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Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano

Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano Reproducción digital con autorización del Museo de Arte

Reproducción digital con autorización del Museo de Arte Moderno de Bogotá MamBo

Tamayo, grande pintor mexicano

Hace varios años dos mexicanos, Diego Rivera y Rufino Tamayo, hicieron declaraciones casi simultáneas a la prensa en las cuales fijaban sus opiniones con respecto al arte contemporáneo. Habían llegado ambos a un punto muy claro en el cual sus divergencias ya no rozaban ningún terreno personalista, sino que formulaban dos posiciones igualmente nítidas dentro de la pintura latinoamericana

La pintura mural mexicana liberto a su género del vasallaje a los estetismos intelectualistas, muchas veces emotivos y encantadores que, originados en la Escuela de París, tienen hoy curso universal”, afirmaba Rivera. Y Tamayo declaraba: “La cultura no puede tener sino un sentido universal. Me interesan sus problemas en todos los ámbitos de la tierra, pues creo que la cultura es el resultado de las experiencias de todas las gentes del mundo. Por consiguiente, refiriéndome a la pintura, debo insistir en el valor de su universalidad”.

La pintura latinoamericana ha mirado demasiado tiempo hacia México como para poder considerar que la oposición entre Rivera y Tamayo fue una simple rencilla entre grandes pintores. Al incitar a los artistas que trabajaron de 1930 a 1940, a desprenderse del coloniaje de Europa y conquistar su dependencia, Rivera se convirtió en texto general de reivindicaciones que muchos adoptaron como propio. Era difícil comprender en medio de tal exaltación si las reivindicaciones propuestas por los muralistas mexicanos contemplaban la estética o la sociología e imposible establecer entonces los límites y las diferencias entre política y pintura, y entre el creador y el orador de barricada.

Tamayo fue, al lado de “pintores–soldados” cuyo absolutismo revolucionario no les permitía aceptar la más mínima disidencia, un héroe de la pintura. Durante muchos años su posición se juzgó insostenible: su obra se obstaculizaba, negaba, combatía y estigmatizaba sin cesar. Sólo cuando el gran desertor de las filas muralistas comenzó a ser admirado sin reservas en los odiados pero secretamente codiciados centros de París y Nueva York, México debió reconocer que el prestigio de Tamayo recaía sobre su país y que su trabajo representaba el más inteligente esfuerzo de reintegración de un arte local al cauce del arte universal.

La obra de Tamayo experimentó en sí misma esta gradual ampliación de intereses. Si proyectamos sus bellas figuras populares de 1932 sobre la figura humana creada por Tamayo en 1959, veremos que todo lo que ha perdido en simplicidad de buena ley rudamente decorativa y enredada con barandas, pájaros, tiestos de flores, sandías, cuchillos, balcones, sillas de estera, lo gana en dimensión universal, en fantasía casi metafísica, en atrevimientos deformantes, en ambición por dar vida, no sólo a una figura nueva, sino a su atmósfera. Este hombre de Tamayo que vemos hoy día, desorbitado y fantástico en mitad de los viejos elementos transformados por una luz mítica, va mucho más allá, como

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significado, que el bello Zapata Blanco de los buenos tiempos de Rivera o que su repulsivo Rockefeller rapaz de la época panfletaria.

Ya se sabe que Tamayo es un espléndido pintor, y que junto con Wilfredo Lam, Petorutti, Obregón, Matta, pertenece a los grandes pintores de América que no parlotean sobre América sino que sientan las bases de una futura cultura americana con los valores reales de su pintura. Ya se sabe, también, y de ello dan testimonio el noventa por ciento de los artistas jóvenes del continente, que la “operación demagógica” del muralismo mexicano fracasó y que no se puede proclamar la independencia de la cultura como se proclama la independencia política y económica.

Pero era necesario que la rectificación viniera de México. Y ha llegado, Rufino Tamayo, el plástico, el enemigo de la retórica hueca, el mayor impugnador de las “fórmulas impuestas”, ha recibido en México, de manos de un jurado internacional que incluía altas personalidades mexicanas, el Gran Premio Internacional de Pintura de la Segunda Bienal de aquel país.

Lo que demuestra una vez más, que aunque la manoseen, la perviertan, la nieguen, la discutan y la desconozcan, la buena pintura es la única invicta.

Revista La Nueva Prensa, BogotáColombia, 1960.