith se replegaron
cuando Florence comenzó a cantar con una voz suave, melodiosa:
“Que el aliento avivador de la costa eterna del cielo haga que las almas, triunfan-
tes sobre la muerte, regresen a conectarse con la Tierra otra vez.”
Algo acerca del sonido de su canto en la oscuridad hizo carne de Edith y se es-
tremeció.
Cuando el himno hubo acabado, Florence comenzó a aspirar profundamente,
haciendo pases por delante de su cara. Después de varios minutos, comenzó a
frotar ambas manos sobre sus brazos y hombros, debajo de sus senos y sobre su
estómago y sus muslos. Las fricciones eran tan sensuales como si se diese masa-
je a sí misma, con los labios semiabiertos, ojos entornados y una expresión de
abandono voluptuoso en su cara. Su respiración se volvió más lenta y más fuerte.
Pronto fue un sonido roncamente sibilante, jadeante. Para entonces, sus manos
yacieron fláccidas en su regazo, con los brazos y las piernas dando ligeras sacu-
didas. Poco a poco, su cabeza se reclinó hasta que tocó el respaldo de la silla. As-
piró profundamente, y luego se quedó quieta.
El gran salón quedó en silencio. Barrett clavó los ojos en el lugar donde Florence
se sentaba, sin embargo no podía notar nada visible. Edith había cerrado sus
ojos, prefiriendo una oscuridad individual. Fischer se arrellanó tensamente en su
silla, esperando.
La silla de Florence hizo un ruido rechinante.
—Yo NubeRoja —dijo en una voz poderosa. Su cara, en la oscuridad, era pétrea;
su expresión, apremiante.
—Yo NubeRoja —repitió.
Barrett suspiró. —Buenas tardes —dijo.
Florence gruñó, inclinando la cabeza.
—Yo, venido de lejos. Traer saludos para usted de Reino de Paz Eterna; NubeRoja
puede verlo a usted. NubeRoja siempre feliz de círculo de creencia. Nosotros con

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usted siempre, velando y aguardando. La muerte no es el fin de carretera. La


muerte es la puerta al mundo sin fin. Esto sabemos.
—¿Podría usted...? —empezó a decir Barrett.
—Las almas en prisión, mazmorras de carne.
—Sí —dijo Barrett—. ¿Podría usted...?
—La muerte es perdón, es la liberación.
—¿Sí, pero que piensa usted...?
Edith mordió su labio inferior para abstenerse de reírse cuando Florence volvió a
hablar otra vez.
—La mujer Tanner poner voz en máquina, poner voz en cinta. No saber lo que
significar. ¿Usted hacer eso?
Barrett gruñó.
—Muy bien. Adelantando el cuerpo sobre la mesa, buscó a tientas la grabadora, la
conectó, y empujó el micrófono hacia Florence.
—Ahora, podría...
—NubeRoja guía de mujer Tanner. Guía de segundo médium de este lado. Hable
con mujer Tanner. Tráigale otros espíritus para ella.
Florence miró alrededor abruptamente, con los dientes al descubierto, y un gruñi-
do de desaprobación retumbó en su garganta.
—Casa Mala. Lugar de enfermedad. El mal aquí. Mala medicina. —negó con la ca-
beza y gruñó otra vez—. Mala medicina.
Gruñendo en la sorpresa, como si alguien la hubiera aferrado por detrás de ella,
continuó: —Hombre aquí. Hombre feo. Pelo largo. Suciedad en cara. Rasguños,
dientes amarillos. No ropas. Como animal. La respiración dura. Dolorido. Muy en-
fermo. Dice: «Denme paz. Déjenme libre...»
Edith se agarró a la mano de Lionel, asustada de abrir los ojos, como si con esto
fuera a ver la figura que Florence describió.
Florence negó con la cabeza, luego lentamente levantó su brazo y apuntó hacia el
vestíbulo de entrada.
—Váyase. Salga de la casa —miró perdidamente hacia la oscuridad, volviendo con
un gruñido—. Aquí demasiado tiempo. No escucha. No entiende —se golpeó lige-
ramente su cabeza con el dedo índice:
—Demasiada enfermedad aquí adentro.
Hizo un sonido como si algo interesante le hubiera sido impartido a ella.
—Los límites —dijo—. Las naciones.
—Los términos. No sabe lo que son los extremos y los límites. Las terminaciones
y las extremidades. —negó con la cabeza—. No sabe.
Ella se movió como si hubiera sido zamarreada groseramente por el hombro.
—No. Váyase —gruñó—. Un joven aquí. Debe hablar, deber hablar —gruñó otra
vez y luego se quedó quieta.
Los tres miraron bruscamente a Florence cuando volvió a alzar la voz:

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—¡No los entiendo a ustedes! —miró alrededor de la mesa, su expresión era de


agitación rabiosa—. ¿Por qué están aquí? No hacen ningún bien ¡Váyanse! Nada
cambiará.
—¡Nada! ¡Váyanse de aquí, o los lastimaré! ¡No puedo ayudarme a mí mismo!
—¡CONDENADOS HIJOS DE MIL PUTAS!
Edith presionó sus manos contra su silla. La voz de Florence era ahora completa-
mente diferente, histérica, desequilibrada, amenazadora.
—¿No pueden ver que estoy indefenso? ¡No quiero lastimarlos, pero debo...!
La cabeza de Florence cambiaba de posición adelante, atrás, y sus labios retroce-
dieron ante sus dientes.
—Les advierto... —les dijo en una voz gutural—: ¡Salgan de esta casa antes de
que los mate a todos ustedes!
Edith se sobresaltó cuando una serie de goles fuertes empezaron a sonar sobre la
mesa.
—¿Qué es eso? —preguntó. Su voz estaba perdida bajo la cadena de golpes sal-
vajes. Sonaba como si un loco golpeara con un martillo la mesa tan duro y rápido
como pudiera. Barrett comenzó a tratar de alcanzar sus instrumentos, luego se
acordó que no había electricidad.
Mierda —pensó.
Abruptamente, los golpes cesaron.
Edith miró hacia Florence en cuanto dejó de gemir. Ella todavía podía oír los gol-
pes atronando en sus oídos. Su cuerpo estaba entumecido, como si las vibracio-
nes hubieran asolado su carne.
Cuando Lionel liberó su mano, oyó un chasquido en sus ropas y luego vio como
una pequeña luz roja emanaba desde dónde él estaba sentado. Él había tomado
la linterna de bolsillo y la apuntaba hacia Florence. En la débil iluminación, Edith
pudo ver la cabeza de la médium hacia un lado, en mala postura contra la silla,
los ojos cerrados, y la boca entreabierta y babeando.
Repentinamente Edith se quedó dura, consciente del frío creciente debajo de la
mesa, y estremeciéndose, se cruzó de brazos. Fischer apretó sus dientes, de-
seando no saltar de su silla.
Barrett tiró del alambre del micrófono, lo acercó a su boca y empezó a relatar:
“Severa disminución de la temperatura; estrictamente táctil; imposible leer los
instrumentos. Los fenómenos físicos comenzaron con una serie de percusiones
sonoras.” Apuntó la linterna hacia Florence otra vez. “Tanner reaccionando irregu-
larmente. Trance estático contenido, pero variable; Inesperada confusión física.
Dando a la médium solución de sales aromáticas.”
Edith observó la lucecita roja de la linterna sobre la mesa, mientras Lionel abría el
tubo de las sales. El frío bajo la mesa hacía que sus piernas y sus tobillos empe-
zaran a dolerle; pero se sintió un poco mejor, al oír el tono sereno de la voz de
Lionel. Su aplomo había tenido un efecto sosegador en ella. Observó como me-
neaba el tubo en las narices de la médium.

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Florence se puso derecha rápidamente, abriendo los ojos.


Barrett frunció el ceño decepcionado. “Sujeto fuera de trance.” Desconectó la
grabadora de un golpe y encendió un fósforo. Florence evitó su cara mientras él
reencendía las velas.
Fischer se levantó y fue a buscar una jarra de agua. El labio de la jarra traqueteó
en el borde del vaso, mientras servía. Barrett lo miró. Fischer alcanzó el vaso a
Florence, quien bebió su contenido en un solo trago.
—Ah —le sonrió a Fischer—, gracias.
Colocó el vaso sobre la mesa, temblando.
—¿Qué sucedió?
Cuando Barrett se lo dijo, ella fijó los ojos en él, perpleja.
—No lo entiendo. No soy una médium física.
—Lo es ahora. Por lo menos es el embrión de una.
Florence se mostró confusa. —Eso no tiene sentido. ¿Por qué debería convertirme
repentinamente en una médium física después de todos estos años?
—No tengo ni idea.
Florence lo contempló. Finalmente, inclinó la cabeza con renuencia.
—Sí. Esta casa —miró alrededor. Suspiró.
—Es la voluntad de Dios, no mía —dijo—. Si la esencia de mi ser debe cambiar
para conseguir la purificación de esta casa, que así sea. Todo lo demás no tiene
importancia. Ella no miró a Fischer cuando habló. El peso de su responsabilidad a
sido puesto sobre mis hombros, pensó.
—Bueno, ahora podremos trabajar hombro a hombro si le parece —dijo Barrett.
—Sí, claro está.
—Llamaré por teléfono al hombre de Deutsch y le haré ocuparse de la construc-
ción de un gabinete mañana por la mañana.
Viendo en su expresión inquieta reflejar cierta duda, le preguntó: —¿En realidad
quiere esto?
—Sí, sí —su sonrisa lucía desconcertada.
—Sólo que... Pues bien, es difícil para mí entender. Todos estos años, he sido una
médium mental —negó con la cabeza—. Ahora esto —hizo un ruido sardónico.
—“El Señor se mueve de formas misteriosas”, ciertamente.
—También esta casa —dijo Fischer.
Florence lo miró sorprendida.
—¿Piensas que la casa tuvo algo que ver conmigo?
—Simplemente, NO BAJE LA GUARDIA —le cortó—. El Señor no tiene mucha in-
fluencia en La Casa del Infierno.

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9:49 P.M.

La Ciencia es más que un cuerpo razonable de hechos. Es, ante todo, un método de
investigación, y no hay razón aceptable para que los fenómenos parapsicológicos no
deban ser investigados por este método; como la física y la química, la parapsico-
logía es una ciencia de lo natural.
Ésta, desde luego, es la barrera intelectual que el Hombre inevitablemente debe
quebrar. La parapsicología no debe ser clasificada como un concepto filosófico. Es
una realidad biológica, y la ciencia no puede evitar este hecho permanentemente.
Ya se ha desaprovechado demasiado tiempo recorriendo los bordes de este reino
irrefutable. Ahora se debe entrar, estudiar y aprender.
Morselli lo expresó así: “El tiempo ha venido a quebrantar esta actitud exagerada,
negativa, esta constante sombra de duda con su sonrisa de comentario sarcástico.”
Es triste pensar que esas palabras fueron publicadas hace sesenta años atrás y
que la actitud negativa de la cual Morselli escribió todavía persiste...

—¿Lionel?
Barrett miró por encima de su escrito.
—¿Te puedo ayudar?
—No, acabaré en un momento —la miró sostenidamente. Ella estaba recostada
lánguidamente en un banco repleto de almohadas. Llevaba puesto un pijama
azul. Barrett le sonrió.
—Oh, esto puede esperar —dijo, decidiéndose con las palabras.
Puso el escrito de nuevo en su caja, mirando brevemente la carátula:

LOS LÍMITES DE LA FACULTAD HUMANA,


POR LIONEL BARRETT, B.S., M.A., PH.D.

Estaba complacido. Realmente, todo iba sobre rieles. La oportunidad para probar
su teoría, fondos para jubilarse, y el libro casi completado. Quizá sea bueno agre-
gar un epílogo acerca de la semana transcurrida aquí; tal vez un apéndice, un
pequeño volumen suplementario. Sonriendo, apagó la vela de la mesa octagonal,
se levantó, y cruzó el cuarto. Tuvo una visión momentánea de sí mismo como un
gran duque cruzando una cámara del palacio para departir con alguna cortesana.
Se rió entre dientes.
—¿Qué? —preguntó ella.
Se lo contó y ella sonrió.
—¿Una casa fabulosa, no? Un museo de tesoros. Si no estuviera encantada... La
expresión de Lionel la hizo detenerse.

41
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Barrett se sentó en la cama y apartó su bastón.


—¿Tuviste miedo durante la sesión? —preguntó—. Te quedaste muy quieta des-
pués de todo eso.
—Un poco nerviosa, nada más. Especialmente por el frío; nunca puedo acostum-
brarme a eso.
—Ya sabes lo que es —dijo—. El médium extrae calor del aire para convertirlo en
energía.
—¿Qué hay acerca de esas cosas que ella dijo?
Barrett se encogió de hombros.
—Imposible de analizar. Podría tomar años rastrear cada comentario y determinar
su procedencia. Sólo tenemos una semana. Pero los efectos físicos están ahí...
Se interrumpió cuando ella miró sobre su hombro, con un gesto de sorpresa; al
girar la cabeza, vio que la silla mecedora había comenzado a moverse.
—¿Qué es eso? —susurró Edith.
Barrett se levantó y cojeó a través del cuarto. Se colocó al lado de la silla y la ob-
servó mecerse de acá para allá.
—Es probablemente una brisa —dijo.
—Se mueve como si alguien estuviera sentado ahí —Edith inconscientemente se
había acurrucado contra de las almohadas.
—Nadie está sentado aquí, te lo garantizo —dijo Barrett—. Las sillas mecedoras
son fáciles de ponerse en movimiento. Por eso es que este fenómeno es tan fre-
cuente en las casas embrujadas. La mínima aplicación de presión es suficiente.
—Pero... ¿De donde sale esa presión?
Barrett siguió. —Es energía residual.
Edith se tensó cuando él extendió la mano y bloqueó el movimiento de la silla.
—¿Ves? —su mano se había retirado, y la silla se quedó inmóvil—. Está disipada
ahora.
Volvió a empujar la silla. Se meció unas pocas veces, luego se quedo quieta otra
vez. —Eso es todo —dijo.
Regresó a la cama y se sentó al lado de ella.
—No soy muy buena parapsicóloga, me temo —dijo Edith.
Barrett sonrió y palmeó su mano.
—¿Por qué esta energía residual repentinamente hace que una silla empiece a
mecerse? —insistió.
—No hay ninguna razón específica que se haya podido descubrir. Aunque nuestra
presencia en el cuarto indudablemente tiene algo que ver con eso. Es un tipo de
mecánica aleatoria que sigue la línea de movimientos mínimos que ocurren en
conjunto, estableciendo un patrón de dinámica: las brisas, los portazos, los gol-
pecitos, el ruido de pasos, sillas mecedoras, etc.
Ella inclinó la cabeza, y luego dijo:
—Tienes que dormir.
Barrett la besó en la mejilla, luego se levantó y se mudó a la otra cama.

42
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿Dejo encendida la vela? —preguntó Lionel.


—¿Te importaría?
—No.
Se acostaron. Edith contempló el diseño esculpido en los paneles de nogal del cie-
lo raso.
—¿Lionel?
—¿Sí?
¿Estás seguro que no hay fantasmas?
Barrett se rió. —Ni siquiera uno.

10:21 P.M.

Florence sintió el agua caliente caer sobre su pecho.


Estaba parada en la ducha, con la cabeza atrás, los ojos cerrados, sintiendo caer
los cordones de agua a través de su estómago y abajo de sus muslos y sus pier-
nas.
Pensaba acerca de la grabación durante la sesión. Una única cosa parecía impor-
tar: la voz enloquecida y temblorosa que les había dicho a ellos que se fueran de
la casa o serían muertos. Hay algo aquí. Es algo sin forma y apremiante.
«¿No pueden ver que estoy indefenso?»
Escuchó la voz lastimosa en su mente.
«¡No quiero lastimarlos, pero debo...!»
Esto puede ser parte de la respuesta.
Cerró los grifos y empujó la puerta de la ducha, parándose encima de la alfombri-
lla de baño.
Agarró una toalla de la percha y se frotó enérgicamente. Después, de puso el ca-
misón y cepilló sus dientes. Caminó a través del dormitorio con la vela, la colocó
sobre la mesita, y se metió en la cama más cercana a la puerta del cuarto de ba-
ño. Tiritando, se desperezó y jaló la ropa de cama hasta la barbilla. Al cabo de un
rato, su estremecimiento se detuvo. Mojó dos dedos, alcanzó la llama de la vela y
la apagó.
La casa estaba densamente silenciosa. Me pregunto qué estará haciendo Ben,
pensó. Pobre iluso. Apartó su atención de ese pensamiento. Eso podría esperar a
mañana. Ahora tendría que pensar acerca de su parte en este proyecto. Oh, esa
voz. ¿De quién habrá sido? Debajo de su amenaza había tanta desesperación,
tanta angustia acumulada.
Florence volteó su cabeza. La puerta del dormitorio se abrió. Ella miró a través de
la oscuridad del cuarto. La puerta volvió a cerrarse quedamente.
Ruido de pasos hacia ella.
—¿Sí? —dijo Florence.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

El ruido de pasos continuó acercándose, amortiguados en la alfombra. Florence


trató de alcanzar la vela; luego contuvo su mano, entendiendo que no era ningu-
no de los otros tres.
—Está bien —murmuró.
El ruido de pasos se detuvo. Florence escuchaba. Hubo un resuello al pie de la
cama.
—¿Quién está allí? —preguntó ella.
El sonido de una respiración. Florence miró con atención en la oscuridad, pero era
impenetrable. Cerró sus ojos.
—¿Quién es, por favor? —su tono era impasible.
La respiración continuó.
—¿Usted quiere hablarme?
La respiración.
—¿Es usted el que nos advirtió que nos fuéramos?
La respiración se aceleró.
—Sí —dijo ella—. ¿Es usted, no es cierto?
La respiración se hizo más trabajosa. Parecía la de un joven. Ella casi lo podía vi-
sualizar al pie de la cama, su postura tensa, su cara atormentada.
—Debe hablarme o darme alguna señal —dijo. Esperó. No hubo respuesta.
—Por el amor de Dios, déjeme ayudarle a encontrar la paz que está buscando.
¿Un sollozo? Creyó oír.
—Sí, oigo, entiendo. Dígame quién es usted, y podré ayudarle.
Repentinamente el cuarto se aquietó. Florence seguía escuchando.
El sonido de la respiración se había ido.
Con un suspiro de decepción, alcanzó la cajita de fósforos, encendió la vela y miró
alrededor. Nada. Quietud.
—¿Apago la vela? —preguntó.
Silencio.
—Muy bien —sonrió—. Usted sabe dónde encontrarme. En cualquier momento
que usted quiera...
Se interrumpió bruscamente, quedándose sin aliento, cuando la frazada se elevó
en el aire y se deslizó hasta el pie de la cama, deteniéndose sobre el respaldo.
Había una figura allí.
Florence recobró su aliento.
—Sí, lo puedo ver ahora —dijo. Estimó su estatura—. Pero que alto es usted. Fue
llamado El Gigante Rugiente, tembló al recordar las palabras de Fischer. Clavó
sus ojos en la figura. Podía ver su pecho ancho levantarse y caer, mientras respi-
raba.
—No —dijo abruptamente. No es Belasco. Comenzó a levantarse, contemplando
la figura. Deslizó las piernas fuera de la cama, parándose. La cabeza de la figura
cambió de dirección, observándola.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿Usted no es Emeric Belasco, verdad? Tal dolor no estaría en Belasco. Y siento


su angustia. Dígame quién...
La frazada repentinamente cayó al piso. Florence lo miró, luego se acercó para
recogerlo.
Al doblarse lanzó un resoplido ahogado cuando sintió una mano acariciando sus
nalgas.
Coléricamente, miró alrededor del cuarto. Hubo una risa ahogada, de bajo tono,
astuta. Florence dijo en tono trepidante:
—Usted ha probado ser un cobarde...
La risa ahogada se hizo más profunda. Florence negó con la cabeza piadosamen-
te.
—¿Si usted es tan listo, por qué sigue prisionero en esta casa?
La risa se detuvo y tres frazadas que había en una silla volaron como si alguien
las estuviera jalando con furia; después volaron las sábanas, las almohadas y la
cubierta del colchón. En siete segundos, toda la ropa de cama yacía desparrama-
da sobre la alfombra. El colchón quedó de lado, sobre la pared.
Florence esperó. Cuando nada más ocurrió, habló.
—¿Se siente mejor ahora?
Sonriendo, comenzó a recoger la ropa de cama. Algo trató de jalar una manta de
sus manos. Ella tironeó.
—¡Ya basta! ¡Esto no es gracioso!
Volvió hacia la cama. —Váyase, y no regrese hasta que aprenda a comportarse.
Cuando comenzó a rehacer la cama, la puerta hacia el corredor se abrió. Ella no
miró para observarlo cerrar.

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22 DE DICIEMBRE, 1970

7:01 A.M.

—Me temo que hoy no podré zambullirme —Barrett sacó su pie del agua—; tal
vez mañana por la mañana esté lo suficientemente caliente. Secó el pie y se puso
su chinela otra vez. Miró a Edith con una sonrisa pesarosa.
—Te pude haber dejado dormir.
—Oh, está bien.
Barrett miró alrededor. —Me pregunto si el baño turco funciona.
Edith jaló la puerta pesada de metal y la sostuvo para él. Barrett cojeó adentro y
ella cerró ruidosamente. Barrett levantó su vela y miró con atención, luego se in-
clinó hacia adelante, entrecerrando los ojos.
—Ah —colocando en el suelo su bastón y la vela, se arrodilló tratando de girar la
tapa a rosca de salida de vapor.
Edith se sentó enfrente de él y se apoyó contra la pared azulejada, enderezándo-
se cuando el frío en la espalda traspasó su túnica. Reparó en Lionel con somno-
lencia. El titilar de las velas hizo oscilar de arriba abajo sus sombras en las pare-
des y en el techo. Cerró los ojos momentáneamente, luego los reabrió. Se fijó en
la sombra que gravitaba en el cielo raso sobre Lionel. Pareció que, en cierta for-
ma, se expandía. ¿Cómo puede pasar eso? No había movimiento de aire en el
cuarto; las llamas de las velas se consumían normalmente. Sólo el movimiento de
Barrett luchando con la tapa del caño de vapor se reflejaba.
Parpadeó y negó con la cabeza. Podría jurar que los bordes de la sombra se ex-
tendían como una mancha de tinta en la pared. Cambió de posición en el banco.
El cuarto estaba en silencio excepto por la respiración de Lionel.
Vamos, pensó. Trató de decirlo en voz alta, pero algo la detuvo.
Clavó los ojos en la sombra. ¿No había cruzado esa esquina antes? No, no es na-
da, pensó. No es probablemente nada.
Dios, salgamos de aquí.
Sintió como su cuerpo se ponía rígido. Estaba segura que había visto la parte ilu-
minada de la pared volverse negra.
—¿Lionel?
El sonido que hizo fue apenas audible, un silbido débil de su garganta. Tragó sali-
va.
—¿Lionel?
Su voz subió tan abruptamente que Barrett se sobresaltó con un gruñido.
—¿Qué pasa?
Edith parpadeó. La sombra en el techo ahora se veía normal.
—¿Edith?
Ella llenó sus pulmones de aire. —¿Nos... vamos?

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿Nerviosa?
—Sí, estoy... viendo cosas —no quiso decirle, pero lo hizo. Tenía que saberlo.
—Creo que vi a tu sombra comenzar a crecer.
Él se levantó y recogió su bastón y su vela, dándose vuelta para unírsele.
—Es posible —dijo—. Después de una noche sin dormir en esta casa tan particu-
lar, me inclino a pensar que fue tu imaginación.
Dejaron el cuarto de vapor y emprendieron el viaje de regreso a lo largo del bor-
de de la piscina.
Mi imaginación, pensó Edith.
¿Alguien escucho alguna vez acerca de un fantasma en un baño turco?

7:33 A.M.

Florence golpeó suavemente la puerta del cuarto de Fischer. Cuando no hubo res-
puesta, tocó otra vez. —¿Ben? —llamó.
Fischer estaba sentado en la cama, los ojos cerrados, la cabeza inclinada contra
la pared. A su derecha, sobre su mesita de luz, la vela casi extinguida. Florence
entró y atravesó el cuarto, protegiendo la llama de su vela con una mano. Pobre
santo, pensó, parándose frente a la cama. Su cara estaba pálida. Ella se preguntó
si había logrado conciliar el sueño. Benjamin Franklin Fischer, El mayor médium
físico del siglo. Sus sesiones espiritistas en la casa del Profesor Galbreath del Ins-
tituto Marks habían sido el despliegue más increíble de poder desde el apogeo de
Palladino. Sintió piedad. Ahora estaba emocionalmente lisiado, un Sansón moder-
no, con su melena cortada.
Regresó al corredor y cerró la puerta tan quedamente como le fue posible. Miró
hacia la puerta del cuarto de Belasco. Ella y Fischer habían pasado por allí ayer
por la tarde, encontrando su atmósfera tan curiosamente insípida, de ningún mo-
do lo que ella había esperado.
Cruzó el corredor y entró en el cuarto otra vez. Era el único apartamento dúplex
en la casa, con un cuarto de estar y un baño localizado en el nivel más bajo; su
dormitorio terminaba en un balcón accedido por una escalera curvada. Florence
se acercó y subió por los escalones.
La cama pertenecía al estilo francés del siglo diecisiete, con columnas intrincada-
mente talladas tan gruesas como un poste telefónico. Las iniciales “E” y “B” esta-
ban esculpidas en el centro de la cabecera. Sentándose en la cama, Florence ce-
rró sus ojos y abrió sus suprasentidos a sus impresiones, queriendo comprobar
que no había sido Belasco el aparecido que se presentó anoche en su cuarto. Ex-
pandió su mente lo más posible tratando de no caer en trance.
Una avalancha de imágenes comenzó a cruzar su conciencia. El cuarto en la no-
che, lámparas ardiendo. Alguien descansando sobre la cama. Una figura riéndose
a carcajadas. Unos ojos lúcidos, que miran fijamente. Un calendario de 1921. Un

47
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

hombre de negro. Un penetrante aroma de incienso en sus fosas nasales. Una


pareja en la cama. Una pintura. Una voz maldiciente.
Una botella de vino arrojada contra la pared. Una mujer sollozante arrojada sobre
la baranda del balcón. La sangre fluyendo en el piso de cedro. Una foto. Una cuna
con rastel. Nueva York. Un calendario de 1903. Una mujer encinta.
Un nacimiento. Un varón.
Florence abrió los ojos. —Sí —asintió con la cabeza—. Sí.
Bajó las escaleras y salió del cuarto. Un minuto más tarde, entraba en la sala co-
medor, donde Barrett y su esposa desayunaban.
—Ah, que bueno que se levantó —dijo Barrett—. El desayuno acaba de llegar.
Florence se sentó a la mesa y se sirvió una porción pequeña de huevos revueltos
y una tostada.
Intercambió algunos comentarios con la señora Barrett, y le dijo al doctor que
convendría dejar a Fischer dormir todo lo que pudiera; finalmente, dijo:
—Creo que tengo una respuesta parcial que explica la estigmatización de esta ca-
sa.
—¿Ah sí? —Barrett le contestó más por educación que por interés genuino.
—Esa voz que nos advirtió. Ese martilleo en la mesa. La personalidad que se apa-
reció en mi cuarto anoche. Un joven.
—¿Quién? —preguntó Barrett.
—El hijo de Belasco.
La miraron en silencio.
—Recuerden que Fischer lo mencionó —dijo Florence mirándolos.
—¿Pero no dijo que nadie estaba seguro si Belasco tuvo un hijo o no? —dijo Ba-
rrett.
Florence asintió. —Pero lo tuvo. Él está aquí ahora, sufriendo, atormentado. Él ha
debido haber entrado en espíritu a una temprana edad, pasados los veinte, eso
pude sentir. Es muy joven y está asustado y por eso es hostil. Creo que si pode-
mos convencerlo de que se vaya, una porción de la fuerza maligna será elimina-
da.
Barrett asintió. Ya empezó con los fantasmas, pensó. —Oh, eso es muy intere-
sante —dijo.
Sé que no me cree, pero es mejor si le digo lo que pienso, pensó Florence.
Ella estaba a punto de cambiar de tema cuando sonó un golpe fuerte en la puerta
principal. Edith, quien bebía café, derramó una cierta cantidad al sobresaltarse.
Barrett le sonrió.
—Nuestro generador, supongo, y un carpintero, tal vez.
Se puso de pie, recogió su bastón y renqueó hacia el vestíbulo. Se detuvo a vol-
ver la mirada hacia Edith. —Pues bien, especulo que es seguro dejarte sola lo su-
ficiente como para contestar la puerta —dijo después de algunos momentos.

48
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Cruzó la gran sala y el pasillo de entrada. Abriendo la puerta principal, vio al re-
presentante de Deutsch en el porche, ataviado con un impermeable de cuello le-
vantado y un paraguas en su mano. Para sorpresa de Barrett, llovía a cántaros.
—Traje su generador y al carpintero —dijo el hombre.
—Ajá. ¿Qué hay acerca del gato?
—También.
Barrett sonrió satisfecho. Ahora podría empezar a moverse.

1:17 P.M.

Las luces eléctricas se encendieron, y, al unísono, los cuatro soltaron sonidos de


alivio. Intercambiaron sonrisas espontáneas.
—Caramba, nunca pensé que las luces eléctricas pudieran ser tan tranquilizadoras
—dijo Edith.
Bañado con luz, el gran salón parecía enteramente otro lugar. Ahora su tamaño
era regio en lugar de ominoso. Se había ido la amenazadora caverna y ahora pa-
recía la augusta cámara de algún museo de arte. Edith miró a Fischer. Él estaba
obviamente complacido, su apariencia era diferente, pero su aprensión no había
sido erradicada de sus ojos. Miró a Florence, sentada con el gato en su regazo.
Las luces, pensó. Ese gato descansando pacíficamente. Sonrió. Ya no parece una
casa maldita.
Se quedó sin aliento cuando las luces titilaron, se apagaron y volvieron otra vez.
Inmediatamente, comenzaron a perder intensidad. —Oh, no —se quejó.
—Cálmate —dijo Barrett—. Ya se compondrá.
Un minuto más tarde, las luces estaban brillantes y estables. Cuando otro minuto
pasó sin cambios, Barrett sonrió. —¿Ya ves?
Edith inclinó la cabeza, asintiendo. Sin embargo, su alivio había terminado.
De una seguridad relajada, había caído de regreso al temor fastidioso de que en
cualquier momento, volverían a quedar a oscuras.
Florence miró a Fischer, y le sonrió. Él no le devolvió el gesto.
Idiotas, pensó. Se encienden algunas bombillas y todos piensan que el peligro
terminó.

1:58 P.M.

El gabinete se había construido en la esquina del nordeste de la gran sala con la


instalación de barrotes de madera redondos de dos y medio metros de largo entre
las paredes. Un par de travesaños colgaban de la barra en anillos, formando un
cercado triangular de dos metros de altura. Dentro del cercado se dispuso un si-
llón de madera de respaldo recto.

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Barrett abrió ligeramente un lado del cercado hasta que hubo una abertura lo su-
ficientemente grande para acomodar una mesita de madera, que le había pedido
a Fischer que llevara. Empujando la mesita delante de la abertura, colocó encima
de ella una pandereta, una guitarrita de juguete, una campanilla de té, y un largo
pedazo de cuerda. Miró el gabinete por varios segundos y luego regresó con los
demás.
Observaron como Barrett registraba el baúl de donde había sacado la cuerda, la
campanita, la guitarra y la pandereta. Extrajo del fondo un par de mallas negras
y una bata de mangas largas, y las sostuvo frente a Florence.
—Creo que le calzarán —dijo.
Florence lo miró fijo.
—¿Le importaría ponerse esto?
—Bueno...
—Usted sabe que es el procedimiento regular.
—Sí, pero... —Florence vaciló y luego siguió— si es para prevenir fraudes...
—Mayormente.
Florence sonrió embarazosamente.
—Espero que no piense que yo sea capaz de cometer un fraude.
—No insinúo eso, señorita Tanner. Es simplemente que debo mantener un están-
dar. Si no lo hiciera, los resultados de la sesión serían científicamente inacepta-
bles.
Finalmente ella suspiró. —Muy bien —tomó las mallas y la bata, luego entró en el
gabinete para cambiarse, juntando los travesaños. Barrett miró a Edith.
—¿Podrías examinarla, mi amor? —le preguntó.
Edith caminó hacia el gabinete, soliviantada. Ella siempre había odiado hacer es-
to, aunque nunca se lo había dicho a Lionel. Parándose frente al gabinete, se
aclaró la voz.
—¿Puedo entrar?
Hubo un silencio momentáneo antes de que Florence contestase: —Sí.
Edith empujó los bordes de los travesaños, entrando en el gabinete.
Florence se había quitado su falda y el suéter y se disponía a quitarse la ropa in-
terior.
Se quitó las bragas mientras permanecía sentada. Cuando empezó a desengan-
char su corpiño blanco, Edith retrocedió un paso.
—Lo siento —se quejó—, sé que es difícil...
No se avergüence —dijo Florence—, su marido tiene toda la razón. Es procedi-
miento estándar.
Edith asintió, mirando la cara de Florence mientras colgaba su corpiño y sus bra-
gas en el respaldo de la silla. Su mirada se fijó en la plenitud de los hermosos se-
nos de la médium, y miró hacia arriba rápidamente. Florence ya estaba erguida y
completamente desnuda.
—Muy bien —dijo Florence.

50
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Edith vio un punteado de carne de gallina en los brazos de la médium.


—Lo haremos rápido para que pueda usted vestirse —dijo—. ¿Su boca?
Florence abrió grande su boca y Edith echó un vistazo. Ella se sintió ridícula.
—Pues bien, a menos que tenga un diente hueco o algo...
Florence cerró la boca y sonrió.
—Es simplemente un tecnicismo. Su marido sabe que no oculto nada.
Edith inclinó la cabeza. —¿Su pelo?
Florence levantó ambos brazos para desanudar su cabello. El movimiento hizo
que los pezones endurecidos rozaran contra el suéter de Edith. Edith retrocedió,
observando como las greñas de grueso pelo rojo ondearon hacia abajo, rebalsán-
dose sobre los níveos hombros de Florence. Nunca había examinado a una mujer
tan hermosa antes.
—Bien —dijo Florence.
Edith comenzó a tantear el frondoso pelo de la médium. Era cálido y sedoso al
tacto. La fragancia del perfume de Florence derivó sobre ella. Balenciaga, pensó.
Su respiración se dificultaba. Podía sentir el peso apremiante de los senos de Flo-
rence contra los propios y su tibieza. Quiso dar un paso atrás pero no lo pudo
hacer. Miró directamente a los ojos verdes de la médium, y los retiró rápidamen-
te.
Luego se concentró en sus orejas. No buscaré en su nariz, pensó. Retiró sus ma-
nos torpemente. —¿Axilas? —dijo.
Florence volvió a levantar los brazos y Edith se retiró un paso atrás. Recorrió la
mirada sobre sus axilas afeitadas. Ella inclinó la cabeza una vez, y Florence bajó
sus brazos. Edith sintió su corazón latir aceleradamente. El interior del gabinete
era demasiado chico.
Florence bajó la mirada y ahuecó sus manos bajo sus senos, separándolos. Esto
es ridículo, pensó Edith.
Ya basta, Edith se decidió. Le diré a Lionel que hice el resto. Obviamente ella no
tiene intención de cometer fraude.
Observó como la médium se sentó en la silla, tiritando. Florence miró a Edith. En
ese momento se reclinó hacia atrás y abrió sus piernas.
Edith se quedó con la mirada fija en el hermoso cuerpo de la médium: la perfecta
redondez de sus senos, la suave curvatura de su estómago, la plenitud lechosa de
sus muslos y el penacho de lustroso pelo cobrizo de la entrepierna. No podía qui-
tar los ojos de ella. Sintió un calor creciente en sus mejillas.
Sacudió con fuerza su cabeza tan rápidamente, mirando hacia arriba, que desató
una punzada de dolor a través de su cuello.
—¿Qué le pasa? —preguntó Florence.
Edith tragó saliva, quedándose con la mirada fija arriba a través de las barras de
madera, hacia el techo.
—¿Qué? —volvió a preguntar la médium.
Edith negó con la cabeza.

51
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—Creo que podemos asumir... —se interrumpió, gesticulando temblorosamente;


luego giró sobre sus talones y salió atolondradamente del gabinete.
Hizo un gesto afirmativo y rápido hacia Lionel y caminó ágilmente hasta la chi-
menea. Estaba segura que se veía completamente desconcertada, pero esperó
que él no le preguntase por qué.
Cerró sus ojos. Su cuello todavía le dolía por la torcedura. ¿Había visto realmente
un movimiento? No había visto nada allí. Sin embargo, podría haber jurado que
alguien había estado observando por sobre sus cabezas en el gabinete.
Observándola a ella.

2:19 P.M.

—¿Demasiado apretado? —preguntó Barrett.


—No, está bien —Florence contestó quedamente.
Barrett terminó de atar los guantes a sus muñecas. Mientras lo hacía, Florence
miró a través de su hombro a Edith, quien se había sentado en la mesa del equi-
po, con el gato descansando sobre su regazo.
Ponga sus palmas sobre los platos —instruyó Barrett. Los guantes que él había
sujetado a Florence tenían pegados platos de metal en sus palmas. Cuando Flo-
rence los apoyó sobre los que estaban clavados a los brazos de la silla, un par de
bombillas diminutas en la mesa del equipo se iluminaron.
—Siempre que sus manos permanezcan en los brazos de la silla, las bombillas se
encenderán —dijo Barrett—. A ver, corte el contacto...
Ella levantó sus manos, y las bombillas se apagaron.
Florence observó como Barrett desenrollaba el cable para los platos de los zapa-
tos. Le molestó que Edith hubiera permanecido con la vista hacia arriba de la
forma en que lo hizo, cuándo ella no había tenido conciencia de nada.
—¿Activarán los platos de los pies las mismas dos bombillas? —preguntó.
—No, otras dos.
—¿No es eso una gran cantidad de electricidad?
—No se preocupe, el voltaje combinado de las cuatro lamparitas es menor de diez
voltios —le contestó cuando le conectó los platos de los zapatos.
—Había asumido que estaríamos a oscuras.
—No puedo aceptar la oscuridad como una condición experimental —Barrett miró
hacia arriba—. ¿Probamos los platos de los pies?
Florence colocó los pies sobre el par de platos que Barrett había atornillado al pi-
so. En el equipo de la mesa, dos bombillas pequeñas se encendieron.
—Habrá justo la adecuada cantidad de luz para observarla —dijo.
Florence asintió. Las palabras de Barrett la reconfortaron.
Sin embargo, ¿Por qué me siento contrariada? Pensó.

52
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Fischer se sentó mirando a la médium, y su insinuante figura esbozada por el ce-


ñido traje. No se le despertó nada. Esas malditas mallas negras, pensó. ¿Cómo
pudimos llegar a tolerarlas? Le vinieron a la memoria sus años adolescentes, lle-
nos de sesiones interminables como ésta, su madre y él yendo de ciudad en ciu-
dad en autobuses, de una prueba hacia otra.
Encendió otro cigarrillo y observó como Barrett conectaba los cables al gabinete.
Los brazos y muslos de Florence ya estaban alambrados y amarrados a la silla;
luego, cubriéndola, un paño de tela mosquitera donde se habían cosido unos cas-
cabeles. Aseguró una red colgándola sobre las vigas de madera. Jaló la mesa pe-
queña varios centímetros hacia sí mismo. Ahora la red llenó el espacio entre la
mesa y Florence, donde unas pesas en su fondo la tensaban.
Barrett dispuso las luces infrarrojas para que brillaran a través de la superficie de
la mesa delante del gabinete. Al mover su mano a través de la mesita, se produjo
un click sincronizado de las dos cámaras fotográficas, activadas por el movimien-
to. Satisfecho, comprobó el dinamómetro y el globo del telekinetoscopio. Puso un
poco de arcilla de modelaje en una cazuelita en el pequeño horno eléctrico y bre-
vemente batió la parafina derretida.
—Creo que estamos listos —dijo.
Como si entendiera sus palabras, el gato saltó repentinamente del regazo de
Edith y anduvo a paso sostenido a través del cuarto, dirigiéndose hacia el
vestíbulo de entrada. —¿No es eso alentador? —dijo ella.
—No quiere decir nada —dijo secamente Barrett.
Después de ajustar las luces rojas y amarillas a iluminación mínima, se acercó al
interruptor de la pared y lo oprimió. La gran sala se ensombreció. Barrett tomó su
lugar en la mesa, conectando la grabadora.
—22 de diciembre de 1970 —dijo en el micrófono.
—Testigos presentes: doctor Lionel Barrett y señora, señor Benjamin Franklin Fis-
cher; médium: señorita Florence Tanner. Rápidamente recitó los detalles de ruti-
na y precauciones, luego se sentó.
—Proceda —dijo.
Los tres estaban sentados silenciosamente cuando Florence hizo una invocación y
cantó un himno. Después de que hubiera acabado, comenzó a tomar aliento pro-
fundamente. Pronto, sus manos y sus piernas comenzaron a dar sacudidas como
si estuviera siendo supeditada a una serie de espasmos galvánicos. Su cabeza
comenzó a moverse de un lado para otro, su cara volviéndose roja. Gemidos de
bajo tono vibraron en su garganta.
—No —masculló.
—No, no ahora.
Gradualmente sus ruidos se desvanecieron, hasta que, después de una inhalación
jadeante, se sumió en silencio.
—Dos treinta y ocho P.M: Tanner entró en un trance aparente —dijo Barrett en el
micrófono.

53
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—Pulso: ochenta y cinco. Respiración: quince; cuatro contactos eléctricos mante-


nidos —comprobó el termómetro gráfico—. Ningún cambio en la temperatura; es-
table en veintidós coma ocho grados.
—Dinamómetro: mil ochocientos setenta.
Veinte segundos más tarde, habló otra vez.
—La lectura del dinamómetro disminuyó a mil ochocientos veintitrés; temperatura
decreciendo; ahora en diecinueve coma dos grados. Pulso: noventa y cuatro y
subiendo.
Edith juntó sus piernas, apretujándolas cuando empezó a sentir el frío debajo de
la mesa. Fischer permanecía inmóvil. Aún protegido, podía palpar el poder que se
estaba aglutinando en el perímetro.
Barrett comprobó el termómetro otra vez.
—La temperatura ahora es cinco coma tres grados; la tensión del dinamómetro se
reduce a mil setecientos setenta y nueve; manómetro negativo.
Los contactos eléctricos todavía mantenidos; La tasa de respiración aumentando.
Cincuenta... Cincuenta y siete... Sesenta; subiendo firmemente.
Edith miró a Florence. En la débil luz, todo lo que podía atisbar era la cara de la
médium y sus manos. Le pareció que estaba reclinada contra la silla, con los ojos
cerrados. Tragó saliva. Tenía un nudo frío en su estómago, que no podría ser
ahuyentado con ninguna palabra tranquilizadora de Lionel.
Parpadeó violentamente cuando los obturadores de las cámaras hicieron click.
—Rayos infrarrojos activados, cámaras operativas —dijo Barrett. Miró el instru-
mento pintado de azul oscuro y saltó con excitación: —Prueba de REM comenzan-
do.
Fischer lo miró. ¿Qué carajo será el REM? Claramente es algo vital para Barrett.
—Respiración de la médium ahora en doscientos diez —relataba Barrett—. El di-
namómetro en mil cuatrocientos sesenta; la temperatura...
Se interrumpió al escuchar el jadeo de Edith.
—Presencia de ozono en el aire —continuó—. Notable, pensó.
Pasó un minuto, luego dos. El olor y el frío crecían sostenidamente. Abruptamente
Edith cerró sus ojos. Esperó, los reabrió, y clavó la mirada en las manos de Flo-
rence. No había sido su imaginación.
Filamentos de una pálida materia blanca y viscosa se destilaban de las puntas de
los dedos de la médium.
—Teleplasma formándose —dijo Barrett—. Hilos uniéndose en una sola hebra
transparente; intentando penetración material —esperó hasta que la hebra de te-
leplasma fuera lo suficientemente larga, y luego le dijo a Florence:
—Trate de levantar la campana —hizo una pausa antes de repetir la instrucción.
El tentáculo viscoso comenzó a ganar altura lentamente, como si fuera una ser-
piente. Edith se echó para atrás en su silla, mirando fijamente como esa cosa se
deslizaba a través del aire, atravesaba la red, y se dirigía hacia la mesa.

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—El teleplasma atravesó directamente la red y se mueve sobre la mesa —dijo Ba-
rrett.
—Dinamómetro en mil trescientos cuarenta, cayendo firmemente. Los contactos
eléctricos todavía mantenidos.
Su voz se convirtió en un galimatías de sonidos sin sentido para Fischer cuando
observó el húmedo y gris tentáculo moverse sobre la mesa, como si fuera un gu-
sano gigante. Una breve imagen de su pubertad atravesó su mente:
Ben Fischer, catorce años, en trance profundo, con una extrusión teleplasmática
similar, pero saliendo de su boca. Tembló cuando el miembro transparente se
trenzó a sí mismo alrededor de la campanita, lenta, pero sólidamente. De repen-
te, la levantó en el aire, y las piernas de Fischer bailotearon bruscamente cuando
la campanita repicó.
—Gracias. Por favor, ponga la campana donde estaba —le dijo Barrett a Florence;
Edith lo miró, asombrada por su tono casual.
Su mirada regresó a la mesa cuando la extremidad viscosa bajó la campana, y se
desenroscó a sí misma de la empuñadura.
—Intentando conseguir muestra del espécimen —dijo Barrett.
Se aproximó y colocó un tazón de porcelana en la mesa del gabinete; el tentáculo
se sacudió con fuerza, hacia atrás, alarmado por el movimiento de Barrett.
—Deje una porción en la taza, por favor —dijo Barrett, regresando a su silla.
El apéndice gris comenzó a bambolearse de aquí para allá como el tallo de alguna
planta submarina ondulando en la corriente.
—Por favor, deje una porción en la taza —repitió Barrett. Miró la grabadora REM.
La aguja había pasado la marca 300. Sintió un regocijo de satisfacción. Volvién-
dose al gabinete, repitió su instrucción otra vez. Nada.
Se vio forzado a repetir las palabras siete veces más antes de que el filamento de
ectoplasma comenzara a moverse.
Al fin, comenzó a moverse hacia el tazón. Edith fijó los ojos en eso, asqueada pe-
ro fascinada. Una serpiente ciega, de escamas grises. Cuando alcanzó el tazón,
serpenteó hacia arriba, sobre el borde, con precaución. Se retiró violentamente,
como reaccionando ante la fría porcelana. Se acercó otra vez, manteniendo una
cautela perceptible en su movimiento.
En el quinto avance, el tentáculo permaneció en el lugar, enrollándose lánguido y
subiendo vertiginosamente, hasta que llenó el tazón. Treinta segundos más tarde
se retiró. Edith vio como desaparecía de la vista.
Barrett se levantó y trajo el tazón a la mesa del equipo. Edith le echó un vistazo
al líquido transparente.
—Espécimen colectado en tazón —dijo Barrett, mirándolo—. Ningún olor. Incoloro
y ligeramente turbio.
—Lionel —el susurro urgente de Edith lo hizo volverse.
A través de la mitad inferior de la cara de Florence, una masa nublada comenza-
ba a formarse.

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—Materia teleplásmica generándose y expandiéndose en la mandíbula inferior de


la médium —dijo Barrett—. Emisión bucal y nasal.
Continuó relatando la sesión en el micrófono, describiendo la materialización y
anotando las lecturas de los instrumentos.
Edith se quedó con la mirada fija en la formación delante de la cara de Florence.
Ahora se parecía a un pañuelo roto, mugriento, con la parte de abajo colgada y
hecha jirones. La parte superior comenzaba a levantarse. Se esparció con un mo-
vimiento cimbreante, primero oscureciendo la nariz de Florence, luego sus ojos,
finalmente su frente, hasta que su cara fue cubierta enteramente por la forma-
ción de un velo harapiento, a través del cual sus características pálidas podrían
verse.
—El velo de teleplasma comienza a condensarse —dijo Barrett—. Esto realmente
ES notable; que una médium mental pueda producir tal cantidad de ectoplasma
en su primera sesión física es algo casi sin precedentes, pensó.
Siguió observando con el máximo interés.
La textura del velo empezó a cuajarse. En menos de un minuto, la cara de Flo-
rence había desaparecido. Pronto, sus hombros también se ocultaron bajo los
pliegues de ese sudario empapado y sucio, que descendía ahora hacia su regazo,
alargándose en una sólida y ancha sábana. Mientras descendía, cobraba colora-
ción.
—Filamentos separados extendiéndose hacia abajo —dijo Barrett—. Matiz rojizo
sobreponiéndose al gris.
—El tejido fino parece estar inflamándose... más brillante... más brillante...
—Ahora tiene el color de la carne viva...
Fischer se sintió entumecido. Un extraño pánico repentino lo golpeó; cerró sus
manos y clavó sus uñas en sus palmas hasta que el dolor opacó todo lo demás.
El sudario en que Florence estaba envuelta se hacía más turbio a cada instante,
transparente en algunos lugares, opaco en otros. Las posiciones de estas man-
chas cambiaban de lugar y aparecían en su pierna o en el brazo derecho o en el
centro de su regazo.
Edith se presionó contra su silla. Había presenciado fenómenos psíquicos antes,
pero nada como esto. Poco a poco, la sábana comenzó a tomar una forma reco-
nocible.
—Se parece vagamente a un brazo y una muñeca —dijo Edith.
Veintisiete segundos más tarde, una figura blanca se elevó ante el gabinete; ves-
tida en una túnica informe, asexuada, incompleta, sus manos parecían garras ru-
dimentarias. Tenía una boca, una oscura mancha que fingía ser una nariz, y dos
sombras, que pretendían ser ojos. Se quedó allí, contemplándolos.
Edith se atragantó.
—Cálmate —dijo Barrett—. Forma teleplásmica humanoide; imperfecta...
Se interrumpió cuando la figura se puso a carcajear sordamente.
Edith lanzó un gruñido de aflicción. —Cálmate —repitió Barrett.

56
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La figura se reía en forma intensa y estentórea, como engullendo el aire. Edith


sintió que su cabeza estallaba. La figura empezó a mirarla. Pareció acercarse. Un
quejido asustado llenó su garganta.
—Quieta —susurró Barrett.
Súbitamente la figura la alcanzó, y Edith gritó, lanzándole los brazos a través de
su cara transparente. Con el ruido chasqueante de una goma elástica, la figura
desapareció. Florence alzó la voz roncamente, haciendo a Edith saltar otra vez.
Fischer se levantó con dificultad.
—¡SUJÉTELA! —le ordenó Barrett.
Fischer se movió rígidamente hacia la mesa cuando Lionel jaló la red y le apuntó
la luz roja de su linternita de bolsillo a la cara de Florence. Inmediatamente apagó
y comprobó sus instrumentos.
—Tanner saliendo del trance —dijo.
—Retractación prematura, causando sacudida sistémica breve. Miró a Fischer.
—Ayúdela ahora —dijo.

4:23 P.M.

Edith se despertó adolorida. Miró su reloj de pulsera y calculó que había estado
durmiendo más de una hora.
Lionel, en la mesa octagonal, estaba absorto en su microscopio y en sus notas.
Edith dejó caer sus pies a través del borde del colchón y se puso los zapatos. Pa-
rándose, atravesó la alfombra. Barrett miró hacia arriba, sonriendo.
—¿Te sientes mejor?
Ella bajó la cabeza. —Me disculpo por lo que hice antes.
—Ningún problema.
Edith hizo una mueca de desolación. —¿Causé una “retractación prematura”?
—No te preocupes, ya pasó; estoy seguro que no es lo peor que le pasó a Tanner
durante una sesión.
Barrett la miró un momento, luego preguntó: —¿Qué te hizo enojar antes de la
sesión? ¿El examen?
Edith especuló en su respuesta. —Estuve un poco torpe, sí.
—Pero lo habías hecho antes...
—Sí —se puso tensa—. Sólo que me sentí incómoda esta vez.
—Deberías haberme dicho. Lo pude haber hecho yo.
—Me alegro que no lo hayas hecho —Edith esbozó una tímida sonrisa—. Compa-
rada con ella, parezco un hombre.
—Como si eso tuviera importancia —rumió Barrett.
—De cualquier manera, arruiné la sesión —dijo Edith cambiando el tema.
—No arruinaste nada. No puedo estar más satisfecho.
—¿Qué estás haciendo?

57
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Barrett gesticuló hacia el microscopio. —Echa un vistazo.


Edith miró con atención por el ocular. En la platina, nadaban grupos de cuerpos
ovales y poligonales. —¿Qué estoy mirando? —preguntó.
—Una muestra de teleplasma diluido en agua. Lo que estás viendo son conglome-
rados laminares descoloridos por falta de luz, cuerpos cohesivos, y laminillas de
formas variadas que parecen ser epitelios sin núcleos.
Edith lo miró en tono de reprimenda.
—¿Piensas que entendí algo de lo que dijiste?
Barrett sonrió. —Sólo fanfarroneaba. Lo que trato de decir es que el espécimen
consta de detritus de células, epitelio, vellos, agregados transparentes, granitos
de grasa aislados, moco, etcétera.
—¿Pero qué significa?
—Significa que eso que los espiritistas llaman ectoplasma o “emanaciones del
médium” está derivado casi enteramente del cuerpo del médium, o sea la mezcla
de polvillo del aire, fibras del traje de la médium, esporas bacterianas, granitos
de almidón, restos de comida y partículas de mugre, etcétera. La masa de eso,
sin embargo, es materia orgánica, viva. Piensa en eso, querida; una externaliza-
ción orgánica del pensamiento. Mente reducida a materia, objeto de observación
y análisis científico —movió la cabeza maravillado—. El concepto de la existencia
de fantasmas es horriblemente prosaico comparado con esto.
—¿Quieres decir que Florence hizo esa figura a partir de su propio cuerpo?
—Esencialmente.
—¿Para qué?
—Para probar lo que dijo antes. Esa figura indudablemente vendría a ser el hijo
de Belasco; un hijo que, estoy convencido, nunca existió.

4:46 P.M.

El gato yacía indolente al lado de ella. Su cuerpo latió en ronroneos cuando Flo-
rence acarició su cuello.
Ni bien subió las escaleras, lo había encontrado acobardado fuera de su puerta y
lo había llevado consigo adentro. Lo había oprimido suavemente en su regazo
hasta que el estremecimiento se hubo detenido; luego lo dejó en la cama y tomó
una ducha. Ahora ella yacía en su túnica, con la frazada jalada a través de ella.
—Pobre minino —se quejó—, qué lugar para traerlo.
Recorrió con un dedo todo a lo largo del cuello del gato, y éste levantó la cabeza
con un movimiento lánguido, y los ojos todavía cerrados. Barrett había dicho que
lo necesitaba como una verificación adicional de “presencias” en la casa. Parecía
una medida extrema, sin embargo, sólo para adquirir una mera validación cientí-
fica. Tal vez pueda hacer que la gente que trae la comida se lo lleve. Ella le pedi-
ría a Barrett que le deje saber cuando el gato hubiera servido a su propósito.

58
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Florence cerró sus ojos otra vez. Deseó poder dormir, pero su mente continuaba
batallando.
La extraña vergüenza que había sentido Edith Barrett en el gabinete y la forma en
la que ella había salido apresuradamente, como si alguien las estuviera mirando;
las exageradas medidas preventivas de Barrett contra el fraude; su incipiente ca-
pacidad de médium física; su falta de fuerza para entrar en la capilla; su preocu-
pación hacia Fischer; su descontento consigo misma; el falso coraje que había
demostrado frente a la presencia del hijo de Belasco después de... Dio un brinco,
quedándose sin aliento, cuando el gato saltó bruscamente de la cama. Endere-
zándose, lo vio salir a la carrera hacia la puerta y quedarse agazapado allí, el lo-
mo arqueado, pelos de punta, sus pupilas expandidas tan completamente que sus
ojos se vieron negros. Precipitadamente ella se levantó y se cruzó hasta alcanzar
la puerta. En el momento en que la abrió, el gato salió al corredor y desapareció.
Algo onduló detrás de ella y al girar rápidamente, vio la colcha y las mantas ate-
rrizando en la alfombra.
Había algo debajo de la sábana.
Florence miró la cama. Era una figura masculina. Se acercó aprensivamente, al
notar la desnudez de la presencia. Podía adivinar cada contorno de su cuerpo, el
ancho creciente de los pectorales y la protuberancia de los genitales. Sintió una
agitación de conciencia sensual en su cuerpo. No, se dijo a sí misma; eso es lo
que él quiere.
—Si busca impresionarme con su ingenio otra vez, no estoy interesada —dijo.
La figura no produjo sonido. Yació inmóvil debajo de la sábana, el pecho expan-
diéndose en una perfecta simulación de aliento. Florence miró fijamente el con-
torno de su cara. —¿Es usted el hijo de Emeric Belasco? —preguntó.
Avanzó ligeramente a lo largo del costado de la cama.
—Si es usted, lo escuché decir que ninguna cosa cambia. Se equivoca. Con amor,
todas las cosas son posibles. Eso es verdad en esta vida, y en la otra también.
Alargó el brazo para destaparlo.
—Vamos, dígame quién es —dijo.
—¡Buú! —la figura aulló.
Florence respingó con un grito. Instantáneamente la sábana colapsó, y ya no
había nada más en la cama. El aire helado vibraba con una risa burlona. Florence
tiró la sábana con fuerza.
—Muy gracioso —dijo.
La risa aumentó el tono, cobrando una cualidad demencial. Florence juntó sus
manos, como si rezara.
—¡Si lo único que le importa son las bromas pesadas, manténgase alejado de mí!
—le pidió.
Por casi veinte segundos, el cuarto permaneció mortalmente silencioso. Florence
sintió como los músculos de su estómago se constreñían lentamente. En ese ins-
tante, la lámpara china se proyectó violentamente hacia la pared, haciéndose pe-

59
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dazos la bombilla; sólo la luz del baño libraba al cuarto de la oscuridad total. Flo-
rence escuchó ruidosos pasos alejarse a través de la alfombra. La puerta se abrió
tan impetuosamente que el picaporte embistió contra la pared.
Esperó un buen rato antes de cruzar el cuarto para cerrar la puerta. Accionó el
interruptor de la luz y recogió la lámpara caída.
Tanta cólera, pensó. Pero no era sólo cólera; Eso es claro.
También era una súplica.

6:21 P.M.

Florence entró en la sala comedor. —Buenas noches —dijo.


La sonrisa de Fischer fue superficial. Florence se sentó.
—¿Has visto a los Barrett? —preguntó ella, señalando las sillas vacías, en la mesa
recién puesta.
Florence recorrió la mirada hacia el vestíbulo.
—Me pregunto dónde estarán —dijo. Volvió la mirada hacia él—. ¿Pues bien, que
has estado haciendo?
—Explorando —Fischer levantó la tapa de una de las marmitas y atisbó el montón
de chuletas de cordero. Volvió a poner la tapa en su lugar.
—Deberías comer algo —dijo Florence.
Fischer empujó el plato hacia adelante.
—Tal vez debería esperarlos —dijo ella.
—Oh, adelante.
Florence esperó unos pocos segundos más. Luego, dijo: —Comeré algo de ensa-
lada —sirvió su plato y lo miró. Fischer negó con la cabeza.
—¿Un poquito?
Fischer negó con la cabeza otra vez.
Florence comió algo antes de hablar otra vez.
—¿Estuviste en contacto con el hijo de Belasco cuando viniste en 1940?
—No. Contacté con todo lo que estaba vivo en ese entonces.
El ruido de pasos les hizo mirar alrededor.
—Buenas noches —dijo Florence.
—Buenas noches —sonrió atentamente Barrett. Edith inclinó la cabeza.
—¿Está usted sintiéndose mejor? —preguntó Barrett.
Florence asintió. —Sí, estoy bien.
—Me alegro —Barrett y su esposa se sentaron, se sirvieron y comenzaron a co-
mer.
—Hablábamos del hijo de Belasco —dijo Florence.
—Ah, sí; el hijo de Belasco.
Algo en el tono de Barrett erizó a Florence. Repentinamente el pensamiento de
haber sido sufrido la indignidad de un reconocimiento corporal la irritó. El traje,

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esas precauciones ridículas: los cables y las redes y las lámparas infrarrojas y las
cámaras.
Trató de reprimir una cólera creciente pero no podía. ¿Cómo se atrevía Barrett a
tratarla así? Su posición en este proyecto era tan vital como la de él.
—¿Se terminará alguna vez? —dijo.
Los demás la miraron.
—¿Está usted dirigiéndome la palabra? —Interrogó Barrett.
—Sí —otra vez trató de reprimir su cólera.
—¿Qué cosa terminará alguna vez? —preguntó Barrett.
—Esa actitud de duda. La desconfianza.
—¿Desconfianza?
—¿Por qué debemos los clarividentes producir fenómenos sólo bajo las condicio-
nes que la ciencia estipula? —demandó—. No somos máquinas. Somos seres
humanos. Estos rígidos, inquebrantables conceptos de la ciencia han hecho más
daño que bien a la parapsicología.
—Señorita Tanner —Barrett lucía confundido—. ¿Por qué trajo este tema a cola-
ción? Lo que trato de decir es...
—No soy médium por diversión, ¿sabe usted? —Florence le interrumpió. Más
hablaba, más se enfurecía—. Es doloroso y muchas veces ingrato.
—¿No cree usted... ?
—Creo que ser médium es la manifestación de Dios en el hombre —ya no se po-
día detener. Recitó coléricamente—: «Les abriré mi boca, y la Palabra del Señor
será con ustedes; gloria al Señor, Amén»
—Señorita Tanner...
—No hay nada en la Biblia que contradiga los fenómenos registrados hoy, ya sean
visibles o sonidos, sacudidas de la casa, levitaciones, o la oratoria en lenguas.
Hubo un pesado silencio. Florence le dirigió una mirada encrespada a Barrett,
consciente de que Fischer y Edith habían clavado los ojos en ella. En alguna par-
te, en lo más profundo de su mente, oyó un grito preventivo, pero la furia lo
aquietó. Observó a Barrett recoger su taza y servirse café. Él la miró.
—Señorita Tanner —dijo—, no sé qué cosa le molesta, pero...
La taza estalló en su mano. Edith retrocedió en la silla, galvanizada. Barrett, con-
gelado, y con los ojos abiertos de par en par, sostenía alelado el pedazo de asa
rota entre el índice y el pulgar. La sangre comenzaba a gotear de la herida.
Florence sintió una rigidez en sus muslos. Fischer empezó a mirar alrededor, co-
mo a la defensiva.
—¿Pero qué carajo...? —empezó a decir Barrett.
Se sofocó cuando el vaso al lado de su plato explotó y sus fragmentos se disper-
saron a través de la mesa. Edith sacudió con fuerza sus manos retrayéndolas, al
ver a su plato brincar, voltearse en el aire rápidamente y disparar la comida sobre
el piso antes de aterrizar y destrozarse. Gritando, alcanzó a echarse impulsiva-
mente hacia atrás antes de que su vaso se quebrase con un ruido crujiente. Ba-

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rrett, tomó una servilleta, y se tiró de lado para esquivar el culote del vaso de
Edith que, disparado, impactó en su brazo y rebotó hacia el piso. El vaso de Fis-
cher también estalló, mientras estiraba un brazo delante de su cara.
El plato de Florence dio un salto mortal, esparciendo ensalada sobre el mantel.
Ella extendió la mano para agarrarlo, pero el plato resbaló en su mano y planeó a
través de la mesa, orientado hacia Barrett. Éste movió con fuerza su cabeza a un
lado para evitar el plato, que, habiendo rozado su oreja derecha, terminó rodando
rápidamente a través del piso y fue a quebrarse contra la pared. Edith berreó
cuando un platón pesado comenzó a deslizarse a través de la mesa hacia él. Ba-
rrett volvió a brincar, tumbando su silla. Casi cayó, pero se apoyó en la orilla de
la mesa. El platón se deslizó fuera del borde y cayó al piso. Barrett tenía puré de
papas salpicado sobre sus zapatos y los pantalones.
Fischer estaba de pie ahora. Trató de apartarse, pero su propia silla lo atascó co-
ntra el borde de la mesa dándole un duro bandazo en sus piernas. Vio a su taza
impulsarse de la mesa buscando a Barrett, golpeándolo en el pecho con una des-
carga de café humeante. Edith aulló de dolor al recibir el plato de Fischer direc-
tamente en su antebrazo izquierdo. La silla de Fischer retrocedió y él cayó de ro-
dillas, con el rostro echo una máscara de sufrimiento.
Barrett trató de retorcer la servilleta alrededor de su pulgar sangrante. La cafete-
ra de plata comenzó a girar locamente por la mesa en su dirección, echando cho-
rros de café. Barrett se tambaleó a un lado para evitarla, resbalando sobre el pu-
ré de papas y perdiendo el balance; vociferó al sentir el tórrido impacto del café
en su pantorrilla. Edith gritó al no poder levantarse para ayudarlo porque su silla
la había apretujado contra el borde de la mesa. Un cuchillo y una cuchara pasa-
ron volando muy cerca de su mejilla.
Florence se encogió en su silla cuando otro platón empezó a deslizarse hacia Ba-
rrett, que boqueaba en el suelo. El platón cayó estrepitosamente a un lado de él.
Edith se levantó con dificultad
—¡Todos debajo de la mesa! —clamó Fischer.
Florence se deslizó de la silla, cayendo de rodillas. Fischer se precipitó bajo la
mesa.
Sobre ellos, la araña de luces comenzó a oscilar, y la frecuencia de sus vaivenes
aumentaba velozmente.
La mesa apenas los protegía cuando los objetos decorativos de la pared Este co-
braron vida. Un pesado plato y un tazón de plata rodaron a través del cuarto y
golpearon la base de la mesa con un impacto de ensordecimiento. Edith chilló.
Barrett trató de alcanzarla automáticamente. Florence miró a Fischer. Estaba
arrodillado, sus ojos vacíos y fijos, una máscara congelada de temor. Quería ayu-
darle, pero un frío en su estómago lo impedía.
Todos miraron hacia arriba cuando la mesa comenzó a mecerse de acá para allá.
Los utensilios que todavía permanecían arriba aterrizaron cerca, junto con el re-
sto de los enseres de loza que se hacían añicos con violencia inusitada. Las sillas

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comenzaron a volcarse, una por una contra el piso, con el fragoso ruido de dispa-
ros de rifle.
Entonces, la pesada mesa se ladeó, desplomándose, y Barrett tuvo que sacar con
fuerza su mano para no ser aplastada. Al tocar el piso, comenzó a girar alejándo-
se de ellos, rodando vertiginosamente a través del piso pringado de comida, cho-
cando contra la pantalla guardafuego, doblándola. Por encima de ellos, la araña
de luces crujía en un fárrago cristalino mientras oscilaba con creciente furia. Una
de esas lámparas se proyectó lateralmente, creando un aguacero de chispas al
colisionar dentro de la chimenea de piedra. Un candelabro de plata voló a través
del cuarto golpeando a Barrett, que vociferó de dolor.
Finalmente, Florence gritó: —¡No!
Todo movimiento cesó abruptamente, excepto por el decreciente vaivén de la
araña de luminarias.
Edith se acercó sobre Barrett ansiosamente.
—¿Lionel? —tocó su hombro. Él logró inclinar la cabeza.
—Ben, creo que debes abandonar esta casa —dijo Florence.
Fischer la miró, alarmado por sus palabras.
—Creo que debes irte —continuó ella.
—¿De qué carajo está usted hablando? —dijo Fischer, mirándola extrañado.
Florence se volvió a Barrett buscando su apoyo.
—Doctor... —empezó. Luego se detuvo, viendo que necesitaba ayuda.
—¿Están todos ustedes bien? —preguntó ella.
Barrett no contestó, mientras Edith lo ayudaba a incorporarse. Gemía. Edith lo
miraba con temor.
—¿Lionel?
—Estaré bien —se apretó la servilleta alrededor de su pulgar. El corte era profun-
do y sentía comezón en la herida.
Islas de dolor por todo su cuerpo; brazos, pecho, espinillas, tobillos. Su pierna
atrofiada lo torturaba.
Florence lo miraba.
¿Por qué me mira de esa forma? Pensó repentinamente.
—Discúlpenme si hablé tan coléricamente —dijo—. Pero por favor apóyeme en
esto. Pienso que es importante que Ben, eh, el señor Fischer abandone esta casa.
Barrett apretó sus dientes en un ramalazo de dolor.
—¿Trata de sacarnos a ambos, ahora? —masculló.
Florence lo miró sorprendida.
—¿Me ayudas a subir al dormitorio, querida? —preguntó Barrett a su esposa.
Edith inclinó la cabeza débilmente, le dio su bastón y tomó su brazo.
Florence no entendía.
—¿A qué se refiere, doctor Barrett?
Barrett lanzó una mirada alrededor del salón en ruinas.
—Creo que esto es bastante obvio, ¿No cree? —dijo.

63
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Desorientada y en silencio, Florence observó a los Barrett salir. Después de que


se fueron, miró a Fischer.
—¿Qué quiso decir? —preguntó. —¿Qué... ?
Fischer le volvió la espalda.
—¡Ben, no es cierto!
Fischer se alejó de ella, tambaleando. Mientras caminaba, volvió la mirada atrás.
—Usted es la que debe irse —dijo—. Usted es la que está siendo usada, no yo.

6:48 P.M.

Barrett se sentó cautelosamente.


—Mi bolso —se quejó.
Edith soltó su brazo y se apresuró hacia la mesa española, levantando el pequeño
bolso negro en el cual traía el botiquín de primeros auxilios.
Regresando rápidamente a la cama, colocó el bolso al lado de él. Lionel removió
la servilleta de su pulgar con movimientos lentos, cuidadosos, sus dientes traba-
dos con fuerza en el dolor.
La visión de un corte tan profundo hizo a Edith tragar saliva.
—No es nada —murmuró Barrett.
Metiendo la mano en el bolso, sacó el botiquín de primeros auxilios y lo abrió.
Desgarró un paquete de polvo de sulfa.
—¿Me alcanzarías un vaso de agua, amor?
Edith corrió hacia el baño. Barrett sacó una caja de gasa del botiquín y comenzó a
romper la cubierta. Cuando Edith regresó, le dio a ella la caja.
—¿Me vendarías?
Ella asintió, dándole el vaso de agua. Tomando su envase de píldoras, lo abrió y
tragó una.
Edith se amedrentó cuando empezó a vendarlo.
—Esto necesita puntadas.
—No lo creo —Barrett apretó sus dientes. Sus ojos se estrecharon cuando ella
envolvió la gasa alrededor del pulgar—. Apriétalo fuerte.
Luego, se sacó los pantalones y estiró su pierna izquierda sobre la cama. Tenía
una quemadura rojo oscuro en la pantorrilla. Edith lo miró suplicante.
—Lionel, tienes que ver a un médico.
—Sólo pon un poco de Butesin en esa herida.
Ella lo miró varios segundos indecisa. Luego, arrodillándose al lado de él, esparció
la crema amarilla a través de la quemadura. Barrett chilló y cerró los ojos.
Edith envolvió un paño de gasa alrededor de su pierna y luego le ayudó a recos-
tarse. Barrett gimió y cambió de posición varias veces.
—Soy una masa gigantesca de magulladuras —dijo—, tratando de sonar gracioso.
—Lionel, dejemos esto y salgamos de aquí.

64
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Barrett tomó otro sorbo de agua y se recostó.


—Estoy bien —dijo.
—¿Qué hacemos si ocurre de nuevo?
Negó con la cabeza. —No pasará —la miró un momento—. Sin embargo tu sí po-
drías irte.
—¿Y dejarte solo aquí?
Barrett levantó su mano derecha como haciendo un juramento.
—Créeme, no ocurrirá de nuevo.
—¿Entonces por qué debería irme?
—Porque no quiero que salgas lastimada.
—¡Pero tú eres el único lastimado!
Barrett se rió.
—El mismo que viste y calza. Tenía que ser de este modo, por supuesto. Soy el
único que la hizo enojar.
—¿Dices que... ? —Edith vaciló— ¿Fue ella la que hizo tal estropicio?
—Si, haciendo uso de la energía acumulada en el cuarto —dijo—. Convirtiendo
esa energía en un fenómeno Poltergeist y dirigiéndolo en mi contra.
Edith pensó en la violencia del fenómeno. La mesa gigantesca meciéndose de acá
para allá, con la fuerza de un tren expreso. El movimiento de esas lámparas ma-
cizas que volaban por el aire.
—Dios mío —dijo.
—Me equivoqué —consideró Barrett—. Acepté su actitud amable hacia mí literal-
mente. Nunca se puede hacer eso con un médium. Nunca se sabe que hay por
debajo. Si fuera hostilidad absoluta —suspiró amargamente—, podría hacer uso
inconsciente de su poder y provocar un daño tremendo. Especialmente cuando
ese poder puede ser amplificado cientos de veces por el tipo de energía que llena
esta casa. —Su sonrisa fue sombría—. No cometeré ese error otra vez.
—¿Entonces porqué nos quedamos? —Edith sonó insistente.
Lionel contestó quedamente. —Sabes que esto significa todo para mí.
Edith inclinó la cabeza, resignada, tratando de suprimir el pánico.
Cinco días más de esto, pensó.

8:09 P.M.

Mientras descansaba, su mente continuó sobre eso una y otra vez. ¿Tendría razón
Barrett? Ella no conseguía creerlo; pero la prueba estaba allí. Había estado furio-
sa con él. Los fenómenos de Poltergeist habían sido dirigidos primordialmente
hacia él. Su cuerpo se sentía falto de vigor, como era costumbre después del uso
psíquico.
Estaba furiosa con él, sí, pero no trataría de lastimarlo sólo porque sus puntos de
vista eran diferentes.

65
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

No. Ella no lo aceptaría. Respetaba al doctor Barrett; lo amaba como criatura de


Dios, como un espíritu afín. Ella moriría antes de dañarlo.
¡Sí, verdaderamente, verdaderamente!
Con un sollozo apenas perceptible, Florence se arrodilló al lado de la cama y co-
menzó a rezar. Oh señor, por favor ayúdame. Muéstrame el camino a seguir. Soy
tuya para liderar. Consagro mi alma para tus obras exaltadas. Ay, Bendito señor,
dame una respuesta. ayúdame a caminar en tu luz...
Miró hacia arriba repentinamente, con los ojos bien abiertos. Por varios segundos
se congeló en el lugar, indecisa. Luego una sonrisa radiante cruzó su rostro y, pa-
rándose ansiosamente, salió del cuarto y atravesó el corredor. Miró el reloj. Toda-
vía estarán despiertos. Caminando hacia el cuarto de los Barrett, tocó a la puerta
cuatro veces.
Edith abrió la puerta. A través de su hombro, Florence pudo ver a Barrett endere-
zarse en la cama, con sus piernas bajo las mantas.
—¿Puedo hablarle? —preguntó Florence.
Barrett vaciló, su cara dibujó una mueca de dolor.
—Sólo será un momento —dijo.
—Muy bien.
Edith se movió a un lado, y Florence caminó hacia la cama.
—Sé lo que sucedió —dijo—. No fui yo. Fue el hijo de Belasco.
Barrett la miró sin responder.
—¿No ve usted? Él quiere separarnos. Desunirnos. Juntos, somos un reto para él.
Barrett no habló.
—Por favor créame —dijo Florence—. Sé que estoy en lo correcto. Él está tratan-
do de que nos enfrentemos entre nosotros.
Lo miró con ojos ansiosos.
—Si usted no me cree, él habrá tenido éxito; ¿No puede ver usted eso?
Barrett suspiró. —Señorita Tanner...
—Sesionaré para usted mañana en la mañana —interrumpió ella—. Ya lo verá.
—No haremos más sesiones.
Florence lo miró incrédula.
—¿Por qué?
—No hacen falta.
—Pero apenas hemos comenzado. No podemos detenernos ahora. Tenemos mu-
cho que aprender.
—Hemos aprendido todo lo era necesario aprender—. Barrett trataba de controlar
su temperamento, pero el dolor lo dificultaba.
—Usted me culpa por lo que sucedió antes —objetó Florence—. ¡No fui yo!
—No he dicho eso —Barrett contestó refrenando la voz—. Ahora, si usted no quie-
re entender...
—¡Doctor, no podemos detener las sesiones... !

66
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Es lo que haremos, señorita Tanner —interrumpió—; ahora, por favor, estoy
sufriendo un dolor considerable.
—¡Doctor, yo no fui responsable! ¡Fue el hijo de Belasco!
—¡SEÑORITA TANNER, NO EXISTE TAL PERSONA!
El talante de su voz hizo que Florence retrocediera.
—Sé que está adolorido —dijo ella débilmente.
—Señorita Tanner ¿Podría irse? —preguntó Barrett con sus dientes apretados.
—Señorita Tanner... —empezó Edith.
Florence la miró. Ella deseba afanosamente convencer a Barrett, pero la cara de
inquietud de Edith la detuvo. Volvió la mirada hacia él.
—Usted está equivocado —dijo.
Dando media vuelta, caminó hasta la puerta.
—Lo siento —le murmuró a Edith—. Por favor, perdóneme.
Se aguantó las ganas de llorar hasta que entró en su cuarto. Se sentó en el borde
de la cama y desató las lágrimas. —Usted está equivocado —susurró.
—¿No lo ve? Usted está equivocado. Usted está equivocado.

10:18 P.M.

Edith se puso boca arriba, fijando la vista en el cielo raso. Había cerrado los ojos
una docena de veces, sólo para reabrirlos segundos después. No podía imaginar
quedándose dormida. Le parecía imposible.
Volteó su cabeza en la almohada y miró a Lionel. Dormía profundamente. Era na-
tural, después de lo que había atravesado. Ella se había mostrado abatida cuando
lo había ayudado a desvestirse y ponerse su pijama. Su cuerpo entero estaba
colmado de magulladuras.
Cerró sus ojos otra vez, y un desasosiego terrible se apoderó de ella.
Fue probablemente esta casa maldita la que le hizo sentirlo.
¿De qué clase de poder estaba hablando Lionel, por el amor de Dios?
Su presencia era innegable. Lo que sucedió en el comedor había sido pavorosa
prueba de su existencia. La idea de que Tanner podría utilizar ese poder en contra
de ellos era inquietante.
Edith se enderezó, revolviendo la ropa de cama. Frunciendo el ceño, se puso las
chinelas y se levantó. Vagó a través de la alfombra y paseó la mirada sobre la
mesa octagonal, mirando la caja en la que Lionel tenía sus escritos. Abruptamen-
te cambió de dirección y se detuvo delante de la chimenea. Miró adentro. Había
un fueguito, en su mayor parte restos incandescentes de carbones. Pensó en po-
ner otro leño, sentarse en la silla mecedora, y mirar el fuego hasta que el sueño
llegara. Echó un vistazo temeroso a la silla mecedora. ¿Qué haría si empezara a
moverse sola otra vez?

67
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Se frotó la cara. Hubo un hormigueo debajo de la piel. Tomó un profundo aliento


y miró alrededor. Debería haber traído un libro. Algo ligero y pasatista. Una nove-
la de misterio sería buena. O mejor, humorística; eso sería perfecto. Algo de H.
Allen Smith o Perelman.
Se acercó al gabinete a la derecha de la chimenea y abrió una de las puertas.
—Oh, bueno —se quejó. Había estantes de volúmenes forrados en cuero. Ninguno
de ellos tenía título. Sacó uno y lo abrió. Un tratado militar impreso en alemán.
Frunció el ceño y lo regresó a su estante; extrajo otro. Italiano, repleto de ma-
pas. —Genial —dijo.
Sacó un tercer libro; parecía griego. Suspirando, empujó el libro en su estante y
sacó un volumen en cuero azul con páginas bordeadas en oro.
El libro era falso, su centro estaba hueco. Cuando abrió la cubierta, un montón de
fotos cayeron y se dispersaron sobre la alfombra. Edith casi deja caer el libro. Su
corazón se aceleró al dejar la mirada fija en las fotos color sepia.
Tragó saliva. Se encorvó y recogió una. Un estremecimiento serpenteó a través
de su carne. La foto de dos mujeres en un abrazo sexual. Todas las fotos eran
pornográficas —mujeres y hombres en una colección variada de actitudes— y en
una cierta cantidad de ellas, la acción transcurría claramente sobre la enorme
mesa redonda de la gran sala, mientras otros hombres y otras mujeres alrededor
de la mesa contemplaban ávidamente el espectáculo.
Edith se apresuró a levantarlas y ponerlas en un manojo.
Por Dios, qué lugar más espantoso, pensó. Metió las fotos en el libro hueco y lo
devolvió a su estante. Al cerrar la puerta del gabinete, vio, en uno de los estantes
superiores, una botella de coñac en una bandeja de plata con dos copas labradas
al lado de ella.
Atravesó el cuarto y se sentó en su cama otra vez. Se sintió incómoda e inquieta.
¿Por qué tuvo que mirar en ese gabinete? ¿Por qué, de todos los libros ahí de-
ntro, tuvo que elegir ese?
Se acostó y relajó las piernas, cruzándose de brazos. Tembló de frío.
Reparó en Lionel. Si tan sólo pudiera acostarse con él; no por sexo, sólo sentir su
calor.
No por sexo. Cerró sus ojos, y el remordimiento cruzó su cara. ¿Había querido
alguna vez tener sexo con él? Hizo un sonido acongojado. ¿Se hubiera casado con
él aunque no hubiera sido veinte años mayor que ella y casi impotente por la po-
lio?
Se puso boca arriba y miró encolerizada el cielo raso.
¿Cuál es el problema conmigo? ¿Solamente porque mi madre me dijo que el sexo
es malo y degradante, tengo que temerle toda la vida? Mi madre era una mujer
amargada, casada con un mujeriego alcohólico. YO estoy casada con otra clase
de hombre. Un hombre mejor. No tengo razón para sentirme así; ninguna en ab-
soluto.
Se enderezo abruptamente y miró alrededor aterrada. Alguien me observa otra

68
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

vez, pensó. Sintió erizarse lentamente la piel en la parte de atrás de su cuello. Su


cuero cabelludo se cubrió con un hormigueo helado.
Alguien me está mirando, y sabe como me siento.
Se levantó atropelladamente, y caminó hasta la cama de Lionel. Lo miró.
No puedo despertarlo; necesita descansar.
Cambiando de dirección rápidamente, se acercó a la mesa octagonal y arrastró
una silla al lado de la cama de Lionel. Se sentó sigilosamente, para no despertar-
lo, y puso la mano en su brazo. No podría haber alguien mirándola. No existen los
fantasmas. Lionel lo había dicho; Lionel sabe. Cerró sus ojos. No existen los fan-
tasmas, se dijo a sí misma. Nadie me está mirando.
No existen los fantasmas. Oh Dios, no existen los fantasmas.

11:23 P.M.

Fischer rompió el precinto metálico de la botella y desenroscó la tapita. Se sirvió


tres dedos de bourbon en un vaso y bajó la botella. Empinó el vaso y lo zarandeó
suavemente. Sería el primero en años. Se preguntó si sería un error comenzar de
nuevo. Hubo un tiempo en que no podría detenerse una vez que hubiera empeza-
do. No podía caer en eso otra vez. Especialmente aquí.
Tomó un sorbo, haciendo un mohín al tragar. Tosió, y sus ojos lagrimearon; se
frotó un dedo sobre ellos. Luego se apoyó contra la alacena y comenzó a tomar el
whisky de a sorbitos. Se sintió confortablemente caliente cuando bajó por su gar-
ganta y terminó en su estómago.
Mejor lo diluimos, pensó. Se acercó al fregadero y abrió el agua fría. Después de
que el agua se hubo clareado, sujetó el vaso debajo del grifo y le agregó un dedo
de agua. Tanto mejor. Ahora la relajación podría venir sin el peligro de una borra-
chera.
Fischer se sentó sobre el mármol del fregadero y tomó sorbos juiciosos de su
bourbon pensando en la casa. ¿Qué planea hacerme esta vez? Se preguntó. Por-
que había un plan; de eso no hay duda. En eso consiste el horror de este lugar.
Esta casa no está simplemente maldita. Hell House tiene un método.
Trabaja sistemáticamente en contra de aquellos que osan invadirla. Como consi-
gue eso, nunca nadie lo pudo averiguar. Hasta hoy, diciembre de 1970, cuando B.
F. Fischer, entró y...
Su mano derecha se movió tan violentamente al abrirse la puerta del corredor
que derramó medio vaso en el piso. Florence entró en la cocina, atormentada y
exhausta.
—¿Por qué no estás en la cama? —preguntó ella.
—¿Por qué no lo está usted?
—Ando buscando al hijo de Belasco.
Él no habló.

69
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿También crees que no existe, verdad, Ben?


Fischer no supo qué decir.
—Lo encontraré —dijo—, marchándose dando media vuelta.
Fischer la observó irse. Se preguntó si debería ofrecerse a acompañarla. Negó con
la cabeza. Todas esas cosas ocurrieron alrededor de ella, porque ella es demasia-
do accesible. No quería experimentar nada más por hoy. La observó abrirse ca-
mino entre la puerta de vaivén y desaparecer en la sala comedor. Su ruido de pa-
sos se desvaneció. Todo estaba quieto otra vez.
Bien, la casa, pensó; Su plan. Dos días habían pasado. Ahora, tenía la percepción
del lugar.
Es hora de comenzar a resolver como sería su acercamiento. Obviamente, no po-
dría trabajar en paralelo con Barrett o Tanner. Tendría que funcionar solo. ¿Pero
cómo?
Fischer se sentó inmóvil, mirando fijamente el piso. Al cabo de un rato, tomó un
sorbo de su bebida. Tendría que ser algo astuto, pensó, un enfoque diferente, al-
go que eludiera el método de la casa.
Golpeó ligeramente los dedos de su mano izquierda en la escurridera. Astuto, no-
vedoso, sutil, diferente. Florence estaba en lo correcto acerca de la idea del en-
cantamiento múltiple; Es todo en lo que estaba de acuerdo con ella. Belasco y un
montón de otras entidades rondaban esta casa. ¿Cómo vencerlos, sin embargo?
Después de que varios minutos Fischer dejó el vaso en el fregadero, saltó al piso
y caminó hacia el vestíbulo de entrada. Un simple paseo alrededor de la casa,
pensó. Pero esta vez, sin que Florence Tanner perturbara su tren de pensamien-
tos. Las cosas que ella podía “sentir”, por favor. Movió la cabeza, con una sonrisa
triste en sus labios.
Los espiritistas no saben un carajo.
Cruzaba el vestíbulo de entrada cuando se congeló en su lugar; su corazón rebo-
taba en el pecho. Una figura bajaba las escaleras. Fischer parpadeó y entrecerró
los ojos, tratando de ver quién era o lo que fuere; no había luces en las escaleras.
Se tranquilizó al ver a Edith en un pijama azul. Fischer se quedó inmóvil viéndola,
hasta que se deslizó a través del vestíbulo de entrada y abrió la puerta principal.
Ella estaba saliendo al exterior. Fischer corrió a través del vestíbulo, atravesó la
puerta, y quedó jadeante y atónito al ver que ella había desaparecido en la nie-
bla. Bajó corriendo las escaleras del porche y corrió a lo largo del camino, mien-
tras oía un chisporroteo de escarcha bajo sus zapatillas de tenis. Adelante, divisó
un borrón de movimiento. ¿Es realmente ella? Pensó con un horror repentino. ¿O
estaba siendo engañado? Desaceleró, luego recobró su aliento. La figura adelan-
te...
—¡No! —Fischer alargó el brazo, agarrando. Dos emociones centellearon en él;
alivio por haber aferrado carne y hueso, y un júbilo feroz por haber frustrado la
voluntad de la casa. Separó a Edith del borde del Pantano de los Bastardos.
Ella lo miró vagamente, sin señal de reconocimiento, con ojos vidriosos.

70
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Regresemos adentro —dijo Fischer.


Edith se contuvo rígidamente, con la cara inexpresiva.
—Vamos. Hace frío aquí afuera —la guió de vuelta hacia la casa—. Vamos...
Edith comenzó a temblar. Por varios momentos atemorizantes Fischer pensó que
había perdido el sentido de la orientación y que en esta gélida noche morirían de
hipotermia. Luego vio, a través de la niebla remolineante, el rectángulo nebuloso
del portal delantero, y se apresuró hacia él, con un brazo alrededor de Edith,
arrastrándola a su lado. La guió subiendo las escaleras del porche, y empujó la
puerta cerrada con un pie. Tan rápidamente como pudo, la guió a través del ves-
tíbulo de entrada hasta la chimenea, donde recogió un leño, lanzándolo encima
de los carbones. Lenguas de llama crepitaron.
—Aquí vamos otra vez —susurró. Miró a Edith.
Ella clavaba los ojos en el dintel de la chimenea, su expresión tiesa, ilegible. Fis-
cher reparó en el dintel. Había esculturas pornográficas talladas en el marco de la
chimenea que él no había visto antes.
Edith gruñó tan fuerte que sorprendió a Fischer. Temblaba. Él se sacó su suéter y
trató de dárselo. Ella no lo tomó. Sus ojos se fijaron en los de él.
—No —dijo ella.
Fischer quedó pasmado al ver que comenzaba a quitarse la parte superior del pi-
jama.
—¿Qué está haciendo? —preguntó.
Su corazón empezó a acelerarse cuando ella jaló el pijama sobre su cabeza y lo
dejó caer al piso. Su piel estaba cubierta de carne de gallina, pero no parecía es-
tar consciente del frío. Comenzó a bajarse el pantalón sobre sus caderas, que se
movían voluptuosamente. Su expresión en blanco era inquietante.
—Deténgase —ordenó Fischer.
Ella no escuchaba. Empujó el pijama hacia abajo, resbalando en sus piernas; salió
de ellos y caminó desnuda hacia Fischer.
—No —masculló Fischer, cuando ella lo atrapó en sus brazos, presionándolo en
contra de sus senos con un gemido. Al colocar sus brazos alrededor de su espal-
da, deslizó sus manos hasta su trasero. Fischer sintió cuando ella empezó a besar
su cuello. Comenzó a manosearlo buscando la entrepierna.
Fischer se echó atrás. Los ojos de Edith estaban en blanco. Juntó coraje y la abo-
feteó tan fuerte como pudo.
Edith dio un giro con un chillido y casi cayó; Fischer agarró oportunamente su
brazo y la sujetó. Ella lo miró, horrorizada. Repentinamente movió su cabeza en
todas direcciones, reparando en sí misma; sin aliento en el horror, se soltó tan
bruscamente que casi vuelve a caerse.
Recobrando el equilibrio, levantó su pijama y lo sujetó pudorosamente delante de
su cuerpo aterido.
—Caminaba dormida —le dijo con rostro serio—. La encontré afuera, casi se cae
en la laguna...

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Ella no respondió. Sus ojos estaban dilatados por el miedo. Empezó a caminar
marcha atrás, alejándose de él hacia el pasaje abovedado.
—Señora Barrett, fue la casa la que...
Se interrumpió cuando ella giró para salir corriendo de la sala. Comenzó a seguir-
la, pero se detuvo y escuchó. Después de casi un minuto, oyó una puerta cerrán-
dose en el piso de arriba. Sus hombros bajaron bruscamente.
Miró perdidamente hacia el fuego.
Ahora, la casa comenzaba a divertirse con ellos.

11:56 P.M.

Algo estaba llevándola al sótano. Florence bajó las escaleras y atravesó la puerta
vaivén hacia la piscina. Recordó la impresión que había tenido ayer cuando ella y
Fischer habían mirado directamente en el cuarto de vapor: la sensación de algo
perverso, algo malsano.
Sus pasos se hicieron eco y repercutieron cuando anduvo por el borde de la pisci-
na. Parpadeó. Sus ojos estaban cansados. Necesitaba dormir. Pero no podría ir a
la cama con las cosas como estaban.
Antes de poder descansar, tenía que probarse a sí misma; Al menos que el hijo
de Belasco no estaba en su imaginación.
Abrió la puerta del baño turco y echó un vistazo. El cuarto estaba lleno de vapor.
Forzó la vista hacia las profundidades. Había algo allí dentro, sin duda alguna, al-
go terriblemente maligno. Pero el hijo de Belasco no podría ser. Su furia era de-
fensiva, un deseo iracundamente necesitado de ayuda; pero, al mismo tiempo,
tenía tal malicia de alma como para pelear contra el que quisiera ayudarle.
Se apartó del cuarto de vapor y caminó de vuelta a lo largo de la piscina.
Mejor le advierto al doctor Barrett que no use el baño turco. Miró alrededor. ¿Si el
hijo de Belasco no estaba aquí, por qué hubo sentido una compulsión por bajar al
sótano? Aquí están sólo la piscina y el cuarto de vapor. No, eso no es cierto, re-
cordó; también hay una bodega de vinos a través del corredor.
Al momento de recordar, pareció como si una ráfaga de comprensión estallara a
través de ella. Una sonrisa excitada se presentó en sus labios, y se apresuró a la
puerta de vaivén y la empujó; atravesando el corredor, abrió la puerta de la bo-
dega y buscó a tientas el interruptor. Después de un momento lo encontró y lo
accionó. La luz era mugrienta, proyectada por la sucia y polvorienta bombilla.
Florence entró en el cuarto y miró alrededor. El sentimiento era intenso. Su mira-
da fija saltó de pared en pared, a través de los botelleros vacíos. Repentinamente
su vista se congeló en la pared frente a ella. Clavó los ojos ahí.
Sí, pensó. Caminó dos pasos.
Chilló cuando unas manos invisibles la aferraron firmemente por la garganta. Es-
taban frías y húmedas. Ella las jaló bruscamente y se tambaleó para un lado; re-

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cobrando la dirección, se abalanzó hacia la pared. Las manos agarraron su brazo


y la zamarrearon lateralmente; volvió a tambalear y colisionó contra un botellero.
—¡Basta! —gimió. Miró alrededor del cuarto.
—¡Estoy aquí para ayudarte! —sollozó.
Se empujó fuera del botellero y caminó hacia la pared. Las manos la agarraron de
los hombros. Ella se dio vuelta y fue arrojada hacia la puerta.
—No me detendrás —gritó.
Empezó a rezar en una voz suave, determinada. Las manos se agarraron de ella
otra vez, pero la soltaron cuando empezó a gritar:
—¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!
Florence corrió hacia la pared y se presionó a sí misma en contra de ella; en ese
momento, fue inundada con conciencia.
—¡ Sí! —lloró. Una visión franqueó su mente: en la guarida de un león, un joven
estaba mirándola suplicante. Sollozó de alegría.
—¡Daniel! ¡Te he encontrado! ¡Daniel!

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23 DE DICIEMBRE, 1970

6:47 A.M.

El grito distante cortó el sueño de Edith. Se despertó sacudiéndose, confusa, que-


dándose con la mirada fija hacia arriba. Lionel sostenía su codo izquierdo, mirán-
dola.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella.
Barrett negó con la cabeza.
—¿Digo, fue real eso?
Barrett no contestó.
El segundo grito le hizo a ella quedarse sin aliento.
Barrett murmuró: —Es Tanner.
Dejó caer sus piernas a través del borde del colchón y trató de tocar sus chinelas.
Edith comenzó a enderezarse. Aulló cuando las piernas de Lionel se aflojaron y
cayó al suelo, berreando de dolor.
¿Estás bien? —preguntó ella.
Asintió con un gesto y se incorporó laboriosamente, agarrando su bastón. Edith
se puso de pie, poniéndose encima su túnica acolchada. Siguió a Lionel rápida-
mente hacia la puerta. Lionel casi no podía moverse; Edith caminó a su lado, abo-
tonando su túnica. Salieron al corredor y miraron hacia el cuarto de Fischer. Se-
guramente había oído.
Barrett golpeó tres veces en la puerta de Florence Tanner. Ninguna respuesta.
Después de un largo rato, se decidió a abrir la puerta y entró. El cuarto estaba
sumido en la oscuridad. Edith se estremeció con anticipación cuando Lionel accio-
nó el interruptor de la luz.
Florence Tanner estaba en la cama, boca arriba, con sus brazos agarrados firme-
mente a través del pecho. Barrett cojeó hacia ella, Edith por detrás de él.
—¿Pero, qué pasó? —preguntó Barrett.
Florence lo miró con unos ojos constreñidos, glaseados en dolor. Él se apoyó en el
borde de la cama, sobresaltándose por el tirón en sus músculos rígidos.
—¿Señorita Tanner?
Ella se estremeció, mordiéndose su labio inferior y absteniendo el llanto. Lenta-
mente, separó los brazos y comenzó a desabotonarse el camisón. Había dos man-
chas húmedas, una por encima de cada uno de los pechos. Florence cerró los ojos
cuando Barrett apartó los bordes del camisón. Edith se echó atrás.
Había marcas muy profundas de dientes circundando los pezones de Florence.
Abruptamente Florence jaló las cobijas hasta la barbilla. A pesar de su voluntad,
un sollozo convulsionó su garganta; ella trató en vano de contenerlo.
—Desahóguese —le dijo Barrett. Florence sollozó otra vez, y las lágrimas rodaron
sus mejillas.

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Edith contempló a Florence mientras lloraba. Por primera vez desde que se habí-
an conocido, la médium parecía vulnerable; Edith sintió algo de simpatía.
—¿Habrá algo en que pueda ayudarle? —preguntó ella.
Florence negó con la cabeza.
—Estaré bien.
Edith apartó la vista cuando Fischer entró en el cuarto.
—¿Qué sucedió? —preguntó.
Florence vaciló antes de tirar hacia abajo las cobijas. Edith hizo un intento para
no mirar, pero no pudo. Su aliento se contuvo cuando vio los mordiscos en los
senos de Florence Tanner otra vez.
—Él me castiga —dijo Florence.
La cara de Edith se puso blanca. Volvió los ojos a Lionel, que miraba al piso.
—Lo encontré anoche —les dijo Florence—. Daniel Belasco.
Hubo un silencio pesado. Barrett lucía incómodo. Florence esbozó una sonrisa.
—No, no lo imagino —puso la mano encima de sus senos—. ¿Esto es imaginario?
Barrett gesticuló abrumado.
—Su cuerpo está en la bodega de vinos.
Edith pudo ver qué tan aturdido se sentía Lionel. Sabia que él quería decir algo
que no la lastimara.
—¿Me ayudará a exhumar el cuerpo? —le preguntó Florence.
—Lo haría, pero después de anoche, creo no estar en condiciones para el trabajo
pesado.
Florence clavó los ojos en él, incrédula. —Pero, doctor, él está allí. ¿No significa
eso algo para usted?
—Señorita Tanner...
Florence recurrió a Fischer. —¿Me ayudarías tú, Ben?
Fischer la miró en silencio.
Él había oído su grito, pensó Edith; pero le dio miedo aparecerse antes que noso-
tros. Ahora le da miedo ofrecerle ayuda. No me sorprende; siempre que ocurre
algo violento, Tanner está allí.
Cuando él no contestó, Florence contuvo un sollozo.
—Muy bien, lo haré yo sola.
El dolor de los mordiscos pareció abrumarla, y cerró sus ojos.
—Está bien. Yo le ayudaré —dijo Fischer.
Florence abrió sus ojos y trató de sonreír.
—Gracias.
Barrett puso su mano en el brazo de Edith y comenzó a girar.
—¿Está usted asustado de que yo pudiera tener razón, doctor? —Florence le pre-
guntó súbitamente.
Barrett bufó quedamente. Al fin, inclinó la cabeza.
—Muy bien. Bajaremos la escalera con usted. Sin embargo, no puedo cavar, si es
esa la intención que usted tiene...

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—Ben y yo haremos eso —dijo Florence.


Edith miró a Fischer. Repentinamente ella sintió un temblor en la nuca.
¿Realmente habría algo allá abajo?

7:29 A.M.

Fischer metió el borde de la palanca en la hendidura de la pared y, esforzándose,


sacó fuera otro trozo de ladrillo. Había requerido más de veinte minutos para
hacer una abertura no mayor que su puño. Sus pantalones y sus zapatos de tenis
estaban veteados de manchas de cemento y una película de polvo cubría sus ma-
nos. Estornudó con fuerza y se sonó la nariz. Miró a Florence, que lo observaba
con ojos ansiosos. Ella forzó una sonrisa. —Sé que es duro —dijo.
Fischer asintió, aspirando un aliento grisáceo. Casi estornudó otra vez, lo contro-
ló, y luego, acumulando fuerza, atascó la palanca en el borde de la brecha. Se
resbaló cuando quitó otra aglomeración de ladrillo y, perdiendo el equilibrio, se
inclinó contra la pared. —¡Carajo! —masculló. Se enderezó, y otra vez metió el
borde de la palanca en la abertura.
—Esto podría tomar todo el día —dijo.
—Sé que es duro —repitió ella. Fischer estiró su espalda.
—Déjame hacerlo por algún rato —se ofreció ella. Fischer negó con la cabeza y
levantó la palanca.
—Antes de que continúe... —dijo Barrett.
Fischer miró hacia él.
—Parece que esto va para largo —le dijo Barrett a Florence—. Usted no se moles-
tará si voy un rato arriba. Por mi pierna... Es bastante doloroso.
—Sí, claro está —dijo ella—. Lo llamaremos cuando lo encontremos.
—Bueno. Barrett sujetó el brazo de Edith y cambió de dirección hacia la puerta.
Florence intercambió una mirada con Fischer.
Estaba a punto de clavar la palanca cuando vio algo.
—Un momento —dijo. Barrett y Edith giraron cuando él recogió su linterna y la
apuntó en la abertura.
—¿Qué hay ahí? —Florence fue incapaz de contener su ansia.
Fischer entrecerró los ojos a través de la neblina de polvo. Luego apuntó la linter-
na otra vez.
—Se parece a una cuerda —contestó.
Florence se acercó y Fischer le dio la linterna.
—Manténgase apuntando allí dentro.
Ella inclinó la cabeza rápidamente. Fischer metió la mano en la abertura y sujetó
sus dedos en la cuerda polvorienta. Tiró fuerte, pero no cedía. Se detuvo, palpó la
cuerda y la tensó hacia arriba. —Creo que algo cuelga de ella —dijo.
Florence recobró su aliento. —Un contrapeso.

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Fischer agarró la palanca y comenzó a punzar el borde biselado en los lados del
hueco, tratando de ensancharlo lo más rápidamente que pudiera. Después de un
minuto de enérgica excavación dejó caer la palanca, y antes de que la resonancia
contra el suelo se hubiera desvanecido, metió ambas manos a través de la aber-
tura. Agarrando la cuerda, comenzó a tirar hacia arriba. Se preparó mentalmente
para lo que vendría y tiró con toda su fuerza, con la frente tocando en la pared y
los dientes apretados. Muévete, muévete, pensó.
Repentinamente la cuerda dio un bandazo hacia arriba, cerrando de un golpe el
borde de su muñeca derecha contra la arista dentada del ladrillo. Fischer sacudió
con fuerza su mano de regreso. Examinaba su muñeca cuando un ruido retum-
bante vino de la pared. Miró hacia arriba y se sobresaltó.
Una sección de pared se había inclinado a la derecha. Tuvo conciencia de Florence
a su lado, y la apartó cuando la sección de la pared rechinó y se derrumbó.
Edith lanzó un gritito y se marchó dando media vuelta. Los labios de Fischer
echaron una mueca de disgusto. El suspiro de alivio de Florence sonó extraño en
sus oídos.
Dentro del estrecho pasaje estaban los restos momificados de un hombre, sujeto
con grilletes en la pared.
—Reminiscencias de Poe —murmuró Barrett para sus adentros.
—Le dije que estaba aquí —dijo Florence.
Fischer reparó en los rasgos grisáceos del cadáver. Sus ojos eran como uvas os-
curas, endurecidas, sus labios estirados hacia atrás y congelados en un grito in-
sondable. Obviamente, lo habían emparedado vivo.
—¿Pues bien, doctor? —preguntó Florence.
Barrett aspiró aliento, titubeante.
—¿Pues bien, qué? —preguntó—. Veo la momia de un hombre. ¿Cómo sabe usted
que es el tal Daniel Belasco?
—Lo sé —dijo ella.
—¿Sin duda? ¿Sin la duda más leve?
—Sí —sonó incrédula.
Barrett sonrió. —Creo que necesitamos más prueba que eso.
Florence clavó los ojos en él. —Usted está en lo correcto —dijo abruptamente.
Volviéndose hacia la abertura, trató de alcanzar la mano izquierda de la figura
sujetada con grilletes. Fischer la observó quitar un anillo. —Mire.
Barrett vaciló antes de tomarlo. Fischer miró a Edith. Ella veía a su marido con
una apariencia de aprensión. Ahora miró a Barrett. El físico devolvía el anillo con
una sonrisa forzada en sus labios.
—Muy bien —dijo.
—¿Me cree usted ahora?
—Consideraré la idea.
—¿Considerar la idea? —Florence lo miró boquiabierta—. ¿Está usted diciéndo-
me... ?

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—No estoy diciendo nada —Barrett le cortó—, digo que necesito más tiempo para
asimilar esta información y resolverla. Le debo aconsejar, sin embargo, a no su-
poner que un cadáver con un anillo pueda poner al revés mis convicciones cientí-
ficas de toda la vida...
—Doctor, no estoy tratando de poner al revés sus convicciones. Todo lo que le
pregunto es si podemos trabajar hombro con hombro. ¿No puede ver que ambos
podemos estar en lo correcto?
Barrett negó con la cabeza.
—Lo siento, no. No que yo pueda ver.
Cambió de dirección abruptamente, cojeando hacia el corredor. —¿Mi amor?
Edith miró a Florence por un momento, luego giró para seguir a su marido a tra-
vés del cuarto. Fischer tomó el anillo de Florence. Estaba tallado en oro, con una
cresta oval.
A través de la cresta, en letras en relieve, las iniciales “D. B”.

8:16 A.M.

Habían desayunado en silencio por casi veinte minutos. Barrett empujó a un lado
su plato y llenó su taza de café. Se quedó con la mirada fija a través de la mesa
en el indicador REM, fastidiado de que tuvieron que desayunar en la misma mesa
donde su equipo estaba instalado. Ni modo, la sala comedor estaba destruida.
Miró a Edith. Estaba sentada inmóvil, ambas manos envueltas alrededor de su
taza de café, como calentándose. Parecía una niña asustada.
—¿Edith?
Ella lo miró, y Barrett sonrió.
—¿Preocupada?
—¿Tu no?
Él negó con la cabeza. —No, de ninguna manera. ¿Es esa la idea que he estado
transmitiendo?
Edith pareció vacilar. —Apareció una figura —dijo finalmente.
—Realmente una atroz figura.
Edith lo observó ansiosamente.
—Sin embargo, no era necesariamente la figura —dijo él.
—Excepto por el anillo...
—D. B. no tiene que ser necesariamente Daniel Belasco.
Ella no se vio reconfortada.
—Podría ser también David Bart —dijo—. O Donald Bascomb —sonrió.
—O... doctor Barrett —dijo riendo.
—Pero...
—Por otra parte, realmente podría ser Daniel Belasco asumiendo que tal persona
existió.

78
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—¿No prueba eso la historia que contó Tanner, entonces?


—Parecería.
—No entiendo, entonces...
—El tema de discusión no es la evidencia encontrada, sino quién encontró esa
prueba.
Edith seguía viéndose desconcertada.
Barrett sonrió. —Mi amor —dijo—, Florence Tanner es una clarividente sensitiva
de desarrollo considerable; agrégale a eso los vastos poderes residuales acumu-
lados en esta casa a los cuales ella, como médium, tiene acceso. El resultado es
una situación psíquica tal, que la faculta —consciente o inconscientemente— para
crear cualquier número de efectos que sirven para validar sus argumentos. Ella
fue responsable de ese poltergeist que me atacó anoche, y más tarde le echó la
culpa al tal Daniel Belasco. Después ella cayó en la cuenta de que su cadáver po-
dría estar por aquí y “lo descubrió” esta mañana. El hecho de que esos restos
puedan ser de Daniel Belasco es irrelevante. El punto es simplemente que Tanner
manipula el poder en la casa para construir un caso para sí misma —Edith lo miró
ansiosamente; Barrett sabía que ella quería creerle pero todavía su explicación no
le cerraba.
—¿Qué hay acerca de las marcas de dientes? —dijo ella.
—Bueno, creo que es el único punto que aún permanece incierto...
—¿No es eso UNA prueba?
—Para ella sí.
—Lionel, eran marcas de dientes... yo las vi...
—Sí, parecían...
—Lionel —Edith profundizó su tono—. ¿Estás diciéndome que no eran marcas de
dientes?
—Quizás —dijo—, todo lo que digo es que con toda seguridad no fue mordida por
Daniel Belasco.
Edith hizo una mueca. —¿Ella se hizo eso a sí misma?
—No directamente, aunque no puedo descontar la posibilidad —dijo—, sin embar-
go, eso calza debajo de la categoría de estigmas...
Edith ya estaba un poco de mal semblante.
—He visto cosas parecidas a estas —Barrett vaciló un poco tratando de recordar y
luego prosiguió—. ¿Nunca te conté lo que le sucedió al psíquico Martin Wrather?
—no esperó respuesta—. Este tipo era un médium que había sufrido una herida
en los genitales durante una sesión. En realidad, se lastimó solo en un momento
de histeria. Hasta el día de hoy, sin embargo, permanece convencido de que
“fuerzas del otro lado” conspiraron para castrarlo.
Sonrió funestamente.
—¿Ves cómo ella misma complementa su caso? —continuó—. Ella se topa con el
cuerpo anoche y esta mañana, furioso por descubrir su secreto, Daniel Belasco la
castiga y trata de espantarla de la casa.

79
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Pero tú... —Edith gesticuló débilmente—. ¿No le crees nada de nada?


—No.
Ella suspiró, rindiéndose. —¿Y qué va a ocurrir, entonces?
—Lo que va a ocurrir es que mi máquina llegará hoy, y mañana acabaré con la así
llamada maldición de la Casa Infernal de una manera puramente científica.

8:20 A.M.

Miraron a Fischer cuando entró en el gran vestíbulo y caminó hacia la mesa, tra-
yendo puesto su chaquetón de marinero; sus ropas y sus manos tenían gran can-
tidad de mugre y tierra. Se sentó y se sirvió una taza de café y encendió un ciga-
rrillo.
—¿Terminaron los servicios fúnebres? —preguntó Barrett, con una voz al filo de la
burla.
Fischer lo recorrió con la mirada, luego levantó la tapa de la bandeja de plata que
contenía tocino y huevos. Los miró y volvió a poner la tapa en su lugar.
¿Pensará la señorita Tanner tomar desayuno? —preguntó Barrett.
Fischer negó con la cabeza, luego tomó un poco más de café.
Barrett lo estudió. Fischer está obviamente bajo presión; nunca lo pensé antes,
pero para haber regresado a esta casa después de que lo que sucedió, ha reque-
rido de él un tremendo esfuerzo de voluntad.
—Señor Fischer —dijo.
Fischer levantó la vista.
—No le respondí a la señorita Tanner anoche porque estaba adolorido y... Pues
bien, para ser realmente franco, aún estaba enojado con ella. Pero creo que esta-
ba en lo correcto cuando sugirió que usted debería irse cuanto antes.
Fischer lo miró fríamente.
—Por favor, no tome esto como una crítica; simplemente pienso que, por su bien,
podría ser acertado que usted se fuera.
La sonrisa de Fischer era amarga. —Gracias.
Barrett colocó su servilleta sobre la mesa. —Bien, le he dado mi opinión al
respecto. La decisión es suya, por supuesto.
Sacó su reloj de bolsillo y levantó la tapa. Miró la hora. Cuando regresó el reloj a
su bolsillo, notó a Edith apartando la vista de Fischer.
—Quizá debiéramos llevarle algo de comer a la señorita Tanner —sugirió.
—Ella quiere estar sola —dijo Fischer.
Barrett asintió; luego se puso de pie, gruñendo cuando colocó su peso sobre su
pierna quemada.
—¿Mi amor? —Llamó. Ella inclinó la cabeza con una sonrisa apenas perceptible,
poniéndose en pie.
—Fischer parece particularmente tenso hoy —dijo Barrett cuando atravesaban el

80
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

vestíbulo de entrada.
—Mmm.
Él la miró. —Lo mismo que tú...
—Es la casa.
—Por supuesto —sonrió—. Espera a ver mañana. Notarás realmente un cambio.
Miró alrededor con una sonrisa exaltada cuando llamaron a la puerta principal.
—Llegó mi máquina —dijo.

8:31 A.M.

«Este cuerpo quebrantado ha liberado el espíritu que nunca regresará otra vez;
este cuerpo que ha servido bien a su propósito, ya no podrá servirlo más. Tierra a
la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Amén. »

Florence recitó el versículo funerario tres veces hoy: la primera vez, cuando ella y
Fischer habían enterrado el cuerpo de Daniel Belasco, y dos veces más al regresar
a su cuarto. Ahora su alma podría descansar.
El frío a esa hora calaba los huesos y la tierra era tan dura como el hierro; por
esa razón, el intento de Fischer de cavar una tumba finalmente tuvo que ser
abandonado. Registraron el área alrededor de la casa hasta que dieron con una
hendidura en el terreno; al depositar el cuerpo, lo cubrieron con hojas y piedras.
Luego ella había recitado el salmo. Ambos con las cabezas gachas y los ojos ce-
rrados.
Florence sonrió. Más tarde se ocuparía de que Daniel tuviera un funeral decente,
tan pronto como fuera posible. Lo que importaba ahora era que al fin había sido
liberado de esta casa.
Metiendo la mano en el bolsillo de su suéter, extrajo el anillo de Daniel y lo sostu-
vo en su palma, cerrando sus dedos sobre él.
Las imágenes comenzaron inmediatamente. Ella lo vio: De pelo oscuro, buen mo-
zo, imperioso en la actitud, pero, debajo de la arrogancia superficial, tan indefen-
so como un niño. Lo vio riéndose en la mesa de la sala comedor, lo vio bailando
el vals con una joven en el gran salón. Había sólo juventud y ternura en su sonri-
sa.
Las visiones se oscurecieron. Daniel en el teatro, viendo una obra, cara tensa,
ojos brillantes.
Florence cerró los ojos, pero seguía viendo. Esto no es lo que él deseaba; pero
era joven, impresionable. Toda clase de degeneración estaba disponible. Lo vio
tambalearse en un corredor, una mujer ebria en su brazo. Lo vio en este mismí-
simo dormitorio, haciendo un desesperado intento, pese a todo lo que lo rodeaba,
de encontrar un sentido de belleza en el acto sexual.

81
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

La corrupción se profundizó. Desesperación. Una escapada breve. La última. Lue-


go, el regreso a Hell House, para nunca más salir. Florence se horrorizó. Lo vio en
el gran vestíbulo, desnudo, sentado en la enorme mesa redonda, mirando ávida-
mente. Lo vio enterrando una hipodérmica en su brazo. Lo vio desahogándose de
deseos sexuales que hicieron a Florence temblar en la oscuridad. Detrás de su
máscara, un niño cobarde; queriendo escapar, pero incapaz de hacerlo; buscando
amor, pero encontrando placer disoluto.
Ella contuvo su aliento, al ver que se acercaba su padre. No podía obtener la cara
de Emeric Belasco; la figura estaba en las sombras, gigante, amenazadora. Movió
sus labios en la oración, con el anillo agarrado apretadamente en su mano. Las
sombras comenzaron a contraerse. En ese momento lo vio.
Algo muy frío comenzó a llenar su pecho; la visión vaciló. Florence gimió.
¡No debo perderlo! Descendió más profundo en la visión con una oleada de volun-
tad. Si tan sólo pudiera ver al padre, ver dentro del padre, entender al padre. El
sudor brotó de su frente. Sintió una serpiente desenrollándose en su estómago,
fría y mojada.
—No —se quejó. No debo rendirme. Aquí se encuentra la respuesta.
Gritó. Una violenta convulsión recorrió su cuerpo. Instantáneamente su mano se
abrió y el anillo cayó. Lo oyó golpear en la alfombra, a una gran distancia por de-
bajo. Sintió como si yaciera en alguna gran caverna, herida, sin poder percibir las
paredes o el cielo raso; en cada dirección, sólo oscuridad y distancia. Trató de
abrir los ojos pero no podía. La negrura goteaba a través de su mente, borrando
su conciencia.
Fuerza, pensó. Oh, querido Señor, dame tu fuerza.
Comenzó a resbalarse en la pared de un hoyo gigantesco, hundiéndose hacia la
oscuridad más temible que alguna vez haya conocido. Trató de detenerse a sí
misma pero no podía. La sensación física de adherencia a la pared no era la sufi-
ciente como para detener su descenso inexorable hacia la oscuridad debajo. Esa
oscuridad tenía carácter, una personalidad. Es él, pensó. Él me espera.
¡Oh, Dios mío, él me espera!
Peleó contra eso, rezándole a sus guías, a sus espíritus sabios, y a todos aquellos
que la habían ayudado en el pasado. Líbrenme de caer más profundo, les rogó.
Tomen mi mano y remóntenme. Les pido esto en el nombre de nuestro Dios eter-
no. ¡Ayúdenme, por favor!
Abruptamente, estaba de vuelta dentro del cuarto, el hoyo y la caverna se habían
ido. Ella estaba dormida, pero no inconsciente.
Supo que estaba en la cama. Oyó una puerta abrirse y cerrarse. ¿Es la puerta de
este cuarto, o alguna puerta imaginaria dentro de su mente? Todo lo que sabía
era que sus ojos estaban fuertemente cerrados. Oyó ruido de pasos acercándose.
Vio una figura, con sus ojos cerrados. Lo podía ver acercándose como una silueta
recortada de papel negro. ¿Lo estaba imaginando? ¿La figura estaba en el cuarto,
o en su mente?

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Alcanzó la cama y se sentó al lado de ella; pudo sentir el colchón doblándose


cuando se sentó. Repentinamente supo que era Daniel, y un ruido parecido a un
gemido la envolvió. ¿Fue un gemido verdadero, emitido de sus labios, o un sonido
que expresaba el temor que sentía? No podía ser él. Él descansaba. Ella y Fischer
depositaron su cuerpo en una tumba consagrada. No podía estar de regreso; es
imposible. Dormida, despierta, lo vio sentado sobre la cama a su lado, una figura
de negro. ¿Él la estaba mirando? ¿Tiene ojos esa cabeza oscura?
—¿Eres tú? —preguntó. Oyó su propia voz pero no podía distinguir si era real o
imaginaria.
—Así es.
—¿Por qué? —preguntó ella, o pensó. —Deberías haber trascendido.
—No puedo.
Trató de despertarse a sí misma, incapaz de resistir este limbo de conciencia
fragmentaria.
—Debes irte —dijo—, yo te liberé.
—No es la liberación lo que busco.
—¿Qué es, entonces? Puso más empeño en la batalla por despertar. Debería
hacerlo antes de que sea muy tarde.
—Tu sabes lo que es —dijo.
Repentinamente, ella lo supo. El conocimiento fue como un viento helado
calándole el corazón.
—Debes irte —dijo ella.
—Pero tu sabes lo que debes hacer —contestó él.
—No.
—Lo necesito, o no podré irme.
—¡No! —gritó. ¡Despierta! Pensó.
—Entonces debo matarte, Florence.
Dos manos heladas se aferraron alrededor de su cuello. Florence alzó la voz en su
sueño. Pudo alcanzarlas dificultosamente, dándoles zarpazos. Se despertó. Las
manos se habían ido. Comenzó a levantarse, pero se congeló en estado de shock.
Se produjo un sonido horrendo a su lado, en la cama; un sonido extraño, medio
animal, medio humano, líquido y desquiciado. No podía moverse. ¿Qué había sido
eso? Muy lentamente Florence abrió sus ojos. La luz del baño estaba encendida,
alumbrando ligeramente el cuarto.
El gato.
Ella lo vio observándola. Sus ojos brillaban intensamente, dementes y malos. Se
mantuvo haciendo un ronquido vacilante y antinatural en su garganta. Ella co-
menzó a levantar la mano.
—En el nombre de Dios —susurró.
Con un aullido salvaje, el gato se lanzó sobre su cara. Florence retrocedió, con
ambos brazos hacia adelante.
El gato la rasguñó con zarpazos profundos en sus brazos. Chilló al sentir sus dien-

83
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

tes penetrar brutalmente en sus pómulos. Trató de soltarlo pero no pudo; sintió
su pelaje caliente en los ojos y en la boca, el sonido demencial todavía burbu-
jeando en su garganta. Florence sacudió con fuerza su brazo izquierdo y clavó sus
dedos en el pelaje, forzándolo y tratando de mover hacia atrás su cabeza. Los
dientes aflojaron.
Instantáneamente se abalanzó sobre su garganta. Florence lo bloqueó antepo-
niendo su brazo derecho, y los dientes del gato se hundieron en su carne otra
vez. Ella gimoteó de dolor y trató de sacudir con fuerza su cabeza. El gato co-
menzó a rasguñar con sus patas traseras. Florence lo agarró por la garganta y
comenzó a estrangularlo. Comenzó a hacer un ruido de burbujeo, con sus patas
moviéndose agitadamente, dándole zarpazos a su pecho a través del suéter. Flo-
rence alcanzó a lanzarlo al piso.
Ella se enderezó rápidamente, jadeando. En la luz trémula del baño pudo ver al
gato darse vuelta y levantarse de nuevo. Saltó de la cama y se abalanzó hacia el
cuarto de baño. El gato se arrojó contra sus piernas, clavando dientes y garras en
sus pantorrillas. Florence gritó, tambaleándose. Luchando para recobrar el equili-
brio, se apoyó sobre la mesa española, brazo derecho chocando en el teléfono.
Instantáneamente agarró el auricular, y lo propinó hacia abajo. El primer golpe
chocó violentamente contra su rodilla; gimió y golpeó de nuevo, esta vez acer-
tándole en la cabeza. Aporreó una y otra vez hasta que, abruptamente, los dien-
tes soltaron su carne. Alejando el gato a las patadas, se dio vuelta y corrió hacia
el baño. El gato se levantó maullando horriblemente y salió disparado tras ella.
Florence consiguió entrar al baño y dar un portazo; el animal colisionó contra el
otro lado y comenzó a dar frenéticos arañazos en la madera.
Florence fue hacia el lavabo y miró su reflejo en el espejo. Shockeada, vio los
huecos profundos en su frente y pómulos, y la sangre trazumándose de las heri-
das. Tirando fuertemente hacia arriba el suéter, lo jaló sobre su cabeza y gimió al
ver una red de rojas laceraciones en su pecho y su estómago; su sostén roto es-
taba regado de manchas sanguinolentas.
Se miró los brazos, sobresaltándose en las profundas perforaciones púrpuras de
las mordidas; sollozando, encendió el agua fría. Agarró un paño y lo sujetó deba-
jo del grifo hasta que se remojó, luego comenzó a palmearlo en los mordiscos y
los arañazos. Llorando de dolor, lágrimas calientes nublaron su vista.
Cuando hubo lavado las heridas, siguió escuchando al gato ahí afuera, rasgando
la madera y haciendo ese ruido horrible en su garganta.

9:14 A.M.

—Es grande —dijo Edith.


Barrett gruñó cuando la barreta se le resbaló en una tabla de madera timbrada
PARTE DELANTERA. Sus movimientos eran de excitación, rápidos.

84
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—No exageres, Lionel.


Asintió, arrancando el otro extremo de la tabla. Ella no lo había visto tan entu-
siasmado en muchos años.
—¿Te puedo ayudar?
Barrett negó con la cabeza.
Edith observó como se inclinaba y forzaba las maderas que se desprendían, chas-
queando varias de ellas y lanzándolas al piso.
—La empacaron bastante bien —masculló. Ella no sabría decir si estaba contento
o molesto por el hecho.
La caja de madera tenía dos metros y medio de ancho por tres de largo y era
treinta centímetros más alta que Barrett; por milímetros había conseguido fran-
quear la puerta de entrada,
¿Qué contenía esa caja? Se preguntó Edith. La máquina, desde luego; ¿Pero qué
era esa máquina, y cómo se supone que iba a poner fin a la maldición de esta ca-
sa?
—¡Mierda!
Ella avanzó cuando Barrett maldijo y dejó caer la barreta con un siseo de dolor,
tomándose el pulgar vendado.
—Lionel, por favor no exageres.
—Bien —dijo impacientemente—. Recogió la barreta y regresó a la caja de made-
ra.
—¿Por qué no le pides a Fischer que te ayude?
—Puedo solo —masculló.
Edith se sobresaltó cuando introdujo la barreta entre dos tablas y palanqueó fuer-
temente, bramando de furia.
—Lionel, ten calma —dijo—. Pareciera que tienes la intención de hacer trizas esa
caja con tus dientes...
Barrett se detuvo y la miró; su pecho se levantaba y caía pesadamente, un rocío
de sudor cubría su frente. Hizo un sonido que podría haber sido regocijo.
—Es simplemente que —jadeó—, es la culminación de todos mis años en parapsi-
cología; deberías saber por qué me entusiasma.
—Y tu deberías saber por qué estoy preocupada.
Inclinó la cabeza. —De acuerdo, me refrenaré —prometió—; creo que puedo es-
perar unos pocos minutos más después de doce años.
Edith se reclinó en su silla, aliviada. Quizás si lo distraigo con mi conversación
mientras trabaja, no se fatigará tanto.
—¿Lionel?
—¿sí?
¿Deberíamos reportar ese cadáver a la policía?
—Lo haremos —dijo—, durante el fin de semana.
Edith inclinó la cabeza, buscando desesperadamente temas de conversación.
—¿Fischer fue realmente un psíquico poderoso? —Inquirió ella, preguntándose

85
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por qué esta cuestión vino a su mente.


—Se dijo que estaba al mismo nivel que Home y Palladino.
—¿Qué fue lo que hizo para ganar ese lugar?
—Oh, bien —carraspeó y quitó otra tabla del frente de la caja, revelando una lí-
nea de diales de cristal—, lo usual: levitación, voz directa, fenomenologías bioló-
gicas, percusión y materialización. Esa clase de cosas. En una sesión, hizo levitar
una mesa que pesaba casi doscientos veintisiete kilos hasta el cielo raso, y con la
fuerza combinada de seis hombres no pudieron bajarla.
—En otra ocasión, hizo aparecer un grupo de siete caras perfectamente formadas
flotando alrededor del gabinete. Uno de los testigos, el doctor Wells, famoso quí-
mico de Harvard, vio su propia cara entre las que flotaban, y otra cara trató de
besarlo.
—¿Qué más? —Edith lo instó a que no cayera en el silencio otra vez.
—A ver... Una sombra con la forma de un hombre se paseó alrededor del cuarto
de los testigos con un paso que estremecía las paredes; hizo aparecer luces fosfo-
rescentes verdes, como mariposas del tamaño de un puño, que revolotearon al-
rededor de la mesa y anidaron en un tablero. Un mandolín flotó cerca del cielo
raso, tocando “My Bonny Lies Over the Ocean”. El profesor Mulvaney de la Socie-
dad Parapsicológica de Pittsburgh sujetó una mano perfectamente materializada
por más de diez minutos, describiéndola como “poseedora de huesos, piel, vello,
uñas y calor”.
—Finalmente, Fischer extrajo una masa de teleplasma directamente de su boca
formando la figura de un mandarín chino, de dos metros quince de alto, comple-
to, hasta el detalle más fino. Le habló al grupo de testigos por más de veinte mi-
nutos antes de que se replegara en el cuerpo de Fischer. —Barrett dejó a un lado
otra tabla—. Sin duda, Fischer fue el más grande de todos.
—Entonces fue genuino...
—Oh, sí, completamente —Barrett se puso a trabajar en la tabla final.
—Desdichadamente, eso fue hace mucho tiempo atrás. Es como un músculo; si
dejas de usarlo, se atrofia —dejó a un lado la tabla final y se levantó con su bas-
tón—. Ahora sí —dijo.
Edith se levantó y se paró junto a él. Estaba abriendo un gran sobre de papel
madera, que encontró pegado con cinta adhesiva en el frente de la máquina. Al
abrirlo, vio que eran sus planos heliográficos. Edith paseó los ojos sobre el tablero
de mandos y su conjunto imponente de interruptores, diales y palancas.
—¿Cuánto costó todo esto? —preguntó.
—Y... Casi setenta mil dólares.
—Mi Dios —Edith recorrió su mirada sobre el tablero—, REM —murmuró, leyendo
la placa de metal debajo del dial más grande; los números en ese disco se exten-
dían desde cero hasta 120.000.
—¿Qué significa REM, Lionel?
—Te explico más tarde, Amor —dijo distraídamente—; después te diré exacta-

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mente todo lo que el Reversor puede hacer...


—El Reversor —dijo ella.
Asintió distraído, mirando el gráfico. Sacó la linterna de su bolsillo y la apuntó a
través de una abertura enrejada al lado de la máquina. Frunció el ceño y, cojean-
do hacia la mesa, depositó las heliografías y recogió un destornillador. Regresan-
do a la máquina, comenzó a destornillar un plato.
Edith caminó hacia la chimenea y enfrentó sus manos hacia las llamas. Estuve
aquí anoche, pensó después de un momento. No podía recordar nada antes de
recibir el cachetazo que la arrebató del sueño, para encontrarse desnuda delante
de Fischer. Se estremeció, haciendo un intento para no pensar acerca de eso.
Se movió hacia Lionel cuando Fischer entró corriendo de improviso.
—¡DOCTOR!
Barrett giró la cabeza.
—¡Es Tanner!
Edith se congeló. ¿Dios mío, qué pasó ahora? Pensó.
—Apareció lastimada otra vez —dijo Fischer.
Barrett movió la cabeza hacia los lados y agarró su bolso negro.
—¿Dónde está? —preguntó.
—En su cuarto.
Los tres se movieron rápidamente a través del gran vestíbulo; Barrett seguía el
paso lo mejor que podía. —¿Qué tan mal está? —preguntó.
—Parece rasguñada y mordida...
—¿Y cómo ocurrió?
—No sé; imagino que fue el gato, eso creo...
—¿El gato?
—Le llevaba algo de comer. Cuando no contestó, abrí la puerta; en ese momento,
el gato salió como un rayo y desapareció.
—¿Y la señorita Tanner?
—Estaba en el baño —dijo Fischer; —al principio no quería salir, pero cuando lo
hizo...
Entraron al cuarto. Ella yacía sobre su cama. Lentamente abrió sus ojos y volteó
su cabeza cuando cruzaron el cuarto. Edith hizo un sonido de espasmo. La piel de
la médium estaba tan pálida como la cera; profundas lesiones rojas, la cara y el
cuello inflamados.
Barrett puso su bolso en la cama y se sentó al lado de ella.
—¿Ha desinfectado esos mordiscos? —preguntó, mirando los que tenía en la ca-
beza.
Ella negó. Barrett abrió su bolso y sacó un frasquito color café, una caja de gasa
y algunas curitas.
Recorrió con la mirada los rasgones en el suéter de Florence.
—¿Su cuerpo, también?
Ella asintió, con lágrimas fluyendo en sus ojos.

87
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—Mejor quítese el suéter.


—Me he lavado.
—Bueno, eso no es suficientemente. Podría haber infección y...
Florence miró a Fischer. Sin chistar, caminó hacia la otra cama, sentándose en
ella y dando la espalda. Florence comenzó a quitarse su suéter.
—¿Me das una mano, Edith?
Edith se agachó al lado de la cama, alterándose al ver el patrón de los zarpazos y
dentelladas a través del pecho y estómago de Florence, y los mordiscos y lacera-
ciones en sus brazos. Al desenganchar su corpiño, dio un paso atrás.
Los senos de la médium estaban cubiertos de feroces arañazos.
Barrett destapó el frasquito marrón. —Esto va a doler —dijo—. ¿Quiere codeína?
Florence negó con la cabeza. Barrett humedeció un pedazo de gasa en la botella y
comenzó a fregar las heridas en su frente. Florence siseó y cerró los ojos con lá-
grimas presionando bajo los párpados. Edith no podía observar. Ella se marchó
dando media vuelta y miró a Fischer. Clavaba los ojos en la pared.
Varios minutos pasaron, sólo se escuchaban los chillidos de Florence y un murmu-
llo ocasional de disculpa de Barrett. Cuando terminó, puso una manta sobre su
pecho. —Gracias —dijo ella. Edith volvió.
—El gato me atacó —dijo Florence—. Fue poseído por Daniel Belasco.
Edith miró a su marido. Su expresión era ilegible.
La médium trató de sonreír.
—Ya sé, usted piensa...
—Realmente no tiene importancia lo que pienso, señorita Tanner —Barrett le cor-
tó—. Lo que tiene importancia ahora es su salud.
—Estaré bien.
—Me pregunto si así será, señorita Tanner. Me pregunto si podría aconsejarle que
se vaya usted en lugar del señor Fischer.
Fischer escuchaba atentamente.
—No, Doctor —Florence negó con la cabeza—. No. Claro que no.
Barrett miró a la médium por varios minutos antes de volver a hablar otra vez.
—Deutsch no necesita saberlo —dijo.
Florence estaba confundida.
—Quiero decir... —vaciló—. Usted ha contribuido más que ninguno en este pro-
yecto...
—¿Y usted se ocupará personalmente de que yo sea bien remunerada, es así?
—Sólo trato de ayudar, señorita Tanner...
Florence comenzó a contestar, luego se contuvo. Evitó sus ojos antes de mirar a
Barrett otra vez.
—Bien —dijo—, aceptaré eso. Pero no me voy a ir.
Barrett asintió.
—Muy bien. Depende de usted, por supuesto —hizo una pausa, y agregó—: pero
me siento en la responsabilidad de advertirle que abandone esta casa mientras

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pueda —hizo una pausa otra vez—; además, si llego a ver que su vida corre peli-
gro, yo mismo me ocuparé de echarla fuera.
Florence se mostró consternada.
—No tengo la intención de permitir que se convierta en una nueva víctima de la
Casa del Infierno.
Barrett cerró de golpe su bolso y lo recogió. —¿Mi amor? —dijo. Levantándose
con dificultad, se encaminó hacia la puerta.

10:43 A.M.

Edith se dio vuelta y miró la otra cama. Lionel estaba dormido. No debería haber-
lo dejado trabajar en esa caja de madera. Debería haberle pedido a Fischer que lo
hiciera.
Pensó acerca de lo que le había dicho Lionel antes de acostarse: Esa Florence
Tanner estaba tan ansiosa de probar su caso que estaba sacrificando su propia
salud física en el intento.
—La disociación de la mente como resultado de una modificación del ego es la
causa básica de los fenómenos paranormales —había dicho—. No sé si fue real-
mente el tal Daniel Belasco o no, pero el temperamento de Tanner tiene todos los
rasgos propios de una división de personalidad.
Edith suspiró y se volvió boca arriba. Si tan sólo pudiera entender las cosas como
Lionel. Todo lo que tenía en la cabeza eran esas marcas horribles de dientes alre-
dedor de esos pezones, y ni hablar de los arañazos y los tarascones que Florence
juró que se los había hecho el gato. ¿Cómo pudo hacerse esas cosas así misma,
incluso inconscientemente?
Edith se levantó. Miró los zapatos por varios minutos antes de meter sus pies a la
fuerza en ellos. Se paró, caminó a la mesa octagonal y miró el manuscrito. Reco-
rrió un dedo sobre la carátula. ¿Me hará mal beber un poco? Pensó. Es ridículo
tener este temor casi irreflexivo sobre el alcohol. Solamente porque el borracho
de su padre había hecho su infancia miserable no es razón suficiente para conde-
nar al licor. Todo lo que ella deseaba era un pequeño sorbo para relajarse.
Se acercó al gabinete y abrió la puerta. Sacó la botella de coñac y una de las co-
pas de plata y las llevó a la mesa. Sacó un pañuelo de papel de su bolso y limpió
la copa antes de llenarla de coñac. Estaba muy oscuro. Se preguntó repentina-
mente si este líquido estaba envenenado. Esa sería una forma grotesca de termi-
nar las cosas.
Sumergió un dedo en el coñac y lo tocó con su lengua. ¿Cómo saber si realmente
está envenenado?
Su lengua comenzó a arder y ella tragó nerviosamente. El calor se propagó deli-
cadamente por los tejidos de su garganta. Edith levantó la copa de plata y la su-
jetó debajo de sus fosas nasales. El aroma agradaba. ¿Cómo puede estar enve-

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nenado? Seguramente alguien lo había saboreado antes.


Probó un sorbo, cerrando los ojos mientras el coñac bajaba a su garganta. El in-
terior de su boca se puso caliente. Hizo un sonido de placer cuando el licor alcan-
zó su estómago y una diminuta ola de calor empezó a expandirse en su pecho.
Tomó otro sorbo. Es lo que necesito. No soy una potencial borracha solo porque
beba un poco de coñac. Vaciló un poco antes de sentarse en la silla mecedora.
Reclinándose, cerró sus ojos y bebió el coñac con sorbos decididos.
Cuando la copa estuvo vacía, abrió sus ojos y miró la mesa. No, pensó. Uno es
suficiente. Se sentía relajada ahora; eso es todo lo que quería. Sujetó la copa a la
altura de los ojos, examinando el complejo trabajo de orfebrería.
Tal vez me lleve a casa un recuerdo cuando termine esta semana.
Sonrió; así está mejor. Estaba haciendo planes.
Pensó acerca de Fischer. Realmente debería pedirle perdón por evadirlo tan gro-
seramente esta mañana. Debería darle las gracias por salvarle la vida. Tembló,
pensando en el agua estancada de la laguna. Se levantó tan silenciosamente co-
mo pudo y cruzó el cuarto. Abrió la puerta y salió al corredor, cerrando la puerta
cuidadosamente.
Por un instante, una oleada de terror la atenazó cuando se dio cuenta de que es-
taba sola por primera vez desde que habían entrado en la casa. Se mofó de ese
temor; era estúpido. Lionel estaba en el dormitorio. Florence en el suyo y quizás
también Fischer. Avanzó por el vestíbulo hacia su puerta. ¿Estaba ella equivocán-
dose? No, pensó; le debo una disculpa, y le debo agradecimiento.
Golpeó en la puerta de Fischer y esperó. Nada. Después de varios segundos tocó
otra vez, pero no hubo respuesta. Edith giró el picaporte y empujó la puerta.
¿Qué estoy haciendo? No se podía detener. Abriendo la puerta, echó un vistazo.
El cuarto era considerablemente más pequeño que el que ella y Lionel ocupaban.
Sólo una cama grande, una mesa con un teléfono francés y un cenicero. Edith mi-
ró el cenicero lleno de colillas aplastadas. Demasiadas. Abusa del tabaco.
Anduvo a la deriva por la alfombra y se fijó en la mesa. El bolso de viaje de Fis-
cher estaba en ahí, medio abierto.
Edith miró adentro y vio algunas camisetas y una caja de cigarrillos abierta. Tragó
saliva, agachándose para tocar el bolso.
Giró rápidamente con un jadeo.
Fischer estaba en la puerta, mirándola.
Por un tiempo terriblemente largo, estuvieron viéndose a los ojos, fijamente y en
silencio. El corazón de Edith latía al galope; Sintió un calor atravesándola de lado
a lado.
—¿Qué necesita, señora Barrett?
Trató de obtener control de sí misma. ¿Qué debe estar pensando al encontrarme
aquí? —Vine a agradecerle —se atrevió a decir.
—¿Me agradece? ¿Por qué?
—Por salvar mi vida anoche...

90
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Se echó hacia atrás inconscientemente cuando Fischer se le acercó.


—No debería haber dejado solo a su marido.
Ella no supo qué decir.
¿Están bien los dos?
—Por supuesto.
Fischer la miró secamente. —Creo que debería volver a su cuarto ahora.
Se movió al lado de ella cuando cruzó la alfombra.
—Trate de atarse las muñecas a la cama en las noches —le dijo.
Edith asintió con la cabeza. Cuando él la siguió en el corredor hasta su cuarto,
ella giró en sus talones y lo enfrentó cara a cara. —Gracias.
—No deje a su marido otra vez —dijo—, no debería... —se interrumpió abrupta-
mente—. ¿Ha estado bebiendo? —preguntó.
Ella lo miró ofendida. —¿Por qué?
—Porque no es seguro beber aquí. No es seguro perder el control.
—Yo no pierdo el control —le dijo rígidamente. Se dio vuelta y entró en su cuarto.

11:16 A.M.

Florence despertó cuando llamaron a su puerta. —Adelante.


Fischer entró.
—Ben —ella trató de levantarse.
—No se levante —caminó a través del cuarto—; me gustaría hablar con usted.
—Por supuesto —ella palmeó la cama—, siéntate aquí.
Fischer se sentó en el borde del colchón.
—Ante todo, siento pesar por todo esto que está sufriendo.
—Pasará.
Asintió, poco convencido; luego la miró en silencio, hasta que Florence sonrió.
—¿Sí? —preguntó ella.
Se preparó a sí mismo para lo que iba a decir.
—Estoy de acuerdo con Barrett. Pienso que usted debería irse ya mismo.
—Ben...
—Estás hecha pedazos, Florence —se permitió tutearla y llamarla por su primer
nombre—. ¿No puedes ver eso?
—¿Tu no piensas que esté haciéndome estas cosas yo misma, no?
—No, desde luego que no —contestó—; en realidad no puedo ver quién lo está
haciendo. Tu dices que es Daniel Belasco. ¿Qué ocurre si te equivocas? ¿Qué ocu-
rre si estás siendo embaucada?
—¿Embaucada?
—En el experimento de 1940, vinimos con una médium, Grace Lauter. Ella se
convenció de que un par de hermanas había atribulado la casa. Y construyó un
caso muy convincente sobre eso. El único problema fue que estaba equivocada.

91
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Se cortó la garganta con una navaja al tercer día que llegamos aquí.
—Pero Daniel Belasco existe. Encontramos su cuerpo, encontramos su anillo con
sus iniciales en él.
—También lo pusimos a descansar. ¿Por qué no descansa, entonces?
Florence negó con la cabeza. —No sé —su voz vacilaba—, francamente no lo sé.
Él palmeó su mano. —Es que estoy preocupado, eso es todo.
—Gracias, Ben.
Después de varios segundos, ella le sonrió.
—Benjamin Franklin Fischer —dijo—. ¿Quién te dio semejante nombre?
—Oh, mi papá; estaba obsesionado con Benjamin Franklin.
—Cuéntame sobre él.
—Bueno, no hay mucho que decir. Él dejó a mi madre cuando cumplí dos años.
—En realidad no lo culpo. Ella le hacía la vida imposible.
Florence sonrió a medias.
—Fue una fanática —dijo Fischer—. Cuando comencé a mostrar trazas de capaci-
dad psíquica a los nueve años, ella le dedicó su existencia a eso.
Su sonrisa era triste. —Y mi existencia, también.
—¿Lo lamentas?
—Lo lamento.
—¿De veras, Ben? —Ella lo miró con profundo desasosiego.
Fischer sonrió abruptamente. —Dijiste que ibas a contarme sobre Hollywood
cuando las cosas se calmaran. —Su sonrisa se volvió sardónica—. Bueno, no se
han calmado mucho que digamos...
—Es una larga historia, Ben.
—Tenemos tiempo.
Ella lo contempló en silencio.
—Bien —finalmente dijo—: te contaré brevemente.
Fischer esperó, mirándola.
—Quizá hayas leído algo acerca de eso —dijo Florence—, las columnas de chismes
de esa época hicieron su agosto conmigo.
El Confidential Herald publicó una historia sobre las reuniones espiritistas que or-
ganicé en mi casa. Las hicieron sonar como a alguna otra cosa, orgías y aquela-
rres; eran difamaciones, por supuesto. Fue inútil reclamar.
Y en lo que respecta a las historias acerca de que nunca me casé porque me gus-
taba «jugar en toda la cancha» como lo llamaron, no fueron verdaderas tampoco.
Jamás me casé porque nunca encontré a un hombre con el que quisiera casarme.
—¿Y cómo te hiciste actriz?
—Ah, siempre me gustó actuar. Cuando niña, montaba pequeñas funciones para
mis padres y mis parientes. Más tarde, me uní al club de drama de la secundaria
y a un grupo local de teatro; y en la universidad, me especialicé en arte dramáti-
co. La progresión fue notablemente suave; ocurre de ese modo algunas veces.
Una buena apariencia dada por Dios, una combinación de acontecimientos afortu-

92
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nados —sonrió con cierta pesadumbre—, pero no fui nunca un gran éxito en eso.
Quizás no me apliqué lo suficiente. Pero no hubo nunca nada cuestionable. Nin-
guna herida de la infancia, ningún oscuro pasado. Tuve una infancia maravillosa.
Mis padres me amaron, y yo les amé. Ambos fueron espiritistas; entonces, yo
también me convertí en una.
—¿Hija única?
—No, tuve un hermano. David. Murió a los diecisiete. Meningitis espinal. Ese fue
el verdadero y único pesar de mi vida —sonrió otra vez—; ahí fue cuando empezó
a «decaer» mi carrera, como dijeron, lo que me hizo «evitar Hollywood», «recu-
rriendo a lo religioso buscando expiación.» Siempre tuvieron cuidado de no men-
cionar que había sido espiritista toda mi vida. Realmente, bendije el fin de todo
aquello. Me dio la oportunidad para fortalecer lo que siempre supe que era mi
mayor don: la capacidad psíquica.
Carraspeó y continuó.
—No es que le tema a Hollywood o lo rehuya; no hay nada espantoso allí. Es un
gran escenario y una empresa, nada más. Las personas que trabajan allí han
hecho su elección. Las llamadas “corruptas influencias”, no son peores que otras
similares que existen en cualquier ocupación. No es el negocio en sí lo corrupto,
sino la corruptibilidad de los que participan en él.
—Es que no estaba cómoda en el vacío moral que usualmente me rodeaba; en los
sets abarrotados, en esas fiestas, el aire mismo estaba a menudo sobrecogido por
una tensión morbosa —sonrió, recordando—. Una noche, cuando me fui a la ca-
ma, recité el Padrenuestro como siempre hago. Repentinamente me di cuenta
que lo que había dicho fue “Padrenuestro que estás en el arte, Hollywood sea tu
nombre” —negó con la cabeza, divertida—; a fin de ese mes me fui al Este y allí
me radiqué.
Fischer comenzaba a hablar cuando en alguna parte, débilmente y a lo lejos, el
gato maulló de dolor. El fin de un agradable interludio, pensó. Florence se mostró
dolorida.
—Oh, ese pobre animal —dijo, y comenzó a levantarse.
Fischer la presionó de regreso en contra de las almohadas.
—Echaré un vistazo.
—Pero...
—Descansa —le dijo, mientras se levantaba.
—¿Antes de que te vayas, me alcanzarías mi bolso?
Fischer atravesó el cuarto y se lo alcanzó. Florence lo abrió, sacó un medallón, y
lo sostuvo frente a él. Fischer lo tomó. Había dos palabras grabadas en él:

QUIERO CREER
—Está todo dentro de ti si deseas creer —dijo ella.
Fischer trató de devolvérselo.
93
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—No, consérvalo —dijo ella—. De mí para ti, con amor.


Fischer forzó una sonrisita. —Gracias.
Se metió el medallón en su bolsillo.
—¿Podremos hacer una sesión juntos después de que descanse? —preguntó
ella—. Quiero contactar a Daniel Belasco, pero no quiero volver a hacerlo sola.
—¿Entonces no estás considerando salir de aquí?
—No puedo, Ben, sabes que no —hizo una pausa—. ¿Haremos esa sesión juntos?
Fischer la miró ansiosamente.
Finalmente asintió. —De acuerdo —dijo, y salió del cuarto sin decir otra palabra.

12:16 P.M.

El agua fresca ondeando en su pierna se sentía bien. La piel de su pantorrilla


quemada se había contraído, pero el pulgar lo estaba matando; cada vez que me-
tía su mano derecha en el agua, el dolor en su pulgar se intensificaba. Sin em-
bargo necesito esto, pensó. No había estado nadando por casi una semana.
Alcanzó el borde de la piscina y se detuvo, aferrándose de la barandilla de la
escalera con su mano izquierda.
Edith estaba sentada en un banco de madera cerca de la puerta del cuarto de va-
por. —No te esfuerces —le dijo.
—No lo haré. Sólo dos vueltas más.
Se dio vuelta y comenzó a nadar otra vez. Cerró los ojos y escuchó los ruidos
chapoteantes que hacían sus brazos y sus pies.
Se preguntó qué tan mal estaba afectando a Edith la atmósfera de la casa. Cuan-
do se había despertado, trató de levantarse sin molestarla, pero al momento de
desperezarse, los ojos de ella se abrieron de par en par. Tenía cierto aroma alco-
hólico en su aliento y, al levantarse, había visto una botella de Coñac sobre la
mesa. Ella le había dicho que la había encontrado en el gabinete y tomado una
copita para relajarse. Entonces, enojado, había regresado la botella de nuevo a su
lugar, y le dijo que había corrido un serio riesgo bebiendo cualquier cosa en esta
casa. Ella le había prometido no tocar nada más.
La mano de Barrett tocó el extremo más alejado de la piscina y, cambiando de
dirección, comenzó a nadar de regreso. Deberíamos estar fuera de aquí mañana
por la noche a más tardar, pensó. Si podía poner a funcionar el Reversor sin de-
mora, estaba seguro que podrían irse para entonces. Sonrió para sus adentros,
complacido.
Al fin, llegó al borde y salió de la piscina, rechiflando en el aire frío del aire cir-
cundante. Edith le envolvió una toalla alrededor de sus hombros.
—¿Me acompañarías al baño turco un ratito? —preguntó Barrett.
Ella inclinó la cabeza, dándole su bastón.
—Pienso que me haría bien —dijo Edith, abriendo la pesada puerta.

94
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—Sí, entremos —Lionel la miró—; mejor te quitas la ropa, querida.


—Bien.
Barrett lanzó la toalla encima del banco de madera y cojeó dentro del cuarto de
vapor mientras Edith cerraba la puerta por afuera. Gruñó de placer al sentir el
calor mojado en su cuerpo. Respirando a través de sus dientes, se sentó doloro-
samente en un banco. La parte superior escaldaba sus muslos. Se levantó. Palpó
a tientas alrededor del cuarto, usando su bastón, hasta que tocó la manguera y a
lo largo de su longitud hasta que alcanzó la pared, giró un poco el grifo. El agua
fría salió a borbotones. Barrett mojó la parte superior del banco y se sentó otra
vez, apartando su bastón. Deslizó el traje de baño a través de sus caderas y se lo
quitó de encima, relajando las piernas.
Miró hacia la puerta. Edith se estaba tomando mucho tiempo. Frunció el ceño. No
voy a levantarme otra vez, pensó. En ese momento, la puerta se abrió y un con-
torno femenino se movió en la espesa niebla de vapor. Se sorprendió al ver que
ella se había quitado toda la ropa. Cuando la puerta se cerró ruidosamente, Lionel
la llamó: —Por aquí.
Debería haber puesto una bombilla más brillante.
Edith se movió con precaución a través de la niebla. Ella hizo un ruido de disgusto
cuando sintió el agua fría en los pies. Barrett jaló la manguera hasta que tuvo el
rociador en su mano, y luego lavó el banco de al lado; Edith se sentó en él. Ba-
rrett la oyó aspirar alientos erráticos.
—¿Estás bien, amor? —preguntó.
Ella tosió. —Nunca podré acostumbrarme a los cuartos de vapor...
—Prueba poner agua en la cara y tomar aire lentamente.
—Bien.
Barrett cerró sus ojos y sintió el calor húmedo penetrando su carne. Se sobresal-
tó cuando la mano fría de Edith se apoyó en su pierna. Después de varios instan-
tes ella se sentó en su falda y besó su mejilla.
—Te amo —dijo.
Barrett colocó su brazo izquierdo sobre sus piernas y con el otro abrazó sus hom-
bros. —Yo también —dijo él. Ella lo besó en la mejilla otra vez, y en la esquina de
sus labios. Él sintió un apasionamiento en su cuerpo cuando ella presionó sus la-
bios moviendo su cabeza durante el beso. Barrett abrió sus ojos cuando sintió
una mano bajando por su estómago. ¿Edith? Pensó.
Después de un segundo ella se sentó sobre él, apoyando el trasero y luego la es-
palda sobre su estómago. Una vez sentada, comenzó a frotar sus nalgas sobre el
regazo de él. Se dio vuelta rápidamente y levantando el miembro de Lionel con
una mano, comenzó a frotarlo sobre su estómago. El aliento de Barrett comenzó
a trabajar. El vapor chamuscaba su garganta y su pecho. Ella se acercó a sus la-
bios y volvió a besarlo. Lionel hizo un sonido de dolor cuando ella clavó sus dien-
tes en su labio inferior. Pudo oler el coñac en su aliento.
Los labios de ella se toparon con su mejilla, su lengua lamió su lóbulo derecho.

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—Ponlo tieso —susurró en su oreja. Su voz tenía algo feroz. Barrett gruñó cuando
ella agarró su mano dañada y la frotó contra sus pechos, retirándola cuando el
ardiente dolor subió por su muñeca. —¡No! —ordenó Edith, atrayendo su mano
firmemente sobre ella otra vez.
—¡Mi pulgar! —lloró Barrett. El dolor era tan severo, que apenas podía respirar y
sus pulmones luchaban escaldados en el vapor. Edith no parecía oír; arrodillada,
se aferró con las dos manos a su pene fláccido, y gritó tan fuerte que el corazón
de Barrett se galvanizó:
—¡Por el amor de Dios, ponte duro para mí!
Llorando, atascó sus labios en los de él otra vez.
Barrett no podía respirar. Sacudió con fuerza su cabeza hacia atrás, golpeándose
contra la pared de azulejos. Gritando por el dolor nuevo, su cara se retorció. Edith
cayó sobre él, sollozando. Barrett jadeó. —Edith —resopló.
Ella se incorporó desmañadamente y se marchó dando media vuelta, llorando.
—Edith, No... —masculló Lionel, tratando de alcanzarla con un brazo.
Sintió una brisa de aire frío cuando ella abrió la puerta, y vio su silueta salir del
cuarto. Edith aporreó la puerta al cerrarla.
Tratando de desembotarse alcanzó la manguera y frotó agua fría en su cara.
¿Pero que mierda le pasó? Él sabía que la reducción de su vida sexual ha debido
tener un efecto dañino en su matrimonio, pero ella nunca se había comportado
así. Es esta casa. Alcanzó el bastón, y avanzó poco a poco a través del vapor,
haciendo una mueca en el incremento de calor en su cara. La bombilla del cielo
raso casi había desaparecido de la vista, no era más que una mancha de luz páli-
da en lo alto. Barrett alcanzó la puerta y agarró la manija. La jaló hacia él. La
puerta estaba inmóvil.
Agarrando firmemente la resbaladiza manija, jaló una y otra vez.
La puerta rehusó moverse.
Un parpadeo de zozobra lo dominó.
—¿Edith? —llamó—. Golpeó la puerta con la palma izquierda.
—¡Edith, la puerta se quedó atorada!
No hubo respuesta. Dios mío, no pudo haberse ido arriba, pensó con temor re-
pentino. Empujó la agarradera otra vez. La puerta estaba embutida en su marco.
El calor y la humedad y los portazos, se dijo a sí mismo; la puerta se había ala-
beado, se había expandido —¡Edith! —llamó.
Empezó a golpear la puerta con su puño.
—¿Qué pasa? —se oyó la respuesta de Edith débilmente.
—¡La puerta se quedó atorada! ¡Trata de abrirla de tu lado!
Esperó. Hubo un golpe en la puerta, y la sintió moverse. Agarró la manija otra
vez y tiró con toda su fuerza cuando ella apoyó todo su peso en el otro lado.
La puerta resistía.
—¿Ay, qué vamos a hacer? —sonó asustada—. ¿Puedes usar uno de los asientos
para derribarla?

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—No, son demasiado pesados —Barrett miró alrededor, agriado.


El calor parecía aumentar.
—¿Lionel?
—¡Estoy bien! —se arrodilló cautelosamente para poner su rodilla izquierda deba-
jo de lo peor del calor.
Hizo un sonido preocupado. No puedo quedarme aquí dentro.
—¡Ve corriendo a buscar a Fischer! —gritó.
—¿Qué?
—¡VE- A - TRAER – A - FISCHER!
Silencio. Barrett sabía que la idea de andar a solas por la casa la aterraba.
—¡Es la única forma! —gritó.
Edith no contestó por mucho tiempo. Luego la oyó gritar: —¡Voy! ¡Volveré lo más
rápido que pueda!
Barrett se quedó inmóvil por algún rato. Esperó por su bien que no se metiera en
cualquier parte. En su estado mental, podría ser catastrófico. Miró alrededor
consternado. ¡No puedo quedarme aquí! Mejor cierro el conducto de vapor.
Miró abruptamente a su derecha; pensó que había oído un sonido. No, nada más
que remolinos de vapor. Los contempló con ojos azorados. Estaban espesos,
blancos y enrollándose; se retorcían en toda clase de formas y siluetas. Una per-
sona con una fértil imaginación podría ver toda clase de cosas ahí.
Barrett bufó. —Ridículo.
Comenzó a gatear y se abrió paso a través del piso hasta que sus mejillas se to-
paron con el borde del banco de madera. Alargó el brazo para alcanzar la tapa del
vapor. No la podía encontrar. Siguió gateando a lo largo del banco, tanteando a
diestra y siniestra.
Se paralizó. Tuvo la seguridad de haber oído algo esta vez. ¿Una clase de ruido
reptante?
Barrett tembló a pesar del calor. —Ridículo —murmuró.
Continuó gateando. No es extraño que esta casa haya reclamado tantas víctimas.
Su atmósfera es increíblemente conducente a las ilusiones. El sonido que había
oído probablemente venía de la tapa que él estaba buscando, y que era generado
probablemente por la demasiada presión.
Se está poniendo tórrido aquí dentro.
Al fin, su mano se puso en contacto con la rueda de la tapa, y sintió una expan-
sión violenta de alivio. Trató de girar la rueda, pero estaba adherida. Forcejeó,
apretando sus dientes, y luchó en contra del dolor en su pierna cuando envolvió
ambas manos alrededor de la rueda.
—Pegada —dijo en voz alta, como si intentara convencer a alguien que estuviera
con él, y que el problema es habitual. Puso tirantes los músculos de sus brazos y
su espalda, tratando de hacer girar la rueda.
No se movió.
—Oh, no —tragó el calor, carraspeando por la quemazón de aire en su garganta y

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su pecho. Esto no es bueno, definitivamente no está bien, pensó. Cálmate, es un


simple problema físico: una puerta alabeada en su marco y una válvula de vapor
atrancada, son cosas de esperarse en una casa vieja. Edith estará de regreso con
Fischer en cualquier momento. Si la cosa se pone peor me acostaré en el piso y
me echaré agua fría...
Se sacudió asustado. El ruido otra vez, demasiado concluyente para ser imagina-
ción. Un ruido vibrante y pringoso, ninguna duda de eso, como si alguna serpien-
te reptara por el piso. La cara de Barrett se endureció. Vamos, no te vuelvas in-
fantil justo ahora. Dio la vuelta lentamente, apoyando su espalda contra el banco
y tratando de ver a través del vapor. Si fue algún fenómeno, sólo tenía que con-
servar su perspicacia y buen juicio acerca de él. No hay nada en la casa que le
pudiera dañar siempre que no se aterrorizara.
Aguzó el oído, y sintió el latido de dolor en su pulgar. Después de lo que pareció
ser un minuto, oyó el sonido otra vez, un ruido líquido, corredizo. Imaginó lava
arrastrándose lentamente por una ladera, salpicando aquí y allá como papilla de
avena hirviendo en la cacerola.
Se estremeció.
—Basta —se ordenó a sí mismo—, ahora estaba reaccionando crédulamente como
Florence Tanner.
¡La manguera! Pensó abruptamente. Si el calor pudo ocasionar que la puerta se
alabeara, el agua fría podría revertir el proceso. Comenzó a buscar a tientas la
manguera; el sonido siseó otra vez, pero lo ignoró.
Los fenómenos Psi abundan en áreas de credulidad. La frase brilló intermitente-
mente en el interior de su mente. Precisamente. Tragó saliva, gimiendo en el fue-
go de su garganta y su pecho. ¿Dónde diablos está esa puta manguera?
El piso comenzaba a magullarle ambas rodillas.
Palpó el chorro de agua y vociferó un eco de brusca satisfacción. Trató de alcan-
zar la manguera, alargando su brazo a través del piso.
Gritó de dolor y regresó su mano. Había tocado algo así como cieno caliente. Ba-
rrett llevó la mano a su cara y la miró. La luz casi no existía; tuvo que entrecerrar
los ojos. Su corazón latía feo. Parecía ser un tipo de légamo de tono oscuro pe-
gándosele a su palma y a sus dedos. Con un sonido de repulsión, restregó la pal-
ma en el piso. ¿Qué es eso, por favor? ¿Alguna clase de... ?
El cuello comenzó a arderle y su corazón brincaba. El sonido era más fuerte aho-
ra, y se le acercaba. Barrett se echó para atrás inconscientemente, tratando de
ver. Se restregó la mano a través de sus ojos sin pensar, embarrando una parte
del cieno en su cara. Berreó de asco y dolor, y volvió a frotarse con su mano iz-
quierda.
Tenía un olor vagamente familiar. ¿Dónde diablos se metió Edith? Por un instante
sintió un arresto de pánico al imaginarse a Edith no avisándole a nadie y dejándo-
lo aprisionado aquí por culpa de lo que sucedió entre ellos.
—No —murmuró.

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Eso es ridículo. Ella estará de regreso de un momento a otro. Mejor me acerco a


la puerta y espero. Se incorporó y se alejó cojeando vacilante del ruido, viéndolo
como una medusa gigantesca alzando su masa transparente y temblorosa a tra-
vés del piso hacia él.
—Ya basta —balbuceó, furioso consigo mismo. Tengo que llegar a la puerta.
Miró perdidamente hacia el vapor pero no veía la puerta. El ruido continuó arras-
trándose tras él, empapado y reptante. Barrett sintió un frío de horror en su es-
palda. Mejor se preparaba.
Gritó en estado de shock cuando sus pies se hundieron en el espeso y caliente,
fango. Resbaló hacia atrás, aterrizando en su codo izquierdo y gritando otra vez
cuando el dolor se disparó a lo largo de su brazo. Se contorsionó en agonía en el
piso.
Repentinamente sintió avanzar al cieno arriba de sus piernas como gelatina ca-
liente.
Se sacudió horrorizado al percibir la hediondez fluyendo sobre él.
¡El tufo inconfundible de la putrefacción! ¡El olor de la laguna!
El Pantano de los Bastardos se había filtrado en el baño turco.
Su mente lloraba, aterrada. La puerta. ¿Dónde está la puerta?
Se levantó ignorando todo dolor y cojeó torpemente a tientas en cualquier direc-
ción, adivinando ciegamente la salida.
Esa cosa bloqueaba su camino. Era algo que tenía tamaño y masa y estaba vivo.
Con un grito de horror, Barrett lo sentía moverse entre los dedos de sus pies,
atrás, adelante, ardiente, y apestando a estancamiento. Gimió cuando intentó
reptar resbalándose por sus piernas. Lanzó una patada brutal con su pie izquier-
do, que se hundió en el cieno mucoso, y percibió en la planta del pie la textura
escurridiza del limo.
Repentinamente estuvo frente a sus ojos, bulboso y gris.
—¡No! —gritó.
Volvió a patearlo y parte de esa cosa trilló a través del piso, hasta que violenta-
mente golpeó contra la puerta. Parte de la forma viscosa comenzó a trazumarse
arriba de sus piernas adhesivamente. Los chillidos de terror brotaron de sus la-
bios. Empezó a mover las piernas fieramente y volvió a desplomarse, formando
en su caída remolinos de vapor. No podía desembarazarse de esa carga glutinosa
y caliente.
Estaba chupando sus carnes.
Repentinamente la puerta se abrió arrastrando el trozo de gelatina que yacía jun-
to a ella, directamente hacia su cara; su boca abierta entre gritos se llenó de esa
jalea turgente. Frío alrededor. Sintió manos resbalando bajo sus brazos. Intentó
defenderse. Creyó oír a Edith gritando. Alguien comenzó a arrastrarlo a través del
piso. Mirando hacia arriba, distinguió la cara de Fischer por encima de él, pálida e
indiferente. Poco antes de perder el conocimiento, Barrett miró su cuerpo. No
había nada allí.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

12:47 P.M.

Fischer tragó un poco de café, sujetando la taza con ambas manos. Otra vez la
pareja de Caribou Falls había dejado las viandas, tan invisible como siempre.
había estado merodeando en el teatro, yendo en busca del gato, cuando había
escuchado el griterío de Edith Barrett; la había encontrado, y ella le había dicho
que su marido estaba encerrado en el cuarto de vapor.
Allí dentro; repentinamente había recordado las palabras de Florence. Sin mediar
palabra, arremetió escaleras abajo, atravesó de un empujón las puertas de vai-
vén, y había corrido a lo largo de la piscina, haciendo eco en las paredes y el te-
cho con sus zapatillas de tenis.
Había oído los gritos de Barrett unos metros antes de que alcanzara la puerta del
baño turco; aumentando la velocidad, proyectó todo su peso contra ella, en vano.
Edith, que corría detrás de él, chillaba con una voz antinatural y monocorde.
Arrastró un pesado banco de madera y lo levantó en ángulo sobre la puerta para
descargar su peso duramente contra ella; inmediatamente el marco se rajó un
poco, liberando las esquinas. Dejando caer el banco, dio un empellón en la puerta
y entró.
Los gritos de Barrett habían cesado repentinamente.
Fischer necesitó la fuerza de cada músculo de su cuerpo para mover a Barrett,
que, tirado en el piso, farfullaba en silencio y pataleaba, antes de desvanecerse.
Para entonces la esposa de Barrett se estremecía incontrolablemente, con su cara
desencajada. A los dos les tomó casi diez minutos subir a Barrett al dormitorio y
ponerlo en su cama. Fischer se había ofrecido para ayudar a ponerle el pijama,
pero Edith, con una voz casi inaudible, le había dicho que ella lo podría hacer. Fis-
cher salió inmediatamente y volvió al comedor.
Colocó la taza vacía sobre la mesa y cubrió sus ojos con su mano izquierda, con
su mente batallando en el significado de éstos últimos acontecimientos:
La puerta sin llave que habían encontrado con llave cuando llegaron a la casa; la
instalación eléctrica restaurada que había dejado de trabajar; la incapacidad de
Florence para entrar en la capilla; el fonógrafo que arrancó solo; la brisa fría en
las escaleras; la araña tintineante del comedor; el martilleo sobre la mesa duran-
te la primera sesión; Florence repentinamente, inexplicablemente, convirtiéndose
en una médium física; la figura ectoplásmica en la segunda sesión y su histérica
advertencia hacia ellos; el ataque poltergeist; Edith Barrett sonámbula y desnu-
da; los mordiscos en los senos de Florence; el cadáver en la pared; el anillo; el
gato atacando a Florence; ahora el ataque a Barrett en el cuarto de vapor.
Se arrellanó en la silla. Nada tiene sentido. No hemos avanzado nada en nuestra
búsqueda. Pero Florence estaba hecha trizas emotiva y físicamente. La recatada
Edith Barrett bebiendo y perdiendo el control. Barrett había sido violentamente
agredido dos veces. Y, en lo que respecta a sí mismo...
Su mente buceó de regreso a 1940, recordando. Caras brotaron ante él:

100
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Grace Lauter, el doctor Graham, el profesor Rand, y el profesor Fenley.


Vio a Grace Lauter, convencida que solucionaría el misterio de Hell House a solas,
trabajando por su propia cuenta; se vio a sí mismo, trabajando con Graham y
Rand, quién, a su vez, se rehusó a trabajar con Fenley porque era espiritista y no
un «hombre de ciencia.
Todo terminó tres días antes. Grace Lauter degollándose sola con una navaja;
Graham, mortalmente borracho, empezó a vagabundear afuera y se perdió en el
bosque; el Profesor Rand muriendo de una hemorragia cerebral después de una
“experiencia” en el salón de baile, que nadie pudo explicar; Fenley que aún vive
en el Sanatorio de Medview, está espantosamente loco; él mismo, encontrado
desnudo en el porche delantero, viejo antes de tiempo.
—Y ahora estoy de regreso —murmuró con voz temblorosa—. Estoy de regreso.
No podía dejar de estremecerse. ¿Porqué volví?
Una furia de desconcierto dominó sus músculos repentinamente.
Agarró la taza y la arrojó lejos. ¡Es demasiado complicado! Gritó su mente.

1:57 P.M.

Ella parpadeó. Lionel estaba despierto. Ella tocó su mano. —¿Estás bien?
Lionel asintió sin sonreír. Edith controló la fuerza de su voz.
—Voy a empacar nuestras cosas —dijo—. Esperó. Lionel devolvió una mirada va-
cía.
—Nos iremos hoy —dijo ella.
—No, quiero que tú te vayas...
Edith clavó los ojos en él. —Nos vamos juntos, Lionel.
—No hasta que acabe mi trabajo.
Ella no podía creer eso, si bien había anticipado su respuesta. Sus labios se mo-
vieron en silencio y las palabras balbucearon en su mente.
—Te vas a Caribou Falls —dijo Lionel—, me reuniré contigo mañana.
—Lionel, quiero que nos vayamos juntos...
—Edith...
—No. No quiero oír una palabra más. Ya no me puedes convencer, Lionel. Los dos
sabemos que habrías muerto allá abajo si Fischer no hubiera venido. Hubieras
sido víctima de... ¿Qué? Tenemos que salir de esta casa antes que nos destruya a
todos nosotros. Ahora, Lionel. Ahora.
Escúchame —dijo—, sé que has superado tu límite de resistencia, pero todavía
falta mucho para que la casa me asuste a mí. No voy a dejar que lo que sucedió
me intimide. He esperado veinte años para esto. Veinte largos años de trabajo y
penurias, y no voy a echarlos por la borda solo porque había...
—Algo en un cuarto de vapor.
Edith lo miró, conteniendo el temperamento.

101
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Fue un shock —dijo—. Lo admito. Fue una linda y terrible sacudida. Nunca he
experimentado nada remotamente parecido a eso en toda mi vida. Pero no fueron
los muertos. ¿Me oyes, Edith? No fueron los fantasmas...
Cerró sus ojos.
—Por favor —dijo—, vete a Caribou Falls. Fischer te llevará allí. Me les uniré ma-
ñana y...
Reabrió los ojos al cabo de un rato la miró. —Mañana, Edith. Después de veinte
años, me separa sólo un día antes de probar mi teoría. Un día más. No puedo re-
tirarme cuando estoy tan cerca. Lo que sucedió fue espantoso, sí, pero yo no me
dejaré asustar.
Su mano se cerró apretadamente sobre la de ella. —Preferiría morir antes que
irme.
El cuarto estaba quieto. Edith oía un latido errático en su pecho.
—Mañana —dijo ella.
—Te juro que acabaré con el reinado de terror en esta casa para entonces.
Ella siguió mirándolo, sintiéndose perdida e indefensa. Ya no tenía fe en sí misma.
Sólo podía atenerse a la de él.
Dios nos ayude si estás equivocado, pensó.

2:21 P.M.

—Oh, Espíritus de Verdad Inmortal —comenzó Florence—, ayúdennos, en este


día, a sobreponernos a las dudas y a los miedos de esta vida. Abran nuestra na-
turaleza a las poderosas revelaciones. Dennos ojos para ver, y oídos para oír;
bendígannos en nuestros esfuerzos para limpiar la oscuridad del mundo.
Ambos se habían sentado a la pálida luz del baño. Florence, en la cabecera de la
mesa, ojos cerrados, manos en el regazo, rodillas y pies juntos, bien apretados.
Fischer había arrastrado la otra silla y se había sentado enfrentado a ella.
—La expresión más dulce de la vida espiritual es el servicio —continuó—, nos
ofrecemos para el servicio de las almas torturadas; comulguen con nosotros, los
que aún transitamos el sendero de las lágrimas, y revélennos su luz; sobre todo,
dennos el poder para comunicarnos con esta alma atormentada que todavía per-
manece cautiva en este lugar no santificado: Daniel Belasco.
Ella levantó su cara. —Escúchennos, ó Pastores de Ángeles; ayúdennos en nues-
tro esfuerzo a quitar la pena de este alma. Todo esto les rogamos en nombre del
Eterno Espíritu Santo. Amén.
Hubo un silencio momentáneo. Fischer alcanzó a oír ruido de su garganta al tra-
gar saliva.
Luego Florence comenzó a cantar: “Dulces almas alrededor de nosotros, que nos
observan todavía, aproxímense a nuestro lado, en nuestros pensamientos, en
nuestras oraciones...’”

102
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Cuando la canción terminó, Florence comenzó a tomar profundos alientos, inspi-


rando aire en sus pulmones convulsivamente a través de sus dientes, hasta que
se ruborizó.
Comenzó a frotarse ambas manos sobre su cuerpo. Pronto cayó en trance, y su
cabeza comenzó a pender de un lado a otro. El resuello continuó. Florence se re-
lajó en la silla, los hombros caídos, y al fin se quedó quieta.
Pasaron los minutos. Fischer empezó a temblar. El frío comenzaba a reunirse en-
tre ellos, hasta que sintió sus huesos sumergidos en agua helada.
Se sacudió el letargo cuando empezaron a brillar unos débiles puntos de luz de-
lante de Florence. Son focos de condensación, la frase fue a la deriva a través de
su mente. Los vio crecer en tamaño y número y revolotear en el aire delante de
Florence como una pálida galaxia de soles en miniatura. Sus piernas estaban casi
entumecidas. Pronto, pensó.
Sus dedos se hincaron en los brazos de la silla cuando el teleplasma comenzó a
trazumarse de las fosas nasales de la médium. Dos filamentos viscosos que pare-
cían serpientes grises se deslizaron hacia abajo de su nariz. Fischer observaba
con la boca seca. Los filamentos se unieron formando un espiral más pesado que
comenzó a flotar y cubrir la cara de Florence. Fischer bajó su vista; oyó un sonido
de papel crujiente y cerró sus ojos.
El olor eléctrico del ozono penetró en su nariz como la pestilencia de una piscina
sucia.
Compelido, abrió sus ojos y miró hacia arriba, sobresaltándose. El teleplasma
había cubierto la cabeza de Florence, colgando sobre ella como un paño mojado y
transparente. Vio como se iba formando, por algún escultor invisible, las órbitas
de los futuros ojos, una cordillera en forma de nariz, oscuridad en sus fosas, espi-
rales de las orejas y una línea de la boca. En menos de un minuto estuvo comple-
ta; la cara de un joven, de pelo oscuro, agraciado y serio en su expresión.
Fischer se aclaró la voz. Sus latidos sonaban irreales.
—¿Tienes una voz? —preguntó.
Hubo un penoso y desvencijado ruido, como el sonido de un estertor de muerte.
Fischer sintió su piel erizarse.
Después de la mitad de minuto, el sonido se detuvo, y hubo silencio otra vez.
—¿Puedes hablar ahora? —preguntó Fischer.
—Puedo —la voz era innegablemente masculina.
Fischer vaciló, luego siguió.
—¿Quién eres?
—Daniel Belasco —los labios no se movieron, pero la voz venía de la pálida cara
del joven.
—¿Fueron tus restos los que encontramos detrás de la pared de la bodega esta
mañana?
—Así es.
—Les dimos sagrada sepultura. ¿Por qué permaneces aquí?

103
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—No puedo salir.


—¿Por qué?
No hubo respuesta.
—¿Dime, por qué?
Ninguna respuesta. Fischer se agarró firmemente de los brazos de la silla.
—¿Fuiste responsable del ataque al doctor Barrett en el cuarto de vapor?
—No.
—¿Quién lo hizo, entonces?
No hubo respuesta.
—¿Atacaste al doctor Barrett en el comedor anoche?
—No.
—¿Quién fue?
Silencio.
—¿Mordiste a la señorita Tanner esta mañana?
—No.
—¿Quién lo hizo?
Silencio.
—¿Tomaste posesión del cuerpo del gato para atacarla?
—No.
—¿Entonces, quién lo hizo?
Silencio.
—¿Quién lo hizo, por favor? —Fischer persistió—. ¿Quién atacó al doctor Barrett?
¿Quién mordió a la señorita Tanner? ¿Quién poseyó al gato?
Silencio.
—¿Quién? —demandó Fischer.
—No puedo decirlo.
—¿Por qué no?
—No puedo.
—¿Por qué?
Silencio.
—Tienes que decirme. ¿Quién atacó al doctor Barrett en el comedor y el cuarto de
vapor? ¿Quién mordió a la señorita Tanner? ¿Quién poseyó al gato?
Fischer creyó oír un aliento de premura.
—¿Quién? —Gritó Fischer.
—No puedo...
—Debes decirme.
La voz comenzó a implorar. —No puedo...
—¿Quién? —preguntó Fischer.
—No puedo decir...
—¿Quién?
—Por favor...
—¿Quién?

104
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Oyó algo así como un sollozo.


—Él —dijo la voz.
—¿Quién?
—Él.
—¿Quién?
—¡Él! ¡Él!
—¿Quién es él?
—¡Él! —Gimoteó la voz. ¡El Gigante! ¡Él! ¡Mi padre! ¡Mi padre!
Fischer se sentó rígido cuando la cara perdió forma y el teleplasma comenzó a
ondear. Repentinamente comenzó a humear de vuelta a las fosas nasales de Flo-
rence. Al desaparecer, Fischer oyó su gemido al salir del trance con dolor. En me-
nos de siete segundos estaba de vuelta.
Fischer la miró, inmóvil por casi por minuto antes de levantarse. Se sintió entu-
mecido al entrar en el baño. Llenó un vaso de agua y lo trajo de regreso al dormi-
torio, quedándose al lado de la silla hasta que abrió sus ojos.
Después de que ella terminó de beber, Fischer encendió la lámpara colgante al
lado de su cama.
Se sentó pesadamente frente a ella.
—¿Vino él? —preguntó Florence.
Después de contarle lo que sucedió, la expresión de Florence era de profunda ex-
citación.
—Belasco —dijo ella—. Por supuesto. Por supuesto. Deberíamos habernos dado
cuenta de eso.
Fischer no respondió.
—Daniel nunca me habría lastimado. Él nunca habría lastimado al doctor Barrett.
Siempre supe que no pudo haber sido él, a pesar de las pruebas en su contra; es
otra víctima de esta casa como cualquiera.
Ella vio la expresión poco convencida de Fischer.
—¿No lo ves? —dijo—. Está siendo retenido a la fuerza por su padre.
Fischer permaneció en silencio, queriendo creer en lo que ella decía, pero temien-
do el juicio de su propia mente.
—¿No lo ves? —le preguntó ansiosamente—. Ellos guerrean entre sí, Daniel tra-
tando de escaparse de la Casa del Infierno y su padre tratando de ponerme en
contra de él, cuando en realidad es el padre quien me lastimó. Porque todo lo que
Daniel quiere es...
Ella se detuvo rápidamente al ver los escrutadores ojos de Fischer.
—¿Qué cosa es lo que quiere? —preguntó.
—Mi ayuda.
—Eso no es lo que ibas a decir.
— Sí, así es. Soy la única que lo puede ayudar. Soy la única en quien confía.
—¿No lo ves?
Fischer la miró cautelosamente. —Eso trato —dijo.

105
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

3:47 P.M.

Edith recogió el reloj de Lionel de la mesa y levantó su tapa. Casi las cuatro me-
nos cuarto de la tarde. ¿Cómo hará para tener lista su máquina mañana?
Ella lo miró dormir, preguntándose como podía creer tanto en sí mismo. En cierta
forma, tenía la incómoda sensación de que él no es era confiado como siempre
pretendió ser.
Abruptamente, Edith se movió hacia el gabinete y abrió la puerta. Bien, los dos
hombres me han advertido. ¿Y que había ocurrido? Que el coñac la había relaja-
do, nada más. Si tenía que permanecer en esta casa hasta mañana, había que
procurar que esa permanencia fuera soportable.
Llevó la botella y una copa de plata a la mesa y se sentó.
Destapó la botella y llenó la copa hasta el borde; relamiéndose, la bebió de un
solo trago. Arrojó hacia atrás la cabeza, ojos hacia el techo, boca abierta, aspi-
rando aire cuando el coñac escaldaba su garganta. Percibió el calor viajando por
sus venas.
Llenó otra copa, tomo un sorbo, lo saboreó, y aflojó sus hombros. Levantó los
pies cruzándolos sobre la mesa, empujando a un lado la caja con el manuscrito
de Lionel en ella. Tomó otro sorbo de coñac, luego se tragó la copa entera, ojos
cerrados y una apariencia de disfrute sensual en su cara.
Pensó en el asunto del cuarto de vapor, y en la furia que sentía por su impoten-
cia, como si en cierta forma, fuera su falla y no por culpa de la polio. Razonó
amargamente que el motivo verdadero de que ella vuelva a Caribou Falls es que
él no quiere lidiar con sus necesidades femeninas; quiere quedarse a solas con su
máquina.
Parpadeó. Eso fue un pensamiento terrible sobre Lionel. Si hubiera podido, él le
habría hecho el amor.
¿En serio? Su mente se preguntó. ¿Alguna vez le importó?
Con un movimiento impulsivo, alcanzó la botella, tirando la caja de la mesa y
desparramando las páginas del manuscrito a través de la alfombra. Comenzó a
levantarse; luego, frunció el entrecejo y lo ignoró. Al diablo. Lo levanto después.
Llenó otra copa y se la tomó.
Se le resbalaron las piernas. Casi cayó. Estoy borracha.
Una momentánea punzada de culpabilidad la traspasó. Mamá tenía razón, soy
como él. Repelió ese pensamiento. ¡No, no lo soy! Le gritó en silencio a su invisi-
ble madre; soy una buena chica. —Mierda —eructó.
No soy una chica en absoluto, soy una mujer. Con deseos. Él debería saber eso.
Él no es tan viejo. O tan impotente. Fue su condenada madre religiosa, no la po-
lio. Fue...
Se tambaleó a través del dormitorio hacia el gabinete. Sus extremidades estaban
calientes y tenía un delicioso entumecimiento en su cabeza.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Ubicó el libro falso y lo retiró del estante arrastrándolo con las uñas. Se le zafó de
sus dedos cayendo pesadamente en la alfombra y las fotos se dispersaron. Se
arrodilló y se puso a buscar en ellas una por una. Se mordía su labio superior in-
conscientemente. Se detuvo en la foto en que dos mujeres despatarradas sobre
la gran mesa del vestíbulo, se practican cunnilingus mutuamente. Sus mejillas le
ardían y el cuarto pareció ponerse más caliente.
Abruptamente tiró la foto como si le quemara en sus dedos.
—No —musitó. Se incorporó torpemente y miró alrededor del dormitorio como un
animal enjaulado.
Quizás Fischer me convide un poco de whisky.
Atravesó el cuarto rápidamente. Salió al vestíbulo y cerró la puerta, sobresaltán-
dose cuando la aporreó; había tenido la intención de salir en silencio. Sacudiendo
la cabeza, se encaminó hacia el cuarto de Fischer.
Él no estaba allí. Edith miró perdidamente en el interior de su cuarto y se pregun-
tó qué hacer. Cerrando la puerta, cambió de dirección y emprendió el viaje de re-
greso a lo largo del vestíbulo, derivando a su izquierda hasta que alcanzó el pa-
samanos. Se agarró para no perder el equilibrio y se deslizó hacia la escalera. Por
alguna extraña razón, la casa ya no parecía tan aterradora como antes.
Tuvo la sensación de bajar flotando la escalera. Vagamente recordó aquella pelí-
cula sobre la guerra civil, donde una mujer cargada de miriñaques desciende es-
calera abajo como si la deslizaran por un riel. Sintió lo mismo. Se preguntó por
qué estaba tan confiada.
Una luz tenue, un pestañeo de luz, demasiado fugaz para ser captada. Edith par-
padeó y vaciló. No era nada. Continuó escaleras abajo. Él está en la cocina, deci-
dió. Él estaba siempre donde el bourbon y el café estaban. No podía recordar si
alguna vez lo había visto comer. No es extraño que sea tan delgado.
Cuando cruzó el vestíbulo, oyó un sonido de maderas astillándose.
Se detuvo; vaciló y luego continuó. Por supuesto, sonrió. Cerró sus ojos. Puedo
flotar, dijo su mente. Padre e hija, los eternos borrachines de la familia.
Se detuvo en el pasaje abovedado y se apoyó contra él aturdidamente.
Parpadeó, enfocándose con esfuerzo. Fischer le había dado la espalda una vez.
Ahora estaba usando la barreta para terminar de desembalar la máquina.
Que dulce.
Al oírla llegar, Fischer se dio vuelta tan rápidamente que el cigarrillo entre sus la-
bios terminó en el piso; sostenía la barreta en una involuntaria posición de ata-
que.
—Kamerad —dijo ella—. Y levantó los brazos como si estuviera rindiéndose.
Fischer la escrutó con la mirada sin un sonido. Ella notó su aliento agitado.
—¿Estás enojado conmigo... ? —Comenzó a decir.
Él le cortó. —¿Qué quiere... ?
—Nada —se apartó del arco y echó a andar hacia él, con pasos insinuantes.
—¿Está usted ebria? —Sonó aturdido.

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—Algo de eso hay...


Fischer puso la barreta sobre la mesa y caminó cautelosamente hacia ella.
—Lionel estará encantado con usted —gesticuló frívolamente hacia la máquina.
Fischer la alcanzó y la tomó del brazo. —Siéntese aquí...
Ella se apartó de él: —¡Suéltame!
Se tambaleó ligeramente; luego recobró el balance, mirando hacia la máquina.
—Señora Barrett...
—Edith.
Fischer volvió a tomar su brazo. —No debería dejar solo a su marido...
—Él está bien. Está durmiendo.
Riendo disimuladamente, ella se apartó de él otra vez.
—¡Señora, por el amor de Dios! —Se encabritó.
Una pícara sonrisa brotó de sus labios. —No, por el amor de Él, no.
Fischer estaba nervioso.
Cuando ella caminó hacia la mesa, tuvo la ambigua sensación de que el cuarto
estaba nebuloso a su alrededor y que unos espectadores los observaban, más allá
de los límites de su vista.
Alcanzó la mesa y frotó un dedo en su superficie. Fischer se le acercó.
—Por favor, vaya a su cuarto.
—No —sujetó su mano derecha—. Fischer se la arrancó con fuerza. Edith sonrió y
restregó su dedo sobre el mesa otra vez.
—Aquí es donde se reunían —dijo.
—¿Quienes?
—Les Afrodites. Aquí. Alrededor de esta mesa.
Edith tomó su brazo y lo atrajo con fuerza sobre sí misma, a fin de que su mano
restregara sus pechos.
—Aquí. Alrededor de esta mesa —repitió.
Fischer arrancó con fuerza su mano.
—Está siendo usada, señora Barrett —dijo con desesperación.
—Sé exactamente lo que hago, señor Fischer —Edith rió torpemente.
—Señor Benjamin Franklin Fischer.
—Señora…
Se interrumpió cuando ella se abalanzó sobre él, deslizando sus brazos alrededor
de su cuello. —¿De veras no te gusto ni un poquito? —preguntó—. Sé que no soy
tan bella como Florence, pero yo...
—Señora, es la casa. Le hace...
—No, yo estoy haciéndolo.
Trató de arrancar con fuerza sus brazos. Ella presionó en contra de él más duro.
—¿Eres impotente también? —bromeó.
Fischer la apartó con fuerza. —¡Despierte! —exclamó.
La furia explotó dentro de ella.
—¡NO ME DIGAS QUE DESPIERTE! ¡TÚ ERES EL QUE DEBE DESPERTAR, MALDITO

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MARICA! —gritó.
Edith se sentó contra el borde de la mesa, jaló bruscamente su falda hacia arriba
con sus uñas y descorrió sus bragas.
—¿Qué te ocurre, muchachito? —se mofó— ¿Nunca viste un tajito como éste?
Agarrando la parte delantera del suéter con ambas manos, lo separó bruscamente
arrancando los botones. Con dedos ansiosos se deshizo del gancho delantero de
su sostén y quitándoselo, se lo arrojó a la cara.
Edith tenía un gesto de irrisión furiosa, sus mejillas estaban rojas y sus ojos bri-
llaban turbiamente.
Tomó sus senos con ambas manos y, sopesándolos frenéticamente, le espetó:
—¿Qué te pasa, hombrecito? —discurseó— ¿Nunca viste unas tetas como estas?
—¡Pruébalas! ¡Son deliciosas!
Incorporándose, se acercó de modo amenazador a Fischer, con los dedos crispa-
dos sobre sus senos. —¡Chúpalos! —le ordenó, con una voz temblando de odio.
—¡Chúpalos, puto bastardo, o me conseguiré a una mujer que lo hará... !
Al mover la cabeza, Edith notó el movimiento a su derecha, y un abatimiento re-
pentino la apaleó con fuerza.
Lionel estaba parado en la puerta.
La oscuridad onduló sobre sus ojos. Sus piernas cedieron y comenzó a caer.
Giró hacia la izquierda y cayó sobre una estatua en un pedestal. Ella intentó asir-
se y sintió el frío mármol resbalar contra sus senos. Pareció que la estatua miraba
de reojo el llanto de Edith, mientras se deslizaba hacia el suelo, arrastrada por el
peso de su vergüenza. Aterrizó en sus rodillas y cayó de bruces.
La oscuridad se la tragó.

4:27 P.M.

Había música allí, en alguna parte, sonando lentamente, delicadamente; un vals.


Ella bailaba al son de la música, deslizándose a través de una bruma blanquecina.
¿Estaba en el salón de baile? No podía estar segura. La cara de su compañero era
indistinta, sin rasgos, pero tenía la certeza que era Daniel. Podía sentir su cálido
brazo alrededor de su cintura y su firme mano izquierda sosteniendo su derecha.
Un perfume de flores inciertas; decidió que eran rosas. Un baile de verano. Una
pequeña orquesta de cuerdas hilaba la música. Florence bailaba en lánguidos cír-
culos con su compañero.
¿Eres feliz? —preguntó.
—Sí —murmuró ella—. Muy feliz.
¿Estaba en un set? ¿Estaba haciendo una película? Trató de recordar pero no po-
día. ¿Cómo puede ser esto una película? Es excesivamente real; ninguna cámara,
ningún reflector de luces, ninguna falsa pared, ningún técnico de sonido, ningún
director; no, es un salón de baile verdadero. Florence intentó mirarlo a la cara,

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pero no podía enfocar sus ojos. —¿Daniel? —murmuró.


—¿Si, mi amor?
—Eres tú —dijo Florence.
Entonces lo vio, su circunspecta y hermosa cara, muy gallardo. Su brazo se apre-
tó alrededor de ella. —Te amo —dijo él.
—Yo también —susurró Florence.
—¿Nunca me dejarás? ¿Siempre estarás a mi lado?
—Sí, mi amor, siempre, siempre...
Florence cerró sus ojos. La música se aceleró, y se sintió transportada sobre el
piso del salón de baile. Oyó el chasquido de cien faldas, el repiqueteo de mil za-
patos; el salón bullía de bailarines, amantes todos. Florence sonrió, y amó, tam-
bién. Amado Daniel. Daniel la sujetaba seguro y gentilmente al bailar.
Apenas sentía los pies, Florence flotaba.
Una brisa aromática rozó su cara y sonrió otra vez. Ahora bailaban en la ancha
terraza. El cielo estrellado, fragmentos de diamante rociados en terciopelo negro;
ella no tuvo que mirar para saber que estaban allí. La luna de plata resplandecía y
el jardín a sus pies... ¿Estuve bebiendo? Se sintió ebria. No; es embriaguez del
espíritu, alegría y amor, música dulce a lo lejos, girando el vals con su amado
Daniel, girando y bailando, bailando y girando, girando lentamente hacia...
—¡NOO! —gritó Daniel.
Florence se paralizó, en estado de shock, con todos sus sentidos empantanados.
Daniel, parado ante ella en la niebla, su cara blanca, asustada, gesticulando para
que ella se detuviera. El agua helada entumeció sus pies y sus tobillos, el viento
frío azotó su cara, el olor de la putrefacción atacó su nariz; chillando, se tambaleó
y cayó. Algo, lo que la sostenía, se desenrolló de su cintura y pareció apresurarse
detrás de ella. Florence giró la cabeza y alcanzó a percibir una vista momentánea
de alguien muy alto, vestido de negro, desapareciendo en la niebla.
Tiritó en el aire gélido; el frío cortaba su piel.
Florence yacía en la orilla de la laguna, con sus pies hundidos en la fetidez.
Enloquecida de horror, se levantó como pudo y corrió hacia la casa. Sus zapatos
estaban embarrados y sus medias chapoteaban empapados dentro de ellos. Tem-
blando, pasó corriendo por el camino de grava. EL ciego rostro de la casa surgió
sobre la niebla. Subió las escaleras. El portal bostezó.
Cerró de un golpe la puerta, cayendo hacia atrás en contra de ella.
Se estremecía de frío, de pánico. No se podía detener. Casi había caído en el Pan-
tano de los Bastardos. La sola idea era espeluznante.
Vio una figura apresurarse por el vestíbulo, desde la cocina.
Fischer, con un vaso en la mano. Viéndola, se detuvo un momento.
—¿Que sucedió? —preguntó.
—¿Eso es whisky?
Fischer afirmó con la cabeza.
—Dámelo.

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Él le dio el vaso, y Florence bebió, atorándose con el flujo que escaldaba su gar-
ganta. Le devolvió el vaso.
—¿Qué te pasó? —preguntó Fischer.
—Él trató de matarme.
—¿Quién?
—Belasco —dijo. Se agarró de su brazo—. Lo vi, Ben. En realidad lo vi momentá-
neamente cuando me dejó en la laguna.
Le contó lo que sucedió, como Belasco le había hecho pensar que bailaba con Da-
niel, mientras él la había conducido a la laguna para ahogarla; y como Daniel la
había salvado.
—¿Cómo obtuvo Belasco control sobre ti? —preguntó intrigado.
—He debido quedarme dormida. Quedé exhausta después de la sesión; después
de todo lo que ha ocurrido hoy...
Fischer estaba de mal semblante. —Si ahora se puede meter en los sueños...
No sería la primera vez, pensó.
—No —Ella negó con la cabeza. —No lo hará otra vez. Ahora seré precavida. Re-
doblaré mis fuerzas —Tembló Florence—. ¿Podemos ir al fuego?
Se sentaron delante de la chimenea, Florence se descalzó y se quitó las medias;
colocó los pies sobre un taburete y Ben arrojó un leño al fuego.
—Creo que descifré el secreto de Hell House, Ben.
Fischer no habló por más de un minuto. —¿De veras?
—Es el mismo Belasco.
—¿Cómo?
—Mantiene la estigmatización de la casa reforzándola —dijo—, como cuando arro-
jas leña al fuego para que no se apague; ayudando a cualesquiera de las otras
entidades menores que deambulan por la casa.
Fischer no respondió, pero ella pudo ver el destello repentino de interés en los
ojos de él. Ben se enderezó lentamente, con su mirada fija en ella.
—Piénsalo, Ben. Encantamiento múltiple controlado. Algo absolutamente único en
una casa embrujada: una voluntad superviviente tan poderosa que puede usar
ese poder para dominar a cada una de las otras voluntades supervivientes en la
casa.
—¿Crees que los demás entes se dan cuenta de eso? —preguntó.
—No puedo decir nada acerca de los demás; todo lo que sé es que su hijo eviden-
temente lo sabe. De otra forma no hubiera salvado mi vida.
Fischer seguía escuchando.
—Todo esto cierra, Ben —dijo—. Ha sido Belasco desde un principio. Fue él quien
me mantuvo lejos de la capilla; fue él quien trató de impedirme encontrar el
cuerpo de Daniel anoche; fue él quien me mordió, no Daniel; fue él quien tomo
posesión del cuerpo del gato. Él causó el ataque poltergeist sobre Barrett, tratan-
do de enfrentarnos entre nosotros. Él es el que mantiene prisionero al espíritu de
Daniel aquí.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Piensa en el extraordinario poder que posee, Ben; es capaz de mantener sote-


rrada a una entidad en vías de trascender, contra su voluntad, a pesar de una se-
pultura consagrada. Tal vez porque Daniel es su hijo; pero incluso así, es increí-
ble.
Ella se reclinó en su silla, mirando las llamas.
—Es... Es como un general con su ejército. Lejos de la batalla, pero siempre con-
trolándolo.
—De acuerdo —dijo Ben—. ¿Entonces, cómo podremos eliminarlo? Los generales
no mueren en las guerras.
—Diezmaremos su ejército hasta que no le quede ningún soldado y tenga que pe-
lear a solas —ella lo miró desafiante a los ojos—; un General sin ejército no es
nada.
—Excepto que tenemos sólo hasta el domingo...
Florence negó con la cabeza. —Pienso quedarme aquí hasta que el trabajo se
termine —dijo.

5:16 P.M.

Florence cerró la puerta y se acercó a la cama. Arrodillándose, ofreció una oración


de gratitud por la iluminación que le había sido dada y una oración pidiendo la
fuerza necesaria para ocuparse de lo que tendría que enfrentar.
Cuando terminó de rezar, se levantó y se metió en el baño para asearse; todavía
apestaban los residuos de laguna en ella. Mientras se secaba, contempló lo que
tenía por delante: liberar los espíritus encadenados a esta casa, en contra de la
voluntad de Emeric Belasco. Le pareció más de lo podía lograr.
—Lo conseguiré —dijo en voz alta, como si Belasco estuviera escuchándola. Pero
tenía que estar espabilada, sin embargo. Lo que Ben había dicho era cierto:
«Has sido embaucada antes»,y «asegúrate de no ser engañada otra vez».
Tendré cuidado, se contestó.
Reconoció el sentido de lo que él había dicho. Cómo había sido engañada anoche
en creer que, quizá, ella había sido responsable del ataque poltergeist al doctor
Barrett. Cómo había sido engañada esta mañana en pensar que Daniel fue res-
ponsable de los mordiscos y el ataque del gato. Ella no debía permitirse ser enga-
ñada otra vez.
Daniel no había sido responsable de cualquiera de esas cosas. Él era el atormen-
tado, no el atormentador.
Florence entrecerró sus ojos, sus manos unidas en el pecho.
Daniel, escúchame, susurró en su mente: te agradezco con todo mi corazón, por
salvar mi vida. ¿Pero no ves lo esto significa? ¡Si pudiste frustrar la voluntad de
tu padre de esa manera, también puedes frustrarlo partiendo de esta casa!
No tienes que deambular por aquí nunca más. Eres libre de irte. Tu padre no tie-

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ne el poder para mantenerte cautivo. Pide la ayuda de Aquellos del más allá, y
Aquellos vendrán a ti. ¡Puedes dejar esta casa! ¡Tu puedes!
Florence abrió sus ojos abruptamente. Caminó hacia la mesa española, se sentó y
abrió su bolso. Sacó un cuadernillo y un lápiz. Dejó el cuadernillo sobre la mesa y
sostuvo el lápiz de punta sobre el papel. Instantáneamente entró en movimiento.
Cerró sus ojos y lo sintió escribir por sí mismo, jalando su mano en todas direc-
ciones. A los pocos segundos se detuvo, recuperando el control del lápiz.
Ella miró el escrito.
—¡NO! —arrancó de un tirón la hoja sobresaliente y la estrujó en una pelota,
arrojándola al piso—. ¡No, Daniel! ¡No!
Se levantó de la mesa, temblando, los ojos en el papel, las palabras grabadas en
su mente.

Hay una sola manera de liberarme

6:11 P.M.

Fischer caminó por la orilla de la laguna, alumbrando con su linterna la superficie


del agua podrida.
Primero Edith Barrett, luego Florence, pensó. Movió el cono de luz a través del
agua, haciendo una mueca por el hedor que gravitaba allí. Una vez, cuando tra-
bajaba en aquel hospital, un viejito se había muerto de heridas gangrenosas en la
espalda. La fetidez en su camilla ni se acercaba a esto.
Miró alrededor. Ruido de pasos acercándose en la niebla. Súbitamente apagó su
linterna y se paralizó. ¿Quién sería? ¿Florence? Seguramente ella no regresaría
después de lo que sucedió. ¿Barrett o su esposa? No podía creer que hubieran
venido aquí afuera. ¿Quién, entonces?
Fischer no podía determinar el origen de los pasos acercándose en la niebla.
Esperó, rígido, con el corazón en la boca.
Estaban frente a él repentinamente. Viendo el resplandor de una farola, Fischer le
dio un golpecito a su linterna. Hubo un estertor de alivio colectivo. Fischer se
quedó con la mirada fija alumbrando las dos caras en la niebla.
—¿Quién es? —preguntó el viejo—. Su voz temblaba.
Fischer recuperó el aliento y bajó la luz.
—Lo siento —dijo—, soy uno de los cuatro.
La vieja soltó un gemido. —Mi Dios —musitó.
—Discúlpenme, estaba distraído —dijo Fischer—, no me percaté de la hora...
Fischer dio media vuelta y caminó rumbo a la casa.
La pareja murmuró entre dientes todo el camino. Fischer sujetó la puerta para

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ellos, luego se apresuraron a través del vestíbulo de entrada, mirando alrededor


ansiosamente. Llevaban puesto gabanes de tela gruesa, la mujer una bufanda de
lana y el hombre un estropeado sombrero de fieltro gris.
—¿Cómo están las cosas en el mundo? —preguntó Fischer.
—Mmm —respondió el viejo—. La señora hizo un sonido de desaprobación.
—No importa —dijo Fischer—, tenemos nuestro propio mundo aquí.
Se movió detrás de ellos en el gran vestíbulo, observando como colocaban los
platos y los cubiertos en la mesa.
Después notó como miraban la máquina de Barrett, intercambiando cuchicheos.
Rápidamente recogieron las cosas del almuerzo y se encaminaron al vestíbulo de
entrada. Fischer observó su partida, conteniendo el deseo de gritar «¡Buú!», y ver
lo que ocurriría
—¡Gracias! —les gritó cuando salían. El viejo gruñó agriamente, y los vio inter-
cambiar otra mirada.
Cuando la puerta principal se hubo cerrado, Fischer se acercó a la mesa y levantó
las tapas de las bandejas. Chuletas de cordero, guisantes y zanahorias, puré de
papas, panecillos, pastel y café.
La cena de un Rey, pensó.
Sonrió severamente. ¿La última Cena?
Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero, colocando la linterna en un bolsillo.
Apartó una silla y se sentó a la mesa. Se sirvió una chuleta de cordero con una
buena cantidad de la guarnición.
Las cenas en familia parecen haberse convertido en un fracaso desde anoche,
pensó. Comenzó a comer ávidamente. Luego, tomó un poco de café.
Dentro de un rato, le llevaré algo a Florence.
Comenzó a meditar acerca de lo que ella le había dicho; había estado cavilando
acerca de eso constantemente, tratando de encontrarle pelos a la rana; acaso es-
ta sea la perspectiva correcta que se le venía escapando.
Creo que esta vez, Florence está en el camino correcto.
Sin embargo, era una certeza extraña, incompleta, no tan satisfactoria la que sin-
tió; Florence y él habían sentido la presencia de Belasco desde un principio, pero
lo percibían de maneras diferentes; por su lado, este conocimiento había sido in-
explorado, acaso por temor a que se repitiera lo sucedido cuando era adolescen-
te. Si bien es cierto que lo había percibido lateralmente en 1940, el contacto
había sido errático y evanescente, con muy poca cohesión en toda la red conjun-
tiva del cuerpo de Hell House.
Se había quemado las pestañas considerando una docena de soluciones, todas
insuficientes, demasiado lógicas; pero la explicación de Florence era más integral:
usando esta cualidad anómala, Belasco podía actuar en cualquier área sin que su
presencia fuera confirmada. Podía crear un tapiz casi incomprensible de efectos
manipulando a cada entidad dentro de la casa, cambiando de posición de uno a
otro, siempre desde lejos, como un general con su ejército.

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Repentinamente recordó el disco en el fonógrafo. No había sido coincidencia.


Había sido Belasco saludándolos a la entrada de sus dominios, su campo de bata-
lla; oyó la voz extraña y burlona dentro de su mente otra vez:
«Bienvenidos a mi casa, estoy encantado de que hayan podido venir... »
Fischer se volvió para ver a Barrett cojeando a través del comedor; estaba pálido
y solemne. Se preguntó si el científico le dirigiría la palabra. No había dicho nada
desde ésta tarde, obviamente por la humillación de su esposa y por el bochorno
de que había sido incapaz de subir a Edith al dormitorio.
Esperó. Barrett se detuvo y miró su máquina con una expresión confundida. Se
volvió hacia Fischer. —¿Usted terminó. ? —preguntó, con voz doblegada.
Fischer asintió.
Un pequeño temblor apenas perceptible movió los labios de Barrett.
—Gracias —masculló.
—Acérquese doctor...
Barrett cojeó rumbo a la mesa y comenzó a poner comida en dos platos, usando
su mano izquierda. Fischer miró de reojo el pulgar lastimado.
—No le he dado las gracias por lo que hizo esta tarde —dijo Barrett—; en el cuar-
to de vapor —agregó rápidamente.
—¿Eh... doctor?
Barrett lo miró.
—Sobre lo que sucedió aquí antes...
—No tengo ganas de discutir, si no le importa.
Fischer se sintió obligado a hablar. —Estoy tratando de ayudar...
—Aprecio eso, pero...
—Doctor —interrumpió Fischer—, algo en esta casa está manipulando a su espo-
sa. Lo que sucedió antes...
—Señor Fischer...
—...no fue causado por ella.
—Si no le importa, señor Fischer...
—Doctor Barrett, estoy hablando de un asunto de vida o muerte. ¿Sabía usted
que anoche su esposa casi se zambulle en la laguna?
Barrett lo miró, conmocionado.
—¿Qué? —preguntó demandante.
—Cerca de la medianoche; usted estaba dormido.
—¿Me está diciendo que es sonámbula? —dijo Barrett, incrédulo.
—Si no la hubiera visto salir...
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Bueno, porque ella debería haberle dicho —dijo Fischer—; el hecho de que no lo
hiciera es... —se interrumpió al ver la cara de ofendido que puso Barrett.
—Doctor, no sé qué ideas tenga usted sobre esta casa, pero...
—Lo qué yo piense sobre esta casa es irrelevante con lo que estamos discutiendo,
señor Fischer —dijo Barrett, severamente.

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—¿Irrelevante? ¿Qué carajo quiere decir con irrelevante? Lo que está ocurriendo
ha afectado a su esposa, le ha afectado a Tanner, y le ha afectado a usted tam-
bién. O tal vez no ha puesto la debida atención...
Barrett lo escuchó en silencio, con expresión dura.
—Si, he notado cierto número de cosas, señor Fischer —dijo agriamente—, una
de ellas es que el señor Deutsch malgasta aproximadamente la tercera parte del
dinero invertido aquí.
Recogiendo los platos de comida y dos tenedores, Barrett se marchó dando media
vuelta.
Mucho tiempo después de que Barrett se hubiera ido, Fischer permaneció senta-
do, quedándose con la mirada fija a través del gran vestíbulo.
—A la mierda —masculló. ¿Qué espera este tipo de mí? ¿Qué me suicide progre-
sivamente como Florence. ?
¿Si estoy manejando las cosas tan mal, como se explica que yo sea el único que
permanece ileso?
La verdad colisionó sobre él tan violentamente que sintió un ramalazo de ver-
güenza.
—No —balbuceó coléricamente.
No es cierto; yo sé lo que hago. De todos los que estaban allí, él era el único que
sabía lo que estaba haciendo, el único que...
El pensamiento defensivo explotó en mil fragmentos. Fischer sintió una oleada de
náusea a través de él.
Barrett estaba en lo correcto. Florence estaba en lo correcto.
Esos treinta años de esperar habían sido sólo una ilusión.
Se paró de un salto y caminó a grandes pasos hacia la chimenea. No, es imposi-
ble. No pudo haberse engañado tan profundamente. Luchó para recordar lo que
había hecho desde el lunes. Yo sabía que la puerta estaría con llave, ¿No es así?
Su mente rechazó eso. Bien, rescaté a Edith, ¿Cierto? «Sí, sólo porque no podías
dormir y estabas en la cocina», dijo su mente. ¿Qué hay acerca de salvar a Ba-
rrett, entonces? «Nada», dijo su mente; «Estabas disponible, eso es todo.
¿Qué me queda? Ah, sí. Había ayudado a desembalar esa máquina.
Bravo, pensó, en un arrebato de cólera. El viejo Deutsch había contratado al con-
serje más caro del mundo por ¡Cien mil dólares!
—Mierda —farfulló—. ¡Mierda! —Gritó.
Él, que había sido conocido como el más poderoso médium físico a los quince
años; ¡Quince! Ahora, a los cuarenta y cinco, es un parásito que se autocompade-
ce, un trapo de piso, una basura que está despilfarrando la semana sólo para co-
sechar cien mil dólares. ¡Él! ¡El que debería estar trabajando más que ninguno
para demoler la Casa del Infierno!
Caminó como un tigre enjaulado de acá para allá delante de la chimenea. La sen-
sación que lo atormentaba era casi insoportable, mezcla de vergüenza y culpabili-
dad y furia. Jamás se había sentido tan inservible. Pasear por el corazón mismo

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

de Hell House como una tortuga con la cabeza retraída, no viendo nada, no sa-
biendo nada, no haciendo nada, en espera que los demás logren el trabajo que él
debería conquistar.
¿Habías querido regresar aquí? ¡Pues bien, ya estás de regreso!
Una segunda oportunidad. ¿La vas a dejar pasar así como así?
Fischer se detuvo y miró alrededor del gran vestíbulo con una expresión furiosa.
¿Quién carajo se cree que es ese Belasco? Pensó. ¿Quién carajo se cree que es
cualquier espectro vagabundo en esta casa de porquería? ¿Voy a dejarlos aterro-
rizarme hasta el último día?
Habían sido incapaces de destruirlo en 1940, aún siendo un niño, un tonto irre-
flexivo demasiado confiado; pudieron con Grace Lauter, que era una de las mé-
dium mentales más respetadas; pudieron con el doctor Graham, aquél médico
intrépido y terco; pudieron con el profesor Rand, uno de los expertos más nota-
bles de la Nación, director de su departamento en la Universidad de Hale; pudie-
ron con el profesor Fenley, experimentado espiritista que había sobrevivido a cien
vendavales psíquicos.
Sólo él pudo vivir para contarlo, además de conservar su cordura. A pesar de que
tácitamente había implorado ser aniquilado, lo único que pudo hacer la casa fue
expulsarlo, escupirlo desnudo en el porche, para morir de frío.
No habían podido con él.
¿Por qué simplemente no hubo pensado acerca de eso mucho antes?
Fischer caminó hacia uno de los sillones y se sentó rápidamente. Cerrando sus
ojos, comenzó a aspirar alientos profundos y a quitarles el candado a las porte-
zuelas de supraconciencia de su mente antes de que fuera demasiado tarde. La
confianza se propagó por todo su cuerpo. Ya no era un niño, era un hombre pen-
sante y cauteloso; Así que, lentamente, se haría accesible con cuidado, escenifi-
caría por etapas, no permitiéndose estar sobrecogido por impresiones como lo
hizo Florence al comienzo. Lo haría esmeradamente, monitoreando cada paso con
su inteligencia adulta, no permitiéndole a otros controlar su percepción.
Detuvo su resuello. Esperó, tenso, alerta. Nada aún. Una llanura y un horizonte
vacío delante de él. Esperó otro poco, alargó las antenas paladeando la atmósfe-
ra. Nada. Aspiró más aliento, abriendo recelosamente las portezuelas un poco
más, y esperó.
Nada. Un relámpago de temor le enfrío la espalda. ¿Habrá esperado demasiado
tiempo? ¿Se habrá atrofiado su poder? Sus labios se apretujaron fuertemente,
blancos. No. La magia todavía está ahí. Aspiró profundamente, insuflando más
intuición en su mente. Un hormigueo en los dedos, una tela de araña hilándose
en su cara, su plexo solar hinchándose y calentándose.
Casi había olvidado esas sensaciones; ese crecimiento emergente de la concien-
cia, todos sus sentidos ampliándose en cada dimensión. Los sonidos se oían exa-
geradamente: El chisporroteo del fuego, el rechinamiento infinitesimal de su silla,
su resuello murmurando adentro y fuera.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

El olor de la casa se volvió intenso. La textura de sus ropas se sintió áspera en su


piel. Podía percibir el viento delicado del calor del fuego en sus mejillas.
Frunció el ceño. Nada todavía. ¿Qué ocurría? Esta casa tendría que estar saturada
de impresiones. Cuando entró el lunes y apenas hubo traspasado la puerta, había
percibido toda clase de presencias, amorfas y nebulosas, rodeándolos siempre en
posición de ataque, acechándolos, esperando tomar ventaja ante el primer paso
en falso, el más leve descuido en el autocontrol, la más mínima pérdida de con-
fianza en uno mismo...
Vergüenza, culpa, furia y autoconmiseración.
Un chispazo de alarma le atravesó la cabeza. ¡Perder la confianza en uno mismo!
Rápidamente, puso marcha atrás, al mismo tiempo en que una corpulencia oscura
y vasta se lanzaba hacia él, una inteligente y violenta masa dispuesta a aplastar-
lo. Fischer contuvo el aliento y se presionó en contra de la silla, contrayendo im-
pulsivamente su cognición.
Demasiado tarde. Antes de que pudiera replegar sus antenas para protegerse, la
potente cerrazón lo arrolló, filtrándose en su sistema a través de las recientes
grietas de autocompasión en su armadura. Gritó atronadoramente dentro de su
cráneo cuando el enjambre penetró sus órganos vitales, retorciéndolos, rasgu-
ñando sus tripas y cortando su cerebro en rodajas. Cerró ruidosamente ambos
brazos sobre su estómago; sus ojos giraron en sus órbitas, horrorizados. Algo lo
golpeó en la espalda y en su cabeza, arrojándolo fuera de la silla. Colisionó contra
el borde de la mesa y fue arrojado de regreso con un jadeo de estrangulación. El
cuarto comenzó a dar vueltas, su atmósfera era un remolino de fuerza barbárica.
Fischer cayó sobre sus rodillas, con los brazos cruzados, tratando de esquivar ese
poder salvaje. Algo intentó abrir y desgarrar sus brazos. Se opuso a eso con los
dientes aferrados; su cara era una máscara de piedra de angustiada resistencia,
gorjeando ruidos en su garganta.
«¡No podrás!» Gritaba su mente. «¡No podrás!»
El poder se disipó repentinamente, en todas direcciones.
Fischer parecía un hombre que acababa de recibir el impacto de una bayoneta en
el estómago. Trató de incorporarse y aguantarse erecto, pero no podía. Con un
ruido de asfixia, aterrizó, encorvándose hacia adelante en posición fetal, ojos ce-
rrados, temblando incontrolablemente. Sintió la alfombra contra su mejilla. Cerca,
se oía el crepitar del fuego.
Y por encima de él, parado como una columna formidable, alguien lo contempla-
ba. Con frío y sádico placer, se preguntaba, ociosa y casualmente, cómo y cuándo
extinguiría a esa miserable voluntad que yacía tiritando a sus pies.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

6:27 P.M.

Barrett se paró al lado de la cama, mirando a Edith, preguntándose si convendría


despertarla o no. La comida se enfriaba; ¿Pero qué necesitaba más, comida o
descanso?
Cojeó hasta su cama y se sentó con un gemido. Cruzando su pierna izquierda,
tocó la quemadura cautelosamente. El pulgar estaba matándolo. El corte debería
haber sido suturado; quién sabe que tan infectado podría estar. Le daba miedo
quitar el vendaje y mirar.
Además, tanto subir y bajar las escaleras le había producido una tensión. Hacien-
do un mohín, se sacó los zapatos; sus tobillos se estaban hinchando también.
Tendría que terminar el trabajo lo más pronto posible; mañana, a más tardar. No
estaba seguro si podría durar mucho más allá.
Además, tenía que llevarse inmediatamente a Edith. La casa comenzaba a afec-
tarle de una manera que él no podía medir. Como esta tarde...

Ruidos de pisadas en la alfombra. Lentamente, salió a la superficie de un sueño


plomizo, creyendo que había oído una puerta cerrarse en alguna parte.
Cuándo hubo abierto los ojos, Edith ya no estaba.
Por varios segundos, creyó que ella estaba en el baño. Luego, había divisado algo
en el piso, y se había enderezado, clavando los ojos en las páginas manuscritas
desparramadas sobre la alfombra. Reparó en el gabinete; fotos yacían esparcidas
alrededor de un libro caído.
Una sensación de temor apremiante había comenzado a aumentar en él.
Agarrando su bastón, se levantó y su atención se fijó en la botella de coñac y en
la copa de plata; se aproximó al gabinete, miró las fotos, y sus pupilas se dilata-
ron.
—¿Edith? —golpeó en la puerta del baño—. ¿Edith, estás ahí? ¿Edith?
Ninguna respuesta. Esperó varios segundos antes de girar el picaporte.
La puerta estaba sin llave.
Ella se había ido.
Cojeó hacia el corredor tan rápidamente como pudo, haciendo un intento para no
aterrorizarse, pero toda la situación pintaba mal: el manuscrito tirado en el piso,
esas fotos, la botella; y por encima de todo, la ausencia de Edith.
Se apresuró en el corredor y se paró en el cuarto de Florence Tanner. Tocó una,
dos veces, y esperó varios segundos; luego tocó otra vez. Cuando no hubo res-
puesta, abrió la puerta, y vio a Tanner pesadamente dormida en su cama. Cerró
la puerta, y se encaminó al cuarto de Fischer.
Nadie allí. Renqueó a través del corredor, pensando que había oído voces. Ceñu-
damente adolorido bajó las escaleras, rechinando los dientes.
¡Le había rogado a ella que no le hiciera esto! ¿Qué carajo le estaba pasando?
Escuchó claramente su voz cuando cruzó el vestíbulo de entrada, y su tono anti-

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

natural y ajeno cuando dijo: «¡Pruébalas! ¡Son deliciosas!»


Con alarma renovada, apuró sus pasos.
Luego había alcanzado el pasaje abovedado y quedó congelado allí, mirando la
escena con una expresión atontada; el suéter y el corpiño en el suelo, y a una
desconocida Edith, exponiéndose lascivamente ante Fischer y acercándosele de
manera perversa.
Barrett cerró sus ojos. Nunca le había oído tal lenguaje en su vida de casados,
nunca un indicio de tal comportamiento. Que ella se había reprimido, eso siempre
lo había sabido; su vida amorosa había estado necesariamente constreñida. Pero
esto...
Abrió los ojos y la miró otra vez. El dolor regresaba, junto con la desconfianza y
el desengaño. Luchó contra eso. Quería creer que la casa le había hecho esto a
ella, pero él no podía sacarse la fastidiosa duda de que en alguna parte muy de-
ntro de Edith, yacía la verdadera causa de lo qué estaba pasando.
Tenían que hablar.
Se acercó a la cama y tocó su hombro.
Despertó con un sobresalto; párpados pegados, piernas replegándose repentina-
mente. Barrett trató de sonreír pero no podía.
—Te traje la cena —dijo.
—Cena —usó la palabra como si nunca la hubiera oído en su vida.
Lionel inclinó la cabeza. —¿Porqué no te aseas un poco?
Edith miró alrededor del cuarto. ¿Se estará preguntando donde puse las fotos?
Pensó. Retrocedió un poco cuando ella se enderezó, mirándose. Él le había suje-
tado su corpiño y abotonado el suéter con los dos o tres botones que le queda-
ban. Hizo un gesto, como recordando. Luego se levantó y se cruzó al baño.
Barrett renqueó hacia la mesa octagonal, recogió la caja del manuscrito y lo colo-
có en la biblioteca de la pared. Con gran esfuerzo orilló la silla al lado de la mesa
octagonal y se sentó. Atisbó las chuletas de cordero y las verduras en su plato y
suspiró. Nunca debería haberla traído a esta casa. Había sido un error atroz.
Miró hacia el baño cuando la puerta se abrió. Edith, con su cara lavada y el pelo
arreglado, caminó hasta la mesa y se sentó. No levantó su tenedor, pero se sentó
encorvada, con el gesto y la mirada desviada, pareciéndose a una niña castigada.
Barrett se aclaró la voz.
—La comida está un poco fría —dijo—. Pero... Bien, si necesitas algo...
La vio morderse los labios cuando comenzó a temblar. Después de un momento
ella habló:
—No tienes que comportarte educado para mí.
Barrett sintió una necesidad repentina de gritarle algo en la cara, pero se sobre-
puso completamente.
—No deberías haber tomado ese coñac —dijo—. Lo examiné, y al menos que me
equivoque, contiene más del cincuenta por ciento de extracto de absintio.
Ella lo miró inquisitivamente.

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—Licor de ajenjo. Un afrodisíaco, un estimulante.


Edith lo contempló en silencio, con sus cejas muy juntas.
—Además —se oyó a sí mismo decir—, existe una influencia poderosa en esta ca-
sa, y pienso que ha empezado a afectarte.
¿Por qué estoy diciendo esto? Se preguntó. ¿Por qué estoy absolviéndola?
Ella continuaba mirándolo. Barrett sintió un pequeño temblor en su estómago.
—¿Eso es todo? —preguntó finalmente ella.
—¿Todo?
—Simplemente... ¿Has resuelto el misterio? —había un tono de resentida mortifi-
cación en su voz.
Barrett se endureció. —Estoy tratando de ser racional.
—Ya veo —susurró ella.
—¿Pero qué quieres que haga? —vociferó—. ¿Qué te insulte, o te ponga nombres?
Se puso de pie. —Hago un intento, por el momento, para culpar a cualquier cosa
fuera de nosotros.
Edith no dijo nada.
—Sé que no he provisto suficiente... amor físico —dijo con dificultad—, allí está el
daño de la polio, pero supongo que esa no es una excusa completa. Tal vez es la
influencia de mi madre, tal vez mi absorción total por el trabajo, o mi incapacidad
para...
—No lo digas.
—Me culpo —dijo resueltamente—. A mí mismo y a esta casa.
Hubo un brillo de sudor en su frente. Sacó su pañuelo y se secó.
—Si hay otros factores más complejos... Los resolveremos más tarde. Después de
que hayamos dejado este lugar.
Esperó. Edith inclinó la cabeza.
—Deberías haberme dicho lo que sucedió anoche...
Ella lo miró rápidamente.
—Cuando casi te caes en la laguna.
Edith estuvo a punto de no hablar; Pero como él seguía mirándola, cambió de
idea.
—No quise preocuparte —dijo.
—Entiendo —gruñó—. Pienso que descansaré mi pierna un poco antes de bajar
las escaleras.
—¿Tienes que trabajar esta noche?
—Si quiero terminar mañana...
Se levantó y se dirigió a la cama. Ella lo acompañó y lo observó mientras se acos-
taba dificultosamente. Él la vio haciendo un intento por no mostrar reacción al
estado abotagado de sus tobillos. —Estaré bien —le dijo.
Ella se quedó al lado de la cama, mirándolo, inquieta. Finalmente, le dijo:
—¿Quieres que me vaya de la casa, Lionel?
Él guardó silencio por algún rato antes de contestar.

121
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—No, si permaneces a mi lado todo el tiempo, de ahora en adelante.


—De acuerdo. —Edith pareció contenerse; luego, impulsivamente, se sentó a su
lado.
—Sé que no puedes perdonarme ahora —dijo—. No lo merezco; sé muy bien lo
que he hecho. Daría veinte años de mi vida para deshacerlo.
Su cabeza se movió negando. —No sé por qué bebí de esa manera, excepto que
estaba nerviosa... Y asustada. No sé por qué bajé la escalera. Tuve conciencia de
lo que hacía, pero, al mismo tiempo...
Ella miró hacia arriba, con lágrimas rebosando en sus ojos.
—No pido tu perdón; simplemente trata de no odiarme demasiado. Te necesito,
Lionel, te amo —apenas podía hablar ahora—, es que no sé que me está pasando.
—Mi amor —a pesar del dolor, Barrett se enderezó y la abrazó—, está bien, está
bien. Todo esto pasará después de que nos vayamos.
Acercó sus labios para besar su pelo. —Yo también te amo, siempre has sabido
eso. ¿No?
Edith se pegó a él, sollozando. Todo va a estar bien, se dijo a sí mismo; tiene que
haber sido la casa. Todo se resolvería después de que saliesen.

7:31 P.M.

Florence se enderezó con un gemido. Recostando su codo en el borde del colchón,


se puso de pie. ¿Qué hora es? Se preguntó. Miró su reloj de pulsera.
Uh, que tarde.
Y él, estaba todavía aquí.
Bostezando, se metió en el baño con paso cansino y enjuagó su cara con agua
fría. Al secarse, contempló su reflejo en el espejo. Estaba ojerosa.
Por más de dos horas había estado rezando por la liberación del hijo de Belasco.
Arrodillada al lado de la cama, manos unidas apretadamente, había pedido auxilio
a todos aquellos del mundo ultraterreno para que ayudaran a Daniel, a romper
los lazos que lo mantenían prisionero en la Casa del Infierno.
No había surtido efecto. Cuando el tiempo de oración concluyó, pudo sentir su
presencia aún más cerca.
Y Esperando.
Florence colgó la toalla y dejó el cuarto de baño. Atravesó el dormitorio, entró en
el corredor y bajó las escaleras. El hecho de estar cada vez más involucrada con
Daniel la estaba perturbando. Debería haber conseguido algo, pensó. Hay tantas
otras almas para liberar.
¿Podría soportar quedarse en la Casa del Infierno hasta que terminara semejante
tarea? ¿Y cuanto tiempo le demandaría? ¿Sin luz o calor o comida, cómo podría
subsistir? Era evidente que, después del domingo, Deutsch mantendría la casa
cerrada.

122
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

¿Y qué hay acerca de las otras entidades que ella había sintonizado desde el lu-
nes? Estaba convencida que eran un mínimo porcentaje del número real.
Hizo memoria mientras bajaba las escaleras. Primero estaba ese “algo” inofensivo
que permanecía en su cuarto y que no era Daniel; estaba la entidad llena de dolor
y pesar que ella había percibido en el garaje la tarde del lunes; la personalidad
furiosa y vociferante en la escalera del sótano que se había referido a la casa co-
mo «Esta cloaca maldita...”
La presencia babosa y retorcida en el cuarto de vapor. Todavía sentía una culpa-
bilidad terrible por no advertirle a tiempo al doctor Barrett; El ente que NubeRoja
describió como un hombre feo sin ropas y cubierto de heridas; lo que fuere que
rondaba en la capilla y que le impidió a ella entrar; no podría ser Belasco. La figu-
ra ectoplásmica que apareció durante la sesión, y que trató de alcanzar a la seño-
ra Barrett. Florence negó con la cabeza. Hay tantos, pensó. Las presencias des-
afortunadas llenaban esta casa por dondequiera que ella pasara. Además de los
que podía percibir lateralmente. En el teatro y el salón de baile, en la sala come-
dor, el gran vestíbulo y en todas partes. ¿Sería un año lo suficientemente largo
como para liberarlos a todos?
Enumeró, recordando con angustia, la lista del doctor Barrett: Apariciones, bilo-
cación, clarisentencia, elongación, ideoplasma... Debe haber más de cien fenó-
menos en esa lista. Apenas habían rascado la superficie de Hell House.
Un sentido masivo de desesperación la atacó. Trató de repeler eso pero lo encon-
tró imposible. Esto podría realizarse sólo si se contara con tiempo ilimitado; Tenía
menos de cuatro días ahora.
Estoy haciendo todo lo humanamente posible y si pudiera darle paz sólo a Daniel
será suficiente, se dijo a sí misma, resuelta.
Tenía hambre. No habría más sesiones. Se aseguraría de comer bien por el resto
de la semana. Sentándose a la mesa, comenzó a servirse algo.
Entonces lo vio. Fischer estaba sentado ante la chimenea, mirando fijamente las
llamas. Él aún no había empezado a mirarla.
—No te vi —dijo ella y llevó su plato de comida hacia él—. ¿Puedo sentarme con-
tigo?
Él la recorrió con la mirada como si fuera una desconocida. Florence se sentó en
otro sillón y comenzó a comer.
—¿Qué te pasa, Ben? —preguntó ella cuando él no dio indicio de aceptar su com-
pañía.
—Nada.
Ella vaciló, luego siguió. —¿Ha ocurrido algo?
Fischer no contestó.
—Parecías tan esperanzado antes, cuando hablamos...
Él no dijo nada.
—¿Qué pasó Ben?
—Nada.

123
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿Soy yo entonces? —Florence tenía un dejo de cólera en su voz.


Aspiró aliento, sin decir nada.
—Pensé que confiamos el uno al otro, Ben...
—No confío en nadie o en nada —dijo—. Y si alguien lo hace en esta casa, es un
tonto.
—Algo te ha ocurrido.
—Un montón de cosas han ocurrido —escupió Fischer.
—Nada que no podamos manejar.
—Grave error —se volvió hacia ella, y sus oscuros ojos se llenaron de veneno y
de miedo, según Florence pudo percibir—. No hay nada en esta casa que poda-
mos manejar. Nada que alguien alguna vez pueda manejar.
—Eso no es cierto, Ben. Hemos hecho un progreso notable hacia...
—¿Hacia qué? ¿Nuestras propias tumbas?
—No —ella negó con la cabeza. Hemos descubierto mucho; Daniel, por ejemplo, y
la forma en que Belasco controla...
—Daniel —dijo desdeñosamente—. ¿Cómo sabes que hay un Daniel? Barrett pien-
sa que lo fabricaste en tu mente. ¿Cómo sabemos si él no está en lo correcto?
—Ben, el cuerpo, el anillo...
—Un cuerpo, un anillo —le cortó con fuerza—. ¿Esas son tus pruebas? ¿Esa es tu
lógica para poner la cabeza en la guillotina?
Florence se escandalizó por la malevolencia de su voz.
—¿Cómo sabes que no has estado engañándote a ti misma desde el primer mo-
mento en que entramos en esta casa? —Demandó—. ¿Cómo sabes si Daniel Be-
lasco no es una invención de tu mente? ¿Cómo sabes si su personalidad y su des-
gracia no son imaginarias? ¿Eh, cómo lo sabes?
Se paró de golpe y la miró a los ojos. —Estás en lo correcto —dijo—. Estoy obs-
truido, atascado completamente. Planeo permanecer así hasta el fin de semana;
y cuando llegue el lunes, pienso cobrar mi cheque de cien cuquitas y me afincaré
a más de diez mil kilómetros de esta casa endemoniada, y ésta vez, para siem-
pre. Te sugiero por tu propio bien, que hagas lo mismo.
Dando media vuelta, se alejó a través de la alfombra dando furiosas zancadas.
—¡Ben! —llamó Florence. Él la ignoró. Trató de pararse para seguirlo, pero no tu-
vo la fuerza. Cayó sentada en la silla, contemplando el vestíbulo de entrada. Des-
pués de un rato dejó el plato a un lado. Esas palabras la habían golpeado doloro-
samente; trató de reprimir ese dolor, pero no pudo; todas las incertidumbres re-
gresaban.
Pero sobre todo, esas punzantes palabras amenazaban su fe.
—No —negó con la cabeza. No es cierto. Daniel existe.
Él había salvado su vida. Él le había hablado, le había suplicado.
Suplicado. Hablado. Salvado su vida.
«¿Cómo sabes si Daniel Belasco no es una invención de tu mente?»
Esa noción, ese pensamiento, era el más repelente de todos.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—No —negó con la cabeza otra vez.


«¿Eres feliz?»
«Sí. Muy feliz»
Las palabras salieron inesperadamente a la superficie de su conciencia.
Eran las palabras que había intercambiado con Daniel cuando había bailado con él
o al menos, había creído que bailaba con él.
«¿Eres feliz?»
«Sí. Muy feliz. »
—Oh, Dios mío —murmuró.
Ella había usado ese diálogo hace años, actuando en una telenovela.
Su mente se esforzó desesperadamente en resistir el brutal acceso de la duda,
pero el dique de su resistencia colapsó; las aguas servidas fluían a raudales.
—Oh, Dios —recordó—. David, en el hospital. Entonces...
«Te amo. »
«Yo también»
—No —susurró, y las lágrimas inundaron sus ojos.
«¿Nunca me dejarás? ¿Siempre estarás a mi lado?»
«Sí, mi amor, siempre, siempre... »
Ahora estaba en el hospital, mirándolo, pálido, desdibujado, los ojos brillantes por
la cercana muerte; David, su amado hermano menor. El recuerdo la enfrió. Él le
había contado una vez sobre Laura, la chica que amó y que nunca había compar-
tido con ella el amor físico. Y ahora era demasiado tarde; se estaba muriendo.
En su lecho, David se había aferrado tan fuerte a su mano, con su cara echa una
máscara gris, sus labios secos y blancos cuando le murmuró estas palabras:
«Te amo» y ella le había susurrado al oído: «Yo también»
¿En la vaguedad de la agonía habrá creído que ella era Laura?
«¿Nunca me dejarás? ¿Siempre estarás a mi lado?» Preguntó él.
Y ella había contestado: «Sí, mi amor, siempre, siempre...»
Un sollozo de terror estalló dentro de Florence. ¡No, no es cierto! Comenzó a llo-
rar. Pero era cierto; había creado a Daniel Belasco en su mente.
No existía Daniel Belasco.
Una mezcolanza de recuerdos. El trillado diálogo de alguna antigua telenovela, la
memoria de su hermano y la forma en que había muerto; la pérdida que él había
sentido y la necesidad que se había llevado a la tumba.
—No, no, no, no, no —sus manos se aferraron a los brazos de la silla, su cabeza
cayó bruscamente y unas lágrimas estremecedoras y calientes rodaron por su ca-
ra; no podía respirar, tragando saliva con el aire.
¡No, no es cierto! ¡Ella no pudo haberse engañado así, no pudo ser tan ciega, tan
terriblemente ilusa! ¡Tenía que haber alguna forma de probarlo! ¡Tenía que en-
contrar es prueba, en algún lugar!
Sacudió con fuerza su cabeza en un paroxismo de trance espasmódico, mientras
inhalaba dificultosamente, entre silbidos nasales. Detuvo su mirada en el fuego a

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

través de unas lágrimas gelatinosas. Le pareció haber escuchado algo.


Alguien había susurrado algo en su oído. Dos palabras.
«La capilla.»
Una sonrisa temblorosa volvió a sus labios. Vaciló sobre sus pies y se encaminó
hacia el vestíbulo de entrada, frotándose los ojos. La respuesta estaba en la capi-
lla; siempre había sabido eso. Ahora, en un instante, encontraría la respuesta que
necesitaba; la prueba fehaciente.
Esta vez, voy a entrar.
Hizo el intento por no correr pero no pudo evitarlo. Atravesó rápidamente el ves-
tíbulo de entrada y pasó la escalera, sus faldas susurrando, zapatos taconeando
en el piso. Doblando la esquina, se encaminó al corredor lateral, corriendo tan
rápido como podía.
Alcanzó la puerta de la capilla y colocó sus manos sobre ella. Instantáneamente
una fría resistencia inundó sus órganos vitales y un demoledor oleaje de náusea
ascendió por su vientre. Presionó con más fuerza sus palmas en la ajada puerta
de nogal y comenzó a rezar. Nada en este mundo o en el otro iba a detenerla
ahora.
La fuerza dentro de la capilla pareció vacilar. Florence empujó todo su peso en
contra de la puerta.
—¡En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo! —gritó, escupiendo las
palabras, con una voz destemplada y resonante.
La puerta se sacudió un poco y la fuerza empezó a retirarse, como si se encogie-
ra.
—¡Es inútil resistirse, porque Dios está conmigo! ¡Entraremos juntos ahora!
—¡Abre! ¡No puedes resistirnos más! ¡Abre!
Repentinamente, la fuerza ya no estaba. Florence empujó la puerta y entró, en-
cendiendo las luces.
Cerró y apoyó la espalda contra la puerta; cerró sus ojos y habló.
—Te agradezco, Oh, Señor, por darme el ímpetu.
Después de un momento, abrió los ojos y miró alrededor. La pobre iluminación de
las lámparas fijadas a la pared apenas mantenían a raya la oscuridad. Ella estaba
parada en una sombra, y su cabeza se movía contemplando espantada los alre-
dedores. El silencio era intenso; le pareció sentir su presión sanguínea en los tím-
panos.
Se encaminó abruptamente por el atrio central, evitando que su mirada horripila-
da se fijara en el crucifijo encima del altar.
Aquí está, puedo sentirlo en los huesos.
Llegó al pie del altar y lo miró. Había una descomunal Biblia con broches metáli-
cos soportada en un robusto atril. Una Biblia en este horrendo lugar, pensó, es-
tremeciéndose. Su mirada se fijó en la pared. Ahora podía percibir un irresistible
tirón; alguien o algo la empujaba.
La fuerza del tironeo se incrementaba y le pareció que estaban jalándola hacia...

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¿Donde? ¿La pared? ¿El altar? Seguramente no hacia el crucifijo.


Florence se dejó arrastrar temerariamente. Cuando llegó al centro del atril, la in-
visible tracción terminó y allí vio, espantada, como los broches metálicos se apar-
taban y la portada de la Biblia se abría violentamente. Las páginas comenzaron a
moverse tan rápido que se convirtieron en un borrón de movimiento, y Florence
sintió detenerse su corazón. Repentinamente las páginas se detuvieron.
Ella se inclinó, vacilante, y leyó en la página par que había quedado abierta.
—¡Sí! —Susurró feliz—. ¡Oh, sí!
En la parte superior de la página estaba impresa la palabra NACIMIENTOS.
Varios renglones más abajo, en el papel ajado y amarillento, dos escuetas líneas
certificaban:

Daniel Myron Belasco


Nacido el 4 de noviembre de 1903, a las 2:34 de la mañana.

9:07 P.M.

—Debe haber algo que yo pueda hacer —dijo Edith.


Barrett se apartó de la máquina, donde estaba trabajando en una placa de circui-
tos, comparando su laberinto de alambres y transistores con el dibujo en una de
sus heliografías. Ella lo había estado observando en impaciente silencio durante
los pasados veinte minutos, notando lo cansado que se veía. Finalmente, ella
había tenido que decir algo.
—Me temo que no hay nada en que puedas ayudarme —dijo él—. Esto es dema-
siado complicado. Me tomaría más tiempo explicarte el trabajo que si lo hiciera
por mi mismo.
—Ya sé, pero... —Edith interrumpió inquieta—. ¿Cuánto tiempo más te tomará?
—Es difícil de decir. Tengo que averiguar si me armaron la máquina como lo he
especificado; de lo contrario podría haber un funcionamiento defectuoso, y todo
mi trabajo se iría al cuerno. No puedo permitirme eso.
Trató de sonreír, pero fue más una mueca de disgusto.
—Terminaré tan pronto como me sea posible.
Edith seguía intranquila. Consultó el reloj de Lionel sobre el tapete. Había estado
en eso por más de una hora y apenas había terminado de comprobar una sola
placa de circuitos. El Reversor era gigantesco. A este paso podría tomarle toda la
noche, y se veía que su esposo no estaba para estos trotes.
Podría simplemente telefonear al doctor Wagman y preguntarle si la máquina es-
taba en orden; pero sabía que Lionel no podría con su genio, y de todas formas,
comprobaría los circuitos.
Sentía un peso frío en su estómago, que parecía presionarla cuando lo observaba

127
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

trabajar; ya no se mostraba tan confiado con ella como antes. Él había estado
tratando de encubrirlo pero ella notó que su entusiasmo había decaído desde el
asunto en el cuarto de vapor, y supo qué tan vulnerable se sentía ahora.
Casi tan vulnerable como me siento yo.
—Eh... ¿Qué se supone que hace esta máquina?
Él la miró a través de su hombro. —No puedo explicarte ahora, mi amor. Es
muy...
—¿No podrías decirme alguna cosa?
—Pues bien, en esencia, voy a drenar toda la energía acumulada en esta casa,
como si quitara el tapón de la bañadera.
Tragó secamente, y llenó un vaso de agua.
—Te explicaré en detalle mañana —continuó—. Básteme decir que cualquier for-
ma de energía puede ser disipada, y eso es lo qué pienso hacer aquí.
Sacó una píldora de codeína y la tragó, empujada por el contenido completo del
vaso. Exhaló y sonrió.
—Sé que no te suena demasiado satisfactorio por el momento, pero ya verás.
Colocó el vaso en la mesa. —Para esta hora, mañana, la Casa del Infierno será
secada drásticamente, desenergizada.
Miraron alrededor abruptamente, al oír un aplauso sarcástico.
Fischer estaba parado a unos metros de ellos, escuchándolos, con una botella de-
bajo de su brazo derecho.
—Bravo —dijo sardónicamente.
Edith se dio vuelta, con un rubor oscuro en su cara.
—¿Ha estado bebiendo, señor Fischer? —Inquirió Barrett.
—Así es, y continuaré haciéndolo —dijo Fischer—. No lo suficiente como para per-
der el control, sino la adecuada cantidad para aplacar los sentidos. Nada en esta
condenada casa del demonio va a provocarme otra grieta; no señor. No aguanto
más, no aguanto más...
—Lo siento —dijo Barrett, después de algunos segundos.
En cierta forma, se sentía responsable por el pésimo estado de ánimo de Fischer.
—Oh, no sienta pena por mí; mejor sienta pena por usted mismo...
Fischer señaló al Reversor.
—Esa maquinita suya no va a hacer una maldita cosa aquí, salvo mucho ruido...
Asumiendo que funcione, claro. ¿De veras cree que esta casa se va a poner a bai-
lar al ritmo de su jodida cajita musical? ¡Ja! Belasco va a reírse en su cara.
TODOS ellos van a reírse en su cara, como han venido riéndose todos estos años
de cualquier idiota que ha tratado de venir aquí dentro y...
—Desenergizar el lugar —le cortó Barrett.
Fischer lanzó un silbido.
—Desenergize mi trasero —espetó, y señaló a Edith—. Sáquela de aquí. Salgan
ya mismo de aquí. Ustedes no tienen ninguna oportunidad...
—¿Y qué hay de usted? —preguntó Barrett.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Yo estoy bien. Conozco el marcador. Belasco dos, Fischer cero.


—Usted no puede combatirlo aquí —continuó—, simplemente porque no puede
alcanzarlo. Mientras no lo deje entrar en su piel, usted estará bien. Hell House no
le presta atención a un invitado o dos que se sepan comportar. Lo que no le gusta
son las personas que la atacan. A Belasco no le gusta. A toda su cohorte de es-
pectros no les gusta; y contraatacan, y lo aniquilan.
Fischer gesticuló floridamente.
—¡Él es un general! ¿Sabía usted eso? Un general con un ejército —abrió los bra-
zos abarcando la sala—. ¡Belasco dirige este lugar!
—¡Controla cualquier ruido, cualquier brisa, y a cualquier entidad que haya tenido
la desgracia de permanecer aquí; los dirige individualmente y en grupo!
—Nada o nadie da un paso sin que él lo ordene; ni siquiera su hijo.
Fischer señaló a Barrett, con expresión repentinamente colérica.
—Se lo advierto encarecidamente, Barrett, se lo advierto. ¡Termine con esta ton-
tería y váyase! ¡Olvídese de esa maldita máquina, olvídela! Si lo prefiere, pase su
semana aquí comiendo, descansando o sin hacer nada. Luego, cuando llegue el
lunes, dígale al viejo Deutsch cualquier cosa que él quiera oír, y ponga su dinero
en el banco. ¿Me oye, Barrett? Si intenta cualquier otra cosa, usted será un
hombre muerto. ¿Me entiende? UN-HOMBRE-MUERTO.
Miró a Edith.
—Y con una esposa muerta al lado.
Sacudió con fuerza la cabeza. —¿Oh, mierda, por qué me molesto en hablar?
—Nadie escucha. Florence no me escucha, usted no escucha, nadie escucha.
—¡Muera entonces! ¡Muéranse todos! —explotó—. ¡Yo fui el único que salió vivo
en 1940, y seré el único en salir vivo en 1970!
Se dio vuelta y tambaleó a través del vestíbulo de entrada.
—¡Puede oírme Belasco, hijo de una gran puta! ¡Estoy blindado, me oye! ¡Cerré
las persianas! ¡Trate de alcanzarme! ¡Nunca lo hará! ¿Puede oírme…?
Edith se quedó expectante a los ojos de su marido. Barrett observaba la partida
de Fischer con una apariencia preocupada.
Él la miró y musitó: —Pobre hombre; esta casa realmente lo ha golpeado.
Ella asintió lentamente, con los ojos muy abiertos.
Barrett se le acercó, jaló una silla al lado de ella y se sentó con un gemido; guar-
dó silencio por algún rato, luego aspiró profundamente y dijo:
—Él está equivocado.
—¿Seguro? La voz de Edith fue apenas perceptible.
Lionel asintió con la cabeza.
—Lo que él llama «cajita musical» —le sonrió a las palabras—, es ni más ni me-
nos la salvación para la Casa del Infierno —levantó una mano—; de acuerdo, ad-
mito que nos ocurrieron cosas que, realmente, todavía no comprendo aunque lo
haría si tuviera el tiempo suficiente —se restregó los ojos—. Esa no es la cues-
tión, sin embargo.

129
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El hombre controla la electricidad sin entender aún su verdadera naturaleza; lo


que quiero decir es que, los detalles sobre la energía dentro de esta casa no son
tan vitales como es el hecho que —apuntó hacia la máquina—, el Reversor tiene
la capacidad real de disiparla.
Se levantó.
—Y eso es todo. Te dije desde el principio que Tanner estaba equivocada en lo
que ella cree, y ahora te digo que Fischer está igualmente equivocado. Y mañana,
probaré mis dichos más allá de cualquier duda.
Se dio vuelta y renqueó de regreso al Reversor. Edith lo observó. Ella deseó po-
der creerle, pero las palabras de Fischer le habían inoculado el miedo tan profun-
damente que lo podía sentir circulando en su sangre, helado y verde y cáustico,
corroyéndola por dentro.

10:19 P.M.

—Daniel... Por favor. Tienes que entender. Lo que me pides es inconcebible. No


es que no te tenga simpatía; la tengo. Te he abierto mi corazón completamente,
y creo en ti. Salvaste mi vida. Ahora, déjame salvar tu alma.
—Créeme, Daniel. Tu padre no tiene el poder para detenerte; no si sales a buscar
a Aquellos del Mundo Superior, y tomas la mano que te ofrecen. Déjalos ayudar-
te. Toma su mano. Si supieras la belleza que te espera más allá de estas paredes,
Daniel...
—¡Piénsalo! ¡Acéptalo! Sólo haz un intento. Te esperan con los brazos abiertos.
Te ayudarán y te darán comodidad. No te quedes dentro de estas tristes paredes.
Puedes ser libre. Confía en mí. Te lo ruego.
Te lo ruego.
Florence apenas podía levantarse. Ya no sabía cuanto tiempo había estado arrodi-
llada al costado de su cama, rogándole a Daniel que se fuera. Se metió en el ba-
ño, se lavó y se puso el camisón con movimientos irresolutos. Sus extremidades
estaban rígidas como el hierro. Nunca había sentido tanta enervación en su vida.
Daniel no escucharía. Simplemente no escucharía.
Regresó al cuarto y se metió en la cama.
Será mañana, entonces, se dijo a sí misma. Él tendría que escucharla tarde o
temprano. En la mañana, comenzaría de nuevo. Dejó caer su cabeza en la almo-
hada, incómoda por los chispazos de dolor en sus senos. Se quedó boca arriba,
con los ojos en el cielo raso, mientras sus párpados se desplomaban.
Mañana, pensó.
Volteó su cabeza.
Había una figura masculina en la puerta. Ella la contempló sin alarma. No había
amenaza en ella.
—¿Daniel?

130
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La figura avanzó hacia la mortecina luz del baño: joven, apuesto y sus ojos llenos
de desesperación.
—¿Puedes hablar? —preguntó ella.
—Sí —su voz era cortés, dolida.
—¿Por qué no te vas?
—No puedo.
—Pero debes hacerlo.
—No sin antes...
—Daniel, no —dijo ella.
Él volteó su cara.
—Daniel...
—Yo la amo —dijo—. Usted es la única mujer a quien alguna vez le he confesado
eso. Nunca encontré a otra como usted; tan buena... tan buena... La persona
más amable que alguna vez he conocido.
Su cara volvió hacia ella, y sus ojos miraron a Florence.
—Necesito... —se interrumpió bruscamente, mirando hacia la puerta.
—¡Voy a hablarle a ella! —dijo frenéticamente— ¡No me puedes detener!
Volvió a mirar a Florence.
—No puedo permanecer mucho tiempo más; él no me dejará —dijo—. Yo le supli-
co. Por favor, deme lo que le pido... Si soy expulsado fuera de esta casa sin su
consentimiento...
—¿Expulsado? —Florence se tensó.
—Su doctor Barrett tiene la manera de expulsarme.
Ella lo contempló, aturdida.
—Él conoce el fundamento de mi permanencia en esta casa y me puede expulsar
fuera de ella —dijo—, pero eso es todo lo que sabe. Cualquier otra cosa sobre mí,
mi corazón, mi mente o mi alma, no sabe nada; no le importa nada. Va a trasla-
darme de un infierno a otro mucho peor ¿No lo ve? Sólo usted me puede ayudar
—su voz comenzó a desvanecerse—. Tenga piedad de mí, tenga piedad. Por fa-
vor...
—Daniel...
Por varios instantes ella pudo oír su lloriqueo lastimero. Luego el cuarto quedó en
silencio. Ella miró hacia el lugar donde él había estado parado.
—Sabes que no puedo, Daniel —dijo—. Por favor. Sabes que no puedo.
Oh, Dios.
—Sabes que no puedo...

131
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10:23 P.M.

Barrett subía fatigosamente la escalera, con su brazo apoyado sobre los hombros
de Edith.
Intentó no depositar demasiado peso sobre ella, y trató —en vano— de no soltar
sonidos de dolor; después de todo el desasosiego de hoy, ya debía ser suficiente
para ambos; así que, otra píldora y el descanso de una buena noche, era lo que
necesitaban.
Calculó que podría aguantar el dolor otro día o poco más o menos. El Reversor
estaba casi listo para el uso. Otra hora de labor por la mañana, y al fin demostra-
ría sus conjeturas. Después de todos estos años, pensó, la prueba final. ¿Qué era
un poco de sufrimiento comparado con esto?
Cuando llegaron arriba, Barrett trató caminar por sí mismo, a pesar del latido en
su pierna y la tirantez en su espalda. Cojeando débilmente, hizo un sonido que
intentó maquillar de divertido pero que, en lugar de eso, tomó forma de dolor.
—Cuando estemos en casa —dijo—, voy a tomarme un mes de vacaciones; ter-
minaré ese dichoso libro y disfrutaré de tu compañía.
—Muy bien —Ella no sonó convencida.
Barrett palmeó su hombro. —Va a salir todo bien —dijo.
Edith abrió la puerta y le ayudó a llegar a la cama. Observó preocupada como
Lionel se sentaba en el colchón.
—Recuéstate —dijo ella—. Sostuvo unas almohadas contra la cabecera de la ca-
ma, y Barrett se arrellanó contra ellas; ella tuvo que levantar sus piernas con es-
fuerzo. Una vez acostado, esbozó una sonrisa.
—¡Bueno, nadie puede decir que no nos esforzamos por ganar nuestro dinero!
—Sí —dijo Edith—, mientras luchaba por sacarle los zapatos; estaban tan apreta-
dos, que sus medias se pegaron. Luego, comenzó a masajearle los pies y los tobi-
llos. Barrett vio que ella hacía un intento para no demostrar inquietud por la apa-
riencia inflamada de estos.
—Mejor me tomo otra codeína —dijo.
Edith se levantó y alcanzó su bolso. Barrett trató de distribuir su peso en el col-
chón, gruñendo en el esfuerzo. Se sintió tan pesado como una estatua. Él no lo
mencionaba a Edith, por supuesto, pero había estado considerando la posibilidad
de pasar un corto período de hospitalización después de llegar a casa.
Lionel le daba cuerda a su reloj cuándo Edith volvió con la píldora y un vaso de
agua. Colocó el reloj en la mesa de luz y luego tragó la píldora. Edith comenzó a
desabotonarle el suéter.
—No, está bien —dijo—. Mejor duermo con la ropa puesta. Será más simple ma-
ñana.
Ella asintió con la cabeza. —De acuerdo —dijo. Se desabrochó el cinturón y aflojó
la parte superior de sus pantalones.
—Creo que yo también dormiré vestida.

132
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—Como quieras, amor.


Edith se acostó a su lado y se presionó contra él. El peso de Edith en su pecho
dificultó la respiración de Barrett, pero él no dijo nada.
—Ojalá pudiéramos borrar este espantoso día —se quejó ella.
—Lo resolveremos juntos, ya verás. —Lionel frotó su espalda, deseando encontrar
alguna excusa para pedirle que se levante, sin ofender sus sentimientos.
—¿Podrías alcanzarme mi corbata? —Le pidió, después de unos instantes.
Edith se enderezó, mirándolo extrañada.
—Está colgando en el armario —dijo él.
Ella se levantó, solícita, y le alcanzó la corbata.
—¿No te gustaría lavarte los dientes antes de volver a la cama? —preguntó.
—Bueno, ya que estoy...
Barrett se incorporó un poco hasta quedar medio sentado en la cama y se quedó
escuchando los sonidos y chapoteos que salían del baño cuando ella se lavaba los
dientes y se enjuagaba.
Sinfonía Doméstica, pensó; en el infierno.
Paseó la mirada a través del cuarto. Era difícil creer que habían estado aquí sólo
tres días. Miró la silla mecedora. Hace dos noches, se había movido por sí misma;
por lo que a él le concernía, pudo haber sido hace dos semanas o dos meses, tan
extraño es el sentido del paso del tiempo.
Su mirada deambuló de arriba abajo por el cuarto. Que lugar grotesco. Podría ser
el típico cuarto barroco en algún museo; la casa entera contenía numerosas pie-
zas de arte. Incontables creaciones concebidas y ejecutadas en nombre de la be-
lleza tuvieron la desgracia de terminar en esta casa, el epítome de la fealdad.
Parpadeó y reenfocó sus ojos cuando Edith regresó al cuarto.
—¿Podremos pasar la noche durmiendo juntos en una cama tan diminuta como
ésta? —preguntó Lionel.
—Podría gustarnos —dijo ella sonriendo.
Cuando ella se hubo acostado a su lado y los dos se taparon, Barrett comenzó a
sujetar un extremo de la corbata en su muñeca.
—En fin, lo estoy haciendo por si se te ocurre andar sonámbula.
Ató el otro extremo de la corbata en uno de los postes de la cabecera.
—Creo que tienes bastante libertad de movimiento —sonrió.
Barrett la rodeó con el brazo y ella suspiró.
—Ahora sí me siento segura.

133
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11:02 P.M.

Si tan sólo pudiera dormir, pensó ella. Ah, la mente humana.


Esa tarde hubiera preferido permanecer despierta hasta que su estadía aquí se
terminara. Ahora, no quería otra cosa más que ir a la deriva en la inconsciencia,
eliminando ocho o nueve horas del tiempo que les restaba.
Cerró los ojos otra vez.
¿Cuántas veces los hubo cerrado y vuelto a abrir? ¿Cuarenta, cincuenta, cien?
Aspiró un largo y áspero aliento.
Hum. Esto huele; siempre ese olor fétido.
La Casa del Infierno debería ser demolida hasta sus cimientos.
Miró a Lionel. Estaba profundamente dormido. Movió la mano, y sintió el tirón de
la corbata en su muñeca. ¿Me ató porque había caminado sonámbula anoche?
¿Fue la perorata de Fischer lo que lo preocupaba? ¿Temía que volviera a acercar-
me a Fischer otra vez? Por más que se esforzara, Edith no podía rastrear en sí
misma la causa que la había llevado a buscar a Fischer la primera vez.
Nunca —que supiera— había tenido semejantes apetitos sexuales hacia los hom-
bres, aún tratándose de Lionel; y mucho menos hacia las mujeres. Evocó fugaz-
mente el hermoso cuerpo desnudo de Florence y se deshizo de inmediato de ese
pensamiento. Estaba aterrada por las cosas que había dicho y hecho, sin el más
mínimo pudor y control.
Apretujó sus labios. No había podido ser simplemente ella; tenía que haber algo
más. Sí, tenía que haber algo.
Algo que había tomado posesión de su voluntad y la había manipulado como un
títere, tal vez alguna clase de virus de corrupción que se contagió por haber dor-
mido en esta casa, y que podría estar esparciendo la enfermedad a todo lo largo
de su mente y cuerpo. Sencillamente, se negaba a creer que algún trastorno in-
sospechado en su naturaleza hubiera empezado a emerger. Tenía que ser la casa.
Ya había afectado a otros; ella no era ninguna excepción.
Su barbilla empezó a temblar. Se quedó con la mirada fija a través del cuarto.
La silla mecedora había entrado en movimiento.
—Lionel —susurró—. No. Necesita dormir.
Es fuerza, se dijo a sí misma; sin guía, sin inteligencia. Es un tipo de mecánica
aleatoria que sigue una línea de movimientos mínimos que ocurren en conjunto,
estableciendo un patrón de dinámica: los portazos, el ruido de pasos, sillas mece-
doras.
Quería cerrar sus ojos otra vez; pero sabía que, aunque lo hiciera, seguiría oyen-
do el rítmico rechinamiento de la silla. Siguió mirándola intensamente.
Dinámica. Residuos de fuerza. Su mente repitió las palabras una y otra vez.
Desde que habían entrado en la habitación lo supo. Durante todo el tiempo, ella
realmente supo, que había alguien sentado en la silla. Alguien al que no podían
ver. Alguien que no se dejaba ver. Alguien cruel, implacable, esperando pacien-

134
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temente para destruirla, esperando destruirlos a todos.


¿Sería Belasco? Pensó horrorizada. ¿Qué pasaría si repentinamente apareciera,
gigantesco, aterrador y sonriente, meciéndose en esa silla?
¡No hay nadie allí! Se obligó a pensar. ¡Nadie en absoluto!
La silla siguió balanceándose lentamente de acá para allá.
De acá para allá.

11:28 P.M.

La habitación se sentía caliente.


Rezongando, Florence hizo a un lado la frazada más gruesa y la dejó caer al piso;
se volteó y cerró sus ojos. Duerme, se dijo a sí misma. Mañana seguiremos.
Algunos minutos más tarde se revolvió acaloradamente sobre su espalda y miró
el cielo raso otra vez.
No hay remedio, pensó. No iba a poder dormir esta noche.
Las palabras de Daniel la habían aturdido; desde el principio, había considerado
trabajar en asociación con Barrett sobre este asunto, pero eso nunca ocurrió, da-
da la desconfianza y escepticismo del científico. Luego, se había dado cuenta que
sería una pérdida de tiempo. Por lo que le concernía al doctor Barrett, Daniel Be-
lasco nunca había existido; era producto de su subconsciente.
¿Qué conseguiría hablando con Barrett, entonces? Si se había negado a aceptar el
cadáver y el anillo. ¿Qué diferencia haría una simple línea testimonial escrita en
una Biblia para él?
Apartó las frazadas impacientemente y se sentó. ¿Qué debía hacer?
Simplemente, no podía quedarse quieta mirando como Barrett expulsa a Daniel
fuera de la casa, sin darle sosiego. El pensamiento la abrumó. Zambullir su alma
desolada en un limbo era un crimen en contra de Dios.
Lanzó un suspiro triste. Se levantó pesadamente y se metió en el baño, donde
tomó un vaso de agua. ¿Qué otra cosa podía hacer, entonces? Su mente indagó.
Había estado rezando firmemente desde la mañana, implorando, sin conseguir
ningún resultado.
Y por la mañana, Barrett estaría listo con su máquina.
Por un breve momento tuvo el urgente deseo de correr escaleras abajo y dañar la
máquina. Se sacudió esa idea de encima, enojada de sí misma por haber pensado
en eso; no tenía ningún derecho de ponerse en el camino del doctor. Él es un
hombre honesto y concienzudo que ha dedicado su vida a su trabajo. Que estu-
viera tan cerca de la verdad era increíble; pero no era su culpa que la respuesta
que había encontrado fuera sólo parcial. Simplemente, no creía en la existencia
de Daniel Belasco. Obviamente, no podría sentirse responsable por exonerarlo de
este infierno.
Florence dejó el vaso y se apartó del lavabo.

135
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Debo encontrar una solución, pensó.


Regresó al dormitorio.
Al atravesar la puerta se detuvo en seco y miró hacia la mesa española.
El teléfono estaba sonando.
No puede ser. ¡Esa cosa no ha funcionado en más de treinta años!
Ella no iba a contestar. Sabía quien era.
El teléfono continuó timbrando y sonando y chillando; los sonidos apuñalaban sus
tímpanos, dentro de su cerebro.
No debía contestar.
El teléfono se mantuvo timbrando.
—No —dijo ella.
Timbrando. Sonando. Repiqueteando.
Con un sollozo, se abalanzó sobre la mesa y descolgó el auricular, echándolo so-
bre el mantelillo. Se apoyó contra el borde de la mesa, con sus palmas repenti-
namente débiles, apretando su superficie. Apenas podía respirar. Se preguntó
ofuscadamente si iba a desmayarse.
Oyó una tenue voz viniendo del auricular. Era la voz de Daniel.
No podía entender lo que decía, pero era una sola palabra repetida, una y otra
vez.
—No —dijo entre dientes.
La voz se mantuvo insistente, pertinaz.
Florence tomó desesperadamente el auricular y gritó: —¡NO!
—Por favor —dijo Daniel.
Ella cerró sus ojos. —No —susurró.
—Por favor —su voz era lastimosa.
—No, Daniel.
—Por favor.
—No. No.
—Por favor —ella nunca había oído semejante angustia en una voz antes.
—Por favor.
—No —apenas podía hablar ahora; unas lágrimas calientes goteaban bajo sus
mejillas. Su garganta ardía.
—Por favor —imploró.
—No —susurró—. No, no.
—Por favor —era la voz de alguien mendigando por su existencia.
—Por favor —ella era su única esperanza.
—Por favor —mañana él sería desterrado a la fuerza por Barrett.
—Por favor —hay una sola manera de liberarlo.
—Por favor —comenzó a llorar—. Oh, por favor. Por favor.
Ella tenía que ayudarle.
—Por favor —sollozaba—. ¡Por favor! ¡Oh, bendito Dios, su corazón se quebraba!
—¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!

136
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Ella colgó el teléfono repentinamente, con un violento estremecimiento a través


de todo su cuerpo.
¡Está bien! Pensó. Es la única forma. El Espíritu Santo la ayudaría y la protegería;
Dios era bueno y era su Voluntad.
Es la única manera; la ÚNICA condición. Ella creía en Daniel, ella creía en sí mis-
ma. Hay una sola forma de liberarlo; ahora podía ver eso con claridad.
Se acercó a la cama tambaleando y se hincó de rodillas, inclinando de modo res-
petuoso su cabeza; cerrando sus ojos, comenzó a rezar:
—Bendito Señor, alcánzame con tu mano y dame tu protección; Ayúdame esta
noche, a traer descanso eterno al alma torturada de Daniel Belasco.
Durante cinco minutos rezó incesantemente. Luego, lentamente, se levantó y se
quitó el chal que la abrigaba, colocándolo sobre la silla. Temblando, se quitó el
camisón y la ropa interior.
Apartando las frazadas, se acostó boca arriba y recorrió su cuerpo de una mirada;
dejemos que éste sea el templo, pensó.
El cuarto estaba casi oscuro, la puerta del baño casi cerrada.
Cerró sus ojos y comenzó a respirar profundamente.
Daniel, lo convocó en su mente.
Daniel, te doy ahora el amor que nunca conociste. Hago esto libremente a fin de
que puedas ganar la fuerza para dejar esta casa. Con el amor de Dios y con el
mío, descansarás al fin, esta noche, en el Paraíso.
Abrió sus ojos.
—Daniel —dijo—, tu prometida te espera.
Hubo un movimiento vacilante cerca de la puerta. Una figura se movió hacia ella.
—¿Daniel?
—Sí, mi amor.
Ella tendió sus brazos.
Él atravesó el cuarto, y Florence distinguió el dibujo de su cuerpo masculino al
acercarse. Podía definir sus características, su ternura y su aprensión, temblando
por la necesidad de amarla. Se acostó a su lado. Ella sintió su calor. Podía oírlo
respirar, y abrazándolo, le dio sus labios a él.
El beso fue largo, hermoso y tierno. —Te amo —susurró él.
—Yo también.
Ella cerró los ojos y se colocó de espaldas, sintiendo el peso encima de ella.
—Con amor —murmuró—. Házmelo dulcemente.
—Florence —dijo él.
Abrió los ojos y vio lo que yacía sobre ella.
Un cadáver, con su cara en un avanzado estado de descomposición. La carne lívi-
da y escamosa se desmoronaba de sus huesos y sus labios podridos torcidos en
una lasciva sonrisa, dejaban ver algunos dientes. Sólo los ojos amarillos y con-
sumidos estaban vivos, mirándola con un regocijo demoníaco. Una luz azulada y
plomiza envolvía su cuerpo entero, y los gases de la putrefacción burbujeaban

137
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

escapando de su bajo vientre.


El horripilado grito de horror de Florence cortó la noche cuando el despojo empe-
zó a penetrarla ferozmente.

11:43 P.M.

Fischer se estremeció, cuando creyó escuchar el sonido de un alarido.


Por un momento se sentó, congelado, atado por el temor. Luego algo lo llevó a
pararse y se abalanzó hacia el corredor. Corrió hasta el cuarto de Florence, giró el
picaporte y empujó.
La puerta estaba con llave.
Miró alrededor en estado de pánico, mientras escuchaba los aterradores alaridos
de Florence enloqueciéndolo y secándole el alma.
Miró hacia la puerta del cuarto de los Barrett cuando se abrió repentinamente y
Edith asomó la cabeza, con expresión tensa y desolada.
Tambaleando a través del corredor, Fischer arrastró una pesada silla de nogal y
comenzó a embestirla contra la puerta. El griterío se detuvo. Se mantuvo apo-
rreando la silla en contra de la puerta, hasta que una de sus patas se quebró.
—¡Mierda! —siguió golpeando la puerta furiosamente, viendo de reojo a Barrett y
a Edith apresurándose hacia él.
Repentinamente la cerradura cedió y consiguió entrar. Arrojando la silla quebrada
a un lado, Fischer tanteó la pared y prendió la luz.
La vista de Florence le hizo respirar fuertemente y con dificultad. Oyó el sonido de
nausea de Edith. —Oh, no —masculló Barrett.
Estaba desnuda, tendida sobre su espalda, sus piernas muy abiertas, y sus ojos
desorbitados y fijos hacia arriba con una apariencia de total enajenación.
Su cuerpo estaba amoratado y mordido, rasgado, rasguñado y recorrido por su
sangre.
Fischer miró su cara otra vez; era la cara de una mujer que acababa de enloque-
cer. Sus labios palpitaron débilmente. Compelido, se acercó para oírla. Al principio
alcanzó a articular unos ruidos ásperos por la garganta.
Luego susurró:
—Estoy llena —miró a Fischer a los ojos, sin parpadear—. Estoy llena.
Se sintió incapacitado para preguntar «¿Llena, con qué?»
Y con un espeluznante gesto demencial, Florence comenzó a sonreír.

138
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24 DE DICIEMBRE, 1970

7:19 A.M.

Fischer, agotado y con una resaca a cuestas, estaba sentado fláccidamente en un


sillón, mirando fijo a Florence. No había pegado un ojo en toda la noche. Cuando
las píldoras de Barrett finalmente la habían puesto a dormir, había arrastrado el
pesado sillón a un lado de su cama. Los Barrett habían vuelto a su cuarto. Lionel
le prometió que regresaría en varias horas para reemplazarlo en la custodia de
Florence. Nunca había regresado. De todos modos, Fischer no lo había esperado;
sabía qué tan mal estaba física y mentalmente Barrett, después de los últimos
dos días.
Un escalofrío lo atravesó como un rayo. Se enderezó, se restregó los ojos y bos-
tezó, preguntándose la hora. Necesitaba un café. Esforzándose en pararse, se
metió en el baño. Abrió el agua fría y ahuecó su mano derecha debajo del grifo.
Doblándose, salpicó el agua en su cara, siseando en el aguijoneo de la corriente
helada. Alcanzó una toalla y la palmeó contra su cara.
Regresó al dormitorio y se quedó al lado de la cama, mirando a Florence. Parecía
estar en paz; una hermosa mujer, dormida. No había sido así durante la noche. A
pesar de los somníferos, había dormitado irregularmente, dando espasmódicas
sacudidas con sus extremidades, lloriqueando a veces de dolor y temblando pe-
riódicamente con arrebatos de frenesí. Fischer estuvo tentado mil veces de des-
pertarla de no importa qué terrores estuviera experimentando. Había resultado
innecesario. Durante algunos intervalos inesperados, ella se había despertado so-
la, para quedarse con la mirada fija y su cara desfigurada en una mueca de es-
panto. En cada oportunidad, él había tomado su mano, haciendo un intento por
soportar cuando el agarre se volvía doloroso; sus dedos apretaban fuertemente,
blancos como la tiza. Ella nunca había hablado. Después de un rato, sus ojos caí-
an, y dormía otra vez.
Fischer parpadeó, reenfocando sus ojos. Ahora, Florence estaba despierta y mi-
rándole. Su cara no tenía expresión; lo miraba como si nunca lo hubiera visto an-
tes.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Fischer.
Ella no contestó. Lo contemplaba fijamente con ojos de vidrio, como de muñeca,
inmóviles.
—¿Florence?
Hubo un sonido crujiente en su garganta cuando tragó. Fischer se levantó y entró
en el baño, regresando con un vaso de agua.
—Toma —sujetó el vaso para ella.
Florence no se movió. Fischer sujetó el vaso un rato, luego lo dejó en la mesita
de luz. Colocó sus ojos en la tenaz mirada fija de Florence

139
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—¿Puedes hablar? —preguntó.


—¿Permaneciste aquí toda la noche? —indagó Florence.
Fischer asintió con la cabeza.
Desvió su mirada al sillón, luego de regreso a los ojos de Fischer.
—¿En ese sillón? —preguntó.
—Sí.
Lanzó un sonido divertido, como de cínico regodeo.
—¡Estúpido! —recorrió una mirada evaluadora sobre el cuerpo de Fischer.
—Perdiste la oportunidad de acostarte conmigo.
Fischer esperó cautelosamente.
Florence levantó un poco las cobijas y miró abajo.
—¿Quién me puso el camisón?
—Fui yo; la señora Barrett te aseó.
Florence sonrió burlonamente. —¿Y no te divertiste? —preguntó.
Fischer bajó la cabeza.
Algo como una llamarada de conciencia atravesó los ojos de Florence. Su orga-
nismo fue convulsionado por un estremecimiento.
—Oh, Dios mío —susurró. Las lágrimas fluyeron de sus ojos—. Él está dentro de
mí.
Ella extendió la mano temblorosamente hacia él.
Fischer tomó su mano y se sentó a su lado.
—Nos desharemos de él.
Ella negó con la cabeza.
—Lo haremos —él apretó su mano.
Florence arrancó con tanta fuerza su mano que él no pudo sujetarla. Empezó a
desabotonarse el camisón.
—¿Qué estás haciendo?
Ella no le prestó atención. Respirando ásperamente, jaló bruscamente a un lado
los bordes de su camisón, exponiendo sus senos. Fischer se inquietó. Las marcas
de dientes alrededor de sus pezones se habían amoratado e infectado. Florence
puso firmemente sus manos alrededor de cada pecho, comprimiéndolos y jalán-
dolos erectos. Sus pezones se endurecían.
Míralos —dijo.
Fischer agarró sus muñecas y las forzó hacia ambos lados. En ese instante, Flo-
rence perdió la rigidez y, con un gemido de desmayo, revolvió su cabeza en la
almohada. Fischer le subió las cobijas hasta la barbilla.
—Te sacaré de aquí esta mañana —dijo él.
—Él me mintió —su voz era débil—, me dijo que era la única forma.
Fischer se sintió enfermo. —Todavía crees que es Daniel...
—¡Sí! —se volvió repentinamente—, encontré el testimonio de su nacimiento de-
ntro de la Biblia de la capilla.
Ella vio su apariencia de incredulidad.

140
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Él me dejó entrar en la capilla para probar que existió; se enteró de mi herma-
no a través de mis recuerdos, justo como lo habías dicho; siempre supo que le
creería, porque la evocación de la muerte de mi hermano me obligaría a creerle
—se agarró a la mano de Fischer otra vez.
—Oh, Dios mío, ahora está dentro de mí, Ben; no puedo deshacerme de él. Del
mismo modo que en que te estoy hablando, lo puedo sentir allí dentro, esperando
a asumir el control.
Comenzó a sacudirse tan violentamente que Fischer la contuvo colocando sus
brazos alrededor de ella.
—Shhh. Todo va a estar bien. Te sacaré de aquí...
—Él no me dejará ir.
—Él no te puede detener, Florence.
—Sí que puede; claro que puede.
—Pues no lo dejaremos...
Florence se zarandeó y se separó bruscamente, golpeándose duro contra el res-
paldo de la cama.
—¿QUIÉN CARAJO TE CREES? —gruñó—. Tal vez estuviste apetitoso cuando tení-
as quince, pero ahora eres mierda. ¿ME OYES? ¡MIERDA!
Fischer la miró en silencio.
Un flameo en sus ojos reveló el cambio, como la luz del sol frente al paso de una
nube oscura. Instantáneamente volvió en sí otra vez; pero no emergiendo de una
amnesia. Estaba, en lugar de eso, brutalmente consciente todo el tiempo, con
memoria total de cada infamia que se había visto forzada a proferir.
—Oh, ayúdame, Ben.
Fischer la abrazó fuertemente, sintiendo el tumultuoso revuelo en su cuerpo y
mente.
¡Si tan sólo pudiera cavar dentro de su ego como si fuera algún cirujano psíquico,
arrancarle esa masa cancerígena y arrojarla lejos!
Sin embargo, no podía; ya no tenía el poder ni la voluntad.
Él era también una víctima más de esta casa, tal como lo es ella.
Fischer se echó para atrás. —Vamos, vístete. Nos vamos.
Florence lo miró.
—¡AHORA!
Ella asintió; pero al mover la cabeza, pareció el tirón en las cuerdas de una ma-
rioneta cuando el titiritero la gobierna. Apartando la ropa de cama, Florence se
levantó y caminó hacia las gavetas y sacó unas ropas. Luego se encaminó hacia
el baño, ante la atenta mirada de Fischer.
—Florence...
Ella lo miró. Fischer se preparó psicológicamente.
—Mejor te vistes aquí dentro.
El cutis de Florence se puso tenso a través de sus pómulos.
—Pero tengo que hacer pis ¿De acuerdo?

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—¡BASTA! —gritó Fischer.


Florence se estremeció tan violentamente que dejó caer las ropas que llevaba en
las manos; miró a Fischer atolondradamente, como si fuera una niña.
—Basta —repitió quedamente.
Florence se mostró dolorosamente avergonzada.
—Pero es que tengo que... —no terminó la frase.
Fischer la contempló tristemente. ¿Qué ocurre si hace algo allí dentro, algo dañi-
no para sí misma?
Fischer suspiró. —No cierres con llave.
Ella asintió con la cabeza una vez y entró en el baño, cerrando la puerta. Fischer
se relajó al no escuchar el sonido del cerrojo. Se puso de pie y recogió las ropas
que ella había dejado caer.
Miró alrededor con alivio cuando Florence abrió la puerta del baño y salió. Sin
mediar palabra, le alcanzó sus ropas y le dio la espalda, sentándose en la cama.
—Sigue hablando mientras te vistes.
—Muy bien.
Oyó el susurro del camisón al caer. Cerró los ojos y bostezó.
¿Cuánto hace que no duermes? —preguntó ella.
—Dormiré cuando estés fuera de aquí.
—¿Vas a venir conmigo?
—No. Pienso que si permanezco cerrado y no peleo contra la casa, podría que-
darme. No tengo ningún empacho en reclamarle cien mil morlacos al viejo
Deutsch. A él no le harán falta —hizo una pausa—. Te daré la mitad.
Florence no dijo nada.
—Continúa hablando —dijo él.
—¿Para qué seguir hablando?
El tono lascivo de su voz le hizo girar la cabeza.
Ella permanecía parada en el medio de la habitación, desnuda, sonriéndole.
—Vamos, desvístete tú ahora —dijo ella.
Fischer se puso de pie rápidamente.
—Pelea contra eso, Florence; resístete.
—¿Resistir qué? —preguntó ella—. ¿Las ganas de mamarte la pinga?
—Florence...
—Desnúdate. Quiero revolcarme. Como una marrana —se plantó coléricamente.
—¡Desnúdate, marica! ¡Haz querido cogerme por el culo toda la semana!
Se dio vuelta y arqueando la espalda, le ofreció el trasero.
—¿Te gusta lo que ves? ¡Ahora es todo tuyo! ¡VAMOS, CULÉAME!
Fischer aprovechó y se abalanzó sobre ella, tomándola por sus muñecas y la sa-
cudió con fuerza para que se detuviera.
—Pelea, Florence, POR TU VIDA.
—¿Pelear contra qué? ¿Mi... ?
—Resístete, no le des oportunidad.

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—¡OH, DÉJAME IR, MALDITO SEAS!


—¡Resístete! —Fischer presionó los dedos en sus muñecas hasta que ella se arro-
dilló sin aliento hundida en el dolor y la furia.
—¡Quiero cogerte! —gritó.
—¡Por favor, resístete con fuerza, Florence!
—¡Quiero cogerte, quiero cogerte!
Soltando su muñeca izquierda, Fischer la volteó de un tirón y le propinó un cache-
tazo con todas sus fuerzas. Su cabeza chasqueó a la derecha, su expresión era de
entelerido asombro.
Cuando su cabeza volvió, Fischer vio que había sido devuelta en sí. Le ayudó a
incorporarse. Por varios instantes permaneció jadeando y temblando, mirándolo
boquiabierta. Luego miró avergonzada su cuerpo.
—No me mires —imploró.
Fischer soltó su otra muñeca y giró sobre sus talones.
—Vístete —dijo él— y olvida tus cosas; te las llevaré más tarde. Salgamos de
aquí.
—Bien —contestó con un hilo de voz.
Espero que podamos salir, pensó estremeciéndose. Pero ¿Qué voy a hacer si no
nos permiten hacerlo?

7:48 A.M.

—¿Más café?
Lionel volvió su cabeza sobresaltado, y Edith se dio cuenta de que había estado
medio dormido, a pesar de tener los ojos abiertos.
—Lo siento; ¿Te sobresalté?
—No, no —cambió de posición en la silla, haciendo una mueca; trató de alcanzar
la taza con su mano derecha, luego lo hizo con su izquierda.
—Lo primero que hagamos al salir será ver que te curen ese dedo.
—Ajá —dijo Lionel.
El gran vestíbulo estaba en silencio otra vez. Edith se sintió irreal.
Las palabras que cruzaron durante el desayuno le habían parecido artificiales.
«¿Huevos?»
«No, gracias.»
«¿Tocino?»
«No.»
«No veo la hora de dejar este lugar.»
«Sí, lo mismo digo.»
El socorrido diálogo de algún teledrama doméstico.
¿O es la resaca de la tensión por lo ocurrido anoche?
Ella se fijó en Lionel; iba a la deriva otra vez, somnoliento, con sus ojos inviden-

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tes, casi en blanco. Había estado trabajando en el Reversor por más de una hora
antes de que hubieran desayunado, y lo había hecho incesantemente mientras
ella dormitaba en un sillón cercano. Ahora había dicho que estaba casi listo. Ella
miró el Reversor a través del vestíbulo. A pesar de su tamaño imponente, era di-
fícil creer que pudiera conquistar la Casa del Infierno.
Volvió la mirada hacia la mesa.
Todas las cosas que ocurrieron esa mañana habían conspirado para hacerla sen-
tirse irreal, como un personaje de ficción actuando algún papel inexplicable; habí-
an visto al gato correr escaleras abajo, pasar el corredor y dirigirse hacia la capi-
lla silenciosamente, como una forma fugaz, abigarrada en naranja.
Luego, mientras Lionel había estado trabajando en el Reversor, había oído un so-
nido, y al entreabrir los ojos, había visto a un par de viejitos cruzando el vestíbu-
lo, llevando una cafetera y bandejas cubiertas. Medio dormida, se había quedado
mirándolos en silencio, pensando que eran fantasmas; aun cuando hubieron colo-
cado las bandejas en la mesa y hubieron empezado a juntar los platos de la cena,
ella no se había dado cuenta quienes eran. Luego, extrañados, se le habían acer-
cado y, sonriéndole a su propia y engañada mente, Edith dijo:
—Buenos días.
El viejo gruñó, y la mujer inclinó la cabeza, mascullando algo indefinido. En algún
momento siguiente, desaparecieron. Todavía atontada por el sueño, Edith había
comenzado a preguntarse si realmente los había visto. Cuando volvía a caer en el
vacío de un sueño, Lionel tocó su hombro.
Aclaró su garganta, y preguntó: —¿A qué hora calculas que saldremos de aquí?
Barrett sacó de su bolsillo el reloj y abrió la tapa, mirándolo.
—Yo diría que temprano a la tarde —contestó.
—¿Cómo te sientes?
—Destruido —exhibió una sonrisa cansada—. Pero lo vale.
Se volvieron cuando Fischer y Florence entraron en el vestíbulo, vestidos para sa-
lir. Barrett los observó inquisitivamente cuando se acercaron a la mesa. Edith mi-
ró a Florence; estaba muy pálida, y en todo momento su mirada evitó a la de
ellos.
—¿Usted tiene las llaves del auto? —preguntó Fischer, dirigiéndose a Barrett.
Barrett reprimió una apariencia de sorpresa. —Sí, en mi cuarto.
—¿Podría dármelas, por favor?
—¿No podría buscarlas usted mismo? Francamente, no creo poder subir esas es-
caleras otra vez.
—¿En dónde busco?
—En el bolsillo del abrigo.
Fischer apartó la vista.
—Mejor vienes conmigo —le dijo a Florence.
—Estaré bien.
—¿Por qué no se une a nosotros, señorita Tanner? ¿Le sirvo café? —invitó Edith.

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Estuvo a punto de hablar; luego cambió de opinión, e inclinando la cabeza una


vez, se sentó. Edith llenó una taza de café y se la pasó a través de la mesa. Flo-
rence la tomó y murmuró: —Gracias.
Fischer la miró y se mostró inquieto.
—La vigilaremos —intervino Barrett.
Fischer todavía vacilaba.
—Lo que Ben no quiere decirles —dijo Florence—, es que anoche fui poseída por
Daniel Belasco y podría perder los estribos de un momento a otro.
Barrett y Edith plantaron sus ojos en ella. Fischer pudo haberlo dicho, pero el
hecho de que Barrett no les creyese empezaba a enojarlo.
—Ella dice la verdad —dijo él—; por eso no quiero dejarla a solas con ustedes.
Barrett evaluó a Fischer en silencio.
Finalmente reclamó a Florence: —Si le parece, puede ir con él —dijo.
Florence miró hacia Fischer suplicantemente.
—¿No puedo tomar una taza de café primero?
Los ojos de Fischer se estrecharon con sospecha.
—Si ocurre cualquier cosa, entonces llévenme afuera.
—Te compraré café en la ciudad.
—Es un largo camino, Ben.
—Florence...
—Oh, por favor —cerró sus ojos—. Estaré bien. Lo prometo —sonó como si estu-
viera a punto de llorar.
Fischer desvió la mirada, no sabiendo qué hacer.
Barrett habló para quebrantar el penoso silencio: —No hay realmente ninguna
necesidad de quedarse —dijo, dirigiéndose a Florence.
—La casa estará “despejada” para esta tarde.
Ella miró hacia arriba rápidamente. —¿Cómo dice?
La sonrisa de Barrett fue embarazosa.
—Había tenido la intención de explicárselo antes pero, dadas las actuales circuns-
tancias...
—Por favor. Tengo que saber que hará antes de irme.
—No hay tiempo —dijo Fischer.
—Ben, tengo que averiguarlo —dijo desesperada—; no puedo irme hasta que se-
pa lo que va a pasar.
—Oh, carajo...
—Si comenzara a perder el control... —dijo ella, recurriendo a Barrett con gesto
suplicante.
—Bueno... —su tono era dudoso—. Es algo un poco complicado.
—Tengo que saber —dijo ella.
Fischer se sentó cautelosamente cercano a Florence.
¿Por qué estoy haciendo esto? Se preguntó, si en realidad no creía que la máqui-
na de Barrett fuera a producir el mínimo efecto en Hell House.

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¿Por qué no estoy sacándola a la fuerza de aquí? Es su única esperanza.


—Para comenzar con algunos fundamentos —dijo Barrett—, la biología paranor-
mal, expone la premisa de que la voluntad y los poderes intelectuales trascienden
y superan al Hombre como mero organismo viviente, como lo expresó El doctor
Carroll alguna vez; en términos más simples, el cuerpo humano emite una forma
de energía, o si ustedes quieren, un fluido psíquico.
Fischer conservaba sus ojos en Florence.
Esta energía —continuó Barrett—, rodea el cuerpo como una envoltura que no es
perceptible a simple vista, la cuál ha sido denominada “el aura”.
Este aura, puede ser moldeado por la mente más allá de los límites del sujeto,
dónde puede crear efectos mecánicos, químicos, y físicos: las percusiones, los
olores y el movimiento de objetos inanimados, por ejemplo. Es justamente lo que
hemos visto y experimentado repetidamente en estos últimos días. Creo que
cuando Belasco hablaba de «La Influencia», se refería específicamente a este tipo
de energía.
Fischer miró a Barrett, y una emoción ambivalente creció dentro de él.
El buen doctor suena tan aplomado. ¿Será posible que haya podido reducir todas
las creencias de su vida a algo tan simple y tan pequeño, para que puedan caber
en la platina de su microscopio?
—A través de las edades —prosiguió—, la evidencia de esta premisa en cada nue-
vo nivel de desarrollo humano ocasionó su propia explicación particular.
En la Edad Media, por ejemplo, el pensamiento supersticioso fue dirigido hacia los
llamados demonios y las brujas. Consecuentemente, esos demonios y esas brujas
fueron manifestados, creados por esta energía psíquica, por estas “influencias”;
es decir, el hombre ha fabricado y dado cuerpo con su mente incluso a sus pro-
pios temores. De más está decir entonces, que los médium siempre han produci-
do esta clase de fenómenos consciente o inconscientemente, para justificar sus
creencias.
Fischer volvió la mirada a Florence, en vista de que ella ya había sido golpeada
antes por estas palabras.
—Éste es ciertamente el caso del Espiritismo. Los médium apegándose a esta fe
crean su propio fenómeno exclusivo, vulgarmente llamado comunicación con los
espíritus.
—No tan «vulgarmente», doctor —la voz de Florence era tirante.
—Déjeme continuar, señorita Tanner —dijo él—. Usted me puede refutar más tar-
de si lo desea. Según los registros, las únicas veces en que los exorcismos tienen
efecto sobre posesiones o casas embrujadas, ocurren cuando el médium que pro-
voca esos fenómenos es altamente religioso; consecuentemente el fenómeno es
“removido” por el exorcismo. En algunos otros casos, incluso en esta casa, mu-
chos litros de agua bendita y muchas horas de exorcismo han fracasado, debido a
que el médium involucrado carece de fe religiosa, y no se conmueve ante las ple-
garias o la palabrería sagrada.

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Fischer vigilaba atentamente a Florence. Su cara estaba pálida y sus labios apre-
tujados.
—Otro ejemplo de este mecanismo biológico —decía Barrett—, es el llamado
“magnetismo animal”, que produce fenómenos psíquicos igualmente impresionan-
tes como los producidos por el espiritismo, pero falto de cualquier característica
religiosa.
—¿Se preguntarán cómo funciona este mecanismo? ¿Cuál es su génesis? Bueno,
el químico austriaco Reichenbach, en los años entre 1845 y 1868 estableció la
existencia de una radiación fisiológica.
Sus experimentos consistieron, primero, en exponer a personas con sensitividad
psíquica al poder magnético de imanes o hierros imantados; lo que pudieron ob-
servar fue muy interesante: fulgores de luz en los polos, como llamitas de longi-
tud desigual, la más pequeña en el polo positivo.
—Después, la observación en cristales causó los mismos resultados que los obte-
nidos con los imanes. Finalmente, el mismo fenómeno fue observado en el cuerpo
humano.
—Más tarde, El coronel De Rochas continuó los experimentos de Reichenbach,
descubriendo que estas emanaciones son azules en el polo positivo, y rojas en el
polo negativo. En 1912, el doctor Kilner, un miembro del Real Colegio de Fisiolo-
gía de Londres, publicó los resultados de cuatro años de experimentación durante
la cual, por el uso de la “pantalla de dicianina”, el así llamado aura se hizo visible
al ojo humano. Cuando el polo de un imán se acercaba a las proximidades de este
aura, aparecía una emanación, un rayo que unía el polo del imán con el punto
más cercano de ese cuerpo; luego, cuando el sujeto se exponía a una carga elec-
trostática, el aura gradualmente desaparecía, para regresar cuando la carga se
eliminaba.
—Desde luego, estoy resumiendo demasiado esta progresión de descubrimientos
para no aburrirlos —sonrió Barrett—, pero el resultado final es irrefutable; La
emanación psíquica que irradian todos los seres vivientes es un campo de radia-
ción electromagnética.
Barrett miró alrededor de la mesa, decepcionado por la llanura de sus expresio-
nes.
¿No se dieron cuenta de lo que dije?
Volvió a sonreír. No había manera de que se dieran cuenta de la importancia de
sus palabras hasta que las hubiera desmenuzado.
—RADIACIÓN ELECTRO-MAGNÉTICA o REM —dijo triunfante—. Todos los orga-
nismos vivientes emiten esta energía, y su dínamo es la mente. El campo elec-
tromagnético alrededor del cuerpo humano se comporta precisamente como lo
haría cualquier otro, según las leyes físicas. Además, tal campo puede afectarse a
sí mismo, y hacia afuera de sus límites; por ejemplo, durante picos de emoción
violenta, el campo se agranda y robustece, imprimiéndose en el ambiente circun-
dante con más fuerza. Si esta cantidad de fuerza quedara contenida, persistirá en

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dicho ambiente, saturándolo; y si no se disipara adecuadamente, interferirá per-


turbando a todos los organismos vivientes que sean sensibles a él: personas, pe-
rros, gatos, etcétera; en resumen, estableciendo en ese lugar una ATMÓSFERA
ESTIGMATIZADA, ó si quieren llamarla vulgarmente, un “lugar encantado” o “una
casa embrujada”.
—Piensen por un segundo en todos los hechos aberrantes que sucedieron en esta
casa. ¿Podría caberle el apelativo de estigmatizada? La respuesta es sí, y holga-
damente. Consideren los años de violencia emocional, maldad gratuita y destruc-
tiva que impregnaron estas paredes como esponjas, irradiándolas y fecundándo-
las con un poder tal, que cincuenta años después, todavía no se ha disipado natu-
ralmente. La Casa del infierno es, en esencia, una batería gigante, un intestino
estreñido ó un océano venenoso que, inevitablemente, intoxica a todos los que se
adentran en él, ya sea intencionalmente o involuntariamente; como se afectó us-
ted, señorita Tanner. O usted, señor Fischer. O mi esposa. O yo mismo.
—Todos nosotros hemos sido víctimas de estas acumulaciones nocivas, pero muy
especialmente usted, señorita Tanner, porque deliberadamente vino a buscarlas
inconscientemente, tratando de utilizarlas para probar su interpretación personal
de «la existencia de espíritus.»
—Eso no es cierto.
—Oh sí, es bien cierto —desafió Barrett—. Si fue cierto para aquellos que entra-
ron aquí en 1931 y 1940, también es cierto para usted.
—¿Y qué hay acerca de usted? —demandó Fischer—. ¿Cómo podemos saber si su
interpretación no está mal?
—Se lo demostraré esta tarde —dijo Barrett—, cuando active mi Reversor. Irra-
diará el ambiente con un pulso electromagnético que purgará toda la casa. Esta
carga se opondrá a la polaridad de la atmósfera reinante y la disipará. Así como
la luz invalida los fenómenos producidos por los médium, la radiación de mi Re-
versor invalidará todos los fenómenos de la Casa del Infierno.
Barrett se reclinó en su silla; no había estado consciente, hasta ahora, del dolor
que sentía al estar inclinado hacia adelante.
Florence estaba sentada en estricto y atormentado silencio. Edith sintió un poco
de piedad hacia ella. ¿Después de lo que había explicado Lionel, cómo alguien
podría dudar que estaba en lo correcto?
—Una pregunta —dijo Fischer.
Barrett lo miró.
—¿Existe el peligro de que el poder de esta casa se restaure en una vez que el
pulso electromagnético haya cesado? ¿Qué le impedirá volver a formarse, si el
aura es capaz de restablecerse?
—No, no es posible porque la radiación humana es de naturaleza viviente. La ra-
diación en esta casa es sólo residual. Una vez que haya sido disipada, no podrá
regresar.
—Doctor —dijo Florence.

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—¿Sí?
Ella pareció tomar coraje. —Nada de lo que usted ha dicho contradice lo que yo
creo.
Barrett se mostró asombrado. —No puede estar hablando en serio.
—Sí. Puedo. Por supuesto que hay una radiación y, claro está, persiste. Porque la
personalidad del poseedor sobrevive después de la muerte. Su radiación es el
cuerpo superviviente.
—Bueno, aquí es donde nos separamos, señorita Tanner —dijo Barrett—. El resi-
duo del que hablo no tiene nada que ver con la supervivencia de la personalidad.
Créame, el espíritu de Emeric Belasco no deambula por esta casa; ni siquiera su
hijo o cualesquiera de las llamadas «entidades» que usted ha creído contactar.
Sólo hay una cosa en esta casa, y esa cosa es simple energía, sin inteligencia y
sin dirección.
—Ajá —dijo ella. Su voz estaba calmada—, entonces, no hay nada más que
hacer.
Su movimiento los atrapó por sorpresa. Cuando se sobresaltaron al escuchar el
estampido del respaldo de su silla contra el suelo, Florence ya estaba de pie con
un salto vertiginoso y elástico y corría hacia el Reversor. Los tres quedaron con-
gelados en su lugar por un extasiado momento. Luego, simultáneamente, Barrett
gritó jadeando y Fischer salió en persecución de la médium, golpeándose las ca-
deras contra el borde de la mesa.
Antes de que él llegara a mitad del camino, Florence aferraba la barreta con sus
manos y la asestaba con todas sus fuerzas en el tablero del Reversor. Barrett gri-
tó desesperadamente, chillando al incorporarse, con su cara desencajada, escu-
chando el sonido resonante del acero golpeando los instrumentos, encogiéndose a
cada impacto como si los golpes los recibiera él.
—¡NO, POR FAVOR, DETÉNGANLA! —lloró Barrett.
Florence seguía aporreando; esta vez, la parte frontal de la máquina. El cuadran-
te de cristal de un indicador estalló bajo la barra de acero. Barrett empezó a ca-
minar, horrorizado. Al apoyar su pierna derecha por delante, cayó al piso estrepi-
tosamente.
Edith brincó sobre él. —¡Lionel! —gritó.
Fischer había alcanzado a Florence para entonces. Aferrándosele por su hombro,
la jaló bruscamente hacia él. Ella giró rápidamente y le lanzó un golpe en su cara,
con expresión de furia maníaca; moviendo la cabeza a la izquierda, Fischer consi-
guió esquivarla por centímetros. Volviendo a arrojarse sobre ella, agarró su brazo
derecho, forcejeando por la posesión de la palanca. Florence retrocedía gruñendo
como un animal enloquecido. Una feroz sacudida entumeció a Fischer cuando ella
se plantó y le lanzó un rodillazo al abdomen, quebrando su agarre.
Ciego para todo menos para su Reversor, Barrett no miró a Edith cuando ella lo
ayudó a levantarse. Una vez liberado del apoyo de su esposa, comenzó a ren-
quear sin su bastón hacia la máquina, con doloridos y atolondrados pasos.

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—¡Párenla! ¡Párenla! —lloró.


Fischer había agarrado los brazos de Florence otra vez. Ella se dejó caer de lado
con todas sus fuerzas y ambos colisionaron contra el frente del Reversor. Fischer
pudo sentir el aliento caliente de la médium en su mejilla, y el espumante gruñido
húmedo de su boca. Ella consiguió liberar con fuerza su brazo derecho y le dirigió
un golpe. Fischer se agachó, proyectando hacia arriba sus brazos, y la palanca lo
alcanzó en la muñeca derecha. Gimiendo de dolor, bajó el brazo, quedando inde-
fenso, y el siguiente golpe no pudo evitarlo. La barreta impactó violentamente
contra su cráneo, y una roja explosión de dolor lo cegó. Sus ojos quedaron fijos,
y cayó sobre sus rodillas.
Florence levantó la palanca para golpear otra vez.
Barrett estaba sobre ella, con todo el impulso del frenesí en sus brazos; y con un
insólito y único movimiento rotatorio de su muñeca derecha, arrebató limpiamen-
te la barra de acero de la mano de Florence.
La médium retrocedió girando. La cara de Barrett se había puesto blanca como la
nieve.
Faltándole el aliento, reculó tropezando con sus propias piernas; en una mano
sostenía la barreta y la otra se aferraba a su costado. Edith lanzó un alarido
cuando la barreta se resbaló y cayó a la alfombra. Lionel comenzó a caer.
Edith corrió hacia su marido, pero el repentino movimiento de Florence la congeló
a mitad de camino. La médium había recuperado la palanca. En lugar de volver a
aporrear a la máquina, cambió de dirección súbitamente hacia Edith y empezó a
acercársele de modo amenazador.
—Ahora es tu turno, perra lesbiana —dijo ella, triturando las palabras.
Edith la miró boquiabierta, más enervada por sus palabras que por la vista de Flo-
rence asechándola con la barreta levantada.
—¡Voy a hacer pedazos tu puto cráneo —rumió Florence— y convertiré tus cochi-
nos sesos en mermelada!
Edith movió la cabeza a los lados, retrocediendo. Miró a Lionel desesperadamen-
te, que se contorsionaba en el piso, adolorido. Ella empezó a moverse hacia él,
pero con un salvaje aullido, Florence echó a correr tras ella, blandiendo la palan-
ca. Edith hizo un rápido viraje y conteniendo un grito, escapó hacia el vestíbulo
de entrada, con su mente lavada por el pánico. Al correr, oyó el ruido sordo de
los zapatos taconeando la alfombra detrás de ella. Florence se acercaba cada vez
más; pasó velozmente por el vestíbulo de entrada y subió las escaleras.
Ella sabía que no podría alcanzar su cuarto, ya que alcanzó a ver de reojo a Flo-
rence sólo varios metros atrás. Impulsivamente, se zambulló dentro del cuarto de
la médium y cerró de un golpe la puerta. Al intentar echar llave, un gemido de
horror escapó de sus labios al ver la cerradura destrozada. Demasiado tarde. La
puerta se abría.
Perdiendo el equilibrio, cayó de espaldas y gateó hacia adentro.
Florence encendió la luz y caminó a través del cuarto lentamente, jadeando y

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sonriendo.
¿Pero, de qué te asustas? —preguntó.
Descuidadamente, dejo caer al suelo la palanca de acero.
—Oh, no voy a lastimarte.
Edith se encorvó en el piso, mirándola fijamente.
—No voy a hacerte daño, preciosa.
Edith sintió un espasmo en sus músculos estomacales. La voz de Florence era
empalagosa, sensual, casi ronroneante.
Comenzó a quitarse su abrigo, mirando a Edith provocativamente; luego, se des-
abotonó el suéter. Edith, galvanizada en el suelo, comenzó a negar con la cabeza.
—No sacudas la cabeza —dijo Florence—. Tú y yo vamos a pasar un rato delicio-
so.
—No —Edith retrocedió un poco más, sobre sus manos.
—Oh, sí —Florence se quitó el suéter y lo tiró a un lado. Avanzando lentamente a
través del cuarto, alcanzó a desenganchar su sostén y soltarlo.
—¡Por favor, no lo haga!
Edith se mantuvo negando con la cabeza mientras Florence se le acercaba; ahora,
abría la cremallera de su falda, con una sonrisa torcida en sus labios. Edith se to-
pó con la cama y recobró su aliento convulsivamente; ya no podía retroceder
más. Fría y débil, observó a Florence dejar caer su falda, y doblarse para quitarse
sus bragas. Dejó de negar con la cabeza.
—No, no, no —imploró.
Desnuda, Florence se dejó caer sobre sus rodillas, sobrepasando las piernas de
Edith. Deslizando ambas manos debajo de sus senos, los sostuvo y los sopesó
delante de la cara de ella; Edith se horrorizó con las marcas y surcos violáceos en
las aureolas.
—¿No son hermosos? —dijo Florence—. ¿No te parecen deliciosos? ¿Te gustaría
probarlos? Esas palabras metieron una lanza de terror en el corazón de Edith. Se
quedó con la mirada fija cuando Florence se acarició sus senos delante de ella.
—Aquí, siéntelo duro —dijo—. Florence soltó su pecho izquierdo, y tomó la mano
de Edith, atrayéndola hacia el pezón erecto.
La percepción de la carne caliente y firme contra sus dedos desbordó una represa
de sensaciones en el pecho de Edith. Un sollozo de angustia la estremeció.
¡No, yo no soy así! ¡No me gusta! gritó su mente.
—Por supuesto que sí, mi querida —le contestó Florence, como si Edith hubiera
gritado en voz alta—. Ambas somos así. Siempre hemos sido así. Los hombres
son feos, los hombres son crueles; sólo entre mujeres podemos sentir confianza.
Sólo entre mujeres podemos amarnos.
—¿Tu padre trató de violarle, no es cierto, amor?
¡¿Cómo sabía eso?! Pensó Edith, horrorizada. Sacudió con fuerza ambas manos y
las presionó firmemente contra su cuerpo, con sus ojos cerrados.
Con un gruñido animal, Florence se tumbó sobre ella. Edith trató de empujarla,

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pero Florence era demasiada pesada. Edith sintió las manos de la médium suje-
tando con fuerza su nuca, haciéndole subir su cara.
La boca abierta de Florence se incrustó violentamente contra los labios de Edith,
que procuraba desasirse, mientras sentía la lengua de Florence abriéndose paso a
la fuerza dentro de ella.
Ahora, el cuarto comenzó a dar vueltas alrededor de ella, floreciendo en calor. Su
cuerpo le pesaba; se sintió floja, entumecida. Ya no podía mantener unidos sus
labios, y la lengua de Florence se zambulló profundamente en su interior, lamién-
dole el paladar. Rizos de voluptuosidad centellearon a través de su cuerpo. Flo-
rence aferró la mano de Edith y volvió a frotársela sobre el pecho otra vez; ya no
podía arrancar su mano. Sus orejas le quemaban y el calor se extendió a lo largo
de su piel.
El grito de Lionel cortó el refregón. Edith sacudió con fuerza su cabeza hacia un
lado, tratando de mirar sobre la melena de Florence. El manto caliente desapare-
ció y el frío se apresuró a través de ella; miró hacia arriba y vio la cara torcida de
Florence amenazadoramente en lo alto. Lionel gritó su nombre otra vez. —¡Aquí
dentro! —lloró Edith.
Florence se apartó de ella, mirando su propio cuerpo con enfermizo beneplácito;
se incorporó rápidamente y entró corriendo al baño. Edith se puso de pie trabajo-
samente y se tambaleó hacia la puerta, para caer en los brazos de Lionel cuando
él entraba. Se aferró a él, y comenzó a llorar temblorosamente.

9:01 A.M.

—Usted estará bien —Barrett palmeó el hombro de Fischer—, sólo quédese en


cama un rato; no se mueva.
—¿Cómo está ella? —Fischer habló entre dientes.
—Dormida. Le di unas píldoras.
Fischer trató de enderezarse, pero cayó hacia atrás, quedándose sin aliento.
—No se mueva —repitió Barrett—. Tiene un lindo chichón en la frente.
—Tengo que sacarla de aquí.
—Yo la sacaré, no se preocupe —dijo Barrett.
Fischer lo miró suspicazmente.
—Se lo prometo —dijo Barrett—. Ahora descanse.
Edith estaba asomada en la puerta. Barrett tomó su brazo y la indujo al corredor.
—¿Cómo está? —preguntó.
—A menos que tenga una concusión más severa de lo que pienso, está bastante
bien.
—¿Qué hay acerca de ti?
—Simplemente algunas horas más —dijo Lionel.
Edith vio que sujetaba el brazo derecho como si estuviera quebrado. Había una

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nueva y fresca mancha roja en el vendaje del pulgar. Cuando arrebató la palanca
de las manos de Florence, debió haber apartado los labios de la herida. Ella estu-
vo a punto de mencionarlo, pero se contuvo, con un sentido de desesperación ab-
soluta oprimiéndola.
Lionel abrió la puerta del cuarto de Florence, y ambos se acercaron a su cama.
Yacía inmóvil bajo las frazadas. Después de que Lionel le hubo hablado por algún
tiempo, ella emergió del baño cubierta con una toalla, sin hablar, y con la mirada
en blanco; y con ojos abatidos como de niña arrepentida, aceptó las tres píldoras,
se puso el camisón, y en instantes dormía profundamente.
Barrett le levantó su párpado izquierdo y auscultó el ojo fijamente. Edith evitó su
cara. Luego Lionel volvió a tomar a Edith por el brazo y la condujo al corredor,
encaminándose dolorosamente a su habitación.
—¿Me alcanzarías un vaso de agua? —solicitó Lionel.
Edith entró en el baño y llenó un vaso. Cuando ella regresó, Lionel estaba en ca-
ma, sentado contra la cabecera.
—Gracias —murmuró al recibir el vaso; tenía dos codeínas en su palma. Las tra-
gó, apurado—. Voy a llamar por teléfono al hombre de Deutsch para que envíe
una ambulancia.
Edith sintió una momentánea brisa de esperanza.
—Quiero que lleves a Fischer y a Tanner al hospital más próximo.
La esperanza se fue. Edith lo miró desconsolada.
—Me gustaría que te fueras con ellos —atajó Lionel.
—No antes que tú.
—Edith, me harías sentirme mucho mejor.
Edith negó con la cabeza. —Nunca sin ti.
Lionel suspiró. —Muy bien. Terminaré esta tarde, de todos modos.
—¿Lo harás?
Barrett se mostró asombrado. —¿Acaso perdiste tu fe en mí?
—¿Y qué pasó con la máquina?
—¿No lo ves? Esto prueba lo que yo decía.
—¿Cómo?
—El ataque al Reversor fue su último gesto de reconocimiento y aceptación. Ella
sabe que estoy en lo correcto. «Entonces, no hay nada más que hacer», fueron
sus propias palabras, si mal no recuerdo; no le quedaba otra cosa por hacer, ex-
cepto destruir mis creencias antes de ver destruidas las suyas.
Barrett alcanzó a Edith con su mano izquierda y la atrajo hacia la cama.
—Ella no está poseída por Daniel Belasco —dijo—. Ella no está poseída por nadie,
salvo por su yo interior, su verdadero ser, su ego reprimido.
Lo mismo que me pasó con Fischer, pensó ella. Miró a Lionel sin esperanzas.
—La personalidad de los médium es muy inestable y complicada —dijo.
—Cualquiera que se haga llamar psíquico invariablemente resulta ser un histérico,
una víctima de su propia conciencia dividida. El parecido entre el trance del mé-

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dium y un ataque de sonambulismo es asombroso. Las personalidades van y vie-


nen, una y otra vez, y sus métodos de expresión son idénticos, al igual que sus
estructuras psicológicas: la amnesia al despertarse y la calidad artificial de sus
personalidades alternativas.
—Lo que hemos presenciado esta mañana es una parte de la personalidad de Flo-
rence Tanner que siempre ha mantenido escondida, incluso de sí misma.
—Piénsalo: su paciencia convirtiéndose en cólera, su abandono convirtiéndose en
furia —hizo una pausa—, su templanza convirtiéndose en desenfrenada sexuali-
dad.
Edith inclinó su cabeza. No lo podía mirar. Igual que yo, pensó.
—Oh, está bien —adivinó Lionel.
—No —ella negó con la cabeza.
—Si hubieran... algunas cosas que discutir, las discutiremos en casa.
En casa, pensó Edith. Nunca una frase le hubo parecido tan lejana.
—Muy bien —dijo ella; pero fue la voz de alguien más.
—De acuerdo —dijo Lionel—. Además de mi trabajo, entonces, alguna iluminación
personal habremos conseguido esta semana —sonrió—. Ánimo, corazón, todo
saldrá bien.

9:42 A.M.

Barrett abrió los ojos, para encontrarse mirando la cara durmiente de Edith. Sin-
tió una punzada de preocupación; no había tenido la intención de dormir.
Descolgó su bastón de la cabecera y resbaló sus piernas sobre el borde del col-
chón; ya sentado, se puso los zapatos trabajosamente. Luego cruzó alternada-
mente sus piernas para atarse los cordones con la mano izquierda.
Apoyó los pies y pudo sentir alguna mejora en sus tobillos. Extrajo su reloj y lo
consultó. Se acercaban las diez. Se angustió. ¿Las diez de la mañana o las diez de
la noche? En esta condenada casa de ventanas tapiadas, no había forma de estar
seguro.
No quiso despertar a Edith. Ella había tenido muy pocas horas de sueño esta se-
mana. ¿Sin embargo, se atrevería a dejarla sola? Se puso de pie, indeciso, mi-
rándola dormir en la cama de al lado. ¿Habrá pasado algo en los últimos cuarenta
minutos mientras él dormía? Ya había caminado en sueños antes, sin tener ante-
cedentes de sonambulismo.
Decidió dejar abierta la puerta y bajar la escalera lo más rápido como le fuera po-
sible. Si cualquier cosa ocurriese, seguramente se daría cuenta de eso.
Salió del cuarto y cojeó en el corredor, apretando los dientes por el dolor en su
pulgar.
A pesar de que había abusado de la codeína, ese maldito dedo latían sin parar.
Quien sabe que aspecto tendría ahora; no tenía ninguna intención de comprobar-

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lo. Indudablemente requeriría cirugía menor cuando este trabajo estuviese termi-
nado; incluso podría quedar parcialmente incapacitado del pulgar. No importa, el
precio era aceptable.
Abrió la puerta de Fischer y miró adentro. Fischer no se había movido. Barrett es-
peraba que aún permaneciese dormido cuando lo cargasen fuera de aquí en una
camilla. Él no tenía nada que hacer aquí; nunca lo tuvo.
Al menos, sobreviviría para contarlo otra vez.
Se dirigió al cuarto de Tanner y entreabrió la puerta. Ella también estaba inmóvil.
Barrett la contempló con compasión. Esa pobre mujer tendrá muchísimo que con-
frontar después de abandonar esta casa. ¿Podría sobreponerse a la mentira de su
existencia pasada? ¿Podrá dejar atrás la tontería del espiritismo? Probablemente,
no. Lentamente, volvería sigilosamente a la pretensión; sería menos difícil para
ella.
Se apartó de la puerta de Florence y se encaminó hacia la escalera.
Después de todo, esta ha sido una semana extraordinaria, pensó. Sonrió involun-
tariamente. Y menos mal que Tanner había quedado cegada por su furia; porque
si hubiera sabido donde golpear en el Reversor, si hubiera propinado un par de
buenos golpes en las partes más delicadas, todo el proyecto habría quedado
arruinado. Tembló ante ese pensamiento.
¿Qué haremos después de haber dejado la casa? Se preguntó al bajar la escalera
vacilantemente, con su mano izquierda en el pasamanos. Era una especulación
interesante. ¿Qué hará Fischer con cien mil dólares en sus bolsillos?
En lo que respecta a Edith y a él mismo, el futuro era relativamente claro. Evitó
pensar acerca de sus problemas personales aún sin solucionar. Eso lo dejarían
para más adelante.
Al menos todos ellos saldrían vivos de la Casa del Infierno. Como líder extraoficial
del grupo, sintió un poco de orgullo de eso; aunque quizás, fuera un poco absur-
do sentirlo.
En las expediciones de 1931 y 1940, los grupos habían sido virtualmente exter-
minados. Esta vez, cuatro de ellos habían entrado en Hell House, y los cuatro sal-
drían ilesos esa misma noche.
Se preguntó qué haría con el Reversor después de hoy.
¿Debería dejarlo en exhibición en su laboratorio de la universidad? Eso sería lo
más probable. Tal vez, sería como exhibir la cápsula espacial del primer astronau-
ta en órbita; y algún día muy lejano, el Reversor ocuparía un lugar de honor en el
Museo Smithsoniano. Sonrió sarcásticamente. O Tal vez nunca.
No te engañes, Lionel. El mundo científico no perderá el equilibrio por tu triunfo.
No, faltan todavía muchos años antes de que la parapsicología consiga un lugar
de prestigio al lado de las otras ciencias naturales.
Caminó hacia las puertas principales y abrió una. Luz del día. Cerró la puerta,
renqueó hasta el teléfono, y llamó.
No hubo respuesta. Barrett volvió a marcar y jugueteó con el cable mientras es-

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peraba. Vamos, contesten. Nada. Marcó otra vez. Nunca podría sacar a Fischer y
a Tanner de aquí sin la ayuda de alguien.
Estaba a punto de colgar cuando escuchó el chasquido característico del auricular
levantándose en el otro extremo de la línea.
—¿Sí? —contestó el hombre de Deutsch.
Barrett exhaló con alivio.
—Puff, usted me preocupó un poco. Habla Barrett. Necesitamos una ambulancia
en la casa Belasco.
Silencio.
—¿Me oyó usted?
—Sí.
—Mire, la necesito de inmediato; el señor Fischer y la señorita Tanner requieren
hospitalización urgente.
No hubo respuesta.
—¿ENTIENDE LO QUE LE ESTOY DICIENDO?
—Sí.
La línea quedó silenciosa.
¿Oiga, que le pasa? —inquirió Barrett.
El hombre suspiró repentinamente.
—Caramba, esto no es justo para usted —dijo coléricamente.
—¿Qué pasó?
La voz del hombre vaciló.
—¿Hola?
Otra vacilación; luego el hombre dijo rápidamente: —El viejo Deutsch falleció
anoche.
—¿Murió?
—Sí. Tenía cáncer terminal... Se le fue la mano con las píldoras para aliviar el do-
lor... Se mató accidentalmente.
Barrett sintió que su cerebro crecía y comenzaba a presionar agudamente su crá-
neo.
—¿Por qué no nos llamó antes? —preguntó.
—Porque recibí órdenes de no hacerlo.
Órdenes del hijo, pensó Barrett.
—Además... —la voz del hombre era apenas perceptible.
—¿Qué cosa?
—...Recibí órdenes de dejar todo como está.
—¿Y que hay de nuestros honorarios? —Barrett tuvo que preguntar, si bien cono-
cía la respuesta.
—No sé nada sobre eso, pero dadas las circunstancias... —dijo el hombre, suspi-
rando—. ¿Tiene algo por escrito? ¿Algún contrato firmado?
Barrett cerró los ojos.
—No.

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—Oh, ya veo —el tono del hombre fue lacónico—. Entonces está a merced de ese
roñoso hijo de... —se cortó— ...de él —y continuó—: Vea doctor, le hablaré con
franqueza: me disculpo personalmente por no haberle llamado antes, pero mis
manos están atadas. Tengo que volver a Nueva York de inmediato. Usted tiene el
coche allí. Le sugiero que salgan de la casa. Hay un hospital aquí en Caribou Falls
al que pueden ir. Haré lo que pueda por usted... —su voz se desvaneció, y luego
hizo un ruido de repugnancia—. Caramba, probablemente yo también me meta
en apuros y pierda mi empleo. No puedo aguantar a ese tipo. El padre era un pe-
dazo de mierda, pero el hijo...
Barrett colgó ruidosamente el teléfono, estremecido por una sombría oleada de
desesperación: ningún dinero, ninguna provisión para Edith, ninguna jubilación,
ninguna oportunidad de descansar.
Apoyó su frente contra la pared.
—No, no, ¡NO! —gritó.
El pantano.
Barrett giró rápidamente con un jadeo y miró alrededor del vestíbulo de entrada
como si alguien le hubiera susurrado inadvertidamente. Esas palabras habían
asaltado su mente. No, pensó. Apretó sus dientes.
—No —le dijo a la casa, moviendo la cabeza a los lados.
Se encaminó hacia la gran sala.
—No vas a ganarme —dijo—. No podré conseguir el dinero, pero tú no vas a ven-
cerme. No tú. Porque conozco tu secreto. Y voy a destruirte.
Jamás había sentido tanto odio en su vida. Se acercó al Reversor y lo señaló con
el dedo, con un gesto de triunfo.
—¡AQUÍ ESTÁ! ¡AQUÏ ESTÁ TU CONQUISTADOR!
Tuvo que apoyarse contra la pared del pasaje abovedado, agotado, transido de
dolor y desesperanzado. No importa, se dijo a sí mismo; cualquier dolor que sin-
tiera era secundario. Más tarde se preocuparía por Fischer y Tanner, más tarde se
preocuparía por Edith y por sí mismo. Había solo una cosa que tenía importancia
en este momento: terminar su trabajo y derrotar a Hell House.

10:33 A.M.

Se sintió a sí misma flotando de regreso desde la oscuridad.


«No debes dormir, hermosa»... «Levántate, vamos»...
La voz de Daniel la piropeaba dentro de su cerebro.
A ella le pareció que sus venas y sus arterias se comprimían y que cada célula de
su cuerpo se esforzaba por rechazar el sopor y la oscuridad del sueño; todo su
organismo luchaba contra el efecto soporífero de las píldoras, sacándolo por la
fuerza a través de sus poros. Daniel aceleraba su metabolismo, echando leña en

157
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los ocultos hornillos de sus riñones, donde se quemaban apresuradamente los úl-
timos ingredientes narcóticos. Su torrente sanguíneo fluía exaltado.
«Adelante; tu puedes, dulzura» le dijo Daniel; «No, déjame» gimió Florence.
La presión en sus riñones y en su vejiga era arrolladora.
Ya no pudo contenerse; sintió el irrefrenable chorro caliente de orina en sus mus-
los, y lanzó un agudo alarido de vergüenza.
Repentinamente, estaba despierta. Empujó a un lado la ropa de cama y se levan-
tó, mirando aturdida la sábana empapada. Ahora él estaba tan arraigado en su
interior que podía controlar el funcionamiento de su cuerpo.
«—Florence».
Ella sacudió con fuerza su cabeza al ver su cara proyectada en el reflejo plateado
de la lámpara colgante.
«—Por favor» —dijo él.
Ella lo miró. Él comenzó a sonreír.
«—Por favor» —se burló.
—Basta.
«—Por favor, házmelo dulcemente» —volvió a mofarse.
—Detente.
«—Por favor» —le mostró sus dientes en una satírica sonrisa.
«—Por favor».
—¡NO! —chilló.
«—Oh, por favor, por favor, por favor, por favor por favor, por favor...»
Florence dio vueltas y trastabilló hacia el baño. Una mano fría la asió del tobillo, y
cayó pesadamente al piso. La presencia helada de Daniel inundó todo su cuerpo,
mientras su voz, su aullido demencial, berreaba en sus oídos:
«—¡Por favor, házmelo dulcemente, por favor, por favor..!»
Ella no podía emitir ningún sonido; Su presencia parecía controlar su aliento.
«—¡Por favor, por favor!» —comenzó a reírse con sádico placer.
¡Ayúdame, Dios mío! Pensó Florence, en agonía—. ¡Ayúdame, Dios!
—Llévame contigo, Señor! —imploró—. Llévame contigo, Señor!
«—Llévame contigo, Señor!» —se burlaba Daniel, imitando su voz.
Florence presionó ambas manos sobre sus oídos.
—¡OH, DIOS! —lloró.
Su presencia desapareció. Florence se quedó jadeando convulsivamente. Se puso
de pie dificultosamente y se encaminó fuera del baño.
«—¿Ya te vas?» —dijo su voz—. Florence trató de poner su mente en contra de su
voluntad. Giró sobre el lavatorio, abrió el agua fría y la salpicó en su cara.
Se miró al espejo. Su cara estaba pálida, surcada por arañazos, costras oscuras y
magulladuras descoloridas. Lo que podía ver en su cuello y pecho superior, eran
marcas y laceraciones dentadas. Inclinándose hacia adelante, se vio los senos in-
flamados, y los tarascones de sus aureolas estaban negros ahora.
La puerta se cerró, y ella giró sobre sus talones, quedándose rígida. Vio el reflejo

158
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completo de su cuerpo en el espejo grande fijado al dorso de la puerta. Trató de


resistir, pero algo frío enfiló hacia arriba desde su cintura hasta sus hombros; ella
respiraba por la boca, y miraba con ojos bien abiertos.
En un momento, comenzó a sonreír. Reclinada voluptuosamente, sus ojos se en-
trecerraron. Daniel estaba detrás de ella, desnudo, apoyado en el borde del lava-
torio. Florence pudo sentir su órgano endurecido enterrándosele profundamente
en el recto. Sus manos estaban alrededor de sus senos, amasándolos. Se levantó
el ruedo del camisón al ver a Edith entrando calladamente en el baño; luego,
Edith cayó de rodillas delante de ella, y metiendo su cabeza entre los mojados
muslos de Florence, extendió la lengua y saboreó golosamente su vagina. Floren-
ce se relamió de placer y corcoveó ávidamente hacia atrás contra Daniel.
Esto era lo que ella quería. Lo que siempre quiso.
Una sacudida eléctrica chispeó a través de ella. Repentinamente se vio, en el es-
pejo de cuerpo entero, encorvada y apoyada en el borde del lavabo, con su pier-
na izquierda levantada en un obsceno gesto de laxitud, y los dedos de su mano
derecha en su entrepierna. Con un rezongo de náusea, retiró con fuerza los de-
dos.
«—Cochina y traviesa» —una risa grosera sonó detrás de ella.
El cuarto de baño estaba vacío.
«Te estoy viendo» La voz habló en su mente.
Se arrojó sobre la puerta y abriéndola de un tirón, entró corriendo al dormitorio
con la risa de Daniel siguiéndola. Se agachó sobre la silla para ponerse su bata,
pero una fuerza la arrojó al piso. Al acercarse para alcanzarla, la bata se mante-
nía lejos, flameando en el aire. Florence se detuvo.
No hay caso, pensó, desesperándose. «No hay caso», repetía Daniel en su mente,
parodiando su voz. De pronto, la bata voló encima de su cabeza. Ella la tomó de
un tirón y la jaló sobre su cuerpo, abotonándola precipitadamente. Él juega con-
migo, pensó; me obliga a hacer todo lo que es aborrecible para mí.
«...aborrecible para mí», cotorreaba Daniel burlonamente, con voz de falsete;
«...aborrecible para mí», «...aborrecible para mí».
Florence se tiró de rodillas al costado de la cama en actitud suplicante, presio-
nando su frente contra sus manos fuertemente asidas.
—Oh, Señor de las Alturas, esta humilde pecadora implora tu ayuda; NubeRoja,
por favor, ayúdame; Espíritus Sanadores, ayúdenme. Estoy poseída; dejen que el
fuego del Espíritu Santo queme la enfermedad de mi mente y de mi cuerpo.
Denme ímpetu para soportar este tormento y accedan a que la Sagrada Fuerza
de Dios penetre mi cuerpo para instilarle el poder de resistir.
—Dejen que la Santa Verga de Dios descienda dentro de mi boca —dijo ella—, y
permítanme tragar su Sagrada y Caliente Leche; por favor, déjenme...
Con un chillido atormentado, Florence sacudió con fuerza su cabeza y sus lágri-
mas saltaron hacia los lados. Se metió el nudillo del índice izquierdo en la boca y
lo mordió hasta que el dolor inundó por completo su mente; Daniel había desapa-

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recido. Después de un momento, extrajo el nudillo y lo miró. Sus dientes habían


roto la piel; la sangre goteaba en la parte de atrás de su mano.
Miró a su alrededor. Parecía que la llamarada de dolor había aclarado su mente,
ahuyentando al intruso. Se puso en pie de un salto. Ahora, a la capilla, pensó, la
capilla.
Salió del cuarto corriendo y enfiló hacia la escalera. Llegaré; no puede poseerme
a cada instante. Si sigo sin parar, pase lo que pasare, podré llegar.
Se detuvo a mitad del corredor, con su corazón brincando.
Una figura bloqueaba su camino: un hombre flaco, vestido con ropas harapientas
y muy sucias; huesudo, macilento y con el pelo muy largo; la cara malformada
por la enfermedad; los ojos, enrojecidos y diminutos, sepultados en un contorno
oscuro; la boca hinchada, llena de dientes gruesos y descoloridos. Florence lo
contempló y enseguida supo que era una de las tantas víctimas de Belasco. Ese
era el aspecto que presentaba antes de morir.
La figura desapareció y Florence empezó a bajar las escaleras. En ese instante, la
fría acidez volvió a ponerse en marcha en su columna vertebral. Ella pudo sentir
la profanación gris de su sangre y se propuso combatirla, mordiendo su mano
hasta que el dolor la hubiera ahuyentado.
El dolor era la respuesta.
Cada vez que Daniel tratara de asumir el mando, ella lo ahuyentaría llenando su
mente con dolor, y ya no habría espacio para él.
Volvió a detenerse en seco. Varios escalones por debajo de ella, dos figuras des-
garbadas se violentaban. Una pareja. El hombre le clavaba un cuchillo en la gar-
ganta a la mujer; después, comenzó a cortar en la herida dentada, con la sangre
fluyendo en un chorro, salpicando su cara torcida y jubilosa, hasta cercenar com-
pletamente la cabeza de la mujer. Florence atascó su puño en su boca y mordió
con fuerza, gimiendo en el ardiente despliegue de dolor. La pareja se esfumó.
Consiguió descender, preguntándose donde estarían los demás. De todas mane-
ras, no tenía importancia; no le podrían ayudar.
Cuando cruzó el vestíbulo de entrada, divisó a Barrett en la gran sala, trabajando
en su máquina.
Tonto, pensó. La máquina no iba a surtir efecto, porque él estaba lleno de mier-
da, el muy estúpido hijo...
¡No!
Mordió su mano otra vez, abriendo sus ojos en la mueca de sufrimiento y deseó
tener un cuchillo. Lo habría empujado lo suficientemente profundo en su carne
para mantener constante la agonía.
Se encaminó por el corredor. Un hombre de mirada furiosa estaba encorvado en
las espaldas de una mujer amoratada y desnuda, jalándole una gruesa cuerda
alrededor del pescuezo.
Florence hincó su dientes en su mano. Ahora la sangre corría por sus labios, go-
teando encima de su mentón. Las figuras desaparecieron cuando llegó a la puerta

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de la capilla.
Un hombre estaba sentado en el piso y apoyaba su espalda en la puerta; su cara
estaba lívida y su expresión era la de un drogadicto. Sujetaba una mano amputa-
da frente a sus labios, chupando uno de los dedos. Ella volvió a morderse. El apa-
recido se esfumó. Florence cayó con todo su peso contra la puerta y la abrió.
Caminó a través del atrio central aguantando la pestilente vorágine de poder que
cargaba el aire. Éste era el núcleo, el corazón mismo de la condenación. A mitad
de camino, se estremeció al ver al gato yaciendo en un charco de sangre. Había
sido cortado en dos.
Ya no debía retroceder; había golpeado a Daniel y ahora era el turno de la casa.
Cruzó por encima del gato, acercándose al altar. ¡Bendito Dios, el poder allí era
increíble! Se irradiaba a través de ella, pulsante, maligno.
La oscuridad titiló en su mente. Metió su mano dolorida en su boca y mordió otra
vez. La oscuridad se aclaró un poco y la empujó hacia delante, como si tuviera
una pared viviente frente a ella.
Había llegado casi frente al altar. Sus ojos se concentraron. Todavía no ganaba su
batalla. Sólo lo conseguiría con la ayuda de Dios.
Una debilidad repentina paralizó sus extremidades y cayó encima del altar estre-
pitosamente. El poder era demasiado potente. Miró atontada hacia el crucifijo. Le
pareció que se movía. Mantuvo los ojos horrorizados sobre él. Se movía hacia
ella. Trató de echarse atrás, pero sus músculos no respondían; estaba adherida a
ese lugar por un magnetismo demoníaco. El crucifijo caía sobre ella irremedia-
blemente.
Florence gritó descarnadamente cuando el macizo y pesado madero golpeó su
cabeza y aplastó su pecho en el impacto. Al chocar contra el piso, el frío serpen-
teante de su espalda fue purgado de un tirón. Trató de gritar pero ya no podría.
La oscuridad fluyó sobre ella.
La posesión había finalizado instantáneamente.
Los ojos de Florence estaban distorsionados por la agonía. Ya no podía respirar,
tan intenso era el dolor. trató de apartarse del crucifijo, pero no se movería. Es-
taba inmóvil, gimiendo en las interminables ondas de sufrimiento que la colma-
ban. Otra vez intentó empujar el crucifijo. Se movió un poco, pero el movimiento
casi le provoca un vahído. Su cara estaba gris, perlada de sudor frío.
Le tomó hacerlo unos quince minutos. En ese tiempo, casi se desmayó siete ve-
ces antes de reunir la voluntad suficiente para acometer el esfuerzo paroxístico
de moverse. Finalmente, resbalándose bajo el madero, empujó un poco el crucifi-
jo y trató de sentarse, quedándose sin aliento. Se puso boca abajo. La sangre
brotaba bajo sus muslos. En un espasmo de dolor, vomitó ruidosamente el conte-
nido de su estómago en el piso, con los ojos garapiñados de rojo.
Él la había engañado.
No había respuestas aquí. Sólo había querido cometer esta profanación final en su
mente y su cuerpo. Florence pasó una mano temblorosa a través de la comisura

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

de sus labios. Basta. No más, pensó. Miró alrededor y vio la enorme clavija que
sostenía el crucifijo; había sido arrancada fuera de la pared. Se arrastró hasta al-
canzarla. Asiéndola, comenzó a cortarse las muñecas con la afilada punta, sollo-
zando.
—No más —balbuceó—. No más.
La sangre comenzó a fluir a raudales. Cerró sus ojos. Ya no puede lastimarme
más, pensó. Aunque mi alma quede esclavizada en esta casa para siempre, no
seré su títere nunca más.
Florence sintió como la vida se le escapaba. El dolor se desvanecía. Dios perdona-
ría su autodestrucción. Pero era lo único que debía hacer.
Él entendería.
Sus ojos se abrieron. ¿Escuché ruidos de pasos? Trató de voltear la cabeza pero
no podía. El piso pareció temblar y ella trató de ver. ¿Había alguien ahí mirándo-
me? Florence no podía enfocar sus ojos.
Una idea la golpeó repentinamente. Horrorizada, pensó en los demás.
¡Tengo que hacérselos saber!
Florence resbaló en su sangre al intentar moverse. Nubes de oscuridad la envol-
vían.
¡Ayúdame Dios mío! ¡Tengo que hacérselos saber!
Lentamente y agonizando, Florence extendió un dedo para escribir su último
mensaje en el piso, con tinta escarlata.

11:08 A.M.

Fischer se enderezó impulsivamente, sentándose. Su corazón palpitaba furioso.


Miró alrededor atemorizado. Un dolor batiente taladraba su cabeza. Quiso caer de
nuevo en la almohada, pero algo lo detuvo.
Dejó caer sus piernas a través del borde del colchón y se levantó. Comenzó a
tambalear, y presionó ambas manos contra su cabeza, ojos cerrados, cuerpo me-
ciéndose de acá para allá. Gruñó, recordando que Barrett le había dado píldoras.
¡Maldito idiota! ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
Enfiló hacia la puerta, moviéndose como un borracho, tratando de mantener el
equilibrio. Salió al corredor y caminó hacia el cuarto de Florence. Entró y se detu-
vo. Ella no estaba en la cama. Miró el baño. La puerta estaba abierta; nadie allí.
Giró y tropezó de vuelta al corredor. ¿Qué carajo le pasa a ese Barrett? Trató de
acelerar el paso, pero el impacto dentro de su cabeza era demasiado doloroso. Se
detuvo y se apoyó contra la pared, un océano de náusea ensortijaba su estóma-
go. Parpadeó y movió la cabeza. El dolor empeoró. Siguió adelante, tambaleando.
Tenía que encontrarla como fuere y sacarla de aquí.
Echó un vistazo dentro del cuarto de los Barrett. Miró alrededor incrédulamente.
Barrett no estaba allí. ¡Había dejado sola a su esposa!

162
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Fischer apretó sus dientes furioso.


¿Adónde diablos voy? Atravesó el cuarto tan rápidamente como pudo y tocó el
hombro de Edith.
Ella retrocedió sacudida por su toque; los ojos se abrieron repentinamente, mi-
rándolo boquiabierto.
—¿Dónde está su marido? —preguntó Fischer.
Edith miró alrededor. —¿No está aquí?
Fischer observó ofuscadamente como se levantaba. Por el gesto de ella, vio que
estaba estupefacta por su apariencia.
—No importa —dijo entre dientes, dirigiéndose hacia el corredor—. Edith no
habló; lo pasó rozando, llamando —¡Lionel!
Estaba a mitad de camino escaleras abajo antes de que él hubiera alcanzado la
baranda.
—¡No vaya a solas! —lloró Fischer.
Ella no le prestó atención. Fischer trató de apresurarse bajando las escaleras pero
tuvo que hacer una parada, pegándose temblando a la baranda cuando el dolor
metió clavos en su cráneo.
—¡Lionel! —Gritaba enloquecida, ya llegando al vestíbulo.
El grito de Edith retumbaba en su cabeza. Oyó una llamada de contestación deba-
jo y abrió los ojos. ¿Dónde si no? Pensó enojado. Barrett estaba tan ansioso por
probar su máquina, que dejaba sola a su esposa, ignorando a Florence. ¡Jodido
estúpido!
Fischer se bamboleó escaleras abajo y llegó al vestíbulo de entrada, refunfuñando
de dolor por el traqueteo de la escalera. Entrando en la sala, vio a Barrett y a
Edith parados frente al Reversor.
—¿Dónde está ella? —demandó Fischer.
Barrett lo miró inexpresivamente.
—¿Y bien?
—¿Ella no está en su cuarto?
—¿Le preguntaría si así fuese? —escupió Fischer.
Barrett renqueó hacia él, junto a Edith. Por el aspecto de su cara, Fischer podía
decir que ella también estaba molesta con Lionel.
—No pudo haberse ido —dijo Barrett—, por la cantidad de píldoras que le di...
—¡Al carajo con sus píldoras! —le cortó Fischer—. ¿Cree que una posesión puede
ser detenida con píldoras?
—No creo que...
—¡Me cago en lo que usted crea! —la cabeza de Fischer le latía tan fuerte que
apenas podía ver—. ¡Ella se fue, eso es todo lo que importa!
—La encontraremos —dijo Barrett.
Su voz sonaba insegura. Miró alrededor ansiosamente.
—Probaremos en la bodega primero. Quizás ella...
Se detuvo al ver a Fischer agarrarse firmemente la cabeza, con su cara hinchada

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y roja.
—Fischer, mejor acuéstese —dijo él.
—¡Cállese! —gritó roncamente Fischer. Se encorvó, haciendo arcadas de náuseas.
—Fischer, escúcheme...
Fischer caminó a tientas hacia una silla y se dejó caer sobre ella. Barrett se acer-
có tan pronto como pudo, seguida por Edith. Se detuvieron cuando Fischer dejó
caer sus brazos y los miró en estado de shock.
—¿Qué pasa? —preguntó Barrett.
Fischer comenzó a temblar.
—¿PERO, QUE TIENE? —la voz de Barrett aumentó involuntariamente. La apa-
riencia de Fischer lo enervó.
—La capilla.

11:14 A.M.

El grito de horror de Edith perforó el aire. Se llevó la mano a la boca y se recostó


contra la pared.
—Oh, no —susurró Barrett.
Fischer caminó vacilantemente hacia el cadáver y lo contempló. Sus ojos estaban
abiertos, fijos hacia arriba y su cara tenía el matiz pálido de la cera. Dirigió su
vista al brutal charco de sangre en su bajo vientre y muslos. Los tejidos exterio-
res de la vagina estaban destrozados.
Barrett se acercó a su lado.
—¿Cómo pudo pasarle esto? —preguntó Lionel.
—Ella fue asesinada —dijo Fischer enconadamente—. Asesinada por esta casa. Se
tensó, esperando la refutación de Barrett, pero no hubo ninguna.
—No veo cómo pudo haber llegado hasta acá con todos los somníferos que le di
—dijo Barrett, con un dejo de culpabilidad.
Vio que Fischer había empezado a mover el crucifijo y lo ayudó a darlo vuelta. Al
ver la sangre de Florence en el grotesco falo de madera, sintió contraerse sus pa-
redes estomacales.
—Maldita casa de mierda. ¡MALDITA CASA DE MIERDA! —gritó Fischer en todas
direcciones, como enloquecido.
Oyéndolo a través de la capilla, Edith se estremeció al escuchar el eco del alarido.
Barrett comenzó a hablar, luego se contuvo; aspiró el horrendo aroma de la ma-
dera encerada con muerte. —Mejor la sacamos de aquí.
—Yo lo haré —dijo Fischer.
—Va a necesitar ayuda.
—No se preocupe. Lo haré solo.
Barrett tembló frente a la expresión en la cara de Fischer. —Muy bien.

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Fischer se encorvó al lado del cuerpo. La oscuridad palpitó ante él, y tuvo que po-
ner en el suelo ambas manos para soportar su propio peso, planchando sus pal-
mas en la sangre. Después de un rato su vista se aclaró, y miró la cara de Floren-
ce. Te esforzaste tanto, pensó. Alargó su brazo, y le cerró los ojos tan afectuosa-
mente como pudo.
—¿Qué será eso? —preguntó Barrett.
Fischer miró hacia arriba, tolerando el dolor que el movimiento causó. Barrett di-
rigía los ojos hacia el piso, cerca de Florence. Lo escuchó buscar a tientas en sus
bolsillos; luego, el ruido de un fósforo encendiéndose. La llamarada de luz le hizo
contraer sus ojos dolorosamente.
Ella había dibujado un símbolo en el piso, usando su sangre. Un círculo con algo
garabateado dentro de él. Fischer lo miró fijamente, tratando de descifrarlo.
Abruptamente se dio cuenta. Barrett habló en el mismo momento.
—Parece una “B” mayúscula.

11:47 A.M.

Estaban los Barrett en el portal, observando como Fischer se adentraba lenta-


mente en la niebla.
Lionel se volvió adentro. —Bien, es hora —dijo.
Edith lo siguió hasta la sala. Barrett cojeó rápidamente hacia el Reversor, y Edith
se detuvo a observarlo, haciendo un intento por no pensar acerca de Florence.
Barrett hizo un chequeo final del Reversor y luego se volvió para mirar a Edith.
—Está listo —dijo.
Ella deseó, por su bien, que pudiera experimentar la emoción que obviamente
sentía.
—Sé que este momento es importante para ti —dijo ella.
—Es importante para la ciencia.
Se plantó frente al tablero, alistó el cronómetro y giró algunas perillas; luego,
después de vacilar por un momento, apretó el interruptor.
Por varios segundos, Edith pensó que nada ocurriría. Luego oyó un creciente
zumbido resonante dentro de la estructura metálica y comenzó a sentir vibracio-
nes en el piso.
Miró el Reversor. El zumbido estaba incrementando su tono y volumen, y la vi-
bración en el piso se hacia patente subiendo aceleradamente por sus piernas. Es-
te poder era lo único que podía hacer frente a lo que se ocultaba en esta casa;
ella no entendía como, pero al sentir el pesado latido en su cuerpo y la reverbera-
ción comenzando a lastimarle los oídos, casi podía creerlo.
Al mirar la reja de ventilación de la máquina, se podía atisbar como los oscilado-
res empezaban a enrojecerse con una fosforescencia intensa. Barrett se fue

165
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echando hacia atrás lentamente. Sus dedos temblaron al sacar su reloj de bolsi-
llo.
—Mediodía —dijo. Apropiadamente preciso, pensó. Metió el reloj en su bolsillo y
recurrió a Edith—. Tenemos que irnos.
Sus abrigos estaban en la mesita más cercana a la puerta principal; Barrett los
había bajado más temprano. Precipitadamente ayudó a Edith a ponerse el suyo;
al hacerlo, ella recorrió la mirada hacia la sala. El ruido del Reversor era más do-
loroso ahora; los pulsos matraqueaban los muebles haciendo vibrar los floreros y
los tiestos cercanos.
—Rápido —dijo Barrett.
Un momento más tarde habían dejado la casa y se apresuraban a lo largo del
camino de grava, alrededor de la laguna pantanosa. Al cruzar el puente, Edith vio
al Cadillac parado en la niebla, y tuvo un escalofrío al pensar en que Florence es-
taría los próximos cuarenta minutos en el auto con ellos, esperando a que el Re-
versor hiciera su trabajo.
Barrett abrió la puerta trasera, sorprendiéndose al ver a Fischer sosteniendo en
sus brazos a la difunta; la tenía cubierta con una frazada, acunando su cabeza y
torso, y dispuesta a lo largo del asiento trasero.
Barrett vaciló, luego cerró la puerta. Se sentía incapacitado para discutir.
—¿Ella está allí con él? —susurró Edith.
—Sí.
Edith puso mala cara. —Es que no puedo sentarme allí con... —no pudo terminar
la frase.
—Te sentarás adelante conmigo.
¿No podemos regresar a la casa? —preguntó, velozmente consciente del carácter
grotesco de su pregunta.
—Claro que no. La radiación nos mataría.
Ella lo miró a los ojos. —De acuerdo —dijo finalmente.
Cuando entraron al auto, Barrett dirigió la mirada al espejo retrovisor. Fischer es-
taba agobiado sobre el cuerpo de Florence. Su barbilla descansaba sobre la parte
de la cabeza que sobresalía de la frazada.
¿Qué tan mal pudo haberle afectado su muerte? Se preguntó.
De pronto, recordó algo y se lo dijo a Edith.
—Deutsch falleció —dijo, mirándola.
Edith no respondió. Finalmente asintió con la cabeza, si dejar de ver hacia ade-
lante.
—No tiene importancia.
Inesperadamente, Barrett sintió una llamarada de cólera. ¿Cómo que no tiene
importancia? Pensó. Si se había esmerado y lacerado y puesto al borde de la
muerte para proveerle sustento. A ella no le importa...
Se sacudió fuera la cólera. ¿Qué más podría decir ella? Se enderezó, haciendo
una mueca de dolor por el pulgar.

166
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—¿Fischer? Tengo que decirle algo...


No hubo respuesta. Barrett miró atrás.
—Deutsch está muerto —dijo—. Su hijo se rehúsa a pagarnos.
—¿Cuál es la diferencia? —Fischer habló entre dientes.
Barrett vio sus dedos cerrándose sobre los hombros de Florence Tanner.
Se volvió al frente y, metiendo la mano en su bolsillo del abrigo, sacó las llaves.
Separó la de ignición y la metió en su ranura, arrancando el motor. No había sufi-
ciente combustible para mantener el motor encendido por cuarenta minutos, así
que tendrían que mantener el interior caliente. Maldición, pensó. Debería haber
traído más mantas de la casa.
Recostó su cabeza en el respaldo del asiento y cerró sus ojos. Pues bien, tenían
que resistirlo, eso es todo; trató de pensar en que éste sería un triunfo personal,
y se esforzó en alejar de su mente cualquier otra cosa en el mundo que lo empa-
ñara.

Detrás de esas sombrías paredes y de esas ventanas tapiadas, varios metros más
allá, Hell House se preparaba a morir.

12:45 P.M.

Barrett cerró de golpe la tapa del reloj. —Está hecho.


Edith le mostró una mirada vacía. Barrett comenzaba a sentir decepción por su
falta de respuesta; luego entendió que ella no podía imaginar lo que había tenido
lugar dentro de la casa.
Alcanzando su hombro a través del asiento, lo tocó y luego giró la cabeza.
—¿Fischer?
Fischer todavía tenía la cabeza gacha sobre Florence, sujetando su cuerpo sobre
sí mismo. Levantó la vista lentamente.
—Entrará de nuevo con nosotros?
Fischer no habló.
—La casa ha sido purgada.
—¿Seguro?
Barrett quiso sonreír. No podía culpar su desconfianza, por supuesto. La afirma-
ción «La casa está purgada» sonaba absurda, después de lo que había pasado
durante la semana.
—Lo necesito conmigo —le dijo.
—¿Para qué?
—Para comprobar que la casa esté limpia.
—¿Qué pasa si no lo está?
—Le garantizo que sí —Barrett esperó la decisión de Fischer; cuando nada ocu-
rrió, dijo—: tomará sólo algunos minutos.

167
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Fischer lo miró en silencio por algún rato antes de retirarse poco a poco del cuer-
po de Florence y, deslizándose hacia un lado cuidadosamente, la depositó a lo
largo del asiento. La miró unos segundos, y luego salió del auto.
Barrett y Edith salieron del coche. Ella temblaba, jalando el cuello de su abrigo.
Lionel había ahorrado combustible prendiendo y apagando la calefacción durante
breves períodos de tiempo durante la espera.
El regreso a la casa tuvo reminiscencias de cuando arribaron el lunes pasado: los
zapatos timbrando en el puente de concreto; ella volviendo la mirada de regreso
para ver como la limosina era tragada por la niebla; el paseo fatigoso alrededor
de la laguna y su horrendo hedor; el crujido de la grava debajo de sus zapatos.
Sólo la ausencia de Florence demolía ese recuerdo.
No tenía caso; por más que se esforzara, ella no podía creer que Lionel estuviese
en lo correcto. De manera que volvían lisa y llanamente hacia una trampa. Habí-
an salido ilesos en cierta forma; por lo menos, tres de ellos. Ahora, increíblemen-
te, regresaban. Aunque le diera todo el crédito a Lionel y a su dichosa máquina,
le era imposible comprender la insensatez suicida de este regreso.
Los metros finales a lo largo del camino de grava. El acercamiento al porche; El
chasquido de zapatos sobre el concreto otra vez. Las contrapuertas delante de
ellos. Edith se estremeció. No, pensó, yo no regresaré adentro.
Luego Lionel sostuvo la puerta para ella, y sin chistar, Edith entró en la casa otra
vez.
Se detuvieron, y Barrett cerró la puerta. Ella vio que el florero había caído al piso
y se había hecho pedazos.
Barrett miró a Fischer inquisitivamente.
—No sé —dijo Fischer.
Barrett perdía su entereza.
—Creo que debería hacer el intento de usar su clarividencia.
¿Sería posible que Fischer hubiera perdido completamente su poder PSI?
La idea de tener que ir hasta Maine a buscar a otro médium era abrumadora para
él.
Fischer se alejó de ellos, adentrándose en la casa. Miró alrededor ansiosamente.
Esto se sentía diferente. Podría ser un truco, sin embargo. Ya había sido engaña-
do antes. Fischer no se atrevía a exponerse como la última vez.
Barrett lo observaba ansioso. Edith miró a su marido y se percató de lo impacien-
te que estaba.
—Haga un intento, señor Fischer —dijo abruptamente—. Le garantizo que no
habrá problema.
Fischer dejó de mirar alrededor. Atravesó el vestíbulo de entrada dando zanca-
das. Asombrosamente, la atmósfera había cambiado. Incluso sin hacerse accesi-
ble, podía sentir eso. ¿Pero, que tanto había cambiado? La teoría de Barrett había
sonado bien; pero no le estaba preguntando sobre una teoría. Le estaba pidiendo
que pusiera su vida en peligro otra vez.

168
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Continuó caminando. Ahora estaba de paso a través del pasaje abovedado en la


gran sala; oyó el ruido de pasos de los Barrett siguiéndolo. Entrando en la sala,
se detuvo y miró alrededor. El piso estaba cubierto de objetos de porcelana que-
brados. Frente a él, un tapiz colgaba oblicuamente en la pared. ¿Qué había hecho
el Reversor? Quería saberlo pero le daba escozor tratar de enterarse.
—¿Y bien? —Inquirió Barrett.
Fischer se agitó completamente, separándose de él.
Se lo diré cuando esté listo, pensó coléricamente.
Barrett aguantó inmóvil, esperando.
Impulsivamente, dejó caer sus barreras. Cerrando sus ojos, extendió sus brazos,
sus manos y sus dedos, exponiendo su conciencia al exterior y asimilando todo lo
que revoloteara en la atmósfera.
Sus ojos parpadearon en blanco, y miró alrededor desconcertado.
No había nada.
La desconfianza volvió. Caminó de un lado a otro como enajenado y luego se se-
paró de ellos, rápidamente. Edith se mostró alarmada, pero Barrett tomó su bra-
zo, impidiéndole el pánico.
—Está perplejo porque en el ambiente no hay nada perceptible —le dijo a ella.
Fischer corrió por todo el vestíbulo de entrada. Nada. Pasó por el corredor rumbo
a la capilla y entró dando un empujón en la puerta. Nada. Cambió de dirección y
bajó las escaleras con saltos ávidos, ignorando el dolor en su cabeza. Pasó al lado
de la piscina. Nada. El cuarto de vapor. Jaló fuerte su puerta, y husmeó el aire.
Nada.
Volvió sobre sus pasos confuso y atemorizado. —No puedo creerlo.
Anduvo a lo largo de la piscina y entró corriendo a la bodega de vinos. Nada.
Subió las escaleras, jadeando. El teatro. Nada. El salón de baile. Nada. El salón
de billar. Nada. Transitó a lo largo del corredor con enloquecidas zancadas. La co-
cina. Nada.
La sala comedor. Nada. Arremetió a través de la gran sala, de vuelta al vestíbulo
de entrada. Barrett y Edith estaban todavía allí. Fischer hizo una parada jadeante
delante de ellos. Comenzó a hablar, pero luego echó a correr hacia el primer piso.
Barrett sintió un arresto de exultación.
—Está hecho —dijo—. Está hecho, Edith, ¡Hecho!
Tiró sus brazos alrededor de ella, acercándola. Su corazón golpeaba. Ella no podía
creérselo; pero Fischer estaba fuera de sí. Ella lo observó brincando sobre la es-
calera, subiendo los escalones de a dos.
Fischer cruzó el corredor hacia el cuarto de los Barrett. Se zambulló adentro.
—¡Nada!
Dando vueltas con un grito deslumbrado, volvió corriendo al pasillo otra vez,
hacia el cuarto de Florence. ¡Nada! A lo largo del pasillo hacia su cuarto. ¡Nada!
Pasó por la alcoba de Belasco. ¡Nada! ¡No puede ser! ¡Nada! Su cabeza le atena-
zaba el cerebro, pero no le importó. Corrió velozmente a lo largo del pasillo,

169
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

abriendo las puertas de los vacíos dormitorios a las patadas. ¡Nada! En todos los
lugares, sus papilas clarividentes respiraban sin dificultad. Revisó en todos los
rincones y nada, absolutamente ¡Nada!
El júbilo explotó dentro de él.
Barrett lo había conseguido.
¡La Casa del Infierno estaba despejada!
Tenía que sentarse. Exánime, Se arrojó sobre una silla.
La Casa del Infierno había sido purgada. Hell House había muerto.
Era increíble. Fischer rechazó la idea de que ahora en adelante, tendría que alte-
rar todo en lo que alguna vez había creído.
Pero no tenía importancia. Rió ásperamente. Y él, que había llamado al Reversor
«jodida cajita musical».
¿Por qué Barrett no me había pegado un merecido cachetazo?
Cerró los ojos, recobrando el aliento.
La reacción vino abruptamente.
Si Florence hubiera podido dormir una hora más. ¡Una hora más! Ahora estaría
con ellos, libre y feliz. Sintió una furia repentina y angustiada contra Barrett por
no haberla vigilado mejor.
Lentamente, esa ira se dejó abatir por el respeto que empezaba a sentir por el
científico; paciente y tenaz, Barrett había concretado su trabajo, contra la idea
general de que estaba equivocado. Pero había estado en lo correcto todo el tiem-
po. Fischer negó con la cabeza con asombro. Un milagro. Respiró profundamente.
El aire todavía apestaba.
Era sólo su transpiración.

2:01 P.M.

Fischer frenó un poco el Cadillac al entrar en otra aglomeración de niebla impene-


trable. Se había decidido a conservar la limosina, y más tarde la vendería divi-
diendo el importe con Barrett. Si la operación fracasara, hundiría el maldito auto
en algún río; pero William Deutsch nunca volvería a verlo otra vez. También de-
seaba que Barrett consiguiese la manera de sacar al Reversor de la casa antes de
que Deutsch pudiera colocar sus manos en él.
Tenía que valer una pequeña fortuna.
Encendió los limpiaparabrisas, y sus ojos se concentraron en la carretera al reco-
rrer el tenebroso bosque, tratando de ensamblar los acontecimientos pasados
como un rompecabezas.
Ante todo, Barrett había estado en lo correcto. El poder contenido en la casa
había sido un masivo residuo de radiación electromagnética. Barrett lo había disi-
pado al desenergizarlo. ¿Cómo conciliar eso con las creencias de Florence? ¿Eran
completamente inválidas y obsoletas? ¿Había creado ella su propia “casa embru-

170
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

jada”, manipulando inconscientemente la energía de la casa para probar sus


creencias, tal como Barrett advirtió? Ese argumento parecía cerrar. Destruía sus
propias creencias también, pero todo calzaba como un guante.
¿Aún así, por qué elegiría inconscientemente un tipo de fenómeno físico que nun-
ca había practicado en toda su vida?
La respuesta le vino inmediatamente: Lógico, para convencer a Barrett, un hom-
bre que encontraba significativas sólo las manifestaciones físicas.
De acuerdo, pero pensando un poco a favor de Florence, realmente había existido
un Daniel Belasco. Él había sido emparedado vivo por alguien, probablemente su
padre. Florence había recogido esa información, leyendo la energía de la casa
como si fuera el gigantesco banco de memoria de una computadora. Ese Daniel
Belasco fue, por consiguiente, “la fuerza embrujadora” que ella erróneamente
consideraba.
¿Sin embargo, por qué esto la había llevado a extremos suicidas? Esta pregunta
lo desconcertó. Florence era una mujer inteligente. ¿Entonces por qué después de
llevar toda una vida ejercitando la clarividencia, se mató literalmente para probar
que estaba en lo cierto? ¿Era realmente el tipo de persona que parecía ser? ¿Se
engañaba a sí misma? ¿Su comportamiento frente a los demás era una farsa? Era
imposible de creer. Ella había funcionado como psíquica por largos años sin
hacerse daño o provocándolo, como aparentemente lo hizo con Barrett.
¿Tuvo Hell House un poder tan abrumador, que simplemente ella no pudo enfren-
tarlo? Barrett indudablemente diría que sí; y tan cierto era eso, que si recordara
sólo el día de ayer, él mismo casi había muerto a golpes de barreta.
Sin embargo...
Fischer encendió un cigarrillo y exhaló una bocanada de humo.
Sí, la teoría de Barrett era concluyente.
El poder estreñido en la casa requería focos de inteligencia invasora para funcio-
nar. ¿Entonces, cómo se había “comportado” la casa entre 1940 y el lunes pasa-
do? Se preguntó. ¿Silenciosa? ¿Inactiva? ¿En espera de alguna nueva voluntad
que la pusiera a trabajar?
Indudablemente, Barrett tenía razón.
Tenía demasiada razón.
Trató de seguir traspasando los límites de la duda.
Maldita sea. Si había corrido de cuarto en cuarto para cerciorarse, y no había en-
contrado nada. La casa entera estaba limpia. ¿Por qué estaban asaltándolo estas
estúpidas sospechas, entonces?
Porque todo era demasiado simple, se percató abruptamente.
¿Y qué hay acerca de las debacles de 1931 y 1940?
Él había participado en la última y recordaba qué tan increíblemente complicados
habían sido aquellos acontecimientos. Pensó en la lista que había traído Barrett y
en la cantidad de fenómenos diferentes detallados allí. Las ocurrencias de esta
semana habían sido vertiginosamente variadas. Y mortales.

171
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

¿Por qué fue tan fácil apagar todo ese huracán paranormal como si fuera una
lámpara? Es cierto, no había lógica para respaldar su recelo, pero simplemente,
no lo podía ahuyentar; es que habían habido tantas «Respuestas Finales» en el
pasado. ¡Y tantas personas jurando que habían descifrado el misterio de la Casa
del Infierno!
Florence había sido una de ellas y, por esa creencia, fue atraída a su destrucción.
Y ahora es Barrett quien siente que posee la respuesta final, garantizada por la
palabra de él mismo, un clarividente que justificaba esa certeza.
Sin embargo, si Hell House había tenido un método recurrente a la hora de des-
truir, éste consistía en dar el golpe de gracia en el momento exacto en que los
ocupantes de la casa creían que habían dado con la respuesta final.
Fischer negó con la cabeza. Lógicamente, no podía creer en eso. Barrett había
estado en lo correcto. La casa estaba despejada.
Abruptamente recordó el círculo ensangrentado en el piso de la capilla y la letra
“B” mayúscula dentro de él. Belasco, obviamente.
¿Por qué Florence había dibujado eso? Sus pensamientos estaban cegados por la
inminencia de la muerte? ¿O habían cuajado?
No. No podía ser Belasco. La casa estaba despejada. La radiación electromagnéti-
ca era la respuesta.
¿Por qué, entonces, estaba pisando el acelerador a fondo? ¿Por qué estaba su co-
razón galopando enloquecido? ¿Por qué sentía un vacío helado en sus vísceras?
¿Por qué tenía este temor creciente de volver a la casa demasiado tarde?

2:17 P.M.

Barrett salió del baño, vistiendo bata y chancletas. Cojeó hacia la cama de Edith y
se sentó en el borde. Ella estaba recostada, observándolo.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Edith.
—Maravilloso.
—¿Cómo está ese dedo?
—Lo comprobaré tan pronto salgamos de aquí.
Él nunca le diría que había tratado de desenrollar el vendaje en la ducha, pero se
había visto forzado a detenerse porque casi se había desmayado del dolor.
—Salir de aquí —Edith sonrió aturdida—. Todavía no puedo creer que vayamos a
irnos.
Barrett frunció el ceño.
—Sí. Y con los bolsillos vacíos. Si ese Deutsch Júnior no fuese tan...
—Hijo de puta —proveyó ella.
Barrett sonrió.
—Por decirlo suavemente —la sonrisa desapareció—. Estoy asustado por nuestra
seguridad financiera, mi amor.

172
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Tú eres mi seguridad —dijo ella—. Al abandonar esta casa conmigo valdrás un
millón de dólares para mí —ella sujetó su mano izquierda—. ¿Realmente terminó
todo, Lionel? ¿Todo?
Lionel asintió con la cabeza. —Todo.
—Es que es tan difícil creerlo.
—Lo sé —apretó su mano—. ¿Nunca me prestas atención cuando te digo «te lo
dije»?
—No seas malo.
—No lo soy.
—Qué pena que ella tuvo que morirse justo cuando la solución estaba tan cerca.
—Sí, es una lástima. Debí haber hecho que se fuera en un primer momento.
Ella puso su otra mano en sus hombros y la presionó, confortándolo.
—Hiciste todo lo que pudiste, Lionel.
—No debería haberla dejado sola.
—¿Cómo podías saber que se despertaría?
—Eso fue de veras increíble. Su subconsciente estaba tan atento para validar su
ilusión que su sistema rechazó los sedantes.
—Pobre mujer —dijo Edith.
—Sí. Hasta con su último aliento garabateó con su sangre el círculo con la “B” de
Belasco. Hasta en el momento final creyó que estaba en lo correcto; que Belasco
estaba detrás de todo esto, el padre o el hijo, no sé cuál. Ella no podía permitirse
creer que era su propia mente la que la traicionaba.
Se sobresaltó. —Qué doloroso final que ha debido tener; aterrada y...
Viendo el gesto en la cara de Edith, se detuvo. —Oh, lo siento.
—Está bien.
Lionel forzó una sonrisa. —Bien, Fischer debería estar de regreso en una hora
más o menos, y podremos irnos —frunció el ceño—; siempre y cuando no lo
arresten por llevar el cadáver de una mujer en un auto que no le pertenece.
—No puedo decir que extrañaré este lugar —dijo ella después de algunos instan-
tes.
Barrett se rió suavemente.
—Yo tampoco. Aunque sea mi momento... —pensó un segundo—. ¿Cómo lo lla-
maré? ¿De triunfo?
—Sí —ella asintió—. Es un triunfo. Realmente no puedo comprender lo que hiciste
aquí, pero siento lo importante que es.
—No es por hablar bien de mí mismo, pero creo que acabo de darle a la parapsi-
cología un gran impulso hacia su digno lugar en el panteón de las ciencias natura-
les.
Edith sonrió.
—Porque es una ciencia —dijo él—. Ninguna charlatanería. No es una materia de
discusión que admita reparos cuando nos acercamos a ella; nada que se pueda
mirar de reojo. La sensación de farsa que gravita en estos fenómenos y sus de-

173
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

fensores es sin embargo, justificable. Estos fenómenos no son para nada usuales.
Por eso, los críticos continuarán soslayando la parapsicología, me temo, hasta
que sean capaces de —como Huxley lo dijo—:
«Sentarse ante los hechos como si fueran niños pequeños, sin nociones preconce-
bidas, y seguir humildemente dondequiera y cualesquiera sean las pistas de los
abismos de la Naturaleza»
Lionel se rió, consciente de su fatuidad. —Fin del discurso —dijo, y la besó en la
mejilla.
—Este parlanchín te ama —dijo él.
—Oh, Lionel —resbaló sus brazos alrededor de su cuello—. Yo también. Y estoy
tan orgullosa de ti.

2:34 P.M.

Edith dormía. Barrett se desprendió cuidadosamente de los dedos de ella y se le-


vantó. Se sonrió al verla dormir. Ella se merecía este sueño; no había tenido una
noche decente de descanso desde que entraron en la Casa del Infierno.
Su sonrisa se ensanchó cuando se apartó de la cama. La Casa del Infierno era
desde hoy, un nombre inapropiado; a partir de este momento sería simplemente,
la Casa Belasco.
Se vistió con movimientos lentos y satisfechos. Miró alrededor y se preguntó cual
sería el destino de la casa; no se convertiría, desde luego, en un santuario para la
ciencia. Indudablemente, Deutsch Júnior la vendería al mejor postor. Gruñó con
malicia: no pudo imaginar a nadie queriendo comprarla.
Se peinó, mirándose en el espejo de la pared. Sus ojos fueron atrapados por la
silla mecedora, quieta en el otro extremo del cuarto. Sonrió otra vez. Se acabaron
aquellos interminables vectores de cinética sin sentido. Terminaron los vientos y
las brisas y los olores. Basta de percusiones. Basta.
Salió al pasillo, dirigiéndose hacia las escaleras. Se alegró de que Fischer hubiera
insistido en llevarse el cuerpo de Florence Tanner al pueblo. Sabía lo terriblemen-
te doloroso que hubiera sido para Edith ir en coche hasta Caribou Falls con el
cuerpo en el asiento trasero. Aunque esperaba que Fischer no se tomara mucho
tiempo en regresar, porque empezaba a tener apetito; sería su primer almuerzo
de la semana. Una comida de celebración, pensó.
Pobre, el viejito Deutsch, se le ocurrió repentinamente; ahora nunca lo sabrá.
Quizás sea mejor así.
Bajó las escaleras lentamente, mirando el vestíbulo de entrada. Un museo, pen-
só. Realmente, algo debería hacerse con la casa ahora que el terror había sido
exorcizado.
Cojeó a través del vestíbulo de entrada. Después de bañarse, había examinado su
cuerpo en el espejo de cuerpo entero del baño, imaginando que era un boxeador

174
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

profesional atravesando una particular racha penosa. Contusiones púrpura en to-


das partes y la piel quemada en su pantorrilla todavía estaba contrayéndose;
además, podía sentir la tensión del área escaldada tirando de la piel alrededor de
ella. La raspadura en su espinilla todavía le molestaba un poco; y en lo que res-
pecta a su pierna y a su pulgar, Barrett tuvo que sonreír. Todavía no estoy listo
para Las Olimpiadas, pensó.
Cruzó la gran sala, caminando hacia el Reversor. Otra vez, miró el cuadrante
principal asombrado: 14780.
Nunca en su vida había soñado toparse con una lectura tan alta. No es extraño
que a este lugar se lo conociera como el “Everest de las casas embrujadas”. Mo-
vió la cabeza casi con admiración. La casa había sido apropiadamente nombrada.
Se dio vuelta y renqueó hacia la mesa, frunciendo el ceño al imaginarse guardan-
do todo ese imponente equipo. Tal vez no hiciera falta empacarlo, después de to-
do. Si pusiera mantas en el baúl de la limosina para amortiguar los golpes, pro-
bablemente el equipo podría viajar envuelto en toallas o algo por el estilo. Tal vez
deberían llevarse algunos objets d'art como recuerdo, pensó, reprimiendo una
sonrisa. Deutsch nunca los extrañaría. Pasó un dedo sobre la parte superior de la
grabadora REM.
La aguja se sacudió.
Barrett se sobresaltó. Miró la aguja. Estaba inmóvil otra vez. Extraño, pensó. To-
car la grabadora ha debido haber activado la aguja por electricidad estática. No
volverá a pasar otra vez.
La aguja cruzó de un salto el dial, luego revoloteó de regreso a ponerse en el ce-
ro.
Barrett sintió un tic en su mejilla derecha. ¿Qué ocurría? La grabadora no puede
ponerse a funcionar por sí misma. La REM se convierte en energía mensurable
únicamente en presencia de un psíquico. Se rió a la fuerza, tosiendo. Sería ridícu-
lo si ahora vengo a descubrir que me convertí en un médium después de todos
estos años, pensó. Hizo un ruido burlón. Eso es absurdo. Además, no había radia-
ción residual en la casa. Él la había disipado.
La aguja entró en movimiento. No saltó o revoloteó; avanzó lentamente a través
del dial como si registrara un aumento de radiación.
—No —dijo Barrett con cierta irritación—. Esto es ridículo.
La aguja continuó moviéndose. Barrett clavó los ojos en el dial mientras pasaba
de la marca 100 a la marca 150. Negó con la cabeza. Absurdo. No podía registrar
por sí misma. No queda nada en la casa por registrar.
—No —dijo otra vez. Había más cólera en su voz que súbita desilusión. Esto sim-
plemente no podía ser.
Sacudió su cabeza con tanta fuerza que repentinamente empezó a dolerle el cue-
llo. Observó la aguja del dinamómetro comenzar a moverse a través de su dial.
Imposible. Su mirada se fijó en el termómetro; comenzaba a registrar una caída
en la temperatura.

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—No —dijo. Su cara estaba pálida.


Esto no tenía sentido, era completamente ilógico.
Tragó saliva cuando la cámara hizo click. La miró boquiabierto y oyó claramente
al rollo de película rebobinarse. Click otra vez.
Sintió un espasmo en todos sus músculos cuando el tablero de luces indicadoras
se encendieron, se apagaron y se volvieron a encender.
—No.
Esto no es aceptable. Es un truco de alguna clase; todo esto es fraudulento.
Giró violentamente cuando uno de los tubos de ensayo se quebró por la mitad,
cayéndose del portatubos y estrellándose ruidosamente en el tablero.
¡Esto no puede ser! Protestó en su mente recordando la pregunta de Fischer.
—¡No! —estalló, y se echó hacia atrás en la mesa—. ¡Es completamente imposi-
ble, la radiación disipada no tiene poder para restaurarse!
El tablero de luces comenzó a titilar rápidamente. —¡No! — gritaba enfurecido.
—¡Es absurdo! —las agujas de todos sus instrumentos se estremecían locamente
a través de sus diales.
El termómetro no registraba una constante caída en la temperatura. El hornillo
eléctrico no había comenzado a resplandecer. Los galvanómetros no registraban
por sí mismos. La cámara no tomaba fotos. Los tubos y los atanores no se que-
braban uno por uno. La aguja de la grabadora REM no había pasado la marca
700. Toda esto era una ilusión. Tenía que serlo. Él sufría de alguna aberración de
los sentidos. ¡Esto no puede estar ocurriendo!
—¡Absurdo! —gritó, con su cara distorsionada por la furia—. ¡Absurdo, absurdo,
absurdo!
Su boca se abrió involuntariamente cuando la grabadora REM comenzó a expan-
dirse. Contempló horrorizado como esa sólida caja de metal se hinchaba, como si
sus lados y su tapa superior estuvieran hechos de goma. No. Negó con la cabeza.
Estaba perdiendo la razón. Imposible.
—¡NO LO ACEPTO! ¡NO LO ACEPTO! ¡NO LO ACEPTO...!
Gritó de perplejidad cuando la grabadora repentinamente estalló, y gritó de dolor
cuando las esquirlas de metal se enterraron en su cara y en los ojos. Dejó caer su
bastón y llevó sus manos a su rostro. Una de las cámaras atravesó velozmente la
mesa y lo golpeó en las piernas, derribándolo; mientras caía pudo oír como el re-
sto del equipo se precipitaba al suelo, como si alguien lo estuviera arrojando con
iracundia. Trató de entreabrir los ojos, pero la metralla borroneaba su visión.
De espaldas en el piso, una aplastante fuerza ártica lo sujetó de los pies como si
fuera un juguete. Un grito de desconcierto horrorizado escapó de su garganta
cuando sus noventa y dos kilos de peso fueron proyectados a través del aire por
la intangible potencia polar, impactando violentamente contra un borde aguzado
del Reversor. Barrett sintió el sordo chasquido del húmero izquierdo al romperse.
Lanzó un alarido desgarrador, desplomándose pesadamente.
Tendido en el suelo, la helada fuerza se aferró de sus pies y comenzó a arrastrar-

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

lo a través del vestíbulo, serpenteando vertiginosamente por el suelo. Haciendo


un intento por gritar, movió la boca jadeante, pero nada salió. Una pesada mesa
de nogal bloqueó su camino; sintiéndolo, arrojó su brazo derecho hacia arriba pa-
ra frenarse, pero su muñeca colisionó contra el borde, dislocándosela. Su pulgar
vendado gatilló hacia atrás con el feroz movimiento contra su articulación, y su
boca cristalizó un estrangulador grito de agonía. La sangre comenzó a correrle de
la mano. Jalado bruscamente por encima de la mesa para volver a caer sobre sus
caderas al piso, alcanzó a vislumbrar el pulgar colgando de su mano rota con asti-
llas de hueso y piel.
Lionel estaba completamente indefenso, era una presa en las mandíbulas de al-
guna criatura invisible; su cara era una balbuceante masa de horror, mientras era
arrastrado hacia el pasillo.
Su pecho se llenó de un fiero dolor cuando su corazón empezó a fallarle. Ya no
podía respirar.
Sus brazos y sus piernas se entumecían. Su cara comenzó a oscurecerse, pasan-
do del rojo al púrpura. Sus venas se hincharon en su cuello; los ojos comenzaron
a abultarse. Su boca se abrió grande, mientras rebotaba escaleras abajo y su
cuerpo quebrado atropellaba las puertas de vaivén.
El piso embaldosado y húmedo se apiadó de él; resbaló sin dificultad los últimos
metros hacia la piscina. Nuevamente fue arrojado al aire con un empuje colosal.
Cayó en el rectángulo de agua como si chocara contra un gigantesco y frío espe-
jo, y la celosa fuerza que no lo soltaba lo precipitó boca abajo hacia el fondo. El
agua entraba a raudales por su garganta y nariz. Comenzó a ahogarse, sin poder
luchar.
El agua le llenó los pulmones. La sangre que brotaba de su mano teñía su des-
censo. El poder invisible lo fue poniendo boca arriba lentamente; ahora estaba
con la mirada fija hacia arriba, viendo a través de una neblina rojiza. Alguien es-
taba de pie sobre el borde de la piscina, mirándolo.
Los sonidos fueron los primeros en desvanecerse; después, sus achaques y dolo-
res. La figura expectante comenzó a borronearse para desaparecer en las som-
bras.
Los ojos abiertos del doctor Lionel Barrett ya no veían cuando se asentó en el
fondo. En algún lugar, muy profundo dentro de la caverna de su mente, un en-
tendimiento apenas perceptible todavía titilaba, gritando acongojadamente:
¡EDITH!
Entonces todo fue oscuridad, cuando se hundió en el sueño eterno.

177
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2:46 P.M.

La mano de Edith saltó abruptamente. Su anillo de bodas fue cortado en dos par-
tes, que cayeron silenciosamente sobre la cama. Abrió sus párpados. El cuarto
estaba oscuro.
—¿Lionel?
La puerta se abrió. El corredor también estaba oscuro. Alguien entró.
—¿Lionel? —repitió Edith.
—Sí.
Ella se enderezó un poco, adormilada.
—¿Que sucedió?
—Nada grave. El generador se apagó.
—Oh, no —ella trató de ver; estaba demasiado oscuro.
—No es importante —dijo Lionel.
Edith oyó sus pasos dentro del cuarto y sintió como se sentaba en el borde más
lejano de su cama. Ella extendió la mano nerviosamente y palpó la suya.
—¿Seguro que todo está bien?
—Por supuesto —la mano comenzó a acariciar su pelo.
—No tengas miedo. Aprovechemos este momento.
—¿Qué?
—No hemos estado juntos por mucho tiempo —la mano de Lionel se deslizó ba-
jando por su mejilla— y creo que merecemos un poco de intimidad.
Ella hizo un ruido de interrogación. La mano se deslizó sobre su pecho izquierdo y
comenzó a apretarlo.
—Lionel, no lo hagas —dijo ella.
—¿Por qué no? —preguntó—. ¿No soy lo bastante bueno para ti?
—¿Qué estás haciendo...?
Sus dedos apretaban el pecho, provocándole dolor.
—Fischer fue bastante bueno —interrumpió—, incluso Florence Tanner fue bas-
tante buena.
Edith trató de arrancar con fuerza la mano. Su corazón se aceleraba.
—No —dijo ella.
—Sí —dijo él. La mano se movió hacia abajo abruptamente, deslizándose bajo su
falda para frotar su entrepierna.
—¿Qué tal un poco de argollita para tu viejo maridito, eh?
Edith alargó sus brazos desesperadamente en la oscuridad hacia donde creía que
estaba la cara de Lionel.
No la encontró.
—¡SÍ, MI PERRITA LESBIANA!
Las luces se encendieron.
Edith gritó intempestivamente. La mano se soltó, saliendo por debajo de su falda;
estaba amputada a la altura de la muñeca y limpia de sangre. Flotaba encima de

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su pecho ahora, jugueteando en el aire frente a su cara desencajada de terror,


con algunas terminaciones venosas colgándole. Edith se echó impulsivamente
hacia atrás, en contra de la cabecera. La mano se dejó caer sobre sus senos otra
vez, pellizcando su pezón izquierdo entre su índice y el pulgar. Ella lanzó un chi-
llido agudo, tratando de quitársela. La mano saltó sobre su cara, y Edith sintió
una rugosa, fría y pestilente caricia de la tumba. Volvió a gritar, y la mano gris
cayó sobre su regazo. Edith sacudió con fuerza sus piernas levantadas, patalean-
do encabritada de horror. La mano brincó y comenzó a gesticular, con sus dedos
culebreando en el aire; repentinamente se metió entre las cobijas, perdiéndose
entre los pliegues de las frazadas, al momento en que uno de los cojines comenzó
a hincharse, duplicando su volumen rápidamente. Quedándose sin aliento, Edith
se precipitó a través del colchón, levantándose de un salto. Se tambaleó descalza
alrededor de la esquina de la cama, escapando hacia la puerta. El cojín finalmente
estalló, y en un instante, estaba en medio de una nube de polillas; tropezó cie-
gamente por todo el cuarto, manoteando desesperada en el centro de un
compacto huracán de alas grises que golpeaban su cara, su cuerpo y se
ensortijaban en su pelo. Las polillas entraron en su boca al tratar de gritar; las
escupió dando asquerosas arcadas, babeando horrorizada el polvillo que se
coagulaba en su lengua. Apretujó sus labios, limpiándose la boca con sus
mangas. Las polillas volaron en sus orejas y sus alas zumbonas se pegaron
frenéticas en sus ojos y pestañas; Edith giró con los brazos sobre su cabeza y
tropezó con la mesa octagonal. Cayó estrepitosamente.
Antes de que impactara el suelo, las polillas se desvanecieron. Aterrizó duro sobre
sus rodillas, derribando la mesa en el estrépito; las páginas del manuscrito de
Lionel se desparramaron a través de la alfombra.
Luego, los papeles empezaron a centrifugarse, azotados por un invisible tornado
que los proyectó en el aire. Edith les dirigió un mirada de pánico instintivo cuando
se hicieron trizas delante de sus ojos. El confeti se agitó, se dispersó, y lloviznó
placidamente sobre toda la habitación.
Edith reculó gateando. Una risa masculina llenó el ambiente. Miró alrededor des-
pavorida.
—Lionel —masculló—. «Lionel» —era su propia voz; se repitió metálica y ajada
como una grabación antigua.
—No —imploró—. «No» —dijo el eco crujiente.
Edith lloriqueó y oyó su quejido otra vez; comenzó a sollozar, y su llanto reverbe-
ró coreado en el aire. Con un movimiento desesperado, se incorporó y arremetió
a través del cuarto, gimiendo, con sus manos atascadas sobre los oídos. Al salir al
pasillo, se galvanizó con un entrecortado alarido.
Florence la estaba esperando.
Desnuda y sonriente, la miraba fijo a los ojos mientras un manantial de sangre
oscura brotaba de su desgarrada vagina, chorreándole muslos y piernas.
Edith no pudo gritar. La oscuridad barrió sus sentidos. Comenzaba a desfallecer.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Pero no cayó.
Se estremeció erguida por un espasmo eléctrico que la traspasó de pies a cabeza;
la oscuridad en su mente y la aparición, súbitamente se esfumaron.
Ese chispazo de aguda conciencia le advertía que no le estaba permitido desma-
yarse. Se abalanzó hacia las escaleras. El aire ahora estaba espeso y brumoso.
Percibió el hedor de la laguna; otra aparición bloqueaba el pasillo. Edith se detu-
vo. La mujer vestía un traje de noche blanco; estaba completamente empapada y
su pelo azabache caía emplastado sobre su cara mustia. Acunaba algo en sus
brazos. Edith lo miró con un reflujo de asco; un bebé violáceo, malformado y
monstruoso.
¡El Pantano de los Bastardos! Gritó en su mente. Se echó hacia atrás, rumiando el
amargo contenido de su estómago.
Algo la hizo girar, y para abstenerse de caer de espaldas, se vio forzada a correr.
Ya no se encaminaba hacia las escaleras. Trató de detenerse a sí misma y cam-
biar de dirección, pero no podía controlar sus extremidades.
Florence surgió de la nada y se abalanzó sobre ella. Sus marchitos brazos la ro-
dearon con fuerza, y su chillido fue suprimido cuando los labios fríos y yermos de
la aparición se estrellaron contra los suyos. Al resistir el apretón con una fuerte
sacudida, Florence desapareció y Edith cayó de rodillas, impulsada hacia adelante
por su propio movimiento.
—¡LIONEL! —gritó en cuatro patas—. «¡Lionel!» —repitió la voz burlona.
Un ventarrón helado la envolvió, azotando sus ropas y su pelo. Trató de levantar-
se, pero algo atenazaba su cuello hacia abajo, mordiéndolo. Volvió a gritar al sen-
tir esos dientes clavarse profundamente en su carne. Alcanzó a tocar su cuello,
pero no había dientes; sólo una fétida babaza que chorreaba en las profundas
marcas de las dentelladas.
—¡LIONEL! —gritó jadeante, al límite de su cordura.
—¡Aquí! —contestó.
La cabeza de Edith se movió para localizarlo. Él corría por el pasillo a su encuen-
tro; Edith se levantó y se lanzó sobre sus brazos, pero bruscamente se estreme-
ció. Retrocedió lentamente, espantada al reconocerlo. Un hombre, con regocijada
expresión de imbecilidad en su cara, ojos inflamados por el alcohol y la lengua
colgante; estaba desnudo, sacudiendo su enorme pene con ambas manos y avan-
zaba decidido sobre ella, haciendo un sonido de diversión animal que retumbaba
en su pecho.
Era su padre.
Intentó alcanzarla estirando sus brazos. Edith se movió de lado chocando con la
baranda, a cuatro metros por sobre el vestíbulo de entrada. Su padre se le acercó
más.
Desesperada y con lagrimas nublándole la vista, trepó sobre el riel de la baranda,
con la intención de saltar al vacío.
Unas fuertes manos la detuvieron. Edith giró la cabeza, pasmada.

180
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Lionel la estaba sujetando. Ella lo miró, rehusándose a creer.


—¡Edith, soy yo! —el sonido familiar de su voz casi la convenció; sollozando, cayó
sobre él—. Sácame de aquí —imploró Edith.
—De inmediato —contestó Lionel.
Puso su brazo izquierdo alrededor de su cintura, y la condujo hacia las escaleras.
Ella lo observó. No tenía bastón y no renqueaba.
—No, no —gimió.
—Oh, está bien —dijo él.
Bajaron prontamente las escaleras, mientras Edith trataba de apartarse de él.
—Soy yo —decía Lionel.
Ella sollozó otra vez. Él no la dejaba separarse. Un coro de risas cáusticas llenó el
aire. Ella miró alrededor y vio a un grupo de personas reunidas, disfrutando de la
escena conyugal gozosamente. Volvió a mirar a Lionel, pero eso que la arrastraba
ya no era Lionel.
Era una monstruosa y rudimentaria caricatura de él; cada línea de expresión y
cada característica distintiva del rostro de Lionel había sido exagerada. Su voz,
pervertidamente burlona, repetía: —Soy yo, soy yo, soy yo...
—¡BASTA! —gritó Edith, forcejeando impotente.
Se sintió arrastrada a lo largo del piso; ya no podía articular sonidos.
El vestíbulo de entrada y el corredor pasaron velozmente frente a ella, como si
viajara en tren. La puerta del teatro se abrió y fue proyectada adentro; a media
luz, la multitud desnuda sentada en las sillas de terciopelo que se aprestaba a
disfrutar del próximo espectáculo, se dio vuelta para mirarla. La deforme parodia
de Lionel la arrastró hacia el escenario y la amarró a un poste mugriento. Ella mi-
ró hacia la sádica audiencia; aullaban agudamente, con anticipado deleite. Edith
lanzó un demencial alarido cuando el engendro le arrancó sus ropas. Los especta-
dores ovacionaron y el eco sonó amortiguado, como si estuviera debajo del agua.
Edith oyó el rugido cercano de un felino.
Un leopardo hambriento agazapado en la oscuridad de las bambalinas, empezó a
husmearla.
El grito de Edith se empantanó en su garganta. La audiencia vociferó enardecida.
Ella cerró sus ojos y giró su cabeza cuando el leopardo le saltó encima. Sus
enormes colmillos se hundieron profundo en su cuello, y sus patas traseras lace-
raban su vientre tratando de mantenerse trepado sobre ella. Sintió su aliento
humeante, y el torrente de sangre que brotaba de su carótida encharcó el esce-
nario. Las garras le destrozaron el estómago. Un dolor quemante la demolió, y
cayó hacia atrás, jadeando.
Acostada en el polvoriento tablado del escenario, su corazón latía frenético. Bal-
buceante, consiguió sentarse. El teatro estaba vacío. No.
Había alguien, sentado en las sombras de la última fila, vestido de negro. A ella le
pareció oír una voz profunda resonando en su mente.
«Bienvenida a mi casa» Oyó su mente, sin escuchar las palabras.

181
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Trató de levantarse. Sus piernas comenzaron a flaquear, y se apoyó contra un


vetusto cortinado de terciopelo rojo. Se tambaleó, ebria de espanto; un sucio re-
flector cenital dirigía su macilento cono de luz sobre ella.
Lionel apareció súbitamente a su lado.
—¡Soy yo! —dijo cruelmente en su oído—. ¡Soy yo!
Edith se crispó en un espasmo ahogado.
La risa estalló en la audiencia, que festejó la broma con alaridos y silbidos.
Edith llegó a tientas hasta la puerta lateral y salió. Lionel estaba allí.
—Soy yo —gimió.
Edith vio a la casa girar a su alrededor, como un perverso carrusel de imágenes
indefinidas.
—¡Soy yo! —lloró Lionel, parado en el vestíbulo.
—¡Soy yo! —chilló Lionel, en las escaleras del sótano.
—¡Soy yo! —gimoteó. Una fuerza conminó a Edith a acercársele. Lionel estaba de
pie en el borde de la piscina. Ella se resistió a acercarse, pero fue arrastrada
hacia el agua; allí lo vio.
Lionel flotaba hinchado boca arriba, sonriéndole desde la muerte con un gesto
sardónico, y mirándola con ojos extinguidos.
La enajenación la sometió. Se echó hacia atrás, berreando, tropezando y gol-
peándose con los muebles del corredor. Una figura la alcanzó y la agarró por los
brazos. Ella peleó con fuerza maniática y chillidos de frenesí escaparon de su gar-
ganta. La figura le gritó algo, pero ella escuchaba sólo sus propios gritos.
Algo la golpeó en la mandíbula, y repentinamente estaba cayendo, gritando in-
terminablemente mientras se sumergía en las profundidades.

3:31 P.M.

Edith se estremeció otra vez. Sus ojos parpadearon confusos. Por varios segun-
dos, se quedó con la mirada fija en la guantera del auto. Luego giró la cabeza a
su izquierda y reparó en él; le dirigió una silenciosa mirada inquisidora.
—Lo siento, pero tuve que pegarle —dijo él.
—¿Esa trompada me la dio usted?
Fischer asintió con la cabeza.
Edith miró alrededor abruptamente. —Lionel.
—Su cuerpo está en el baúl.
Ella intentó abrir la puerta, pero Fischer la detuvo.
—Créame, usted no quiere verlo —ella continuó forcejeando—. No lo haga, por
favor.
Edith se echó hacia atrás, evitando su cara. Fischer se sentó en silencio, escu-
chándola llorar.
Ella le rogó abruptamente. —Salgamos de aquí.

182
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Él no se movió.
—¿Qué le pasa?
—Yo no me voy.
Edith no entendió.
—Voy a volver adentro.
—¿Adentro? —dijo consternada—. ¿Todavía no sabe como es allí adentro?
—Tengo que...
—¡¿DE VERAS NO SABE COMO ES?! —le cortó—. ¡Mató a mi marido! ¡Mató a Flo-
rence Tanner! ¡Me habría matado a mí también si usted no hubiera regresado!
¡Nadie tiene una oportunidad allí dentro! ¿Sabe? ¡NADIE!
Fischer no le discutió.
—¿No son suficientes dos muertes? ¿Tiene que morir usted también?
—No pienso morir.
Ella agarró firmemente su mano. —No me deje, por favor.
—Tengo que volver.
—No.
—Tengo que hacerlo.
—¡Por favor, no lo haga!
—Edith, escúcheme...
—¡NO! ¡Usted no escucha! —sollozó implorando—. ¡No existe ninguna razón para
regresar adentro!
—Edith —Fischer llevó su mano hacia él y esperó a que su llanto menguara.
—Escúcheme ahora.
Ella negó con la cabeza; ojos cerrados.
—Tengo que volver. Se lo debo a Florence; se lo debo a su marido.
—Ellos no querrían eso...
—YO quiero —interrumpió Fischer—. NECESITO volver. Si abandono la Casa del
Infierno ahora, todo lo que me quedaría por hacer es arrastrarme hasta mi tumba
y morir. No he hecho una sola maldita cosa en toda la semana; mientras Florence
y su marido estaban haciendo todo el trabajo, yo no...
—¡Sin embargo, no lo solucionaron! ¡Porque no hay forma de solucionarlo!
—Tal vez no —hizo una pausa—; pero aún así voy a hacer mi intento.
Edith lo miró unos segundos, silenciada por su apariencia.
—Voy a hacer un intento —repitió él.
Guardaron silencio. Finalmente, Fischer le preguntó: —¿Sabe conducir?
Él vio una delatora llamarada de esperanza en su expresión. —No —dijo ella.
Fischer sonrió amablemente. —Oh sí, usted sabe; no puede engañarme.
La barbilla de Edith bajó bruscamente.
—Usted va a morir —dijo quedamente—. Como Lionel; como Tanner.
Fischer aspiró un profundo aliento.
—Entonces, que así sea —dijo, y salió del auto.

183
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Fischer cruzó el puente y atravesó el camino de grava bordeando la laguna. Ahora


estaba completamente solo. Por un eterno segundo, ese pensamiento lo llenó de
un terror tan manifiesto que casi se vuelve corriendo.
Edith lloraba cuándo puso en marcha el auto; había hecho un vano intento por
controlar su llanto, pero gruesas lagrimas rodaban por sus mejillas. Había dado
vuelta al Cadillac y conducía en la espesa niebla forzando su vista y acercando su
cabeza al parabrisas para poder ver el camino. Pensó en Fischer. Si se arrepintie-
ra de entrar en la casa, no podría volver caminando hasta Caribou Falls con este
clima.
Las suelas de sus zapatillas de tenis crujieron en la grava.
¿Y ahora qué voy a hacer? Se preguntó. No tenía ni la menor idea.
¿Pudo Florence conseguir algo? ¿En que se había equivocado Barrett? No existía
forma de saberlo. Se encontraba como al principio, en fojas cero.
Comenzó a temblar.
Pero no tenía importancia lo que fuera a hacer. Ya estaba aquí; Edith le traería
algo de comida cuando volviera y se la dejaría en el porche. El tiempo que fuera a
tardarse tampoco le interesaba. Sólo una cosa era importante por el momento.
Mientras caminaba, se le hizo presente el medallón que Florence le había dado.
Lo sacó de su bolsillo y se lo colgó en el cuello; hace un rato le había dicho a
Edith que hacía esto en nombre de Barrett también, pero realmente todo esto era
por Florence. Ella fue la única a quien pudo haber ayudado; la única a quien de-
bería haber ayudado.
La casa otra vez; un oscuro acantilado en medio de la niebla del camino. Fischer
se detuvo y contempló la perspectiva. Podría perdurar allí por otros mil años.
¿Habría una respuesta? Pues, no lo sabía. Pero si él no la encontraba, entonces
nadie más lo haría; de eso sí estaba seguro.
Subió los escalones de cemento y atravesó silenciosamente el porche. La puerta
continuaba entreabierta, de la misma forma en que la había dejado cuando arras-
tró el cuerpo de Barrett hasta el coche. Vaciló por algún tiempo, sintiendo que al
traspasar esa puerta se decidiría, final e irrevocablemente, su destino.
Mierda. ¿De todos modos, qué clase de destino tenía antes de volver aquí?
Entró y cerró la puerta. Se acercó al teléfono y levantó el auricular. La línea esta-
ba muerta. ¿Qué esperabas? Colgó. Ahora estaba absolutamente aislado. Miró
alrededor. Cuando cruzó el vestíbulo de entrada, tuvo la sensación de que se me-
tía en la boca del lobo.

184
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

6:29 P.M.

Fischer estaba sentado en la gran sala, comiéndose un emparedado y bebiendo


una taza de café; Edith le había traído dos viandas y se había ido otra vez sin
mediar palabra. Es absurdo, batallaba el cerebro de Fischer; había estado pen-
sando eso durante más de una hora.
La atmósfera de Hell House estaba completamente diáfana.
Y ni siquiera tuvo que usar su parafernalia sensorial para darse cuenta de eso.
Si hubiera allí alguna entidad paseándose, la habría olfateado inmediatamente;
pero no había nada. ¿Entonces, qué cosa había matado a Barrett tan violenta-
mente? ¿Qué era lo que casi había destrozado a Edith? Había percibido una po-
tente presencia esta tarde cuando bajó al sótano para rescatarla. Ahora ya no es-
taba; el ozónido perfume de la casa era el mismo que tenía después de que el
pulso REM fuera irradiado. El hecho de poder ocultarse era un truco sutil y taima-
do que denotaba inteligencia; ahora estaba bien seguro de eso. Ayer, después de
haber utilizado por primera vez su clarividencia en mucho tiempo, el complejo
poder que atribulaba esta casa le había propinado un buen escarmiento.
Porque había subestimado su astucia, no su fuerza.
Ya no lo haría.
Fischer dirigió la mirada al piso. Uno de los galvanómetros de Barrett yacía reven-
tado cerca de sus pies, con sus resortes y bobinas sobresaliendo como pulidas
entrañas. Miró al resto del equipo destrozado y desparramado por toda la alfom-
bra. Luego se volvió hacia el Reversor, y evaluó la enorme abolladura en su en-
chapado metálico. Algo devastador había arrasado este cuarto, había arruinado
este equipo y había asesinado a Barrett.
¿Dónde se escondía, si es que se escondía?
Suspiró y cruzó los pies sobre el borde de mesa, recostándose en la silla ligera-
mente. ¿Y ahora qué? Había regresado con una determinación más bien desespe-
rada. ¿Para qué?
No le convenía seguir pensando así; los pensamientos faltos de confianza y la au-
tocompasión habían demostrado ser peligrosos en este lugar.
Mejor me pongo serio y uso la cabeza como corresponde.
Repasó el desastre durante los siguientes veinte minutos: la gran mesa redonda
contra la pantalla de la chimenea, las sillas volcadas, los escombros de cristalería
y loza quebrada. ¿Radiación electromagnética, o Belasco?
¿O las dos cosas?
Fischer encontró la grabadora en el suelo. La revisó y se asombró al descubrir
que todavía funcionaba; la depositó sobre la mesa, rebobinó el cassette y escuchó
la grabación.
«¡SUJÉTELA!» La voz de Barrett sonó fuerte. Ruido blanco. Oyó una respiración
muy pesada. ¿Fue la respiración de él? Barrett siguió: «Tanner saliendo del tran-
ce; retractación prematura, causando sacudida sistémica breve.»

185
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Más ruido. Después de unos segundos, la grabación terminó.


Fischer volvió a rebobinar hasta casi la mitad de la sesión y escuchó:
«El velo de teleplasma comienza a condensarse» dijo la voz de Barrett. Silencio.
Fischer recordó el velo de ectoplasma que había cubierto la cabeza y los hombros
de Florence como si fuera un sudario mojado.
«Filamentos separados extendiéndose hacia abajo.» Barrett otra vez. Fischer re-
bobinó la cinta aún más.
«Respiración de la médium ahora en doscientos diez» Seguía hablando la voz de
Barrett. «El dinamómetro en mil cuatrocientos sesenta; La temperatura...» Detu-
vo la cinta cuando escuchó a alguien suspirar; había sido Edith, recordó Fischer.
Silencio momentáneo. Luego la voz de Barrett: «Presencia de ozono en el aire».
Fischer detuvo el cassette, rebobinó y lo dejó correr.
¿Qué podía esperar aprender al revivir esos momentos? Sólo confirmar lo que
Florence creía y lo que Barrett creía.
«Testigos presentes: doctor Lionel Barrett y señora, señor Benjamin... »
Fischer corrió la cinta de regreso hasta casi el principio.
La histérica voz de Florence, en medio del trance:
«¡No quiero lastimarlos, pero debo... ! »
Un silencio momentáneo. La voz venenosa continuó:
«Les advierto, salgan de esta casa antes de que los mate a todos ustedes...»
Las percusiones; sonidos repentinos de martillazos; la voz asustada de Edith pre-
guntando, «¿Qué es eso?». Fischer rebobinó el cassette, y escuchó la voz amena-
zadora otra vez. ¿Había sido esa la voz de Daniel Belasco? La escuchó otras cinco
veces, no recabando nada nuevo.
«Salga de la casa...» La imperativa voz de NubeRoja. ¿Habría existido alguna vez
tal entidad, o había sido un segmento de la personalidad de Florence? Fischer ne-
gó con la cabeza.
Un gruñido. Esa profunda voz era concebiblemente la voz de Florence obligada a
sonar en un tono y registro inferior.
«Aquí demasiado tiempo. No escucha. No entiende. Demasiada enfermedad aquí
adentro.»
Fischer tuvo que sonreír, aunque atormentadamente: si no hubiera conocido a
Florence, diría que esa fue una muy pobre imitación de la voz de un indígena.
Continuó: «Los límites. Las naciones.»
«Los términos. No sabe lo que son los extremos y los límites. Las terminaciones y
las extremidades.» Una pausa. «No sabe.»
Carajo —dijo Fischer, y rebobinó por enésima vez.
Escuchó la sesión entera: la retumbante voz del indígena; la descripción de la en-
tidad harapienta; la voz histérica, amenazándolos; las percusiones agudas; la se-
gunda sesión: la invocación de Florence y el himno; su caída en el trance; las in-
halaciones jadeantes; las lecturas impersonales del instrumental de Barrett; su
descripción de la materialización; la risa cáustica; el grito de Edith.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Nada más. Fischer desconectó la grabadora. Cero, pensó. Venir a la carga como
Don Quijote. Necesitaba una aspirina.
Se levantó. No abandonaría la casa hasta que algo ocurriera. No hasta que en-
contrara alguna pista. Se dispuso a pasear otra vez. Y continuaría buscando en
todos los rincones, hasta que apareciera esa minúscula hilacha de iluminación; la
casa podrá estar limpia, pero algo se esconde. Algo lo suficientemente poderoso
como para asesinar.
Carnada viva. Eso es. Al deambular por la gran sala, comenzó a hacerse accesi-
ble. No parecía peligroso hacerlo ahora. Tampoco necesario. Sin embargo, tenia
que hacer algo. Cuidadosamente.
Apenas había dejado caer la última de sus defensas cuándo algo lo empujó. Cru-
zaba hacia el vestíbulo de entrada, y el empellón inesperado casi lo hizo caer.
Tambaleándose hacia un lado, cruzó los brazos automáticamente sobre su cabe-
za, esperando el segundo golpe.
No hubo más. Fischer miró alrededor, ceñudo. Debía volver a abrirse: al fin, algo
tangible; excepto que lo había tomado por sorpresa. Ya no se atrevería a expo-
nerse de la forma en que lo hizo ayer.
Se movió vacilante, rastreando una inusual presencia vigilándolo. Fischer no po-
día decirlo con certeza, pero esa entidad destilaba apremio y determinación.
Enfurecido en su debilidad, se hizo accesible.
Inmediatamente algo lo agarró firmemente de su brazo y lo condujo hacia el co-
rredor. Fischer cruzó sus brazos en un acto reflejo, autoprotegiendo su plexo so-
lar. Tuvo que volver a blindarse como una ostra.
Lo intentaría de nuevo, pero esta vez dilatando la ventana de su clarividencia lo
suficiente como para observar a la presencia en el acto de empujarlo.
Otra vez fue espoleado hacia el corredor.
La fuerza enganchó su brazo izquierdo en asa y le sujetó la mano conduciéndolo
por el pasillo, en un reconocible gesto de acompañamiento femenino. Fischer no
se resistió, asombrado por la ausencia de fetidez en la entidad; es más, olía a flo-
res frescas. No era sombría o destructiva; difundía calidez. Si cerraba los ojos,
podría jurar que era una tía joven apurándolo a la cocina para tomar la merienda:
chocolate con galletitas. Fischer casi se sintió obligado a sonreír frente a esa per-
cepción. Era definitivamente un impulso insistente, demandante y completamente
falto de amenaza.
Florence.
Una flecha de luz le atravesó el cerebro de oreja a oreja.
—¡Florence! —saludó Fischer, con sus ojos húmedos. Una ráfaga de júbilo lo
inundó; Florence estaba a su lado, guiándolo hacia la capilla.
Se aproximó sobre la pesada puerta y la empujó.
El ambiente allí dentro estaba opresivamente quieto. Fischer miró alrededor. El
perfume floral se había extinguido.
«El altar.»

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Las palabras brillaron en su mente tan claro como si las hubiera oído en voz alta.
Caminó por el atrio rápidamente, reparando por primera vez en el cadáver del
gato; luego, pasó el crucifijo caído. Alcanzó el altar y miró la Biblia abierta.
La vetusta página de testimonios encabezada por la palabra NACIMIENTOS.

Daniel Myron Belasco


Nacido el 4 de noviembre de 1903, a las 2:34 de la mañana.
Sintió una fría decepción. No era esto lo que buscaba; no podía ser.
Las páginas de la Biblia empezaron a voltearse tan vertiginosamente que sintió
una brisa en su cara. Se detuvieron. Miró los versículos, pero no sabía decir cuál
era el párrafo significativo que debía leer; entonces, dejó que su mano fuera le-
vantada y guiada a través de los renglones. Su dedo índice se detuvo en una lí-
nea. Se dobló para leer.
“Si tu mirada es perversa, arráncate los ojos”
Pensó un poco. Percibió la impaciencia y la ansiedad de Florence como una pre-
sión en las sienes, pero no entendía el mensaje. Las palabras no tenían sentido
para él. —Florence... —murmuró.
Se sobresaltó al escuchar detrás de él un sonido crujiente. Al girar la cabeza, vio
como el empapelado del altar se desgarraba a jirones, revelando una ajada pared
de yeso.
Fischer lanzo un alarido cuando sintió que el medallón se ponía incandescente co-
ntra su pecho. Lo buscó frenéticamente dentro de su camisa y lo jaló bruscamen-
te hacia afuera con un siseo de dolor. Se hizo añicos en el piso.
Fischer miró los pedazos, aturdido. Se reunieron para formar una especie de cu-
ña, como la cabeza de una flecha; parecía apuntar hacia...
La oscuridad le cayó encima con una prisa tan arrolladora que no atinó a defen-
derse; Fischer permaneció inmóvil, como embelesado frente a un tsunami.
En el momento siguiente, el pardo oleaje lo zamarreó con fuerza arrojándolo de
espaldas al suelo. Gritó horrorizado al sentirse cubierto por una asfixiante y gélida
cerrazón que lo mantenía aplastado contra el piso. Indefenso, permaneció tum-
bado allí mientras el oscuro iceberg que le aplastaba el pecho se filtraba a través
de él, hinchando cada vena y cada arteria con virulenta contaminación.
«¡Ahora es tu turno!» Una voz triunfante aulló en su mente y repentinamente su-
po la respuesta, del mismo modo que Florence Tanner y Lionel Barrett la supie-
ron; y también entendió que esa respuesta le era revelada porque estaba a punto
de morir.
No se movió por mucho tiempo.
Sus ojos no parpadearon. Se asemejaba a un cadáver yaciendo desgarbadamente
en el piso.
Luego, muy lentamente, con la mirada vacía, se levantó y caminó maquinalmente

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hacia la puerta. Salió al corredor y encaró hacia el vestíbulo de entrada. Se acer-


có a la puerta principal, la abrió y salió. Cruzando el porche, bajó las anchas es-
caleras, alcanzó el camino de grava y comenzó a andar en él. Fijó la mirada en su
objetivo: la laguna; entonces, se lanzó hacia ella dando zancadas decididas. Ca-
minó dentro del pestilente légamo hasta que llegó a la altura de sus rodillas.
Un grito distante. Apenas perceptible dentro de la membrana de su letargo. Par-
padeó y se mantuvo en movimiento. Algo entró al fango con él, lo aferró de su
suéter y lo zarandeó con fuerza, remolcándolo de regreso. El ácido verde que
movilizaba sus órganos vitales lo punzó agudamente, dejándolo sin aliento. For-
cejeó, tratando de zambullirse en la marisma, pero alguien lo estaba jalando a la
orilla.
Fischer gimió y se apartó. Unas manos frías lo agarraron del cuello. Gruñó ensi-
mismado y trató de librarse de ellas. Los músculos de su estómago se anudaron y
cayó doblado sobre sus rodillas. El agua helada y podrida salpicó su cara. Negó
con la cabeza y trató de levantarse, para continuar internándose en la laguna
pantanosa.
Las manos se mantuvieron tirando de él todo el tiempo. Mirando hacia arriba, vio,
como a través de un velo de gelatina, una cara blanca, deformada. Sus labios se
movían, pero él no entendía los sonidos. Se quedó adolorido y ofuscado, con la
mirada fija en ese esperpento que interfería en su camino. El único objetivo claro
que tenia su mente era entrar al pantano y morir. La tarea era sencilla y debía
cumplirla a rajatabla.
Emeric Belasco en persona le había solicitado amablemente que lo hiciera.

7:58 P.M.

Por más de media hora Fischer había permanecido encorvado en la esquina del
asiento del Cadillac; blanco como la nieve, dientes castañeteando, brazos cruza-
dos a través del estómago. Sus ojos parpadeaban infrecuentemente, casi una vez
por minuto, deteniendo su mirada al frente. Su constante tiritar desalojaba la fra-
zada de sus hombros; Edith había tenido que arroparlo repetidamente. De todos
modos, Fischer no había respondido a ninguna de sus atenciones. Ella podría
haber sido invisible para él.
Ella también había quedado exhausta; le había costado lo indecible evitar que se
sumergiera en la laguna.
Aunque el forcejeo lo había hecho progresivamente más débil, su obvia intención
de ahogarse había persistido, insondable. Tironeando de sus ropas, aferrándosele
de sus manos, cuello, cabello, y por fin, abofeteándolo, Edith pudo frustrar sus
esfuerzos una y otra vez. Para cuando la lucha finalmente hubo acabado, ella
había quedado tan mojada y temblorosa como él.
Edith miró el tablero, verificando el indicador de combustible. Había estado en-

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

cendiendo la calefacción esporádicamente desde que lo arrastró al interior del co-


che; ahora la había puesto al máximo y se sentía bastante confortable. Vio que le
quedaba medio tanque, y volvió la cabeza hacia Fischer. La temperatura no pare-
cía afectarlo; aún seguía estremeciéndose, pero ella sabia que no era únicamente
por el frío.
Contempló sus demacrados rasgos.
De nuevo al principio. No pudo evitar el pensamiento.
El intento de 1970 por desentrañar a Hell House era uno más en la lista de fraca-
sos.
Fischer se sacudió convulsivamente y cerró sus ojos. Sus dientes dejaron de cas-
tañetear; al fin, su cuerpo estaba inmóvil. Edith lo observó en silencio. Vio como
el color regresaba a sus mejillas.
Varios minutos más tarde abrió sus ojos y la miró. Ella oyó un sonido seco y cru-
jiente en su garganta cuando tragó. Extendió la mano lentamente hacia ella, y
ella le correspondió. Estaba helado.
—Gracias — murmuró.
Ella no dijo nada.
—¿Qué hora es?
Edith miró su reloj de pulsera y vio que se había detenido. Consultó el tablero.
—Ocho y cinco.
Fischer se arrellanó en el negro y mullido tapizado con un gemido.
—¿Cómo hizo para traerme?
Fischer la escuchó.
—¿Qué razón tuvo para volver?
—Creí que no debería quedarse solo; y por lo visto, no me equivoqué.
—¿A pesar de lo que sucedió con usted antes?
—Sólo tenía que intentarlo.
Sus dedos apretaron los de ella.
—¿Qué fue lo que le sucedió? —preguntó Edith.
—Quedé atrapado.
—¿Qué cosa lo atrapó?
—No fue una cosa. Alguien me atrapó.
Ella esperó.
—Florence nos lo había dicho —dijo Fischer—. Ella nos lo dijo, pero yo no tuve la
inteligencia suficiente para entenderlo.
—¿Qué?
—La “B” mayúscula dentro del círculo —contestó Fischer—. Belasco. A solas.
—¿Cómo a solas? —Ella no caía.
—Él creó todo esto.
—¿Y cómo lo sabe usted?
—Porque él me lo dijo —contestó Fischer—. Él me lo dejó saber, porque estaba a
punto de morir.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—No es extraño que el secreto nunca fuera solucionado. No hay nada parecido a
esto en toda la historia de las casas estigmatizadas. Imagine un titiritero solitario
en su consola, dotado de un temperamento tan histriónico y hábil, que es capaz
de interpretar a todos los personajes de su farsa.
Edith lo escuchaba.
Eso es Emeric Belasco: una entidad que puede fabricar la compleja ilusión de que
docenas de entidades deambulan por la casa; un ente tan poderoso capaz de ma-
nipular un amplio rango de efectos químicos, físicos y mentales, pervirtiendo y
engañando la percepción de todos los clarividentes y científicos que se atrevieron
a entrar aquí.
Edith apagó el motor; el auto se ponía frío. Deberíamos estar llegando a la ciu-
dad, pensó; pero sentada en la oscuridad, atontada y sometida, escuchó la voz
de Fischer canturreando su explicación.
—Pienso que supo, ni bien entramos, que debía concentrar todas sus fuerzas en
Florence. Sabía que era nuestro eslabón más débil; no en el sentido de carecer de
fuerza, sino porque ella era la más vulnerable emocionalmente.
—Cuando tuvimos la primera sesión la noche del lunes, él debió haber alimentado
sus impresiones más diversas, buscando una que provocara una respuesta en
ella. Así creó al joven que engañó su mente; el joven que Florence identificó co-
mo Daniel Belasco.
—Al mismo tiempo, para usarla en contra de su marido, Belasco la indujo a mani-
festar fenómenos físicos. Sirvió para un propósito múltiple. Verificó las creencias
de su marido. Fue el primer golpe para la autoestima de Florence; Ella sabía que
era simplemente una médium mental, y si bien trató de autoconvencerse que era
la voluntad de Dios, ese hecho siempre la preocupó. Sabía que algo estaba mal.
Ambos lo sabíamos.
—Y como tercer efecto, le impidió a su marido meter a otro clarividente en la casa
después de que me rehusase a sesionar para él.
Fischer bajó la mirada.
—De esta manera, Belasco pudo mantener al grupo en un número manejable.
—Entonces —continuó—, comenzó a estimular la creciente situación de hostilidad
entre Florence y su marido.
Apenas entramos a la casa, supo que ambos disentían en sus creencias y se dedi-
có a aprovechar el inconsciente resentimiento de Florence; ella se sentía ofendida
con su marido desde el reconocimiento físico en el gabinete, y cualquier insinua-
ción de que ella fuera capaz de cometer fraude la habían hecho enojar. Belasco
usó eso a su favor, causando el ataque poltergeist en el comedor, robando una
cierta cantidad de poder psíquico a Florence, pero en su mayor parte, la fuerza
desplegada era la de él. En esa ocasión, le sirvió para debilitar a Florence y
hacerle dudar de sus propias motivaciones; luego, aumentó la animosidad entre
ella y su marido, legitimando sus convicciones científicas; y de paso, lo lastimó en
el pulgar, asustándolo un poco.

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

—Lionel no estaba asustado —replicó Edith, con una voz carente de convicción.
—Luego siguió trabajando en Florence —continuó Fischer, como si ella no hubiera
hablado—, agotándola física y mentalmente: los mordiscos y el ataque del gato
hicieron lo suyo. Y cuando su confianza no pudo caer más bajo debido a los di-
chos de su marido, Belasco la indujo a encontrar el cadáver tras la pared de la
bodega, escenificando una aparente resistencia para hacerlo más convincente.
—Así fue como ella se persuadió de que Daniel Belasco deambulaba por la casa.
Además, para garantizar esta convicción, Belasco la condujo a la laguna durante
un sueño para dejar que “Daniel” la rescatara, dándole también una fugaz visión
de sí mismo escapando furtivamente de la escena. Más tarde, después de con-
tarme el episodio, me dijo que había llegado a la conclusión de que Belasco con-
trolaba a cada entidad prisionera en esta casa como si fuera un general.
—¡Pobrecita, estuvo tan cerca! Incluso engañada a cada paso del camino, tuvo la
solución frente a sus narices. Por eso estaba tan confiada; en toda su argumenta-
ción, sólo existió una fina pared entre ella y la verdad que ahora conocemos.
—¡Si tan sólo la hubiera ayudado un poco! Ella podría haberlo visto, podría estar
aquí y ...
Fischer se detuvo bruscamente. Por mucho tiempo se quedó con la mirada fija a
través de la ventanilla. Finalmente siguió.
—Fue cuestión de aprovechar la oportunidad —dijo él—. Belasco ha debido intuir
que, tarde o temprano, Florence llegaría a la respuesta correcta. Así es que se
concentró en ella aun más, usando los recuerdos sobre la muerte de su hermano
y vinculándolos a su obsesión por Daniel Belasco.
Así, la pena de su hermano se convirtió en la pena de Daniel, y la necesidad de su
hermano —Fischer apretó los dientes— se convirtió en la de Daniel.
La expresión en la cara de Fischer era de odio.
—Entonces, le dio el golpe final dejándola entrar en la capilla; le mostró la certifi-
cación del nacimiento de su hijo escrito en la Biblia del altar. Belasco sabía que
ella creería en eso, porque era exactamente lo que ella buscaba. Ya no le queda-
ban dudas a la pobre Florence; había existido un Daniel Belasco, y su espíritu en-
cadenado necesitaba de su ayuda. Combinando los hechos de la existencia de su
hijo con el pesar por la muerte de su hermano, Belasco terminó por convencerla.
Edith se sobresaltó cuando, inesperadamente, Fischer golpeó el borde de la guan-
tera con un puño.
—¡Y pensar que yo percibí la clase de “ayuda” que le estaba pidiendo! ¡Lo supe
aquí dentro! ¡Maldito idiota! —volteó su cara hacia ella—; y la dejé ir, sin acom-
pañarla. ¡La dejé hacer lo que nunca debió haber hecho: destruirse!
—Desde ese momento, la perdí —siguió hablando amargamente—. No había for-
ma de sacarla de la casa; fui un tonto al pensar que podría. Ya se había converti-
do en... una muñeca, un títere. Un juguete para divertirse torturándola —le bri-
llaban los ojos—. Y yo me quedé ahí sentado, mientras su marido nos explicaba
su teoría, sabiendo que estaba poseída, sabiendo que Belasco escuchaba los de-

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talles del Reversor.


—¿Entonces, por eso quiso destruirlo? —preguntó Edith.
—¿Para qué querría destruirlo? Belasco sabía que no representaba peligro para él
—contestó Fischer.
—Pero usted dijo que la casa estaba limpia después de que Lionel la usó.
—Otro de los trucos de Belasco.
—No puedo creer que...
—Él permanece todavía en esta casa, Edith —interrumpió Fischer, apuntándole
con un dedo—; él asesinó a su marido, asesinó a Florence y casi nos asesinó a
usted y a mí... Se rió sarcásticamente, derrotado.
—Su broma final; si bien ahora conocemos su secreto, no hay una maldita cosa
que podamos hacer con él.

8:36 P.M.

Fischer se detuvo cuando alcanzaron la puerta principal. Edith lo miró. Él clavaba


los ojos en el picaporte.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No sé si pueda entrar de nuevo.
Ella vaciló, y finalmente dijo: —Tengo que recuperar las cosas de Lionel, Ben.
Fischer no respondió.
—Usted dijo si que podía cerrarse a voluntad y que Belasco no lo podía alcanzar.
—Dije un montón de cosas esta semana; lamentablemente, la mayor parte de
ellas estaban equivocadas.
—¿Tendré que ir yo, entonces?
Fischer guardó silencio.
—¿Y bien?
Dando un paso adelante, empujó la puerta derecha. Echó un vistazo adentro por
varios segundos y luego dijo:
—Volveré tan pronto como pueda —dijo.
Fischer dio un paso dentro de la casa. Por algunos minutos se quedó inmóvil, an-
ticipando. Cuando nada ocurrió, atravesó el vestíbulo de entrada, dirigiéndose
hacia las escaleras.
La atmósfera seguía sintiéndose despejada, pero eso no apaciguó sus miedos es-
ta vez.
Al subir rápidamente los escalones, se preguntó si Belasco aún permanecía en la
capilla o deambulaba por la casa. Esperó que su blindaje emocional continuara
siendo una eficiente defensa, pero ahora ya no estaba seguro ni siquiera de eso.
Entró en el cuarto de los Barrett, tiró las valijas sobre la cama más cercana a la
puerta y las abrió.
Lo que más lo enervaba en ese momento era la convicción de que Barrett había

193
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

estado completamente equivocado. Ese científico no era un loco improvisado y


todo lo que había dicho pareció tener tanto sentido. ¿Entonces, que fue lo que lo
hizo fallar?
Fischer se movió rápidamente entre las camas, el armario y la cómoda, agarran-
do ropas y efectos personales y lanzándolos en las dos valijas abiertas. Belasco
debe haberse decidido, desde el principio, a nunca dejarse ver, pensó.
Si nadie había logrado verlo alguna vez, entonces nunca se podría llegar a creer
que jugara un papel tan importante en las tribulaciones de esta casa; cualquiera
que observara la imponente cantidad de fenómenos registrados aquí, todos apa-
rentemente desconectados, se dedicarían a investigarlos por separado, sin darse
cuenta jamás de que Belasco es la única causa de todos ellos. Maldito bastardo,
pensó. Con gestos endurecidos y con movimientos rabiosos, Fischer comenzó a
aplastar las ropas en las valijas para poder cerrar las tapas.
La única cosa que todavía no conseguía entender era por qué Belasco, tan diabó-
licamente eficiente al momento de destruir a Florence y a Barrett, había elegido
una forma tan ineficiente para exterminarlo.
Enviarlo a sonambular fuera de la casa para ahogarse en el pantano, no era digno
de alguien que había demostrado tener un poder tan inmenso. ¿Si la fuerza de
Belasco era ilimitada, por qué escogió entonces un método tan inepto?
Fischer dejó de hacer el equipaje abruptamente.
A menos que ese poder ya no fuese tan ilimitado.
¿Sería posible eso? Ciertamente, él había sido muy vulnerable frente a Belasco en
la capilla. Si alguna vez había existido el momento exacto de aplastarlo, ese
hubiera sido el mejor. Pero en lugar de acabarlo de un solo golpe cuando lo tenía
entre sus manos, lo había convencido de abandonar la casa para suicidarse afue-
ra. ¿Por qué? Negó con la cabeza. Eso no tenía sentido.
Si Belasco actuó de esa manera para vanagloriarse de su propio ego era muy po-
co convincente. Quizás lo hiciera cuando era niño, pero no ahora. La idea más
aceptable por el momento era que Belasco no había sido lo suficientemente fuerte
para destruirlo después de lo que le hizo a Barrett y a Edith.
¿El Reversor había funcionado correctamente? ¿Pero, si hubiera funcionado co-
rrectamente, porqué Belasco continuaba rondando?

8:48 P.M.

Edith golpeaba con impaciencia los pies en el porche, esperando el regreso de


Fischer.
La frazada con la que se había envuelto los hombros ya no la mantenía caliente;
sus ropas, todavía húmedas, se habían enfriado otra vez. Miró furtivamente el
vestíbulo de entrada. ¿Pasaría algo si diera un paso adentro para salir de lo peor
del frío?

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

Tuvo que hacerlo finalmente. Entró, cerró la puerta y apoyó su espalda sobre ella,
mirando hacia la escalera.
Sintió como si hubiera estado en esta casa en alguna otra vida. El último lunes le
pareció tan distante en su mente como la época de las Pirámides. Ahora que Lio-
nel se había ido, ya nada parecía tener mucha importancia. Esa había sido una
buena razón para volver a entrar allí.
Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de recibir el verdadero impacto de la
muerte de su esposo; probablemente, cuando volviera a ver el cuerpo, lo sabría.
Siguió con la mirada fija en los escalones. ¿Había sido ayer cuando ella bajó esas
escaleras para exhibirse frente a Fischer? Tembló. Qué presa tan fácil había sido
para Belasco.
Recordó cuando examinó a Florence en el gabinete. Había sido Belasco quien la
observaba detrás de ella, tomando nota de su vergüenza.
Belasco le había mostrado las fotos, le había hecho beber el coñac, había usado
en su contra su miedo a poseer tendencias homosexuales y le había provocado un
contradeseo irreflexivo hacia Fischer; se sobresaltó haciendo memoria. Qué débil,
con qué facilidad me había manipulado.
Se obligó a rechazar esa idea. Cada pensamiento acerca de Belasco era un insulto
a la memoria de Lionel. Ahora sentía pesar de haber regresado, para descubrir
que su marido había estado equivocado en todo lo que había dicho y hecho.
Hizo un mohín de culpabilidad. ¿Cómo puede ser que todo su esfuerzo y trabajo
no hayan significado nada?
Sintió un súbito impulso de cólera hacia Fischer por destruir su fe en Lionel. ¿Qué
derecho tenía para hacer eso?
Una prisa de repentina angustia le hizo precipitarse a través del vestíbulo de en-
trada. Subiendo las escaleras, cruzó el pasillo. Las dos valijas estaban fuera de su
cuarto. Miró alrededor, y oyó sonidos en el cuarto de Fischer; corrió hacia allá.
Cuando Fischer la vio entrar la increpó: —Le dije que...
—Sé muy bien lo que me dijo —interrumpió Edith—. Sólo quiero que me diga por
qué está tan seguro de que mi marido estaba equivocado.
—No lo estoy.
El ímpetu de su cólera se refrenó. Ella comenzaba a hablar otra vez, pero sólo
atinó a preguntar: —¿Qué?
—Lo que dije es que su marido pudo haber tenido razón a medias.
—¿Cómo es eso?
—¿Edith, no recuerda lo que le dijo Florence a su marido?
—¿Qué cosa?
—Ella dijo «¿No puede ver que ambos podemos estar en lo correcto?»
—No le entiendo.
—Florence, como cualquier otro clarividente, podía percibir presencias; y su espo-
so sabía que esta casa estaba saturada de radiación electromagnética; si el poder
de Belasco estaba basado en esa radiación, me pregunto si no fue debilitado por

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HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

el Reversor.
—¿Por qué se permitiría ser debilitado? No tiene sentido, Ben. Especialmente
cuando tuvo la posibilidad de destrozar la máquina.
Ansiosa por restaurar la validez del trabajo de Lionel, continuó:
—Pero ahora que lo pienso, tal vez esté debilitado. Usted dijo que lo atrapó en la
capilla. ¿Si todavía es poderoso, por qué tuvo que hacer eso? ¿Por qué no lo ata-
có en cualquier otra parte?
Fischer no podía convencerse. Algo no encajaba. Comenzó a caminar con pasos
largos y despaciosos.
—Creo que podría explicar por qué me llevó engañado a la capilla —dijo él.
—Cuando salió después de que el Reversor lo había debilitado, gastó la mayor
parte de su energía restante para destruir a su marido y atacarla a usted —se in-
terrumpió coléricamente—. No. No tiene sentido. Si el Reversor hubiera funciona-
do, se habría disipado todo su poder, no una parte.
—Tal vez su poder sea demasiado grande para ser disipado por el Reversor.
—Lo dudo —dijo él—. Además no explica por qué permitió funcionar al Reversor
cuando tuvo la chance de destruirlo.
—Pero Lionel creía en el Reversor —persistió Edith—. ¿Si Belasco lo hubiera des-
truido antes de ser encendido, eso no significaría admitir que sabía que Lionel es-
taba en lo correcto?
Fischer estudió su cara. Algo lo acosaba desde adentro, algo que tenía el mismo
exultante sentido de verosimilitud que había sentido cuándo Florence le había
comentado su teoría sobre Belasco.
Viendo su expresión, Edith se desesperó por convencerlo de que Lionel había te-
nido razón, aunque sea en parte.
—¿No sería más satisfactorio para alguien como Belasco dejar a Lionel encender
el Reversor, para luego tener la satisfacción de destruirlo? En el momento de mo-
rir, Lionel debió haber creído que estaba equivocado. ¿No era eso lo que buscaba
Belasco? —dijo Edith, esperanzada.
La mente de Fischer luchó para ensamblar los pedazos. El sentimiento aumentaba
firmemente.
¿Pudo Belasco arriesgarse a ser exterminado o debilitado sólo para ver la cara de
frustración de Barrett?
Sólo un ególatra podría ser capaz de...
Un gemido visceral lo estremeció de pies a cabeza.
—¿Qué? —preguntó Edith alarmada.
—El ego —dijo él.
Señaló con el dedo a Edith sin darse cuenta. —El ego —repitió.
—¿Qué significa?
—Usted está en lo correcto; no habría sido satisfactorio para él de cualquier otra
forma. Simplemente, dejó a su marido encender el Reversor, para disipar aparen-
temente su poder; y cuándo su marido se encontraba en la cumbre de su satis-

196
HELL HOUSE LA CASA DEL INFIERNO RICHARD MATHESON

facción, lo... —se detuvo, mirándola de reojo—. Sí. Sólo de esa forma podría sa-
tisfacer su ego.
—De la misma manera tuvo que hacérselo saber a Florence antes de matarla. Su
grandísimo ego. También debe haberse mostrado frente a su esposo. Su ego. Él
se dejó ver por usted en el teatro. El ego. Tuvo que dejarme saber a mi también.
Su ego. No fue suficiente para él enfrentarnos a nuestra propia destrucción; tam-
bién tuvo que decirnos, en el momento culminante de nuestra máxima impoten-
cia, que había sido él y sólo él. Pero cuando llegó mi turno, la mayor parte de su
poder se había disipado; todo lo que pudo hacer fue engañar mi voluntad para
obligarme al suicidio.
Fischer se sentía repentinamente excitado. —¿Qué tal si ahora está tan débil que
no puede salir de la capilla?
—Pero usted dijo que Belasco lo hizo ir hacia allá —dijo Edith.
—¿Qué tal si no fue él? ¿Qué tal si fue Florence? ¿Qué tal si ella supo que estaba
atrapado allí dentro?
—¿Porqué Florence lo conduciría directamente a su destrucción? —preguntó Edith.
Fischer se afligió. Había percibido a Florence tan claramente que desechó esa
idea.
—No, ella no lo haría. ¿Por qué me arrastró hasta la capilla, entonces? Tenía que
haber una razón.
Recobró su aliento. —El salmo en la Biblia.
Un estertor de premura burbujeó en su pecho. Un latido que no había experimen-
tado desde que era niño, pulsando con fuerza dentro de él, llorando por liberarse.
—Si tu mirada es perversa, arráncate los ojos...
Se paseó como un león enjaulado, de un lado al otro, sintiéndose cerca del borde
del precipicio, la niebla a punto de dividirse delante de él, la verdad a punto de
aparecer.
—Si tu mirada es perversa, arráncate los ojos —repitió.
¿Qué más había ocurrido en la capilla? El empapelado roto. ¿Eso Que significaba?
El medallón hecho añicos, como una punta de flecha señalando el altar. Y, en el
altar, la Biblia abierta.
—Dios mío —su voz temblaba, ansioso; estaba cerca.
Si tu mirada es perversa, arráncate los ojos... El ego de Belasco.
Se detuvo, sus sentidos interiores ardían conscientes. Estaba en la recta final.
—Algo. Algo. Si tu mirada...
—¡La grabación! —chilló.
Se zambulló en el corredor. Edith corrió tras él, y cuando ella llegó a las escale-
ras, él ya estaba a medio camino, brincando los escalones a pasos desmesurados.
Edith descendió tan rápido como pudo y atravesó el vestíbulo tras él, desconcer-
tada.

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Fischer se acercó a la mesa redonda y encendió la grabadora. Edith se mordió los


labios involuntariamente cuando escuchó la voz de Lionel.
«...causando sacudida sistémica breve...». Fischer refunfuñó y rebobinó la cinta.
«... dinamómetro a mil cuatrocientos sesenta...». Fischer volvió a rebobinar con
un sonido de impaciencia. Edith oyó la voz de Florence diciendo, «Les advierto,
salgan de esta casa antes de que los mate a todos ustedes...». Fischer le dio un
puñetazo al botón de rebobinar.
La voz de Florence en un tono muy bajo repitió: «...aquí demasiado tiempo. No
escucha. No entiende. Demasiada enfermedad aquí adentro.»
Hubo una pausa. Fischer se apoyó en la mesa muy tenso.
«Los límites. Las naciones.»
«Los términos. No sabe lo que son los extremos y los límites. Las terminaciones y
las extremidades.» Una pausa. «No sabe.»
Edith se sobresaltó cuando Fischer gritó con un regocijo salvaje. Rebobinó la cinta
y la escuchó otra vez.
«...extremos y los límites. Las terminaciones y las extremidades...»
Fischer agarró abruptamente la grabadora y la sujetó por encima de su cabeza en
un gesto de triunfo.
—¡ELLA LO SABÍA! —gritó enardecido—. ¡ELLA LO SABÍA! ¡LO SABÍA!
Arrojó la grabadora a través del cuarto. Y antes de que se destrozara contra el
piso, Fischer corría hacia el vestíbulo de entrada.
—¡Venga conmigo! —gritó.
Fischer atravesó velozmente el vestíbulo de entrada y encaró el corredor rumbo a
la capilla, seguido por Edith. Arremetiendo con un salvaje aullido, pateó la puerta
y se arrojó dentro de la capilla.
—¡BELASCO! —rugió—, ¡ESTOY AQUÍ OTRA VEZ! ¡DESTRÚYAME SI PUEDE!
Edith entró corriendo. —¡EDITH, VENGA CONMIGO! —gritó.
—¡Ahora estamos todos! —gritó en todas direcciones—. ¡VAMOS, DESTRÚYANOS!
¡NO DEJE EL TRABAJO A MEDIO HACER!
Un pesado silencio cayó sobre ellos y Edith oyó la entrecortada respiración de Fis-
cher. —¡VAMOS, DÉJESE VER! —refunfuñó, recuperando el aliento.
Silencio.
—¡VAMOS, BASTARDO PIOJOSO, APAREZCA DE UNA VEZ!
La mirada de Edith brincó hacia el altar. Por un momento ella no pudo creerle a
sus oídos. Entonces, los sonidos se hicieron más fuertes, más evidentes, incon-
fundibles.
Ruido de pasos.
Acercándose.
Edith se echó hacia atrás automáticamente, con los ojos fijos en el altar, sin tener
conciencia que la mano de Fischer estaba restringiéndole los movimientos. El rui-
do de pasos era más estridente ahora. Miró boquiabierta hacia el altar. Los soni-
dos crecían a cada segundo. El piso comenzó a cimbrar.

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Un gigante se aproximaba.
Edith empezó a lloriquear, tironeando constantemente de la mano de Fischer. El
ruido de pasos era casi ensordecedor.
Ella trató de tapar sus oídos pero consiguió levantar sólo un brazo. La capilla pa-
recía latir con el sonido de cada uno de esos titánicos pasos acercándose. Edith se
sacudía frenéticamente, chillando de pánico. Vamos a morir, pensó.
¡VAMOS A MORIR! —gritó en una súbita y violenta explosión de terror que llenó el
recinto. Cerró sus ojos involuntariamente y giró la cabeza.
El silencio la obligó a reabrirlos.
Sofocándose, Fischer la sujetó de los hombros.
—No tema, Edith —su voz estaba tensa con excitación—. Éste es un momento
muy especial. Nadie más que nosotros ha visto esto jamás; no a menos que es-
tuvieran a punto de morir, por supuesto. Fíjese bien, Edith —se apartó un poco:
—Señora Barrett, le presento a Emeric Belasco, “El Gigante Rugiente”.
Las pupilas de Edith se dilataron. Lentamente, levantó la cabeza y contempló la
figura.
Belasco era enorme; vestido completamente de negro, descarnado y pálido; su
rostro estaba enmarcado por una barba azabache.
Sus dientes carnívoros y amarillos, dejaban al descubierto una mueca abierta y
salvaje; sus penetrantes ojos verdes resplandecían con una luz interior. Edith
nunca había visto rasgos tan perversos en su vida.
Muy profundo dentro de sí misma, girando en un remolino de terror, su mente se
preguntó por qué no estaban siendo masacrados en este preciso momento.
—Explíqueme algo, Belasco —le espetó insolentemente Fischer.
Edith no supo si sentir tranquilidad o terror al escuchar el tono insultante y desca-
rado en la voz de Fischer.
—¿Por qué no salió nunca de esta casa? ¿Por qué siempre «despreció la luz del
sol», como dijo alguna vez? ¿No le importaba? ¿O fue porque prefería esconderse
en las sombras?
La figura avanzó hacia ellos. Edith se soltó y se echó hacia atrás rápidamente,
horrorizada al ver a Fischer adelantarse.
—Usted camina trabajosamente ¿Verdad, Belasco? —escupió Fischer—. Cada pa-
so, cada movimiento que hace implica un costo de energía ¿No es cierto?
—¿NO ES CIERTO, BELASCO? —gritó abruptamente, feroz.
La boca de Edith se abrió grande, involuntariamente.
Belasco se había quedado quieto. Sus rasgos estaban ardiendo con una furia roja;
pero parecía, en cierta forma, una furia de frustración.
—Mírese los labios, Belasco —dijo Fischer, dando un paso adelante—. La presión
espástica los mantiene unidos. Mírese esas ridículas manos; la tensión espástica
las mantiene sujetas en sus costados.

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—¿Qué pasa con usted, Belasco? —su voz se regodeaba, burlona—. ¿No será que
es un triste fraude?
—¡EL GIGANTE RUGIENTE! —gritó en su cara—. ¿Usted? ¡JA! ¡ME CAGO EN
USTED! ¡ME CAGO EN EL GIGANTE RUGIENTE!
Su cacareo burlón reverberó en toda la capilla.
—¡¿Usted, un artista?! ¡PERO SI USTED NO ES MÁS QUE UN FENÓMENO DE
CIRCO, UN PEQUEÑO BASTARDO SERRUCHADO A LA MITAD!
Belasco reculó lentamente. Se estaba retirando.
Edith se frotó una manga frente a sus húmedos ojos. Recuperando el color en sus
mejillas, no podía creer lo que veía.
Belasco parecía hacerse más pequeño.
—Oh, ¿Te vas tan pronto, Evil Emeric? —dijo Fischer, con un rictus de animosa
crueldad flotando en su cara.
—¡NO TE VAYAS, PEQUEÑO BASTARDO CHISTOSO!
Fischer se galvanizó súbitamente cuando un gruñido de angustiada furia explotó
en los labios de la sombría y menguante figura que se alejaba. Por un momento,
no pudo reaccionar; luego, la cruel sonrisa regresó a su jadeante rostro.
—Oh, no —dijo, chasqueando los dientes y negando con la cabeza—. No. ¡No pu-
dieron serrucharte tanto! !No puedes ser tan pequeño!
—¡Hey, bastardo! —la figura seguía yéndose—. ¿Te molesta que te llame bastar-
do? ¡No te enojes, bastardo!
—Oh, Belasco. ¡Qué mierda de criatura eres; ni siquiera pareces un fantasma!
—Nunca fuiste un genio, Evil Emeric; sólo fuiste una sombra de hombre, un per-
vertido y un sádico y un BASTARDO. ¡Un pequeño bastardo al que le serrucharon
las piernas!
—¡HEY, BELASCO! —aulló—. ¡Tu madre fue una puta reventada, una mujerzuela,
una sucia perra! ¿ME OYES, EMERIC? ¡Eres un chistoso y deforme malnacido, un
hijo de puta del infierno! ¿Me oyes, Evil Emeric? ¡Un bastardo, bastardo,
BASTARDO, BASTARDO...!
Un horrendo y centrífugo alarido envolvió el aire de la capilla. Edith llevó sus ma-
nos a los oídos instintivamente y cerró los ojos. Fischer se detuvo, extenuado y
con sus sienes a punto de estallar; sus rasgos exaltados por la furia fueron
amenguándose lentamente.
Miró a Edith. Ella mantenía la mirada sobre la figura nebulosa que se desdibujaba
detrás del altar, acobardada y vencida. En ese instante, le pareció oír la voz de
Florence en su mente, susurrándole quedamente:
Sólo el amor verdadero puede alejar todos tu miedos.
Y repentinamente a pesar de todo, Fischer sintió una enfermiza piedad por la pre-
sencia que se desvanecía frente a sus ojos.
—Que Dios se apiade de tu alma, Belasco —soltó.

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La figura desapareció. Por algún tiempo pudieron escuchar un gemido, como si


alguien estuviera cayendo en un pozo sin fondo. El sonido fue desvaneciéndose
lentamente, hasta que la capilla quedó en completo silencio.
Fischer saltó detrás del altar y examinó la sección de pared revelada por el em-
papelado roto.
Sonrió. Florence le había revelado esto también.
Si tan sólo le hubiera prestado atención.
Apoyándose con todas sus fuerzas, empujó la pared. Una puerta oculta se abrió
con un ruido crujiente.
Una pequeña escalera de cemento descendía delante de él. Miró a Edith y exten-
dió su mano. Ella no habló. Caminó a través del atrio, rodeó el altar y tomó su
mano.
Bajaron la escalera. En el fondo encontraron una maciza puerta de madera. Fis-
cher la empujó, forzándola con el hombro.
Se quedaron en el umbral, contemplando el cadáver momificado. Estaba sentado
en un sillón de madera, bien erguido.
—Nunca pudieron encontrarlo porque se ocultaba aquí —dijo Fischer.
Entraron en la pequeña cámara, alumbrada sólo por la luz que empezó a filtrarse
desde la capilla. Se acercaron a la silla. A pesar de la sensación de que todo había
terminado, Edith no pudo dejar de sentirse temerosa frente a los vacíos ojos de
Emeric Belasco relumbrando desde la muerte.
—Mire esto —Fischer levantó una jarra.
—¿Qué es?
—No estoy seguro, pero... —Fischer rodeó con sus palmas la superficie de la ja-
rra. Las impresiones le llegaron inmediatamente.
—Belasco la colocó a su lado y se obligó a morirse de sed —dijo—. Fue su póstu-
mo triunfo de voluntad. Mientras estuvo vivo, claro.
Edith evitó mirar la cara momificada. Recorrió con la mirada el piso, inclinándose
hacia adelante repentinamente. La cámara estaba tan oscura que ella no había
puesto atención antes.
—Sus piernas —susurró.
Fischer se acercó sin hablar. Colocó la jarra en el suelo y se arrodilló delante del
cadáver de Belasco.
Ella vio sus manos moviéndose entre las sombras. Lanzó un tenue sonido de
asombro cuando Fischer se levantó, sosteniendo una de las piernas de la momia
en sus manos.
Si tu mirada es perversa, arráncate los ojos —dijo—. «Las extremidades». Floren-
ce nos estaba dando la respuesta, como puede usted ver.
Deslizó una mano sobre la pierna artificial.
—Belasco despreciaba tanto su pequeñez que hizo que le removieran sus piernas
quirúrgicamente, para poder colocarse estas prótesis de madera; de esta forma,
podría aparentar su legendaria gran estatura. Esa es la razón por la que eligió

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morir oculto aquí dentro. O era el Gigante Rugiente o no era nada. De todos mo-
dos, nunca hubo suficiente estatura espiritual dentro de él para compensar sus
bajezas o su bastardía.
Abruptamente miró alrededor. Tiró al suelo la pierna de madera, se acercó a una
de las paredes y puso una mano contra la pared.
—Pero que taimado... —dijo.
—¿A qué se refiere?
—Tal vez sí fue un genio, después de todo —dijo Fischer.
Se paseó alrededor de la cámara, tocando todas las paredes, examinando el cielo
raso y la puerta.
¿Qué encontró, Ben?
—Creo que el misterio final ha sido resuelto —dijo—. Parece que su poder no era
tan grande como para resistir el pulso electromagnético del Reversor —el tono de
su voz sonaba casi impresionado—. Hace más de cuarenta años, el muy misera-
ble ya tenía el conocimiento de que existía una correlación entre la radiación elec-
tromagnética y la supervivencia después de la muerte.
—Échele un vistazo a las paredes, la puerta y el techo; están forrados con una
gruesa capa de plomo.

9:12 P.M.

Los dos bajaron lentamente las escaleras; Edith llevaba su valija y Fischer aca-
rreaba la maleta de Barrett y su bolso.
—¿Cómo se siente? —preguntó ella.
—¿Qué cosa?
—Ser el conquistador de la Casa del Infierno.
—Yo no la conquisté —dijo él—; fuimos todos nosotros.
Edith intentó no sonreír. Sabía que eso era cierto, pero quería que él lo dijera.
—Los esfuerzos de su marido debilitaron el poder de Belasco. Los esfuerzos de
Florence nos condujeron a la respuesta final. Yo simplemente armé el rompeca-
bezas, eso es todo; pero eso habría sido imposible si usted no hubiera salvado mi
vida.
—Supongo que tuvo que ser de esta manera —continuó—. La ciencia de su mari-
do ayudó, excepto que no fue suficiente por sí misma; la espiritualidad de Floren-
ce también sirvió, pero no alcanzó a completar la solución. Faltaba un elemento
más: mi deseo de enfrentar a Belasco en su propio territorio y en sus términos.
Todos esos factores y su inestimable presencia, Edith, derrotaron a Hell House.
Chasqueó los dientes. —Ahora que lo pienso, sospecho que Belasco pudo haberse
dejado vencer, aunque sea como parte de este juego macabro. Después de todo,
había estado esperando más de treinta años para tener nuevos invitados.

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Tal vez estaba tan ansioso por utilizar su poder otra vez que se extralimitó, y co-
metió los primeros errores durante su permanencia en esta casa.
Se detuvieron en la puerta y giraron para contemplar la casa. Por un buen rato
permanecieron en silencio. Edith se preguntó como sería regresar a Manhattan y
a una vida sin Lionel. Por el momento no podía visualizar eso, pero sintió unos
bríos de inexplicable paz recorriéndole el cuerpo. Llevaba en su valija los restos
del manuscrito.
Más tarde se ocuparía de publicarlo; quizás algunas personas interesadas en este
campo científico puedan aprender algo sobre lo que Lionel consiguió aquí. Des-
pués, ya tendría tiempo de preocuparse por sí misma.
Fischer miró alrededor, preguntándose que le depararía el futuro. Pero sea lo que
fuere, ya no tendría importancia; ahora se sentía capaz de enfrentar cualquier
cosa. Resultaba irónico que en esta misma casa, donde alguna vez había perdido
la confianza es sí mismo, la hubiera recuperado, sintiendo una agitación restaura-
tiva de amor propio.
Extendió por última vez su red de supraconciencia sobre los alrededores.
Por unos instantes, cerró los ojos. Luego se volvió y le sonrió a Edith.
—Ella ya no está aquí —le dijo—. Florence sólo se quedó el tiempo suficiente para
ayudarnos.
Fischer abrió la puerta. Luego, sin decir una palabra, salieron y se adentraron en
la niebla. Mientras caminaban, masculló algo.
—¿Qué? —preguntó Edith.
—Feliz Navidad —repitió suavemente Benjamin Franklin Fischer.

[ FIN \

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