Sunteți pe pagina 1din 2

Análisis del diario que escribió Empar Moliner de su aventura como inmigrante. Decir aventura es una frivolidad pero si frivolizamos, cada día del año y todos los años, cientos de personas se lanzan al vacío en busca de una vida mejor. Y si eso no es una aventura, que se lo expliquen a ellos.

Por Carla A. Agón

En el texto encontraremos relatadas situaciones que para nosotros son impensables. Pero, ¿Por qué nos cuesta digerirlas? ¿Es posible que una persona ‘civilizada’, un catalán, pueda tratar a otra persona ‘supuestamente civilizada’ de un modo tan vejatorio? Leeremos que sí, que civilizado es un concepto sobrevalorado, mal usado y que ni entendemos. También veremos que seguimos ignorando lo que ocurre tras nuestras fronteras. Y no me refiero precisamente a la geográfica. Partimos del relato de 13 días de vida de inmigrante en las calles de Barcelona. Empar Moliner nos explica como consigue un apartamento de alquiler, como consigue comida y finalmente como consigue y pierde un trabajo el mismo día. En este caso Empar Moliner, como inmigrante en Cataluña, pertenece a un grupo minoritario y sumiso a la supremacía del grupo dominante. Además, no hay que olvidar que es mujer y aunque en enero de 2009 en Cataluña habían 101,60 mujeres por cada 100 hombres (*), sigue considerándose un grupo minoritario. Esta etiqueta cultural e histórica nada tiene que ver con censos y estudios demográficos. Pero es la realidad, y no pretendo parecer feminista; si eres inmigrante y mujer más vale que tengas ganas de luchar. Afortunadamente no todos los catalanes son tan miserables como los que encontró Empar Moliner, o al menos eso me gusta creer. Así pues, hay infinidad de escollos que debe superar. Tomo por ejemplo a cualquiera de los hombres que ofrecen a Empar Moliner un trabajo de interina con ‘extras’. ¿Por qué son capaces de hacerle proposiciones deshonestas a ella y no a una catalana? La respuesta probablemente sea porque la catalana pertenece a su grupo y como tal merece un respeto. Las personas, según la Teoría de la categorización de Tajfel tendemos a agruparnos para definir nuestra identidad. En este caso el catalán forma parte del grupo dominante en Catalunya y víctima de prejuicios infundados por su grupo, infravalora a los que no pertenecen al mismo. La categorización social conlleva un problema fundamental que es el aumento considerable y equívoco de las similitudes que creemos tener con el grupo con el que nos identificamos. Por consiguiente, eleva a la máxima potencia esas diferencias que creemos ver en los otros grupos distintos al nuestro. Las consecuencias directas de estas ilusiones de percepción son el control social, y los prejuicios. Así que seguramente esos catalanes no son malas personas, tan solo son personas que pertenecen a una sociedad. Una sociedad que determina su identidad. Porque sabemos que la identidad no es un factor genuino solamente. La identidad no puede desvincularse del contexto que la rodea, que la crea. De hecho puede decirse que existen tantas identidades como contextos en los que se manifiesten.

Además de la categorización social, uno de los puntos con los que Tajfel pretende explicar los procesos de identificación o no identificación del ser humano así como la percepción que tiene de los demás, encontramos el concepto de comparación. En el caso de Empar Moliner tenemos dos situaciones claras donde el fenómeno de la comparación provoca un comportamiento particular.

El primer caso es cuando Empar Moliner acude al comedor social y conoce a Fátima. Fátima es una mujer marroquí que se siente identificada con Empar (Malika), la sitúa en el mismo grupo que ella. Se establece una relación de igualdad que genera afecto y

comprensión entre las mujeres. Fátima entonces, asesora a Empar Moliner en cuanto a cómo comprar con vales. La segunda situación es al final del relato, cuando encuentra un trabajo. Cuando la pareja catalana recibe a Fátima se comporta como el resto de la gente que pertenece al grupo de poder, Etnocentrismo. Esta vez sin embargo la reacción no es violenta o de desprecio sino que sienten compasión. La compasión en estos casos es lo más parecido al desprecio. De hecho me atrevería a decir que es desprecio expresado de una modo políticamente correcto. La diferencia sigue existiendo entre los dos grupos y la relación que se establece no es horizontal. Todo cambia, y es ahí donde realmente la comparación y los estereotipos establecidos se ven claramente, cuando descubren que Malika en su país era una persona con un status social respetable. Las diferencias sustanciales (dirigidas por el estereotipo asimilado) que creían ver entre Malika, interina, y ellos, ricos de la Bonanova, se desvanecen en milésimas de segundo. Es increíble ver el potencial de las normas culturales; como generan estereotipos asociados a determinados roles sociales y los prejuicios que son consecuencia directa de esta estratificación de la sociedad. Su comportamiento inicial compasivo cambia radicalmente por un comportamiento de rechazo hacia ellos mismos en realidad. ¿Cómo es posible que haga limpiar a una persona que tiene los mismos estudios que yo? Es inconcebible que la mujer de Sarrià se sintiera cómoda dando órdenes a Malika, una mujer que incluso podría tener más estudios que ella. Simples prejuicios. ¿ A caso alguien con menos estudios que yo debe recibir y acatar mis órdenes y alguien de mi estatus no? ¿Son menos personas los que pertenecen a un estatus inferior? ¿Qué es un estatus? ¿En qué me baso para asignar un nivel u otro a los estatus? El estatus es una invención del ser humano para categorizarse. El hecho de que todos estemos etiquetados facilita las relaciones horizontales entre personas con las mismas etiquetas y evidentemente imposibilita la interacción entre etiquetas distintas. O lo que es lo mismo, la categorización social crea estereotipos que son aprendidos e interiorizados y provocan prejuicios, que no son más que actitudes negativas hacia aquellos que son distintos a nosotros. Al leer el texto de Empar Moliner me he reído, he sentido repulsión, pena y vergüenza. No soy capaz de considerar estos sentimientos como innatos y genuinos o como infundados y aprendidos. Yo también me he dirigido a un inmigrante como si lo hiciera con un niño, explicándolo todo mejor que de costumbre. Yo también me he enfadado cuando mi hermano no encontró plaza en el instituto más cercano a casa porque las plazas se reservaban a inmigrantes. Saber que soy un engendro social ignorante no me hace sentir mejor ni libre de culpa. Me pregunto si realmente es posible desvincularse de todo este aprendizaje profundo y destructivo que nos enseña lo que llamamos sociedad. Quizás deberíamos cambiar al maestro para que el contenido fuera el adecuado. (*Idescat. Institut d’estadística de Catalunya)