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Cuaderno de

Cuaderno de FILOSOFÍA Y CIENCIAS HUMANAS Nº 19.— Octubre 2003 - Enero 2004 La Academia y

FILOSOFÍA

Y

CIENCIAS

HUMANAS

Nº 19.— Octubre 2003 - Enero 2004

La Academia y la guerra

El eje del mal

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Jacobo Muñoz Veiga

Dolor y guerra. Las mujeres.

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Montserrat Galcerán

Perplejidades sobre el arte de la guerra

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Ángeles Jiménez Perona

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

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Jorge Felipe García Fernández

De la distinción entre el aficionado (filosofía mundana), el profesional (filosofía “académica”) y el filósofo (Filosofía): una discriminación tipológica indispensable para el debate sobre Educación, Universidad y Mercado de Cuaderno de Materiales.

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Simón Royo Hernández

Tiempo, angustia y creación

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Ignacio Fernández de Terán

La ruptura posmoderna de la historia y la realidad

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Francisco Rosa Novalbos

www.filosofia.net/materiales

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

Dirección y edición: Isidro Jiménez Gómez, Francis- co Rosa Novalbos, Jorge Felipe García Fernández.

Consejo de redacción: Mª José Callejo Hernanz, Juan Bautista Fuentes, Virginia López Domínguez, Antonio M. López Molina, Antonio Benítez López.

Publicación de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Versión electrónica:

www.filosofia.net/materiales

cdemateriales@yahoo.es

Cuaderno de MATERIALES Madrid, octubre de 2003 - enero de 2004. ISSN: 1139-4382 Dep. Legal: M-15313-98

Editorial

Ante lo que ocurre, lo que lleva ocurriendo durante años, ante el creciente envile- cimiento de las relaciones internacionales, sociales, ante estas y otras muchas

cosas, nos vemos tentados

mo cansado: ‘esto no debería ser así, esto podría ser de otro modo’. Vana forma de exorcizar los demonios de la historia. Cuesta decir el cinismo con que se ha llevado

a cabo la guerra. Las palabras se detienen, huyen, nos faltan; o, espoleadas por la rabia, se agolpan, se empujan, se atropellan queriendo salir. Cuesta decir estos días difíciles; si bien el lenguaje con que esta campaña reaccionaria e imperial se legi- tima es tan burdamente maniqueo, tan elemental e infantil, que pareciera que con sólo invertirlo, con sólo darle la vuelta como a un guante, tendríamos ante nosotros las verdaderas intenciones que enmascaran sus voceros. No es posible, en todo ca-

so, apresar tanta ignominia y tanto sufrimiento, tanta

a emplear un condicional al parecer tan impotente co-

, tanto

Nunca estuvo tan cercano el horizonte distópico que mostró George Or-

El neolenguaje, el

doblepensamiento, el ‘borrado’ de los cuerpos y la memoria. La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza. ‘Operación Libertad Ira-

quí’

muertos sin duda de la ‘esclavitud’ de tener un cuerpo, liberados algunos supervi-

en parte. Cuesta decir la hipocresía, tal vez el único frágil hilo del que

pende la civilización. Si bien, a qué engañarse, ya leímos entre otros a Walter Ben- jamin y sabemos que la relación entre aquélla y la barbarie no es precisamente la disyuntiva. Ante la movilización total de un incontenible Moloch tecnológico y mi-

litar, la despolitización de unas poblaciones en que, para colmo, las decisiones que realmente las atañen son tomadas en lugares en los que tienen el acceso vetado; an- te la exponenciación del más bajo nihilismo en todas las dimensiones de la vida, la creciente precariedad, inseguridad, incertidumbre; ante la imposibilidad de atrapar

¿qué hacer? Si la circuns-

tancia actual, en la que está en juego la totalidad, no es sentida por los más de modo inquietante, es debido, sin duda, a la industria de la prótesis, la ortopedia y el maquillaje. Como dijera Jünger, hemos pasado el punto cero, la ‘zona cero’. Mien- tras tanto decimos, hacemos y pensamos, escribimos, publicamos, hacemos público nuestro lamento y nuestro pensamiento; no se trata sólo de dolernos, sino de enten- der el origen, las causas, la articulación, la anatomía del dolor.

Este número de Cuaderno de Materiales recoge, en primer lugar, las po- nencias que, como ocurriera tiempo atrás [Cuaderno de Materiales, núm. 17] con el ‘asunto LOU’, fueron leídas y debatidas en el Paraninfo de nuestra Facultad con motivo de unas Jornadas –en este caso, como es obvio, contra la guerra– organiza- das por la Asamblea de Filosofía y Filología. Tales jornadas tuvieron su continuidad, con profesores de ésta y otras Facultades, en una Plaza Mayor conver- tida, por unos instantes, en verdadero ágora. Acompañan a estas ponencias dos artículos que tematizan los estudios de filosofía; el primero se ocupa de acotar la circunstancia política y económica en que tienen lugar las actuales reformas de la educación superior y, por tanto, del lugar que debe ocupar una Facultad de Filoso- fía en tal circunstancia; en el segundo de ellos asistimos a una disquisición que podríamos denominar algo así como ‘de lo conveniente e inconveniente de los es- tudios académicos de Filosofía para el filosofar’. Continuamos con unas reflexiones sobre la creación y la libertad, ese milagroso resquicio, diríamos, esa suspensión de las leyes de la naturaleza y de la historia (natural), esa posibilidad de invertir el movimiento del ‘ensordecedor’ núcleo recurrente o ‘matriz’ que se ocul- ta, de un modo u otro, en todos los artículos que conforman la revista, a través de ese muy otro ‘primer movimiento’. Terminaremos este número con una reseña acerca del libro de Vicente Verdú, titulado El estilo del mundo. La vida en el capi- talismo de ficción, en el cual se nos ofrecen ciertas claves para entender algunos de los temas comentados, como el de la industria de la prótesis y el maquillaje o el neolenguaje.

una causa que jamás está donde el efecto nos golpea

vientes

Liberados los vivos no se sabe muy bien de qué y por qué; liberados los

well en 1984. ‘Libertad Duradera’, ‘Justicia Infinita’

El eje del mal

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El eje del mal

Jacobo Muñoz Veiga*

No es mi intención dar una charla académica más. Y, en cualquier caso, espero que luego haya un coloquio en el que intervengan el mayor número posible de personas, entre otras razones porque creo que en esta facultad sobran mo- nólogos y faltan diálogo y confrontación, que no dejan de ser inherentes a la filosofía o incluso constitutivos de ella.

Voy a intentar simplemente tomarle un poco el pulso a lo que está pasando, y no entraré en cuestiones que serían muy interesantes, como, por ejemplo la de hasta qué punto podría resultarnos hoy útil el pensamiento filosófico clásico sobre la guerra y la paz, como el kantiano, del que nos hemos ocupado este año en un seminario al que han asistido algunos de los presentes, y en el que vimos cómo Kant a la velocidad con la que suele superar todas las cosas, incluso las suyas propias, superó el concepto de guerra justa que ha vuelto a salir estos días en los debates sobre si esta- mos ante una guerra justa o injusta, etc. No voy a seguir por este camino porque entiendo, además, que el concepto ac- tualmente vigente, o la realidad hoy vigente, que es la de la guerra total ha dejado bastante obsoletas las viejas reflexio- nes. De modo que lo que aquí está en juego no es ya si esto es una “guerra justa” o no.

No sólo la guerra total, sino que es precisamente el hecho de que hoy estemos en una situación de verdadera excepcionalidad, y la correspondiente categoría política, lo que podría hoy ayudarnos mejor a entender lo que está ocu- rriendo. Tampoco, pues, las clásicas de pacto, contrato, limitación, autolimitación, etc., que descansaban en una si- tuación geopolítica de balanza de poder diseñada a partir de la Paz de Westfalia, rota en algunas guerras pero recom- puesta finalmente en Yalta y Teherán con los correspondientes tratados y que la caída del Muro ya dejó totalmente en ruinas. Hoy no hay balanza de poder porque ¿entre quiénes podría haber un equilibrio de poder? Hoy só- lo hay un único poder.

Tendríamos, pues, que operar con la categoría de excepcionalidad, y, también, con la de guerra total. Esto nos llevaría muy lejos, lo dejo simplemente apuntado y señalaré que paradójicamente tendremos que empezar a pensar con tratadistas que tuvieron suma importancia como legitimado- res de otro orden excepcional, valga la paradoja, en otro momento histórico; un orden geopolíticamente más limita- do del que hoy recubre la excepcionalidad que es la totalidad del mundo. Me refiero a Carl Schmitt y a la teori- zación de la excepcionalidad a propósito y en el marco del Tercer Reich.

Es evidente también que nuestro vocabulario polí- tico y moral está quedando anticuado porque, claro, seguir hablando de justicia, de libertad, de paz, etc., cuando paz quiere decir guerra, justicia quiere decir lo que quiere decir

(*) Jacobo Muñoz Veiga es profesor de la Facultad de Filosofía UCM. Transcripción: Marta García Muñoz.

esa “justicia infinita”, cuando libertad, la “libertad durade- ra”, en nombre de la que se anuncia la liberación de un pueblo al que se invade, etc., unido al doble rasero al que venimos asistiendo, si algo exige es repensar el vocabulario político y moral o, al menos, por elemental vergüenza, no seguir utilizándolo.

Sentado esto, voy a partir de la constatación de un hecho obvio que está en el aire y es la de que el impaciente César que hoy gobierna el mundo, y que conste que no es- toy pensando en los grandes césares romanos, como esos césares al modo de Adriano, capaces de escoger como le- mas de su reinado el Humanitas Libertas Dignitas, etc., sino más bien en césares tipo Nerón y Calígula, ese César que hoy gobierna el mundo, ese impaciente Calígula que hoy dicta al mundo la nueva ley que es la ley del más fuer- te, como estamos viendo, ha decidido por fin dejar de jugar al gato y al ratón con las Naciones Unidas y una vez dividi- dos los europeos ha puesto en marcha una invasión de Irak, que, como resulta evidente y, además, nadie ignora, estaba programada, y cuidadosamente programada, hace ya mucho tiempo.

Así pues el culebrón montado para quebrar las úl- timas resistencias religiosas, morales y jurídicas a este siniestro proyecto, una resistencia que el César no ha con- seguido quebrar con la rapidez prevista, siendo esto, por otra parte el único aspecto positivo de todo lo que está pa- sando, ha terminado. Y ha terminado como todos pensábamos. Pronto iremos viendo a qué manos pasan – unas manos que, evidentemente, serán eso que Raimon lla- maba Las manos limpias que mandan matar, puesto que las manos que matan materialmente son las manos sucias que, en algún sentido no dejan de ser inocentes–, el control abso- luto de los recursos petrolíferos de la zona, que es lo verdaderamente decisivo en este punto, como todos sabe- mos y muchos callan. Y a qué precio. Pronto veremos, sí, a qué terrible precio. Ya lo estamos viendo, como veremos también con qué beneficios para los procónsules del César.

De beneficios oficialmente se habla poco. Se habla de paz, que es la guerra, se habla de liberación, que es ma- sacre, etc.; alguna vez, de todos modos, se escapa el término beneficios. Recordad la reciente visita del hermano de César en la que de una forma tan ultrajante como mise- rable, señaló con ese guiño obsceno como de banqueros que debaten cómo se van a repartir el botín (y nunca mejor di- cho) habló, decía, de los sustanciosos beneficios que van a haber también para España, lo recordáis ¿no? Y no sólo eso, sino que además, y resulta muy difícil recordar algo parecido, la patética señora Ana Palacio se permitió decir, en plena protesta popular, que el impulso, la denuncia mo- ral de los españoles, estaba bajando de tono porque subía la bolsa y caía el precio del petróleo. Claro, yo no voy a sacar conclusiones morales de esto, que serían muy obvias. Me limitaré, pues, a preguntarme, como se han preguntado mu-

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

chos, cómo se puede llegar a ese nivel, sobre todo cuando se tienen responsabilidades y hay tantas vidas en juego.

En cualquier caso, nuestro deber es seguir protes- tando y denunciando –aunque no vayamos a parar la guerra– porque esto terminará con la destrucción de las es- tructuras básicas de este país y luego con las rentabilísimas reconstrucciones ya adjudicadas a empresas del entorno fi- nanciero y político de la familia del César. Y de sus procónsules.

De momento, pues, saquemos al menos algunas conclusiones relativas, por ejemplo, a ese eje del mal al que con retórica puritana y gesto de cuatrero se ha referido tan- tas veces el César en los últimos tiempos. Apeada Corea del Norte por lo menos de momento, apeado Irán y apeada Siria –aunque todo llegará– de la lista de enemigos a batir de in- mediato y a cualquier precio en nombre de la libertad duradera y de la justicia infinita, parece que el mal tiene un solo rostro, Sadam Hussein. Me temo que es demasiado ho- nor para un dictador tan vulgar, execrable, mediocre y molesto; por lo demás, un típico caudillo árabe no menos despótico que cualquiera de sus vecinos de la zona; y me temo que incluso menos despótico que algunos dictadores alentados, mantenidos y promovidos, con rara tenacidad, por Estados Unidos, sobre todo en América latina.

En cualquier caso, desde luego, demasiado honor; sobre todo si pensamos en lo implausible de ese ataque al “mundo libre”, como se decía antes, con armas de destruc- ción masiva que los propagandistas del César juzgaban inminente, así como en la peregrina tesis de que el tiempo se acaba, justificando esa urgencia, esa prisa por empezar ya la destrucción, en la que tanto ha destacado la señora Pa- lacio, o en lo ridículo –un verdadero asalto a la inteligencia de los súbditos del imperio– de la fábula de la alianza entre el líder iraquí, tan alentado ayer en sus hazañas bélicas por los Estados Unidos, y el fantasmagórico Bin Laden.

Por lo tanto habrá que repartir algo más el mal en nuestro conturbado mundo. Ya sé que mal y bien son tér- minos problemáticos y como estamos entre filósofos recordaré que Spinoza, por ejemplo, decía que bien y mal son fundamentalmente relativos a nuestros modos subjeti- vos de hablar. Yo creo, de todos modos, que, como el mismo Spinoza decía, a falta de términos mejores podemos seguirlos utilizando, en el bien entendido de que son cons- trucciones sociales que adquieren cierto espesor semántico y de los que se diría que, a pesar de todo, no dejan de tener algún fundamento in re, como diría un escolástico.

Si viviéramos en un mundo completamente homo- géneo, sin fisuras, posiblemente todos estaríamos de acuerdo en lo que es bueno y malo, es decir en nuestras va- loraciones al respecto. Ese no es el caso y por lo tanto hay construcciones distintas. El César ha hecho una y, yo mo- destamente, pensando que no soy yo sino un nosotros tentativo, voy a proponer otra, y en orden a esa otra cons- trucción me voy a permitir repasar un poco ese eje del mal, ese otro eje alternativo del mal por el que creo que pasa un número abrumador de figuras oscuras e inquietantes bien conocidas de todos, pero que tal vez no esté de más repetir.

Por el eje del mal entiendo que pasa hoy, en primer lugar, y sobre todo, el hecho terrible de que unas circuns- tancias excepcionales marcadas por los execrables, crueles

y desde luego aún no convincentemente explicados ataques

contra las Torres Gemelas hayan conferido al César, como herencia además de toda una situación geopolítica, a la que me he referido antes al hablar de excepcionalidad, un che- que en blanco, no sólo para ordenar la persecución de delitos sin garantías ni procesos para los presuntos implica- dos detenidos, sino para conferir una licencia para matar

que convierte al propio aparato del estado en productor de técnicas terroristas, y para presentar su agresión al pueblo iraquí, hoy, y ayer, a un Afganistán al que se dijo tener que bombardear para capturar a un cada vez más enigmático e inapresable Bin Laden –puesto que ya parece que debamos irnos preguntando si realmente existe o no–, para presentar esta agresión, repito, como un acto, además, cuyo objeto central sería la liberación, bien del pueblo iraquí, bien del afgano. Por ahora.

O sea, una agresión unilateralmente decidida con el apoyo de los señores Blair y Aznar y sin el de las Nacio- nes Unidas, en nombre de la autodefensa y la seguridad del mundo entero; en nombre de la libertad duradera, claro es, de la justicia infinita, faltaría más, y de la democracia y los derechos humanos.

Por ahí pasa desde luego el eje del mal. Pero de- tengámonos un momento en la cuestión de los derechos humanos. La Declaración Universal de los Derechos Hu- manos fue elaborada inicialmente a instancias de los Estados Unidos –oh paradoja– y se firmó en 1948 como parte de la Carta de las Naciones Unidas.

Desde un principio esta Declaración fue utilizada como un arma de lucha en los enfrentamientos que rodea- ron la guerra fría. Aunque fue un arma débil, todo hay que decirlo, ya que los Estados Unidos mismos no le prestaban demasiada atención cuando se oponía a sus propios inter- eses o conveniencias políticas, que pasaron muy a menudo, como todos recordarán, por apoyar a los más deleznables, siniestros y variopintos dictadores en el primero, en el se- gundo, en el tercero, etc., etc., mundos.

Por esta razón se fundó en 1961 Amnistía Interna-

cional, como una organización transnacional dedicada a plantear la cuestión de los derechos universales en un mun- do geopolíticamente dividido, socialmente fragmentado y a

la vez en vías de globalización.

Con el final de la guerra fría, ese uso o abuso polí- tico directo de los derechos universales como arma se ha hecho menos común, con excepciones: China, Cuba, ahora Irak. Y como contrapartida, lo que ha emergido con gran virulencia, lo que ha pasado a primer plano, es la cuestión de la aplicación de la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos que hoy son, a decir verdad, un conjun- to de principios universales que han generado una florida retórica autolegimitatoria, sí, pero que aún buscan su cabal aplicación.

Porque en realidad todo el campo de aplicación de los derechos humanos desde 1948 ha estado dominado en nuestro mundo y también en los otros, cuando ha podido hablarse ahí de tales derechos, por una nítida separación en- tre los derechos civiles y políticos aplicados en el supercodificado y controlado teatro político de las demo- cracias actuales y los derechos económicos, sociales y culturales. Este último grupo o conjunto de derechos se ha

El eje del mal

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mantenido hasta hace poco fuera de los límites de la discu- sión aun cuando de hecho está presente ya en la Declaración de 1948.

Lo llamativo a propósito de artículos como los 22,

23, 24 y 25 de la Declaración es el alto grado en el que ape- nas se ha prestado atención, en los últimos cincuenta años,

a su puesta en práctica, incluyendo el notable grado de fla- grante incumplimiento de los mismos por casi todos los países que firmaron la carta.

Bien. Repasemos el Artículo 25:

Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure así como a su familia, la salud y el bienestar y en especial la alimentación, el vestido, la vi- vienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios. Tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudedad, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.

Si entendemos que “toda” persona es toda persona,

esto es, todas las personas del mundo, entonces estamos an-

te un sarcasmo.

A nadie se le oculta que la aplicación de este y

otros derechos similares, que ni siquiera han sido todavía traducidos a términos jurídicos de obligado cumplimiento, supondría transformaciones masivas y en algunos sentidos revolucionarias de la economía política del capitalismo. Podría incluso decirse que el neoliberalismo, del que la se- ñora Thatcher decía siempre que no tiene hoy alternativa, conculca de modo flagrante los derechos humanos y en cualquier caso toda la trayectoria política vivida por los Es- tados Unidos en el pasado cuarto de siglo –e incluyo la reforma de la Seguridad Social llevada a cabo por la admi- nistración Clinton– ha sido diametralmente opuesta a la garantía de estos derechos. Por no firmar, los Estados Uni- dos no han firmado ni siquiera la Declaración Internacional de los Derechos del Niño

Puestos, pues, a utilizar los términos bueno y ma- lo, el bien pasaría, entiendo, por profundizar en los derechos humanos, por positivizarlos jurídicamente en el sentido apuntado, y el mal, por servirse como se están sir- viendo de ellos como coartada de una brutal agresión a un pueblo empobrecido y depauperado tras diez largos años de embargo y que además no está recibiendo con gritos de jú- bilo y flores al ejército invasor sino presentando una heroica resistencia que está conmoviendo a todas las perso- nas decentes de este mundo.

También pasaría por el eje del mal la exclusión masiva de ciudadanos sin techo de toda participación de- mocrática en los estados. La ciudad encarcela a los no- privilegiados y los margina todavía más en relación con la sociedad en general. Su signo, el signo de esta ciudad, que es la nuestra, es hoy la exclusión, la discriminación. La re- presión y la ira resultan cada vez más evidentes y no hay defensa intelectual ni estética ya contra ellas. Estamos asis- tiendo, venimos asistiendo, a la emergencia de una suerte de cuarto mundo dentro de este primer mundo conformado por el desempleo, el acoso policial, las arbitrariedades del poder, la ruptura social y la pérdida del sentimiento de per- tenencia o de ciudadanía; el descontento, en fin, urbano o

más bien suburbano, que sacude hoy todas las grandes ur- bes del mundo con periódicos estallidos, enfrentamientos violentos y luchas callejeras. Y, desde luego, también en las urbes del primer mundo en las que domina un malestar creado por la creciente precarización de las condiciones de vida de millones de ciudadanos y básicamente los más jó- venes

Pero también pasarían por el eje del mal, aunque pueda parecer de menor importancia, que no es el caso, puesto que sí es muy relevante, esas líneas de ropa de mar- ca y accesorios de moda fabricados en América latina y en Asia por niños o mujeres superexplotadas, incluyendo en este apartado el empleo del trabajo infantil semi-esclavo en Pakistán o en algunas partes de Turquía para fabricar al- fombras y balones de fútbol. Hay unas alfombras muy cotizadas en el mercado de lujo de alfombras que tienen unos nudos finísimos que sólo pueden hacer manos de ni- ños de tres o cuatro años que trabajan encadenados en los correspondientes telares.

O recordad, por ejemplo, el célebre anticipo de treinta millones de dólares que Nike pagó a Michael Jordan poco antes de que la prensa difundiera las increíbles condi- ciones a que eran sometidas las trabajadoras y los trabajadores de esa empresa en Indonesia y en Vietnam.

También pasaría por el eje del mal, la desregula- ción mejor o peor calculada en el marco de una nueva competitividad mundial que a falta de otro nombre llama- mos paro. Aunque, en realidad, sí tenemos nombres muy acreditados para ese fenómeno. Un antiguo asesor de Mar- gareth Thatcher, el señor Alan Budd por ejemplo, esto está todo en documentos comprobables, que puedo precisar a quien quiera leerlos, no ha tenido el menor empacho en confesar, y lo cito porque fue algo muy comentado en su día, que la inflación a comienzos de la década de los ochen- ta del pasado siglo, que tanto contribuyó a “disciplinar” la transición española, por cierto, fue un recurso para aumen- tar el desempleo y reducir la fuerza de la clase obrera en un momento en el que el movimiento sindical era todavía fuer- te, desde luego sí en Inglaterra. Las nacionalizaciones y la propiedad pública estaban todavía presentes en los progra- mas políticos y el estado de bienestar se había ampliado hasta el punto de aparecer, a pesar de sus defectos, inex- pugnable.

Pero oigamos al lúcido señor Budd: “Lo que se di- señó y aplicó fue, dicho en términos marxistas –un conservador recurriendo al lenguaje marxista–, una crisis del capitalismo que recrease un ejército de reserva de traba- jadores que ha permitido a los capitalistas obtener, desde entonces, enormes beneficios”.

También pasa el eje del mal por la guerra econó- mica sin cuartel entre los países de la propia Unión europea, entre éstos y los Estados Unidos, entre éstos y la Unión y el Japón; por el desinterés o la incapacidad para dominar las contradicciones en el concepto, las normas y la realidad del mercado liberal; por la agravación de la deuda externa que lleva al hambre y a la desesperación a gran parte de la hu- manidad; por el auge de la industria y el comercio de armamentos, convencionales o no, que impone su ley a los estados. Por la decisión de los Estados Unidos de retirarse de los acuerdos o instancias internacionales que pudieran

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poner algún freno a sus objetivos imperiales unilateralistas, con la consiguiente reducción de la Corte Penal Internacio- nal, en la que no ha querido figurar, a su mínima expresión.

Pasa por los fundamentalismos de todo tipo, y digo de todo tipo porque no son sólo los musulmanes los que apelan a Dios o a la Guerra Santa, que en su caso, cuanto menos hoy, es, además, defensiva. Pasa por el poder cre- ciente de las mafias y del consorcio de la droga en todos los continentes y países, incluidos o sobre todo, los del Este. Pasa por la violencia explícita o latente que marca hoy las vidas, hasta el punto de haber convertido, y ahí están los productos cinematográficos de masas que exporta el Impe- rio para probarlo, la agresividad en un valor positivo cada vez más ensalzado hoy, al menos prácticamente. Como pa- sa también por las hambrunas, la desigualdad, la humillación y la exclusión de innumerables hombres y mu- jeres en un mundo en el que 2800 millones de personas subsisten con algo menos de 2 dólares diarios de presupues- to mientras que el gasto militar supera ya los 4000 billones de dólares. Y pasa igualmente por el neocolonianismo ram- pante que condena a los pueblos que no pueden convertirse en mercados interesantes para el imperio poco menos que al exterminio. He utilizado el término neocolonialismo como podría haber utilizado también el de imperialismo con du- das, porque soy perfectamente consciente de que “neocolonialismo” es una categoría tal vez inadecuada o decididamente inadecuada para captar las complejidades de los desarrollos espacio-temporales desiguales que existen hoy. Es evidente que la re-territorialización y la re- espacialización del capitalismo, incluyendo la des- territorialización absoluta de un capital puramente especu- lativo que asciende al 30% del capital mundial total que no circula por ningún circuito controlable, especialmente a lo largo de los últimos 30 años, hacen que estas categorías, neocolonialismo e imperialismo, parezcan demasiado rudi- mentarias como para captar las complejidades geopolíticas en las que se desarrolla hoy la lucha de clases.

Pero claro ¿cuál sería la alternativa terminológica? Pues bien, obviamente un término que usamos a diario, globalización. Pero tampoco me parece demasiado satisfac- torio, de modo que vamos a detenernos un poco en él.

Como todo encaja con una lógica propiamente diabólica, resulta que el término empezó a difundirse a par- tir del momento en que American Express anunció el alcance planetario de su tarjeta de crédito a mediados de la década de 1970. La prensa económica y empresarial recu- rrió enseguida principalmente a él para legitimar la liberalización de los mercados financieros. Después, poco después, el término insistentemente utilizado ayudó a que la creciente disminución de las competencias estatales en la regulación de los flujos de capital pareciera inevitable. Y desde luego se convirtió en una herramienta política extra- ordinariamente poderosa para restar poder a los movimientos obreros sindicales nacionales y locales. Con- vendría recordar que la disciplina laboral y la austeridad presupuestaria a menudo impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se convirtieron en algo esencial –según se nos decía y se nos sigue diciendo una y otra vez– para conseguir estabilidad interna y competitivi- dad internacional. Y a mediados de la década de los ochenta ayudó a crear una atmósfera de gran optimismo empresarial

alrededor del tema de la liberación de los mercados de todo control estatal. Se convirtió, en resumen, en un concepto básico asociado con el gran sueño del que estamos brutal- mente despertando, el del nuevo mundo del neoliberalismo globalizador, el del paraíso de la democracia, de los Dere- chos Humanos, del garantismo y, en fin, el del final de la historia.

Ayudó, en suma, a hacer que pareciese que está- bamos entrando en una nueva era, metafísicamente inevitable, y formó en consecuencia parte del paquete de conceptos que permitían trazar una línea de demarcación entre el antes y el ahora posmoderno en cuanto a las posibi- lidades políticas y económicas en debate.

Mis reticencias pues ante el término derivan de la sospecha de que cuanto más ha adoptado la izquierda este término, cuanto más se ha adaptado a este discurso y lo ha hecho suyo como descripción del actual estado del mundo, aunque, naturalmente, se diga también que es un estado co- ntra el que hay que luchar, contra el que hay que rebelarse, puesto que es un estado criticable, más ha circunscrito sus propias posibilidades políticas.

Porque como globalización hay que entender, más allá de la pretendida “neutralidad” del término, lisa y lla- namente el libre e incontrolado movimiento de capitales a nivel planetario y el desarrollo de poderosas corporaciones multinacionales cuyo dominio sobre las economías nacio- nales no ha dejado de aumentar hasta la terrible situación de debilitamiento ultra-evidente, super-evidente, de las corres- pondientes instancias políticas en que estamos hoy. Las políticas de globalización han sido y están siendo, en cual- quier caso, un elemento cada vez más básico de todo lo que la política exterior americana quiere conseguir. Y entrar en ese juego es convertirse en un débil opositor a tales políti- cas.

Tan ramificado eje del mal no se combate, desde luego, con más bombas, con más destrucción, con más ho- locaustos, con más sangre o con más vetos a la venta de medicinas baratas a los pueblos pobres. Tampoco desoyen- do o sorteando hábilmente el mandato de la Carta de las Naciones Unidas, en cuyo frontispicio figura el imperativo de “Dirimir las querellas internacionales por medios pacífi- cos”, de forma que “no se pongan en peligro la paz, la seguridad ni la justicia internacionales”. Y menos aún por el líder de un imperio global de nuevo cuño basado en una superioridad militar absoluta, que parece empeñado en re- tornar a una concepción del ejercicio del poder premodernos y despóticos. Exactamente esos frente a los que se alzaron los padres fundadores de los Estados Unidos de América.

La política, en fin, no puede convertirse en el arte siniestro de llevar a los pueblos a donde no quieren ir. Y menos cuando esa política la dirigen mequetrefes metidos a demiurgos. Terminaré recordando unas palabras del Papa que han sido hipócritamente silenciadas por quienes más obligados estaban a escucharlas: “quien decide dar por ago- tados los medios pacíficos que el derecho internacional pone a su disposición, asume una gran responsabilidad ante Dios, ante su conciencia y ante la historia”.

Dolor y guerra. Las mujeres

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Dolor y guerra. Las mujeres.

Montserrat Galcerán *

En la mayoría de los actos contra la guerra a los que esta- mos asistiendo casi a diario, es habitual que nos concentremos en las razones que han impulsado a los pode- rosos para desencadenar la agresión contra Irak. Entre ellas se cuentan las ventajas del acceso directo a las fuentes del petróleo, el intento de acrecentar el control geopolítico, la envergadura de los negocios que se derivarán de la “recons- trucción”, los beneficios para USA de poner contra las cuerdas a los demás países y de afirmar su hegemonía, etc. Yo misma me he servido de estos planteamientos en más de una ocasión.

Pero hoy, el tema será otro. Me habéis pedido que hable de “las mujeres y la guerra” y lo he ampliado, en un movimiento irreflexivo pero que dice mucho del lugar de las mujeres, a “Dolor y guerra. Las mujeres”. Hablar de las mujeres en la guerra nos obliga inmediatamente a cambiar el punto de mira: en el primer plano aparecen las víctimas de todo ese carnaval de violencia que es la guerra.

En efecto, podemos definir la guerra por el uso que hace de la capacidad de causar dolor, de provocar destruc- ción y muerte con el objetivo de doblegar la voluntad de otro(s). Cuando se recurre a la guerra se recurre a esta capa- cidad, ya sea para vencer una resistencia, ya sea porque es imposible convencer al contrario de que acepte los desma- nes que se cometen contra él y porque se suponga que va a ofrecer resistencia, ya sea porque se dé por descontado que

el conflicto subyacente es irresoluble. Para eliminar la resis-

tencia y para doblegar al atacado se recurre al arma de la destrucción, del dolor, el sufrimiento y la muerte. La muer- te que provoca miedo en los vivos que la contemplan y que pretende evitar que la resistencia se amplíe o que encuentre simpatías. Especialmente por el lado del atacante se exhibe la capacidad de hacer daño, porque es esa exhibición la que provoca miedo. Y el miedo es una pasión que paraliza e in- hibe la acción, que crea sumisión.

Los poderes políticos han recurrido históricamente

a su capacidad de causar dolor y con él de infundir miedo,

ya sea en las contiendas entre príncipes o entre Estados, ya sea para amedrentar a los ciudadanos, lo que viene a ser una sola cosa. Las guerras entre iguales y las condenas a los de- siguales. Los suplicios a que se sometía a los condenados en la vieja Europa cumplían esa función, como sagazmente nos ha explicado M. Foucault. La guerra actual, que castiga una presunción, busca atemorizar a una parte de aquella población mundial que desafía los parámetros dominantes y de paso, atemorizar también a los propios habitantes de las metrópolis occidentales con una exhibición sin mesura de su poder destructivo.

Qué mejor ejemplo que la famosa descripción de un suplicio con que inicia M. Foucault su Vigilar y casti- gar: “Damiens –nos dice– fue condenado, el 2 de marzo de

1757, “a pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera en- cendida de dos libras de peso en la mano”; después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las te- tillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenacea- das se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez, resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a con- tinuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento” 1 .

¿Para qué todo ese detalle y esa exhibición?, ¿por qué el relato pormenorizado, moroso, de todos los supli- cios? Para mostrar en toda su fuerza el poder de castigar, con lo que éste aumenta y aumenta también el miedo de los que contemplan la escena a ser, también ellos, objeto de semejantes suplicios.

Pero igualmente, ¿para qué la exhibición de misi- les, de carros de combate, de soldados protegidos hasta el último centímetro de piel?, ¿la increíble operación de in- crustar los reporteros en los tanques de modo que filmen directamente desde ellas las máquinas de guerra avanzando por el desierto? Para que presintamos la fuerza de su poder y lo espantoso de intentar resistir. Para que nos convenza- mos a nosotros mismos de que lo mejor es no resistir, dejar hacer, fomentando un movimiento de identificación con los poderosos por el que una parte de la población, presa del miedo de lo que podría ocurrirle si su Estado no fuera tan implacable, no sólo acepte la necesidad de las medidas to- madas sino que exija algunas otras, aún más drásticas.

Y, ¿para qué esos policías tan pertrechados de todo tipo de artilugios? Exactamente para lo mismo, para mos- trar su infinito poderío, para asustarnos, para disuadirnos. El manejo de la capacidad de causar dolor como uno de los mecanismos más refinados, y más antiguos, de control so- cial.

Con todo, no es así como habitualmente se trata el tema de la guerra y del dolor en una Facultad de Filosofía como la nuestra. No es corriente que se parta de la estrate- gia de causar dolor desde la perspectiva del cuerpo que lo sufre y desde aquél que causa el sufrimiento, sino desde la

* Montserrat Galcerán Huguet es profesora de la Facultad de Filo- sofía UCM.

1 Pièces originales et procédures du procés fait à Robert-François

Damiens, 1757, T.III, pp. 372-4, cit. por M. Foucault, op. Cit., p.

11.

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

razón, desde la racionalidad o irracionalidad de tal proce- der. En cierta medida el dolor se desmaterializa y se transforma en el mal, tanto físico como moral. Se convierte en tema de la ética; se discute hasta qué punto puede ser le- gítimo o se estigmatiza como barbarie, pero deja de ser contemplado como un potente dispositivo de control políti- co.

El dolor se confunde con el mal, visto a su vez co-

mo lo contrario del bien 2 . A éste, la filosofía lo ha identificado tradicionalmente con la razón y con la raciona- lidad de unos comportamientos universalizables, pues todos podríamos comprender que son buenos para todos y por lo mismo, podríamos desearlos para todos. El mal sería enton- ces aquello que nadie desearía para sí mismo y por consiguiente no podría desear para los demás. Este criterio puede ser útil a la hora de enjuiciar las acciones ofreciendo una tabla de medida y sirve también para legitimar o fun- damentar una ética y/o una legalidad. Pero no sirve en absoluto para comprender cómo el poder atraviesa los cuer- pos con el dolor y el sufrimiento. Ignora la cercanía entre dolor y placer que hace que la guerra, como la tortura, esté

anegada de pasiones de todo tipo: de la embriaguez de la victoria, de la soberbia y omnipotencia de la fuerza, de la humillación del vencido, de la dignidad del resistente.

El plano de la razón es impotente para vérselas con

todas estas afecciones y a la postre se escuda en una especie

de sin comentario. ¡Qué mascarada la que ofrece Kant y su paz perpetua cuando llueven bombas “humanitarias”!

A las mujeres esta desvalorización del dolor nos

afecta inmediatamente y de lleno pues las mujeres, junto con los niños, son las primeras víctimas de la guerra, espe- cialmente de la guerra moderna que no distingue entre combatientes y no combatientes. Los combatientes, en su

mayoría hombres armados, se enfrentan y se defienden. El arma acrecienta el poder de quien la empuña y presta a la contienda un cierto halo de igualdad por más que el poder de destrucción de las sofisticadas armas contemporáneas parezca eliminar cualquier posibilidad de resistencia.

¡Pero las mujeres! Las guerras no eliminan las ta- reas de supervivencia sino que, al revés, las hacen mucho más precarias de modo que en las contiendas las mujeres tienen que ocuparse constantemente de ellas. Simone de Beauvoir contaba que durante la guerra, ella, una intelec- tual, había aprendido a conservar la carne untándola con vinagre y raspando los trozos podridos hasta que quedaban limpios. Durante las guerras las mujeres, por estarles atri- buido socialmente el cuidado del vivir cotidiano, se enfrentan diariamente a esta tarea que consume su tiempo, sus energías y en ocasiones hasta su vida. Un misil que cae en un mercado repleto de mujeres que arrastran a sus pe- queños hijos, no es una acción de combate, es simplemente un asesinato.

2 Paso por alto la distinción entre el mal (o Mal) y lo malo que, aunque permite situar el problema en otro plano, no elimina el contexto racionalista del análisis.

plano, no elimina el contexto racionalista del análisis. La guerra condena a las mujeres a un

La guerra condena a las mujeres a un esfuerzo sin fin por sobrevivir, por cuidar de los suyos, por asegurarles lo mínimo, por llorarles si mueren y esperarles si desapare- cen. La guerra devuelve a las mujeres a situaciones pretéritas en que el tejido del vivir cotidiano era tan frágil que en cualquier momento podía romperse. Ellas son en tantos casos, el último testigo de lo sucedido. En ocasiones también de estas cargas pueden sacar fuerzas dando un nuevo significado a todo lo sucedido. Uno de los ejemplos recientes más clamorosos nos lo ofrecen las llamadas Ma- dres de Plaza de Mayo que desafiaron la represión de la dictadura argentina en un movimiento por lo más básico:

saber la verdad de los desaparecidos.

El movimiento empezó un 30 de abril de 1977. Se- gún nos cuenta Mabel Belluci, esa tarde de otoño “catorce mujeres, cansadas de asistir cientos de veces a oficinas de ministerios, dependencias policiales y templos católicos en busca de alguna respuesta frente a la desaparición de sus hijos y familiares, decidieron hacer algo insólito: se apro- piaron de la Plaza de Mayo, espacio político por excelencia de la expresión política en nuestro país [Argentina], en donde se produjeron las más importantes protestas popula- res y manifestaciones multitudinarias. Si hubo una primera razón para reunirse justo allí, ésta fue porque en las proxi- midades se concentraban las instituciones gubernamentales y religiosas más frecuentadas” 3 .

Las mujeres empezaron a acudir regularmente y se encontraban allí porque allí las citaban, a horas intempesti- vas, para comunicarles que en algún momento tendrían noticias de los suyos. Una de ellas, Azucena Villaflor, fue de las primeras en darse cuenta del potencial de aquellas reuniones. Dijo que había que ser muchas y meterse en la

3 Mabel Belluci, El movimiento de madres de plaza de mayo,

www.nodo50.org.

Dolor y guerra. Las mujeres

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plaza. ¿Para qué?, preguntaron otras, ¿qué iban a hacer allí? Nada. Nada especial. Sentarse, conversar, ayudarse y ser cada día más. Mantener la vida que les estaban arrebatando.

A la cuarta reunión redactaron un documento pidiendo una

audiencia al Ministro del Interior. Y con esta excusa se au- toconvocaron semana tras semana.

“En sus inicios –sigue diciendo Mabel Belluci– los militares minimizaron este movimiento partiendo de la idea de que, al estar constituido mayoritariamente por mujeres y

por amas de casa, se cansarían pronto y volverían a sus ho- gares. Luego las estigmatizarían, llamándolas las Locas de

la

Plaza de Mayo. Con el transcurso del tiempo Las Madres

se

apropiaron de este estigma. De representar un concepto

negativo, un insulto, lo resignificaron positivamente: sólo la locura que provoca la desaparición de un hijo o familiar permitió su búsqueda, sin medir los riesgos que se corrían”.

Todos los prejuicios ligados al rol social de las mu- jeres y en especial de las madres, juegan en este caso a su favor, pero no por una especial casualidad, sino por su fuer- za y por su capacidad para resignificar, es decir, para cambiar la significación y dar un contenido completamente distinto a aquellos epítetos que intentaban desvalorizarlas. En este punto el movimiento de las Madres usó magistral- mente un proceder antiguo que revierte contra los poderosos su propio discurso. Dieron un sentido de lucha y de contestación al rol tradicional que hace que las madres deban cuidar de sus hijos en las sociedades patriarcales,

desbordando su significación tradicional y situándolo en el espacio de la política. Con ello desafiaron la destrucción de

la cotidianeidad del vivir por los poderes públicos. Y así el

movimiento de Madres de Plaza de Mayo logró esquivar el

miedo de las medidas de excepción y mientras otros grupos y/o movimientos más politizados, callaban o se revolvían, ellas lograron poner en pie un colectivo sin precedentes en las luchas sociales.

Las integrantes del movimiento de Las Madres de Plaza de Mayo eran por otra parte y por lo general, mujeres sin especial experiencia ni preparación política, mujeres que salieron de la reclusión –obligada– en el espacio priva- do y se situaron en el político, espacio masculino casi por definición, arrastrando con ellas el poso de sus experiencias concretas y encontrando en la igual situación a la que se en- frentaban todas ellas, el lazo de solidaridad que las unía.

En fin, el movimiento de las Madres aporta tam- bién otro elemento importante: llama no sólo a la lucha y a la resistencia, sino a la memoria. “Los desastres de la gue- rra”, como Goya los tituló, desaparecen en las páginas de la historia. Los poderes públicos acostumbran a presentarlos como una especie de “males necesarios”, de “decisiones di- fíciles” que un gobernante debe tomar para proteger a sus ciudadanos. Nada más lejos de la verdad. La dictadura de Pinochet no logró “proteger” a sus ciudadanos de la transi- ción democrática, como la de Franco no nos protegió a nosotros, ni las barbaridades de Bush lograrán proteger a los ciudadanos americanos. Mientras que el recuerdo de aquel dolor que uno no quiere volver a sufrir, aun sin haber- lo sufrido antes, mantiene alerta nuestra memoria. Como decía W. Benjamin “ni siquiera los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando venza. Y éste no ha cesado de ven- cer” [Tesis de filosofía de la historia, en Discursos interrumpidos, Madrid, Taurus, 1990, p. 181].

cesado de ven- cer” [ Tesis de filosofía de la historia , en Discursos interrumpidos ,

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

Perplejidades sobre el arte de la guerra

Ángeles Jiménez Perona 1

La reciente guerra de Irak, en cuya estela seguimos inmer- sos, ha puesto en cuestión el orden jurídico internacional que, conformado tras la Segunda Guerra Mundial, pretendía garantizar en la medida de lo posible la paz y seguridad in- ternacionales mediante la prohibición de la amenaza y del uso unilateral de la fuerza militar por parte de los Estados soberanos. La única excepción contemplada era el derecho restringido a la propia defensa.

Tomando pie precisamente en ese derecho excep- cional Estados Unidos y sus contados aliados (España entre

ellos) vienen tratando de justificar públicamente la invasión de Irak. Y si ya desde el principio resultaron poco convin- centes los argumentos esgrimidos que relacionaban confusamente el atentando del 11 de septiembre en Nueva York con Irak, el terrorismo con la guerra y el derecho de defensa con el derecho a la guerra preventiva, con el paso del tiempo van saliendo a la luz los intereses ocultos e in- cluso las mentiras que animaban esos argumentos. El que recientemente la ONU haya aceptado con tibieza los hechos consumados ni elimina la falsedad de los argumentos ni le- gitima con efectos retroactivos lo que en su momento fue ilegítimo e ilegal. Lo que sí conlleva es el reconocimiento de sus propias limitaciones como organismo internacional de poder frente a un Estado soberano rebelde y por sí mis- mo poderoso; también conlleva la necesidad de reforzarse

si se pretende que en el futuro cumpla con sus cometidos.

Como resultado de todo ello ahora hay importantes cuestiones sobre las que reflexionar. Una de las principales

es si el Derecho internacional y sus instituciones siguen siendo el medio adecuado para regular con justicia las rela- ciones entre Estados soberanos o si, por el contrario, es mejor optar por supeditar esas instituciones a un orden uni- lateral dependiente de Estados Unidos como potencia mundial. En el enfrentamiento las partes parecen coincidir en los objetivos, a saber, ganar en seguridad y estabilidad internacionales y extender globalmente los derechos huma- nos y la democracia. Pero la coincidencia es aparente, pues de entrada ninguno de esos conceptos —ni tampoco el de justicia antes aludido— tiene por sí mismo un significado unívoco y riguroso; en realidad averiguar de qué democra- cia se está hablando o en qué consiste la seguridad depende de la red ideológica en la que aparecen esas nociones, red que a su vez es configurada por la determinación que se dé

a esos conceptos. Muchos son los ejemplos históricos que

evidencian esta consideración. No tenerla en cuenta explica, en parte, que uno de los partícipes se atribuya sin rubor un punto de vista privilegiado gracias al que habría accedido a esas supuestas nociones subsistentes. En consecuencia se atribuye el conocimiento preciso del bien frente al mal y lo

1 Ángeles Jiménez Perona es profesora de filosofía en la UCM.

convierte en un eje que usa como patrón de medida y de or- den del mundo, de suerte que no duda en afirmar, por ejemplo, que el uso de la violencia por parte del desapare- cido Estado irakí es malo pero es bueno el ejercido por el Estado israelí. En consonancia con ello el patrón lo es tam- bién de premio y castigo, de paz y de guerra.

Quizá exista algún modo de explicar (¿o no?) que semejante absolutismo fundamentalista se haya impuesto en las mismas sociedades que durante los últimos treinta años han albergado reflexiones multiculturales y modelos de ra- cionalidad falibilistas (a no confundir con el escepticismo). Habría que averiguar cómo ha sido posible esto.

Siguiendo con la consideración anterior añadiría que la red ideológica no sólo determina el sentido de los conceptos con los que se alude a los fines políticos, sino que también afecta decisivamente a los medios: no se re- quieren los mismos medios para regular la relación entre Estados soberanos si el fin es establecer globalmente una democracia procedimental que si la democracia se entiende en su versión asamblearia (como en la Grecia antigua) o al modo orgánico (como defendía el franquismo) o en térmi- nos socialdemócratas (como en los Estados nórdicos de la segunda mitad del siglo XX). Por eso si queremos que re- sulte fructífero y esclarecedor este debate no puede serlo sólo de medios ni sólo de fines, pues lo que se entienda a propósito de cada categoría es mutuamente dependiente. Prueba de ello es la devaluación y borrosidad que han ad- quirido los fines, valores y objetivos de las “sociedades democráticas” tras la revitalización que la guerra contra Irak ha supuesto del derecho del Estado soberano a declarar la guerra unilateralmente. Tal revitalización se viene pre- sentando como un medio más para conseguir los fines de antes, pero de hecho estamos en un proceso de redefinición de los mismos. Repárese en que incluso los defensores polí- ticos de esta guerra (y lo que ella supone) se están viendo obligados de continuo a proclamar como la única auténtica su concepción de la democracia (esa que permite la situa- ción de los presos en Guantánamo o la construcción del muro en Palestina).

Este derecho que acabo de mencionar fue uno de los elementos configuradores del Estado moderno como unidades nacionales. En un texto tan temprano a este res- pecto como es El príncipe de Maquiavelo aparece ese elemento no tanto como un derecho de los Estados sino como un recurso útil del hombre político que quiere fundar un Estado o recuperar la estabilidad perdida. En esta línea no hay que olvidar el último capítulo del libro, donde Ma- quiavelo clama por la fundación de un Estado capaz de unificar las diversas formas de organización política de la

Perplejidades sobre el arte de la guerra

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península italiana. A juicio del florentino éste era el mejor medio para expulsar a las potencias extranjeras (España y Francia) que, para procurarse beneficios, no cesaban de provocar guerras internas en ese territorio. Junto a esto, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio la gue- rra aparece como un recurso legítimo (un derecho) de los Estados firmemente asentados siempre y cuando se emplee para no perder estabilidad y seguridad. Así, la guerra apare- ce como el uso de la fuerza militar por parte del poder político con el fin de proporcionar estabilidad y cohesión interna al Estado. La necesidad o no del uso de la guerra se mide por criterios internos y siguiendo lo que teóricos pos- teriores denominarán intereses nacionales. Por tanto, por la escurridiza vía de los intereses nacionales la política del poder estatal se proporciona sus propios argumentos de le- gitimación (incluidos los de índole moral, aunque no sólo) para hacer uso de la guerra contra otro Estado.

Resulta verdaderamente llamativo que este ideario se haya recuperado en un contexto que se pensaba como postnacional y globalizado. Cuando parecía que los Estados nacionales iban perdiendo sus competencias internas y es- taban abocados a amoldarse a reglas del juego supranacionales para coordinar y concertar sus políticas, lo que sobreviene es una ola neonacionalista y la simultánea recuperación de su imagen del mundo (interpretación neo- rromántica y agonística de las diferencias culturales, convicción de la superioridad de una determinada versión

de la civilización occidental y cristiana, revitalización de la

retórica del culto a los símbolos patrios

La novedad del caso presente es que Estados Uni- dos y su pequeño grupo de apoyo opera con el sobreentendido de que los intereses globales y de cada una de las partes coinciden con los suyos. Pero ¿cómo se puede estar tan seguro de representar los intereses globales y no sólo los intereses nacionales (suponiendo que éstos se pue- dan fijar mediante elecciones democráticas)? ¿No podría ser que se estuvieran presentando fraudulentamente inter- eses particulares como generales? ¿Cómo se puede seguir insistiendo en ello cuando muchas de las partes afectadas manifiestan explícitamente no verse representadas y se nie- gan a que sigan hablando en su nombre?

Pero, aceptemos por un momento el contexto neo- nacional por si de ahí se derivara alguna buena razón para preferir la hegemonía imperial al predominio de las imper- fectas instituciones de Derecho internacional. Pensándolo desde nuestra ubicación geopolítica cabe preguntar qué puede mover a los representantes políticos de un Estado como el español a colaborar en una guerra preventiva o an- ticipatoria liderada por una gran potencia extranjera. Como estamos barajando esta posibilidad de buena fe, pensemos que la opción responde a alguna pauta de racionalidad y, de hecho, el ya citado Maquiavelo integró el ius ad bellum en su modelo de racionalidad práctico-política. Recurramos, pues, al clásico.

Es indiscutible que Maquiavelo no es un teórico de la paz, sino de la guerra. La cuestión le preocupó tanto que volvió sobre ella una y otra vez en sus escritos, incluso le dedicó un tratado monográfico: Del arte de la guerra. Se- mejante preocupación no es de extrañar en alguien que

).

conoció tantas guerras y revueltas como las que se sucedie- ron en la península italiana durante su vida (1469-1527). La guerra se le impuso con tal contundencia que tuvo que re- flexionar sobre ella y la pensó como un acontecimiento ineliminable de la vida social, lo cual es mucho decir pues,

a sus ojos, la vida de los seres humanos sólo transcurre en

sociedad. Su fuente de información fue la historia de los acontecimientos pasados tal y como fueron narrados por los clásicos y la experiencia de los tiempos presentes. Ahora bien, que la guerra sea connatural a los seres humanos en sociedad no le llevó a la resignación ante ello, sino al inten- to de racionalizarla para acotarla y someterla en lo posible

a las necesidades políticas.

y someterla en lo posible a las necesidades políticas. Maquiavelo tampoco es considerado un teórico de

Maquiavelo tampoco es considerado un teórico de la racionalidad sustantiva que atiende y dirime de forma coordinada sobre fines y medios, sino de la racionalidad instrumental más extrema, esa cuyo espíritu se recoge en el lema de la Realpolitik: el fin justifica los medios. Sin em- bargo, esta es una apreciación incorrecta por parcial y deudora de una interpretación del pensamiento maquiave- liano realizada a la sola luz de El príncipe y sin tener en cuenta su gran tratado político: Los discursos sobre la pri- mera década de Tito Livio. De este modo se entiende que tantos lectores de Maquiavelo hayan perdido en demasiadas ocasiones su marco ideológico de referencia: el republica- nismo.

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

La república, entendida en el sentido clásico roma- no de la noción, es el modelo ideal de organización socio- política. Se trata de una constitución mixta que por su con- figuración institucional equilibra los distintos humores del cuerpo social y evita el enfrentamiento entre ellos. Al pro- porcionar por esta vía la paz y estabilidad internas la república es la mejor de entre las constituciones de las que hay noticia en la historia: principado, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia y anarquía. Todas ellas acontecerían recurrentemente y según un orden circular, con lo que la historia transcurriría cíclicamente y por necesidad, siguien- do una curva de caída y corrupción más otra de ascenso y regeneración. El que ese movimiento sea imparable y, en consecuencia, la corrupción sea ineliminable no le impide ni reconocer formas políticas mejores y peores ni (contra las interpretaciones sesgadas del florentino) operar con un modelo ideal de vida social buena: el republicano.

Esta constitución coincidiría con el momento cul- minante del ciclo histórico, donde impera la estabilidad, la seguridad y la libertad. El extremo contrario, la fase de hundimiento histórico, está descrito en El príncipe como si- tuación dominada por los disvalores correspondientes:

inestabilidad, inseguridad, falta de libertad, guerra y asesi- natos continuos. Desde luego, la república no es un orden político ni internacional ni cosmopolita. A este respecto Maquiavelo sólo contempla la regulación de relaciones ex- teriores entre los Estados mediante la diplomacia y la guerra (real y como amenaza). Ahora bien, atendiendo a sus intereses, una república e incluso un principado que ha al- canzado cierta estabilidad pueden hacer uso de la guerra como un instrumento político exclusivamente para evitar males mayores. De semejante decisión se ocupan los políti- cos, es decir, el príncipe o el grupo de ciudadanos republicanos responsables de esas cuestiones. Indudable- mente se trata de una decisión arriesgada, pues la capacidad humana de predicción respecto a los acontecimientos futu- ros es limitada, de modo que es posible que participar en una guerra pueda producir el efecto contrario al que se bus- ca. Pruebas de ello se hallan, de nuevo, en la historia, que no es entendida por Maquiavelo como una realidad abstrac- ta, sino como el registro las acciones de los “grandes hombres” (los políticos). Así pues, los hombres son los úni- cos responsables del acierto o desacierto en la organización de su vida en común, sólo de ellos depende ese acierto o desacierto o, para hablar con más propiedad, depende de su capacidad para que sus acciones y decisiones estén guiadas por la virtú y no por la ambición.

Ambición y virtú son dos elementos connaturales al ser humano. En el opúsculo en verso de 1509 titulado Capítulo de la ambición 1 , Maquiavelo expone que la ambi- ción es la causa de la infelicidad humana y del eterno oscilar de los hombres y los Estados. Se trata, pues, de un motor de la historia que opera a favor de la corrupción, la decadencia y la degeneración; es el origen fundamental de toda corrupción e inestabilidad colectivas. Téngase en cuenta también que antes que un pecado moral la ambición

1 Cfr. MAQUIAVELO, N., Textos cardinales, Barcelona, Penín- sula, 1987, pp.223-228.

es un pecado político, pues consiste en anteponer el interés propio al interés común y eso implica una constante fuente de inestabilidad y conflicto socio-político.

El florentino recalca que la ambición se hace notar cuando los seres humanos viven en organizaciones sociales, es decir, prácticamente siempre, y que es la principal causa de la infelicidad; por eso exige simultáneamente los medios que pueden ponerle coto y la capacidad que permite el buen uso de esos medios. Semejante capacidad es la ya aludida virtú, un saber práctico que permite determinar el mejor curso de acción para cada caso y los medios necesarios. En general, esos medios serán siempre “las buenas leyes” y “las buenas armas” y, en particular, van desde la formación en los valores republicanos a la coacción y la represión, pa- sando por la religión. Todos ellos son medios instrumentales que se elegirán y aplicarán con mayor o me- nor intensidad según el grado de corrupción social o la fase histórica que se atraviese.

Así pues, la opción por la guerra nunca debería estar guiada por la ambición de los gobernantes, pero, como esta última no se puede eliminar, la mejor manera de someterla a la virtú es canalizarla en la búsqueda de la gloria, esto es, en el deseo propio de todo político de que sus actos perdu- ren en la memoria de los otros despertando admiración:

Y, sin duda, si ha nacido de hombre, se apartará de toda imitación de los tiempos desdichados y sentirá que se en-

ciende en él un inmenso deseo de copiar a los buenos. Y verdaderamente, si un príncipe busca la gloria del mundo, debería desear ser dueño de una ciudad corrompida, no pa- ra echarla a perder completamente, como César, sino para

En suma, podemos con-

siderar que aquellos a los que el cielo da tal ocasión ven abrirse ante sí dos caminos: uno que les hará vivir seguros y, tras la muerte, volverse gloriosos, y otro que les hará vivir en continuas angustias y los dejará, después de la

reorganizarla, como Rómulo (

)

muerte, en sempiterna infamia 2 .

Pero es difícil ser virtuoso y tomar la decisión acer- tada; el político puede equivocarse, como de hecho sucedió en muchas ocasiones en el pasado. Por ejemplo. en los ca- sos repasados en El príncipe a propósito de la política de alianzas que debe adoptarse en caso de guerra. Lo que a ojos de Maquiavelo enseña la historia es que en caso de guerra es mejor ser fiel a la política de alianzas tradiciona- les de cada príncipe o Estado 3 . Y si este consejo ya parecía prudente para el mundo renacentista, hoy que tenemos pruebas continuas de la mu- tua dependencia en todos los órdenes (cultural, económico, de seguridad, etc.) de cada Estado con sus vecinos y alia- dos, resulta llamativo que el gobierno español se haya arriesgado a tensar las relaciones con los suyos. Quizá sea que los beneficios vendrán en un futuro, pero por el mo- mento sólo hay constancia de perjuicios tales como pasar a formar parte del club de los objetivos prioritarios de atenta- dos, por poner un ejemplo obvio.

2 MAQUIAVELO, N., Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Madrid, Alianza, 1987. Páginas 62-63.

3 Cfr. por ejemplo el Capítulo XIX cuyo título es “Cómo hay que evitar ser despreciado y odiado”.

Perplejidades sobre el arte de la guerra

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También cabe la posibilidad de que la decisión haya sido errónea. Desde el modelo maquiaveliano de racionali- dad práctica, el error político se detecta cuando se produce inestabilidad interna y manifestación de descontento por parte de los gobernados (en forma de revueltas, por ejem- plo). Entonces se produce lo que ahora llamaríamos una crisis de legitimación. Ante esa situación Maquiavelo acon- seja escuchar a los gobernados y, o bien rectificar o, si no es posible, hacer responsable del error a otros y, en cual- quier caso, recurrir a la retórica y a la apariencia para presentar el error como fuente de beneficios colectivos:

Trate, pues, el príncipe de ganar y conservar el Estado y los medios siempre serán juzgados honorables y alabados por todos, porque el vulgo se deja conquistar por la apa- riencia y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo 4 .

A este respecto quiero hacer notar que, desde un punto de vista contrario a la guerra, esta no es una reflexión baladí que pueda ser condenada inmediatamente por elitista

y autoritaria, más bien habría que tenerla muy en cuenta,

pues con ella Maquiavelo incide con su lucidez habitual en un factor muy problemático para las sociedades de su en- torno y del nuestro: la extrema maleabilidad de lo que hoy se ha dado en llamar opinión pública. El problema es que cabe conquistar a la opinión pública mediante la apariencia para que acabe legitimando lo que antes rechazaba, y ello a pesar de que le siga perjudicando. No cabe duda de que esto es posible y más en sociedades como las nuestras, en las que los medios de comunicación de masas desempeñan un papel tan decisivo en la configuración de la opinión públi- ca. Pero cabe preguntar si la legitimación, a pesar de los perjuicios, es sólo fruto de la manipulación.

En efecto, cuando tras la reunión en las islas Azores

el gobierno español se alió con la potencia invasora de Irak,

hubo tal cantidad de protestas y de nutridísimas manifesta- ciones que esa circunstancia empujaba a esperar una deslegitimación en las urnas. Pero no ha sucedido así ni pa- rece que vaya a suceder, a pesar de las manifestaciones de repugnancia moral que provocó, a pesar de que los objeti- vos supuestamente perseguidos se alejan cada vez más mientras que los perjuicios crecen. Y con esto último no me refiero sólo a la creciente inseguridad, desigualdad y falta de libertad que acontece dentro y fuera de Irak, sino al dete-

rioro político que ha supuesto para los Estados ocupantes el adelgazamiento en curso de la democracia (cada vez más reducida a un mero procedimiento para sancionar decisio- nes tomadas fuera de los cauces institucionales); al deterioro de la vida social que conlleva la preocupante simi- litud entre (permítaseme la expresión) el juego del lenguaje político y el de cualquier grupo de pandilleros camorristas, pues los lenguajes simplistas y maniqueos conciben el mundo en términos simplistas y maniqueos e instauran un clima de convivencia del mismo cariz.

¿Se explica esto porque la opinión pública mayorita- ria está manipulada y es preciso hacerle ver la luz? ¿No pudiera ser que la opinión pública mayoritaria percibiera el

4 Cfr. El príncipe, cap. XVIII. (Traducción de la autora).

juego de apariencia y realidad y aun así lo aceptara por al- guna razón que quizá convendría averiguar, dado que están construyendo un nuevo orden social del que no cabe sus- traerse? ¿No pudiera ser que la opinión pública minoritaria careciera de políticos virtuosos?

Determinar qué cabe hacer y quién puede hacer algo en esta situación dependerá en gran parte de las respuestas que se acepten como válidas para las cuestiones anteriores.

esta situación dependerá en gran parte de las respuestas que se acepten como válidas para las

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

Jorge Felipe García Fernández *

1. Bajo este vergonzante título –réplica de los títulos de

numerosos congresos, charlas, debates, jornadas, etcétera, que, conjugando este vocabulario deportivo-milenarista, se han multiplicado en los últimos años provocando un verda- dero alud de publicaciones con las expresiones ‘sociedad de la información’, ‘sociedad del conocimiento’, ‘desafío’, ‘re- to’ y ‘siglo XXI’– nos proponemos realizar un breve estudio acerca de la situación de la Universidad pública y, más en concreto, de la posición de las Facultades de Filoso- fía en la circunstancia actual. Dada la enorme cantidad de documentos y bibliografía a emplear, este estudio no será más que un esbozo acerca de una cuestión que exigiría mu- cho mayor detenimiento. Una adecuada explicación de lo sucedido en este ámbito nos llevaría, valga la siguiente imagen, a reconstruir, con esta pieza clave, el puzzle en que consiste la sociedad moderna en su engañosa forma de ‘so- ciedad de la información y el conocimiento’ –y no diremos ‘posmoderna’, pues sólo puede hablarse de cesura aparente entre ésta y aquélla; la estructura básica de la sociedad mo- derna permanece inalterada–. Tras una nota sobre determinada postura entre el estudiantado pasaremos a la exposición de algunos documentos implicados en la refor- ma universitaria. Terminaremos con un somero análisis y comentario de éstos, aclarando, en lo posible, cuáles son verdaderamente los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio.

2. Hay que agradecer, tanto al ‘Informe 2000’ como a la

Ley Orgánica de Universidades, el haber rehabilitado –aun en sus limitaciones y ambigüedades– el movimiento estu- diantil, el haber politizado a un grupo de la población caracterizado por sus altos niveles de idiotismo.

El Informe Universidad 2000 –documento en- cargado por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE)–, el famoso ‘Informe Bricall’, provocó una reacción inmediata en el ámbito uni- versitario: protestas por la marginación de los estudiantes en su elaboración –como sucederá después con la LOU– y amenaza de huelga. Aparecen por doquier manifiestos y panfletos. En gran parte de ellos la denuncia trasciende el hecho puntual del informe y denuncian –en algunos casos con mayor o menor vaguedad y en otros de forma más cer- tera– el contexto social y económico en que este tipo de documentos no pueden dejar de surgir. Un sector de los alumnos ignora las llamadas a la calma, a la ‘sensatez’, a la ‘tranquila’ lectura del informe; unos intuyen y otros saben – porque deducen de la actual circunstancia global y conocen los documentos de base para las reformas en otros Estados europeos (Informes Dearing, Attali)– su contenido antes de

* Jorge Felipe García Fernández es alumno de doctorado.

que aparezca publicado oficialmente. Las ‘líneas de fuerza’ en los manifiestos van –según, por decirlo así, la ‘radicali- dad’ o el ‘reformismo’ de los firmantes– desde la puesta en cuestión de la institución universitaria y su función en la sociedad actual como parte del ‘sistema’ hasta la valoración positiva, pero matizada, de la Universidad pública en la so- ciedad de masas y el rechazo frontal a su privatización – encubierta, por supuesto– y a la mercantilización de los sa- beres. Los segundos exigen la participación estudiantil en toda futura reforma; los primeros rechazan esta propuesta previendo la absorción y manipulación de tal. Es evidente, en todo caso, para ambos, la tendencia de inclusión total de la infraestructura universitaria financiada públicamente en la dinámica competitiva de los intereses privados. Si bien tal tendencia no es, precisamente, nueva, y puede entender- se el auge de la Universidad pública y el amplio acceso a la Educación Superior de los sectores menos favorecidos eco- nómicamente como un momento necesario –necesario según las posibilidades de variación de cierta estructura y según ciertas circunstancias históricas–, como precedente del actual contexto, no es menos cierto que este aumento gradual en su subordinación a tales intereses supone un grave menoscabo para estos sectores, para esta clase. En es- tas críticas se denuncia la ‘grosera’ introducción de criterios mercantiles en este ámbito –especialmente en las Faculta- des de Humanidades (Historia, Filología, Filosofía)– y los graves perjuicios que para la formación científica básica conllevaría la persecución del horizonte de la rentabilidad – estrictamente comercial, hay que añadir, pese a la abundan- te dosis (a estas alturas, ciertamente insoportable) de bisutería discursiva en tono humanista que acompaña a es- tos informes–. Se critica, también, la tendencia hacia el autoritarismo –creciente importancia de los cargos uniper- sonales– y el mayor peso concedido al sector privado en el Consejo Social. En la Universidad, tanto el trabajo teórico como las movilizaciones que siguieron a la publicación de dicho informe fue desarrollado, en gran medida, por un cre- ciente, si bien frágil, movimiento asambleario.

Con los primeros adelantos de la actual Ley, de nuevo, las universidades se llenan de manifiestos y panfle- tos, de asambleas, debates, charlas, encierros; de un entusiasmo tan contagioso como, a falta de este tipo de ‘es- tímulos’, evanescente. Desde el 25 de octubre de 2001 hasta mayo de 2002 –en que las últimas manifestaciones anti- LOU se enlazan con las primeras contra la Ley de Calidad– se sucedieron las movilizaciones universitarias más extra- ordinarias de la democracia en el Estado español. El 6 de octubre de 2001, habiéndose constituido la Campaña Co- ntra la Ley de Universidades, fue elegido por más de 30 asociaciones estudiantiles, a fin de encabezar las protestas,

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

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el eslogan No a la LOU. Otra Universidad es posible. Tal eslogan, a excepción de una parte del movimiento universi- tario –calificado por otros sectores como ‘maximalista’–, fue progresivamente abandonado por sus connotaciones an- tiglobalización. Pese a proclamas y cánticos, pese a los ‘blancos’ de la ira estudiantil –debidamente marcados, di- cho sea de paso, por ciertos medios de comunicación y

ciertos sindicatos: el Partido Popular, Pilar del Castillo–, la opinión de aquellos fue muy otra. En Madrid, la Coordina- dora de Asambleas de Escuela y Facultad señalaba a la ministra como títere del neoliberalismo vigente; la LOU es vista como el último paso de los poderes político y econó- mico para la adaptación de la Universidad pública al mercado global. Sus manifiestos señalan claramente la se- cuencialidad causal –desde organismos económicos supuestamente supranacionales hasta el Estado español– que desemboca en esta Ley: “para el nuevo orden económi- co mundial, cuyas directrices son marcadas por organismos supranacionales como la Organización Mundial del Comer- cio (OMC) y sus servicios públicos vendidos al mejor postor dentro del marco de tratados como el del Acuerdo General sobre el Comercio de los Servicios (GATS), se ne- cesita una Universidad mucho más reducida y competitiva, una educación que, en general, responda a las necesidades productivas de las empresas y que, al mismo tiempo, no su-

ponga un gasto excesivo para la administración. [

La

Unión Europea apuesta por la ‘economía del conocimien- to’: que las Universidades se conviertan en departamentos de investigación al servicio de las grandes empresas (for- mación de ‘capital humano’). Los Estados–nación obedecen. La ministra hace los deberes: LOU”. Se denuncia la oficialización del ‘intrusismo’ empresarial en la Univer- sidad, financiando y controlando las investigaciones, acaparando las prácticas de fin de carrera, inmiscuyéndose en la administración de los centros a través del Consejo So- cial. La Ley parece apuntar hacia una reducción en el número de estudiantes y de carreras ‘inservibles’, la preca- rización del profesorado (también respecto a la libertad de cátedra) y la conformación de un sistema en que se distinga, mediante el ‘ranking de calidad’, entre universidades de primera, segunda y hasta tercera. Sus textos señalaban una,

digamos, ‘nueva dimensión’ en la lucha: la conjugación de distintas formas de oposición tanto a nivel estatal como eu- ropeo. Añadamos, pues a esta Facultad se refiere, la postura de los alumnos representantes en Junta de Facultad. Estos expresan su total desacuerdo con el contenido de la LOU en base a dos principios generales; el primero de ellos, de ca- rácter político, “concerniente al evidente retroceso democrático en el ámbito universitario” –disminución de la representatividad del alumnado y el PAS y aumento de la importancia de los órganos unipersonales (rector, gerente,

el segundo, de carácter económico, “relativo

decanos

al proceso de asimilación de la Universidad a un modelo de gestión empresarial” –lo que implica cierta violencia sobre una institución pública y, más aún, sobre los estudios de Humanidades, cuya financiación podría peligrar al no ajus- tarse a los criterios de rentabilidad establecidos–. Se subraya el asunto de la precariedad laboral del ámbito uni- versitario, el abandono de la cuestión de las becas y la injerencia del sector privado en la orientación de la investi- gación.

]

)–;

Sirvan estas líneas para extractar determinada po- sición entre el alumnado; única que, por razones que después veremos, respetaba, siquiera mínimamente, algo así como el principio de no contradicción.

algo así como el principio de no contradicción . 3. Detengamos, un tanto aleatoriamente, la búsqueda

3. Detengamos, un tanto aleatoriamente, la búsqueda do- cumental, por lo que respecta al ámbito nacional, en los textos Plan Nacional de Evaluación de Calidad de las Uni- versidades, Eurofórum Universidad 2000, Memorándum sobre el aprendizaje permanente y la Ley Orgánica de Uni- versidades. En el contexto internacional comentaremos Trends in Learning Structures of Higher Education y el Comunicado de Praga. Comentaremos también, brevemen- te, documentos elaborados por la Secretaría de Educación del PSOE y la CRUE; así como las ponencias presentadas por EEUU, Australia y Nueva Zelanda en la OMC a fin de promover el debate previo a la liberalización del sector de la Educación Superior. Todos ellos suponen un continuo so- lidario ideológicamente; las variaciones, teniendo en cuenta los asuntos, vamos a decir, ‘de fondo’, son inapreciables. Nos centraremos en preámbulos e introducciones, en los epígrafes con mayor densidad ideológica por centímetro cuadrado.

En 1998 aparece el Plan Nacional de Evalua- ción de Calidad de las Universidades. En su Guía de Evaluación se nos dice que la evaluación de la calidad de la Educación Superior en los países desarrollados es una prio- ridad y exigencia para las universidades, gobiernos e instituciones públicas. Aparece la expresión ‘rendición de cuentas’ (accountability). Envuelta en la habitual fraseolo- gía, lo que tal expresión parece significar se reduciría al ajuste entre la inversión y el resultado final. A la autoeva- luación institucional, mediante un proceso “profundo y participativo”, debe seguir la valoración externa realizada por un Comité de Expertos Externos. El resultado es la Eva-

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

luación Institucional. En un proceso circular se cumplen los objetivos: “mejorar la calidad de la Institución y rendir cuentas ante la comunidad del adecuado uso de los recursos asignados al cumplimiento de los fines previstos”. El proce- so de evaluación debe contribuir, por un lado, a satisfacer las necesidades de formación que la sociedad demanda; por otro, a garantizar la eficacia y eficiencia de las inversiones en Enseñanza Superior, así como al cumplimiento de los es- tándares de calidad a fin de permitir la movilidad y competitividad internacionales. Aun garantizando un míni- mo de calidad homogénea para todas las universidades españolas, el preámbulo de la LRU ya tenía en cuenta la exigencia de altos niveles de calidad y excelencia. Pero hoy la Educación Superior, según esta guía, ha entrado en la edad del desencanto. Ante los crecientes costes de la Edu- cación Superior en la sociedad de masas y las políticas de restricción del gasto público, “la sociedad parece no estar dispuesta a seguir aceptando que las universidades sólo se autojustifiquen y desea conocer las actividades que desarro- llan. A través de la evaluación institucional es posible satisfacer dicha demanda”. Se pide a la Universidad una mayor aportación al desarrollo nacional en un contexto en que tanto la producción como la formación se han interna- cionalizado, reclamando niveles de calidad contrastados y contrastables. Los usuarios y clientes de estos servicios tie- nen derecho a conocer datos exactos y especificaciones acerca de la calidad ofertada por cada institución. Este pro- ceso evaluador tendría la finalidad de coadyuvar a la nivelación de la calidad de las instituciones a través de la correcta financiación sólo “si se acentúa una orientación tendente a asegurar la igualdad en el tratamiento de las ins- tituciones”; ahora bien, “si se admite la variabilidad de la calidad en las diferentes instituciones y programas, se esti- mularía la diferenciación (competitividad) y se aplicaría la financiación selectiva. En consecuencia podrían darse jui- cios comparativos sobre la calidad de programas e instituciones”. Un sosegado análisis de la situación aclarará la pertinencia de uno u otro enfoque –si bien está bastante claro, por decirlo en el habitual lenguaje prosopopéyico, hacia qué alternativa ‘soplan los vientos de la historia’ y cuál sería la alternativa denostada como anacrónica–.

Durante los meses de mayo, junio y julio de 1999, tuvieron lugar unas jornadas que con el título Eurofó- rum Universidad 2000 agruparon a personajes relevantes de los ámbitos de la política, la empresa, los sindicatos y la Educación Superior, con el propósito de discutir la forma de afrontar de modo exitoso los retos de futuro que se le plantean al sistema universitario español. Las conclusiones de los debates en torno al “sistema universitario público en España en el horizonte 2005 – 2010” servirían de base para el documento dirigido por Josep María Bricall. 1 La primera

1 Antes de la presentación del polémico documento, en entrevista publicada por El País Digital (13/01/98), Josep María Bricall ade- lantaba algunas líneas del encargo hecho por la Conferencia de Rectores (CRUE) –informe con el que el PSOE, a través de su, por entonces, presidente, Joaquín Almunia, estaba en completo acuer- do–. En breve: según tal entrevista, la receta a aplicar pasa por la diversificación y especialización de cada Universidad, la forma- ción flexible y continua y la relación con el mundo empresarial. Ante la pérdida del monopolio de la educación se impone una es-

tarea de los grupos de trabajo consistía en poner de relieve las tendencias del entorno. La discusión, como es de rigor, es contextualizada en términos de globalización y de inter- nacionalización de la Enseñanza Superior. Es obvia, para todos, la existencia de una gran competencia en este sector a través de la enseñanza transnacional. Se tiende hacia un espacio mundial en red de universidades diversificadas, te- niendo cada una su campo y actividad diferenciados. Existe una clara tendencia a exigir resultados de calidad, teniendo en cuenta que la Universidad ya no posee el monopolio de la formación ni la investigación. Se evoluciona hacia la so- ciedad global del conocimiento y la incorporación definitiva de las nuevas tecnologías como características principales de la influencia que el entorno ejercerá sobre la actividad investigadora. La sociedad conocerá y valorará la contribución de las universidades en la generación de nue- vos conocimientos, difusión y proyección del desarrollo tecnológico y mejora de procesos y productos. En los pró- ximos años se multiplicarán las alianzas estratégicas para competir en el mercado de I+D+i. La innovación será el factor principal de la competitividad. Así se favorecerá la interacción entre la investigación universitaria y el sector productivo, en tecnológica simbiosis con la empresa nacio- nal o multinacional, con entidades de investigación nacionales o extranjeras. El compromiso con la investiga- ción podría traducirse en proyectos Universidad – grandes empresas, estimulando la creación de grupos de excelencia, competitivos internacionalmente, que incorporen jóvenes investigadores. El esfuerzo público en la financiación del sistema I+D+i debe alcanzar parámetros análogos a la me- dia de la UE. De todo ello resultará un incremento de la competitividad entre las universidades, lo que implica eva- luación de la oferta (ajuste oferta–demanda, ‘sincronización’). Es evidente el mayor papel de la innova- ción como instrumento para afrontar los retos de la competencia en el contexto de un mayor contacto de la Universidad con el tejido productivo. De ello resulta la exi- gencia de mejor formación y adaptación a las nuevas tecnologías, ‘estímulo para el desarrollo’.

Se constató que se estaban produciendo modifi- caciones sensibles en la demanda de servicios. La demanda tradicional, incierta por los cambios demográficos y los nuevos programas de formación postsecundaria dentro y fuera de la universidad, pierde importancia ante el incre- mento de la demanda de formación continua y la mayor presencia de alumnos maduros a tiempo parcial y de diver- sos países (diversificación y flexibilidad en el tipo de estudiante), demandantes de enseñanzas virtuales y otros métodos. Existe una preferencia por las ‘personas flexi- bles’, preparadas y motivadas para el aprendizaje a lo largo de toda la vida. Estas instituciones desarrollarán su activi- dad en el marco de una creciente competencia

trategia de alianza entre universidades y otras instituciones; se im- pone la búsqueda de financiación más allá del presupuesto público. El señor Bricall es partidario de la autonomía, pero de

una autonomía “

hacer es suicidarse, no se pueden dejar las cosas como están”.

]

para

que reaccione, no para no hacer nada. [

no

(Reaccionar, ¿no es una forma de no hacer nada? Hacer, ¿no es, también, una forma de dejar las cosas como están?)

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

17

(interuniversitaria, interautonómica, internacional); en el marco de la presencia activa de productos derivados de cambios tecnológicos, de las políticas gubernamentales de contención del gasto público y un mayor control social de la Universidad. Cobra mayor peso, además de la adminis- tración pública y los usuarios, el agente financiador denominado ‘tercer sector’: empresas, fundaciones, colecti-

La interacción con el entorno

empresarial es una pieza clave en este nuevo contexto, in- teracción necesaria “para conseguir apoyo técnico, para ayudar a asumir el reto constante de la innovación y para contribuir de forma real a la formación del capital humano que necesitan”. Otras tendencias destacadas son la creciente convergencia entre la FP y la Universidad y la disminución del número de alumnos (desmasificación) y selección de ellos.

Parece conveniente ir hacia un sistema mixto de financiación –aunque la aportación pública siga siendo la de mayor cuantía– buscando un aumento de las aportacio- nes privadas a través de tasas u otras fuentes. La visión del carácter de servicio público de la Universidad debe com- plementarse “con una exploración (comercialización) de la marca Universidad en aras a conseguir una mayor financia- ción privada”. Para ello es preciso reformar el sistema de becas y préstamos; introducir nuevas regulaciones en las universidades y nuevas normas fiscales (desregulación de normativas limitadoras que impidan las aportaciones priva- das o las mermen). A fin de incorporar nuevos agentes estables que aseguren una parte de la financiación ordinaria se deberá analizar en profundidad la demanda, “incorporan- do mecanismos que estimulen el desarrollo de una oferta de enseñanza, investigación y servicios adaptada a las nuevas tipologías de estudiantes y usuarios”. El gasto por estudian- te debe homologarse al resto de los países de nuestro entorno, asegurando una financiación mínima por estudian- te y por Universidad. El presupuesto público debe perseguir la calidad en la enseñanza y la investigación, así como la equidad en la distribución. No obstante, los centros que des- taquen por la excelencia docente o investigadora, que destaquen por su proyección internacional y su contribución al desarrollo científico y tecnológico, deberán ser incenti- vados (económicamente o no). Se dibuja, pues, en tal ‘horizonte deseable’, una financiación básica y otra por ob- jetivos y resultados (competitiva).

Las ayudas al estudio y los préstamos deben in- centivar la movilidad. La búsqueda de la mayor calidad implicará un crecimiento del gasto y de las tasas, aconse- jando el préstamo-renta para poder financiar a todos los alumnos. Se habla de tasas flexibles, del pago del coste real por parte de todos los estudiantes, combinado con políticas de ayudas. Para todo ello es necesario “crear conciencia de coste a los estudiantes y a la sociedad”.

En estas jornadas, por supuesto, también se ha- bló largamente de ‘calidad’. La evaluación de la calidad es el necesario mediador entre la ‘autonomía universitaria’ y la ‘responsabilidad social’. Las tendencias del entorno mar- can una mayor exigencia de rendición de cuentas y de participación social. Una cultura de la calidad favorecerá la movilidad (nacional e internacional) de estudiantes y profe- sores, con mayor promiscuidad con el mundo empresarial y

vos de antiguos alumnos

social, “que presionan de forma cada vez más exigente”, participando en actividades internas de la Universidad, co- mo la elaboración de los planes de estudio. Se debe hacer un esfuerzo en la dotación de nuevas tecnologías y en la ca- pacitación de recursos humanos para la mejora de la calidad.

Estas reformas forzarán cambios organizativos en la estructura interna de las universidades, eliminando la rigidez burocrática de los órganos de gobierno y el corpora- tivismo. Es deseable una Universidad de estructuras flexibles y eficientes –modificando los estatutos universita- rios–, “con elevada capacidad de innovación y adaptación al cambio”, dirigida de forma eficaz. Aun alertando sobre la posibilidad de injerencia política y económica en la auto- nomía universitaria, desvirtuando su misión, se afirma la necesidad de una mayor promiscuidad con el resto de ámbi- tos de la sociedad y un estrechamiento de las relaciones con el mundo empresarial. Habría que eliminar la excesiva me- diatización del Rector por el Claustro (condicionando su capacidad de gestión), el exceso de órganos de participa- ción y la tendencia al ‘asamblearismo’ en la gestión y el gobierno de las universidades (excesivo peso de los órganos colectivos sobre los individuales), rémora para la ‘agilidad’ deseable en el diseño de los planes de estudio, programas de formación ‘a la carta’, proyectos de investigación, servi- cios, nuevos métodos tecnológicos de enseñanza, etcétera. Por ello, la receta es otorgar mayores competencias para el Consejo Social, recayendo en él la estrategia general de la Universidad y la supervisión de su funcionamiento. El Claustro debería ser reducido; sus funciones, la consultiva y de control; la Gerencia, más profesional, con competencias claras en gestión económica y administrativa, ‘sin interfe- rencias’. Las funciones de gobierno serían desarrolladas por el Consejo de Gobierno, con funciones equivalentes a las de un Consejo de Administración, “formado por representantes cualificados y elegidos por el Consejo Social y por el Con- sejo Académico, presidido por el Rector”.

En esta nueva orientación en la captación de re- cursos externos jugará un papel fundamental el Consejo Social, intermediario entre la Universidad y la sociedad, orientador de la gestión de la ‘corporación’ resultante. Los principios rectores son la eficacia, la eficiencia y la econo- mía. Los obstáculos a remover son de diversa índole. Hay que corregir la lentitud en la toma de decisiones, la insufi- ciente profesionalización, el déficit en la eficacia y gestión, la falta de estímulos e incentivos (tanto para la Universidad como para profesores y estudiantes), el acceso masivo a la Universidad, la falta de primeros ciclos adecuados a las demandas del mercado laboral, el ‘corporativismo académi- co’ alimentado por el sistema funcionarial, la falta de formación global e integral del ‘capital humano’, la rigidez del sector público y, sobre todo, la dificultad que supone la ‘resistencia al cambio’ procedente de una carencia de ‘vi- sión de futuro’. Respecto al personal laboral universitario, se opta por la creación de nuevas figuras que eviten la rigi- dez del funcionariado, evitando el localismo y el enquistamiento académico, favoreciendo la incorporación de profesionales competentes ajenos a la Universidad y formados en nuevas tecnologías, incorporando los adecua- dos mecanismos de formación continuada y reciclaje.

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

Aunque “una propuesta cruda para que la uni-

versidad se sujete a las reglas del mercado fue criticada”, se subrayó la necesidad de acabar con la disfunción entre pla- nes de estudio y actividad profesional. La Universidad debe sincronizarse con la sociedad, creando órganos de asesora- miento formados por empresas e instituciones; replanteando la FP (eficiente y prestigiada) y estableciendo puentes con la Universidad y los sectores sociales implicados, “con pla- nes estratégicos y nuevos instrumentos de rendición de

[con] una nueva cultura de la evaluación y la res-

ponsabilidad”. Será vital en los próximos tiempos una mayor aproximación de la formación a las demandas del mercado, siendo la Universidad, como es, motor del desa- rrollo económico y social de su entorno “en su calidad de primer proveedor de conocimiento e innovación (dos recur- sos estratégicos para la competitividad empresarial en los mercados europeos y globales), constituyéndose en ámbito de libertad donde intercambiar opiniones y discutir ideas, mientras las empresas, incentivadas fiscalmente, colaboran más con la universidad”. Todo eso se pide a la Universidad. Todo eso y, además, tener la solidez suficiente como para orientar el entorno social y no diluirse puramente en el mercado”. Esta institución, para terminar, a modo de guin- da, debe preservar “las misiones universitarias de formación integral, de promoción de los valores democráti- cos y de ayuda solidaria entre países, así como de producción de elementos para la crítica y la renovación de la vida social y de las bases del conocimiento”.

El Memorándum sobre el aprendizaje perma- nente (MECD) invoca en su preámbulo al Consejo Europeo de Lisboa (2000), el cual marcó un punto decisivo en la orientación política de la UE. Europa se encamina hacia una ‘era del conocimiento’, con todas sus implicaciones. “Los modelos de aprendizaje, vida y trabajo están cambian- do rápidamente. Esto significa que no sólo los individuos tendrán que adaptarse al cambio, sino que también deberán cambiar las maneras de actuar”. Europa, ‘mosaico intercul- tural’, está cambiando a un ritmo análogo al de la Revolución Industrial. La transformación tecnológica es vertiginosa, dada la difusión de la economía digital. El ac- ceso a conocimientos actualizados y el uso inteligente de los recursos que ponen a disposición del individuo las tec- nologías de la información se han convertido en la clave para reforzar la competitividad de Europa y para mejorar la inserción profesional (empleabilidad) y la adaptación de la mano de obra a la ‘economía del conocimiento’. La princi- pal herramienta para garantizar una feliz y exitosa transición es el llamado ‘aprendizaje a lo largo de la vida’. Cada vez un mayor número de personas prolonga su educa- ción y formación, dispuestas a asumir ‘el reto del cambio’; pero, al mismo tiempo, este documento nos informa de la brecha entre quienes, gozando de la suficiente cualificación, pueden “mantenerse a flote en el mercado de trabajo y los que quedan irremediablemente en la cuneta”. En este con- texto, ocupan, obviamente, un lugar central los sistemas europeos de educación y formación, los cuales también tie- nen que adaptarse –tanto en el ámbito público como privado– a los nuevos desafíos. El aprendizaje permanente es definido como “toda actividad de aprendizaje útil reali- zada de manera continua con objeto de mejorar las cualificaciones, los conocimientos y las aptitudes”. El

cuentas

aprendizaje es un proceso continuo e ininterrumpido a lo largo de todo el ciclo vital. Los conocimientos adquiridos hasta el día de hoy no servirán para siempre. Una educación básica seguida de una formación académica y profesional iniciales podrían dotar a los jóvenes de las aptitudes básicas requeridas. Se deben garantizar la actitud positiva hacia el aprendizaje y la capacidad de ‘aprender a aprender’. Los Estados europeos deben articular políticas que permitan a sus poblaciones, sin excepción, disponer de las mismas oportunidades “para adaptarse a las demandas que impone la transformación social y económica y para participar acti- vamente en la concepción del futuro de Europa”. Los objetivos básicos de tales políticas serían la promoción de la ciudadanía activa y el fomento de la empleabilidad. Para participar de la futura Europa no sólo es necesario obtener las cualificaciones requeridas por la llamada ‘sociedad del conocimiento’, sino también renovarlas continuamente. No hay que olvidar que el capital más importante son los pro- pios ciudadanos, ‘principal activo’ de la UE. Por ello, es necesario aumentar visiblemente la inversión en recursos humanos, en infraestructuras, medios y métodos eficaces de enseñanza para el aprendizaje continuo y de calidad ‘a lo largo y ancho de la vida’. De este modo, trabajando juntos para llevar a la práctica este tipo de aprendizaje, se contri- buirá a la construcción de una sociedad integradora que ofrezca a todos las mismas oportunidades en el acceso a una educación y formación basadas, sobre todo, en las ne- cesidades y expectativas de los individuos.

Estos cambios desbordan el marco educativo y exigen también un cambio en la organización del trabajo remunerado, en todos los sectores, a fin de lograr espacio para que los trabajadores puedan también aprender durante toda la vida y planificar la combinación de aprendizaje, tra- bajo y vida familiar. Todo ello implica incentivar y equipar a la ciudadanía europea para que participe activamente en la

vida pública, política y social. El principal objetivo, se nos dice, “es construir una Europa en la que todos tengan la oportunidad de desarrollar al máximo su potencial y de sen- tir que aportan su contribución y son miembros de la sociedad”. Se apela a los distintos gobiernos para llevar a cabo las reformas necesarias, pero también se apela a insti- tuciones e individuos: “en última instancia, son los

responsables de seguir aprendiendo. [

Europa puede –y

debe– mostrar que es posible lograr un dinámico crecimien- to económico y al mismo tiempo reforzar la cohesión social”.

En la exposición de motivos de la LOU se nos dice que la reforma es la necesaria respuesta en aras al me- jor cumplimiento, dados los nuevos escenarios y desafíos, de una serie de objetivos: Una docencia, gestión e investi- gación de calidad; una mayor eficacia, eficiencia y responsabilidad (como principios de la autonomía universi- taria); un mayor autogobierno y la promoción de la movilidad de profesores y alumnos; la respuesta a los retos planteados por la enseñanza no presencial (nuevas tecnolo- gías) y la formación a lo largo de toda la vida; la integración competitiva en el nuevo espacio europeo de En- señanza Superior; retos, todos ellos, enmarcados en la ‘sociedad de la información y el conocimiento’, derivados de la innovación en las formas de generación y transmisión

]

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

19

del conocimiento propios de una sociedad avanzada. Dada

la centralidad que ocupa esta institución en el desarrollo económico, social y cultural de un país, es necesario refor- zar su liderazgo y dar mayor flexibilidad a sus estructuras. “Y sólo así, la sociedad podrá exigir de sus Universidades

la más valiosa de las herencias para su futuro: una docencia

de calidad, una investigación de excelencia.” Describamos brevemente algunos puntos ‘de fricción’ de la LOU. La rendición de cuentas ante la sociedad –que la impulsa y la financia– aparece como el nuevo fundamento de la auto- nomía. Se concede a las Comunidades Autónomas un mayor poder en la creación y gestión de nuevos centros, así como el control de la calidad de las universidades que de ellas dependan. Respecto a la estructura de gobierno, la modificación es prácticamente total en comparación con la LRU. Subrayemos lo siguiente: el Consejo Social pasa a es- tar compuesto, íntegramente, por representantes de la vida cultural, política, económica y social. Su misión es fortale- cer las relaciones de la Universidad con la sociedad, asumiendo “la supervisión de todas las actividades de ca- rácter económico de la Universidad y el rendimiento de sus servicios” y la aprobación de presupuestos. El Rector, el Secretario General y el Gerente son miembros con voz y sin voto. La Representación de alumnos y PAS ‘se cae’ del Consejo de Gobierno (anteriormente, ‘Junta de Gobierno’). Éste, máximo órgano de gobierno universitario, establecerá

las líneas estratégicas y programáticas en la organización de

la enseñanza, investigación, recursos humanos y económi-

cos. El Claustro está capacitado para elaborar estatutos y

convocar elecciones a Rector. El Rector, del que se refuerza su capacidad ejecutiva, es elegido por sufragio universal ponderado y ya no por el Claustro. El Gerente será designa- do por aquél y aceptado por el Consejo Social. Se crea un nuevo órgano: la Junta Consultiva (formada por profesores

e investigadores de prestigio), con funciones de asesora-

miento. El Consejo de Coordinación Universitaria, presidido por el Ministro de Educación, Cultura y Deporte, sustituye al anterior Consejo de Universidades; es estable- cido como máximo órgano consultivo y de coordinación del sistema universitario; los miembros de designación política (que pasan de ser 15 a 21), con la LRU, eran personalidades

de la vida académica, científica, cultural y profesional, aho- ra se añaden las esferas económica y social. Las Universidades dispondrán de mayores competencias para la colaboración con otras entidades y la movilidad de su per- sonal. Asistimos a la creación de un nuevo título: De la evaluación y acreditación. Sus objetivos son la transparen- cia, la competitividad de las Universidades, la mejora de la docencia e investigación y la información a las Administra- ciones públicas y ciudadanos. También los servicios y los programas serán evaluados. Tales fines se tratará de alcan- zar mediante la creación de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), institu- ción que promocionará la excelencia docente, investigadora

y de gestión. El impulso a la movilidad es una de las pre-

ocupaciones recurrentes de la ley, pues “supone una mayor riqueza y la apertura a una formación de mayor calidad”. Por lo que respecta al asunto de la investigación –cuyo fo- mento, en beneficio del interés general, corresponde a la Administración General del Estado y a las Comunidades Autónomas– podemos reseñar los siguientes fines y priori-

dades: el fomento de la calidad y competitividad de la in- vestigación de las Universidades españolas, la movilidad de investigadores para la creación de ‘centros de excelencia’, la creación de centros mixtos entre Universidades y orga- nismos públicos y privados para la investigación, la mayor vinculación entre la investigación universitaria y el sistema productivo a través de la creación de empresas a partir de la actividad universitaria (en las que participaría el personal docente) y la generación de sistemas para la canalización de las iniciativas investigadoras del profesorado, para la trans- ferencia de los resultados de la investigación “con la mayor rapidez y eficacia posibles al conjunto de la sociedad” y pa- ra la captación de recursos. Es reconocido el impacto positivo “de la actividad científica en la sociedad, en la me- jora de la calidad de vida de los ciudadanos y en la creación de riqueza”. En cuanto al acceso de los estudiantes, la Ley apuesta por transferir tal competencia a cada universidad, siempre con respeto a los principios de igualdad, mérito y capacidad; apostando por la movilidad geográfica. En cuan- to a la contratación del profesorado se opta por un sistema “más abierto, competitivo y transparente”, posibilitando la contratación de hasta un 49% de la plantilla docente con personal no funcionario. Señalemos la creación de seis nue- vas figuras de contratación (todas ellas de carácter temporal) y la creación de un ‘sistema de habilitación’ con- sistente en una prueba centralizada por el Gobierno: la superación de una prueba –en función del tipo de contrato– ante un tribunal de siete miembros elegidos por sorteo. Esto supondría un ‘filtro’ previo a la selección y contratación por cada universidad en función de sus posibilidades. Para la Universidad privada se estable un mínimo del 25% de pro- fesorado habilitado. La Ley garantiza un modelo flexible de financiación de Universidades públicas, pudiéndose crear fundaciones o entidades jurídicas que permitan la consecu- ción de los objetivos universitarios de un modo ágil y eficiente. El Estado ejercerá su responsabilidad vertebrando el sistema, mejorando su calidad, fomentando la movilidad y promoviendo la integración del sistema universitario es- pañol en el espacio europeo de Enseñanza Superior.

Detengámonos ahora, brevemente, en los do- cumentos Una Universidad para la sociedad del conocimiento, elaborado por la Secretaría de Educación del PSOE, y Nota sobre el proyecto de Ley de Universidades dirigida a los grupos parlamentarios por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). En el primero de ellos se alaba la anterior Ley como garantía de la autonomía universitaria, gracias a la cual se abordaron los cambios imprescindibles que han supuesto un claro avance en la calidad docente e investigadora. La expansión del sistema universitario, las nuevas demandas sociales y el nuevo espacio europeo de Enseñanza Superior e investiga- ción aconsejan acometer, en diálogo con todos los agentes implicados, una nueva reforma acorde con las expectativas de ciudadanos e instituciones en el inicio del desarrollo de la llamada sociedad del conocimiento”. Nuestro progreso, tanto económico como social, “depende de lo que seamos capaces de investigar e innovar”. Nunca como hoy la ense- ñanza y la investigación han tenido tanta importancia. La Universidad es la institución mejor preparada para asumir estos retos. Sólo una Universidad con mayor autonomía académica y organizativa –acompañada de una mejora de

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los sistemas de rendición de cuentas y control social–, una Universidad con mejores instrumentos de gestión y con una más eficaz conexión con la sociedad a través de los Conse- jos Sociales –que incentivarían, promoverían y evaluarían

la actividad investigadora de la institución y dispondrían de amplias competencias respecto a la planificación estratégi- ca–, que apueste por la igualdad, volcada sobre el aprendizaje a lo largo de toda la vida y las nuevas tecnolo- gías de la información, atenta a las nuevas demandas sociales y abierta a la UE y el resto de países, que responda

a los nuevos desafíos de la calidad internacional, sólo una

Universidad tal, podrá responder con suficiente garantía de

éxito. La reforma propuesta por el gobierno del PP está muy lejos de tales objetivos; está muy lejos de dotar a la Educación Superior española de estructuras ágiles y flexi- bles, capaces de adaptación a los cambios que se producen en las demandas sociales en la ‘era del conocimiento’, ca- paces de adecuar su oferta a tales necesidades cambiantes y de ocupar el lugar que le corresponde. “La Universidad de- be liderar esta nueva etapa de la educación y organizarse para responder a las demandas de la sociedad del aprendiza-

je en la que ya estamos inmersos”. Para la CRUE, la Ley presentada por el gobierno no sienta las bases que precisa la Universidad española del siglo XXI para situarla a la cabe- za de los demás sistemas universitarios europeos, “marco imprescindible de referencia”. Algunos de los males detec- tados por la Conferencia son los siguientes: la Agencia de acreditación propuesta por el gobierno no cumple el requi- sito de la independencia; se pone en peligro la insustituible autonomía universitaria, garantía de la flexibilidad y la ca- pacidad para adaptarse rápida, eficazmente y con calidad a las demandas del entorno; la Ley propone una estructura rí- gida y uniforme, incompatible con la diversidad deseable para nuestro sistema universitario en el horizonte del espa- cio europeo de Educación Superior; la Ley, en fin, no garantiza las condiciones esenciales de homogeneidad en los fondos públicos aportados por las correspondientes Administraciones, condición para asegurar la calidad y equidad de la oferta universitaria pública –si bien, adicio- nalmente, se considera positiva la financiación que estimule

la consecución de objetivos de calidad–.

Comentemos algunos documentos de alcance internacional: Trends in Learning Structures of Higher Education (siete de junio de 1999), documento elaborado por Guy Haug, que sirvió de base para la Declaración de Bolonia (diecinueve de junio); y el Comunicado de Praga, declaración de Ministros europeos de Educación. El objeti- vo del primer texto fue el de trazar un mapa comparativo de las estructuras europeas de Educación Superior (tanto de los países de la UE como de los países del Área Económica Eu- ropea) a fin de establecer las convergencias y divergencias en las políticas institucionales y nacionales y estudiar los posibles cambios en la arquitectura de los sistemas educati- vos dado el contexto de desarrollo global, de expansión de las tecnologías de la información, del incremento de la competitividad y la comercialización de los servicios. Ci- temos algunas de las tendencias que se subrayan en este informe: Un impulso gubernamental hacia los estudios de ciclo corto, más competitivos y atractivos tanto para estu- diantes como para empresarios –ciclos cortos que coadyuven a eliminar el fracaso y que reduzcan costes in-

necesariamente altos, tanto para las familias como para el Estado–; una tendencia a dotar de mayor autonomía a la Universidad, junto a iniciativas de evaluación y control de calidad; una progresiva, aunque aún débil, respuesta al reto que suponen los proveedores transnacionales y los nuevos métodos de enseñanza y formación; el difuminado de la fronteras entre los sectores educativos universitario y no universitario; el aumento en la competencia por un estu- diantado y profesorado de excelencia y por fuentes de financiación (con obvias consecuencias para la gestión y organización de los sistemas y titulaciones); el empleo del inglés como lingua franca; el primado del resultado sobre la inversión (baremación de la calidad outcome – based) y el impulso a la empleabilidad y atractivo de las carreras. Pa- ra hacer frente a este desafío y alcanzar la convergencia y transparencia deseadas en la Europa del conocimiento se sugieren algunas medidas: la adopción gradual del ECTS (European Credit Transfer System), un sistema de acumu- lación y transferencia de créditos compatible, más legible y comprensible, que favorezca la movilidad y el aprendizaje continuo; la adopción de un marco común, pero flexible, de titulaciones; un incremento en la dimensión de la calidad, homologable a nivel europeo (mediante sistemas compati- bles que la garanticen), teniendo en cuenta, sobre todo, el peso de los informes de calidad respecto a la financiación y subvenciones estatales, expidiendo ‘etiquetas de calidad’ basadas en estándares europeos; una investigación coordi- nada de los estándares de calidad de la educación transnacional; una vinculación más estrecha con el mercado laboral europeo (empleabilidad, reducción del tiempo ‘de espera’ para el primer empleo, que actualmente está en la tardía –y desventajosa competitivamente– cifra de los 28 – 30 años, siendo deseable que la incorporación al mercado se diese a la edad de 22 ó 23, en el momento en que, siem- pre según el documento, “obsolescence of knowledge is quicker than ever and when employers see time manage- ment as an indicator of future performances”); una política de becas más exigente; un decidido empuje a las políticas favorecedoras de la movilidad. Estas medidas posibilitarían el aprovechamiento por parte de los ciudadanos europeos de las nuevas oportunidades de aprendizaje; asimismo, con- tribuirían a hacer más atractivas las instituciones europeas a los estudiantes de otros continentes, aumentando su compe- titividad, consolidándolas en un role educativo de influencia mundial. También se hace referencia al ‘aprendi- zaje a lo largo de toda la vida’, más adaptable a ciclos cortos de estudio por la continua necesidad de reciclar co- nocimientos y destrezas. Las claves del Espacio Superior de Educación Europeo son la calidad, la movilidad, la diversi- dad (convivencia de estas medidas junto a la cultura fundamental, lingüística y educacional de cada nación), la apertura (competitividad y cooperación) y, en fin, la em- pleabilidad (la mayor fuente de cambio y reforma en la Educación Superior). Europa corre el riesgo de, como suele decirse en los medios, ‘perder el tren de la educación trans- nacional’: “most of the major speakers referred to the fact that Europe was loosing ground in the competition with the USA, and that a more ‘readable’ and compatible set of qualifications was needed to counteract this trend”.

El Comunicado de Praga (19 de mayo de 2001) fue titulado Towards the European Higher Education Area.

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

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La elección de Praga como punto de encuentro quiso sim-

bolizar la decisión de involucrar en el proceso a toda Europa, no sólo a la UE. Los ministros se felicitaron por las metas logradas y afirmaron su total compromiso con la con- secución de los fines por alcanzar. Se reafirmó el objetivo de la movilidad para beneficiarse de las posibilidades de tal área, “incluyendo sus valores democráticos, la diversidad de culturas y lenguajes y la diversidad de los sistemas de educación superior”. La continuación y profundización del trabajo empezado en Bolonia es condición esencial para el atractivo y competitividad de las instituciones de enseñanza europeas. Los ministros pusieron de manifiesto el carácter de bien público de la Educación Superior, siendo su estado

y evolución responsabilidad pública; y señalaron la dimen-

sión social del proceso de Bolonia. Impulsaron la adopción de un sistema de créditos y titulaciones legibles y compara- bles, transferibles y acumulables, expresando su deseo de que los ciudadanos puedan utilizar sus conocimientos aca- démicos y profesionales a través de todo el área. Se adopta una estructura de estudio basada en dos ciclos principales:

undergraduate y graduate studies. Los programas de estu- dio pueden y deben tener diferente orientación y diferentes perfiles, a fin de acomodar entre sí la diversidad de necesi- dades individuales, académicas y del mercado de trabajo. Reconocen la labor de los sistemas de garantía de calidad en cuanto a la mejora del acceso de los titulados a dicho mercado. La confianza en los sistemas de acreditación y ga- rantía de los distintos sistemas nacionales es un pilar necesario para el establecimiento de aquel espacio y su promoción fuera del continente. Enfatizaron la importancia del desarrollo del aprendizaje permanente o lifelong learn- ing: “in the future Europe, built upon a knowledge – based society and economy, lifelong learning strategies are neces- sary to face challenges of competitiveness and the use of new technologies and to improve social cohesion, equal

oportunities and the quality of life”. Los ministros expresa- ron su aprecio por el desarrollo de programas que combinen

la calidad académica con la durabilidad relevante de la em-

pleabilidad. Los estudiantes, como principales protagonistas, deben participar y tener influencia en los cambios que vive la institución universitaria. Afirmaron, en fin, a la espera de la próxima reunión, que tendrá lugar en la segunda mitad de 2003, en Berlín, su compromiso en la co- operación y trabajo basados en los objetivos de la Declaración de Bolonia.

Terminemos este ya prolijo y algo fatigoso ca- pítulo con unos textos que nos permitan, por si a estas alturas no estuviera claro, delimitar los aspectos que real- mente se están jugando en este asunto. EEUU (18 de

diciembre de 2000), Australia (1 de octubre de 2001) y Nueva Zelanda (26 de junio de 2001) presentaron en la Or- ganización Mundial del Comercio distintas ponencias de similar contenido. En ellas se invitaba a debatir acerca de la liberalización comercial del sector de la Enseñanza Supe- rior a escala mundial. Previa asunción del papel que los distintos Estados cumplen en la enseñanza, se aboga por complementarlos mediante la formación y capacitación pri- vadas. Estos proveedores, con unos contenidos pragmáticos

y centrados en el empleo, se han mostrado eficaces a la ho-

ra de “mejorar los conocimientos especializados de sus empleados y poner a éstos al día en relación con sus últimos

productos” (ponencia EEUU). Esta es una posibilidad em- presarial cada vez más importante, incluso para las empresas no (solamente) dedicadas a la formación. El papel de la enseñanza privada es vital para contribuir a la difusión de la moderna ‘economía del conocimiento’: “La disponibi- lidad de esos servicios de enseñanza y capacitación puede ayudar a que se disponga de una fuerza de trabajo más efi- ciente, permitiendo a los países mejorar su posición competitiva en la economía mundial” (EEUU). Existe una común queja por los pocos compromisos realizados en el sector de la enseñanza en el marco del Tratado de Libre Comercio (GATS), que impiden “ofrecer a las personas de todos los países un acceso a una amplia gama de opciones educativas” (Australia). Se desea facilitar el movimiento transfronterizo de estudiantes y proveedores de servicios de enseñanza. Así, la población nativa tendría acceso a ser- vicios que de otro modo no podría conseguir; se incentivaría la competitividad, con beneficios derivados pa- ra todos los estudiantes; se fomentaría el conocimiento y aprecio de otros idiomas, culturas, sociedades, favoreciendo a los estudiantes tanto en el plano profesional como en el cultural. El objetivo de estos comunicados es el de favore- cer la extensión de este tipo de formación mediante la reducción de los obstáculos que se oponen a la transmisión de servicios más allá de las fronteras nacionales, “propor- cionando oportunidades a los proveedores para que pongan sus servicios a disposición de los estudiantes de otros paí- ses”, coadyuvando a la buena formación de ‘capital humano’. Las barreras (impedimentos a la libre circulación de estudiantes internacionales, dificultades en el reconoci- miento de las titulaciones, límites sobre propiedad y participación extranjera en el capital, restricciones sobre el flujo de material educativo, etcétera) deben ser removidas. Se trata de universalizar la formación, en todo lugar y mo- do, sin interferir en las políticas educativas de cada país miembro de la OMC ni impedir la destinación de fondos públicos a la enseñanza. Invitan, en fin, al resto de países a contraer compromisos en este sentido, a reducir los obstá- culos al comercio de servicios de enseñanza sin erosionar los sistemas y normas básicas de la educación pública; al contrario, se trata de complementarla, ayudando a reducir el gasto público en infraestructura y liberando, de ese modo, recursos que podrían destinarse a otros aspectos de la polí- tica educativa.

Estos documentos sí suponen, en verdad, un de- safío para el sector de la Educación Superior europea.

4. Decíamos más arriba que todos estos documentos forman un continuo solidario ideológicamente; no suponen, uno de otro, variación significativa en los planteamientos de fondo. Expresiones del tipo ‘nuevos retos’, ‘cambiantes desafíos’, ‘demandas del entorno’, ‘exigencias de la sociedad’, ‘so- ciedad en transformación’, etcétera, expresiones tan vagas, brumosas, como éstas, señalan una zona oscura del discur- so, un lugar en el que el pensamiento debe penetrar a modo de cuña para quebrar ese tejido de evidencias impensadas, ese macizo ideológico. Estos documentos están plagados de violaciones del principio de no contradicción, de letanías de imágenes sin otra articulación que la de estar yuxtapuestas, de habilidades retóricas cuyo fin es la seducción, la fascina-

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ción, en ningún caso, el entendimiento. La ideología, de al- gún modo, es veraz por lo que oculta, por lo que señala al velar. La contradicción puede habitar en el discurso, se puede decir, y de ello se sirve la bisutería discursiva que envuelve estas reformas; pero no se puede pensar. Explicar racionalmente tal zona oscura implica responder a la pre- gunta: ‘¿Qué es la globalización?’ Más aún: implica dar respuesta a la pregunta: ‘¿Qué es el capital?’ La Ministra de Educación afirmó varias veces que los estudiantes no sa- bían por qué se manifestaban. Y, en gran medida, tenía razón; se manifestaban –no lo sabían, pero lo hacían– co- ntra el capitalismo. La única postura no contradictoria fue la defendida por los estudiantes asamblearios. Éstos no po- dían no mantener un discurso antiglobalizador y anticapitalista; no podían no pensar un mundo caracterizado por la total internacionalización del capital, la pérdida de soberanía de los Estados y la desnacionalización del prole- tariado. Pensar qué son las cosas y hacia dónde se dirigen – si bien hablar de direccionalidad en este caso no parece muy acertado– supone pensar aquello que hace ser a las co- sas (o dejar de ser) e impide que sean lo que podrían llegar a ser; implica pensar las cosas en determinada, digamos, escenografía invisible e inexperimentable de forma directa, previa a todo nuevo comienzo; implica pensar esa estructu- ra que llamamos capital y responder a la pregunta ¿qué es? Sería imposible, en todo caso, en el espacio que resta, trazar la genealogía de esa matriz estructural que nos nace; tam- poco extractar en unas líneas la disección de la sociedad moderna a través del análisis de la mercancía, de lo que es en tal tipo de sociedad. 2 Bástenos, para intentar explicar ra- cionalmente qué cosa sea la ‘sociedad de la información y el conocimiento’, para explicar qué cosa sea una sociedad en continua transformación, qué cosa sean las ‘demandas del entorno’ y para explicar la función central de la innova- ción tecnológica en este asunto –función que, de un modo confuso, no articulado, es subrayada por aquellos documen- tos–, bástenos releer la Sección IV de El Capital. Marx estudia en este lugar lo que llama ‘plusvalía relativa’. Hay dos formas de aumentar el beneficio: o bien prolongamos la jornada de trabajo (‘plusvalía absoluta’) –lo cual choca con

2 La obra de Marx no sólo nos ofrece el instrumental conceptual más adecuado para la disección de la sociedad moderna; también sus metáforas son las más profundas para la aproximación intuiti-

va a este objeto. Pocas metáforas tienen tanto alcance como la siguiente: todo lo sólido se desvanece en el aire. Marx se cita a sí mismo en El Capital [vol. I, p. 407, Fondo de Cultura Económica, S.A., México, D.F., 1999] con estas palabras del Manifiesto Co- munista: “La burguesía no puede existir más que revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen

social. [

todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relacio- nes sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su sé- quito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de haber echado raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas a con- templar con mirada impasible su vida y sus relaciones con los demás”.

La época de la burguesía se caracteriza y distingue de

]

la resistencia, en primer lugar fisiológica, de esa mercancía

tan particular llamada ‘trabajador’– o bien intensificamos el trabajo –producir más en el mismo tiempo– sin aumentar la jornada. Para este fin deben ser transformadas las condicio- nes técnicas y sociales del trabajo. Tal intensificación, tal revolución en las condiciones de la producción –y, tras ella,

en el régimen social– logrará un aumento en la productivi- dad y un aumento en el número de horas –sin variar la jornada– que el obrero trabaja para la empresa; es decir, con un número menor de horas (dentro de la misma jornada o incluso aumentando la jornada para apurar la ventaja técni- ca antes de que pase a los competidores) las transformaciones técnicas hacen que el trabajador produzca su salario en menos tiempo: “En la producción capitalista,

el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo tiene como

finalidad acortar la parte de la jornada durante la que el obrero trabaja para sí mismo, con el fin de alargar de este modo la otra parte de la jornada, durante la cual tiene que trabajar gratis para el capitalista”. 3 El coste de la mano de

obra es abaratado, pues al aumentar la productividad caen los precios de aquellos bienes de ‘primera necesidad’ – según la circunstancia– que garantizan la subsistencia y perpetuación de los trabajadores. “Por eso es afán inmanen- te y tendencia constante del capital reforzar la productividad del trabajo, para de ese modo abaratar las mercancías, y con ellas los obreros.” 4 La ciencia y la tecno- logía, bajo el capitalismo, no sólo tienen la función de revalorizar el capital, sino también –en aras de ésta– la de doblegar la resistencia obrera a este proceso. El estudio de

la historia de la clase obrera y sus frecuentes ‘resistencias al

cambio’, separada de las “potencias espirituales del proceso material de producción”, supone el estudio de la evolución de la tecnología, ‘azote del obrero’, insisto, bajo el capita- lismo. “El motivo impulsor y la finalidad determinante del proceso de producción capitalista es, ante todo, obtener la

mayor valorización posible del capital, es decir, hacer que rinda la mayor plusvalía posible y que, por tanto, el capita- lista pueda explotar con mayor intensidad la fuerza de trabajo.” 5 La inclusión de la ciencia y la tecnología como ingredientes centrales de la acumulación capitalista hace de ellas –dejando inexploradas sus capacidades para la conse- cución de una sociedad igualitaria y libre, para la consecución de una sociedad en que sea posible la vida buena– vehículos de una explotación aún mayor del trabajo

y de un abandono letal hacia aquella parte de la población

que, siendo, obviamente no de forma explícita, declarada prescindible, sobrante, siendo una verdadera excrecencia para el sistema productivo, ni siquiera es estimada para ser explotada, pues su absorción en el mercado de trabajo im- plicaría una merma en los márgenes de valorización del capital del bloque que la integrase; se cumple con ello, del modo más perverso, la utopía del fin del trabajo. Siendo la labor científica subsumida en este proceso el mando del ca- pital sobre el trabajo se hace total e incontestable, revestido con los siempre auráticos mantos de la lógica de las cosas.

3 Ibídem, p. 258.

4 Ibídem, p. 257.

5 Ibídem, p. 267.

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

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Este ‘descubrimiento’ imprime al proceso productivo una

creciente aceleración y, más que un impulso, un brutal em- pujón a la investigación científica. Este curso, dada la concurrencia internacional de capitales, alcanza una dimen-

sión de vértigo. El trabajo adquiere un papel secundario

respecto de la actividad científica y su aplicación tecnológi-

ca, que prolifera de forma públicamente descontrolada. En la apropiación de los medios sociales del trabajo estaba in- cluida la apropiación de los medios de producción científica, concentrando en manos de los capitalistas un po-

der de, dicho eufemísticamente, ‘destrucción creativa’

(Schumpeter) como nunca fue soñado: “La ciencia es sepa-

rada del trabajo como potencia independiente de

producción y aherrojada al servicio del capital. [

cia no le cuesta al capitalista absolutamente ‘nada’, pero ello no impide que la explote. El capital se apropia la cien-

cia ‘ajena’, ni más ni menos que como se apropia el trabajo

La explotación rutinaria e irracional es

sustituida por la aplicación tecnológica y consciente de la

ciencia”. 6 Vemos, pues, como la dinámica de inclosures también tiene lugar en el ‘campo’ del conocimiento. Igno- ramos, hasta que se nos demuestre otra vía explicativa, mejor aclaración de ese misterio –más misterioso que la transmutación alquímica, según el discurso oficial– en que consisten las ‘cambiantes demandas del entorno’.

A las reformas en los ámbitos educativo y labo- ral en función de los ‘desafíos’ de la ‘sociedad de la

información’, se une la reestructuración del organigrama ministerial. El 28 de julio de 2000 aparece un Real Decreto

“por el que se desarrolla la estructura orgánica básica del

Ministerio de Ciencia y Tecnología” –el cual, en tiempos recientes y no tan modernos no pasaba del rango de ‘Oficina de Ciencia y Tecnología’–. Tal Ministerio se

crea con la tarea de coadyuvar “

portancia y de la calidad de la ciencia y la tecnología españolas, así como al fortalecimiento del proceso de inter- nacionalización de las mismas”. 7 Otras de sus tareas serán las de aumentar el nivel de conocimientos de este tipo en la sociedad española mediante la debida cualificación de los recursos humanos; estimular el uso generalizado de las nuevas tecnologías; elevar la competitividad de las empre- sas y su carácter innovador. “La política científica y tecnológica no sólo es un elemento esencial para el desarro- llo económico de España, sino también un reto para

incremento de la im-

de los demás. [

] La cien-

]

al

acometer en el futuro, desde la percepción de que el sistema español de ciencia y tecnología reviste una tradicional debi- lidad.” Objetivo prioritario es el desarrollo y fomento de la

‘sociedad de la información’, “

la convicción de que la

generalización de las tecnologías de la información y del uso de las redes de telecomunicaciones, en particular de In-

ternet, suponen un reto de gran importancia para lograr que la economía española y la europea se conviertan en el siglo

XXI en economías basadas en el conocimiento, competiti-

vas y dinámicas, capaces de crecer de manera sostenible”. Estado y empresa privada se dan la mano para rentabilizar la investigación científica en forma de innovación tecnoló-

con

6 Ibídem, pp. 296, 316, 422.

7 B.O.E. núm. 181, 29 de julio de 2000.

gica susceptible de representar una ventaja en la concurren- cia internacional. Este curso es, en principio –cuando no por principio–, ajeno a los intereses de los usuarios – cuando no contrario a tales intereses–. El criterio de renta- bilidad desplaza al de utilidad. La innovación tecnológica queda ligada a la lucha por el control de los mercados y no a la propia dinámica de la investigación científica. Por tan- to, su trayectoria es marcada por cúpulas empresariales – estrechamente relacionadas con las élites políticas–. El Es- tado, como ejemplarmente sucede en el asunto de la reestructuración de la Universidad pública, debe suplir las carencias del capital privado aportando su estructura de in- vestigación, sus recursos públicos, absorbiendo las posibles pérdidas, costes, riesgos, desastres. La mutabilidad de un sistema productivo en pos de la revalorización del capital en un contexto de gran competencia a nivel global impele a los Estados modernos a crear una infraestructura capaz de suplir-complementar-ayudar-incentivar a la empresa priva- da. El Estado –obvia decir que en ausencia del debate público informado pertinente– aporta el mayor porcentaje en I+D, inversión cuyos frutos serán explotados privada- mente. Aquí, como en otros lugares, se revela su carácter de clase. La investigación básica es realizada –principalmente en el sector de la enseñanza universitaria– con fondos pú- blicos; el desarrollo y explotación, casi de forma exclusiva, por empresas y organismos privados. El Estado se nos apa- rece, en fin, como benefactor de la empresa privada a fondo perdido. 8

8 (Una nota sobre las mujeres de la limpieza, la guerra de Iraq y

el sistema mundial empresarial.) En principio podría parecer aventurada, absurda, tal vez, la tarea de conectar con los nexos ar- gumentales debidos dos fenómenos tan aparentemente alejados –

no sólo espacialmente– como son los de una huelga de limpieza en

ciertas Facultades de la Universidad Complutense de Madrid – desconvocada el día 27 de marzo de 2003– y la guerra –la masa- cre, para ser más rigurosos, dada la desproporción tecnológica entre invasores e invadidos– que acontece en estos momentos en Iraq. ¿Cuál será el hilo invisible que atraviesa estas cuestiones?

Comencemos con algunos datos. En El País del día

24 de marzo, se citan las siguientes palabras de Ana Palacio en respuesta a una pregunta acerca de la situación económica por en- tonces actual: “Las bolsas han subido y el petróleo ha bajado. Ya los ciudadanos pagan unos céntimos menos por la gasolina y el gasóleo. Eso son datos. La intervención está todavía en marcha, y

no vayamos más allá; pero ahí hay datos”. El siguiente titular co-

rresponde a La Vanguardia, día 18 de marzo: EEUU empieza a repartir el pastel de la reconstrucción posbélica de Iraq. Merrill Lynch cree que ACS, Dragados y Ferrovial se verán beneficiadas.

A pesar de que las empresas estadounidenses se adjudicarán la

parte del león en la reconstrucción de Iraq, analistas financieros

piensan que algunas empresas españolas se verán favorecidas, tan-

to en bolsa (por las expectativas) como en la reconstrucción de la

infraestructura de aquel país. Ken Rumph, analista de Merrill Lynch, recomendaba invertir en estas empresas. También en bri- tánicas, pero no en francesas. Ya en febrero, la Agencia de Desarrollo Internacional de EEUU remitió a ciertas empresas la copia de un contrato para el diseño y reconstrucción de un puerto, carreteras, depuradoras de agua, aeropuertos, sistemas de alum- brado, servicios de salud y educación, edificios gubernamentales y sistemas de regadío. Hay conexiones, por cierto (qué casualidad), entre algunas de ellas y miembros del gobierno estadounidense:

Dick Cheney, Richard Perle. El País, día 27: Empresas de EEUU

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Las nuevas tecnologías de la información hacen su ‘milagrosa’ aparición como respuesta a la crisis del sistema económico mundial iniciada en los años 70. En el problema de la sobreproducción industrial, del desempleo, cierre de fábricas, estancamiento e inflación, de la pérdida de compe- titividad de la industria occidental, en tales problemas, está el origen de nuestra ‘sociedad de la información y el cono- cimiento’. A principios de los años 80, y de modo simultáneo, Francia, Gran Bretaña, Alemania y EEUU, re- curren a la innovación tecnológica para afrontar ‘los retos y desafíos del fin de siglo’, es decir, para escapar de la crisis. La industria tradicional, en decadencia, incapaz ya de com- petir con éxito en el mercado internacional, deja paso a la nueva industria, basada en la alta tecnología, la información y los servicios. La reingeniería laboral y las reformas en la educación conseguirán adaptar la población a las ‘deman- das del entorno’. Para impedir el colapso del sistema es preciso, por un lado, que ciertas transnacionales permanez- can en su posición de privilegio –por lo que será preciso

van a gestionar 1.900 millones en Irak. (A la luz o, más bien, a la oscuridad de estas cifras, no podemos evitar pensar en cuánto cuesta, contra todo sentido común, destruir –ver presupuestos mi-

Andrew Natsios, director de la

Agencia de Desarrollo Internacional (USAID), afirma que, de acuerdo a la pasada experiencia (ex–Yugoslavia), un 50% del pre- supuesto para la reconstrucción irá a parar a subcontratas de otros Estados. “La ministra de Asuntos Exteriores española, Ana Pala- cio, dijo el martes [día 25] en Washington que ‘se da por hecho’ que empresas españolas van a participar en la reconstrucción de Irak ”

Una de las mejor situadas en la lista es el Grupo Draga- dos, empresa transnacional, ‘ágil y flexible’, con presencia en los sectores de la construcción, los servicios, la industria y la inmobi- liaria; pionera, se nos dice, “en el proceso de internacionalización del sector español de la construcción”. Dragados obtiene en los mercados exteriores un 27% de su facturación. De entre la colec- ción de tópicos y tendencias de las que todo grupo empresarial está preso, subrayamos los objetivos (según su propia página web) de la internacionalización de todas sus actividades y la implanta- ción de nuevas políticas de gestión de los Recursos Humanos.

La sección de Servicios alcanzó el pasado año una factu- ración de 1.484 millones de euros con un crecimiento del 16,7% respecto a 2001. “El crecimiento más importante de la división tu- vo lugar en CLECE, cuya facturación ascendió a 385 millones de euros, un 58,3% más, tras la incorporación de Integra, dedicada al mantenimiento de edificios.El Grupo Dragados obtuvo el pasado año un resultado neto atribuido de solamente 220,5 millones de euros, un 8,3% menos que en 2001. El descenso de la cifra de be- neficios se debe, fundamentalmente, a la situación en Argentina, a la devaluación de las monedas latinoamericanas y al descenso de la actividad en telecomunicaciones. Aun así, durante este año, “el Grupo Dragados tiene previsto lograr un beneficio neto atribuido de 250 millones de euros, lo que supondrá un crecimiento del 13% respecto al de 2002, y de 340 millones de beneficio antes de im- puestos, lo que representará un incremento del 42%”. Añadamos algunos datos más, no demasiados, no quedemos saturados. El Rectorado de la UCM externalizó los servicios de limpieza de al- gunas de sus Facultades a través de la empresa CLECE. El Rectorado pagaba aproximadamente 300.000 pesetas por trabaja- dor contratado a tiempo completo; éste recibía unas 90.000 –el capital, obviamente, habla en euros mientras que el trabajo sigue hablando en pesetas–. El salario base era de algo más de 3.000 pe- setas. Estas circunstancias han sido ligeramente alteradas –en ningún caso en la medida de las reivindicaciones– tras el acuerdo –cediendo a múltiples coacciones– firmado con la empresa. Esto también son datos.

La mejora en los resultados y la corrección del lastre latinoamericano se arregla como se arreglan siempre estas cosas:

litares– y qué poco construir

)

transnacionales en concurrencia choca con los límites del planeta en el tiempo de la globalización: no hay nuevas tierras en que en- contrar nueva mano de obra, materias primas y recursos energéticos más baratos con que contener la crisis interna a los Es- tados de las llamadas ‘economías desarrolladas’. Pero lo que sí puede hacerse es desplazar de su situación de privilegio a ciertas empresas y sustituirlas por otras. Tenemos aquí lo que podríamos llamar un ‘frente externo’ abierto por y para la expansión del sis- tema mundial empresarial. Pero existe también un ‘frente interno’: la reestructuración de las rigideces de los mercados labo- rales y la progresiva desaparición de los débiles andamiajes de bienestar social por el llamado ‘capitalismo flexible’. Nos las ha- bemos, al parecer, a un tiempo, con una reconfiguración geopolítica global –en la que determinadas potencias y grandes empresas a ellas asociadas desplazan a otras de sus zonas de do- minio relativo– y, por otro, la reforma en la correlación de fuerzas entre el trabajo y el capital. Dos frentes en los que el capital halla un punto de fuga en la gestión de la crisis. Tales fuerzas económi- cas encuentran un límite en la situación actual del Derecho. Las instituciones que la sociedad moderna ha creado se convierten en corsés que es necesario romper. Tan sólo permanece en pie un dis- curso en que nadie cree, tanto menos cuanto más utilizado es a efectos de justificación y legitimación. Acontece la dolorosa rup- tura de una ilusión vigente durante 40 ó 50 años: la de un capitalismo civilizado. Donde el mito de la libre competencia no alcanza, aparece el largo brazo del poderío militar; donde la mano invisible, con todos sus fraudes y engaños, no llega, se llega manu militari. Thomas Friedman, consejero de Madeleine Albright, lo dice de la siguiente forma (citado por Samir Amin [Alto a la OTAN. El proyecto imperialista neoliberal de la hegemonía de Estados Unidos], del Magazine del New York Times, 28 de marzo de 1999): “Lo que el mundo necesita: la mundialización sólo fun- cionará si Estados Unidos actúa con la fuerza todopoderosa que le confiere su calidad de superpotencia. La mano invisible del mer- cado jamás funcionará sin el puño invisible. Mac Donald no prosperará sin la Mac Donnell Douglas, que ha construido el F15. El puño invisible que garantiza un mundo seguro para la tecnolo- gía de Silicon Valley se llama ejército, aviación, marina y Cuerpo de Marines de Estados Unidos”. Este ‘matrimonio de convenien- cia’ ha alcanzado en palabras de José María Aznar –durante un almuerzo con la delegación del Foro de Marcas Renombradas– su más extractada y acertada expresión: “la marca ‘España’ goza de buena salud”.

intensificando la explotación del trabajo y ocupando nuevos mer- cados, es decir, con nuevas políticas de Recursos Humanos y reducción de costes y con la internacionalización de sus activida- des “aprovechando el buen momento que atraviesa el sector productor de petróleo y gas”, por ejemplo. Estas empresas ‘no ha- cen mal a nadie’, simplemente ‘ganan en presencia internacional’, simplemente están obligadas a ser ‘empresas ágiles y eficientes, competitivas y de calidad’, simplemente se aprovechan de las es- trategias geopolíticas neocolonizadoras y del aplastamiento de los pueblos, simplemente se aprovechan de la precarización del traba- jo, del miedo, ansiedad e incertidumbre de tantos hombres y mujeres.

Sin descartar otro tipo de factores, abundemos en la ex-

plicación, en última instancia, económica. (No importa que esté

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

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crear la demanda necesaria a través de la industria de la producción de consumidores (la publicitaria) capaz de ab- sorber los productos de la nueva industria tecnológica– y, por otro, aliviar la tensión interior en los países desarrolla- dos y contener a las fuerzas contrarias a este proceso, tanto interiores como exteriores, gracias a las virtudes de la tec- nología en cuanto a la vigilancia, el castigo y la represión. Los nuevos métodos técnicos han servido, de forma intensi- ficada si cabe desde los años 80, para combatir a los movimientos de resistencia y facilitar la expansión del sis- tema mundial empresarial. Lo que ya era una tendencia constante exigida por la estructura que llamamos ‘capital’ se convierte en estos momentos en una desesperada necesi- dad. Tal necesidad, y por poner sólo un ejemplo, era expresada del siguiente modo por François Mitterrand, en 1982: “La investigación constituye una de las claves esen-

ciales para salir de la crisis. Es la llave de la renovación. Un esfuerzo tan gigantesco de investigación permitirá a Francia ocupar su lugar entre las pocas naciones capaces de contro- lar su técnica y, en particular, proteger su independencia

juntamente con el trabajo de los investiga-

dores franceses colocará a nuestro país entre los primeros”. 9 En Europa y EEUU son recurrentes este tipo de discursos. El esfuerzo que los Estados deben acometer tiene como fi- nalidad la creación de empleo, la conservación de puestos de dominio en el mercado internacional para ciertas empre- sas y la estabilidad económica. Ello pasa por el aumento de los gastos nacionales en ciencia aplicada e innovación tec- nológica, así como en las ayudas e ‘incentivación’ a las empresas de alta tecnología. Los sectores beneficiarios de la subvención estatal son el aeronáutico, electrónico y de co- municaciones. En este momento comienza una incesante tarea de propaganda a fin de estimular hasta el delirio colec- tivo la demanda de las nuevas tecnologías, abriendo así ‘un horizonte de increíbles oportunidades para todos’. Cuando aparece el beneficio el Estado desaparece y la empresa na- cional o transnacional, siguiendo el criterio de la rentabilidad sobre cualquier otra consideración, toma las riendas. Las políticas de los Estados nacionales pasan a quedar sujetas al cálculo del capital (principalmente trans- nacional). Al tiempo que Mitterrand pronunciaba aquellas palabras, y por seguir con el ejemplo francés, afirmaba Claude Chayson, ministro de Asuntos Exteriores, en el XII congreso de los partidos socialistas de la Comunidad Euro- pea: “Las compañías transnacionales tienen el monopolio del análisis y las decisiones estratégicas a escala mundial.

La electrónica

Ni los gobiernos, ni los sindicatos, ni los partidos políticos

tienen esta posibilidad

estrategia se nos escapa”. 10 Esta desesperada fuga hacia adelante es traducida a las distintas poblaciones en térmi- nos tranquilizadores y optimistas. En un contexto de inestabilidad, y precisamente con el fin de mantener aquella estructura que genera periódica e inevitablemente inestabi- lidad –por continuar en lenguaje eufemístico–, el origen, administración e implantación de las innovaciones tecnoló-

Su

Es una situación intolerable

9 Citado por Herbert Schiller, Información y economía en tiempos de crisis, pp. 21, 22 [FUNDESCO, Editorial Tecnos, S.A., 1986, Madrid].

gicas, lejos de llevarnos a una posición optimista, nos deben hacer pensar en una radicalización de la desigualdad y el desequilibrio. “¿Cómo nos encargamos –pregunta Herbert Schiller– de unos medios de comunicación concebidos, proyectados e instalados con el fin primordial de mantener ventajas y privilegios económicos e impedir el tipo de cam- bio social que echaría por tierra y eliminaría estos

Dada la estructura dominante del poderío

militar e industrial, la revolución de las comunicaciones es

al mismo tiempo la consecuencia y finalidad de un vasto es- fuerzo para mantener un sistema mundial de ventajas

Aquí no hay ambigüedad o dualismo. No

es cuestión de ‘o esto o lo otro’

técnica. Sólo es cuestión de dar mayor impulso y usar la nueva técnica de las comunicaciones para continuar agarra- dos a los beneficios económicos derivados de un sistema mundial de dominio. Por esta razón, la insistencia en los aspectos positivos y posibilidades de los nuevos medios de

comunicación actuales es, en el mejor de los casos, una fal-

ta de sinceridad. [

sea importante y beneficioso para la sociedad requiere una

reestructuración de ésta. La idea de que puede darse un cambio social humanístico cuantitativamente, por medio de la nueva técnica, es irreal y rayana en la fantasía. El poten- cial social que pueda existir, y subrayo el ‘pueda’, en alguna de las nuevas realizaciones solamente puede evolu- cionar apreciablemente en un contexto social, cultural y económico totalmente diferente.” 11 Basten estas líneas para dar con la pista teórica adecuada que responda en lo posible

a aquellas cuestiones con que empezamos este punto.

Glosemos a continuación las contradicciones más hirientes de los discursos del punto anterior.

Supuestamente la Universidad y, por supuesto, la sociedad toda, ha entrado en la ‘era del conocimiento’, en la ‘sociedad cognitiva’ (barbarismo que nos permite seguir el rastro hasta el epicentro de este ‘movimiento reformis- ta’). Dada la caducidad del conocimiento el método pedagógico se desplaza, en gran medida, desde el aprendi- zaje de contenidos hasta el aprendizaje de técnicas de

aprendizaje que posibiliten el ‘reciclado’, la enseñanza con- tinua e ininterrumpida (lifelong learning). Hasta la enseñanza está sometida, al parecer, como toda mercancía,

a distintas variantes de lo que propiamente denominaríamos

como ‘obsolescencia programada’ u ‘obsolescencia moral’. Sin querer ser maliciosamente meticulosos, hay que señalar que sólo de un modo muy generoso puede denominarse ‘conocimiento’ a un conjunto de habilidades y destrezas pu- ramente técnicas, muy especializadas; son éstas las que no pueden dejar de quedar obsoletas en un sistema productivo cuya supervivencia pasa por la incesante renovación de la base técnica de la producción. La, hasta cierto punto, equí- voca metáfora marxista arquitectónica nos proponía la determinación en última instancia de la superestructura ideológica (en sentido amplio) por la infraestructura pro- ductiva. La ‘sociedad de la información’ requiere para su funcionamiento la incesante acumulación –y por tanto, para dejar espacio a tal, incesante destrucción– de habilidades

uso de las nuevas técnicas que

buen uso o mal uso de la

económicas. [

privilegios? [

]

]

]

un

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

técnicas. (Lo diremos de paso: no criticamos, en principio, este curso por cierta nostalgia de oficio o artesanía; se criti- ca el origen y función de tal, se critica lo caótico del proceso, su falta de planificación racional.) En la cumbre del G–8 de Colonia (1999) se redactó una declaración titu- lada Objetivos y ambiciones de la formación permanente. La educación en una sociedad en transformación. En ella se subrayaba la importancia del aprendizaje permanente pa- ra la reducción de los niveles de desempleo. Ahora bien, la sociedad moderna, la sociedad capitalista, para seguir sien- do tal, no deja nunca de estar en transformación, es, por definición, una sociedad en perpetua transformación. Las constantes reformas en las cartografías laboral y educativa sirven para adaptar la fuerza de trabajo a tal circunstancia. Ilustra muy bien esta cuestión el ex–presidente de la Cáma- ra Oficial de Comercio e Industria de Madrid, don Fernando Fernández-Tapias –siempre presto y solícito en la difícil tarea de “hacer frente a las demandas de la socie- dad”, luchando, a través de “los avances en el campo empresarial”, por “el progreso y la mejora de todos los ciu- dadanos”– con las siguientes palabras: “Los continuos avances tecnológicos nos obligan a la formación permanen- te de los trabajadores y los directivos, por lo que vamos a fomentar que los planes de estudio y de formación no olvi- den las necesidades de las empresas, que requieren, para seguir progresando, de un capital humano cada vez más preparado y eficiente” (Metro directo, 3/04/2002). Cuando el contenido tradicional de una disciplina, sólido, pesado, denso, se convierte en un lastre para una economía de vérti- go, volátil, fugaz, de ‘corto plazo’, debe ser, según su respectiva ductilidad, desplazado en beneficio de ‘compe- tencias’ y destrezas profesionales; entonces, cuando sólo quedan puras destrezas técnicas que cambian de un momen- to a otro únicamente se puede ‘aprender a aprender’, sólo se puede aprender nada. Pedagogos pasan, al infierno va- mos

Otra cuestión que debe pensarse es aquélla que trata de conciliar la financiación de la Universidad como bien público junto a la financiación diferencial según de- terminadas finalidades extra–académicas y no necesariamente acordes con el llamado ‘interés general’. Esta discusión, debidamente contextualizada en el marco de un Estado socialmente mínimo, de un Estado entregado a las políticas de equilibrio presupuestario, de déficit cero, así contextualizada, nos lleva a pensar tal conciliación como fraudulenta, falaz, contradictoria. En una circunstancia de aguda concurrencia internacional un tal Estado se verá im- pelido a financiar aquellas universidades o equipos de investigación ‘excelentes’ que formen parte de corporacio- nes capaces de competir con éxito, es decir, rentables, capaces de producir plusvalor –ya sea en la forma de cono- cimiento o en la materialización de tal en forma de producto o mejora de producto susceptible de ser provecho- samente incorporado a los circuitos comerciales–. Las universidades que no se adapten o que fracasen según tal dinámica serán consideradas como un lastre, como una car- ga gravosa para un Estado y una sociedad ‘con conciencia de coste’. Así, el objetivo que parece debe perseguir el Es- tado es, no financiar una educación pública excelente, de calidad, etc., sino más bien determinados centros de inves- tigación y docencia excelentes. Las consecuencias para la

geografía humana de esta centralización de los lugares de formación superior ‘de calidad’ son claras. Aun así serán brevemente comentadas a continuación al glosar la cuestión de la movilidad.

El ECTS y otras políticas educativas buscan un incremento en la ‘medidad’ –según expresión utilizada en

nes a fin de promover la movilidad estudiantil en función de las demandas de una formación y un mercado de trabajo cada vez más internacionalizados. A esta operación pro- piamente la llamaríamos algo así como el adecuado establecimiento del valor de cambio de la mercancía en que

consiste el trabajador formado en las instituciones de Edu- cación Superior con el motivo de evitar innecesarios y costosos desajustes y fricciones en su circulación, mejoran- do su empleabilidad y facilitando su constante readaptación

a los ‘desafíos del entorno’, es decir, a las necesidades de

ampliación y acumulación capitalistas. Abundando en tal finalidad, Gerhard Schröder –según informó El País (5/7/2002)– barajaba la posibilidad de “obligar a los jóve- nes en paro a trabajar en cualquier punto del país”. Un grupo de expertos trabajaba en el desarrollo de ésta y otras medidas, como por ejemplo la expansión del empleo tem- poral y la reducción de ayudas a los parados de larga duración. El Gobierno español, por su parte, en la frustrada reforma del empleo (Real Decreto – Ley 5/2002) valoraba como ‘adecuada’ cualquier oferta de trabajo que se situara en un radio de 50 kilómetros del domicilio del interesado – sin entrar en consideración alguna– o bien a tres horas de

tal, aun si el salario fuese inferior a la cantidad recibida por

tanto de las titulaciones como de las calificacio-

Trends

la

prestación de desempleo. Dadas las condiciones políticas

y

la circunstancia económica que ejemplifican estos datos,

hagamos algunas preguntas para desvelar la contradicción que encierra la armonía establecida entre estas reformas fa- vorecedoras de la movilidad y la participación ciudadana:

¿Qué margen hay para la actividad política en un espacio más y más precarizado, en un espacio de pauperización rampante sobre todo para jóvenes, mujeres y ancianos? ¿Puede haber ciudadanía sin polis?, ¿ciudad sin sedentaris- mo? ¿Hasta qué punto es acertado hablar en pleno siglo XXI –diremos fingiendo asombro– de nomadismo? El capital funciona, en palabras de Sánchez Ferlosio, mediante la ci- rugía del desarraigo obligatorio, mediante grandes desplazamientos de masas. El capítulo La acumulación ori- ginaria, de El Capital, y el capítulo dedicado al caso von Humboldt, de Mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado, nos ofrecen la plantilla de los movimientos po- blacionales en la sociedad moderna; nos ofrecen la misma secuencia, a veces confortable, a veces brutal, monstruosa, en que las servidumbres comunitarias son desplazadas por las servidumbres del mercado, removiendo todos los obstá- culos que entorpecen los ‘progresos de la industria’. Esta es la plantilla sobre la que se producen, con mayor o menor variación, los movimientos de la población, también, en pleno siglo XXI. ‘Movilidad’ es la forma amable de decir desarraigo, de decir movimiento –no acción, pura physistras la fuerza atractora del capital. Ejemplifiquemos tales dos vertientes del mismo proceso: El Estado español, según hemos podido ver en la televisión, ha ‘exportado’ con éxito cientos de enfermeras y demás personal médico a distintos países comunitarios, especialmente a Inglaterra; hemos po-

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

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dido ver cómo se despedían de sus familias, sonrientes,

despistadas, algo tristes y nerviosas. Su labor, al parecer, no es necesaria por estos lugares. Por otro lado, según informa El País (10/1/2003) millones de campesinos mexicanos, amenazados por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, advierten a su gobierno de las consecuencias que para la estabilidad nacional tendrá la implantación de dicho tratado. Víctor Suárez, su portavoz, al tiempo que denuncia la situación de terrible supervivencia del campo mexicano, afirma que esta situación tiene su origen en la “desruraliza- ción compulsiva, las expulsiones al estilo de las dictaduras soviéticas, que ahora son del mercado, que ha decidido que deben salir cuatro millones [de personas] del campo porque sobran y no son competitivas en el contexto de la globaliza- ción”. En el tiempo de la ‘sociedad de la información y el conocimiento’, sometido al vértigo de la circulación del ca- pital, a una velocidad que impide toda solidificación – costumbre, oficio, belleza, sentido–, el hombre, sin tribu, sin ley, sin hogar –añadamos a la lista–, sin memoria, puede que sea, acaso, un fantasma. Sólo algo tan leve, tan volátil, puede someterse a tal velocidad; nunca un cuerpo cuya gra- vedad consiste en poseer cultura. En las páginas de economía de El País (31/3/2002) encontramos el siguiente titular: “La falta de profesionales lastra a Europa”. Parece ser que no existe la movilidad deseable entre los trabajado- res de la UE. Se nos dice: “Los profesionales de un determinado sector que sobran [el subrayado es nuestro] en algunos países no llaman a la puerta de sus vecinos comuni- tarios que sí requieren este tipo de expertos”. Los trabajadores europeos no están suficientemente incentiva- dos para que “despegue la movilidad geográfica europea”.

BCE [Banco Central Europeo] considera im-

Por ello, “

prescindible corregir esos desajustes entre la oferta y la demanda comunitarias”. Evidentemente la cultura es un las- tre, un fardo pesado para que el trabajador, como una mercancía más, ascienda hasta los vientos de un mercado laboral que permita a la ‘zona euro’ responder con firmeza a los ‘desafíos’ y ‘retos’ planteados por ‘la sociedad de la información y el conocimiento’. En la misma página apare- ce una tabla en la que se muestran estos desajustes según cada país de la Unión. Las columnas están encabezadas por las palabras faltan y sobran. Cuando se tiene a una pobla- ción compuesta por nómadas –para lo cual no es preciso renovar una violencia que es origen–, por hombres sin po- lis, por hombres despolitizados, la corrección exigida por el BCE sólo es cuestión de tiempo, de que las medidas ya en marcha surtan efecto. Un nómada acaso sea un ciudadano del mundo –esto es, un trabajador desarraigado que ocupa una posición de privilegio– o un inmigrante –esto es, el re- sto de trabajadores desarraigados–; un nómada no es, en ningún caso, un ciudadano. La otra cara de la internaciona- lización del capital, de ese mundo interdependiente, interconectado globalmente, es la desestructuración, la des- articulación de las culturas nacionales, la pérdida del arraigo comunitario (para bien y para mal), cierto grado, soportable o insoportable según el tiempo y el lugar, de ca- os social. Lo diremos con una imagen: ante el huracán del progreso, ante esa ‘fuerza de la naturaleza’ incontrolada (igualmente podríamos utilizar la imagen, propuesta por Marx, del mal aprendiz de mago incapaz de contener el po- der desatado por su hechizo) y ante la abstracta desnudez

el

del ser humano, ante una Declaración de los Derechos Hu- manos que en ausencia de cultura no abriga, que no protege, no son de extrañar ciertos movimientos de replie- gue fundados en distintas utopías regresivas. Así las cosas, la tentación fascista en occidente es una presencia no exor- cizable (no exorcizable, tampoco, por su función conservadora de un capitalismo nacional de excepción); tampoco el llamado fundamentalismo islámico. Frente, en términos de Martínez Marzoa, la liquidación abstracta, frente al ‘progreso de la Humanidad’ –inversión ideológica de la fuga hacia adelante del capital–, también frente a la revolución conservadora (fascismo), la disyuntiva, como proponía el título de aquella revista francesa en que escri- bieron Lyotard y Castoriadis, parece clara: algo difícil de pensar y fácil de imaginar que conservara revolucionaria- mente el progreso de las fuerzas productivas de la sociedad moderna neutralizando la desestructuración social y la quiebra del ecosistema; algo que no cayese en impías legi- timaciones y falsas superaciones progresistas de un dolor que no se puede decir; algo que, frente a aquellas formas de barbarie, se hiciera cargo de la circunstancia actual hacién- donos conscientes, sin embargo, de que lo roto no puede ser ya reconstruido. Pero abandonemos este tono y conti- nuemos con el análisis de las contradicciones de los documentos.

En algunos pasajes se nos ofrece la visión ar- moniosa de medidas que favorezcan, como ésta, un ‘dinámico crecimiento económico’ al mismo tiempo que un reforzamiento de la ciudadanía y la cohesión social. Ilus- tremos, a efectos de brevedad, con más datos, por lo que respecta a esta última cuestión, el marco político y econó- mico en que debe cumplirse esta figura. En El Mundo (16/2/2002) encontramos el siguiente titular: Blair y Ber- lusconi impulsarán una mayor flexibilidad laboral. Ambos dirigentes, comprometidos con la meta de lograr una eco- nomía “flexible, liberal, abierta”, suscribieron un documento en el que abogaban por la reducción de las tra- bas burocráticas y cargas fiscales, dando mayor autonomía a la clase patronal, respecto a contrataciones, despidos (fa- cilitando el despido libre) y pensiones. El laborista Tony Blair afirmó que “la idea del trabajo seguro bloquea el mer- cado laboral y contradice el beneficio común de las medidas liberalizadoras puestas en marcha”. Al tiempo que se hacían estas declaraciones 100.000 trabajadores se mani- festaban en Roma contra las reformas laborales del gobierno italiano. Curiosa forma, sin duda, de fortalecer la cohesión social. O una cosa u otra, y no las dos, bajo el ca- pitalismo, al mismo tiempo.

En el horizonte indeseable de una universidad pública entregada a la promiscuidad del mercado, depen- diente de la financiación privada, 12 en el horizonte de una

12 (El caso Regina 11.) Para comprender las implicaciones que pueda tener para la Universidad pública la búsqueda de financia- ción privada expongamos el caso Regina 11. Durante el año 2002 estaba prevista la cesión, por parte de la Facultad de Medicina, del Anfiteatro Ramón y Cajal –para más señas, el lugar donde se rea- liza el acto de Apertura del año Académico en la Complutense– como espacio en que desarrollar el Curso de Relajación Mental Regina 11, cuyo folleto de propaganda merece sin duda la pena

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

universidad convertida en una FP superior de creciente es- pecialización y tecnificación en detrimento de una también crecientemente prescindible formación humanista (esto es, en contacto con el pasado desde las perspectivas filosófica,

histórica y filológica, contacto posibilitador de la reflexión totalizante, política), entregada al reciclaje de usuarios des- politizados y consumidores satisfechos, entregada a la

, curso conservar las misiones de la Universidad: la formación integral, la promoción de los valores democráti- cos, la solidaridad y la crítica. La yuxtaposición de democracia y eficacia repugna al pensamiento. No le es po- sible a la razón conciliar la tendencia de estas reformas a dotar de mayor poder a los órganos unipersonales, en pos de la agilidad y flexibilidad necesarias según las ‘cambian- tes demandas del entorno’, y el debate, la discusión pública, el parlamento, no subsumible en el tiempo homogéneo de la acumulación, ese tiempo convertible en oro –otrora, pa- trón de cambio universal–. En efecto, la democracia, el execrado ‘asamblearismo’, es una traba para la rápida, ágil, flexible, toma de decisiones y resolución de todo problema cuando una demora en la decisión podría provocar graves pérdidas (económicas) o desventajas respecto a otros com- petidores. La discusión pública implica, en esta circunstancia, una problematización innecesaria de asuntos que únicamente admiten una solución técnica y económica en manos de expertos. La persecución de la eficacia a ul- tranza –a la par que la extensión de la sociedad de consumoexige la despolitización de las poblaciones, ce- rrándose sobre ellas una lógica circular que retroalimenta el proceso. Del mismo modo, ‘adaptarse a las demandas’ que impone la transformación social y económica –y ahora ya conocemos el origen de tal transformación– y a las condi- ciones actuales de ‘empleabilidad’, difícilmente puede yuxtaponerse a la ‘participación activa en la concepción del futuro de Europa’. Las reformas laborales y educativas difi- cultan, si bien no impiden, la existencia del espacio (tanto físico como discursivo) de la actividad política, de esa ciu- dadanía activa a cuya responsabilidad se pretende dejar la construcción de la nueva Europa, de esa ciudadanía que, al

dinámica competitiva

en tal horizonte pretende este dis-

¿en qué di-

rección?, ¿como función maximizadora de la acumulación y valorización capitalistas, tal vez?

Respecto a la armoniosa convivencia –sería más exacto decir ‘connivencia’– entre los sistemas de edu- cación públicos y los proveedores transnacionales en el marco del GATS, hay que decir que dada la posibilidad sancionadora, penalizadora, de la OMC –organismo eco- nómico carente de la transparencia y publicidad debidas, en el que las posiciones negociadoras de los gobiernos no son sometidas a debate público– hacia políticas ‘discriminato- rias’ tendentes a subsidiar la enseñanza pública, dada tal posibilidad, la financiación de la educación a este nivel es- taría en serio peligro. La subsidiación local y el legítimo objetivo de la persecución del interés público quedan des- plazados como barreras distorsionadoras de la libre competitividad y eficacia económica; para ello se utiliza una imagen falaz: en este juego –olvidando la dinámica trá- gicamente selectiva de la concurrencia– ‘todos salimos ganando’. Cuestiones como la equidad, la accesibilidad, la libertad académica y el mantenimiento de disciplinas, en principio, comercialmente irrelevantes –cuando menos, en su estado actual– y, por tanto, de forma creciente, estrangu- ladas en lo financiero, estas cuestiones, decimos, quedan progresivamente relegadas al margen de la asignificativi- dad, no encontrando lugar alguno, en esta gramática, en que cobrar sentido.

tiempo, potenciará al máximo su desarrollo

Se toma, por lo común, en estos textos, a ‘la so- ciedad’, 13 sin más determinaciones, como último agente

responsable de la reforma. En un tono de justificación, casi

‘la so-

‘la sociedad pide

discurso y, desgraciadamente, en las más de las concien- cias, intereses del mercado e intereses de la sociedad. Pero ‘la sociedad’ –sólo con las pinzas de las comillas parece hoy dejarse tomar este término– se limita a reaccionar con rezago a los cambios desatados en el edificio social por la desesperada exigencia estructural ya mentada de renovar

ciedad demanda

Coinciden en el

diríamos, infantil, se afirma: ‘la sociedad exige

’,

’,

’.

incesantemente la base técnica de la producción. Tal exi- gencia es invertida ideológicamente y transfigurada en demandas de la sociedad y aun de la humanidad toda. La lectura de una metáfora, nada casual, extraída del Memo-

rándum

nos lleva, al punto, a esta otra metáfora utilizada

, por Fernando Álvarez - Uría y Julia Varela en el prólogo al

libro –lectura obligatoria– de Karl Polanyi, La gran trans-

en la historia

de la humanidad la sociedad se convertía en una simple

función del sistema económico y flotaba sin rumbo en un mar agitado por las pasiones y los intereses, como un cor-

Las viejas formas de

cho en medio del océano. [

socialidad fueron sacrificadas al nuevo ídolo del mercado

autorregulador [

su soporte humano y natural”. 14

sociedades se vieron despojadas de

ser reproducido aquí: “Iniciación a la Metafísica. Curso práctico

no teórico. Conozca las técnicas para aprender a: 1. Ver el aura humana y canalizar su energía para vivir positivamente. 2. Recibir

y

enviar mensajes mentales (telepatía). 3.Controlar la salud física

y

mental por medio del magnetismo. 4. Estudiar sin esclavizarse

de los libros. 5. Relajarse instantáneamente en cualquier circuns- tancia. 6. Educar a sus hijos mientras duermen. 7. Tener un

matrimonio feliz. 8. Controlar la fuerza del pensamiento. 9. Ver y saber los diferentes significados de las caras. 10. Proyección y as- troproyección y la forma de hacerla. 11. Levitación. Este curso también lleva al alumno a una asombrosa introspección al origen y destino del ser humano. Con frecuentes Cambios de Energía, que Regina realiza a sus grupos mientras se dicta el curso. Relajación Mental no es simplemente un curso, es un proceso que te transpor- ta al maravilloso mundo de la mente. Regina 11 es maestra de maestros de Metafísica y conocida mundialmente, con millones de alumnos repartidos por infinidad de países. Y autora de varios li-

¡al increíble precio de 66 euros!

bros de Metafísica”. Todo ello

Este delirante curso fue abortado, en el último momento, por la

falta de acreditación adecuada.

formación: con la llegada del liberalismo, “

]

las

]

13

expresión

la propiedad inmueble y su Estado

empleada acertadamente para designar el capital, ”

14 La gran transformación, p. 15 [Ediciones La Piqueta, Madrid,

(El capital, p. 296).

1997].

Los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio

29

El comentario de aquellos textos nos ha servido de excusa para acotar la circunstancia en que tendrán lugar los desafíos de la Academia para el Tercer Milenio. La pre- sión que el capital ejerce, de formas más o menos sutiles o directas, sobre la formación científica básica y sobre los contenidos tradicionales de ciertos estudios superiores –en especial, los menos reconciliados con el presente–, amena- zando con su extinción o con deformarlos hasta lo irreconocible, nos sitúa, al parecer, en una situación aporé- tica. Tanto la resistencia como la entrega incondicional a este curso suponen, progresivamente, la desaparición de tal formación y tales contenidos, ya sea por, digamos, asfixia financiera, o por un exceso de maleabilidad que los con- viertan en otra cosa. Un conocimiento no plusvalorizable, cuyo espacio público no es defendido por un poder estatal en deconstrucción, difícilmente encontrará financiación privada; deberá ir dejando de ser, al menos en su forma ins- titucional. Por lo que respecta a los estudios de Filosofía este curso es especialmente siniestro. A pesar de la implan- tación de la Filosofía en la Enseñanza Secundaria, existe una tendencia al acomodo de los nuevos licenciados en el ámbito empresarial en forma de ‘ejecutivos sofisticados’ dedicados a tareas de dirección, gestión y recursos huma- nos, tareas ‘lubricantes’ de la dinámica capitalista. Del mismo modo, la creación de departamentos de ‘bioética’ y ‘ética de la empresa’ apunta inequívocamente a funciones legitimadoras de este desorden de cosas. Esta transforma- ción de las salidas profesionales para estos estudios tenderá a ir progresivamente forzando su ductilidad en la dirección marcada por la lógica de acumulación y revalorización ca- pitalista, lógica que tiende a obturar la posibilidad misma de dar cuenta de este proceso.

5. (En el país de las últimas cosas.) La publicidad con que la empresa norteamericana Nike tomó al asalto el metro de Ciudad Universitaria nos ofrece la oportunidad, con una única imagen, de aprehender, siquiera sea, en principio, in- tuitivamente, de un solo vistazo, el aciago curso que atraviesa las líneas de este artículo. El lugar: un lugar de tránsito, de frenético tráfico en pos del título de ‘nómada excelente’, ‘nómada con certificado de garantía’, ‘nómada de calidad’. En la entrada a este lugar los ‘creativos’ de Ni- ke habían dibujado una pista de atletismo, una pista de velocidad, en la que se podía leer: “¡A correr! Aviso: algu- nos estudios demuestran que la frustración raramente persiste durante más de 5 kilómetros”. El mensaje estaba ilustrado con la calavera y las tibias cruzadas. Al momento recordamos las siguientes palabras del señor Josep María Bricall: “Hasta hace relativamente poco podíamos decir que la Universidad podía no correr, porque no tenía prisa. Era la

única que suministraba formación. [

En EEUU las uni-

versidades tradicionales y las no tan tradicionales están preocupadas por la competencia que les hacen las universi- dades corporativas, que son unas instituciones creadas por empresas, o bien ellas mismas son empresas con espíritu de beneficio, que están recogiendo la demanda que debería ir a las universidades. Las universidades deben ser conscientes de que el mundo va muy deprisa, y cuando el mundo va de- prisa inmediatamente aparecen formas de suministro de los servicios que se demandan” (Gaceta Complutense, 21 de

]

marzo de 2000). Si se nos pidiese un símbolo de la circula- ridad infernal en que estamos, no encontraríamos uno mejor. “El capitalismo histórico es un sistema patentemente absurdo. Se acumula capital a fin de acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda, que corren más deprisa a fin de correr aún más deprisa” [I. Wallerstein:

El capitalismo histórico, pp. 31 y 32 (Siglo XXI Editores, S.A., Madrid, 1988)].

aún más deprisa” [I. Wallerstein: El capitalismo histórico , pp. 31 y 32 (Siglo XXI Editores,
aún más deprisa” [I. Wallerstein: El capitalismo histórico , pp. 31 y 32 (Siglo XXI Editores,

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

De la distinción entre el aficionado (filosofía mundana), el profesional (filosofía “académica”) y el filósofo (Filoso- fía): una discriminación tipológica indispensable para el debate sobre Educación, Universidad y Mercado de Cua- derno de Materiales.

Simón Royo Hernández *

Prólogo

Desde luego que quien escribe ahora el presente ejercicio no es un analfabeto, tampoco un académico ni un filósofo, en todo caso un erudito en ciernes con aspiracio- nes filosóficas; pero a la hora de encabezar el escrito, ya que todos los escritores ponen bajo el nombre la profesión, aquello que hacen para vivir y de lo que comen y pagan el alquiler o la hipoteca, por ese motivo subencabezamos co- mo Vigilante nocturno, si bien todos los textos de filosofía de una miríada de publicaciones llevan el subencabeza- miento de Profesor de la Universidad X. ¿No ha de ser ese fenómeno un primer motivo de reflexión para quienes se preocupan por el lugar de la filosofía en la sociedad actual?

Desde luego debemos a la Academia actual en el sentido no platónico sino universitario de la palabra, nuestra mala formación, y buena parte de la buena formación la hemos tenido que adquirir, epicúreamente, por nuestra cuenta, luchando de por vida por rellenar lagunas. Por tanto nuestra deuda (noción crediticia protestante-capitalista) pa- ra con la Universidad y el Estado es al menos ambigua y, en todo caso, parcial. No obstante, en lo que sigue intentare- mos hacer honor a tal deuda.

I.

Lo primero que se aprende en la escuela la primera vez que se reciben unas clases de Historia de la Filosofía es que Platón distinguía entre ideas y opiniones, entre doxa y episteme, así como entre apariencia y realidad. De modo que en lo que sigue, procuraré articular no ya tanto mis opi- niones, sino también algunas ideas, no adoctrinando a nadie, sino realizando un diagnóstico de un problema, una cartografía, un mapa imperfecto que podrá servir de orien- tación a quien no conozca directamente y mejor que la topografía presente los caminos que ésta traza; aun a sa- biendas de que ningún mapa más que el que propiamente se trace tras familiarizarse con tal arte podrá ser de utilidad.

Es un problema muy difícil y complejo el respon- der a la pregunta ¿qué es la filosofía? Proporcionar una

(*) Simón Royo es licenciado en Filosofía y vigilante nocturno.

respuesta teórica resulta una tarea titánica porque se trata de un asunto que se lleva discutiendo durante alrededor de dos mil quinientos años y no voy a abordarlo sino colateralmen- te en la presente ocasión. Porque si nos fijamos en su dimensión y delimitación ya no teorética sino pragmática, eso nos puede arrojar bastante luz respecto a lo que nos ocupa. Al abordar el problema desde la pregunta ¿qué es fi- losofar?, y no ¿qué es la filosofía?, encontramos algo más que dificultades insoslayables. Esta pregunta colateral nos lleva, inmediatamente, a contestar que filosofar es aquello que hacen los filósofos, que filosofar es hacer filosofía y que filósofo es quien hace filosofía. Dimensión práctica tra- tada someramente por Wittgenstein y relacionada, como veremos, con la producción de conceptos o ideas: “Die Philosophie ist Keine Lehre, sondern eine Tätigkeit” (Trac- tatus Logico-Philosophicus 4.112). Si hacer filosofía es lo que, indudablemente, han hecho gentes como, por ejemplo:

Platón i , Aristóteles ii , Tomás de Aquino iii , Spinoza iv , Kant v , Hegel vi , Husserl vii , Sartre viii , Wittgenstein ix o Heidegger x , por poner unos nombres de los que nadie discutiría el cali- ficativo de “Filósofos”, entonces quienes queramos “hacer filosofía”, aun sin responder a la pregunta “¿qué es la filo- sofía?”, lo que tendremos que hacer es tomar como modelos a los grandes filósofos y encaminarnos hasta llegar a hacer lo que ellos han hecho, hasta llegar a la filosofía pu- ra y al manejo de conceptos al más alto grado de abstracción, que es el núcleo de lo que han hecho y sobre lo que gira el resto de su producción literaria. De ahí que la familiaridad con al menos un filósofo, el convertirse en es- pecialista del mismo y, al tiempo, el hacerse su amigo tomándolo por maestro socrático, pueda ayudar a compren- der cómo se hace la filosofía. Esto es, a partir de un modelo preclaro, junto a otros requisitos, podría llevarnos esa mí- mesis y ese empeño, con el tiempo, la disciplina y el esfuerzo, a convertirnos en filósofos nosotros mismos. Por otra parte, el filósofo, en sentido estricto, es quien tiene un sistema holístico de explicación de la realidad, aunque tam- bién en sentido lato, son muchos los filósofos que se han ocupado de una parcela de la realidad y no del todo.

De la distinción entre el aficionado, el profesional y el filósofo.

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A causa de que la frontera entre la filosofía y la li- teratura sea a veces confusa (pues existe la literatura filosófica: Voltaire, Séneca, Sartre en sus obras literarias, Rousseau, etc, lo que Unamuno llamaba nivolas para dis- tinguirlo de las novelas), y de que exista algún rudimento de filosofía en la mejor literatura (pues los mitos homéricos y hesíodeos contienen ya el germen de la filosofía), y ade- más, como en las distintas disciplinas científicas también se aprecia la configuración de un saber racionalmente ordena- do (ya en la geometría, la física o la biología, pero también en la historiografía, la filología o incluso la música y el de- porte), parece, por todo ello, que todo es filosofía y que todo homo sapiens sapiens es filósofo. Pero no debemos confundir la cuestión de la génesis de la filosofía con la cuestión de la estructura y quehacer propiamente filosófi- cos, aunque responder a la pregunta ¿cómo se llega a ser filósofo? tiene algo que ver con responder a la pregunta ¿cómo surgió la filosofía?

Como Platón y Aristóteles no tenían más filósofos anteriores a ellos que los presocráticos, tuvieron la suerte de no tener que estudiar demasiada “historia de la filosofía”. Ambos, mucho más el segundo, sin embargo, estaban fami- liarizados con todo el saber de su tiempo. Los griegos no padecieron hasta la época del helenismo la enfermedad his- tórica o vicio del eruditismo extremo, sin embargo, todos estaban familiarizados, al menos, con la poesía homérica y con las obras de teatro (épica, tragedia y comedia), lo cual les proporcionaba una sólida formación de base, unos ci- mientos nobles sobre los que asentar el edificio de la filosofía, asunto facilitado por la disponibilidad que su pe- culiar sistema político les proporcionaba y exigía.

El filósofo Friedrich Nietzsche nos puede orientar en nuestra disquisición actual, pues criticó duramente a la llamada filosofía académica o universitaria xi , que no es, en sentido estricto, más que la profesión de profesor e histo- riógrafo de las ideas filosóficas, aunque como cualquier otra profesión o circunstancia vital que lo permitan, es una profesión plenamente compatible con la posibilidad de lle- gar a hacer filosofía. No hay que olvidar que, respecto a las profesiones o circunstancias vitales y materiales, los filóso- fos no vivían del aire sino que eran: Platón y Aristóteles, terrateniente el primero y el segundo preceptor; Epicteto, esclavo; Marco Aurelio, emperador romano; San Agustín y Santo Tomás, eclesiásticos; Spinoza, pulidor de lentes; Descartes, mercenario; Maquiavelo, secretario de la canci- llería de Florencia; Leibniz, diplomático; Bacon, canciller de Inglaterra; John Locke, médico; Rousseau, copista de música; Marx, pensionado de Engels y periodista; Stuart Mill, diputado del parlamento británico y comerciante; Nietzsche, profesor y rentista con una baja permanente por enfermedad proporcionada por el Estado prusiano, etcétera, etcétera. Aunque a partir de la modernidad la profesión de profesor universitario se haya impuesto como la más fre- cuente entre los filósofos (Schopenhauer, Kant, Fichte, Hegel, Heidegger, Habermas, Gadamer, Derrida, Foucault, Deleuze, etcétera), en raras ocasiones logran dedicarse ex- clusivamente a la investigación, estudio, reflexión y producción de pensamiento.

Como hemos visto con el ejemplo de Nietzsche, el filósofo condena al erudito y su febril detallismo historio-

gráfico, pues la proximidad de los árboles le impiden a me- nudo ver el bosque, motivo por el cual Schopenhauer dijera que no le importaba morir y ser devorado por una miríada de gusanos, pero que le horrorizaba que cuando muriese una miríada de catedráticos de universidad se pusieran a roer su obra. Y desde luego que, de los aficionados no se preocupaba, pues no los consideraba capaces de hincarle el diente a su Die Welt als Wille und Vorstellung xii . Pero si bien vemos que hay que tener cuidado con que la cercanía del árbol te impida ver el bosque, también habrá que tener cuidado con lo contrario, con que la distancia del bosque no deje ver la fauna y la flora que lo habitan. Pero el propio Nietzsche no sólo era un gran erudito en la filosofía clásica sino que se familiarizó enormemente con una serie de pen- sadores con los que llegaría a dialogar y discutir: “Cuatro parejas de hombres no han rechazado mis sacrificios: Epi- curo y Montaigne, Goethe y Spinoza, Platón y Rousseau, Pascal y Schopenhauer” (Nietzsche Humano demasiado humano II. Miscelánea de opiniones y sentencias, §408).

II.

Respecto a la Filosofía se puede ser entonces auto- didacta y lector procaz o tardío (filosofía mundana), erudito

o/y profesional, especialista o generalista (filosofía acadé- mica), e incluso Filósofo. El aficionado y el filósofo coinciden en la sinceridad y seriedad con la que se toman la filosofía, frente al profesional, que la puede concebir como un adorno. De ahí que Sócrates y el joven Hipócrates del Protágoras de Platón tengan más en común entre ellos que

el primero con el sofista. En sí mismas todas esas formas de

relacionarse con la filosofía nada tienen de indigno y mu- cho de meritorio. Un gran erudito como Werner Jaeger, escritor de la monumental Paideia, merece los más grandes

respetos, elogios y agradecimientos; también el aficionado

o el joven cuando se inician en la reflexión y se encaminan

sinceramente hacia la filosofía realizando entonces ejerci- cios que pueden compartir con los demás y que son como una antesala más de la filosofía: la racionalidad emergente que se contrapone a las ideologías medioambientales; pero no creemos que nadie discuta que Platón, el filósofo, es más estimable que John Burnet, el gran especialista en Platón (aunque el segundo sea muy respetable también), que Hegel, el filósofo, es más estimable que Jean Hyppolite, el gran especialista en Hegel, o que Nietzsche, el filósofo, sea más estimable que Andrés Sánchez Pascual, el gran espe- cialista en Nietzsche. Los especialistas en un autor suelen ser, además, traductores del mismo, como los citados con anterioridad, e incluso hay muchos casos en los que los tra- bajos de especialista y la condición de filósofo coexisten, ya que por poner un ejemplo clarísimo, el filósofo Heideg- ger era un especialista magnífico en el filósofo Nietzsche (y además ejercía de profesor universitario), aunque no lo le- yera sólo como especialista sino también como pensador que dialoga con otro pensador para desarrollar su propio pensamiento. En España, el filósofo Agustín García Calvo es, además o previamente, un gran erudito y filólogo, y vive de dar clases de latín en la Universidad y otro tanto podría decirse de Gustavo Bueno.

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Cuaderno de MATERIALES, nº 19

Por todo lo antedicho, vemos que el interés por de- cantar la reflexión de estilo filosófico del lado del amateur en contraposición a la fiebre erudita del profesional parece ser siempre, tan sólo, una necesidad psicológica de quien quiere hacer filosofía y nunca ha podido poner los medios formativos necesarios para su ejercicio. Pero en tales casos un estudio sistemático de alguno de los autores que les inte- resan a los aficionados o amateurs no estaría nada mal, para orientarse en el pensamiento y poder darse cuenta de que no todo es relacionable con todo. Célebre autodidacta es, por ejemplo, el lucidísimo Rafael Sánchez Ferlosio, eso si en- tendemos por autodidacta quien nunca ha cursado unos estudios oficiales ni obtenido unos títulos académicos. Pero el caso que mentamos no es en absoluto el de alguien que no haya pasado por la disciplina de la sistematicidad, erudi- ción, rigor kantiano, de un modo mucho más firme que muchos académicos; simplemente lo ha pasado por su cuenta, transitando por otras vías los mismos caminos y ad- quiriendo por otros medios las mismas aptitudes y capacidades. Luego el aficionado que a veces nos interpela con su escritura y su protesta antiacadémica tiene razón en que no es absolutamente imprescindible el paso por unos cursos y titulaciones; pero carece de ella cuando minusvalo- ra o desprecia lo que unos estudios en regla pueden aportar, no mostrándose dispuesto a adquirirlo por otros medios, o lo que es peor, pensando que eso no tiene importancia o que cualquiera que tenga mucho corazón y se ponga frente a un libro será capaz de entenderlo y cualquiera que se ponga frente a una página en blanco será capaz de escribir. Hace falta como mínimo estar alfabetizado para poder leer y es- cribir, pero mucho más que estar alfabetizado para poder leer y escribir filosofía. No es lo mismo leer el Marca que leer a Aristóteles y la diferencia entre ambos lectores estri- ba en que no todo lector del Marca puede entender a Aristóteles, mientras que todo lector de Aristóteles no ten- drá ninguna dificultad en entender el Marca.

Respecto al aficionado que critica al profesional el problema es que no ejemplifica lo que critica, como hace un texto de Séneca, aquél en el que el sabio estoico criticaba la erudición, pero demostrando dominarla y hallarse, por así decirlo, por encima de ella xiii , (como hiciera Nietzsche en su juventud al criticar a los filólogos); pero el aficionado no está por encima de lo que condena y su filosofía es munda- na sin sobrepasar ni superar a la académica, con lo cual su crítica no viene desde arriba sino desde abajo y carece de fuerza, aunque tenga motivación e ilusión.

El aficionado a la filosofía (mundana) lo es, como lo es a la Astronomía. Distingue también éste (al igual que el profesional) entre aficionados y profesionales, pero no establece mayores distinciones. Aficionado a la astronomía soy yo; profesional, quien trabaja en el observatorio de Te- nerife, pero astrónomo, astrónomo sólo lo son gentes como Copérnico, Kepler y Galileo. Yo también soy aficionado a la astronomía, de pequeño me compré una carta celeste y un pequeño telescopio porque quería ser astrónomo, pero lue- go descubrí que para ser astrónomo había que aprender muchas matemáticas y, con el absurdo modelo de ciencias o letras (en lugar de ambas) me decanté finalmente por las humanidades, donde acabé aprendiendo que si para ser as- trónomo hacen falta las matemáticas para ser filósofo hacen

falta también algunas cosas especializadas, aunque no lo parezca, como conocimientos en ciertas lenguas, familiari- dad con la historia de la filosofía, la corrientes, los autores y las doctrinas, así como un largo ejercicio de las reglas del razonamiento lógico. A quien no haya tenido tiempo hasta el momento de adquirir tales medios sólo puede recomen- dársele que sin tardanza los adquiera, bien mediante unos estudios reglados, bien mediante otras vías más personali- zadas, pero no podremos alentar el que se los desprecie por no poseerlos.

En mi caso particular, respecto a lo de convertirme en filósofo, sólo puedo decir que sigo en ello (que mis estu- dios y escritos son ejercicios encaminados a convertirme en Filósofo), pero que, con todo ello, se puede convertir uno en un erudito, no en un filósofo; siendo cierto que precisa- mente eso mismo necesario para llegar a hacer filosofía puede llegar a ser lo que más la entorpezca, pero siendo igualmente cierto también, que sin ello, sin pasar por ello e intentar ir más allá de ello, no hay filosofía que valga.

La visión del aficionado a la Filosofía es muy fre- cuente y está muy extendida y por eso es muy digna de atención. Da la pauta de un sentir general, en la línea de El Mundo de Sofía, aunque quedarse allí y no ir más allá no me motiva mucho, por más que pueda llegar a entender, si me esfuerzo un poco, su relevancia social y cultural como medio de divulgación en un mundo intelectualmente tan je- rarquizado que a millones se les condena a sólo adquirir un conocimiento muy rudimentario de todas las cosas (a la educación general básica) cuando no al hambre y al analfa- betismo.

Esa visión es un signo, no obstante lo antedicho, de la lectura y el estudio encaminado a justificar nuestros pro- pios prejuicios (creemos verdadero lo que nos place y falso lo que nos duele), en lugar de la lectura y el estudio enca- minados a arrancar de raíz nuestros prejuicios. Spinoza insta a pensar sin dejarse influir por las pasiones, y lo cree posible; Nietzsche, sin embargo, considerará eso imposible y nos advertirá contra el embrujo hedonista del conocimien- to, instándonos a buscar las verdades duras, dolorosas, como prueba de que no sea el placer el que nos influya en el asentimiento. Pero no basta sentir dolor (o placer) leyendo un libro de filosofía para ser filósofo, filosofar no es sentir, tampoco el sólo razonar (algo más amplio y que es propio de todos los seres racionales). Luego algo distinto a sentir y razonar ha de ser el filosofar, y algo distinto el Filósofo del erudito o del aficionado.

Aquí estoy defendiendo las virtudes de los estudios reglados y del academicismo sin tener el academicismo como profesión; que conste entonces que ya no trabajo co- mo profesor, sino como vigilante nocturno (mi profesión, de lo que me alimento y pago el alquiler) y que poca gente hay tan crítica como yo con las instituciones de enseñanza secundarias o terciarias xiv . Sin embargo, siempre he estado en contacto con esas instituciones y con quienes las fre- cuentan. ¿Por qué? Pues porque pese a todos sus defectos, vicios y corrupciones, es en esas instituciones donde se puede encontrar a otros ciudadanos con los mismos inter- eses que los tocados por el afán de la reflexión y de la voluntad de llegar a ser filósofos. Porque pese a la corrup-

De la distinción entre el aficionado, el profesional y el filósofo.

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ción de la universidad o la locura de la secundaria, en la

primera se pueden llegar a adquirir unos conocimientos propedéuticos indispensables para llegar a la filosofía y en

la segunda se puede llegar a enseñar el amor a una discipli-

na pese a lo aburrido y pesado que pueda ser el absorber sus rudimentos, proporcionando, desgraciadamente como ex- cepción y no como regla, los recursos necesarios para llegar

a ser Filósofo (aunque cada vez más se pretende que sólo

proporcione lo necesario para llegar a ser profesional y ga-

narse la vida de ese modo).

Si Fidias es escultor y arquitecto y no albañil, si Séneca es filósofo y no charlatán y Galileo es astrónomo y no contable, ya sabemos de algún modo lo que sería ser es- cultor, filósofo o astrónomo, sería ser como Fidias, como Séneca o como Galileo. Cosas que parecen ser el privilegio de algunos pocos, aunque bien pudiera ser el privilegio de muchos, o no ser siquiera un privilegio, sino un derecho y una necesidad social, explicación a mi juicio de lo que se ha llamado el milagro griego y que no tiene nada de milagroso, pues depende tan sólo del ocio, renta y formación con que cuenten los ciudadanos xv , el que haya una filosofía crítica dispersa que impregne a toda una sociedad.

El seguir ciega y absolutamente a un autor u otro no es propio de quien reflexiona sino de quien se deja ma- nipular, como el religioso, como quien necesita sacerdotes, directores espirituales, adoctrinadores. El mesianismo salví- fico y el adoctrinamiento son dos de los vicios más grandes

del profesorado. Distinguimos por tanto, aquí, entre aficio- nado a la filosofía, profesional de la historia de la filosofía

y Filósofo. Pues ya decía Heráclito que: “Una gran erudi-

ción (polimathes) no enseña (didasko) la inteligencia (nous)” (22DK40). Pero como no todo está dicho allí, en el fragmento citado de Heráclito, habría que añadir: no, no la enseña, pero puede ayudar a desarrollarla. ¿O acaso se de- sarrolla por ciencia infusa o aparición del espíritu santo?

Finalmente, respecto a este apartado, recomendar a todo aficionado que se especialice en cierta medida y se in- terdisciplinarice en lo posible, al menos lo suficiente como para poder subir la escalera que lleva del aficionado, pasan- do por el especialista polivalente, hasta llegar al maestro ya Filósofo. Pues hay inevitable y generalmente que pasar del filo-sophos al mathematicus y de éste, al sophos. Aunque puede haber excepciones de forma extraordinaria o Filóso- fos con poca erudición historiografístico-filosófica, como Althusser, Kierkegaard o Wittgenstein. Las ciencias surgen entre las ideologías y la filosofía entre las ciencias, pues si nos fijamos en el proceso del conocimiento en Platón, no puede pasarse desde el grado ínfimo (la eikasía o primer grado de la dóxa) hasta la dianoia y la noesis o grados su- premos y propiamente filosóficos (episteme), sin pasar por los momentos intermedios xvi . Nadie diría que la eikasía (ver

el televisor) es filosofar, aunque sea ya un primer grado ín-

fimo de movimiento neuronal en el cerebro.

III.

Tonio Kröger, el escritor trasunto del propio Thomas Mann y reflejo biográfico de todo auténtico pensador, nos explica muy bien el problema cuyo diagnóstico intentamos aquí pronosticar. El artista, el creador, el filósofo, lo es en la medida en que su vida está primordialmente orientada hacia el arte, la creación y la filosofía. Las estructuras sociales pueden promover o impedir su surgimiento, pero no está claro que la universidad actual haya de ser más promotora que impedidora de su aparición.

Al filósofo o al artista su anomalía, su locura xvii , le sitúa en una espantosa soledad, en un aislamiento insopor- table que rompe cuando se integra entre las personas, en la normalidad xviii , porque ¡también él es una persona!, aunque haya llegado a ser algo más terrible y extraño, un engendro al que ya no se le puede denominar persona. El filósofo se ha esforzado por quitarse las máscaras y lo ha logrado en mayor medida que los oi polloi, y, sobre todo, se ha quitado esa máscara de los muchos, si bien a veces descansa, al po- nérsela, de la tensión de afrontar el viento con su cara desnuda. No se puede ser artista, creador o filósofo los fines de semana. No es un pasatiempo ni una cuestión al alcance inmediato de la mano. El sentimiento de las personas lleva, en el mejor de los casos, a la empalagosa, inoportuna y tri- vial filosofía, propia del aficionado: “Nosotros los artistas no desdeñamos a nadie tanto como al aficionado, al ser vi- viente que cree que por encima de todo puede llegar a ser ocasionalmente un artista. Le aseguro, Lisaveta, que esta clase de desdén corresponde a mi temperamento más ínti- mo. Me encuentro en una sociedad de gentes de buena familia; comemos, bebemos y conversamos; reina la máxi- ma compenetración y me siento muy contento de poder pasar inadvertido durante un rato en medio de un grupo de personas sin importancia y completamente «normales» co- mo si fuese uno de los suyos. De repente (esto ya me ha ocurrido más de una vez) se levanta un oficial del Ejército, un teniente, por ejemplo, un muchacho guapo y apuesto, al que nadie hubiera sospechado nunca capaz con su uniforme de proceder sin serenidad, y con palabras humildes solicita permiso para leernos unos cuantos versos que ha compuesto