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El matrimonio Palavrakis

Angélica Liddell

NARRADORA.- Cuando Elsa y Mateo Palavrakis se


despidieron del resto de los concursantes, no sabían que
esa misma noche iban a estar muertos.

EL MATRIMONIO PALAVRAKIS

NARRADORA.- Los señores Palavrakis habían ganado el


concurso de baile, pero no sonreían. Todo lo contrario, las
bocas trazaban una pesada horizontal sobre sus rostros
deprimidos. Por la mañana la señora Palavrakis había
estado confeccionando un trajecito de marinero para su
caniche ciego, y el señor Palavrakis había salido en busca
de una colegiala sin escrúpulos que le entregaba sus
braguitas usadas a cambio de revistas y chucherías. Así era
la vida de Elsa y Mateo Palavrakis.
MATEO.- ¿Seguro que están usadas? ¿Seguro que te las has puesto?
¿Quién te compra las bragas? Deberías comprar tus propias bragas.
Deberías elegir tus bragas. Es algo íntimo, ¿me entiendes? Intimo. Es
tu elección, tu punto de vista sobre las cosas, tu carácter. Hasta el
gusano tiene un punto de vista sobre las cosas. Toma, coge el dinero.
Cómprate unas bragas que te gusten. Tienes derecho. No dejes que
tu madre elija por ti. Cómprate unas bragas bonitas. Algún día tienes
que empezar. Es algo importantísimo. Hazme caso, importantísimo.
Ya tienes edad para comprar tus propias bragas. ¿Cuántos años has
cumplido? ¿Doce? ¿Doce años? Buena edad para hablar con una
mujer. Doce años. Una auténtica mujer. No estás a gusto, ¿verdad?
Yo tampoco. Somos las víctimas. Ante todo somos las víctimas.
Nunca lo olvides. Las víctimas. Te ha pegado. Tú padre te ha pegado.
Cerdo. Y sólo porque eres hermosa. Sabe que no puede ponerte una
mano encima si no es moliéndote a golpes. ¡Los padres! ¡Todos
iguales! Te ha pegado. Te ha pegado por tus labios, porque tienes en
la boca toda la sangre de una herida. Preciosa. Preciosa tu boca. ¿Un
caramelo? Algo dulce para una mujer dulce. Lo dulce es lo que nos
obliga a vivir, el deseo de lo dulce nos mantiene con vida. El deseo de
lo dulce. Lo dulce. Ya veo, no estas a gusto. No estamos a gusto. Yo
también lo odiaba. A mi padre. Lo odiaba tanto como tú al tuyo. Y
salía corriendo a robar chocolatinas, pasteles , caramelos, y me
hinchaba hasta reventar. Gracias a lo dulce fui capaz de sobrevivir.
No dejes de comer dulce. No hagas caso a tus padres, las muelas ,
las caries, bah... No les hagas caso. Doce años. Buena edad para
hablar con una mujer. Doce. ¿Sabes quién soy? ¿Te han hablado de
mí? Te lo habrán contado, te lo habrán contado todo. ¿Sabes lo que
pasó? Imagino que sí. Lo sabes. Voy a decirte una cosa, nunca tengas
hijos. ¡Nunca!

NARRADORA.- ¡Que oscura la infancia del señor Palavrakis!


ELSA.- Los ahorcaban en el bosque. Apenas había ramas para tantos
perros ahorcados. De un pino colgaban tres. Era normal. Tan normal
como el trigo creciendo en los campos y la lluvia cayendo del cielo.
Ahorcaban a los galgos cuando ya no servían para correr. No servían.
No servían. Y los niños íbamos corriendo a todas partes, corriendo
muchísimo, como si tuviéramos cuatro patas, hasta que se nos
paraba el corazón, y todo por miedo a que también nos colgaran.
Igual que a los galgos. Nadie quería llegar el último. Teníamos que
correr muchísimo. Muchísimo. Muchísimo. ¡A por el pan, a por el
agua, a por la leche! Corriendo, siempre corriendo. Y a veces los
hombres dejaban la soga tan cerca del suelo que los perros tardaban
días enteros en morir, y por las noches lloraban, lloraban y lloraban.
Y los niños teníamos pesadillas horribles. Y en las pesadillas nos
sangraban los pies. Y al día siguiente no teníamos ganas de jugar, no.
Hubo muchos días en los que no se escuchó reír a un solo niño.
Pobres perros. Los colgaban cerca del suelo a propósito. A propósito.
Y los hombres merendaban y bebían y se retorcían de risa alrededor
de los perros mientras los perros se morían. En aquel pueblo les
retorcían el cuello a los gatos, pegaban a las mujeres y ahorcaban a
los galgos, pero mi padre ahorcaba a todos los perros. Galgos o no.
Mi padre mató a más de cien perros preciosos. Mi padre no quería a
los animales. Decía que un perro me chupó los muslos. Yo tenía tres
años y decía que el perro me chupó los muslos. Fue el primer perro
que mató. Mi padre me quería tanto que me regalaba perros cuando
me ponía triste, y después siempre los mataba, me regalaba perros y
los mataba, me regalaba perros y los mataba, cuando se hacían
grandes los mataba, y volvía a regalarme otro, y luego lo mataba.
Decía que me chupaban los muslos. Me chupaban los muslos. Mi
padre era muy celoso y no le gustaban los animales. No le gustaba
que los perros me chuparan los muslos. Pero mi padre ya no me
quiere. No tengas miedo. Mi padre ya no está. Nadie va a matarte. Mi
hija es un perro. Que guapa . Qué bonita con el vestido azul. Mi padre
es una anguila. Mi hija es un perro. Mi hija es un perro.

NARRADORA.- ¡Que triste la infancia de la señora


Palavrakis!

LOS SEÑORES PALAVRAKIS ENSAYAN


PARA GANAR EL CONCURSO DE BAILE.

NARRADORA.- Los señores Palavrakis se presentaban al


concurso de baile todos los años. Y todos los años perdían.
El primer año que concursaron fue el año en que
concibieron a su hijita, la pequeña Chloé. Y esto fue lo que
sucedió aquella noche, después de perder el primer
concurso.

ELSA.- ¡Quiero que mis hijos sean tan hermosos como los rascacielos
de Nueva York!

MATEO.- ¡Vamos al cementerio!

ELSA.- ¡Quiero que mis hijos sean tan hermosos como los rascacielos
de Nueva York!

MATEO.- ¡Vamos al cementerio!

ELSA.- ¡Quiero que mis hijos sean tan hermosos como los rascacielos
de Nueva York!
MATEO.- ¡Vamos al cementerio!

ELSA.- ¡Vamos a Nueva York!

MATEO.- ¡Vamos!

ELSA.- ¡No soy nada, llévame contigo, lejos, lejos!

MATEO.- No se puede ir más allá de las tumbas. Estamos en el lugar


más remoto de la tierra. ¿Te gusta, te gusta el final del mundo?

ELSA.- Aquí es donde quiero vivir.

MATEO.- ¡Nos quedamos!

ELSA.- ¡Ganaremos, algún día ganaremos el maldito concurso,


bailaremos mejor que nadie, ni siquiera tocaremos el suelo con los
pies, volaremos por encima de sus estúpidas cabezas, les clavaremos
los tacones en el cráneo! ¡Ganaremos y nos dedicaremos a odiar el
mundo!

MATEO.- ¡Te odio, te odio mundo!

ELSA.- ¡Te odio mundo, te odio con todas mis fuerzas!

MATEO.- ¡Te odio, mundo chapuza, mugriento, roñoso! ¡Apestas! ¡Te


odio!

ELSA.- ¡Ganaremos el concurso de baile! ¡Dilo, dilo fuerte!

MATEO.- ¡Ganaremos!
ELSA.- ¡Y volveremos a ganarlo! ¡Una y otra vez!

MATEO.- ¡Hasta que todos pierdan!

ELSA.- ¡Todos, todos, todos!

MATEO.- ¡Todos tienen que perder!

ELSA.- ¡Y nosotros ganar siempre! ¡Siempre!

MATEO.- ¡Ganaremos!

ELSA.- ¡Ganaremos!

MATEO.- ¡Hasta que vomitemos de tanto bailar!

ELSA.- ¡Vomitaremos en sus bigotes!

MATEO.- ¡Vomitaremos en sus pelucas!

ELSA.- ¡Vomitaremos en sus braguetas!

MATEO.- ¡Vomitaremos en sus bragas!

ELSA.- ¡Te odio mundo!

MATEO.- ¡Te odio!

ELSA.- ¡Y ganaremos el concurso de tartas! ¡Y el concurso de


jardines! ¡Y el de canciones! ¡Y el de cartas de amor! ¡Y mis hijos
crecerán tanto que atravesarán las nubes! ¡Mis hijos, mis hijos! ¡Y
nadie volverá a morir, nunca más! ¡Nadie volverá a pudrirse en este
cementerio! ¡Venceremos, venceremos a la muerte! ¡Necesitamos
hijos hermosos para vencer a la muerte, para saltar por encima de
ella! ¡Cien mil hijos hermosos! ¡Venceremos!

MATEO.- ¡Estás loca!

ELSA.- ¡Estás loco!

MATEO.- ¡Estás loca!

ELSA.- ¡Quiero gritar! ¡Quiero que mis hijos sean tan hermosos como
los rascacielos de Nueva York! ¡Quiero que mis hijos sean tan
hermosos como los rascacielos de Nueva York! ¡Quiero que mis hijos
sean tan hermosos como los rascacielos de Nueva York!

NARRADORA.- Y Mateo embarazó a Elsa, y se casaron, y


una tormenta de arroz cayó directamente del cielo. Porque
al cielo le gusta apostar por el amor cuando los novios no
están muy convencidos de la eternidad.

ELSA.- Es tan difícil calcular el agua que necesita el arroz . Cualquier


cosa relacionada con el amor y el odio es más fácil, mucho más fácil.
Sé que debo amarte y odiarte al mismo tiempo si deseo sobrevivir.
Pero esta cuestión del agua y el arroz me llena de ansiedad. Si la
ansiedad pudiera crecer sería como dos trenzas inmensas, dos
trenzas interminables de color negro, cargadas de chinchetas y de
larvas, dos trenzas negras y eternas surgiendo directamente de mi
esternón. Todo lenguaje es inútil cuando se trata de decir la verdad.
Si me amas coge un puñado de arroz y cómetelo.
NARRADORA.- Durante el embarazo Mateo aprovechaba los
dulces sueños de Elsa para aproximarse a su vagina y
conversar con el bebé, como si lo hiciera a través de un
teléfono.

MATEO.- (Junto a la vagina de Elsa) ¿Deseas venir al mundo o no?


Habla. Es una decisión importante. Muy importante. Importante para
todos. Quiero decir, importante para el universo. Voy ha hablarte de
algo muy serio, verás: hay un momento en que somos expulsados de
la vida. Todos empiezan a impacientarse si no te mueres y ya nadie
desea que vuelvas a entrar en el mundo, nadie, ¿entiendes?, nadie
en absoluto. No hay piedad. No te permiten regresar. ¿Entiendes? Y
si te empeñas en prolongar tu existencia todos sufren una gran
irritación. Has sido expulsado. Expulsado. ¿Entiendes? Lo he visto
muchas veces. He visto como matan a los viejos. He visto como los
odian. He visto como los torturan. Así que te lo repetiré otra vez.
¿Deseas venir al mundo o no? Habla. Habla. Luego no te enfurezcas
con nosotros. No nos hagas reproches fáciles. No nos eches en cara
tu existencia. No somos unos padres perfectos ni lo seremos nunca,
tendrás que enfrentarte con unos padres desesperados,
absolutamente desesperados, y tendrás que luchar con nuestra
desesperación, y nuestro cansancio, y nuestro fracaso. Nuestro jodido
fracaso. No es fácil, ¿sabes? Nada fácil. Aquí fuera todo es
destrucción . Está lleno de cárceles, hospitales y manicomios.
Cárceles, hospitales y manicomios por todos lados, y tarde o
temprano acabas visitando alguno de ellos, y una vez dentro te
extinguen. No hay esperanza, no hay esperanza. Y muy pocos
aprenden a vivir sin esperanza, a comer sin esperanza, a mear sin
esperanza. Así que dime, ¿deseas venir al mundo o no? (Escucha
atentamente)

ELSA.- (Despertándose.) ¿Qué haces?

MTEO.- Ha hablado.

ELSA.- ¿Qué?

MATEO.- Ha dicho que no desea nacer.

ELSA.- ¿Por qué no desea nacer?

MATEO.- En primer lugar porque detesta la herencia de sus padres.


También piensa que el simple hecho de respirar le volvería loco. No
confía mucho en la felicidad de su especie y considera que el planeta
es demasiado horroroso para las cosas pequeñas. No desea venir al
mundo porque le parece una tarea extremadamente difícil reponerse
del nacimiento.

ELSA.- ¿Crees que si pudiera hablar diría eso?

MATEO.- Sí. Estaría asustado.

ELSA.- Tranquilízate.

MATEO.- ¿Te das cuenta? ¡No podrá elegir a sus padres! ¿Con quién
se va a encontrar?

ELSA.- Intentaremos ser mejores.

MATEO.- Nosotros tampoco pudimos elegir.


ELSA.- Yo no soy como mis padres.

MATEO.- ¿Estás segura? ¿Segura del todo?

ELSA.- He invertido toda mi vida en ser diferente a ellos. Opuesta a


ellos.

MATEO.- ¿Y cómo sabes qué eres mejor? ¿Sólo por ser diferente a
ellos, opuesta a ellos?

ELSA.- Puedo seguir mejorando.

MATEO.- Yo no.

ELSA.- Tú también.

MATEO.- Yo soy como él.

ELSA.- Eres completamente opuesto a él.

MATEO.- No hay en mí ni un solo gramo de bondad.

ELSA.- Te empeñas, te empeñas en ser una persona indigna. ¿Por


qué?

MATEO.- No pude evitar mi nacimiento. Lo llevo en la sangre.

ELSA.- No eres igual que tu padre. No lo eres, no lo eres.

MATEO.- Soy mucho peor. Soy el peor.


ELSA.- Cuando veas al niño dejarás de pensar así, dejarás de ser el
peor.

MATEO.- ¡ Dios mío! No sabemos nada de él. Y él tampoco de


nosotros. Tener un hijo es algo demasiado brutal, demasiado
insensato, demasiado irresponsable. Fíjate en las caras de toda esa
gente. Están destruidos, aniquilados, enfermos. Me da la impresión
de que trayendo un hijo al mundo vamos a causar una gran
desgracia, quiero decir, vamos a envilecer a la humanidad entera.

ELSA.- Me haces sentir como una criminal.

MATEO.- Es algo parecido. Parecido al crimen.

ELSA.- Te equivocas. Necesitamos hijos hermosos para vencer a la


muerte.

MATEO.- En cuanto nazca empezaremos a estar solos, mucho más


solos.

ELSA.- No. Si tú me abandonas lo tendré a él. Si tú te mueres lo


tendré a él. Si me hago vieja lo tendré a él. Si traigo un hijo al
mundo nunca estaré sola.

MATEO.- Entonces estarás doblemente sola.

ELSA.- ¿Por qué?

MATEO.- Llevas al enemigo dentro.

ELSA.- ¿Al enemigo?


MATEO.- No lo entiendes, maldita sea, no lo entiendes. Es uno más,
uno más de la ciénaga, destruido, aniquilado, enfermo. Y nosotros
destruidos, aniquilados, enfermos. Y todos destruidos, aniquilados,
enfermos.

ELSA.- Pero yo lo quiero. Y tú también deberías quererlo.

MATEO.- No puedo querer a alguien que no desea nacer.

ELSA.- Los niños nacen, simplemente nacen.

MATEO.- Es un error pensar así.

ELSA.- Mi hijo será precioso.

MATEO.- Llevas al enemigo dentro.

ELSA.- Me esforzaré al máximo, no es fácil, pero me esforzaré. Se


alegrará de haber nacido, estoy segura.

MATEO.- ¡Dios mío! ¡No odias el mundo lo suficiente!

ELSA.- ¿Y para qué odiar el mundo?

MATEO.- Pero me dijiste que lo odiabas. ¿Te acuerdas? Me lo dijiste


en el cementerio.

ELSA.- Las cosas han cambiado.

MATEO.- Nada ha cambiado. Tienes que odiar el mundo igual que


antes, tanto como lo odio yo. Creí que éramos dos odiando al mundo.
Para siempre. Creí que nada alteraría nuestro odio. El odio, ¿sabes de
que te hablo?, el odio. ¡Maldita sea! ¡El mundo es repugnante! ¡Lo
dijimos juntos! ¡Te odio, te odio mundo! ¡Nos odiábamos a nosotros
mismos!

ELSA.- Pero ahora el mundo debe ser hermoso, la comida debe ser
hermosa, las sillas deben ser hermosas, el suelo, los vasos, el agua,
la leche, las puertas, las ventanas...El desayuno debe ser hermoso y
el olor a verdura y muchas cosas que antes no lo eran. Y tú y yo
deberíamos ser hermosos también.

MATEO.- No quiero ser hermoso, quiero ser el hombre más horrendo


sobre la tierra, quiero ser el peor, quiero destruirlo todo. Día y noche
sueño con destruirlo todo.

ELSA.- (Forcejea con Mateo para acercarle la cabeza a su vientre.)


¡Tienes que ser bello, tienes que ser bello, escucha a tu hijo,
escúchalo de verdad!

MATEO.- ¡No quiero escuchar!

ELSA.- ¡Escucha! ¡Tienes que ser bello!

MATEO.- ¡Destruiré la belleza! ¡La hundiré en el barro!

ELSA.- ¡Todo es bello!

MATEO.- ¡Todo es enfermedad!

ELSA.- ¡Todo es amor!

MATEO.- ¡Todo es destrucción!


ELSA.- ¡Hay que salvarlo!

MATEO.- ¡Quiero destruir, destruir!

ELSA.- ¡Piensa en algo bello! ¡Piensa, rápido!

MATEO.- ¡Déjame morir en paz!

ELSA.- ¡Hay que vencer a la muerte! ¡Ánimo!

MATEO.- ¡No puedo soportarlo!

ELSA.- ¡Escucha!

MATEO.- ¡No puede nacer, no puede nacer!

ELSA.- ¡Mira, las paredes son bellas, el techo , el suelo..., todo!

MATEO.- ¡No, no...! ¡Maldita sea, no puede nacer!

Elsa y Mateo quedan exhaustos tras el combate.

MATEO.- Silencio...

ELSA.- ¿Qué?

MATEO.- Shu...

ELSA.- ¿Qué?

MATEO.- (Silencio.)
ELSA.- ¿Qué ha dicho?

MATEO.- Es una niña.

ELSA.- ¿Una niña?

MATEO.- Sí.

ELSA.- ¿Estás seguro, una niña?

MATEO.- Sí.

ELSA.- No es posible.

MATEO.- Lo es.

ELSA.- No.

MATEO.- ¿Sigues pensando que todo es bello?

ELSA.- Una niña...

MATEO.- Sí.

ELSA.- No, no, niñas no...

NARRADORA.- Los señores Palavrakis también habían sido


niños, y desde niños se conocían, y en sus encuentros
hablaban de asesinos de niños.

ELSA.- No pueden.
MATEO.- Sí pueden.

ELSA.- No pueden morirse.

MATEO.- Los niños también pueden morirse.

ELSA.- ¿Por qué? Son niños.

MATEO.- Porque hay asesinos de niños.

ELSA.- ¿Asesinos de niños?

MATEO.- Sí.

ELSA.- ¿Y dónde están?

MATEO.- Cerca de los niños.

ELSA.- ¿Son invisibles?

MATEO.- Son invisibles por dentro.

ELSA.- ¿Y por fuera?

MATEO.- Por fuera son como todos, como nuestros padres.

ELSA.- ¿Cómo el mío?

MATEO.- Sí.

ELSA.- ¿Y qué hacen los asesinos de niños?


MATEO.- Matan a los niños.

ELSA.- Pero no hay niños enterrados en el cementerio. Mira, todos


son viejos.

MATEO.- No hay niños enterrados porque los asesinos de niños


cortan a los niños en trozos y luego se los comen. ¿Has visto alguna
vez un conejo enterrado?

ELSA.- No.

MATEO.- Nunca has visto un conejo enterrado porque a los conejos


los cortan en trozos y luego se los comen. Igual que a los niños.
Somos una especie de conejos. Cuando te comes a un conejo es
como si te comieras a un niño. ¿Has comido conejo alguna vez?

ELSA.- Sí.

MATEO.- Pues es igual, igual que comerse a un niño. Ya sabes lo que


se siente.

ELSA.- ¿Sólo eso?

MATEO.- No hay mucho más que sentir. Los niños somos pequeños, y
los asesinos de niños son grandes. Y nos comen. Eso es todo.

ELSA.- ¿Es que los asesinos de niños siempre tienen hambre?

MATEO.- Siempre tienen hambre, y dentro llevan cuatro estómagos,


dos de color rosa para las niñas y dos de color azul para los niños.
ELSA.- ¿Por qué no mezclan a los niños con las niñas?

MATEO.- Porque son diferentes. La carne de las niñas es más dulce, y


mucho más tierna. No se hace igual la digestión de una niña.

ELSA.- ¿Y sólo comen niños y niñas?

MATEO.- No, también comen otras cosas, comen de todo.

ELSA.- ¿Y mezclan a los niños y a los conejos en el mismo estómago,


y a las niñas y a los conejos en el mismo estómago?

MATEO.- Sí. A los conejos niño con los niños y a los conejos niña con
las niñas.

ELSA.- Qué asco.

MATEO.- Y los mezclan también con pan y con vino, sobre todo con
vino, litros y litros de vino.

ELSA.- ¿Y tú por qué lo sabes?

MATEO.- Porque mi padre es un asesino de niños. Lo dice mi madre.


Asesino, asesino de niños, se lo repite a todas horas.

ELSA.- ¿A cuántos niños se ha comido tu padre?

MATEO.- A muchos, supongo. Creo que se comió a mis hermanos.

ELSA.- ¿Y tú no tienes miedo?


MATEO.- Un tren le cortó las piernas. Ya no puede correr detrás de
mí.

Silencio.

ELSA.- ¿Me ayudas a cortarle las piernas a mi padre?

MATEO.- También es un asesino de niños, ¿verdad?

ELSA.- No lo sé.

MATEO.- Recuerda, por dentro son invisibles.

ELSA.- Pero yo a veces lo veo por dentro. Y es malo.

MATEO.- Entonces es uno de ellos.

ELSA.- ¿Me ayudarás a matarle?

MATEO.- ¿Matarle? ¿Quieres matar a tu padre?

ELSA.- Sí.

MATEO.- Yo también quiero matar al mío.

ELSA.- ¿También?

MATEO.- Sí, todos los días.

ELSA.- Te quiero.

MATEO.- Te quiero.
ELSA.- Te quiero, cásate conmigo.

MATEO.- Me casaré contigo.

ELSA.- Mátale, mátale.

MATEO.- Al tuyo le clavaré un cuchillo en la barriga y le arrancaré los


cuatro estómagos.

ELSA.- ¡Sí, sí, sí!

MATEO.- Ya verás, ya verás como están llenos de huesos de niños.

ELSA.- ¿También se comen los huesos?

MATEO.- Claro, como los perros. Los asesinos de niños tienen dientes
de perro. Fíjate en los dientes de tu padre.

ELSA.- Mátale, mátale ya.

MATEO.- Y después le abriré la barriga a mi padre. Y le cortaré el


cuello y le morderé el corazón por haberse comido a mis hermanitos.
Y juntaré los huesos y reconstruiré sus esqueletos y los colgaré del
techo de mi habitación.

ELSA.- ¡Bien! ¡Bien!

MATEO.- Y después nos casaremos, y dejaremos de ser niños, y ya


nadie nos podrá comer.

ELSA.- ¡Los mataremos! ¡A los dos!


MATEO.- Te quiero.

ELSA.- Te quiero.

MATEO.- ¡El ratón clavado en el tacón!

ELSA.- ¡La cucaracha aplastada en el pie!

MATEO.- ¡La lagartija sin rabo!

ELSA.- ¡Y el caracol sin cuernos al sol!

MATEO.- Por una cola de escorpión...

ELSA.- Un millón de abrazos.

MATEO.- Y por unas piernas cortadas...

ELSA.- Un millón de besos.

MATEO.- Más.

ELSA.- Esto.

MATEO.- Para el que más resista.

ELSA.- Para el que más resista.

NARRADORA.- Mientras duró el embarazo los señores


Palavrakis tuvieron siete sueños espeluznantes.
ELSA.- Primer sueño: Soy una anciana, mi hijo me ve desnuda.
Nunca antes me había visto desnuda. Soy como lodo blancuzco
desparramado sobre la cama. Le doy asco, y le entran ganas de
vomitar. Mi hijo vomita sobre mí. El vómito me escuece, me corroe,
me abre la piel.

MATEO.- Segundo sueño: mi hija llora sin parar. Lleva días llorando
sin parar. La cojo en brazos y me escupe entre los ojos. Me inunda de
babas. Me orina con todas sus fuerzas. Me llena las manos con sus
desperdicios. Huele mal. La meto en una bolsa de basura y la tiro al
río.

ELSA.- Tercer sueño: Lo primero que asoma entre mis muslos es la


pierna de mi hijo, una pierna tan morada que parece que me haya
crecido un pene asqueroso. La pierna se mueve arriba y abajo,
resbala envuelta en flujos amarillos, se hincha cada vez más como un
hígado enfermo. Mi hijo es un pene asqueroso.

MATEO.- Cuarto sueño: Somos muy viejos, olemos mal. Mi hija no ha


crecido. Sigue siendo un bebé resbaladizo y sanguinolento. No ha
dejado de llorar desde que nació. Nos morimos y ella se queda
metida en la cuna, sola, llorando, hasta que también muere, de
hambre, y se pudre con nosotros. Se la comen los gusanos. Empiezan
por lo más blando, por los ojos.

ELSA.- Quinto sueño: Mi hijo se acuesta en mi cama, completamente


desnudo. Tiene boca de sapo. Pone la boca en mi sexo, lo lame, lo
besa, lo chupa, introduce un brazo, luego la cabeza y vuelve a
meterse dentro de mí. Eyacula. Eyacula por todos sus orificios. Yo
gimo de placer. Me chorrea entre las piernas un líquido verde, como
de sapo triturado. Es un pene asqueroso.

MATEO.- Sexto sueño: Mi hija se muere, una y otra vez.

ELSA.- Séptimo sueño: Mi hijo se muere, una y otra vez.

NARRADORA.- Y llegó el día del parto, y todos se


asustaron. El proceso fue tan doloroso que la señora
Palavrakis llegó a desear la muerte de la criatura mientras
empujaba y empujaba como si tuviera un diamante afilado
en el cuerpo. Mientras tanto el señor Palavrakis se ovillaba
en un rincón, calcando gestos de su oscurísima infancia.

MATEO.- Me gustaría que otro viviese mi vida, justo ahora, ahora


que todo es movimiento y convulsión y flujo y entrada en el mundo y
gran acontecimiento. Ahora, ahora me gustaría dejar el mundo y
dedicarme a la parálisis, pudrirme de tan quieto, de tan vencido,
secarme. Detesto el movimiento. Todo ha sido por culpa del
movimiento. Me aterra. Malas consecuencias del movimiento. Si
pudiera desaparecer sin morir. El miedo funciona como un hueso más
de mi cuerpo. Miedo a ser solo un hombre. Miedo a ser solo un
hombre. Me lleno de pereza como si la pereza fuera vino caliente, y
yo un vaso, un objeto, inerte. ¿Qué siento? ¿Qué debo sentir? ¿Cuál
es el sentimiento adecuado? La culpa, debería estar aquí, presente,
con todas sus llagas, la culpa. Dios mío, no puedo sentir, no puedo
sentir...
NARRADORA.- En el fondo, el nacimiento de la niña, les
había injertado un pánico atroz a la muerte. Después vino
esa época en que los señores Palavrakis apenas podían
respirar porque la niña respiraba todo el aire. Habían sido
tan desgraciados en su niñez que para cuidar
perfectamente de su hijita compraron montañas y
montañas de manuales de educación.

MATEO.- (Lee.) “Un hijo o un esclavo son propiedad y nada de lo que


se hace con la propiedad es injusto” Aristóteles.

ELSA.- (Lee.) “¿Se debe entrar a oscuras en la habitación de los


niños? ¿Es bueno que duerman en la habitación de los padres, junto a
los padres, en la misma cama? ¿Desnudos o vestidos? ¿Es bueno
decirles siempre la verdad? ¿Es bueno dejarles llorar? ¿Es bueno que
coman dulces?”

MATEO.- Claro que es bueno que coman dulces.

ELSA.- Eso pienso yo. Es bueno que los niños coman dulces.

MATEO.- Hay que comprar kilos y kilos de dulces.

ELSA.- ¿Qué sería de los niños sin los dulces?

MATEO.- ¿Qué sería de todos nosotros sin los dulces?

ELSA.- Es bueno, definitivamente, es bueno que los niños coman


dulces.
Elsa y Mateo leen en las bolsas de supermercado: “Esta
bolsa no es juguete, para evitar riesgos de asfixia impida que los
bebés y los niños jueguen con ella”.

MATEO.- (De repente lee impreso en una bolsa.) De usted depende


que su hijo sea una víctima.

ELSA.- ¿Cómo?

MATEO.- De usted depende que su hijo sea una víctima.

ELSA.- ¿Cuándo le daremos permiso para usar las tijeras, para


bañarse sola, para usar la electricidad, para cruzar la calle? ¿Cuándo?
¿Cómo sabremos que ya no está en peligro? Cada vez aparecerá un
peligro nuevo, peligros y más peligros, así hasta que se muera.

Silencio.

MATEO.- (Lee.) “Las enfermedades más corrientes de la infancia.”

ELSA.- ¿Crees que está enferma?

MATEO.- ¿Ahora? ¿Enferma?

ELSA.- Sí, ¿tiene aspecto de estar enferma?

MATEO.- Supongo que no. Supongo que no está enferma.

ELSA.- ¿Cómo sabes que no está enferma?

MATEO.- ¿Crees que está enferma?


ELSA.- No sé si está enferma.

MATEO.- Todos estamos un poco enfermos, siempre, un poco


enfermos.

ELSA.- Entonces está un poco enferma.

MATEO.- ¿Por qué debería estar enferma?

ELSA.- Lo acabas de leer. Las enfermedades más corrientes de la


infancia.

MATEO.- Chloé no tiene esas enfermedades.

ELSA.- Pero puede estar enferma.

MATEO.- Un poco enferma, como todos los niños.

ELSA.- ¿Lo ves? Un poco enferma.

MATEO.- Una enfermedad normal. Son demasiado pequeños.

ELSA.- ¿Y si la llevamos al médico para saber si está enferma?

Silencio.

ELSA.- ¿Y los calambres?

MATEO.- ¿Qué calambres?


ELSA.- La niña dice que las sábanas le dan calambres. ¿Tú sabes
algo?

MATEO.- Quién sabe lo que pasa en el cuerpo de una niña.

NARRADORA.- Desde aquella conversación habían


transcurrido muchos años, y ahora los señores Palavrakis
por fin habían obtenido su premio, por fin habían ganado el
concurso de baile. Pero los obsequios que sostenían sobre
sus rodillas tenían aire de ataúdes más que de regalos. En
manos de los señores Palavrakis cualquier objeto adquiría
una apariencia fúnebre. Incluso las piedras podían llegar a
ser desposeídas de su existencia si eran tocadas por el
matrimonio. Todo perdía su sentido con una fugacidad ni
siquiera imaginada. La función cotidiana de esta pareja era
la de representar un vanitas viviente.

MATEO.- Se lo están contando.

ELSA.- Déjalos, que lo cuenten.

MATEO.- Parecemos un souvenir. Una maldita postal de playa.

ELSA.- No lo pueden evitar. Déjalos , que hablen, que lo cuenten.

MATEO.- Te gusta que lo pregonen. A todo el mundo y a todas horas.


Te gusta. No lo niegues.
ELSA.- Me mantienen con vida.

MATEO.- Te compadecen como a un perro.

ELSA.- Hay gente que moriría por un gesto de compasión. En el fondo


nos envidian.

MATEO.- ¿Es que no pueden hablar de otra cosa?

ELSA.- Tienen derecho. Hemos estropeado sus sueños para siempre.

MATEO.- Lo cuentan con todo lujo de detalles. Una vez en la tumba


qué importa cómo fue a parar allí.

ELSA.- Yo creo que sí. Que sí importa.

MATEO.- Los muertos no son nada. Son la imaginación de los vivos.

ELSA.- Los muertos son todo. Todo lo que no son los vivos.

MATEO.- Estás obsesionada con la muerte.

ELSA.- Te equivocas. Estoy obsesionada con la vida.

MATEO.- Son como pirañas, ávidos de espanto. Tienen hambre de


horror.

ELSA.- Les pertenece. Nuestro espanto les pertenece. Es propiedad


de todos. Todos vinieron al funeral.

MATEO.- ¡Ladrones de muertos!


ELSA.- Simplemente tiene miedo. Miedo a que les pase lo mismo.

MATEO.- Ojalá les pasara lo mismo.

ELSA.- ¿A quién se lo están contando?

MATEO.- No sé. A uno nuevo. Un forastero.

ELSA.- ¿Y cómo reacciona?

MATEO.- Se lleva las manos a la cara. Está a punto de vomitar. Se


frota los ojos. No se atreve a mirarnos. Ja. No se atreve. Ahora
tendrá que hacer un esfuerzo impresionante para recuperar la fe en
la vida. Se va, se va a un rincón. Lo está pasando mal. Se lo habrán
contado punto por punto.

ELSA.- Les entra curiosidad por saber lo que se siente. Estoy segura.
Buscan en sus vidas algo horroroso, algo que se parezca a lo nuestro.

MATEO.- Tal vez se eche a andar por la carretera y nunca regrese.


Abandonará sus cultivos y sus ambiciones. Como los otros.

NARRADORA.- Tan triste y tan horripilante era la historia


del matrimonio Palavrakis que al que la escuchaba se le
enroscaban pulpos enanos en la tráquea. Lo que les había
ocurrido era sin duda lo peor que podía ocurrirle a uno en la
vida. Lo peor. Aquella noche, la noche que ganaron el
premio, discutieron delante de todos.

ELSA.- Me prometiste hijos, cientos de hijos.


MATEO.- Jamás quise tener hijos.

ELSA.- Me lo prometiste.

MATEO.- ¡Ya tuvimos una hija!

ELSA.- ¡Me prometiste más!

MATEO.- Yo no quería un coche, ni una casa, ni un trabajo, ni


vacaciones, ni salud, ni proyectos, ni recuerdos, ni profesión, ni
familia, ni hijos, nunca quise tener hijos, ¿cómo iba a reproducirme si
detestaba la vida? Yo sólo quería acabarme. Acabarme. Tú me
obligaste a todo.

ELSA.- ¡Necesitaba esperanza!

MATEO.- ¡La esperanza es cosa de esclavos!

ELSA.- ¡ Necesitaba amar, amar a alguien, para siempre!

MATEO.- ¿Y yo? Yo también necesitaba amor. ¿Por qué no lo


intentaste conmigo? Nunca te esforzaste lo suficiente.

ELSA.- ¡Nunca, nunca!

MATEO.- Nunca me amaste.

ELSA.- Nunca.

MATEO.- Yo también necesitaba amor.


ELSA.- ¡Y fuiste a buscarlo en las cloacas! ¡Y me dejaste sola noche
tras noche con el vientre cargado de hijos aullando por salir!

MATEO.- Tú no me dabas nada a cambio.

ELSA.- ¡No! ¡No te daba nada a cambio! ¡Sólo las putas podían darte
algo a cambio! ¡Por un hombre como tú sólo puede sentirse
repugnancia!

MATEO.- ¿Para qué diablos me pedías hijos si sentías repugnancia?

ELSA.- No me importaba el asco.

MATEO.- ¿Sabes lo que pienso? Que los que intentan perpetuarse a


cualquier precio apenas se distinguen de los animales.

ELSA.- Los degenerados. Los asesinos y los locos. Esos son los
únicos que no intentan perpetuarse. Los que malgastan el semen con
las rameras.

MATEO.- No me quedaba más remedio. Metiste a los perros en la


cama.

ELSA.- ¡Porque odiaba a los hombres! ¡A los hombres como tú!

MATEO.- ¿Cómo tuviste la poca vergüenza de quedarte embarazada


de un hombre al que odiabas?

ELSA.- Los odiaba a todos.

Mateo.- ¡Soy repulsivo, una escoria, nunca fui lo bastante bueno para
ti!
ELSA.- ¡Nunca me fiaría de un hombre que no es capaz de crear una
familia!

MATEO.- Perpetuarse a cualquier precio, eso es. Parir como los


animales. Querías tener siempre la barriga llena de bolas peludas, y
empujar, y echarlas, y tener más. Querías parir a todos los perros del
mundo. Hueles a perro. Tienes ojos de perro. Y vientre de perra.

ELSA.- Me hubiera conformado con un hijo más, uno sólo.

MATEO.- Podías haber follado con cualquiera.

ELSA.- No soy una puta.

MATEO.- Eres peor. Eres una santa. Una histérica de la maternidad.

ELSA.- Todos somos hijos, todo es fecundación.

MATEO.- Pero no todos debemos ser padres. Padres inútiles,


fracasados. No todos tenemos que fecundar. Hijos sin hijos,
¿entiendes? Hijos sin hijos.

ELSA.- Tu también residiste en unas entrañas.

MATEO.- Desde el principio fui un feto carcomido. No debí nacer.

ELSA.- Pero residiste en unas entrañas.

MATEO.- ¡Y también residiré en la tripa de los gusanos!

ELSA.- No entiendes nada.


MATEO.- Quítate esa ropa, vamos, desnúdate. Ya verás lo cerca que
estás de tu cadáver. Ya verás como entiendo.

ELSA.- ¡Y yo, yo también entiendo! ¡Me hago vieja, me hago vieja! ¡


Y necesito dejar algo vivo sobre la tierra! ¡Algo vivo sobre la tierra!
Soy una momia por dentro. Mi cuerpo es como un sarcófago. ¡Lo he
tenido en mis manos y lo he perdido! ¡No lo soporto, no lo soporto!
Todavía podría llenar el mundo de hijos, todavía estoy a tiempo. Te lo
suplico, dame un hijo.

MATEO.- ¡No puedo creer que insistas! ¿Quieres decir que permitirías
que te follara, que metiera mi polla dentro de tu coño, que jadeara
sobre ti, permitirías que te chorreara el semen entre los muslos,
pegajoso y caliente, permitirías mis babas fétidas, permitirías todo
eso a pesar de lo que nos hemos dicho, a pesar de lo que sentimos el
uno por el otro?

ELSA.- ¡Sí! ¡Sí, sí, sí! La gente lo hace a diario.

MATEO.- Me das verdadero asco.

ELSA.- Todavía estoy a tiempo.

MATEO.- Para mí ya no existe el tiempo.

ELSA.- Un hijo más, te lo suplico.

MATEO- ¿Tanto esperas de la vida?

ELSA.- Simplemente no puedo seguir muriendo en este cuerpo.


MATEO.- El cuerpo no significa nada.

ELSA.- Dices eso porque tu cuerpo no es milagroso.

MATEO.- El único milagro consiste en acabar con uno mismo. La


naturaleza se apiadó de los desesperados.

ELSA.- Estoy sola, dios mío, estoy sola.

MATEO.- Arruinaste mi vida.

ELSA.- ¡No tienes vida, no puedes tenerla sin corazón!

MATEO.- Devoraste mi corazón. Todavía llevas sangre en la punta de


la lengua.

ELSA.- Utilizas los argumentos del diablo.

MATEO.- ¡Algún día verás al diablo sentado a tu mesa! ¡Al verdadero


diablo! Iluminaré el universo con mis llamas.

ELSA.- ¡Un hijo más! ¡Sólo te pedí un hijo más, uno más, uno más!
¡Uno que hubiera crecido del todo, sin centímetros de más o de
menos! ¡ Ni siquiera mereció la pena el esfuerzo del parto!

MATEO.- ¿Y si todos los niños murieran a los siete años? ¿Y si fuera


esa la edad a la que murieran? ¿Y si no se hicieran mayores?

ELSA.- No me dio tiempo a nada.

MATEO.- Tuvo una vida larga. Una vida en proporción a su tamaño.


Somos nosotros los que vivimos demasiado.
ELSA.- Apenas le dije nada.

MATEO.- ¿Hubieran cambiado las cosas si hubiera vivido más años?


¿Qué le hubieras dicho? ¡Nada!. A los hijos no se les dice nada.

ELSA.- ¡Necesito un hijo!

MATEO.- ¿Para qué, para borrar a la otra? ¿Es eso, quieres borrarla?

ELSA.- ¡No!

MATEO.- A veces te he oído cantar.

ELSA.- Nunca.

MATEO.- ¿Nunca has cantado?

ELSA.- ¡Nunca!

MATEO.- Dime la verdad.

ELSA.- Antes, cantaba antes.

MATEO.- Yo digo después. Te he oído cantar después.

ELSA.- Nunca.

MATEO.- Después de la niña.

ELSA.- Nunca he cantado después.


MATEO.- La niña enterrada y tú cantando. Como si te alegraras de
algo.

ELSA.- ¿Alegrarme?

MATEO.- Cómo si te alegraras de sufrir tanto.

ELSA.- ¡Nunca he cantado!

MATEO .- ¡Quieres borrarla! ¡Quieres dedicarte a tu sufrimiento!

ELSA.- ¡Quiero un hijo! ¡Quiero dejar de ser una fosa!

MATEO.- Si tuvieras otro hijo se lo comerían en el bosque. Se lo


llevaría el lobo entre los dientes. Si tuvieras cien hijos se los
comerían a todos. A los cien.

ELSA.- Si tuviera otro hijo me lo llevaría lejos. Lejos de ti.

MATEO.- ¿Por qué?

ELSA.- (Silencio.)

MATEO.- ¿Por qué?

ELSA.- Nos están mirando.

NARRADORA.- La noche anterior habían discutido sobre


cuchillos.
MATEO.- Sólo veo cuchillos.

ELSA.- ¿Cuchillos?

MATEO.- Solamente hay cuchillos sobre la mesa.

ELSA.- Es verdad.

MATEO.- ¿Por qué sólo hay cuchillos sobre la mesa?

ELSA.- Sólo cuchillos.

MATEO.- Has puesto sólo cuchillos. Tres cuchillos alrededor del plato.
Dos cuchillos a la derecha y uno a la izquierda. Tres alrededor de mi
sopa y tres alrededor de la tuya. Seis cuchillos sobre la mesa. Has
puesto seis cuchillos sobre la mesa. Seis cuchillos.

ELSA.- No me he dado cuenta.

MATEO.- ¿Cómo diablos quieres que me coma la sopa? ¿Así? Podría


cortarme, ¿sabes? Podría hacerme mucho daño. Has puesto seis
cuchillos sobre la mesa. No lo entiendo.

ELSA.- Yo tampoco.

MATEO.- Seis cuchillos sobre la mesa. ¿Qué significa?

ELSA.- Nada.

MATEO.- ¿Dónde están las cucharas? ¿Y los tenedores? No los veo


por ningún sitio.
ELSA.- No lo sé.

MATEO.- Sólo veo cuchillos.

ELSA.- Sí, sólo cuchillos.

MATEO.- ¿Vamos a comer a partir de ahora con cuchillos, solamente


con cuchillos? Lo digo por irme acostumbrando. A los cortes, a la
sangre y todo eso. ¿Te imaginas la ensalada llena de sangre?

ELSA.- Déjalo ya...

MATEO.- Las patatas llenas de sangre.

ELSA.- Por favor...

MATEO.- El postre lleno de sangre.

ELSA.- No era mi intención...

MATEO.- Y el mantel, el mantel se ensuciaría muchísimo. Y tú no eres


una mujer sucia. ¿O sí lo eres?

ELSA.- ¡No lo soy!

MATEO.- Hay seis jodidos cuchillos sobre la mesa. ¡Seis jodidos


cuchillos sobre la mesa!

ELSA.- No sabía que eran cuchillos.


MATEO.- ¿No sabías que eran cuchillos? ¿Quieres que te lo
demuestre? ¿Lo comprobamos? ¿Comprobamos si son cuchillos? No
hace falta sangrar mucho.

ELSA.- ¡Me haces daño!

MATEO.- ¿Qué significan los jodidos cuchillos?

ELSA.- ¡No lo sé!

MATEO.- ¿Qué significan, hija de perra, qué significan?

ELSA.- Te juro que no lo sé.

MATEO.- ¿Acaso me echas la culpa?

ELSA.- No.

MATEO.- ¿Tengo yo la culpa de algo?

ELSA.- Déjame.

MATEO.- Hay seis cuchillos sobre la mesa.

ELSA.- Ya lo veo, ya lo veo.

MATEO.- ¡Quiero olvidar, maldita sea, quiero olvidar! Quiero olvidar y


tu pones seis cuchillos sobre la mesa.

ELSA.- Olvidar no está bien.

MATEO.- Así que los has puesto a propósito.


ELSA.- No los he puesto a propósito, pero olvidar no está bien.

MATEO.- ¡Los has puesto a propósito!

ELSA.- ¡No, no, no!

MATEO.- ¡Quieres volverme loco!

ELSA.- ¡No me hagas daño!

MATEO.- ¡Seis cuchillos sobre la mesa! ¡Seis cuchillos sobre la mesa!

ELSA.- ¡Ojalá te mueras!

MATEO.- ¡Si me lo propusiera podría morirme ahora mismo!

ELSA.- ¡Ojalá te mueras, ojalá tengas muchos enemigos! ¡Ojalá te


maten!

MATEO.- ¡Coge los seis cuchillos! ¡Cógelos! ¡Mátame! ¡Y luego


córtame en trocitos, y cómetelo todo!

ELSA.- ¡Muérete ya! ¡Córtate el cuello! ¡Muérete!

MATEO.- ¿Son para eso los cuchillos? ¿Son para mi cuello? ¿Seis
cuchillos para mi cuello? ¡Bah! ¡Pones seis cuchillos sobre la mesa y
ni siquiera tienes valor para pincharme!

ELSA.- (Grita de un modo desgarrador.)

MATEO.- (Grita de un modo desgarrador.)


NARRADORA.- Tras despedirse de los concursantes los
señores Palavrakis emprendieron el camino de vuelta a
casa. Conducía el señor Palavrakis. Habían alcanzado la
mitad del trayecto cuando les sorprendió un corte en la
carretera. Tenían frente a ellos una palabra enorme:
PELIGRO. Profundizando en la negrura se adivinaban el
tiritar de los camiones volcados, las luces parpadeantes, las
grúas, la nada, la inmensa soledad de los muertos, que ya
eran capaces de soportar las toneladas de todos los
camiones del mundo. El motor insistía en su gemido
monótono como si fuera un pensamiento. PELIGRO. Daba la
casualidad de que en aquel tramo de carretera fue donde
hacía algunos años habían descubierto el cadáver de su
hijita, degollada, la cabeza separada del cuerpo, el cráneo
partido, la boca y la vagina llena de tierra y cincuenta
puñaladas en el tronco. El cuerpo de la niña parecía una
rosa podrida, o una tarta de frambuesas.

ELSA.- Chloé tenía siete años y era preciosa. No había nacido criatura
más linda en decenios. No se tenía noticia de semejante hermosura.
Las madres me pedían los bucles de su deliciosa cabellera. Todas
querían tocar sus bucles. Todas. Hay bucles del pelo de mi hijita en
todas las casas. La invitaban a todas las fiestas, ganaba todos los
concursos de belleza, ganaba siempre. La retrataron miles de veces.
Era preciosa, preciosa. Cualquiera que se cruzara con ella empezaba
a adorarla instantáneamente. Cuando sonreía, dios mío, cuando
sonreía ... Nada era tan dulce como su sonrisa. ¡Nada! Pero las niñas
hermosas siempre llevan una manada de lobos a sus espaldas, seres
perversos surgidos de las entrañas de la tierra con el único objeto de
destrozar la pureza. No son capaces de enfrentarse a lo bello sin
aniquilarlo. No se detienen hasta no dar con la niña más preciosa del
mundo, y entonces piensan que la belleza es injusta, que la belleza
engendra lascivia, y sólo desean destruirla. Porque mi hijita era uno
de esos seres encantadores que poseen la capacidad de reducir a sus
semejantes a la más absoluta de las fealdades. Nadie corre más
peligro que las niñas hermosas, nadie lleva más sombras tras la
nuca. Las niñas hermosas, allá donde van son acompañadas por el
horror.

NARRADORA.- Elsa y Mateo intentaban recordar si el día


que levantaron el cadáver también había una cinta amarilla
con la palabra PELIGRO.

MATEO.- Todo se puede coser, todo se puede cerrar, es sólo una


máquina, es sólo una máquina. Todo puede devolverse a su lugar.
(Se pellizca un trozo de piel) ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Qué es
esto?

NARRADORA.- Con la brutal desaparición de la pequeña se


había masacrado la posibilidad de nacimiento de otros
niños preciosos. Así era la niña Palavrakis.

MATEO.- Me preocupa la ventana de su habitación.


ELSA.- ¿Qué?

MATEO.- Me preocupa la ventana de su habitación. Se enciende y se


apaga cada noche. Y cuando se apaga hay veinte pares de ojos
pendientes de esa ventana, esperando a que la niña crezca y la
dejemos salir sola a la calle. ¿Y quién sabe cómo aparece nuestra hija
en los sueños de esos pervertidos? ¿Cómo la imaginan? ¿Con qué
camisones la visten? ¿O la desnudan? ¿Con qué artimañas aceleran el
desarrollo de su cuerpo? A veces los escucho gemir, huelo a distancia
sus manos embadurnadas, las sábanas sucias y pegajosas, cerdos,
cerdos. No soporto esa ventana. El aire que la roza se convierte en
vendaval, y los rayos de sol que la alcanzan en calderos del infierno.
No me fío. Los denunciaría a todos por sus sueños repugnantes.
Cerdos, cerdos. Hay que cambiarla de ventana. Mejor aún, hay que
meter a la niña en una habitación sin ventana.

ELSA.- Es demasiado hermosa.

MATEO.- Demasiado hermosa para ser hija nuestra.

ELSA.- Demasiado hermosa para ser hija de cualquiera.

MATEO.- Hubiera preferido una niña corriente, una niña como


millones de niñas.

ELSA.- No hay razón para tener miedo.

MATEO.- No.

ELSA.- ¿Hay razón o no la hay?

MATEO.- No.
ELSA.- Cumpleaños feliz.

MATEO.- Cumpleaños feliz.

ELSA.- Señor Palavrakis, quiero más hijos.

NARRADORA.- Durante algún tiempo, tras la muerte de la


pequeña, los señores Palavrakis vivieron aterrorizados por
extraños acontecimientos. Poco a poco empezaron a creer
en el viento y en los fantasmas.

ELSA.- Su cama...

MATEO.- ¿Qué?

ELSA.- Las sábanas, están hechas pedazos, están cortadas en trocitos


muy pequeños, muy pequeños...

MATEO.- ¿Trocitos pequeños?

ELSA.- Alguien se ha pasado toda la noche cortando las sábanas.


Parecen migas.

MATEO.- ¿Quién?

ELSA.- No me preguntes quién. Ya sabes quién.

MATEO.- ¿Otra vez?


ELSA.- Otra vez. No hay descanso para ella.

MATEO.- Pero debe haber descanso para nosotros.

ELSA.- No. No hay descanso para los malvados.

MATEO.- ¿Qué hemos hecho mal?

ELSA.- Todo.

MATEO.- ¿Le has dejado caramelos?

ELSA.- Sí.

MATEO.- Tienes que dejarle caramelos. Siempre tiene que haber


caramelos. Caramelos, muchos caramelos. De fresa, de limón, de
naranja, de piña, también le gustaban de piña, y de anís, y de
melocotón. Hay que comprar, hay que comprar caramelos. ¿Le has
dejado caramelos?

ELSA.- ¡Sí! ¡Le he dejado caramelos!

MATEO.- ¿De todos los sabores?

ELSA.- ¡Sí!

MATEO.- Caramelos. Que no se enfade. Caramelos.

ELSA.- Las niñas sin cabeza siempre están enfadadas.

MATEO.- ¿Qué más has visto? ¿Qué hay en su habitación? ¿Qué más
ha hecho?
ELSA.- Entra tú en su habitación.

MATEO.- ¡No puedo!

ELSA.- ¿No puedes?

MATEO.- Dime, ¿qué hay?

ELSA.- Solo las sábanas. Hechas migas. Nunca le gustaron las


sábanas. Le daban calambres, ¿te acuerdas?

MATEO.- No, no me acuerdo.

ELSA.- Claro que te acuerdas.

MATEO.- ¡No, no!

ELSA.- Escucha.

MATEO.- (Se tapa los oídos)

ELSA.- ¿La escuchas? ¿La escuchas?

MATEO.- Es el viento.

ELSA.- No se mueve ni una sola rama.

MATEO.- Es el viento.

ELSA.- Escucha a nuestra hijita...


MATEO.- Es el viento.

ELSA.- ¿Qué llevas en los bolsillos?

MATEO.- Nada.

ELSA.- Mírate.

MATEO.- (Lleva una mata de pelo en los bolsillos.) ¿Qué es esto?


¿Quién lo ha puesto aquí?

ELSA.- ¿Y si desenterramos a la niña? Y luego volvemos a enterrarla.

MATEO.- ¿Estás loca? ¿Desenterrar a la niña?

ELSA.- Necesito verla. Necesito saber cómo se está pudriendo. Lo


necesito. ¿Cómo huele? ¿De dónde le salen los bichos? ¿Por dónde
han empezado a comérsela? Lo necesito. Necesito saber si se ha
movido dentro del ataúd, si se ha dado la vuelta, si la cabeza ha
salido rodando hasta los pies.

MATEO.- ¿No te das cuenta? ¡Es el viento, solamente es el viento!

ELSA.- ¡Mira!

NARRADORA.- El señor Palavrakis nunca visitó la tumba de


Chloé. En cambio la señora Palavrakis pasó muchas tardes
conversando con la niña invisible.
ELSA.- Porque te amaba, porque te amaba te imaginé muerta de
todas las formas posibles. Desde que naciste te imaginé muerta. Uno
tiende a pensar en la muerte de los seres amados. Imaginarte
muerta era horrible, pero bello. Había algo delicioso en tu cadáver.
Siempre hay algo delicioso en los cadáveres. Eran imágenes
deliciosas de cosas indeseables. Amarte fue angustioso, me hiciste
absolutamente vulnerable, no te cuidé lo suficiente, lo sé, lo sé. Pero
no hubo un segundo en que no estuviese angustiada por ti. No hubo
un segundo en que no sudara sangre por ti. No hubo un segundo en
que no te imaginara muerta. Nunca pensé que pasaría tanto miedo,
segundo a segundo. Cómprame caramelos. Fue lo último que dijiste,
cómprame caramelos, lo último que te escuché decir, cómprame
caramelos, no dijiste otra cosa, cómprame caramelos, dijiste
cómprame caramelos, y yo me paso el día comprando caramelos, no
hago otra cosa que comprar caramelos. La vida en casa es
insoportable. Desde que te mataron ha fermentado lo peor de
nuestras almas. Fuiste uno de esos acontecimientos fatídicos que le
hacen tomar conciencia a uno de su verdadera podredumbre. Muy
poca gente tiene un acontecimiento fatídico en sus vidas,
verdaderamente fatídico, muy poca gente. Supongo que hay gente
que ni siquiera sabe que existe. Supongo que hay gente que nunca se
asusta de sí misma. A veces no se me ocurre otra cosa que
extinguirme.

NARRADORA.- Superada la cinta de peligro que cortaba la


carretera el matrimonio llegó a casa, agotado por el
concurso. La señora Palavrakis se metió en la ducha para
llorar un rato y cuando salió encontró un amasijo de
vísceras sobre la alfombra. Mateo había acuchillado al perro
hasta triturarlo. Y dijo:
MATEO.- Todos nacemos más o menos culpables, más o menos
crueles o malvados. No existe mayor cantidad de maldad en mí que
en el resto de los hombres. Todo ser desea la muerte de otro ser en
algún momento de sus vidas y siembra de cadáveres sus peores
sueños. En según qué circunstancias cualquiera puede aliarse con el
diablo. El solitario va en busca del solitario. Y de entre todos los
solitarios el diablo es el que está más solo. Algunas veces el infierno
es un buen refugio. Supongo que es una cuestión de movimiento.
Hay unos que permanecen quietos y son inofensivos. Sin embargo
hay otros que practican la acción. Se mueven. La culpa es del
movimiento. La culpa es del movimiento. La sangre se mueve sin
parar, recorre nuestro cuerpo una y otra vez. Bueno, todas las cosas
nacen y mueren bajo el mismo sol, y nadie deja más rastro que el de
una hormiga aplastada en un camino. Llegará el día en que los
hombres se degüellen los unos a los otros por puro asco de sí
mismos. No se puede ser feliz a todas horas. Pero sí podemos ser
desgraciados a todas horas. Elsa, he pecado, haz conmigo lo que
quieras. Llevo dentro mucho dolor.

NARRADORA.- En ese instante sonó el teléfono. Eran los


del concurso. Los señores Palavrakis habían olvidado el
trofeo en el salón de baile. Por qué decidieron ir a
recogerlo es un misterio. El accidente tuvo lugar durante el
trayecto de vuelta a casa. La señora Palavrakis llevaba los
dos trofeos sobre las rodillas. Una colisión frontal con otro
vehículo. El señor Palavrakis murió en el acto. A Elsa
Palavrakis, totalmente ilesa, la llevaron a comisaría y le
hicieron preguntas como esta: ¿Tenía la niña dificultad para
andar y sentarse?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿Ropa interior manchada?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿Se quejaba la niña de dolor o picor en la


zona genital?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿ Tenía dificultad en la defecación?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿Contusiones en la zona vaginal o anal?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿Semen en la boca, genitales o ropa?

ELSA.- En la ropa, sólo en la ropa.

NARRADORA.- No me engañe, señora Palavrakis.

ELSA.- Le digo que solo en la ropa.


NARRADORA.- ¿Infecciones urinarias de repetición?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿Trastornos del sueño y la alimentación?

ELSA.- Sí.

NARRADORA.- ¿Automutilación?

ELSA.- El día que cumplió siete años la niña se cortó las venas de los
brazos con el cuchillo de partir la tarta. Corrió hacia su padre con los
brazos chorreando sangre y se abrazó a él con todas sus fuerzas. Le
adoraba. Me lancé sobre ella para socorrerla, pero ella se abrazó a su
padre. A su padre. Como una novia. Le manchó la camisa. Creo que
en el fondo vivieron una historia de amor. Eran un hombre y una
mujer. A mí nunca me quisieron, y yo tampoco fui capaz de
quererles, ¿verdad? Nunca quise a mi hijita, ¿es eso lo que piensa?
Nunca cuidé de ella lo suficiente. Nunca.

NARRADORA.- ¿Por qué no denunció a su marido, señora


Palavrakis? (Pausa) ¿Tenía la niña mordeduras humanas?

ELSA.- No, eso no.

NARRADORA.- Pero su marido era el lobo, ¿comprende,


señora Palavrakis? El lobo.

ELSA.- Nunca vi mordeduras.


NARRADORA.- No me engañe, señora Palavrakis. No se
precipite en sus respuestas. ¿Tenía la niña mordeduras
humanas?

ELSA.- No lo sé. Me hace usted sentir culpable.

NARRADORA.- ¿Recuerda algo más, señora Palavrakis?

ELSA.- Debía ser verano. Chloé se había sentado junto al estanque.


De repente me di cuenta de lo turbio que estaba aquel líquido, había
plantas podridas y peces repulsivos que emergían a la superficie
atraídos por la basura, por los desperdicios que arrojaba la gente,
nadie hubiera sobrevivido a un trago de aquel agua. Y Chloé tenía la
mitad de su manita metida en toda aquella inmundicia. Me entraron
escalofríos, ganas de vomitar, pero no le dije que retirara la mano.

NARRADORA.- ¿Por qué hizo eso, señora Palavrakis?

ELSA.- Cuando era más jóven yo ganaba algún dinero cuidando


niños, eran niños muy pequeños, a veces tenía que cambiarles los
pañales, y dejaba...Dejaba que los perros les chuparan, les lamieran,
¿me entiende? Y nunca hice nada por detener a los perros. Los
perros chupaban y yo miraba, solamente miraba, como a mi hijita
metiendo la mano en el cieno.

NARRADORA.- ¿Disfrutaba observando como los perros


lamían los genitales de los bebés?

ELSA.- Sí, creo que sí.


NARRADORA.- ¿Nunca sospechó de su marido?

ELSA.- Bueno, Mateo, no lo sé. Hay muchos seres humanos juntos.


Algo tiene que pasar cuando hay tantos seres humanos juntos, y
todos destruidos, y todos aniquilados, y todos enfermos. ¿Y si la
culpa es de todos esos seres humanos juntos, juntos, juntos? ¿Usted
no está destruida, aniquilada, enferma? ¿Usted no es responsable de
nada? ¿Nunca se asusta de sí misma?

NARRADORA.- Señora Palavrakis ¿Nunca sospechó de su


marido?

ELSA.- Un día dijo algo que me hizo llorar. Chloé aún estaba viva.

MATEO.- Me paso el día escarbando en la tristeza de los cuerpos,


sostengo corazones enteros en las manos, los intestinos me resbalan
por los guantes. Si a nuestra hija le arrancaran la piel no sería más
que una herida. Chloé es una herida. Te lo aseguro. Por dentro es
viscosa y horripilante. No es hermosa. No la distinguirías de un perro
atropellado. Sólo materia, eso es , sólo materia.

NARRADORA.- ¿Sabe lo que hemos encontrado en la


cartera del señor Palavrakis? ¿Sabe lo que ha llevado
guardado en la cartera durante todo este tiempo?

ELSA.- Sí. Lo sé.

NARRADORA.- La señora Palavrakis murió tras pronunciar


estas palabras. Su pobre corazón no pudo soportarlo.
Desde la muerte de los señores Palavrakis los habitantes
del pueblo se quedaron mucho más quietos. Mucho más
quietos. Por muy extraño que parezca jamás volvió a soplar
el viento. Ni una sola hoja se movió. Todos se empezaron a
comunicar mediante monosílabos. Siguieron convocando el
concurso de baile pero no volvió a existir una pareja que
recogiera el trofeo sonriendo. A partir de ciertas horas se
podía ver a familias enteras frente al televisor, sin moverse,
sin moverse, sin moverse, con los ojos tan vacíos como los
de Edipo. Ahora ellos también conocían el horror.