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Periódico Hoy. 12 Diciembre 2005

TERAPIA DE CARICIAS

FABRICIO COLLADO

Todo ser humano tiene la necesidad de ser acariciado. Pero las caricias a que me refiero van más

allá del contacto físico, como deslizar suave y tiernamente las manos por el cabello del niño o el beso apasionado de los novios. Pueden ser o una mirada, o el toque físico, expresiones habladas

o faciales o simplemente escuchar con atención; una sonrisa, un gesto.

Las caricias pueden ser cualquier acto que implique el reconocimiento de la presencia del otro,

y

tenemos y que imperiosamente debemos satisfacer, pues si no, moriríamos de “inanición” por falta de atención o sufriríamos de una grave desnutrición emocional por falta crítica de amor.

como queriéndole decir, “yo sé que estas ahí

estás vivo y bien”. Es una necesidad que todos

Ideas más elaboradas y profundas son expuestas en el libro de los doctores James y Jongeward, titulado, “Nacidos Para Triunfar. Análisis Transaccional con Experimentos Gestalt”, en el capítulo “El Hambre Humana de Caricias y la Estructuración del Tiempo”, que recoge uno de los

casos más ilustrativos e impactantes sobre las caricias y su efecto positivo en el desarrollo físico

y emocional de las personas y que se presentó originalmente en la película documental Second Chance (Segunda Oportunidad).

Trata de una niña de 22 meses de edad, que fue abandonada por sus padres en un hospital. Susana tenía un peso de una niña de 5 meses (15 libras) y la estatura de una de 10 (56 cmts.); además, no podía gatear y ni siquiera balbucear. Este severo retardo físico y mental fue diagnosticado como Síndrome de Privación Materna”, producto del patente desprecio de sus padres, incapaces de darle cariño, atención y reconocimiento.

Pero el problema fue resuelto: una madre sustituta voluntaria la “alimentaba” con abundante e intenso contacto físico, la cargaba, la mecía, le cantaba canciones de cuna, le hablaba. En fin, la acariciaba. Esto sucedía durante 6 horas al día, los cinco días de la semana. A esta terapia de caricias se sumó todo el personal del hospital y al cabo de unos meses Susana logró una ostensible recuperación: aumentó de peso y creció de estatura, ya gateaba y hacía “solitos”, aunque con ayuda, nos relatan sus autores.

El contacto físico real y el reconocimiento (caricias), positivas o negativas, estimulan el cerebro de quien las recibe, y en el niño, además, estimulan químicamente un crecimiento y desarrollo físico y emocional sanos. Dan a la persona la certeza de estar viva, de existir y estar bien, y aumenta las sensaciones de bienestar.

Las caricias son un reconocimiento y una motivación a vivir; son el sostén sicológico sin el cual

la vida caería al abismo del sin sentido y la persona sufriría un deterioro físico y mental que hasta

podría causarle la muerte.

El mundo hedonista e individualista en que vivimos, tan deshumanizado e inconsciente del prójimo, en el que sólo se vive para trabajar y divertirse, y se trabaja para consumir, y los padres

se olvidan de también alimentar a sus hijos con estas caricias positivas y productivas y pasan por alto (pero muy por alto), que el ser humano es esencialmente espíritu, alma o mente (como quiera llamarle), no únicamente cuerpo o materia.

Si lo dudan, ¿podrían negar que son el egoísmo, la ambición entre otras pasiones humanas (que entran dentro del ámbito espiritual) las que han llevado a la humanidad a enfrascarse en acciones que la hacen padecer dolor físico, como el hambre, las torturas o, peor aun, la guerra?

En cada niño que nace hay la esperanza de cambiar nuestro mundo, si cada padre pone de su parte brindándole ese cariño tan necesario para construirlo en un ser humano integral y emocionalmente sano, en el triunfador que potencialmente somos.