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Guayaquil – Ecuador

09/06/08
OPUGNACIONES

Querido amigo, hoy tuve un día lleno de emociones antagónicas. Me levante


espléndidamente a la hora acostumbrada con esa libertad que me caracteriza. Menciono
esa palabra utópica porque creo ser por el momento un digno acreedor a esa
condecoración debido a mi forma de pensar y actuar. Libertad ante la sociedad, por no
dejarme llevar de la gran masa del consumismo; ante este mundo contemporáneo,
globalizado por un grupo de personas ambiciosas que han interpretado erróneamente a
nuestro querido Carlos Marx; me refiero a los capitalistas que no solo gobiernan sus
tierras, sino que, directa e indirectamente manipulan nuestros países que tienen sed de
un futuro mejor.

Comencé la mañana escuchando las melodías del italiano Ennio Morricone para
estabilizar mis sentidos en el trabajo que me tocaba realizar para la universidad donde
he iniciado mis estudios sociológicos. Pero ni él, ni Golfgang Amadeus, Robert Rich
contribuyeron para que mi mente obtuviera la raigambre sentimental necesaria que me
permita manipular el desliz de mi mano sobre este material elaborado mediante pasta de
fibras vegetales y mal gastado por nuestra mentalidad deshumanizadora hacia la gran
casa, la naturaleza.

Sin pensar dos veces, emigré a la biblioteca de “mi querido” alcalde, perdón, de mi
querida ciudad. En el camino encontré a tres ancianos conversando del órgano político
donde se debate el futuro de la carta magna de nuestro país. En silencio, acostumbrado
a analizar, estaba escuchando sus intervenciones. Cada señor demostraba emotividad y
frustración a la hora de divulgar sus comentarios. Del diálogo que mantuvieron me
agradó la manera coherente de expresar sus ideas y sobre todo sus aún conservadas
costumbres llenas de valores, cosa que, en la actualidad se ha ido desintegrando en la
mayoría de las personas.

Al llegar, me topé con una biblioteca sumamente extensa, pero al consultar por los libros
que pretendía hacer uso, me llevé la ingrata noticia que no existían dichas pandillas de
hojas en ese paraje.
Yo me pregunto, si el “Ilustre” Municipio tiene suficientes recursos para adoquinar la
verdadera cara de la ciudad, tiene tiempo para descreditar, discutir con otras personas y
jugar con la psicología de los ciudadanos que se alegran por ciertas obras materialistas
realizadas (que todo alcalde tiene la obligación de construir); más aún, ¿No podrá dar
de alimentar al hambriento, que apetece de cultura, de educación?, o es que, ¡no le
conviene!, solo sé que es imposible tapar el sol con un dedo.

¡No pido dinero… pido educación! Una educación intrínsecamente de valores. El gran
problema de la sociedad, más que la falta de empleo, es la falta de educación. Digo esto
porque se vive en las calles, en los trabajos, en los establecimientos educativos, hasta en
la biblioteca. Es de suponer (y además de leer), si voy a un lugar donde existen letreros
que piden HACER SILENCIO, pues tengo que regirme a las condiciones establecidas; hago
mención por una jorga de jóvenes que no me permitían concentrar en mi duro ejercicio
de artesano intelectual social. Luego de un lapso, escucharon mis súplicas mentales y
tuvieron la fineza de escabullir.
Yo, feliz por la tranquilidad y motivado por mi trabajo investigativo estuve más
concentrado que los mismos personajes que meditan por horas y horas, hasta que una
mano alcanzó mi hombro. Era Ángelo, un ateo existencialista, pero un buen escritor y
excelente ser humano y amigo; también estudia sociología, pero su vocación va inclinada
a la filosofía y literatura; contradicciones cómicas de la vida, tiene un apellido poco
común y distorsionante para su forma de pensar, Amén. Comenzó a conversar de sus
situaciones casi sexuales que mantuvo con una compañera de curso en un día poco
pensado para él; yo estaba incrédulo, pero su rostro reflejaba la veracidad de sus
palabras. Mientras escuchaba su historia con la faceta de un “pica flor”, culminé el
deber.

Mientras Ángelo me iba relatando detalladamente su experiencia de “un sábado después


de clases”, nos dirigimos al nuevo sistema de recolección de pasajeros, la metrovía; para
endilgar nuestro camino al claustro del estudio. Al ingresar al bus denoté lo que siempre
he tenido presente, la falta de cultura y organización que (lamentablemente) nos
caracteriza a la gran parte de los ciudadanos que vivimos en este espacio costero. Aquí
es cuando vuelvo a padecer una lucha titánica, fervorosa e imaginaria con mi mente. La
psicología contemporánea invierte la culpabilidad de los actos del ser humano a
condiciones o fuerzas externas como el clima, el ambiente, etc. Es cierto, el medio que
nos rodea afecta o favorece a cada ser, que significa el adelanto o retroceso de la
sociedad; pero no podemos inocentemente atribuir solo a las condiciones de vida, ya
que, el humano es el único ser (aparentemente) racional sobre la faz del planeta tierra.
La racionalidad es una gran virtud que aún no la aprovechamos, o mejor dicho, no nos
han enseñado a aprovecharla por la ausencia de una educación con calidad. Entonces,
querido Jaime, querido Rafael denos ese alimento que necesitamos y que pedimos a
gritos en cada asalto, violación, “robo express”, en cada niño de la calle, en hogares con
maltrato intrafamiliar y un sin número de realidades que se vive a diario en nuestra linda
ciudad vestida de adoquines y centros comerciales.
Luego de un espacio de tiempo logramos entrar en el bus. (Las personas que aún no han
utilizado la metrovía y desean bajar de peso, les invito que prueben este nuevo método,
donde aparenta ser mejor que elsauna).

Eran ya las 16H00 cuando llegamos a la parada que brinda un paisaje completo de
edificios convertidos en oficinas, bares, entre otros; y más adelante la universidad. Así
mismo, al salir del bus fue otro disturbio. Apresurando el paso llegamos al paraninfo
donde practico el mejor arte que (para mí) puede existir, el teatro. Motivado conversando
con mis compañeros de actuación estábamos esperando a Carmen, la guía de nuestras
locas escenificaciones, conocida en el mundo de la televisión por algunas actuaciones
que ha protagonizado. Llegó un momento del diálogo con los teatreros que nació el
silencio, mi mente enseguida revisó la hora, eran ya las 17H00 y no llegaba la maestra.
Cansado de esperar, huí del sitio despidiéndome de mis colegas de oficio. Me considero
una persona paciente, pero también soy exigente, exigente conmigo mismo y con lo que
me rodea. A Carmen la considero una excelente mujer, preocupada por los pequeños y
grandes detalles; el único inconveniente es su falta de puntualidad. Bueno, nuestra
estructura social considera normal la ausencia de la puntualidad que hasta mencionamos
la tonta expresión: LA HORA ECUATORIANA. ¡Como nos hemos dejado vencer de un
simple reloj!; peor aún, como colocamos el nombre de nuestro país (“soberano”) en el
suelo a nivel nacional e internacional. Sin mucha importancia nos resignamos a ser como
todos, unos simples seguidores del sistema social que decae en el consumismo.
Debemos tener algo en cuenta, el cambio anhelado que encargamos a un pobre hombre
cuando hay elecciones, no se podrá dar, si nosotros no cambiamos de mentalidad.
Me volví a encontrar con Ángelo en la biblioteca de la facultad. Él, recién haciendo el
deber. Yo, recién ojeando las hojas del libro, pues el profesor de Teorías Políticas iba a
tomar lección. Paso el tiempo a una velocidad increíble que ni el mejor automovilista del
mundo le haría competencia. Ya era el momento de entrar al curso cuando la noticia
reservada que Ángelo me dio, no era tan reservada. Todos nuestros compañeros se
habían ya enterado.

Es gracioso, a la vez lamentable, saber que estas estudiando una carrera que implica
muchos valores éticos y morales para tratar de “mejorar la sociedad” y el ejemplo que
recibimos en el aula no lo demuestra.
Entramos a la sala donde se celebran las clases para esperar el arribo puntual y
responsable del profesor, pero, mi sentido común falló, luego de una hora, el ruido de la
puerta advirtió la presencia del pasante.

Un colega del curso, futuro abogado, con su manera de expresarse demuestra un nivel
alto de cultura; nieto de una dama respetada de la ciudad, quien ha sido proclamada
‘hija preclara’ por sus atributos de poeta y de ser humano; también se ha fundado una
escuela a su memoria. Él me propuso “un trabajito”, quería que le ayudara engañándoles
a sus amigos del tajo, a cambio de ese material que separa al pobre del rico, el dinero.
Mi respuesta inmediata fue el silencio. Un silencio que confirmaba mi actitud (creo)
coherente e idealista frente a la más despreciable acción que el humano puede tener, la
corrupción. Mi lucha excesiva mental volvió: ¡Yo no pido dinero, pido educación!, mi
psique está preparada para tener una vida materialmente pobre, pero inmaterialmente
feliz. No señalo ni culpo a mi compañero, tal vez, él se enredó en un ambiente
podredumbre, me refiero a ese lugar donde han nacido varios personajes políticos que
han hecho, por lo general, mala historia. La corrupción no es de una persona, sino, de
todos los que permitimos que suceda una acción impura.
Después de mi tracto taciturno mencioné tres humildes e inocentes palabras: No gracias
compañero.

Al llegar el profesor de la siguiente materia, al cual tenía que presentar el trabajo y dar la
lección, me llevé una noticia poco alentadora: El deber y la prueba escrita serán para la
próxima semana. ¡Que emocionante! Pase algunas peripecias por ese cometido para que
esos folios culminen su camino en mi carpeta.

Pero, al finalizar ese día, todo lo negativo que me ocurrió, siguió siendo negativo y lo
positivo, lo mismo. La única diferencia es que, al salir de mi escuela pude apreciar a la
mujer que me regala su mirada coqueta, me brinda tranquilidad y seguridad; sobre todo,
me obsequia una macro alegría que nunca he recibido de alguna doncella amartelada
hacia mi personalidad. A Evelyn la conocí de una manera tonta (de mi parte), por una
mentalidad incongruente para ese momento; y rara (de parte de ella), por una mentira
cándida que trataba de ocultar su verdadera identidad, disfrazando toda su vida en un
solo nombre, Anahí. Ya son más de cuatro años desde la primera vez que nos conocimos.
Con discusiones, enredos amorosos y todo; conservamos nuestra amistad hasta hace
aproximadamente 41 días. Me siento feliz junto a mi dama. Ahora, la pregunta es: ¿Ella
se siente feliz? Pues habrá que averiguar.

En conclusión querido amigo, he aprovechado cada minuto de este día que es uno
menos en mi vida, haciendo las cosas como mi corazón lo pide, con alegría. Recuerda, si
se desea un cambio, hay que comenzar por uno mismo.
Con cariño, Ronald.