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Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales

Una visión antropológica


Carlos Reynoso
Indice
0. Introducción
1. Definiciones
¿Qué son o qué han llegado a ser los estudios culturales en la actualidad?
2. Genealogías
¿Cómo es es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de
referencia, o más bien una proliferación de artículos breves y unos pocos proyectos de
cierta envergadura?
3. Estudios Culturales y disciplinariedad
¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen los cánones
disciplinares de la ciencia normal? ¿Han cumplido los estudios culturales su promesa
de apertura, o buscan instaurar alguna clase de ortodoxia?
4. Teorías y métodos
¿Ha habido algún asomo de creación teórica en el interior de los estudios culturales, o
viven ellos de la depredación de metodologías ocasionales tomadas de las tradiciones
científicas de las que ellos reniegan?
5. Estudios Culturales y Posmodernismo
¿Son realmente los estudios culturales una superación del posmodernismo, o
representan en cambio su fase tardía? ¿Ha habido cambio o crecimiento en lo que va
del posmodernismo a los estudios culturales, o se trata siempre de la repetición de los
mismos argumentos?
6. El proyecto fundacional
¿Es recuperable el proyecto inicial de los estudios culturales, o carece de una entidad
teórica claramente expuesta, susceptible de impulsar proyectos nuevos?
7. Política y ciencia
¿Es la crítica que articula a los estudios culturales de orden político, o más bien la iz-
quierda política y la práctica científica son los verdaderos contendientes?
8. Estudios Culturales y Antropología
¿Qué consecuencias disciplinares tiene la definición de un campo de estudios
culturales separado de la antropología?
9. Estudios Culturales y crítica
La reacción crítica contra los estudios culturales ¿dará algún resultado, o es ya dema-
siado tarde?
10. Conclusiones

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Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales
Una visión antropológica
Carlos Reynoso

Introducción: Los Estudios Culturales como Big Bang


Los estudios culturales encarnan, sin lugar a dudas, el último grito de la moda. Si fuéra-
mos a creer en las afirmaciones posmodernas que cada vez más los atraviesan, constitui-
rían el último grito a secas, en el pleno sentido de la palabra. Constituidos por propia ini-
ciativa en el contenido y la forma del fin de la historia, del milenio, de las ideologías y de
las disciplinas, no es de esperarse que después de ellos vuelva a crecer otra hierba teórica
que les haga sombra, ni que se erija un nuevo escenario que los deje atrás. Lejos de ser
una apertura hacia algo nuevo, se manifiestan más bien como una clausura. Una vez que
se aceptan sus premisas definitorias, sucede como si fuera imposible salirse de ellos y es-
tablecerse en alguna otra forma de registro. El posmodernismo ha decretado que no puede
haber progreso en las ciencias sociales, y los estudios culturales, habiendo homologado la
posmodernidad como contexto y como modo de vida, se involucran cuando pueden en la
afanosa demostración de esa idea. Después de la posmodernidad, el apocalipsis.
Es extraño: el ethos posmoderno de los estudios culturales podrá ser nihilista, crítico y
escéptico, pero no por ello deja de ser feliz. Su propio triunfo lo pone de ese humor.
Mientras posan de alternativos y marginales, sus ideólogos se saben dominantes y reinan
ahora en la academia. Aunque no dejan de arrojar aguijonazos contra las ciencias sociales
convencionales, académicas o propias del orden establecido, lo concreto es que se han
librado del aprendizaje fastidioso de los métodos científicos, de la exigencia de imaginar
definiciones operativas o técnicas analíticas innovadoras, de la responsabilidad de expo-
ner elaboraciones replicables, y hasta del examen libresco de lo que hace las veces del es-
tado actual de la cuestión en un ámbito disciplinar cualquiera1. Todo es más fácil en los
tiempos que corren, según lo prueba una plétora de estudios que parece no tener fin.
Hay que señalar, no obstante, que en los últimos tres o cuatro años ha habido una leve
pero inquietante retracción en los números. Si se observan los índices de citas en las hu-
manidades, las ciencias sociales y los medios registrados en las dos bases de datos princi-
pales, WorldCat (de la Universidad de Iowa) y ERIC (de la Biblioteca de la Universidad
de Arizona)2, cubriendo de 1960 a 1995, tenemos las siguientes tendencias. En 1960 te-
nemos 23 y 34 menciones, respectivamente, de “estudios culturales” y “cultura popular”;
en 1970 los guarismos se cuadruplican: 100 y 77. El salto más empinado ocurre entre
1985 (146 y 145) y el punto culminante de 1991: 431 y 314. De allí en más hay una caída
suave pero constante. En el catálogo Melvyl, de la Universidad de California, aparecen
sólo 654 títulos distribuidos en los tres años que van de 1996 a 1998. Buena parte de las
1
La idea de que se hayan quitado de encima esos rigores es, mirándola bien, una benévola concesión por
mi parte. Sería más ecuánime afirmar que pocas veces se tomaron el trabajo de practicarlos o de conocerlos
desde dentro, y que en buena medida los estudios culturales mismos se originan en esa ascesis.
2
Habitualmente Melvyl se puede consultar en el Web en http://www.melvyl.ucop.edu/. WorldCat se
encuentra en http://www.lib.iastate.edu/scholar/db/wldcat.html. Para consultarla se requiere identificación y
password. ERIC está alojada en http://sabio.library.arizona.edu:83/screens/opacmenu.html.

2
compilaciones posteriores al pico reciclan ensayos ya editados combinándolos de otras
maneras (p. ej. Munns y Rajan 1995; Storey 1996b). Pero esta extenuación sólo se perci-
be con claridad en las metrópolis. En los países periféricos, que se encuentran adoptando
formas de estudios culturales recién ahora, la curva de crecimiento sigue escarpada hacia
arriba y es de esperar que continúe así por un tiempo. En ninguna parte, ni aquí ni allá, se
percibe tampoco una corriente de recambio que le plantee alguna competencia.
Las celebraciones de ese cuadro de situación se han multiplicado mucho más allá de lo
que puede justificarse en base a los logros teóricos del movimiento, y a despecho de que
cada tanto los estudios culturales en bloque sean puestos en ridículo o compelidos a rein-
ventarse. ¿Quién se preocupa por eso? Con casi ninguna investigación que sus responsa-
bles hayan admitido fallida y sabiendo que se pertenece a la mayoría moral de la correc-
ción política, el sentimiento general no puede menos que ser exultante. Prácticamente no
se edita otra cosa que estudios culturales y todavía parece quedar margen para que la acti-
vidad sea un buen negocio, sobre todo si se tiene en cuenta que sin fundamentación for-
mal o agenda de capacitación técnica a la vista, la inversión intelectual es mínima hasta el
punto que nadie se desvela por establecer a cuánto asciende. Encarnación de la ganancia
sin riesgos, se habla de los estudios culturales en términos que parecerían referirse al caso
óptimo de lo que en marketing se llama retorno de inversión. Nelson, Treichler y Gross-
berg, por ejemplo, escriben, alborozados:
“El campo de los estudios culturales está experimentando … un boom internacional sin
precedentes. … Es sin duda la promesa material y económica de los estudios culturales,
tanto como sus logros intelectuales, lo que contribuye a su boga actual” (Nelson et al
1992: 1)3.
Ziauddin Sardar repite:
“Los estudios culturales son un campo de estudios excitante y ‘caliente’ [hot]. Se han
convertido en pasión entre los progres de todas clases. … Parecen estar por doquier y
todo el mundo habla de ellos” (Sardar y Van Loon 1998: 3)
Ieng Ang afirma que los estudios culturales, que han ganado “una enorme popularidad”
en la última década, significan “una nueva esperanza para los estudiosos que están bus-
cando alternativas” (Ang 1996:238). Meaghan Morris sitúa el movimiento, un poco ana-
crónicamente, en el tope del ranking de sucesión de las modas:
“Hace treinta y cinco años, el catalizador del nerviosismo en las humanidades fue el
estructuralismo; quince años atrás, la semiótica y el poestructuralismo; diez años atrás, el
posmodernismo; cinco años atrás, la deconstrucción; el año pasado, la ‘corrección
política’; este año, los estudios culturales” (Morris 1997:38).
Los clamores no se apagan fácilmente, ya hace una década que vienen durando, y son por
completo insensibles al hecho de su exasperante repetición. Una y otra vez se describe el
auge de los estudios culturales como una explosión de interés (Nelson et al. 1992:1), una
explosión febril de teorías (Kellner 1995:22, 24), una enorme explosión (Hall 1992: 285),
un boom (Pfister 1996: 291; Morris 1996: 147; Mulhern 1997: 43; Grossberg 1997a: 195;
Thomas 1999: 266), un boom “claro e indiscutible” (Stratton y Ang 1996: 361), una “pro-
liferación masiva”, una “fuerte marea de interés” (Inglis 1993: 229), un Big Bang (Hall
3
La traducción de todas las citas de textos no editados en castellano me pertenece. En todos los casos, los
eventuales énfasis en letra cursiva corresponden a los originales.

3
en Grossberg 1996b: 131; Mattelart y Neveu 1997), una fiesta (Rosaldo 1994: 526), un
“foco dinámico de excitación intelectual” (Chaney 1994: 9), una ola masiva de pasión co-
lectiva (Morris 1996: 148), etcétera. ¡Qué metáforas, y qué unanimidad! El movimiento
está de celebración, y a la luz de su espeluznante dominio del mercado es obvio que moti-
vos no le faltan.
La duda tiene que plantearse alguna vez: ¿Es este aluvión de ditirambos correlativo a al-
guna forma nueva de conocimiento? ¿Guarda proporción, al menos, con algún logro inte-
lectual o político concreto? Los que participan del movimiento asumen que sí, y así lo a-
firman infinidad de veces, aunque sin complicarse en ‘demostraciones’ en las que ellos no
creen mucho pero que en otras formas del conocimiento se estiman necesarias. El valor
de los estudios culturales se da por sentado, y el supuesto conversacional más extendido
es que todo el mundo conoce sus victorias, aunque no exista consenso claro sobre cuáles
son.
Esta es precisamente la región en que haré morder mi cuestionamiento. En vez de sumar-
me al coro de bienvenida y celebrarlos porque hacían falta, aquí indagaré lo que han he-
cho, lo que han desbaratado y lo que les falta hacer. Como esta es una lectura antropoló-
gica, los culturistas serán la tribu a destacar contra el contexto global. En el deslinde de
los supuestos manifiestos pero inconfesos que corren por debajo de sus discursos y en el
examen verbatim de las mitologías y ficciones que han edificado en el proceso de su de-
fensa, es donde cabe ver la dimensión ‘etnográfica’ de este estudio, para decirlo con una
palabra que ellos frecuentan. Los estudios culturales tampoco han sometido a examen sus
propias prácticas retóricas, sus consignas, sus iconos y sus tabúes: la crítica y la reflexivi-
dad son algo a aplicar a otros, o a recomendar como deseables, pero no un expediente que
sostenga sus propios ejercicios. Huelga decir que este examen también me motiva.
Ahora bien, si este va a ser un trabajo crítico elaborado con cierta seriedad, no basta de-
clarar que pienso lo contrario de lo que ellos proclaman. Sin pretender que en este breve
ensayo tendré ocasión de revisar la totalidad de sus emprendimientos, intentaré por lo
menos una crítica sensata de sus alcances, algo que, llamativamente, el propio movimien-
to ha emprendido rara vez con la concentración y el rigor requeridos. En toda su literatura
hay abundancia de apologías triunfalistas, ruidos de sus disputas domésticas y bitácoras
de su expansión, pero el lector encontrará en el corpus muy pocas críticas internas formu-
ladas por los motivos correctos, y prácticamente ninguna apreciación en que se juzgue
una línea de estudios por su elaboración metodológica, y no sólo por su tinte político o
por el impacto de su elección temática. Todas las evaluaciones que han practicado sobre
sus propios textos, aun las más aparentemente severas, están articuladas por la necesidad
de salvaguardar el mensaje de los estudios culturales en última instancia; eso involucra
un límite al que yo no estoy sujeto. Algunas de esas críticas, además, están formuladas en
nombre de una postura teórica que se ofrece como alternativa presuntamente ‘mejor’.
Una vez más no es este el caso; en último análisis, el marco contra el cual ofrezco con-
trastar a los estudios culturales es el de las ciencias sociales en general y la antropología
en particular, sin que esté en juego ninguna teoría concreta. El cuestionamiento habrá de
valer como crítica de la lógica interna del culturismo en sus diversas variantes, o habrá de
fracasar en esos mismos términos.
La estructura de este trabajo se construirá como la búsqueda de respuestas a un conjunto
de preguntas, que son las siguientes:

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1. ¿Qué son o qué han llegado a ser los estudios culturales en la actualidad?
2. ¿Cómo es es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de
referencia, o más bien una proliferación de artículos breves y unos pocos proyectos de
cierta envergadura?
3. ¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen los cánones
disciplinares de la ciencia normal? ¿Han cumplido los estudios culturales su promesa
de apertura, o buscan instaurar alguna clase de ortodoxia?
4. ¿Ha habido algún asomo de creación teórica en el interior de los estudios culturales, o
viven ellos de la depredación de metodologías ocasionales tomadas de las tradiciones
científicas de las que ellos reniegan?
5. ¿Son realmente los estudios culturales una superación del posmodernismo, o repre-
sentan en cambio algo así como su fase tardía? ¿Ha habido cambio o crecimiento en
lo que va del posmodernismo a los estudios culturales, o se trata siempre de la repe-
tición de los mismos argumentos?
6. ¿Es recuperable el proyecto inicial de los estudios culturales, o carece de una entidad
teórica claramente expuesta, susceptible de impulsar proyectos nuevos?
7. ¿Es la crítica que articula a los estudios culturales de orden político, o más bien la iz-
quierda política y la práctica científica son los verdaderos enemigos?
8. ¿Qué consecuencias disciplinares tiene la definición de un campo de estudios cultu-
rales separado de la antropología?
9. La reacción crítica contra los estudios culturales ¿dará algún resultado, o es ya dema-
siado tarde?
En este entramado de interrogantes hay dos clases de preguntas. Aquellas que buscan es-
tablecer la naturaleza de los estudios culturales y su papel frente a la antropología y las
reacciones de esta arrojarán variadas respuestas extensionales que no anticiparé en este
momento. Las que se formulan, en cambio, como opciones entre las cuales escoger vie-
nen a constituir algo así como el tejido de hipótesis que anima este ensayo. En este caso
las contestaciones pueden anticiparse ahora, pues en rigor de verdad los barridos biblio-
gráficos ya se han hecho y las evaluaciones están cumplidas. En todas las instancias mi
postura favorece invariablemente a los respectivos segundos hemistiquios de las pregun-
tas; los hechos por revisar son en consecuencia los que desmienten a los primeros
períodos de las frases, siempre ilustrativos de la forma en que los estudios culturales se
sueñan a sí mismos.
Aquí confrontaré los estudios culturales con sus propios textos representativos, encade-
nando cada dictamen con una dosis de referencias probatorias que (admito) buscará ser
siempre un poco más abrumadora de lo necesario, pero mucho menos beligerante de lo
que podría ser. Para rendirse incondicionalmente a los estudios culturales al final del
ensayo hará falta desoír lo que claman y olvidar lo que ellos mismos han escrito. Más que
hablar por mi cuenta y cargo, sin quererlo terminé concertando algo así como la decons-
trucción que ellos se han auto-inferido, y por una vez coincido con lo que alegan, pues es
devastador. Con la crítica he operado de la misma manera, dejando más espacio al pensa-
miento de figuras representativas que al mío propio y sin subrayar jamás las palabras que

5
en los originales no tienen énfasis. Más que una exploración pedagógica por todo el cam-
po, este trabajo constituye entonces, antes que nada, la fundamentación de las hipótesis
que he referido, basadas, en la medida de lo posible, en lo que los actores tienen que
decir.
***
El acápite que estoy concluyendo define, aunque implícitamente, los confines del objeto
que los siguientes capítulos deberán abordar. Cuando este ensayo ya estaba considerable-
mente encaminado, topé con un artículo en que Warren Montag fustigaba a Jean-François
Lyotard y a Perry Anderson por pretender agotar críticamente problemas descomunales
(la caracterización del estado actual del pensamiento a nivel global, o la evaluación de un
vasto cuerpo de teorías semiológicas) en sendos libritos de poco más de ochenta páginas.
Algunos de los argumentos de Montag parecían razonables. Perry Anderson abría y
cerraba su tratamiento de la obra de Lacan en cinco carillas. Montag reproducía y atacaba
la “conclusión objetiva” de Anderson: “Dado que la concepción freudiana del inconscien-
te es incompatible con la gramática generativa transformacional, Lacan está simplemente
equivocado. Caso cerrado” (Montag 1993: 92).
Por un momento, la posibilidad de estar incurriendo en un desatino semejante en el trata-
miento de un objeto más allá de mi alcance me intimidó. El análisis de Lacan por Perry
Anderson era un poco más amplio de lo que trasuntaba Montag, pero no tanto que pare-
ciera suficiente para respaldar un juicio fundado. ¿No sería mi pretensión igualmente des-
mesurada? ¿Qué extensión tiene que tener un texto que abarque críticamente a los estu-
dios culturales y además aplique una elaboración antropológica?
La respuesta que encontré me satisface, al menos por ahora. La extensión necesaria de-
pende de la escala del diseño y el nivel de detalle que se adopte, del número y compleji-
dad de los argumentos que se escojan como casos-testigo, de la susceptibilidad de las
fuentes a ser resumidas en sus líneas esenciales, de la cantidad de ramas que se abran a
partir del tronco, y de la contundencia y corrección lógica de los razonamientos que se
formulen. A fin de cuentas, los estudios culturales han llegado a conclusiones drásticas a-
cerca de la antropología, y hasta de todas las disciplinas en su conjunto, en menos renglo-
nes que los que Anderson necesitó para fulminar a Lacan. Además, aunque de ningún mo-
do los doy por conocidos, los argumentos de los estudios culturales y de los antropólogos
a considerar están ahí, en la bibliografía que consigno, de modo que no hace falta repro-
ducirlos para simular una extensión más satisfactoria o para que la sinopsis que yo haga
sea más fiel. Muchas defensas de los estudios culturales (como las de Morley 1998a,
1998b) insinúan que la variedad interna del movimiento lo torna invulnerable a una ins-
pección generalizadora, salvo, por supuesto, que esta sea optimista como la que ellas sus-
tentan. El mío es, empero, un trabajo de síntesis: reclamo en consecuencia el derecho de
situarme en el nivel de generalización que haga falta, en tanto existan elementos de juicio
suficientes para hacerlo.
Por otra parte, no hace falta refutar una por una todas las aseveraciones hechas en nombre
de los estudios culturales, sino algunas de las que sostienen su edificio, que no son tantas.
No incomoda que unas cuantas afirmaciones suyas, o aun la mayoría, sean verdad. De he-
cho lo son, y según toda evidencia el núcleo de los autores principales de estudios cultu-
rales sigue promoviendo una concepción ideológica con la que puedo, parte del tiempo,

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simpatizar. Pero no por ello hay que acallar las objeciones que surjan, sobre todo cuando
parezca estar claro que el daño que han hecho supera al beneficio que prometen. La fun-
ción de esta crítica no será además quitar los estudios culturales del paso, aniquilarlos, o
hacer creer que todos los culturistas han estado equivocados todo el tiempo, sino adoptar
frente a ellos una postura evaluativa bien fundada y comunicásela a alguien más.
Ahora sí, esa postura será sólo crítica: si alguien quiere saber de qué se tratan los estudios
culturales, este no es un manual que vaya a enseñarlo. Aquí únicamente interesan sus afir-
maciones estereotípicas, sus planes metodológicos, su posición institucional y sus re-
laciones con otras disciplinas; para el resto (o sea las investigaciones sustantivas) será
mejor leer resúmenes como los de Turner (1990) o McGuigan (1992), o los estudios ori-
ginales que correspondan. La crítica se hará también desde la lectura de los textos y en
función de sus significados más obvios, y no desde un lugar teórico externo en particular.
Desde ya, soy consciente que estoy sesgado en su contra y que mi selección de los textos
en que fundo los cuestionamientos puede ser en exceso conveniente a mis fines: habrá
que exigir a mis críticas, entonces, que se dediquen a autores representativos y a cuestio-
nes relevantes, y que la ira no sofoque al buen tino.
Como quiera que sea, una vez yo situado ante los textos a tratar y ya consciente de su en-
vergadura, decidí emprender este ensayo como un esbozo, con la certeza de volver sobre
el asunto cuando la vida lo permita, o cuando las respuestas que suscite disparen un nue-
vo estímulo. Y ahora que va a definirse cuál es el objeto y que ya se sabe cuál será, en
función de él, un objetivo crítico razonable, seguiré adelante hasta llevarlo a cabo.

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1. Definiciones: ¿Qué son o en qué se han convertido los estudios culturales en la
actualidad?

Constituciones y fases

Lo primero de todo debería ser una definición. Pese a que subsisten unas cuantas dificul-
tades (tales como el deslizamiento que siempre es de esperar entre los hechos y sus nom-
bres, o las publicitadas diferencias entre la tradición inglesa y la norteamericana), lo con-
creto es que los estudios culturales son hoy más susceptibles de definición que hace un
par de décadas. Arriesguemos esta:
Los estudios culturales son el nombre en que ha decantado, plasmada en ensayos, la
actividad interpretativa y crítica de los intelectuales. Los estudios culturales se han es-
tandarizado como una alternativa a (o una subsunción de) las disciplinas académicas de la
sociología, la antropología, las ciencias de la comunicación y la crítica literaria, en el
marco general de la condición posmoderna. El ámbito preferencial de los estudios es la
cultura popular.
Cae de suyo que la mía no será una pintura en la que todos los practicantes de los estu-
dios culturales reconozcan su imagen. Algunos aducirán que el campo es algo más que la
rumia bohemia de los intelectuales posmodernos, aunque se verán en figurillas tratando
de establecer cuál es su valor diferencial sin incurrir en gestos modernos que son propios
de las disciplinas que les deberían ser opuestas. Tendrán que explicar por qué, además, ni
Williams, ni Hoggart, ni Hall, ni los estudios al modo norteamericano pudieron poner ja-
más un pie en Francia. Disney pudo conquistar París, porque no había allí suficiente
kitsch; los estudios culturales no, porque los intelectuales ya eran allí unos cuantos y no
admitían federarse. Los propios culturistas han llegado a notar alguna que otra vez que el
movimiento “paradójicamente” no ha podido penetrar en la Europa continental (Ang
1996: 238).
Dediquemos un párrafo a la inexistencia de los estudios culturales en Francia. Existe un
texto compilado por Jill Forbes y Michael Kelly que se llama, engañosamente, French
Cultural Studies (Forbes y Kelly 1995). Sardar y Van Loon dedican unas cuantas páginas
a comentar algunas generalidades de los estudios culturales franceses, insinuando que el
movimiento está allí consolidado y usando como referencia el libro de Forbes y Kelly. Se
trata, sin embargo, de un malentendido; este último texto es un estudio de la cultura fran-
cesa en bloque y de sus movimientos intelectuales, sin un ápice que ver con lo que se ha
consensuado sean los estudios culturales en cualquier definición imaginable. En un texto
introductorio de Jere Paul Surber (1998: 253-262) hay también un capítulo dedicado a la
“tradición francesa de estudios culturales”; el desarrollo vuelve a decepcionarnos, pues
sólo trata de Michel de Certeau y Pierre Bourdieu, ambos sociólogos. En todo esto no hay
ningún nexo con la tradición que se ha convenido llamar estudios culturales: es verdad,
de Certeau y Bourdieu son estudiosos y se ocupan de la cultura; pero lo mismo podría ar-
güirse de cualquier científico social, antropólogos incluidos. El propio Surber sabe que
entre los 40 participantes en el simposio internacional de Illinois que inauguró el mo-
mento ecuménico de los estudios culturales no había ningún francés (Surber 1998: 263).
Tampoco lo hay entre los 41 miembros del comité editorial de la revista Cultural Studies.

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Insisto entonces en que no existen estudios culturales en Francia, por lo menos no a nivel
institucional o reflejado en publicaciones sustantivas de autores conocidos. El inventario
(todavía parcial) de instituciones universitarias de estudios culturales en el mundo hacia
octubre de 1998, contaba 16 en los Estados Unidos, 6 en Australia, 6 en Gran Bretaña, 2
en Canadá, y sólo 1 en Holanda, Brasil, Austria, Hong Kong y Polonia (Striphas 1998b).
En Francia, naturalmente, cero. En un pequeño rincón de la Galia todavía algunos ofrecen
resistencia.
Volviendo a la definición, algunos rechazarán la sola idea de que los estudios se hayan es-
tandarizado o que estén en estado de cristalización, citando nuevamente (como si fuera un
argumento inédito) el mismo repertorio de diversidades temáticas que los culturistas re-
producen una y otra vez (p.ej. Nelson et al. 1992; O’Connor 1996: 188; Long 1997; Sar-
dar y Van Loon 1998: 23). Inventario que los adeptos de los estudios culturales pueden
creer muy impresionante, pero que no guarda punto de comparación en su riqueza de op-
ciones con lo que la antropología o la sociología llevan hecho en más de un siglo de acti-
vidad bastante más responsable y controlada. Lo digo con mayor énfasis entonces, porque
su propia bibliografía no me deja mentir: no sólo los estudios culturales están estandari-
zados en tres o cuatro formas fijas, sino que más allá de sus temas (que también se han
vuelto previsibles en su búsqueda siempre idéntica de originalidad a todo trance) en lo
argumentativo constituyen el cuerpo escrito más rígido y repetitivo del que se tenga
noticia. Los estudios podrán ser centenares, pero los temas recurrentes de sus
elaboraciones teóricas se cuentan con los dedos de una mano, y hasta puede que nos
cueste trabajo asignar uno al meñique. Lo mismo cabe decir del fondo de conocimiento
sedimentado por sus análisis empíricos, que los propios culturistas comienzan a percibir
como uno solo, repetido infinidad de veces (Donald 1990: passim; Harris 1992: 141;
Tester 1994: 10; Ang 1996: 240; Morris 1996: 20; Downing 1997: 188; Werbner 1997:
41).
De tener que complementar mi definición personal con alguna otra, sin duda recurriría a
la drástica decisión del crítico Todd Gitlin:
“No desearía detenerme en problemas de definición, cuyo tedio sólo es equiparable a su
carácter inconcluyente y su circularidad. El examen interminable de lo que constituye
exactamente los estudios culturales (o su objeto, la ‘cultura’) es en sí mismo parte del
problema que intento diagnosticar. Mejor que eso, pretendo desatar (si no cortar) el nudo
gordiano con la simple afirmación de que los estudios culturales son la actividad
practicada por la gente que dice que está haciendo estudios culturales” (Gitlin 1997: 25).
Otras definiciones alternativas son posibles, aunque casi ninguna de las que se encuentran
en el corpus son definiciones formales, sino más bien catálogos de los asuntos que los es-
tudios culturales acometen. A los practicantes de los estudios culturales, además, les fas-
cina alegar la imposibilidad de definirlos. Veamos este ejemplo y retengamos, asimismo,
las metáforas que hablan de espacios, mapas, posiciones y vectores porque volverán a
presentarse tanto en las (in)definiciones como en los procedimientos:
“Cualquier intento de ‘definir’ los estudios culturales queda de inmediato atrapado en un
dilema. No hay una sola posición de los estudios culturales, sea sincrónica o dia-
crónicamente; siempre hay proyectos, compromisos y vectores múltiples, solapados,
cambiantes, de acuerdo con los cuales ha continuado rearticulándose a sí mismos. Los

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estudios culturales están constantemente renegociando su identidad y reposicionándose
dentro de mapas intelectuales y políticos cambiantes” (Grossberg 1996a: 181).
Pero ¿de qué estudios culturales se está hablando en estos casos? Como luego se compro-
bará, hay que advertir que existen a grandes trazos dos modalidades disímiles de estudios
culturales: por un lado está el corpus canónico de Williams-Thompson-Hoggart et al. y
los textos que prolongan la idea original de estudios de la cultura popular inglesa; por el
otro se agrupa lo que en general pasa hoy por estudios culturales lato sensu, y que a pesar
de las infaltables referencias al canon no tiene mucho que ver con él en términos de mé-
todo, política, reflexividad y elaboración conceptual. Cuando aquí hablamos de estudios
culturales nos referimos invariablemente a la segunda especie, ya que la primera es, como
se verá (y según un amplio consenso) tan provinciana y tan pegada a su contexto que
nunca habría significado una preocupación para las disciplinas constituidas. Aunque tam-
bién revisaremos la primera fase, agradeceré entonces que no se piense en Thompson,
Hoggart o Williams cuando formule una apreciación que no los alude, y que nos concen-
tremos en evaluar qué cabe esperar de los estudios cuando su autor no tiene la fortuna de
ser uno de estos próceres.
Algunos historiadores de los estudios culturales hablan de cuatro, cinco o más fases en su
desarrollo histórico. Lawrence Grossberg (1997a: 206-207), por ejemplo, distingue las si-
guientes “visiones” sucesivas:
 Humanismo literario. Comprende las obras clásicas de Richard Hoggart (1957) y
Raymond Williams (1961), y abarca desde 1957 hasta 1969.
 Sociología dialéctica. Esta fase se extiende desde fines de los años sesenta a co-
mienzos de los setenta. A través de Stuart Hall, incorpora eclécticamente herramientas
de la semiótica y el estructuralismo francés.
 Culturalismo. Sería la modalidad más identificada con la actividad del Centre for
Contemporary Cultural Studies de Birmingham (CCCS) y los estudios culturales en
general. Su conductor principal sería también Hall, esta vez elaborando largamente
conceptos extraídos de Louis Althusser. Características de esta visión serían dos mo-
dalidades de estudio ‘etnográficas’ que se desarrollaron paralelamente: la primera es-
taría constituida por estudios de las subculturas juveniles, mientras la segunda ofrecía
un modelo de análisis de la comunicación mediática basada en los principios de enco-
ding / decoding.
 Estructural-coyuntural. Esta fase iría desde fines de los años setenta a inicios de los
ochenta. Una vez más el líder sería Stuart Hall, pero ahora incorporando ideas
gramscianas (vía Laclau) que tienen que ver primordialmente con la articulación y la
hegemonía.
 Posmoderna-coyuntural. Este período va desde mediados de los años ochenta a
fines de los noventa. Naturalmente, y aunque él se abstiene de explicitarlo, su porta-
voz más representativo sería quien propone la periodización, o sea Lawrence Gross-
berg.
Ninguna tipificación de las pocas que se han propuesto invalida la segmentación que yo
propongo y que discierne sólo dos fases; las diferentes seriaciones aplican criterios de
mayor o menor granularidad, sin que ninguna escala de tratamiento sea intrínsecamente

10
mejor que otra. Si mantengo el número de fases de que hablaba, simplemente, es porque
resulta manejable y operativo en relación con los argumentos que me propongo analizar y
con la forma en que los propios actores plantean sus discusiones recurrentes. Si tuviera
que definir cómo mapea mi ‘segunda fase’ contra el esquema de Grossberg, diría que
aquella comprende una parte importante del ‘culturalismo’ y la totalidad de las dos fases
restantes.

Temas

Como sea, los estudios culturales de la segunda fase pueden caracterizarse mejor por su
espectro temático que por su articulación teórica. Una forma de agruparlos podría ser la
de Nelson, Treichler y Grossberg (1992: 18-22), quienes por lo menos intentan una tipo-
logía que no incluye la palabra ‘etcétera’. Aun así, no puede esperarse una clasificación
formal atravesada por criterios uniformes en un amasijo que es diversificado por defini-
ción, y que estaría en espera de que se fijen delimitaciones para proceder a violarlas. Los
rubros de preferencia de los estudios culturales serían entonces:
 Género y sexualidad
 Identidad cultural y nacional
 Colonialismo y postcolonialismo
 Raza y etnicidad
 Cultura popular
 Estética
 Discurso y textualidad
 Ecosistema
 Tecnocultura
 Ciencia y ecología
 Pedagogía
 Historia
 Globalización en la era posmoderna
Un poco más formalmente, en la especificación oficial que fundó el programa de grado y
posgrado de Estudios Culturales en la Universidad de California en Davis (Newton et al.
1998: 562), los “campos específicos de énfasis” de la especialidad (en los que observare-
mos, no por última vez, una cierta fusión líquida de temas y teorías) distingue los si-
guientes rubros:
 Género y sexualidades
 Raza, etnicidades y representación cultural
 Política, religión, comunidades y representación cultural
 Cultura popular
 Culturas nacionales, transnacionalismo y globalización
 Ciencia y sociedad
 Estudios históricos
 Retórica y teoría crítica
Obsérvense los pequeños actos fallidos: ‘representación cultural’ figura dos veces; ‘retó-
rica’ y ‘teoría crítica’ van en yunta. Regístrese también el efecto del paso del tiempo: en
el segundo programa las sexualidades son plurales.

11
Hay en todos estos programas y antologías una cierta abundancia, casi ampulosa. Sin em-
bargo, ni uno solo de todos esos ítems, con la posible excepción de la comunicación me-
diática (conspicuamente ausente de ambas tablas), estaba faltando en la agenda de la an-
tropología. Más aun, los antropólogos que recurran a los estudios culturales en busca de
enfoques novedosos sobre cuestiones genuinamente culturales se verán decepcionados.
Escribe Signe Howell:
“Hasta ahora, y hasta donde conozco, no hay estudios de sociedades ‘exóticas’ geo-
gráficamente distantes que hayan salido de los estudios culturales. Los practicantes de los
estudios culturales están interesados primariamente en comprender los fenómenos y
procesos culturales dentro de su propio dominio cultural, por los cuales entiendo (y ellos
entienden) el ‘Occidente’ capitalista industrializado, un Occidente que cada vez más
incluye al Japón y a la cuenca del Pacífico, pero sin tomar en cuenta las numerosas
variedades locales” (Howell 1997: 112).
En los países periféricos que hayan comprado la idea de los estudios culturales se encon-
trarán, sin duda, aquellos exotismos que están más allá del examen poco cosmopolita de
Howell, pero seguirán faltando los estudios cruzados y las miradas distantes que constitu-
yen la carne misma de la antropología. Los culturistas de ultramar o del Tercer Mundo,
reunidos por ejemplo en Grossberg et al. (1992), tienen nombres insólitos y en ocasiones
hacen portación pública de su alteridad, hablando como embajadores plenipotenciarios de
sus aldeas; pero sus textos en general compiten por demostrar que están al día en la lectu-
ra de Derrida, Laclau, Bourdieu y Foucault, y que pueden deliberar en argot posmoderno
con la más elegante fluidez. Fuera de los títulos personales de sus autores, de las locacio-
nes temáticas y de un pequeño repertorio de expresiones poscoloniales, metodológica-
mente hablando la diversidad cultural no ha dejado ninguna impronta. Quien busque, ade-
más, el menor atisbo de abordajes comparativos saldrá más decepcionado que Howell, y
esta vez con mejor razón. Que la antropología comience su investigación tomando como
punto de inicio el extrañamiento y la desnaturalización de la cultura (aun cuando la cultu-
ra a indagar sea la propia) arroja una consecuencia adicional cuando se la pone al lado de
los estudios culturales: lo que para este constituye a menudo un descubrimiento (“este
fenómeno cultural no es ‘natural’ sino arbitrario, o las cosas no son lo que parecen”), para
la antropología es una presuposición que apenas merece discutirse, la premisa que otorga
a la misma disciplina su razón de ser.

Complejidades

Tampoco se encontrarán en los estudios elaboraciones que den cuenta de la verdadera


complejidad de los asuntos culturales. Por supuesto, casi todos los días dejan constancia
de su toma de conciencia de esa complejidad. Grossberg, por ejemplo, refiere “la comple-
ja dialéctica entre cultura y sociedad” (1997a: 212), “la complejidad estructurada y la es-
pecificidad histórica de las formaciones sociales y culturales” y “los complejos procesos
de sobredeterminación” actuantes (p. 216), así como “las redes complejas y cambiantes
de las relaciones sociales” (p. 223). Jennifer Slack, igualmente, postula que “el análisis de
cualquier situación o fenómeno concreto entraña la exploración de encadenamientos
complejos, múltiples y teóricamente no-necesarios” (1996: 119). En sólo tres páginas
escogidas al azar Graeme Turner también habla de la aplicación de “teorías sociales com-
plejas”, de la “complejidad de las cuestiones teóricas”, de “problemas reales genuina-

12
mente complejos”, de la “complejidad de la conceptualización” y de “un campo impor-
tante y complicado” (1990: 4-6).
Raro sería que no dijeran que las culturas son laberínticas: todas las disciplinas se jactan
de la complejidad de su objeto de estudio, y ganan más puntos cuanto más enredado lo
presenten. Pero el babel del objeto no se traduce automáticamente en fecundidad del apa-
rato teórico. Para poder operar a la escala y con la contundencia exigidas por la coyuntu-
ra, haría falta elaborar tejidos teóricos de rico tramado, capaces de entregar resultados
que estén a la altura de esa complejidad. En los estudios, la complejidad del objeto se tra-
duce, lo más a menudo, en el embrollo discursivo en que terminan incurriendo quienes lo
abordan, en gran medida gracias a nutridas referencias a fuentes continentales (Althusser,
Bourdieu, Derrida, Gramsci, Lacan, Foucault) que siempre son, característicamente, de-
masiado opulentas y profundas para hacerles justicia en el espacio disponible.
Los culturistas más inclinados al estilo posestructuralista se entretienen más hablando de
la complejidad que analizándola o resolviéndola. Acto seguido, confunden el pandemó-
nium de su propia escritura con el intrincamiento que creen descubrir en la realidad a la
que se asoman gracias al marco que han adoptado. Es, literalmente, el ‘pensamiento dé-
bil’ en acción, con las consecuencias que cabe esperar. Como lo dice Keith Tester, “los
estudios culturales son un estudio de las superficies y una atribución de profundidades”
(1994: 30). Lejos de revelar riquezas antes inexploradas, la ‘complejidad’ del objeto
habla más bien del predicamento de un marco que lisa y llanamente no puede con él.
Una recorrida a vuelo de pájaro por la literatura usual de los estudios culturales bastará
para que cualquier lector verifique en qué medida los culturistas interpretan el innegable
esplendor de su objeto (o sea, la cultura) como si fuera un atributo de las indagaciones
que se han elaborado a su alrededor. Y a la inversa, el brillo que destella la cultura sirve
para disimular muchas veces el carácter rutinario y la textura ligera de los análisis que se
le dedican. He encontrado análogos de esta doble confusión en diversas disciplinas (en la
musicología, por ejemplo), pero la magnitud del equívoco en los estudios culturales es
realmente pasmosa. En pocos lugares se percibe mejor esto que en el tratado “teórico y
metodológico” de John Storey (1996a). El libro, en un arrebato de pleonasmo cuádruple,
se llama expresamente Cultural studies and the study of popular culture. Theories and
methods. Ahora bien, el texto no está articulado en absoluto en función de teorías y méto-
dos: son los objetos cambiantes de otros libros que se van resumiendo los que imponen la
estructura. Tras ocho páginas de introducción que se dedican más a la historia institucio-
nal del movimiento que a cualquier análisis teórico, Storey pasa a comentar unos cuantos
estudios en capítulos que versan sobre “televisión”, “ficción”, “filmes”, “diarios y revis-
tas”, “música popular” y “consumo”.
Imaginemos como sería el caso en antropología: si siguiéramos la misma pauta, en lugar
de ordenar un libro sobre teorías y métodos en función de categorías tales como ‘evolu-
cionismo’, ‘funcionalismo’, ‘estructuralismo’, ‘marxismo’, ‘materialismo cultural’, ‘an-
tropología interpretativa’, etc., o de la sucesión histórica de los diversos modelos, lo ha-
ríamos en términos de ‘religión’, ‘parentesco’, ‘tecnologías’, ‘patrón de asentamiento’,
‘tatuajes’… como si las formas teóricas no tuvieran peso suficiente para vertebrar una ex-
posición de lo que debiera hablarse: esto es, de teorías y métodos. También las historias
del movimiento están organizadas a partir de la sucesión de libros de los que importa más
el objeto cultural que incorporan que el marco teórico que despliegan, el que parecería ser

13
apenas un epifenómeno de un tema desbordante (Turner 1990). Incluso los libros críticos,
como el análisis de David Harris sobre los efectos del gramscianismo sobre los estudios
culturales se organizan sobre el mismo esquema: educación, juventud y política simbóli-
ca, medios de comunicación de masas, ocio, placer, deporte y turismo (Harris 1992). Al
cabo de una lectura como la de Storey u otras que se atienen al mismo patrón (p. ej. Mc-
Robbie 1994, Brooker 1998), el lector comienza a preguntarse si los films de James
Bond, la música pop o el surgimiento de los centros comerciales como formas culturales
no habrán tenido más incidencia en la trayectoria teórica de los estudios culturales que la
propagación del posmodernismo, el agotamiento de la semiótica o las tribulaciones del
marxismo occidental.
Es en relación con esta obesidad del factor temático que la antropóloga Pnina Werbner
realizó el siguiente planteo en el debate sobre las relaciones entre estudios culturales y
antropología que se realizó en Manchester en 1996. Werbner caracteriza
“ … un problema real que afronta la antropología vis-à-vis los estudios culturales. Los
estudios culturales son atractivos, fascinantes e interesantes. Ellos venden; son una mer-
cancía que hace grandes mercados de venta; se refieren a cuestiones y temas que les ha-
blan a la gente joven, a pre-graduados, sobre género y sexualidad; les son familiares.
Mientras que la buena antropología, la antropología seria, es un poco sosa; es un poco
lenta; habla sobre cuestiones del otro lado del mundo, en las que [los estudiantes] pueden
no estar interesados” (Wade 1996: 52-53).
Esta argumentación ha resultado ofensiva para los culturistas, quienes sienten que Werb-
ner está insinuando que los estudios sólo poseen un atractivo superficial. David Morley
sitúa la postura de Werbner en la misma tesitura que en el juicio de Ferguson y Golding,
quienes habían dicho que los estudios culturales son “superficialmente glamorosos”
(Morley 1998a: 481-482). Dejemos de lado que los estudios sean o no superficiales, por-
que en un juicio semejante siempre habrá espacio para la subjetividad. Pero ¿no son ellos
en efecto glamorosos? Ceteris paribus, y sinceramente: entre un ensayo que se llama “Es-
tructura de los mitos no-etiológicos entre los Ayoreo-dé” y otros titulados “Leyendo
Hustler” (Kipnis 1992), “Mirando Dallas” (Ang 1985), o “Cómo se usa un condom”
(Treichler 1996) ¿cuáles elegiría usted leer primero? ¿No recurren ellos mismos a su
sustancia temática para publicitar su propio atractivo? ¿No hay acaso en la celebración
del ‘interés’ que despiertan los studies, antes que en el examen de su factor teórico, una
pizca de ese espíritu mediático que hace que un producto termine juzgándose por su
potencial de recaudación?
Con todo su énfasis en lo cultural, los estudios culturales no han experimentado ni por
asomo el choque con la diferencia que ha sido esencial en el registro histórico de la antro-
pología, y que ha coadyuvado a multiplicar y elastizar los conceptos y métodos de esta
disciplina hasta el límite de lo imaginable. A pesar de las apariencias cuando se visita una
librería en el primer mundo de habla inglesa, los estudios tampoco disponen de un patri-
monio escrito de magnitud parecida. Hay, sí, unas pocas docenas de libros y varios cen-
tenares de artículos, pero en principio los estudios son humanamente abarcables, mientras
la antropología se ha disgregado en mucho más que sus ‘cuatro campos’ canónicos y en
una veintena de especializaciones sumamente diferenciadas, muchas de las cuales requie-
ren conocimientos técnicos específicos. Algunas técnicas corrientemente usadas en antro-
pología (el análisis de redes, por poner un caso) son lo suficientemente ricas y complejas

14
para justificar una vida de investigación (véase Wasserman y Faust 1994). Y ya que men-
cioné las técnicas, registremos el hecho de que en todas sus décadas de existencia, los es-
tudios culturales no se sintieron en la necesidad de crear ninguna.
Por otro lado, los estudios culturales se mostrarán tanto más abarcables cuantos más tex-
tos se vayan leyendo. Al principio parece que no se acabará nunca de asimilar tanta pleni-
tud, pero en breve, casi demasiado pronto, la curva traza su codo de rendimiento decre-
ciente, y se percibe una sensación de pleonasmo, de cliché, de previsibilidad. En un par
de meses el lector que se asome al campo percibirá que los actores que dinamizan el mo-
vimiento y que tienen alguna personalidad teórica son siempre los mismos. Proponiéndo-
me documentar estas aparentes gratuidades, el siguiente apartado se asomará a su demo-
grafía y a su anatomía íntima, para demostrar que su extensión está bastante lejos de
alcanzar la dimensión, la profundidad y la riqueza que sus practicantes le atribuyen.

Delimitaciones: la línea de sombra

Dependiendo del autor, estudio o el simposio que se trate, los estudios culturales incluyen
o no a los estudios de género, a los gay, lesbian o queer studies, los estudios emic de
afro-norteamericanos, chicanos y asiáticos, los manifiestos multiculturales, los estudios
clasistas, las teorías de la globalización, los estudios poscoloniales o lo que fuere: los ti-
pos de campos proliferantes que los culturistas acostumbran llamar area studies. Las más
de las veces las referencias que pueden encontrarse son inclusivas, o al menos los víncu-
los entre todos estos movimientos parecen ser fuertes, fluidos y cordiales. En ocasiones,
sin embargo, encontramos afirmaciones como la de Douglas Crimp, quien escribe: “Pien-
so que sería mucho más productivo para un área de estudio amplia, como la de los estu-
dios culturales, incluir trabajos sobre la sexualidad dentro de su alcances” (1992: 133).
También Herman Gray, aunque reconoce migraciones y oscuridades aquí y allá, contra-
pone estudios culturales y area studies (1996: 211-212).
Sucede como si cada autor, o cada estudio, escribiera su propia versión de las incumben-
cias disciplinares, del estado de las tradiciones intelectuales, sus acuerdos y sus rupturas.
Por eso es ilusorio pensar que los estudios queer, el cyberpunk, el multiculturalismo, etc.,
están todos automáticamente inscriptos en los estudios culturales. Para algunos de ellos
esa distinción es relevante, para otros no, mientras que un tercer grupo simplemente habi-
ta alguna de las viejas disciplinas o en su propio microambiente, y algunos más (bell
hooks, Kobena Mercer, Homi Bhabha, Paul Gilroy) deambulan libre pero selectivamente
entre un campo y otro.
Los estudios culturales no son necesariamente sinónimos de los estudios poscoloniales,
aunque ambos movimientos suelen mezclarse en ocasiones acotadas. Culturistas como
Simon During, Meaghan Morris y el mismísimo Stuart Hall, por ejemplo, forman parte
del comité internacional de la revista Postcolonial Studies, en la que publican autores que
se definen usualmente como practicantes de los estudios culturales. Pero (fuera de lo que
Moore-Gilbert ha llamado la “santísima trinidad” que domina este campo: Edward Said,
Homi Bhabha y Gayatri Spivak) hay un plus de historicismo y economicismo en los es-
tudios poscoloniales que lo convierten en una especialidad sui generis; tampoco hay en
ellos el índice de reflexión sobre su identidad disciplinar que es característico del cultu-
rismo. Cum grano salis, los estudios poscoloniales son también diaspóricos y ex-colonia-

15
les por definición; tener apellido inglés y escribir desde las metrópolis es visto en ellos
casi como un handicap. Lejos de Hoggart, Williams y Thompson, los predecesores reco-
nocidos por los poscolonialistas suenan con otras resonancias: el sudafricano Sol Plaatje,
el martiniqués Frantz Fanon, el indio Ranajit Guha, los africanos Chinua Achebe y Anta
Diop (véase Moore-Gilbert 1997: 5).
Está también el hecho de que hasta fines de la década de 1980, ningún autor de estudios
culturales menciona al poscolonialismo. Por más que ambos movimientos convergen o se
entrecruzan en unas difusas ‘humanidades críticas’, decididamente no son la misma cosa.
Digamos más bien que la teoría poscolonial constituye un campo temático que congrega
a estudiosos de diferentes extracciones, incluyendo algunos que se identifican con el cul-
turismo (Bhabha), junto a otros que suelen rechazar esa identificación (Said) o que la re-
lativizan (Spivak), y a una inmensa mayoría para la cual los estudios culturales no son en
absoluto relevantes (véanse Mongia 1996; Moore-Gilbert 1997: 6 et passim; Gandhi
1998; passim).
Lo mismo vale para el multiculturalismo y los llamados “estudios étnicos y de migra-
ción”. En Multiculturalism: A critical reader (Goldberg 1997), que es al multiculturalis-
mo corporativo lo que Cultural Studies (Grossberg et al. 1992) es a los estudios cultura-
les, la disparidad entre ambos campos está continua y nítidamente marcada por todos los
autores. El multiculturalismo, expresa el Chicago Cultural Studies Group (1994: 114),
“ha producido una ráfaga de pensamiento utópico aun más grande que la de los estudios
culturales”. También ha eludido a la antropología, según Bruce Knauft, “mucho más de lo
que lo han hecho los estudios culturales” (1996: 250). El culturista Cary Nelson, para ma-
yor abundamiento, se resiste a la absorción de los estudios en el multiculturalismo, distin-
guiendo perfectamente entre ambos:
“No es obligatorio que los estudios culturales aprueben una lucha por la dominación entre
los que han sido privados del derecho de representación. En Norteamérica, el multicultu-
ralismo a veces degenera en una forma de política de la identidad competitiva, en la cual
los grupos oprimidos y marginados se esfuerzan en destacarse en una jerarquía basada en
el registro histórico de sus sufrimientos. … Los estudios culturales pueden establecer a-
lianzas con el multiculturalismo pero deben resistirse a ser absorbidos por él. De la mis-
ma manera, si el trabajo multicultural ha de reclamar un lugar dentro de los estudios cul-
turales, no puede ignorar el trabajo innovador que otros investigadores en los estudios
culturales han hecho sobre la raza, el género y la etnicidad” (Nelson 1996: 281-282).
Por poco que se lea de un movimiento y de otro, se percibirá que aunque hay una zona de
sombra, ambos están razonablemente bien diferenciados. El multiculturalismo es ecumé-
nico y multilingüe, los estudios culturales han surgido como una excrecencia de los de-
partamentos de literatura inglesa (Goldberg 1997: 31). Aquel surge de la fricción entre di-
versas culturas y razas, estos emergen (muy al principio de su historia) de contradicciones
entre clases. El multiculturalismo tampoco ejecuta, casi se diría por definición, el ritual
de pertenencia a un movimiento que encuentra su identidad en la evocación protocolar de
los sucesos de Birmingham. De allí que las nomenclaturas de propuestas como Estudios
Culturales: Reflexiones sobre el multiculturalismo de Eduardo Grüner (1998) sean discu-
tibles desde sus mismos títulos.

16
2. Genealogías:
¿Cómo es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de
referencia, o más bien una proliferación de artículos breves y unos pocos
proyectos de cierta envergadura?

Orígenes y rupturas

Si lo primero tuvo que partir de una definición, lo segundo tiene que ser una genealogía:
¿A qué autores evocan los estudios culturales cuando se trata de establecer sus propios
orígenes? ¿Es la base histórica de los estudios culturales lo suficientemente sólida, clara y
distinta para calificar como estrato fundacional, o ella es a su vez derivativa de otras tra-
diciones? ¿Hay continuidad entre la fundación y sus secuelas, o más bien se percibe una
ruptura?
Pues bien, si hay algún consenso en el corpus, este consiste en remontar los orígenes del
movimiento en la obra de Raymond Williams, E. P. Thompson, Richard Hoggart y Stuart
Hall. Junto a la tri- o tetralogía de fundadores, podemos admitir integrando el panteón
(pero en un nivel ya un poco más profano) un apostolado del que forman parte algunos
autores de obras precursoras como David Morley, Dorothy Hobson, Paul Willis, David
Buckingham, Tony Bennett y John Fiske. Este último va a ser, con el tiempo, el que
desempeñe el papel de Judas.
Algunos se arriesgan a incluir en el corpus a Antonio Gramsci, Louis Althusser y Pierre
Bourdieu (Brantlinger 1990: ix; Sardar y Van Loon 1998; Rosaldo 1994: 525). Un poco
más y todo el posestructuralismo queda incluido, y de allí a la semiología hay un solo
paso. Las compilaciones de Munns y Rajan (1995) y de Simon During (1997) borran
cualquier contraste entre practicantes, inspiradores, indecisos, independientes e influidos
incluyendo textos de Theodor Adorno y Max Horkheimer, Marx y Engels, Jacques Lacan,
Marshall McLuhan, Roland Barthes, Teresa de Lauretis, Sherry Ortner, Jean-François
Lyotard y Armand Mattelart. Algunos habían muerto antes que los estudios culturales se
hicieran públicos, otros no han tenido comercio con el movimiento, algunos más entran y
salen sin demasiado fervor militante, y los restantes se espantarían al verse incluidos. La
mayor exageración abarcativa viene de James Carey, quien incluye una “tradición antro-
pológica norteamericana” que se identifica con Clifford Geertz y que se llamaría “ciencia
cultural” (citado por Graeme Turner 1990: 3). ¿Geertz y sus discípulos hablando de cien-
cia? Aparte que Carey y Turner parecerían no haber profundizado gran cosa en algunas de
las corrientes más visibles de los últimos tiempos, la creencia que posibilita la impunidad
de esas observaciones resulta ser el impúdico entimema de que basta con nombrar un
aporte ajeno para que de inmediato se redefina como capital propio. Como luego veremos
con detenimiento, la simple enumeración de las estrategias o un uso circunstancial de
conceptos descontextualizados satisface una integración imaginaria que sólo una deta-
llada elaboración teórica podría resolver en la vida real.
En efecto, uno de los artificios discursivos más frecuentes entre los promotores de los es-
tudios culturales consiste en atrapar dentro de las coordenadas del campo autores que ta-
xativamente no pertenecen a él. Dado que el credo rubricado por los culturistas exige,
entre otras cosas, la disolución de la autoridad académica, en este caso la pertenencia al
movimiento debería quedar sistemáticamente desmentida para aquellos que insisten en no

17
participar ya sea de los estudios culturales o del ideario posmoderno que en los últimos
tiempos los acompaña. En otras palabras, si se acepta que la ‘autoridad autoral’ de quien
escribe tiene su límite en lo que los antropólogos llaman el punto de vista nativo, no hay
formar de ganar para la causa a quien no manifiesta de antemano su pertenencia a ella.
Sardar y Van Loon (1998: 71-73) insisten, sin embargo, en apropiarse del sociológo y an-
tropólogo Pierre Bourdieu, y luego emplean un número desusado de páginas (ibid.: 106-
115) para hacer creer que también Edward Said participa de la causa. Graeme Turner, ya
que está, se apodera de Michel de Certeau (Turner 1990: 3), quien en vida no sólo no
mencionó nunca a los estudios culturales, sino que tampoco tuvo oportunidad de referirse
a sus autores representativos aunque más no fuera al pasar. Bourdieu se ha situado expre-
samente en contra de estas aventuras, en una crispada defensa de las prácticas académicas
y de la sociología como ciencia social, titulada “The scholastic point of view”, que es a-
demás una invectiva contra el posmodernismo (Bourdieu 1990). Said también se ha ma-
nifestado en contrario:
“ … me citan como uno de los mentores de las nuevas corrientes críticas y sin embargo
no me reconozco en este tipo de trabajos. Sucede que ciertas áreas de la teoría literaria, la
crítica feminista y la crítica poscolonial están destinadas a un ámbito muy reducido. Y
sucede también que hay algunos cambios de enfoque que no comparto en absoluto.”
(Speranza 1998: 5).
Dialogando nada menos que con Raymond Williams en 1986, Edward Said cuestiona
frontalmente el estilo de provocación, las bravatas y el tono autoritario que se han adue-
ñado de los estudios culturales, e invita a “sentir fuerte horror ante las ortodoxias sistemá-
ticas o dogmáticas” en las que aquellos participan (Williams 1987 [1997: 222]). Por aña-
didura, Cultura e imperialismo, uno de los últimos trabajos de Said, instrumenta una fe
renovada en el poder del conocimiento y su incidencia en los procesos de emancipación
que es por completo ajena al modelo (Said 1994: 329). Said es claro a ese respecto, una
vez más “en absoluto”:
“En ese sentido, tengo una visión política y social que no coincide con el pensamiento
posmoderno, extremadamente localizado, un pensamiento suntuoso que deriva del capita-
lismo tardío y la globalización de un sistema que fracasa en todo el mundo. … El pensa-
miento posmoderno me parece un derroche improductivo que promueve una actitud de-
rrotista con la que no concuerdo en absoluto” (Speranza 1998: 6)
Como sea, el CCCS surge en 1964 y es en el discurso inaugural del centro, pronunciado
por Hoggart, donde el término ‘estudios culturales’ hace su primera aparición (Inglis
1993: 130; Hoggart 1970; Storey 1993: 67). De todas maneras, la historia de los orígenes
ha sido narrada tantas veces (incluso en filmes4) que voy a reprimir aquí la tentación de
contarla nuevamente (véanse Turner 1990; Brantlinger 1990; Inglis 1993; Storey 1993;
Sardar y Van Loon 1998: 24-43). Lo único a agregar es la referencia al hecho, discreta-
mente amortiguado, de que el CCCS ya no existe como tal. Ya no lo dirigen ni Richard
Hoggart, ni Stuart Hall, ni Richard Johnson, sino que a Jorge Larrain lo han sucedido Ann
Gray y Michael Green; durante el thatcherismo se lo ha mezclado con el departamento de
sociología de la universidad y se llama ahora Department of Cultural Studies. Ya no de-

4
Me refiero a Educating Rita, de 1983, dirigida por Lewis Gilbert y con guión de Willy Russell. Aunque en
el film no se hace referencia explícita a los estudios culturales, el personaje de Julie Walters asiste a una
Open University que se parece bastante al CCCS.

18
pende orgánicamente de Arts, sino de Social Sciences. La globalización, o más bien la a-
mericanización del instituto nos ha privado con este gesto hasta de la rancia britishness
enclavada en la primera palabra de su viejo nombre.
Si hay algo que diferencia a los estudios ancestrales de los que vinieron después es el in-
tento de elaboración conceptual y metodológica, el esfuerzo por re-definir (ya que no de
crear) conceptos, y de fijar sus alcances y valores. En aquellos ese empeño es palpable,
en los segundos alcanza con citar a los primeros, o con proponer algunas enmiendas que
los demás deberían encarar pero que nunca se llevan efectivamente a cabo. Hay una dife-
rencia abismal entre el esfuerzo y el trabajo de los tres o cuatro fundadores y la mecánica
de citas encomilladas con que la masa de los recién llegados cree satisfacer la adminis-
tración de un marco teórico.
No tengo que ser yo quien fundamente una quiebra irreductible entre la modalidad fun-
dacional y lo que los estudios culturales han venido a ser. Eso está suficientemente trata-
do y vuelto a tratar de ambos lados de la divisoria. El propio Stuart Hall escribía: “No sé
qué decir de los estudios culturales norteamericanos. Estoy completamente azorado por
eso” (Hall 1992: 285). James Carey vuelve a establecer la fractura con toda claridad:
“El encuentro entre los estudios culturales británicos y el estructuralismo y posestructura-
lismo francés ha sido, pienso, un episodio profundamente deformante. Cuando se alcanzó
la división tan bien conocida entre culturalismo y estructuralismo, se tomó el camino e-
quivocado, y el precio fue el abandono del programa progresista desarrollado por Wi-
lliams y Hoggart y también la virtual preclusión de cualquier alianza entre estudios cul-
turales y economía política” (Carey 1997a: 15).
Y también Graeme Turner:
“La exportación [de los análisis de audiencias] a los Estados Unidos, sin embargo, a un
contexto donde la noción de lo popular ocupa un lugar muy diferente en las definiciones
culturales dominantes, parece haber exacerbado una expansión ya significativa en el opti-
mismo cultural que estas explicaciones generan; un optimismo que es en última instancia
sobre el capitalismo y su tolerancia hacia la resistencia” (1992: 649).
A todas luces, el hecho que algunos señalen como causa la mudanza a Norteamérica y
otros imputen responsabilidad al surgimiento de modalidades posestructuralistas/posmo-
dernas o textualistas, obedece sencillamente al hecho que los dos acontecimientos (ex-
pansión y posmodernismo) son casi contemporáneos. Su pico de intensidad ocupa los pri-
meros tres o cuatro años de la década de 1980. La misma inflexión puede observarse en
Inglaterra:
“La forma en que [Raymond] Williams concibió inicialmente su proyecto tenía mucho
que ver con el trabajo en educación de adultos y con su compromiso en el socialismo y el
movimiento pacifista. La gente de Birmingham … inicialmente se inspiró en esa forma
de pensar, y sólo más tarde unos pocos de ellos fueron absorbidos por la tormenta del
posestructuralismo francés cuando este barrió las islas británicas. Muchos de los trabajos
que se hacen ahora en los estudios culturales británicos me da la impresión de que se dis-
tribuyen entre las formas tempranas de compromiso y las formas tardías de oscuridad”
(Ahmad 1997: 52).
En otras secciones investigaremos con mayor detenimiento las corrientes de influencia y
los cambios resultantes.

19
Del linaje ampliado a la sagrada familia

En este contexto preciso no tiene ninguna relevancia discutir las propuestas de una sub- o
contracorriente de la sociología que se dio en llamar Interaccionismo Simbólico. Lo que
sí es significativo es asomarse a las estrategias integrativas de un interaccionista represen-
tativo, pues ya las hemos encontrado, idénticas, en las manipulaciones de los partidarios
de los estudios culturales en su esfuerzo por acaparar un patrimonio respetable de precur-
sores.

El canon Empírico/teórico Transición/nuevos Crítica/fermento Etnografía Diversidad/nueva


1890-1932 1933-50 textos 1963-70 1971-80 teoría
1951-62 1981-90

James 1890 Mead Gerth & Mills Garfinkel 1967 Hughes 1971 Perinbanayagam
1953 1985
Cooley 1902 Blumer Gouldner 1970 Douglas 1976
Faris 1952 Habermas 1987
Mead 1910 Peirce Becker 1970 Comienza la
Goffman 1959 Interacción Reynolds 1990
Dewey 1922 Karpf Simbólica 1977
Shibutani 1961
Thomas & Krueger & Rock 1979
Znaniecki 1918-20 Reckless 1930 Shils 1961
Douglas &
Simmel 1908 Lindesmith 1947 Becker & al 1961 Johnson 1977
Park & Burgess Lindesmith &
1921 Strauss 1949
Payne Fund 1928 Conwell &
Sutherland 1937
Zorbaugh 1929
Lee 1949
Shaw 1930
Dollard 1935
Rice (comp.) 1931
Blumer 1931

Cuadro 1 - Panorama histórico de la Interacción Simbólica. Fases y períodos según Denzin


(resumido)

En estas páginas proporciono el inventario de predecesores elaborado por el interaccio-


nista simbólico Norman Denzin, sin que las referencias textuales que incluye hayan sido
volcadas en mi bibliografía. Lo verdaderamente esencial del cuadro proporcionado por
Denzin en un texto en el que intenta incluir su movimiento dentro de los estudios cultura-
les, o tal vez mejor subsumir a estos como parte de aquel (Denzin 1992: 9), es que el es-
tudioso no manifiesta escrúpulos en mencionar como parte del movimiento textos que no
guardan con él una relación explícita y que en ocasiones se inscriben en polos opuestos
de método, intención e ideología. ¿Que dirían, por ejemplo, el pragmatista Charles Peirce
(fallecido en 1914), el etnometodólogo Harold Garfinkel5 o el neomarxista Jürgen Haber-
mas de verse apiñados en semejante compañía?

5
Insisto en que la etnometodología no es lo mismo que el interaccionismo simbólico. En la propia introduc-
ción del libro de Denzin se lee claramente: “Cuando la etnometodología apareció como un fuego en la esce-
na, él [Denzin] procuró en un artículo controversial en el American Sociological Review, zanjar la brecha
entre ella y su propia tradición. Los etnometodólogos rechazaron abrupta y rudamente esta propuesta de
matrimonio” (Lemert 1992: x-xi). Véase también Reynoso 1998: 107-186.

20
Así como Denzin logra violentar los hechos y la epistemología para remontar la predece-
sión del Interaccionismo Simbólico desde fines del siglo pasado hasta las puertas de pre-
sente, los culturistas de fines del milenio gustan remontar su ascendencia hasta la década
de 1950, o aun antes, integrando por supuesto a Raymond Williams, E. P. Thompson y
Richard Hoggart, aunque no sean ellos, ni remotamente, los inspiradores en que uno pen-
saría al observar la deriva actual del movimiento.
Llegados los años noventa, y en pleno triunfo de unos estudios culturales que claramente
tienden a otra cosa, los sobrevivientes de aquella etapa pionera no han protestado contra
su inclusión, aunque ocasionalmente han marcado algunas diferencias. Estas se refieren,
las más de las veces, a las que median entre los estudios culturales originarios y la fac-
ción ‘norteamericana’ del movimiento, la que se alega es despolitizada o ideologizada en
el sentido incorrecto (Stratton y Ang 1996: 361-364; Pfister 1996; O’Connor 1996). Pese
a las tensiones, un líder indiscutido de la primera etapa como Stuart Hall no rechaza ni
por un momento jugar el rol de patriarca en largas y lisonjeras entrevistas con Lawrence
Grossberg, el representante más puro de los estudios culturales al estilo de Illinois (véase
Grossberg 1996b). Para alguien con un pasado de grandeza, pero en las puertas de la jubi-
lación, es una forma de asegurarse un papel no sólo en la historia, sino también en el fu-
turo. Otros precursores hicieron lo mismo cuando tuvieron oportunidad (Williams 1989;
Corner 1991). Ser responsables o al menos inspiradores de un movimiento tan ubicuo y
poderoso no deja de ser halagador. Si se hace caso omiso de los detalles fastidiosos, se
verá uno promovido al rango de intelectual-influyente-de-nuestro-tiempo y, de paso, se
obtendrá de regalo el gigantesco paquete de un movimiento ecuménico que, aunque en
general proclama objetivos bastante distintos, por lo menos tiene la virtud de compartir el
mismo nombre.

Escritura colectiva y localismo

Dejando aparte la obra de los fundadores, que a través de Stuart Hall se prolonga hasta la
actualidad, los estudios culturales de los primeros tiempos se manifestaban fundamental-
mente como trabajos colectivos. “La forma cultural característica de los estudios cultura-
les –se dice- es una cierta especie de libro producido colectivamente” (O’Connor 1996:
188). Aunque se finge que ése es el modo de producción usual, la realidad muestra que la
colectivización de la escritura cayó en desuso hace unos buenos quince años. Hay actual-
mente un cierto porcentaje de obras conjuntas a cargo de tres, cuatro y hasta cinco auto-
res, pero en proporciones y con una tasa de persistencia en las asociaciones que alcanzan
rangos parecidos a lo que es usual en cualquier otra disciplina. Tampoco hay tantos traba-
jos colectivos memorables. El patrimonio de colectivos todavía legibles atañe a un grupo
de temas que casi siempre tienen que ver con personajes, publicaciones y programas tele-
visivos propios de la vida cultural británica (Smith 1975; Hall, Connell y Curti 1976;
Centre for Contemporary Cultural Studies 1978; 1981; 1982a; 1982b; Women’s Studies
Group 1978; Glasgow University Media Group 1976; 1980; 1982). La sociedad que al-
berga esas manifestaciones culturales, además, es tan acotada, inmediata y consabida que
nadie se molesta en hacerla inteligible a los extranjeros: todo Birmingham sabe bien de
qué se trata.

21
Sobre el provincianismo de la fase inicial y la colectiva se expiden muchos autores (véase
Carey 1997a: 3). En este sentido pocos son más elocuentes que Graeme Turner, quien
percibe (desde Australia) matices diferenciales y signos de exclusión que son ya patentes
entre tradiciones de la misma lengua y de parecidos niveles de holganza económica:
“Los estudios culturales británicos son también resueltamente parroquiales. La perspec-
tiva consistentemente inglesa (antes que escocesa o galesa, por ejemplo) que se adopta en
los estudios culturales británicos, va a menudo sin reconocimiento y sin disculpas. Lo que
se describe aquí es, en alguna medida al menos, un simple anglocentrismo. Así como
Gran Bretaña es la única nación que no pone su nombre en las estampillas (dado que ellos
las inventaron, presumiblemente, sólo los usuarios subsiguientes necesitan identificarse)
hay un patrón consistente de no-nominación en los estudios culturales británicos. Es
Popular Culture: The Metropolitan experience, y no English Popular Culture; es
Television technology and cultural form, y no Television in Britain. Los estudios
culturales británicos hablan sin culpa ni cargo de conciencia desde el centro de Gran
Bretaña y Europa, lugares ambos donde la perspectiva desde los márgenes rara vez se
considera” (Turner 1992: 641-642).
Casi lo mismo piensa Ioan Davies:
“Buena parte de los escritos británicos han sido tan particularistas que se hace difícil para
la mayor parte de la gente establecer conexiones a través de las particularidades y entre e-
llas. El flujo de la cultura, incluidas las respuestas intelectuales, se pierde en un pensa-
miento semejante. Los británicos también experimentan problemas con los detalles, en
gran medida porque gran parte del trabajo que se discute como ‘estudios culturales’ es un
análisis de segmentos particulares de una cultura mediática específicamente británica,
aunque metodológicamente pudiera tener implicaciones mucho más amplias” (Davies
1995: 122).
Y Paul Gilroy:
“The uses of literacy de Richard Hoggart se puede colocar, junto con Making of the
English working class de Thompson y The long revolution de Williams, de tal forma que
se forme un triángulo alrededor del espacio más bien etnocéntrico, en el cual el desarrollo
cultural y la política cultural se configuran como un fenómeno nacional exclusivamente
inglés” (Gilroy 1998: 77).
Y también Graham Murdock:
“Aunque los estudios culturales expresamente se propusieron deconstruir esta formación
de nación y pueblo, terminaron trabajando dentro de este marco general. Ciertamente, u-
na gran proporción de los trabajos en los estudios culturales británicos puede ser leída co-
mo una serie de meditaciones sobre ‘la condición de Inglaterra’, dedicada a interrogar las
ideologías nacionales y a explorar las contraformaciones de clase, y un poco menos, de
región. Como consecuencia, tienen hasta ahora muy poco que decir sobre el crecimiento
explosivo de la cultura transnacional” (Murdock 1997a: 65).
En pocas partes se percibe con mayor fuerza el localismo de los estudios como en la gi-
gantesca serie de estudios del Glasgow University Media Group llamados Bad news
(1976), More bad news (1980) y Really bad news (1982). El tema del cual se ocupa la tri-
logía es el de los noticiarios televisivos británicos de la época, de los que se habla fami-
liarmente, como si todo el mundo los hubiera visto, o como si a toda la ecumene debiera
desvelarle semejante asunto.

22
Ahora bien, ¿cómo se manifiestan los estudios culturales en la actualidad? La antropolo-
gía sociocultural de la primera mitad de siglo se plasmaba a menudo en etnografías exten-
sas, análogas a novelas. Se llegó a constituir un corpus de algunos cientos de etnografías,
a razón de una o más por cada cultura. Puestos a pensar en la variante de escritura antro-
pológica por excelencia, sin duda ése es el modelo. Al lado de las etnografías surgían tex-
tos que cada tanto proponían novedades teóricas y metodológicas o narraban la sucesión
histórica de las teorías, siempre apoyándose en etnografías que, en los mejores casos, ca-
lificaban como teoría y método en acción. En los estudios falta ese sustento firme de refe-
rencia empírica: las obras iniciales son orientadoras y están alimentadas con ejemplos,
pero hasta por lo menos 1977 ningún trabajo se asentó en lo que ellos mismos llaman
‘cultura vivida’ sobre la base de una experiencia prolongada de contacto con ella.
Si el género por excelencia de los primeros tiempos fue el de los ensayos colectivos, los
estudios culturales de la fase diaspórica, en cambio, viven en forma de compilaciones, to-
das ellas tediosamente iguales entre sí: miles de pequeñas monografías apasionadamente
individuales, cada una de las cuales se agota en media docena de páginas, una infinidad
de estudios fragmentarios de piezas de una sola cultura o de sus calcos globalizados. A
pesar que ellos mismos se quejan de una supuesta sobreabundancia de teoría, no existe ni
un solo gran texto metodológico, ni tampoco hay una retahíla de escuelas o estilos teóri-
cos susceptible de historizarse, con la excepción de unos founding fathers que hoy casi
todo el mundo admite que tienen poco que ver con lo que vino después (Aronowitz 1995:
320; Hall 1996a: passim; O’Connor 1996; Sparks 1996b; Pfister 1996). Aquellos se pue-
den eslabonar en una narración temporal y coherente, estos se amontonan en una multitud
refractaria a cualquier intento de periodización más o menos lineal (p. ej. Graeme Turner
1990: 1 a 225 versus 227 a 229).

Momento de impasse

A pesar de las frecuentes profesiones de vitalidad, innovación y dinámica, el estilo de los


estudios culturales de (digamos) los últimos diez años no es el que se diría propio de un
movimiento en la flor de su juventud. El culturismo está viviendo su período barroco, y
sobre todo en la literatura teórica reciente se encuentra claramente girando en círculos.
Como veremos luego con todo detenimiento, una proporción creciente de figuras de in-
fluencia está clamando por una renovación. Es increíble que un campo tan joven, apenas
empezando a saborear el goce de su expansión, sienta que tiene que redefinirse y refor-
mularse para poder seguir. Si los años ochenta fueron la década de mayor impulso, en los
noventa desde dentro mismo del movimiento se comienza a percibir que se les ha ido la
mano. A menudo se leen advertencias en el sentido de que es necesario encontrar nuevos
puntos de anclaje, siquiera relativos e inestables. Dice Lidia Curti, por ejemplo:
“De modo que estamos aquí para encontrar una especie de anclaje, para proferir una ‘ver-
dad’ temporaria sobre el estado de las cosas, mientras que somos conscientes, mucho más
que en el pasado, de la pérdida de centralidad que nuestro rol como intelectuales nos ha
conferido, y con ello de la ruptura de las antiguas garantías metodológicas, literarias y
filosóficas” (Curti 1992: 134).

23
Los autores que han dejado de festejar, que son cada vez más, han pasado sin transiciones
del júbilo al tono admonitorio; de pronto se advierte que los programas en curso ya no
pueden mantenerse. Escribe Graham Murdock:
“Se está comenzando a formar un conjunto de signos de pregunta ampliamente com-
partido sobre el futuro de los estudios culturales, a instancias del reconocimiento general
de que se ha alcanzado una encrucijada y que es hora de arrojar una larga y dura mirada
sobre nuestros proyectos y preocupaciones centrales, sobre nuestras conceptualizaciones
y metodologías preferidas, y sobre las intervenciones que deseamos hacer” (Murdock
1997a: 58).
Martin Barker y Anne Beezer, compiladores de una colección de estudios culturales de
principios de los años noventa, documentan ese mismo imperativo de este modo:
“… [L]o que es chocante, al menos para nosotros, es que entre los ensayos aquí reunidos
hay temas comunes, preocupaciones recurrentes, lamentos compartidos. Existe la inquie-
tud de que algo se ha perdido en el movimiento contemporáneo de los estudios culturales.
De cualquier modo que lo hayan expresado los colegas, es una preocupación acerca de la
desaparición del poder como un concepto central en los estudios culturales” (Barker y
Beezer 1992: 18).
Brian Doyle, de la Universidad de Glamorgan, formula esta evaluación:
“Si es que ha de ir más allá de una instancia puramente escéptica, el Campo requiere una
fundamentación en algún sentido de realidad o autenticidad cultural y comunicativa. En
el pasado, la estabilidad del Campo se pensaba que estaba garantizada por una concep-
ción objetiva de las relaciones sociales (a menudo derivada del marxismo) o por una ins-
tancia cognitiva o epistemológica sostenida por la Gran Teoría. Más recientemente, la pri-
mera ha sido sacudida por sucesos políticos, mientras que la segunda se está viniendo a-
bajo a raíz del asedio posmoderno” (Doyle 1995: 174).
Las corrientes que comparten su espíritu crítico con los estudios culturales, como el mul-
ticulturalismo y los estudios poscoloniales, están experimentando sentimientos parecidos.
El rendimiento decreciente y la reiteración de los argumentos posmodernos pueden tener
algo que ver con esta sensación de fatiga. Moore-Gilbert, por ejemplo, considera que e-
xiste
“ … una sospecha de que el ‘momento’ poscolonial se ha ido, o que al menos el ímpetu
de otrora en los estudios poscoloniales se ha disipado. Tan tempranamente como en
Orientalism, Said había advertido que el análisis del discurso colonial corría el riesgo de
caer en un ‘sopor’ prematuro si no continuaba desarrollándose. En Colonial desire … Ro-
bert Young sugiere que el peligro que había preanunciado Said ya se está materializando.
Argumenta que ‘el análisis del discurso colonial como método y práctica general ha
alcanzado una etapa donde se encuentra en peligro de volverse tan malamente anquilosa-
do y reificado en sus estrategias … como el discurso colonial que estudia’” (Moore-Gil-
bert 1997: 185).
Moore-Gilbert siente, a pesar de su admiración casi incondicional por ellos, que dos de
los autores canónicos del poscolonialismo más o menos vinculados con los estudios cul-
turales (Gayatri Spivak y Homi Bhabha) están produciendo textos “decepcionantes” o
“reciclados”, y que tienen poco que agregar a lo que ya aportaran en sus producciones de
principios de los años noventa. Bhabha, en particular, publicó en sólo dieciocho meses,
entre 1992 y 1994, tres refritos con títulos distintos de su bien conocido ensayo “The

24
Postcolonial and the Postmodern” (Moore-Gilbert 1997: 186-187). Con un pie en cada
campo, Stuart Hall, en un ensayo que se titula significativamente “When was ‘The Post-
Colonial?’” (Hall 1996c), afirma que la anquilosis que ahora afecta a la especialidad deri-
va del fracaso de sus practicantes en el proyecto de ser suficientemente interdisciplina-
rios, y en su falta de capacidad para salirse de un foco de preocupaciones esencialmente
literarias e involucrarse con disciplinas como la economía y la sociología, en primer lu-
gar, que están afrontando las operaciones materiales y las consecuencias culturales de la
globalización de una manera distinta a lo que se ha tornado habitual en la arena de los
estudios poscoloniales (Hall 1996c: 258).
No se trata sólo que el mundo haya cambiado y que, a la luz de la globalización de la po-
lítica y la cultura, el énfasis culturista en lo local pase a ser de golpe un anacronismo. Si
cuando surgieron los estudios el problema era el poder y la cultura, ahora que estos dos se
han alterado a una escala y por motivos a los que el movimiento no tuvo acceso, el pro-
blema pasan a ser los estudios culturales mismos. Si ahora están buscando puntos de an-
claje, fundamentos de autenticidad y salidas de la encrucijada es porque ya no hay ni una
guía creíble ni un marco de contención. Fuera de los textos fundacionales y de la compi-
lación de Grossberg et al. (1992), los estudios culturales no han podido engendrar mu-
chos estudios de referencia consensuados en las dos últimas décadas. Acumulación ha ha-
bido, y bastante, pero crecimiento no. En las próximas secciones de este estudio confío en
que quede explicado por qué ha sido así.

25
3. Estudios Culturales y Disciplinariedad:
¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen los
cánones disciplinares de la ciencia normal? ¿Han cumplido los estudios culturales
su promesa de apertura, o buscan instaurar alguna clase de ortodoxia?

Los estudios culturales como antidisciplina

Haciéndose eco, quizás sin saberlo siempre, de la idea sesentista de Jacques Derrida
sobre el carácter emancipador de la deconstrucción, los estudios culturales se piensan a sí
mismos como la actividad intelectual liberadora por excelencia. Así como Derrida nos
quitaba de encima la opresión del logocentrismo saussureano, de lo primero que nos libe-
rarían los estudios culturales no es de la explotación económica o de la manipulación
ideológica, sino de la sumisión de los intelectuales a las disciplinas constituidas. Desde
las coordenadas de nuestra disciplina, este gesto (aunque sea tan inmotivado como la
revuelta derrideana contra el logos) nos permite vislumbrar una eventual adopción de los
estudios culturales como un movimiento adicional en una progresión casi hegeliana en la
que el investigador es cada vez más soberano: la antropología interpretativa nos permitió
independizarnos de las técnicas abrazando metáforas en lugar de modelos, la posmoderna
nos desembarazó de los métodos y las teorías, y ahora los estudios culturales nos desligan
de lo último que queda, a saber, la institución disciplinaria, ya para este entonces vacía de
toda capacidad de coerción real. Ahora podemos tocar el cielo con las manos, y además
hasta nos pagarán por hacerlo.
Este sentimiento de liberación se traduce en un trance de festejo permanente; y la conse-
cuencia de este estado es un grado de idealización, glorificación y auto-lisonja en la auto-
imagen de la teoría y la práctica de los estudios culturales que no tiene parangón en los
registros de ninguna otra disciplina. Hay quienes buscan la clave de su encanto en el
propio nombre del movimiento:
“Los ‘estudios’ son provisionales, flexibles, móviles; la provincia de estudiantes iguales,
antes que de maestros (o peor aun, de discípulos de disciplinas, y disciplinadores).
Quienes aprenden y enseñan de los ‘estudios’ han de tener actitudes de entendimiento y
cualidades de corazón y temperamento que van con ellos” (Inglis 1993: 227).
La independencia disciplinar de los estudios culturales se presenta no como un rasgo con-
tingente, sino como un factor definitorio. Escribe Richard Johnson, miembro por veinte
años del plantel formal del CCCS y su tercer director:
“[…] los estudios culturales no son una disciplina académica, sino un proceso crítico que
trabaja entre los espacios de las disciplinas académicas, y sobre las relaciones entre la a-
cademia y otros lugares políticos. Desde este punto de vista, algo como los estudios cul-
turales necesitaban ser inventados. Ni la crítica literaria, ni la sociología, ni ninguna otra
disciplina académica hubieran servido para eso.” (Johnson 1997: 452)
Johnson no desarrolla (ningún otro autor lo hace) la cuestión de cuáles son los títulos que
promueven a los estudios culturales como una especie de super-sociología de la ciencia,
ni las experiencias y los logros que los eximen de la falsa conciencia o de las determina-
ciones contextuales de las que las disciplinas convencionales se encuentran prisioneras,
como si la mera comprensión de su carácter provisional y relativo proporcionara una cla-

26
rividencia suplementaria, o fueran sustancia suficiente para formular un orden nuevo. Y
como si la reciente conversión de los estudios culturales en una disciplina académica
formal tampoco afectara la superioridad que creen gozar. En actitud parecida, Jan Zita
Grover ocupa buena parte de su discusión sobre el SIDA y el trabajo cultural argumentan-
do que ella tuvo que abandonar la academia para encontrar la luz (Grover 1992: esp. 235-
236).
Otros autores también sitúan los estudios culturales al margen de las disciplinas y repro-
ducen casi exactamente los mismos ensalmos:
“[Ni un dominio de objetos de estudio, ni un conjunto de prácticas metodológicas, ni un
legado intelectual] convierten a los estudios culturales en una disciplina tradicional. Por
cierto los estudios culturales no son meramente interdisciplinarios; a menudo son, como
otros han escrito, activa y agresivamente anti-disciplinarios, una característica que más o
menos asegura una relación permanentemente incómoda con las disciplinas académicas”
(Nelson et al. 1992: 1-2).
Y otros más vuelven a hacerlo. Stratton y Ang:
“Puede decirse que lo que sostiene la vitalidad intelectual y el dinamismo de los estudios
culturales es un deseo de transgredir los límites disciplinares establecidos y crear nuevas
formas de conocimiento y comprensión no atados a esos límites” (Stratton y Ang 1996:
361-362).
Ioan Davies:
“Los estudios culturales no están en la punta de la pirámide creando una nueva ‘disci-
plina’ académica: más bien, son una escaramuza guerrillera contra tales apropiaciones”
(Davies 1995: 170).
Michael Green, director del ex-CCCS:
“Los estudios culturales no se han convertido en una nueva forma de ‘disciplina’. … La
relación de los estudios culturales con las disciplinas es más bien una relación de crítica:
de su construcción histórica, de sus reclamos, de sus omisiones, y particularmente de las
formas de su separación. Al mismo tiempo, una relación crítica con las disciplinas es tam-
bién una instancia crítica hacia sus formas de producción del conocimiento” (Green 1996:
54).
Graeme Turner:
“Sería un error considerar los estudios culturales como una nueva disciplina, o incluso
una constelación discreta de disciplinas. Los estudios culturales son un campo interdisci-
plinario … que nos ha permitido comprender fenómenos y relaciones que no eran accesi-
bles a través de las disciplinas existentes” (Turner 1990: 11).
Patrick Brantlinger:
“Los estudios culturales, dondequiera que hayan surgido, no han sido meramente una
nueva clase académica interdisciplinaria, sino un movimiento de coalescencia, una espe-
cie de imán que reúne varias teorías que ahora a menudo van bajo el rubro de ‘teoría’ en
una síntesis problemática y quizás imposible. Contra la reificación de las disciplinas, en
la medida que estas han sido cada vez más ‘colonizadas’ por esa ‘razón instrumental’ que
hace que ellas imiten a las ciencias y que se consideren a sí mismas en términos de ‘con-
sideraciones de marketing’, los estudios culturales juzgan a las humanidades por otros es-

27
tándares, y particularmente por estándares de ‘moral’ y ‘racionalidad estética’. … Pero
contra las nuevas formas de teoría radical, los conservadores construyen sus propias de-
fensas ‘teóricas’ del status quo, o de algún pasado nostálgico caracterizado por la ar-
monía, la simplicidad y la autoridad disciplinar” (Brantlinger 1990: 10-11).
Lawrence Grossberg:
“Como sitio institucional, se reinscribe [a los estudios culturales] en los protocolos aca-
démicos y disciplinarios contra los cuales siempre ha luchado” (Grossberg 1996a: 178).
Taieb Benghazi:
“Los estudios culturales re-inflexionan, re-forman y desestabilizan las distinciones disci-
plinares tradicionales, porque las fronteras fijas implicarían, como dice Derrida, un dog-
matismo crítico” (Benghazi 1995: 171).
Ellen Rooney:
“… Si los estudios culturales se amoldaran e un formato disciplinario … abandonarían su
posición como lectura crítica de las disciplinas tradicionales y de la disciplinariedad
como tal, … y tomarían su propio nicho autoritario entre las disciplinas” (Rooney 1996:
211).
James Carey:
“Los estudios culturales … no representan un punto de vista homogéneo: no son un con-
junto de proposiciones o métodos que demanden consenso universal de aquellos que
practican actividad académica bajo su estandarte. Hay, sin embargo, unas pocas cosas
sobre las que hay acuerdo general. Los estudios culturales surgieron como una revuelta
contra el formalismo y fueron antipositivistas y antifundacionales” (Carey 1997a: 271-
272).
Para Henri Giroux, David Shumway, Paul Smith y James Sosnoski, las disciplinas tra-
dicionales están arbitraria y herméticamente cerradas tanto entre sí como con respecto a
la sociedad que las envuelve. Las interdisciplinariedades convencionales, como los wo-
men studies, los black studies, etc., también presentan fallas, porque al homologar los lí-
mites entre disciplinas no ofrecen una alternativa al orden jerárquico. Ni siquiera estos
campos alternativos, aliados potenciales, se salvan de la táctica culturista de tierra arrasa-
da. Lo que se necesita, dicen, es una “praxis contra-disciplinaria”, que ayude a construir
una “esfera pública oposicional” de intelectuales en resistencia. El propósito más impor-
tante de la praxis contra-disciplinaria es el cambio social radical. En un curiosísimo razo-
namiento henchido de lo que podríamos llamar ‘reduccionismo académico’, los autores
atribuyen a la forma y al contenido de las disciplinas nada menos que la reproducción y la
legitimación de la cultura dominante (Giroux et al. 1985: passim).
En la misma línea opositiva de Giroux et al. se sitúa un llamamiento de Ellen Rooney
para que los estudios culturales lleven a cabo
“una práctica anti-disciplinaria definida por el repetido, y más aun, infinito rechazo de la
lógica de las disciplinas y el sujeto universal de la investigación disciplinaria” (Rooney
1996: 214).
En fin, la idea de “disciplínate y perecerás” ha sido tan fatigada durante todos estos años,
que los propios practicantes han tomado conciencia que ha degenerado en un estereotipo.
Así lo percibe Ted Striphas, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill:

28
“Los estudios culturales han ganado considerable millaje con esta resistencia más bien re-
manida a la disciplinariedad. Describo esta argumentación como ‘remanida’ dado que pa-
rece haber sedimentado en un stock familiar de conocimiento recibido. O, para decirlo
menos delicadamente, los estudios culturales han desarrollado algo como una ‘línea’, por
así decirlo, en respuesta a la cuestión de la institucionalización, a despecho de su profesa-
do desdén por las respuestas listas para usar” (Striphas 1998a: 459).
Como sea, para Grover, Davies, Nelson, Treichler, Grossberg, Brantlinger, Turner, Strat-
ton, Ang, Green, Inglis, Giroux, Shumway, Smith, Sosnoski, Benghazi, Carey y Rooney,
en un paroxismo de desprecio sólo comparable al sopor de su reflexividad, las disciplinas
están sujetas a constricciones que los estudios culturales por algún motivo inexplicado no
experimentan, como si las condiciones de producción de estos fueran neutras y categóri-
camente no problemáticas, o como si su mirada percibiera matices de significación inac-
cesibles desde una perspectiva disciplinar, cualquiera sea el marco teórico adoptado. Para
el culturista, la vida en el interior de una disciplina parecería ser hostil al ejercicio del
pensamiento útil y hasta del más elemental discernimiento político. Sólo el intelectual
independiente que se define como culturista tiene acceso a las percepciones de la realidad
que valen la pena.
Llama la atención entonces que muy pocas veces los culturistas afrontaran la crítica de
las disciplinas que habían anunciado. Protestan contra ellas todos los días, cuestionan al-
gún argumento aislado de alguna teoría en particular, proclaman que están encerradas en
“áreas estrechamente definidas” y que producen “expertos alienados, privatizados e in-
cultos” (Piccone 1982: 116). Los promotores de los estudios culturales se creen especial-
mente pluralistas en contraste con los practicantes de las disciplinariedades constituidas,
que estarían sujetos a credos monolíticos: una creencia que se desmiente apenas se con-
trastan, por ejemplo, las ¿cuatro o cinco? definiciones culturistas de ‘cultura’ con las do-
cientas o más variedades que el concepto ha conocido en la antropología. Menser y Aro-
nowitz afirman también que los estudios culturales “investigan las condiciones a partir
de las cuales [las disciplinas] establecen sus cuestiones, temas, métodos y objetos” (Men-
ser y Aronowitz 1998: 39). Pero esto no es ni remotamente verdad. Como luego analiza-
remos, los estudios culturales ni han investigado semejante cosa, ni han producido jamás
una demostración exhaustiva, sistemática, documentada y convincente de la incapacidad
de una ciencia social en la construcción de formas productivas de conocimiento. Más
aun, ni siquiera han pergeñado y dado a la prensa un esbozo razonable de crítica discipli-
nar fuera de sus periódicas andanadas de condena, que hasta el día de hoy han producido
más calor que luz.

La antidisciplina interdisciplinaria

No hay que sorprenderse si el culturismo pasa sin estaciones intermedias de la anti-dis-


ciplinariedad a la interdisciplinariedad. Los culturistas creen que las disciplinas son todas
más o menos perniciosas; pero también creen que (por una razón que nunca se explica) la
combinación de dos o más de ellas genera de algún modo un conocimiento óptimo. Si la
interdisciplinariedad que algunos autores plantean como definitoria del movimiento fuera
la solución a las estrecheces de las disciplinas consideradas individualmente, hay que de-
cir que los estudios culturales tampoco elaboraron con algún pormenor esa posibilidad.
Así como jamás se desarrolló la crítica que debería dar respaldo a su postura antidiscipli-

29
naria, la prédica en favor de la interdisciplinariedad tampoco se apoya en un razonamien-
to sustantivo. Nelson, Treichler y Grossberg plantean la cuestión en una nota al pie:
“Por supuesto [en los estudios culturales] la interdisciplinariedad a menudo no está ni
total ni intelectualmente trabajada: no es difícil citar obras teóricas, problemas y posicio-
nes desde fuera de nuestro campo. Ni lo es intentar breves excursiones intelectuales en o-
tros dominios, juntar buenas citas o encapsular la formación profesional exigida en histo-
ria, economía, género o lo que fuere. … La verdadera interdisciplinariedad … plantea
problemas difíciles: ¿qué y cuánto hay que aprender de otros campos para permitirnos
contextualizar suficientemente nuestro objeto de estudio para un proyecto dado?” (Nelson
et al. 1992: 15).
Como se ve, el problema está esbozado con perfecta claridad y relevancia, pero no está a-
bordado ni mucho menos resuelto, ni en ese ni en otro lugar. Se diría que antes que estar
caracterizando un dilema que puede llegar a manifestarse, los autores describen lo que
hacen todo el tiempo: citar obras teóricas, transcribir frases oportunas, excursionar. En su
momento la cuestión no trascendió de aquella nota al pie o de esta observación ocasional,
y los estudios culturales siguieron prodigando citas, parodiando teorías que son de otra
manera y saqueando conceptos sueltos, desprovistos de sus marcos de referencia. Si las
disciplinas, como decía Richard Johnson, constituyen un problema antes que una solu-
ción (1996: 75), ¿qué no cabría decir de la conjunción de varias de ellas, para peor dilui-
das, en el entramado interdisciplinar de los estudios?
Si de alguna cosa hemos de guardarnos los antropólogos, eso es de considerar que los
estudios culturales han desarrollado la interdisciplinariedad de una manera refinada, o
que al menos la han propuesto (o que la encarnan) con especial elocuencia o conocimien-
to de causa. La verdad es lo opuesto. Recientemente Grossberg ha reconocido que en los
estudios culturales la interdisciplinariedad se utiliza a menudo como arma retórica contra
las disciplinas en vez de usarse como un desafío productivo para cambiar las propias
prácticas de investigación (Grossberg 1997a: 2). Esta ya no es una opinión solitaria. La
perspectiva interdisciplinaria privilegiada de los estudios culturales ha sido encomiada
tantas veces, y con tan poca fundamentación, que otros autores culturistas han tenido que
salirle al cruce:
“No hay evidencia que los estudios culturales estén ahora a punto de organizar una sínte-
sis integradora del conocimiento en las humanidades: un argumento que, en todo caso,
traiciona muy claramente su linaje romántico, para no decir nada de una aspiración, qui-
zás pasada de moda, de ser los reyes, o las reinas, del castillo epistemológico. … Tampo-
co desplazan a otras disciplinas, ni integran sus conocimientos parciales en un conoci-
miento de un orden más elevado y más completo” (Bennett 1998: 535).
Los estudios culturales no han desarrollado todavía ni siquiera el primer paso en la inter-
disciplinariedad, que como bien se sabe tiene que ver con el consejo experto. Este es un
problema práctico real; si alguien va a afrontar, digamos, una crítica cultural de las teorías
arquitectónicas, debería contar con la consultoría técnica que sólo un arquitecto puede su-
ministrar. Lo mismo se aplicaría en medicina, en ciencia, en música y hasta, créase o no,
en lingüística. Sostener lo contrario, aunque sea en nombre de una crítica legítima de las
disciplinas y de sus policías fronterizos, sería justificar un nuevo diletantismo. Goodwin y
Wolff han señalado este peligro:

30
“El hecho es que el proyecto de los estudios culturales no puede basarse en un rechazo a-
rrogante de la experiencia (décadas de actividad científica) que existe dentro de las disci-
plinas. Es verdad que la falta de auto-reflexividad dentro de las disciplinas tradicionales
las hace susceptibles de análisis crítico (histórico, ideológico, institucional). … Pero no
hay atajos para el conocimiento, y haremos bien en continuar el trabajo en estrecha aso-
ciación con nuestros colegas en las disciplinas, y en beneficiarnos de su experiencia y sa-
ber” (Goodwin y Wolff 1997: 139).
Resulta inaudito que a esta altura de los tiempos se tenga que hacer hincapié en principios
tan básicos. Dejemos de lado que la idea de una falta de autocrítica en las otras discipli-
nas sea o no sostenible: las corrientes reflexivas en antropología, por de pronto, han sido
legión en las últimas décadas, al punto que la disciplina no parece haber hecho mucho
más en ese lapso que mirar obsesivamente su ombligo (Hymes 1974; Scholte 1974; San-
gren 1988; Ahmed y Shore 1995: 15; Ingold 1996). Lo que importa del argumento cul-
turista es su falta de desarrollo documentable, la inexistencia de consultores técnicos en
su bibliografía, el menosprecio de los culturistas frente a cualquier saber experto y el he-
cho de que la advertencia de Goodwin y Wolff sea, todavía, una recomendación a con-
templar.
En este punto debo remarcar dos obviedades adicionales: ni los estudios culturales inven-
taron la interdisciplinariedad, ni constituyen su mejor ejemplo. El libro de Bill Readings
The University in ruins (Readings 1996) demuestra que antes del apogeo culturista los
nuevos criterios pos-históricos de excelencia ya habían desarrollado la interdisciplinarie-
dad para hacer de las universidades organismos más eficientes. Algunos culturistas han
operado también bajo el supuesto de que la interdisciplinariedad representa algo positivo,
en la medida en que desafía la lógica disciplinar. Readings, sin embargo, asienta que “la
interdisciplinariedad no posee una orientación política inherente” (Readings 1996: 39).
Por otra parte, la interdisciplinariedad ha madurado un régimen de congresos e institucio-
nes y un patrimonio de análisis y propuestas (normalmente ligado a las ciencias de la e-
ducación) que no se cruza con los eventos, establecimientos o textos culturistas (Sherif y
Sherif 1969; Dogan y Pahre 1993); y también viceversa.
Los especialistas en interdisciplinariedad han elaborado además un análisis de las retóri-
cas interdisciplinarias, de los mecanismos de ‘préstamo’, de las dificultades de la integra-
ción teórica, de los tipos de distorsiones y omisiones, de las jerarquías terminológicas, de
los repertorios estereotipados de críticas a las delimitaciones disciplinares y de un enorme
número de cuestiones relacionadas con el entendimiento entre diversos espacios del sa-
ber, o con la falta de él (Thompson Klein 1990: 55-103). Hasta donde sé, ni un solo cul-
turista, ni aun el más abierto al intercambio, ha dedicado a esta literatura masiva aunque
más no fuere unos minutos de su tiempo. En una conclusión avalada por ellos mismos, yo
diría que la interdisciplinariedad no sólo es anterior al culturismo e independiente de él,
sino que con respecto a ella, y hasta hace muy poco “los estudios culturales han perma-
necido, nada característicamente, silenciosos” (Striphas 1998a: 461).

La academia sitiada

Lawrence Grossberg pretende que los estudios culturales no tuvieron ningún papel activo
en su inscripción en la academia y que aceptaron de mal grado lo que en realidad ha sido

31
fruto de una empeñosa conquista. El mismo Hall, quien se había jurado “no volver jamás
a la Universidad, nunca franquear sus puertas otra vez”, ejercita de nuevo esa reluctancia
que a esta altura ya comienza a insinuarse como un cliché ritual, apto para intelectuales
comprometidos que aceptan hacer la vista gorda a su juramento ético ante la trascenden-
cia de la misión social que los convoca. Racionaliza Hall:
“Pero bueno, en los lugares en que se puede hacer un trabajo real, un trabajo importante,
uno siempre tiene que hacer algunos ajustes pragmáticos. … Cuando se me ofreció una
cátedra de sociología, dije: ‘Ahora que la sociología ya no existe como disciplina, me
siento feliz de profesarla’” (Hall 1990: 11-12).
También Janice Radway ha declarado que si los estudios culturales anti-académicos no
ocuparan la academia, una ralea peor lo haría de todos modos: “No podemos resignar la
academia”, alega: “Si lo hacemos, hay otra gente ya lista para convertirla en un espacio
de dominación aun más puro” (Grossberg et al. 1992: 529). Johnson debe admitir que los
estudios culturales “han tenido que vivir en la academia”, pero digiere el contrasentido y
elabora la culpa asegurando que “nunca se han encontrado cómodos” en esa situación
(Johnson 1997: 453, 455). En una tesitura parecida se sitúa Graeme Turner:
“Motivados, al menos en parte, por una crítica de las disciplinas, los estudios culturales
han sido remisos a convertirse en una. Podemos comprender por qué los estudios cultura-
les, habiendo trabajado tan duro para desacreditar el venerable universalismo en las hu-
manidades, deberían guardarse de aparecer simplemente como algo que lo reemplaza por
otra cosa un poco más robusta y juvenil.” (Turner 1992: 640).
Pero en los siete u ocho años transcurridos desde que Turner escribiera este párrafo, los
estudios culturales definitivamente han tomado por asalto la academia. Windschuttle nos
refiere que en las tierras vírgenes de Australia, por ejemplo, se han aposentado institucio-
nes humanísticas que poseen cátedras de estudios culturales, pero ya no de historia (1996:
4). La tasa de crecimiento académico de los estudios culturales probablemente supere al
de todas las demás ciencias sociales en su conjunto, las que en líneas generales se en-
cuentran en franca retracción. Ferguson y Golding hablan de una “colonización discipli-
nar” de la academia, lograda a través de la proliferación de asociaciones profesionales,
conferencias, celebridades teóricas, journals y textos (Ferguson y Golding 1997: xiii).
Renato Rosaldo, un antropólogo que les tiene fuerte simpatía, afirma que
“los estudios culturales se refieren a un movimiento intelectual de múltiples líneas que
posee una teoría oposicional pero que ahora [1994] domina la acción intelectual precisa-
mente en el lugar donde un número de disciplinas se reproducen a sí mismas, eso es, en-
tre los estudiantes de grado” (Rosaldo 1994: 525).
Y acto seguido identifica, sin matices, estudios culturales con multidisciplinariedad, a
despecho de las pocas pero bien conocidas protestas de los estudios culturales contra
quienes los consideran como otro nombre para las empresas multidisciplinarias (p. ej.
Green 1996: 54), o de la reconocida falta de elaboración inter-, trans- o multidisciplinar
en el interior del movimiento, que acabo de documentar con suficiente pormenor (p.ej.
Nelson et al. 1992: 15; Grossberg 1997a: 2; Readings 1996; Striphas 1998a). De inmedia-
to, Rosaldo identifica a los departamentos norteamericanos de Inglés (los que en otro lu-
gar serían las carreras de Letras) como los “dueños” de los estudios culturales:

32
“Pues sí, los profesores de literatura, cualesquiera sean sus auto-percepciones, son el gru-
po todopoderoso, hegemónico y excluyente. A despecho de todo su parloteo sobre inter-
disciplinariedad, un gran número de antropólogos profesionales siente que los estudios
culturales son sólo otro nombre para los estudios literarios” (Rosaldo 1994: 526).
En otro registro, la socióloga Elizabeth Long hace algo más que admitir que los estudios
que nos ocupan viven su vida natural en los claustros académicos:
“Norteamérica no tiene un movimiento de educación alternativo parecido al de Gran Bre-
taña, de modo que aquí [en los Estados Unidos] los estudios culturales se han desarrolla-
do en el interior de las instituciones académicas establecidas. […] Los norteamericanos
que se identifican con los estudios culturales sólo ocasionalmente han alcanzado el esta-
tus de ‘intelectuales públicos’ pues esos circuitos están menos desarrollados que, por e-
jemplo, en el caso de Francia” (Long 1997:13)
Para Long, mientras tanto, apenas una página después de su cita precedente, los estudios
culturales se organizan como un centro o programa interdisciplinario, a veces como un
ala de los departamentos académicos existentes, y casi siempre en el borde, tanto material
como ideológicamente, de lo que las instituciones envolventes hayan definido como cen-
tral (Long 1997:14). Habría que concluir que, a consecuencia del estallido y el triunfo de
los que hablábamos antes, los estudios culturales, cuya centralidad ya no puede discu-
tirse, tendrían además la notable propiedad de encontrarse en los márgenes de sí mismos.

Las constantes canónicas

Sin embargo, si hay algún asomo de verdad en la afirmación culturista de que el movi-
miento no se atiene a cánones dogmáticos, no sigue pautas fijadas por pontífices y no per-
mite que de un estudio a otro quede un sedimento de metodología susceptible de reciclar-
se, entonces no está claro qué sentido tiene apropiarse de un nombre consagrado por la
tradición marxista inglesa de Thompson, Williams o Hoggart, como no sea el de explotar
su prestigio y enajenar su público. Stratton y Ang advierten que cuanto mayor es el aleja-
miento entre fundadores y practicantes, mayor es el peligro que los tiempos de Birmin-
gham sean sobre-romantizados (1996:374). Examinemos cinco antologías culturistas al a-
zar, por ejemplo Grossberg et al. (1992), Barker y Beezer (1992), Frow y Morris (1993),
Storey (1996a) y Long (1997), y tomemos nota de cuán escasos son los artículos, ponen-
cias o discusiones que incluyan algún prolegómeno teórico y que se abstengan de nom-
brar a alguno de los fundadores; a pesar de las alegadas libertades encontraremos que el
número tiende a cero. El crítico James Carey ha llegado a la misma conclusión:
“Virtualmente todos en el mundo de habla inglesa apelan a la tríada británica fundadora
de Williams, Hoggart y Thompson, pero diferentes grupos toman de ellos distintas leccio-
nes” (Carey 1997a:2).
Meaghan Morris reafirma el carácter canónico de estos precursores en un artículo comi-
sionado por Margaret Clunies-Ross para un simposio australiano sobre el ‘Canon’ y sus
críticos:
“Para muchos de nosotros, ‘el canon’ es la tradición de los estudios culturales británicos
desde Richard Hoggart y Raymond Williams hasta Stuart Hall” (Morris 1997: 40).

33
Escribiendo sobre los estudios culturales en Australia, Meaghan Morris y John Frow ha-
bían afirmado pocos años antes:
“La genealogía estándar de los estudios culturales australianos es británica: en lugar de
mirar, digamos, hacia los trabajos norteamericanos de Harold Innis y James Carey sobre
espacio y comunicación, o al debate sobre los ‘suburbios’ entre los críticos australianos
en los años sesenta, se estableció una filiación con el influyente proyecto de los estudios
culturales británicos que tomaron forma a fines de los años cincuenta” (Frow y Morris
1993: xxiii).
La tríada canónica (con el eventual añadido de Hall) es llamada expresamente founding
fathers en multitud de escritos (Storey 1993: 17; Sparks 1996a: 16; Sparks 1996b: 74, 83;
Inglis 1993: 81; Ferguson y Golding 1997: x). El establecimiento de un aparato completo
de asociaciones, journals, simposios, redes y departamentos que convierte a los estudios
culturales en una corporación poco distintiva, trajo aparejada como compensación una
fascinación creciente por su propia historia de vida, una búsqueda continua de mitos de o-
rigen y biografías intelectuales que tienen el tono típico de las memorias prematuras de
un adolescente prodigio (Ferguson y Golding 1997: 24). Como señalan Barker y Beezer,
los estudios culturales, “un poco como una estrella de fútbol a los veinticinco, están ocu-
pados escribiendo su autobiografía” (Barker y Beezer 1992: 3). Historias esmeradas de
quién se movió a dónde, quién dijo qué, o quién enseñó a quién, se narran reverentemente
como si se estuvieran desvelando los misterios de la vida cotidiana en la Academia de
Platón (Ferguson y Golding 1997: xxiv). Mattelart y Neveu especulan que los mitos etio-
lógicos culturistas también podrían narrarse conforme a los cánones de las historias de
éxito tan caras al yuppismo empresarial de nuestro tiempo. Una de esas historias podría
contar de qué manera
“… artesanos de la investigación relacionados entre sí a finales de los años cincuenta
logran, al cabo de diez años, crear una PYME (Pequeña y Mediana Empresa) en la Uni-
versidad de Birmingham, y cómo, transcurrido un cuarto de siglo, esta se convierte en u-
na multinacional académica” (Mattelart y Neveu 1997: s/n).
Ya sea como relatos de ascenso desde la insignificancia hasta la gloria, como documentos
de la degeneración de un grupo de jóvenes iracundos en personajes que pasan su vida en
coloquios, o como una saga familiar que atraviesa varias generaciones hasta culminar en
la diáspora de todos los actores o de sus descendientes legítimos, estas crónicas entrete-
jen, venga o no al caso, lo que Tony Bennet ha debido admitir que es un canon de “narra-
tiva ejemplificadora” (Bennett 1998: 44).
A los culturistas les encanta presentar el movimiento como “un móvil que se reposiciona
constantemente”, o como “un proyecto que está destinado a no llegar nunca a una pers-
pectiva definida de sí mismo, en la medida en que su realización es por siempre diferida”.
La historiógrafa Carolyn Steedman, sin embargo, advierte:
“Todos comienzan diciendo eso, pero pocos párrafos después están bien metidos en el re-
clamo más convencional de ortodoxia disciplinar: la escritura de su propia historia. (Lo
que también están haciendo, como percibe el observador historiográficamente entrenado,
es definirse ellos mismos, encontrarse a sí mismos, a través de un acto de despertar de
conciencia: contando su propia historia, beneficiándose de todos los beneficios sociales y
psicológicos de la autobiografía y la historia oral)” (Steedman 1992: 617).

34
Como no podría ser de otra manera, en el culturismo no faltan las racionalizaciones que
interpretan estas historias recurrentes como una virtud distintiva. Dicen Cary Nelson y
Dilip Gaonkar:
“Las instituciones académicas por lo general están sorprendentemente poco interesadas
en pensar acerca de su historia pasada y en preguntarse qué es lo que ella les dice sobre
su condición presente. Los estudios culturales británicos, por cierto, han sido una excep-
ción a esta regla, inclinándose continuamente a reformular y revisar la reseña de sus orí-
genes y su historia” (Nelson y Gaonkar 1996: 10).
A esta afirmación le sigue un argumento todavía más extraño:
“Para una disciplina como la antropología, que pretende incorporar e internalizar a los
estudios culturales, la centralidad de sus teóricos y practicantes a cualquier historia de los
estudios culturales es un punto central de conflicto” (Nelson y Gaonkar 1996 : 10-11).
Todas las disciplinas tejen y destejen sus narrativas históricas; sus corrientes teóricas tam-
bién incurren a menudo en lo que Josep Llobera, siguiendo a J. T. Clark, ha llamado ‘pre-
cursitis’ como mecanismo continuista de legitimación (Llobera 1980: 42); pero la cons-
trucción embozada de un ‘nosotros’ culturista, correlativo a una insistente referencia a los
estudios culturales en tercera persona (del singular), configura un artificio retórico pecu-
liar: algo así como una pluralización del autor, articulada con una singularización del mo-
vimiento. Pues, en efecto, siempre que los culturistas se refieren a los estudios culturales
lo hacen, violando la gramática más elemental, poniendo los verbos en singular. “What is
Cultural Studies?” se pregunta, por ejemplo, John Storey (1996a). Y las respuestas que
todo el mundo proporciona se refieren, al menos verbalmente, a un actante unitario.
Aquí hay que advertir que esta vertiginosa convergencia convive con la convicción de
que “no hay ortodoxia en este campo” o que este, siempre provisional, no se atiene a nin-
gún paradigma (Turner 1990: 4; Stratton y Ang 1996: 365). ¿A qué viene entonces reme-
morar a cada rato las fundaciones si nada debería ser perdurable? ¿Cómo se concilia la
veneración de un canon sagrado con las profesiones de apertura, diálogo e extradiscipli-
nariedad? Conjeturo que la necesidad de presentar a la mirada un patrimonio que parecie-
ra sustancioso y conexo pudo más que la promesa de vivir sin rendirse a una ortodoxia.
Sin encuadramiento no hay acopio. Dicen Mattelart y Neveu:
“[L]a abundancia de retrospectivas, digna de un bicentenario de la Revolución Francesa,
crea también dificultades. Cuando se abren cada semestre departamentos de Estudios cul-
turales en universidades norteamericanas, canadienses, australianas e incluso latinoameri-
canas y asiáticas, mientras se extinguen poco a poco los padres fundadores, las retrospec-
tivas se convierten, en gran parte, en una maniobra de captación de herencia. La excesiva
producción de balances sirve a menudo a sus autores como reivindicación de legitimidad,
que les da la autoridad necesaria para contar la verdadera historia de una aventura intelec-
tual y declararse su legatario” (Mattelart y Neveu 1997: s/n).
Por añadidura, los estudios culturales de la segunda fase no pudieron por sí solos producir
las visiones alternativas y las significaciones enriquecidas que se habían creído lloverían
del cielo sólo por librarse de las ataduras académicas. Los fundadores, en ominoso con-
traste, habían sido profusos hasta el exceso. No quisiera insinuar que eso se relacione con
el hecho de que aquellos habían sido académicos profesionales sin vergüenza por serlo,
mientras sus descendientes de segunda generación eran (o debían comportarse como) a-
mateurs; la correlación de factores, sin embargo, resulta demasiado sugerente. Como sea,

35
la posibilidad de citar (y con ello abarcar) el sustrato fundacional, operó entonces el disi-
mulo de la pobreza actual tras la fachada de la abundancia pasada, dando la impresión de
un tejido no precisamente inconsútil que el mismo Turner (1990: 5), en una apoteosis del
eufemismo, considera ejemplo de “complejidad de conceptualización” o de “pensamiento
en continuo flujo”. Todo el razonamiento que antecede parece ser una interpretación, y lo
admito; pero los indicios para interpretar los hechos en ese sentido son abrumadores.
Por otra parte, nada fluye en realidad. En la cuarta fase de Grossberg, por ejemplo, men-
cionar a Hall y a algún pedazo de la cadena Marx-Gramsci-Laclau que en él culmina es
un procedimiento de stock. Situado inexorablemente al principio de un estudio, su objeti-
vo es asentar una estipulación de conceptos (en definitiva, un marco categorial) que el a-
cólito interpreta de ahí en más como si fuera una teoría en plenitud. De ser posible, los e-
lementos conceptuales (ya híbridos en su origen) se resemantizarán una vez más confor-
me a los cambios detectados en ese momento en la definición aceptada de la corrección
política, al tema que motive a la conferencia o a la compílación que se trate y al tempera-
mento, color de piel, sexo, edad y gustos musicales de cada autor. Omití ‘clase’ delibera-
damente. Como sea, la relación entre los elementos del marco se dice que es siempre de
la índole de la articulación. Alcanzará luego con instanciar elementos del objeto con con-
ceptos del marco para denotar que la teoría funciona, y que el correlato de la realidad úl-
tima, por ‘construido’ que diga ser, está también articulado como la teoría quiere. El ma-
pa del marco, aplicado al territorio del objeto (que jamás debe ser referido con ese nom-
bre) es una nomenclatura que deviene ilusoriamente teoría gracias a las ‘articulaciones’
que se insertan entre los elementos de la serie de conceptos, entre los que componen la
serie de objetos considerados y, por supuesto, entre ambas series. En otros momentos de
la historia los referentes externos serán otros, pero el procedimiento seguirá siendo el
mismo.
Es evidente que las reflexiones de orden teórico y metodológico no derivativas ocupan u-
na proporción ínfima de los estudios culturales. Pero allí donde estas elaboraciones apare-
cen, exhiben indefectiblemente un repertorio de recurrencias que es por lo menos sospe-
choso en un espacio donde la variedad y la falta de líneas consensuadas debería ser la
norma. Todas estas unanimidades conjuran una especie de dialéctica negativa, donde lo
opuesto siempre acaba siendo la ciencia en general y las ciencias sociales que quieren
constituirse a imagen de ella. Así como lo que se toma por teorías es un conjunto bastante
estable de conceptos entre los cuales rigen ‘articulaciones’ abstractas, lo que pasa por ela-
boración y discusión teórica no es otra cosa que un discurso ideológico sobre las teorías,
una medición contrastiva de su combatividad, antes que un examen de su valor de verdad,
replicabilidad y consistencia.
Este discurso ideológico tampoco es tan abierto, relativo y variable como debería, sino
que se agota en otro conjunto previsible de constantes argumentativas. Es como un multi-
ple choice en el que se van asignando intensidades diferenciales a los elementos de un
conjunto apenas variable de juicios lapidarios sobre las disciplinas, razonamientos meto-
nímicos que hablan de la ciencia burguesa, occidental, WASP o masculina y, en contraste
con eso, celebraciones de los estudios culturales como el mejor de los mundos intelectua-
les posibles. Esta práctica que a despecho de su rigidez y previsibilidad se sigue creyendo
fluida y abierta, rara vez sale de este círculo letárgico que cada quien traza con tanto entu-
siasmo como si a nadie se le hubiera ocurrido hacerlo antes. La única variante son los en-

36
sayos encuadrados en las modalidades más posmodernas, en las que un nuevo canon
compuesto por alguna dosis de Derrida, Baudrillard, Lyotard y Foucault amenaza con
reemplazar al antiguo ritual de pertenencia (véase McRobbie 1994; 1997; Grossberg
1997a).

Conocimiento local

Apuremos las referencias que documentan la idealización de la apertura de los estudios


culturales:
“Los estudios culturales no tienen una metodología distintiva, un análisis estadístico, et-
nometodológico o textual que puedan llamar suyo. Su metodología, ambigua desde el
principio, puede verse mejor como un bricolaje. … La elección de las prácticas de inves-
tigación dependen de las preguntas que se formulen, y las preguntas dependen de sus
contextos. … Los estudios culturales no tienen garantías sobre qué preguntas son impor-
tantes de formular en qué contextos y cómo contestarlas; de aquí que ninguna metodo-
logía pueda ser privilegiada, o siquiera empleada temporariamente con total seguridad y
confianza” (Nelson et al. 1992: 2).
Las intervenciones que los estudios culturales establecen, se nos dice, no están garantiza-
das, ni pretenden tener vigencia para siempre: las diferencias que buscan hacer son nece-
sariamente relevantes sólo para circunstancias particulares (Ibidem: 6). En el movimiento
habría “muy pocos intentos de la clase de la gran teorización que se imaginan que pueden
definir la política y la semiótica de la representación, el género, la raza o la textualidad
para siempre” (ibid.: 7). Herman Gray, de la Universidad de California en Santa Cruz, a-
lega que en los estudios culturales son dignos de celebración “su carácter ecléctico, su
formación amorfa, sus traslados disímiles, su rechazo activo de las delimitaciones intelec-
tuales rígidas y de los imperativos territoriales intelectuales” (Gray 1996: 204).
Cualquiera puede darse cuenta, sin embargo, que la idea que prevalece en los estudios so-
bre la localidad y dependencia contextual del conocimiento no es nada más que una de-
claración esterotípica. Apenas pronunciada la evaluación anterior, por ejemplo, Nelson et
al. encuentran que el concepto magno de los estudios culturales (la articulación) es lo
suficientemente “abstracto” y “general” como para moverlo a cualquier nuevo contexto
“cada vez que resulte útil” (Nelson et al. 1992: 8). Siendo que los mismos autores afir-
man que detrás de la categoría de articulación hay no sólo una teoría, sino también una
definición política, la contradicción es evidente (Grossberg 1996b: 141). La misma para-
doja se presenta a lo largo del todo el corpus culturista: las declaraciones son particula-
ristas y tentativas, pero las prácticas son genéricas y definitorias.
Pongamos por caso los estudios de John Fiske (1987; 1989), que hablan del placer que
los medios proporcionan a la gente, del carácter subversivo de la lectura y reinterpreta-
ción de los mensajes mediáticos, de la variedad de ofertas disponibles a través de los me-
dios y de la soberanía del consumidor. Cuando la mayoría moral de los estudios cultu-
rales se abalanza contra Fiske, queda de manifiesto que la postura de este no pretendía
valer para los casos específicos que estaba analizando (Madonna, Miami Vice) sino que
aspiraba a una validez general. Lo que está diciendo Fiske es que la teoría ‘hipodérmica’
de los estudios convencionales de medios de comunicación de masas y la concepción
marxista y neo-marxista de la ideología, que suponen ser de alcance universal, quedan

37
también universalmente invalidadas a la luz de su análisis, pese a que (por inscribirse en
los estudios culturales) su hallazgo no debería ser más que de valor local y regir sólo den-
tro del juego del lenguaje que se ha montado para la ocasión.
Para Fiske mismo, para sus críticos y para sus defensores los casos abordados, lejos de
ser instancias aisladas, son más bien arquetipos sistemáticos de la situación general: ni si-
quiera de las coordenadas nacionales, de un medio circunscripto o de la época que se tra-
te. De lo que se habla en cada microanálisis es de las macroteorías, se tenga conciencia de
ello o no (véase Turner 1990: 119-124; Storey 1993: 184-199; Morris 1996: 157-158;
McGuigan 1997a: 140-142). En cada estudio considerado, en sus críticas y en sus desa-
gravios, toda la política y la filosofía de la modernidad (o de la posmodernidad) están
permanentemente en juego, como si cada objeto circunscrito fuera una metonimia del
macrocosmos social en su totalidad. Y para peor, ni siquiera se ha pensado en elaborar en
algún grado el trabajo inductivo y los recaudos de representatividad que permitirían pasar
de los indicios particulares a las certidumbres genéricas.
Los estudios culturales generalizan constantemente, y lo notable es que parecen no darse
cuenta. Para los críticos externos, sin embargo, estas generalizaciones son perfectamente
perceptibles (véase Schudson 1997: 394-395). Los más generalizadores son los que me-
nos deberían serlo: los posmarxistas y los posmodernos. Michel Foucault, uno de los ins-
piradores más influyentes en el movimiento, abunda en afirmaciones sobre el carácter
‘local’ y ‘regional’ de sus observaciones, creídas a pies juntillas por sus partidarios. Pero
su estilo teorético depende, de principio a fin, de las formas más extremas de sobre-gene-
ralización que se pueden encontrar en el mercado de las ideas. Es Foucault quien afirma
que “en cualquier cultura, en todo momento, hay siempre una sola episteme que define
las condiciones de posibilidad de todo conocimiento”, y quien traza cada tanto los esque-
mas o “cuadros generales” que “esbozan en su conjunto la organización general de los ór-
denes empíricos” (Foucault 1984: 199, 200).
Nicos Mouzelis ha analizado con especial penetración las generalizaciones no necesaria-
mente escondidas propias de este y otros pensadores posestructuralistas, adoptadas sin
crítica y sin reconocimiento reflexivo por la casi totalidad del culturismo (Mouzelis 1995:
42-45, 182). Culturistas y posmodernos festejan cada vez que pueden la bancarrota de la
‘Gran Teoría’, sin haber producido en su lugar una sola propuesta que sea verdadera-
mente recatada, restringida y condicional. El propio Dick Hebdige, plenamente conver-
tido a la causa posmoderna, no puede menos que advertir esta tendencia a la generaliza-
ción en un modelo de pensamiento que debería excluirla:
“… [E]s tal vez sorprendente, dado el sesgo anti-generalizador que articula y dirige los
múltiples vectores del Post, que pensadores tales como Jean Baudrillard, Jean-François
Lyotard y Fredric Jameson retuvieran semejante foco panóptico en su obra, escribiendo a
menudo a un nivel de abstracción y generalidad sumamente elevado sobre una ‘condición
posmoderna’, un ‘predicamento’, una ‘norma cultural dominante’, etc.” (Hebdige 1996:
182).
Debo decir que a mí no me sorprende: nunca hubo una disyuntiva entre la generalización
y otras formas lógicas menos absolutas, sino apenas un contraste entre distintas especies
ideológicas de generalización, todas ellas idénticamente globales.

38
Los juicios culturistas (modernos o posmodernos) sobre el estatuto de las ciencias, sobre
la determinación contextual del conocimiento y sobre la caducidad de las disciplinas aca-
démicas no tienen nada de particular, modesto, relativo o momentáneo. Son universales
escritos en piedra, formulados casi siempre como inexorables juicios sintéticos a priori
que dependen de leyes de la naturaleza social que no por implícitas son menos fatales.
Para el culturismo, axiomáticamente, sin que medie ningún análisis, todo el saber occi-
dental que lo precede es monolítico; todas las disciplinas, sin excepción, son reas de la
misma sospecha. Como lo dice David Harris, si bien muchas de las lecturas actuales pare-
cen haber abandonado todo reclamo de fundamentación privilegiada, de alguna manera
todas siguen procurando legitimar sus generalizaciones (Harris 1992: 37). El problema no
es tanto el de la objetividad, los fundamentos y la generalización, sino el de quién será el
que diga la última palabra.

Régimen para recuperar el canon

Cuando los culturistas bienintencionados proponen el regreso a las fuentes, la recupera-


ción de las intuiciones originales o el abandono del textualismo posmoderno, no hay nada
de provisional, delimitado, open-ended o contingente en los alegatos que formulan. Están
tratando de sentar el deber ser de una práctica, procurando elementos para la reglamenta-
ción de una disciplina. Su llamamiento testimonia la búsqueda y vindicación de una orto-
doxia, la necesidad de denunciar a los que han caído en prácticas indebidas, la creencia
en la posibilidad de mejorar el conjunto de los estudios culturales estipulando las pautas a
seguir de ahora en más. Ya hemos revisado una multitud de referencias que soportan esto,
pero aunque no haga falta me dispongo a aducir unas cuantas más.
En octubre de 1990 se presentó en Oklahoma una conferencia tumultuosa llamada “Cros-
sing the Disciplines: Cultural Studies in the 1990s”. Cary Nelson advirtió (sin dar ningún
indicio de nombres y títulos) que “mucho de lo que se presentó en Oklahoma simplemen-
te no calificaba como estudios culturales”, y acto seguido sintió la necesidad de armar un
manifiesto en forma de bullet numerado especificando los requerimientos exigidos para sí
calificar (Nelson 1996: 278-283). Del mismo modo, Tony Bennett dice sentirse perplejo
por la elasticidad que el concepto de estudios culturales ha llegado a adquirir: “Ahora
funciona como un término de conveniencia para un conjunto bastante disperso de posi-
ciones teóricas y políticas” (Bennett 1996: 307). De inmediato propone su juego personal
de “correctivos” para sacar a los estudios de las formas de banalidad en que han caído
(ibid.: 319). Más soñador, pero igualmente legislador, se muestra Richard Johnson, quien
afirma que:
“Si, en un sueño de poder absoluto, yo pudiera legislar un nuevo mapa académico, no
buscaría abolir las diferencias disciplinares existentes. No buscaría un imperio de los es-
tudios culturales. Buscaría unos estudios culturales que ocupen márgenes entre disci-
plinas y, en el ejercicio de mapeado, también entre paradigmas” (Johnson 1997: 472).
Algo más despiertos, John Frow y Meaghan Morris vuelven a itemizar el inventario de
los cruzamientos disciplinarios que podrían ser “característicos de los métodos de trabajo
de los estudios culturales” (Frow y Morris 1996: 353-354). Angela McRobbie, por su par-
te, no obstante congratularse porque el movimiento es “resistente a la pureza disciplinar”
deja constancia de su preocupación por los “desvíos teóricos que devienen excursiones li-

39
terarias y textualistas” (1992: 721-722). En un trabajo ligeramente anterior, McRobbie
propone un espeso programa de cinco puntos para materializar un retorno a un modo inte-
grativo de análisis: lo que “ahora se requiere” es un desarrollo de un paradigma para ana-
lizar el consumo en la vida cotidiana; “debemos retornar” al placer para comprender la
compulsión al consumo; un “imperativo adicional” es el examen de lo que queremos de-
cir con ‘identidad’; y por último “debemos investigar” tal o cual cosa, y “debemos poder
captar” tal o cual otra (McRobbie 1994: 39-40). El estricto deber ser de las teorías críticas
se pone de manifiesto una vez más en las “traiciones” que Norman Geras encuentra en la
relectura gramsciana de Mouffe y Laclau, “un par de ex-marxistas que quieren presentar-
se a sí mismos como posmarxistas” (Geras 1987: 65).
Mientras tanto Lawrence Grossberg, Cary Nelson y Paula Treichler, después de decir que
los estudios culturales carecen de fronteras de exclusión, se quejan de que “demasiada
gente simplemente le cambia el nombre a lo que estaba haciendo para tomar ventaja del
boom de los estudios culturales” (Nelson et al. 1992: 10-11). Algunos años después
Grossberg comparará a los estudios culturales con un paraguas bajo el cual se reúne gente
que desea tener un emblema en común, y propondrá que no haya demasiada gente bajo el
paraguas, no sea que este deje de ofrecer suficiente protección (Grossberg 1997a: 272-
273). Douglas Kellner, queriendo restituir los puentes entre su corriente y la economía
política “propone” que los estudios culturales se basen en perspectivas múltiples, luego
vuelve a “proponer” que el movimiento utilice tal o cual multiplicidad de métodos crí-
ticos y finalmente “aboga” porque los estudios ataquen sistemáticamente el racismo, el
sexismo o el sesgo discriminatorio contra grupos sociales específicos para calificar como
tales (1997: 119-120). Un poco más tajante es John Storey en su caracterización de las
críticas contra Fiske:
“Fiske no es estudios culturales, ni debería afirmar que lo es. … Establecer a Fiske como
estudios culturales requiere su exclusión, requiere un campo de estudio reificado y
reducido” (Storey 1996a: 7)
Ahora que los estudios culturales han alcanzado masa crítica, parece que quieren comen-
zar a cerrar la puerta. Ya hay demasiados intrusos, y no pocos de los que están dentro de-
sean que de ahora en adelante la casa se reserve el derecho de admisión. Cuando le pre-
guntaron a Jan Radway qué pensaba de la preminencia creciente y de la virtual hegemo-
nía de los estudios culturales, ella respondió:
“Ustedes pensarán que algunos de nosotros, que hemos estado asociados largo tiempo
con los estudios culturales, estaremos felices. Pero nos sentimos preocupados por la
forma tan fácil en que se los ha adoptado y por la clase de investigación y escritura que
cada vez más parecen generar” (citado por Grossberg 1997a: 273).
Martin Barker, en su revisión de Reading the popular y Understanding popular culture
de Fiske afirma que esa escritura, rematadamente sosa [bloody dull], representa “una a-
menaza real para los estudios culturales” y encarna “todo lo que anda mal en los estudios
de la cultura popular”, pues “no analiza ni desafía la cultura y la política de derecha” a las
que los estudios culturales “nacieron para oponerse”. Barker culmina su crítica diciendo:
“Si estos son los estudios culturales, escribamos cinco libros, cobremos nuestro salario y
volvamos a la cama” (Webster 1996: 221). Igualmente imperativo (aunque bajo una fina
capa de condicionalidad) se muestra James Carey:

40
“Si tomamos el giro que he estado recomendando, deberíamos … hablar mucho menos
sobre paradigmas y métodos y mucho más sobre ciertos logros concretos. Habría menos
parloteo sobre rigor y más sobre originalidad. Buscaríamos más en el vocabulario de la
poesía y la política y menos en el de la metafísica y el determinismo. Y tendríamos más
sentido de solidaridad con la sociedad que estudiamos y nuestros compañeros de estudios
que el que tenemos ahora” (Carey 1996: 63).
En un artículo elaborado a instancias de la constatación de que los estudios culturales han
perdido todo sentido de ‘realidad’, Brian Doyle ofrece una propuesta de renovación inte-
gral:
“Quisiera extender más aun estas propuestas y sugerir una transformación de todo el
Campo de estudios de medios, cultura y comunicación, examinando en particular las con-
tribuciones potenciales de áreas tales como el psicoanálisis, la psicología social y los es-
tudios organizacionales. … Más aun, quiero sugerir que el establecimiento de un nuevo
sentido de propósito y dirección requerirán también la construcción de una nueva cultura
para el Campo mismo, un proceso para el que los paradigmas disponibles ofrecen escasa
orientación” (Doyle 1995: 175).
El texto más conocido sobre las variedades paradigmáticas del culturismo, “Cultural Stu-
dies: Two paradigms”, de Stuart Hall (1996a) es el que establece con mayor claridad la
necesidad de mantenerse en los carriles de las opciones que él llama ‘culturalista’ y ‘es-
tructuralista’, que son las que “están más cerca de satisfacer los requerimientos del campo
de estudio” (Hall 1996a: 48). Hall impugna entonces sucesivamente tres desviaciones ul-
teriores, afectadas de “debilidades o inadecuaciones radicales”: (1) la que se centra en las
prácticas significantes del sujeto, inspirada en Lacan, (2) la que reclama un retorno al
programa de la economía política, y (3) la que siguiendo a Michel Foucault explora el ca-
mino de la “diferencia”. Estima que la primera nos ofrece un sujeto ahistórico, la segunda
sacrifica gran parte de lo que se ha logrado y la tercera puede aportar algo de positivo pe-
ro sólo si uno no se traga la postura por entero, ya que la suspensión del juicio que pro-
pugna hace que no sea posible pensar a través de ella ni las formaciones sociales, ni el es-
tado; en último análisis termina precipitándose en un reduccionismo vulgar que traiciona
las posiciones sofisticadas que parecía proponer (Hall 1996a: 46-47). Los dos paradigmas
originales, ellos solos, definen entonces para Hall el espacio y los límites del culturismo:
“En los estudios culturales, los suyos son los ‘nombres del juego’” (p. 48).
Podría ejemplificar casos parecidos de conducta preceptiva hasta el cansancio. La verdad
es que ya me cansé, y que con lo expuesto alcanza para una conclusión, más que funda-
mentada, urgente. Mi sensación ante los ‘correctivos’ de Tony Bennett, los ‘cambios de
nombre’ y el ‘paraguas’ de Grossberg, los ‘puentes’ de Kellner, la itemización de Frow y
Morris, las ‘traiciones’ de Geras, los ‘imperativos adicionales’ de McRobbie, la ‘exclu-
sión’ de Fiske por Storey, las ‘recomendaciones’ de Carey, los ‘manifiestos’ de Nelson, la
‘oposición innata’ de Barker, la ‘preocupación’ de Radway, la ‘construcción de una nueva
cultura’ de Doyle, el ‘sueño de poder absoluto’ de Johnson y los ‘nombres del juego’de
Hall es que dejan sentado, de una vez por todas, que no sólo los estudios culturales distan
años luz de ser la ciencia tolerante y plural que alegan. Por el contrario, constituyen uno
de los escenarios intelectuales con más tendencia a la clausura, la codificación y la orto-
doxia.

41
A pesar de sus ínfulas de inmensidad, el territorio de los estudios culturales se revela tan
diminuto que todo el mundo se cree con derecho a legislar lo que deberían hacer los de-
más, y eventualmente proponer, como resultado de alguna pesquisa o perspectiva indivi-
dual, cambios a instrumentar por el movimiento en su conjunto. Es como si el trabajo de
cada uno no valiera nada a menos que sus ideas ‘situadas’ y ‘relativas’ devengan consen-
so. ¿Es este el concepto de una discusión teórica abierta? ¿Es esta la encarnación de la
idea de un campo gravitacional de intercambios libres?
Un indicador formidable de la clausura y la ortodoxia del movimiento es el relieve que
han ido adquiriendo los sucesivos cultos a la personalidad que jalonan su historia: el culto
a la tríada fundacional en el momento culturalista y en la historiografía, a las intuiciones
de Stuart Hall en los años setenta, a los posestructuralistas franceses en la vertiente pos-
moderna, a la “Santísima Trinidad” de Said-Spivak-Bhabha en el culturismo poscolonia-
lista. Los operarios que se hallan fuera del panteón están a la espera de que los líderes
fijen el rumbo, consagren la terminología, homologuen los giros, pronuncien apotegmas
citables. Herman Gray puntualiza (aunque no desarrolla debidamente el asunto) que en
los estudios culturales se ha vuelto notorio el culto a la celebridad y la emergencia de un
star system intelectual (Gray 1996: 212-213).
El propio Richard Johnson, alguna vez director del CCCS, no puede menos que percibir
el contraste entre estos dogmatismos encubiertos y “la democracia epistemológicamente
basada propia de las ciencias positivas”, en las que semejante criterio de autoridad sería
de plano inadmisible (Johnson 1996: 66). En una línea de pensamiento similar, el cultu-
rista Tonny Bennett observa:
“… [D]entro de las ciencias sociales y las humanidades, la mayoría de las disciplinas (de
historia, sociología, economía, estudios literarios, historia del arte, etc) han probado, en
décadas recientes, ser notoriamente móviles y flexibles, generando constantemente
nuevos objetos de preocupación y de atención dentro de y entre ellas mismas, sin ninguna
referencia necesaria a los estudios culturales. La tendencia a pasar por alto la movilidad
histórica de las disciplinas no es enteramente accidental; porque en algún sentido el dis-
curso de los estudios culturales sobre la verdad necesita y perpetúa una concepción equi-
vocadamente petrificada de las disciplinas que ellos se ven trascendiendo” (Bennett 1998:
59).
Cuando se combinan estudios culturales y posmodernismo el resultado es de una ortodo-
xia acaso más acentuada, un fundamentalismo de lo que debe y lo que no debe hacerse.
Es Terry Eagleton quien mejor ha caracterizado este fenómeno en lo que al posmodernis-
mo respecta:
“Por su ostentosa apertura hacia el Otro, el posmodernismo puede ser casi tan exclusivis-
ta y censor como las ortodoxias a las que se opone. Se puede hablar largo y tendido de la
cultura humana pero no de la naturaleza humana; de género, pero no de clase; de cuerpo,
pero no de biología; de jouissance, pero no de justicia; de poscolonialismo, pero no de la
pequeña burguesía. Es una heterodoxia evidentemente ortodoxa que, como forma imagi-
naria de identidad, necesita sus cucos y sus espantapájaros para seguir en el negocio”
(Eagleton 1997: 51).
Indicadores de la consolidación de una ortodoxia y de la cristalización de un patrón uni-
ficado son, naturalmente, la repetición de los diseños investigativos, la predecibilidad de

42
las conclusiones, el estrechamiento de los focos de interés. El sociólogo Keith Tester lo
expone de esta forma:
“Los estudios culturales se han convertido más en una molestia que en una ayuda, porque
se han tornado cada vez más predecibles. La predecibilidad tiene varias dimensiones.
Primero, la predecibilidad circunda al modo de expresión de los estudios culturales.
Simplemente, los textos de los estudios culturales tienden a estar escritos en un lenguaje
y de una manera muy específicos; se utiliza un número restringido de referencias para dar
forma al discurso de muchos estudios (por ejemplo Antonio Gramsci y Raymond Wi-
lliams se citan casi siempre en términos de aprobación) y el lenguaje de los textos es tri-
butario de giros de frase altamente complejos y con frecuencia oscuros. Hay algo así co-
mo un estilo doméstico de hacer estudios culturales. En segundo lugar, la predecibilidad
circunda a los objetos de estudio. Los textos de los estudios culturales tienden a ocuparse
de un número de cuestiones más bien restringido: el consumismo, los medios, la sexuali-
dad …, las prácticas culturales de la juventud. En tercer lugar, la predecibilidad circunda
al foco nacional de los estudios culturales” (Tester 1994: 10).
Con tales índices de predecibilidad, ortodoxia y culto del genio, ahora va a resultar un
poco más difícil seguir suscribiendo al estereotipo de los estudios culturales que pinta a
las disciplinas institucionalizadas como prisioneras de una “camisa de fuerza” (Sardar y
Van Loon 1998: 4), o como “campos de trabajos forzados intelectuales” (Menser y Aro-
nowitz 1998: 43). Colin Sparks dice que los intereses de los estudios culturales son omní-
voros (1996a: 15); yo diría que son más bien caníbales. A pesar de la intensidad de sus
conflictos teóricos, en una disciplina estándar cada quien hace las cosas a su modo y deja
hacer a los demás. Nadie está obligado a citar ninguna monografía de los padres funda-
dores para certificar su pertenencia. Las opciones son también más ricas que las que nos
ofrecen elegir entre textualidad y etnografía, o entre posmarxismo y posmodernidad, o
entre Birmingham y Oklahoma.
Serán los resultados o la consistencia del método lo que después se evalúe, no la confor-
midad obediente con una conducta disciplinar prestablecida. El parámetro último de refe-
rencia puede llegar a ser el del método científico en general (o en el peor de los casos, el
de la argumentación retórica, también en general), y no el protocolo privado de una disci-
plina en particular. Ninguna de las ciencias sociales convencionales se ha mostrado jamás
tan obsesivamente celosa como los estudios culturales por fijar su canon o su estipulación
de sus buenas maneras ¿Alguien se imagina a algún antropólogo proclamando que un
estudio presentado en una conferencia profesional “no califica como antropología” por-
que desobedece las pautas fijadas por Morgan, Tylor o Malinowski, y que la disciplina en
su conjunto debería acatar tales o cuales requisitos para volver a la buena senda?
¿Alguien toleraría que la máxima autoridad disciplinar viviente, quienquiera sea, dicte
con el dedo en alto cuales son los dos únicos nombres del juego que satisfacen los
requerimientos del campo?
Que no se registre en actas este párrafo: Dejaré piadosamente de lado el hecho de que en
cualquiera de las ciencias académicas denostadas por los estudios culturales el investiga-
dor puede echar mano (sin ser excomulgado) de varias docenas de métodos y técnicas di-
ferentes, puras o templadas, y no sólo de los siete u ocho ejercicios discursivos que los
culturistas enumeran cuando quieren ostentar su enormidad.

43
4. Teorías y Métodos
¿Ha habido algún asomo de creación teórica en el interior de los estudios
culturales, o viven ellos de la depredación de metodologías ocasionales tomadas
de las tradiciones científicas de las que ellos reniegan?

Estrategias

En uno de sus ensayos recientes, Richard Johnson (1996:78) propone abordar los estudios
culturales desde la doble perspectiva de sus marcos teóricos por un lado y de sus objetos
empíricos de investigación por el otro. Un par de páginas después encuentra, típicamente,
que en realidad se puede prescindir de la discusión teórica, ya que a esta altura de los
tiempos, y siendo la sustancia de los estudios culturales tan urgente y concreta, “el discur-
so teórico puede parecer … una forma de gimnasia intelectual” (1996:80). Muchos cultu-
ristas citan la frase de Stuart Hall: “la teoría siempre es un desvío en el camino hacia algo
más interesante” (Morley y Chen 1996: 19). Aunque siempre le dan vueltas a lo que lla-
man teoría, para algunos la teorización está mal vista. Patrick Brantlinger, por ejemplo,
ha justificado recientemente los últimos giros culturistas como un desarrollo funda-
mentalmente anti-teórico (Brantlinger 1999). Como muy bien lo expresa Todd Gitlin, “lo
que ahora certifica el mérito es la popularidad del objeto, no sus cualidades formales”
(Gitlin 1997:31).
Si se examinan los textos que vertebran la historia temprana e intermedia de los estudios
culturales, se verá que en lo metodológico todos ellos son abiertamente derivativos; es
decir, emplean conceptos, procedimientos y diseños de investigación que se toman en
préstamo de los inmensos acopios de las teorías continentales de la comunicación, de la
semiótica de Jakobson, de la semiología francesa o italiana, y de los diversos estructura-
lismos formales o informales en antropología (Lévi-Strauss), filosofía (Althusser), so-
ciología (de Certeau, Bourdieu) o psicoanálisis (Lacan).
La historiografía culturista reconoce estos préstamos utilizando, casi invariablemente, la
palabra draw o sus derivaciones paradigmáticas, sobre todo drawing on (p.ej. Turner
1990: 121). Así, por ejemplo, John Fiske toma su inspiración metodológica de Michel de
Certeau en Television Culture (Fiske 1987) y explícitamente se funda en Le Plaisir du
Texte de Barthes en sus elaboraciones sobre el placer. Dick Hebdige también toma como
modelo a de Certeau y al grupo Tel Quel para su Subculture (1979), mientras Stuart Hall
aplica modalidades barthesianas en “The Determination of News Photographs” (1980a),
y utiliza de principio a fin el esquema propuesto por el sociólogo Frank Parkin en sus tra-
bajos sobre comunicación televisiva (Hall 1973). Por su parte David Buckingham explota
ideas de Umberto Eco en Public secrets (1987). A su vez, los colaboradores de la revista
Screen, no siempre encolumnados tras los estudios culturales, recogen la influencia de
Christian Metz y de las versiones lacanianas o feministas del psicoanálisis (véase Turner
1990: 106). Como podría suceder en cualquier otro espacio del saber, en este tráfico de
influencias la fidelidad a las fuentes metodológicas varía entre la literalidad y la paráfra-
sis, pero en este caso con mayor concentración en este segundo polo, como después se
verá.

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Hasta aquí todo bien, excepto por el hecho de que en todo el corpus no hay ni rastros de
estrategias metodológicas intrínsecamente novedosas forjadas en el interior de los estu-
dios culturales. La sobrevaloración del quantum de originalidad de estos en su mitología
historiográfica, entonces, sólo puede explicarse en el contexto de insularidad intelectual
que afectaba a Gran Bretaña por esa época y de la pobreza metodológica de los estudios
británicos de medios de comunicación de masas en las décadas anteriores. Si la historia
terminara aquí, los estudios culturales, en su inmensa mayoría, podrían entenderse como
la respuesta británica a las traducciones del enorme caudal de obras semiológicas, filosó-
ficas, sociológicas y psicoanalíticas que eran moneda corriente del otro lado del canal. Lo
único idiosincrático podría llegar a ser la tradición mediática de las islas o las formas
subculturales que se tomaban como objeto. En otras disciplinas y en otros países (como
Argentina, España o México) los intelectuales más metódicos hacían aproximadamente lo
mismo, en general con algunos años de anticipación respecto de la agenda de los estudios
culturales en Inglaterra y en Estados Unidos. Que no quepa duda que la producción inte-
lectual francesa o italiana, por lo menos hasta principios de los años ochenta, se traducía
siempre antes al castellano que al inglés. Entre paréntesis, digamos que el romance que el
culturismo proclama mantener con la alteridad no impide que, hasta el momento, la única
lengua homologada por el movimiento sea el inglés. El peso de la Madre Patria se hace
sentir en un espíritu de Commonwealth tan tenaz como inadvertido, en un gesto de inco-
rrección política tan vituperable como el nombre de la revista Man, o los “salvajes” y los
“contemporáneos primitivos” que pueblan los textos antropológicos de la primera mitad
del siglo: en la Universidad del Estado de Arkansas, en la Facultad de Artes de Mel-
bourne y en la Universidad de Queensland, las áreas de estudios culturales dependen
todavía de los respectivos Departamentos de Inglés (Striphas 1998b).
Unos pocos años después el esquema de influjos y préstamos volverá a repetirse, pero
esta vez no al compás de la seducción de la semiología estructuralista de los años sesenta
y setenta, sino mediante la adopción de las ideas posestructuralistas y posmarxistas que
en las décadas de 1980 y 1990 han tomado su lugar en Europa antes de lanzarse al cruce
del canal primero y del océano después. Los nombres que desembarcarán como la in-
fluencia post- en los estudios culturales ingleses y norteamericanos serán esta vez los de
Jean-François Lyotard, Michel Foucault, Jacques Derrida, Jean Baudrillard, Gilles De-
leuze. La mercancía que fluye ahora es más un almacén de retóricas peculiares que un
conjunto de técnicas genéricas, pero el trayecto y la forma de asimilación de las ideas
ajenas funciona de la misma manera.
Tras mucho buscar, estoy persuadido (y escapatorias como la de Richard Johnson o los
drawings de Turner lo podrían ilustrar fácilmente) que de Stuart Hall en adelante los mar-
cos teóricos originales que deberían haberse producido tras varias décadas de estudios
culturales no existen en absoluto. Ni siquiera aparecen floraciones conceptuales (el grado
cero de la teorización) que en otros tiempos y otras disciplinas solían manifestarse con al-
guna regularidad. Jamás se ha dado el caso que un estudio propusiera en los últimos vein-
te años –digamos- alguna invención metodológica original que alguien sintiera que valía
la pena, si no perpetuar, al menos aplicar a unos cuantos casos aparte del que se está tra-
tando en cada oportunidad. En todo caso, la relación entre la cantidad de gente que prac-
tica los estudios culturales y la producción teórica neta es singularmente desproporcio-
nada. No por nada Armand Mattelart y Erik Neveu ironizan sobre la constitución de un
“CCCS Import Company” y lamentan las “múltiples imitaciones intelectuales”, titu-

45
beantes y a veces torpes, alentadas por el Centre en su época de oro (Mattelart y Neveu
1997: s/n).
En ausencia de marcos de trabajo nuevos, los estudios culturales se remiten a tradiciones
teóricas, estrategias analíticas o actitudes intelectuales del Continente, a los que se adhie-
ren interpretaciones discrepantes, en proporción directa con la distancia que el investiga-
dor que se trate haya tomado del marxismo antes que en alguna clase de relación con des-
lindes teóricos de cualquier naturaleza. Sobre todo en los estudios de la segunda fase,
nunca se toma un concepto o una teoría tal como viene, sino que se lo somete a una orda-
lía de amortiguamientos, purgas semánticas, redefiniciones parciales, sesgos, abstraccio-
nes en serie, variaciones contextuales, adhesiones connotativas e inyecciones de discursi-
vidad que deja un residuo muy débil de sus referencias originarias, cualesquiera fuesen.
Esto es lo que el sociólogo David Harris llama “una lectura sintomática, abstraída y tres
veces destilada” (Harris 1992: 46). De estas metamorfosis categoriales deja constancia
Douglas Kellner cuando dice:
“Existen problemas con parte del vocabulario básico de muchas de las versiones contem-
poráneas de los estudios culturales y por eso los conceptos clave son inestables, constan-
temente cuestionados y revisados. En vista de las disputas sobre la terminología, cada in-
tervención en el campo de los estudios culturales necesita delinear y explicar su lenguaje
crítico, distinguiéndolo del de los otros discursos y clarificando su propio uso específico
del vocabulario” (Kellner 1995: 34).
A veces la imprecisión degenera en tergiversación de categorías disciplinares bastante co-
munes. Por ejemplo, no es cierto que las manipulaciones que los estudios culturales im-
ponen a sus conceptos califiquen como “bricolaje”, que es lo que quieren Lawrence
Grossberg (1992: 2) o Jon Stratton y Ien Ang (1996: 381). El bricoleur es un artesano que
coloca materias primas sin transformar en un contexto o combinación inhabitual. Los
estudios culturales, en cambio, trasmutan los sentidos de los conceptos que adoptan hasta
el punto en que uno comienza a preguntarse por qué se sirven siempre de las mismas pa-
labras si su sentido fluctúa en la obra de cada autor, en cada pequeña etapa de su desa-
rrollo intelectual y en cada contexto discursivo en que aparecen. ¿No sería más razonable
crear conceptos nuevos? Por otra parte, lo esencial del bricolaje es lo insólito de las com-
binaciones, su efecto de sorpresa; las importaciones conceptuales de los estudios cultura-
les, en cambio, son siempre las mismas6, las cosméticas que se les aplican varían poco
entre sí y por ello todo el procedimiento deviene previsible, aunque en los significados
terminales de los conceptos haya alguna diferencia de matiz. Por otra parte, rara vez sale
de estas revisitas y rejoinders algo concluyente, porque semejante certidumbre sería muy
mal vista en un cosmos que ha hecho del relativismo un mandamiento inapelable.
Debe ser por esa gimnasia extravagante de resemantización compulsiva que el inventario
final de conceptos originales es tan escueto. Unas pocas palabras encapsulan todo lo que
se puede decir. De este modo, en el diccionario de O’Sullivan et al. (1994), que cubre u-
nos cien “conceptos claves” de la comunicación y los estudios culturales, el número de
categorías analíticas sindicadas para esta corriente se eleva a la poco impresionante cifra

6
Encoding/decoding, hegemonía, placer, articulación, etnografía, deconstrucción, ideología, habitus, po-
sición “negociada”, posición “oposicional”, lectura “preferida”. No son muchos, más si tenemos en cuenta
que los tres últimos están casi en desuso y el primero de todos sólo tiene hoy un interés histórico.

46
de tres: “articulación” (naturalmente), “placer” (que se dice viene del psicoanálisis vía
Barthes) y, por supuesto, “estudios culturales”.
Podríamos ejemplificar a gusto con docenas de casos en los que se vuelve a fatigar el sen-
tido de nociones como ‘ideología’ o ‘cultura’, que ya disponían de legiones de definicio-
nes inconmensurables, una para cada gusto, antes que los estudios culturales vinieran a
revolverlo todo aun más. Como no han podido resolver, además, su complicada relación
con la economía política en general y el marxismo en particular, cada vez que tienen o-
portunidad vuelven a darle algunas vueltas más al asunto (Grossberg 1995; Storey 1996a:
6-7; Hall 1996b; Chen 1996a; Morley y Chen 1996: 15-17; Sparks 1996b; Murdock
1997a: 63; Inglis 1993: 85; Brantlinger 1990: 80-81). Habida cuenta de las palabras de
que se trata, este ya no es un dilema minúsculo de bizantinismo semántico, sino más bien
un problema mayor de indefinición política. Aunque haya algo de obsceno y omnipotente
en la pretensión de corregir a Marx, superar la modernidad o encontrar la clave de la con-
dición humana mientras se desenvuelve un estudio sobre Beavis y Butt-Head, el uso de
los preservativos o las cosas a hacer en un centro comercial, ésa es de hecho la situación
normal (Kellner 1995: 143-152; Treichler 1996; Morris 1993).
La forma misma de los estudios culturales es entonces hostil a cualquier variante inteligi-
ble de perfeccionamiento metodológico, sobre todo cuando la premisa compartida es que
no hay mucha sustancia teórica histórica que rescatar y cada estudio construye su propio
marco desde el vacío, o cuando mucho importando conceptos de afuera sin que haya lu-
gar adentro para un tratamiento que no sea sumario. Los culturistas alegan que esta falta
de centro y de basamento es una ventaja: cada estudio concreto, dicen, “debe ser leído en
sus propios términos” (O’Connor 1996: 188). Al no haber disciplina, al no ser ya admisi-
ble la idea de acumulación del conocimiento o el análisis del estado de la cuestión, la úni-
ca posibilidad que resta es una constelación de microcosmos autistas; y lo único que resta
es lo único que hay.
Escribe, por ejemplo, Richard Johnson:
“Una codificación de métodos o conocimientos (instituyéndolos, digamos, en programas
académicos formales o en cursos de ‘metodología’) va en contra de algunos de los rasgos
de los estudios culturales como tradición. … Desde este punto de vista los estudios cultu-
rales son un proceso, una especie de alquimia para producir conocimiento útil. Codifí-
quenlo y detendrán sus reacciones. … Las formas académicas del conocimiento (o algu-
nos aspectos de ellas) ahora parecen parte del problema, más que de la solución.” (John-
son 1996: 75).
Algo parecido expresa Tony Bennett:
“ … los estudios culturales comprenden menos una tradición teórica o política o una dis-
ciplina que un campo gravitacional en el que un número de tradiciones intelectuales ha
encontrado un rendez-vous provisional” (Bennett 1996: 319, n. 1).
En efecto, los acólitos de los estudios culturales admiten a veces espontáneamente que
estos carecen por definición de principios, teorías y métodos (Sardar y Van Loon 1998:
6). En un manifiesto que resume el deber ser del movimiento, Cary Nelson alega que “los
estudios culturales no son una metodología repetible que pueda aprenderse y aplicarse
luego a un dominio cultural determinado” (Nelson 1996: 280). Un vocero calificado
como Lawrence Grossberg no tiene remilgos en declarar que “los estudios culturales se

47
rehusan a definir su propia adecuación teórica en términos académicos o estrechamente
epistemológicos” (1996a: 179). Las herramientas categoriales y las operaciones analíticas
son tan “relativas”, “locales” y “situadas” que no alcanzan a atravesar siquiera la cosa
empírica a que deberían aplicarse (la cual es a su vez igualmente incierta). Como tam-
poco hay rastros de una elaboración epistemológica que no sea “estrecha”, habrá que pa-
rafrasear la elocución para darse cuenta que hasta donde la vista alcanza no hay epistemo-
logía en absoluto.
Con más frecuencia, sin embargo, los estudios culturales no sólo se jactan de no estar pre-
sos de ninguna clase de metodología y se quedan en eso, sino que reputan sus recursos
teóricos como sofisticados e innovadores. Más de una vez ambas aserciones, claramente
contradictorias, aparecen juntas7. O sea: los estudios culturales carecen de estrategias, lo
que es bueno, pero sus estrategias son maravillosas, lo que es mejor. ¿Cómo se realiza es-
ta dialéctica? O mejor todavía ¿cuáles son las estrategias, si puede saberse?
Examinemos esta caracterización de Graeme Turner:
“La estrategia teórica más reconocible y posiblemente la más importante que han desarro-
llado los estudios culturales es la de ‘leer’ los productos culturales, las prácticas sociales,
incluso las instituciones, como ‘textos’. Inicialmente tomada en préstamo de los estudios
literarios, y manteniendo su amplio desarrollo subsiguiente una deuda significativa con la
semiótica de Barthes y Eco, el análisis textual se ha convertido en un conjunto de
métodos extremadamente sofisticado, particularmente para la lectura de los productos de
los medios de comunicación de masas” (Turner 1990: 87)
Nótese que es Turner, una autoridad reconocida, quien habla de un conjunto de métodos:
no soy yo quien pone esa palabra en su boca. En la misma tesitura, Angela McRobbie re-
conoce que el campo metodológico de los estudios culturales es “desordenado” e “irreco-
nocible”, sin dejar por ello de ser “sofisticado” (McRobbie 1992: 722). ¿Es razonable que
quien cultiva un método tenga que hacer continua ponderación de su exquisitez? ¿Qué
significa que un método sea sutil si no se plantea como método en primer lugar?
Pues bien, cuando se analizan más de cerca los métodos extremadamente sofisticados que
constituirían para Turner o McRobbie el aporte de los estudios culturales, lo primero que
se percibe es que los conceptos heurísticos esenciales son claramente exógenos, esto es,
que han sido gestados en marcos disciplinarios académicos o por personalidades intelec-
tuales reconocidas ajenas al culturismo. Es público y notorio que, por ejemplo, la metáfo-
ra de la cultura-como-texto ha sido anticipada por el antropólogo Clifford Geertz a prin-
cipios de los años setenta, y provenía a su vez de una vieja elaboración por parte de Paul
Ricoeur, urdida en el interior de una filosofía perfectamente convencional, católica para
más datos (Geertz 1973; Ricoeur 1988: 47-74). El problema, tanto en este como en otros
casos, es que cuando se mira con más atención el desarrollo de los razonamientos se des-
cubre, asimismo, que muchas veces el despliegue de los métodos no va mucho más allá
de su enunciación.

7
Cualquier artículo de Lawrence Grossberg o Graeme Turner, o los libros de Sardar y Van Loon (1998),
Inglis (1993: 227-248) o Storey (1993) servirán para aventar la sospecha de que yo esté exagerando.

48
Eclecticismo y enumeración

Como acabamos de ver, esa textualización no es otra cosa que la rémora de la cual los
estudios culturales más sensitivos a la política buscan desembarazarse, la desviación in-
telectualoide que en los últimos tres o cuatro años todo el mundo procura disimular. El
resto de la contribución culturista dista bastante de constituir un acopio metodológico e-
laborado de alguna manera perceptible. Examinemos, como caso patrón, de qué forma los
estudios culturales trasuntan su refinamiento y riqueza metodológica cuando se ven en la
necesidad de hacerlo. Notemos que siempre terminan enumerando disciplinas, teorías
preexistentes y campos de actividad intelectual, como si la posibilidad de echar mano de
sus recursos fuera privativa del movimiento, y como si nunca antes de ellos alguien hu-
biera intentado alguna forma de interdisciplinariedad. Dicen Michael Menser y Stanley
Aronowitz, en una definición que pretende ser positiva:
“Los procedimientos de los estudios culturales consisten en recortar y coser las diversas
teorías y teóricos (además de experiencias y narrativas) extraídos o escapados de las di-
versas prisiones epistemológicas (en esta lectura, las disciplinas son campos de trabajos
forzados intelectuales)” (Menser y Aronowitz 1998: 43).
Para John Fiske, los estudios culturales nos ofrecen, en su actual fase de desarrollo, dos
estrategias metodológicas superpuestas que pueden ser combinadas de manera útil para
comprender la forma en que operan las luchas culturales. Una se deriva de la etnografía,
la otra de la semiótica y el análisis textual estructuralista (Fiske 1996a: 132). Patrick
Brantlinger alega que los estudios culturales hacen uso libremente de varios campos, teo-
rías o métodos, como el marxismo, el feminismo, la deconstrucción, la etnografía (Bran-
tlinger 1990: ix). Para Borin Van Loon y Ziauddin Sardar los estudios culturales “se apro-
pian de teorías y métodos de la antropología, la sociología, la lingüística, la crítica lite-
raria, la teoría del arte, la musicología, la filosofía y la ciencia política. … Casi cualquier
método, desde el análisis textual, la etnografía y el psicoanálisis hasta el survey research,
puede ser usado en los estudios culturales” (Sardar y Van Loon 1998: 7). Nelson,
Treichler y Grossberg, por su parte, listan entre los métodos disponibles que pueden pro-
ducir insight y conocimiento “el análisis textual, la semiótica, la deconstrucción, la et-
nografía, las entrevistas, el análisis fonológico, el psicoanálisis, la rhizomática, el análisis
de contenido y el survey research” (Nelson et al. 1992: 2). Todas estas listas de lavande-
ría, como se ve, mezclan alegremente técnicas, métodos, teorías y disciplinas como si
fueran todas entidades de la misma especie y nivel de tipificación.
Todo esto pinta como un name dropping bastante snob. Pero analicemos un poco estas
listas. Lo que más me intriga, en primer lugar, es la forma en que un análisis fonológico
puede llegar a producir la clase específica de insight que interesa típicamente a los estu-
dios culturales. Mejor no preguntarse tampoco cómo puede ser que los culturistas vin-
diquen la fonología, la semiología y los signos dejando de lado la arquitectura en el que
las prácticas y sus conceptos magnos adquieren sentido, que como bien se sabe después
de Saussure debe ser un sistema. En segundo lugar, en la práctica real de los estudios el
análisis textual está incluido dentro de los abordajes semióticos y lo mismo pasa con las
entrevistas respecto de la etnografía. Ambos pares se refieren cada uno a la misma cosa;
en la lista de Grossberg tenemos entonces un estiramiento a cuatro ítems donde sólo de-
bería haber dos. En tercer orden, también resulta llamativo que admitan sin ninguna críti-

49
ca cualquier clase de combinación de técnicas y métodos, incluso algunos bastante desa-
creditados (como la teoría norteamericana de la comunicación en Williams, o las ideas de
Althusser en Hall), pocos párrafos después de haber dictaminado la improductividad de
las disciplinas en que se originan casi todos sus recursos. Y por último, los culturistas
tampoco se muestran sensibles al carácter contradictorio de las estrategias que colocan
una junto a otra: la semiótica y el estructuralismo, por ejemplo, son inconciliables con la
deconstrucción, y lo mismo puede decirse del psicoanálisis en relación con la rhizomá-
tica. Por si no lo recuerdan, la deconstrucción es, ante todo, la crítica del logos saussu-
reano, semiológico y estructuralista, mientras que el libro de Deleuze y Guattari que
encuadra la invención de la rhizomática se titulaba, como si fuera poco, El Anti-Edipo.
La compulsión a los listados, empero, no acaba en este punto. Sin ironía, John Frow y
Meaghan Morris describen el marco típico para enunciar un análisis como una suma de
“varias formas de discurso económico … un discurso estético … un discurso etnográfico
… un discurso de historia … y finalmente alguna mezcla de sociología, semiótica y filo-
sofía” (Frow y Morris 1996: 353-354). Para Richard Johnson, en los estudios de la moda-
lidad textualista “los métodos se derivan usualmente de raíces sociológicas, antropológi-
cas o socio-históricas” o de “la crítica literaria y especialmente de las tradiciones del mo-
dernismo literario y el formalismo lingüístico” (1996: 86). Los formalismos que más le
interesan incluyen “toda la secuencia que va desde la lingüística de Saussure y la antropo-
logía de Lévi-Strauss hasta el Barthes temprano” y de allí hasta “la crítica cinematográfi-
ca, la semiología y la teoría narrativa, incluyendo la complicada intersección del marxis-
mo althusseriano, las semiologías posteriores y el psicoanálisis” (1996: 98). También se-
ría derivativa de las disciplinas existentes la capacidad crítica de los estudios culturales:
“La crítica involucra robar los elementos más útiles y rechazar el resto” (Johnson 1996:
75). Su tratamiento de las posibles incompatibilidades teóricas entre estrategias, mientras
tanto, ocupa solamente un renglón (ibid.: 107), y ni siquiera tiene tiempo de explicar en
qué consistiría ese enigmático “formalismo” analítico que alega está desarrollado en la
lingüística saussureana.
Una de las formas más hilarantes de enumeración de estrategias es peculiar de los traba-
jos de Lawrence Grossberg sobre la cultura norteamericana del rock de mediados de los
años ochenta, expresamente construidos como una especie de bricolaje teórico. Dispersos
entre la bruma retórica habitual conviven los “sujetos nómades” de Deleuze y Guattari, la
“cultura del pesimismo” de Walter Benjamin, el “billboard world” de Fredric Jameson y
la noción de “experiencia posmoderna” de Baudrillard en convulso contubernio con la
“hegemonía” de Gramsci (O’Connor 1996: 189-190). Lejos de constituir un eclecticismo
bien ensamblado, la teoría en cuestión, como ha observado Greil Marcus, “no tiene más
sustento que su habilidad de flotar en el aire” (Marcus 1986: 78). En la trama de los
textos los diversos conceptos se acomodan donde se puede, sin que sea factible discernir
un plan razonable, o algún ensayo de coordinación entre categorías solapadas, indepen-
dientes o contradictorias.
La peculiar versión “crítica, multicultural y multi-perspectiva” de los estudios culturales
que promueve Douglas Kellner, a su turno, propone desarrollar nada menos que una sín-
tesis de teoría social, crítica cultural y pedagogía de medios para iluminar la sociedad
contemporánea, la cultura y la política. Con escaso sentido de la mesura y la redundancia,
la síntesis se logra combinando filosofía, teoría social, crítica cultural y análisis político.

50
Luego de eso, Kellner acumulará con escasas modificaciones las “excitantes innovacio-
nes teóricas” del multiculturalismo, el feminismo, la Escuela de Frankfurt, el CCCS, el
posestructuralismo y el posmodernismo (Kellner 1995: 8 et passim). En ocasiones, los
cambios consisten en operaciones que resulta imposible imaginar y que no se desarrollan
sino que sólo se enuncian: expurgar la concepción estética de Theodor Adorno de su eli-
tismo, por ejemplo, para utilizar productivamente lo que queda (Kellner 1995: 28).
Mejor no revisar cómo es que toda esa constelación de disciplinas, teorías y conceptos se
extrapola al movimiento y se utiliza en su práctica. Hallaríamos, en el mejor de los casos,
partículas inconexas de discurso que se hallan muy lejos de justificar todo lo que los cul-
turistas vienen diciendo sobre la excelencia y la fluidez teórica de su movimiento. El uso
selectivo de los modelos ha contribuido a la reafirmación de los postulados ideológicos
fundamentales, antes que al refinamiento de los marcos teóricos o a la comprensión de las
realidades. Esto es explícito y hasta cierto punto oficial: los modelos se usan hasta donde
conviene, y luego el resto se descarta o se encubre (Johnson 1996: 75). De este modo, en
el traído y llevado modelo culturista de encoding/decoding (que se supone vendría de la
semiología pos-saussureana) encontramos alguna referencia a los códigos subyacentes y a
la arbitrariedad del signo, pero ningún intento por deslindar un sistema semiológico cabal
(véanse Hall 1973, 1980a; Hebdige 1979; Brantlinger 1990: 78-79; Turner 1990: 89-94;
Fiske 1996a; Corner 1986)8. De manera análoga, en las apropiaciones de un psicoanálisis
sorprendentemente reivindicado vemos desfilar la distinción lacaniana entre lo imagina-
rio y lo simbólico, o palabras sueltas sobre las profundas raíces del placer, el estadio del
espejo o el inconsciente estructurado como lenguaje, pero ninguna elaboración de las es-
tructuras edípicas universales, la cuestión clínica, las pulsiones, el falo o la neurosis
(Morley 1989; Brantlinger 1990: 103; Turner 1990: 28-29, 106-107; Bhabha 1992: 59-60;
McRobbie 1992: 722-723; Grossberg 1997a: 66-67, 159-160).
La situación que se encuentra más a menudo, entonces, es una adopción de los conceptos
accesorios o mediadores de los modelos originales (en todo caso siempre las categorías
más públicas y manifiestas), con un olvido concomitante de los objetivos teóricos mayo-
res y de los marcos envolventes que otorgan a aquellos conceptos su sentido. Y creo que
estoy concediendo demasiado, pues lo que se ve con mayor frecuencia en todos los trata-
mientos mencionados es que se usa algún concepto disociado, pero se insinúa que se está
echando mano de un saber o una disciplina fundante: se dice ‘cultura’ y se implica que
detrás del uso del término hay una antropología que lo respalda; y lo mismo para ‘signo’
y la semiología, para ‘placer’ y el psicoanálisis, o hasta para ‘hegemonía’ y una concep-
ción política. Más adelante tendremos ocasión de comprobar qué sucedió, por ejemplo, el
día que algunos culturistas inclinados hacia el subjetivismo tomaron conceptos como el
‘capital simbólico’ o el habitus, insinuando que al hacerlo contaban con el respaldo de
Bourdieu.
Que los culturistas mezclan sin elaborar no es de ningún modo una ilusión mía, fruto de
una lectura selectiva o de una interpretación retorcida: es por el contrario un hecho pal-
8
Podría escribirse más de un libro sobre las debilidades en el uso de técnicas analíticas ‘semiológicas’ en
los estudios culturales. Por lo general, los textos de referencia se basan en aplicaciones contingentes de
ideas que remiten a teorías sígnicas mal delimitadas, mezclan autores y escuelas incompatibles, insinúan
patrones genéricos a partir de un número exiguo de observaciones efectivas, y perciben dimensiones se-
mánticas, regímenes pragmáticos o tramas ideológicas donde, en el mejor de los casos, no hay más que un
puñado de indicios sintácticos (véase Corner 1985 para una crítica de la decodificación culturista).

51
pable que hasta algunos de los más ardientes partidarios han comenzado a percibir. Tony
Bennett ha expresado recientemente:
“ … [L]a necesidad de definir precisamente cómo es que un sistema emergente de pensa-
miento se apropia y combina las técnicas y métodos de disciplinas existentes en nuevas
configuraciones distintivas no puede ser diferido de forma indefinida. Si ha habido reti-
cencia en llevar adelante estas cuestiones en los estudios culturales, esto es quizás atribui-
ble a lo que puede definirse como … un modo de ‘estar en la verdad’: la perspectiva de
que los estudios culturales ofrecen la posibilidad de un conocimiento que, al estar ‘más a-
llá de las disciplinas’ será también un conocimiento sin límites ni constricciones”
(Bennett 1998: 41).
Las referencias anteriores nos fuerzan a inducir una conclusión: la forma pautada para
sintetizar la exuberancia teórica y metodológica de los estudios culturales consiste en el
cómputo ceremonial más o menos glosado de las técnicas, los métodos, las disciplinas y
los campos preexistentes o contemporáneos, con las alteraciones diacríticas de rigor. ¿Es-
tos son los argumentos que corroboran su excelencia? ¿Cómo se puede llegar a la sofisti-
cación cuando todo el aparato discursivo le viene de afuera y en pedazos, sin el menor
conato de tratamiento de posturas alternativas o de las elaboraciones críticas que se han
hecho en sus contextos de origen?
Podría escribirse un libro entero sobre los procedimientos de desleimiento teórico en los
trabajos culturistas, las formas en que las teorías exógenas a partir de las cuales se reali-
zan los préstamos categoriales decantan en un puñado de categorías, o las operaciones
discursivas mediante las cuales conceptos dispersos (como ‘articulación’ o ‘resistencia’)
se promueven sin mucha discusión al estatuto de teorías orgánicas. La ligereza epistemo-
lógica imperante ha dado lugar a que las viejas exigencias del trabajo profesional se
relajen hasta lo inverosímil. Muy pocos se sienten obligados, por ejemplo, a leer en forma
directa a los autores que proporcionan el aparato conceptual, o a situar las teorías y los
conceptos en su contexto de origen.
En efecto, el interesante tratado de David Harris sobre los efectos del gramscianismo en
el movimiento pudo ser escrito sin mencionar una sola obra, frase o palabra de Gramsci,
y sin ni siquiera la delicadeza de incluir un texto gramsciano cualquiera en la bibliografía
como para cubrir las apariencias (Harris 1992: 206-214). Lo mismo sucede en la discu-
sión de Jennifer Slack sobre el concepto gramsciano de articulación (Slack 1996), en el
cuestionamiento de David Chaney a las teorías de la hegemonía (Chaney 1994), o en la
crítica de Jim McGuigan al populismo cultural (McGuigan 1992), textos todos en los que
las ideas de Gramsci desempeñan un papel substancial. Cuando Fred Inglis echó una mi-
rada sobre el único texto de Gramsci mencionado en la tradición culturista (una selección
de sus escritos de prisión, por supuesto en inglés), se sorprendió de encontrar una llaneza
de estilo y claridad de exposición que nunca había imaginado a través de la lectura de sus
“docenas de meritorios expositores” (Inglis 1993: 75). Durante décadas, el movimiento
abrevó en una única selección de las Notas de la prisión editadas por Hoare y Nowell-
Smith (Gramsci 1971) que representan en el mejor de los casos poco más del diez por
ciento de los 33 libros y las 2878 páginas que Gramsci escribió en la cárcel. Dos mil de
esas páginas, valga la aclaración, estaban ya disponibles en italiano en 19649 (Gramsci
9
En Argentina, Héctor Agosti había ya editado gran parte de la obra de Gramsci a fines de la década de
1950. Tanto Agosti como el sociólogo Juan Carlos Portantiero utilizaron ese fondo editorial con una solven-

52
1981: 14-15; Knauft 1996: 185, 307); pero ni un solo culturista se asomó jamás a estos
documentos, no obstante ser la fuente presunta de al menos dos de sus conceptos
sustanciales.

Los usos de la teoría

Invito a todos los lectores a una comprobación metodológica adicional: releer las investi-
gaciones culturistas fundamentales (las más atractivas y las mejores) para corroborar en
qué medida los hallazgos, los datos reveladores y la riqueza de resultados dependen o no
de una toma de posición teórica, del despliegue de un método o de una conceptualización
apropiada. Mi punto de vista (y no he dado aun con ninguna excepción importante) es
que en el culturismo la teoría y el método van hacia un lado y los resultados concretos
vienen de otro. ¿De dónde? Pues del interés intrínseco del tema estudiado, de la
percepción atenta, de la sagacidad del investigador o de sus informantes, del buen estilo,
de la contundencia de los hechos escogidos y de la lectura no necesariamente teórica de
la realidad misma. Por eso son siempre mejores las tramas que los desenlaces, y siempre
más apasionante lo que se puede averiguar del lado sucio de Madonna, Dinastía o Duro
de matar que lo que el estudioso tiene que acotar en términos de teoría.
Examinemos unos pocos casos definiendo cuatro textos clave escogidos más o menos al
azar, estipulando sus temas y marcos teóricos y evaluando lo que críticos o autores seña-
lan como su hallazgo esencial, para indagar de inmediato si la teoría y el método han te-
nido algo que ver en su producción. Aquí van los ejemplos:
• La serie Bad news, del Glasgow University Media Group (1976, 1980, 1982), se dedi-
có al examen crítico de los noticieros británicos de la época. A despecho que el tema
es de un interés más bien local, las 700 páginas de los tres volúmenes se leen todavía
con agrado. Los métodos que dicen utilizarse se identifican pomposamente: análisis
de contenido, sociolingüística y diversos formalismos textuales descriptivos (Collins
1992: 70). Si se mira bien se comprobará que lo que se desenvuelve es en realidad
simple sentido común: el ‘análisis de contenido’ es una lectura sintomática tan inespe-
cífica y tan técnica como puede serlo el hablar en prosa, y la ‘sociolingüística’ sólo
implica que los materiales a analizar (obviamente, textos) se ponen en su debido
escenario de tiempo, política y lugar. Hay, es verdad, descripciones textuales, pero ni
un solo ‘formalismo’. Es más, el Grupo rechaza taxativamente todo lo que tenga que
ver con el “aparato conceptual de la semiótica” (1980: 202). El hallazgo más impor-
tante de los estudios no es una respuesta sino una pregunta: si las noticias pueden o no
seguir siendo consideradas representaciones fácticas de los sucesos cotidianos. Amén
de eso, se pone en tela de juicio que las noticias sean simplemente un reflejo de la
verdad, y se enfatiza su carácter provisional y relativo (Collins 1992: 77-78). ¿Hace
falta desplegar laboriosamente una teoría para saberlo?
• Policing the crisis (Hall et al. 1978) es un densísimo libro colectivo cuyo tópico es la
política cultural de la raza en Gran Bretaña, acompañado de un programa de ‘inter-
vención’ en las luchas de los grupos explotados y oprimidos. El marco teórico es co-

cia de manejo bibliográfico y una capacidad de lectura política que ningún practicante de estudios cul-
turales igualó jamás (véanse Néstor Kohan, “Profecías de la cárcel”, Clarín, Suplemento Cultura y Nación,
13/2/2000, p. 10; J. C. Portantiero, Los usos de Gramsci, Buenos Aires, Grijalbo, 1999; Gramsci 1981).

53
pioso y variado: fuertes dosis de gramscianismo, algo de semiótica como para poner
en marcha el modelo de encoding/decoding, discusiones pormenorizadas sobre la de-
notación de conceptos tales como lumpenproletariat, definiciones y ejemplos de una
“cultura de la resistencia”, etc. El hilo conductor es el análisis del fenómeno de los
atracos con violencia física, su tratamiento en las noticias y en la legislación y el fe-
nómeno del “pánico moral”, extraída de los teóricos de la desviación de la década de
1950. El lector encuentra una retahíla de descripciones lóbregas y una multitud de
razones para indignarse contra los ejecutores del poder y la opresión. El hallazgo
principal de Policing es “una demostración positiva de las maneras en que las formas
culturales y los contextos culturales, incluyendo relaciones de poder y explotación,
están manifiestamente interconectadas, y de la imposibilidad de estudiar las unas sin
estudiar las otras” (Barker 1992: 85). Mi conclusión personal en este caso es que la
‘interconexión manifiesta’ entre formas culturales y contextos es un hecho consabido,
y que por lo menos desde los tiempos del joven Marx se admite que el poder y la ex-
plotación tienen también algo que ver con eso. Aunque esa constatación fuese de ve-
ras un hallazgo ¿Puede alguien creer que Hall y sus co-autores salieron a investigar el
asunto y que fue su marco teórico “no reduccionista” el que proporcionó ese inespe-
rado descubrimiento?
• Subculture: The meaning of style, de Dick Hebdige (1979) es un intento de estudiar
los significados culturales y la lógica interna del movimiento punk como formas de
lenguaje que poseen su propia coherencia. El punk es puesto en contraste contra otras
formas subculturales, como los hipsters, los mods, los beats, los teddy boys y los
skinheads. El encanto del libro le viene del colorido chirriante de su objeto, de la irre-
verencia de sus actores principales, de la descripción de sus extraños códigos, de su
música sin melodía, del pogo, de su culto al exceso. Lo que haría las veces de aparato
teórico es una sucesión de referencias desperdigadas, primero semiológicas y luego
posestructuralistas que abarcan desde la lengua y el habla de Saussure a las prácticas
significantes de Kristeva, pasando por la dialógica de Vološinov, los mitos de Roland
Barthes y el concepto estructuralista de la ideología pergeñado por Althusser. Según
sean las características del aspecto de la subcultura que se analizan, una u otra será la
teoría (o tal vez mejor, el nomenclador conceptual) del que se eche mano en un mo-
mento dado. Hebdige y sus críticos señalan dos hallazgos. El primero es teórico y me-
todológico, y reza así: las diversas teorías semiológicas y posestructurales utilizadas
tienen sus limitaciones, sus pros y sus contras (Beezer 1992: 105). El segundo es sus-
tancial: Hebdige asegura que las diversas subculturas juveniles de posguerra se com-
portan como “semiólogos prácticos” o “semiólogos naturales”. A diferencia de un
semiólogo teórico que busca descubrir los códigos o convenciones que gobiernan la
construcción de significados culturales, Hebdige argumenta que los grupos subcultu-
rales efectúan una disrupción de los códigos dominantes adoptando estilos y códigos
distintivos (Hebdige 1979: 17-18). Ninguno de los descubrimientos de Hebdige a-
porta nada nuevo: todo el mundo sabe desde el vamos que las teorías, cualesquiera
sean, tienen un alcance limitado, ventajas y desventajas; ningún conjunto de concep-
tos puede intentar cubrir con la misma eficacia todos los objetos en que se nos ocurra
fijar nuestra atención. En cuanto al segundo hallazgo, alcanza con cruzarse con un
punk en la calle, con el pelo teñido de verde y alfileres en las mejillas, para inferir de

54
inmediato que el joven ha adoptado un estilo distintivo, y que seguramente pretende
comunicar algo con eso.
• En Media culture, Douglas Kellner (1995) nos proporciona un entretenido examen de
varios fenómenos culturales: Madonna, Beavis & Butt-Head, Rambo, Platoon, Polter-
geist, Do the right thing, el rap, Miami Vice y hasta la representación mediática de la
guerra del Golfo. Su presunto aparato teórico es agobiante, y alternativamente se lo e-
tiqueta con nombres ampulosos, como “multiculturalismo crítico”, “estudios cultura-
les de múltiples perspectivas” o “estudios culturales contextuales”. La verdad es que
la estructura de este aparato es ecléctica, una vez más proclive al sentido común, y
que no está muy claro si existe o no un plan orgánico de hipótesis a demostrar apo-
yándose en él, fuera del hecho de que la vida sería más sencilla si se dispone de un
gran número de teorías que si uno trata de aferrarse a una sola. Por eso tampoco hay
conclusiones palpables, salvo algunas que parecen ir brotando espontáneamente: Ma-
donna es tanto moderna como posmoderna, Rambo responde a la ideología reaga-
niana, las películas de terror despiertan sentimientos perturbadores, el rap es al mismo
tiempo machista y radical, los medios pueden disparar efectos perniciosos (aunque
habría que analizar críticamente la cuestión) y así por el estilo. Lo concreto es que la
parte descriptiva, consistente en datos estupendos y muy bien contextualizados, se
deja leer con deleite. Pero la puntillosa elaboración teórica del modelo personal de
Kellner flota a su alrededor en las introducciones y conclusiones de cada capítulo,
como invitando al lector a tomar, en la primera oportunidad que se le presente, algún
curso de lectura veloz.
Confío en que la idea haya quedado delineada. La idea establece simplemente: (a) que en
los estudios culturales la teoría y el método son, aun en los mejores estudios que se han
realizado, obstructivos, circulares, periféricos o superfluos, y (b) que no guardan ninguna
relación sistemática con la riqueza de su contribución argumentativa. Por cierto, en el
corpus puede haber cierto número de excepciones; pero con los casos expuestos alcanza
para sospechar que el término medio, el estudio cultural arquetípico, refrenda ese diag-
nóstico.

Los aportes del culturismo

Cada vez que pueden, los culturistas exaltan calurosamente lo mucho que sus investiga-
ciones y prácticas teóricas nos han enseñado. La identificación precisa de esos logros, sin
embargo, no es algo con lo que uno se cruce todos los días. Las crónicas retrospectivas de
las hazañas que las tipifiquen y las señalen con claridad son casi imposibles de encontrar
en la bibliografía. Por añadidura, las numerosas historias del movimiento, a pesar de re-
currir periódicamente a la celebración del valor del culturismo, han relativizado todas y
cada una de las etapas de su trayectoria con intervenciones críticas que, a decir verdad, no
dejan mucho en pie (Brantlinger 1990; Turner 1990; Harris 1992; Inglis 1993).
Si bien algunos sostienen, como Graeme Turner (1990: 11), que los estudios culturales
“nos han permitido comprender fenómenos y relaciones que no eran accesibles a través
de las disciplinas existentes”, muy rara vez se encontrarán identificados con precisión
cuáles podrían haber sido esos fenómenos y relaciones, o explicado el impedimento que
negaba a las disciplinas el acceso a semejante clarividencia. Mi hipótesis en este punto es

55
que, a despecho de la profusión de apologías y de la sobreabundancia de alardes, el a-
porte sustantivo de los estudios culturales ha sido apenas modesto, y en la mayoría de los
casos de un carácter si se quiere trivial. Ya hemos entrevisto algo de esto en el apartado
anterior; en este momento me propongo sistematizar la idea, examinando los escasos do-
cumentos que hacen explícita la naturaleza y carácter de esas contribuciones.
Buena parte de los estudios más apreciados del período clásico del culturismo llaman hoy
la atención por su fuerte tono sociológico. Se trata de una dimensión que no ha sido reco-
nocida y que ha quedado históricamente asordinada, a la sombra de un repertorio de actos
de contraste con la sociología constituida que hoy se reconocen exagerados. En una frase
que él admite sinuosa, expresa David Chaney:
“[U]n elemento esencial de la distintividad de las nuevas formas de compromiso [de los
estudios culturales] con la cultura es un giro mayormente no reconocido hacia (casi una
adopción de) una perspectiva sociológica. En la práctica, creo que hoy podemos ver que
esa adopción fue en el mejor de los casos selectiva, que constituyó (un poco como corres-
pondía) la adopción de una imagen, y en su entusiasmo ignoró la complejidad de la tradi-
ción sociológica (y en algunas variantes tales como la del período de culminación del
Centre de Birmingham fue casi voluntariamente antisociológica)” (Chaney 1994: 18).
Chaney prosigue su análisis examinando algunos aportes sociológicos anteriores o de la
misma época, que después de todo no difieren drásticamente de los que el culturismo ha
cultivado. Muchos de los estudios sociológicos, por otra parte, prefiguran y ponen en ac-
ción esos “fenómenos y relaciones no accesibles a las disciplinas” que Graeme Turner no
fue capaz de ejemplificar con casos culturistas para ilustrar su argumento. Lo que podría
haber sido distintivo de los estudios culturales (un ejemplo podría ser lo que expresó Ri-
chard Johnson en la conferencia de la British Sociological Association de 1978) es un én-
fasis en problemáticas de clase que de todas maneras el culturismo ha abandonado desde
aquel entonces, y que el mismo Chaney encuentra formulado de una manera decepcio-
nante (Chaney 1994: 21-22).
Menos convenientes aun para la causa de la beatificación de los estudios culturales es el
análisis del propio Chaney acerca de “qué hemos aprendido de los estudios culturales”,
sin duda la reseña más espaciosa y elaborada sobre el particular, y hasta el momento la ú-
nica que conozco acerca de ese tópico (Chaney 1994: 42-88). Los rubros de esa enseñan-
za culturista son desarrollados por Chaney en cinco secciones sucesivas sobre (1) el de-
terminismo social, (2) la historia cultural, (3) la reproducción cultural, (4) la representa-
ción cultural, y (5) el consumo y el estilo. Paulatina, y no del todo deliberadamente, Cha-
ney termina vinculando el primero a la tradición de Durkheim y la idea de los hechos so-
ciales como cosas, el segundo a la historia cultural marxista de Thompson o Hobsbawm,
el tercero a la sociología de Anthony Giddens y Pierre Bourdieu, y el cuarto al concepto
(también sociológico) de la construcción social del significado. En otras palabras, las en-
señanzas que constituirían lo mejor del legado culturista no difieren mucho de otros sa-
beres tradicionales, materializados en otras disciplinas en términos de marcos y paradig-
mas más variados, más cosmopolitas, y acompañados de una elaboración teórica menos
agonística y más extensa. Sobre el último rubro, “consumo y estilo”, ligado a la analítica
de los medios de comunicación, será mejor, creo, analizar los siguientes elementos de
juicio.

56
Uno de los logros más celebrados del culturismo ha sido, desde siempre, su teatral im-
pugnación de la teoría dominante de la comunicación de masas. En su forma más popu-
lar, se nos dice, esta teoría afirmaba que los medios de comunicación infundían o insti-
laban contenidos y juicios de valor sobre una audiencia más bien pasiva, operando como
una especie de jeringa hipodérmica. La teoría culturista, conocida como el “enfoque de u-
sos y satisfacciones” vino a poner las cosas en su lugar, introduciendo el concepto de la
audiencia activa (Morley 1989: 16-17). El número de culturistas que encomian esta in-
novación como una de las hazañas culminantes del movimiento es abrumador (Turner
1990: 131-165; McGuigan 1992: 129-168; Chaney 1994: 13-18; O’Sullivan et al. 1994:
19, 20, 137; Ang 1996: 239-240; Slack 1996: 123-125).
Pues bien, este es el mito. La realidad es otra. Lo prodigioso del caso es que esa realidad
fue desvelada por el profesor de comunicación James Curran, de la Universidad de Lon-
dres, en una sucesión de estudios basada pura y simplemente en la lectura de los textos
que se suponían representativos de la tradición hipodérmica. Para Curran toda la glorifi-
cación del enfoque culturista es
“… una impresionante, aunque repetida con frecuencia, caricatura de la historia de los
estudios de comunicación que elimina a toda una generación de investigadores. Presenta
como una innovación lo que en realidad es un proceso de redescubrimiento. Esta mitifica-
ción tiene también el efecto de oscurecer las múltiples líneas de intersección entre los es-
tudios de comunicación del pasado … y el nuevo revisionismo. En ningún caso puede a-
firmarse que la investigación sobre los efectos se haya visto ‘dominada’ por el modelo
hipodérmico. Al contrario, su fuerza principal desde los años cuarenta fue reivindicar la
independencia y la autonomía de los audiencias de los medios de comunicación y disipar
la extendida noción de que la gente se deja influir fácilmente por los medios. Esto lo hizo
desarrollando muchas de las mismas revelaciones que se han proclamado como nuevas en
la reciente racha de estudios sobre la ‘recepción’, aunque en un lenguaje técnico distinto
y en algunas ocasiones con menor sutileza” (Curran 1998: 396).
Desde la teoría de la comunicación, W. Evans también considera que los autores de la tra-
dición interpretativa en los estudios culturales han tendido a presentar los defectos del
modelo convencional del ‘efecto hipodérmico’ pergeñando una figura de paja, en contras-
te con la cual sus propias posturas se percibirían con mayor facilidad como más sofistica-
das (Evans 1990). El modelo hipodérmico o narcótico por supuesto existió; pero ya hace
medio siglo que ha sido adecuadamente impugnado por algunos de los autores clásicos de
la teoría de la comunicación, una década antes que tuviera lugar la fundación misma de
los estudios culturales.
Aun no siendo especialista, husmeando en mi biblioteca personal de textos comunica-
cionales (que es más bien rala y asistemática) he podido comprobar puntualmente las re-
ferencias de Curran a los estudios de Lazarsfeld, Berelson y Gaudet de 1944, a los de Hy-
man y Sheatsley de 1947, a los de Hastorf y Cantril de 1954 y a un número considerable
de investigaciones norteamericanas e inglesas que corroboran la miticidad de la construc-
ción culturista. No cabe la menor duda de esto: los culturistas no sólo reinventaron la rue-
da, sino que sustrajeron la idea de (o ignoraron a) aquellos autores a los que pretendían a-
vergonzar. Más aun, Curran ha señalado que esos trabajos fundantes de los años cuarenta
y cincuenta, habían sido reeditados en Inglaterra en la década de 1970, un poco antes que
los culturistas elaboraran lo que pasaría por su descubrimiento magno. En castellano hay

57
abundante bibliografía que ratifica la postura de Curran y revela un panorama de teorías
en la sociología de comunicación de masas tanto o más interesante que las elaboradas por
los culturistas décadas más tarde; y si bien no se perciben en aquellas antiguas teorías los
recursos semiológicos y etnográficos de que se haría gala más tarde, tampoco hay trazas
de los rictus movimientistas, las efusiones de jerga o el populismo en los que luego se in-
curriría (véanse Moragas 1982; Statera 1982).
Ante el acoso crítico, David Morley, el principal promotor de la fábula, intentó defender
lo indefendible en un rejoinder tras otro (Curran et al. 1998: 383-454). Pero lo signifi-
cativo es que tuvo que reconocer, al menos, su “falta de reconocimiento” y su “desaten-
ción” de la obra de aquellos estudiosos tempranos sobre cuya ignominia el culturismo a-
plicado a los medios construyó buena parte de su gloria. En algún momento Morley llegó
a echar la culpa a los críticos por no haberse dado cuenta antes que el descubrimiento cul-
turista era ilusorio. Pero la verdad de la cuestión es que los que deberían haber advertido
que estaban reinventando la rueda son los propios teóricos culturistas de la corriente de
‘usos y gratificaciones’, quienes no se preocuparon en absoluto por establecer lo que en
cualquier otra disciplina califica como el estado de la cuestión.
Diversos críticos han llamado la atención sobre la estrecha convivencia que los estudios
culturales, más allá de toda su jerga, mantienen con el sentido común. En su crítica a la
compilación de Morley y Chen (1996), Ben Rogers sostiene que los estudios culturales
nos han legado poco más que una serie de truismos, como por ejemplo:
“… nuestras … sociedades posindustriales están atravesadas por conflictos basados en el
sexo, la raza, la religión, tanto como en la clase; y el sentido de identidad de la gente está
conformado no sólo por factores políticos, sino también culturales. … Esto parece tan
obviamente una movida en dirección al sentido común que dudosamente merece toda esta
atención” (Rogers 1996, citado por Morley 1998a: 477).
Lo que es significativo, sin embargo, no es tanto el pequeño paquete de obviedades seña-
ladas por Rogers como la defensa que los culturistas intentan frente a esta profanación de
su orgullo. En lugar de argumentar que el aporte culturista consiste en algo más que un
montón de truismos, David Morley señala que “si las cosas a las que este crítico se refiere
son ahora ‘sentido común’, ello es en gran medida gracias a que el trabajo de los estudios
culturales lo ha convertido en eso” (Morley 1998a: 477). Se considere o no satisfactoria
esta racionalización, lo concreto es que hay una gran distancia entre la celebración del
saber innovador que habrían acarreado los estudios culturales y el reconocimiento de que
su aporte se percibe ahora, en el mejor de los casos, gracias a quien fuere, como algo con-
sabido.

Deconstrucción de un concepto: Articulación

No pretendo describir ni explicar aquí los múltiples sentidos que se han embutido en esta
palabra arquetípica de la conceptualización culturista. Algunos teóricos, y antes que nadie
Stuart Hall, se congratulan de que en inglés el término connote no solamente una instan-
cia relacional entre entidades o procesos, sino una dimensión lingüística: como cuando se
habla del “lenguaje articulado”, por ejemplo (Hall en Grossberg 1996b: 141). Esta di-
mensión (que lejos de ser peculiar al inglés se presenta también en todas las lenguas lati-
nas) parece resguardar al concepto de todo esencialismo. Sin embargo, como lo hace no-

58
tar S. Crook, la teoría del discurso que hay atrás de esta idea es ella misma esencialista,
dado que alega que el discurso constituye todas las cosas (Crook 1991).
¿Qué es la articulación? Veamos algunas definiciones. Estas dos vienen de Stuart Hall:
“Articulación es la conexión que puede constituir una unidad de dos diferentes elemen-
tos, bajo ciertas condiciones. Es un encadenamiento que no es necesario, determinado,
absoluto y esencial por todo el tiempo. Usted tiene que preguntar: ¿bajo qué circunstan-
cias se puede forjar o hacer una conexión? La así llamada ‘unidad’ del discurso es en rea-
lidad la articulación de elementos diferentes, distintos, que se pueden rearticular de dife-
rentes maneras, porque no tienen una ‘pertenencia’ definida. La unidad que nos interesa
es un encadenamiento entre el discurso articulado y las fuerzas sociales con las que pue-
de, bajo ciertas condiciones históricas, pero no necesariamente, conectarse” (Hall 1996b:
141).
“La unidad formada por esta combinación o articulación es siempre, necesariamente, una
‘estructura compleja’: una estructura en que las cosas están relacionadas, tanto a través de
sus diferencias como a través de sus similitudes” (Hall 1980b: 325).
Esta es una definición suministrada por Lawrence Grossberg:
“La articulación es la producción de identidad por encima de las diferencias, de unidades
a partir de los fragmentos, de estructuras a través de las prácticas. La articulación vincula
esta práctica a este efecto, este texto a ese significado, este significado a esa realidad, esta
experiencia a aquellas políticas. Y estos encadenamientos están ellos mismos articulados
en estructuras mayores, etc” (Grossberg 1992: 54).
Esta otra proviene de John Hartley:
“En los estudios culturales lo que puede articularse son fuerzas sociales de gran escala
(especialmente modos de producción), en una configuración o formación en una época en
particular, llamada una coyuntura, para producir los determinantes estructurales de una
práctica, texto o suceso determinados. … [L]a articulación describe no solamente una
combinación de fuerzas, sino una relación jerárquica entre ellas” (Hartley en O’Sullivan
et al. 1994: 17).
La última definición afirma que el término proviene de los análisis marxistas, donde se
refiere a la articulación de diversos modos de producción (capitalista, feudal, incluso co-
munal) en los que uno de ellos se estructura en dominación de los otros (los “sobredeter-
mina”), o los integra a los mecanismos de su propia reproducción. Con el transcurso del
tiempo, sin embargo, “el término se ha extendido para incluir la articulación de otras
fuerzas sociales. De este modo, se puede leer, por ejemplo, sobre la articulación de raza y
clase en un análisis de la música subcultural; o sobre la articulación de género y nación
en un análisis del deporte” (O’Sullivan et al. 1994: 18). De creer a Hartley, no existiría
empero en la definición originaria del término (la marxista) ninguna implicación discur-
siva.
Si se miran un poco más de cerca las definiciones suministradas, se verá asimismo que,
en tanto definiciones, son autoinvalidantes. Stuart Hall, por ejemplo, afirma que la articu-
lación constituye una unidad, para especificar de inmediato que dicha unidad no es
estable, sino no necesaria, no permanente, no esencial (Hall 1996b: 141). Ante tal fuga-
cidad y contingencia ¿en qué sentido constituye una unidad, si puede saberse? ¿Cuál es el
objeto de postular una unidad, entonces, si la misma, por definición, ni puede extrapolar-

59
se a otros casos ni es esencial para el que se está tratando? La segunda caracterización de
Hall y la que brinda Hartley, consideradas “definiciones” por Slack (1996), no nos dicen
en realidad lo que la articulación es, sino cuáles son ocasionalmente sus atributos: las
frases describen y califican, pero de ningún modo definen. La definición de Grossberg,
por último, trasparenta que la articulación es una postulación de encadenamientos o
vínculos por parte del estudioso: un cambio de nombres para una operación analítica
inevitable, en todo caso, que no posee metodológicamente ninguna marca específica, ni
está asociada a ninguna exigencia particular de demostración.
Con definición o sin ella, nada más oscuro que las transformaciones del concepto a través
del tiempo. Las historias culturistas del concepto aseguran que Stuart Hall tomó la idea
de Ernesto Laclau, quien a su vez (se implica) la sacó de Antonio Gramsci. ¿De quién, si
no? Dice Jennifer Slack que “para Gramsci, las nociones de hegemonía, articulación e
ideología como sentido común han sido influyentes, tanto a través de su apropiación por
Althusser como en forma independiente” (Slack 1996: 117). La afirmación de Slack en el
sentido que Gramsci “ofrece una forma de comprender la hegemonía como la lucha por
construir (articular y re-articular) el sentido común a partir de un conjunto de intereses,
creencias y prácticas” (Slack: loc. cit) no está avalada por una lectura directa de Gramsci,
a quien Slack no cita; ninguno de los textos de Gramsci, de hecho, se incluye en su bi-
bliografía. Y esta falta de lectura, inadmisible en un texto que se espera esclarezca la gé-
nesis de una idea, no deja de tener consecuencias. Hasta donde he podido averiguar, y
contrariamente a la creencia general, Gramsci nunca definió ni desarrolló el término, ni lo
usó en otro contexto más que como verbo circunstancial en frases en las que el sujeto
principal no es la articulación sino la hegemonía. Fredric Jameson, trazando la genealogía
a instancias de las indicaciones que le dio Perry Anderson, especula que quien lo puso en
circulación fue Althusser, tomando el concepto de Gliederung de los Grundrisse de Marx
(Jameson 1995: 626). Jameson es taxativo: el concepto, que se supone representa el ápice
del momento gramsciano en los estudios culturales, no se encuentra jamás en Gramsci
(Op. cit.: 644, n. 7).
Los culturistas están persuadidos que existe algo así como una ‘teoría de la articulación’,
que les sería propia, por más que el término provenga de afuera del movimiento. También
existiría por alguna parte un ‘método de la articulación’. Jennifer Slack, que habla tanto
de aquella teoría como de este método, señala que la articulación puede parecer a priori
un concepto simple y controlable; pero al haberse desarrollado en relación con posiciones
epistemológicas y condiciones políticas cambiantes, ya no es tan fácil saber cuáles son
los límites del concepto, o los perfiles de la teoría y el método que le corresponden (Slack
1996: 112-113). Y aquí la misma Slack toca el nervio: al tratar de definir qué es la articu-
lación, dice, nos damos cuenta de que no es nada (ibid.: 117). Extraño caso: en toda cien-
cia humana se requiere que los conceptos sean algo, si es que vamos a hablar de una teo-
ría; no necesariamente una cosa material, tangible, corpórea, delineada, pero al menos sí
algo. Un concepto teórico, por otra parte, se supone que está para clarificar una cuestión,
y no para introducir vaguedades adicionales. Aquí resulta que la teoría y el método de los
que el movimiento se jacta, se esfuman apenas se los mira fijo.
Si volvemos a las definiciones de la articulación proporcionada por Hall o por Grossberg,
percibiremos además que el espacio semántico de la palabra es demasiado amplio: la ‘ar-
ticulación’ termina siendo una simple ‘relación’ más o menos contingente, como la que

60
parecería establecerse en el discurso. Dejemos de lado que los culturistas no parecen es-
tablecer diferencia entre sintaxis, semántica, gramática, lenguaje, lengua, habla, conver-
sación, texto y discurso, que son entidades usualmente diferenciadas en lingüística, socio-
lingüística, análisis del discurso y semiología, con una multitud de teorías y modelos es-
pecíficos asociados, habitualmente en mutuo conflicto. Los estudios culturales estiman
muy productiva la afinidad entre su concepto de articulación y una ‘discursividad’ sui ge-
neris, pero no desarrollan la idea en lo más mínimo; lo que es más grave es que tampoco
la vinculan con una teoría discursiva en particular. Como sea, si la imagen rectora de este
modelo va a ser el discurso, por más que se lo entienda en un sentido muy amplio y muy
impreciso, habrá que tener en cuenta que la utilización del símil discursivo tiene un costo:
 Constricciones: En primer lugar hay que advertir que la sintaxis discursiva admite un
número muy grande de articulaciones posibles; pero ese número es correlativo a una
cifra también significativa de constreñimientos bien conocidos: la coordinación de gé-
nero y número, por nombrar uno, o lo que los pragmáticos llaman máximas, implica-
turas, hiponimias, principios. En la extrapolación culturista del concepto hay algún in-
dicio de aquella riqueza de alternativas, pero no existe el menor rastro de estas cons-
tricciones, como si cualquier cosa se pudiera articular con cualquier otra, en cualquier
estado, contexto y circunstancia, y de cualquier manera. El problema es que cuando
se articulan dos objetos heterogéneos (p. ej. ‘clase’ con ‘ideología’) ya no existen cri-
terios compartidos (p. ej. los dichos género y número) mediante los cuales establecer
su coordinación: ambos objetos poseen diferentes juegos de atributos. En con-
secuencia, el discurso y el lenguaje demuestran no ser heurísticas de alcance sufi-
ciente para esta clase de relación heteróclita. O, como tal vez resulte más adecuado
decir (porque el problema no radica en el esquema lingüístico original, sino en su in-
tento de extrapolación), el modelo del lenguaje no se puede sustanciar o re-usar ade-
cuadamente cuando se lo aplica a un objeto tan disímil.
 Homogeneidad: En segundo lugar, lo que se articula en el lenguaje es siempre un con-
junto lineal de elementos de la misma naturaleza y del mismo nivel de tipificación:
fonemas entre sí, morfemas entre sí, frases entre sí. En el objeto de estudio de los es-
tudios culturales las cosas no son tan simples: las entidades a vincular son siempre he-
terogéneas (véase el cuadro adjunto). El problema en este caso es que ninguna ciencia
social (ni aun la sociolingüística) ha podido resolver formalmente la relación entre
fenómenos dispares, como por ejemplo el ‘lenguaje’ y la ‘sociedad’. En este nivel de
análisis no alcanza con postular que ambas cosas se encuentran articuladas, sino que
hay que establecer parámetros internos en ambas entidades sobre los cuales se pueda
postular alguna forma de covariación o concomitancia.
 Especificidad teórica: En tercer orden, si el símil discursivo parece menos determinis-
ta y más versátil que otros aparatos conceptuales, es en gran medida porque sus es-
tructuras se han dejado sin examinar, pues tampoco hay una teoría lingüística o dis-
cursiva concreta que oficie de marco. Se cuenta con un concepto, por cierto; pero el
concepto no está inserto en ninguna teoría o narrativa que le confiera sentido. Las
heurísticas no pueden provenir de un ‘discurso’ como cosa en bruto, sino de las ana-
líticas correspondientes, que aquí no se especifica siquiera cuáles podrían ser.
En estas condiciones el discurso por sí solo no puede seguir siendo un modelo viable.
Para salvar la discursividad del modelo se podría argüir algo así como que “la sociedad

61
está estructurada como un lenguaje”, lo que no imagino cómo podría demostrarse ni para
qué puede servir, siendo el lenguaje (en su semántica y en su pragmática) un instrumento
tan polimorfo. Si la sociedad (como a veces parece ser el caso, sobre todo en Laclau) se
reduce al discurso sobre la sociedad, el gran hallazgo de la teoría de la articulación acaba-
ría siendo meramente que ‘el discurso se encuentra articulado’, una trivialidad que se
viene sabiendo desde los presocráticos.
La ‘articulación’ ha devenido entonces una categoría a la que se recurre para señalar rela-
ciones, parecidos, determinaciones, autonomías relativas, homologías, yuxtaposiciones,
no-correspondencias, causas, contactos, acercamientos, dominaciones, afinidades, aires
de familia; en fin, nexos de la más variada categoría: es un concepto ya no abstracto sino
vacío, una línea de puntos que se puede llenar con entidades cualesquiera, sin que la uni-
dad resultante de la operación establezca algún plus de significación. Analicemos por e-
jemplo esta expresión, en la que Meaghan Morris afirma que en Policing the crisis (Hall
et al. 1978) se creó un marco que predijo:
“… la forma en que Thatcher fue capaz de ‘desarticular’ los intereses de grandes sectores
de la clase trabajadora inglesa del Partido Laborista, y de ‘rearticularlas’ no sólo al Par-
tido Conservador, sino, a través de fantasías, sueños e historias ejemplares, y cambios le-
gislativos y administrativos, a los valores culturales de los yuppies del sur. … Sin usar el
concepto explícitamente, Judith Brett cubrió un terreno comparable en su estudio Robert
Menzies’ Forgotten People; podemos además considerar la forma en que el Partido
Laborista gobernó Australia de 1983 a 1996, y el cambio de la articulación de negocios e
intereses de clase del Partido Laborista bajo el primer ministro Hawke (1983-91) a la
política más ‘inclusiva’ del período Keating, incluyendo la articulación de la comunidad
de artistas y gran parte de la intelectualidad con el Partido Laborista” (Morris 1997: 47).
Lo que aquí resulta clave, aparte de la falta de significación precisa de todas las expre-
siones, es que, a juicio de Morris, Judith Brett no usa el concepto explícitamente; lo que
comprueba lo que por otra parte sospechábamos: que todos los conceptos relacionales, to-
dos los verbos que denotan procesos, han quedado subsumidos en una sola expresión. Le-
jos de agregar comprensiones adicionales, el vocabulario relacional se contrae en una so-
la palabra, perdiéndose los matices de variedad semántica que antes se tenían.
Tampoco existe en la presunta teoría de la articulación un parámetro (que necesariamente
debería de ser cuantitativo) para evaluar dimensiones, fuerzas, adhesiones o dependencias
variables entre las entidades participantes. Y tampoco las características ‘estructurales’
del término han sido sustanciadas en la literatura culturista por algo que se parezca a una
elaboración estructural acabada. Como se muestra en el cuadro que he incluido en estas
páginas, la categoría de articulación se aplica a cualquier inflexión, relación o disconti-
nuidad entre dos entidades, como si poseyera alguna capacidad esclarecedora por el sólo
hecho de poder invocarse, renombrando cualquier relación o proceso material, social, cul-
tural, temporal o discursivo imaginable. Obsérvese el cuadro: cada una de las entidades
articulables (o ambas) pueden ser individuales o colectivas, concretas o abstractas, empí-
ricas o teóricas, únicas o genéricas, análogas o heterogéneas. En estas condiciones la arti-
culación es un rótulo, y con seguridad bastante menos que una hipótesis de trabajo.

Objeto de articulación 1 Objeto de articulación 210 Referencia


Categorías culturales de género → Lenguajes de representación Chaney 1994: 93

62
Clase y consumismo Clase, raza y género Clarke 1991
Movimientos culturales Fuerzas sociales Clarke 1991
Diversos componentes sociales Fenómenos como la Guerra del Cvetkovich & Kellner 1997: 16
Golfo o Madonna
Sujetos políticos Discurso ideológico Downing 1997: 190
MTV (como forma social) Rastafari (como fuerza social) Fiske 1996b: 218
Prácticas Efectos Grossberg 1992: 54
Textos Significados Grossberg 1992: 54
Significados Realidad Grossberg 1992: 54
Experiencias Políticas Grossberg 1992: 54
Intereses de la clase trabajadora Partido Laborista inglés Hall et al. 1978; Morris 1997: 47
Intereses de la clase trabajadora (Rearticulados por el Hall et al. 1978; Morris 1997: 47
Thatcherismo) al Partido
Conservador y a los valores
culturales de los yuppies
Una fuerza social Una ideología o concepción del Hall en Grossberg 1996b: 144
mundo
Gospel, blues, rap, rock Lucha y resistencia afro-norte- Kellner 1995: 157
americana
Conceptos Verdad Laclau según Slack 1996: 119
Significados en el discurso Intereses de clase Laclau según Slack 1996: 119
Comunidad de artistas e Partido Laborista Morris 1997: 47
intelectuales
Raza Clase, → la música subcultural O’Sullivan et al. 1994: 18
Género Nación, → el deporte O’Sullivan et al. 1994: 18
Marxismo Deconstrucción Ryan 1992: passim
Una clase hegemónica Intereses de grupos sociales Slack 1996: 117
Cuadro 2 – Articulación

Una palabra que denote simplemente una relación (o, en el caso del discurso, una articu-
lación stricto sensu) todavía no es un concepto teórico. Todas las cosas se podrían llegar a
relacionar de una u otra manera; todos los elementos del lenguaje son susceptibles de
articularse. Para calificar como concepto teórico en cualquier epistemología imaginable,
hace falta bastante más.
 En primer lugar, las entidades que aspiran a constituirse en categorías analíticas han
de ser significativas, y esa significación ha de ser circunscripta: ni por un momento
los culturistas se plantean el problema de que a mayor generalidad semántica de un
término, menor es el peso de su significación específica. Ellos mismos terminan di-
ciendo que la articulación no se sabe en qué consiste, cómo trabaja o qué cosa puede
ser (Slack 1996: 117). El propio Hall encuentra que los últimos trabajos de Laclau de-
generan en una exageración discursiva en la que “cualquier cosa es potencialmente
articulable con cualquier cosa”, de modo que lo que naciera como una crítica del re-
duccionismo acaba resultando en una inadmisible noción de la sociedad como “cam-
po discursivo totalmente abierto” (Hall en Grossberg 1996b: 146).
 Fuera de las correspondencias más obvias de tiempo y lugar, tampoco se han desarro-
llado criterios de homología, concomitancia, covariación, causalidad o lo que fuere
para demostrar que dos entidades cualesquiera están efectivamente articuladas, y que

10
El signo → representa “a través de”.

63
cuando una cambia la otra también debe hacerlo. Durkheim, por lo menos, hablaba de
‘variaciones concomitantes’ cuando postulaba alguna relación entre fenómenos.
 Y menos todavía se han desarrollado las propiedades lógicas de una articulación: ¿es
una relación reflexiva? ¿simétrica? ¿transitiva? Si A está articulado con B, y B con C
¿están A y C también articulados? Y si es así ¿lo están con la misma fuerza? ¿Están
todos los miembros del conjunto A articulados entre sí? ¿A, B y C se articulan en
cualquier orden y en cualquier rumbo, o hay una lógica de etapas, flujos y condicio-
nes a seguir?
No estoy exigiendo aquí definiciones operacionales, ni criterios de replicabilidad, ni nada
que pudiera entenderse como un requerimiento propio de una concepción científica espe-
cífica (positivista, por ejemplo); sólo estoy estableciendo que la ‘articulación’ culturista
no es una entidad teórica en ningún sentido aceptable de la palabra. No basta decir “las
articulaciones pueden ser no-necesarias”, “las cosas pueden re-articularse”, “las articula-
ciones son complejas”, etc.: primero hay que definir con un mínimo rigor los sentidos y
atributos de la articulación en sí, y eso, hasta donde alcanzo a ver, no se ha trabajado ja-
más.
John Downing, basándose en Hall y Grossberg, afirma que el concepto de articulación
“es el único concepto utilizado en la literatura de los estudios culturales en años recientes
que posee … alguna fuerza explicativa para dar cuenta de los múltiples factores interco-
nectados en el análisis sociocultural” (Downing 1997: 189). La fina evaluación de Dow-
ning de este solitario concepto explicativo, de todos modos, es convincentemente negati-
va. Lo primero a señalar es que en Laclau el término no se encuentra en absoluto ligado a
la idea de vínculo y que no se trata de un concepto que merezca siquiera figurar en el ín-
dice. Luego Downing encuentra que tanto Hall como Grossberg desdoblan el sentido de
la palabra entre “sujetos políticos” y “discurso ideológico” imaginando que así lo tornan
absolutamente dialéctico. De inmediato olvidan examinar cómo es que esas dos entidades
verdaderamente se imbrican y relacionan, y siguen su análisis según el sentido primario,
no dialéctico, de “juntura” o “vínculo” [link]. Esto es preocupante. Cualquier sociólogo
funcionalista sabe que los elementos de la vida social están interconectados, y todos sa-
bemos que los funcionalistas ven integración y estabilidad por todas partes. Para Dow-
ning es inaceptable que Hall y Grossberg “postulen vínculos, los reinventen como articu-
lación y dejen la cosa ahí” (Downing 1997: 190).
Siguiendo solo por su cuenta, Grossberg en realidad no deja las cosas ahí e imprime a su
tratamiento de la articulación un giro adicional que no la beneficia. Leamos este arrebato
de alegorías:
“Se pueden concebir tales articulaciones como líneas o vectores, proyectando sus efectos
a través del campo. Cada vector tiene su propia cualidad (efectividad), cantidad y direc-
cionalidad … Las articulaciones pueden tener diferentes vectores, diferentes fuerzas y di-
ferentes alcances en diferentes contextos. Y pueden también tener distintos alcances tem-
porales, cortando a través de los límites de nuestros intentos de periodización histórica”
(Grossberg 1992: 191).
Aquí Downing subraya que a esta altura el término ‘articulación’ está peligrosamente cer-
ca de ser hipostasiado: “Es un vicio común de los teóricos personificar los conceptos que
más aman” (Downing 1997: 191). Pero el problema es más de inconsistencia que de hi-

64
póstasis. El cruzamiento de dos o más párrafos cualesquiera genera contrasentidos acu-
mulativos; apenas el lector pone las cosas que se van diciendo de él una junto a otra, el
concepto se transfigura y deviene surrealista, gelatinoso, mutante. Invito a que relean las
definiciones de Grossberg que anteceden: en un párrafo las articulaciones son vectores,
en otro poseen vectores, en otro más son el punto de intersección de vectores, y así suce-
sivamente. Se supone que los textos de Grossberg quieren clarificar el asunto a los pro-
fanos: extraña pedagogía ¿no es verdad?
Dado que algunos culturistas más o menos independientes, como Homi Bhabha, se con-
gratulan de que el concepto de articulación (en tanto modo de mínima racionalidad) rom-
pe con la ‘linealidad’ que sería propia de la ‘agencia racionalista’, el positivismo y la eco-
nomía política (Bhabha 1992: 57, 59), habría que preguntarse qué forma de figura discur-
siva, qué topología imaginaria, resultan de la aplicación del concepto. La investigación
culturista hasta la fecha no ha sustanciado verdaderamente estructuras complejas, como
quería Hall, o estructuraciones de múltiples niveles, como aspiraba Grossberg en las defi-
niciones que hemos visto. Si se cree a Bhabha, desde la articulación no se deberían de-
sentrañar estructuras después de todo, porque las estructuras son, si acaso, el signo inte-
lectual por antonomasia de una de las formas por excelencia del racionalismo como lo es
el pensamiento estructuralista, desde Lévi-Strauss a Chomsky o Piaget. Si no hay líneas
de causalidad ni estructuras posicionales, la única entidad discursiva que resta es una con-
gerie fragmentada, una enumeración de entidades relacionadas de alguna manera incierta
y fluctuante: y de hecho eso es lo que nos presentan los análisis en los que interviene la
articulación. La articulación no revela ningún orden, ninguna regularidad. Para pasar de
las articulaciones dispersas a una síntesis cabalmente explicativa o a una descripción es-
clarecedora, habría que disponer de operadores de un orden más alto (una teoría) que, en
lo que al corpus culturista respecta, no he sido capaz de encontrar en ninguna parte.
Pero es en las elaboraciones de Grossberg donde más se nota el uso fetichista y mecánico
del concepto de articulación. Grossberg postula la aplicación de esta receta genérica con
asombrosa ingenuidad:
“El concepto de articulación (junto con sus términos asociados, desarticulación y rearti-
culación), amplia y exitosamente utilizado en los estudios culturales en los años ochenta,
es un ejemplo de un concepto suficientemente abstracto y general que se puede mover a
nuevos contextos toda vez que resulte útil. Proporciona una forma de describir la conti-
nua quiebra, realineamiento y recombinación de discursos, grupos sociales, intereses po-
líticos y estructuras de poder en una sociedad. Proporciona también una forma de descri-
bir el proceso discursivo por el que los objetos e identidades se forman y adquieren signi-
ficado” (Grossberg et al. 1992: 8).
Se diría que semejante concepto habla menos de la sociedad y sus procesos que de los re-
cursos discursivos mediante los cuales el estudioso manipula su representación. En un re-
gistro totalmente opuesto (y bastante más reflexivo) Catherine Hall ha tenido que recono-
cer que la teoría de la articulación en realidad no existe:
“No pienso que tengamos, todavía, una teoría sobre la articulación de la raza, la clase o el
género y de las formas en que esas articulaciones puedan generalmente operar. Los térmi-
nos se producen a menudo como una letanía, para probar corrección política, pero eso no
significa necesariamente que las formas de análisis que siguen estén verdaderamente con-
formadas por una captación cabal de las formas en que trabaja cada eje de poder en rela-

65
ción con los otros. Por cierto, es extremadamente difícil hacer esa tarea porque el nivel de
análisis es por necesidad extremadamente complejo, con muchas variables en juego en
cualquier momento dado” (C. Hall 1992: 270).
En otras palabras: trabajando en torno del concepto clave de articulación es imposible
construir una teoría porque a poco de empezar las cosas se complican. Tras varios años de
darle vueltas al asunto, los culturistas todavía no han podido determinar verdaderamente
lo que sucede. Y mucho menos han podido establecer por qué.
Más preocupante todavía es que el concepto, “sin que se haya teorizado exactamente lo
que es y cómo trabaja”, no se usa sólo como un señalador de correspondencias sino tam-
bién “como relación de no-correspondencia y contradicción” (Slack 1996: 117), o como
algo que conecta no sólo cosas similares sino entidades diferentes (Hall 1980: 325). Esto
es lo mismo que postular que el concepto no sólo es polivalente más allá de toda medida
razonable, sino que puede ser usado para implicar cualquier clase de relación o falta de
relación entre entidades unitarias o plurales, reales e imaginarias, y ya sea parecidas, ho-
mólogas, heteróclitas, independientes, distintas u opuestas. Basta ya de esto: Si este dis-
late es signo de sofisticación, será más productivo optar por cualquier clase de brutalidad
tradicional. En contraste con este caos, promulgar cualquier forma de determinismo es-
trecho constituiría un progreso; por lo menos estaría proponiendo algo más o menos
susceptible de verificarse.

Metáforas y jerga

Recientemente tanto críticos como adeptos han elevado reclamos por la creciente utiliza-
ción de jerga figurativa y sintaxis enredada característica de la última década del movi-
miento (Howe 1994: 40). El uso indiscriminado de apóstrofos alrededor de palabras es-
tratégicas, que parecería querer comunicar referencias a significados complejos y expan-
didos (ocultos para todos excepto para el autor y su lector astuto), ha producido “una lite-
ratura de creciente opacidad y una claridad cada vez menor” (Ferguson y Golding 1997:
xxi). El ejemplo más acabado de encomillado incontinente, compendiando sarcasmos,
guiños, baladronadas, dobles sentidos y significaciones múltiples suele darse, casualmen-
te, cuando convergen las formas fuertes del pensamiento posmoderno con las formas dé-
biles del marxismo. Véase por ejemplo, el ilegible artículo de Dick Hebdige (1996), o el
imposible primer capítulo del libro de Patrick Brantlinger (1990: 1-33), donde las sucesi-
vas incrustaciones de citas de citas generan frases cada vez más anidadas y adiposas. Una
escritura semejante cristaliza lo que el culturista Paddy Whannel dijera alguna vez de la
semiótica: un discurso que nos dice lo que ya sabemos, en un lenguaje que nadie puede
comprender (citado por Seiter 1992: 1). Algunos de los acólitos ya han comenzado a pro-
testar contra los innumerables escritos imbuidos de posmodernismo, “adornados con pa-
réntesis y guiones aparentemente obligatorios, y primorosamente titulados mediante tor-
turados juegos de palabras” (Downing 1997: 188). Incluso Stuart Hall protesta contra la
“torpeza” y “falta de fluidez” de este lenguaje, remontándolo al influjo de la teorización
francesa de los años setenta:
“Absolutamente, [se trata de] torpeza. Clifford Geertz, el antropólogo norteamericano ha-
bla de ‘descripción densa’; pienso que [esto] es ‘teorización densa’. Intelectualmente
existe un problema cultural con esta clase de trabajo teórico. … En los años setenta hay

66
una especie de diluvio teórico, en el cual, debido a que es tan difícil pensar indígenamen-
te dentro de la lengua inglesa en esa clase de nivel conceptual, lo que hace la gente es pa-
rodiarlo. Intentan hacer juegos franceses de palabras en inglés, lo que absolutamente me
pone loco. Hablan sobre significantes deslizantes, juegos de palabras que se deslizan; ha
habido un montón de buen trabajo que finaliza en juegos de palabras deslizantes que sólo
logran constituir una especie de franglés” (Hall en Bromley 1995: 668-669).
Pero los practicantes de los estudios culturales indudablemente se han acostumbrado al
uso de un lenguaje turbio. Como surge de las discusiones verbales que están documenta-
das en la megaconferencia de Illinois (Grossberg et al. 1992), lo hablan con envidiable
fluidez; lo cual no significa, empero, que ese discurso resulte siempre de veras sustancial.
Pfister caracteriza muy bien este estado de cosas:
“Un estilo de escritura llamativo y a menudo poderoso ha surgido en la era académica de
los estudios culturales: un estilo que puede ser claro, seductor, conversacional y público,
y sin embargo teórico o técnico para el no iniciado cuando de repente las ‘coyunturas’,
las ‘negociaciones’, las ‘intervenciones’ y las ‘interrogaciones’ se sueltan en frases con
poco o ningún esfuerzo por definirlas y sin ningún cambio en el tono” (Pfister 1996:
295).
Esta misma cita nos sirve para efectuar la transición entre el señalamiento de un lenguaje
analítico peculiar y el examen de su degradación en un acervo metafórico. Hay metáforas
afortunadas y otras que no lo son. El mismo Pfister (loc. cit.) señala que la ‘intervención’
evoca los comandos militaristas, las fuerzas de tareas del Mundo Libre ejecutando su idea
del orden, mientras que las ‘interrogaciones’ remiten al tratamiento de los subversivos
que se han tomado prisioneros. En última instancia, algo que está más cerca de la violen-
cia que de la persuasión: compórtate bien, que los culturistas te vigilan. Pero el problema
no es tanto de corrección política como de valor epistemológico. Con el tiempo, las me-
táforas han devenido para los culturistas la única clase de recurso analítico existente. Lo
que debería ser una herramienta de esclarecimiento, se ha transformado en una madeja de
expresiones sugerentes en que se conviven especies muy distintas de analogías, imágenes
y simulacros. Norma Schulman documenta al mismo tiempo el hermetismo de este len-
guaje y su estandarización:
“Señalar la diversidad del CCCS no es lo mismo que decir que quienes están fuera de él
no lo perciben, al menos algunas veces, como propendiendo hacia un punto de vista con-
tundente, incluso monolítico, que reposa en un grupo de conceptos y términos altamente
especializados que pueden ser relativamente opacos a los usuarios ordinarios de la lengua
inglesa. … A pesar del deseo de que los estudios culturales permanecieran fluidos, ‘ecléc-
ticos’ y ‘relativamente abiertos’, ellos pueden tender (al menos desde la perspectiva de
alguien ajeno al grupo) a adoptar una forma monolítica, debido en parte a su terminología
esotérica y en parte a la propensión general de los académicos a institucionalizar las
innovaciones ” (Schulman 1992: s/ref.).
Examinemos algunos ejemplos de ese esoterismo, que siempre procuraré que se refieran
a puntos esenciales de la postura culturista. Para empezar, Ioan Davies, profesora de Pen-
samiento Social y Político en la Universidad de York en Canadá, nos ofrece esta semblan-
za de corrientes teóricas y filosóficas que parecería ser más el engendro de un sueño áci-
do que una expresión analítica:
“En última instancia el estructuralista, dado que él o ella se refiere al lenguaje, tiene que
ver con la sensualidad y la textura de las relaciones. Mientras la fenomenología, dado que

67
tiene que ver con los placeres perdidos, desespera de los otros fallidos (lugares, gente, si-
tuaciones), el estructuralismo tiene que ver con el toque del aquí y lo inmediato. El es-
tructuralismo está directamente relacionado con la poesía como la voz creativa de la hu-
manidad [man (woman) kind], y la fenomenología con la música como un reclamo de
posteridad” (Davies 1995: 97).
Nótese que en esta locución las implicaciones aparentes no tienen que ver con ninguna
clase conocida de condicionalidad lógica, y que los contrastes comparativos no están arti-
culados sobre un mismo criterio. Los verbos son imprecisos y antropomorfos, los sustan-
tivos abstractos: una corriente filosófica desespera por culpa de lugares que fallaron, la
inmediatez es capaz de tocar, la posteridad reclama. Poner la cita en su contexto no sirve
de mucho, porque casi todos los actantes de la expresión (la fenomenología, la música,
los enigmáticos placeres perdidos) aparecen de repente, sin ninguna conexión con lo que
antecede o con lo que seguirá en el texto. ¿Pueden creer que todo el libro es así? ¿Ayuda
en algo saber que otros autores, incluso algunos culturistas, califican esta patafísica como
un retozo de “piruetas perspicaces que no significan nada” (Chaney 1997: 357), mientras
que otros, como Jim McGuigan, saludan la publicación en su contratapa como una contri-
bución cardinal?
Por lo menos en el caso de Davies hay algunos que advierten que algo anda mal. Homi
Bhabha, profesor de Inglés de la Universidad de Sussex, es en cambio una autoridad res-
petada en materia de poscolonialismo que se expresa en un idioma poslacaniano aun más
impenetrable:
“Es la ambivalencia y la liminalidad puesta en acto en el presente enunciativo de la arti-
culación humana … lo que resulta en los signos y símbolos de la diferencia cultural que
son conjugados (no con-juntados o complementados) a través de la temporalidad inte-
ractiva de la significación. Esto produce ese objeto de la contemporaneidad, el deseo po-
lítico posmoderno, que Hall llama ‘clausura arbitraria’, como el significante. Pero esta
clausura arbitraria es también el espacio cultural para abrir nuevas formas de agencia e
identificación que confunden las temporalidades históricas, confunden los significados
sentenciosos, continuistas, traumatiza la tradición, y puede incluso tornar contingentes a
las comunidades. El ritmo de tambor Africano sincopando el posmodernismo Norteame-
ricano, la lógica arbitraria pero estratégica de la política, el espacio material del cuerpo:
estos momentos desafían la linealidad de la pedagogía y la sentenciosidad de la agencia
racionalista ¿Por qué la metáfora lingüística habla la afectividad de la política de la dife-
rencia cultural? ¿Qué forma de agencia cultural es accesible a la heterogeneidad y a la
clausura arbitraria? ¿Qué lección de la escritura de la cultura se habla a través de la
inscripción afectiva en el punto de la enunciación humana? (Bhabha 1992: 58-59).
Si no entendieron gran cosa no se amilanen. En la discusión subsiguiente, Fred Pfeil, un
miembro del público, le comunicó a Bhabha que él también había encontrado su ponencia
prohibitivamente difícil. En un gesto que el antropólogo Bruce Knauft (1996: 82) consi-
dera signo de “una inquietante actitud de engreimiento autoral” alimentado por el ethos
posmoderno, Bhabha respondió así a Pfeil:
“No me puedo disculpar por el hecho de que usted encontrara mi ponencia completa-
mente impenetrable. Lo hice muy conscientemente. Tuve un problema, y lo elaboré. Y si
unos pocos captan lo que he dicho o algo de lo que estoy diciendo, estoy satisfecho”
(Grossberg et al. 1992: 67).

68
Esta vez Bhabha se expresa con transparencia meridiana: su respuesta connota ‘soy de-
masiado listo para usted, y ni siquiera lo lamento’. Como sea, Homi Bhabha había anun-
ciado previamente, desde la posición de los que han sufrido la sentencia de la historia
(que en inglés también es ‘la oración’ de la historia), que el posmodernismo nos fuerza a
pensar fuera de la certidumbre de la frase. Y estima que esa coacción es uno de los rasgos
saludables del posmodernismo. Ahora bien, está muy claro que Bhabha es posmoderno, y
que por ello le inspira simpatía todo lo que se aparte de la sentenciosidad (que también
tiene el sentido de enunciación de frases) del racionalismo. Pero a pesar de truismos co-
mo la ‘enunciación humana’ y la ‘metáfora lingüística’, yo sigo percibiendo sólo frases,
inevitablemente lineales, sólo que bastante más petulantes y figurativas que en el común
del pensamiento racionalista. Oraciones cómplices que, por más dosis de lacanismo sin-
copado que se inyecten, no llegan a definir jamás cómo es posible expresar pensamientos
de otra manera que no sea a través de frases (pues de eso aparentemente se trata). Por un
lado se nos invita a considerar que toda realidad es discursiva; por el otro, se insinúa que
el pensamiento posmoderno excede las capacidades del discurso mismo, como si pudiera
manifestarse de otra forma que no sea a través del habla o la escritura. Esta gente es la
misma que pretende que el positivismo peca de desmesura.
Por desdicha estos estilos de desvarío no constituyen casos aislados. Ferguson y Golding
se preguntan qué puede hacer uno con la afirmación de Grossberg que dice que “las prác-
ticas culturales son lugares donde se articulan una multiplicidad de fuerzas (determina-
ciones y efectos)”. Si hubieran continuado leyendo la definición de Grossberg su descon-
cierto sería aun mayor, pues para esta importante figura de los estudios culturales las
prácticas culturales son además “el punto de intersección y negociación de clases radical-
mente diferentes de vectores de determinación, incluyendo vectores materiales, afectivos,
libidinales, semióticos, semánticos, etcétera” (Grossberg 1997a: 22). Con casi veinte años
de docencia en teoría lingüística, no me puedo imaginar qué actividad humana o qué cosa
en el universo animal, vegetal o mineral podría calificar como un “vector semántico”.
Pero eso no es nada. Consideren esta otra expresión:
“No hay correlaciones simples y necesarias entre, por ejemplo, las identidades culturales
y las posiciones del sujeto … y los lugares económicos y políticos y la agencia. … Los
individuos deben ser ganados o articulados en esas posiciones” (Grossberg 1992: 127).
Cuando John Downing topó con esta argumentación, no pudo menos que estallar, atónito:
“¿Qué significa esto?” (Downing 1997: 192). Yo me preguntaría también qué quiso decir
el australiano Tony Bennett en una observación topológica muy parecida que introdujo en
una discusión con Kobena Mercer:
“Para Mouffe y Laclau la constitución de las posiciones imaginarias a través de las articu-
laciones discursivas constituye la esfera de lo social tout court. De aquí que, para ellos, lo
social no tiene positividad independientemente de la construcción de identidades rela-
cionales y posiciones del sujeto a través de diferentes prácticas articulatorias” (Grossberg
et al. 1992: 441).
El problema es que esta suerte de reificaciones metafóricas, con una profusión alucinada
de entidades ideales que se “construyen” o “constituyen” discursivamente, para luego
“articularse” o “tomar posición” en una geometría también discursiva de “espacios”, “es-
feras”, “lugares” y “campos”, no es sólo una patología reciente de un impulso que supo
ser más puro. No se trata de un puñado solitario de posmos que se han habituado a segre-

69
gar esta jerga marciana como un discurso natural que además se jacta de ser activista, no
académico y de situarse junto al pueblo. También las fuentes están contaminadas. Fergu-
son y Golding escriben:
“Tomemos un texto importante como Policing the crisis (Hall et al. 1978), uno de los
trabajos británicos tempranos más creativos e incisivos y todavía uno de los textos más
citados de los estudios culturales. … Casi cualquier selección al azar revela una depen-
dencia de análisis por metáfora destinado a hacer sonar campanas de alarma en la mente
del historiador o sociólogo que los lea. ¿Se puede depender realmente de invocaciones al
‘espíritu de los tiempos’ (ibid.: 237) como explanandum histórico o materialista? ¿Qué se
supone que debemos hacer con la aparición repetida de nombres abstractos como sujetos
de oración, y por tanto como los sujetos aparentes de la historia? ‘El liberalismo inte-
lectual tiró la esponja sin dar una pelea’ (ibid.: 242). Uno busca de inmediato saber quién,
cómo, cuándo. ‘La contracultura se orientó … contra las superestructuras del capitalismo
moderno. … Ella demandaba, sobre todo, una revolución en las conciencias’ (ibid.: 254)
¿Quién es esa ‘ella’ que hacía la demanda?” (Ferguson y Golding 1997: xxii)
Otras infortunadas frases de Hall podrían incluirse como testimonio de los mismos hábi-
tos. Apréciese por ejemplo este nudo:
“Uno tiene que ver la forma en que una variedad de grupos sociales penetran en una es-
pecie de fuerza política o social, o la constituyen por un tiempo, en parte por el hecho de
verse a sí mismos reflejados como una fuerza unificada en la ideología que los consti-
tuye” (Hall en Grossberg 1996b: 144).
Tal vez pocos de nosotros podamos escapar indemnes de una exposición selectiva similar.
Es fácil sacar de contexto y dar una impresión equivocada de un texto valioso. Pero los
estudios culturales van más lejos de lo usual en estos imprecisos análisis por metáfora,
sin detenerse a reflexionar en las disonancias interpretativas que acarrean y en los mun-
dos herméticos que terminan construyendo. Por otra parte, he sido escrupuloso en la se-
lección de las frases que proporciono como ejemplo: no hay en ellas deixis, ni catáforas,
ni anáforas que remitan a su entorno discursivo, de modo que deberían ser inteligibles
aun arrancadas de su trama original. Y es palmario que no lo son.
Este lenguaje opaco tampoco tiene mucho que ver con el compromiso que el culturismo
dice tener con otras audiencias, fuera de los demás expertos en el campo. “Los intelectua-
les en resistencia”, decían Giroux, Shumway, Smith y Sosnoski, “deben legitimar la no-
ción de escribir críticas y libros para el público en general” (Giroux et al. 1985: 484). Ni
los estudios culturales están cumpliendo este programa, ni se han preocupado por inves-
tigar el problema de la recepción de sus propios escritos oraculares en cualquier audien-
cia imaginable. Mucho menos han examinado cuáles pueden haber sido las fuerzas y los
procesos que hicieron que un programa pedagógico comprometido con el pueblo degene-
rara en un código iniciático semejante.
No me convence en absoluto la defensa que los culturistas han intentado hacer de sus ga-
limatías, que ellos entienden como manifestación de lo que llaman “rigor teórico”. El he-
cho mismo de que esta defensa exista y se manifieste denota que los propios actores ad-
miten, en primer lugar, que efectivamente hablan en jerga. ¿En qué consiste la justifica-
ción? Una vez más se echa la culpa a los críticos. Stephan Collini, por ejemplo, en su
positiva revisión de la compilación culturista de Morley y Chen (1996) señala que las
críticas hechas a los usos lingüísticos que pueblan ese libro transparentan “una resistencia

70
perezosa a nuevas formas de pensar”; para Collini esas acusaciones contra el culturismo,
característica de los artículos de la prensa escrita, serían “nada más que las pequeñas ar-
mas de fuego de los gendarmes del periodismo, apuntando a académicos sospechosos de
colonizar las tierras ancestrales del lector común” (Collini 1996). David Morley se apre-
sura a rubricar su acuerdo con Collini, pues según él “el precio del rigor disciplinar es u-
na cierta dificultad del lenguaje académico” (Morley 1998a: 478).
Discrepo con todo esto: no encuentro en esta jerigonza ninguna clase de verdadera difi-
cultad, rigor teórico o forma de pensar innovadora. Sólo hay aquí un arrebato de abstrac-
ciones inexpertas, casi ideográficas en vez de analíticas, que apenas disimulan un tejido
de postulados de sentido común del tipo “todo-tiene-que-ver-con-todo” o “el-posmoder-
nismo-es-magnífico”. Mientras tanto, no se han elaborado definiciones precisas para el
correspondiente análisis cualitativo, ni establecido las especificaciones dimensionales que
permitan ponderar la magnitud de los “vectores”, o determinar las coordenadas y la signi-
ficación de las “posiciones imaginarias a través de las articulaciones discursivas”, sea eso
lo que fuere. No satisfechos estos requerimientos, el vocabulario engolado del culturismo
no es un nomenclador riguroso, sino, estrictamente, una ostentación de palabrería oscura.
Llamarlo un vocabulario es todavía una indulgencia: las nomenclaturas técnicas deben
ser por lo menos estables, y esta jerga cambia con el viento.

Métodos e hipótesis

Así como no se hacen cuestiones por esas abstracciones desbocadas, los estudios cultura-
les tampoco reflexionan sobre el carácter hipótetico de las demostraciones que prodigan.
‘Hipótesis’ sería, en este contexto, una idea reminiscente de lógicas, implicaciones y ra-
zón. En muy pocos casos los autores definen como su propósito la puesta a prueba de una
hipótesis. En el corpus casi no hay hipótesis: todo es asertivo. Signe Howell contrasta de
este modo el estilo antropológico y el culturista en materia de estilos de aserción:
“Se puede decir que [la antropología] sufre un ataque severo de timidez. Esto denota mal
sentido de la oportunidad en vista del interés que otras disciplinas están mostrando hacia
ella. En contraste, los adherentes de los estudios culturales no sufren inhibiciones simila-
res. Su estilo de escritura es estridente y autoconfiado. Donde los antropólogos adelanta-
rían una sugerencia tentativa, la mayoría de los teóricos de los estudios culturales realizan
aseveraciones vigorosas” (Howell 1997: 116).
Hasta donde he podido investigar, el único ejercicio de puesta a prueba de hipótesis que
existe en el culturismo es el trabajo que David Morley realizó a partir de la década de
1970 en varios libros sucesivos. Una personalidad diferente al común de los culturistas,
Morley se especializaba por aquel entonces en diseñar protocolos formales para la inves-
tigación etnográfica de audiencias; fue también uno de los pocos que conocían de primera
mano la teorización semiológica francesa (Morley 1974). Incidentalmente, el consenso
actual considera que Morley no fue capaz de demostrar sus hipótesis (Turner 1990: 131-
136; Jancovich 1992: 143-146; Grossberg 1997a: 118-119, 162). Algunos, como Rosalind
Brunt y Martin Jordin, han echado la culpa de ello a su diseño ‘positivista’ de investiga-
ción (McGuigan 1992: 134). En el imaginario culturista, por lo visto, alcanza con precisar
un poco la terminología y encuadrar la demostración a realizar como la puesta a prueba
de una hipótesis para quedar rotulado como positivista. No importa que un modelo sea

71
productivo o consistente; si es sospechoso de positivismo, eso ya lo torna suficientemente
vituperable.
Al excluir las hipótesis, los estudios culturales probablemente sienten que son más libres
y menos académicos, pero no por ello renuncian a ejercer alguna clase no analizada de
demostración. Al no tener la indagación culturista carácter hipotético ni inscripción disci-
plinar, no queda tampoco ningún residuo de hipótesis no confutadas que pueda acumu-
larse para formar eventualmente algo así como el fondo del conocimiento público de la
especialidad en un momento dado. Asimismo, tampoco he podido encontrar ninguna dis-
cusión respecto que los estudios culturales deban o no concebirse como ciencia; es como
si esta cuestión en particular estuviera reprimida, o no se considerara fundamental dis-
cutir el asunto.
Como se deduce de la bibliografía citada, el trabajo que se está leyendo ahora se constru-
yó sobre el examen de una proporción significativa de la literatura emanada de los estu-
dios culturales. No hay en toda esta muestra, bastante representativa del repertorio usual,
ni asomo de método ni de teoría en el sentido riguroso de la palabra, fuera de las acos-
tumbradas tempestades de jerga. Puedo estar de acuerdo con algunos de los enunciados, y
de hecho lo estoy; puedo gozar la lectura de muchos estudios, y en verdad hay unos
cuantos que me han resultado fascinantes por su escenificación de los hechos sustantivos.
Pero la falta de método y teoría es evidente: ni las aserciones de carácter analítico tipi-
fican como operadores de alguna metodología, ni se han desarrollado junto con normati-
vas operacionales capaces de mapear una realidad determinada en un conjunto de concep-
tos. A menos, por supuesto, que se tome en serio la teoría de la articulación.
Una contradiccion mayor aun que la que negaba la existencia de estrategias primero para
encontrar de inmediato que las estrategias a la mano eran maravillosas, aparece cuando
los culturistas manifiestan oponerse a cualquier forma de normativa y se ufanan a renglón
seguido de la abundancia de métodos disponibles (McRobbie 1992: 722; Turner 1990:
87). Entiéndase bien esto: mal que nos pese, un método debe ser normativo; la palabra
significa exactamente eso, un conjunto sistemático de pautas a las que atenerse. No puede
haber método allí donde no se regimenta el procedimiento a seguir para quien pretenda
replicar un hallazgo, no se reflexiona sobre los pasos que se han dado para llegar a él, o
sólo se despliegan contextos de descubrimiento, sin sentar las bases para un contexto de
justificación. Los estudios culturales encuentran no obstante la manera de imaginarse co-
mo si estuvieran en la vanguardia de la lucha contra la autoridad intelectual y la conducta
prescriptiva, pretendiendo al mismo tiempo que ellos mismos están atestados de refinadas
riquezas metodológicas.
Desgraciadamente, no existe sobre la faz de la tierra un solo manual que analice los méto-
dos y conceptos analíticos creados por los estudios culturales y que enseñe la forma de
volverlos a aplicar. Cuando encontré un capítulo de Fred Inglis que se titulaba “How to
do Cultural Studies” (Inglis 1993: 227-248) albergué cierta ilusión de encontrar al fin una
reflexión heurística. Pero sólo se trataba de una manera de decir: lo que encontré fue ape-
nas una fórmula para no dejarse atrapar en la disciplinariedad, no confiar en la ciencia y
no salirse de la senda de la correción política. La receta conclusiva, con énfasis en los
valores, reza así:

72
“Encontrar un valor; darle una historia; examinar lo que puede hacerse con él a los pro-
pósitos humanos. Sean cuidadosos; expresen todas las simpatías que sientan; odien lo que
sea odioso; sean buenos” (Inglis 1992: 240).
Inglis nos advierte que ha enunciado su programa con levedad. Sí, sin duda campea aquí
un espíritu de chacota. El problema es que, en cuanto a los métodos concierne, a los cul-
turistas se les ha tornado impracticable decir algo en serio.
Los dos únicos libros que alegan referirse a la metodología culturista son Researching
culture de Pertti Alasuutari (1995) y Cultural Methodologies, editado por Jim McGuigan
(1997b). El tono general de ambos es o bien de reminiscencia historiográfica, o de pro-
puesta programática. El primer libro es de excelente nivel, pero abreva en formas más o
menos tradicionales de análisis conversacional, historias de vida, survey research, méto-
dos estadísticos, tipologías y comparación transcultural procedentes de diversas discipli-
nas, sin ninguna marca peculiar que tenga que ver con los procedimientos comunes en los
estudios culturales, ni referencias a análisis culturistas ejemplares que encarnen una reali-
zación óptima de alguno de esos métodos.
El segundo texto habla generosamente de cuestiones teóricas de variado interés; pero en
ningún momento despliega en forma sistemática algo que tenga que ver con metodología,
cualquiera sea la definición que se acepte del término. En esta compilación Douglas
Kellner imagina lo bueno que sería que los estudios culturales olviden su actitud de be-
ligerancia para con la teoría crítica de la escuela de Frankfurt; a continuación, Tony
Bennett copia un capítulo entero de su libro Culture (Bennett 1998) para proponer que la
disciplina adopte un sesgo más pragmático; luego Ann Gray evoca algunos cruzamientos
entre culturismo y teoría feminista; Martin Lee comenta un poco de geografía cultural; y
finalmente Graham Murdock corona el volumen con este enunciado futurista que sinte-
tiza el tono y los contenidos de la única experiencia supuestamente metodológica de los
estudios culturales:
“Si el análisis cultural ha de proporcionar descripciones densas de la construcción con-
temporánea de significados, y elaboraciones convincentes de las fuerzas que la re-for-
man, debe no sólo recuperar un compromiso reflexivo aceptable con la etnografía exten-
dida; también debe reconectar sus preocupaciones hacia el análisis crítico a través de todo
el ámbito de las ciencias sociales, incluyendo áreas que previamente ha considerado mar-
ginales o irrelevantes” (Murdock 1997b: 191).
Sí, sin duda está muy bien preocuparse por mejorar la capacidad crítica o buscar la forma
de expandir los horizontes. Pero un enunciado metodológico no debería decir sólo lo que
habría que hacer, sino, más fundamentalmente, cómo hay que hacerlo. ¿Dónde está aquí
la metodología?
Si examinamos cualquier programa académico de estudios culturales, comprobaremos
que ninguno incluye siquiera las más elementales nociones de epistemología y metodolo-
gía. Este es por ejemplo el esquema de la carrera de estudios culturales en la Universidad
de Davis (Newton et al. 1998: 557):

 Teorías, Historias y Prácticas de Estudios Culturales


 Estudios en Tradiciones Teóricas
 Introducción a la Teoría Crítica
 La Práctica de los Estudios Culturales

73
 Seminario de Investigación
 Investigación Dirigida
 Coloquio de Estudios Culturales
 Investigación

Los cursos recomendados adicionales (Escritura etnográfica; Género, identidad y sujeto;


Estudios en las retóricas de la cultura; Género y comedia; Relaciones étnicas; Interpre-
tando el significado social, etc.) reafirman el carácter de orfandad metodológica del
movimiento sin plantearse tampoco una crítica formal de la metodología o la epistemolo-
gía disciplinares, y sin asomarse a la cuestión para tener una idea aunque sea negadora,
pero fundamentada.
Tal como lo hemos verificado en el muestreo que hicimos pocas páginas atrás, tampoco
es posible destilar principios más o menos uniformes de metodología a partir de las inves-
tigaciones empíricas, aparte del uso de técnicas analíticas o de almacenes terminológicos
que siempre se originan en otra parte. Se argumentará que semejante academicismo vio-
laría el principio Zen de abstención metodológica que los culturistas han decidido impo-
nerse. Pero los mal pensados seguiríamos sospechando que la verdad es que no hay en
absoluto métodos de los cuales hablar, aparte de la retórica mecánica que se percibe en
todas partes.
Se participe o no de la premisa de que los estudios culturales son metodológicamente vir-
tuosos, lo cierto es que aquellos practicantes de disciplinas convencionales que carecen
de la imaginación y el entrenamiento necesarios para articular investigaciones empíricas
con métodos o marcos teóricos, tienen ahora la coartada de inscribir lo que hacen en la
nueva corriente para estar perfectamente al día y resolver todos los problemas metodoló-
gicos sin hacer gran cosa. Sólo tendrán que desplegar, una vez más, el metarrelato de las
articulaciones entre la cultura popular y la antidisciplina comprometida, afirmando siem-
pre que se pueda, venga o no al caso, que aquella es compleja y esta es sofisticada. Les
alcanzará renombrar cualquier relación en términos de articulaciones y oscurecer la jerga
para hacer creer que no sólo han esclarecido cómo funciona el mundo, sino también cuál
ha sido el proceso mediante el cual una realidad cualquiera se ha constituido como tal. En
el mismo acto de transubstanciación podrán acceder también, como si fuera poco, al lo-
gro de una legitimación instantánea, a un buen negocio y a una posición invulnerable, o
por lo menos tenazmente defendida por miles de acólitos. Ante cualquier reproche meto-
dológico, pueden alegar, como ya lo han hecho tantas veces, que no es posible medir
ciencia tradicional y estudios culturales con la misma vara. De ahora en más las reglas del
juego son otras. Y no se recuerda, en toda la historia de la imaginación sociocultural, o-
tras que hayan sido más fáciles.

74
5. Estudios Culturales y Posmodernismo
¿Son realmente los estudios culturales una superación del posmodernismo, o
representan en cambio algo así como su fase tardía? ¿Ha habido cambio o
crecimiento en lo que va del posmodernismo a los estudios culturales, o se trata
siempre de la repetición de los mismos argumentos?

El giro posmoderno

En la década de 1970 no pasaba gran cosa con los estudios culturales, sumidos en vida
latente en una provincia británica; en los años ochenta su integración con el posmodernis-
mo catapultó los estudios a los ojos del mundo. Poco importó que las clases trabajadoras
que había descubierto el CCCS resultaran contradictorias con las consignas posmodernas
que hablaban del fin de la historia, y que anunciaban el agotamiento de las utopías de
emancipación y de los metarrelatos sobre el proletariado heroico. De alguna manera se
construyó una mitología nueva que exaltaba al unísono la relevancia del clasismo de los
estudios culturales y su integración con un pensamiento que negaba a las clases cualquier
asomo de interés, si es que no lisa y llanamente su existencia.
De la afinidad de intereses entre antropología interpretativa, posmodernismo y estudios
culturales, cualesquiera sean sus conflictos internos puntuales, ya no puede caber la me-
nor duda. La compilación más amplia de estudios culturales que haya salido a la luz, la de
Grossberg, Nelson y Treichler (1992), fue organizada a través de la participación de la
Unidad para la Crítica y la Teoría Interpretativa (Unit for Criticism and Interpretive Theo-
ry) que es un cuerpo permanente de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign.
Leamos cuidadosamente el nombre de la unidad y subrayemos interpretativa. Hay
además unos cuantos antropólogos de la línea “cualitativa” participando de la empresa; es
obvio que se sienten en tierra propia por cuanto comparten con los estudiosos culturales
la premisa de la superioridad intelectual y moral de la interpretación frente a la explica-
ción, la genuina elaboración conceptual o la sistematización de los hechos.
Simbiosis similares se encuentran en otras partes, particularmente entre quienes no pare-
cen tener en claro que, a pesar de tener un objetivo anticientífico en común y compartir
un idealismo envolvente, la ‘teoría interpretativa’ no debería ser para los posmodernos
más que uno entre los muchos metarrelatos legitimantes que tendrían la obligación de
desterrar. Pues, en efecto, en la interpretación subsiste la separación entre un fenómeno
que está ahí afuera y un individuo omnisciente que lo interroga, trayendo a la luz sus sen-
tidos: objeto y sujeto, como en los viejos tiempos. Algunos antropólogos posmodernos
saben perfectamente bien cuál es la diferencia entre la interpretación y las formas típicas
de la posmodernidad, las cuales no admitirían ninguna hermenéutica entre los procedi-
mientos que han homologado. En los estudios culturales, en cambio, pocos parecen haber
oído hablar de la revolución en la autoría etnográfica, de la polifonía, la heteroglosia, la
dialógica o la crisis de la representación (véase Reynoso 1991). Todos sus trabajos, in-
cluso los más nuevos, siguen siendo interpretativos a la manera clásica (véase Nelson et
al. 1992: 4), sin ninguna conciencia reflexiva sobre la paradoja de serlo, y sin una elabo-
ración crítica, aunque fuese sumaria, de los problemas y posibilidades de la interpreta-
ción.

75
La fusión entre posmodernismo y estudios culturales ha sido una y otra vez explícitamen-
te formulada por autoridades influyentes y exentas de sospecha (p. ej. Brantlinger 1990;
Bhabha 1992; Morley y Chen 1996: 2; McRobbie 1994; 1997). A mediados de los años
ochenta hubo un conato de resistencia en el que los estudios culturales opusieron algunas
tibias observaciones críticas a las ideas posmodernas; pero de inmediato, en el mismo vo-
lumen del Journal of Communication Inquiry 10(2) de 1986 en el que se iniciaron las
hostilidades, Stuart Hall, Lawrence Grossberg, Dick Hebdige, y luego Chambers, Fiske,
Watts, McRobbie y Hardt se dispusieron a reconocer “con simpatía” las fuerzas disrupti-
vas del posmodernismo (Chen 1996a: 309 y 323). Para decirlo en pocas palabras, un nú-
mero significativo de los culturistas se ha tornado abierta e incondicionalmente pos-
moderno. No existe, por otra parte, ninguna formulación de los estudios culturales como
algo primordialmente diseñado para despegarse de la tradición posmoderna o posestruc-
turalista. El contendiente del posmodernismo y el enemigo de los estudios culturales son,
por otra parte, el mismo. Ambos lo combaten juntos en Science Wars11.
Periódicamente las facciones más modernistas y políticas de los estudios culturales dejan
escuchar sus protestas contra los posmodernos para llamar en seguida a la conciliación.
Nada menos que Hall llega al extremo de tildarlos de estúpidos sólo para relativizar su
impulso en el mismo párrafo:
“Las extrapolaciones sobre el universo que hace [el posmodernismo] son de plano salva-
jemente exageradas e ideológicas, basadas en tomar sus propias metáforas en sentido
literal, lo cual es incurrir en un estúpido error. … Pero no me malentiendan. En verdad a-
precio la genuina ‘apertura’ del posmodernismo ante estas nuevas tendencias y fuerzas
culturales” (Hall en Grossberg 1996b: 138).
Considerando el movimiento en su conjunto, la insinuación de Grossberg (1996b) de que
los estudios culturales podían servirse del posmodernismo sin contaminarse resultó ser
falsa y ciega ya sea por la equivocada evaluación de las respectivas fuerzas, o por la im-
posibilidad de desandar su fusión una vez consumada. El que ‘utiliza’ al posmodernismo
deviene, mal de su grado, posmoderno: no hay forma de diagnosticar la inclinación teó-
rica de un autor como no sea a través de las posturas que asume.
En algunos casos, empero, los culturistas se asoman al posmodernismo no ya en términos
de una conveniencia metodológica ocasional, sino con fervor de militancia. Examinare-
mos dos ejemplos representativos de coalición entre posmodernismo y estudios culturales
sólo para muestrear el género de escenarios y discursos que esta unión engendra. Antici-
paré dos conclusiones ineluctables:
 Los argumentos mediante los cuales se buscó persuadir a los estudios culturales para
que adoptaran el modelo posmoderno a mediados de los años ochenta, son virtual-
mente los mismos que los que los antropólogos posmodernos utilizan a fines de los
noventa con el propósito de convencer a la antropología para que se integre a los es-
tudios culturales.
 Así como el posmodernismo antropológico generó una lectura selectiva y sesgada del
corpus posmoderno y posestructuralista original (en primera línea Derrida y Foucault,
algo más esporádicamente Baudrillard y Lyotard, casi nunca Deleuze) y degeneró en
una especie de meta-etnografía centrada en las estrategias retóricas de los textos an-
11
O sea Social Text, vol. 46-47, 1996. Más sobre esto más tarde.

76
tropológicos, el posmodernismo va a penetrar en los estudios culturales extraordina-
riamente diluido, para aplicarse a las manifestaciones de la cultura popular en la era
del pop, la realidad virtual, el video clip y los centros comerciales.
Lo que sigue es, entonces, el examen de un par de casos de adopción culturista de marcos
posmodernos. En esta inspección dejaré de lado cualquier clase de crítica del posmoder-
nismo como tal, proyecto que se sale del objetivo de la crítica interna de los estudios cul-
turales que quiero mantener en foco. En realidad, en esta ocasión esa crítica no hace falta.
La inconsistencia intrínseca de los dos proyectos por revisar es de tal magnitud, su rea-
lización metodológica es tan anómala, que ninguno de ellos podría dar lugar a un análisis
productivo de la cultura, aun cuando cada palabra pronunciada por los posmodernos que
las inspiran haya sido verdadera.

Estilos posmodernos: Angela McRobbie

La posfeminista Angela McRobbie es Principal Lecturer de Sociología en la Universidad


del Valle del Támesis en Londres. Su texto más importante probablemente sea Postmo-
dernism and popular culture (1994). En él, y en actitud evocativa, McRobbie recuerda
que cuando el posmodernismo apareció en el horizonte allá por mediados de 1980 (im-
portado de Francia pero ya consagrado en los Estados Unidos a través de Jameson) en la
conferencia del Instituto de Arte Contemporáneo en Londres de 1984 se le respondió con
truculencia. Hacia el final del siglo, escribe McRobbie, el posmodernismo se ha converti-
do en la bête noire favorita de todo el mundo, un movimiento que proporciona generosa-
mente algo sólido contra lo cual luchar. McRobbie fue, sin embargo, una entre los prime-
ros culturistas que se acercaron al nuevo movimiento con cordialidad. Ella misma dice
que lo hizo porque pensó que aquel era el momento adecuado para tomarse un respiro,
para analizar qué es lo que andaba mal con los estudios culturales al modo clásico, o por
qué, si estos tenían razón, experimentaban tantas dificultades en persuadir a alguien más,
aparte de un número diminuto de simpatizantes (McRobbie 1994:2).
Hay que investigar ahora qué encontró McRobbie en el posmodernismo para que lo a-
doptara sin reservas. Y aquí es donde se manifiestan los estragos que puede causar la falta
de adiestramiento en cualquier forma de sistematización teórica y conceptual. Pues ape-
nas se comienza a husmear en la pintura que McRobbie hace del posmodernismo, el lec-
tor no puede menos que advertir, alarmado, que la culturista ha confundido sin remedio la
descripción de los estilos propios de la llamada condición posmoderna (el espíritu lúdico
del arte pop, los simulacros mediáticos, los refritos plásticos, la sensación de atomización
e impermanencia) con la analítica que hace falta para dar cuenta discursivamente de este
estado de cosas. En otros términos, McRobbie imagina que debe existir una homología
necesaria entre el objeto investigado y el marco teórico que lo aborda, el cual debe ser co-
rrespondientemente lúdico, irónico, heteróclito, atomizado y relativo. Dudo entre calificar
esta actitud como magia simpática, o entenderla como una forma perversa de empirismo;
es como si una teoría culinaria pretendiera tener el mismo sabor que la sopa, o una
psicopatología promulgara la adopción de un discurso demencial. De plano, McRobbie
establece entre la estructura de la realidad y las posibilidades del pensamiento un grado
de determinación en primera instancia, una correspondencia icónica, que en vano bus-
caríamos en los mandamientos más estólidos del positivista más estrecho. Richard Rorty

77
consideraba que los positivistas y los demás modernos concebían la filosofía como espejo
de la naturaleza (Rorty 1983); pues bien, el ideario posmoderno de McRobbie concibe la
teoría culturista a modo de espejo, correlato o epifenómeno de las formas culturales. Co-
mo podría decirlo un posmo, el siguiente párrafo demuestra la singular (con)fusión entre
condición posmoderna, estilo mediático posmoderno y teoría posmoderna en el pensa-
miento de McRobbie:
“La noción de posmodernidad ha sido tan profundamente interrogativa que ha probado
ser no sólo permisible, sino necesario, unir el posmodernismo como movimiento estéti-
co/cultural cuyo ímpetu deriva de la quiebra que representa con el modernismo y la van-
guardia, y cuyo impacto radica en su distanciamiento de la linealidad y del progreso te-
leológico y su vuelco hacia el pastiche, la cita, la parodia y el pluralismo de estilo, con la
posmodernidad como una condición más general” (McRobbie 1994: 24, subrayado en el
original).
Hasta Dick Hebdige, él también culturista y posmoderno, estimó necesario advertir el pe-
ligro de que “esta clase de borrado de toda distinción entre categorías, objetos y niveles
que acompaña a ciertas formas de escritura ‘posmoderna’ sea usada como una licencia
para formas perezosas de pensamiento” (Hebdige 1996: 175). En antropología es común
el error de confundir, con alguna asiduidad, métodos con teorías. El caso de McRobbie es
mucho más flagrante: no sólo perpetra esta confusión, sino que agrega al embrollo resul-
tante nada menos que el objeto susceptible de investigarse y el contexto cultural en que la
investigación se realiza.
La ontología de McRobbie es también precaria y lacónica, para decir lo menos; ella es-
cribe, textualmente, “la vida real significa hablar de lo que pasaron por la TV anoche”
(1994: 5). La contrafigura villana que McRobbie construye para justificar la adopción del
posmodernismo, representativa de aquello de lo que ella busca desligarse, es una mezcla
incierta de modernidad, marxismo, Ilustración, semiótica y sobre todo estructuralismo.
Las características que asigna a este monstruo no pueden menos que constituir una gale-
ría de lugares comunes posmodernos, aderezadas con evaluaciones one liner de comple-
jos modelos teóricos de los que o bien no tiene mucha idea, o si la tiene no se ocupa de-
masiado de reflejarla en sus textos. En su pintura, ninguna implicación se sigue de ningu-
na premisa y las decisiones más fuertes se creen dispensadas de toda forma de demostra-
ción. Por ejemplo:
“La razón, la humanidad e incluso la igualdad son conceptos de ‘dominación’ del Ilumi-
nismo. Iluminar a algunos implicaba regular a muchos otros. Los grandes logros de la
racionalidad y el conocimiento estaban basados en prácticas disciplinarias” (McRobbie
1994: 8).
“A diferencia de las diversas corrientes de crítica estructuralista, el posmodernismo con-
sidera las imágenes en la medida en que se relacionan con cada una de las otras y a través
de ellas. … La alta teoría simplemente no estaba equipada para tratar con un pop de múl-
tiples niveles.” (1994: 13-14).
Y de nuevo:
“Me concentraré aquí en [analizar] la defensa del alto modernismo como una defensa del
rol del intelectual en un mundo que está pareciendo peligrosamente anti-intelectual; en la
confianza excesiva que se depositó en un marco conceptual nacido en ese momento histó-
rico de un alto modernismo que está mal equipado para comprender las formas nuevas,

78
más plásticas, de la cultura popular (con su énfasis en el goce); en el alejamiento de esas
nociones de arte políticamente comprometido que surgieron a lo largo de los años se-
tenta” (McRobbie 1994: 83).
Traducido: como la crítica de “peso completo” de la semiología estructuralista no parece
suministrar gran cosa para analizar video clips, entonces adiós modernidad. Fíjense como
en esta conceptualización en estado líquido, el modernismo pasa a ser tanto una expresión
estética (en la que sospecho estarían incluidos el canon de la pintura y la música clásica,
y también la vanguardia atonal, la plástica abstracta y las baladas hippies de protesta)
como un paradigma o equipamiento de investigación que posee “un marco conceptual”.
Aunque exprimamos los textos de McRobbie hasta la última letra, sin embargo, por nin-
gún lado podremos encontrar un intento por justipreciar seriamente la aplicabilidad de los
viejos métodos a los nuevos objetos, o por deslindar la diferencia entre dos estrategias
modernas cualesquiera, como si todo lo que las ciencias sociales urdieron con anteriori-
dad a los últimos cuatro o cinco años fuera homogéneo e indiferenciado.
Pensándolo bien, en realidad ella nunca instrumenta ningún método en absoluto, ya que
las consignas posmodernas como las que disemina son solamente de orden programático
(del tipo “que-bueno-sería-superar-a-Marx”), sin ninguna heurística positiva que se les a-
socie. Sus expresiones (mayoritariamente baudrillardianas) se refieren todas a una condi-
ción posmoderna genérica y planetaria, sin ninguna clase de elaboración operativa que
permita establecer alguna diferencia entre una clase de fenómenos y cualquier otra, y sin
ninguna escala de referencia para distinguir relaciones que pueden ir desde una determi-
nación férrea hasta un tenue influjo. Hay abundancia de aforismos que presumen inteli-
gencia y rebosan sarcasmo, pero ni la sombra de una analítica. McRobbie ni siquiera tra-
baja con suficiente detenimiento las propias categorías posmodernas en que dice inspirar-
se. A algunas de ellas las interpreta en formas que no podrían sostenerse jamás:
“La deconstrucción y el apartamiento de las oposiciones binarias … se pueden compren-
der como una apertura a una nueva forma de conceptualizar el campo político y de crear
un nuevo conjunto de métodos para los estudios culturales. Esto se manifiesta en trabajos
recientes sobre raza, y con más elocuencia en el análisis de Kobena Mercer sobre la raza
como un significante mayor a lo largo de los años de posguerra a ambos lados del Atlán-
tico” (1994: 46).
La retórica clásica carece de un nombre de figura trópica para estos ejemplares, pero el
habla popular las posee en abundancia. La forma de elocución en el párrafo que acabo de
citar corresponde al tropos que los argentinos conocemos como ‘sanata’, ‘verso’ o ‘guita-
rreo’, aproximadamente lo mismo que los norteamericanos califican como pies in the sky.
O sea, máximas que suenan bien y parecerían tener alguna relevancia, pero cuya analítica
es vaga o disparatada: un frenesí de imprecisión, una oportunidad para la impostura. Pues
cualquiera sea la interpretación que se haga de Derrida, ella nunca puede conducir a esta-
blecer una categoría cualquiera como un “significante”, sea este mayor o periférico, y
pretender que con este procedimiento estamos aplicando suficientemente algo que se pa-
rezca a la deconstrucción. La razón de ser de la deconstrucción, de De la gramatogía en
adelante, consiste precisamente en romper con cualquier hermenéutica sígnica de este ti-
po (véase Derrida 1971). Al analizar la ponencia de Kobena Mercer, por otra parte,
resulta claro que si bien ella utiliza la categoría de ‘significante’ (1992: 432-435) lo hace
en el pleno sentido sígnico (y por lo tanto semiológico) de desplegar un método que remi-

79
te a significados, sentidos, connotaciones, metáforas y representación. En ningún momen-
to Mercer habla tampoco de deconstrucción, ni remite su elaboración a Derrida, ni en-
frenta sistemáticamente una ‘lectura consagrada’ susceptible de ser deconstruida. Por el
contrario, Mercer afirma que las prácticas de des-mitificación y re-mitificación como las
que ellas analiza están teorizadas “en una lógica relacional que no es incompatible con la
que subyace al concepto de ‘mito’ en Antonio Gramsci o en Lévi-Strauss” (Mercer 1992:
436). Como bien se sabe después del capítulo que Derrida dedica a la ‘lección de escri-
tura’ de Tristes trópicos, Claude Lévi-Strauss es, precisamente, lo opuesto de la decons-
trucción, aquello contra lo cual la postura de Derrida se constituye en primer lugar (De-
rrida 1971: 133-180). McRobbie, en suma, ha interpretado lo que ha querido; lo malo es
que ni siquiera la deconstrucción admite semejante violencia. El posmodernismo puede
ser muchas cosas, pero no cualquier cosa. Aun para ser posmoderno hay que comportarse
con una mínima coherencia.
Los ejemplos podrían multiplicarse a voluntad, siempre ilustrando la forma en que Mc-
Robbie se deshace sin rebozo de lo que alguna vez fueran los programas culturistas más
básicos, sin renunciar por ello a considerar sus rutinas como una puesta en práctica de
unos estudios culturales a tono con los tiempos. En los brazos de uno de los posmodernis-
mos más acríticos a los que yo haya tenido acceso, McRobbie declara caducos los con-
ceptos de ideología y hegemonía (p. 24), alega que ya no está claro qué significa la distin-
ción entre derecha e izquierda política (p. 44), define como incierto el rol del intelectual
orgánico (p. 45) y asegura que ya no es posible hablar sobre imagen y realidad, o medios
y sociedad, porque todos los conceptos se han entremezclado (p. 17). McRobbie rompe
entonces, más allá de toda duda, con los principios que habían sido cardinales en los estu-
dios culturales inspirados en el proyecto socialista de Raymond Williams; al mismo tiem-
po afirma estar haciendo ‘estudios culturales’ de todas maneras; y en tercer lugar recono-
ce a Michel Foucault como una de sus figuras rectoras (McRobbie 1994: 13, 67, 80, 124-
126). Este continuismo denota otro despropósito: ¿hubiera homologado Foucault, siquie-
ra por un instante, la idea ‘transhistórica’ que los estudios culturales williamsianos y la
práctica posmoderna de McRobbie son la misma cosa? ¿No estamos acaso en presencia
de dos epistemes inconmensurables? ¿Qué sentido tiene invocar a ese autor si no se lo
aplica reflexivamente, y si no se rompe el cordón umbilical de filiaciones, trayectorias
ininterrumpidas y pertenencias nominales del que la epistemología foucaultiana procura
desembarazarse?
No obstante haber decretado la invalidez de cualquier modelo relacional imaginable en
nombre de la fluidez e instantaneidad posmodernas, la visceral falta de consistencia inter-
na del discurso de McRobbie permite sin embargo que ella le exija a Jameson explicar “la
naturaleza precisa de las relaciones sociales e ideológicas que median entre la economía y
la esfera de la cultura” (p. 29). Al plantear sus propias críticas conforme a estructuras de
razonamiento que ella misma había declarado caducas pocas páginas antes, McRobbie
también cuestiona los análisis de los culturistas del New Times12, argumentando que estos
12
Lo que se conoce globalmente como New Times fue un proyecto liderado por Stuart Hall, que se originó
en un seminario patrocinado por Marxism Today. Su objetivo ha sido ir más allá de los análisis del thatche-
rismo, proporcionando alternativas “socialistas”. En los últimos años el proyecto no ha tenido buena pren-
sa. Harris dice de él que en principio “se puede simpatizar con sus análisis, pero, como es usual, las cuestio-
nes se abren sólo para ser llenadas cómodamente con gramscianismo” (Harris 1992: 183). O sea, con lectu-
ras de Gramsci más bien inconexas e interminablemente mediadas por interpretaciones derivadas de Althu-

80
no han intentado poner los placeres del consumo en su contexto histórico o social (p. 34),
y pone en tela de juicio diversas investigaciones neomarxistas, aduciendo que les falta
“un trabajo analítico ‘estructural’, ‘histórico’ y ‘etnográfico’” (p. 39).
El punto más extravagante se alcanza cuando McRobbie asegura que “el posmodernismo
es un concepto para entender el cambio social”, para comprobar en el renglón siguiente
que ya no está claro qué quiera decir ‘sociedad’ (p. 62). Dejemos de lado la contradicción
y vayamos a la afirmación sustantiva. No se puede hablar en serio del posmodernismo
como un marco para comprender cambios experimentados por una entidad que los pos-
modernos se niegan siquiera a reconocer. La falta de una teoría social en las diversas va-
riantes del posmodernismo y el posestructuralismo es axiomática y ampliamente recono-
cida por propios y extraños. Por empezar, no existe en todo el corpus posmoderno o pos-
estructuralista una elaboración teórica de lo social. Baudrillard y lo sociológico no po-
drían jamás ir de la mano en un mismo entramado teórico; escribe Baudrillard:
“Mi punto de vista es completamente metafísico. Si es que soy algo, soy un metafísico,
tal vez un moralista, pero ciertamente no un sociólogo. El único trabajo ‘sociológico’ que
puedo reclamar es mi esfuerzo por poner un fin a lo social” (Baudrillard 1987: 84).
El culturista Michael Ryan ha asegurado que la falta de una teoría social en la deconstruc-
ción no es un olvido extrínseco o accidental, sino una falla intrínseca, constitutiva y hasta
cierto punto deliberada (Ryan 1992: 35). Otros autores pertenecientes al movimiento han
debido reconocer estas lagunas (p. ej. Brantlinger 1990: 26; Hebdige 1996: 179; Kellner
1995: 68-73; 137-145; 177-179). La teoría social posmoderna no es ni buena ni mala:
simplemente no es. Me temo que en estas condiciones es improbable que pueda servir
para “entender” lo que desde el vamos es para ellos una ficción rebosante de discur-
sividad, imposibilitada de constituirse siquiera en objeto de un razonamiento que,
además, pretende ser explicativo.
En fin, aunque no se le pueden pedir deducciones precisas o verosimilitud a una posfemi-
nista que alega, apoyándose en una interpretación difusa de Braidotti y Flax, que la razón
es masculina, moderna, blanca y europea, sigue siendo enigmático por qué se obstina en
imponer a los modernos obligaciones argumentativas a las que ella no se atiene. Tal vez
sea porque McRobbie no despliega tanto un método posmoderno como la mística del
posmodernismo, una mística que, en las oportunas palabras de Marshall Berman
“… se esfuerza por cultivar la ignorancia de la historia y la cultura moderna, y habla
como si todos los sentimientos humanos, la expresividad, el juego, la sexualidad y la co-
munidad acabaran de ser inventados –por los posmodernos- y hubieran sido descono-
cidos, y aun inconcebibles, antes de la semana pasada” (Berman 1983: 33).
McRobbie corona su ejercicio con los habituales pretextos propios de los autores que
detestan la ciencia pero no admiten ser llamados anticientíficos, o que abominan de la ra-
zón pero echan espuma por la boca apenas alguien les recuerda que eso, por definición,
los convierte en irracionalistas. De este modo, para McRobbie celebrar la crisis del mar-
xismo y la izquierda “no implica en mi opinión un olvido o abandono de la política”,
mientras que cuestionar la racionalidad “no significa el abandono de toda razón” (1994: 3
y 8). Quien haya leído hasta acá ya sabe que cuando se plantean las cosas de esa manera,
no cabe esperar que la política o la razón desempeñen de ahí en adelante algún papel.

sser, Mouffe y Laclau, entre otros.

81
Los culturistas no han cuestionado concluyentemente las posturas de McRobbie, que po-
demos entonces dar por aceptadas, al menos en sus líneas generales. Hay algunas excep-
ciones críticas de poca monta. Jim McGuigan, por ejemplo, ha objetado con dureza la
lectura ‘reduccionista’ o ‘reflexionista’ que McRobbie hace de Fredric Jameson (McGui-
gan 1992: 42). Otros autores se preocupan más por su escritura. Will Brooker se lamenta
que McRobbie oscile entre abordajes que son textualistas y otros que son sociológicos,
sin poder encontrar la manera de combinarlos.
“En otro nivel de análisis, hay cierta torpeza y falta de elegancia en el estilo de McRobbie
desde la primera página del libro en adelante, caracterizada por un encadenamiento pere-
zoso de ‘etcéteras’ o de vagas elipsis. Mientras esto puede parecer trivial, es también sin-
tomático de una falta general de precisión en todo su trabajo, que a veces se precipita en
inexactitudes asombrosas” (Brooker 1998: 80).
A pesar que en la escritura de McRobbie la palabra ‘crítica’ aparece párrafo de por medio,
en ningún momento la autora hace el más mínimo gesto por reposicionar o adaptar el
mensaje posmoderno que le viene de afuera. Mientras que el marxismo, el feminismo es-
tándar y la razón merecen las más punzantes y perseverantes de las críticas, las consignas
posmodernas (aun las más reaccionarias y jactanciosas) son fagocitadas con ferviente
mansedumbre. Por eso mismo, McRobbie nos tranquiliza con la idea de que la expansión
de los medios de comunicación de masas tiene consecuencias políticas que no son total-
mente negativas (p. 16), y celebra la adopción del posmodernismo por una nueva genera-
ción de intelectuales “a menudo negros, mujeres, o de clase trabajadora” (p. 23). Ahora
que no hay marxismo, ni sociedad, ni derecha, ni izquierda, mejor que no nos pregunte-
mos qué quiere decir ‘clase’; pero ¿mujeres negras, de clase trabajadora, convertidas en
intelectuales posmodernas? ¡Wow! Esto es mejor que la igualdad. La revolución se can-
cela.

Estilos posmodernos: Lawrence Grossberg

Hacia 1997 encontramos a Lawrence Grossberg ocupando el cargo de Morris Davis Pro-
fessor de Estudios de la Comunicación en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel
Hill. Nuestro hombre es un apasionado de la teoría, un salpicador de citas bibliográficas
que provienen del canon culturista o de Deleuze. La realidad cultural, excepción hecha
del rock-and-roll, no parece interesarle ya tanto. “No tengo objeciones hacia la investiga-
ción empírica”, escribe, “pero si se la ofrece como una alternativa a la teoría, ahí tengo
mis dudas” (Grossberg 1997a: 6).
Hay dos aspectos en la obra de Grossberg que me parecen realmente apreciables. Prime-
ro: aparte de Dick Hebdige, es uno de los pocos culturistas que han criticado algún frag-
mento de su propio trabajo, y lo ha hecho por las razones mejor fundadas.
“Debo admitir que por mis propios estándares, mis esfuerzos en economía han sido de-
masiado limitados, incluso algo así como un fracaso. Antes que encarar el trabajo tedioso
pero necesario de detalle económico (por ejemplo, estudiar los cambios en las legisla-
ciones impositivas, o la financiación de las deudas) me involucré en debates más fáciles y
más abstractos (y por cierto más glamorosos) con los posfordistas y la teoría deleuziana.
No quiero sugerir que estos debates no son importantes; pero sí estoy señalando un ‘fra-
caso de interdisciplinariedad’” (1997a: 14-15).

82
Y en segundo lugar, Grossberg cada tanto ha puesto el dedo en la llaga, señalando fraca-
sos todavía más concluyentes que han afectado y siguen afectando al conjunto de los es-
tudios culturales. Ha llegado a hablar de un agotamiento teórico, de la imposibilidad que
han experimentado los estudios para teorizar en un contexto cambiante, de su ineficacia
para actuar en un proceso que desbordó las escalas que el proyecto podía manejar, y que
terminó por trastornarlo todo en una medida que el culturismo no estuvo entonces en con-
diciones de predecir ni puede ahora siquiera interpretar. En una época de hiper-teoría,
afirma Grossberg, se ha hecho muy poco trabajo innovador en cuestiones de globaliza-
ción, agencia y alteridad (1997a: 19). El problema con ambas confesiones, sin embargo,
es su falta de profundidad y de desarrollo. Digo falta de profundidad porque se supone
que los estudios culturales son el marco por antonomasia y la voz más autorizada en el
terreno de la globalización, la agencia y la alteridad: el culturismo ha traído esos temas a
colación, y por eso no es razonable decir que el modelo fracasa precisamente en ello y
dejar las cosas ahí, como si se tratara de un pecadillo circunstancial. Y digo falta de desa-
rrollo porque he reproducido esas observaciones enteras, y allí se acaban. No hay nada
más. What you see is what you get.
Al lado de su señalamiento de errores y fracasos culturistas, y sin solución de continui-
dad, Grossberg también frecuenta un estilo celebratorio que pone los estudios culturales
por las nubes. La famosa declaración editorial de la revista Cultural Studies, por ejemplo,
reza de este modo:
“Cultural Studies continúa creciendo y floreciendo, en gran parte debido a que el campo
sigue cambiando. Los estudiosos de los estudios culturales afrontan nuevos problemas y
discursos, continúan debatiendo cuestiones de larga data, y reinventando las tradiciones
críticas. … Entendemos la expansión, reflexividad y la crítica interna de los estudios cul-
turales como signos de su vitalidad y como componentes representativos de su estatus co-
mo campo” (Grossberg y Pollock 1998).
Los buenos augurios y los diagnósticos felices siguen y siguen. Tal vez los culturistas ne-
cesiten este incentivo constante; personalmente, como extranjero al movimiento, esta i-
magen de éxito y prosperidad corporativa me resulta fastidiosa, indigesta, poco seria. Si
los resultados fueran tan espectaculares no haría falta subrayarlo de manera tan pertinaz.
Después de todo, hay voces autorizadas que son más cautas y menos encomiásticas:
“Pienso que cualquiera que participe en los estudios culturales seriamente como una
práctica intelectual debe sentir en su pulso, su carácter efímero, su insustancialidad, lo
poco que estos registran, en qué pequeña medida hemos sido capaces de cambiar cual-
quier cosa o de lograr que alguien haga algo” (Hall 1992: 285).
Aparte de sus giros de humor, Grossberg cultiva dos estilos que se alternan en sus textos
sin previo aviso. El primero es lúcido y sensato. El segundo es militante y retórico. Él lo
llama “filosófico y abstracto” (1997a: 26) pero no es nada tan inofensivo como eso. Es
entusiasta y seguramente honesto, pero también insoportablemente locuaz y ciento por
ciento derivativo de influencias a medio masticar. Se lo pasa resumiendo páginas enteras
de libros posmodernos acabados de leer cuyos conceptos no usa jamás en sus investiga-
ciones empíricas. Si el comportamiento discursivo de Angela McRobbie tenía que ver
con una especie de capacidad automática para incurrir en contradicciones que son cual-
quier cosa menos reflexivas, el segundo estilo de Larry Grossberg se abisma más bien en
un rosario extenuante de metáforas topográficas y sustancializaciones que invariablemen-

83
te se refieren al portento que los estudios culturales (posmodernos) han llegado a ser y los
esclarecimientos privilegiados que nos ofrecen. Eso es por lo menos lo que puede infe-
rirse de una sucesión farragosa de abstracciones como esta:
“Las crecientes posibilidades de construir diferencia social (a través de la decodificación
y la apropiación) sugería, sin embargo, un modelo distinto de formación cultural, uno
construido sobre la separación radical, aunque temporaria, entre el centro y los márgenes.
De este modo, si bien era capaz de localizar momentos de resistencia (aunque fragmenta-
dos e imaginarios), la resistencia de la diferencia (en la teoría subcultural) estaba siempre
ligada a un momento de autenticidad que se hallaba amenazado por la incorporación he-
gemónica de los márgenes en el centro, un proceso que aparentemente garantizaba la co-
optación de la resistencia” (Grossberg 1997a: 218)
O esta otra:
“Si la realidad se articula siempre a través de nuestra propia fabricación de ella, no se
puede definir la especificidad (la diferencia) de ninguna práctica o coyuntura aparte de su
permanente articulación dentro de la historia de nuestras construcciones. La realidad es
siempre una construcción de y fuera de las complejas intersecciones e indeterminaciones
entre efectos coyunturales específicos. La realidad en cualquier forma (como materia, co-
mo historia, o como experiencia) no es un referente privilegiado, sino la producción o ar-
ticulación continuada (en términos de Deleuze y Guattari, rhizomática) de aparatos”
(1997a: 228).
Esto parecería lenguaje humano, pero ¿no les invade la sensación que cualquier palabra
podría suceder a cualquier otra? Aprecien ahora esta majestuosa reificación:
“Si bien no hay una sola posición en los estudios culturales, tenemos que comprender los
proyectos, los compromisos y los vectores conforme a los cuales ellos han continuado re-
articulándose a sí mismos, la forma en que han renegociado constantemente su identidad
y en que se han reposicionado a sí mismos dentro de mapas políticos e intelectuales cam-
biantes” (1997a: 196).
Avísenme cuando quieran que me detenga, o cuando logren captar el conjunto. Aquí vie-
ne otra avalancha más de tropos nebulosos, en la que Grossberg intenta ligar su noción
cultural del afecto (en tanto “organizaciones diferentes de inversión”) con el concepto de-
leuziano del afecto como efectividad:
“Ahora argumentaría que lo que vincula las dos organizaciones de afecto es el hecho de
que ambas están fundadas en una noción cuantitativa de intensidad o energía. Son como
líneas de intensidad que los eventos existen (como devenires) para Deleuze y Guattari, y
es como organizaciones de intensidad que los planos cualitativamente diferentes de afec-
tos se constituyen. Es decir, lo que distingue a los diferentes modos de afecto cultural
(sentimientos, mapas de interés, emociones, deseos, la multiplicidad de los placeres, etcé-
tera) son las diferentes formas en que están organizados, lo que a su vez define las dife-
rentes manifestaciones de sus efectos virtuales” (1997a: 28).
Por desdicha, el valor de estas afirmaciones no se establece mejor cuando se las pone en
contexto. El contexto es acaso peor, y con toda seguridad más aburrido. Pese a que él ha-
bla (por ejemplo) de “nociones cuantitativas de intensidad o energía”, en ningún lugar ha-
ce referencias a escalas, magnitudes, unidades o criterios de medición. Y todo es así.

84
Un último punto. Ahora que la palabra de moda es ‘globalización’, y ya no ‘cultura’,
Grossberg propone que los estudios culturales se desliguen de la cultura. No, no va en
broma; y han leído bien:
“Lo que estoy proponiendo entonces, finalmente, es que los estudios culturales deben es-
capar de la cultura. Pueden comenzar con la cultura, pueden construir la cultura como su
objeto, pero su tarea real es describir, comprender y proyectar las posibilidades de los
contextos materiales vividos como organizaciones de poder. Su tarea es comprender las
operaciones del poder en la realidad vivida de los seres humanos, y ayudarnos a imaginar
nuevas alternativas para el devenir de esa realidad. La cultura es su lugar y su arma, pero
no los límites del mundo de los estudios culturales. En última instancia, estoy tratando de
desarticular los estudios culturales del ‘descubrimiento’ moderno de la construcción so-
cial de la realidad, para encontrar una forma, no de deshacerse del discurso y la cultura,
sino de desimperializarlos para traer de nuevo nociones de espacio y realidad material”
(Grossberg 1997b: 31).
¿Entendieron algo? Yo, francamente, no mucho. Todo suena loable y altruista, pero lo de
ponerme a describir, comprender y (sobre todo) proyectar las posibilidades de los con-
textos materiales vividos es una perspectiva que me supera. Sólo sé que hay que escapar.
Ahora bien, Lawrence Grossberg no es el excéntrico de la puerta de al lado, sino una fi-
gura cardinal del movimiento, con su propia foto en las portadas de sus libros, comenta-
rios elogiosos de Stuart Hall, Meaghan Morris y Tony Bennett en la contratapa y la res-
ponsabilidad de editar Cultural Studies, la revista más importante del culturismo. Por su-
puesto, alguno que otro autor lo ha cuestionado (algunas críticas aparecen en este ensayo
que se está leyendo); pero la gran mayoría acepta, o finge aceptar, esas monumentales le-
tanías sin operacionalización, sin correlatos materiales precisos, siempre danzando entre
la obviedad y el sinsentido, como si fuera una expresión normal en una ciencia sana.
¿Qué hacer con Grossberg? Cuando se escribe una crítica, uno debe preguntarse constan-
temente si los golpes que uno asesta guardan una correspondencia razonable con la ofen-
sa que los motiva, o si están dirigidos al contendiente correcto. Pero lo concreto aquí es
que son los mismos culturistas posmodernos los que se propinan el castigo. Son ellos
también los que terminan ofreciendo un texto conformista tras una tapa con pintura de
combate, y una retórica defectuosa donde debería haber un método bien trabajado. Son
ellos los que trivializan tanto las teorías que atacan como los marcos a los que suscriben.
Son ellos los que están harto más absortos en exaltar las virtudes de su movimiento o de
su nuevo juguete conceptual que en esclarecer las realidades a las que su estudio se apli-
ca, o en llevar adelante de una vez por todas la política de la que alardean.
Ya no son socialistas; ni siquiera neomarxistas; ni aun posmarxistas, sea ésto lo que fuere;
dudo incluso que tengan algún capital político que compartir, aparte de una bonhomía
que de todos modos no es un mérito, sino un prerrequisito. Como crítico, a veces me di-
vierto dejando que estos textos culturistas se embrollen en su propia grandilocuencia, sin
tener que endilgarle una censura desde fuera, sin necesitar enfrascarme en una inspección
lógica de algún grado de dificultad. Pero cuando debo confrontar estas manifestaciones
de pedantería, incompetencia y desmesura una y otra vez, o cuando se me torna presente
el compromiso que deberían tener nuestras disciplinas con un mundo social que no está
para nada bien, juro que ya no me resulta tan gracioso.

85
El retorno a las fuentes

En las vísperas del año 2000, cada tanto se ha insinuado que el vigor del posmodernismo
está menguando, y que hay una constelación de nuevas posibilidades que ha venido a
suplantarlo. En la antropología, esa impresión recorre, aunque implícitamente, las contri-
buciones reunidas por Allison James, Jenny Hockey y Andrew Dawson en After Writing
Culture (1997) y la introducción de Barbara Adam y Stuart Allan a su “crítica interdisci-
plinaria después del posmodernismo”. Los compiladores se preguntan si estamos siendo
testigos del crepúsculo de la teoría posmoderna; y su respuesta es “un ‘sí’ cauto y espe-
ranzado” (Adam y Allan 1995: xiii).
En la misma línea, Michael Rosenthal publicó un ensayo que llevaba el título de “What
was postmodernism?”, en el que el deslinde didáctico era menos importante que el men-
saje que afirmaba que, fuese lo que fuese, el posmodernismo ya fue (Rosenthal 1992).
Jean y John Comaroff, de la Universidad de Chicago, proponían ya en 1992 una estrate-
gia de antropología neo-moderna, destinada a sustituir al posmodernismo y a recuperar la
práctica y la dignidad de la etnografía (Comaroff y Comaroff 1992: xi). En sociología,
Scott Lash inicia su Sociology of Postmodernism asegurando que “es evidente que el pos-
modernismo ya no está más de moda” (1990b). En los estudios culturales, Richard John-
son alguna vez propuso la necesidad de una teoría de la subjetividad pos-pos-estructura-
lista, y la idea pegó a despecho de su connotación de linealidad: el pos-pos-estructuralis-
mo ha sido tomado eventualmente como sinónimo de estudios culturales en los Estados
Unidos (Johnson 1996: 104; Nelson 1996: 293; Brantlinger 1990: 17). Estén atentos:
cuando los estudios culturales pasen a la historia, estaremos viviendo el momento del
pos-pos-pos-estructuralismo. ¿No es grandioso?
Sin embargo, si se siguen leyendo esos textos, y cualesquiera otros que se desgarran por
estar al filo de la vanguardia, de inmediato salta a la vista que las contribuciones de un
nuevo tipo simplemente no están allí. La inercia que viene del posmodernismo es tan im-
petuosa que resulta imposible administrar dosis controlables, tomar distancia o cambiar
de dirección. La penetración del posmodernismo en los estudios culturales resultó ser tan
profunda que con llamativa frecuencia escuchamos voces de los practicantes de estos re-
belándose contra el ‘giro literario’ o las metáforas textualistas, por más que las mismas
sean, según buena parte de las referencias históricas, las que confieren a su enfoque su
personalidad distintiva. Escriben Andrew Goodwin y Janet Wolff:
“Las versiones literarias de los estudios culturales … han tomado el posestructuralismo
en sus modalidades más radicales como justificación para una estrategia textual, no so-
ciológica, hacia los textos y las prácticas culturales, en ambos casos debido al sesgo dis-
ciplinar de sus practicantes, y a la creencia de que la teoría crítica involucra que no hay
nada más allá del discurso, o que si lo hay es incognoscible” (Goodwin y Wolff 1997:
123).
Luego vendrá la explicación: la ausencia de vínculos orgánicos con los blue-collars y o-
tras constituciones no académicas ha producido una tendencia en los estudios culturales
norteamericanos a mirar hacia vanguardismos de diversas clases (Goodwin y Wolff 1997:
126). En una obra anterior Janet Wolff desarrollaba una idea parecida:
“La expansión de los estudios culturales, especialmente en los Estados Unidos, se basa en
alguna medida en este giro textualizador, cuyas consecuencias son tanto una despolitiza-

86
ción del proyecto original de los estudios culturales, como la transformación de lo que
debía ser un estudio sociológico crítico en una nueva hermenéutica” (Wolff 1993: 149-
150).
Como después se verá con mayor detenimiento, los estudios culturales también acabaron
fundiéndose con el posmodernismo en Inglaterra, de modo que la explicación de Wolff no
es del todo satisfactoria. Aunque ella misma es posmoderna, Angela McRobbie expresa
su pánico ante la marea textualista en los estudios culturales:
“Lo que me ha preocupado recientemente en los estudios culturales es cuando los desvíos
teóricos devienen excursiones literarias y textuales y cuando yo comienzo a perder el
sentido de por qué el objeto de estudio se constituye como objeto de estudio en primer lu-
gar. ¿Por qué hacerlo? ¿Cuál es el punto? ¿Para quién es? En mi primera lectura de mu-
chas de las ponencias yo fui presa del pánico. ¿Dónde había estado yo los últimos cinco
años?” (McRobbie 1992: 721).
Dick Hebdige, que había sido un culturista posmoderno en varios textos que habían con-
vencido a muchos seguidores, se arrepintió poco después de su giro lúdico, al que comen-
zó a vislumbrar como un exceso de estilo, una celebración del artificio, una evasión de la
responsabilidad social y un alejamiento de la realidad (Hebdige 1988). Otros autores
documentan lo que se ha perdido en el proceso de adopción del textualismo:
“La perspectiva de la crítica literaria, adoptada con tanto entusiasmo en los estudios de
medios en la década de 1980, comparte con el positivismo lógico y la economía política
una certidumbre hacia sistemas y procesos subyacentes, susceptibles de ser descubiertos.
Infortunadamente, carece de la humildad inherente a la práctica (si es que no a la teoría)
de la investigación positivista: la humildad requerida para adherirse a procesos de prueba
utilizando evidencia que se encuentra más allá de las teorías mismas. Las estrategias tex-
tuales afirman ser empíricas meramente a través de su uso de ejemplos concretos de tex-
tos reales. Aun cuando todas las lecturas críticas presuponen que los textos examinados
poseen consecuencias sociales, estos presupuestos nunca se examinan empíricamente
contra las experiencias concretas de nadie” (Jensen y Pauly 1997: 161).
Una vez dentro de esta estrategia, el estudiante puede pasar toda su carrera debatiendo in-
terpretaciones, desarrollando lecturas más matizadas y provocativas, descubriendo nue-
vos textos marginados y significados no advertidos antes, sin encontrar, en todo su cami-
no, a ningún miembro de la audiencia que le pregunte si alguna de esas cosas tiene algún
interés para la vida de alguien (Jensen y Pauly 1997: loc. cit.).
En la última década el posmodernismo y el posestructuralismo han sido tan fuertemente
impugnados (Berman 1983; Kaplan 1988; Ellis 1989; Norris 1990; Featherstone 1991;
Gellner 1992; Callinicos 1992; Roseneau 1992; Mouzelis 1995) que no es de extrañar
que unas cuantas facciones de los estudios culturales quieran romper con ellos ahora que
se les terminó el crédito. En efecto, Paul Willemen (citado por Webster 1996: 222) teme
que los estudios culturales degeneren “en una comatosa repetición de los rituales decons-
tructivistas de la década de 1970”, mientras Alan O’Connor advierte que en diversas con-
ferencias en los Estados Unidos, los estudios culturales “se han vuelto sinónimo de diver-
sas formas de teorización posmoderna” y que en el posmodernismo “se ha perdido el sen-
tido de la cultura como práctica, forma e institución” (1996: 190, 191). Stuart Hall lamen-
ta que algunos estudios culturales hayan degenerado en “una mera repetición, una suerte
de mímica o ventriloquismo deconstructivo que a veces pasa por un ejercicio intelectual

87
serio” (1992: 286). David Morley también protesta contra “la clase de teorías posmoder-
nas y deconstruccionistas que han alcanzado ahora el estatus de ortodoxia en muchas á-
reas de los estudios culturales” (1997: 135). Y Joel Pfister, por su parte, advierte contra la
tendencia pospolítica de los culturistas, “reminiscente de las performances interpretativas
del posestructuralismo que estaban de moda a principios de los años sesenta” (1996:
292).
Semejante torrente de unanimidad sigue testimoniando, sin embargo, la estrecha vincula-
ción entre los estudios culturales en su acepción hoy dominante y el pensamiento poses-
tructuralista/posmoderno. Si los estudios culturales aspiran a fundirse con esas tradicio-
nes y heredar su capital, está claro que también deberán aceptar el hecho de que las críti-
cas que han merecido también les cuadran y que las escaramuzas feroces que hay en su
interior también los alcanzan. Es fácil compartir los axiomas abstractos del posmodernis-
mo; es más duro, en cambio, tener que sancionar sus consecuencias concretas. Cualquiera
con dos dedos de frente se hubiera dado cuenta que el posmodernismo desembocaba en
un callejón intelectual sin salida. Los culturistas, sin embargo, tardaron unos buenos
quince años en darse cuenta de su ingobernabilidad, y hay algunos que todavía insisten en
extenderle una moratoria, no se sabe bien para qué.
Cuando Morley y Chen (1996: 2) insisten en que “los estudios culturales no sólo cambia-
ron la forma del posmodernismo, sino que fueron re-formados por él” sólo la última parte
de la afirmación es verdad. En efecto, los estudios culturales posmodernos constituyen
una especie intelectual escasamente específica; son apenas un eco de lo que han codifica-
do los clásicos posmodernos franceses hace ya algunas décadas, con el toque actual de ri-
gor. Leerlos es como volver a leer a Derrida y Baudrillard, sólo que en locaciones anglo-
parlantes y en un tono más solemne; en la especie híbrida resultante de la mixtura, son
siempre los genes culturistas, con toda claridad, los que se manifiestan recesivos. Mien-
tras tanto, ningún posmoderno o posestructuralista de monta (o sea, de la Europa Conti-
nental) trasunta el más remoto interés por escuchar lo que los estudios culturales tienen
que decir. La influencia del culturismo en el pensamiento y la obra de los posmodernos
franceses ha sido y sigue siendo, según todos los indicios, nula.
Urge entonces dedicar un párrafo a plantear una pregunta ineludible. Si los estudios cul-
turales ya disponían de un cuerpo de teorías y métodos sofisticados, poderosos y produc-
tivos ¿cómo es que apenas puesto de moda el posmodernismo una proporción enorme de
sus practicantes se precipita tan irreflexivamente en él? ¿Es el posmodernismo una exten-
sión natural de lo que se venía haciendo, o más bien está llenando un vacío? Creo que hay
algo de verdad en la observación que formula Ioan Davies cuando afirma que
“El deslizamiento desde el estructuralismo hacia el posestructuralismo, y de allí al pos-
modernismo fue directo; y tuvo lugar porque se fracasó en desarrollar una teoría de la
cultura en la sociedad que fuera algo más que fragmentaria y poco sistemática” (Davies
1995: 156).
Con todo, creo que a fines de la década de 1990 ya son tantos los culturistas que quieren
abandonar el proyecto del posmodernismo como los que lo presentan como el remedio a
todos los males de la modernidad. El problema es que esta vez aquellos ya no pueden
proponer un turn, sino apenas un return. No es sólo del posmodernismo de lo que ahora
quieren desligarse, sino también de la propensión a la mala etnografía, de la actitud pen-
denciera frente a las otras ciencias sociales, de la oposición convulsiva a cualquier asomo

88
de economía política y del populismo conformista, cuyas implicaciones revisaremos des-
pués.
Lo notable es que las invitaciones a la reformulación de los estudios culturales siempre
terminan proponiendo una vuelta atrás de la historia (p.ej. Murdock 1997a: 62-63). En e-
fecto, los partidarios de un back to basics, que miran con nostalgia los buenos viejos
tiempos del CCCS, no tienen otra alternativa que invitar a una previsible, repetida hasta
la saciedad y todavía programática “reinvención” del movimiento, un giro a veces explí-
citamente conservador. No hace falta más que registrar los títulos de Goodwin y Wolff
(1997), Johnson (1997), Bennett (1996a: esp. 319), Nelson (1996), Harris (1992), Pfister
(1996: esp. 296-297), Morris (1996), Webster (1996), O’Connor (1996), Williams (1996),
Garnham (1997) Winkler (1994), Murdock (1997a) y docenas de textos análogos para
sentir en la cara los vientos de la crisis y el carácter apremiante de los cambios a que se
aspira.
Pero ¿cuáles son los cambios? Nunca se trata de algo que hay que crear de ahora en ade-
lante: siempre es el tropos de un camino torcido, una degeneración, un desvío, un puente
roto, una invasión de indeseables, un olvido de las intuiciones originarias, un paraíso a re-
cuperar. Resulta insólito que un movimiento que dice caracterizarse por su apertura
mental y su rechazo a cualquier asomo de ortodoxia haya llegado a un acuerdo tan unifor-
me sobre la necesidad de poner en caja a los que se han apartado del camino correcto. Un
camino correcto cuya guía de paralaje se busca siempre en lo que se hizo antes, y no en lo
que se podría hacer de hoy en más. Por eso tienen un poco de razón quienes afirman que
ya no hay una Arcadia a la cual volver, y que el programa de los nostálgicos envuelve un
diferimiento y una delegación, como si expresara: “Yo tengo un problema; alguien debe-
ría hacer algo al respecto”. Por eso también las esperanzas de recuperar algún día la ple-
nitud del impulso culturista original suenan menos creíbles todavía que los proyectos de
recuperación de la antropología posteriores a Writing culture.
En fin, una corriente tan atestada en los últimos cuatro o cinco años por invitaciones for-
mulaicas a la reinvención está sufriendo algo más que una enfermedad de crecimiento.
Pues bien, esperemos a que alguien reinvente de verdad este movimiento contaminado de
un incómodo textualismo, lastrado de jerga, aislado de la política real, dotado de precur-
sores dignos sin sucesores consensuados, carente de herramientas creadas en su interior y
adherido a rebeliones que ahora se saben domesticadas, y volvamos dentro de un tiempo
a ver qué pasa. Por ahora deberemos contentarnos con las habituales profesiones de so-
berbia de un campo que, aun sumido en un marasmo que en otras disciplinas sería termi-
nal, sigue creyéndose el paladín de una cruzada justiciera, la encarnación misma de las
prácticas del futuro.

89
6. El proyecto fundacional
¿Es recuperable el proyecto inicial de los estudios culturales, o carece de una
entidad teórica claramente expuesta, susceptible de impulsar proyectos nuevos?

Puestos ante la evidencia del dudoso valor científico, del carácter metodológicamente di-
fuso y de la polemicidad inherente a los estudios culturales contemporáneos, sus promo-
tores de la línea ‘moderna’, cada vez con mayor frecuencia, insinúan que lo mejor del
movimiento tiene que ver con el aporte de los pioneros: Hoggart, Williams, Thompson y
por extensión tal vez Hall. Según esta perspectiva, para recuperar la buena imagen del
culturismo sólo basta con retornar a las intuiciones plasmadas en los textos fundaciona-
les. En este punto yo estaría dispuesto a admitir que Raymond Williams y en mucha me-
nor medida Stuart Hall pueden llegar a ser, en efecto, intelectuales valiosos algunas de
cuyas ideas son susceptibles de incorporarse productivamente a la antropología o a cual-
quier ciencia social. Lo que resulta dudoso, sin embargo, es la vigencia y sustentabilidad
de esas ideas, sobre todo en vista de los problemas que se han manifestado al aplicarlas
en su propio movimiento de origen como campo de pruebas inicial.
A lo largo del presente libro hay suficientes referencias al aporte y al estilo de Stuart Hall
como para que su tratamiento en este apartado no sea necesario. Su pensamiento ha sido
harto móvil y de grano demasiado fino como para admitir un resumen. Si bien la idea de
un marco teórico flexible, contextual, situado y abierto como el que Hall dice haber
elaborado suena plausible en principio, en los hechos esa movilidad ha constituido un im-
pedimento para su uso, legitimando un estado de perpetua búsqueda que al mismo tiempo
es una buena excusa para dispensar su carácter inconcluyente. Exponer sus ideas para que
alguien piense en reciclarlas constituiría, además, una impugnación de sus propios obje-
tivos manifiestos de conocimiento localizado y sensible al contexto. Que Hall siga mo-
viéndose al compás de las tendencias cambiantes, y que otros se encarguen de la tarea pe-
sada (y a mi juicio no redituable) de evaluar su aporte. Si alguien quiere saber mejor de
qué se trata, Harris (1992) o Morley y Chen (1996) son excelentes opciones.
Se me perdonará también que excluya a Richard Hoggart y a E. P. Thompson de la si-
guiente inspección. El primero está demasiado ligado a la cultura literaria inglesa como
para resultar de interés para una disciplina como la nuestra. Después de The uses of lite-
racy (Hoggart 1957), su trabajo casi no ha ejercido influencia en el desarrollo teórico de
los estudios culturales (Turner 1990: 51). El prestigio del segundo ha sufrido una sensible
retracción en las reseñas culturistas más recientes; Thompson no constituye ya una figura
actuante en discusiones que no sean de carácter histórico. Este capítulo del ensayo, con-
secuentemente, explora algunas de las propuestas significativas de Raymond Williams al
lado de las críticas que los propios culturistas les han opuesto, para que cada quien realice
su propio balance.
No trataré de compendiar aquí el complejo desarrollo de las obras de Williams. Eso ha si-
do tratado en una gran cantidad de textos. No hay historia de los estudios culturales que
no le dedique un número sustancial de páginas (Inglis 1993; Turner 1990). En la carrera
de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires la fotocopia de Marxism
and literature es lectura obligatoria en todas las materias de la orientación sociocultural
que tienen un espacio disponible en su bibliografía, de modo que Williams no es un

90
desconocido. Más bien me dedicaré a tocar una pequeña cantidad de cuestiones william-
sianas sustanciales y a tomar nota de las evaluaciones críticas que los propios culturistas
han elaborado, sin intervenir más que a título de comentador ocasional.
La relación teórica e institucional entre Williams y los estudios culturales ha sido más
bien tardía y retrospectiva. Tomen nota: ninguno de los libros fundamentales de nuestro
autor menciona siquiera al movimiento, del cual nunca fue miembro orgánico y oficial.
En el Prefacio de 1982 a la edición Morningside de Culture and Society, Williams evoca
el carácter fundacional que su texto tuvo para la Nueva Izquierda Británica, junto con los
de Hoggart y Thompson, pero en un resonante juego de evitación se las arregla para no
referirse ni a los estudios culturales, ni al CCCS, ni a Stuart Hall (Williams 1983b: xi).
De todas maneras, a Williams tampoco le complacía que el culturismo remontara su his-
toria a una cadena de textos, aunque fueran los suyos (Williams 1996: 168). Él considera-
ba que los estudios culturales no debían entenderse como un cuerpo separado de conoci-
miento capaz de ‘hacer bien’ a la gente; sólo podían existir y desarrollarse en estrecha de-
pendencia de la ‘gente común’ a la que debía servir. Pero esta imagen de la educación a-
dulta de posguerra es tenida hoy en día como problemática. La idea williamsiana de una
especie de autoeducación de la clase trabajadora ha sido tachada de sentimental y pater-
nalista: la educación asume en ella un papel heroico en la potenciación de los trabaja-
dores en lucha. A los antropólogos, los cuestionamientos subsiguientes de Barker y
Beezer a la visión de Williams nos suenan familiares, teniendo en cuenta todo lo que se
ha discutido en la antropología posmoderna respecto de la autoridad etnográfica. Los crí-
ticos cuestionan, por ejemplo, el papel tutorial de los instructores en el programa educa-
tivo y dudan de que los dependientes de almacén hayan podido establecer una demanda
precisa y fundada del tipo de educación ‘liberadora’ y ‘democrática’ que estaban necesi-
tando (Barker y Beezer 1992: 4). El programa de Williams era una pedagogía vertical, sin
polifonía ni dialógica.
La influencia teórica de Williams sobre los estudios culturales puede decirse que se inicia
con Culture and society, de 1958. Es un libro de análisis literario, aunque con una pecu-
liaridad crucial, porque su foco no se encuentra precisamente en la literatura, sino en las
conexiones entre los productos culturales y las relaciones sociales. Allí se encuentra la
célebre definición de la cultura como “un modo completo de vida, material, intelectual y
espiritual” (Williams 1966: 16). Sin embargo, si se lo lee hoy desde una postura que no
sea la del análisis de la literatura inglesa, la atención no tiene donde fijarse: el libro se
presenta como una colección de ensayos sobre Thomas Carlyle, las novelas industriales,
D. H. Lawrence, T. S. Eliot, George Orwell… Para un especialista en Letras el marco
puede resultar novedoso, pero desde una ciencia social la dosis de ‘cultura y sociedad’,
precisamente, es apenas perceptible: un tenue acento contextual, acaso un telón de fondo,
el recordatorio de que cada quien es hijo de sus tiempos. Y en lo teórico es también un
libro fósil. Sus limitaciones metodológicas han sido ampliamente señaladas, antes que
nadie por Williams mismo: “el área de experiencia a la que el libro se refiere ha pro-
ducido sus propias dificultades en términos de método” (1966: 17). En una célebre crí-
tica, Terry Eagleton ha puntualizado que Williams “todavía tenía que descubrir el idioma
que le permitiera extender su ‘crítica práctica’ y sus posiciones sociales organicistas hacia
un análisis socialista en plenitud” (Eagleton 1978: 39).

91
Ese análisis sobrevendría en The long revolution (Williams 1961), donde se materializa,
en palabras de Stuart Hall, el traspaso de todo el terreno del debate desde una definición
literaria-moral a una definición antropológica de la cultura (Hall et al 1980: 19). Esa defi-
nición es la siguiente:
“La cultura es una descripción de una forma particular de vida, la cual expresa ciertos
significados no sólo en el arte y en la enseñanza sino también en las instituciones y en la
conducta ordinaria. El análisis de la cultura, a partir de tal definición, es la clarificación
de los significados implícitos y explícitos en una forma de vida particular, una cultura
particular” (1961: 67).
En este texto hace su aparición el concepto de ‘estructura de sentimiento’, que algunos
antropólogos aprecian pero los culturistas han desechado hace décadas. Existe consenso
que este no ha sido un concepto feliz y riguroso que articulara toda la obra de Williams,
sino “una formulación contradictoria y ad hoc que sólo posee un papel muy residual en la
obra de Williams posterior a los mediados de los años setenta” (O’Connor 1996: 190). La
definición que Williams proporciona del término, se ha dicho, es “notoriamente escurri-
diza” y “demasiado genérica”. Aunque la idea ha tenido cierta influencia, alega Graeme
Turner,
“… es difícil no simpatizar con la concepción de Eagleton en el sentido de que la descrip-
ción de Williams de ‘esa firme pero intangible organización de valores y percepciones’ de
una cultura, es poco más que una descripción de la ideología. … La categoría, y los
problemas en definirla adecuadamente, proceden del conflicto entre el humanismo de
Williams … y su socialismo” (Turner 1990: 57-58).
También David Simpson está de acuerdo con el juicio de Eagleton (Simpson 1995: 43).
En el análisis crítico más extendido que conozco de este concepto escribe Simpson:
“Con toda su obvia importancia en la vida de un intelectual de gran estatura, [la estructu-
ra de sentimiento] no ha probado ser un concepto exportable. En lo que yo conozco, na-
die lo ha tomado, utilizado o refinado. … Williams admite de buen grado que él ‘nunca
ha estado feliz’ con el término. … Bajo presión de sus entrevistadores Williams reconoce
la ambigüedad descriptiva de sus diversos usos de la frase. … El grado en que la estruc-
tura de sentimiento no está articulado al punto de ‘satisfacción teórica’, a despecho de su
uso durante veinte años de trabajo crítico mayor, sugiere una resistencia fuerte a esa for-
ma de teorización” (Simpson 1995: 36-43).
Simpson agrega que Williams nunca pudo sustanciar teóricamente esas estructuras de
sentimiento con referencia a formas literarias concretas, y que por esa razón remitía su
verificación a la esfera de lo que es supuestamente “vivido y sentido”: una expresión
grandilocuente que ha terminado convirtiéndose en una coartada que nada explica (Simp-
son 1995: 44). Casi lo mismo piensa John Higgins:
“ … [C]on respecto a cuestiones específicas de teoría, es fácil ahora percibir diversas ca-
rencias, fallas, errores y malentendidos. La noción central de una ‘estructura de senti-
miento’ involucra poco más que una instancia ingeniosa de impresionismo teórico, en la
que una figura retórica trata de asumir la fuerza explicativa de un concepto teórico dis-
tintivamente articulado” (Higgins 1999: 169).
Pero amén de estas fallidas ‘estructuras’, The long revolution exhibe otros problemas,
quizás más graves. Graeme Turner asegura que el libro está

92
“… reconocidamente atravesado por contradicciones internas; carece de una teoría de la
estructura cultural, y de un método apropiado de análisis de textos. … es difícil leer el fo-
co del libro en los ‘patrones’ constitutivos de las relaciones culturales, por ejemplo, sin
lamentar la ausencia de metodologías estructuralistas. Además … uno se da cuenta que el
desarrollo de los métodos analíticos está subordinado al desarrollo de una crítica parti-
cular de la cultura británica. … El análisis, por lo tanto, no establece una metodología”
(Turner 1990: 55-57).
El texto, con su famosa definición holística de la cultura en agudo contraste con un trata-
miento inconexo de su problemática, también ha desorientado a Colin Sparks:
“Las implicaciones de ‘una forma completa de vida’ ya eran suficientemente evidentes en
la época como para que Williams volviera sobre la cuestión en las respuestas a sus críti-
cos. … Mi afirmación es que hoy es la falta de unidad, más que la unidad del libro lo que
nos choca. En mi experiencia esto es particularmente cierto cuando intentamos usar el li-
bro para enseñar a estudiantes que vienen con una formación ‘no literaria’” (Sparks 1996:
28, n. 3).
Entre los críticos que menciona Sparks se encontraba, naturalmente, Terry Eagleton,
quien cuestionaba la antropologización y el holismo del concepto de cultura sobre bases
políticas:
“El trabajo de Williams … tendía a una peligrosa fusión de los modos de producción, las
relaciones sociales, las ideologías éticas, políticas y estéticas, colapsándolas en la vacía
abstracción antropológica de la ‘cultura’. Ese colapso no sólo abolía toda jerarquía de
prioridades concretas, reduciendo la formación social a una totalidad hegeliana ‘circular’
y a una estrategia política muerta al nacer, sino que inevitablemente sobre-subjetivizaba
esa formación” (Eagleton 1978: 26).
La observación de Eagleton respecto de la subsunción de una cantidad de categorías ana-
líticas en un solo concepto podría generalizarse para describir una usanza habitual en la
teorización culturista, más allá del caso particular de Raymond Williams. Ya hemos revi-
sado la forma en que Hall, Grossberg y Slack han subsumido todo un repertorio de con-
ceptos relacionales en el principio de ‘articulación’. La consecuencia natural de esta clase
de fusiones no puede ser otra que el descubrimiento a posteriori de la ‘complejidad’, ‘ri-
queza’ o ‘polivalencia’ de los conceptos (p. ej. Williams 1977: 17, 117), o la necesidad de
introducir a cada rato cualificaciones, excepciones, matices, amortiguamientos (Prender-
gast 1995: 3). Pero que el culturismo haya consagrado esta subsunción como procedi-
miento habitual no quita que lo vea con malos ojos cuando es Williams quien lo practica.
Porque no sólo el holismo de la cultura y la vaguedad de las estructuras de sentimiento
cayeron mal; casi todos los esfuerzos teóricos de Williams han sido impugnados con re-
gularidad aun en las líneas más ortodoxas del movimiento. Graeme Turner, en una histo-
rización clásica de los estudios culturales en Gran Bretaña, ha establecido que tanto Wi-
lliams como Hoggart
“… sufrieron la falta de un método que pudiera analizar más apropiadamente las formas
en que esas formas y prácticas culturales producían sus significados y placeres sociales,
no meramente estéticos” (Turner 1990: 12).
A partir de la década de 1960, Williams inició un período de enseñanza intramuros como
conferencista en Cambridge, y a decir de sus biógrafos fue tomando distancia no sólo de

93
la educación de adultos, sino de la cultura cotidiana “vivida”. Se ha señalado que en
Communications (Williams 1962) el autor depende en demasía de la investigación comu-
nicacional norteamericana, hoy totalmente desacreditada en el interior de los estudios
culturales, lo que hace de ese texto un libro anticuado (Turner 1990: 61). Que el descré-
dito de las teorías comunicacionales haya obedecido, como hemos visto, a razones espu-
rias, difícilmente alcance para revertir la situación. La última contribución mayor de Wi-
lliams se dice que ha sido Marxism and literature (Williams 1977). Pero los culturistas
tampoco tienen a ese texto en la misma estima que quienes lo han leído y apreciado desde
más lejos. El marxismo renovado de Williams no resultó suficiente:
“Es como si él hubiera aceptado su lugar en la tradición marxista sólo para desaparecer
en ella; su valor en las últimas décadas ha sido el de un pionero, más que el de un líder.
Los críticos de su trabajo argumentan que él jamás aportó una especificación exhaustiva
de su postura, o que nunca desarrolló los métodos para su aplicación. Incluso la honesti-
dad de su trabajo al revisar abiertamente su postura, ha sido atacada como una falencia”
(Turner 1990: 68).
A propósito de Marxism and literature, Stanley Aronowitz ha fustigado el estilo de teori-
zación de Williams, al que encuentra distinto de sus lúcidos análisis particulares:
“Las formulaciones teóricas están plagadas de cualificaciones; las frases se abultan con
digresión; la circularidad de la prosa es demasiado evidente. Williams lucha por mantener
aferrados conceptos elusivos adoptando una estrategia evolutiva de definiciones concep-
tuales. Pero, igual que la famosa palabra-clave de Thomas Kuhn, paradigma, que este
utiliza en no menos de veinte formas diferentes, la única idea de Williams, la ‘cultura’ su-
fre al menos del mismo número de acepciones. … Williams nunca logra desligarse de una
rigidez de pensamiento o de expresión que, a medida que se desenvuelve, se muestra ca-
racterística de todo el libro” (Aronowitz 1995: 323).
Precisamente el artículo en el que Williams define la ‘cultura’, según este crítico, se hun-
de a poco de empezar en múltiples locuciones que son sugerentes pero poco satisfacto-
rias. Las disquisiciones que va acumulando no logran clarificar la cuestión. A la larga, se
percibe su desdén típicamente británico por la abstracción y por las formulaciones teóri-
cas complejas (Aronowitz 1995: 329). Un desdén que también era extensivo a sus parcos
regímenes de lectura, y que permitió a sus críticos encontrar con demasiada facilidad un
sinnúmero de errores, asignaciones equivocadas y vacuidades en el tratamiento que con-
cedió Williams al psicoanálisis freudiano, a Lacan, a las teorías del lenguaje o al poses-
tructuralismo (Higgins 1995).
También Stuart Hall ha sido un crítico inclemente de Williams; pero lo fue con supremo
disimulo, y prorrateando en dosis aparentemente iguales elogios y cuestionamientos: la
mano de hierro en guante de terciopelo. Para Hall The long revolution “arrastra un diálo-
go sumergido, casi silencioso, con posiciones alternativas, que no estaban tan claramente
definidas como uno desearía”; la literatura marxista en que se inspiraba Williams era ade-
más una “tradición empobrecida” (Hall 1996a: 34-35). Tanto Williams como Thompson,
prosigue Hall, abordan sus problemáticas mediante una operación de teoría violenta y es-
quemáticamente dicotómica (ibid.: 36). Y cuando Williams redefine su paradigma toman-
do en cuenta las críticas, lo hace (como ha sido frecuente en él) de una manera oblicua,
recurriendo a Gramsci (ibid.: 37). Para Hall sería menos oblicuo, en apariencia, leer a
Gramsci (como él lo ha hecho) a través de las lentes de Mouffe y Laclau.

94
Hablando en una conmemoración de Raymond Williams, Stuart Hall volvió a escenificar
contra su predecesor un conjunto de críticas amortiguadas pero en el fondo muy graves,
casi descalificatorias. Esta vez lo suyo fue algo así como un brote de darwinismo intelec-
tual en acción, reafirmando su estatuto de pensador más apto a través de un contraste im-
plícito, a pocos metros de un cadáver todavía tibio. Recordando ese discurso dice Hall:
“ … hablé acerca de la importancia de la obra de Williams sobre la cultura, de las es-
tructuras de sentimiento, y de las ‘comunidades vividas’, etc. Pero al final ofrecí una crí-
tica de esa concepción de la cultura, debido a su naturaleza cerrada, debido a su reconsti-
tución como un nacionalismo estrecho y exclusivo. El discurso exploraba la hibridez y la
diferencia, antes que ‘enteras formas de vida’, etc., que pueden tener un foco muy etno-
céntrico. Buena parte de la obra de Williams está abierta a la crítica de etnocentrismo, así
como él está abierto a la crítica de estar mal ubicado en relación con el feminismo. …
Williams tiene sus fuerzas, sus intuiciones importantes; es una figura mayor, etc. Pero
desde la posición en que se practican los estudios culturales ahora, uno ve la obra de Wi-
lliams de una forma diferente. Uno comienza a comprometerse con él críticamente, antes
que a celebrarlo o venerarlo” (Hall en Chen 1996a: 394).
Obsérvese la contundencia casi feroz con que Hall desliza que la postura de Williams es
etnocéntrica, cerrada, estrecha, literalmente nacionalista, hostil al feminismo13 y obsoleta
para nuestra mirada actual. ¿Existen calificativos más duros? ¿Amortiguan las pocas vir-
tudes enumeradas (seguidas siempre de displicentes ‘etcéteras’) semejante acto de recri-
minación? Con amigos así…
Probablemente a gestos como estos se refería Christopher Prendergast cuando hablaba de
“los tediosos escenarios edípicos de sucesión y confesión” que afectaron al movimiento
(Prendergast 1995: 1). Pero sería equivocado pretender que la postura de Hall no contiene
algún toque de verdad. Mientras que Hall (por lo menos de palabra) se apresuró a refren-
dar al feminismo, a los reclamos de las minorías raciales o del movimiento homosexual
apenas se hicieron suficientemente conspicuos, Williams no se preocupó en adaptar su lí-
nea teórica conforme al dictado de los tiempos. “Me hubiera gustado comprender qué es
lo que me impidió hacerlo”, admitió más tarde (Williams 1979: 149); pero nunca hizo na-
da al respecto, fuera de apesadumbrarse por su propio silencio.
Los últimos trabajos de Williams casi no guardan ninguna relación con lo que estaba dis-
cutiéndose en los estudios culturales en las décadas de 1970 y 1980. Difícilmente podrían
guardarla. En Politics and letters (1979), Williams llegó a acariciar el sueño de una forma
de estudio literario ligado a los procedimientos de las ciencias naturales: “Si yo tuviera
una sola ambición en los estudios literarios, sería que ellos vuelvan a unirse con la ciencia
experimental” (citado por Prendergast 1995: 20). Aun cuando ya era moneda corriente,
Williams tampoco mostró jamás ningún entusiasmo por el posmodernismo. Christopher
Prendergast especula que Williams quizás hubiera dicho de él lo mismo que Cornell West
expresó sobre el futuro del rap: que terminaría “como acaba la mayor parte de los pro-

13
Que Hall evoque la falta de contacto entre Raymond Williams y el feminismo no parece un recurso argu-
mentativo muy honesto. Es notorio que las mujeres estuvieron relegadas en el culturismo del CCCS más o
menos por la época en que Stuart Hall estuvo al frente de la institución, o sea entre 1969 y 1979. Hasta
1977 ninguna mujer completó allí su PhD (Brunsdon 1996: 276). Escribe además John Fiske: “Incidental-
mente, la relativa falta de reconocimiento del feminismo en la obra de Hall es a la vez sorprendente y desa-
fortunada” (Fiske 1996b: 219).

95
ductos posmodernos norteamericanos: fuertemente empaquetado, regulado, distribuido,
circulado y consumido” (Prendergast loc. cit.).
En The politics of modernism: Against the new conformists, publicado póstumamente en
1989, Williams incluye su famosa ponencia sobre “El futuro de los Estudios Culturales”,
en el que deplora la institucionalización del movimiento, su burocratización y su adapta-
ción a las reglas del juego académico, convirtiéndose en el “hogar de intelectuales espe-
cialistas”. Cuando los estudios experimentaron esta metamorfosis “se aceptó acríticamen-
te un conjunto de teorías que en cierto sentido racionalizaron esa situación”. Williams
condena esta resurrección del formalismo idealista, este retorno a “las formas más sim-
ples (incluso formas marxistas) de estructuralismo”, en una alusión soterrada, pero recia,
a las innovaciones de Hall basadas en Althusser y en la importación de procedimientos
propios de la semiología francesa. Las expresiones finales de Williams, que son en todo
sentido sus últimas palabras, invitan a los estudios culturales a revisar drásticamente su
syllabus y su disciplina, si es que aspiran a tener algún futuro. No hay que leer entre lí-
neas para darse cuenta de que Williams sentía que el movimiento había bastardeado su
programa (Williams 1996: 173, 177).
El libro póstumo de Williams no alcanza sin embargo a establecer su propia estrategia
con suficiente precisión. Como consigna John Higgins, muchos lectores encontraron que
la colección no es satisfactoria (Higgins 1999: 154). También yo la encuentro insustan-
cial, y no soy el único en pensar de ese modo. Prendergast (1995: 196) anota que buena
parte de su escritura ostenta un carácter incómodamente crispado, mientras que Chris
Baldick se queja de que la postura que Williams ataca no es ni referida por su nombre, ni
adecuadamente caracterizada (Baldick 1989: 1205). En una biografía intelectual reciente,
Higgins registra un incesante torrente de críticas a la obra de Williams en la última
década del siglo. Los errores que se señalan y fundamentan son innumerables: la escasa
atención que Williams, como marxista, prestó a los conceptos de clase y estado, e incluso
a la dimensión económica, a las políticas de raza y género, o a las dinámicas del im-
perialismo; la inocultable inexperiencia de su ‘semántica histórica’, ignorante de los pro-
tocolos profesionales básicos en esa área de estudios; una extraña reticencia a especificar
contra quiénes confrontan sus textos críticos; una notoria tendenciosidad en su lectura de
Saussure; un desconocimiento descarnado de las propuestas estructuralistas y poses-
tructuralistas; un mundo literario cuyo panorama estaba restringido a los libros que se
discutían en Cambridge; y un ominoso etcétera (Higgins 1999: 169-170).
Algunos autores quieren que Williams sea el arquetipo del socialista puro en la tradición
de los estudios culturales. En un libro titulado, sin mucha originalidad, Cultural Studies,
Fred Inglis, sin embargo, anota que Williams contrapone política y cultura, y las engloba
en el marco de un marxismo pasado por William Morris, cuyo reloj no está puesto con
miras a la revolución, sino pensando en un análisis inteligente y en la construcción de una
racionalidad científica viable (Inglis 1993: 55-56). Apenas anotado lo anterior, de todas
formas, Williams prácticamente no vuelve a aparecer en un tratamiento increíblemente
verborrágico de los estudios culturales, salvo como una entrada más en las listas de
intelectuales prestigiosos que engalanaron la trayectoria del movimiento.
Con el transcurso de los años, Williams es tal vez mejor evocado en relación con su tra-
yectoria dentro del socialismo inglés que como parte de la corriente que nos ocupa. La
segunda edición de Keywords (Williams 1983a), que incluye unas 120 palabras clave de

96
su fondo personal de conceptualización, omite significativamente una entrada para
‘estudios culturales’. Entre paréntesis, Keywords también excluye algunas locuciones
suyas ya en desuso, como la ‘estructura de sentimiento’, así como todo concepto
característico de otros autores rivales en el interior de los estudios culturales, tales como
‘articulación’, ‘placer’, ‘etnografía’ y ‘encoding/decoding’: un evidente ritual de elusión.
Una voluminosa biografía de Williams, también escrita por Fred Inglis (1995), práctica-
mente no menciona palabra sobre la existencia del movimiento o el CCCS, los que ni si-
quiera aparecen en el índice alfabético. Marxism and literature, el texto fundante de Wi-
lliams en relación con lo que sería el culturismo, merece una mención al pasar como “su
libro ilegible” (Inglis 1995: 249). Tampoco la biografía intelectual de Williams escrita por
John Higgins (1999) menciona jamás al culturismo. La impresión que tendría un lector
distante al leer las biografías de Inglis o Higgins es que Raymond Williams ha sido más
importante para los estudios culturales de lo que estos fueron para él: se puede escribir
una crónica del prócer sin referirse al movimiento, pero es un poco más difícil historizar
el culturismo sin mencionar al menos un par de veces al padre fundador. Esto implica, a
la larga, que si un antropólogo decide buscar inspiración en la inmensa producción de
Williams, no necesariamente tendrá que llevar los estudios culturales a la rastra. Y hasta
cierto punto, también viceversa.
Pero a quien piense que los sucesivos aportes de Williams o de algunos otros fundadores
o estudiosos tempranos del movimiento pueden ser piezas de extrapolación utilizables,
habría que recordarle su carácter fuertemente coyuntural. Sus argumentos tienen sentido
en el contexto de discusiones teóricas y posiciones en el tablero del poder, la práctica pe-
dagógica y la política cuyos significados se han ido perdiendo: las alusiones personales se
han vuelto anónimas, los motivos de su urgencia se esfumaron, los supuestos alguna vez
actuantes son ahora un enigma. En el tratamiento de las influencias de Gramsci, por e-
jemplo, David Harris advierte que la estructuración del patrimonio culturista tiene que
ver más con tácticas puntuales que con estrategias generalizables:
“Cualesquiera sean los méritos o los límites teóricos o políticos abstractos de estos de-
bates … es útil recordar que estas modificaciones y extensiones tuvieron lugar en un con-
texto definido de lucha académica. Quiero sugerir que estos debates se comprenden me-
jor no como una política coherente a largo plazo para releer y repensar conceptos grams-
cianos a la luz de nuevos desarrollos, sino como una adaptación más localizada y táctica a
presiones específicas y a controversias que se desarrollaron en forma más bien despareja
en diferentes campos académicos” (Harris 1992: 29).
Mi revisión de la mayor parte de las discusiones teóricas en el interior de los estudios cul-
turales me lleva a concluir que Raymond Williams simboliza algo así como el arquetipo
del padre fundador al que se rememora sobre todo en momentos de tribulación, cuando el
movimiento en crisis necesita figuras señeras a cuyas ideas retornar. Pero cuando hoy en
día se recuerda a Williams es más para honrar su ética y su imaginación que para admirar
su habilidad metodológica o celebrar la vigencia de sus ideas. Ahora no sería tan fácil re-
vivir su mensaje, pues el contexto es otro: las ideas de Williams ya no se refieren a él.
Tampoco tienen tanto vuelo teórico como para despegarse de las contingencias de sus cir-
cunstancias personales o domésticas. Después de Bajtín y Vološinov, en general se admite
que un texto no es un soliloquio, sino una respuesta a preguntas, planteadas en el contex-
to polifónico de una compleja intertextualidad. Si esto es mínimamente así, está claro que

97
en los últimos quince años las preguntas han cambiado tanto que las respuestas que pro-
porcionan los textos de Williams, deficientes para muchos ya en su época, resultan cada
día menos apropiadas.
Sobrevenida la crisis del socialismo real (cuya culminación en 1989 fue un año posterior
al deceso de Williams), después que el movimiento ensayara tantas variaciones y agotara
tantas influencias, y una vez victorioso un posmodernismo al que Williams no llegó a tra-
tar en profundidad, lo menos que puede decirse es que la obra del fundador se percibe de-
crépita y que no será sencillo restablecerla sin incurrir en anacronismos, sin volver a
plantear problemas que se agotaron hace décadas. Por supuesto, culturistas y antropólo-
gos podrán encontrar en ella algo de inspiración y una buena provisión de ideas. Pero se-
ría ilusorio suponer que la obra de Williams constituye un marco científico de referencia
listo para usar en los tiempos que corren.

98
7. Política y ciencia
¿Es la crítica que articula a los estudios culturales de orden político, o más bien la
izquierda política y la práctica científica son los verdaderos contendientes?

“La revolución constante de la producción, la perturbación ininterrumpida de todas las condicio-


nes sociales, la incertidumbre permanente y la agitación distinguen la época burguesa de todas las
anteriores. Todas las relaciones fijas y cristalizadas son barridas, todas las nuevas formas de que
tomamos noticia devienen anticuadas antes que puedan osificarse. Todo lo que es sólido se disuel-
ve en el aire, y todo lo que es sacro es profanado” (Marx y Engels 1967: 83).
“La era de la simulación es … iniciada en todas partes mediante la intercambiabilidad de términos
anteriormente contradictorios y dialécticos … la intercambiabilidad de lo bello y lo horrible en la
moda; de la izquierda y la derecha en política; de lo verdadero y lo falso en todo mensaje mediáti-
co; de lo útil y lo inútil a nivel de los objetos; de la naturaleza y la cultura en cada nivel del signifi-
cado. Todos los grandes criterios humanistas de valor, todos los valores de una civilización de jui-
cio moral, cívico y práctico, se disuelven en nuestro sistema de imágenes y signos. Todo deviene
indecidible” (Baudrillard 1988: 128).
En las dos citas del epígrafe, prodigiosamente paralelas a pesar de que la primera fue es-
crita en 1848 y la segunda 128 años más tarde, se trasunta el sentimiento de precariedad
que Marx y Engels creía una característica transitoria del momento burgués y que Baudri-
llard imagina permanentemente en acción en la condición contemporánea. Jim McGuigan
conviene en llamar anomia a este sentimiento (McGuigan 1992: 206-207). Marx y Engels
abominan de esta anomia y acicateados por ella invitan a la revolución; Baudrillard fes-
teja el estado de cosas y consecuentemente terminará refrendándolo. En la evolución de
su perfil político, los estudios culturales serán una vez más anómicos. Y puestos a optar
entre la utopía y la fiesta, entre Marx y Baudrillard, se arrojarán de lleno en una tra-
yectoria que niega su propia historia.

Consignas guerrilleras

Hasta comienzos de los años noventa, la autoimagen de los estudios culturales como un
movimiento de contestación y combate político aparecía en prensa con tanta asiduidad
como sus otros alardes de excelencia intelectual. En la versión de máxima daría la im-
presión que los culturistas hubieran ganado la “guerra cultural” contra las políticas socia-
les de Reagan o Thatcher (véase Kellner 1995). En la interpretación de mínima, la lectura
a realizar es que las sucesivas derrotas del campo progresista en la consolidación del
nuevo orden mundial fueron menos rotundas y dolorosas merced a la intervención de los
estudios culturales. Como en cierta antropología también mesiánica, fueran ganando o
perdiendo los estudios se erigieron de todos modos en abanderados de la lucha. Pero
¿hubo verdaderamente una contienda en la que estuvieran envueltos, o se trataba sólo de
una figuración discursiva? El combate, si es que lo hubo ¿tenía que ver con capitales, cor-
poraciones, organismos y personas en el sentido material estricto, o con dimensiones sim-
bólicas de capital cultural, hegemonía e identidad incapaces de devolver un golpe? El
combate, objetivo o imaginario, ¿encontró a los estudios culturales situados en el bando
correcto?
En la actualidad, esas preguntas no tienen una respuesta unívoca y totalizadora, porque
entre el momento en que se definió el programa político original y el día de hoy ocurrió

99
una transformación estructural que no sólo ha sacudido a los estudios culturales sino a to-
das las formas del pensamiento y de la militancia. Lejos de haber llegado a su conclusión,
la historia sigue su curso, sorda a lo que sobre ella se ha decretado. En las dos últimas dé-
cadas, las determinaciones en acción a nivel macro han sido más drásticas que lo que
podría haber sugerido cualquier combinación de ‘articulaciones’ puntuales imaginadas
por los culturistas. Cuando se asentó el polvo y se ganó alguna perspectiva temporal que
permitió apreciar lo sucedido, el mundo era distinto. Los estudios culturales habían hecho
demasiado hincapié en una coyuntura circunstancial, y se habían definido ellos mismos,
deícticamente, en función de un juego de fuerzas efímero. Pero en lo que a las ciencias
sociales concierne, tal vez la historia podría contarse de otra manera: no como algo que
les pasó a los culturistas como a cualquier otro sujeto, sino como un proceso en el que
ellos (junto con los posmodernos) fueron más catalizadores que víctimas.
Decididamente, ni el posmodernismo ni los estudios culturales hicieron caer el muro de
Berlín o impulsaron el capitalismo globalizado; pero sin duda acondicionaron el ambiente
para que los intelectuales reaccionaran frente a esos y otros hechos con actitudes que os-
cilan entre la docilidad, la ambivalencia y la celebración. Mientras el capitalismo transna-
cional se planetizaba a sus anchas, posmodernos y culturistas insistían en abandonar las
“macroteorías reductivas” o los grandes metarrelatos y en hacer que todo el mundo pen-
sante se focalizara en lo particular, lo heterogéneo, lo específico, el micronivel de la ex-
periencia cotidiana (Cvetkovich y Kellner 1997: 1). Como sea, veamos seguidamente las
referencias que definen la naturaleza contestataria del movimiento, que van a ir de lo es-
tentóreo a lo prescindente, de lo partisano a lo conformista, en una ejemplificación que a-
compaña el menguante signo político del recorrido histórico del proyecto.
Colin Sparks comienza diciendo: “Los estudios culturales, desde su surgimiento, han sido
campeones de la democracia” (Sparks 1996a: 15). Ya para Hall no eran otra cosa que
“política por otros medios”, una estrategia de producción de intelectuales orgánicos (Sto-
rey 1996a: 5). Hall no andaba con medias tintas en otros tiempos. Pensaba que “la cultura
popular es el sitio donde el socialismo ha de ser construido. De ser de otra manera, le di-
go la verdad, no me interesa un bledo [I don’t give a damn about it]” (Hall 1981: 239).
También Alan O’Connor piensa que los estudios culturales no son una tradición de erudi-
ción académica libre de valores, sino una empresa de compromiso político (1996: 187).
Para Graeme Turner, la característica definitoria del movimiento es “de compromiso con
objetivos críticos y políticos” (Turner 1990: 4). Sardar y Van Loon proclaman sin ninguna
modestia que el objetivo de los estudios culturales es “comprender y cambiar las estructu-
ras de dominación en todas partes, pero en las sociedades industriales capitalistas en par-
ticular” (Sardar y Van Loon 1998: 9). La australiana Meaghan Morris, utilizando una
expresión repulsiva acuñada en parte por Ronald Reagan, considera a cada culturista
como un intellectual freedom fighter (Grossberg et al. 1992: 37).
Casi en los mismos términos, Richard Johnson (1986) asevera que los estudios son tanto
una forma intelectual como una tradición política. La cultura es para ellos tanto el objeto
de estudio como el sitio de la crítica política y la intervención. La caracterización de John
Frow y Meaghan Morris, por su lado, nos regala otra alegoría bélica: “los estudios cultu-
rales son partisanos en su insistencia en la dimensión política del conocimiento … el pro-
yecto intelectual de los estudios siempre está en algún nivel marcado por un discurso de
compromiso social” (Frow y Morris 1996: 354, subrayado en el original). Nelson, Treich-

100
ler y Grossberg, entre tanto, afirman que los practicantes de los estudios culturales entien-
den su trabajo no sólo “como una crónica del cambio cultural, sino como una interven-
ción en él, y se ven a sí mismos no simplemente como estudiosos que proporcionan un e-
xamen, sino como participantes políticamente comprometidos” (Nelson et al. 1992: 5).
Para James Carey, los culturistas están comprometidos en “una evaluación moral de la so-
ciedad moderna, en una línea revolucionaria de acción política, o, al menos, con un pro-
yecto mayor de reconstrucción social” (Carey 1989: 101). Y Ted Striphas piensa que “el
activismo no es simplemente algo agregado a los estudios culturales a posteriori; es algo
constitutivo de sus prácticas” (Striphas 1998a: 457).
Recapitulemos por un momento el sentido de las palabras que se acaban de leer. Se está
hablando aquí de características definitorias, de política, de compromiso, de intervención,
de lucha partisana, de combate por la libertad, de barricadas, de cambio estructural, de
juicio moral, de revolución, de activismo constitutivo, de reconstrucción de una sociedad
nueva sobre las ruinas de la antigua. Esto es lo que Nicholas Garnham alguna vez llamó
una “repetición mántrica de consignas de lucha, empowerment, resistencia” (Garnham
1997: 57). Desde ya, hay mucho más en esto que una autoimagen épica o un programa
fuerte. Es como el polo opuesto de esa otra representación, más cercana a nuestros días,
en la que de repente el mundo se trasmuta en una galaxia de signos, símbolos y discursos
a interpretar sin ninguna certidumbre. Como podría haber dicho Marx, cuando sobrevino
la marea posmoderna, todo lo sólido se desvaneció en el aire. Y esta vez lo que se hizo
humo fue realmente todo, Marx incluido: hasta el único fundador sobreviviente y activo,
que quería producir combatientes en la línea de montaje de las universidades abiertas al
pueblo y a quien nada que no fuera el socialismo le importaba un bledo, se encuentra di-
ciendo ahora que el posmodernismo es salvajemente estúpido pero intelectualmente se-
ductor (Hall en Grossberg 1996b: 138). Morley y Chen consideran hoy que las obras re-
cientes de Stuart Hall se pueden leer “como una enunciación ‘posmoderna’ de las ruptu-
ras y quiebras que tienen lugar en las estructuras de la sociedad británica” (Morley y
Chen 1996: 2).

El declive de la dimensión política

En fin, los objetivos políticos, subversivos y emancipatorios de los estudios culturales o


bien han encontrado contradicciones insuperables en la forma de llevarlos adelante, o
bien se han convertido en otra cosa. Raymond Williams y Richard Hoggart venían de la
clase trabajadora, y Stuart Hall fue un niño jamaiquino de piel negra en una familia de
clase apenas media. Pero ese no es hoy el común de los casos. En la lista de colaborado-
res de la compilación de Grossberg et al. (1992: 771-776) hay una cornucopia casi exhi-
bicionista de Professors, Jubilee Professors, Assistant Professors, Masters of Arts, Lectu-
rers, Senior Lecturers, Seminar Lecturers, Research Fellows, B. As. y Teachers de nivel
terciario y de posgrado; cuanto más alta la jerarquía, mayor el número. Ni un solo obrero
adulto acabado de alfabetizar; ni una sola “mujer negra de clase trabajadora”; ni un solo
caso de neófitos con menos de tres libros editados. No es la imagen que uno se haría de
una universidad abierta; más bien es un Quién es quién del mundillo intelectual14. En uno
14
La conferencia que sirvió de base a Grossberg et al. (1992), y en la que se insistió tanto en el carácter crí-
tico y abierto de los estudios culturales no fue un dechado de democracia. Después de la ponencia de Hall
hubo un estallido de protesta, en el que varias docenas de asistentes denunciaron que se los estaba manipu-

101
de sus raros destellos de claridad conceptual, Ioan Davies advierte, comentando esta atri-
bulada conferencia, la contradicción que media entre su retórica guerrillera y su reali-
zación bastante más pedestre:
“Es difícil ver esto como algo más que en encuentro de intelectuales de vanguardia que
leen (más o menos) los mismos libros, que están involucrados en la enseñanza y que
quieren publicar. … [E]l objetivo último fue el de coleccionar nombres ilustres, definir el
‘campo’ y proporcionar la antología definitiva” (Davies 1995: 133, 159).
Pero el problema va más allá de los límites de una conferencia fallida, en la que el objeto
de estudio sólo parece servir para ensalzar la destreza de las teorías y la brillantez de
quienes las promueven. Los culturistas de posgrado, en particular, con un diploma sobre
la chimenea y un espacio vacante para el próximo, se encuentran hoy en la situación de
no ser el Otro sino de tener que hablar con él: los informantes o las audiencias cargan con
el fardo de la exclusión o de una existencia gris, mientras los investigadores siguen obser-
vando mucho, pero participando menos. Una vez que obtienen sus datos, corren a escribir
la ponencia (tanto más apreciada cuanto más peculiares y anecdóticos sean sus actores) y
hasta la siguiente compilación o conferencia sobre culturas populares no se los vuelve a
ver. En los viejos tiempos del marxismo, al menos, los intelectuales orgánicos creían
compartir con sus actores una utopía para cambiar el estado de cosas. Ellos y los trabaja-
dores eran, en muchos sentidos, compañeros de ruta.
En los estudios culturales, mientras tanto, la misma frecuencia obscena con que aparece
la palabra “compromiso” nos está sugiriendo una alianza condescendiente (y potencial-
mente rescindible) con los de abajo. Desde dentro del movimiento, John Frow y Meaghan
Morris han llamado la atención sobre la propensión indulgente de los intelectuales a ha-
blar “en nombre de” aquellos que carecen de una voz en el debate social y cultural (1996:
361). Por su parte, John Frow cuestiona a los que abrazan la causa de la cultura popular
de una manera que involucra, para los poseedores de algún capital cultural, “una fantasía
de alteridad y un deseo políticamente dudoso de hablar en nombre de su Otro imaginario”
(Frow 1995: 159). El problema es que aquellos de y por los cuales se habla, ahora ni si-
quiera se pretende que constituyan una clase. La etnografía ya no se hace en una barrica-
da, sino en un centro comercial o mirando video clips. Los actores ya no quieren modifi-
car gran cosa de la sociedad en la que viven (o al menos así se lo insinúa), y los autores
me temo que tampoco. Colin Sparks lleva este dilema bastante atrás en el tiempo:
“El rasgo más obvio del marxismo es que este daba a la clase trabajadora, y en particular
al proletariado industrial, un rol absoluto como portadora del socialismo. Desgraciada-
mente en la Gran Bretaña de 1968 esta no era una afirmación muy útil. En consecuencia,
se mostró necesario hacer cierto número de ajustes, para no decir revisiones, a la teoría o-
riginal. Tanto el encuentro inicial con el marxismo como su evolución subsiguiente en
Gran Bretaña han estado marcados por una lucha para resolver este problema” (Sparks
1996a: 18).

lando como ‘fans’ para el lucimiento de las estrellas. Se distribuyó un borrador intitulado “Hypocrisy in
Cultural Studies” (Pfister 1996: 287), y una asistente, Alexandra Chasin, manifestó estar aterrorizada por la
burocracia de la convención académica y el privilegio que algunos tenían sobre otros en el uso de la palabra
(Grossberg et al. 1992: 293). La feminista bell hooks expresó también que tenía miedo que la conferencia
sirviera para que los estudios culturales institucionalizados cooptaran las reivindicaciones de raza y de gé-
nero para provecho propio (ibid.: 294). Hipocresía o no, siempre parece haber en estos casos una disparidad
palpable entre las declamaciones y los hechos.

102
La lucha sigue sin resolverse. Como puntualiza Angela McRobbie en una observación in-
finitamente citada (McRobbie 1992: 719) el debate sobre el marxismo en los estudios
culturales todavía está por tener lugar. Otros autores asienten (Storey 1996a: 6; Murdock
1997a: 67-70). Después de casi medio siglo de tumulto partisano, y diez años después de
la caída del Muro ¿no les parece a ustedes que la acción viene un poco lenta? No digo ya
la revolución, pero sí al menos el debate. Si se cree a Seidman, habrá que esperar largo
rato para que alguna vez se materialice:
“Aunque ciertas corrientes prominentes de la teorización posestructuralista y posmoderna
… han abandonado efectivamente el marxismo, la mayor parte de las versiones de los es-
tudios culturales no lo han hecho, aunque debe decirse que su defensa del marxismo es a
menudo poco más que una apelación a la importancia de la economía o la clase que una
implementación del marxismo como punto de vista teórico. … La articulación del mar-
xismo y el análisis semiótico, como lo lamenta David Morley, ha sido decididamente en-
deble, a menudo poco más que un gesto retórico” (Seidman 1997: 41)
La pregunta que nos hacíamos al principio respecto de si el combate en que estaba ensar-
zado el movimiento era real o imaginario, y si en esa coyuntura él luchaba en el bando
correcto, se vuelve tanto más complicada cuanto más legitimidad se reconozca a la idea
posmoderna de la caducidad de los grandes relatos, el marxismo entre ellos. Con la posi-
ble excepción de Jameson, ningún posmoderno cree ya en las narrativas de emancipación
del proletariado; por el contrario, esta narrativa de liberación es acaso el arquetipo, la ins-
tancia más pura, el primer metarrelato que uno imagina cuando se trata de establecer qué
demonios es eso de los metarrelatos, y cuál entre todas las grandes narrativas puede
ilustrar mejor su declinación.
Me temo, sin embargo, que así como los culturistas afirmaban al mismo tiempo carecer
de métodos definidos y poseer las metodologías más sofisticadas, en la versión más teñi-
da de posmodernismo no faltará quien implique, simultáneamente, que ‘derecha’ e ‘iz-
quierda’ son distinciones ya perimidas, pero que los estudios culturales están, de alguna
manera, vigorosamente inclinados hacia esta última. Y efectivamente es así, aunque con
la salvaguarda de una oscuridad conceptual casi absoluta o, en su defecto, de un festival
de eufemismos. A los recortes y torsiones de sentidos que son inherentes a las elaboracio-
nes culturistas de las categorías clásicas, como ‘ideología’ y ‘clase’ (que cada vez menos
aparecen por ahí, pero ya sin ofender a nadie ni determinando nada), los posmodernos a-
gregan incredulidades e incertidumbres adicionales. Observemos la forma en que Dick
Hebdige pasa el ya descolorido “marxismo sin garantías” de Stuart Hall por el tamiz adi-
cional del posmodernismo:
“… se trata de un marxismo que ha experimentado un océano de cambios … y sin embar-
go se trata de un marxismo que ha sobrevivido, retornando quizás algo más ligero sobre
sus pies, tambaleante al principio; un marxismo más inclinado tal vez a escuchar, apren-
der, adaptarse y apreciar, por ejemplo, que palabras como ‘emergencia’ y ‘lucha’ no signi-
fican sólo pelea, conflicto, guerra y muerte, sino nacimiento, la perspectiva de una nueva
vida emergiendo: una lucha hacia la luz…” (Hebdige 1996: 198-199).
Ciertos culturistas, por lo visto, han decidido inscribir lo suyo más en el arte que en la
ciencia; y es el lector quien debe soportar tales raptos de poesía atroz. En un comentario
de este mismo párrafo, David Harris encuentra que el impulso lírico de Hebdige está to-

103
davía tratando de salvar Marx y a Gramsci dándole una licencia para el oportunismo: un
marxismo de sobreviviente, podríamos decir, con un final feliz (Harris 1992: 43).
Algunos miembros del movimiento, como Tony Bennett, se muestran todavía más escép-
ticos respecto de lo combativos que se puede llegar a ser en la academia. Al comentar so-
bre la propuesta “heroica” de Hall de concebir los estudios culturales como un instrumen-
to político para producir intelectuales orgánicos, un movimiento en trance de mutar en
“un proyecto personalizado capaz de enfrascarse en batallas por su cuenta”, Bennett cree
que “atribuir tal función a un proyecto intelectual que ha estado y continúa estando basa-
do primariamente en la academia sugiere una falta de reconocimiento de sus relaciones
con las condiciones reales de su existencia, una falta de tal naturaleza que sólo puede ser
descripta como ideológica” (Bennett 1996a: 319-321, notas 1 y 14). Casi lo mismo afir-
ma Joel Pfister cuando reconoce que “el discuso de ‘intervención’ de los estudios cultura-
les parece romantizar el papel académico del crítico como algo suficientemente oposicio-
nal” (Pfister 1996: 296).
En el mismo registro, pero desde fuera del movimiento, Francis Mulhern proporciona una
observación atendible:
“No hay duda de que los estudios culturales han intentado expandir los objetivos sociales
emancipatorios: socialistas, feministas, antirracistas, antiimperialistas. Su intervención ha
sido política en esos sentidos sustanciales y específicos. Pero es romántico seguir pensan-
do los estudios culturales como una ‘intervención’. Ahora son una actividad académica
instituida; y una actividad académica, cualesquiera sean sus méritos intrínsecos, es inevi-
tablemente algo distinto de un proyecto político. ¿Qué pasa cuando una tendencia oposi-
cional se convierte en una disciplina que administra fondos ofreciendo credenciales, ca-
rreras y recursos de investigación? Bien, lo que pasa es más o menos lo que cualquier ob-
servador realista puede esperar” (Mulhern 1997: 46).
El mismo Raymond Williams, poco antes de morir en 1988, advirtió que los estudios cul-
turales habían perdido su norte político. Dice Williams (en pulla implícita contra Stuart
Hall) que la tendencia a focalizarse en textos por influjo de Althusser y el estructuralismo
fue no sólo un retroceso a lo que él llamaba la historia idealista, sino también el punto en
el cual el movimiento olvidó sus propósitos y sus alianzas (Williams 1989). Es la misma
crítica que plantea Ambalavaner Sivanandan, reflexionando sobre los nuevos trabajos
culturistas sobre raza, cuando afirma que los teóricos de última generación, al trabajar só-
lo cuestiones de textualidad, han moderado sus expectativas de cambiar el mundo a cam-
biar la palabra [from changing the world to changing the word] (Sivanandan 1990: 49).
Analizando las relaciones entre estudios culturales y estudios retóricos, los retoricistas
Thomas Frentz y Janice Rushing encuentran la misma sustitución de política por discursi-
vidad:
“Los estudios culturales, especialmente en algunas de sus formas mas posestructuralistas,
son a veces objeto de burla por parte de los retoricistas por haber generado análisis tex-
tuales incababables e hiperteorizados que se han alejado años luz de la agenda política so-
bre la que el campo se fundó originalmente. Incluso dentro de los estudios culturales mis-
mos, detectamos quejas sobre lo que puede parecer un apego fetichista a los textos. ‘Es-
toy frustrado’, se queja Ben Agger, ‘por la creciente tendencia a tornar los estudios cultu-
rales en una metodología vacua para la lectura de textos culturales que no tienen una ver-
dadera fundamentación política’” (Frentz y Rushing 1999: 333).

104
Agger todavía habla de la verdad: una palabra que en los estudios culturales contempo-
ráneos ha caído en descrédito. Cuando los estudios rompieron, a instancias de Stuart Hall
(1992: 279), con la concepción de la ideología como ‘falsa conciencia’, se rechazó tam-
bién su contraparte, la idea de verdad como estado objetivo del mundo; la verdad pasó a
ser apenas un efecto temporario del discurso, un valor relativo del cual ya nadie procura
ser dueño. Algunos culturistas todavía reivindican la búsqueda de una cierta objetividad,
pero su propia elaboración del asunto trasunta que se encuentran en minoría:
“… sin alguna noción de verdad fundada, las ideas de emancipación, resistencia y progre-
sividad devienen sinsentido. ¿Resistencia a qué, emancipación de qué y para qué, progre-
so hacia qué? La literatura de los estudios culturales juega mucho con la palabra ‘poder’.
El problema es que la fuente de ese poder permanece, en general, opaca. Y esta vaguedad
hacia el poder y las estructuras y las prácticas de la dominación resulta en una vaguedad
similar sobre la resistencia” (Garnham 1997: 67).
Colin Sparks, quien se define a sí mismo como “un materialista de bajo vuelo” (Morley y
Chen 1996: 10) documenta así la separación entre estudios culturales y marxismo:
… [P]ara la época en que los estudios culturales estaban experimentando su internaciona-
lización, su elemento específicamente marxista ya estaba en declinación. Retrospectiva-
mente, está claro que los desarrollos teóricos en la corriente principal de los estudios
culturales en la década de 1980 constituyó un lento movimiento aparte de cualquier auto-
identificación con el marxismo. La lógica inexorable de este desarrollo era probable-
mente tan invisible para los protagonistas como lo fue para los observadores externos, ta-
les como el presente autor” (Sparks 1996b: 88).
Si se sostiene, como lo hace Sparks, que la caída del stalinismo proporciona al marxismo
una oportunidad para pensarse de nuevo, el distanciamiento del marxismo experimentado
por los culturistas constituye un movimiento retrógrado. Lo único que distingue ahora a
los estudios culturales de los estudios literarios, alega Sparks, es que aquellos tienen un
repertorio más amplio de textos entre los cuales escoger (Sparks 1996b: 98).
Hace ya bastante tiempo que el concepto de clase ha desaparecido de los estudios cultu-
rales. Martin Barker y Anne Beezer, por ejemplo, en una sección de un ensayo suyo titu-
lada “Whatever happened to ‘class’?” estiman revelador analizar cómo se habla de ‘clase’
en los estudios culturales; o cómo, más a menudo, ya no se habla de ella. Remontan la
caída en desgracia de la palabra a la aparición de Common culture de Paul Willis (1990).
Willis alegaba que la gente común consideraba que su trabajo era ‘aburrido’, y que resul-
taba más interesante observar lo que la gente hacía en su tiempo libre, cuando manifesta-
ba con mayor placer sus identidades y su cultura. El estudio de Willis fue uno de los pri-
meros en una larga serie donde la ‘gente’ que al principio interesaba a los estudios cultu-
rales fue perdiendo progresivamente su perfil clasista, en beneficio del goce de los me-
dios, de variables de género o de cualquier otra cuestión en que se quisiera poner el acen-
to. No interesa tanto seguir cada una de las instancias de esta secuencia, que pasa por Jim
Collins, David Morley, Angela McRobbie y otros, sino documentar el proceso de aban-
dono y consignar que los propios cultores del movimiento tienen conciencia de él:
“Los estudios culturales se han movido de terreno, de modo que el concepto de ‘clase’ ha
dejado de ser el concepto crítico central. En el mejor de los casos, se ha convertido en u-
na ‘variable’ entre muchas; … en el peor, se lo ha disuelto del todo” (Barker y Beezer
1992: 16).

105
Es inútil poner en entredicho o quitar importancia el alejamiento de los estudios cultura-
les de las problemáticas de clase. Stuart Hall ha manifestado:
“En las etapas tempranas tal vez hablamos demasiado acerca de la clase trabajadora, acer-
ca de las subculturas. Ahora nadie habla de ellas en absoluto” (Hall en Chen 1996b: 402).
El único nicho que los culturistas actuales reservan al marxismo implica la conversión de
este en algo así como un eco-marxismo, una anodina comunión de ‘verdes’ y ‘rojos’
(Bahro 1984; Hebdige 1996: 198; Burkett 1999). Tony Bennett también expresa esta ab-
dicación en una frase colorida: la perspectiva de un movimiento de contra-hegemonía
liderado por los estudios culturales, escribe Bennett, está hoy en día tan muerta como un
dodo (Bennett 1998: 49). El propio James Carey, que había propuesto pocos años antes
un ambicioso proyecto de reconstrucción social, tiene que admitir, acabando la década de
1990, que los estudios han abjurado del cualquier objetivo material y político:
“Los estudios culturales abandonaron el contacto con las ciencias sociales y transforma-
ron la creencia posestructuralista de que el crítico es más importante que el autor en la
confortable pero discutible presunción de que el filósofo ha devenido más importante que
el científico” (Carey 1997a: 17).
En otro texto, Carey analiza el vaciamiento culturista del concepto marxiano de ideolo-
gía, y la redefinición de lo cultural como epifenómeno de nuevos factores determinantes,
como la raza y el género. En consecuencia, los estudios culturales han escogido jugar
dentro de las líneas de falla de la cultura antes que a través de ellas, y han terminado con-
finándose dentro de las universidades, lo que difícilmente proporcione una base sólida
para tomar por asalto las ciudadelas del poder.
“Desafortunadamente la izquierda ha estado tan ocupada analizando la ideología, que ha
olvidado desarrollar un programa político capaz de dar cuenta de los deseos relativamente
persistentes de un amplio espectro de ciudadanos. Como resultado, y retorciendo algunas
líneas de Todd Gitlin, podría decirse que la izquierda está peleando por el Departamento
de Inglés, mientras la derecha ocupa la Casa Blanca” (Carey 1997b: 277).
Pero ¿es verdaderamente de izquierda la facción que ocupa el Departamento de Inglés?

Estudios Culturales vs Marxismo vulgar

El problema también tiene que ver con el signo que tomaron las orientaciones políticas de
los practicantes una vez que el movimiento se asentó y adquirió perfiles definidos. Si
bien los estudios culturales han desafiado con pertinacia al pensamiento liberal y conser-
vador, el hecho concreto es que han estado mucho más preocupados por lo que ellos per-
ciben como las limitaciones y rigideces del pensamiento de izquierda (p. ej. Storey 1993:
193-199; Chaney 1994: 191; Hall 1996b; McRobbie 1992; Sparks 1996a, 1996b; Chen
1996a; McRobbie 1994: 46-47; Morley 1997: 491-493). Su esfuerzo por amortiguar re-
duccionismos y materialismos ‘vulgares’ derivados del marxismo, o por deshacerse de la
concepción marxista de la ideología, o por atenuar el carácter clasista de sus ‘culturas’, es
mucho más intenso que el repudio del capitalismo o su denuncia del orden establecido.
Los deterministas económicos o incluso los que sostienen tímidamente que la economía
política debe ser tenida en cuenta, devienen más objeto de embestida que los mismos
conservadores. Cabría pensar, con Sivanandan, que “aquellos que se burlan del deter-
minismo económico son aquellos cuyas vidas no están económicamente determinadas”

106
(Sivanandan 1995: 20). Por la razón que fuere, por cada crítica a Thatcher o a Pinochet en
los estudios hay cien, mil enmiendas a Marx15. Desde fines de los años ochenta, Stuart
Hall va marcando sus distancias con el marxismo cada vez que se le presenta la ocasión:
“Nunca hubo un momento anterior en el que los estudios culturales y el marxismo repre-
sentaran una coincidencia teórica perfecta. Desde el comienzo (para usar esta forma de
hablar por un momento) siempre estuvo la pregunta de las grandes inadecuaciones, teóri-
ca y políticamente, los resonantes silencios, las grandes evasiones del marxismo: las co-
sas sobre las que Marx nunca habló o pareció comprender, y que eran nuestro objeto de
estudio privilegiado: la cultura, la ideología, el lenguaje, lo simbólico. Siempre estuvie-
ron, en lugar de eso, las cosas que habían aprisionado al marxismo como forma de pen-
sar, como actividad de práctica crítica: su ortodoxia, su carácter doctrinal, su determinis-
mo, su reduccionismo, sus leyes inmutables de la historia, su estatuto como meta-narra-
tiva” (Hall 1992: 279).
Hall considera sin embargo fecundo armar los marcos con una teoría que se resiste, con la
que se está siempre en una “tensión irritable” y con la cual hay permanentes puntos de
conflicto (Hall 1992: 290-291). Propone entonces considerar el trabajo teórico a la luz de
una nueva metáfora, la “lucha contra los ángeles”, pues “la única teoría digna de ser teni-
da es aquella contra la cual hay que luchar, y no aquella de la cual se habla con profunda
fluidez” (ibid.: 280). Lo concreto es que Hall siempre eligió ensarzarse no tanto con án-
geles como Marx o Gramsci, sino con sus vicarios (Althusser, Mouffe/Laclau), con quie-
nes nunca tuvo demasiados puntos de conflicto. Tampoco experimentaron los culturistas
aquel sentimiento de tensión irritable hacia el posmodernismo, al que sus adictos (Gross-
berg, Hebdige, McRobbie, Bhabha) no tienen ninguna inadecuación que censurarle: la
doctrina posmoderna ya no es un ángel contra el cual ellos combaten, sino un Dios ante el
cual se han rendido.
El resultado de estos acomodamientos y componendas no podrá ser otro que el de la des-
politización del proyecto, tanto más profunda cuanto más negada. En una demostración
tras otra de que las subculturas no son presa fácil de condicionamiento por parte del or-
den establecido, afirmando una y mil veces que la cultura de masas que fluye desde arriba
es reinterpretada y redefinida por sus destinatarios en términos de resistencia e identidad,
problemas tales como la distribución de riquezas, la mercantilización del arte, la derechi-
zación del estado o el uso ideológico de los medios de comunicación lisa y llanamente
pierden precedencia y hasta se vuelven mal vistos. El leitmotiv periódico de los estudios
culturales aduce que el análisis de la cultura popular no sólo agudiza la comprensión de
lo político, sino que en alguna medida invalida y suplanta a lo que cabe esperar del pen-
samiento político de izquierda. Como resultado, los conceptos explícitamente políticos
(clase, estado, lucha, capital, trabajo, revolución) han sido desplazados por la celebración
populista de las cualidades de su objeto. Una vez más Mulhern lo expresa claramente:
“Los estudios culturales no sólo están llevando adelante la disolución de lo político en lo
cultural sino que en el proceso estan tirando por la borda el legado de sus pioneros. No
dejan lugar para la política más allá de la práctica cultural, o para solidaridades políticas
más allá de los particularismos de la diferencia cultural. No hay espacio, y de hecho

15
Análogamente, el “racionalismo estrecho” de iluministas, positivistas y popperianos es muchas más veces
puesto en tela de juicio que cualquier forma de oscurantismo (véanse Bhabha 1992: 57; Morley 1996: 345-
346; Hebdige 1996: 190-191; Sardar 1998: 90-97).

107
tampoco necesidad para la lucha si la cultura popular … ya es de por sí activa y crítica, si
la televisión y el centro comercial son ya teatros de subversión” (Mulhern 1997: 50).
La despolitización efectiva de los estudios culturales puede leerse también como una rup-
tura con toda forma de economía política y de análisis macroestructural. Dada la pompa
combativa del culturismo, que todavía se manifiesta aquí y allá, resulta increíble que al-
gunos autores tengan que abogar por restablecer esos nexos, y que su postura se encuen-
tre hoy en franca minoría. Escuchemos este reclamo de Nicholas Garnham:
“¿Cómo es posible estudiar el multiculturalismo o la cultura diaspórica sin estudiar los
flujos de migración laboral y los determinantes que en gran medida han creado esas cul-
turas? ¿Cómo es posible comprender las telenovelas como prácticas culturales sin estu-
diar las instituciones de televisión que las distribuyen y que en parte crean audiencia para
ellas? ¿Cómo es posible estudiar la publicidad o los centros comerciales, no digamos ya
celebrar su potencial de liberación, sin estudiar los procesos de manufactura, comerciali-
zación y marketing que hacen esas prácticas culturales posibles? ¿Cómo es posible, en es-
ta coyuntura, ignorar, en cualquier estudio de la cultura y su potencial político, el desarro-
llo de mercados culturales globales, y los procesos tecnológicos y regulatorios y los
flujos de capital que son las condiciones de posibilidad de esos mercados? … Si esto es
reduccionismo o economicismo, pues que lo sea. Este es, para bien o para mal, el mundo
que actualmente habitamos” (Garnham 1997: 72).
La consternación de Garnham desalienta cualquier interpretación del culturismo actual
como un movimiento políticamente progresista, no digamos ya liberador. Salgo de inme-
diato al paso del estereotipo que afirma que el problema tiene que ver con el trasplante de
los estudios a los Estados Unidos, y que en Inglaterra subsiste una modalidad exenta de la
bobada posmoderna (p. ej. Nelson 1996: 276; O’Connor 1996: 188-189, 191; Pfister
1996: 291). Ni tanto ni tan poco. Por empezar, Garnham es inglés y su prédica es sinto-
mática de la situación actual en las islas británicas. Si bien es cierto que los estudios de-
pendieron de su adopción en los Estados Unidos para su consagración mundial, la prác-
tica en Inglaterra también fue invadida por la oleada posmoderna. Ya lo hemos visto a
propósito de McRobbie (1994); quien haya registrado mis referencias a las ideas de Fred
Inglis (1993), de la Universidad de Warwick, sabrá que los extremos de posmodernismo
no son necesariamente más moderados en la islas británicas. Y si prestamos alguna aten-
ción a la cronología de los sucesos, comprobaremos que en Gran Bretaña la adopción del
posestructuralismo y el posmodernismo ha seguido una pauta aun más provinciana que en
los Estados Unidos, dependiendo invariablemente de la traducción al inglés de los textos
fundamentales16. Desde Francia, Mattelart y Neveu han señalado, en efecto, que “los es-
tudios culturales sólo recurren a autores extranjeros cuando sus obras están traducidas,

16
Las Palabras y las cosas de Michel Foucault, publicado en francés en 1966, se cita en los estudios
culturales a partir de (y con posterioridad a) sus traducciones de 1970 o 1973, y la Arqueología del saber,
de 1969, hace su aparición en el mundo de habla inglesa en 1972. De la gramatología de Derrida (1967) se
nombra, siguiendo la traducción de Spivak, recién después de 1976. La Condición posmoderna de Lyotard
espera desde 1979 hasta 1984, y la Crítica de la economía política del signo de Baudrillard permanece en
la oscuridad desde 1972 hasta 1981, exactamente lo mismo que Diseminación de Derrida. Estos datos co-
rresponden sólo a las fechas de las traducciones, antes que a su uso efectivo en el culturismo. En este caso,
el hiato entre la publicación de estos clásicos en francés y su adopción por los estudios culturales es siem-
pre de más de una década (véanse Grossberg et al. 1992: 731 y ss; Storey 1993: 154-180; Grossberg 1997:
passim; McRobbie 1994: passim).

108
con los desconocimientos y las inevitables consecuencias de las diferencias horarias teó-
ricas que resultan de ello” (Mattelart y Neveu 1997: n. 25).
En Estados Unidos los estudios culturales posmodernos fueron adoptados en forma ma-
siva por quienes formaban la segunda mitad de los Baby Boomers y la primera mitad de
la Generación X, como observa Grossberg (1997a: 275). Pero en ambos ambientes el ale-
jamiento culturista de la matriz marxiana corrió en paralelo, y en Norteamérica sólo el
círculo de estudiosos alrededor de James Carey alcanzó a practicar una forma moderna y
socialista de estudios culturales. Por otra parte, hay que tener en cuenta que el populismo
celebratorio de Willis o Fiske (y la despolitización concomitante del proyecto culturista)
son ligeramente anteriores a de la expansión del posmodernismo e independientes de ella:
cuando este llegó, los estudios culturales ya habían extendido la mesa para recibirlo.
Colin Sparks ha analizado en forma minuciosa el distanciamiento entre los estudios cultu-
rales y el marxismo encontrando, sorprendentemente, que se remonta a principios de la
década menos pensada, la de 1960. La ausencia de Marx era ya tan marcada en los
trabajos del Centre por aquella época, que Sparks no puede menos que advertir que “el
Marx que había sido discutido en el trabajo de Hall y Whannel The popular arts era
Groucho, no Karl” (Sparks 1996: 80). Alrededor de 1968 hay una súbita florescencia de
marxismo, pero pasada por el filtro de Althusser y el estructuralismo. Diez años después,
hasta ese marxismo híbrido desaparecería. De este modo, los “estudios culturales mar-
xistas” que viajaron por todo el mundo llevaban desde el inicio un pasaporte dudoso; el e-
lemento marxista estaba en crisis desde el principio y pronto sería más o menos radical-
mente abandonado. La alianza entre marxismo y estudios culturales fue entonces mucho
más contingente y transitoria de lo que alguna vez pareció a sus actores principales
(Sparks 1996: 96).
Douglas Kellner ha notado que Stuart Hall ha sido más bien inconsistente en la articula-
ción de las relaciones entre economía política y estudios culturales, y que casi no desarro-
lló cuestiones de economía política en su propio trabajo (Kellner 1997: 21). Al mismo
tiempo, el marxismo de Hall, en su esfuerzo por no pecar de reduccionista, ha estado en
exceso temperado por la intromisión de una cadena de intermediarios y actualizadores: no
sólo Gramsci, sino primero Althusser y luego Mouffe y Laclau. Como si la política en
crudo fuera demasiado fuerte e hiciera falta licuarla, infundirle refinamiento, o ponerla en
línea con los nuevos intereses culturales. O’Shea y Schwartz proporcionan esta caricatu-
ra, que a despecho de su comicidad expresa con elocuencia la distancia entre el culturis-
mo y sus fuentes de izquierda. Por más que la viñeta vaya en broma, suena como un frag-
mento plausible de la corriente de conciencia de Dick Hebdige, John Storey o Angela
McRobbie. Ellos dicen que Antonio Gramsci
“nunca estuvo en absoluto interesado en … el cine y la radio; él subordinó sistemática-
mente el sujeto a la política, no tenía nada interesante que decir sobre las formas simbóli-
cas de la cultura popular o sus elementos de fantasía, escribió incomprensiblemente sobre
el psicoanálisis … etcétera: un canoso viejo bolchevique” (O’Shea y Schwartz 1987:
106).
Es como si se dijera que para usar a Gramsci hay que domesticarlo, purgarlo de ese aire
que le queda de materialista vulgar, castrar toda connotación remanente entre sus ideas y
la oratoria del Partido, y aunque él no fuera para nada reduccionista, desmaterializarlo to-

109
davía un poco más. Como lo dicta la evidencia revisada, los culturistas llevaron adelante
este trabajo demasiado bien, con un entusiasmo digno de mejor causa. El preciosismo
discursivo de los estudios ya ha hecho que definitivamente dejemos de pensar en ellos co-
mo incursos en alguna clase de marxismo vulgar. Pero ¿qué es lo vulgar? Aijaz Ahmad,
del Centro de Estudios Contemporáneos de Nueva Delhi, lo define con lucidez:
“Tales cargos están disponibles, pienso, contra cualquiera que haga una conexión directa
y consistente entre cultura y clase; entre opresión social y explotación económica; entre
trabajo cultural en una institución académica y responsabilidad política fuera de la institu-
ción; entre una crítica de la cultura capitalista y una dedicación a la transformación socia-
lista en el sentido de una política revolucionaria de las clases trabajadoras. El consenso
vanguardista que define todo esto como ‘vulgar’ se tornó dominante en Francia después
de la derrota de 1968. … En los Estados Unidos, ese distanciamiento de los estudios cul-
turales del marxismo revolucionario e incluso de las tradiciones laboristas sobrevino en
las últimas dos décadas, en parte basándose en poderosas tradiciones anteriores de anti-
comunismo, en parte por la importación de las modas de París” (Ahmad 1997: 51).
Extraordinario análisis, y mejor síntesis: ha sido exactamente así, y así me hubiera gus-
tado haberlo escrito yo.

Populismo

No hay necesidad de que sea yo, sobreinterpretando estas o aquellas expresiones, quien
invite a considerar populistas a las corrientes mejor asentadas de los estudios culturales
de los años ochenta y noventa. Ellos ya lo han hecho suficientemente. No habiendo sufri-
do nunca en carne propia los populismos retrógrados, nacionalistas o bananeros que son
tan comunes en otras regiones del mundo, hasta se diría que algunos imprimen al término
una connotación positiva (Frith 1991; Seamann 1992; McGuigan 1992; 1997; Storey
1993: 192-199; During 1997: 17; Chaney 1994: 75-83; Murdock 1997a). En los últimos
años, algunos culturistas han caído en la cuenta de que ciertos marcos que se han utiliza-
do mecánicamente, como por ejemplo las ideas voluntaristas derivadas de Michel de Cer-
teau, han alimentado una búsqueda sentimental de signos de resistencia en cualquier acti-
vidad cultural. Esta búsqueda ha desembocado en una celebración idealizada de las prác-
ticas del consumo que acabó convergiendo, mal de su grado, con el populismo comercial
de la mentalidad conservadora, “un relativismo feliz en el que todo vale” (Murdock
1997a: 62).
Otros autores han cuestionado la apropiación del concepto de Certeau de “la táctica del
débil” por parte de Fiske; estos débiles serían los que obtienen subrepticiamente benefi-
cios materiales y simbólicos medrando en los intersticios de las instituciones y prácticas
dominantes. John Frow (1991) y David Morley (1998b: 431) han señalado que aunque la
obra de de Certeau reviste gran interés, el peligro de una interpretación parcial de sus tra-
bajos en el sentido de enfatizar (o incluso celebrar) la resistencia popular es innegable.
Tony Bennett, una vez más, ha lamentado que el tratamiento indulgente de los textos de
de Certeau ha dado lugar a una especie de ABC de estudios culturales, una letanía que se
repite de memoria en la cual los subordinados siempre resisten socialmente las formas del
poder cultural (y lo hacen todo el tiempo, en todas partes), y en la que los intelectuales no
tienen más salida que ponerse del lado de aquellos: una teoría automática que genera una
política también automática (Bennett 1998: 168). El problema no es tanto que se celebren

110
indiscriminadamente las prácticas ordinarias, sino que, al sacrificar la sobriedad interpre-
tativa por el efecto estético, y al carecer de una descripción histórica y sociológica de las
prácticas en términos de ambientes sociales específicos, se acabe acuñando, usando y vol-
viendo a usar una palabra (“resistencia”) sin cabal valor analítico:
“Al optar por una poética como forma encubierta de metadiscurso, de Certeau es, en efec-
to, capaz de hacer una nada a partir de algo, disolviendo formas socialmente diferencia-
das de resistencia en una figura retórica única, sin una conexión clara con relaciones so-
ciales verdaderamente existentes” (Bennett 1998: 175).
Una vez más, y al igual que sucedía con las formas, procesos y productos históricos en la
‘cultura’ de Williams o con las relaciones sociales en la ‘articulación’ de Hall, tenemos
aquí otra fusión, esta vez subsumiendo la diversidad de los procesos históricos particu-
lares en una ‘resistencia’ que hasta se presume explicativa, cuando ni siquiera constituye
una descripción consumada. Mattelart y Neveu expresan una evaluación complementaria:
“[L]a fascinación creciente por los signos, los simulacros y las representaciones, que se
refleja en una parte importante de la producción [de los estudios culturales], … está de al-
gún modo relacionada con la situación social de una comunidad universitaria que no tiene
acceso a los mecanismos de toma de decisión y está condenada, por un dispositivo de cá-
mara oscura, a una sombría fascinación por lo simbólico, además de interesarse más por
la ampliación de sus antecedentes académicos que por la observación, dudosa y lenta, de
la recomposición de las fuerzas sociales. Estas evoluciones en su conjunto han provoca-
do, en la década de 1990, la fragmentación de los estudios culturales, un proceso multi-
forme de disolución centrado en los nuevos temas y en paradigmas reciclados” (Mattelart
y Neveu 1997: s/n).
Jim McGuigan, en lo que probablemente es el mejor libro que haya salido de la prensa
culturista en la década de 1990, deplora también el mundo beatífico del populismo inter-
pretativo en que ha acabado precipitándose el movimiento:
“Una estrategia exclusivamente interpretativa no sólo manifiesta inadecuaciones explica-
tivas; también disminuye la fuerza crítica del análisis cultural. Las bases reales para criti-
car las condiciones socio-económicas se deconstruyen, afectando todo vínculo entre lo
que es y lo que debe ser, una afección rotundamente conservadora a despecho de la retó-
rica radical, y en última instancia cómplice con los poderes opresores que afirma comba-
tir” (McGuigan 1992: 245).
De creer a John Fiske y Paul Willis (continúa McGuigan), en la micropolítica de la vida
cotidiana habría tanta acción y sustancia que las promesas utópicas de un futuro mejor,
que habían sido tan convocantes para los críticos de la cultura popular, han perdido toda
credibilidad (McGuigan 1992: 171). Lo que Leela Gandhi (1998: 167) alguna vez plan-
teara como una cuestión de right thinking and left politics en el sentido de ‘pensamiento
correcto y política de izquierda’, se me ocurre que puede caracterizarse ahora con esa
misma expresión, pero tendiendo a denotar más bien ‘pensamiento de derecha y abando-
no de la política’.
Alguien podría alegar que el populismo (como otrora el reformismo, o la socialdemocra-
cia) es una postura política que tiene su costado combativo y utópico después de todo. Pe-
ro no parece que sea así en este caso. Una de las mejores exposiciones del carácter no po-
lítico de los estudios culturales se encuentra en Todd Gitlin (1997). Dice Gitlin que para
los estudios culturales coetáneos al descrédito del metarrelato marxista, la cultura popular

111
es un escenario en el que la gente canaliza su deseo, su placer, su iniciativa, su libertad.
Es esta premisa la que otorga a los estudios su aura de compromiso, o por lo menos, de
consuelo político. Encontrar razón y valor, brillo y energía en la cultura popular, es a-
firmar que el pueblo, por golpeado, dividido, desempleado y drogado que esté, no ha sido
aun vencido. Por desfavorable que sea el balance de las fuerzas políticas, la gente lleva e-
xitosamente una vida de resistencia. ¿Que la comunidad afro-norteamericana sufre? No
importa; ¡al menos tienen rap! (Gitlin 1997:33).
El problema que Gitlin encuentra en los estudios culturales es que, más de una vez, ellos
se han convertido en la única forma conocida de hacer política para los intelectuales de
buena parte del mundo de habla inglesa. Igual que la cultura, la práctica académica ha
sido premiada por esta política-consuelo. Los estudios culturales se institucionalizaron y
cooptaron las mejores ubicaciones en la academia precisamente en los años en que la
derecha política de Reagan y Thatcher ejerció el poder económico y político más prolon-
gada y consistentemente que en cualquier otro período en el medio siglo precedente. La
situación de los estudios culturales, en fin, se adapta a los contornos de este momento po-
lítico. Confirma y refuerza la parálisis actual: la incapacidad de los movimientos sociales
y de las sensibilidades disonantes de imaginar y llevar a la práctica formas de compromi-
so público capaces de adquirir peso institucional, ser efectivas y tomar poder. Al querer
encontrar política en su propia praxis y en las costumbres de las audiencias mediáticas, la
corriente dominante en los estudios culturales pone su sello de aprobación en lo que ya
era una tendencia poderosa en las sociedades industriales: la difusión y consumo de la
cultura popular como un sustituto de la política.
“¿Existe alguna chance de una modesta redención? Tal vez, si imaginamos unos estudios
culturales de cabeza más dura, menos deseosos, libres de la carga de imaginarse ellos
mismos como una práctica política. … Si deseamos hacer política, organicemos grupos,
coaliciones, demostraciones, lobbies, lo que sea; hagamos política. No pensemos que
nuestro trabajo académico ya lo es” (Gitlin 1997: 37).
Con todo, esto es un programa, antes que un logro efectivo; y es un programa que conce-
de (graciosa concesión) que el culturismo se sigue definiendo en términos políticos de iz-
quierda, lo que como se ha visto no es ni lejanamente el caso. En la práctica real de los
estudios culturales en su forma contemporánea, la lucha de clases ha sido gustosamente
olvidada o por lo menos pospuesta. Al culturismo le seducen más otras luchas, que pare-
cen más fáciles. Después de su batalla contra las disciplinas, el combate que los estudios
culturales de estilo posmoderno afrontan con más fervor es la guerra contra la ciencia, la
objetividad y la razón.

La guerra de las ciencias

Después del marxismo vulgar, la sombra negra de los estudios culturales es menos el
pensamiento conservador que el discurso científico. Ya lo dice con toda claridad su
portavoz Fred Inglis: para él los estudiosos de la cultura necesitan
“… por su historia tanto como por los principios de la dialéctica, trabajar siempre en opo-
sición a la política y la cultura dominante del día, y por lo tanto resistir y criticar la cien-
cia (la forma más poderosa del pensamiento) tanto como al capitalismo (como la econo-
mía política oficial) en todos los emprendimientos intelectuales” (Inglis 1993: x).

112
En nombre del relativismo, del arte, de la hermenéutica y de los grandes valores de la
felicidad y la comunidad [sic], Inglis también nos invita a luchar contra los demonios ge-
melos del fascismo y el stalinismo, y a considerar en su historicidad hasta las formas de
conocimiento más objetivas. Su relativismo, que además se precia de no ser crudo, sus-
pende sin explicación alguna su “oposición dialéctica” cuando de interpretación se trata.
La interpretación (que no parece estar gravemente supeditada a ninguna forma de histori-
cidad) es un arte, y arte es todo lo que nos permite ver la verdad. El libro de Inglis, sig-
nificativamente, ostenta una dedicatoria al antropólogo interpretativo Clifford Geertz, y
reconoce en el modelo geertziano del análisis de la riña de gallos en Bali el modelo a se-
guir (Inglis 1993: 165-169).
La posición del movimiento frente a la ciencia estándar se despliega a sus anchas en esa
suerte de sociología del conocimiento que se ha dado en llamar “estudios culturales de la
ciencia” (Sardar y Van Loon 1998: 90-99; Biagioli et al. 1994; Biagioli 1999; Rouse
1999). Pese a los esfuerzos que se han hecho por incluir en sus inventarios retrospectivos
a figuras externas como Bruno Latour o Jerome Revetz, los textos representativos de los
CSS podrían ser los de Sandra Harding (1993), Michael Adas (1989) y Steve Fuller
(1997). Junto a ellos se encuentran trabajando codo a codo al menos dos antropólogos,
como después se verá: Michael Fischer (1995) y Emily Martin (1996).
Las líneas argumentales de los que subrayan la ‘construcción social de la ciencia’ son más
o menos las mismas en todos esos textos, tanto en los que están fuera del movimiento
como en los internos. Todas estas elaboraciones se encuentran incorporadas como funda-
mento a la acostumbrada pose anticientífica de los estudios culturales en la práctica usual
del campo, sin que importe demasiado que los autores de quien se toman las consignas
hayan sido explícitamente culturistas o no. En lo que a la ciencia respecta, el culturismo
utiliza a Latour, Revetz o Aronowitz como referentes, así como en relación con la cultura,
y en otras épocas, se inspiraba en Althusser o en Gramsci. No se puede decir, sin
embargo, que los estudios culturales en sí hayan agregado algo específico y original a lo
que ya anunciaba la sociología de la ciencia, desde Kuhn en adelante, esto es, que el co-
nocimiento de toda realidad es situado, provisional y relativo. Esto es algo que los cientí-
ficos saben bien después de Karl Popper; pero los culturistas quieren ir un poco más le-
jos, y ya no se contentan con poner el conocimiento entre paréntesis, sino que anhelan
poner entre comillas la realidad misma. Su arrogancia, mientras tanto, no conoce límites.
El folleto oficial del Center for Twentieth Century Studies de la Universidad de Wiscon-
sin en Milwaukee, por ejemplo, establece que una de las razones fundamentales para el
desarrollo de su programa culturista de crítica científica y tecnológica radica en que “la
tecnología … es demasiado importante para dejar que los tecnólogos se encarguen de e-
lla” (Balsamo 1998: 290). Sólo falta que digan que con el oscurantismo estábamos mejor.
Los estudios culturales nunca quisieron convertirse en ciencia, pero se sienten calificados
para hablar de los determinantes socioculturales del pensamiento científico, y llegado el
caso hasta de sus alcances y contenidos, como si supieran bien de qué se trata. Y como si
el concepto de determinación en primera o en última instancia, abolido por el culturismo
en otros contextos, recuperara en esta inflexión su plena validez. Para ellos cualquier idea
de determinación es reduccionista, excepto en el caso de la determinación de la ciencia
por lo social (véase Fischer 1995: 47). Esta se vislumbra como una forma de coacción en
la cual la sociedad es una entidad ambigua que tiene infinidad de atributos (pero ya no

113
clases), y que de algún modo es capaz de aniquilar las pretensiones de la ciencia, de las
disciplinas, de la objetividad y de la razón, dejando en pie sólo a los estudios culturales.
Hay un proceso mil veces experimentado por los irracionalistas, en el cual se comienza
por negar objetividad a la ciencia en tanto construcción social, para seguir después afir-
mando el carácter subjetivo de los valores, y terminar inexorablemente negando el carác-
ter objetivo de la realidad. Este proceso conduce al construccionismo, es decir, a la idea
de que la realidad es construida histórica, social o incluso subjetivamente. Pues bien,
algunos culturistas recorrieron todo ese trayecto, lo cual no deja de ser singular para una
doctrina que se define en términos políticos. Queriendo ser sutiles, por lo menos unos
cuantos de ellos terminaron renunciando al único criterio capaz de establecer alguna dife-
rencia, por ejemplo, entre quienes reconocen que hubo un Holocausto y quienes lo nie-
gan: criterio que necesariamente ha de ser (aunque suene desagradable) el carácter objeti-
vo de la realidad y la posibilidad de discutir fundamentadamente los valores. Esto es lo
que otorgaría sentido a la política, al menos a la que se precia de progresista. ¿Cómo eva-
luar Auschwitz de otra manera? Observemos lo que afirma Fred Inglis, radiante de ufa-
nía, como si estuviera anunciando algo de veras democrático y revolucionario:
“Nosotros permitimos el subjetivismo (todo lo que es de valor en el mundo es porque yo
lo digo), acordando que las distinciones de valoración que hacemos (los ‘predicados de
valor’ según la jerga) no se corresponden con ninguna propiedad ‘primaria’ u objetiva del
mundo. … Esto disuelve la distinción entre hecho y valor, al menos en la investigación
humana” (Inglis 1993: 233).
O sea: si el valor es subjetivo, y no hay distinción entre hecho y valor, mal que nos pese
los hechos también devienen subjetivos. Obsérvese, para terminar, que un movimiento
que comenzó cuestionando los diversos autoritarismos, ahora se arroga el derecho de dic-
taminar qué es lo que está permitido (“porque yo lo digo”), sin que lo que pasa realmente
en el mundo o lo que la razón deduce sirvan como indicadores a tener en cuenta.
No deseo aquí entrar en litigio con estas ideas; sólo documentarlas. Aunque siento que
alguna vez habrá que resignarse a discutirlas, no quiero quebrar el estilo de crítica interna
de este ensayo saliendo a defender una ciencia que para mal o para bien ha sido y sigue
siendo inmensamente productiva, mientras los propios estudios culturales se caen a peda-
zos. Llevaría un espacio desmesurado debatir aquí esas materias y aducir los elementos
de juicio necesarios para dar pie a una elaboración concluyente. No es ése el foco del tra-
bajo. Es más útil dejar sentado, simplemente, que aunque la defensa de los valores cientí-
ficos en el culturismo ha sido y sigue siendo apenas tibia y sumamente esporádica, el re-
lativismo ha recibido una respuesta satisfactoria en los trabajos de Jane Tompkins (1986)
y David Morley (1997). En lugar de intentar una defensa lógica o filosófica de la ciencia,
como en Gross y Levitt (1994), en Gross et al. (1996), en Koertge (1998) o en Hacking
(1999), también provechosos, esos textos a los que remito se focalizan en la cuestión des-
de el punto de vista de unas ciencias sociales que no se resignan a una inocua concepción
de la verdad eternamente encomillada, como si todo lo que se argumentara sólo manifes-
tase el gusto de un esteta que no tiene nada objetivo que decir sobre la condición social.

114
8. Estudios Culturales y Antropología
¿Qué consecuencias disciplinares tiene la definición de un campo de estudios
culturales separado de la antropología?

Dada su postura anti-, contra-, trans- o extradisciplinaria, tantas veces exteriorizada, los
estudios culturales tuvieron ocasión de chocar con diversos campos del saber además de
la antropología. En todas las disciplinas confrontadas hubo, además, estudiosos que deci-
dieron acatar las pautas del nuevo movimiento al lado de otros que lo rechazaron con
vehemencia. Entre ambos extremos nunca hubo gran cosa: esta falta de términos medios
sería de por sí un elemento de juicio significativo, una inexistencia con valor diagnóstico.
Indaguemos entonces algunas de las interacciones disciplinares más sobresalientes para
poder apreciar mejor, después, el contexto puntual en el que se van a manifestar las rela-
ciones entre culturismo y antropología.

Estudios Culturales y Sociología

¿Qué hacer, desde las coordenadas de una disciplina preexistente, con una corriente dís-
cola que de repente gana la calle y monopoliza los titulares? Frente al advenimiento de
los estudios culturales, la sociología experimenta en estos días un trance de emplazamien-
tos y toma de decisiones similar al de la antropología; por eso vale la pena asomarse a las
diversas formas en que esta coyuntura se asimila y discute. Recordemos, antes de empe-
zar, que el CCCS se constituyó sobre el “colapso y dispersión” del Departamento de So-
ciología de la Universidad de Birmingham, y que algunos de sus miembros se integraron
al Departamento de Cultural Studies (Turner 1990: 80). Otras disciplinas clásicas han a-
frontado la misma situación; ante la evidencia de la obsolescencia intelectual con que se
los asusta, muchos profesionales optan por “retirarse elegantemente o convertirse en estu-
diantes de nuevo” (Windschuttle 1996: 5). Stuart Hall, dando forma al programa del
CCCS, afirmaba también que los estudios culturales debían “abrirse paso entre dos posi-
ciones atrincheradas, filisteas y anti-intelectuales”, la sociología y las humanidades, en
una táctica de “apropiación de la sociología desde dentro” (Hall et al. 1980: 22-23). La
desintegración de las disciplinas promovida por los culturistas, por lo visto, ha sido y
sigue siendo algo más que un inofensivo juego del lenguaje.
Stuart Hall asegura que después que Richard Hoggart inaugurara el Centre, los estudios
culturales fueron objeto de “un ataque arrasador, específicamente desde la sociología”, la
cual “se consideraba dueña del territorio”. Hall afirma que
“… [L]a inauguración del Centre fue saludada por una carta en la que dos científicos so-
ciales pronunciaban una especie de advertencia: ‘si los estudios culturales traspasan sus
propios límites y se apoderan del estudio de la sociedad contemporánea (y no sólo de sus
textos), sin controles científicos ‘apropiados’, esto provocará represalias por cruzar ilegí-
timamente los límites territoriales’” (Hall 1984: 21).
Personalmente el episodio no me merece mayor crédito. Desde el punto de vista de una
elemental crítica de fuentes, el relato de Hall incurre en un descuido un tanto primario: la
referencia textual a los controles científicos ‘apropiados’ no debería aparecer entre após-
trofos, pues se supone que en ese enunciado no es Hall quien habla sino los supuestos
científicos quienes están profiriendo su reproche. En la práctica académica, cuando se

115
cita lo que alguien dice, el procedimiento regular es proporcionar nombres y apellidos;
pero en el documento en cuestión, convenientemente, los ‘científicos sociales’ no son
nunca identificados. Ahora es cuando todo se torna inverosímil, o en el mejor de los ca-
sos, cuando el suceso deviene chisme ¿quién dejaría escapar, en ese contexto de lucha
institucional, una oportunidad semejante?
Por otra parte, tanto Norma Schulman (1992) como John Corner (1991) han hecho notar
que los propios recuerdos de Hoggart están en conflicto con la narración de Hall. En una
entrevista, Hoggart le comentó a Corner que en ese trance “los sociólogos fueron bastante
comprensivos”, y que le decían: “esta es una cuestión muy interesante, y podremos a-
prender bastante de ella” (Corner 1991: 146). A todo esto habría que tener en cuenta que,
hayan respondido con amenazas o con beneplácito, los sociólogos estaban siendo mate-
rialmente expulsados del plantel de Birmingham, y que la intención manifestada por el
propio Hall era que los estudios culturales se “apropiaran de la sociología desde dentro”,
como acabo de documentar en estas páginas.
Pese a la violencia del ataque a sus posiciones, algunas reacciones críticas de la sociolo-
gía frente al movimiento se excedieron, tal vez, en los términos de su cuestionamiento.
Para el sociólogo Keith Tester, por ejemplo, el culturismo es
“… un discurso moralmente cretino, ya que es el hijo bastardo de los medios a los que
clama oponerse. … Habiendo sido alguna vez una fuerza crítica, se ha vuelto facilista e
inútil … no dedicándose a nada que no sean los estudios culturales mismos” (Tester
1994: 3, 10).
En un registro sólo un poco menos adverso, anota Greg McLennan:
“En los estudios culturales no se encontrará ninguna solución a la crisis de la sociología,
a menos que sea la solución a la propia crisis de los estudios culturales. … Alguna vez
críticos del empirismo superficial, los estudios culturales parecen haberse tornado sus es-
clavos, satisfechos sólo con describir en forma impresionista la cultura contemporánea en
lugar de explicarla; observando la pluralidad de estilos culturales pero evitando conside-
rar la evaluación moral de los mismos; ocupándose de la escena cultural contemporánea,
pero rehusándose a afianzar el análisis en alguna instancia teórica o política seria, por
temor a la totalización disciplinar” (McLennan 1998: 12, 14).
Cary Nelson y Dilip Parameshwar Gaonkar, prologando una compilación que analiza las
relaciones entre los estudios y diversas disciplinas, aseguran que en la mayoría de los de-
partamentos de sociología de los Estados Unidos, los docentes proclives a los estudios
culturales son “marginados, privados de poder, y a veces activamente acosados”:
“El sesgo positivista, cuantitativo, que domina a la mayoría de los departamentos de
sociología norteamericanos relega allí a los estudios culturales (por lo menos en términos
institucionales y programáticos) a poco más que un nuevo terreno para las luchas fratri-
cidas que prácticamente han dividido a algunos departamentos de sociología en dos”
(Nelson y Gaonkar 1996: 8).
Aunque los culturistas pueden aducir ejemplos de casos sociológicos como estos, nervio-
samente hostiles a sus programas, la compilación From Sociology to Cultural Studies
(Long 1997) se equilibra entre los llamamientos a la integración y las señales de adver-
tencia. El sociólogo Steven Seidman, típico de los que caen en la primera clase, piensa

116
que los estudios culturales han de servir para sacar a la sociología de su confianza positi-
vista en el saber experto y de su encandilada fe en la Ilustración (Seidman 1997: 37-38).
En definitiva, Seidman recomienda a la sociología que se acerque a los estudios cultura-
les porque estos han dado ya su giro semiótico, mientras que aquella aun no. También le
parece productivo el antecedente de los estudios al modo norteamericano “que se han a-
somado a la teoría psicoanalítica para explicar la formación de la subjetividad”, aseguran-
do que, en efecto “la teoría psicoanalítica ha proporcionado uno de los pocos vocabula-
rios que describen la formación social de la subjetividad”. El nombre que resuena por ahí
es el de Jacques Lacan, quien sorpresivamente aparecería rubricando una teoría “social”
(Seidman 1997: 48). Sólo porque la estructura argumentativa de Seidman se asemeja a la
de los razonamientos que se han formulado en favor de que la antropología acepte a los
estudios culturales, me detendré unos momentos para permitir que sus afirmaciones se
deconstruyan.
Como sucede tantas otras veces en las excursiones transdisciplinares de los estudios cul-
turales, las distorsiones son aquí flagrantes. No hace falta comulgar con Deleuze y su
Anti-Edipo para darse cuenta que el psicoanálisis en general no es ni pretende ser una
teoría social del sujeto. Ni siquiera es una teoría del sujeto, ya que el inconsciente es por
definición un universal que se encuentra más allá de la captación fenomenológica del in-
dividuo y de la variabilidad situacional de las personas: en eso consiste precisamente la
revolución freudiana. Mucho menos tiene que ver con el sujeto, todavía, el psicoanálisis
estructuralista de Lacan, uno de cuyos ensayos más conocidos lleva por título la significa-
tiva expresión “El sujeto al fin cuestionado”: pocas cosas caracterizan de manera más
idiosincrática y absoluta el carácter irreductiblemente impersonal de cualquier variante
del estructuralismo en general y del estructuralismo lacaniano en particular (Lacan 1971).
En Lacan se llega cuando mucho a la instancia en que el sujeto se constituye tras la
experiencia del espejo, pero no se sigue teorizando de ahí en más sobre la peripecia del
sujeto desde un punto de vista ‘subjetivo’, y mucho menos se lo hace en términos de una
realidad social. Michael Billig ha expresado muy bien esta idea, la que por otra parte es
menos polémica que consabida, al extremo que es el propio Lacan quien la reafirma:
“Los textos de Lacan son muy diferentes de los de Freud. Sus textos están áridamente
‘despoblados’, y son notorios por su falta de estudios de casos. Él raramente presenta in-
dividuos. Se puede leer página tras página de Lacan sin cruzarse nunca con un paciente, o
más crucialmente, con algo que un paciente haya dicho. … Significativamente, Lacan
ilustra su famoso aforismo [‘el inconsciente está estructurado como un lenguaje’] citando
a Lévi-Strauss, para sugerir que las ciencias antropológicas muestran que la estructura de
la sociedad existe antes que cualquier experiencia individual o colectiva. En el mismo pa-
saje, [Lacan] afirma que la ciencia de la lingüística ‘que debe ser distinguida de cualquier
clase de psicosociología’, revela la estructura del lenguaje, y que ‘es esta estructura lin-
güística la que otorga su estatuto al inconsciente” (Billig 1997: 212).
Reafirmemos lo anterior con una clara síntesis de Alex Callinicos:
“La lingüística estructural de Saussure, que concebía al lenguaje como un sistema de
diferencias, acordaba al sujeto un papel en el mejor de los casos secundario en la produc-
ción de significados; ofrecía un paradigma cuyo poder para dar cuenta de otras cosas a-
parte del lenguaje en sentido estricto fue aparentemente demostrado por el uso que hi-
cieron de él Lévi-Strauss en antropología y Lacan en psicoanálisis” (Callinicos 1991: 73).

117
Además, como diría Deleuze, papá y mamá no constituyen una representación social su-
ficiente. A Lacan no le interesa la sociedad en general, y menos aun las sociedades parti-
culares; una y otra vez alude a sus estructuras subyacentes, universales, abstractas, ahistó-
ricas. Edipo y los espejos son iguales en París, en Birmingham y en la antigua Tebas.
Stuart Hall mismo ha destacado que en el psicoanálisis el ‘sujeto’ de la cultura es concep-
tualizado “como un personaje trans-histórico y ‘universal’: eso se refiere al sujeto-en-ge-
neral, y no a los sujetos histórica y socialmente determinados” (Hall 1996a: 46). No al-
canza entonces una referencia al lenguaje y a lo simbólico para trasmutar el estructuralis-
mo lacaniano en una teoría que tenga que ver material y genéticamente con “la sociedad”,
y que esté desarrollada en ese sentido, con percepción de las diferentes modalidades his-
tóricas y culturales con que toda sociedad se manifiesta17.
Tampoco la referencia de Seidman a la semiótica es afortunada, pues los estudios cultura-
les, tras el advenimiento del posestructuralismo, en general ya no la practican, la han
puesto en terapia de observación o le son abiertamente hostiles (véase McRobbie 1994:
97, 180, 183, 210). Ya a principios de la década de 1980, el Glasgow University Media
Group explícitamente repudiaba el aparato conceptual de la semiótica en su serie sobre
las “malas noticias” (1980: 202). El culturista Paul Gilroy, conocido por sus análisis se-
miológicos en los años ochenta, ha afirmado en sus últimos trabajos que la cultura expre-
siva negra rechaza el marco de los estructuralismos “eurocéntricos”, semiótica incluida,
como herramienta útil para el análisis (Gilroy 1993). Incluso un manual tan introductorio
como el de Jere Paul Surber consigna que las viejas estrategias estructuralistas y semioló-
gicas para el tratamiento de textos “pueden no ser ya teóricamente adecuadas [para anali-
zar] la producción posindustrial contemporánea y los textos culturales posmodernos, por
lo que se requiere el desarrollo de nuevos paradigmas teóricos” (Surber 1998: 253). En
las evaluaciones culturistas más recientes, el tratamiento de todas las manifestaciones cul-
turales en términos de ‘signos’, ‘códigos’ y ‘lenguajes’, y la idea de un ‘sistema’ subya-
cente de significados, que son todos elementos connaturales y definitorios de la semióti-
ca, se estiman irremediablemente obsoletos, propios de un ideal de ciencia que se desva-
neció junto con el optimismo estructuralista de los años sesenta (Nelson 1999: 215-219).
Al igual que en otras disciplinas (aunque por diferentes razones), en los estudios cultura-
les el semiologismo de hace un cuarto de siglo ya no luce como una opción para tener en
cuenta.
Pero la pregunta fundamental que cabe hacerse es la siguiente: si lo que la sociología
puede sacar en limpio de los estudios culturales es su utilización de marcos conceptuales
semiológicos y psicoanalíticos ¿no sería un poco más prolijo recurrir a la semiología y al
psicoanálisis en forma directa, antes que basarse en la contingencia y en la inevitable en-
tropía de sus adopciones culturistas? ¿No es a las teorizaciones disciplinarias originales a
las que el sociólogo, independientemente de su valoración de los estudios culturales, de-
bería en última instancia recurrir? En las querellas sobre y entre las disciplinas hay mul-
titud de argumentaciones desmañadas e inconvincentes; pero estoy tentado a concluir que
las de Seidman, en este terreno, se llevan la palma.

17
No estoy cuestionando aquí al psicoanálisis en ninguna de sus variantes. Tampoco lo estoy defendiendo:
simplemente pretendo identificar una interpretación culturista abusiva, que pretende leer en el psicoanálisis
freudiano o lacaniano otra cosa que lo que él se propone. Para mayor detalle, puede verse Reynoso (1993:
passim).

118
En una postura más bien opuesta, el sociólogo Michael Schudson, preocupado por el pau-
latino encogimiento de la sociología en beneficio de los estudios de género, los estudios
afro-norteamericanos y los estudios culturales, prefiere por ahora tomar distancia, esperar
y ver. Mientras tanto, considera que si bien es verdad que la sociología puede aprender al-
go del culturismo (sobre todo cuando se trata de textos), también resulta evidente que los
estudios culturales norteamericanos necesitan más aprender sociología que la inversa. En
el culturismo, la construcción social de la realidad se ha deslizado hacia una construcción
cultural, o simbólica, en la que lo social está decididamente obliterado (1997: 380-381).
“Los ‘estudios culturales’, a pesar de sus protestas sobre el carácter indecidible del cono-
cimiento, la disolución de las fronteras y cosas así, a menudo reclaman ser ‘la’ estrategia
para abordar el estudio de prácticamente todo. No se puede reclamar éso sin rechazar lo
que los demás han pensado. De modo que otra razón para que los sociólogos se resistan
al giro semiótico es que, en sus modalidades posmodernas, este reclama menos agregar
una dimensión al trabajo anterior que invalidar las formas anteriores de ver las cosas.
Esto es menos un cambio que una vuelta en círculo, y tiene algo del espíritu de un movi-
miento milenarista. A ese nivel, me parece, requiere muchas mejores garantías que las
que posee, y necesita demostrar por sí mismo mucho más que lo que ha demostrado hasta
ahora” (Schudson 1997: 394-395).
Los estudios culturales siempre están prestos a situarse (al menos de palabra) en una posi-
ción sublevada y unilateral de ‘crítica de las disciplinas’. Históricamente, no han sido ni
la mitad de inquietos en averiguar primero de qué se trata lo que debería ser su objeto de
crítica. Así, la falta de frecuentación de los materiales sociológicos por parte de los estu-
dios culturales engendró una floración de ingenuidades de la que no estuvieron exentas ni
siquiera las figuras consagradas. Con referencia a la última edición de Marxism today,
por ejemplo, el sociólogo David Harris se sorprende de encontrar nada menos que a
Stuart Hall ‘descubriendo’ el valor de las ideas de Émile Durkheim y de Stuart Mill para
analizar las relaciones entre individuo y sociedad (Harris 1992: xv). De más está decir
que los estudios culturales han ignorado, con contadísimas excepciones, el trabajo masivo
de modalidades ‘alternativas’, microanalíticas y radicales en el interior mismo de la so-
ciología, incluyendo el poderoso precedente de la sociología del conocimiento, pese a que
todos estos movimientos propugnaban objetivos semejantes a los suyos, usualmente con
décadas de anticipación.
El culturista David Morley se queja con acrimonia de la lectura selectiva e interesada que
sociólogos como Keith Tester o Greg McLennan han hecho de los estudios culturales
(Morley 1998a: 480). Está muy claro, sin embargo, que el culturismo ha sido infinitamen-
te más parcial, tanto en la apreciación de las teorías como en la lectura de las investiga-
ciones sustantivas. Sus cronistas hablan del estudio de comunidades y de la etnografía de
las subculturas como si ellos los hubiesen inventado, y como si textos bien conocidos de
la sociología y la antropología urbana, del tipo de Street corner society (Whyte 1971) o
Ripping and running (Agar 1973), nunca hubieran sido escritos. Es una vez más David
Harris quien expresa que lo que ha sido realmente extraordinario en la ruptura de los es-
tudios culturales con la sociología es lo selectivos que aquellos han sido en su tratamiento
de la disciplina:
“ … la discusión de posiciones teóricas en el CCCS y en la Universidad Abierta, que
consumieron tanto tiempo y energía, parecen haber procedido sin una sola referencia di-
recta a las obras mayores de Anthony Giddens. Con omisiones como estas, es fácil dar la

119
impresión de una sociología ingenuamente a-teórica, ignorante de la filosofía continental,
y todavía entusiasmada con sus pequeños estudios empíricos” (Harris 1992: 15).
Aparte de esto, existen críticas más radicales y sistemáticas de la corriente principal so-
ciológica en la sociología misma que en el culturismo: Wright Mills, Alvin Gouldner y
también Anthony Giddens, para no hablar de Stjepan Meštrović (1998), son los primeros
nombres que vienen a la mente en una inmensa tradición de criticismo analítico, genuino
y fundado. No obstante definirse los estudios culturales como la manifestación crítica por
excelencia, de cualquier otra disciplina constituida que a usted se le ocurra se puede decir
lo mismo y aun más, sin faltar a la verdad.

Estudios Culturales e Interaccionismo Simbólico

En cuanto a esa microsociología que se agrupa bajo el rubro del interaccionismo simbóli-
co, a pesar de los deseos de Denzin (1992) en el sentido que ella y los estudios culturales
podrían fusionarse y obtener ganancia de la unión, la primera reacción del interaccionis-
mo frente a los estudios consistió en una alianza sin mayor compromiso con lo que
Denzin llamará una “versión débil” del nuevo marco, metida a presión en el tradicional
esquema de G. H. Mead y Herbert Blumer. Eso se manifiesta desde la definición ad hoc
que proporcionan Becker y McCall, en la que los estudios culturales se describen como:
“las disciplinas humanísticas clásicas que recientemente han comenzado a utilizar sus
estrategias filosóficas, literarias e históricas para estudiar la construcción social del
significado y otros tópicos tradicionalmente de interés para los interaccionistas simbóli-
cos, disciplinas hacia las que, a su vez, los científicos sociales se han vuelto recientemen-
te en busca de ‘analogías explicativas’” (Becker y McCall 1990: 4).
La definición continúa haciendo referencia al antropólogo Clifford Geertz y su aparta-
miento de las leyes de la cultura en busca de interpretaciones. A partir de eso, el proyecto
de Becker-McCall y la compilación que lo contiene se dilapida en una cantidad de ensa-
yos sin casi ningún tipo de marca política o pragmática, que mencionan a los estudios so-
lamente en el prólogo en el cual aparece esa definición tortuosa y equivocada, pero no
adoptan hasta que el libro acaba ni siquiera los giros estilísticos propios del movimiento.
Ninguno de los diez autores que luego hacen uso de la palabra se detuvo a averiguar en
qué consisten los estudios culturales, ni mencionan una sola idea característica de los
mismos; los únicos estudiosos de apellido Hall que aparecen una vez acabado el prefacio
no son Stuart Hall, sino John y Peter, que vaya uno a saber quiénes son. Decididamente
una estafa.
Hasta su propio correligionario Norman Denzin tuvo que protestar contra la ausencia de
todo rastro de cultura popular y de tecnologías propias de la era de la información en el
proyecto y en el libro de Becker-McCall (Denzin 1992: 77-78). Pero la versión “fuerte”
con la que Denzin viene a poner las cosas en su lugar se diluye también en una mixtura
de fichas casi en bruto en la que hay un 98% de interaccionismo clásico y un pequeño
resto de mezclas de Hall, la Escuela de Frankfurt y posmodernismo, con muy pocos sig-
nos de bibliografía relevante por detrás. Los cuatro capítulos de Symbolic Interaction
and Cultural Studies que se supone deberían sustanciar el encuentro entre ambas teorías
no se dedican ni vagamente a eso, dispersándose en comentarios inorgánicos sobre auto-
res y textos que casi nunca tienen algo que ver con el asunto (Denzin 1992: 71-167). Hay

120
algo de política, elaborada como si se estuviera conteniendo el asco, y como si lo político
estuviera restringido apenas al ejercicio de una crítica contra no se sabe qué, con la que
siempre se amaga pero que nunca se materializa. Las dos páginas de conclusiones tam-
poco guardan relación alguna con el objetivo declarado del libro, y sólo se dignan a men-
cionar a los estudios culturales como parte de una enumeración de corrientes entre las que
están “la hermenéutica, la fenomenología, el estructuralismo, el posestructuralismo, la
teoría posmoderna, el psicoanálisis, la semiótica, el posmarxismo, los estudios culturales,
la teoría feminista, la teoría del film, etc.” (1992: 169) con las que el interaccionismo tie-
ne que convivir en los tiempos que corren. Hay algo de grotesco en un proyecto en el que
una secta intelectual dotada de una masa y una influencia apenas módicas pretende con-
tener y dominar a una manifestación global, contabilizando los territorios que ganaría an-
tes de afianzarse en ellos. Y hay algo de ultrajante en el proyecto de al menos tres interac-
cionistas que ponen el rótulo de “Estudios Culturales” en la portada de sus libros sin tener
la menor idea de qué se trata, ni interés por averiguarlo más tarde.
En un libro fallido como pocos que por momentos da la impresión de ser una tomadura
de pelo que se revelará después entre risas y chanzas, y con un dominio nulo de los más
elementales requisitos de la argumentación teórica, los interaccionistas no acaban consu-
mando entonces la boda prometida. Hubiera sido un matrimonio conflictivo, de todas ma-
neras, por cuanto el movimiento interaccionista pasa por ser una de las prácticas más in-
clinadas al idealismo y más prolijamente consonantes con el pensamiento de la derecha
neoliberal norteamericana18. Se trata de una teoría enfáticamente micro, con una ortodo-
xia ancestral e inelástica, que contempla los ‘significados’ como algo que surge de cada
negociación ocasional entre iguales. En el interaccionismo no hay lugar para conceptos
macro, como por ejemplo la sociedad, la historia, la política o la cultura. El interaccionis-
mo tampoco tiene lugar en su agenda ni siquiera para un posmarxismo temperado, ya que
propone considerar cada interacción individual de la vida cotidiana como el máximo con-
texto (social o temporal) susceptible de tratarse en una ciencia humana (véase Reynoso
1998: 122-125). No he seguido el trámite ulterior de las propuestas de Becker, McCall y
Denzin, y en razón de lo expuesto tampoco lo lamento.
El mal sabor que me queda, empero, tiene que ver no sólo con dos libros disparatados en
una subdisciplina minoritaria, soporífera y lejana, sino más bien con la homología es-
tructural que puede percibirse entre el intento de los interaccionistas y algunos de nues-
tros conatos de alianza, como por ejemplo los de Marcus (1992), Clifford (1997) y tal vez
Rosaldo (1994). Más sobre esto en lo que sigue.

18
Hay unos cuantos textos que vienen poniendo de manifiesto los costados más conservadores del interac-
cionismo desde hace más de veinte años. Uno de los que dejan menos lugar a dudas en este punto es el artí-
culo de Scott McNall y James Johnson “The new conservatives: Ethnomethodologists, phenomenologists
and Symbolic Interactionists”, The Insurgent Sociologist, vol. 5, 1975, pp. 49-65. En todo caso, Howard
Becker mismo ha llegado a manifestar que no se debe mezclar ciencia y política, lo que difícilmente tenga
algo que ver con la postura del culturismo a ese respecto. Se suele olvidar con demasiada facilidad que Be-
cker fue uno de los que reaccionaron con mayor dureza frente a la sociología radical de fines de los años
sesenta, adoptando posturas claramente afines al pensamiento de derecha (Becker y Horowitz 1988).

121
Estudios Culturales y antropología: el nuevo contexto

Con el advenimiento de los estudios culturales la antropología crítica integrada a ellos ha


redibujado su linaje. La que se vive hoy es la tercera oleada de criticismo que atraviesa la
disciplina. En lo que a Estados Unidos concierne la secuencia ha sido más o menos esta:
 La primera generación crítica que estremeció a la antropología es sin duda la que se
consolidó en torno al libro Reinventing Anthropology (Hymes 1974, original de
1969), con obvias conexiones con las turbulencias europeas de los años sesenta, los
movimientos por los derechos civiles de los negros, el feminismo, las contraculturas,
el movimiento psicodélico y el surgimiento de figuras claves de la antropología ‘críti-
ca’ o ‘dialéctica’ como Gerald Berreman, Eric Wolf, Bob Scholte, Talal Asad, Alan
Coult y Stanley Diamond. Naturalmente, la antropología crítica de la primera hornada
aun no había descubierto los estudios culturales. En este libro abarrotado de consig-
nas de batalla, Dell Hymes nombra a Raymond Williams a propósito de la ‘estructura
de sentimiento’ (como no podría ser de otra manera). Lo notable es que también in-
cluye una referencia no desarrollada a un artículo de Stuart Hall publicado en un vo-
lumen de Working papers in Cultural Studies. Pero ni aun el nombre de la publicación
hace sonar alguna campanilla o logra que las ideas que bailan sueltas se vinculen para
formar un razonamiento que caiga en la cuenta lo que está pasando: ni Hymes ni
ningún otro autor mencionará al culturismo o establecerá alguna relación con un mo-
vimiento que hubiera sido tan afín a su postura (Hymes 1974: 9, 66). Con los años, el
movimiento de la antropología crítica se fue desvaneciendo. Hymes se dedicará al
folklore, Berreman quedará enclaustrado en Berkeley sin superar mayormente su eta-
pa sesentista, Bob Scholte y Alan Coult fallecerán tempranamente y Eric Wolf lo hará
en marzo de 1999, reconocido como un intelectual formidable, pero no como un teó-
rico capaz de tipificar adecuadamente movimientos y teorías, o de encontrar en ellos
la pauta que conecta.
 Tras un largo paréntesis de hegemonías disputadas hubo un segundo momento, a co-
mienzos de la década de 1980, en que pareció que la doctrina inspiradora de una dis-
ciplina combativa tendría más bien que ver con la teoría crítica de la Escuela de
Frankfurt de Adorno, Horkheimer y Benjamin, por el respaldo que esa escuela parecía
dar al oficio de crítico sin que uno tuviera necesidad de desarrollar más que un rudi-
mento de teoría. Dicen basarse en la escuela de Frankfurt, por ejemplo, los ex-antro-
pólogos Marcus y Fischer en Anthropology as cultural critique (1986: 119-122, 123-
125) y un poco más fundadamente Michael Taussig, cuya fuente de inspiración re-
sulta ser Walter Benjamin.
 Con el transcurso de los años, no obstante, la dosis de pesimismo de la teoría crítica
ha demostrado ser desmedidamente ominosa, su estética pareció indescifrable y Marx
deambulaba cronológica y textualmente demasiado cerca sin ningún latino inter-
puesto que lo amortiguara. De allí que los estudios culturales, según Douglas Kellner,
hayan pasado por alto o caricaturizado de una manera hostil la crítica de la cultura de
masas desarrollada por la Escuela de Frankfurt (Kellner 1997). Para la nueva antropo-
logía crítica de los años noventa, los estudios culturales se han constituido entonces
en un marco crítico excluyente que permite suscitar adhesión sin tener que leer a Ha-
bermas, sin saber quién fue Schönberg y sin obligarse a militar en ningún partido.

122
Huelga decir que los estudios culturales se mimetizan con corrientes que ya existían en
las disciplinas establecidas, y también viceversa. En lo que a la antropología respecta, los
estudios encajan bastante bien con las producciones intra-disciplinarias en las que se pro-
mueven modelos interpretativos y posmodernos. Tenemos entonces que unos cuantos an-
tropólogos de esa extracción (James Clifford, James Crapanzano, Paul Rabinow, George
Marcus, Michael Fischer, Renato Rosaldo, Emily Martin) se han deslizado insensible-
mente hacia los estudios culturales. Ya viven allí, y no dan demasiadas explicaciones. En
prólogos, charlas y comunicaciones directas, algunos (como Marcus) van una pizca más
lejos y alegan que el tiempo de la antropología ya ha caducado y que los estudios cultu-
rales han venido a relevarla en buena hora.
A juzgar por la frecuencia con que aparecen antropólogos que exaltan el surgimiento y
auge de los estudios culturales, cabría suponer que ellos estarían de acuerdo con la afir-
mación general que vislumbra a estos estudios como lo opuesto a lo que las disciplinas
históricas venían practicando. Es una vez más Grossberg, su portavoz casi oficial, quien
define los estudios como una anti-disciplina, y de una que lo es no con blandura y mira-
mientos, sino “activa y agresivamente” (1992: 2). Los estudios culturales no toman pri-
sioneros. Por eso mismo da la impresión que los conversos no han registrado el requisito
de su propia caducidad. Más bien se han puesto a celebrar el advenimiento de los estudios
culturales como un nuevo aporte a la antropología, dando por descontado que los
aquellos, de ahora en adelante, se plegarán al papel de suministradores laboriosos de
alguna clase indefinida de materia prima intelectual. Por todo lo que se ha visto hasta a-
quí, es evidente que esta postura sólo puede surgir al cabo de una lectura muy torcida tan-
to de un campo como del otro, y de una peculiar sobrevaloración de una doctrina que re-
conoce haber robado lo mejor de sus riquezas de nuestros propios jardines. Si la antropo-
logía es una disciplina (y sería forzado negar que lo sea), el carácter transitivo de la pos-
tura culturista frustra cualquier intento candoroso de integración: como antidisciplina, los
estudios culturales son también, y quizás lo sean eminentemente, una antiantropología.
Aun así, Renato Rosaldo quiere ir a la fiesta de los estudios culturales, aunque primero
tenga que romper la puerta a puntapiés (1994: 528). Pero si hay algo a lo que los estudios
culturales no se avienen, eso es a convertirse en un marco teórico sumiso, en espera de
ser usado por un antropólogo que puede seguir siendo tal después de adoptarlo. Pretender
que la antropología puede usar a los estudios culturales es confundir el parasitismo con la
simbiosis. En sus formas más públicas, precisamente, los estudios culturales establecen
casi como precondición que las disciplinas no merecen existir y que ellos han de bregar
por no degenerar en orden académico establecido. Cary Nelson lo dice con todas las
letras: “la institucionalización no trivial de los estudios culturales dentro de las disciplinas
académicas tradicionales es imposible a menos que esas disciplinas se desmantelen a sí
mismas” (Nelson 1996: 283). No veo la forma, entonces, de apropiarse de algo que se
dice antidisciplinario sin que se aniquile la profesión académica en el intento. Y vuelvo a
insistir en que tampoco veo el objeto de emular la voz de un discurso que desde el vamos
admite que su concepto esencial fue tomado en préstamo de nosotros, y que carece de un
perfil metodológico que le sea propio.
La relación entre estudios culturales y antropología no ha podido establecerse con una
mínima claridad porque el estatuto disciplinar de aquellos, sobre todo, sigue siendo con-
fuso, no sólo variopinto. Cuando Chris Shore (1997: 127) se propone llevar adelante “una

123
estrategia multidisciplinaria”, empalmando estudios culturales, lingüística cognitiva y an-
tropología, es evidente que la confusión entre estrategia y disciplina campea por todo el
intento. Si la ecuación de Rosaldo (1994: 525) que hace idénticos a los estudios culturales
con la multidisciplinariedad es atendible, tenemos aquí el mismo concepto (la interdisci-
plinariedad) operando recursiva o circularmente en tres distintos niveles de inclusión: co-
mo estrategia individual, como disciplina y como conjunto de disciplinas o relación entre
ellas.
Aparte del acceso a la propiedad de las cátedras y de la contienda por el mercado de lec-
tores de textos críticos, el conflicto potencial entre estudios culturales y antropología tie-
ne que ver con dos ámbitos de problemas, el primero sustancial y el segundo metodológi-
co. El primero atañe, obviamente, a la idea de cultura. El segundo, claro, a la etnografía.

Cultura

Por todas partes se lee que los estudios culturales tienen como concepto central la cultura
(Storey 1993: 2; Sparks 1996a: 15, 1996b; Johnson 1996: 86-88; Sardar y Van Loon
1998: 4). Con alguna frecuencia se observa que han tomado el concepto de la antropolo-
gía, la cual, naturalmente, llevaba ya un siglo y medio largo trabajando sobre la cuestión.
Ya Kroeber y Kluckhohn documentaban hace casi cincuenta años que las definiciones al-
ternativas de ‘cultura’ en antropología sumaban más de un centenar (Kroeber y Kluck-
hohn 1952). Pero es indisimulable que los estudios culturales se han caracterizado, desde
el momento mismo en que se constituyeron, por una soberbia prescindencia de las infi-
nitas elaboraciones antropológicas del asunto. No por ello dejan de jactarse de haberse a-
propiado del uso del concepto, casi en las puertas del desuso en su disciplina de origen19.
Los culturistas llaman a esta apropiación el giro antropológico en el uso del concepto
(Hall et al. 1980: 19; McCabe 1988:3; Brantlinger 1990: 36; Sparks 1996a: 15; Storey
1996a: 1; Murdock 1997a: 59). En otras palabras: justo cuando nosotros estábamos a
punto de declarar exhausto el concepto de cultura, aparecen los estudios culturales pre-
sentando su redescubrimiento como la idea del siglo. Para Clifford Geertz (nada menos),
el hecho mismo que el movimiento se haya denominado estudios culturales, constituye
“el insulto final” para la antropología (Geertz 2000: x).
Si nos fijamos bien cuáles son las definiciones antropológicas de la cultura que los estu-
dios culturales discuten aquí y allá nos encontraremos que son las más arcaicas y rudi-
mentarias, o versiones expurgadas de algunas un poco más nuevas, sin considerar alterna-
tivas ni críticas internas, y sin atención a los complicados contextos teóricos de los que e-
sas definiciones provienen. Sus inspiraciones abrevan en E. B. Tylor, alguna vez Marga-
ret Mead, medio párrafo de Geertz (Sardar y Van Loon 1998: 4-5). En todo el corpus de
los estudios no hay ni siquiera vestigios de las profundas discusiones del concepto en

19
Efectivamente, el concepto de cultura está siendo hoy mismo impugnado en diversos sectores de la antro-
pología. No desarrollaré aquí la cuestión, que ha sido ventilada con todo detalle en un artículo de Christoph
Brumann (1999) que propongo como referencia. Digamos, de paso, que la antropología se encuentra tam-
bién en pleno proceso de abandonar la noción de ‘sociedad’; en el debate que se celebró en 1989 en el Gru-
po de Debates en Teoría Antropológica de la Universidad de Manchester, el famoso GDAT, la moción titu-
lada “El concepto de Sociedad es teóricamente obsoleto” triunfó por 45 votos contra 40, con 10 absten-
ciones (Ingold 1996: 14, 55-98). Sólo a fines de los años noventa los estudios culturales están comenzando
a plantear la posibilidad de que el concepto de cultura esté agotado (Dirks 1998).

124
nuestra disciplina, y mucho menos ecos de su puesta en crisis. Podría llenar el resto del
trabajo con citas de artículos que festejan la ruptura de los estudios culturales con la idea
“aristocrática” de la cultura como si fuera la gran cosa, cuando es harto sabido que la
antropología estuvo viviendo esa misma quiebra con toda naturalidad desde su mismo
surgimiento. Los estudios culturales pretenden hacer valer eso como un triunfo político,
suyo y reciente; y ahora nos quieren vender a un precio extravagante la idea que nosotros
forjamos, como si nadie conociera su estirpe.
La tradición afirma, además, que Raymond Williams trabajó el concepto de cultura en
forma detallada y profunda, revisando buena parte de la elaboración antropológica en tor-
no del concepto (Brantlinger 1990: 36-38; Hebdige 1979). A menos que me falte leer al-
gún texto suyo no consignado en ninguna bibliografía, debo decir que eso lisa y llana-
mente no es verdad. Más exacto sería decir que Williams dio numerosas vueltas sobre la
idea de cultura, para terminar bastante más confundido que cuando empezó. El mismo re-
conoce: “Hubiera deseado no haber oído nunca esa maldita palabra. Me he dado más
cuenta de sus dificultades, y no menos, a medida que fui avanzando” (Williams 1979:
154).
Si se auscultan las elaboraciones antropológicas de la idea por parte de Williams en Mar-
xism and literature, se advertirá en primer lugar que el tratamiento del concepto de cultu-
ra no es tan puntilloso después de todo, y que menciona a Vico, a la Ilustración, al Ro-
manticismo de Herder y al socialismo primitivo pero sin mencionar palabra de la literatu-
ra antropológica especializada (Williams 1977: 11-20). Su elaboración no es sólo un poco
desactualizada: es sencillamente arcaica. Con todo el respeto que Williams me merece, es
evidente que cualquier manual escolar de introducción a la antropología (y hasta casi po-
dríamos decir, cualquier enciclopedia de escuela preparatoria) ofrece un desarrollo harto
más rico del concepto, más representativo de los usos disciplinares y más instrumental
para llevar adelante una investigación, por interpretativa que sea.
La situación no es mejor en otros textos más recientes. En la edición ampliada de Key-
words, que había sido concebido como el glosario de Culture and society (Williams
1966), hay una referencia al “excelente” estudio de Kroeber y Kluckhohn (1952), alegan-
do que parecería existir cierta tendencia en la antropología norteamericana a adoptar un
sentido “apropiado” o “científico” del concepto de cultura con exclusión de los demás, y
que en arqueología y en antropología cultural la palabra se refiere mayormente a la pro-
ducción material, mientras que en la historia y en los estudios culturales tiene que ver
más bien con los sistemas simbólicos o de significación (Williams 1983a: 91). En las tres
páginas que dedica por separado a la antropología, Williams menciona sucintamente a
Gustav Klemm, a Lewis Morgan y a Edward B. Tylor (fallecidos en 1867, 1881 y 1917
respectivamente), volviendo a asegurar que la antropología cultural de los Estados Uni-
dos se dedica a menudo al estudio de los artefactos materiales (Williams 1983a: 38-40).
Esta percepción inexacta es todo lo que hay; hasta es probable que en lo sustantivo mi re-
sumen sea más dilatado que el tratamiento original. De más está decir que cuando Wi-
lliams escribía ésto, la “fijación” de la disciplina en artefactos materiales ya no podía sos-
tenerse ni siquiera para la arqueología, que estaba viviendo una intensa fase posprocesual
y simbólica (véase Hodder, Shanks y Alexandri 1997; Whitney 1998).
El localismo y el alcance exiguo del concepto culturista de ‘cultura’, por otra parte, es ex-
plicable a partir del hecho de que en ninguna de sus variantes fue pensado desde el vamos

125
para abordar los dilemas de la diferencia. La cultura se pensó para que cubriera los usos y
costumbres de los de ‘abajo’, pero sin prever ninguna dirección adicional. Sobre todo en
sus modalidades posmodernas podemos advertir que las categorías más caras del movi-
miento hacen un papel grotesco cuando se trata de dar cuenta de la vida real al sur o al es-
te del Imperio: las nociones de ‘juego’ o ‘rhizoma’ que estarían articulando lo cultural no
soportan ni por un instante ser trasplantadas de París a Calcutta. Más elocuente que cual-
quier digresión mía es este fragmento de entrevista en el que la culturista posmoderna
Angela McRobbie dialoga con Gayatri Chakravorty Spivak (McRobbie 1994: 127-128).
McRobbie está procurando, en vano, que Chakravorty la acompañe en su celebración de
la categoría posmoderna de ‘juego’. En el momento en el que entramos en este intercam-
bio, Chakravorty había propuesto que el tercer mundo esté vigilante ante los conceptos
locales que se intentan hacer pasar por universales: el marxismo británico o norteamerica-
no como ‘marxismo’ a secas, pero también, y sobre todo, los universales inconfesos del
posmodernismo y la crítica literaria, elucubrados sin tener en cuenta otros mundos aparte
del Primero.
Angela McRobbie – Derrida, y después de él Lyotard, Deleuze y Guattari, hicieron
mucho con la noción de ‘juego’, como si, irónicamente, la vigilancia que tú describes pu-
diera alcanzarse con alguna clase de desensamblado. Pienso que ellos incluso enfatizan la
pluralidad como algo mejor para pensar que la vieja dualidad. ¿Pueden la fluidez y este
elemento de juego encontrar un lugar en tus intereses actuales?
Gayatri Chakravorty Spivak – No es realmente posible pensar del otro lado del mundo
con esta clase de gozo. El gozo es situacional. La política de alianzas, esta política del
‘rhizoma’, es sólo posible dentro del capital socializado porque las líneas de comuni-
cación, incluso entre los desempleados, los oprimidos, los euro-trabajadores, ya se han
establecido, y están trabajando aun cuando no trabajan. Sin embargo, cuando hablamos
del otro lado, somos conscientes de la división internacional del trabajo, de la subcontra-
tación internacional, y en estas condiciones esas líneas no existen. La política del juego, o
de los rhizomas, puede ser suficientemente válida dentro del Primer Mundo, pero no
cuando se trata de lo planetario o lo global. Si el juego no se identifica con jugar juegos o
con ‘travesuras’ en el estrecho sentido, ese otro lado, cuestionando la historia de la
nacionalidad, es el lugar para jugar; pero el juego no se parece a las caprichos de las
versiones occidentales de lo que se acostumbraba llamar decadencia, en la misma cadena
de desplazamiento que hoy produce al posmodernismo.
AmcR – No estoy segura de cómo llevar adelante esta línea de pensamiento. Pero si
volvemos por un momento al bricolaje y al desensamblado, o al juego desde dentro de los
signos que dan sentido y orden a la sociedad en torno de nosotros, entonces tengo que de-
cir que alguna de esta ‘escritura en el cuerpo’ … me proporciona enorme placer. La for-
ma, por ejemplo, en que las chicas jóvenes hoy en día en Gran Bretaña rechacen los sig-
nos ortodoxos de feminidad no buscando un estado de naturalidad o pureza, con el que se
ha ligado al feminismo durante tanto tiempo, sino más bien embrollando las ecuaciones
netas y haciéndolas casi indescifrables para el patriarcado.
GCS - ¿Pero no están esos fenómenos también localizados? Cuando pienso en las muje-
res del así llamado Tercer Mundo para quienes yo soy extranjera, esos movimientos de
contracultura se convierten en otra parte del proceso de hegemonía. Y cuando tú hablas
de esta escritura en el cuerpo, bien, no estoy siendo patética, esta no es una observación
para hacer llorar, pero puedo pronunciarla en nombre de mi pueblo natal donde más de
300.000 personas viven en la calle. Los niños tienen que defecar en la zanja porque no

126
hay otro lugar. Y cuando tú miras el color de la mierda tú sabes si vas a durar o no. Esta
es una inscripción corporal política que hace que lo de adentro y lo de afuera sean
indeterminados. Esta clase de cuestiones es totalmente diferente.
Si bien Chakravorty se expresa de manera un tanto singular (no se puede ser traductora
de Derrida impunemente) creo que su postura es diáfana. Paradójicamente, y aunque sus
conceptos no son técnicos, la introductora de Derrida en los Estados Unidos, autodefinida
como crítica literaria, es más escéptica del valor analítico de los juegos de palabras pos-
modernos para afrontar el mundo que una licenciada en Sociología con un entrenamiento
que se supone intensivo en el estudio de la cosa empírica. El descalabro de McRobbie en
su diálogo con la literata despierta un sentimiento que se parece a una vergüenza ajena. Si
algo queda de manifiesto es que sus categorías culturistas de estilo posmoderno fracasan
estrepitosamente. No sólo son inapropiadas, sino que con sus connotaciones lúdicas e iró-
nicas y sus fruiciones hedonistas llegan a ser obscenas e insultantes cuando se las pone de
cara a un grado de exclusión y de miseria que la Europa posmoderna desconoce. La gente
se muere y ella insiste en hablar de ‘juegos’. Cualquier concepto de sentido común le
haría mejor justicia a esa realidad distinta, a esa “clase de cuestiones totalmente diferen-
te” en la que, créase o no, la mayor parte de la humanidad está sumergida.
La antropología económica experimentó, en algún momento, una polémica feroz entre los
‘formalistas’ que aseguraban que el fondo conceptual de la economía era aplicable a las
prácticas de los pueblos etnográficos, y los ‘sustantivistas’ que sostenían que esos con-
ceptos eran sólo válidos en Occidente y que el resto del mundo debía ser comprendido en
otros términos, quizás específicos para cada cultura. Más o menos por la misma época, la
antropología se dividió entre los que sostenían marcos conceptuales etic o universales a-
nalíticos, y los que aseguraban la necesidad de adoptar conceptos emic, emergentes de
cada sociedad en particular (véase Reynoso 1998). Chakravorty, que no es antropóloga,
debe estar refiriéndose a una tensión parecida cuando enuncia esa enigmática frase sobre
“lo de adentro y lo de afuera”. Ni Chakravorty, ni mucho menos el culturismo, se han
planteado todavía considerar conceptualmente la cultura ‘desde el punto de vista del
nativo’, que era lo que invitaba a hacer el antropólogo Malinowski en la década de 1920.
La idea ni les ha pasado por la cabeza. Represente o no una solución a los problemas
metodológicos (y yo creo que no), en un campo del saber proclive a lo cualitativo esta
cuestión tiene que discutirse de todas maneras, aunque más no sea porque llevaría un
poco de agua a su propio molino. Lo que a todos estos intelectuales les resta por elaborar
es sin duda abismal.
No es este el lugar para discutir cuál opción entre sustantivismo y formalismo sería ‘me-
jor’, o para relatar el destino final de la antropología económica o de la Nueva Etnografía
emic de los años sesenta. Pero sí lo es para invitar a los antropólogos que deseen incorpo-
rar ideas y diseños de los estudios culturales a reflexionar sobre la evidencia irrecusable
de que las categorías del culturismo, tanto el antiguo como el reciente, desde la estructura
de sentimiento hasta el placer, la articulación, los juegos, los desensamblajes y el rhizo-
ma, y por supuesto la cultura, son todos conceptos visceralmente formalistas, universales,
Occidentales y etic. No creo que esta constatación les produzca mucho placer, pero la
vida es así.

127
Etnografía

De la etnografía podría decirse aproximadamente lo mismo. Mientras algunas de las fac-


ciones dominantes en antropología promueven la idea del colapso de la etnografía como
escritura y como práctica (Grimshaw y Hart 1995), los más metodológicos de los estudios
culturales postulan la práctica de la etnografía (en la que se yuxtapone confusamente el
trabajo de campo, la observación participante, los datos empíricos y el punto de vista del
actor) ya como una asignatura pendiente, ya como un programa fallido. Los que se
muestram a favor consideran que lo mejor está aun por hacerse, los que están en contra
repudian lo que se ha hecho; muy pocos hablan encomiásticamente de su presente. Una
vez más, ninguno de los estudios culturales que he tenido en la mano muestra conocer
discusiones etnográficas de primera magnitud ocurridas en antropología que serían esen-
ciales según sus propias definiciones, como por ejemplo la que estableció la diferencia
entre los análisis emic y los estudios etic, las que tuvieron lugar a propósito de la etno-
ciencia y el análisis componencial, las que surgieron en torno de la investigación-acción
en la antropología aplicada, o las que contemplan la escritura de etnografías desde una
perspectiva retórica o como reflejo de la sensibilidad de una época (van Willigen 1986;
Stocking 1992; Hammersley 1998: 135-155; Reynoso 1998).
Mientras tanto, una proporción apreciable de los estudios culturales despliega el concepto
de etnografía con una ingenuidad que raya lo sublime. Veamos un par de ejemplos:
 En el artículo de Scott Lash titulado “Learning from Leipzig – or Politics in the Se-
miotic Society” el autor se posiciona como observador-participante en una Leipzig
eufórica el día que cayó el muro de Berlín. El costado participante de su observación
es más bien decepcionante: un alemán oriental le preguntó qué pensaba, y el contestó
que no podía pensar en nada. En las conclusiones, Lash apunta algo así como “La ló-
gica del posfordismo es por cierto la de la producción semiótica … una proporción
creciente de las mercancías posfordistas (i. e. información y bienes discursivos) son
posindustriales. Y una cantidad cada vez más grande (i. e. imágenes) de las mercan-
cías posfordistas y posindustriales son posmodernas” (1990a: 147). ¿Esta pedagogía
dadá es lo que Lash aprendió de su experiencia etnográfica en Leipzig? ¿Es este el
eco de la voz de las personas que vivieron el momento?
 En otro artículo titulado “Let us return to the murmuring of everyday practices: A no-
te on Michel de Certeau, television and daily life” (Silverstone 1989), el autor afirma
que si queremos alcanzar una comprensión más madura del lugar de la televisión en
las culturas contemporáneas, necesitamos estudiar en detalle los mecanismos de su
penetración en el tejido de la vida cotidiana, y las formas en que entra y es transfor-
mada por la heterogeneidad (la polisemia y la polimorfología) de la vida de todos los
días (Silverstone 1989: 77, 94). Signe Howell observa, sin embargo, que en el artículo
de referencia no se nos da ningún ejemplo del modo como esto se realiza, ni de los
hallazgos obtenidos a partir del método (Howell 1997: 109).
 La dispersión de los estudios culturales en una inmensa marejada de estudios etnográ-
ficos idénticos a despecho de las referencias rituales a su distintividad, ha hecho que
los propios culturistas encontraran que “se han publicado miles de versiones del mis-
mo artículo sobre el placer, la resistencia y las políticas de consumo, bajo diferentes
nombres pero con variaciones menores”. De este modo, “la perspectiva de la etnogra-

128
fía de audiencias ha conducido a un boom de estudios aislados de las formas en que
este o aquel grupo de audiencias produce activamente significados específicos. … Las
‘replicaciones’ autoindulgentes del mismo ‘diseño’ de investigación corren el peligro
de producir una verdad formal, una generalización vacía, abstracta y en último análi-
sis impotente que puede discurrir de este modo: ‘la gente en las modernas sociedades
mediatizadas es compleja y contradictoria, los textos de la cultura de masas son com-
plejos y contradictorios, y por lo tanto la gente que los usa produce una cultura com-
pleja y contradictoria’” (Ang 1996: 240; Morris 1996). Judith Williamson ha cuestio-
nado la literatura etnográfica afirmando que “los académicos de izquierda están ocu-
pados detectando hebras de ‘subversión’ en cada pieza de la cultura pop, desde Street
Style hasta la telenovela” (Williamson 1986: 19). La antropóloga Pnina Werbner, de la
Universidad de Keele, ha llamado también la atención sobre “la repetitiva alegoría de
la resistencia en los estudios culturales”, los que están “en constante peligro de volver
a contar la misma narrativa … una y otra y otra y otra vez” (Werbner 1997: 41).
Yo no hubiera podido expresar mejor este escenario de compulsión repetitiva sin salida y
sus estereotipos dominantes, percibido sin embargo por quienes lo practican como el pri-
vilegio de estar participando en una empresa original, productiva y liberadora. Será por
esta especie de peripecias y desaciertos que el reclamo por el retorno a la etnografía ha
encontrado también fuertes resistencias en el interior del movimiento. Meaghan Morris
observó, por ejemplo, que las estrategias etnográficas de los estudios culturales reposan
sobre una estructura narcisista:
“Lo que tiene lugar es primero una cita de voces populares (los informantes), un acto de
traducción y comentario, y luego un juego de identificación entre el sujeto cognoscente
en los estudios culturales y un sujeto colectivo, ‘el pueblo’. … Este pueblo es textual-
mente delegado, un emblema alegórico de la propia actividad del crítico. Su ethnos puede
ser construido como lo Otro, pero es usado como la máscara del etnógrafo. … Una vez
que ‘el pueblo’ constituye tanto una fuente de autoridad para un texto como una figura de
su propia actividad crítica, la empresa populista se torna no sólo circular sino (como la
mayor parte de la sociología empírica) narcisista en su estructura” (Morris 1996: 158).
Con un desfase de una década respecto de la misma clase de predicamentos que los an-
tropólogos posmodernos adjudican al ‘realismo etnográfico’, y sin un tratamiento compa-
rable de los problemas de la autoría, la escritura y la edición (véanse Reynoso 1991; Clif-
ford 1991), los estudios culturales se debaten entre un populismo altruista y una textua-
lidad asistemática y poco distintiva.
Los propios partidarios han señalado, un poco tarde, que “los miembros del Centre sim-
plemente han utilizado métodos etnográficos en sus estudios sustantivos antes de advertir
la necesidad de discutir los métodos con mayor precisión” (Harris 1992: 83). Los recien-
tes brotes de crítica nos tienen que sonar familiares: la observación participante, se dice
ahora, no ha roto claramente sus lazos con el positivismo, acomodándose más bien con
él, y acordando en operar con un foco humanista en lo distinto y en lo exótico. Han sur-
gido también serias dudas sobre la posibilidad de eliminar el “efecto del observador” y
las formas en que las sucesivas reescrituras del trabajo de edición reducen y codifican la
experiencia (Harris 1992: 84).

129
Los culturistas han comenzado a advertir que a pesar de que se han volcado a la etnogra-
fía para el tratamiento de los problemas de significado en la vida cotidiana, no se han
utilizado tampoco métodos etnográficos adecuados. Aunque se reconocen algunas excep-
ciones, en general admiten que la evidencia empírica se ha reunido a través de observa-
ciones casuales, entrevistas contingentes y ruedas de discusiones fuera de control. Janice
Radway enfatiza que la etnografía culturista es diferente de la antropológica en un
sentido muy inconveniente: mientras esta aspira, en general, a un conocimiento global de
un modo de vida en función de una inmersión personal prolongada en el campo, la ver-
sión culturista se encuentra “circunscripta de manera muy estrecha” por una preocu-
pación acotada a una temática individual; en consecuencia, se ha terminado reificando o
ignorando otros determinantes culturales fuera del que se encuentra subrayado en cada in-
vestigación. Una práctica en particular (mirar televisión, por ejemplo) se halla así des-
conectada de las demás prácticas que contribuyen a hacerla una actividad significativa
(Radway 1988: 367). Otros culturistas han percibido la misma parcialización; los investi-
gadores etnográficos de audiencias, se nos dice, no se han preocupado en general por reu-
nir materiales suplementarios a su siempre breve experiencia de campo, tales como histo-
rias de vida, descripciones personales, relatos extendidos. También han sido indolentes y
selectivos para escoger sus actores, eligiendo como sujetos, al compás de las modas del
día, casi siempre gente irónica, hip, cool, urbana, colorida, móvil y sobre todo joven (Jen-
sen y Pauly 1997: 167).
“En este sentido, la literatura [etnográfica] sobre los espectadores palidece cuando se la
compara con el mejor trabajo etnográfico en sociología y antropología. Nuestro repertorio
de temas es demasiado pequeño, nuestra permanencia en el campo demasiado breve,
nuestra descripción de las vidas de la audiencia demasiado escueta” (Jensen y Pauly
1997: 165).
Por esas y otras razones, diversos autores han propuesto que los estudios culturales dis-
continúen el uso de la práctica etnográfica en su trabajo de investigación. John Fiske
(1988) propone focalizarse sustitutivamente en la generación de “momentos significati-
vos” en la cultura popular, mientras Virginia Nightingale (1993) invita a adoptar un “gé-
nero mixto”, una metodología contingente, antes que una etnografía de cuerpo entero.
Nadie parece estar del todo conforme con lo actuado en nombre de la etnografía cultu-
rista. Escribe Graham Murdock:
“El conocimiento insuficiente sobre la situación de vida y las creencias de los sujetos a
menudo fuerza a los análisis a explicar lecturas particulares recurriendo a categorías ge-
nerales de clase, género y etnicidad. Para evitar esto y generar reseñas más ricas de la ba-
se social de la actividad cultural cotidiana necesitamos no sólo mejores etnografías, sino
también conceptos vinculantes que puedan ligar situaciones y formaciones, prácticas y
estructuras"”(Murdock 1997a: 60).
Paul Willis, cuyas contribuciones ‘etnográficas’ al culturismo han sido mundialmente a-
clamadas, observó en Manchester en 1996 que a pesar de las afirmaciones que celebraban
la centralidad de la etnografía en los estudios culturales, lo que se había hecho al respecto
era en realidad muy poco. Los trabajos sobre medios que se describen a sí mismos como
etnográficos no lo son de ningún modo:
“La tradición de medios de la etnografía ha truncado la etnografía, mientras reclamaba su
autoridad y su poder … los estudios de audiencias de hecho no producen, sino que más

130
exactamente contrabandean, en forma fraudulenta, un supuesto hinterland de etnografía y
de conocimiento aparentemente antropológico de las comunidades, los grupos y las
culturas, en los mensajes mediáticos bajo estudio” (Willis en Wade, según Morley 1998a:
482).
Stephen Nugent nos refiere que Willis se encontraba estupefacto por la discrepancia entre
las afirmaciones de excelencia etnográfica y la realidad (Nugent 1997: 9). Con lo dicho,
es bastante fácil comprender tal estupor.

Integrados y apocalípticos en Antropología: Michael Taussig, George Marcus,


Marshall Sahlins

Lo que sigue es un ejercicio de contraste entre tres posturas posibles de la antropología


frente a los estudios culturales: la de los antropólogos a los cuales la problemática no les
cuadra (Taussig), la de los que se apresuran a cambiarse de coordenadas (Marcus) y los
que rechazan la posibilidad de hacerlo (Sahlins). El segundo y el tercer tipo son los que
Richard Handler, a propósito de la revisión crítica de la compilación de Grossberg et al.
(1992) propuso llamar las estrategias de unámonos-a-la-caravana y avestruz-en-la-arena
respectivamente (Handler 1993: 991).
El primer tipo es traído a colación sólo porque había un indicio inicial de probabilidad de
que algo ocurriera a ese respecto, y porque desde la segunda modalidad alguien (Marcus,
por supuesto) pretendió alguna vez que ya había ocurrido. El segundo tipo se trata por ra-
zones obvias: su objeto es analizar un conjunto posible de razones para abandonar una
disciplina que expira y embarcarse en otra que está triunfando. Y el tercero, al que se de-
dicará tres renglones, se abordará porque en cierto modo testimonia un caso que me deso-
rienta: el de un antropólogo del que se hubiera esperado una actitud de aquiescencia, pero
que termina mandando a los estudios culturales a paseo.
En las relaciones entre ambos campos hay, por supuesto, un arco continuo de posibilida-
des. Por ejemplo Virginia Dominguez, profesora de antropología del Centro de Estudios
Internacionales y Comparativos de la Universidad de Iowa, tipifica seis grados de acepta-
ción y/o rechazo, que llama con estos nombres: a) participativo, b) perceptivo de la fron-
tera, c) ansioso, d) defensivo, e) crítico de la defensividad antropológica y f) agresiva-
mente crítico (Dominguez 1996: 58-60). La inmensa mayoría de los antropólogos, em-
pero, se sitúa todavía, según las propias cifras que aporta Dominguez, en una actitud que
yo propondría llamar g) indiferente.
Pero entre quienes no pertenecen a este último grupo, frente a los estudios culturales la
comunidad antropológica comprensiblemente oscila entre los integrados y los apocalípti-
cos. En el medio de estos extremos, y sin comunicarse mucho con ninguno de los bandos
en pugna, vive su percepción particular del mundo, como en una nube estética, el antro-
pólogo Michael Taussig, el habitante más carismático e individualista del Village neoyor-
quino. No es el tipo de intelectual al que conforme unirse a un tándem sólo porque los de-
más lo hagan. El sigue aferrado a su idolatrado Walter Benjamin, junto a quien casi todos
los demás mortales con inclinación por una ciencia empírica nos aburriríamos antes de
empezar. Por eso mismo, a medida que los años pasan y el culturismo se expande más y
más, Michael Taussig va tomando, con discreción, mayor distancia del bullicio. De igual
modo, al estar unido su nombre al elitismo irreductible de la primera Escuela de Frank-

131
furt, Benjamin no es hoy un arquetipo al que los estudios culturales se esmeren en inte-
grar20. El ethos de estos, sobre todo en sus últimas fases, es demasiado afín al pop, al
kitsch, a los hooligans, a Madonna o a MTV. No me imagino a Taussig por esos rumbos.
Sigamos, sin embargo, su proceso.
En las primeras obras por considerar, The devil (1980) y Shamanism (1987), hay un con-
tacto muy ocasional de Taussig con Raymond Williams, a quien encontró como otro
intérprete de Gramsci al lado suyo. El concepto williamsiano de “estructura de sentimien-
to” le sirve por un momento a Taussig para vincular la firme y terrible realidad de la
política con las más delicadas inflexiones de la actividad humana (Taussig 1987: 288-
289). El desarrollo técnico de la idea se reduce, empero, a la paráfrasis que he vertido. De
lo que se trata es de escapar una vez más del empirismo y el racionalismo estrecho de las
categorías tabulares de la vida material o la organización social con que los antropólogos
y sociólogos de cortos alcances se encontrarían satisfechos, y que Taussig trae a cuento
en la misma página. Raymond Williams le viene bien entonces como un espíritu afín en
esa búsqueda, pero no más allá de esa sola referencia y de otra (que no tiene mucho que
ver) sobre Bertolt Brecht. Nada más. Sólo un par de citas inteligentes que no se convier-
ten en ninguna operación teórica de escala mayor.
En The nervous system Taussig menciona a Williams al pasar, en una nueva acrobacia de
la imaginación: “como podría haber dicho Raymond Williams en sus Keywords…”, em-
pieza diciendo; pero como la expresión está incrustada en un texto que fluye en ambos
sentidos no queda claro qué es lo que Williams pudo haber dicho y en qué momento del
texto original lo dijo verdaderamente (Taussig 1992: 118). En realidad tampoco importa
mucho. A pesar de todos los nexos que Marcus le endilgó con algún proyecto colectivo de
antropología crítica, Taussig no menciona ni a Williams ni a ningún otro culturista en
Mimesis and alterity (1993), ni en The magic of state (1997). Con esto hace ya siete años
que Taussig prácticamente no habla del asunto en sus obras más importantes, por más que
esos libros se publican apenas escritos en las colecciones de Estudios Culturales de
Routledge, la editora semi-oficial del movimiento. Pensándolo bien, en toda su trayecto-
ria Taussig jamás mencionó a los estudios; difícilmente vaya a hacerlo ahora, cuando to-
do el mundo ya sabe de qué se trata, tornando imposible situarse en la vanguardia.
En lo que respecta a la actitud tomada por los antropólogos frente a los estudios cultura-
les, si consideramos la serie que va desde los integrados a los detractores, George Marcus
está sin duda entre los primeros. Y al decir que está entre los primeros quiero significar
además que fue sin duda alguna el primer antropólogo en tomar contacto con los estu-
dios, y recíprocamente ha sido también un referente ocasional de la antropología en el in-
terior del movimiento, sobre todo cuando se trata de discutir, con una concisión casi tele-
gráfica, el papel de la etnografía o de la antropología como crítica de la cultura (Brantlin-
ger 1990: 105, 122; Nightingale 1993: 152, 156, 160; Murdock 1997a: 66; Willis 1997:
185). Aunque no se me ocurre una sola idea original o memorable que pueda imputársele,
20
El único texto culturista que conozco que realice una vindicación de Walter Benjamin es un artículo de
Angela McRobbie (1994: 96-120). En él McRobbie señala que Benjamin fue sólo ocasionalmente utilizado
como referencia en enclaves marginales de los estudios culturales en Birmingham a comienzos de los años
setenta, pero que ese romance “no duró mucho”. Con excepción de algunos trabajos de Dick Hebdige o Iain
Chambers que rescataron destellos poéticos de insight en ensayos desconocidos de Benjamin, a lo largo de
los años ochenta éste fue literalmente “mandado a descansar en los estudios culturales” (McRobbie 1994:
96-97).

132
Marcus es, a la zaga sólo de Clifford Geertz, el antropólogo que los estudios culturales
mencionan con mayor asiduidad.
Es interesante remontar la historia y definir la posición de Marcus en el proceso de la pe-
netración de los estudios en Estados Unidos como caso testigo del proceso de su expan-
sión y de su mutación en una moda intelectual. De más está decir que no se trata de que
Marcus llevara los estudios culturales a Norteamérica; fue la oleada posmoderna la que
los transportó, y no sólo un profesional determinado. Lo que sí es más probable es que
Marcus fuera quien orientó su antropología hacia este campo antes que los estudios esta-
llaran en la cara de toda la intelectualidad norteamericana. Lo singular es que, al principio
por lo menos, no lo hizo con entera conciencia. Analicemos detenidamente este proceso.
El hito histórico que quisiera marcar tiene que ver con lo que Marcus dice de los estudios
culturales en la ponencia que presentó en el histórico congreso de la School of American
Research en Santa Fe de Nuevo México en abril de 1984. Retengamos la fecha: el pos-
modernismo recién estaba irrumpiendo en el ambiente intelectual norteamericano. Acaba-
ba de traducirse con cinco años de retraso La condition posmoderne de Jean-François
Lyotard, el único texto extradisciplinario declaradamente posmoderno citado en la biblio-
grafía de Writing culture (Clifford y Marcus 1986), la compilación que reúne los trabajos
del Congreso y que representó el primer manifiesto colectivo de la antropología posmo-
derna norteamericana. Obsérvese bien quién es uno de los dos editores, porque de ahí en
más nunca abandonará el protagonismo (Marcus 1992; Marcus 1998).
En realidad no me interesa tanto recuperar lo que Marcus dice de los estudios culturales
en su artículo del congreso (“Contemporary problems of ethnography in the modern
world system”), sino lo que no dice: a pesar de ocuparse brevemente de Raymond Wi-
lliams y de Paul Willis a propósito de la implicación para la etnografía de las obras del
primero y las elaboraciones etnográficas del segundo en Learning to labour (Willis
1981), a lo que Marcus jamás alude es (sorpréndanse) a los estudios culturales. Aquí no
se puede menos que experimentar el vértigo de la historia reciente, la rápida y compleja
sucesión de acontecimientos, la devastadora propagación de las influencias, la reelabo-
ración apresurada de la historia personal de los conversos. El caso Willis se trae a cola-
ción, se sustancia y se defiende sin tener noción de cuál es su contexto de ideas o su es-
cenario institucional. El quid de la cuestión es que, desde el punto de vista de la antropo-
logía en los Estados Unidos, tan tarde como entre 1984 y 1986 los estudios culturales to-
davía no existían.
Anotemos que, para cualquier interesado en los movimientos intelectuales europeos, los
estudios culturales eran reconocidos como tales desde por lo menos veinte años antes: el
Centre for Contemporary Cultural Studies se funda exactamente en 1964. Entre esa fecha
y 1984 se publicaron docenas de libros y artículos que hacen referencia al nombre del
movimiento en sus mismos títulos. Los Working Papers in Cultural Studies, con distribu-
ción a las principales bibliotecas de todo el mundo, comenzaron a aparecer en 1971 con
un enorme logotipo del CCCS en la portada. Marcus, de hecho, analiza por un lado el a-
porte de Raymond Williams y por el otro el de Paul Willis. Si bien en un momento dice
que el primero influyó en los estudiosos marxistas de la cultura “especialmente en aque-
llos que, como Paul Willis, han encontrado en la etnografía un medio textual” (1986:
171), en ningún momento vincula a los dos dentro de un movimiento definido, y mucho
menos se da cuenta que existe una corriente específica llamada estudios culturales que los

133
vincula a ambos. El nombre del movimiento no figura siquiera en el minucioso índice
analítico de Writing culture (Clifford y Marcus 1986: 297-305).
En la ponencia de Marcus, Willis aparece vinculado a una modalidad genérica de “tradi-
ción teórica marxista” al lado de Michael Taussig (1980), pero de ningún modo formando
parte del movimiento que nos ocupa, en el cual Willis es uno de los referentes fundamen-
tales (Marcus 1986: 173). Recién en la década de 1990, cuando los estudios culturales ya
habían adoptado junto a los intelectuales norteamericanos criterios textualistas/posmo-
dernos, Marcus adquiere conciencia de la existencia del movimiento y la antropología co-
mienza a tomarlos explícitamente en consideración (véanse Clifford 1992; Martin 1992;
Marcus 1992). Y ambos lo hacen a destiempo, ya que el estudio de Willis no es ni posmo-
derno ni textualista.
Es interesante analizar los argumentos con que Marcus desarrolla su presentación de la
etnografía de Willis a los etnógrafos reunidos en Santa Fe. Primero que nada fijémonos
que Marcus se basa en la segunda edición norteamericana de Learning to labour (Willis
1981) antes que en la edición inglesa, cuatro años anterior (Willis 1977a). Había existido
una versión anterior en los Estados Unidos (Willis 1977b), pero su cronología no sincro-
nizaba con los ritmos vitales de los antropólogos que estaban fundando el posmodernis-
mo, y que abrevaban en bibliografía más fresca. El trabajo de Marcus es en sí un análisis
extendido del libro de Willis, al que trata como una forma etnográfica que pudiera servir
de inspiración a los etnógrafos experimentales de la fase posmoderna. Su evaluación es
abiertamente positiva, encomiando un texto que toma contacto con la experiencia de sus
sujetos mientras representa adecuadamente el orden más amplio en que los actores están
insertos; para Marcus el logro de Willis representa el estado de arte de las etnografías que
todavía permanecen dentro de las convenciones realistas o naturalistas de escritura (Mar-
cus 1986: 176). Desconocedor, sin embargo, de las convenciones, prioridades, terminolo-
gías, valores teóricos y discusiones imperantes en el interior de los estudios culturales, a
Marcus se le pasa por alto, por ejemplo, la importancia de las ‘articulaciones’ en el trata-
miento teórico de Willis, y en particular la articulación entre el trabajo etnográfico y la
posterior elaboración interpretativa como algo que sólo tiene sentido en el campo de
fuerzas del folklore familiar del movimiento.
A Marcus le complace que Willis separe el desarrollo de su etnografía de la parte analí-
tica, ganando así en libertad de exposición. La primera parte del trabajo estaría entonces
dedicada a los datos; ignorando las connotaciones tradicionalmente implicadas por los es-
tudios culturales cuando hablan de etnografía, sin embargo, Marcus se sorprende de en-
contrar allí “tanto análisis como descripción”. De la segunda parte entiende todavía me-
nos: “ella reposa en jerga y abstracciones, pero está retóricamente construida sobre refe-
rencias que vuelven a analizar las representaciones naturalistas … de la primera parte”
(Marcus 1986: 175). Marcus pasa por alto el contenido de la jerga y las abstracciones no
obstante vertebrar estas el argumento exacto que Willis quería exponer a sus correligiona-
rios.
Marcus quiere que Willis le sirva como ejemplo de una modalidad de etnografía que en-
traña alguna forma de crítica cultural. Poco importa que la definición de la cultura a que
se atiene Willis no tenga mucho que ver con la de la antropología, de la que el autor re-
niega explícitamente por su excesivo carácter holístico y por considerar que sólo puede
suministrar un “mapeado taxonómico neutro” de su objeto (Willis 1981: 217-218). Si

134
bien Marcus advierte que los antropólogos pueden quedar desconcertados e irritados por
la forma en que Willis toma distancia y trivializa el propósito de la antropología, le pare-
ce que de todos modos hay una consonancia y una comunión ideológica muy fuerte entre
el trabajo de este y una etnografía “experimental” y “sensitiva” como la que el propio
Marcus y los impulsores de la naciente antropología posmoderna estaban comenzando a
proclamar (Marcus 1986: 188). La jerga y las abstracciones, entonces, en tanto trasunto
de un método, interesan mucho menos que las difusas comuniones ideológicas que de una
manera u otra se pueden establecer. Pues en eso radica, para Marcus, la cuestión.
En Anthropology as cultural critique (Marcus y Fischer 1986), un poco posterior al con-
greso de Santa Fe, pero contemporáneo casi exacto de la publicación de Writing culture,
Marcus reproduce su tratamiento del aporte de Willis con escasa variación. Todavía sigue
sin tomar constancia de la existencia de los estudios culturales, al punto que Paul Willis y
Raymond Williams, quien sólo es aquí un “crítico literario marxista”, aparecen tratados
en lo que los fonólogos estructuralistas llamarían una ‘distribución complementaria’:
nunca sus nombres aparecen en los mismos contextos, a pesar de la frecuencia con que se
los alude. Williams aparece señalado sólo en relación con la literatura, y a propósito de su
concepto de ‘estructura de sentimiento’ (Williams 1961). Insólitamente, el Cultural Stu-
dies Group of Birmingham aparece referido una vez, pero sólo como una entidad autoral
entre otras, y no como un movimiento individualizado (Marcus y Fischer 1986: 153). En
síntesis, Fischer y Marcus pasaron cerca del edificio de los estudios culturales, pero no al-
canzaron a comprender entonces cuál podía ser su verdadera arquitectura, su talla, sus ve-
cindades o su diseño interior; lo cual, por supuesto, no es tan grave como la ceguera
disciplinar de Denzin o de Becker, aunque se le parece bastante.
Pero los años noventa son otra cosa. ¿Quién puede ignorar ahora que el movimiento
existe? Ya asentada la fase posmoderna de los estudios culturales en Norteamérica, para
George Marcus, sobre todo en su papel de editor de Cultural Anthropology, sería alta-
mente positivo que la antropología quede subsumida bajo el manto de los estudios cultu-
rales en el futuro próximo. A medida que la globalización continúe erosionando las dife-
rencias culturales, dice, la antropología será reemplazada por unos estudios culturales que
(de alguna manera que no se describe y por alguna razón que no se explica) relocalizarán
la antropología en su mero centro ( Nugent 1997: 4-5).
“En los Estados Unidos, la antropología, quizás identificada todavía con el estudio en
grano fino de pueblos primitivos y exóticos, tiene reservado un papel muy pequeño en el
desarrollo de los estudios culturales como un campo interdisciplinario. … [Pero] en la
búsqueda de un contexto diferente, intelectualmente más complejo y relevante para la
práctica de la etnografía, los estudios culturales proporcionan un terreno vasto y
desconocido para explorar” (Marcus 1992: vi).
Hay aquí un gesto de incorrección política para nada reprimido: el estudio de culturas le-
janas se reputa casi irrelevante, al lado del desafío intelectual que representa nuestro pro-
pio contexto. El resto es por igual controvertible: ¿los estudios culturales como un “cam-
po interdisciplinario” que nos dará la bienvenida tal cual somos? ¿No hay nada que obje-
tar de su construcción como interdisciplina, que los propios y más ardientes promotores
del movimiento encuentran todavía sin elaborar? ( Nelson et al. 1992: 15; Bennett 1998:
535; Striphas 1998a: 461). La lectura del integrado Marcus sí que es imaginativa.

135
En los últimos años Marcus no ha agregado mucho a lo que ya le conocemos. Con los
nervios de punta por su pelea con Pierre Bourdieu (que comentaré cuando hablemos de
García Canclini) y visiblemente contrariado por las reacciones críticas que los antropólo-
gos al fin han exteriorizado frente a un posmodernismo que no cambió sus consignas en
quince años, los artículos más recientes que he leído de él insisten en explotar el mismo
libro de Willis al que los culturistas mandaron a descansar hace tanto tiempo ( Marcus
1998: 42-45, 61, 71-72, 95-96). Siendo que Marcus reposa en un solo antiguo texto de re-
ferencia (además de una fórmula williamsiana declarada caduca por Williams mismo), no
es de extrañar que él considere “desconocido” el territorio hacia el cual quiere que nos
marchemos (Marcus 1992: vi).
Marshall Sahlins en cambio parece más bien ser un apocalíptico, aunque su opinión está
cristalizada en un solo aforismo oscuro y antropomorfo, escondido en una colección de
panfletos informales, que nos obliga a una elaboración de su postura igualmente sucinta.
Dice Sahlins:
“Algunos estudios culturales parecen pensar que la antropología no es sino etnografía.
Mejor al contrario: la etnografía es antropología, o no es nada” (Sahlins 1994: 10).
Bien, esto no es mucho pero al menos es algo. Entre líneas podemos leer que aunque no
hay mucha evidencia de que el viejo león haya consagrado a los estudios culturales la
dedicación que sería menester, la respuesta es no. Tal vez algún día conozcamos la pre-
gunta.

Renato Rosaldo: Cultura y Verdad

En uno de los textos más sesgados que conozco, Culture and truth, Renato Rosaldo de-
dica cuatro páginas a Raymond Williams y unas cuantas más al “historiador social” E. P.
Thompson (Rosaldo 1989: 105-110, 137-139, 183-186). Los únicos libros mencionados
son Marxism and literature (Williams 1977) y The making of the English working class
(Thompson 1966), además de un artículo menor de Thompson. En lo que va de Marcus a
Rosaldo, Williams se trasmuta de “crítico literario marxista” a “teórico cultural” sin filia-
ción partidaria a destacar. Como en el caso de Marcus (1986), pero tres o cuatro años des-
pués, Rosaldo todavía no alcanzaba a percibir que un movimiento con la fuerza arrasado-
ra de los estudios culturales estuviera manifestándose en alguna parte. Con el escueto
corpus considerado, sin tomar en cuenta la evolución posterior de los autores y sin perca-
tarse del contexto mayor del que provienen, a Rosaldo le alcanza para proponer cambios
radicales en la antropología, en consonancia con su postura interpretativa y anti-objetivis-
ta. La antropología de Rosaldo se considera a sí misma “procesual”, y una de sus referen-
cias en ese sentido es el procesualismo que él imagina inherente a las interpretaciones de
Clifford Geertz (Rosaldo 1989: 94 y ss.). Es público y notorio, sin embargo, que Paul Ri-
coeur (quien inspiró a Geertz la metáfora de la “cultura como texto”) insiste en que el
procedimiento inicial para cualquier análisis es la fijación del flujo del discurso, el conge-
lamiento de la acción en el texto ( Ricoeur 1988: 47-74). Lo que Ricoeur propone (y lo
que Geertz acata en su fase interpretativa) es analizar la cultura como texto, de ningún
modo como proceso. La suspensión del tiempo del discurso (y por ende, del proceso
discursivo) es nada menos que la precondición de ese análisis.

136
Por añadidura, Rosaldo coloca a los dos padres del culturismo, Thompson y Williams, en
relación con un tipo de análisis procesual que tiene que ver con un “algo más” que no
puede ser reducido a ni derivado de las estructuras, tipo del que también formaría parte
Pierre Bourdieu. Rosaldo quiere que los tres autores que menciona lo ayuden a probar
que los sentimientos, el discurrir de la vida cotidiana y la constitución de formaciones de
clase “no pueden ser deducidos de factores estructurales” (Rosaldo 1989: 105). Ese es el
centro de la argumentación. Con semejante asociación de talentos, pensaría Rosaldo, los
positivistas (que serían más bien ‘estructurales’) están aniquilados de antemano.
Ahora bien, para lograr que sus tres fuentes proporcionen un coro armónico, Rosaldo ten-
drá que desfigurar sus voces a fin de que engranen con lo que él quiere probar. En el re-
trato que traza Rosaldo, Raymond Williams aparece entonces tomando partido en contra
de un análisis social “objetivista” (Rosaldo 1989: 106) que seguramente tiene que ver con
lo que Rosaldo venía diciendo y lo que seguirá argumentando después, pero que Williams
de ningún modo plantea en esos términos unilaterales. El problema de Williams no es con
la objetividad o con las estructuras, sino con el sustancialismo que considera las estructu-
ras como “productos” y “formas fijas” (Williams 1977: 128-135). Igual tergiversación se
aplica en la versión rosaldiana de Pierre Bourdieu, tan denodadamente selectiva que omi-
te considerar los bien conocidos énfasis estructurales del autor. En Bourdieu no sólo hay
estructuras por todas partes, sino que las estructuras son, además, sistemas. Por si restan
dudas, cito a Bourdieu en una página que se podría decir abierta al azar de un libro edi-
tado en inglés por la misma universidad en que Rosaldo trabaja por esos años:
“Los condicionamientos asociados con una clase particular de condiciones de existencia
producen habitus, sistemas de disposiciones durables y transponibles, estructuras estruc-
turadas predispuestas para funcionar como estructuras estructuradas, es decir, como
principios que generan y organizan prácticas y representaciones” (Bourdieu 1980: 53).
Habrá que resignarse a las redundancias, pero ¿no les parece que el concepto más repre-
sentativo de Bourdieu es mucho más que un poquitín estructural?
Igual que Taussig en un razonamiento “sensitivo” semejante, Rosaldo se ocupa sobre to-
do del concepto williamsiano de “estructura de sentimiento”, la única idea seductora que
los antropólogos parecen percibir en su trabajo. Como ya hemos entrevisto las críticas
culturistas del concepto, no vale entretenernos en valorar otra vez este intento de reapro-
piación. Aunque Rosaldo se esfuerza por destacar el carácter procesual del término en
contra de lo que sería el carácter fijo y estructural del concepto de ‘ideología’, el hecho
es que lecturas más familiarizadas como las de O’Connor, Aronowitz, Turner, Simpson y
Eagleton terminan equiparando estos conceptos, que sin duda los culturistas han traba-
jado más que nosotros. Por otra parte, no puedo dejar de señalar que cuando Rosaldo pro-
pone asomarse a la noción de estructura de sentimiento, el propio Raymond Williams ya
hacía por lo menos seis años que había retirado formalmente el concepto de su vocabula-
rio (véase Williams 1983a).
Aquí ya todo se ha vuelto en contra de Rosaldo. Para colmo, en cualquier interpretación
que se haga de Marx (un ‘objetivista’, sin duda), la ‘ideología’ (otro término que a Rosal-
do no le gusta) se puede entender fácilmente como proceso. Hay docenas de ensayos so-
bre ‘el proceso ideológico’, incluido uno con ese preciso nombre de Eliseo Verón. El mis-
mo Raymond Williams de Marxism and Literature puede servir de fuente para el ejer-
cicio de entender procesualmente la ideología. Si se leen los textos originales de Wi-

137
lliams, de Bourdieu o de Thompson se observará que en ellos la distinción entre los bue-
nos y los malos no es coextensiva a la diferencia entre procesos y estructuras. Ni las es-
tructuras son fatalmente no procesuales, ni los procesos son algo no estructurado; tam-
bién hay objetivistas procesuales y estructuralistas dados a la espiritualidad. Ni Williams,
ni Thompson, ni mucho menos Bourdieu son tan esquemáticos. La cosa no pasa por ahí,
y a Rosaldo le hubiera sido más útil fundamentar sus argumentos en cualquier texto,
excepto en los que finalmente decidió utilizar. Silenciaré también un elemento de juicio
adicional, que tal vez habría debido ser el primero que yo invocara: con todas las conno-
taciones de impulso, vida, emergencia continua y sensibilidad que aparecen en las citas a
Williams que Rosaldo deja asomar entre un diluvio de elipsis, no hay más remedio que
señalar que la estructura de sentimiento es, en último análisis y como su nombre lo indi-
ca, una estructura. En una frase que Rosaldo escamotea de sus citas, truncando un razona-
miento por la mitad, Williams dice claramente:
“Definimos entonces estos elementos como una ‘estructura’: como un conjunto, con rela-
ciones internas específicas, al mismo tiempo intervinculado y en tensión” (Williams
1977: 132).
En síntesis: las interpretaciones de Rosaldo están afectadas de una retorsión de tal magni-
tud que poco importa lo que sus fuentes de referencia estén diciendo. Sus objetivos están
concentrados de tal manera en afianzar una postura anti-objetivista, anti-estructuralista,
anti-funcionalista y anti-positivista que los colores de sus cristales trasmutan cualquier
cosa que él mire en lo que él quiere que sea. Desde que decidió consagrarse a la metateo-
ría y tomar partido en la contienda de facciones (y creo que en ello está la clave de estos
gazapos) este autor no parece ser el mismo que el estudioso sensible, reflexivo y original
que escribió Ilongot headhunting. Al no prestar la menor atención a la historia intelectual
y al contexto de las ideas, Rosaldo omite convenientemente que la estrategia de Williams
estaba formulada en términos de un ‘materialismo cultural’, y que este ambicionaba sub-
sumir los estudios literarios a los métodos experimentales de las ciencias de la naturaleza
( Prendergast 1995: 20). Por otra parte, ni siquiera la frecuentación yuxtapuesta de
Williams y Thompson le sirvió a Rosaldo para deducir la existencia del movimiento antes
de 1989, aunque más tarde, ya realizada la megaconferencia culturista de Illinois, nos
quiera hacer creer algo distinto (Rosaldo 1994: 525).
Pasemos mejor a otro texto. En “Whose estudios culturales?” (Rosaldo 1994), un artículo
breve entresacado de un foro llamado “Cultural Studies and the disciplines: Are there any
boundaries left?”, Rosaldo intenta destacar tanto la utilidad de los estudios para la antro-
pología como la conveniencia del influjo contrario. Por un lado, nos dice que las cues-
tiones planteadas por los estudios culturales “son también prominentes” en su agenda per-
sonal; por el otro, establece que a los críticos literarios que se han adueñado del movi-
miento no les vendría mal leer a Franz Boas o inscribirse en un curso introductorio de an-
tropología (1994: 526). Extrañamente, en este caso estoy de acuerdo con ambas afirma-
ciones. Ahora que los estudios culturales se han volcado al posmodernismo, su agenda y
la de Rosaldo no pueden menos que coincidir. Y ya que ambas agendas son iguales (y
dado que es él mismo quien plantea las cosas en estos términos), se podría aprovechar el
curso introductorio, agregar un par de libros de metodología y comprensión de textos, y
hacer que el movimiento y Rosaldo lo tomen juntos.

138
Ánimo, ahora. Ya estamos llegando al final del tratamiento del autor al que siempre elijo
volver cuando comienzo a preguntarme si no seré yo el exaltado que distorsiona las teo-
rías a su antojo, o si mi punto de vista no será el más falaz de todos. Lo que sigue a
cuanto ya estuvimos viendo de “Whose cultural…” es un canto a la vida, un llamamiento
a que la disciplina y el movimiento trabajen mancomunados, hombro contra hombro, para
afrontar la reconstrucción de una Antropología y unos estudios culturales como nuestro
antropólogo los desea (Rosaldo 1994: 528-529). Ahora sí que no coincido. Sepan discul-
par entonces si llegado ese momento me excuso de participar en semejante proyecto.

Opiniones: Howell, Keesing, Lave, Duguid, Fernandez, Thomas, Geertz, Knauft,


Handler, Stanton, Martin, Fischer

El tema vuelve a ser la relación entre antropología y estudios culturales. En uno de los
pocos libros que examinan las relaciones entre ambas tradiciones, Signe Howell, de la
Universidad de Oslo, consigna que los estudios culturales operan con frecuencia encerra-
dos en un meta-nivel cargado de jerga sumamente abstracto, y que a despecho de afirma-
ciones en contrario, los que trabajan en esa corriente no son para nada reflexivos acerca
de sus propias teorías y supuestos. En último análisis –agrega- la impresión que a uno le
queda es la de una práctica académica que fácilmente se vuelve sociocéntrica y provincial
(Howell 1997: 107). Por otra parte, se pregunta Howell,
“¿Es realista intentar conjuntar crítica literaria, teoría social, etnografía y análisis del
discurso (para nombrar sólo unas pocas de las flechas del carcaj) en nombre de la gran
síntesis demandada por materiales empíricos tan complejos? Y además, ¿qué se supone
que haga uno con un campo que levanta banderas teóricas significativas (por ejemplo,
posestructuralismo y posmodernismo) que debido a su talante deconstructivo parecerían
subvertir la noción misma de un proyecto semejante? (Howell 1997: 3).
En uno de sus últimos artículos dado a la prensa antes de fallecer, el antropólogo Roger
Keesing proporciona una definición resueltamente equivocada del significado de ‘cultura’
para los estudios culturales. Se pregunta si la ‘cultura’ de los antropólogos es la misma
cosa, y se contesta que no. La ‘cultura’ de los estudios culturales (sean estos posmarxis-
tas, posmodernos o pos-lo que fuere), se ha desarrollado –dice- a través de la ampliación
de una concepción a la que nos hemos opuesto por décadas: la idea de la cultura como
algo que tiene que ver con los más elevados refinamientos estéticos y los logros de una
sociedad compleja. Keesing reconoce que a través de la semiología se está encarando una
extensión del término hacia sus sentidos antropológicos, pero no vincula en ningún mo-
mento a la semiología con los estudios culturales, ni menciona ninguna bibliografía
relevante (Keesing 1994: 303).
Considero la postura de Bruce Knauft, profesor de Antropología en la Universidad de E-
mory, harto mejor documentada y más fiel a los hechos que la de Roger Keesing. Knauft
ha delineado la transformación de la teoría crítica de los estudios culturales y su degene-
ración en una estética deconstructiva. El autor encuentra que en este desarrollo el cultu-
rismo se combinó hasta convertirse en uno solo con el pensamiento posmoderno:
“En el proceso, las ideas de Gramsci se usaron de formas cada vez más imprecisas e his-
triónicas; conceptos tales como ‘resistencia’, ‘articulación’, ‘hegemonía’ y ‘guerra de
posiciones’ se atribuyeron con prodigalidad pero en ausencia de un análisis social soste-

139
nido. … [L]a sustancia crítica del pensamiento de Gramsci, como la de Franz Fanon, que
fueron tan importantes al principio para los estudios poscoloniales, disminuyó hasta el
punto de ser hoy casi vestigial. … Después de flirtear con el posmodernismo, los estudios
culturales huyen de la documentación sustantiva, de la teorización claramente enunciada
y de la fundamentación social. … [H]oy tienden en la práctica hacia un contenido abs-
tracto y una forma rarificada. A menudo sus argumentos sólo pueden ser comprendidos
por una audiencia reducida, incluso dentro de la comunidad académica. Esto es exacta-
mente lo opuesto del intelectualismo público y orgánico liderado por Stuart Hall en la
Universidad Abierta. … En cierto modo, entonces, los estudios culturales han dado una
vuelta en redondo” (Knauft 1996: 80-83).
Los desarrollos más recientes, dirá luego Knauft, combinan en forma contradictoria una
fuerte inclinación crítica con un modo hiper-relativizado de representación que obstacu-
liza el tratamiento conceptual o empírico de sus argumentaciones (ibid.: 280-281). Se me
hace difícil no congeniar con esta evaluación. La semblanza de Knauft, además, está ba-
sada en una familiaridad con el repertorio bibliográfico de los estudios culturales que
excede por mucho lo que es el caso en cualquier otro testimonio antropológico que haya
llegado a mis manos hasta hoy.
Casi no vale la pena referirse al artículo de Jean Lave, Paul Duguid y Nadine Fernandez
sobre los estudios culturales y las concepciones de la subjetividad publicado en un An-
nual Review of Anthropology sin que el resto de nuestros profesionales acusara recibo
(Lave et al 1992). Los autores describen con entusiasmo la visión de los estudios cultura-
les como una exploración realizada en términos de “posiciones de clase, culturas de clase
y luchas tanto intra- como interclases” (una semblanza que ya no podía sostenerse en la
época en que el estudio se estaba escribiendo), y terminan su ensayo sin clarificar en qué
consisten, a fin de cuentas, las ideas culturistas sobre la ‘producción de subjetividades’, o
cuáles serían sus rasgos distintivos en contraste con el pensamiento antropológico sobre
el particular. Tampoco aporta demasiadas novedades el artículo de Nicholas Thomas
(1999) que contrapone antropología y estudios culturales; su análisis es en exceso suma-
rio, su crítica al culturismo no aporta ideas nuevas y la delimitación del movimiento es
discutible, pues incluye estudios de áreas como los de Edward Said. Llegado el año 2000,
también Clifford Geertz despacha el expediente de los estudios culturales sin mencionar
un solo texto y en poquísimos renglones: por un lado, lo empaqueta como un conjunto
nebuloso que incluye a los estudios de género, los estudios de la ciencia, los estudios
queer, los estudios de medios, los estudios étnicos y los estudios poscoloniales; por el o-
tro, lo cuestiona como al pasar por su “lustroso impresionismo”, absorto en el arte pop
(Geertz 2000: X, 16).
Pocos meses después de haberse editado Cultural Studies (Grossberg et al. 1992), el an-
tropólogo Richard Handler, de la Universidad de Virginia, publicó una crítica amable na-
da menos que en el órgano oficial de la profesión, American Anthropologist (Handler
1993). Fue un acto anómalo, porque ni antes ni después los journals disciplinares inclu-
yeron textos del movimientos en su habitual sección de reseñas críticas. Handler se pre-
gunta qué hacer con esta corriente que se sirve en gran medida de los mismos conceptos y
términos que la antropología: ‘hegemonía’, ‘resistencia’, ‘raza’, género y clase’, ‘diferen-
cia’, ‘embodiment’, ‘empowerment’, ‘voz’, ‘espacio’. Su recomendación es tomar ese li-
bro descomunal como punto de partida en su reconocimiento.

140
Como en toda gran compilación, Handler encuentra en ella unos diez artículos excelentes,
junto a unos treinta ilegibles, poco memorables o carentes de valor. Juzgando en función
de su lectura, por un lado cree que la antropología puede aprender bastante de los estu-
dios culturales para abordar la cultura contemporánea; por el otro la afirmación de Stuart
Hall en el sentido de que los estudios gozan de una extraordinaria fluidez teórica le resul-
ta “más bien fatua” a la luz del desconocimiento de las teorías antropológicas de la cul-
tura que ellos denotan (Handler 1993: 992-993). Del mismo modo celebra la intención de
los culturistas de llevar adelante indagaciones etnográficas, para comprobar de inmediato
que en los estudios culturales la etnografía se traduce en una rudimentaria rutina de entre-
vistas, y que en 730 páginas de densa elaboración tampoco hay referencias a la etnografía
antropológica.
Handler finaliza su inspección deseando que los culturistas se asomen realmente a la di-
versidad, que hagan escuchar ‘otras voces’ aparte de las de los intelectuales calificados y
que tomen a la antropología en serio, como la antropología está dispuesta a hacerlo con e-
llos. El paternalismo afable de Handler llama a que nos preguntemos si los antropólogos
del bando de la conciliación realmente piensan que los cultores de los estudios culturales
tomarán registro de sus consejos, y saldrán corriendo a equiparse para un trabajo compa-
rativo al que sus diseños de investigación ostensiblemente no se adaptan, o para una
expedición a tierras exóticas que el mercado de sus lectores por ahora no demanda.
Para el antropólogo inglés Gareth Stanton, que propone como remedio intelectual y puen-
te disciplinar una vindicación histórica de un movimiento minoritario de los años treinta
que no viene al caso, hay entre ambos campos una tensión no resuelta:
“A pesar de los ocasionales cambios de vestimenta, las opiniones son cada vez más escle-
róticas. Para el adepto a los estudios culturales, por completo entrenado en el fugaz culto
a los ancestros en su variedad británica, la antropología permanece por completo casada
con las estructuras opresoras del Imperio. Su único rasgo redentor es un método, la etno-
grafía, que se adopta y anexa, a menudo con muy escasa comprensión. Para los antropó-
logos parece que la agenda propuesta por los estudios culturales es alguna clase de broma
elaborada, una concatenación de cosas idiotas y efímeras” (Stanton 1997: 11).
En el extremo contrario se encuentra la ex-antropóloga feminista Emily Martin. Ella apa-
rece de pronto en la compilación magna de los estudios culturales desarrollando un estu-
dio sui géneris sin decirnos el por qué de su conmutación disciplinar, que por ese enton-
ces debía de ser reciente (Martin 1992). Cuatro años más tarde, en la vergonzante ‘guerra
de las ciencias’ rememora su pasado como si hubiera sido practicante de los estudios cul-
turales desde la primera hora y hablando de la antropología en tercera persona, sólo en el
contexto de otras disciplinas a enumerar (Martin 1996).
También se muestra circunspecto sobre los motivos de su diáspora el antropólogo Mi-
chael Fischer, que primero escribió (con George Marcus) un libro insulso en el que todo
lo que fuera crítico estaba bien, luego se unió al círculo ultra-posmoderno de Rice, y
finalmente terminó pergeñando unos pretenciosos estudios culturales de la ciencia nada
menos que en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (Marcus y Fischer 1986; Fischer
1995). En esta temática no ha producido ninguna reflexión original sobre los estudios
culturales que sea digna de mencionar aquí, ya sea para ponerse a su favor o en su contra.
Los artículos que le conocemos siguen exhibiendo los paréntesis a mitad de palabra y las
mayusculizaciones cómplices que ya prodigaba desde que frecuentara a Stephen Tyler, el

141
predicador más frenético de la antropología posmoderna: Eye(I)ing, PreTexts, Inter-
Viewing, ProGram, MetaPhysical, ConTexts y así hasta la náusea (Fischer 1995). Bau-
drillard en dialecto texano, quince años después de lo humanamente tolerable.

García Canclini: Esperando a Bourdieu

De García Canclini no hay mucho que decir. Aunque es un autor de referencia para cierta
clase de antropología de temática latinoamericana, lo suyo siempre calificó mejor como
estudios culturales sui géneris que como trabajo disciplinar. Este autor es ecléctico. Sus e-
laboraciones de mayor escala deambulan de una influencia a otra según sean las cuestio-
nes a tratar. Siempre he encontrado su lógica demasiado errática en las grandes líneas, y
demasiado anómala en los razonamientos particulares. Este ejemplo sintetiza la idiosin-
cracia de su peculiar técnica discursiva:
“Mientras las corrientes posmodernas son hegemónicas en muchos países en arte, arqui-
tectura y filosofía, en la economía y la política de América Latina prevalecen los objeti-
vos de modernización. Las últimas campañas electorales y los mensajes políticos que a-
compañan a los planes de ajuste y reconversión consideran una prioridad para nuestros
países incorporar avances tecnológicos, modernizar la economía, y superar las alianzas
informales en las estructuras de poder, la corrupción y otros defectos premodernos”
(Canclini 1995b: 6).
Cualquiera podría aducir a contrapelo de este boceto que hay abundante filosofía y arte
posmoderno en las ciudades de América Latina, y que en el Primer Mundo, o como se
quiera llamar a esos ‘muchos países’ innominados, la política se basa también en cánones
esencialmente modernos. Subrayemos el ardid: Canclini contrapone arte, arquitectura y
filosofía en un ámbito con política y economía en el otro, y me embaraza tener que recal-
carlo. El problema es que casi todos los razonamientos vitales están afectados de la mis-
ma inestabilidad actancial. No encuentro por ende ningún provecho en seguir el curso de
implicaciones tan fluctuantes, que distraen cualquier tratamiento analítico del esquema de
conjunto, en caso que lo hubiere. La clave de este apartadp del capítulo, sin embargo, no
tiene que ver con el sentido denotativo de lo que él dice, sino con la calidad formal de la
lógica que articula y con la consistencia respecto de las fuentes en las que apoya el dis-
curso. Lo que me importa a los efectos de este ensayo no es la figura de Canclini en parti-
cular, sino sus estrategias de argumentación en tanto síntomas de la clase de postura teó-
rica a la que suscribe.
Más inquietante aun que las sustituciones, los deslizamientos o los contrastes heteróclitos
(y más relevante para lo que comienzo a demostrar) es que Canclini se base en lecturas de
otros autores que siempre resultan tergiversadas, deformantes, en tensión con los signifi-
cados originales más manifiestos, poco atentas a los contextos intertextuales mayores y e-
quivocadas en los juicios epistemológicos con que se las rodea. Veamos si no la lectura
que Canclini hace de Clifford Geertz en un artículo reciente, en el que pretende que este
autor (quien, junto con Rosaldo, estaría implicado en un “esfuerzo de construcción de
cierta objetividad a partir de la sistematización de lo intersubjetivo”) se interesa ahora por
los “collages interculturales” y está formulando en estos días una pregunta “por las mane-
ras en que construimos los objetos de estudio con los otros de distintas sociedades, en la
más amplia interculturalidad” (1998: 27, 32, 37). Retengamos primero las tesis cardinales

142
del argumento y analicemos luego las pruebas que Canclini aporta. Los componentes de
las tesis serían:
 El paso de los estudios de caso particulares hacia un análisis de óptica más amplia
 El interés geertziano por los collages interculturales
 Un cambio en las posturas de Geertz en las décadas de 1980 y 1990
 Una sistematización, tan afianzada como para servir de punto de partida
 Cierta búsqueda de objetividad compartida por Geertz y Rosaldo
 Una operación negociada con los ‘otros’
 La construcción geertziana de los objetos de estudio
Sin preocuparse por las consecuencias contradictorias que el mismo título del libro de
Geertz tiene para la presunta superación del particularismo que procura ilustrar, Canclini
toma como testimonio un capítulo de Local knowledge (Geertz 1983) sobre el sentido co-
mún al que interpreta, se diría, al revés de lo que corresponde. El equívoco se inicia cuan-
do Canclini considera los ejes a través de los cuales Geertz describe las características del
sentido común como si fueran cuestiones sustantivas efectivamente investigadas transcul-
turalmente o universales ‘demostrados’ en algún momento. Sobre esta premisa errónea,
Canclini concede a Geertz logros que en el trabajo original ni siquiera están planteados
como propósitos, afirmando, por ejemplo, que este “halló que el sentido común tenía pro-
piedades semejantes en sociedades distintas: naturalidad, practicidad, transparencia, au-
tenticidad21 y accesibilidad” (Canclini 1998: 29). En el texto geertziano, empero, no hay
trazas de tal ‘hallazgo’, que tampoco decantaría de una búsqueda previa; esas propieda-
des se proponen como aspectos descriptivos del asunto a investigar (“rasgos estilísticos,
marcas de actitud, sombras tonales”) sin que Geertz se ponga en la tarea de aducir ejem-
plos transculturales, desarrollar procedimientos comparativos o corroborar empíricamen-
te la universalidad de sus manifestaciones concretas (Geertz 1983: 84-93). Geertz (2000:
133-140) acaba de ratificar todo lo que ha postulado siempre sobre el conocimiento local
y la descripción densa, negando incluso que en la cultura pueda haber universales o “for-
mas transnacionales” que resulten de interés:
La búsqueda de universales nos aleja de lo que de hecho ha probado ser genuinamente
productivo, al menos en etnografía, … conduciéndonos hacia un abarcamiento delgado
[thin], implausible e inmensamente poco instructivo. … Si ustedes quieren una generali-
zación infalible emanada de la antropología, sugeriría la siguiente: cualquier frase que
comience “Todas las sociedades tienen…” es ya sea infundada o banal (Geertz 2000:
135).
En cuanto al concepto de collage como dimensión intercultural, semejante categoría com-
puesta lisa y llanamente no existe en Geertz. Por cierto, el vocablo collage aparece un par
de veces en “Los usos de la diversidad” (Geertz 1996: 89, 91), pero sin el acento muy es-
pecial de entendimiento recíproco y flujo activo que las ideas de interculturalidad o inter-
etnicidad vendrían a añadirle. Insisto, por si hace falta: ‘intercultural’ e ‘interétnico’ no
son palabras que Geertz haya expuesto en los artículos aquí implicados. En toda la obra

21
¿Autenticidad? Ni modo: en el original dice claramente inmethodicalness, o sea algo así como ‘a-metodi-
cidad’, un rasgo que manifiesta “los placeres de la inconsistencia” y “la desvergüenza de ser ad hoc”
(Geertz 1983: 85, 90). No endoso a Canclini las traiciones del traductor; pero allí donde los significados
más sutiles están en juego, o donde el preciosismo conceptual se promociona como un valor, el control crí-
tico de las fuentes primarias es a todas luces un requisito que se impone.

143
de Geertz, además, ningún nativo se expide jamás sobre Occidente. Geertz no se ha vuel-
to tampoco más sensible al punto de vista nativo al filo del nuevo milenio; “From the na-
tive’s point of view” parafrasea una elocución de Malinowski de la década del 1920, y el
artículo de Geertz con ese nombre (que denota una postura que él revisa pero no adopta)
se remonta a 1974.
Y ya que hablamos de fechas, digamos que todo el cronograma que Canclini (1998: 30,
39) despliega para narrar la trayectoria geertziana desde el particularismo hacia la inter-
culturalidad es disparatado. En primer lugar, el ensayo de Geertz sobre el anti-antirrelati-
vismo no es “su texto de 1994” sino que es diez años anterior. Por eso mismo no se lo
puede entender como la respuesta del hermeneuta a la inflexión actual del mundo: en
1984 no había acabado la Guerra Fría, faltaban dos años para que se editara Writing
culture y los antropólogos no habían descubierto los estudios culturales. Análogamente,
lo que Canclini dice en 1998 que es peculiar de los textos de Geertz “de la última década”
se basa en un trabajo que fue presentado en una conferencia en 1985, en la mitad exacta
de la década precedente. Y el artículo sobre el sentido común no se puede estimar repre-
sentativo de “lo que acontece en este fin de siglo” porque es de 1975, una época aun más
temprana en la que no se había popularizado la palabra ‘globalización’ y las lenguas de
las últimas diásporas no se hablaban todavía en Manhattan (Geertz 1975; 1984; 1985). El
único libro publicado por Geertz en la década de 1990, After the fact, no es ni siquiera
mencionado al pasar. Ni un solo estudio geertziano que encarne los cambios atribuidos es
situado entonces correctamente: cuanto más reciente Canclini cree que es un texto dado
de Clifford Geertz, tanto más añoso resulta ser. Con un margen de error que en su mo-
mento más exaltado se eleva a veintiún años, no hay coherencia histórica posible. Si al-
guien elige hablar primordialmente de transformaciones de las ideas en el tiempo, lo pri-
mero a tener en cuenta debería ser, conjeturo, el tiempo mismo. De otro modo, lo único
que haría falta leer para refutarlo sería el almanaque.
Cualquiera que haya leído a Geertz o a Rosaldo, por otra parte, sabe muy bien que el pro-
yecto de una sistematización, así fuese de lo intersubjetivo, no hace juego con sus intere-
ses, ni tiene mucho que ver con formas de escritura inclinadas a lo artístico e ideológica-
mente antagónicas a la noción de un sistema, por más laxo que este sea y por más que la
palabra ‘sistema’ aparezca en los títulos (sin elaborarse en el cuerpo de los textos) en un
puñado de ensayos geertzianos de los años sesenta y setenta. Hace mucho que la palabra
ha dejado de ser respetable, y en lo que a los ensayos de Geertz atañe, en el último cuarto
de siglo no se ha vuelto a saber de ella. En rigor, ‘sistema’ y ‘estructura’ circulaban cada
tanto en los artículos más viejos de Geertz como palabras usadas a falta de elocuciones
mejores para insinuar un difuso principio de orden, homología o correspondencia22; pero
el carácter sistemático o estructural de lo que se analizaba nunca se sustanció frontalmen-
te, ni formó parte del conjunto de afirmaciones a probar.
Tanto Geertz como Rosaldo explícitamente rechazan, para más dato, incluso esa versión
minimalista y tímida de la idea de sistema que son las estructuras; para Geertz las estruc-
turas son resabios de un paradigma mandarín o una “máquina infernal” propia de un ra-
cionalismo desenfrenado, para Rosaldo un emblema de un objetivismo deplorable
(Geertz 1987 [1973]: 295; 1996: 76; Rosaldo 1989: 94 y ss.). Si hay algún sistema en al-
22
“Ideology as a cultural system” (1964); “Religion as a cultural system” (1966); “Common sense as a
cultural system” (1975); “Art as a cultural system” (1976).

144
guna parte, o si la estrategia alcanzó a constituir una cierta sistematización, alguien debe-
ría especificar en qué estudios concretos y en qué parámetros formales radica la sistema-
ticidad sea de los asuntos o de su abordaje; porque hasta el momento yo sólo percibo una
literatura, bastante anárquica como tal, cada vez más saturada de gestos retóricos, y cada
vez más contingente a los temas caprichosos escogidos para las conferencias y antologías
a las que Geertz es invitado por ser la celebridad que es.
Tampoco Geertz negocia con el ‘otro’ los significados que imputa, ni aquí ni en otra par-
te; en la hermenéutica geertziana el ‘otro’ jamás tiene ni identidad particular ni protago-
nismo analítico. Esta no es una percepción mía y transgresora; por un lado es un hecho
público, y por el otro así lo hicieron notar con insistencia unánime los discípulos que por
ese motivo se separaron de él, fundando la antropología posmoderna como reacción fren-
te a esa y otras ausencias de polifonía, dialógica y heteroglosia (Crapanzano 1986: 68-76;
Watson 1989; Spencer 1989: 148; Rabinow 1996: 888-889). Geertz habría tenido oportu-
nidad para el diálogo y la interrogación del actor cuando hizo su trabajo de campo hace
cuarenta años, y no ahora, en su exilio en Princeton, una vez consumadas sus interpreta-
ciones, monológicas como pocas.
En lo que a la objetividad concierne, el primer capítulo de Culture and truth (Rosaldo
1989) se titula “After objectivism”, y es un manifiesto contra las caracterizaciones objeti-
vas, las estructuras objetivadas y los cánones clásicos de la objetividad. No se puede, por
ende, encomiar simultáneamente a Rosaldo y a la búsqueda de la objetividad (o peor aun,
atribuirle a este voluntades objetivadoras) sin parar sobre su cabeza la obsesión rosaldia-
na más famosa y obstinada. Y no creo que Geertz, por su parte, acepte jamás que él está
tratando de esclarecer las formas en que constituimos nuestros objetos de estudio (Cancli-
ni 1998: 37), porque ni su marco humanístico ni su paladar estético consentirían seme-
jante expresión.
Más allá de las lecturas espurias de Geertz (o de Bourdieu), y confutados todos y cada u-
no de los argumentos antes enumerados, encuentro que también las nociones epistemoló-
gicas más comunes están aquí implementadas en forma dudosa, como cuando Canclini
estipula que una pauta programática (“dejar que dentro de la globalización emerjan las
preguntas de la interculturalidad”) tipifica como “hipótesis de trabajo” (1998: 39). Esta
vaguedad heurística podría calificar a lo sumo como principio metodológico; una hipó-
tesis, aunque sea ‘de trabajo’ es, a diferencia de eso, un hecho por demostrar.
En síntesis, no hay en Geertz indicios del cambio imputado, ni regateos de sentido con
los otros, ni signos seguros de rigurosa y mutua interculturalidad, ni una inclinación pro-
gresiva a sistematizar, ni preocupaciones de talante objetivador, ni reflexiones sobre ob-
jetos, ni premura por integrarse a la caravana de ideas de una nueva época de hibridación
y multiculturalismo, ni hallazgos de carácter universal. Más bien todo lo contrario. La
cronología desbarata el conjunto de las tesis antes de empezar y la epistemología no sirve
de auxilio. Cualquiera pensaría que en el fondo de todo esto hay algo (ya no puntual sino
envolvente, estructural, constitutivo) que no marcha muy bien.
Después de habernos asomado al modus operandi de Marcus y Rosaldo, y a punto de ha-
cerlo también con James Clifford, está tomando cuerpo la idea de que los deslices de
Canclini no son tanto yerros personales como marcas de fábrica de una postura interpre-
tativa o posmoderna más general. Me atrevería a decir que tales regularidades configuran

145
un patrón que esta vez sí sería una buena hipótesis de trabajo: los razonamientos de quie-
nes han propuesto que la antropología se acerque al culturismo o que se integre con él de-
penden de este manejo sistemático del malentendido. Por eso también me atrevo a propo-
ner un ejercicio infalible: tomen cualquier afirmación más o menos radical que nuestros
autores atribuyan a otros, recurran luego a los textos originales, y encontrarán allí colores
y matices que siempre difieren de lo que se quiere hacerles significar, como si hasta la ru-
tina de una exégesis correcta estuviera vedada a quienes argumentan por debajo de cierta
cota de disciplina analítica. Y esta no es una cuestión de meras lecturas emergentes, de
significados proliferantes o de corolarios legítimos. Si bien cabe admitir, con Umberto
Eco, que existen innumerables interpretaciones posibles de un texto, también es un hecho
que algunas de ellas no son en absoluto aceptables (Eco 1992). Este es exactamente el
caso, un caso en el que las instancias citadas son apenas una muestra de una pauta genéri-
ca que exhibe una densidad de lapsus de lectura raras veces vista, cuya comprobación con
gusto ampliaría por poco que me lo solicitaran.
Tomaré a Canclini entonces no como un autor significativo en sí mismo, sino como una
figura sintomática en el campo de la recepción y adaptación de influencias autorales y de
la adopción de marcos que se dicen multi o transdisciplinarios. Antes de empezar, cabe a-
clarar que hablar de ‘adopción de marcos’ es, en este caso, una concesión excesiva: Can-
clini es, como los culturistas, de los que creen que se gana una comprensión especial (o
que se está desenvolviendo una teoría) allí donde simplemente se puede aplicar a un fenó-
meno cultural un concepto que alguien haya propuesto. La teoría acaba siendo una destre-
za de rotulación, y la comprensión se torna equivalente a la posibilidad de nominar con-
forme a ese epítome.
Los trabajos iniciales de García Canclini que he alcanzado a leer prestaron siempre un
amplio espacio a la influencia de Pierre Bourdieu, quien ha sido también un inspirador o-
casional de numerosas elaboraciones empíricas y teóricas en los estudios culturales en In-
glaterra y en Estados Unidos (Nelson et al. 1992: 13; Bennett 1996a: 316; Fiske 1992:
154-155 esp. 166-167; Carey 1996: 64, 67; Frow y Morris 1996: 359; Grossberg 1997a:
386; McRobbie 1994: 157; Inglis 1993: 9-10; Brantlinger 1990: 124-125; Storey 1993:
187-188; Storey 1996b: 115-116). Esta coincidencia me permite organizar algunas obser-
vaciones de más largo alcance que tienen que ver con posicionamientos y redefiniciones
teóricas que, casi sin que nadie más lo advirtiera, afectaron a todos estos actores hace
muy pocos años.
García Canclini comparte con los estudios culturales la receptividad que en los países de
habla inglesa existe hacia la obra de ciertos autores franceses. En este sentido, es paradó-
jico que la obra de Bourdieu ejerciera más influencia en los estudios culturales, en Can-
clini o en la antropología norteamericana que la que ejerció jamás en la propia antropolo-
gía francesa contemporánea. Al mismo tiempo, es singular que la antropología francesa
de Lévi-Strauss, Héritier, Godelier, Hassoun, Lemonnier, Balandier, Descola, Juillerat,
Chacharidzé, Herrenschmidt, Bidou, Marc Augé, dedicada más bien al trabajo de campo
intensivo, a la antropología urbana, a la cultura material, a la mitología y al parentesco,
no tuviera ningún impacto en la antropología norteamericana o en el culturismo. Como se
ha visto a lo largo de este análisis, los estudios culturales prestaron atención más bien a
teóricos franceses que no son antropólogos: Derrida, Foucault, Baudrillard, Deleuze, de
Certeau, Lyotard, Lacan y eventualmente también Bourdieu. Los antropólogos franceses,

146
a todo esto, se muestran estupefactos frente al éxito de aquellos intelectuales en otras tie-
rras. Bruce Knauft ha estudiado esta cuestión:
“Muchos de los antropólogos franceses encuentran curioso y desconcertante, si es que no
retrógrado, que los antropólogos norteamericanos e ingleses asignen tanta importancia,
basada en una comprensión superficial, a ese grupo espinoso de intelectuales franceses de
los años setenta que comprenden mal o simpatizan muy poco con las preocupaciones an-
tropológicas tradicionales” (Knauft 1996: 300).
Volviendo a Bourdieu, digamos que tanto en la antropología de Estados Unidos como en
los estudios culturales en general, él ha sido más un facilitador de conceptos desagrega-
dos que un suministrador consistente de esquemas teóricos intactos; las categorías que los
estudios toman de él son las mismas que ha adoptado la antropología: ‘distinción’, ‘habi-
tus’, ‘hexis’, ‘campo estratégico’, ‘doxa’, ‘imaginario’, ‘lógica práctica’, ‘capital simbóli-
co’. Bourdieu ha trabajado, de manera harto personal, los complejos problemas de la des-
igualdad y la dominación, los vínculos entre lo colectivo y lo individual, las estructuras y
los procesos sociales. Mi sospecha es que, seducidos por la sonoridad de esas palabras,
los estudiosos inspirados por él perdieron de vista el sentido global de los marcos en los
que ellas participaban. Una vez más, se extrapolaron los conceptos con los que se presen-
tía mayor afinidad, uno o dos por vez, como si con ellos viajara la teoría, y como si el
objeto discursivo resultante quedara organizado en un conjunto coherente.
Bourdieu es difícil. Sus grandes diseños teóricos y sus dificultades han estimulado el de-
bate entre quienes lo descartan por pretencioso y los que se sienten compelidos a penetrar
más profundamente en su pensamiento. Sus argumentaciones totalizadoras no son fáciles
de seguir. Su estilo crítico es abstruso, sus frases largas e incrustadas, sus períodos argu-
mentativos espaciosos y sin señales de virajes temáticos. Los hallazgos de carácter empí-
rico tampoco están claramente encuadrados ni separados de sus pronunciamientos teóri-
cos, los cuales suelen ser monolíticos, sin espacio para visiones alternativas, para otras
opiniones aparte de la suya. También es reiterativo hasta el agotamiento: cada oración pa-
rece recapitular, con variaciones mínimas, la estructura completa de sus puntos de vista.
Al ser casi tan enmarañado como algunos de los posestructuralistas, Bourdieu venía de
perillas para el género de expropiación que hemos visto repetirse desde que Hall leyera a
Mouffe y Laclau, o desde que Grossberg descubriera a Deleuze. Un género que, en un
acto de genuina magia contagiosa, presta riqueza al marco receptor por poco que este ha-
ga referencia a la complejidad de sus fuentes. Pero por ser tan complicado, es comprensi-
ble también que algunos, no sólo Rosaldo, Marcus o Canclini, lo interpretaran mal.
El problema para los antropólogos posmodernos, para los estudios culturales y también a
la larga para Canclini, es que Bourdieu, cada vez más rotundamente, se ha erigido en el
paradigma de un ‘alto modernismo’, que ha salido a defender a la sociología académica
como una ciencia objetiva y que tiene a la lógica en elevada estima. No por nada una de
sus obras más divulgadas, Le sens pratique, ha sido traducida al inglés (con su anuencia)
como The logic of practice (Bourdieu 1980). Lejos de ser garante de posturas interpretati-
vas, sentimentales, estetizantes o posmodernas, Bourdieu demostró ser, junto con Antho-
ny Giddens, el aspirante más legítimo al título de “el último modernista” (Meštrović
1998). Esta fue una definición que muchos no se esperaban.
Alrededor de 1990 la tensión entre Bourdieu y sus otrora admiradores posmodernos y
culturistas estalló en un cruzamiento de críticas virulentas. Bourdieu, por primera vez, di-

147
ferenció con claridad su Gran Teoría de los intentos de atomización y subjetivación del
conocimiento que se estaban volviendo moneda corriente (véase Knauft 1996: 105-130).
Si bien en algún momento Bourdieu pareció dar pie a posturas anti-objetivistas (sobre
todo si se lo leía salteando párrafos), la realidad del caso es que en los últimos años se
posicionó en una actitud explícitamente científica, por completo hostil a los discursos
posmodernos que enfatizan la imposibilidad del conocimiento objetivo. Pero hasta que él
mismo lo dijo con todas las letras, nadie pareció advertir que esa había sido su
perspectiva desde siempre. Bourdieu tuvo que decir:
“Como toda ciencia, la sociología acepta el principio del determinismo comprendido
como una forma del principio de razón suficiente. La ciencia, que debe dar las razones
para lo que es, postula en consecuencia que nada es sin una razón de ser” (Bourdieu
1993: 24-25).
Y también:
“Podemos esperar el progreso de la razón sólo a partir de una lucha permanente para
definir y promover las condiciones sociales que son más favorables para el desarrollo de
la razón” (Bourdieu 1990: 389).
Y, según se le atribuye, en una carta que alguien envió a George Stocking:
“[Los antropólogos del Círculo posmoderno de la Universidad de Rice] toman ideas de
gente a la que no conocen, cosas que no entienden, y las ponen en una atmósfera de radi-
calismo de campus … Piensan que son partisanos, pero no son nada” (Marcus 1998:
191).
Es interesante ver la forma en que Loïc Wacquant, que ha escrito libros enteros junto a
Bourdieu, caracteriza la situación:
“La falta de familiaridad con el trasfondo intelectual de las investigaciones de Bourdieu
se ha agregado al hecho de que las importaciones recientes de teoría social y cultural
francesa en Gran Bretaña y Estados Unidos (el deconstruccionismo de Derrida, el ataque
de Lyotard a las ‘grandes narrativas’ y la semiótica baudrillardiana) se encuentran a gran
distancia de él en materia de epistemología, metodología y sustancia. Pero las similitudes
superficiales, temáticas y estilísticas, entre ellos, han conducido a muchos a enrolar a
Bourdieu en la vanguardia de la teoría posmoderna. La difusión del ‘posestructuralismo’
y la moda virulenta del ‘posmodernismo’ que … ha invadido virtualmente todo, excepto
los periódicos académicos más ortodoxos, y que probó ser una bendición para las edito-
riales, ha consagrado a Bourdieu en corrientes teóricas que él ha combatido desde su sur-
gimiento en la década de 1960, olvidando su compromiso continuo con el conocimiento
científico (aunque ciertamente de una clase pospositivista) y su denodada defensa de la
razón en la historia” (Wacquant 1993: 246).
Naturalmente, al tornarse públicos estos argumentos, Bourdieu ya no pudo ser considera-
do un referente digerible, a tono con el gusto de posmodernos y antiobjetivistas. George
Marcus, por ejemplo, que había mencionado a Bourdieu en Anthropology as cultural cri-
tique (Marcus y Fischer 1986: 84-86), alegando entonces (como para decir algo y salir
del paso) que era un “escritor prominente” y un promotor de “análisis interpretativos”
embarcado en un “esfuerzo interesante”, lo acusa apenas cuatro años más tarde de ser un
solitario “con pretensiones de gigantismo intelectual”, anacrónico, petulante y pasado de
moda (Marcus 1990: 123): no precisamente una fina observación analítica. A mis fines,
nada mejor que este ultraje repentino para poner de manifiesto su malentendido anterior.

148
En contribuciones posteriores, Marcus, ya plenamente identificado con los estudios cultu-
rales, dio aun más rienda suelta a su despecho. Bourdieu devino entonces un cientificista
“hostil a la reflexividad en lo que toca a lo subjetivo”; lanzado a encontrar evidencias de
ello donde fuere, Marcus halló signos de esta hostilidad incluso en el prefacio de Le sens
pratique, escrito en 1980 (Marcus 1998: 194). En su arrebato, llegó a escribir una carta a
Bourdieu (que no envió), agradeciéndole irónicamente por considerar a Marcus parte del
Canon y por compartir su capital cultural (ibid.: 191). Y luego expresó:
“En su ferviente deseo de afirmar (contra los nebulosos narcisistas) la absoluta prioridad
de la objetividad/objetivización en la obra del sociólogo, incluso la reflexiva, la postura
de Bourdieu es tonalmente sorda a los momentos inevitables de auto-crítica subjetiva que
se han presentado siempre aun en la etnografía más científica” (Marcus 1998: 195).
Aquí sólo caben dos hipótesis excluyentes: o bien Bourdieu comenzó a desvariar en al-
gún momento (lo cual deja inexplicado el indicio de Le sens pratique), o bien quienes
creyeron conocerlo y se erigieron en sus intérpretes nunca comprendieron en realidad los
lineamientos esenciales de su ideas. Usted elija. Antes de hacerlo, recuerde que Bourdieu,
cualquiera sea su valor como sociólogo, escribió gruesos libros sobre sociología reflexi-
va, que el concepto de reflexividad epistémica ha sido tan central en su obra como el que
más, y que “la especificidad del campo científico y las condiciones sociales del progreso
de la razón” han sido claras preocupaciones suyas de un cuarto de siglo a esta parte
(Bourdieu 1975; Bourdieu y Wacquant 1992; Wacquant 1993: 236)23.
Sea como fuere, no es este el momento para describir con detalle la teoría o los modelos
de Bourdieu, ni el uso concreto que pudo haber hecho Canclini del pensamiento de quien
se sabe ahora que buscaba, antes que nada, elementos para robustecer el progreso de la
razón. Sólo se trata de analizar esa inflexión, ese giro reciente en el flujo de las influen-
cias y en la dinámica de las autoridades, que ha debido ser significativo y traumático para
los estudios culturales, para la antropología posmoderna y posiblemente también para
Canclini: lo que todos ellos creyeron que era una cosa, cuando se explicitaron un poco las
posturas resultó ser lo contrario. Para colmo de males, y tal vez a consecuencia de este
desvelamiento, la estrella de Bourdieu en los Estados Unidos, que había inspirado toda u-
na corriente de ‘antropología de la práctica’ suscripta por Joan y John Comaroff, Sherry
Ortner, Akhil Gupta, James Ferguson, Roger Rouse y en alguna medida también Bradd
Shore, comenzó “una lenta pero perceptible declinación” (Knauft 1996: 130).
La polémica entre Bourdieu y sus antiguos admiradores puso entonces las cosas en claro.
Había que tomar partido: aniquilada la posibilidad de mantener su romance con Bour-
dieu, y después de algunos tibios ensayos de simbiosis cosmopolita con el posmodernis-
mo a secas primero y con el posmodernismo antropológico después que podrían tornarse
mal vistos después de los acontecimientos de Chiapas, Canclini no esperó más y decidió
blanquear su pertenencia a los estudios culturales escribiendo lo mismo que de costum-
bre.
23
Cuando Marcus afirma que Bourdieu no es reflexivo en la medida correcta, está encubriendo el hecho de
que la antropología posmoderna, pese a su autoimagen bienhechora, no ha sido reflexiva en absoluto. Nun-
ca aparece un posmoderno que confronte sus propios artificios retóricos o que inspeccione en serio el ca-
rácter contingente y las determinaciones contextuales de los propios supuestos; lo que en sus textos pasa
por ser una dimensión reflexiva o autocrítica no es otra cosa que una deconstrucción convencional de las
posturas de quienes, como los positivistas, piensan distinto. Los posmodernos siempre critican a otros, en-
comiando las cualidades y clarividencias que los distinguen de ellos: extraño concepto de reflexividad.

149
Tenía algunas credenciales en la tradición, aunque fueran una pizca dudosas. Si bien en
1982 Canclini había mencionado a Raymond Williams en un libro sobre las culturas po-
pulares en el capitalismo a propósito de la diferencia entre cultura residual y cultura e-
mergente, no desarrolló la idea más allá de esa distinción, ni vinculó a Williams con un
movimiento mayor que ya llevaba unos buenos veinte años investigando esos mismos
temas (Canclini 1982: 161). Una obra fundadora del culturismo, The uses of literacy
(Hoggart 1957), aparece incluida en la bibliografía sin que se la mencione en el texto. En
1987, en una nueva manifestación del síndrome de insuficiencia bibliográfica que afectó
en forma parecida a sus colegas Marcus y Rosaldo, Canclini elogió el libro de Hoggart;
pero lo hizo sin advertir todavía la existencia del movimiento, y poniéndolo a la par de
las obras “inclasificables” del interaccionista simbólico Howard Becker (Canclini 1987:
44): un autor que, como hemos visto, habría que considerar más bien incalificable.
De todas maneras, nuestro autor no obtiene gran provecho de la corriente culturista a la
que se integra. En el mismo trabajo en el que enreda la cronología de las obras de Geertz,
por ejemplo, Canclini promete hablar de la universidad, el centro comercial y los medios
como formaciones metainstitucionales en un sentido semejante al que dio Raymond Wi-
lliams a la expresión ‘formaciones’ (Canclini 1998: 28). De allí en más, ni las formacio-
nes vuelven a mencionarse en el artículo, ni parecen contribuir con algún rédito a la dis-
cusión. Me pregunto qué entendimiento hubiera agregado el uso efectivo de ese concepto,
con el que los estudios culturales nunca pudieron esclarecer nada, que tuvo que ser rede-
finido para poder utilizarse alguna vez y que fue excluido por Williams en persona de la
segunda edición de Keywords tras apenas seis años de vida vegetativa (Williams 1977:
115-120; Williams 1983a; Hitchcock 1995).
En fin, no es el caso que Canclini haga mucho aspaviento con su participación en el cul-
turismo; en ningún momento formula nada que se parezca a una declaración de pertenen-
cia. Pero sin duda ya está allí, o lo estuvo hasta hace poco, mencionándolo con mayor asi-
duidad, deslizando la expresión “estudios culturales” en subtítulos y acápites, citando al-
guna bibliografía, participando en compilaciones que responden al mismo patrón (Can-
clini 1994), expidiéndose sobre ellos como si los hubiera leído mucho y bien, sumándose
al comité editorial de la revista culturista Travesía y, como él lo dice, “consumiendo li-
bremente los aportes realizados a esta cuestión [las audiencias activas] por Stuart Hall y
sus seguidores en el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham”
(Canclini s/f: 37; Hall et al. 1980), en el flujo de análisis siempre eclécticos y equidistan-
tes de cualquier postura extrema.
Algunos autores de estudios culturales ingleses y norteamericanos nombran a Canclini
como su concesionario autorizado en América Latina, aunque sin consignar nunca ningún
comentario sobre sus investigaciones y posturas concretas (Mani 1992: 394; Davies
1995: 174; Ang 1996: 247; Murdock 1997b: 190). Mediando la década de 1990, Canclini
se ha inclinado, siguiendo las nuevas usanzas, hacia temas de multiculturalismo y globali-
zación (Canclini 1995a). Demostró con ello, otra vez, ser menos un creador proactivo de
teorías que un detector sensible de los cambios en las tendencias dominantes. La ecuación
personal de Canclini coincide miembro a miembro con la serie de las novedades teóricas
que se fueron sucediendo: interaccionismo simbólico, teoría de la práctica, posmoder-
nismo genérico, posmodernismo antropológico, estudios culturales, multiculturalismo,
globalización, y ahora mundos virtuales. Siempre esperó a que se impusieran para adop-

150
tarlas, y también aguardó a que menguara su prestigio para huir discretamente de ellas, o
para sustituir la inspiración por la crítica, como en Canclini (1998) le tocó hacer con
Bourdieu.
Posiblemente los estudios sustantivos de Canclini resulten de utilidad para quienes estén
interesados en sus mismas temáticas. Pero desde el punto de vista de los marcos teóricos
que los acompañan (por su propia urgencia diluidos, alterados, episódicos, fragmenta-
rios), no creo que sea una interpretación abusiva considerar la carrera de Canclini como
un esfuerzo continuado y alerta de suscribir siempre a la última moda intelectual que ga-
na los titulares, y como la manifestación más visible de una escala de valores en la cual el
pragmatismo siempre cotiza más alto y se ejecuta con mayor exactitud que la metodolo-
gía.

Los viajes de Clifford

Después de haber leído, traducido y editado profusamente a ambos, entiendo que James
Clifford es un pensador más interesante y un escritor más rico que George Marcus. Sin
embargo, acaso por el espesor de su propia opulencia, las contradicciones en que Clifford
termina incurriendo son todavía más abismales, sus razones más impropias, sus enredos
más laberínticos. El problema con él no son sus temas, invariablemente atractivos y trata-
dos siempre con refinamiento humanístico y amplio vocabulario, sino los gestos de axio-
logía teórica a los que se ha visto arrastrado con mayor frecuencia cada vez.
Él es un intelectual exquisito, no un teorizador. Como tendremos amplia ocasión de com-
probar, su teoría no está a la altura de sus intereses estéticos, de la originalidad de sus
miradas o de su calidad literaria. Por eso en sus artículos todo va bien hasta que llega el
momento del diagnóstico técnico o la referencia al marco teórico; estos trances son de-
cepcionantes, pues se resuelven siempre en contraposiciones entre culturistas y posmos
nobles por un lado y positivistas inicuos por el otro. Lo que de allí en más se ofrece es
propaganda institucional, en la que de nuevo la pragmática de las alianzas inhibe cual-
quier vestigio de rigor metodológico. En estos instantes ‘teóricos’ el credo corporativo al
que Clifford debe lealtad se impone sobre los otros valores. El tema se transfigura en un
pretexto para un mensaje que por lo común él presenta asordinado, o escondido en discre-
tos pies de página, pero que de pronto se revela mucho más perentorio que el resto (Clif-
ford 1997: 61-64, 351 n. 6). La lástima es que esta intriga, que en seguida veremos en
acción, termina oscureciendo lo que de otro modo podría haber sido un aporte sugerente.
Hace un tiempo Clifford rayaba mucho más alto que la corriente en la cual estaba ins-
cripto; ahora ya no estoy tan seguro.
¿Cómo llegó Clifford a los estudios culturales? No lo sé. Él aparece, sorpresivamente,
presentando una ponencia titulada “Traveling cultures” nada menos que en la madre de
todas las compilaciones culturistas (Clifford 1992). Lo suyo sin embargo parece un ca-
meo. Por cierto, un cameo estelar: nada menos que Stuart Hall y Homi Bhabha fueron
dos de sus interlocutores en la amable discusión subsiguiente (Clifford 1992: 114-115).
Sospecho que debe de haber sido uno de los participantes de los que Nelson y Grossberg
dijeron que se habían sorprendido de ser invitados, porque no estaban seguros de
“pertenecer” (Nelson et al. 1992: 11).

151
Un primer indicio abona esta suposición: en el artículo de Clifford, típicamente suyo por
otra parte, casi no se nombra a los estudios culturales, si se menciona en absoluto a nin-
gún autor representativo de la corriente. Un segundo indicio: Clifford debe haber sim-
plemente llevado a la conferencia un artículo ya esbozado, pues “Traveling cultures” no
difiere en nada de otros artículos reunidos algo más tarde en un libro cuyo motivo
conductor son los viajes, junto a los cuales se lo ha agregado sin que desentone (Clifford
1997). Un tercero: en la única referencia que hace al movimiento, una interpolación cla-
ramente coloquial (Clifford 1992: 104), Clifford dice que espera que su contribución sir-
va a unos estudios culturales genuinamente comparativos, un campo no limitado ya a so-
ciedades avanzadas del capitalismo tardío, dos cosas que resueltamente los estudios no
son. Y un cuarto: discutir aquí de los argumentos de la ponencia, pese a su interés intrín-
seco, no agregaría nada a la comprensión del nexo entre las disciplinas que nos ocupan.
La ponencia es un documento estándar de Clifford, del que no se ha cambiado una letra
por el hecho de presentarla a los ojos de una disciplina distinta.
No es la ponencia lo que interesa, entonces, sino la participación de Clifford en el movi-
miento, y la falta de impacto de esa asociación en el estilo y contenidos del texto, como si
para devenir culturista no hubiera sentido necesidad de modificar nada de lo que venía
haciendo. Pues Clifford no sólo se hizo culturista, sino que empezó su labor de fusión
desde bien arriba. La compilación de Nelson et al. (1992) es a la conferencia de Urbana-
Champaign y a los estudios culturales de los años noventa, lo que Writing culture es al
congreso de Santa Fe y al posmodernismo antropológico de los ochenta: y es en James
Clifford que las dos tradiciones se encuentran, con más claridad aun que en el caso de
Marcus. Algunos historiadores culturistas, por añadidura, consideran que el Programa de
Historia de la Conciencia de la Universidad de California en Santa Cruz (donde Clifford
tiene su lugar de trabajo) es algo así como “una versión anterior” de los estudios cultura-
les enclavada en el ambiente académico norteamericano (Brantlinger 1990: ix-x).
Cinco años después del evento de Urbana, en “Spatial practices: Fieldwork, travel, and
the disciplining of anthropology”, Clifford analiza las prácticas de la antropología en su
delimitación con otros espacios del saber (1997: 52-91). En forma muy sumaria, compara
dos de esas fronteras: la de la antropología con el textualismo o la crítica literaria (que o-
cupaba a Clifford y a los demás antropólogos posmodernos hacia 1984), y luego la que se
extiende entre nuestra disciplina y los estudios culturales. En este segundo caso, dice, la
cómoda distinción que establecían los antropólogos (“Nosotros hacemos trabajo de cam-
po, ellos análisis del discurso”) ya no se aplica. Clifford entiende que la tradición “etno-
gráfica” en los estudios culturales es tan refinada como el trabajo de campo en la antropo-
logía; para ejemplificar el argumento, yuxtapone la celebrada experiencia de Willis que
ya vimos aplaudida por Marcus y una de las experiencias de la etnografía antropológica
con peor imagen:
“Lo que Paul Willis hizo con sus lads de clase trabajadora en Learning to labour (1977) –
acompañándolos a la escuela, hablando con sus padres, trabajando junto a ellos en el ne-
gocio- es comparable a un buen trabajo de campo. Su profundidad de interacción social
ha sido seguramente mayor, digamos, que la alcanzada por Evans-Pritchard durante sus
diez meses con los hostiles y renuentes Núer” (Clifford 1997: 62).
Dudo infinitamente que Clifford haya tenido una experiencia profunda y de primera ma-
no de Learning to labour. Los datos que proporciona son demasiado escuetos y presupo-

152
nen una reflexión estilística y retórica por parte de Willis que en el texto original no exis-
te. Todo parece proceder más bien de la presentación que hizo su amigo George Marcus
(1986) en el simposio de Santa Fe, y que Clifford obviamente conoce porque primero es-
cuchó la ponencia en vivo y luego la editó. Incluso la observación que Clifford desliza
sobre la indiferencia de los estudios culturales hacia la etnografía antropológica se me o-
curre que deriva del tratamiento que hace Marcus del ensayo de Willis (véase Clifford
1997: 350, n. 9 versus Marcus 1986: 188). Existiendo tantos libros culturistas, el hecho
de que dos estudiosos hayan escogido el de Willis como el único a leer (y que ambos ha-
yan leído los mismos párrafos y deducido las mismas enseñanzas) parece una coinci-
dencia demasiado portentosa.
Lo más relevante para la cuestión, sin embargo, es que el trabajo clásico de Willis sólo
tiene pleno sentido en su debido contexto: los estudios culturales a la manera británica de
hace casi un cuarto de siglo, cuando despuntaba una polémica en la cual la etnografía era
una novedad que necesitaba justificarse. La clave de la importancia del ensayo de Willis
deriva de sus interlíneas y de su diálogo implícito con otros textos, y tanto Clifford como
Marcus pasan por alto todo este escenario. Por eso es desatinada la aseveración de Clif-
ford en el sentido que los estudios culturales “poseen una tradición etnográfica desarrolla-
da, cercana a la del trabajo de campo antropológico” (1997: 62) y para ilustrar la idea
ponga a Willis como arquetipo de esa tradición: Willis estaba inaugurando la etnografía
culturista, y Learning to labour es el ejemplar más temprano de esa especie. Como tal, y
en relación con los marcos de referencia internos de los estudios culturales, es un trabajo
precursor, tentativo, fundacional, exploratorio; cualquier cosa, excepto un trabajo repre-
sentativo de una “tradición desarrollada”.
Pero si en su época era demasiado nuevo, en la nuestra ya es demasiado viejo. El estudio
de Willis cargaba con veinte años a sus espaldas cuando Clifford lo promueve. En su co-
rriente de origen, ya hacía rato que se lo consideraba un tanto anticuado y pasado de
moda (Turner 1990: 177-179; Skeggs 1992: 187-192). Cualquiera que se asome a las cró-
nicas de los estudios culturales comprobará en seguida que las críticas a la etnografía de
Willis son innumerables. Se diría que constituyen una parte de la historia del movimiento
tan substancial como el aporte de Willis mismo. Vale la pena entonces dedicarles un par
de páginas, a fin de compensar la imagen trunca que Clifford nos propone y ponderar, en
un mismo acto, el valor de su propuesta y el meandro de sus contradicciones.
Como feminista, Angela McRobbie afirmó que la indagación de Willis estaba sesgada ha-
cia una concepción machista de manifiesta incorrección política; lejos de entusiasmarse
con su amplitud de miras y “la profundidad de su interacción social”, McRobbie resaltó
la inexistencia de toda mención a las hermanas, las madres y las novias de los protagonis-
tas, como si la sociedad en que viven los lads estuviera formada sólo por varones, que
deambulan por escuelas y lugares de trabajo pero que no conocen ni su propio comedor
familiar, ni sus dormitorios (McRobbie 1981: 114-115). Por más que podamos disentir
con McRobbie en casi todo lo que ella ha escrito, es innegable que el mundo de los lads
de Willis (y más aun el entendimiento cómplice de los actores subculturales con el autor)
exuda un fuerte aire a Club de Tobi: un constructo subcultural arbitrario, en último análi-

153
sis, que de ningún modo denota una interacción social amplia y exhaustiva por parte del
investigador.24
Amén de reconocer estos sesgos, otros autores ponen en duda la productividad de la es-
trategia de Willis. Los editores del bien conocido Rewriting English, ellos mismos ex-
alumnos del CCCS, han protestado contra la potencial subjetividad y la arrogancia inte-
lectual de la etnografía culturista que ha derivado de su trabajo pionero. Estiman que esa
etnografía, lejos de gozar de la solvencia que Clifford le imputa, no ha sido aun capaz de
responder “de qué manera, con qué autoridad y a nombre de quién ‘interpretamos’ las
vidas, las experiencias y los significados de los otros” (Batsleer et al. 1985: 146).
Graeme Turner, por su parte, ha hostigado la falta de separación entre el trabajo de clari-
ficación teórica de las investigaciones de Willis y el tema a través del cual la teoría se de-
senvuelve.
“Al servir al doble objetivo de producir una investigación aplicada que trata con materia-
les o procesos específicos, y de desarrollar a través de este proceso un conjunto de princi-
pios teóricos o protocolos metodológicos, la investigación deviene separada de su propia
historia a medida que la relación con su tema de estudio se naturaliza y se torna uni-
versal” (Turner 1994: 323-324).
La misma proyección de la teoría sobre los hechos es señalada por Ann Gray cuando en-
cuentra que, si bien Willis representa a los lads como cuerpos reales, sólidos, moviéndose
y en actividad, lo que su estudio pinta es un ejemplo clásico de la teoría ‘reproductiva’
althusseriana en acción. Lo fundamental es que su marco teórico ha sido, quizás, menos
flexible que el método elegido, y por consiguiente la única forma en que él podía dar
cuenta de los lads fue mediante la identificación de bolsones de resistencia (Gray 1997:
95-96).
Oponiéndose a la idea, sustentada por Willis, de que los materiales etnográficos a la ma-
nera de Learning to labour son esenciales para evitar la clausura teórica prematura de las
investigaciones, proporcionando una fuente de ‘sorpresas’, David Harris objeta:
“La ‘sorpresa’, sin embargo, también depende en primer lugar de la ignorancia o la inge-
nuidad del investigador. Willis parece experimentar sorpresa cuando se encuentra con la
complejidad de las respuestas de la clase trabajadora, por ejemplo. Pero entonces, cuanto
menos sepa uno inicialmente sobre el grupo, más sorprendido es probable que resulte. Y
esto puede estar diciéndonos más sobre Willis o la lectura que él asume, que sobre el
proletariado” (Harris 1992: 85).
Harris encuentra asimismo que esta clase de ‘sorpresa’ es también el efecto de un artificio
de escritura que yace en el corazón mismo de los reclamos de estatuto científico por parte
de la etnografía. Resulta turbador que la autoridad que Harris menciona a este respecto
sea (¡sorpresa!) el propio James Clifford (1991), y concretamente el ensayo donde este
desacreditó las mismas artimañas autorales de la escritura antropológica que no parece
percibir cuando de Willis se trata.
Tampoco percibe Clifford que el free indirect speech y el régimen de citas que atraviesan
el ensayo de Willis son singularmente no reflexivos, al punto que el texto en su conjunto
24
Evans-Pritchard, en cambio, alcanzó a registrar que en las tribus estudiadas por él al menos había gente
de ambos sexos. Véase por ejemplo Kinship and marriage among the Nuer (1951), y sobre todo The posi-
tion of women and other essays in social anthropology (1965).

154
no logra encubrir sus tácticas primarias de persuasión. Willis induce, con su arquitectura
discursiva, las conclusiones que el lector debería deducir, o por lo menos acordar. Sobre
este subterfugio fallido hay bastante consenso. R. Edmonson, por ejemplo, analizando las
operaciones retóricas comunes en sociología, encontró que Learning to labour está divi-
dido en dos partes, de modo tal que el lector que ‘crea’ lo que se dice en la primera (que
supuestamente es la sección no-teórica) también hallará plausibles los análisis teóricos de
la segunda mitad, como si fuera la realidad en persona la que valida la teoría (Edmonson
1984: 42). Hasta George Marcus se había dado cuenta de que “la jerga y las abstraccio-
nes” del momento teórico del libro de Willis “está[n] retóricamente construida[s] sobre
referencias que vuelven a analizar las representaciones naturalistas” de su fase descriptiva
(Marcus 1986: 175).
Análogamente, Beverley Skeggs afirma que las condiciones de producción del texto de
Willis no están para nada claras. Los datos en apariencia se seleccionaron conforme a ‘in-
dicadores dramáticos’, similares a los que regirían la elección de las mejores fotografías
en un ensayo ilustrado. Willis no otorga voz, por ejemplo, a los sujetos que sostienen acti-
tudes más conformistas, porque su aburrida cotidianeidad no hubiese hecho una buena
historia. También es patente que hay un grupo de lads cuyos puntos de vista se privile-
gian más que otros por razones no explícitas, y un lad en particular que se erige en el in-
formante favorito de Willis sin que este discuta en qué radica su representatividad o nos
explique el por qué de su elección. Al fin y al cabo, terminamos ignorando si la inves-
tigación encaja con la teoría, o si resulta más bien a la inversa (Skeggs 1992: 192).
Debería encerrar toda la frase que sigue entre signos de admiración. Pues las críticas de
Turner, Gray, Harris, Edmonson y Skeggs (para no hablar de la observación de su amigo
Marcus) trasuntan, palabra por palabra, que la obra de Willis está afectada por la misma
secuencia indecente de lógica y retórica, el mismo uso taimado de la realidad etnográfica
como garantía del abordaje teórico y el mismo recurso manipulador a la complicidad del
lector que pocos años antes Clifford había encontrado nada menos que… (sorpresa núme-
ro dos) en Evans-Pritchard. Según dice Clifford en un texto anterior que sirvió a esos crí-
ticos pero que él no tuvo en cuenta ahora, Evans-Pritchard
“se las ingenia para presentar su estudio como una demostración de la efectividad de la
teoría. … Retóricamente estos pasajes funcionan más que como una simple ‘ejemplifica-
ción’, puesto que efectivamente implican a los lectores en la compleja subjetividad de la
observación participante. … La conjunción subjetiva de análisis abstracto y experiencia
concreta se ha consumado (Clifford 1991: 151-152).”
Si ambas líneas de crítica son, por lo visto, intercambiables ¿por qué celebrar a un autor y
vapulear al otro? ¿Cómo llamar a este fenomenal doble estándar, que exime al culturismo
de las culpas por las que justamente Evans-Pritchard había sido puesto en cuarentena?
¿No reproduce acaso el culturismo de Willis, con cuarenta años de demora, lo que el pro-
pio Clifford caracteriza como las fórmulas más “paradójicas y equívocas” de la observa-
ción participante?
Como quiera que sea, mientras Clifford considera que la etnografía de Willis es ejemplar,
el culturismo ha confutado casi unánimemente las tentativas etnográficas realizadas por
el movimiento, y la de Willis en primer término. La bibliografía al respecto es abrumado-
ra, y una vez más es difícil de creer que toda ella resulte inmotivada (Radway 1988; Fiske

155
1988; Barker y Beezer 1992: 10; Nightingale 1993; Turner 1990: 158-161; Harris 1992:
83-86; Morris 1996: 158; Jensen y Pauly 1997: 163-166; Ang 1996: 240). En textos
posteriores el propio Willis tomó distancia de muchas de las tesis todavía clasistas que ar-
ticulan el libro en cuestión y ajustó correspondientemente sus estrategias etnográficas
(Willis 1990; Barker y Beezer 1992: 12-13). Skeggs afirma que no es en las obras más re-
cientes de Willis donde se encuentran superadas las ostensibles limitaciones de Learning
to labour, sino en las de otros autores culturistas que, de todas maneras, no nos interesan
aquí (Skeggs 1992: 193).
Para no sobrecargar las tintas, dejaré de lado que tanto el culturismo como Clifford ig-
noran por completo la inmensa tradición de etnografía urbana desarrollada por la antro-
pología y la sociología con anterioridad a Learning to labour. Se trata de un repertorio
inmenso que quita a este ensayo lo que le pudiera quedar de genuina singularidad, y que
explora con métodos variados, a lo ancho de todo el mundo, cuestiones que los estudios
culturales luego reclamarían como primicias de su propia invención: el fenómeno de los
squatters (Abrams 1966), la vida tribal o campesina en las barriadas urbanas (Banton
1957; Bonilla 1970), las comunidades (Frankenberg 1966; Gans 1962), las experiencias
de los hijos de los campesinos en las escuelas de las ciudades (Goldrich 1964), la
delincuencia juvenil (Tsung-yi Lin 1959), los problemas de clase y asimilación (Patch
1967) y un inacabable etcétera (véase Gulick 1973). Es evidente que no sólo el corpus
polémico de los estudios culturales no ha sido tomado en cuenta por los partidarios del
giro al culturismo, sino que estos han desdeñado de plano la propia tradición disciplinar
al presentar como una gran novedad algo que se ha venido haciendo desde siempre.
Por la celebración de las mismas características culturistas que critican cuando de antro-
pología se trata, por suministrar las razones que permiten a otros impugnar lo que ellos
aplauden, por no tener en cuenta la evolución ulterior de las ideas a lo largo de dos déca-
das que transformaron al mundo, y sobre todo por la exclusión del contexto y de los argu-
mentos críticos esenciales, Marcus y Clifford quedan rotundamente descolocados en su
encomio a una práctica que sus propios cultores hace años estiman debatible, contingente
y superada, y que de todas maneras no posee ni la sombra de la originalidad que se le a-
tribuye, ni siquiera en los errores que perpetra. ¿Es o no ésto lo que se llama una buena
metedura de pata?

La antropología culturista: El triunfo de la pragmática25

El momento en que Clifford establece sus juicios valorativos coincide con un trance muy
delicado en la vida interna de la antropología. En Travels (Clifford 1997), efectivamente,
25
El razonamiento que sigue bajo este título se me presenta como una evaluación inevitable, tal es la con-
tundencia de los indicios que la motivan. No desearía, empero, que se confundan los términos de esta apre-
ciación de sólo tres páginas con la esencia de los argumentos críticos que estoy desenvolviendo. Quien esté
primordialmente interesado en cuestiones lógicas y metodológicas, antes que en los posicionamientos tácti-
cos de individuos y facciones, puede entonces saltearse este apartado sin mayor detrimento. Este análisis no
pretende prodigar argumentos ad hominem, sino esbozar un examen que se asome por un momento a las
‘condiciones de producción’ de una corriente académica, prestando atención a los objetivos pragmáticos a
los que los antropólogos culturistas otorgan tan alta prioridad. Al fin y al cabo, esto no implica más que de-
sarrollar una instancia de esa clase de sociología del conocimiento que los posmodernos ponderan, y que
definen como “un cuestionamiento de las relaciones entre el contenido de las creencias e ideas, y las posi-
ciones sociales de sus portadores o partidarios” (Marcus y Fischer 1986: 114).

156
se percibe un Clifford bastante más tenso y alerta que de costumbre; en varias ocasiones
arroja vitriolo contra los profesionales de la disciplina que se oponen al avance de las
posturas posmodernas en la academia. Clifford se queja de las críticas “incoherentes” y
“genéricas” que se han opuesto al movimiento posmoderno en antropología, recrimina la
moción de censura que se interpuso en un encuentro anual de la Asociación Americana de
Antropología en protesta contra el vuelco de la línea editorial de American Anthropo-
logist hacia el posmodernismo, y descalifica las voces que (vaya insolencia) rechazan a
los estudios culturales por considerarlos mero ‘posmodernismo’ a la moda (Clifford 1997:
61 y 352). Sin impugnar que los estudios culturales y el posmodernismo tengan algo que
ver entre sí o que efectivamente estén a la orden del día, Clifford llega a mencionar en
términos de encomio a los sociólogos que participan como él en actos productivos de re-
novación disciplinar. Uno de sus estudiosos de referencia es nada menos que Howard
Becker (Clifford 1997: 352): un nombre al cual, después de la bribonada de Symbolic
Interaction and Cultural Studies que he comentado antes, entiendo que no se debería pos-
tular juiciosamente como modelo de nada. En fin, Clifford ha tomado partido, y lo ha
hecho conforme a lecturas, razones, argumentos y criterios que son insatisfactorios en
toda la línea.
Aquí no puedo menos que señalar que de los nueve participantes originales del simposio
de Santa Fe, al menos siete se han integrado a los estudios culturales, lo que es congruen-
te con lo que vine describiendo. Los siete son Mary Louise Pratt, Vincent Crapanzano,
Renato Rosaldo, George Marcus, Michael Fischer, Paul Rabinow y por supuesto James
Clifford. No tengo por ahora información del itinerario reciente de los dos restantes, que
son Stephen Tyler y Talal Asad26, pero ya no hay duda de que la sincronización entre los
intereses antropológico-posmodernos y el culturismo es perfecta. También creo haber de-
jado establecido más allá de toda sospecha que los estudios culturales sólo fueron recono-
cidos como tales por los antropólogos posmodernos ya entrada la década de 1990, o sea
cuando aquellos ya estaban americanizados, posmodernizados, desmarxizados y textuali-
zados.
A partir de esta domesticación los estudios culturales se presentan a los ojos de nuestros
posmodernos como el mejor modelo para proponer un cambio para que nada cambie. Lo
notable del caso es la unanimidad, el esquematismo y las decisiones maquinalmente pre-
visibles de que han dado muestra los protagonistas de este proceso, sobre todo cuando
alegan hacer lo que hacen en nombre de la libertad de opciones y de la imaginación. Ni
siquiera guardan respeto a todas las voces en conflicto: cuanto más reclaman los
culturistas de izquierda una reformulación urgente del programa integral del movimiento,
tanto más quieren los antropólogos posmodernos que todo siga como está.
Aquí estoy tentado de formular una ley de la condición intelectual que bien podría agre-
garse a la clase de las leyes del menor esfuerzo: si alguien quiere averiguar qué antropó-
26
Stephen Tyler parece estar viviendo una fase de improductividad o agotamiento en los últimos lustros. Lo
único que me consta que ha escrito en los años noventa es un artículo titulado “Vile bodies – A mental ma-
chination”, que ha circulado por Internet, donde Tyler se entretiene en descubrimientos tales como que live
y veil son anagramas de evil, y que si agregamos una ‘s’, obtenemos símbolos de la cultura tan poderosos
como Elvis y Levis. El último trabajo resonante de Talal Asad, mientras tanto, ha sido la ya añosa edición
de Anthropology and the colonial encounter (Asad 1973), un derivado de la antropología crítica de la
década de 1960. Después de eso su nicho de oriental contestatario fue ocupado por Edward Said, infinita-
mente más arrasador.

157
logos son los que fomentan con mayor apasionamiento la integración de la disciplina con
los estudios culturales, simplemente debe tomar la lista de colaboradores de cualquier
compilación de antropología posmoderna de hace diez o quince años y seguirle el rastro.
El procedimiento tiene éxito en una proporción superior a la que pueden aspirar las pre-
dicciones de cualquier ciencia de la naturaleza. Lo que más interesa a los antropólogos
posmodernos, a todas luces, no es el tesoro metodológico que pudieran traer los estudios
culturales consigo, sino el lugar que ocupará cada quien en el campo de fuerzas de la aca-
demia, el tejido de las alianzas estratégicas que podrían surgir en función de la coinci-
dencia ideológica entre los estudios posmodernos y los antropólogos de la misma deno-
minación, y el refuerzo logístico que los estudios culturales involucran para una concep-
ción restrictiva e individual de la antropología.
Lo que la cronología de los sucesos, la unidad de la conducta doctrinaria y las coinciden-
cias argumentales entre los implicados están demostrando es que la seducción de los estu-
dios culturales no viene por el lado de la tradición partisana al modo de Birmingham, de
su crítica ideológica de la cultura o de su etnografía original (ahora mejor que la de E-
vans-Pritchard), sino más bien por el lado de su fuerza institucional, su logística de even-
tos y su penetración en el mercado. Pues la aceptación de los estudios culturales permiti-
ría a los antropólogos posmodernos mantener sus estrategias intactas respecto de 1984, e
ingresar a la nueva corriente sin cambiar un ápice lo que hicieron durante más de quince
años. Ellos oficiarían además de guías para los antropólogos recién llegados, porque ya se
han codeado con Hall y con Bhabha, y han colocado artículos en la antología capital;
Clifford, por añadidura, aparece en estos años como miembro del mismísimo Comité
Editorial de Cultural Studies, la revista epónima del movimiento.
Ninguno de ellos denota haber leído más de un puñado de artículos de la especialidad;
tampoco muestran haber prestado la menor atención a la literatura crítica dentro y fuera
del culturismo, o establecido la continuidad de la vigencia de los conceptos que sugieren
adoptar en su propia disciplina de origen. En fin, ¿tiene esto algo que ver con un “produc-
tivo debate de renovación disciplinar” y la extensión de sus fronteras? ¿No sería mejor in-
terpretarlo como un paso más en la conservación del territorio ganado y un refuerzo de la
posición privilegiada de los posmodernos en lo más alto del orden establecido?27
No creo haber sido aquí ni “incoherente” ni “genérico”, que es como Clifford caracteriza
cualquier crítica que se le haga sin examinar sus argumentos, y (a despecho de su amor
por la deconstrucción de textos) sin exponer siquiera lo que le imputan. Por el contrario,
y dando por descontada la paciencia de algún posible lector, estimo haber documentado
con prolijidad el protocolo de estos acontecimientos, registrando los nombres, las fechas,
las lecturas extraviadas, las pedagogías desprolijas y las intrigas proselitistas, y abstenién-
dome de contraponer a las doctrinas en cuestión cualquier postura que se crea ‘mejor’,
cualquier clase de imposiciones que les resulten extranjeras. Definitivamente el problema
aquí son ellas, no las demás. Que hagan entonces con su poder y su triunfo lo que quie-
ran; pero, ya que insisten tanto con la reflexividad, no vendría mal que ellos mismos re-
flexionen un instante sobre lo que han hecho y escrito. Pues la mayor incoherencia a la
27
Por supuesto, en el resto de la antropología y en las otras ciencias, sociales o no, todo el mundo brega por
posicionarse mejor y se afana en encomiar la importancia de lo que realiza. Pero los que se encuentran fue-
ra de la línea posmoderna/culturista se preocupan a veces por analizar realidades ‘fuera del texto’, o por de-
sarrollar algo de teoría mientras tanto. Y, como todavía conservan algún escrúpulo positivista, cuando se in-
volucran con textos los leen mejor.

158
vista es la presentación de estas componendas privadas, el mejor ejemplo concebible de
gatopardismo intelectual, como el signo de una nueva oportunidad para el conjunto de
nuestra disciplina.
Es lamentable que se deba formular una evaluación en términos que se encuentran a un
paso de tipificar como argumentos sobre personas, antes que sobre ideas; pero si se mira
bien se verá que son ellos los que desde su ‘crítica de las disciplinas’ ponen en circula-
ción los calificativos que gentilmente les retorno, y que también son ellos quienes plan-
tean el problema alrededor de esos puntos de fastuosa insustancialidad: dónde nos situa-
mos, con quién establecemos las alianzas, quiénes son los enemigos, quiénes van ganan-
do, a qué simposios asistimos, cuáles son los temas candentes esta temporada, cómo con-
notamos nuestra corrección política, cómo encubrimos que en los últimos años no hemos
imaginado nada nuevo. ¿Y la teoría, y el método, y la lógica de la argumentación, y el es-
tado del conocimiento? Bueno, no es en Rosaldo, ni en Clifford, ni en Canclini, ni mucho
menos en Marcus donde encontraremos referencias creíbles a esas viejas cuestiones.

La confusión de las categorías

En los últimos años (pensemos en esos mismos autores) se ha vuelto costumbre contrapo-
ner la antropología en general a los estudios culturales. Esta contraposición reproduce,
aunque a otro nivel y con otros referentes, el parangón delineado por Devereux entre la
antropología sociocultural (sin cualificación) y el psicoanálisis de cuño freudiano: es de-
cir, una disclipina completa vis à vis una corriente individual, un bosque contra una plan-
ta, un reino natural contra una especie (Reynoso 1993: 150-159). Una forma parecida de
equívocos es perpetrada en numerosos estudios culturales que aducen utilizar como
marco “la semiología”, tratando una disciplina atestada de movimientos divergentes co-
mo si fuera una opción teórica individual; y en la misma falacia incurren los que propo-
nen fusiones de orden metodológico con “el feminismo” como si este fuera un marco uni-
forme en lo teórico o en sus formas de militancia. ¿De qué feminismo se trata, de qué se-
miología? ¿No reprobaría usted, si fuera docente, al alumno de grado que anunciara que
va utilizar como marco teórico “la antropología”? ¿Pueden ignorar acaso los culturistas
que en la antropología, la semiología y el feminismo conviven posturas que van desde la
axiomática hasta la evocación estética, o que adoptan posiciones diversas entre opciones
que van del darwinismo al creacionismo, o del trotskismo a la doctrina social de la Igle-
sia?
La confusión de categorías alienta la promiscuidad de actitudes imprecisas; eso a todas
luces tiene que ver con la escasa experiencia de los partidarios del movimiento con cual-
quier forma de sistematización. Y es que los estudios culturales no parecen saber siquiera
lo que ellos son: al especificar pautas a seguir (o al abstraer constantes de los estudios que
se han hecho) se comportan como opción teórica susceptible de ser adoptada por cual-
quier especialización; pero al dejarse institucionalizar en carreras y maestrías aparecen
como disciplinas, o al menos se pretende que sean tomados como tales por quienes asig-
nan los fondos. No me imagino, sin embargo, que el apetito metodológico de una disci-
plina, en términos de cantidad y calidad de teorías disponibles para su población profesio-
nal, pueda ser satisfecho con un abanico de propuestas que sólo comprende dos o tres al-
ternativas de elección: un posmarxismo anodino, un textualismo inespecífico, y una etno-

159
grafía rudimentaria. Estos son los “inmensos territorios” que Marcus y Rosaldo nos
exhortan a explorar. Ciertamente, la cultura contemporánea es un objeto de estudio formi-
dable; pero no son los estudios culturales los que la han constituido, ni como realidad ni
como objeto: la cultura ya estaba allí, al alcance de cualquier persona o disciplina. Como
concepto, nosotros probablemente hicimos con él más de lo razonable; es dudoso que po-
damos encontrar ahora, en su uso culturista, algún matiz novedoso digno de atención.
La misma confusión entre disciplinas y teorías rige de adentro hacia afuera del movi-
miento culturista. El cotejo que trazan Rosaldo, Clifford o Marcus de estudios culturales
por una parte y una antropología considerada en bloque por la otra (y el estatuto de lo que
toda la disciplina debería hacer frente a la antidisciplina emergente) comete el error de fu-
sionar toda la variedad interna de la antropología en un consenso monolítico ficticio, ma-
nipulando los argumentos para que todos los antropólogos aparezcan identificándose con
las corrientes específicas de las antropologías interpretativas y luego posmodernas en que
ellos han vivido. La realidad es que no hay tanta diferencia entre el irracionalismo de es-
tas antropologías esteticistas y la postura hoy dominante en los estudios culturales, y que
la disputa, si la hay, tiene más que ver con conflictos de intereses y poderes en la acade-
mia que con discrepancias reales respecto de la capacidad de la ciencia para ocuparse de
cuestiones culturales, o de la elección de los marcos teóricos en juego. Y la verdad es
también que para los antropólogos que no eligen un estilo de investigación por el sólo
hecho de que esté a la moda o los consolide institucionalmente, no se me ocurre nada que
los estudios culturales vengan a aportar y que no fuera conocido desde (por lo menos)
Malinowski.
Sin embargo, tampoco la actitud denigratoria de Marshall Sahlins me parece la correcta,
pues es transparente que él aborrece los estudios culturales por las razones equivocadas.
Sahlins no ofrece argumentos metodológicos que demuestren la superioridad de su antro-
pología personal, que de buenas a primeras imagina envuelta en esfuerzos etnográficos
que nadie hasta hoy había percibido. Dado que él no es ni ha sido protagonista de ningún
boom mayor en las últimas décadas, resulta probable que meramente lo asuste la perspec-
tiva de una competencia desleal, una disyuntiva en la que las masas se pondrían, por efec-
to del mercado, del lado de los advenedizos. Al fin de cuentas, su historia cultural de las
Islas Sandwich, con toque estructuralista y todo, no difiere en demasía de aquello a que
los estudios culturales nos tienen acostumbrados. De hecho, a la hora de fustigar a los es-
tudios culturales, el historiador Keith Windschuttle (1996: 77-81) no tiene reparos en me-
ter las elaboraciones de Sahlins en la misma bolsa. Yo no veo por mi parte razón alguna
para sacarlas de allí.

La antropología desde los estudios culturales

Cuando los estudios culturales hablan de la antropología, sea en contra o a favor, lo hacen
en términos que sería inocente llamar sólo selectivos. El esquema típico es el que aparece
ilustrado en el libro de Jere Paul Surber, en el que se salta directamente de una previsible
referencia a Edward B. Tylor a la hermenéutica de Clifford Geertz, en un impulso que o-
mite cualquier consideración del largo siglo transcurrido entre la primera definición ofi-
cial de la cultura de 1871 y su redefinición textualizante de 1973 (Surber 1998: 5 y 63-
64). Para el culturismo no ha existido ni la antropología funcionalista, ni el configuracio-

160
nismo, ni la antropología urbana, ni el dinamismo, ni la ecología cultural, ni la antropolo-
gía cognitiva, ni la antropología transcultural, ni ninguna otra manifestación teórica o te-
mática que a usted se le ocurra, con excepción de las viejas definiciones de Tylor y algu-
nas frases sueltas emanadas de la hermenéutica geertziana o el posmodernismo. Ni si-
quiera importó que ambas disciplinas inventaran, independientemente, dos corrientes con
el mismo nombre, el ‘materialismo cultural’ de Marvin Harris y el de Raymond Williams,
que pese a compartir programas con algún grado de semejanza se ignoraron recí-
procamente todo el tiempo (Harris 1982; Prendergast 1995; Higgins 1999).
Hasta donde conozco, ni una sola vez los culturistas británicos se dignaron a discutir con
algún detenimiento aunque más no fuese una obra, una frase, una definición escrita o pro-
nunciada por alguno de los representantes de la poderosa tradición inglesa de antropolo-
gía posterior a Tylor; ni siquiera Malinowski escapa a esta increíble preterición. Para de-
cirlo en otros términos: ni un solo practicante inglés, galés o escocés de los estudios cul-
turales (ni aun Willis) parece haber oído hablar jamás de Radcliffe-Brown, Evans-Prit-
chard, Edmund Leach, Marilyn Strathern o Victor Turner, ni para bien ni para mal. El día
que encontré un ensayo de Vron Ware, de la Universidad de Greenwich, titulado “Purity
and Danger” (Ware 1997), imaginé que el autor se acordaría al menos de su conspicua
vecina; pero no: Ware tampoco menciona a Mary Douglas. Es verdad que la antropología
tampoco ha registrado a Stuart Hall o a Lawrence Grossberg; pero no es nuestra práctica
la que se precia de “examinar críticamente los intersticios entre disciplinas” o de consti-
tuir el estado de arte de la excelencia interdisciplinaria.
En la última década las referencias culturistas a la antropología sólo reconocen un hito:
Writing culture, el manifiesto posmoderno de la disciplina (Brantlinger 1990: 105;
Chaney 1994: 41; Morley y Robins 1995: 239; Goodwin y Wolf 1997: 143; Grossberg
1997a: 309-310; Willis 1997: 185). Cada tanto se menciona también Anthropology as cul-
tural critique de Marcus y Fischer (1986), y suelesuceder que alguien nombre a James
Clifford o a Renato Rosaldo (p. ej. Grossberg 1997a: 15, 19, Willis 1987: 185; Belghazi
1995: 166). El tratamiento de las cuestiones antropológicas, mientras tanto, es asaz sucin-
to: apenas una cita aquí o allá, jamás una consideración analítica detenida. Y si se presta
un poco de atención, se advertirá que las referencias textuales sólo devuelven gentilezas y
apuntan a un grupo acotado de cuatro o cinco nombres que (feliz coincidencia) son los
mismos que hemos visto militando en la antropología a favor de los estudios culturales.
Reconociendo la influencia ejercida en su obra por los debates con una antropología res-
tringida al círculo posmoderno de Clifford, Marcus y Fischer, los culturistas Morley y
Robins, al discutir cuestiones que tienen que ver con la etnografía, la representación y las
relaciones entre lo global y lo local, concluyen que, cualquiera sea el futuro de la antro-
pología, ella deberá resignarse a su convivencia con otras formas del saber:
“ … quisiéramos sugerir que ninguna disciplina (la antropología incluida) puede aspirar a
una posición de conocimiento exclusivo o privilegiado. En ese sentido argumentaríamos
que los antropólogos pueden aprender con provecho del trabajo actual de estudiosos de la
comunicación y los estudios de medios, los estudios culturales y la geografía cultural”
(Morley y Robins 1995: 229).
Cuando parecía que Morley y Robins (después de comentar lo cambiado que está el mun-
do y lo importantes que son los medios) iban a desarrollar alguna fundamentación meto-
dológica que nos enseñara algo de lo que hay que aprender, los autores se distraen y coro-

161
nan el artículo informándonos que el precio de un Volkswagen casi nuevo en Sarajevo ha
caído a 150 dólares porque nadie tiene dinero para el combustible. Qué barbaridad.
Algunos culturistas y otros estudiosos que son aliados suyos se muestran excitados y has-
ta felices por lo que perciben como una “ansiedad” de los antropólogos frente al triunfo
público de los estudios culturales (Morley 1998a: 481-483; Appadurai 1996: 39). Seme-
jante diagnóstico no guarda proporción con el interés menos que discreto que el culturis-
mo ha despertado dentro de la disciplina, un hecho que Virginia Dominguez (1996), por
ejemplo, ha documentado con esmero. La verdad es que, globalmente hablando, la in-
mensa mayoría de los antropólogos no se ha manifestado ni a favor ni en contra; casi to-
dos nuestros profesionales se comportan como si el movimiento no existiese. La sección
de revisiones críticas de las revistas antropológicas más importantes (American Anthro-
pologist, American Ethnologist, Current Anthropology, Ethnology) lleva adelante su co-
metido de la misma forma que en los viejos tiempos, como si ninguna contribución escri-
ta por los culturistas fuera digna de consideración.
Entre una idealización sumaria de la antropología que no estuvo respaldada por ningún a-
nálisis responsable y el descubrimiento de afinidades electivas con su fase posmoderna
que tampoco desarrolló ninguna moraleja útil, los estudios culturales han optado por ce-
lebrar las exequias de nuestra disciplina. Personalmente no me opongo del todo a la nece-
sidad de llevar adelante semejante funeral (Reynoso 1992a; 1992b); lo que sí me preo-
cupa un poco es que sean precisamente ellos quienes lo oficien, y que lo estén haciendo
con tanto júbilo y con tan poco fundamento. Pues lo que ellos tienen para ofrecer en su
lugar está muy lejos de superar a lo que había. Lo mejor que tienen en cartera quizás sea
su farragoso análisis articulatorio de la Inglaterra de Thatcher, de interés harto circuns-
cripto, metodológicamente insustancial y casi imposible de leer después de las críticas
devastadoras de Geras (1987), Crook (1991), McGuigan (1992; 1997) y Harris (1992).
Al unísono con nuestro George Marcus, los estudios culturales se congratulan con la noti-
cia de la muerte de la antropología. Mark Hobart, en el famoso debate entre antropología
y culturismo que se realizó en Manchester en noviembre de 1996, afirma que “a la antro-
pología se le ha acabado la episteme; ella tuvo su día” (Hobart en Wade 1996: 12, según
Morley 1998a: 483). Para Hobart, si no es que ya la antropología y los estudios culturales
son una y la misma cosa, no cabe más que estar felices de que la antropología se vaya
transformando en una especie de estudios culturales comparativos. Y agrega: “En el mun-
do real, el departamento-insignia de la antropología, Chicago, ya se ha convertido en el
Centro para los Cultural Studies Transnacionales” (ibid.: 14)28. Para él, los estudios cultu-
rales tienen la misión de ampliar y revigorizar la antropología:
“ … lo transnacional efectivamente tocará la campana de la muerte de la vieja antropo-
logía y el surgimiento de nuevas clases de práctica intelectual … en la forma de los
estudios culturales comparativos” (ibid.: 18).

28
Esta información o es inexacta, o se refiere a alguna otra institución que no es la que se encuentra apo-
sentada en el venerable Haskell Hall en la Universidad de Chicago, donde todavía enseñan Arjun Appadu-
rai, Jean y John Comaroff, James Fernandez, Nancy Munn, Marshall Sahlins y George Stocking . De todo
el plantel el único converso es Appadurai. Fuera de él, el Departamento de Antropología de Chicago está
absolutamente intacto, y no hay rastros de estudios culturales en todo el ámbito de Social Sciences en esa
universidad. Tampoco hay indicios de culturismo en el área de Humanidades. Pueden comprobarlo ahora
mismo en http://anthro.spc.uchicago.edu/faculty .

162
Hobart no nos dice una palabra sobre cuáles podrían ser los métodos que se adoptarían en
la nueva variedad culturista, como si la comparación fuera una faena técnicamente senci-
lla, sin problemas categoriales aparejados, sin dificultades lógicas de ninguna especie. Ig-
nora, por supuesto, que ‘en el mundo real’ el trabajo comparativo es algo tan complejo y
con tantas derivaciones analíticas, tantos problemas de especificación de criterios, unida-
des y delimitaciones, que en antropología ha justificado el establecimiento de una sub-
disciplina especializada (véase Naroll y Cohen 1970).
Hobart no es el único enemigo allí dentro. El propio Paul Willis, que había sido tan incisi-
vo contra la etnografía del movimiento pese a estar sindicado como su fundador, tampoco
tiene una buena imagen de nuestra disciplina, de la que sólo denota conocer lo que los
interpretativos y posmodernos dicen de ella en sus dos o tres libros de mayor circulación
(p. ej. Willis 1997: 185). Willis piensa que los estudios culturales pueden evitar caer en el
humanismo banal y en el empirismo en que se ha precipitado la mayor parte de la antro-
pología. El problema con la antropología, afirma, es su culto y su reificación del trabajo
de campo, “cuanto más lejos, mejor”, un principio que ha alcanzado el status de rito de
pasaje institucional (Willis 1997: 185-190). Indeciso a la hora de votar si los estudios cul-
turales significarán o no la muerte de la vieja disciplina en el debate organizado por Wa-
de, Willis termina clamando: “La antropología está muerta; larga vida a los TIES [theore-
tically informed ethnographic studies]” (Willis 1997: 191).
Párrafo aparte merecen las condenas masivas y absolutas de la antropología, prototipo de
ciencia social modernista, elaboradas por estudiosos multiculturales como David Theo
Goldberg (1997) y Cedric Robinson (1997). En un artículo de este saludado por aquel co-
mo “una vigorosa crítica de las ciencias sociales”, Robinson estipula que la antropología
y la etnología son idénticas a las teorías racistas de los eugenésicos como Louis Agassiz,
y que ni los boasianos, ni Gould ni Noam Chomsky son suficientes para compensar la
credibilidad que el público acuerda de inmediato a los colonialistas, genetistas esteriliza-
dores de minorías étnicas y demás supremacistas blancos (Goldberg 1997: 7; Robinson
1997: 392, 399, 405). Basándose especialmente en fuentes pseudocientíficas del siglo
XIX, anteriores a la fundación misma de la antropología profesional, echando a unos las
culpas de otros y administrando con una astucia demasiado evidente sus elipsis y sus citas
(que se remontan a los griegos y a la Edad Media sin percibir mayores diferencias entre la
antigüedad y la academia contemporánea), a Robinson le resulta sencillo construir una
imagen de nuestra disciplina tan repulsiva como históricamente falaz.
En los últimos tiempos, y sobre todo en esos lugares donde comienzan a mezclarse los es-
tudios culturales con los estudios de área, se ha tornado costumbre fulminar la antropolo-
gía en una sola frase, a causa de su pecado original de connivencia con el poder en los
tiempos coloniales, su nacimiento en tierras de Occidente o ambos factores a la vez
(Appadurai 1996; Dirks 1998: 15; Daniel 1998). Ni siquiera volvernos posmodernos po-
dría redimirnos. Para los críticos más expeditivos aquella contemporaneidad y esta inme-
diación son criterios suficientes, como si las canalladas de los fundadores fueran genéti-
camente hereditarias y los antropólogos o los occidentales, por el hecho de serlo o de
matricularse en academias instauradas por ellos, no pudieran pensar o imaginar nada fue-
ra de los cánones que fijaron Tylor, Descartes o Platón. Después dicen que Marx era de-
terminista.

163
Repensemos lo que está sucediendo aquí: ya no se trata de que se repudie un conjunto de
enunciados, una idea o una teoría; se pretende suprimir la producción total de una disci-
plina (o de todas las disciplinas), en todos sus matices y manifestaciones, sin que nadie
sienta la necesidad de fundar ese ejercicio de liquidación en una analítica decente.
Convengamos que en los días que corren no sólo la antropología es apabullada de modo
tan fácil y pueril. A cada momento se publican libros y artículos que asumen, desde el
mero título y sin dejar espacio para discutirlo siquiera, que las disciplinas han caducado:
a la mano tengo, por ejemplo, Beyond the disciplines (Ruthven 1992), “The emergence of
Cultural Studies and the crisis of the humanities” (Hall 1990), The end of science
(Horgan 1996) y After the disciplines (Peters 1999). Las últimas teorías críticas han asu-
mido su papel de un modo tan extremo, que se ha argumentado seriamente la imposibi-
lidad, el fracaso, la extenuación de toda forma teorizada de conocimiento y hasta de la
crítica misma (Levinson 1998).
Bueno, esta gente no ha leído siquiera los best sellers antropológicos de sus propios paí-
ses, pero igual nos quieren muertos. No creo que lleguen a las vías de hecho; aunque me-
jor (como diría Margaret Mead), mantengamos seca la pólvora. Por las dudas.

Estudios Culturales: ¿utopía o amenaza?

Quisiera narrar una experiencia personal; sólo ocupará un par de párrafos. Cuando, des-
pués de husmear durante meses en los textos más ‘teóricos’ de los estudios culturales, re-
gresé a la antropología más convencional de los años ochenta y noventa, no pude menos
que experimentar una sensación de aire fresco, a despecho de mis múltiples protestas
contra mi disciplina de pertenencia, documentadas sin descanso (Reynoso 1992a; 1992b).
Pareció que alguien hubiera abierto las ventanas y encendido la luz. Hasta las aborrecidas
etnografías de los boasianos o los africanistas me parecieron, por contraste,
inmensamente sustanciales, una lectura que tenía aunque más no fuera un poco de tierra
bajo los pies. En ese momento los estudios culturales, con su obsesiva fijación en su pro-
pia gloria, se me presentaron como el colmo del narcisismo y la futilidad. Y recordé en-
tonces la queja del culturista alternativo James Carey:
“Cuando los estudios culturales tomaron residencia en los departamentos de literatura,
uno tenía que presenciar el espectáculo de los especialistas literarios pronunciándose
sobre toda clase de asuntos (economía, moralidad, población, crimen, raza, etnicidad, etc)
a los cuales nunca habían dedicado ningún estudio, o tan siquiera el examen más sumario
de la literatura básica. Y en general ellos no estaban interesados en escuchar a nadie que
hubiera investigado esas cosas a menos que estos saltaran primero la barrera para pasarse
del lado de la corrección ideológica” (Carey 1997a: 24).
También me vino a la mente la caracterización de Simon During de los estudios cultura-
les como “una expansión, impulsada por el mercado, del programa académico de Inglés”
(During 1994: 31). Es que al no definirse como disciplina, o al soslayar las obligaciones
metodológicas que las ciencias se auto-imponen, los estudios culturales abdican de todo
mecanismo de control o auto-control que no sea de orden retórico. Así les va. Recorde-
mos las pifias magistrales que hablaban de una ciencia geertziana de la cultura, que con-
fundían el psicoanálisis lacaniano con una teoría social del sujeto, que falseaban la histo-
ria de la teoría de la comunicación, que querían hacer pasar el posmodernismo por un
concepto, que consideraban al análisis fonológico un proveedor de insight político-social,

164
que llamaban a la semiología un método o que querían combinarla con deconstrucción.
En ausencia de una clara, tangible y exhaustiva revisión por parte de los estudios cultura-
les de cualquier ‘disciplina establecida’ y sus objetos, y en vista de su distorsión de las
teorías disciplinares concretas, una parte considerable de cuanto ellos tienen que decir al
respecto se revela como un discurso en el que campea con más frecuencia de lo razonable
un animoso amateurismo, al lado de una propensión a pontificar en forma taxativa sobre
la caducidad de ciencias que no se han molestado en conocer. Después de (por ejemplo)
el intento de Grossberg (1997a) de hacer convivir en un mismo marco a Gramsci y a Bau-
drillard, o del libro que escribiera David Harris (1992) sobre el gramscianismo sin haber
leído nada de Gramsci, es inevitable que cualquier otra ciencia parezca por comparación
un prodigio de sensatez. Tal vez los intelectuales educados en el análisis discursivo de
textos o los antropólogos de tesitura interpretativa o posmoderna no puedan percibir la
diferencia entre los estudios culturales y la ciencia social clásica; pero para el profesional
de las ciencias sociales la degradación de los estándares de calidad (incluso en relación
con las exigencias comunes en los estudios de grado) se aprecia a simple vista.
No puedo pretender, sin embargo, que todo lo actuado en nombre de los estudios cultura-
les sea, por estas únicas razones, abominable. Suele ocurrir que, cuando se dejan de lado
las declamaciones y se adopta una instancia más sobria y tentativa, los resultados son dig-
nos de ser tenidos en cuenta. Hay unos cuantos trabajos analíticos perfectamente legibles
insertos en las antologías que van al grano de su investigación sin dar lecciones de episte-
mología, sin hacer aspavientos doctrinarios, sin pretender engullirse a las otras disciplinas
y sin preocuparse por la vida de los Grandes Patriarcas. El problema comienza cuando se
quiere convertir el estudio de los chicos que miran TV o visitan el centro comercial en u-
na aguda metáfora sobre la condición humana, en un fundamento suficiente para la enun-
ciación de grandes verdades epistemológicas, o en pieza constituyente de un programa
político más sagaz que el viejo marxismo. Ni el programa académico ni el desempeño de
los culturistas demuestran que estén dotados para semejante empresa trascendental.
En los años setenta y comienzos de los ochenta los estudios culturales rayaron más alto
que cualquier otra disciplina en el campo de los análisis mediáticos, aunque siempre lo
hicieran basándose en conceptos importados de otros campos. Al revés de lo que sucede
en la mayor parte de la antropología, en la cual la elaboración teórica (aunque no se esté
de acuerdo) es casi siempre sustanciosa mientras que los ejemplos etnográficos es mejor
saltearlos, los estudios culturales suelen ser excitantes e iluminadores (aunque dudosa-
mente sistemáticos) en el tratamiento de sus objetos de medios de comunicación de ma-
sas o de sus experiencias ‘etnográficas’, pero plúmbeos hasta la agonía cuando se lanzan
al desarrollo teórico. Algunos autores, como Keith Tester y Armand Mattelart, se han a-
trevido recientemente a consignar que un sinnúmero de trabajos culturistas les resultan
hoy imposibles de leer. Para Mattelart y Neveu, por ejemplo, los estudios culturales más
típicos distan de brindar un tesoro comparable a, digamos, las investigaciones de E. P.
Thompson. Muchos de esos textos “resultan del todo ilegibles ahora”:
“Incluso el lector mejor dispuesto encontrará entre ellos muchos artículos que, hoy, se le
caen de las manos (a menos que el cambio consista sencillamente en que ahora puede
confesarlo), por ser una muestra de la exégesis marxológica más soporífica o el teoricis-
mo más pastoso. … El recuerdo de sus más interesantes contribuciones, que, casi sin ex-
cepciones, son las que están basadas en una dimensión de encuesta etnográfica o en un
tratamiento de un conjunto bien delimitado de documentos referidos a un tema, no llega a

165
ocultar los múltiples textos poco imaginativos y las muchas variaciones sobre un tema de
Marx, Gramsci o Althusser, género en el cual Hall llega a destacar –aunque abusa- sin
que otros alcancen su altura” (Mattelart y Neveu 1997: s/n).
Unas pocas veces, sin embargo, cuando los estudios culturales reprimen sus impulsos a-
gonísticos, tampoco la teoría le sale tan mal. Examinemos largamente este documento,
una propuesta de especialización en estudios culturales propuesta como borrador de tra-
bajo por un grupo de graduados en literatura inglesa en la Universidad de Cornell, sin
participación de antropólogos.
“Los ‘estudios culturales’ como género interdisciplinario de análisis y crítica cultural …
comprende el trabajo de lo que se ha descripto como ‘la circulación social de formas sim-
bólicas’, o sea, las relaciones y prácticas institucionales y políticas a través de las cuales
la producción cultural adquiere y construye significados sociales. Situada en la intersec-
ción de la teoría social, el análisis cultural y la crítica literaria, presiona sobre cada uno de
esos elementos a la luz de los otros. … El trabajo en los estudios culturales ha sido in-
teresante en su examen de los procesos de cambio y la reproducción cultural y las relacio-
nes sociopolíticas en las que tales procesos ocurren. … Involucra tanto un reconocimien-
to del papel de la cultura, en el sentido de ‘construcciones simbólicas’, en un amplio ran-
go de prácticas sociales e identidades … y el correspondiente reconocimiento de que las
herramientas analíticas desarrolladas en el estudio de la literatura podrían ser útiles para
(si tal vez se las revisara mediante) un examen de una clase de material radicalmente dis-
tinto, pero relacionado.”
“Junto con las áreas más tradicionales del estudio literario e histórico [los estudios cultu-
rales tienen que ver con] formas culturales tales como películas, televisión, video, música
popular, revistas y periódicos, y las industrias mediáticas y otras instituciones que los
producen y regulan … A menudo, por cierto, el foco del estudio es precisamente las
relaciones sociales sistemáticas entre diferentes clases de producción cultural, ya sea
dentro de un solo contexto social o histórico, o entre diferentes contextos” (Cornell
University 1991).
Dejemos de lado que la imagen de los estudios culturales aparece aquí reflejando una
interdisciplinariedad humilde en ademán exploratorio, antes que la antidisciplina dogmá-
tica que en general prefiere ser. Olvidemos por un momento que todo es sensato, pero to-
davía programático. Lo singular, y Terence Turner nos llama la atención sobre eso, es que
la cultura no aparece aquí tratada como una entidad reificada o un dominio cerrado en
abstracción de la realidad social e histórica. El énfasis está puesto en la contextualización
social de formas simbólicas como mediadores de procesos sociales, una formulación de
la naturaleza de la cultura en la sociedad contemporánea más aguda de lo habitual.
“No nos engañemos con caricaturas despreciativas: mucha de la competencia es muy
buena y lo está haciendo bastante bien sin nosotros. Si la antropología hará alguna contri-
bución a las nuevas aproximaciones académicas a la cultura surgidas de los estudios cul-
turales y el programa académico multiculturalista, no será simplemente quedándose sen-
tada y esperando que nos consulten porque nosotros tuvimos la cultura primero. La antro-
pología deberá comprometerse activa y críticamente con las formulaciones multicultura-
listas para demostrar que tiene puntos teóricos valiosos y perspectivas críticas relevantes
con las que contribuir” (Turner 1994:417).

166
Muchos de nosotros –agrega Turner- nos hemos quedado esperando sin tomar parte en las
discusiones que hay alrededor, como oráculos intelectuales que han de impartir una ele-
vada sabiduría, o resentidos porque la invitación nunca llega (Turner 1994: 406).
En esta coyuntura de ciencias que suben y bajan la antropología no es, ni de lejos, la úni-
ca especie amenazada. Un reciente artículo de Michael Billig testimonia los predicamen-
tos de la pragmática y la psicología social ante los hábitos y maneras de los estudios cul-
turales:
“Los editores del compendio Cultural Studies enumeran una variedad de metodologías
que, afirman, se utilizan dentro de los estudios culturales. La lista es interesante tanto por
lo que incluye cuanto por lo que omite. Los editores mencionan ‘análisis textual, semióti-
ca, deconstrucción, etnografía, entrevistas, análisis fonológicos, rhizomática, análisis de
contenido, survey research’ (Grossberg et al. 1992). Como es evidente, no se menciona la
psicología, ni las metodologías psicológicas, aunque hay alguna referencia al ‘psicoanáli-
sis’. … En cuanto al análisis del lenguaje la lista es reveladora por su parcialidad. Las
metodologías mencionadas no son las que se dedican a analizar los usos específicos del
lenguaje, sino más bien el lenguaje como sistema. … El análisis conversacional, la prag-
mática, la etnometodología, la retórica y la psicología del discurso no encuentran lugar en
la nómina de los editores. … Para usar la famosa distinción saussureana, la langue está
bien representada, pero la parole, el uso del lenguaje en la práctica, está ausente” (Billig
1997: 207-208).
Los innumerables reclamos que dentro de los estudios culturales pidieron en su hora por
un retorno a la etnografía tienen el mismo sentido que las quejas de Billig. En general la
‘cultura’ que abordan los estudios está representada en artefactos, tales como revistas, fil-
mes o libros académicos. Ahora parece que alguien al menos ha caído en la cuenta que e-
so es lo que se llama una reificación. La cultura no aparece aquí, señala Billig, como algo
a ser vivido (Billig 1997: 205). Si se quiere experimentar el vértigo de las opiniones con-
trapuestas, simplemente compárese el veredicto de Billig con la postura de Turner. Aun-
que parezca difícil de creer, ambos autores están hablando de lo mismo: la cultura según
los estudios culturales. Ambos (es cierto) también deberían haberse basado en un corpus
de más de un ejemplar. Como quiera que sea, si se avanza en la lectura de una muestra
suficiente, no será difícil concluir que el bando de la cultura cosificada se impone en for-
ma abrumadora a los pocos que establecen sus argumentos con mayor sutileza. ¿Qué ha-
cer entonces con este campo, tan estridentemente desparejo?
Un elemento de juicio a tener en cuenta antes de abandonar la antropología para abalan-
zarnos a los inmensos espacios vírgenes con que alucina George Marcus (1992: vi) es que
de un tiempo a esta parte los estudios culturales y su periferia están inquietos por lo que
algunos perciben como su crisis, sus promesas incumplidas o más abiertamente su fraca-
so. Para James McGuigan la crisis de los estudios culturales radica en que su foco se ha
encogido sobre cuestiones de consumo, sin situarse en el contexto de las relaciones de
producción. El trabajo de Fiske, representativo si lo hay, es para él “indicativo de la decli-
nación crítica de los estudios culturales en Gran Bretaña” (McGuigan 1992: 85). David
Harris cierra su denso tratamiento de la corriente principal culturista sugiriendo que su
“entretejido de teoría y práctica ha producido una teoría que es demasiado política y par-
tisana para ser creíble, y una política que es demasiado teórica para ser popular y efecti-
va” (Harris 1992: 198). Para Andrew Goodwin y Janet Wolff los estudios culturales ya

167
parecen demasiado a menudo limitados a ser un desfile de disgusto y mal humor, una
práctica crítica basada en la hermenéutica de la sospecha (Goodwin y Wolff 1997: 130).
David Morley, a su turno, diagnostica que los estudios culturales han quedado encerrados
en un conjunto de “certidumbres relativistas” y en la difundida presunción de su correc-
ción epistemológica y política (Morley 1997: 137). A fines de los años noventa Richard
Hoggart, el mismísimo veterano precursor, se queja ante quien le preste oídos de la men-
talidad de “banda de montaje”de las publicaciones culturistas y de los moldes “para tostar
waffles” con los que se cuecen las ideas de moda, ideas que cada nuevo escritor se cree
obligado a adoptar (Brooker 1998: 138). El especialista en medios James Lull opina que
“Desafortunada e irónicamente, el ‘problema’ con los estudios culturales tiene que ver
con que se ha desarrollado una clase de insularidad en su lenguaje, literatura y política.
… [H]an asumido una atmosfera de club. … Los estudios culturales británicos y norte-
americanos se han vuelto demasiado dueños de la verdad y superiores en ese sentido”
(Jacks y Tufte 1998: 150-151).
El historiador radical Robert McChesney, finalmente, observa que “los estudios culturales
nos han dado muchos bombos y platillos, pero poca acción … debido a la marginación de
una política explícitamente radical” (McChesney 1995: 2). Desde 1995 a la fecha preva-
lece en todo el movimiento un clima revisionista que clama por un “retorno” a una estra-
tegia más afín a las ciencias sociales en el sentido convencional (Ferguson y Golding
1997: xiv-xv).
En la década de 1990, los estudios culturales están claramente divididos en tres: la má-
xima tensión separa a los que desean retomar el programa socialista originario y a los que
se encuentran cómodos cultivando un posmodernismo genérico, desleído e impersonal.
En el medio hay algunos eclécticos sin programa, como Morley y los culturistas austra-
lianos. De estos no hay mucho que decir: al estar bastante a la derecha de Marx ya no son
subversivos, y al estar un poco a la izquierda de los posmodernos ya no son graciosos.
Los socialistas hablan de una crisis general del movimiento y denuncian a los posmoder-
nos por reaccionarios y conformistas (McGuigan 1992; 1997; Murdock 1997a); estos re-
tribuyen alegando que los estudios culturales gozan de buena salud y acusando a sus ad-
versarios de encarnar la izquierda moral y el stalinismo (Inglis 1993; Storey 1993;
1996b). Lejos de “cuestionar la autoridad o la finalidad de sus propias lecturas”, como
idealizaban Frow y Morris (1996: 356), los culturistas saltan erizados apenas alguien osa
interponer una objeción. La discusión de ideas ha sido desplazada por el intercambio de
denuestos. La riqueza y el interés del debate decaen a medida que el repertorio de insultos
se agota.
La necesidad de reformular los estudios culturales y de romper su aislamiento patológico
respecto de la corriente principal de las ciencias sociales son hoy consignas recurrentes.
Dejemos hablar a Graham Murdock:
“Si los estudios culturales han de mantener su vitalidad intelectual y su relevancia en la
condición contemporánea y en los debates políticos, necesita ampliar sus intereses centra-
les y establecer nuevos puntos de conexión con el trabajo de la vanguardia de las ciencias
sociales. Existe un número de áreas en las que los científicos sociales están desarrollando
ideas que son directamente relevantes para los proyectos principales de los estudios cul-
turales. … El relativo aislamiento de los estudios culturales de esas iniciativas es una de
las penalidades de su surgimiento como área académica autosuficiente, con su propia tra-

168
dición selectiva de textos canonizados. Para contrarrestar esto, necesitamos recuperar el
ímpetu interdisciplinario original y arriesgarnos más a cruzar las fronteras intelectuales”
(Murdock 1997a: 70).
En otras palabras, y lejos ya de las arrogancias antidisciplinarias que todavía ocasional-
mente los desbordan, los culturistas saben que afrontan serios problemas y que no están
en absoluto en condiciones de imponer su ley a las formas tradicionales del saber so-
ciocultural. Fin del juego: que hoy parezcan dominantes sólo quiere decir que están ca-
yendo desde mayor altura.
A la larga, los estudios culturales representarán para las disciplinas constituidas algunas
veces una amenaza, otras un ejemplo para seguir. Todo dependerá de los fragmentos de
ellos que se tomen en consideración, del nivel de exigencia que fijemos y de las inflexio-
nes por donde hagamos pasar los límites. Responderemos crispándonos, o nos dejaremos
invadir por su seducción. Siendo los estudios culturales un tejido en el que alternan
observaciones perspicaces con las bravatas más excitadas, es de esperar que las miradas
parciales que se arrojen sobre ellos evoquen esa vieja fábula oriental en la cual las dife-
rentes anatomías de un elefante representaban para el tacto de tres ciegos una serpiente,
un árbol o una pared.

169
9. Estudios Culturales y crítica
La reacción crítica contra los estudios culturales ¿dará algún resultado, o es ya
demasiado tarde?

Los Estudios Culturales y sus críticas

La crítica contra los estudios culturales se ha desarrollado en cuatro vertientes: 1) la reac-


ción correlativa a su emergencia y a su acceso a la academia, que los estudios exhiben
con orgullo como trofeos de sus calvarios históricos; 2) lo que podríamos llamar una crí-
tica interna, que es en realidad el cuestionamiento de unas facciones contra otras; 3) la
crítica de los científicos en sentido genérico frente al irracionalismo declarado de las sub-
corrientes más posmodernas, posestructuralistas y constructivistas de los estudios cultura-
les; 4) la crítica emanada de las ciencias sociales constituidas, que recién ahora parece es-
tar tomando cuerpo.
Este apartado conclusivo del ensayo aprovechará la revisión de esos cuatro campos críti-
cos para analizar, en ese mismo trámite, el propio concepto de crítica que se desenvuelve
en los estudios culturales a) cuando la crítica requiere cierto peso argumentativo, o b)
cuando son ellos mismos los que están puestos en tela de juicio. Aquí se demostrará con
facilidad que un movimiento nacido para segregar criticismo durante toda su vida útil no
ha prestado a la metodología crítica propiamente dicha la menor atención reflexiva. No
digo poca atención; digo ninguna. A pesar de la frecuencia con que se nos dice que los
estudios culturales constituyen una forma crítica del conocimiento, su crítica no está di-
señada ni para construir evaluaciones de arquitectura y escala aceptables, ni para usarse
reflexivamente, ni (mucho menos) para responder con dignidad a las objeciones que se
les formulan.
Lo mismo que en la antropología posmoderna y sus inmediaciones, encontramos con
extraordinaria frecuencia que la crítica culturista de las disciplinas no está articulada for-
malmente. Esta aseveración no puede ni siquiera ejemplificarse: en los estudios culturales
no existe ni un solo texto, ni mayor ni menor, dedicado a llevar adelante una sola evalua-
ción sustancial y consistente de una disciplina, o aunque más no fuese la deconstrucción
seria y ordenada de una teoría disciplinar cualquiera. Ni hablar de una crítica sistemática
de todas las modalidades teóricas de una disciplina, y mucho menos de las teorías y prác-
ticas de todas las disciplinas socioculturales en su conjunto, que es lo que cabría exigir
ante sus extenuantes fatuidades anti-disciplinarias. Lo que estoy pidiendo es una forma
lógica que sea un poco más rica que clichés tales como “el estructuralismo no está prepa-
rado para afrontar el pop”, o “las disciplinas convencionales no sirven para esto”, y que
dedique algunos minutos a sopesar cuáles podrían ser los elementos de juicio para funda-
mentar aseveraciones de tanta gravedad. Por ahora su estilo crítico es algo así como el
‘efecto Montag’ en acción: un dictamen de caso cerrado, pero sin componer siquiera, pa-
ra guardar las formas, las cinco páginas que Perry Anderson concedía a Lacan (Montag
1993).
Los culturistas, en efecto, creen satisfacer su criticismo pasando directamente a los vere-
dictos, sin tomarse la molestia de desarrollar los protocolos de un proceso o sopesar con
detenimiento las evidencias. Fuera del ámbito específico de los llamados ‘estudios cultu-

170
rales de la ciencia’ en el que hay algún tratamiento etnográfico de las condiciones de pro-
ducción de las ciencias ‘duras’ (pero aun así sin un tratamiento crítico cabal de los conte-
nidos), en toda la bibliografía que se menciona al final de este libro no hay una sola críti-
ca disciplinar elaborada que tenga como su objeto una ciencia social y que se funde en un
muestreo razonablemente representativo. No excluyo que tal vez haya algo así en algún
volumen que se ha escapado de mi pesquisa. Pero si existe alguna crítica semejante, lo
suficientemente atendible como para constituirse en referencia, alguien debería tener la
cortesía de mencionarla alguna vez.
La conducta del culturismo frente a las críticas que se le formulan es posiblemente peor.
Cuando Angela McRobbie (1994), por ejemplo, responde a las críticas de Gregor McLen-
nan (1992) contra el relativismo, está intentando un ejercicio que todo el mundo sabe que
no puede hacerse. ¿Qué afirma McLennan? Parafraseo, cambiando algunos nombres y e-
jemplos para proteger a los inocentes: McLennan afirma que cuando el relativismo cultu-
ral conduce al relativismo cognitivo, no hay forma de evaluar lógica o políticamente una
cuestión cualquiera. Si hay múltiples verdades, todas ellas válidas, y no hay un parámetro
externo de referencia, lo que dice o hace Hitler tiene el mismo valor objetivo y la misma
cualidad moral que lo que dice o hace Gandhi29. Quemar las viudas, escindir el clítoris,
organizar un pogrom o lapidar a los adúlteros están OK en los respectivos contextos, por-
que lo que no se establezca racional y universalmente (los derechos humanos, por ejem-
plo) lo establecerá irracional y localmente el fanático que detente el poder en un momen-
to dado. El relativismo podrá tener otros valores (y aun eso cabe discutirse) pero no preci-
samente el de la objetividad y el de los valores éticos. Y políticamente, qué duda cabe, la
línea de razonamientos que sanciona es por lo menos siniestra. Cuando McLennan sim-
plemente señala el obvio corolario del relativismo, y consigna que lo opuesto a la razón
es la sinrazón, McRobbie dice que aquel “responde en forma truculenta” al advenimiento
del relativismo posmoderno.
Todo cuestionamiento del posmodernismo es “antipático” o “truculento” para McRobbie.
En su lógica peculiar, esas palabras sustituyen al análisis de los argumentos críticos en
cada ocasión en que se ve conminada a responder a una objeción (McRobbie 1994: 2, 64
y 65). La autora prosigue su lección de epistemología sobre McLennan con suficiencia
didáctica: “Este modo de argumentación basado en postular dos opuestos binarios entre sí
no necesita ser siempre la forma más útil de proceder” (McRobbie 1994: 65). Si alguien
quiere experimentar de veras una orgía de oposiciones binarias (sobre todo entre ‘moder-
nidad’ y ‘posmodernidad’) no se me ocurriría nada mejor que recomendarle el libro de
McRobbie. De esa oposición precisamente se trata.
El régimen de contracrítica de McRobbie es casi idéntico, aunque un poco más desarro-
llado, que lo que podríamos llamar el ‘estilo Clifford’ de hacer a un lado las críticas sin
revisarlas ni siquiera en resumen. Recordemos que para Clifford las reacciones críticas
frente a la antropología posmoderna (que a mi juicio no están desarrolladas maravillo-
samente, pero de todas formas están plasmadas en argumentaciones susceptibles de trata-
29
El ejemplo es mío, para clarificar el efecto. A decir verdad, no me convence tanto Gandhi, pero es lo que
se estila cuando se trata de señalar a alguien que es bueno y ejemplar. Con los personajes detestables no ca-
ben tantas dudas, pero con los virtuosos siempre interviene alguna dosis de subjetividad ideológica o esté-
tica que los torna problemáticos. ¿Quiénes son los buenos? Albert Schweitzer tocaba mal el órgano; Lassie
es un perro; a John Kennedy decididamente no lo consideraría, y a la Madre Teresa o al Dalai Lama creo
que menos. Dejemos Gandhi.

171
miento) eran “incoherentes” y “genéricas”; los antropólogos posmodernos aparecen en su
presentación como las pobres víctimas de la ruindad del positivismo disciplinar (Clifford
1997: 61 y 352). En cuanto a reproducir o reseñar las críticas para luego confutarlas, ni
hablar. El dictamen de Clifford sobre ellas se administra sin trámites intermedios, y el que
no coincide es un incoherente.
El arte de pintarse como mártires de un enemigo truculento, antipático, hostil y genérico
(pero oportunamente silenciado) amenaza constituirse en una constante en las defensas
críticas del culturismo. Observemos la forma entre heroica y melodramática en que Law-
rence Grossberg entreteje lo personal con lo general en la memoria de sus tribulaciones
en el logro de la causa de los estudios culturales:
“… en el camino encontré mucha hostilidad: hacia la teoría en general o hacia teorías
particulares, hacia mi política o la politización del trabajo académico, hacia los estudios
culturales, hacia la interdisciplinariedad, y hacia mis débiles intentos por cruzar las líneas
disciplinares. Sería interesante escribir una historia académica de los estudios culturales
(por ejemplo) a través de un análisis de las cartas de rechazo. Recuerdo cuando presenté
uno de mis primeros artículos –era sobre marxismo y cultura- a una revista de comuni-
cación importante. La carta de rechazo venía con una lista de dos páginas a espacio sim-
ple de palabras que el editor pedía que yo definiera para el lector” (Grossberg 1997a: 29)
De más está decir que en la práctica académica esos rechazos son procedimientos ordina-
rios. Si alguien hubiera objetado el artículo de Alan Sokal que comentaremos más abajo,
los propios estudios culturales se hubieran ahorrado un buen dolor de cabeza. En un sim-
posio de musicología alguna vez me objetaron una ponencia; con razón o sin ella, en todo
caso fue un cuestionamiento hacia mi trabajo, y no una confabulación contra la antropo-
logía. En ciencias un poco mejor establecidas es perfectamente habitual devolver un artí-
culo en el que se han encontrado errores, no ya indefiniciones. Por otra parte, y conocien-
do la facilidad con que Grossberg, al decir de Greil Marcus, se lanza a “flotar en el aire”
con sus vectores y metáforas (Marcus 1986: 78), habría que preguntarse más bien cuáles
eran las palabras que el editor le pidió definir, y por qué su requerimiento ocupó sola-
mente dos páginas.

La crítica como reacción

De la primera variedad no vale la pena ocuparse mucho tiempo por la inmediatez de su


perspectiva y porque, en efecto, algunas veces fue una expresión de mera repulsa frente a
una novedad. Pero unas cuantas observaciones no estarán de más. Algunos culturistas a-
firman que, dado que el proyecto de los estudios culturales es tanto intelectual como polí-
tico, la resistencia a ellos puede también interpretarse como “reacción” en el sentido ideo-
lógico de la palabra. Ya que están, los culturistas aprovechan para inculpar a las discipli-
nas que los cuestionan de constituirse en guardianas del orden establecido (Carey 1989:
1; Brantlinger 1990: 10-11; Nelson et al. 1992: 5; Inglis 1993: 228; Appadurai 1996: esp.
30, 33; Gray 1996: 204; Johnson 1996; Nelson y Gaonkar 1996: 8; Rooney 1996: 210-
211). Caracterizar a cualquier crítico como reaccionario o ignorante se ha constituido en
un mecanismo de defensa habitual en los estudios culturales. J. Hillis Miller, quien apare-
ce como aspirante a un papel de relevancia en el conjunto de los practicantes del cultu-
rismo, desarrolla el cliché de esta forma, adosando cualificaciones medrosas y calificati-
vos tremendos. La observación política (entre corchetes) pertenece al original:

172
“ … pienso que el ataque contra los estudios culturales son, en un grado considerable, un
desplazamiento de la hostilidad hacia la teoría europea y la deconstrucción. Esto es
evidente a partir de la forma en que los ataques [generalmente formulados desde la dere-
cha] a menudo fusionan a ambos. Esta ignorancia de la diferencia entre la así llamada de-
construcción y los estudios culturales es sin duda en parte evidencia de la profunda ig-
norancia de esos atacantes, quienes a menudo parecen no haber leído una sola palabra de
aquello que atacan. … [M]uchos de los que atacan a los estudios culturales y a la teoría
escriben desde una asombrosa y profunda ignorancia” (Miller en Munns y Rajan 1995:
678).
Poniéndose del lado de las prácticas anti-disciplinares de los estudios culturales, Arjun A-
ppadurai (profesor de Humanidades en la Universidad de Chicago) protesta contra “el ala
proteccionista de la antropología, [que] ha unido sus fuerzas a las de los conservadores li-
terarios para deplorar, con la habitual falta de consideración por el detalle, todas las for-
mas de lo ‘posmoderno’, entendiendo por ello todas las formas de teoría cultural que sur-
gieron después que ellos dejaron de leer” (Appadurai 1996: 29).
Tengan las disciplinas que ver con ello o no, la crítica genuinamente reaccionaria, sin em-
bargo, existe. El texto de crítica conservadora sobre el cual los estudios norteamericanos
vuelven una y otra vez es el clásico panfleto de Roger Kimball Tenured radicals: How
politics has corrupted our higher education (1980), cuyo título pienso que lo dice todo: la
universidad politizada, plagada de rojos, deconstruccionistas, nuevos historicistas y pos-
modernos, que ha dejado de ser el-lugar-al-que-se-va-a-estudiar. El objeto de ataque de
Kimball es no tanto los estudios culturales en sí, como la perspectiva que en los años o-
chenta se hizo conocida como “corrección política”, con la cual al menos un conjunto im-
portante de los culturistas americanos se identifican (p.ej. Carey 1997b). Al lado de Kim-
ball hay otros personajes y organismos conservadores reconocidos, como la National
Association of Scholars de los Estados Unidos, que periódicamente atacan al culturismo
o a las ciencias sociales, o más a menudo a ambos, sin demasiada distinción. Sus llama-
mientos establecen como objetivos cosas tales como “redimir a la educación superior nor-
teamericana de la servidumbre intelectual y moral a fuerzas que tienen muy poco que ver
con la vida de la mente o con la transmisión de conocimientos”, etcétera (citado por
Rooney 1996: 208). También ha sido muy mentada la crítica oblicua y despreciativa del
autor del popularísimo The Western Canon:
“Los que ahora se llaman departamentos de Inglés serán renombrados departamentos de
‘Cultural Studies’, donde los cómics de Batman, los parques temáticos mormones, la
televisión, el cine y el rock reemplazarán a Chaucer, Shakespeare, Milton, Wordsworth y
Wallace Stevens” (Harold Bloom, The Western Canon, citado por Brooker 1998: 1).
La crítica conservadora o reaccionaria contra los estudios culturales debería ser tomada
como lo que es. Los estudios no están solos en esa batalla, que habla más de los desatinos
de ciertos críticos que del carácter genuinamente subversivo del culturismo, el cual en los
últimos años se ha tornado bastante más inocuo que lo que los censores de derecha imagi-
nan. Por otra parte, si hay algo que un movimiento no puede hacer es servirse de las críti-
cas desleales que se le han enrostrado para generalizarlas y hacer creer que todas las obje-
ciones son de la misma estofa. Concedamos que hay una multitud de críticas reprobables,
surgidas tanto del thatcherismo en Inglaterra como del anticomunismo ancestral de los
Estados Unidos; pero no le haría bien ni a los culturistas ni a los antropólogos que aun
sientan atracción por los estudios culturales fantasear que todas las objeciones que se les

173
han formulado obedecen a la misma motivación reaccionaria o poseen el mismo valor de
verdad.

Crítica nativa, autocrítica y contracrítica

La crítica interna ya fue tratada ocasionalmente en el cuerpo del ensayo. Involucra a los
estudios culturales post-Birmingham y en general puede decirse que trasluce la necesida-
des antagónicas de recuperar una ortodoxia o de adaptarse a los dictados de la posmoder-
nidad. Esta clase de crítica casi siempre termina a) invitando a un retorno a los primeros
lineamientos en términos de economía política, b) procurando establecer la ‘etnografía’
como paliativo al análisis discursivo de telenovelas y periódicos, o c) denigrando a los
que mantienen posiciones de izquierda como relictos fósiles, como si estar a la moda fue-
ra un importante valor metodológico. Pero en la discusión concreta, en el escenario ma-
yor, hay todavía más que esto. Están también, además, las cuestiones de la autocrítica y la
contracrítica, y el manejo de la ansiedad que es esperable cuando quien es cuestionado lo
es en términos que no puede confutar satisfactoriamente. Aprovecharé los párrafos aquí
agrupados para poner en tela de juicio el estereotipo culturista que afirma que en su inte-
rior se ha desarrollado una práctica crítica especialmente refinada y fructífera. El espectá-
culo a presenciar en los pocos ejemplos escogidos, por el contrario, nos pone frente a un
estilo de polémica todavía más cruento y primitivo que lo que se acostumbra en otros es-
pacios del saber.
En toda crítica subyace el riesgo de la generalización indebida, al lado de la necesidad de
generalizar en algún grado razonable si es que la crítica ha de ser posible. Afirmar que un
crítico “generaliza” (o como también se estila, que lo que se critica está “fuera de contex-
to”) no siempre constituye un alegato retóricamente persuasivo o lógicamente correcto.
Los argumentos de David Morley (1998a) ejemplifican con suma claridad un intento de
defensa global de los estudios culturales mediante el expediente de alegar que muchas de
las críticas que se formularon al movimiento se aplicarían sólo a algunas variantes de él,
y no a la totalidad de sus manifestaciones. Cuando Greg Philo y David Miller (1997)
cuestionan la caída de los estudios culturales en el posmodernismo, el populismo y el
relativismo, Morley responde:
“El blanco central de Philo y Miller es, de hecho, una cierta variedad de posmodernismo
relativista. Sin embargo, … ellos igualan esta perspectiva particular con los estudios cul-
turales como totalidad. … No alcanzan a reconocer que no hay una correspondencia ne-
cesaria entre estar ‘dentro’ de los estudios culturales y operar con una epistemología re-
lativista y un compromiso con el posmodernismo. El hecho de que, coyunturalmente, esta
ha sido la posición prevaleciente dentro de los estudios culturales (especialmente norte-
americanos) durante un cierto período, no significa que sea algo ‘dado’, ni que otras pos-
turas no sean posibles” (Morley 1998a: 486-487).
¿Una ‘cierta variedad’? ¿Una ‘perspectiva particular’? ¡El mismo admite que es la posi-
ción prevaleciente! Morley aplica los mismos mecanismos de defensa cuando se trata de
salir al cruce de críticas que cuestionan al movimiento por sus ataques enajenados contra
disciplinas como la sociología: argumenta que en alguna parte subsisten, como en su
propio caso, culturistas que piensan que alguna dosis de sociología es necesaria. Al fin y
al cabo, dice, también hay relativismo y posmodernismo en otras disciplinas (Morley

174
1998a: 480-481). Sin embargo, como hemos visto, la despolitización, el textualismo, el
populismo celebratorio, la etnografía deficiente, la improductividad técnica y metodoló-
gica, la ortodoxia soterrada, la autocelebración, el culto a los ancestros y los engreimien-
tos antidisciplinarios que motivan el fondo de las críticas no son privativas del momento
posmoderno, ni son detalles esporádicos, o poco representativos. Que las otras disciplinas
no estén libres de culpa no obliga a deponer las piedras; es más, resulta por completo irre-
levante.
Morley aduce que no se puede condenar a una disciplina por una investigación fallida o
una teoría inepta, y esa es una petición atendible; pero cuando lo que falla es una propor-
ción desmesurada de la producción de un movimiento, eso es signo de que algo anda mal
en él, pues una práctica vital, rica y plena no hubiera podido ser tan fácilmente cooptada
por una postura que él mismo reconoce anómala. De nada vale matar al mensajero, o de-
nunciar una confabulación universal. De nada vale tampoco que un culturista “nativo”
niegue lo que un número creciente de pensadores independientes, miembros de otras dis-
ciplinas y muchos de ellos mismos perciben con claridad y distinción. Los estudios cultu-
rales están rotundamente en crisis, y de ello se trata. Ninguna excepción dentro de la co-
rriente justifica imponer que los críticos se llamen a silencio para no perjudicar a los jus-
tos.
Una de las particularidades que más me han llamado la atención en el tratamiento cultu-
rista de la crítica tiene que ver con su absoluto silenciamiento de toda opinión que se haya
formulado en otros campos del saber a propósito de los modelos que ellos han decidido a-
ceptar como influencia. De esta manera, Hall adopta como paradigma a Althusser (por
nombrar un caso) ignorando de plano la infinidad de críticas que este engendrara en la fi-
losofía y en la intelectualidad de todo el planeta, y como si fuera un autor sobre el que no
pesa la menor sombra de sospecha (Hall 1996b). A su turno, Grossberg (1997a), Storey
(1993) y McRobbie (1994) harán lo propio con Lyotard, Derrida, Foucault, Deleuze y
Baudrillard, como si todas las objeciones que estos suscitaran fueran por definición
insustanciales, y como si una ‘teoría crítica’ como la que ellos intentan delinear no estu-
viera obligada a considerar las críticas concretas a sus fuentes de inspiración como el fac-
tor a tener en cuenta en primer lugar.
La autocrítica tampoco se ha cumplimentado tan bien como se insinúa. Los autores incor-
porados al movimiento han sido en este sentido tan transigentes, leves y esporádicos co-
mo los practicantes de cualquier otra disciplina. En la práctica académica todo el mundo
se acoge a la Primera Enmienda: nadie está obligado a testificar contra sí mismo. No cabe
esperar entonces que sean muchos los que se inmolen en nombre de la consistencia lógica
o de la búsqueda de la verdad. Hasta aquí todo bien, salvo que los estudios culturales se
precian de ser autocríticos en un grado superior y muchos se han tragado la fábula. En el
curso del ensayo he citado dos casos de autocrítica genuina: Lawrence Grossberg y Dick
Hebdige. No creo que existan más, aunque el movimiento considera que los casos de An-
gela McRobbie, Ien Ang, David Morley, Janice Radway y John Fiske también califican
(Barker y Beezer 1992: 6-12).
Creo que hay una interpretación alternativa que es mucho mejor. Sin necesidad de ana-
lizar caso por caso, está claro que la inflexión ‘autocrítica’ que se ha creído percibir en to-
dos estos autores es correlativa al cambio experimentado por los estudios culturales cuan-
do abandonaron los últimos resabios de bandería marxista para arrojarse a las fauces del

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posmodernismo. Se trata de excusas, coartadas y racionalizaciones, no de autocrítica. El
cuestionamiento de sus propias obras juveniles por parte de McRobbie, Ang, Morley,
Radway y Fiske se puede entender mejor como una operación retórica tendiente a salva-
guardar su nueva postura que como una crítica lesiva a su propia trayectoria. Ni uno solo
de estos casos, a fin de cuentas, es ajeno a la dinámica de ese cambio global. Lo que los
presuntos autocríticos acaban cuestionando es, entonces, más la postura de los colegas
que todavía insisten en inscribir los estudios en el marco socialista fijado por Raymond
Williams, que a lo que pudieran haber dicho o hecho ellos mismos en sus años formati-
vos. Esta autocrítica tiene un valor agregado como crítica a otros: los autocríticos presu-
men haber experimentado el error en carne propia. Nunca se trata de un enunciado del ti-
po “me equivoqué, y aun estoy en busca del camino correcto”; más bien es algo que afir-
ma que “antes estaba tan errado como mis críticos; ahora ya no”. Cuando alguien sufre
una conversión (como las que en antropología han experimentado Stephen Tyler, Andrew
Vayda, Charles Frake, Dell Hymes, Ian Hodder) no debería ser tan automático categorizar
la crítica a las formas anteriores como autocrítica: la autocrítica ha de ser crítica de lo
mismo, no de las opiniones contrapuestas, aunque en algún momento hayan sido propias.
Si bien hay unas cuantas críticas en el interior del movimiento que apuntan a cuestiones
de orden metodológico (y una buena proporción de ellas es de excelente nivel), los estu-
dios culturales no se han mostrado igualmente idóneos en la enunciación de sus respues-
tas. Tampoco quienes formulan las mejores críticas tienen los papeles en orden en las in-
vestigaciones positivas o en las elaboraciones teóricas que han dado a la imprenta. Y me-
nos todavía ocurre que las críticas, aun las más evidentemente fundadas, hayan generado
en el ambiente culturista algún grado de consenso. Por el contrario, la acumulación de
escritos originales, sus críticas de primer orden, las respuestas de los interesados y la
evaluación crítica de todo esto por parte de terceros ha generado un estado de vida sus-
pendida en el que los asuntos más acuciantes siguen sin resolverse.
No hay más remedio que analizar esta situación en un cuarto orden de crítica para ilustrar
lo que acabo de decir. Tomemos como caso testigo inicial las críticas de Jim McGuigan,
Peter Golding y Graham Murdock al populismo de John Fiske y Paul Willis, y la evalua-
ción que John Storey hace de estas críticas. No me interesa tanto caracterizar aquí los
contenidos presuntamente populistas de las contribuciones iniciales de Fiske y Willis. Lo
concreto es más bien que la lectura de estas por parte de McGuigan, Golding y Murdock
hacen concluir a estos autores la necesidad de restablecer vínculos más firmes con la e-
conomía política. Veamos ahora la evaluación que realiza Storey de esos cuestionamien-
tos:
“A pesar de su defensa de las aproximaciones a la cultura en términos de economía
política, McGuigan nunca ofrece ejemplos de lo que él llama ‘estas disposiciones más
fundamentales’ para que podamos compararlos críticamente con las estrategias de Fiske y
Willis. Sospecho que la razón es que podrían parecer insanablemente reductivas. … Gol-
ding y Murdock sugieren que el trabajo de teóricos como Willis y Fiske en su ‘celebra-
ción romántica del consumo subversivo está claramente en contradicción con la preocu-
pación de larga data de los estudios culturales por la forma en que los medios de comuni-
cación de masas operan ideológicamente, para sostener y sustentar las relaciones preva-
lecientes de dominación’. Lo que es particularmente revelador sobre esta afirmación no
es la crítica de Willis y Fiske, sino el supuesto sobre los propósitos de los estudios cul-
turales. Parecen sugerir que a menos que pongamos el foco firmemente en la dominación

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y la manipulación, los estudios culturales están fracasando en su trabajo. Hay sólo dos
posiciones: por un lado, la celebración romántica, por el otro, el reconocimiento del poder
económico. ¿Sólo la segunda constituye un propósito serio de investigación? ¿Son todos
los intentos de mostrar a la gente resistiendo la manipulación ideológica formas de cele-
bración romántica? ¿Es el pesimismo de izquierda y el izquierdismo moral la única ga-
rantía de seriedad política e investigativa?” (Storey 1993: 194).
Observemos que, primero que nada, la crítica de McGuigan, Golding y Murdock estable-
ce la lealtad al programa prístino de los estudios culturales como un mérito argumentativo
substancial. Y en segundo lugar, en la crítica de tercer orden de John Storey la cuestión
no pasa tanto por la fundamentación de los juicios conforme a valores y procedimientos
de orden metodológico, sino una vez más por la mayor o menor conformidad con los pro-
pósitos últimos de los estudios culturales y sobre todo (la última pregunta de Storey es
especialmente reveladora) por el posicionamiento de cada quien en la discusión política.
Esto se transparenta con todo dramatismo en la siguiente observación conclusiva:
“Puede ser verdad que en una situación de investigación ideal el análisis cultural (dados
un tiempo y una financiación adecuados) puede permanecer incompleto hasta que la pro-
ducción y el consumo queden vinculados dialécticamente, en el mundo real de los estu-
dios este no va a ser siempre el caso. La insistencia de McGuigan en el sentido de que la
única aproximación realmente válida al análisis de la cultura popular es la de la economía
política de la cultura no sólo es mentira, sino una forma no calculada de stalinismo polí-
tico que puede resultar sólo en una distorsión reductiva y, en última instancia, en el aho-
gamiento de la investigación en los estudios culturales” (Storey 1993: 199).
O sea: puede que tengas algo de razón, pero nadie tiene tiempo ni dinero para hacer lo
que haría falta; o puede que no tengas nada de razón porque eres un stalinista mentiroso
que pretende sofocar todo género de indagación que no te complazca. Y te guste o no, los
estudios culturales de Willis y Fiske son más estudios culturales que los tuyos. Suficiente
de esto, pero ¿no les parece que el nivel argumentativo se ha venido un poco abajo?
Si examinamos los frecuentes debates internos del culturismo presenciaremos por todas
partes este mismo espectáculo de “abuso personalizado, argumentos ad hominem, acusa-
ciones de traición o de vigores menguantes, en un espíritu de revuelta generacional” que
David Harris ha encontrado en los intercambios críticos entre Geras y Laclau-Mouffe
(Harris 1992: 35). El mismo Harris ha identificado otra maniobra argumentativa típica en
debates académicos y conferencias del movimiento: las profesiones de modestia, una es-
tratagema que nunca falla. Esta táctica aparece en todo su esplendor en las discusiones
entre Stuart Hall y Bob Jessop sobre el thatcherismo. En ellas Hall argumenta que una de
las razones para desarrollar una concepción admitidamente sobre-ideológica del “populis-
mo autoritario” es una ambición intelectual aparentemente inofensiva de agregar una es-
pecie de nota al pie a ciertos aportes de Gramsci, en la misma tesitura en que un profesor
veterano puede dedicar su vida a un poema olvidado (Hall 1985: 119). Hall también for-
mula una cantidad de homilías pedagógicas sobre la necesidad de “aprender lecciones” y
“doblar la cerviz”. Pero el mismo escritor no tiene empacho en referirse a sus rivales co-
mo “chiflados” que están ofreciendo “un cortés terrorismo intelectual”, e intentan “llevár-
selo por delante” o “chantajearlo” (Harris 1992: 35-36). También hay otros trucos retóri-
cos defensivos dignos de mención en los empeños de Hall y sus seguidores: el hábito de
anunciar un estado de permanente re-comienzo (que se plasma en los oportunamente lla-

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mados working papers), de manera que nadie pueda evaluar la perspectiva por sus resul-
tados (ibid.: 47).
No importa la intertextualidad crítica que tomemos como ejemplo: podríamos haber ilus-
trado el argumento con los cuestionamientos originales de Grossberg a ciertos estudios
culturales, la crítica de Greil Marcus a Grossberg y la ulterior defensa de Grossberg por
Meaghan Morris (Marcus 1986; Morris 1997). Lo mismo da: siempre, absolutamente
siempre, la discusión se funda en el mismo doble criterio. La multiplicación de casos co-
mo el de la serie Willis-Fiske-McGuigan-Golding-Murdock-Storey o de otras secuencias
aun más largas (porque podríamos considerar también las respuestas de McGuigan-Gol-
ding-Murdock a Storey, la contestación de este y así hasta el éxtasis) no hacen más que
trasuntar por dónde pasan los parámetros últimos de evaluación teórica: por la mayor o
menor conformidad con la ortodoxia de los estudios culturales (o lo que es análogo, con
sus libertades inherentes, no menos definitorias) y por la mayor o menor corrección polí-
tica, que alternativamente se definirá como la fidelidad a los mandatos de un marxismo
más o menos clásico, o como la aceptación del relativismo a tono con los tiempos pos-
modernos que ha venido a suplantarlo. Nunca vi a nadie convencer a sus oponentes. No
hay en todo este trueque ninguna posibilidad de refinar verdaderamente el debate, ya que
en este intercambio rabioso de improperios todo está predefinido en función de las
posiciones irreductibles que cada quien haya decidido tomar.

La crítica científica

En cuanto a las críticas cercanas del tercer tipo, los estudios culturales tardarán algunos
años en recuperarse del escándalo provocado por el llamado Sokal hoax, aunque las vícti-
mas hayan sido más bien los posestructuralismos que aquellos suelen tomar como refe-
rencia. La historia es simple: Alan Sokal, profesor de física de la NYU, falsificó sin mu-
cho esfuerzo un artículo con ridiculeces alambicadas al lado de citas reales (que no con-
trastaban demasiado con aquellas) y las publicó en Social Text, un órgano respetado de
los culturistas (Sokal 1996). Un poco después reveló el ardid, demostrando que los estu-
dios culturales y demás campos conexos se encontraban con algo más que las defensas
bajas, y que entre una extravagancia deliberada y la práctica intelectual ordinaria no exis-
tía mayor diferencia. Lo que más dramáticamente manifiestó la desnudez intelectual de
los personajes cuestionados, sin embargo, fue el conjunto de argumentos con que respon-
dieron. Ni una sola respuesta tuvo algo que ver con los razonamientos concretos que se
había formulado Sokal o con las teorías puntuales puestas en tela de juicio. Casi sin ex-
cepciones, se cuestionaron los posibles objetivos ocultos, el perfil profesional o la nacio-
nalidad del crítico. Si cabía alguna duda sobre la absoluta parálisis crítica de un movi-
miento que precisamente había hecho de la crítica su bandera, el papel que los estudios
culturales desempeñaron antes, durante y después del escándalo las despejó para siempre.
Siete años antes de que estallara el caso Sokal escribía John Ellis:
“Los deconstruccionistas generalmente han reaccionado con hostilidad e incluso ultraje a
cualquier crítica seria de la deconstrucción y por lo tanto a cualquier posibilidad de inter-
cambio con sus oponentes intelectuales. Dada esta respuesta inicial, es casi inevitable que
cualquier contestación estará apuntando no a los argumentos que se hayan hecho, sino a
las credenciales y motivos de los oponentes” (1989: viii).

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Que no se diga que a los estudios culturales no les cabe el sayo: la buena acogida que ha
tenido el deconstruccionismo en el movimiento no puede discutirse. La deconstrucción es
uno de sus procedimientos favoritos en las analíticas más recientes, y más de una vez los
culturistas han salido en su defensa exactamente en los términos que Ellis puntualiza
(Curti 1992: 138-142; Kellner 1995: 112-117, 299; Hebdige 1996: 183-184; McRobbie
1994). En el apartado anterior hemos visto esa clase de contracrítica en acción.
Más allá de que la demorada reacción científica contra los diversos irracionalismos con-
temporáneos me resulte refrescante y bienvenida, no puedo menos que señalar que hay un
punto de ella que me parece ampliamente perfectible en lo que a los estudios culturales
concierne: me refiero tanto a la falta de foco de esas críticas como a su carencia de una
verdadera exhaustividad. El contendiente que las diversas críticas científicas han definido
es todavía demasiado multiforme: comprende al posestructuralismo, al posmodernismo,
al relativismo epistemológico, a la deconstrucción, a los constructivistas sistémicos, a los
estudios sociológicos o culturistas de la ciencia, a la fenomenología, a la hermenéutica, al
lacanismo, a la historia cultural y también a cierta semiótica (vénase Sokal 1996; Gross y
Levitt 1994; Gross et al. 1996; Nanda 1997).
Sin dejar de reconocer que todos esos campos exhiben un fuerte aire de familia en su tra-
tamiento de la ciencia, y que además suelen responder corporativamente a las críticas, ca-
da uno de ellos incluye el trabajo de innumerables intelectuales y un conjunto inmenso de
opciones, a menudo antitéticas, que merecerían ser trabajadas con mayor sentido del con-
texto y en una escala adecuada de detalle. Si el la falta de profesionalismo en materia de
ciencia de los partidarios de los estudios culturales o de las prácticas que le son ideológi-
camente afines es un fenómeno susceptible de cuestionamiento, sería bueno no incurrir
en el efecto simétrico de tratar estos campos como una nebulosa indiferenciada de la que
se puede dar cuenta como al pasar. Cuando el blanco es demasiado grande, el golpe llega
débil y alcanza a los que no debiera. Algunos culturistas, por ejemplo, aplauden el inge-
nio de Sokal; pero consideran que en la coyuntura los estudios culturales sólo han sido un
ítem más en la enumeración, y que la culpa mayor ha de ser de algún otro (Striphas
1998a: 462). Ahora que el argumento general ha sido establecido con toda contundencia,
resta articular los análisis particulares. Algunos ya han comenzado a hacerlo (Sokal y
Bricmont 1997; Koertge 1998); pero la tarea pendiente es formidable.

La crítica disciplinar

Y esto nos lleva al tipo cuatro. Dado que los estudios culturales se han definido tan
abiertamente como una crítica de las disciplinas y de sus condiciones de producción y re-
producción, debería ser de interés analizar lo que estas piensan de una postura que se cree
llamada a reemplazarlas en el gusto del estudiantado o que, llegado el caso, se propone e-
fectuar movimientos efectivos para suprimirlas. Pero las disciplinas, en general, todavía
no han elaborado un tratamiento crítico del culturismo con la profundidad que el asunto
merece. Parece haber también un problema de reflejos lentos y mala sincronización; los
partidarios de una ciencia social están aplicando el principio de desensillar hasta que
aclare, cuando el hecho concreto es que la oscuridad es cada vez mayor. Siendo también
los estudios culturales una corriente mucho más acotada que cualquier institución dis-
ciplinar, es de suponer que aquellos están más concentrados en desbancar las disciplinas

179
de lo que estas lo están para hacer frente al nuevo intruso. En lo que tiene que ver con la
cuestión metodológica de fondo, los practicantes de disciplinas convencionales tienen
otras cosas en qué pensar, después de todo; los que cultivan estudios culturales (o al
menos muchos de ellos), no necesariamente. De aquel lado apenas hubo unos cuantos
escarceos evaluativos, que son los que ahora pasamos a revisar.
No pienso plantear aquí nuevamente el tema de las tormentosas relaciones entre los estu-
dios culturales y la sociología, porque ya me he ocupado en otra parte de ello. Restan sí
por revisar las inflexiones de crítica recíproca entre el movimiento y algunas ciencias so-
ciales que nos han quedado como residuo: historia, semiología, ciencias de la comunica-
ción. Lo haré de manera muy sumaria, porque como no he emprendido una investigación
sistemática de este punto, los materiales a mi alcance son residuales a mis prácticas habi-
tuales de lectura. Para tener una idea más clara habría que rastrear paso a paso bibliogra-
fías más específicas. Por el momento, el escenario por dibujar puede comprenderse como
una percepción inicial (ignoro en qué medida representativa del panorama completo) de
algunas implicaciones que presentan los estudios culturales para el puñado de disciplinas
que mencioné antes, sacrificando toda mención a otros campos (estudios literarios,
geografía cultural, ciencias de la educación) respecto de los cuales carezco de toda
competencia.
Analicemos primero el caso de la historia. El historiador Keith Windschuttle (1996) ha
decidido encarar en nombre de su disciplina un ataque frontal contra diversas concepcio-
nes textualistas, aunque su foco es una vez más demasiado amplio: al lado de los estudios
culturales cuestiona la semiótica de Todorov, la antropología cultural de Sahlins a propó-
sito de Hawaii y a los relativistas y hermeneutas que se han metido en el campo de la his-
toria sin el entrenamiento disciplinar requerido. Organizando sus materiales, Windschut-
tle nos trasmite la sensación de que la disciplina de la historia ha caído muy recientemen-
te en los mismos dilemas que en otras prácticas ya se han aposentado hace unas décadas:
“La sociología, la antropología y la psicología han sido siempre presa de teorías a la
moda y a veces extravagantes; pero, mientras la historia permanecía intacta, las humani-
dades y las ciencias sociales sustentaban ciertos títulos de respetabilidad intelectual. Es
sorprendente lo rápido que esto ha cambiado” (Windschuttle 1996: 2).
El libro de Windschuttle es brillante, se lee muy bien y probablemente tenga razón en ca-
da uno de los puntos que plantea, pero al constituir los estudios culturales uno solo de los
contendientes que define (y al no merecerle una crítica particularizada) no cabe aquí tra-
tarlo con detalle.
Aunque no estoy calificado para evaluar algo tan complejo como la relación entre el cul-
turismo y una disciplina que me es ajena, me da la impresión de que entre estudios cultu-
rales e historia se interpone una formación mixta: la llamada ‘historia cultural’. Se trata
de un movimiento dentro de la práctica histórica que ha recibido de lleno el impacto de la
antropología interpretativa a la manera de Clifford Geertz. La historia cultural hizo furor
a partir de mediados de los años ochenta, cuando Robert Darnton publicó The great cat
massacre (1984). En la misma línea que El retorno de Martin Guerre de Natalie Zemon
Davies, el libro era expresión de una nueva modalidad de hacer historia, entre literaria y
hermenéutica, con un previsible foco en la cultura como conjunto de significados discur-
sivos. En exacta contemporaneidad con el surgimiento de la antropología posmoderna, y
la consiguiente pérdida del liderazgo que Geertz detentaba en nuestra disciplina, el descu-

180
brimiento de este autor por historiadores e historicistas lanzó a una cierta concepción de
la antropología al primer plano en un campo disciplinar inesperado.
En la gestación del nuevo paradigma participaron también otras influencias. Michael
Steinberg, del Departamento de Historia de la Universidad de Cornell, considera que la
historia cultural es
“ … el resultado de nuevas demandas críticas traídas a colación desde dentro de la pro-
fesión y concentradas primariamente en el principio psicoanalítico, estructuralista y de-
constructivo de la no transparencia del lenguaje y del principio foucaultiano de la im-
bricación mutua entre conocimiento y poder” (Steinberg 1996: 109).
Pero está claro que estudios culturales e historia cultural no se han conjuntado aun en el
sincretismo por el cual aboga Steinberg (1996: 127). Por el carácter tumultuoso que to-
maron las controversias en torno de la historia cultural, entiendo que el proceso operó co-
mo un efecto de distracción que todavía está obstruyendo la irrupción plena de los estu-
dios culturales en la disciplina de la historia, y que hará por unos años más (véase Hour-
cade, Godoy y Botalla 1995). Hasta donde conozco, los historiadores siguen hablando de
su giro antropológico; no me parece que su discusión sobre los estudios culturales tenga
todavía la misma masa crítica que esa otra polémica.
Culturistas y profesionales de la historia son, todavía hoy, conjuntos poco solapados. Con
más virulencia aun que el estructuralismo de los años sesenta, el posestructuralismo se
opone a la historia, pese a las ocasionales referencias a genealogías y epistemes foucaul-
tianas que de todos modos califican más como estructuras que como procesos, y cuya
génesis histórica no se indaga jamás. Cuando Aijaz Ahmad, Terry Eagleton, Fredric
Jameson, Francis Mulhern y otros se reúnen para contestar a los estudios culturales pos-
modernos en In defense of history (Wood y Foster 1997) lo hacen para vindicar una
concepción de la historia que encuentra en el culturismo a su oponente, y no tanto para
afrontar un enemigo interno, enquistado en el interior de la disciplina.
Una disciplina que no ha encarado todavía una crítica ordenada de los estudios culturales
es, curiosamente, la semiótica. Entiendo que hoy existen cuatro semióticas:
 La semiótica ‘oficial’ de Indiana, tutelada por Thomas Sebeok, que tiende a degenerar
en tecnicismos ocasionales derivados del estructuralismo sesentista.
 La semiótica pos-soviética de Tartu (Estonia), liderada por Yuri Lotman. Está inte-
grada a la anterior por motivos institucionales. Usualmente deriva en un culto semi-
posmoderno a la figura de Bajtín, objeto de constantes redescubrimientos y de lectu-
ras divergentes.
 La semiótica francesa, a la sombra de Julia Kristeva, que practica una escritura oracu-
lar de una indescifrabilidad exquisita, respecto a la cual sería inútil preguntarse si está
en contra o a favor de lo que fuere.
 La semiótica boloñesa de Umberto Eco, que desarrolla un eclecticismo intelectualista
en el que ya no difieren mucho las novelas y los ensayos técnicos (y en el cual son
más analíticas aquellas que estos).
En todas las variantes es evidente que el proyecto de una ciencia general de los signos
con que soñara Saussure está en franca retirada, y que la disciplina en sí se escindió entre

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quienes tienen a los estudios culturales en buena estima y los que se dedican, un poco
más en sintonía con los tiempos, ya no a la semiótica sino más bien a las ciencias de la
comunicación, de la que aquella vendría a ser uno de los órganos técnicos. Tal vez no
sería abusivo considerar que los estudios culturales son lo que la semiología hubiese sido
de haber escogido esta ser más arte que ciencia. Puede percibirse, además, que muchos
estudiosos que hace unos años se habrían definido como semiólogos a secas hoy prefie-
ren, sintomáticamente, presentarse como culturistas que usan eventualmente principios
semiológicos. En lo que a los estudios culturales en versión posmoderna respecta (p. ej.
McRobbie 1994) el proyecto de la semiología se mezcla demasiado con el del estructura-
lismo como para que aquellos le tengan alguna simpatía. Siendo que el modelo de enco-
ding/decoding excede la cota de tecnicismo que los estudios culturales contemporáneos
están en condiciones de asimilar y reproducir en estos tiempos de laxitud, el culturismo
se ha puesto decididamente en contra de la semiología más formal. Esta experimenta un
estado de debilidad demasiado agudo como para intentar, por ahora, algún conato de re-
presalia contra un enemigo tan potente. Un adversario que también, en muchos sentidos,
se le asemeja tanto.
Y tanto se asemejan ambos, al menos en su afán de envolver y dominar a las demás alter-
nativas disciplinarias, que, unidos o confrontados, Mattelart les augura el mismo colapso
en un futuro próximo:
“[L]os estudios culturales, una vez institucionalizados, respetables y reducidos a una
forma de vanguardismo en la crítica literaria, corren el riesgo de encerrarse en el proyecto
megalómano de una ciencia de la cultura que fuese considerada como la ciencia social
por antonomasia, como la ciencia-reina. Ya se sabe lo que ocurrió en Francia con un pro-
yecto imperial semejante, impulsado sin demasiada modestia por quienes se agrupaban
alrededor de Tel Quel y de la semiología estructuralista de los años sesenta. Después de
haber dejado entrever algunas grandes promesas, la ciencia real que se anunció de esta
forma acabó por dejar huellas tan duraderas como las de los castillos de arena” (Mattelart
y Neveu 1997: s/n).
Las ciencias de la comunicación tampoco han afrontado una crítica sistemática de los es-
tudios culturales, pese a que fueron históricamente aquello contra lo cual los estudios se
constituyeron en primer lugar cuando Williams publicó Communications (Turner 1990;
Williams 1962). A pesar del desprestigio de sus formulaciones históricas, estas ciencias
son las únicas en condiciones de desafiar el crecimiento culturista: su curva de creci-
miento no será tan empinada, su cartel no será tan refulgente, pero su población es (to-
davía) más numerosa, se concentra en un foco temático más manejable y no está ligada a
un estilo teórico en particular. Por algo será que los estudios culturales no les tienen sim-
patía. Lawrence Grossberg es uno de los culturistas que han atacado más radicalmente el
ideario de una ciencia de la comunicación:
“La ‘disciplina’ de la comunicación es incapaz de definir sus propios límites dado que
cada objeto o evento es potencialmente ‘comunicación’ y la interpretación de mensajes
como comunicación no posee una metodología consolidada” (Grossberg 1997a: 50).
Como crítica, empero, esta postura no es demasiado consistente con la propia celebración
de Grossberg de la falta de límites de los estudios culturales y de su prescindencia de una
metodología que le sea específica.

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Considero que la obra de James Carey sintetiza algo así como la paulatina transformación
de las ciencias de la comunicación en estudios culturales. Para Carey la sociedad es posi-
ble sólo en la comunicación y a través de ella (Pauly 1997: 3). Su postura cualitativa den-
tro de los estudios de periodismo en los Estados Unidos llevó a Carey a abrazar, con el
tiempo, un marco que casi no exhibe diferencias con los estudios culturales y que él mis-
mo llega a caracterizar en esos términos. La postura de este autor con respecto al movi-
miento es, en estos últimos años, de orden bastante crítico, pero por razones políticas an-
tes que metodológicas. Lo que está muy bien, pero sólo plantea una parte de las cues-
tiones relevantes.
Las críticas formuladas a mediados de los años noventa por el grupo del Goldsmiths’ Co-
llege de la Universidad de Londres, centradas en el desvelamiento practicado por James
Curran en el sentido de que los descubrimientos producidos por los culturistas de la línea
de ‘usos y gratificaciones’ (Fiske, Morley) no hacían sino reproducir hallazgos ya madu-
rados en las ciencias de la comunicación de orientación sociológica medio siglo antes,
han producido una nueva crisis local en el interior del culturismo (véase Curran et al.
1998). Si estos lineamientos de crítica se afrontan con circunspección, eso puede condu-
cir a que en adelante el culturismo lo piense dos veces antes de lanzarse al descarte suma-
rio de las tradiciones disciplinarias, y se resigne a establecer el estado actual de una cues-
tión como requisito de toda investigación en regla. Si en cambio, como parece más proba-
ble, el culturismo sigue batiendo el parche de la fatigada contrastación entre unas disci-
plinas en las que está todo mal y un movimiento en el que todo marcha bien (por razones
de corrección política que ya no resultan ni relevantes ni creíbles) no será mucho lo que
se gane de esta confrontación.
La antropología también ha llegado un poco tarde a la reacción crítica contra los estudios
culturales que parece haberse desatado, cuando mucho, en los últimos tres o cuatro años.
En este estudio hemos considerado la postura de algunos antropólogos que están a favor,
al lado de otros que se posicionan en contra. Pero se trata, casi siempre, de iniciativas rea-
lizadas a título personal. En lo que pude rastrear, hasta ahora ha habido pocos proyectos
organizados de evaluación.
 El primero es el debate que se organizó en noviembre de 1996 en el GDAT, en Man-
chester, continuando una serie de discusiones teóricas que comenzaron en 1986. Las
primeras seis polémicas fueron editadas por Tim Ingold (1996). En 1996 el título de
la jornada fue “Los Estudios Culturales serán la muerte de la Antropología”. Las po-
nencias y la mesa redonda fueron editados con procesador de texto por Peter Wade
(1996), y permanecen todavía sin publicar.
 El segundo trabajo de crítica fue la compilación de Stephen Nugent y Cris Shore, am-
bos profesores de Antropología en el Goldsmith College, de la Universidad de Lon-
dres. Los participantes adoptaron posiciones generalmente contrarias al culturismo
que ya hemos comentado a lo largo de este trabajo (Howell 1997; Stanton 1997;
Werbner 1997; Willis 1997).
La crítica de la antropología a los estudios culturales todavía tiene que articularse y ad-
quirir volumen y fuerza más allá de la alarma institucional, de la diatriba más o menos
motivada o del extrañamiento que produce un estilo distinto. A esta altura de los aconteci-
mientos tal crítica es absolutamente perentoria: ya no es posible contentarse con pro-

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pagandas pueriles, previsibles e interesadas, como las de Rosaldo, Marcus y Clifford, o
con rechazos taxativos pero no elaborados, como los de Sahlins. Tampoco es productivo
seguir pretendiendo que los estudios culturales no existen, como lo hacen Marvin Harris
(1999) o Lawrence Kuznar (1997) en sendos libros sobre los dilemas que afronta nuestra
disciplina en la actualidad. Como decía el mismo Hall, la coyuntura es mortalmente seria
(Hall 1992: 286). Los estudios culturales han venido para quedarse. Lo primero debe ser
leerlos, y leerlos bien.
En una disciplina responsable, entonces, las propuestas, las aceptaciones y los repudios
deben estar definidos de una buena vez en términos rigurosos de método y teoría, o lla-
marse a silencio. Si queremos ser interdisciplinarios, que así sea. Pero elaboremos el pro-
yecto con alguna sensatez, y teniendo en