Sunteți pe pagina 1din 200

Elidio La Torre Lagares

Septiembre
© 2000 Elidio La Torre LAgares
Prohibida la reproducción,
en cualquier forma y por cualquier medio, de esta edición.

Segunda edición:
© 2009 Elidio La Torre LAgares

ISBN: 978-1-935163-09-1

Terranova Editores
Cuartel de Ballajá
Local V
Viejo San Juan, Puerto Rico 00902
Telefax: 787.725.7711
email: eterranova@prtc.net
www.terranovaeditores.com

P.O. Box 79509


Carolina , Puerto Rico 00984-9509
“Leer está de moda; regale un libro”
Contenido

Llover 9

Carmelo 17

La punta del jamón 41

El día que llovió dinero en Adjuntas 55

El rapto de Angela 67

El sueño de Justo 81

Perla 95

Te lo dije, Rosaura 113

Unicornio 123

Norte gris 137

El 5 y 10 de Ruth 151

Karma erróneo 173

Hoy has sido especial 191


Para
Sophia Angélica,
el comienzo.
8
Llover

V a a llover otra vez.


Afuera, el pueblo era una pintura. En el interior
de la casa, las paredes se henchían con el silencio que
suele advenir a la colisión de dos galaxias que se buscan,
se atraen, y se desmigajan en miles de estrellas. Abuela
Gabriela era un péndulo en su mecedora mientras Mamá
remendaba con cinta adhesiva el cristal que cubría la mesa
del comedor. Minutos antes, había prácticado el mismo
remedio al espejo que colgaba de una de las paredes en
la sala de estar. Evidentemente, la noche anterior había
sido de rupturas.
—Va a caer de un momento a otro —decía abuela,
refiriéndose al turbión que ella pronosticaba.
Tras su voz, prosiguió una pausa que me hizo pensar
que habíamos llegado al final de las palabras y la tarde
pareciera tragarnos con su silencio.
Me levanté para oliscar el aire atiborrado de agua—
ese olor a herrumbre que suele revolotearse en el aire cual
aleteo de plúmbeas golondrinas que rasgan el cielo como
la garra bestial y gris que presagia un inminente aguacero.
No se movía ni una sola hoja. No se escuchaba una sola
voz. No pasaba ni un sólo automóvil. Y bien pudiese
haber estado muerto, y me hubiese dado igual, porque
nada parecía tener vida aquella típica tarde de un sábado
en septiembre.
—Se está ennegreciendo Guilarte —comentaba
abuela, mientras miraba hacia el pico del legendario cerro
que reina entre las montañas de Adjuntas.

9
Mamá tendía su mirada sobre el suelo, como si
temiese levantarla por aquello de que no se le cayeran los
ojos. Luego de darle los primeros auxilios al cristal de la
mesa, se sentó en una apolillada silla a darle vueltas al rollo
de cinta adhesiva, como quien le da cuerda a una órbita que
no quiere girar. Y bien ella pudiese haber estado muerta,
pero igual le daba, porque los sacos de piel bajo sus ojos
parecían dos lápidas invertidas. Su mundo, pensé, era un
higo podrido.
Afuera, las golondrinas volvieron a alornar el cielo
cual lluvia de asteroides. Me pareció que la escena había
ocurrido anteriormente —un déja vú reiterado, persistente
y redundante— pero simplemente aludí a que en mi
pueblo las cosas conservan un halo de calendario repetido
que hace parecer que uno siempre está diciendo las mismas
cosas— viviendo las mismas cosas— muriendo de las
mismas cosas.
—Ahora sí que va a llover —insistía abuela.
Volví al sofá en donde yo estaba sentado y desde
allí, con mis piernas en posición meditativa, cual Buda
apagado frente a un espejo roto, observé a mi madre.
Mi madre.
Su traje deslucido y pringoso, alegoría de lo que
una vez fuese el centro de un variado ropero. Sus rizos
gruesos y rojos perdían el fuego de su matiz, como si se
estuviesen desangrando, y en su lugar daban paso a un reino
de paja blanca. Sus gruesos brazos parecían henchidos por
sufrimiento más que por desórdenes nerviosos o tiroidales.
Sus sandalias ya casi no tenían suelas, como si las hubiese
perdido caminando un largo y penoso trecho. Claro, mi
madre igual pudiese estar pisando tierra con la planta de sus

10
pies, y ni siquiera se hubiese dado cuenta, porque andaba
algo descaminada en sus pensamientos durante aquellos
días.
Mi madre tenía una historia muy peculiar. Durante
su juventud, ella se vio en la necesidad de emigrar del
pueblo para trazar su propio destino. No tenía recursos ni
dirección, sólo con un manto de voluntad que ella llevaba
tejiendo desde niña. Fue de esa manera que logró hacerse
de un par de zapatillas rubí en una época en que la gente
apenas tenía zapatos. Y es que ella había dado lo mejor de
sí misma hasta lograr licenciarse como maestra, trabajo tan
digno y vital como el sexo para la preservación de la especie
humana, y que en aquel entonces solía ser una profesión
muy prestigiosa en un país iletrado. Por supuesto, las cosas
habían cambiado y los más de veinte años que ella le había
dedicado a la profesión se habían disuelto en el viento.
Hoy se enfrentaba a una profesión muy mal pagada y de
peor estima, y si una vez tuvo la dicha de haber ayudado
a educar a los que ahora llevaban las riendas del pueblo,
hoy no le quedaba ni la sombra de ese ayer: ni felicidad,
ni agradecimiento, ni ganas de vivir, ni zapatillas rubí.
Apenas anoche había sentido como se consumían
las últimas brazas de un fuego que aún le encendía la razón
de ser.
—¿No vas a almorzar? —me preguntó sin
mirarme.
Mi silencio fue profundo. Perentorio. Seco.
—Tampoco desayunaste —dijo.
—No tengo hambre. ¿Y tú?
Su silencio fue profundo. Perentorio. Seco.
No era necesario recordar que, desde hacía algún

11
tiempo, habíamos comenzado a sacrificar una de las tres
comidas del día. Era como vivir con el Padre y el Hijo,
pero sin el Espíritu Santo, aunque creo que la analogía iba
mejor viviendo con el Hijo y el Espíritu Santo, pero sin
el Padre.
Mi padre.
Gracias a él, la comida escaseaba en casa. Nadie
lo admitía ni lo comentaba. Sólo se sabía y así se aceptaba.
Como una fe vieja.
—Va a llover —repetía abuela Gabriela con logística
de muñeca de cuerda.
Tantas veces había visto a mi madre llena de
felicidad que me era tan imposible asimilarla así, con su
rostro de tarde lluviosa, incapaz de sonreír, como una
minusválida de la alegría que se pierde en sí misma y no
se encuentra, y entonces todo lo que queda es un otoño
que anuncia un invierno que no llega— que se desea—
pero que nunca llega, y en su dilación extirpa la primavera
y el verano de la vida, convirtiéndose así en un eterno
septiembre.
—Va a llover. De un momento a otro va a llover
—insistía mi abuela.
Distraje mi mirada y sobre la mesa de centro me
encontré con una foto de mi madre y mi padre en el día
de su boda. Mamá lucía espléndida en su traje nupcial que
le habían tejido con todas las purezas del mundo, mientras
mi padre exhibía un impecable traje negro escarabajo,
como un caparazón que facilita esconderse y protegerse del
mundo y sus miradas. Mami resplandecía de felicidad. Era
un sol. Su fino y delicado cuerpo; su cintura de guitarra de
cristal; sus ojos de camándulas fotoeléctricas y su sonrisa

12
de gruesos labios galvánicos, como tocada hipostáticamente
por una sensibilidad superior. Papá lucía adusto y lábil, con
su mirada locústida lejana e inaccesible.
Me pareció que me miraba en un espejo que se
abría en dos mitades.
—De un momento a otro. Te lo digo. Va a llover.
Sólo no dejen mojar a la niña.
—¿Qué niña, doña Gabriela? —preguntó Mamá.
—Esa niña que está ahí sentada vigilándome en la
otra silla mecedora.
Mamá no levantó su mirada. Sabía de qué se
trataba.
—No te preocupes, abuela —dije mientras
trashojaba aquel libro de Horacio Quiroga que tantas veces
ella me había leído, y que hoy se percudía de olvido—. Es
un ángel que te cuida.
—Debe serlo —contestó abuela—. Hasta tiene
alas.
La silla mecedora estaba vacía.
Suspiré profundamente.
Un algo extraño me hacía un nudo en el centro del
pecho. Me sentía así desde la noche anterior.
Anoche.
Eran como las doce de la noche y me encontraba
tratando de conciliar el sueño, pero no podía, porque
Mamá me había dicho que tenía que hablar con papá.
Después de tantos años de incertidumbre, evasión y
humillación, por fin Mamá había confirmado que mi padre
tenía una amante. Mamá no sabía qué hacer, y yo sólo
quería redamar sus sentimientos hacia mí, pero ya su alma
estaba exangüe para poder advertir alguna manifestación de

13
afecto, y sólo me preguntaba con precisión cronométrica
qué debía hacer, y yo, sufriente, esperaba a que ella se le
olvidara porque si yo abría la boca, le tendría que admitir
que siempre supe de las andadas de mi padre, y que no me
había dado la gana de abrir esa caja de Pandora, porque yo
era consciente de que la cosa acabaría mal y que no habría
happy ending, ni siquiera tregua y mucho menos moratoria,
y yo no deseaba ver a mis padres separados.
Algunos deseos viven de futilidad.
Una gran discusión terminó en sentencia y por
mi cabeza desfiló una banda de tambores dando redobles
fúnebres por las calles de mis sienes.
—Ya se va licuando el cielo —anunció abuela.
Traté de pensar en tiempos mejores, pero parece
que nunca hubo tiempos mejores. Mi niñez fue una
sinfonía anacoreta, donde mis juguetes eran instrumentos
de un solo sostenido y prolongado como notas de sueños e
ilusiones sobre un pentagrama de alambres de púas. Triste
melodía de niño solitario.
Por más que intenté, no tuve recuerdos de mi padre
sentándose conmigo a montar mi pista de autos de juguete,
o de ir conmigo al parque, o tomar tiempo para ver cómo
andaban mis asignaturas en la escuela, o simplemente
preguntar cómo yo estaba. Sólo pude recordar las tardes
solitarias en el techo de mi casa mientas el sol se sumergía
detrás de las montañas, mi madre llegando del trabajo
disparada para la cocina a hacerle una cena a mi padre,
cena que bien se la comía o igual la despreciaba, porque a
veces llegaba de madrugada. Sólo pude recordar cuando mi
madre me llevaba ante la nevera y me decía qué cosas podía
comer y qué cosas no podía comer, porque los productos

14
de buena calidad eran los que papá compraba para él; los
genéricos eran para el resto de la familia y esos sí los podía
paladear. Total. Muchas veces Mamá tuvo que desechar los
comestibles particulares de Papá, porque estos simplemente
se descomponían de tanto tiempo abandonados en el
refrigerador, y a mi madre sólo le quedaba el lamento de
no tener lo que pudo haber sido una buena cena.
Asimismo, sólo pude recordar las palizas que por
cualquier cosa mi papá me daba. Pero a mi mente jamás
llegó el beso de las buenas noches, o el abrazo que me
dijera: «Estoy orgulloso de ti»; jamás pasó por mi recuerdo
la paloma de la ternura; o la ilusión de sentir mi mano
hundiéndose en la mano gruesa y tibia de mi padre; a mi
mente jamás llegó el rosario de palabras de apoyo que me
hubiesen dado confianza en mí mismo; a mi mente jamás
llegó el “te quiero” suave y dulce como un sirope; jamás
llegaron las risas; jamás llegaron las luces; jamás llegaron
las tardes jugando al béisbol juntos. Todo lo que llegó fue
el silencio de su asidua displicencia, el estruendo de sus
gritos de exasperación cuando no se hacía lo que él pedía
y el insulto soez por no ser yo lo que él quería que fuera—
aunque todavía no estoy seguro de saber qué él quería que
yo fuera.
Lo último que escuché anoche, después que papá
llegó tarde (nuevamente), fue el ruido de cristales colapsando
contra el piso, como el nacimiento caótico de algo— o el
colapso mortal de otra cosa, y voces que eran casi ladridos,
como si el cancerbero se hubiese autoproclamado dios por
un día, y hoy retumban en mi mente como si estuviesen
atrapados en una curva del tiempo sin poder escapar.
—Va a llover —repitió abuela Gabriela, su madre

15
en el exilio de las memorias negadas.
Miro a los ayeres de anteayer.
Las cosas no habían cambiado mucho, excepto que
yo entonces había encontrado una salida de escape entre
mis libros y mi Mamá era un capullo de otoño. Cuando
complete su metamorfosis, será una mariposa de muerte,
yo pensaba.
Entonces, la miré. La compadecí. La sentí
arrumbada y lindante a la vez. Me levanté del sofá. La
abracé. La sentí temblar entre mis brazos. Besé su frente de
piel de naranja, su piel de sudor viejo, su piel de insomnios
en el telón de su frente, el cual ocultaba las enálages de
sueños que ella sufría como una Cenicienta anacrónica.
Ella me miró, y fue como hundirme en la nada.
Ninguno de los dos habló.
Una punzada de cristal corrió por mi mejilla y
perforó el cráneo de mi madre.
Mamá la sintió. Se estremeció.
—Ahora si que va a llover— dijo abuela Gabriela,
extenuada en la silla mecedora.
Mamá elevó su mirada hacia mí, y noté que sus
ojos se habían desleído. Se aferró a mí, y comenzó a llorar
desconsolada.
—Se acabó— dijo entre gemidos—. Se acabó.
[No debo llorar. No debo llorar. No debo
llorar.]
Afuera, el pueblo era un llanto.
Me pregunté hacia dónde iríamos entonces.
Abuela miró a Mamá. Luego, cerró sus ojos y
dijo:
—Te dije que iba a llover.

16
Carmelo

L os niños se abalanzaban sobre los caramelos, mentas


y gelatinas que caían por aquel hueco abierto en el
espacio y reían y brincaban para atrapar el maná golosina
que caía sobre ellos. En el aire, ángeles de canela danzaban
en su aroma dulce. Dos chicos comenzaban a arrojarse
los caramelos el uno al otro. Otro los iba apilando en una
esquina de la acera, mientras un cuarto niño utilizó su
camiseta a manera de vasija para acomodar los dulces en ella.
Los ojos de los niños se abrían como manzanas acarameladas
y en su euforia, no podían creer tanto dulzor.
Carmelo, en su nimbo de frambuesa, reía.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ven para que veas lo que hizo
Carmelo! —dijo uno de los chicos que participaba del
empalagoso milagro.
—No me des quejas, te he dicho mil veces —
contestó doña Confe, la madre del niño, mientras tendía
la ropa recién lavada en la verja frente a la casa.
—¡Te lo digo, Mamá! ¡Ven pa’ que veas!
Doña Confe, quien era muy temperamental,
gruñó.
Maldito sea el día que no dejan a una tranquila,
decía mientras se secaba las manos en su falda, de cuyo
ruedo colgaba un rosario de pinzas para colgar la ropa.
Maldito sea el día en que el cabrón de Luis se fue con la
cantinera puerca esa. Que este muchacho tiene que tener
algo malo en la cabeza, porque, ¿qué cosa grandiosa podía
hacer el hijo idiota de doña Consuelo? Ese muchacho

17
tiene catorce años de edad y se comporta como de cinco,
concluyó Doña Confe.
Los chicos, mientras tanto, celebraban el dulzaíno
momento y llamaban la atención de todos los vecinos en
la barriada. Todos salían intrigados con la algarabía como
imantados por la música de comparsa de un circo que hace
su llegada al pueblo. La brisa gravaba la risa de los niños y
un penetrante olor a canela se metía entre las maderas de
las casas, que parecían el holograma de una realidad pasada.
Los adultos comenzaron a arracimarse al borde de la acera.
Ellos decían que sentían la sensación de posarse sobre un
malvavisco. Un viejo que estaba presente se quitó el blanco
sombrero de paja frente al poste de un farol. Pasó el dedo
índice por el mismo. Tocó una sustancia viscosa y granular
y se llevó el dedo índice a la boca. Azúcar, saboreó. Azúcar,
pensó.
—¡El pueblo se está convirtiendo en azúcar! —
gritó.
Las casas con paredes de jengibre y techos de
hojaldre se estremecieron.

—Se lo digo, doctor, esto me va a causar muchos problemas


—decía la madre de Carmelo mientras el doctor hacía
anotaciones en el expediente médico—. No sé cómo voy
a explicarlo. Pero este muchacho jamás a da’o problemas.
¡Ni siquiera habla!
—¿Es sordomudo?
—¡Qué va! Changuería pura es lo que tiene. Porque
sus palabras las dice.
—¿Cómo cuáles?

18
—Dice: baño, pipí, cagar, hambre. . .
—Ya, ya —la interrumpió el doctor con un visaje
de disgusto—. Y en la escuela, ¿qué calificaciones tiene?
—Pues, no es estudiante sobresaliente, pero hace
el trabajo. Sólo que tampoco habla. ¡Ay, doctor! Que me
preocupa lo de ayer, y la gente del barrio está que hierve
conmigo. Todo el mundo me dice que ese muchacho hay
que sacarlo de allí y meterlo a una escuela especial de esas
pa’ niños con impedimentos. Si fuera eso, menos mal, pero
hay quien dice que hay que encerrarlo en un manicomio.
El médico procedió a inspeccionar la garganta del
niño, las pupilas y los oídos. Hizo anotaciones. Escuchó la
respiración y palpó los latidos. Hizo anotaciones. Se dejó
mecer en su silla. Se llevó las manos a la nuca. Su rostro,
caracterizado por un espeso bigote negro que le hacía
ver la cara más ancha de lo que era, mostraba líneas de
preocupación. Miró a su paciente y luego intercambió una
mirada con la madre. La señora de mediana edad, moño,
sencillo traje rosa e imponente crucifijo de plata, le pareció
la historia de un país triste. El médico había visto otras
señoras que le habían parecido historias de países tristes
cuando trabajó en los Cuerpos de Paz, pero esta señora le
parecía una historia de país triste diferente, porque era su
país.
—No le encuentro nada anormal. ¿Azúcar dice?
—Azúcar.
—¿Y qué le dicen los niños que estaban con él?
—Pues, Jorgito, el de doña Melo, que es un niño
muy bueno y obediente. . . oiga, ese muchacho cuando
nació dicen que nació con la sangre azul como el cielo y
que tuvieron que hacerle transfusiones. Yo creo que . . .

19
—Señora —intervino nuevamente el médico—:
¿Qué dijeron los niños?
—Pues Jorgito se lo llevó a jugar a la calle. Él
siempre visita a mi nene y está largas horas hablándole en el
balcón de la casa, hasta que llega el atardecer, y entonces se
marcha con el sol. Debo decirle que la única diversión de
Carmelo es recoger las hojas que caen de los árboles. Varias
veces lo he sorprendido tratando de ponerlas de vuelta en
su lugar. Un día hasta se cayó de un árbol de mango por
querer revestirlo de hojas. Bueno, pues Jorgito lo busca
siempre. Carmelo nunca le responde, sólo le sonríe y se
ríe cuando Jorgito dice cosas graciosas. Total. A Carmelo
todo le parece gracioso. Pues como le decía, Jorgito me
pidió permiso para sacar a Carmelo a la calle, y mi niño
nunca había salido así a jugar con los demás niños del
barrio, porque hasta en la escuela lo sientan aparte y le
dan las clases en un centro de aprendizaje. Así que como
ese Jorgito es un ángel, confié y dejé ir a Carmelito con
él. Después, pues ya sabe. El barrio enloqueció.
El médico arqueó las cejas como dos medias
lunas de escepticismo. Pasó sus dos gruesas palmas por su
rostro cuadrilongo y su espeso bigote. Se quitó las lentes
de montura dorada, estrujó sus ojos y exhaló como el
que vacía un globo lleno de paciencia. El médico respiró
profundo. Hizo anotaciones. Se acomodó las lentes.
—Y entonces, llovió. . . supuestamente. . . —dijo
el médico, y luego pausó. Respiró profundo. No hizo
anotaciones. Se quitó las lentes, y finalmente completó el
pensamiento—: . . .azúcar.
—Supuestamente, no; fue así. Cayó como nieve.
¿Ha visto nieve, doctor? Pues así cayó. Bueno, yo nunca

20
he visto la nieve, pero me imagino que será algo así, ¿no?
Los nenes me cuentan que comenzaron a jugar baloncesto
en la canasta que improvisaron en un farol. Y me cuentan
que Carmelo dominó todo el juego, porque no fallaba
una. Cada vez que atinaba, los niños lo motivaban a seguir
tirando y a seguir tirando, y no fallaba ni una, doctor. Y
Carmelo se iba inflando y los chicos le decían que era el
mejor, y lo que tengo entendido es que Carmelo se puso
tan y tan contento que no podía parar de reír y sonreír,
y cuando Jorgito le echó el brazo para felicitarlo por el
partido, a Carmelo le brilló la cara, dicen los muchachos,
y mientras ellos decían: ‘Bravo, Carmelo, eres un duro’,
comenzó a llover azúcar. Cuando soplaba la brisa se hacía
algodón de azúcar que se pegaba a las casas y a los faroles—
y había un intenso olor a canela y, pues, ya sabe el resto.
El médico observaba a la señora como si ella
estuviese loca.
—No me mire como si yo estuviese loca, doctor
—dijo la señora—. Así fue.
El médico inclinó la mirada. Hizo anotaciones.
—Le digo que hay algo malo con mi hijo.
El médico buscó una libreta de recetas. Hizo unos
jeroglíficos farmacéuticos, desprendió una hoja y se la
pasó a la madre del niño.
—Dele una de estas cada ocho horas.
—¿Nada más? —preguntó la madre preocupada e
insatisfecha—. ¿Qué es lo que tiene?
—Tiene. . .
El médico se quedó pensando tal vez qué pretexto
inventar para una asumida enfermedad que él sabía que,

21
primero, no era una enfermedad, y, segundo, que no
podía ocurrir en el mundo real.
—. . .tiene una alegría que es muy contagiosa.
—¿Y eso es malo? —preguntó dudosa la señora.
—No. Es una bendición.
Carmelo sonrió y fue la primera vez en toda la
consulta que dio indicios de estar allí.
—¿Verdad, Carmelo? —dijo el doctor pasando la
mano por la cabeza del paciente.
Carmelo sonrió otra vez. Luego rió. Rió como si
su estrecho pecho fuese un pozo de carcajadas y alegrías.
Río como si en su garganta se originara el caos de la
creación.
El médico los escoltó desde el consultorio hasta la
salida de la oficina. La señora tomó por la mano a su hijo
mientras el galeno los observaba alejarse, en dirección hacia
el atardecer, por la calle desterrada de gente.
Entonces, el médico notó que su bolígrafo se había
convertido en un bastón de menta.

Carmelo y su madre atravesaron la calle Rodulfo González


a pie. La gente, al verlos acercarse, comenzaba a cerrar
las puertas de sus casas y negocios, porque probablemente
pensaba que Carmelo los convertiría en muñecos de pan
dulce, con ojos de pasa y labios de pasta de guayaba. La
madre de Carmelo caminaba cabizbaja. Carmelo sólo iba
acopiando en sus manos hojas caídas de los árboles que iba
encontrando a su paso.

22
En el halitoso negocio del barrio, el viejo que había
atestiguado como el pueblo se dulzuraba, relataba su
testimonio a los presentes.
—Les juro que fue así —dijo Salustiano, tras la
máscara del humo púrpura de su habano.
El dependiente del negocio le sirvió un trago de
ron. Pasó la toalla por el mostrador, y le preguntó:
—¿Estás seguro?
—Completamente. Todavía tengo la lengua dulce.
Desde entonces, ni siquiera tengo que ponerle azúcar a
mi café. Lo juro por San Joaquín y Santa Ana —reafirmó
Salustiano. Luego, se tomó el ron de un sólo sorbo.
Salustiano calzaba zapatos negros viejos, pero bien
brillados, pantalones negros viejos, pero bien planchados,
camisa blanca impecablemente almidonada, y sombrero
blanco de paja. Su cara estaba llena de arrugas color marrón
como las de una hoja de árbol en septiembre.
—Pues eso es serio. Imagínese usted —comentó el
dependiente encendiendo un cigarrillo y pasando su mano
por su abultada barriga. A sus espaldas, varias tablillas
pintadas de verde esperanza sostenían detergentes para lavar
la ropa, jabones, líquidos de fregar, cereales y pintas de
ron blanco y ron oro, entre otras cosas—. Eso puede ser
un peligro.
—Un pueblo de azúcar —susurró otro señor desde
el extremo derecho del mostrador—. Nos van a comer las
hormigas.
—Yo vi en televisión como unas hormigas se
devoraban a un indio que se durmió en el Amazonas —dijo
Salustiano.

23
—¿Y por qué el camarógrafo no lo despertó? —
preguntó el dependiente.
—Ese no es el punto. El punto es que el muchacho
de doña Consuelo va a tener la culpa de que nos coman
las hormigas. Ese muchacho no es normal. Es bruto. Tan
bruto que provocó una lluvia de caramelos. ¿A quién se
le ocurre?
—Qué bruto —dijo el dependiente.
—Sí. Debería aprovechar esos dotes para hacer
que lloviera otras cosas. Vaya brutalidad esa de hacer llover
dulces.
—Pero en este pueblo. . . ¿es que no viste el
periódico la semana pasada? Adjuntas es el pueblo número
uno en analfabetismo.
—Adjuntas fue el pueblo número uno en
analfabetismo porque Adjuntas empieza con A. Pero ese
no es el punto. El punto es que ese muchacho hizo llover
dulces. Sí, señor.
—Pobres los diabéticos —dijo el señor del extremo
derecho del mostrador. A sus pies se maduraban unos
guineos a los cuales unas moscas les hacían vigilia.
—Sí, pobres los diabéticos, como yo —dijo
Salustiano.
—Ay, Virgen Santa —dijo el dependiente.
—Dicen que un rayono cae dos veces en el mismo
sitio, pero yo voy a convencerlos de lo que les digo. Para
que crean, digo yo. Voy a pedirle a Carmelo que haga
llover azúcar otra vez.
—¿Y cómo lo log rarás? —preguntó el
dependiente.
—Fácil. Simplemente se lo pido y ya. Soy muy

24
amigo de su madre. Le digo a ella que me deje sacar al
muchacho a coger aire de hombre. Tú sabes, el chicarrón
ese tiene catorce años y va pa’ quince. Hay que enseñarle
cosas de hombre. Ese es el problema, le voy a decir a doña
Consuelo. El muchacho no tiene un padre que lo eduque
y por eso es así.
—Eso es meterse en camisa de once varas —le
advirtió el dependiente—. Tú sabes.
Salustiano se quedó meditabundo. Luego, pidió
otro trago de ron y se lo tragó de un sólo sorbo, como
quien se traga una valentía cobarde.

—Ese muchacho en realidad necesita sol — dijo el


dependiente, mientras Carmelo giraba en el taburete como
si estuviese en un carrusel.
En verdad, su piel tenía una cualidad fulmínea.
Carmelo sólo reía y sonreía. Dos hombres jóvenes
que lucían botas de trabajo enfangadas hasta el tobillo, jeans
maltratados y camiseta blanca bañada de sudor, lo miraban
con desconcierto y con pena a la vez. Uno de ellos aún
tenía el casco de protección amarillo sobre su cabeza; el
otro sostenía el suyo en su mano derecha. Ambos tomaban
cerveza fría. Eran las 10 de la mañana.
—De verdad que necesita bastante sol —reafirmó
el dependiente—. ¡Está azul!
—Eso fue lo que usé de pretexto pa’ que la madre
me lo dejara sacar a pasear un rato —dijo Salustiano.
En realidad, Salustiano y Doña Consuelo habían
sido amigos desde la infancia. Habían dado los primeros
pasos de vida juntos. Se criaron en casas contiguas en

25
una colina en el sector El Lago, en donde aprendieron
a conocerse con y sin ropa. Juntos fueron a la escuela,
juntos merendaron jobos, juntos se descubrieron en plena
adolescencia y juntos, por supuesto, descubrieron el amor
en aquellos días que la inocencia era un cañaveral esperando
el filo de un machete. La madre de Carmelo gustaba de
escuchar a Salustiano, entonces joven y bardo noctívago,
cantarle décimas románticas al oído que la hacían temblar
bajo la piel, lo que siempre la hacía terminar corriendo
hacia el cura del pueblo, quien la recibía con brillo en sus
ojos diciéndole: «Ah, hija. Cuéntamelo todo. Todo, para
poder encontrar el antídoto espiritual a tu mal». Y, bueno,
el cura al parecer se curaba escuchándola reproducir lo
que le decía Salustiano hasta que ella se cansó un día y
entonces decidió enviar al infierno al cura y a su cura y
decidió morder el higo dulce y prohibido— el fruto más
delicioso jamás degustado.
Salustiano era, en sus días de mozo, un trovador
de balcones y había enamorado a cuanta buena mozuela
conociera, por lo que desvirgar a Doña Consuelo no le
hizo plomo en la culpabilidad. Eso sí: él no tenía malos
sentimientos; sólo una debilidad que le pesaba entre
el ombligo y las rodillas y que lo llevó a caer por tres
matrimonios distintos hasta quedarse sólo de una vez por
todas. Y era que Salustiano siempre vivía de ese sueño que
llegaría descendiendo en una nube y le traería la fortuna
en bandeja de plata para menguar su deseo hidrópico de
lograr mucho con poco o con nada. Desde entonces, vivía
trenzando el destino para exprimirle un poco de suerte más
allá de los beneficios que le proveían las ayudas sociales del
estado. La madre de Carmelo, por su parte, a los dos meses

26
después de aquel día en que cedió y se dio a Salustiano, se
casó con un corso del barrio Tanamá y el pueblo se tuvo
que tragar la historia que Carmelo era sietemesino. Ella
también se la tragó— y se lo dijo a sí misma tantas veces
que ya lo había digerido como una verdad inalienable.
El día que nació Carmelo, el corso de Tanamá,
quien tenía algo de dinero proveniente de su finca de café,
decidió que su supuesto hijo debía nacer en un hospital.
Nada de parteras, no señor. Su hijo nacería de la manera
moderna y civilizada, además de higiénica. Y para eso, su
mujer sería asistida en el parto por un galeno hecho y
derecho. Y para ello, la llevaría a Castañer, donde unos
misioneros norteamericanos habían fundado un complejo
de servicios médicos para los habitantes del centro de la isla.
Claro que como el que mucho nada suele morir en la orilla,
Carmelo sufrió de la mala práctica de los médicos, cuando
uno de ellos dejó caer el muchacho de entre sus brazos,
presuntamente porque el recién nacido había expulsado sus
tiernas heces fecales sobre el principiante médico que era
muy fino y no soportaba la mierda de bebé.
Doña Consuelo sufrió mucho y daba al muchacho
por muerto hasta que, irónicamente, una curandera que
encontró trabajo en el hospital (era la médica de reserva, en
caso de que la ciencia y las esperanzas fallaran) le dijo que
no se preocupara, porque había gente que lo venía a cuidar
por la noche y que estaba con Carmelo las veinticuatro
horas. La mamá de Carmelo nunca supo quiénes eran esas
personas. Carmelo se salvó, pero sufrió daño cerebral
permanente. O al menos eso dijeron los médicos.
El impacto que el accidente causó en el corso de
Tanamá fue tan devastador que el tipo se dedicó a beber

27
por tres días y tres noches, y fue el comienzo de una
culpabilidad suicida que nunca logró explicarle por qué
algunos eventos de la vida simplemente ocurren de una
manera, sin importar cuán fervorosamente se desee. El
tiempo pasó muy rápido y, antes que pudiese encontrar
respuesta a su amargura, el corso de Tanamá murió de
cáncer en el hígado a los pocos años.
Doña Consuelo vendió la finca y se dedicó a criar
devotamente a su hijo. No obstante, Salustiano, aunque
nunca admitió ser el padre, siempre estuvo vigilante de
Carmelo y de su crecimiento, y doña Consuelo se lo confió
a ojos cerrados hasta aquel día.
—Ahora, te voy a demostrar lo que puede hacer
el muchacho —dijo Salustiano—. Todo es cuestión de
marearlo un poco. El muchacho jamás ha tomado cerveza
y ya saben cómo se pone uno cuando se da la primera en
su vida.
—¿No será muy joven pa’ eso?— dijo preocupado
el dependiente.
—Nunca se es muy joven. Carmelo tiene catorce
años. Yo me di la primera a los trece, así que imagínate si
es muy joven o no.
—No sé —dijo dudando el dependiente.
—Yo sí sé —aseveró Salustiano—. Carmelo,
¿quieres una cerveza?
Carmelo giraba en el taburete como si él mismo
fuese elipse y eje a la vez y el resto de gente no estuviese
allí. Salustiano lo sujetó por las piernas y detuvo su girar.
—¿Tienes sed? Te voy a invitar a una cerveza.
¿Quieres cerveza?

28
Carmelo se puso serio. Carmelo le miraba como
si no entendiese.
—No te entiende —dijo el dependiente.
—Dásela y ya —dijo uno de los jóvenes obreros.
El dependiente colocó la botella sobre el mostrador
y Carmelo, al ver la botella, la tomó y bebió de ella.
—Eso. Así. Es todita tuya.
Carmelo se puso muy contento otra vez y empezó
a girar en el taburete. Se detuvo. Se tomó el resto de la
cerveza de un sólo golpe. Los presentes comenzaron a
vitorearlo.
—¡Vaya! ¿Estás seguro que nunca habías tomado,
Carmelo? ¡Dale! ¡Dale, hombre! —decía el joven obrero
que llevaba el casco protector puesto.
El dependiente le sirvió otra cerveza. Y otra. Con
ambas hizo lo mismo. Salustiano decía que el muchacho
no tenía fondo. Carmelo se tomaba la cerveza y cada vez
giraba más aceleradamente en el taburete. Giró y giró hasta
que, como expulsado por una centrífuga, salió volando
hasta caer en el umbral de la puerta. Todos se alarmaron y
se abalanzaron sobre el muchacho para recogerlo.
—Mejor olvídate del caso —dijo el dependiente al
viejo.
—No, no. Vamos a hacer que se sienta contento
otra vez —dijo Salustiano, y luego se dirigió a Carmelo—.
No hay más vueltas en la silla, ¿okay? Se acabó.
Carmelo gritó simiescamente en patente protesta.
—No. Se acabó —insistió Salustiano mientras
devolvía sus labios a la boca de su botella de cerveza.
Carmelo estiró la mano y sacó su lengua por un
rincón de su boca.

29
—Quiere cerveza —dijo el joven obrero que no
llevaba casco de protección.
Todos rieron.
Car melo volvió a g r itar, sus pies y brazos
suspendidos en el aire.
—Oye, Carmelo —dijo el joven obrero que llevaba
el casco protector puesto—. Si te doy cerveza, ¿te pondrás
contento?
Carmelo comenzó a brincar y a aplaudir como un
mono de cuerda, de esos que hacen sonar los platillos.
—¿Te pondrás muy contento?
La cara y los ojos de Carmelo iban creciendo
de excitación. El joven obrero que no llevaba el casco
protector puesto dijo:
—Dale una más. Ponla en mi cuenta.
—Tu cuenta está en sin-cuenta —contestó el
dependiente.
—¿Cincuenta nada más?
—Tiene telarañas.
—Ay, dásela, hombre —intervino el joven obrero
que llevaba el casco protector puesto—. Nos pagan el
viernes, así que te pagamos el viernes.
—¿Sabes cuántos viernes han pasado desde el
último viernes que dijeron que me pagarían viernes?
—Sí, pero esta vez es diferente— contestó el que
no llevaba el casco protector puesto.
—Si fuese como en mi época, que uno trabajaba
la caña y el tabaco y luego estaba un tiempo sin cobrar ni
hacer na’, estaría bien. Pero ustedes no; ustedes se dedican
a tumbar montañas y a plantar cemento. Ya llegará el día
en que se les acaben las montañas, pero por ahora yo los

30
veo muy enamorados del cemento— y debe ser porque
les deja. Así que no hay más fiado.
—Bah. Dásela —comentó Salustiano—. Yo la
pago.
—¿Llegó el seguro social? —preguntó
sarcásticamente el dependiente.
—¡Olvídate si llegó o no, si quieres ver llover
azúcar!
El dependiente, con mala cara, buscó la cerveza
más fría que su mano alcanzara en el refrigerador.
—¿En realidad es esto necesario? —preguntó.
Nadie lo miró ni le contestó. Luego, le ofreció
la cerveza a Carmelo, quien procedió a vaciar la botella
tráquea abajo— así, sin respirar ni titubear ni nada. Al
terminar, soltó un retumbante eructo que casi se sintió
estremecer el cielo. El niño amplió sus labios en su
más sobrada sonrisa. Luego comenzó a reír. Salustiano
aprovechó el momento y le pidió a Carmelo que pensara
en azúcar. El dependiente sacó un frasco con el producto
extraído de la caña y se lo mostró al adolescente. Pero
Carmelo se tornó intransigente cuando vio que la botella
de cerveza estaba vacía y aparentemente él sólo quería
pegarse a ésta como niño a su teta. El dependiente y
Salustiano se miraron como cuestionándose el uno al otro
qué hacer. Los jóvenes obreros dijeron que eso era caso
perdido, a lo que Salustiano replicó que no— que apenas
estaba comenzando el proceso de persuadir a Carmelo.
Carmelo inició un alboroto en la tienda, lo que
comenzó a preocupar al viejo, pues atraería la atención de
otra gente y entonces tendría que entrar en disertaciones
apologéticas con los vecinos. El dependiente terminó por

31
darle otra cerveza a Carmelo y comenzar a pensar cómo
persuadir a Salustiano para que desistiera de sus planes.
En verdad era un barril sin fondo, y la maniobra le estaba
saliendo costosa al dependiente.
Salustiano, sin embargo, no se daba por vencido.
Tenía el presentimiento que estaba próximo a ver llover
azúcar. Lo sabía por que lo sentía— lo sentía en la ruta de
la sangre por todo su cuerpo— entre sus venas— a través
del corazón— en su recorrido por su cerebro— y en el
roce con su alma. Era un instinto que se salía de su cauce
y engordaba como una obsesión. Carmelo, finalmente, se
calmó, y Salustiano puso toda su concentración en atosigar
de peticiones al niño. Entonces, Salustiano le pidió a
Carmelo que pensara en azúcar, aunque fuera por una sola
vez.
Carmelo hizo mutis y hasta daba la impresión de
que ni sabía que el asunto era con él.
Salustiano le hizo cosquillas. Le cantó algunas de
aquellas décimas pícaras que él solía inventar de joven.
Hasta le mostró una revista pornográfica para despabilar al
muchacho, pero nada funcionó. Carmelo, con el efecto
de las vueltas en el taburete y las cervezas, estaba más
estupidizado que nunca, girando sus ojos hacia atrás como
si quisiera verse su propia nuca. El dependiente recomendó
al viejo que llevara el muchacho de vuelta a su casa,
porque si seguía allí, había que seguir dándole cervezas y
no estaban llegando a ningún lugar con él. Ciertamente,
estaba por verse si Carmelo hacía llover caramelos.
Salustiano, frustrado, tomó un habano y se lo llevó
a sus labios. Uno de los jóvenes sacó un encendedor gris
y le ofreció lumbre al decepcionado viejo. Al encenderse

32
el habano, los ojos de Carmelo se perdieron en la llama
amarilla y azul, y su pálido rostro se iluminó como una
luna.
Carmelo, con voz desapacible y perturbadora,
habló palabras ininteligibles a los oídos de los presentes,
como si hablara en un lenguaje que sólo él y el fuego
entendían.
Salustiano y el dependiente se miraron.
—Le gustó el fuego —dijo el dependiente—. Es
fuego. Mira, Carmelo: fuego. Quema.
Carmelo sacudió su cabeza en una demencial
eyaculación de alegría. Los allí presentes, entre asombro
e ignorancia, rieron y se entusiasmaron. Carmelo había
sido cautivado por la llama del encendedor y ahora todos
querían prender la primera cosa que fuese inflamable y
que estuviese al alcance de sus manos. Así, el dependiente
encendió una vela; Salustiano, sus cerillos; uno de los
jóvenes tomó una lata de desodorante en atomizador, la
destapó, oprimió el botón rojo y expuso la rociada del
recipiente de aluminio a la llama del encendedor, lo que
provocó una lengua de fuego que al niño le pareció la llama
de un dragón. Carmelo, al ver esto, entró a la fase crítica
de su ardiñal rapto. Saltaba y giraba y trataba de atrapar la
llama del atomizador.
De pronto, el aire se tornó denso, los corazones
comenzaron a palpitar aceleradamente, y de la nada
comenzó a dimanar una lenta caída de un polvo granular
y blanco, el cual, al entrar en contacto con la atmósfera
cálida y húmeda, se tornaba en pinceladas de algodón de
azúcar, mientras el aire se impregnaba de un intenso olor a
canela.

33
Los hombres se quedaron atónitos. En verdad,
había una relación directa entre la alegría extremada de
Carmelo y la lluvia de azúcar.
—¡Se los dije! ¡Se los dije! —anunciaba triunfante
Salustiano.
Carmelo aprovechó la distracción de todos para
apoderarse del encendedor y aprender a manejarlo.
—Pídele otra cosa. Algo. No sé. Algo —titubeaba
el dependiente.
El joven obrero sin casco de protección sacó un
billete de un dólar con la intención de pedirle que hiciera
llover billetes. Carmelo, al ver el color verde pálido del
billete, dijo:
—Ho-ja.
Todos rieron y se miraron sorprendidos, porque
sabían que Carmelo apenas hablaba. De hecho, era lo
primero que decía Carmelo en toda la tarde.
—¡Pero si hasta se ha puesto a hablar de la
emoción!
Todos volvieron a reír.
Carmelo, pensando que su voz los había hecho
felices, repitió:
—Ho-ja.
Todos volvieron a reír.
Señalando a un árbol que se asomaba por una de
las ventanas laterales del negocio, Carmelo insistió:
—Hoja.
El árbol ya no tenía hojas, sino billetes de un
dólar, que le sacaron los ojos de sitio a los jóvenes
obreros, al dependiente y al viejo. Luego, salieron

34
corriendo del negocio para trepar el árbol y corroborar que,
efectivamente, las hojas se habían convertido en billetes.
Carmelo se quedó en el taburete tratando de sacarle
fuego al encendedor.

Los hombres volvieron. Se repartieron los billetes de la


mejor manera que pudieron: Salustiano exigía la mayor
cantidad con el pretexto de que había sido su idea el
traer al niño; el dependiente por su parte reclamaba que
había ocurrido en su tienda y los derechos de los milagros
allí ocurridos eran reservados; los obreros, por su parte,
ponían precio a su silencio, puesto que el no comentar
lo que allí habían presenciado costaba. La exclusividad se
paga, decían.
—Por lo visto encontramos la gallinita de los
huevos de oro —comentó el joven obrero sin casco
protector mientras contaba sus billetes—. No tendré que
tirar una torta de cemento más en mi vida.
—¿Y cuando nos pregunten de dónde sacamos
el dinero? —dijo el joven obrero con casco protector
puesto.
—Bah. Diremos que nos pegamos en la lotería, o
algo así— contestó el dependiente.
—Hay que llevarle el muchacho a su madre. Debe
estar preocupada —señaló Salustiano.
—¡No! ¿Cuál es tu prisa? ¿Acaso piensas tener una
sesión privada con el chico? —dijo el joven obrero sin casco
protector.
—No, yo no. Qué va. Es que me preocupa. . .

35
— To d av í a n o t e r m i n a m o s c o n é l — d i j o
autoritariamente el joven obrero sin casco protector.
—Pero. . .
—Pero nada, viejo. Escúcheme: si quiere que
esto permanezca como un secreto, tiene que ayudarme
a conseguir lo que quiero. ¿Sabe por qué? Porque si le
digo al pueblo que el muchacho anormal es milagroso, se
lo comen, ¿sabe? ¡Se lo comen vivo! Porque todos van a
querer su milagrito, ve. Y la mamá de ese nene es quien va
a ser bien infeliz. El nene no; el nene es idiota —declaró
el joven obrero que no llevaba el casco protector puesto—.
Así que tranquilízate, abuelo. Esto todavía no acaba.
—Eso no es justo. Esa no era mi idea —defendió
Salustiano.
—¿Ah, no? ¿Y qué me vas a decir? ¿Que era para
satisfacer una curiosidad?
Salustiano se vio acorralado.
—Pues, sí. Sólo fue por cur iosidad —dijo
nervioso.
—Ay, mira viejo, en el barrio todos saben que
siempre fuiste un vividor; que lo único que te dotó la
naturaleza fue de vagancia y bellaquería. Nada más. Las
tres mujeres que tuviste te mantenían. ¿Y me quieres hacer
creer que no pensabas que el chico podía hacer llover
dinero, de la misma manera que hace llover azúcar?
Salustiano se llevó sus brazos a la cabeza en gesto
de desesperación. El joven obrero que no llevaba el casco
protector puesto se abalanzó sobre Carmelo y lo agarró por
los hombros. Carmelo se espantó al ver la mirada del joven
adentrarse en la de él como una violación de fuego.

36
—Niño, dame más dinero. ¡Rápido! Piensa: más
dinero.
Carmelo estaba evidentemente asustado y trató de
zafarse de las garras del poseído joven.
—¡Que no te vas hasta que me complazcas!
—¡Déjalo en paz! —gritó el dependiente.
—¡Cállese usted! Anda, Carmelito, dame lo que
te pido. Piensa: ho-ja. Ho-ja. ¿Ves? Muy fácil. Dinero,
niño, piensa dinero. ¡Pronto, niño del demonio!
Salustiano se retiró a una esquina con ambas manos
en la boca, como si le pesara una culpa en la lengua, o
como si no quisiera dejar escapar el arrepentimiento. El
dependiente sacó de debajo del mostrador un bate de
béisbol y se disponía a darle un porrazo al joven obrero
que no llevaba el casco protector puesto cuando una mano
lo detuvo, y luego otra le hundió los dientes postizos: el
joven obrero que sí llevaba el casco protector puesto había
salido en defensa de su amigo.
—¡Dime algo, niño!— gritaba desesperado el
joven obrero que no llevaba el casco protector puesto.
Carmelo miraba cómo se secaba Salustiano de
congoja mientras el dependiente desangraba aturdido por
el porrazo. El joven obrero que llevaba el casco protector
puesto se encontraba a espaldas de su compañero, riendo
como una máscara de carnaval mientras este último le exigía
a Carmelo algo que no comprendía. Ante el insistente
acoso, los ojos de Carmelo se tornaron como dos cerezas
infladas, y tembló como palmera de gelatina al viento, y
en un ahogado momento de pavor, el niño gritó:
—¡Fuego! ¡Quema!

37
El joven obrero que llevaba el casco protector
puesto se llevó las manos al estómago y gritó lleno de dolor.
Se arrojó al suelo y decía:
—¡Ay! ¡Me quemo! ¡Me quemo! —gritaba.
El joven despedía humo por boca, nariz y orejas.
Sus ojos se abrían como huevos de pascuas olvidados.
Convulsionaba como si se estuviese electrocutando. Un
trueno estremeció el pueblo, y luego, con la espontaneidad
de un pestañear, el joven se incineró totalmente,
desapareciendo en una reacción de gases y humo. Sus
cenizas fueron barridas por una incidental brisa que entró
por la puerta.
El pavor se apoderó de los demás, quienes salieron
corriendo. Carmelo, enojado en su soledad de dios tonto,
gritó:
—¡Fuego! ¡Quema!
Un trueno estremeció el cielo y se volvió gris como
una lluvia de cenizas. Un aroma fétido, como el de un
paraíso podrido, cubrió la atmósfera. La tarde de pronto
supo a cidra fermentada— a merengue viejo— a tarta que
se derrite en la lluvia. La gente corría demencialmente y
algunos pensaban que el fuego apocalíptico había llegado
desde la boca del mismo Dios. El pueblo se consumía como
fotos de momentos que uno quema con la esperanza de no
volver a recordarlos. y los faroles parecían velas sobre un
bizcocho de cumpleaños— y las casas parecían caña en un
trapiche— y Adjuntas parecía brasas de un universo que
se muere, o un universo que se crea desde las calderas de
un caos.
Después del acontecimiento, en el cual se perdieron
la iglesia, la alcaldía y hasta la jefatura de bomberos, el

38
dependiente pasó a ser un estudioso del gnosticismo
místico, Salustiano se arrancó la lengua para no volver a
hablar en su vida, y el joven con casco protector se largó
del pueblo y nadie nunca supo más de él. Al joven sin
casco protector lo reportaron como baja en el incendio.
Carmelo habló normalmente desde aquel día, y se dedicó a
recoger las hojas que caían de los árboles para hacer coronas
fúnebres que él mismo se encargaba de llevar a todos los
entierros del pueblo. Carmelo era temido y compadecido,
y se convirtió en querubín de horror y de piedad, y la gente,
al advertir el paso tremebundo y plañidero de Carmelo
por las calles del pueblo, cerraba las puertas de sus casas
y negocios. Y era que en los ojos de Carmelo, cada vez
que los hornos de la panadería esparcían sus fantasmas de
pan fresco y canela por el aire, se podían ver ángeles de
algodón de azúcar, lluvias de caramelos, faroles de mentas,
y caminos de gelatinas, pero sobre todo, la más espantosa
y contagiosa de las melancolías.

39
40
La punta del jamón

para Nereidín

E l noticiario de las 6 de la tarde pasaba las sangrientas


escenas de los crímenes del día y el esposo leía el
caduco diario de la mañana, cuando la esposa anunció
que pronto la cena estaría lista. Los niños, que parecían
cariátides de granito frente al televisor, se quedaron
como si la cosa no fuese con ellos. El esposo encogió
muy fugazmente los hombros, como si tuviese un sucinto
ataque de hipo. Luego, tendió el periódico sobre la mesa
y sacudió su cabeza.
—No lo puedo creer —dijo.
Nadie le hizo caso. La familia completa era
un conjunto de universos separados que simplemente
compartían un espacio común. Él retomó el diario y
continuó leyendo.
—Increíble.
La esposa seguía concentrada en su tarea y los niños
ni se enteraban que su padre existía.
—¿Me escuchaste? —dijo el esposo con voz
autoritaria.
—¿Qué? —respondió la esposa.
Él encog ió su distendida boca en un gesto
impaciente y abandonó su lugar preeminente al pie de la
mesa. Tomó en sus manos el pliego del periódico en el
cual había aparecido aquella particular noticia que a él le
había parecido tan increíble. Caminó hacia la cocina como
el que lleva una bandeja repleta de códigos por descifrar, o
como el que lleva un plano de algo por construir.

41
—¿No me oyes? —dijo.
—Sí, te oigo.
—¿Qué dije?
—No me oyes.
—Sí te oigo.
—Eso lo dije yo.
—¿Qué dije?
—No me oyes.
El esposo la miró como si aquello hubiese ocurrido
anteriormente, como si hubiese sucedido en alguna otra
vida o como si lloviese sobre mojado.
—¿Leíste la noticia del muerto?
—¿Qué muerto? —contestó ella mientras removía
el caldero del fuego para evitar que se quemara el arroz.
—Un tipo que se murió y la familia sufría tanto
que los hijos del difunto coincidieron en que no dejarían
que su madre lo viera. Es así.
—¿Y?
—¿Y?
—¿Y qué sucedió?
—Pues que lo lloraron por tres días y le hicieron
una misa y todo y el día del entierro la mujer del difunto
se empeñó en verlo por última vez y cuando los hijos
accedieron a la petición y permitieron abrir el féretro, la
doña no reconoció a su esposo porque no era él.
—¿Y quién era?
—A saber tú y a saber ellos. Todavía están
identificando quién era el sujeto. Pero lo importante aquí
es que la familia se gastó todos esos billetes y sufrieron una
muerte que no era la muerte de su padre.
—Sólo piensas en los billetes.

42
—¿Y de qué vive el hombre?
—No sólo de pan vive el hombre.
—No estoy hablando de pan. Estoy hablando de
billetes, sin los cuales ni siquiera se compra pan.
Afuera, la niebla adjunteña era fluorescente. La
niebla, pues era la niebla— terca y obstinada y cuando
venía no se iba así porque sí— iba y venía de la manera
que le diera la gana. De hecho, llevaba cuatro días cernida
sobre el pueblo y ya la gente ni salía. Y la cosa era que
la niebla ya hacía que la gente comenzara a hablar de las
mismas cosas una y otra vez como si nunca hubiese dicho
ni jota acerca de esas mismas cosas. Por eso, la esposa
continuaba concentrada en su tarea y ni siquiera prestó
atención al esposo cuando éste volvió a decir: «Increíble»,
porque ya nadie sabía si las palabras eran auténticas o si eran
meros ecos.
Ella ahora observaba un amplio y cuadrangular
molde de aluminio, al cual daba vueltas mientras observaba
el jamón triangular que yacía en su interior acribillado por
clavos de canela y tajos que provenían de todas direcciones.
La esposa luego sacó un cuchillo de una de las gavetas y
procedió a mutilar uno de los ángulos del jugoso manjar.
Luego, acomodó el jamón dentro del destinado recipiente
y acomodó en un lado, dentro del mismo molde, el pedazo
sobrante.
—¿Para qué hiciste eso?
—¿Para qué hice qué?
—Eso.
—¿Qué es eso?
—Cortar la punta del jamón para luego acomodarla
en el mismo molde.

43
Al fondo se escuchaban las voces en la tele como
si fueran ángeles o fantasmas que hablaban por la casa.
La esposa quedó transida por la pregunta. Su
rostro se compungía como si le doliese algo— como si la
pregunta hubiese entrado por su cerebro con una cualidad
homicida— punzante— un estilete léxico— el serrucho
de los signos que no pueden decodificarse— provocándole
cierto dolor sin nervios— y alternaba la mirada del jamón
hacia su esposo y viceversa.
Soltó el paño de cocina. Se quitó el delantal
partisano y fiel— su armadura de tela en la guerra contra
la grasa y el aceite salpicando de la sartén como lágrimas
de azufre— y se depositó sobre el stool blanco que tenía en
la cocina estrictamente para tomar esporádicos descansos y
no dejar que su sobrepeso le torturara las várices.
—No sé —dijo finalmente.
—¿No sabes qué?
—No sé por qué le corté la punta al jamón. No
sé. En verdad, no sé.
—El jamón cabía completo en el molde.
—Lo sé.
—¿Y por qué le cortaste la punta, mujer?
—Ya te lo dije.
—¿Qué?
—No sé.
El esposo tomó el molde con el jamón dispuesto
en su interior y lo metió en el horno.
Cuarenticinco minutos después, toda la familia
devoraba en silencio la suculenta cena en sus respectivos
microcosmos. Claro, los niños se mantenían aún frente
a la tele, y no se perdían por nada del mundo las escenas

44
de First Blood, una película vieja de Stallone. En la mesa,
no obstante, el esposo deslizaba el cuchillo por las tiernas
y dulces rebanadas de jamón, aunque echaba a un lado a
las rodajas de piña que adornaban el plato. La esposa, sin
apartar la vista de su cena, comía y pensaba— pensaba y
comía.
—Ya creo tener la respuesta —dijo ella.
El marido continuaba en sus menesteres mientras
leía los resultados del baloncesto en la página deportiva. Ya
los había leído, pero le daba igual. Los hubiese leído antes
o después, y de todas maneras le daría igual.
—Ya creo tener la respuesta —repitió ella.
—¿Qué?— dijo el marido sin mirarla.
—Ya creo tener la respuesta.
—¿Qué respuesta?
—A tu pregunta.
—¿Qué pregunta?
—La de por qué siempre corto la punta del jamón
antes de hornearlo.
—Ah. ¿Y cuál es?
—No sé. Bueno, sí sé, aunque no exactamente.
Recuerdo que mi hermana mayor siempre hacía lo mismo
cuando cocinaba en casa.
—Así que es a tu hermana mayor a quien hay que
preguntarle.
—La llamo ahora mismo por teléfono.
—Sí, por teléfono, porque con esta niebla será
difícil salir. Uno puede confundirse y terminar en la casa
equivocada. Termina de comer primero.
Al terminar la cena, la esposa llamó a su hermana
mayor. La hermana mayor primero le contó sus penas

45
acerca de cómo tenía que estar sacrificándose por la
madre de su esposo, quien tenía el mal de Alzheimer y no
recordaba nada del pasado inmediato. La esposa le dijo que
eso no era raro. Ya nadie recuerda nada, dijo, pero yo sí,
y recuerdo que tengo que bañarla, alimentarla, cambiarla,
acostarla y entretenerla todo el tiempo, dijo la hermana.
Luego habló de cómo la niebla la había hecho sentir más
miserable que nunca, porque su esposo se había fascinado
con el estudio de los fenómenos atmosféricos y se la pasaba
encerrado leyendo las posibles causas de la niebla— no
de ésta en particular, dijo, sino de cualquier niebla— y
la esposa le dijo que esas cosas pasaban con los hombres,
a lo que la hermana mayor preguntó que qué hombre,
porque el de ella ya no la tocaba ni con una vara larga— y
entonces la esposa aprovechó el hiato de silencio que quedó
entre las dos— hiato disgregador y unificador— como si
ambas fuesen unidas de pronto por la quimera sofocada de
un deseo olvidado— de sensaciones dormidas— perdidas
y sin regreso entre la niebla del tedio— y entonces la
esposa le preguntó por qué ella siempre cortaba la punta
del triangular jamón cuando se disponía a cocinarlo— y
la hermana mayor se quedó transida con la pregunta— y
su rostro al otro lado de la línea telefónica se compungía
como si le doliese algo— como si la pregunta le hubiese
entrado por el cerebro con una cualidad homicida—
punzante— un estilete léxico— el serrucho de los signos
que no pueden decodificarse— provocándole un dolor sin
nervios que tampoco se siente— y finalmente se depositó
sobre una butaca en la sala de estar para no dejar que su
sobrepeso le torturara las várices.
—¿Aló? —preguntó la esposa al notar el extendido

46
silencio que prosiguió a su pregunta.
—Sí, estoy aquí. Es que, no sé; se me fue la mente,
porque en realidad no sé contestarte.
—¿Tu tampoco sabes la contestación?
—Pues no, pero si recuerdo que mamá solía
hacerlo también.
—Pues mamá debe saber contestarme.
Cuando colgó el teléfono, la esposa le pidió al
esposo que la acompañara a casa de su madre.
—¿Ahora?
—No son las ocho aún.
—¿Con esa niebla? Anochece temprano. Es
septiembre y con esa niebla, aquí se vive en una eterna
noche.
—No seas exagerado. Y, anda, vamos a casa de
mamá.
El esposo accedió sólo si iban caminando. La esposa
protestó, porque en Adjuntas nadie camina, decía ella.
Pero nosotros sí, dijo él. Entonces, dejaron los niños
observando la tele, porque no había manera de despegarlos
de ella, y salieron para la casa de la madre de la esposa,
quien vivía al otro lado de la urbanización. No era mucha
la distancia, pero entre la poca costumbre de caminar y la
densa niebla, todo parecía infinito.
Una vez que llegaron a casa de la madre, se sentaron
en el comedor. La madre le preparó un chocolate caliente,
el cual el esposo despreció. No tomo chocolate caliente,
dijo. Una vez cuando niño, en un velorio, me quemé la
lengua y desde entonces no tomo chocolate caliente. Qué
pena, dijo la madre. ¿Qué es un velorio sin chocolate? La
esposa preguntó a su madre por su salud y esta contestó:

47
¿qué salud? Luego la esposa fue al grano y le preguntó
porque ella le cortaba la punta al jamón triangular antes
de hornearlo. La pobre madre no asimiló la pregunta
y la esposa tuvo que hacérsela nuevamente con lujo de
detalles— referencias al jamón, forma, marca, empaque
y enigma con la punta del dichoso jamón.
—Ah, tú dices el jamón que viene en lata
triangular.
—Sí. El mismo.
—Y quieres saber por qué le corto la punta.
—Exacto.
—Porque si le corto la punta ya no es triangular.
—Sí.
—Habla claro, mi’ja.
—Está bien. ¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Por qué le cortas la punta?
—Pues no sé. Tu abuela solía hacer lo mismo.
El esposo miró a la esposa como quien le advierte:
ni se te ocurra ir a casa de tu abuela.
—Vayamos a casa de abuela —se le ocurrió decir a
la esposa.
La madre se antojó de ir a casa de la abuela con
la esposa y el esposo, porque al igual que a su hija y a
su yerno, tenía curiosidad de conocer la raíz de tan raro
ritual culinario. Cuando decidían si esto era prudente o
no, vieron por la ventana de la sala dos ojos de luz abrirse
paso entre la bruma. Era un auto en marcha lenta. Era la
hermana mayor, quien atormentada por la pregunta, había
decidido ir a preguntarle también a la madre, quien no
tenía teléfono.

48
Quedó decidido. Nuevamente, irían caminando.
La abuela vivía en la última sección de la urbanización
y, caminando todos muy cercanamente el uno al otro,
llegarían sin perderse. Así lo hicieron y así llegaron a casa
de la abuela.
La abuela observaba la tele. Era First Blood, una
película vieja de Stallone. Fue muy difícil sacarla de
concentración. Besos y abrazos la invadían, pero ella
luchaba por no apartar los ojos de la tele. Hablaba sin
prestarle atención a sus interlocutores. Mientras la madre
se fue a limpiar unos trastes olvidados en el fregadero, la
esposa trató de buscarle conversación.
—Oye, abuela, ¿ya no haces jamón al horno?
La abuela no contestó.
—Ese jamón que siempre te quedaba tan rico,
¿eh?
La abuela no contestó. Sus ojos no parpadeaban.
—Oye, abuela, ¿por qué siempre le cortabas la
punta al jamón antes de hornearlo?
Fue el único momento que la abuela pareció
registrar algo, porque de pronto parpadeó, dirigió su
mirada lentamente hacia la esposa. La miró directo a los
ojos, se acercó a ella, y luego, casi en un susurro le dijo:
—No sé.
—¿Tampoco sabes?— interrumpió la hermana.
—Esto es increíble —dijo el esposo—. Mejor
vámonos de vuelta a la casa. Se me acaba de evaporar la
curiosidad.
—Ni modo— dijo la madre con cara de
resignación—. Tendremos que conformarnos. Que sea lo
que Dios quiera.

49
—Pero Eliseo sabe —dijo la abuela de pronto
perdida en los recuerdos—. Eliseo tiene que saber.
—¿Quién es Eliseo? —dijo la hermana.
—Un viejo amante —dijo la madre.
—Eliseo era el panadero del pueblo —aclaró la
abuela.
—Sí, pero también era tu pretendiente —dijo la
madre.
—¿Cómo puede acordar se usted? —dijo la
esposa.
—Acuérdate que tu madre tiene 57 años de edad,
y tu abuela se casó hace 50 años —le dijo el esposo a su
mujer.
La esposa, la hermana mayor, la madre y la abuela
lo miraron sincronizadamente— un eco de una mirada—
una sola mirada en cuatro pares de ojos— la misma
mirada— ojos entrecerrados y las pupilas afinadas— una
mirada que eran cuatro miradas, y el esposo tuvo que
callarse la boca.
—Si quieren, mejor vamos a casa de Eliseo a
preguntarle por qué le cortaba la punta al jamón —sugirió
la hermana.
—¿Qué? ¿Vamos a seguir dando vueltas? —protestó
el esposo.
—Ay, si total, con esta bruma uno ni sale y
tampoco encuentra nada que hacer en la casa —justificó
la esposa.
—Tengo demasiado que hacer en mi casa —se
lamentó la hermana.
—A ver si aprovechas y revives a ese marido tuyo
—dijo el esposo.

50
La esposa, la hermana mayor, la madre y la abuela
lo miraron sincronizadamente— un eco de una mirada—
una sola mirada en cuatro pares de ojos— la misma
mirada— ojos entrecerrados y las pupilas afinadas— una
mirada que eran cuatro miradas— y el esposo tuvo que
decir:
—Está bien. Mejor vamos a casa de Eliseo.
La abuela insistió en ir con ellos. Apoyada del brazo
de su hija y su nieta mayor, estuvo dispuesta a caminar unas
cuatro casas calle abajo hasta donde Eliseo vivía. No era
mucha la distancia, pero entre la densa bruma todo parecía
infinito— sin comienzo ni final— todos lados y ninguna
parte.
Llegaron hasta casa de Eliseo, quien, como todo
el mundo, estaba encerrado entre gruesas rejas protectoras,
cual si estuviese en una jaula, sentado en el balcón
escuchando viejos boleros en la radio. Su primera reacción
fue tratar de distinguir quienes eran aquellas personas que
llegaban a su marquesina. La diabetes lo había dejado corto
de vista, mas con aquella persistente niebla, veía menos
aun.
—No tengo dinero —dijo Eliseo, pensando que
era un asalto.
—Soy yo —dijo la abuela.
Y como si sus palabras fuesen mágicas, el viejo
panadero se levantó de la silla, sacó las llaves de su bolsillo,
abrió la puerta de rejas y recibió la delegación de curiosos.
Al penetrar el balcón de la casa, la hermana mayor notó
que había un olor a pan fresco en el aire.
—¡Qué r ico! ¡Huele a pan fresco! —dijo la
hermana mayor.

51
—Es el olor del pan de las tres. Es que la niebla
acorrala los olores y, pues, ya sabes. Por eso huele a pan
fresco, pero en realidad es un olor repetido.
Éliseo, quien había sido panadero toda su vida,
solía hornear pan en su casa desde que se había retirado
del negocio.
—Don Eliseo, estamos aquí porque tenemos
una pregunta que usted solamente podría contestarnos—
irrumpió sin reparos la esposa.
—Bueno, dicen que los panaderos y los barberos
somos la conciencia de los pueblos, ¿eh?. Tal vez yo sepa
algo que usted desconozca. Es lógico. Claro.
—Debe saber muchas cosas q u e n o s o t ro s
desconocemos— dijo el esposo con una sonr isa
maliciosa.
La esposa, la hermana mayor, y la madre lo miraron
sincronizadamente— un eco de una mirada— una sola
mirada en cuatro pares de ojos— la misma mirada— ojos
entrecerrados y las pupilas afinadas— una mirada que eran
cuatro miradas— pero la abuela no lo miró. Sólo tenía
ojos para el panadero. De todas formas, el esposo se tuvo
que callar la boca.
—La pregunta es: ¿por qué al hornear el jamón
triangular hay que cortarle la punta?
—No hay que cortarle la punta. ¿Quién dijo que
había que cortarle la punta?
—Yo sabía que el jamón sabía algo raro —dijo el
esposo, con aire de sabelotodo—. Lo que pasa es que uno
no puede decir nada porque todo se lo toman a mal. Yo
sabía que al jamón no había que cortarle ninguna punta.
—¡Claro! Le ves las bolas al perro y sabes que es

52
macho, ¿eh? —replicó la esposa.
—No, no, Eliseo. Al jamón se le corta la punta.
Así lo he hecho. Así lo he comido en mi casa. Así se hace—
dijo la hermana—. Al jamón se le corta la punta. Así lo
hacía mi abuela; así lo hacía mi madre. Mi hermana aún
lo hace y yo lo hago. Esa es la tradición, ¿no? Uno no
cuestiona la tradición, pero sí se debe conocer de dónde
procede.
—Pues, ¿para qué habría que cercenarle un ángulo
al dichoso jamón?— dijo el panadero.
—Pues . . . no sé. La cosa es que eso es así y no
me va a cambiar los muñequitos ahora— determinó la
hermana.
—Yo lo sabía, pero como no hacen caso a uno—
comentó el esposo.
—Eliseo— dijo tiernamente la abuela—. La
primera vez que vi un jamón triangular sin una de sus
puntas fue el día de mi boda.
—Sí, con el pedante de Romualdo.
—Que en paz descanse— dijo la abuela cabizbaja.
—Pues ojalá que se esté horneando en el infierno.
Ojalá el diablo le meta levadura en el culo, para que se
hinche y explote.
Las her manas y la madre se alar maron y le
reprocharon las palabras al panadero, quien se disculpó
ante ellas por haber insultado al abuelo y padre de ellas,
respectivamente.
—Es que yo quería mucho a esta vieja que ven
aquí— dijo el panadero tomando de la mano a la abuela.
—Bueno, ya es bastante tarde— dijo el esposo—.
Si no resolvimos nada, mejor nos vamos.

53
—Eliseo, lo que queremos saber es por qué se
le corta una punta al jamón triangular. ¿Algún secreto
culinario? ¿Alguna razón particular?— dijo la abuela.
—No, nada de eso.
—¿Entonces?
—El día de tu boda me tocó hornear el jamón. Era
tu boda y, pues, era tu boda al fin y al cabo. Pero los moldes
en mi panadería eran cuadrados. Y tu querido esposo había
comprado cinco jamones triangulares enlatados y yo no
tenía ni un sólo molde en los cuales cupieran. Así que le
corte la punta.
Nadie miró a nadie.
Un silencio quedó encerrado entre la niebla—
entre el prisionero olor a pan y el eco de los pensamientos
de cada uno de los que allí estaban— con un sabor a falsa
tradición en los labios y la sensación de dientes caídos—
como paraíso que se descascara e hiede a huevo podrido.

54
El día que llovió dinero en Adjuntas

R ecuerdo el día que llovió dinero en Adjuntas. Todo el


pueblo estaba allí, incluyendo al alcalde y a Agustín
García, el cubano que prometió el maravilloso acontec-
imiento. Era un día gris, como de esos días que siempre
hacen en Adjuntas, de esos días grises que ponen a uno
gris. Recuerdo: era el 23 de septiembre, día del Grito de
Lares, día de la única independencia declarada en Puerto
Rico, y en la cual participaron algunos adjunteños pari-
entes míos que formaron contingentes por allá por Yahuecas
para encontrarse con la historia en el camino. Bueno, de
eso hace más de un siglo, y la historia que quiero contar
es que era 23 de septiembre y en Adjuntas llovió dinero,
verde y liviano dinero que caía como plumas de ángeles
que no querían tocar el suelo; dinero tan verde que hacía
reír a los aguacates maduros en sus ramas y los hacía pre-
cipitarse en caída libre como saltadores suicidas; dinero
tan verde que hasta las ramas de los árboles lo envidiaban,
y las plantas del pueblo se preguntaban cómo semejante
rectángulo de papel había retado más de tres mil años de
evolución y sin proceso biológico ni nada conservaba un
verde clorofila imperecedero que hacía ponerse verde de
envidia a cualquier verde en otoño; dinero tan verde que
te quiero verde. Sí, señor. Se le caen las hojas a cualquiera.
Sí. Era 23 de septiembre, equinoccio de otoño.
Primero a lo primero.
En Adjuntas las cosas siempre han sido lineales. Es
un pueblo de gigantes dormidos. Desde que tengo uso
de razón, sólo recuerdo un alcalde en el pueblo, que en

55
realidad siempre han sido dos. Es como una dictadura,
diría yo, que se la reparten dos tipos con educación. Eran
dos alcaldes distintos y dos partidos, pero todos se me
aparecen en la mente con los mismos rostros y entonces
por eso digo que sólo es un alcalde aunque sigan siendo
dos partidos— que a fin de cuentas era uno sólo. No me
culpo por la confusión. Todos hacen lo mismo. Y todos
dicen lo mismo: que si el analfabetismo, que si el desem-
pleo, que si la falta de infraestreuctura económica y que si
esto es una conspiración del partido opositor para hacerle
daño a la imagen de un alcalde que trabaja para el pueblo.
Y en el va y viene, el pueblo se seca como una higuera a
la intemperie.
Ese asunto de los alcaldes no es nuevo. Recuerdo
un día en que me encontraba en el comedor escolar tragán-
dome mi tercer almuerzo del día, porque a los blanquitos
del pueblo no les gustaba la comida de pobres y entonces
sobraba y ahí era que Paco, el hijo de doña Lola, y yo nos
metíamos en la cola nuevamente para que nos dieran más
comida. Después de todo, mi mamá no me quería en la
casa porque decía que yo comía mucho y que en la escuela
daban mucha comida y gratis, así que pa’ la escuela to’ el
mundo, decía ella. Entonces el alcalde— no sé cuál de
ellos— vino a saludarnos y nos dijo que nos alimentáramos
bien porque el municipio necesitaba gente fuerte para le-
vantar el pueblo. Paco ni le hizo caso y siguió comiendo
como una vaca ciega que ni se entera de las moscas. Yo,
sin embargo, me quedé que ni podía tragar. Aquel hom-
bre hablaba de gente fuerte y de levantar el pueblo, y eso
sonaba a trabajo, señoras y señores, trabajo del bueno
—del que hace sudar y deja cayos en las manos— y hasta

56
entonces yo nunca había pensado en esa palabra, porque
en casa nadie trabajaba, ya fuese por costumbre, tradición o
falta de empleo. Ese día pensé que había algo malo con ese
señor. Quedé tan pasmado que, en la tarde, hasta comencé
a prestar atención a la clase de Estudios Sociales y todo. Ese
fue el día que hablaron de democracia y comunismo, y que
los de derecha eran los buenos y los de izquierda eran los
malos. Pero después de haber escuchado a aquel señor, el
comunismo no me parecía tan malo y sí muy familiar. Por
ejemplo, en mi casa, mis once hermanos y yo comíamos la
misma ración de arroz y habichuelas, no importara si fuese
Arsenio, mi hermano menor que pesaba como trecientas
libras, o si fuese como Iris Marylin, quien no llegaba a
pesar noventa libras acabada de salir del baño. La cosa era
que todos comíamos lo mismo por partes iguales, a pesar
que en casa siempre sospechábamos que Locadio tenía que
tener algún proveedor clandestino de comestibles, porque,
¿cómo rayos se explicaba que el fuese tan gordo macizo y
mi hermana tan flaca anoréxica? No sé. Eso debe ser de los
misterios de la vida.
A mi padre, por lo general, no se le escapaba una.
Era una muralla de ojos. Su voluntad era orden y mis cinco
hermanas y mi madre se sentían protegidas, porque ellas
dormían todas con él. Los hombres no. Los seis hombres
(siete, si contamos a Locadio por dos) dormíamos en la
parte trasera de la casa, hasta que, por virtud de algún mi-
lagro, la familia empezó a crecer, y papá fue desterrando
a mis hermanos hacia otros cuartos, preferiblemente fuera
de la casa y en la propiedad de algún vecino. Esas eran las
órdenes de mi padre.
Papá solía sentarse bajo un cedro a beber ron y

57
esperar que llegaran los cupones de alimento por correo,
mientras que en el resto de la casa nadie ni nada se movía.
Éramos como estatuas por voluntad de mi viejo. Él decía
que cualquier movimiento podía ser considerado como
trabajo y que si algún federal nos veía, le quitaban las
ayudas. No sé de dónde sacaba mi viejo la idea de que en
algún rincón de aquel campo apareciera un federal. De
todos modos, el viejo decía que el gobierno que regalara
ron a la gente jamás caería, porque todo lo demás estaba
resuelto, sí: casa, ropa, zapatos y hasta comida. Ahora
entiendo por qué no trabajaba y se dedicaba a maldecir la
hora en que nacieron aquellos parientes míos que lucharon
en la revuelta del 23 de septiembre, quienes, a juicio de
mi padre, eran una verdadera vergüenza para la raza. Y
ahora entiendo por qué cuando le dije que en nuestra casa
vivíamos como en un comunismo, me gritó ignorante y
me corrió por toda la finca con una vara de guayabo. Me
dijo, luego de la paliza: «Tú quieres convertir esto en otra
Cuba». Yo como quiera pensaba que aquello era bonito,
¿no? Por aquello de que Cuba y Puerto Rico son de un
pájaro las dos alas.
Yo no conocía mucho de Cuba, excepto lo que me
decían en la escuela, pero precisamente, fue un cubano
quien llegó al pueblo con esta idea revolucionaria sobre
la abundancia que quería sembrar por todos los recodos
del pueblo. Agustín decía que había que darle dignidad
a la ventaja de vivir en una democracia capitalista y que
en Adjuntas no aprovechábamos las ventajas y deleites del
consumismo todopoderoso. Y esos términos ya yo los en-
tendía, porque después de la paliza de mi padre, la clase que
más me interesó en la escuela fue la de estudios sociales, y

58
así podía integrarme al pasatiempo nacional de este país:
hablar de política (además de beber cerveza). El maestro de
estudios sociales, debo admitir, era muy bueno conmigo y
me decía que mis manos grandes no eran para dañarlas en
un arado, sino para aprovecharlas en cosas sublimes como
dar masajes y sostener libros. La gente del pueblo decía
que él era medio raro, pero conmigo era buena gente. Y
me llevaba a que le diera masajes mientras él me leía y me
explicaba del mundo y de los sistemas políticos y todo eso.
Algo así como una tutoría particular. Me enseñó palabras
de esas que impresionan cuando uno habla. Claro, a veces
se le entrecortaba la voz y comenzaba a saltar como un
conejo y se ponía muy religioso y comenzaba a decir: «Ay,
Dios mío», y finalmente terminaba en el baño haciendo
no- sé-qué, pero él juraba que mis masajes eran tan bue-
nos que él abandonaba su cuerpo y transmigraba y por eso
me podía hablar de tantas cosas. A mí no me importaba,
porque la verdad es que yo aprendía muchísimo. Además,
me prestaba los libros que yo leía entre las piedras del río a
escondidas de mi padre, por supuesto. No sé cómo hubiese
reaccionado a mi culturización, como decía el maestro.
Bueno, ¿de qué hablaba? Ah. De Agustín.
Pues, ese tal Agustín era un cubano marielito que
había llegado a la Florida y se había hecho rico vendiendo
uña de gato y cartílago de tiburón contrabandeado desde
Centro América. Lo absurdo de su llegada a Adjuntas fue
que, al enterarse del tipo de negocio que él promovía,
no hubo gato que la gente del pueblo no recogiera en el
pueblo y que dejara con uñas. Pobres animales. Me refiero
a los gatos y no la gente que no sabía que la tal uña de gato
era un afrodisiaco. Esa palabra la aprendí con el maestro,

59
quien, además, me la dio a probar la tal uña de gato un día
en que nos fuimos al cuarto de su casa para que yo le diera
mis masajes, y él decía que con la uña de gato era mejor, y
entonces era que temblaba de lo lindo, como un pez fuera
del agua, y me decía que no me preocupara, que era una
de esas transmigraciones otra vez.
Me volví a perder. ¿De qué hablaba? Ah, sí. Del
cubano. Bueno, pues, el cubano no pudo llegar en mejor
momento.
Al pueblo se lo comía el pantano del desempleo,
según los periódicos; no tenía infraestructura que lo sostu-
viera. Yo sólo recordaba al alcalde aquel y su exhortación
a crecer fuertes para levantar el pueblo, pero al parecer la
gente creía que eso era mucho trabajo. Por eso el desem-
pleo, esa bestia vestida de doncella, se alternaba con el
ocio, otra bestia que se vestía de puta, y todos querían
dormir con ellas. A todo esto, llegó el dichoso cubano
con esta idea de dar a la gente lo que piden. Y como un
dios bajándose de su carroza, abrió una tienda de baratas
y la llamó “Adjuntas todo a dólar”. A cambio, uno podía
llevarse dos cajas de detergente marca X, o tres jabones de
Castilla la vieja— de ahí el picor que provocaba los con-
denados jabones— o varios paquetes de galletitas Cookies,
entre otras cosas, todo por un dólar. Sí, señor. Adjuntas
no sería el mismo.
Se preguntará usted, y si la gente no trabaja, ¿de
dónde van ellos a sacar el dinero para comprar? No se
preocupe que para eso hay miles de programas federales
de esos que mantienen a uno con la alacena llena, le pa-
gan la casa, y hasta te sobran algunos billetes para jugar
la Lotto y beber ron. Pregúntenle a mi papá, que en paz

60
descanse, pero a quien aún se le puede ver de noche bajo
el cedro esperando a que el correo llegue. Yo lo visito de
vez en cuando y siempre le pregunto: «Viejo, ¿qué hace
usted aquí?», y él me contesta: «Esperando el correo». Y
después nos quedamos así, sentados uno al lado del otro,
sin hablar más, como en los viejos tiempos, hasta que yo
le pido la bendición y él me dice «La Virgen lo acompañe»,
y entonces me voy. Y como mi papá hay otros. Eso es lo
que llamo, señoras y señores, tradición de pueblo. ¡Dios
nos libre de que esto sea otra Cuba! Aquí nadie da un
tajo y todo el mundo come, y allá todo el mundo trabaja
pero nadie come. Y si algún día se van las ayudas, ¿cómo
le explica usted a doña Pancha que ya el águila no caga y
que se tiene que ir a lavar ropas al río, así, en su silla de
ruedas y todo? ¿O cómo le dice usted a Cheo, después que
dejó las pelotas en Vietnam, que tiene que irse a sembrar
la tierra? ¿O cómo le dice usted a mis primos teenagers que
tienen que irse a coger café para pagar la Toyota nueva que
se acaban de comprar? Ese día no sólo va a haber Grito de
Lares, sino Grito de Adjuntas, Utuado, Jayuya, y por ahí
seguirá hasta que todo Puerto Rico sea magma de un grito.
De hecho, por aquello de borrarle a la gente cualquier
pensamiento de renuncia a los beneficios de ser colonia de
los Estados Unidos, el alcalde planificó, y a la luz de las
ideas de Agustín, que la gran apertura de “Adjuntas todo
a dólar” fuese el 23 de septiembre.
Agustín, como buen comerciante, se hizo amigo del
alcalde. El alcalde le dio subsidio corporativo para que no
tuviese que rendirle cuentas al fisco municipal y así generar
algo de capital para empezar con el negocio. Todo porque
Agustín emplearía algunos 20 ciudadanos del pueblo. El

61
cubano consiguió también un permiso especial para cel-
ebrar regiamente la apertura del lugar. Cerrarían la calle
principal del pueblo, traerían un sistema de sonido monu-
mental con merengue caliente sonando en todo momento,
y regalarían dinero. El alcalde cogió una sustancial muestra
de ello— del dinero, quiero decir, por aquello de ver para
creer. Agustín le prometió una fiesta de tal magnitud que
la gente olvidaría que el alcalde había despedido a 114 em-
pleados municipales, mientras le aumentaba el sueldo a los
asambleístas. Los ojos del alcalde sobresaltaron como dos
bolas de billar. Agustín salivaba porque de la nada, había
llegado a ser el redentor del pueblo, y casi tenía visiones
proféticas de hasta dónde subiría su cuenta bancaria. El
alcalde autorizó a los pocos empleados municipales que
quedaban a que ayudaran a don Agustín a preparar la regia
inauguración de “Adjuntas todo a dólar”. Agustín le pro-
metió que llovería dinero en el pueblo.
En la madrugada del día de la inauguración, los
empleados municipales, bajo las órdenes de Agustín, en-
sartaron billetes de uno, cinco, diez, veinte y hasta de
cincuenta dólares en un infinito hilo de nilón, como quien
prepara carnada viva para irse a pescar fantasmas en un
lago de sueños. Los billetes estaban levemente adheridos
al hilo de pescar por una fina banda de cinta adhesiva. La
idea era que, una vez colocados en las copas de los árboles,
siguiendo por los postes de alumbrado eléctrico, bajando
por la acera hasta la entrada de “Adjuntas todo a dólar”, él
agitaría la cuerda de manera que los billetes, humedecidos
por el rocío mañanero, se desprenderían por gravedad de
su comprometedora cinta adhesiva y comenzarían a caer al
suelo como plumas de ángeles. Luego, la gente debía ad-

62
vertir de algún modo que los billetes formaban un sendero
que dirigía hasta la entrada del nuevo local. Allí, dispuestos
sobre el suelo como latas de cerveza vacías por las esquinas
del pueblo, aguardaría otro mar de dólares. Esos mismos
dólares la gente los utilizaría para comprar en la tienda.
Genial, pensaba el alcalde. Ya lo sé, decía Agustín.
Al otro día en la mañana, el sol tímido tras la revo-
lución de nubes grises, y las bandadas de pitirre alteradas
en el cielo teñían de mal augurio al viento. Yo estaba allí,
como quien no quiere la cosa, mirando a ver qué se veía.
Don Agustín se fumaba su habano tranquilamente con una
sonrisa que se ampliaba como una cordillera, vestido en su
traje blanco inocencia. Junto a él, el alcalde en su chaqueta
negra, muy apropiada para el frío montañoso. Sus ayu-
dantes aplaudían al ritmo del merengue caliente que uno
que otro dominicano indocumentado, de esos que son los
únicos que trabajan las tierras del pueblo, reconocía bien.
Un tipo con un megáfono en mano incitaba a la masa de
gente que comenzaba a congregarse en los alrededores a
que visitaran la tienda. Unos por interés, otros por cu-
riosidad, pero todos allí. Eso sí, nadie se movería de allí
hasta que sucediera lo que tenía que suceder.
Cargado el ambiente de tensión y expectativa,
Agustín finalmente concluyó que el momento había ll-
egado. Le dio la señal al genérico empleado del municipio,
y así, con la gente ya casi al borde de la desesperación, éste
comenzó a agitar el hilo de nilón y cuando menos la gente
se lo esperaba, comenzó a diluviar, pero no gruesas gotas de
agua fría, sino delicados, húmedos sueños de papel verde.
El primero en notarlo fue Don Salustiano, un viejo que
siempre llevaba bastón y sombrero blanco de paja, y quien

63
al sentir el primer billete caer sobre su hombro, lo sacudió
como el que se hace un despojo de algún mal espíritu. Al
percatarse que era un billete de 50 dólares, el pobre viejo
se abalanzó sobre el ángel de papel y se fue así de frente, de
boca contra el suelo, perdiendo su dentadura postiza, hasta
que con dificultad y sangre a flor de labios, Don Salustiano
gritó: «¡Está lloviendo dinero!».
La gente tornó sus miradas al cielo.
Efectivamente.
Del cielo caían billetes verdes como plumas de án-
geles verdes, verde que te quiero verde, verde esperanza,
verde vómito, como la señora que comenzó a devolver
todo el interior de sus entrañas de tan nerviosa que se puso.
Entonces, la gente se animalizó, y toda la masa de curiosos
se tornó polvareda y el motín fue de tales proporciones
que hasta la gente dejaba los bancos y negocios del centro
del pueblo para unirse a la desesperada batalla por los bil-
letes que continuaban cayendo al suelo— aunque muchos
de ellos ni siquiera llegaban al suelo. La gente comenzaba
a brincar para atraparlos y aferrarse a ellos. Otros, en de-
senfrenada desesperación, comenzaron a agitar los árboles
para liberar los billetes allí aprisionados. Incluso, algunos
perdieron los estribos, y comenzaron a arrancar los árboles
de cuajo, y entonces la gente, que comenzaba a meterse
los billetes en la boca para que no se los quitaran, alucinó
en su locura repentina que las hojas de los árboles eran bil-
letes— y así, la gente comenzó a tragar hojas, y algunos
juraban que cagarían dinero ese día, y seguían tragando
hojas, mientras bajo sus pechos y pies había gente— unos
asfixiados, otros rezando y dando gracias a Dios— hasta
que alguien notó que los billetes trazaban un camino verde

64
hasta la entrada de “Adjuntas todo a dólar”. La estampida
tomó dirección.
Don Agustín exclamaba que aquel evento era un
éxito, y el alcalde sonreía y decía que esto le aseguraba la
reelección, pero la gente, en su desequilibrada ambición,
invadió el local, llevándose por medio al alcalde y a Don
Agustín. Una vez dentro de la tienda, advirtieron los bil-
letes en el suelo, y ya para entonces la locura era incon-
tenible y los delirantes clientes derribaron los escaparates y
buscaron entre y debajo de la ropa, porque desconfiaban de
todo, hasta de las losetas, y con uñas y dientes removieron
el piso hasta encontrarse con la tierra, y hasta la mordían
pensando que el dinero podía estar escondido entre ésta,
y Don Agustín, en una esquina, todo sucio e indignado,
dijo: «Del polvo eres y al polvo regresarás».
El negocio cerró ese mismo día, ya se imaginan.
La inauguración terminó en tragedia. Hubo varios muertos
por asfixia, otros por ataques cardíacos, otros simplemente
fueron aplastados por la turba de gente enloquecida. Don
Agustín se marchó del pueblo de la misma manera que
vino: inadvertido. Al alcalde le formularon cargos por
complicidad en dicha tragedia y sus opositores lograron que
perdiera las elecciones un año después. Total. El alcalde
opositor, entre sus promesas de campaña, aseguró que
traería un verdadero “Adjuntas todo a dólar”. Yo, después
del día que llovió dinero en Adjuntas, me dediqué más que
nunca a leer los libros que me regaló aquel buen maestro
de estudios sociales que disfrutaba de mis masajes, por
aquello de que me di cuenta que la mente cruda es una
cosa peligrosa. La gente de mi pueblo, por su parte, aún
convive sin infraestructura para levantar la cuna que nos

65
recibió al nacer— la gente aún se acuesta con la bestia del
desempleo vestida de novia y con la bestia del ocio vestida
de puta— y siempre todos, de vez en cuando y de cuando
en vez, miran al suelo, a ver si por casualidad encuentran
algún billete.

66
El rapto de Ángela

Á ngela observaba a sus nietos jugar a las canicas cuando


de pronto vio algo resplandeciente aflorar en el
firmamento. Inmediatamente, detuvo el pendular lánguido
de la mecedora en el balcón. Sin apartar la mirada de
aquella extraña aparición, buscó un cigarrillo mentolado
y lo encendió temblorosamente, mientras las luces se
agrandaban— aquellas luces en serie sobre el brumoso
horizonte de montañas de mazapán— aquellas tres luces
de colores bermejo incandescente, añil pacífico y ambarina
fulgente, orquestadas en un tiempo de 3/3— como un
vals de luces que hablaban porque a veces la luz de color
bermejo brillaba dos tiempos, y las otras a medio tiempo;
otras veces la ambarina se sincopaba hasta la otra barra, y
entonces parecía una música cósmica que nadie escuchaba
porque era visual.
Los nietos de Ángela, ajenos al avizor evento
celeste, proseguían con su anacrónico juego de canicas,
actividad un tanto pasada de moda para tres niños de la era
de las computadoras, pero ni modo, opinaban ellos muy
precozmente, en casa de su abuela no había juegos de video
ni nada parecido, razón por la cual habían decidido matar
el tedio con el viejo juego una vez entretuvo a su abuela,
según ella misma les relataba en las repetitivas historias de
su niñez.
A Róger, el pequeñín de 3 años, no le iba muy
bien en el juego porque no tenía la agilidad en los dedos
que tenían Neil y John, sus dos hermanos mayores, y por
eso mejor se distraía echándose las canicas a la boca. Ángela

67
le había advertido a Róger que las canicas no eran golosinas
y que, por tanto, no eran para echárselas a la boca. No
empero, a Róger pareció darle igual, porque ni siquiera
comprendía la razón de ser de tan absurdo juego, y prefirió
de todas maneras degustar las coloridas esferoides, a ver
si sabían mejor de lo que pretendían entretener, acto del
cual Ángela no se percató porque tenía las luces prendidas
de los ojos— ojos que se les aguaban con una sensación de
calambres en la vista, arrebolados por aquellos misteriosos
destellos que eran tan áureos que hasta parecían luces de
fiestas patronales.
Pero sucedió lo que Ángela temía que sucediera.
Neil le reclamó a John que se habían robado una
canica de la olla.
A ver quién fue— quién pudo haber sido sino
tú— no, yo no, se defendió John— tú sí, te la robaste,
dijo Neil, acusación que John negó categóricamente y
lo que provocó que el hermano mayor, encolerizado, lo
empujara, llevándose a Róger de por medio y haciéndole
tragar el planeta de cristal que el pequeño probablemente
imaginaba que era chocolate cubierto de capa azucarada.
A todo esto, las luces en el cielo se definían cada
vez más grandes y más cerca.
Un óvalo de metal se deslizaba silenciosamente
sobre el cielo adjunteño, como si lo estuviesen halando
por cordones. Neil y John comenzaron a darle golpes
por la espalda a Róger, quien se moraba como una
berenjena, incapaz de inhalar oxígeno. La canica se había
alojado en algún punto entre la tráquea y la epiglotis del
pequeño Róger, y sus ojos se iban cerrando poco a poco,
tornándose cada vez más pequeños y más pequeños, como

68
un zoom out de la vida y Ángela aún no se percataba. Los
niños gritaban por ayuda, pero Ángela, imantada por el
óvalo gris y su sinfonía de luces en serie, comenzaba a
convulsionar cual temblores en serie. Algunos vecinos
salieron atraídos por los gritos de pánico de los niños.
Ángela se te muere el nene, le gritaban sin advertir el
óvalo gris que se postraba sobre la herradura de asfalto.
Ángela, que no sentía el cigarrillo quemarle los dedos, no
veía al pobre Róger torcerse en las tinieblas de una asfixia.
Los vecinos, al notar que el niño moría y que Ángela no
reaccionaba, brincaron la verja, y tomaron a Róger por los
brazos, justamente cuando del óvalo gris fulguró una luz de
azogue que relampagueó ante los ojos de todos, como si el
universo hubiese tomado una instantánea a los allí presentes.
Finalmente, el óvalo comenzó a ascender velozmente hasta
llegar a su cenit y perderse en aquel atardecer ceniciento
del cielo de septiembre.
Hubo una pausa en la cual todos los corazones
dejaron de latir y nadie respiró.
El estado de estupefacción colectiva que adormecía
a todos se quebró como la caída de un vaso cuando Ángela
comenzó a dar gritos en staccato y brincos convulsos que
la hacían ver como un títere flácido al cual alguien tira de
mala gana por sus cuerdas. La lengua de Ángela se hacía
fibra resinosa y se le adhería al paladar. La mujer expelía
espuma por la boca. Sus ojos comenzaron a tornarse albos y
entonces voló sobre la baranda del balcón, cuyos balaustres
eran de cemento, y aterrizó justamente sobre Róger, quien
al recibir el peso violento de su abuela, no pudo más que
dejar que sus pulmoncitos despidieran la canica intrusa, la
cual salió como disparada como un cometa milenario por la

69
tráquea y finalmente, bajo el cielo del paladar, prorrumpió
boca afuera y se devolvió al mundo humano cual génesis
expectorado.
La canica se precipitó hasta caer de vuelta en el
círculo dibujado en el suelo donde se unió a las otras
canicas inertes como planetas ficticios.
Los vecinos se quedaron boquiabiertos, sin poder
decir una palabra. Ángela convulsionaba sobre Róger, y el
chico lloraba asustado, preguntándole a su abuela que le
pasaba.
—¡Es un milagro! —gritó uno de los vecinos.
—¡Ángela ha sido tocada! ¡Es un milagro! ¡Salvó
a su nieto! —repitió otro.
Todos se arrojaron sobre Ángela, quien se encontraba
deformándose en un típico ataque epiléptico, pero que al
momento nadie reconoció como tal, y la sujetaron por sus
extremidades. Una vez lograron controlarla, procedieron
a llevarla dentro de la casa. Le pasaron agua bendita por la
frente, le colocaron una bolsa de hielo sobre la frente y así
Ángela se fue calmando hasta caer en un sueño profundo
y pacífico, algo así muy cerca de la muerte.
Al otro día, Ángela era noticia. Según el taimado
chisme, ella había salvado a su nieto bajo la aparición y
postrimera inspiración célica de una carroza de fuego. Los
religiosos protestantes argumentaban que éste era un aviso
de los tiempos por concluir. Los católicos decían que había
sido la Virgen María en una nube quien había prescrito el
milagro. Los ufólogos decían que Ángela era la escogida:
ella sería la líder que los guiaría a un nuevo mundo en otro
planeta de paz y amor. El pueblo estaba revuelto, porque
algo huérfano de razón había ocurrido en la Urbanización

70
San Joaquín. De hecho, las cosas en Adjuntas tenían que
tener madre y ombligo, o no ocurrían, y de esa manera
justificaban lo de Tobías, el niño-murciélago que había
nacido entre los secretos del barrio Pellejas, como un
castigo de Dios a su madre, ávida bebedora de ron Bacardí,
cuyo logotipo es, pues, un murciélago. Igual explicaban
que el busto de 54 pulgadas de Carmen, la Doña Bárbara
del pueblo, era resultado de su irreflexiva compulsión
por malograr hijos, razón por la cual Dios había decidido
crucificarla a aquellos dos melones de masa adiposa. Y lo
de Adriana, la maestra de catecismo, quien tenía 23 años
de vida y cuerpo de niña de 9, lo justificaban a su deseo de
ser ángel, pues para ser ángel había que conservar el candor
y la ilusión de un niño. Bueno, al menos eso decía la
gente. El asunto era que en Adjuntas las cosas tenían que
tener madre y ombligo, o no ocurrían.
Ángela, merece la pena reconocerse, era notoria
en el barrio porque siempre se la pasaba presagiando
la llegada de algún objeto volador no identificado que
aterrizaría sobre su casa para redimirla de esta caótica y
afligida existencia terrenal y elevarla a un reino de amor
y sosiego más allá de las estrellas. A cambio de su exilio
voluntario, ella le pediría a los extraterrestres que dotaran
de inteligencia a su hija. La pobre no era muy buena para
muchas cosas y ya saben como una madre sufre ante la
posibilidad de ver a un hijo fracasado en la escuela de la
vida. Pero Ángela Polaris (como se llamaba la hija) probó
que sí era buena para algo: para parir, aunque fuesen hijos
con padres anónimos.
Mucha gente pensaba que Ángela, después que
su marido la dejó por otra, había perdido arrimo con la

71
realidad y se paseaba evasivamente por las nubes como quien
esquiva elefantes voladores. Ángela, muy a pesar de haber
perdido al hombre de su vida, insistía, más que nunca, que
ella había nacido para ser fiel y para que le correspondieran
de igual manera. Ella concluyó que tal dicha era un ocho
a medias, y que para poder sentirse realizada en alma y
cuerpo, ella necesitaba que sus homónimos extraterrestres
la viniesen a rescatar, porque allá arriba, en ese reino de
amor y paz, no existía la infidelidad, porque no había
necesidad de ser infiel, porque todos eran uno y uno
eran todos. Es más, ni siquiera existía el sexo animal tal
y como lo conocían los humanos. Allá arriba todo era
entendimiento y esencia, decía ella.
No muchos tomaban a Ángela en serio, unos
por convicciones religiosas, otros por envidia de que la
escogieran a ella y no a ellos, y otros porque sencillamente
no podían concebir un mundo sin sexo. La única persona
que le creía era Verónica, quien luego de que la dejara el
marido (sí, también a ella; la dejaron por una chiquilla de
16 años), le entró complejo de vedette y se la pasaba en
sandalias y bikini por las calles de un pueblo donde la lluvia
reinaba en todas las estaciones del año. Verónica creía en
Ángela porque, siendo buenas amigas, tal vez la última se
llevaría a la primera consigo y le presentaría a un galán
ovninaúta y encontraría su amor de altas esferas, un higher
love, en todo sentido de la frase, que nadie sería capaz de
encontrar en la Tierra.
Después que el pueblo se enteró del acontecimiento
en la San Joaquín, la gente comenzó a ver a Ángela con
otros ojos. Los impíos comenzaron a tener fe; los religiosos
protestantes encontraron una alegoría apocalíptica y una

72
señal del comienzo del rapto; los católicos pensaban que
era la prueba conexa y ostensible de que la Virgen María
sí intercedía por nosotros; los ufólogos pensaban que
todo se trataba de un evidente caso de contacto con vida
inteligente del espacio exterior.
Una serie de peregrinaciones se inició desde todos
los campos, barrios y pueblos vecinos hasta frente a casa
de Ángela. La policía tuvo problemas para controlar las
oleadas de gente que allí se congregaban. No obstante,
hasta ellos mismos querían estar cerca por si algo más
ocurría. Algunos predicadores con megáfono en mano
comenzaron a incitar a los presentes al arrepentimiento.
Los católicos oficiaron un servicio y hasta repartieron la
comunión allí mismo cantando «Oh María, Madre mía,
oh consuelo terrenal, amparadme y guiadme a la patria
celestial». El gentío lo coparon el vendedor de carne al
pincho, el vendedor de la piragüa higiénica del nuevo
milenio y otros vendedores ambulantes quienes aportaron al
toque carnavalesco de la situación, sobre todo el vendedor
de camisetas alusivas al evento, las cuales tenían mensajes
tales como “Ángela es la puerta”, “Ángela es la enviada”,
entre otros.
Ángela Polaris, quien había tenido un muy intenso
pero fugaz romance con Don Agustín, el cubano fundador
del “Adjuntas todo a dólar”, y de quien había aprendido
a paladear la palabra “dinero”, pensó que era muy buen
momento para recaudar fondos para erigir una imagen
gigantesca de su madre, la cual serviría como centro de
oración, de meditación, de observación celeste, y todo lo
que le diera la gana al pueblo en honor de aquella aparición.
La estatua sería tan alta como la Estatua de la Libertad y,

73
en días claros, se vería desde todas partes de Puerto Rico.
La estatua le dejaría suficiente dinero como para volver a la
Florida y encontrar a su amor imposible, Agustín García.
La idea caló profundo en un pueblo que esperaba el
bus de la salvación y la gente fue muy desprendida y aportó
de la mejor manera que pudo a la masiva colecta, todo a
cambio de tocar o hablar con Ángela, quien estaría sentada
en su mecedora en el balcón para aquellos que quisieran
contemplarla y hacerle peticiones especiales y espaciales,
mientras Neil, John y Róger le hacían guardia de honor.
Eso sí, el público debía acceder a formar una gran cola y
acercarse a Ángela uno a uno, dejando su ofrenda en el
bote de basura que hacía de improvisada urna de exequias.
Ángela, mientras tanto, se mantenía con su mirada perdida
en algún punto del cielo— sus ojos de pasas como dos
puntos de tinta en su rostro— su enjuto cuerpo tieso y
amoldado a la silla, como un dios de piedra— su traje
rosado de estrellas doradas haciéndola lucir como una
sacerdotisa.
Los primeros peregrinos se acercaron a ella siguiendo
las instrucciones de Ángela Polaris.
—Hagan una sola fila, por favor. Eso sí: una sola
pregunta por ofrenda —decía.
Todos asintieron.
—Dime, Ángela, ¿cómo son ellos? —preguntó el
primer voluntario, un ufólogo.
—Largos y sin boca. No son de carne. Son como
de tallos. No tienen huesos. No les hacen falta los huesos.
Los huesos son para que la gravedad no nos atraiga y nos
haga plastas. Ellos desafían la gravedad.
—¿Me llevarás contigo?

74
—Próximo —interrumpió Ángela Polaris mientras
halaba al ufólogo por el cuello de su camisa—. Recuerden:
una sola pregunta.
—¿Hay vida después de la muerte? ¿Cuál es el fin
de la vida?— preguntó el que seguía, un tipo con cara de
insomnio y tufo a cerveza.
—¡Oye, oye! ¡Tú! Dije una sola pregunta por
ofrenda. ¿Estás sordo? —interrumpió Ángela Polaris.
—Tráeme una caja de cigarrillos mentolados —
dijo ella sin sentido.
—Próximo —continuó Ángela Polaris mientras
sacaba de la fila al tipo con cara de insomnio y tufo a
cerveza.
El diácono del pueblo se acercó con su mirada
inclinada y un rosario perlado con un crucifijo de oro
macizo en las manos.
—¿Tiene algún mensaje de la Virgen para su
pueblo?— preguntó.
—Virgen parió en un río y no era virgen na’—
contestó Ángela, perdiéndose entre las celdas afectadas
de su memoria y encontrando el recuerdo de Virgen, su
hermana mayor, quien diera a luz séxtuplos en el Río
Vacas. Virgen le había confesado a Ángela, después del
improvisado parto, que ninguno de los seis era de su esposo
pero sí del capataz de la finca, con quien se acostó el día
antes de su boda.
El diácono palideció y se quedó sin aire.
¿La Virgen no era virgen? Oh, Dios mío. El mensaje
derrocaba la doctrina católica que tantos años él llevaba
siguiendo y predicando y bajo la cual todo su universo
estaba erigido. Ahora de pronto, todo colapsaba. El

75
impacto de las palabras de Ángela fue como un golpe en la
nuca con una llave inglesa Made in Taiwan y el diácono fue
a dar directo al piso.
Los paramédicos le suministraron los primeros
auxilios al decaído diácono y hasta el padre Jones, párroco
de la iglesia, tuvo que asistir a su súbdito eclesiástico. Al
reponerse, las primeras palabras del diácono fueron:
—La Virgen no era virgen. Llame al Vaticano,
padre Jones.
Minutos después, la ambulancia retiraba al diácono
y el padre Jones procedía a comunicarse con Roma para
pedir una audiencia con el Papa.
La cola, mientras tanto, seguía moviéndose con
ritmo lento y solemne, como una serpiente de brea.
—Próximo.
—Dime, Angelita, ¿cuándo es el rapto?
Blanca volvió a extraviarse en el laberinto de su
mente perturbada por los cortes eléctricos que sufre el
cerebro en un ataque epiléptico, y se remontó a su vida
de adolescente, cuando Tomás, su ex-esposo, y en vista
de que la familia de Ángela no lo quería, le propuso que
se escaparan. Tres días antes del evento, Tomás le había
enviado un mensaje con Cucho, el amolador de cuchillos:
“El rapto será en tres días”.
—El rapto será en tres días —pronunció Ángela.
La señora se desmayó.
Los paramédicos volvieron a entrar en acción y se
la llevaron. Entre la congregación protestante se corrió la
noticia: el rapto sería en tres días.
El pueblo ir rumpió en locura colectiva. La
algarabía fue estentórea y desequilibrada como una balanza

76
manca. La gente comenzó a arrepentirse de todos los males
hechos y por hacer, y hasta hubo quien no pudo con el
zarpaso filoso de la garra de la verdad y decidió suicidarse.
El gobierno se enteró y pidió apoyo al FBI y la CIA, muy
a pesar de que dichas agencias tenían intereses encontrados
y ninguna quería saber de la otra. Las primeras horas de
la noticia afluyeron en crisis y hasta el gobernador perdió
la mesura y alertó al pelotón de emergencias de la Defensa
Civil. Sus rivales políticos lo acusaron de más de lo mismo,
de sensacionalista e incapaz de manejar un país en crisis. El
Vaticano, por su parte, emitió un comunicado de prensa
que hacía un llamado a la cordura espiritual y al sano fervor
religioso. La Virgen no había aparecido en Adjuntas, decía
el escrito. Esto no era una aparición oficial. Los únicos con
acceso directo a los asuntos celestiales eran ellos, los del
Vaticano. Es más, hicieron un pronunciamiento público en
el cual revelaron un plan para acabar con el levantamiento
del Anticristo en el medio oriente: una alianza militar
con los Estados Unidos de Norteamérica. A su vez, el
proyecto SETI, cuyos miembros se trasnochan esperando
a que llegue una onda radial fidedigna que les certifique
que los extraterrestres también utilizan primitivos medios
para comunicarse con el cosmos, desmintió que se tratara
de una aparición extraterrestre. No hubo certificación de
los centros de mando en las bases militares circundantes y el
radar inosférico de Arecibo tampoco recibió confirmación
de señales por parte de los radares en Arizona y Melbourne.
En resumen, todos estaban convencidos de que el extraño
suceso no era otra cosa que el fantasioso producto de las
mentes ignavas de la horda popular.
No obstante, la infalibilidad almáciga de que algo

77
sí había sucedido en Adjuntas y la apetencia de que algo
más ocurriera condujo a la multitud a esperar durante tres
días con sus noches por el rapto de Ángela.
Durante treinta y seis horas, nada ocurrió. Repito:
nada ocurrió.
Los ministros protestantes no tuvieron otra baraja
que tirar, excepto comenzar a sermonear acerca de cómo
Dios había reconsiderado su decisión de terminar el mundo,
gracias a las ofrendas y a la intervención de ellos y el
poder de sus oraciones. Así tendríamos más tiempo para
arrepentirnos, decían. Los católicos celebraron misas en
honor de la Virgen, quien asumidamente había intercedido
ante Dios para que nos diese otra oportunidad de hacer el
mundo, y hasta la nombraron “La Virgen de La Nube de
Adjuntas” y se identificaron con el mensaje de la Madre
de Dios. Los ufólogos, por su parte, decidieron abrir un
centro de estudios místico-científicos en Adjuntas, porque
esto era la primera señal de nuevas verdades cósmicas a
las que el ser humano se enfrentaría. Pero una cosa ellos
sí avalaban de Adjuntas: la sutil cortina de energía que le
hacía de traje a todo lo animado e inanimado.
El gentío se fue disolviendo de la misma manera
que se formó: por generación espontánea. Sólo quedaron
toneladas de basura, latas vacías de Coca-Cola y Coors Light.
Ángela Polaris fue cuestionada por algunos decepcionados
inconformes, y ella se vio en la necesidad de declarar
públicamente que su madre estaba agotada física y
mentalmente. La gente, por supuesto, prefirió pensar que
nada había ocurrido a pensar que le habían tomado por el
pelo.

78
Siete noches después del suceso, Ángela, su hija y
sus nietos, desaparecieron.
Alguna gente decía que Ángela estaba en un hospital
de psiquiatría en San Juan, y que Ángela Polaris la cuidaba.
Otros decían que con todo el dinero recogido aquel día,
probablemente estarían en la Florida siguiéndole el rastro
a Don Agustín García. Un tercer segmento minoritario de
la población argumentaba que el rapto había ocurrido y
que los habían dejado a ellos; algunos se esperanzaban en
un segundo rapto. Los politiqueros decían que el gobierno
había vendido a Ángela a la CIA o al FBI y que la tenían
en una base espacial en Arizona para investigaciones más
minuciosas. Había quien opinaba que se habían llevado a
Ángela Polaris y a los nenes por éstos ser cómplices de un
complot para desequilibrar el sistema.
Pero siete noches después del suceso, los vecinos
de la San Joaquín juraron haber visto luces en serie en el
brumoso horizonte de montañas de mazapán— aquellas
tres luces de colores bermejo incandescente, añil pacífico
y ambarino fulgente, orquestadas en un tiempo de 3/3—
como un vals de luces que hablaban porque a veces la luz
de color bermejo brillaba dos tiempos, y las otras a medio
tiempo; otras veces la ambarina se sincopaba hasta la otra
barra, y entonces parecía una música cósmica que nadie
escuchaba porque era visual— y de pronto apareció un
óvalo gris que fulguró una luz de azogue, la cual partió la
noche como un relámpago o como si el universo hubiese
tomado una instantánea al pueblo— y finalmente, el
óvalo de donde provenían las luces comenzó a ascender
velozmente hasta llegar a su cenit y perderse en la oscura
noche del cielo de septiembre.

79
80
El sueño de Justo

T odo comenzó con un terrible dolor en la espalda


al levantarse. La leve desviación en su columna
vertebral lo estaba matando poco a poco, pensó. Pero
luego se tomó dos píldoras analgésicas y siguió como si
nada. Luego condujo por el auto expreso por casi una
hora hasta llegar a su trabajo. De más está decir que, bajo
circunstancias normales, tardaría quince minutos en llegar
allí. Hay demasiados autos en esta isla, pensó. Ese día,
igual al anterior y al anterior y anterior a ese, el tráfico
era un río de plomo. Escuchó la radio— viejas melodías
de los ’70 que le atragantaban una terrible melancolía—
todas las mañanas— terrible y sadomasoquista sesión de
melodías cargadas de melancolía. Marvin Gaye no podía
sonar mejor. Especialmente cuando Justo hacía de segunda
voz. Pero hoy no. Hoy estaba afónico. O simplemente no
le quedaban ganas. Justo llegó tarde a su despacho para
encontrarse que había perdido la cuenta de The Home
Makers, una cadena estadounidense de venta de efectos
del hogar— desde un clavo hasta una chimenea. Bah.
¿Quién necesita chimenea en Puerto Rico? pensó. No
obstante, su jefe estaba que casi lo metía en la trituradora
de documentos. Ese día Justo derramó el café sobre unos
contratos que debían salir vía Fed Ex, salió a almorzar y
tuvo que regresarse porque la cola en Burguer King era
interminable. Como si fuera poco, en la tarde lo llamaron
del banco por un sobre giro en su línea de crédito bancaria.
El día concluyó cuando le devolvieron una propuesta para
una nueva campaña de publicidad para Coca Cola, por tener

81
inconsistencias en la información. Su jefe lo llamó— por
segunda vez en el día— y le estuvo reprendiendo largas
horas. Eran las cinco de la tarde cuando Justo miró por
la ventana y se preguntaba qué rayos hacía escribiendo
propuestas en una agencia de publicidad, cuando se suponía
que estuviese escribiendo poemas. El día fue bien, bien
largo para Justo.
Regresó a su casa cruzando nuevamente el soberano
tráfico de plomo.
Una hora de viaje.
A las siete de la noche estaba quitándose la corbata
en medio de la modesta sala. Corrió las cortinas pasadas de
moda y dejó las luces de la ciudad entrar por la corrediza
puerta de cristal. Si algo bueno tenía este apartamento, era
la vista panorámica de todo Santurce. Las luces parecían
luciérnagas gigantes, un enjambre de luces pintadas sobre
un fondo negro. Pensó que qué rayos hacía allí, en aquella
ciudad, cuando la voz de septiembre lo llamaba a su pueblo
natal, a su tierra de surrealismo, a su centro. Dos horas de
viaje y una cordillera lo separaban de todo esto.
Abrió la puerta corrediza de cristal y se recostó de
la acerada baranda del balcón. Respiró profundo— toda
la ciudad en una inhalación. Sentía sus párpados pesarle,
por lo que cerró los ojos y se quedó así— suspendido en
la cortina de nubes rojizas que caía sobre la ciudad como
un malvavisco de fuego. Sintió ganas de pararse en la
baranda. Me dará un vértigo de madre, pensó. Bah. Qué
más da. Entonces se afianzó sobre la barra superior de acero
corroído por el salitre para posarse en la baranda. Sintió el
viento levantarle por debajo de las axilas. Se sentía como
un pájaro que lucha contra el viento en el cable de tendido

82
eléctrico. Dejó caer su cabeza hacia atrás para reprimir la
opresión que sentía detrás de la nuca. Abrió los ojos y vio
el malvavisco de fuego dispersarse como una tristeza sobre
la ciudad. Miró las luces y le pareció que las mismas se
fundían en un lago de sodio sobre un fondo negro como un
misterio. Por su mente pasaba una caravana de preguntas
beduinas a través de un desierto de sensaciones, un páramo
emocional donde la arena no era otra cosa que un cosmos
contenido dentro de otro macrocosmos, que no era otra
cosa que un reloj de arena en las manos de algún dios
cobarde que no se deja ver la cara.
Así, Justo decidió extender sus brazos paralelamente
al horizonte de ruidos que se cristalizaba en sus oídos.
Advirtió que del apartamento de arriba salía una música de
ángeles: la Novena Sinfonía de Bethoveen. De algún otro
lugar se emitían sonidos orgásmicos de mujer que muerde
el comienzo almibarado en un éxtasis de proporciones
cósmicas, inducida por la entrada suave y tibia, insistente
y consecuente, henchida y contundente de un falo
nervioso. Mientras, su contraparte masculina bramaba
como un toro a la luna perdida. Justo también escuchó
ladridos de perros vibrarle es sus tímpanos como campanas
agrietadas que dejan escapar su alma; escuchó peleas de
matrimonio que se cansa en la viscosidad de la rutina;
escuchó las voces estáticas de una telenovela; escuchó la
relampagueante expulsión de proyectiles de algún arma de
cañón largo; escuchó al viento resumirle la complejidad
de su soledad, y le supo amargo— y le supo dulce— y
entendió todo— y entendió nada— y sus párpados fueron
pantallas de proyección donde volvió a ver las montañas de
su pueblo— montañas virginales— de roca y de tierra—

83
montañas tejidas de verde— y vio un poema escrito en
el cielo— y ese poema era él mismo— el cielo era su
cráneo— y de pronto Justo sintió la punta de sus zapatos
de hule despegarse del borde de acero de baranda— y
sintió como una fuerza magnética correrle por los dedos a
medida que se separaba del borde, como si fuera un hilo
de energía— y cuando abrió los ojos, estaba volando
sobre la ciudad— así— volando con sus brazos paralelos
al horizonte de ruidos, que ahora era horizonte de ecos—
y la ciudad bajo su pecho radiaba como un lago de vainilla
fosforescente— y al encontrarse así como crucificado en
el aire, flotando, suspendido, miró al gran malvavisco
de fuego, que comenzó a abrirse y a abrirse como una
bóveda— y le reveló una gran ciudad de cristales— o tal
vez eran hielos— no podía precisar— y Justo sintió un
gozo soplarle por debajo del corazón— y tras los edificios
tubulares de la ciudad, se levantaban tres lunas, idénticas y
bellas lunas, como tres satélites de incandescencia plateada,
hasta que un olor fuerte, ácreo, le entró por las fosas nasales
y encontró que la nube de malvavisco era una boca ancha
y roja, cuyos dientes parecían de tiburón, y de los cuales
colgaban algunas sábanas de epidermis, lo que hizo pensar a
Justo que alguna bestia se lo tragaba, y ya no quería seguir
flotando, y entonces quiso volver y no pudo— ahora sentía
que se precipitaba sin voluntad hacia el interior de la gran
boca— y su corazón le redoblaba beligerantemente y Justo
trataba y trataba de regresar a su balcón y lo último que vio
fue a la boca comenzar a cerrarse y con un horrible grito
de espanto y temor incontenible, el mundo se ennegreció,
y Justo despertó tirado en el sofá de su sala.

84
Miró el reloj. Increíble. Eran sólo las 7:45 de la
noche. Pensó que debía comer algo, pero no tenía hambre.
Buscó algo de tomar en el refrigerador, pero el mismo
estaba desolado. Sólo agua, dos rebanadas de queso, y una
caja de galletas de higo (a Justo le gustaban las galletas de
higo frías) poblaban los estantes de la nevera. Tomó una
galleta, la engulló, y la bajó con un trago de agua directo
de la jarra. Caminó de vuelta a la sala, porque no quería
entrar al único cuarto del apartamento, el baúl donde Justo
guardaba todas sus depresiones. Al momento no estaba en
el mood para ello. Sencillamente se devolvió al sofá, miró al
techo para oprimir la opresión que sentía detrás de la nuca,
y se tumbó en los cojines percudidos del mueble gris.
Tocaron a la puerta. Justo se extrañó. Nunca nadie
lo visitaba. ¿Tocando a la puerta? Se levantó lleno de
expectación. Probablemente era la primera vez que alguien
tocaba a la puerta desde que el administrador del edificio
vino a cobrarle dos meses de renta atrasados. Miró por el
ojo de la puerta. No vio a nadie. Abrió la puerta. Y allí
estaba su padre, serio y seco, como siempre.
—¿Puedo entrar?
—¡Papá! Sí, sí, adelante. Entra —respondió Justo
lleno de sorpresa.
Su padre miró alrededor de la habitación como
quien inspecciona las condiciones del edificio. Justo no
sabía que hacerse y comenzó a recoger medias, revistas
Playboy, cajas de cigarrillo vacías, ceniceros superpoblados
de colillas y latas vacías de Coca Cola dispersas por la
habitación.
—¡Qué sor presa! —decía Justo en pasmoso
nerviosismo—. Tú aquí. Je. Tú aquí. No puedo creerlo.

85
—Este lugar es un cochambre —certificó su
padre.
Justo no lo miró. Era cierto. Además, ¿qué podía
esperar? Su padre siempre fue crítico severo con él.
—Es un asco. ¿Es que no puedes hacer nada bien?
—lo confrontó su padre—. No sirves ni para mantener un
cuarto limpio.
—Papá . . .
—Y la culpa la tiene tu madre, por defenderte
tanto.
—Papá, ¿cómo está ella?
—Y si te interesa tanto cómo está ella, ¿por qué
no la llamas, eh? O mejor aún, ¿por qué no la visitas?
—Tengo mucho trabajo, papá.
—¡No! Claro, es que eres de la ciudad ahora. Te
avergüenzas de nosotros, ¿no es eso?
—¡No! ¿De dónde sacas esa idea, papá?
—Mira, mira: te conozco. Pero no vengo a
enjuiciarte. Vine a reclamarte. Y más vale que tengas
respuestas. Irresponsable.
Justo sentía que se encogía —que se le acababa
la voz para contestarle a su padre— que nada de eso era
cierto— que él sí amaba a su familia y que siempre había
querido poder escuchar un “te quiero” de su padre— que él
sólo quería ser escritor y que en Adjuntas no sería escritor
y que nunca lo publicarían, y por eso se había venido a
la ciudad a buscar fortuna y todo lo que encontró fue
desilusión en cada farol— desilusión derramada en cada
esquina— y que todo lo que tenía ahora era un empleo
como escritor de propuestas para una agencia de publicidad.

86
Todo esto le hubiese querido decir, pero se le acababa la
voz.
—No es así, papá. No soy ningún irresponsable.
Te equivocas —dijo Justo, tratando de simular algo de
seguridad en sí mismo.
—¿Qué? ¿Te atreves a contradecirme? Por lo
menos háblame como hombre, no con esa voz de maricón
anémico.
Justo tragaba en seco. Se quedaba indefenso.
Quería llorar. Quería salir corriendo, pero al mirar sus
pies, encontró que eran de chocolate y caramelo derretido,
y que al intentar dar un paso, sus pies se alargaban y se
deformaban en una hilacha de dulce tan larga como un
sufrimiento.
—Pero, ¿sabes a qué vine? —preguntó el padre
de Justo con voz amenazadora—. A ver por qué no me
cepillaste los zapatos, según te ordené.
—¿De qué hablas? —preguntó Justo sin comprender
que ocurría.
—¿Y por qué no lavaste el auto cuando te lo dije?
Ah, ya sé. Porque vives solo, ganas dinero, y te crees el
más macho de todos, ¿eh? Pero eso lo voy a resolver ahora
mismo.
Justo se adentró en la mirada de su padre y vio dos
planetas de azufre, como dos odios en llamas. Vio que
su padre se abalanzaba sobre él, y no pudo huir. Justo
sentía, en efecto, que sus pies eran hilachas de caramelo y
chocolate derretido. Y lo próximo que sintió fue el puño
de su padre entrarle en la cara y adentrarle el tabique hasta
tocarle la parte de atrás del cráneo.

87
Justo levantaba sus brazos para defenderse, y
lloraba, mientras su padre le propinaba la gran golpiza.
—¿Llorando como las niñas, eh? ¡Si ni siquiera te
he tocado! ¡Eres una barra de mantequilla!
Justo comenzó a llamar a gritos a su madre. Su
padre le decía que gritara más fuerte a ver si ella por fin
lo escuchaba. Justo seguía gritando hasta que le dijo a su
padre:
—¡Te odio!
Su padre dejó de golpearle por un segundo. Miró
a Justo a los ojos y encontró dos planetas de azufre en sus
ojos, como dos odios en llamas.
Aún tomando a Justo por el cuello, el padre
sacó una 9 milímetros de la correa de su pantalón y se la
introdujo en la boca a sí mismo.
—Ahora sí me vas a odiar —le dijo en palabras que
se tropezaban con el cañón de la cromada pistola—. Ésto
es para que me recuerdes.
Justo abrió sus ojos en espanto. Quería escapar
pero no podía. Su padre estaba sentado sobre su pecho y
lo aprisionaba por el cuello con sus gruesas manos.
Su padre haló el gatillo y estalló en matices de rojo
y gris, cayendo toda la masa gelatinosa sobre Justo y su
mirada, hasta que pudo gritar el espanto y hacer temblar
al cielo y la tierra.
Justo se sintió caer a través de un tubo de aire negro
que lo succionaba.
Abrió los ojos, y se encontró en el centro de su
sala, acostado en el piso, flanqueado por dos mujeres que lo
miraban y se reían. Justo pensó que podían ser detectives,
o enfermeras, o paramédicos, pero no eran ninguna de las

88
anteriores. Estaban desnudas y masticaban chiclet, estirando
la quijada inferior a la vez que le sonreían.
—¿Te gustó?
Justo no sabía que contestar. No sabía de qué le
hablaban. Pensó que podía estar volviéndose loco. Sin
embargo, sintió alivio de saber que lo de su padre no había
sucedido.
El teléfono sonó. Una de las chicas preguntó:
—¿Contesto yo o contestas tú?
Justo, desconociéndola, dijo que contestaba él.
—¿Hello?
—Justo, es tu madre.
Mi madre, pensó Justo.
—¿Mamá?
Las chicas rieron. Él hizo un ademán para que se
callaran.
—¿Con quién estás ahí, Justo? —preguntó la
madre.
—Con nadie, mamá.
—Escuché voces.
—Es el televisor, mamá.
—Tú no tienes televisor. Odias la televisión.
—Compré uno, mamá.
—Cómo has cambiado. Te tengo una mala noticia,
hijo.
Oh, no, pensó Justo.
—Oh, no. Dime, ¿qué sucedió?
—Tu padre ha muerto.
Las dos mujeres comenzaron a pincelarle caricias
a Justo por todo el pecho, su cuello, su estómago y sus
piernas. Justo se las quitaba de encima con la única mano

89
libre que tenía, pero la batalla era desproporcionada. Una
de ellas lo empujó sutilmente por el pecho y lo acostó de
nuevo mientras la otra comenzaba a cabalgarlo, sobajando
el pene de Justo, el cual se aprestó a responder a la
suavidad de las insistentes caricias. Ambas sonreían y lo
miraban y mordían sus labios, mientras Justo titubeaba en
el teléfono.
—No . . . me . . . digas. ¿Cómo? ¿Papá, muerto?
—Sí. ¿Estás seguro que estás sólo? —insistía la
madre al otro extremo de la línea.
—Sí —contestó Justo mientras una de las mujeres
se acomodaba el pene erecto en su sexo y se dejaba caer
sobre él, deslizándose suavemente, dejándolo escurrirse
entre paredes de azúcar y miel, descansando el tibio peso
de los muslos sobre las caderas de Justo, y mientras la otra
mujer lo lamía como una felina hambrienta que encuentra
su constelación de leche.
—Pero papá estuvo aquí hace un rato —dudó Justo
a la vez que era devorado por las dos mujeres.
—No puede ser. Él murió anoche. Tal vez te fue
a visitar después.
Justo corroboró que lo que había tenido era un
sueño. O tal vez no, pero prefirió pensar que era un
sueño.
—Ya te dejo, hijo —dijo la madre—. Atiende
tu visita y luego si quieres vienes a verlo. Ya sé todo el
resentimiento que le guardabas. No te culpo. Pero ya acabó
todo. Ya es hora de perdonarlo. A mí tampoco me hará
sufrir más.
Y colgó.
La mujer que lo lamía le quitó el teléfono de la

90
mano y depositó sus labios en la boca de Justo. Justo
sonr ió con placer e incredulidad. La mujer que lo
cabalgaba aceleró sus movimientos— sus manos apoyadas
sobre el pecho de Justo— sus nalgas embistiéndole en los
muslos— su cara transformándose en arrugas de placer,
que podían confundirse con arrugas de dolor— y Justo
comenzó a sentir que lo succionaban— que le halaban el
alma con un hilito muy fino e invisible desde debajo del
corazón hasta salirle líquido espeso por su cúpula bizantina,
pero también observó que la cabeza de su violadora se
comenzaba a agrietar— y él pensó que era una alucinación
orgásmica— pero no— la cara en verdad se agrietaba, y
aunque él cerraba los ojos para concentrarse, volvía y los
abría y veía el rostro derretirse como una vela al calor— y
entonces fue que notó que a la mujer le salían dos antenas
por la parte trasera de la cabeza, y entonces el rostro se
abrió como una vaina de barro seco, y un inmenso rostro
de cucaracha se reveló— y Justo, buscando confirmar que
no era realidad, vio a la otra mujer masturbándose a su
lado, y comenzando el mismo proceso de metamorfosis
orgásmica— y Justo gritó tan espantado, que sus gritos
volvieron a hacer temblar al cielo y a la tierra.
De pronto, Justo se sintió caer a través de un
tubo de aire negro que lo succionaba. Y allí estaba Justo
nuevamente. Tendido en el sofá. Eran las 8:15 de la
noche.
Pensó que debía comer algo pero no tenía hambre,
y menos después de tan asqueroso sueño. Buscó algo de
tomar en el refrigerador, pero el mismo estaba desolado.
Sólo agua, dos rebanadas de queso, y una caja de galletas de
higo (a Justo le gustaban las galletas de higo frías) poblaban

91
los estantes de la nevera. Tomó una galleta, la engulló,
y la bajó con un trago de agua directo del envase que la
contenía. Caminó de vuelta a la sala, porque no quería
entrar al único cuarto del apartamento, cuarto sin ventanas
que era una especie de cámara de torturas en donde Justo
guardaba todas sus depresiones. Al momento no estaba en
el mood para ello. Sencillamente, se dirigió al balcón de
rejas, y se quedó así suspendido en la cortina de nubes
rojizas que caía sobre la ciudad como un malvavisco de
fuego. Sintió ganas de pararse al borde del balcón de rejas
y sintió el viento levantarle por debajo de las axilas. Dejó
caer su cabeza hacia atrás para reprimir la opresión que
sentía detrás de la nuca. Abrió los ojos y vio el malvavisco
de fuego dispersarse como una tristeza sobre la ciudad.
Miró las luces y le pareció que las mismas se fundía en un
lago de sodio sobre un fondo negro como un misterio.
Así, Justo decidió extender sus brazos paralelamente
al horizonte de ruidos que se cristalizaban en sus oídos.
Advirtió que del apartamento de arriba salía una música
de ángeles: la Novena Sinfonía de Bethoveen. De algún
otro lugar se emitían sonidos orgásmicos de mujer que
se muerde el comienzo almibarado en un éxtasis de
proporciones cósmicas, inducida por la entrada suave y
tibia, insistente y consistente, henchida y contundente
de un falo nervioso. Mientras, su contraparte masculina
bramaba como un toro a la luna perdida. Justo también
escuchó ladridos de perros vibrarle es sus tímpanos como
campanas agrietadas que dejan escapar su alma; escuchó
peleas de matrimonio que se cansa en la viscosidad de
la rutina; escuchó las voces estáticas de una telenovela
de televisión; escuchó la relampagueante expulsión de

92
proyectiles por algún arma de cañón largo; escuchó
al viento resumirle la complejidad de su soledad, y le
supo amargo— y le supo dulce— y entendió todo—
y entendió nada— y sus párpados fueron pantallas
de proyección donde volvió a ver las montañas de su
pueblo— montañas virginales— de roca y de tierra—
montañas tejidas de verde— y vio un poema escrito en
el cielo— y ese poema era él mismo, Justo— y el cielo
era su cráneo— y de pronto Justo sintió la punta de sus
zapatos de hule despegarse del borde de acero de las de
rejas— y sintió como una fuerza magnética correrle por
los dedos a medida que se separaba del borde, como si
fuera un hilo de energía— y cuando abrió los ojos, estaba
volando sobre la ciudad— así— volando con sus brazos
paralelos al horizonte de ruidos, que ahora era horizonte
de ecos— y la ciudad bajo su pecho radiaba como un
lago de vainilla fosforescente— y al encontrarse así como
crucificado en el aire, decidió volar hasta su pueblo, el
cual no visitaba desde algún tiempo, y cuando asechaba
la geografía limítrofe de la tierra de su infancia, advirtió
abajo un servicio fúnebre en el patio de su casa, donde
escribió sus primeros y nunca publicados versos— y así,
flotando, suspendido, miró el cuerpo en la caja, y no
pudo leerle la mirada, porque tenía los ojos cerrados,
pero sí le leyó los labios pálidos y sin vida, labios que
hablaban sin moverse, y entonces sintió ganas de llorar,
y el cielo comenzó a abrirse y a abrirse como una bóveda
de luz— y le reveló una gran ciudad de cristales— y
Justo sintió un gozo soplarle por debajo del corazón—
y tras los edificios tubulares de la ciudad se levantaban
tres lunas, idénticas y bellas lunas, como tres satélites

93
de incandescencia plateada, y Justo, extrañado, sonrió,
y no quería ni volver atrás ni despertar— y de pronto,
Justo se sintió caer a través de un tubo de aire negro que
lo succionaba hacia una la luz— hasta que la luz se hizo
él mismo.

94
Perla

F ue una mañana de esas en que me levantaba temprano


para fumarme, en el techo de mi casa, un cigarrillo a
escondidas de mis padres cuando vi a Perla por primera y
eterna vez. Yo estaba allí arriba, con esa sensación única
de estar haciendo algo que se suponía que no hiciera, entre
el rocío y la bruma mañanera, mirando el sol abrirse por
las montañas y escuchando los pájaros afinar el día, la
puerta trasera de la casa de Doña Liduvina, mi vecina, se
abrió como nubes que despejan un cielo. Yo lo primero
que pensé fue que ella podría sorprenderme y delatarme
ante mis padres, así que escondí el cigarrillo y me quedé
inmóvil.
Para mi sorpresa, ante mis ojos se desató el paraíso:
una perfilada trigueña de cabellera azabache salió al
patio— caminando en puntillas— con su cuerpo vestido
de viento— la suavidad de su piel negra cubierta por
un aura de sodio— su imponente cuerpo perfectamente
delineado por sensuales curvas— la voluptuosidad de
sus caderas deslizándose en el aire húmedo— sus senos
gráciles marcando un compás de corazón estupefacto—
ella dirigiéndose hacia el jardín de rosas y margaritas de
Doña Liduvina para con sus manos recoger gotas de rocío
y bañar con ellas su cuerpo, bautizando sus túrgidos
pezones— dejando las gotas resbalar oleaginosamente por
su cuerpo hasta posarse en su ombligo— dejando que la
improvisada aspersión le besara las coyunturas de sus muslos
y se arrastrara hasta su cielo de monte— y ella, dejando
sus labios partirse en el espacio, inhalaba quién sabe qué

95
pensamientos con cada gota de rocío que dejaba caer en
su lengua.
Aquella visión mañanera había puesto a circular
provocadoramente la sangre en mis venas.
Perla olió algunas de las flores, ar rancó una
margarita, y se regresó al interior de la casa. Consigo se
llevó todo mi aliento y a cambio me dejó una sensación
extraña y placentera en algún lugar entre el corazón y entre
medio de mis piernas.
Ese fue el comienzo de mi obcecación con Perla.
Ella llegaba todos los otoños perfumando el aire y
la tristeza de los árboles, trayéndome una ilusión pasajera
y eterna, cíclica, un secreto de concha del fondo de un
océano que se abría por cuatros semanas al año— para
luego regresarse a su fondo, y yo, a mi espera. No había
más poesía que el saber que ella vendría, y yo aguardaba
impaciente cada año para leer aquel verso de carne.
Y luego de aquella mañana, el mundo no sería
igual.
Aquel día estuve con esa sensación rara todo el día.
No quise ir al parque a jugar con los chicos del vecindario.
Me negué a hacer los encargos de mi madre. No quería
hablar, excepto para reñir con mi abuela, quien pasó el
día corriéndome de su cuarto cada vez que me sorprendía
mirando por las ventanas del mismo. Claro. Mi abuela
pensaba que yo buscaba robarle los cigarrillos y que yo
me la pasaba buscando dónde ella los había metido. Sin
embargo, mi interés en invadir su espacio era que las
ventanas del cuarto de mi abuela daban directo al patio de
Doña Liduvina y yo esperaba a ver si la casualidad me traía
a Perla— al menos algún destello de su cuerpo— verle

96
la cara, escucharla hablar, sentirla cerca, aunque fuese a
metros de mi vista.
Yo era un adolescente muy retraído. Apenas
con 13 años, yo acostumbraba subirme al techo de mi
casa cuando quería o me sentía solo, cosa que era muy
frecuente, porque era como un observatorio espacial y de
noche el cielo era una cúpula de cristal por la cual surcaban
estrellas fugaces y luces de colores que se encendían en serie
como bombillas en unas fiestas patronales— sólo que muy
pequeñas, distantes, rápidas y potentes— tan potentes que
se le quedaban a uno dentro de la cabeza por horas, y hasta
se encendían dentro de los sueños— y entonces yo, por
alguna razón inasequible, me sentía como una calcomanía
del cosmos. En las mañanas, el sol llegaba despacio como
si las montañas estuviesen pariendo luz, y la niebla era
como un manto que alguna mano invisible va levantando,
y lo más próximo a todas esas percepciones fue descubrir a
Perla. Por lo tanto, aquella epifanía al amanecer tenía que
ocurrir otra vez.
Al otro día de haber visto por primera vez a Perla,
volví a subirme al techo de mi casa antes de que amaneciera,
para encontrarme con el magma de mis respiros.
Necesitaba un cigarrillo, pero no lo tenía. Qué
importaba. Sólo esperaba por el solapado momento.
Esperé.
El sol llegó como si las montañas lo estuviesen
pariendo y un momento después, se abrió la puerta trasera
de la casa Doña Liduvina. Como pitonisa en pos de un
ritual, apareció Perla. Y todo fluyó idénticamente a la
primera vez.

97
Mis ojos se inundaron de lágrimas que querían
gritar en su fluir de sal ante la belleza de aquella escena. Era
como si un enjambre de emociones se me hubiese alojado
entre el corazón y el estómago— emociones con pequeñas
alitas batiéndose en un excitado compás.
Mis primos solían hablar de una trigueña de la
ciudad que siempre llegaba al pueblo durante el mes de
septiembre y jamás pensé que se trataba de mi ensueño
endrino. Perla tomaba sus vacaciones durante este mes
porque en verano todo el mundo estaba de vacaciones y los
lugares se atestaban de gente, mientras que en septiembre
ella podía ir a cualquier sitio y disfrutarlo sin el oleaje de
las multitudes frenéticas por el ocio veraniego. Además,
el sol no castigaba tanto, y la temperatura era ideal para
disfrutar cualquier punto de la Isla. Cualquier playa podía
ser apropiada, cualquier monte podía ser conquistado. Y en
Adjuntas, donde residía su tía, podía respirar cierta energía
que le revitalizaba las células, como recargar las pilas por
todo un mes y poder tener el ímpetu de seguir batallando
por once meses más, hasta el próximo año.
Yo estaba obnibulado con Perla y sólo podía vivir
para soñarla en aquel pueblo falto de infusiones vivas—
pueblo lento y viscoso como un sueño de catsup, y
donde no sucedían muchas cosas, especialmente para los
adolescentes, en quienes la carne comenzaba a hablarnos de
todo lo que veíamos y tocábamos, metáforas de esos sueños
tibios que uno solía tener. En todos ellos, Perla era una
multiplicidad de imágenes bajo un mismo microcosmos
craneal, un mundo donde ella era una genuina diosa. Por
supuesto, ella desconocía que ella era el confín disyuntivo

98
de toda experiencia pasada y de todo nuevo anhelo en mi
oscuridad.

Durante aquellos días en que Perla llegó a corromper


el orden monótono de mis pensamientos, mi padre y yo
lavábamos el auto frente a la casa, como religiosamente
hacíamos los domingos, cuando nuestro vecino Don José,
quien paseaba a su perro poodle, se acercó a nosotros y se
detuvo a hablar con Papá.
—¿La viste?— preguntó el señor de protuberada
panza, espesos bigotes, y cara tan arrugada y dura que
parecía una gárgola.
—Sí. Está intacta— contestó mi padre, mirando
hacia el interior de nuestra casa a ver si mi madre o mi
abuela estaban cercas.
Hubo algo en el tono de sus voces con lo que
instintivamente me identifiqué. Yo desconocía el referente
de aquella conversación, pero de algo sí estaba seguro:
había sido admitido como oyente de aquella conversación
de hombres maduros. Me sentí halagado. Años atrás papá
me hubiese dicho algo así como: «Ve y búscame agua», y así
evitar que yo fuese testigo de cosas que no debía escuchar,
pero aquel día no. Aquel día papá dejó que me quedara.
Y yo me mantuve escuchando, por aquello de que ya me
creía hombre y podía tomar parte de sus conversaciones.
—¿Te atreves? —preguntó Don José con una
sonrisa que asomaba su lengua gorda y húmeda.
Papá y Don José se hablaron en silencio. Rieron.
Había un lenguaje oculto en aquella pausa pícara.

99
—Seguro —contestó mi padre—. Lo que pasa es
que es muy obvio para mí.
—Hay que ser un Houdini de la desfachatez,
¿eh?
—Más que eso, porque Houdini se jodió un día
—contestó mi padre.
—Pues a mí que se joda. Yo me voy a correr el
riesgo.
—Dicen que es una ola.
—A mí me han dicho que cuando se viene, huele a
rosas y a margaritas, y que su sudor es fresco como el rocío
de la mañana. Yo no sé. Yo me voy a correr el riesgo.
Supe entonces de qué y de quién hablaban.
Sentí una furia amarga reventarme por las sienes,
como quien piensa azufre. ¿Quiénes se creían que era
Perla? Insolentes. Perla era la luz y el comienzo, el sudor
frío de un encanto, la vida hecha mujer.
El vecino se alejó por la acera en dirección de la casa
de Doña Liduvina. Llamó desde afuera. Doña Liduvina,
una señora de edad avanzada, con su pelo siempre en un
torbellino de algodón y con su delantal de toda la vida,
salió a saludarle y lo invitó a sentarse en el balcón. Mi
padre me dijo, «Que hijo de puta es», con una sonrisa
maliciosa y asumiendo que ya yo entendía el lenguaje no
pronunciado de los hombres. Sonreí a medias, y me quedé
observando cómo doña Liduvina le ofrecía un café a Don
José, y luego llamaba a Perla, su sobrina, a viva voz para
que lo conociera y le hiciera compañía en lo que ella iba
a la cocina. Fue la priemra vez que escuché su nombre, y
fue como el redoble de campanas de cristal.
Y allí apareció Perla de azabache y ébano. Preciosa.

100
Y tan distante.
Mi padre me sorprendió embelesado, mientras yo
me deleitaba admirando a Perla en sus cortos jeans y su
blusa color mango amarrada en un nudo.
—Está riquísima esa negra, ¿eh, Eliseo?
Un reptil de hielo comenzó a descongelarse por
detrás de mi vientre. Continué enjabonando el auto como
si hubiesen electrificado mis movimientos.
—La Perla está riquísima —susurró papá.
Luego del café, don José se despidió de Doña
Liduvina y de Perla, no sin antes ofrecerse a llevar a Perla
al supermercado para que ella hiciese unas compras de
primera necesidad para Doña Liduvina. Qué bueno es
contar con vecinos así, decía la señora, mientras Perla le
indicaba que lo esperaba en media hora.
Mi padre ya se encontraba en el interior de la casa
y me había encargado, como siempre, que recogiese los
cubos, los cepillos y la manguera. Tiré mi última mirada
hacia la casa de doña Liduvina, y allí estaba Perla, al pie de
la verja que dividía mi casa de la de ella, mirándome, con
unos terribles ojos azules que temblaban como la jalea. Su
inesperada presencia provocó que me quedara en blanco,
dejando caer los instrumentos de trabajo que cargaba entre
mis brazos.
Ella advirtió mi presencia y mi existencia. Me miró
como un océano que buscaba tragarme. Su sonrisa le partió
cerezas al viento.
—Hola —me dijo, conteniendo la risa.
Sonreí sonrojado y avergonzado de lucir tan torpe
y ridículo frente a ella.
—Hola —le dije.

101
Pr imera vez en cuatro septiembres que
intercambiaba palabras con ella, y mis piernas deliraban de
falqueza al yo sentir que Perla me miraba de arriba abajo,
como estudiándome.
—Soy Perla.
—Ya sé.
—¿Ah sí?
Titubeé porque el tono de su voz ondulaba en mi
pecho y no lograba descifrar qué me decía.
—Sí, es que, la escuché presentarse con Don
José.
Ella miró incrédula hacia el balcón, incrédula, y
luego me volvió a mirar.
—Tienes muy buenos oídos. O tal vez sea el eco
de las flores.
El eco de las flores.
Oh, Dios mío. Me derretía por dentro.
En aquel instante, una paloma pasajera sintió el
deseo de despojarse de los desperdicios que entrañaba en su
cuerpo, los cuales se precipitaron estratégicamente sobre mi
rostro, cayendo tibiamente en el momento más inoportuno
del mundo.
El rostro de Perla se transfiguró de amigable a serio,
y luego volvió a estirarse a causa de una risa incontrolable,
mientras yo sólo decía que qué mierda, y ella me confirmaba
que eso era lo que era. Gentilmente, me llamó hacia ella,
y con la verja dividiendo la tierra sobre la cual estábamos
postrados, me limpió el rostro delicadamente con su dedo
pulgar, mirando los contornos de mi cara mientras yo me
perdía en sus ojos de mar, en la suavidad de su piel, en

102
el crúor de su labios, hasta finalmente exclamar: ¡Qué
bella!
Pasó sus manos por mi pelo de caracoles pardos y
me dijo:
—Me gusta tu pelo. Y tus ojos. Son grandes. ¿Te
imaginas el tus ojos con el color de los míos? Dos faroles
de mar.
Don José nos inter r umpió cuando llegó a
recogerla.
—Nos vemos luego, Eliseo —me dijo al
despedirse.
El hecho de que ella supiera mi nombre sin yo
habérselo dicho me despegó el alma del corazón.

Tres septiembres pasaron y Perla se convirtió en obsesión—


mi muñeca de ébano— mi sueño de jade, y entonces,
para comienzos de mi año final de secundaria, Perla ya
era el eje de mis primeros poemas. En la escuela ya hasta
comenzaban a embromarme porque decían que yo vivía
con los pies en las nubes. Lo que nadie sabía era que
me la pasaba el día soñando con Perla, así, como quien
se vuelve estúpido de por vida, cada año esperando a
que llegara septiembre para volver a nutrir mis ilusiones
con fantasías de cuarto solitario. Los demás chicos en
la escuela comenzaban a tener sus primeras novias y la
mayoría hasta se habían hundido en sangre primeriza que
hacían de conocimiento público durante sesiones de relatos
eróticos. Claro, en esas sesiones yo no era narrador, sino
espectador soñador. Eso dio pie en más de una ocasión

103
a que los muchachos me acusaran de que yo no era muy
dado a las mujeres, y que no era común eso de pasarme el
día escribiendo poemas y canciones. En broma y en serio,
pensaban que yo era marica.
La presión de grupo me llevó a tener que hacerme
novio de Maritza Canellas, quien se había encargado de
decirle a todo el mundo que yo le gustaba, pero que
ella sospechaba que yo sentía miedo de las mujeres. En
un pueblo pequeño eso es suficiente como para que le
formulen cargos a uno por falta de hombría. Los rumores
de mi alegada homosexualidad llegaron a los oídos de
mi padre, quien a causa de eso dejó de hablarme por un
tiempo. A mi madre también le preocupaba que fueran
ciertos. Ella le prendía velas amarillas con olor a canela a
la Virgen de la Providencia para que me iluminara en mí
definición sexual. El día que se enteraron que yo tenía
novia, se le ablandó la indiferencia a mi padre, y mi madre
le pagó la promesa que le había prometido a la Virgen.
Pero aunque Maritza fuese mi primera novia de carácter
oficial, yo continuaba esperando los septiembres en que
Perla vendría al pueblo.
El último septiembre en que vi a Perla, recuerdo
que Axel, Raúl y Leo, acompañados de Lisandra, Xiomara
y Jazmín (sus respectivas novias), Maritza y yo nos dimos
una escapada a lo que conocíamos como Los Pinos, en
el mismo corazón de Adjuntas, y desde donde se podía
observar todo el litoral norte de la isla de Puerto Rico.
También se veían las luces del radar inosférico de Arecibo,
dónde reside el programa de búsqueda de vida inteligente
en el espacio, lo que a veces nos ponía a debatir la
posibilidad de alguna vida más allá de las estrellas. Allí,

104
entre los pinos, residía cierta energía que inspiraba a hacer
todo con mayor deseo: desde escribir poemas hasta hacer
el amor. Era una boca de tiempo, una ventana a la tierra,
en donde el rumor del viento entre las cidras hacían de
música para cualquier cosa. Este era el inicio de todo; el
pensamiento primario, donde la arboleda de pinos pintaba
al aire de resina, y los verdes eran más verdes, y la vida se
sentía bajo nuestros pies como si fuera un río invisible, y
los montes nos hablaban y entonces éramos parte de ellos—
éramos tierra, fuego, viento y agua— éramos el monte
mismo, y podíamos pasar horas eternas allí, y los relojes
ni se enteraban, y las cosas tenían un color a verdad que
hasta en las palabras se olía.
En un momento en que las chicas se fueron a
perseguir luciérnagas, con el pretexto de encerrarlas en
un frasco de cristal y tenerlas siempre consigo, para los
momentos de oscuridad, Axel se acercó a mí. Abrió una
botella de vodka y luego de que todos tomaran de ella, me
la ofreció. Me instó a darme tragos “de hombre”, reto que
acepté sin problemas. Luego, Axel colocó su brazo sobre
mi hombro.
—Oye, Eliseo. Maritza se ve bien enamorada de
ti —casi me susurró—. ¿No le has hecho nada todavía?
La verdad era que no se me había ocurrido.
—No se me ha ocurrido —dije.
Los muchachos rieron ante la ingenuidad de mi
verdad.
—Es que creo que estoy enamorado de Perla.
¿Conocen a Perla?
Los muchachos rieron con mayor entusiasmo.
—Parece que al fin despertaste, Eliseo. ¿Qué te

105
fumaste? —preguntó Leo.
—Quién no conoce a Perla —dijo Raúl—. Todos
la conocemos aquí.
Sentí reafirmar que estaba enamorado de ella.
—Estoy realmente enamorado de ella —dije.
Volvieron a reír.
—Sí, Eliseo. Es que te la mama tan rico —comentó
Raúl cargado de sarcasmo.
No le vi la gracia.
—No le veo la gracia.
Axel, al parecer, percibió algo de sinceridad en mi
voz. Encendiendo un cigarrillo, me dijo:
—Bah. Eliseo, todos saben que Perla es una puta
que viene de San Juan cada septiembre a que su tía loca le
santigüe el chocho. Es que le da tanto uso, que a saber tú
si hay que hacerle un exorcismo.
—Dicen que lo que le meten por ahí es una culebra
para que la inmunice contra todas las enfermedades —
agregó Raúl.
—A mí me dijeron que era una piña sin pelar lo
que le metían— comentó Leo.
Todos se volvieron erupción de risas.
Yo me quedé frío, serio, pasmado y hasta con ganas
de llorar.
—¡Qué desilusión, Eliseo! —dijo Axel—. Siento
que te quedes así, frío y serio y pasmado y hasta con ganas
de llorar, pero es la verdad. ¿No lo sabías? Eso te pasa
por estar siempre en las nubes, y si no bajas pronto, va a
ser otro quien se tire a Maritza. Avísame si necesitas un
voluntario. También hago buenas obras por mis amigos.
La noche terminó cada cual con su pareja, haciendo

106
lo que mejor le pareciera hacer bajo aquella antesala al
universo, excepto yo, que terminé borracho en la falda
de Maritza.
Una vez más, fui el hazmerreír de todos. Maritza,
indignada, me dijo que no quería ser mi novia, al menos
hasta que yo madurara. Axel insistió que yo era muy
patético para pertenecer a su grupo. Raúl recomendó que
me llevaran de vuelta a mi casa, mientras Leo me defendía
y decía que esas cosas sucedían de vez en cuando, que todo
era cuestión de darme tiempo.
Durante toda la noche, cada vez que yo miraba la
oscuridad del cielo, sólo podía pensar que el año entrante,
durante el próximo septiembre, Perla llegaría al pueblo, y
ya yo no estaría allí para verla. El año entrante comenzaría
mis estudios literarios en la universidad, y allá, entre libros
y ambiente nuevo, probablemente me olvidaría de ella. Tal
vez, sí; tal vez no; pero era el último septiembre en que
vería a Perla.
Poco antes del amanecer, mis amistades me dejaron
frente a mi casa. Aún perturbado por la borrachera, noté
las primeras lágrimas de luz abrirse por las montañas, y
me fui directamente al techo a esperar que Perla hiciera
a su aparición. Ese día el sol, aparentemente, tendría
competencia, y una bandada de nubes grises se corría sobre
el firmamento. Entendí que el pueblo me hablaba.
Momentos después, como pitonisa en pos de un
ritual, apareció Perla.
Se abrió la puerta trasera de la casa de techo plano
de su tía. La perfilada trigueña de cabellera azabache salió al
patio— caminó en puntillas, casi volando, con su cuerpo
vestido de viento. La suavidad de su piel negra revelaba un

107
brillo apacible, como el de un aura de sodio. Su imponente
cuerpo estaba perfectamente delineado por sensuales
curvas. La voluptuosidad de sus caderas se deslizaba en el
aire húmedo. Sus senos gráciles marcando un compás de
corazón estupefacto. Ella se dirigió hacia el jardín de rosas
y margaritas y con sus manos tomó gotas de rocío para
bañar con ellas su cuerpo y bautizar sus túrgidos pezones.
La mujer de ébano dejó las gotas resbalar oleaginosamente
por su cuerpo hasta posarse en su ombligo— y dejó que
la improvisada ducha le besara las coyunturas de sus muslos
y se arrastrara hasta su cielo de monte— y dejó sus labios
partirse en el espacio, mientras inhalaba quién sabe qué
pensamientos.
Mis ojos se inundaron de lágrimas que querían
gritar en su fluir de sal ante la belleza de aquella escena.
Era real.
—Perla —salió de mis labios su nombre.
Ella miró hacia el techo y sonrió.
—Es usted muy bella. . .muy bella —y entonces
me di cuenta de que aún tenía algo de borrachera, porque
siempre fui muy tímido, y en circunstancias normales no
me hubiese atrevido a hablarle.
Ella levantó sus brazos como una luz en equinoccio,
y me habló sin palabras. Era una invitación a caer en sus
brazos.
Bajé del techo. Salté la verja. Ella me despojó de
mi camisa, y me hizo acostar sobre la grama mojada que
mi cuerpo caliente secaba.
—Eres una inocencia —me dijo—. Una inocencia
que quiero tener para mí, porque allá, en el lugar de
dónde vengo, ya no se ven; una inocencia de hombre

108
perdida. Eres casi de cristal, un ángel de cristal, y así tal
vez me poseerás: sin malicia ni interés; sólo me poseerás
inocentemente.
Ella se postró sobre mí, y bajo una llovizna fría de
septiembre, me cabalgó hasta sacarme toda la poesía blanca
y tibia que esperaba por ella. En un momento, llegó a mi
olfato un fuerte aroma a margaritas y a rosas, como olas
de perfume.
Ese día dormí hasta tarde. Al levantarme, llamé a
su puerta, pero Doña Liduvina me informó que Perla se
había marchado a San Juan. Entonces supe dónde quería
ir a labrar el resto de mis días.

Diecisiete septiembres pasaron desde la última vez que vi a


Perla, al cabo de los cuales regresé al pueblo que abandoné
una vez. Encontré que no había cambiado mucho. Tal vez
la introducción de restaurantes de comida rápida era el
acontecimiento más innovador que haya ocurrido allí en
años. La gente seguía siendo la misma; diferentes caras,
diferentes nombres, pero siempre y al fin la misma gente.
Era como si los muertos volvieran a tomar los cuerpos de
los vivos y siguieran en posesión del pueblo. Pero mi vida
sí había cambiado.
Las páginas del libro de mi vida habían sangrado
con tinta virgen.
Me había convertido en poeta, y aunque me costó
trabajo hacer que me leyeran, había triunfado. Después de
todo, vivir con los pies en las nubes me sirvió para entender
el metalenguaje de los silencios colectivos de toda la gente
para la cual yo escribía. Escribí una novela que fue éxito

109
de ventas y también me convertí en editor de una revista
de literatura. Todo a los 34 años. No obstante, el día de
mi regreso a Adjuntas me encontraba con una insipidez
aterrante en mis labios, porque cuando me fui a San Juan,
juré encontrar a Perla, y ofrecerle mi vida a cambio de
la de ella, pero nunca la encontré. La busqué por los
rincones donde el mar ya no se escucha, por los anuncios
comerciales que nublan el horizonte capitalino, por los
edificios de mármol y piedra que se levantan como cactus
de condenas en la ciudad, por los libros de las bibliotecas,
por los poemas que regala la vida cotidiana, por las tiendas
de empeño, pero nunca por los bares ni por los burdeles,
tal vez por temor a encontrarla.
Sí. Había regresado con mi alma azul al lugar
donde todo comenzó: al techo de mi casa.
Luego de hacer un breve recorrido por las calles
del pueblo, llegar a casa, y sacudir algo de polvo de los
muebles por los años sin uso, me dirigí a mi viejo templo—
el viejo observatorio espacial donde el cielo era una cúpula
de cristal por la cual surcaban estrellas fugaces y luces de
colores que se encendían en serie como bombillas en unas
fiestas patronales, y que, por alguna razón inasible, me
hacía sentir como una calcomanía del cosmos. Allí pasé la
noche, acompañado de mi botella de whiskey.
En las mañana, el sol llegó despacio como si las
montañas estuviesen pariendo luz, y la niebla parecía un
manto que alguna mano invisible va levantando, y entonces
resumí los recuerdos de mi adolescencia, de los tiempos
idos; resumí lo recuerdos de mis padres, hoy también idos;
pero sobre todo, recordé a Perla y su magia de amanecer
en septiembre. Encendí un último cigarrillo— entonces

110
no tenía que esconderme de nadie— y esperé.
Esperé nada más por esperar.
Momentos después, para mi sorpresa, como
pitonisa en pos de un ritual, apareció Perla— vieja, pero
aún con sus atributos bien definidos, como si el tiempo
no se enterara de los relojes.
Se abrió la puerta trasera de la casa de techo plano
de su tía, quien había muerto años atrás.
La perfilada trigueña de cabellera azabache salió al
patio— caminó en puntillas, casi volando, con su cuerpo
vestido de viento. La suavidad de su piel negra revelaba un
brillo apacible, como el de un aura de sodio. Su imponente
cuerpo estaba perfectamente delineado por sensuales
curvas. La voluptuosidad de sus caderas se deslizaba en el
aire húmedo. Sus senos gráciles marcando un compás de
corazón estupefacto. Ella se dirigió hacia el jardín de rosas
y margaritas y con sus manos tomó gotas de rocío para
bañar con ellas su cuerpo y bautizar sus túrgidos pezones.
La mujer de ébano dejó las gotas resbalar
oleaginosamente por su cuer po hasta posarse en su
ombligo— y dejó que la improvisada ducha le besara las
coyunturas de sus muslos y se arrastrara hasta su cielo de
monte— y dejó sus labios partirse en el espacio, mientras
inhalaba quién sabe qué pensamientos.
Mis ojos se inundaron de lágrimas que querían
gritar en su fluir de sal ante la belleza de aquella escena.
Era real.
Sin embargo, esta vez no estaba sola.
A su lado, una joven como de diecisiete años de
edad, con la silueta del cuerpo de Perla, de piel café, con
pelo de suaves caracoles pardos, y mirada de ojos grandes

111
y del color del mar, aprendía a recoger el rocío.
Yo fumé mi cigarrillo en silencio.

112
Te lo dije, Rosaura

—Tomaré tu corazón.
Sacaré el alma
fuera de tu cuerpo
como si yo fuese Dios. . .

Tomaré tu corazón
para mí.
Tomaré tu alma.
Seré Dios
para Ti.
Langston Hughes, “Para Artina“

S alió corriendo por la esquina como si la nada lo hubiese


escupido. Sus ojos deglutían todo el espacio de un
sólo bocado. Sus apresurados pasos partían los espejos
que la lluvia de septiembre sembraba en la desértica acera.
El hombre apenas distinguía el horizonte entre la cortina
pluvial, el vacío y las sombras de la noche. Con eléctricos
movimientos, versaba su cabeza a la vez que apresuraba sus
pasos. Tomaba grandes bocanadas de aire. Jadeaba, pero
no se detenía.
El hombre atesoraba celosamente bajo su axila
izquierda aquel diamantesco paquete que estaba envuelto
torpemente en papel de periódico. El paquete estaba tan
bien asegurado por varios lazos y cuerdas que parecía que
alguien intentaba preservar un maso de recuerdos para
que no se escaparan; como quien amarra su vida, para
nunca perderla. Un tronido rajó la noche y el hombre
pensó que bien hubiese podido ser su corazón desbocado

113
como caballo de hojalata, de no ser porque el cielo era un
tambor.
Súbitamente, cortó otra esquina y se encontró con
las luces del pueblo. Decidió tomar un segundo aire antes
de proseguir la marcha. Se recostó contra la primera pared
que se levantaba a su izquierda. Su sudor se confundía con
las gotas de agua que corrían sobre su cara y su cuerpo.
Miró a ambos lados. Notó cuán desiertas estaban las
calles esa noche. Usualmente, los lunes por la noche eran
muertos, y más muertos eran con una lluvia torrencial
como la que caía esa noche. Bajo otras circunstancias, el
hombre se hubiese quejado de este pueblo de fantasmas,
pero hoy no; hoy todo estaba muy bien así. Trató de
equilibrar los ritmos de sus inhalaciones y exhalaciones.
Miró a su derecha y miró hacia su izquierda. Nada. Sólo
soledad y lluvia. Decidió seguir en dirección hacia el
centro del pueblo. Al despegarse de la pared, la silueta de
su espalda quedó grabada sobre los cristales condensados
de una puerta rotulada con la palabra “Carnicería”.
La lluvia continuaba como un prisma líquido,
cortando los rayos de luz que despedían los faroles sobre
las calles del pueblo. Ya más calmado, prosiguió caminando
nor malmente como lo hubiese hecho cualquier otro
ciudadano.
No bien había avanzado algunos pasos cuando, del
umbral de una cafetería fuera de toda actividad comercial,
emergió una vieja decrépita y mefítica que lucía un moño
erigido sobre su cabeza como un obelisco de paja. Ella
le salió al paso con un cubo plástico que una vez debió
albergar en sus entrañas varios kilos de tocino, y que ahora
estaba lleno de rosas color rojo sangre.

114
—¡Buenas noches! —dijo.
La inesperada aparición lo dejó eleto, petrificado
y desvaído del susto. La vieja se le acercó, envuelta en un
tufo insoportable, y le pidió un cerillo. Algo adusto, el
hombre no le contestó y se limitó a explorar los cavernosos
ojos de la vieja.
—¡Eh! Que si tiene un cerillo, un fósforo —dijo
ella con voz sepulcral.
—Oh. Perdón —contestó, aún aturdido y con
tono de voz temblorosa.
El hombre le facilitó la caja de cerillos, pero no se
dio cuenta que su mano estaba húmeda de lluvia y sudor,
lo que provocó que empapara toda la caja.
—Lo siento —dijo él—. Tendrá que seguir
intentando a ver si alguno enciende.
—Lo sé —respondió la vieja—. Ay, mi amigo del
alma, es que esta lluvia. . . Usted no debería andar por ahí
mojándose. Le puede hacer daño. ¡Ya hasta pálido está!
—recomendó la vieja, tratando de encender un cerillo.
—Mire, tengo pr isa. Quédese los cer illos y
adiós.
—Oiga, ¿no interesa algunas flores?
—No.
—Son a dos pesitos nada más.
—¡No!— dijo el hombre mientras retrocedía.
La vieja se abalanzó sobre él y blandió las mangas
de su camisa.
—Regale flores a su madre —insistió.
—No tengo. Murió.
—Pues a su novia. ¿O también me va a decir que
murió? —dijo la vieja, cargada de escepticismo—. ¿Es por

115
eso que usted camina de espaldas? Dicen que cuando
uno se encuentra un muerto en el camino, uno tiene
que caminar de espaldas para no verlo. Si no, se llevan a
uno— continuó, sus ojos encendidos tal vez a causa de
algún fuego interior, o tal vez a causa de las luces de los
faroles reflejados en sus niñas de espejo.
—Recuerde el lema: flores para un muerto o flores
para un amor —concluyó la vieja.
El hombre adquirió un aspecto glacial. Abrió los
ojos como el que en realidad ve a la muerte y salió huyendo
con presteza del acoso de la vieja. La vieja colmó la calle
de carcajadas como si fuese un barquillo de risas cuyo eco
en el viento se tornaba ensordecedor y sacudía la acera.
Huyendo del demonio de vieja, el hombre
encontró el neón policromo que recreaba a la plaza del
yermo pueblo. Un velo de bruma se esparcía por todos
los rincones, como un sueño lento. Los árboles parecían
pintados en el espacio. El asfalto negro se confundía con
las tinieblas y parecía que el pueblo estaba suspendido en
el aire. Al fondo de la visión, un rótulo azul fosforecía en
su camino: “BAR”. Se le ocurrió que allí podía escapar
del gélido abrazo de la brumosa y lluviosa noche.
Entró al negocio, cosa que nunca antes había hecho
desde que regresó a Adjuntas, pues él no frecuentaba los
negocios del centro del pueblo. El interior del bar estaba
iluminado por bombillas pintadas de rojo que daban una
sensación de incandescencia a las paredes rasas de elementos
decorativos. Las luces fulguraban en los espejos que
custodiaban la reducida variedad de botellas de licor.
El hombre se encontró con la mirada desorbitada
y de expresión pasmosa de un par de borrachos. Apoyados

116
en una vieja mesa laminada con formica, uno parecía posar
un ósculo de ron sobre la superficie y el otro parecía que
la recibía en un abrazo como si ella fuese todo su mundo.
Mientras tanto, el cantinero se mantenía recogiendo latas
y botellas dispersas en las otras mesas.
—Estoy con usted en un segundo, si me lo permite
—dijo el cantinero—. Tan pronto termine con esto, lo
atiendo.
El hombre se sentó en el taburete que hacía esquina
con la barra. Entonces, por primera vez en toda la noche
se desprendió del paquete que traía bajo la axila y lo colocó
sobre la barra.
El hombre pescó en el bolsillo de su camisa
cuadriculada una caja de Marlboro. Estaba húmeda, pero
los cigarrillos contenidos en ella se habían mantenido secos.
Pidió cerillos al cantinero y éste se los arrojó desde donde
se encontraba. Luego rasgó la astilla fosforizada contra el
costado de la pequeña caja. Fricción y oxígeno incendiaron
el cerillo. El hombre observó la llama. Encendió el
cigarrillo y se quedó mirando cómo el fuego devoraba la
frágil madera. Pensó que así era todo en la vida. Una llama
que consume y quema; quema y consume. Como su amor
por Rosaura.
El cantinero lo trajo a la realidad.
—¿Qué le sirvo?
—Ron. Doble.
Le fue servido y el hombre volvió a su fárrago
de pensamientos. Así, recordaba en cada inhalación de
humo cómo Rosaura había sido su soplo de vida, un fuego
que a la vez daba luz y energía; un fuego esplendente en
sí mismo, como un sol. El hombre encontró su propia

117
mirada en los espejos del bar y se sintió como si mirara muy
profundamente en la nada— una nada que había nacido
como un tumor al final sus días con Rosaura, los que
siempre recordaba para colmarse de una felicidad ficticia
y revivida de sus memorias. El hombre no pudo evadir
el paso arrollador de esos recuerdos llenos de noches de
alocada lujuria, donde cada palabra era música y cada gesto
era un lenguaje en sí mismo. Él la amaba. Y ella a él.
Exhaló el humo y entonces recordó cómo todo se
había desplomado. Todo se consumió, pues, como un cerillo.
En realidad, él no le podía ofrecer mucho a Rosaura,
una niña de colegio a quien él había cautivado con su
espontaneidad y, hasta cierto punto, ingenuidad, porque
él había salido del pueblo un día con la idea de hacerse
alguien— y en ese hacerse alguien había encontrado a
Rosaura, como paloma de taburete, sentada al pie de una
barra en un pub en San Juan— escuchando el reggae de
Bob Marley— esperando a que le invitasen a tomar un
trago. Se atrevió a acercarse a ella, le habló y la invitó a ese
trago que ella estaba esperando— y terminaron tomados
de brazos entre Tom Collins y humo de cigarrillo— y lo
que supo después era que amanecía en una cama extraña,
rodeado de pósters de Madonna y libros de comunicación
pública.
Fue el comienzo de una aventura donde el sexo
era, más que una entrega, un acto de comunión.
Después de un tiempo, las cosas tomaron otro
giro.
Primero todo era carpe diem en un universo recién
descubierto. Luego, el asunto fue tomando el matiz de
una rutina que comienza a pedir nuevos cielos para pintar

118
estrellas. Rosaura le pidió un poco de espacio para poder
pensar mejor su vida. Él sólo le decía que el mundo podía
ser la mesa para su banquete. Ella pensaba que el mundo
debía ser su banquete.
Todo concluyó cuando Rosaura encontró a Daniel,
un acomodado de ciudad y viejo amigo de la infancia, a
quien su padre le había legado suficiente dinero como para
tener asegurada la vejez. Rosaura se había deslumbrado por
la seguridad económica— dicho por ella misma— que le
ofrecía esta nueva aventura.
—¿Cómo y de qué vas a alimentar mi hambre de
vida? —había dicho Rosaura.
No tuvo respuesta.
Él se dio cuenta que no podía competir. Total.
¿Quién o qué era él? Él sólo tenía grandes sueños de
hacerse escultor, pero por el momento trabajaba cargando
cemento en una constructora de bloques de concreto.
Rosaura pensaba que de escultor en un pueblo tan pequeño
se moriría de hambre. Y hambre era lo que Rosaura
tenía: hambre de una vida urbana, de una vida de cosas
materiales, de estabilidad. Rosaura quería hacer un sólo
disparo y quería hacerlo bien. La vida es muy corta como
para estar intentando y fallando e intentando una y otra
vez, decía ella. No empero, mucho intento hizo el hombre
para ganarse nuevamente el afecto de Rosaura, pero ella
estaba decidida. La última vez que habló con ella, con el
propósito de persuadirla, él le dijo que su corazón sería
para él. Ella tan sólo se rió burlonamente y le dijo que
siguiera esculpiendo sueños, que eso sí lo hacía bien.
Todavía él podía escuchar su risa y su voz apresadas bajo la
concavidad de su cráneo.

119
Un grito de alarma lo despertó de su viaje al
pasado.
—¡Oye, oye, oye! Sácame el paquetito de ahí.
¿No ves lo que estás haciendo? ¡Estás manchando el
laminado de mi barra! Esa cosa chorrea —dijo el cantinero
evidentemente molesto y señalando el paquete.
El hombre se colocó el paquete entre las piernas
como para asegurarlo bien— como si el paquete tuviese
alas y se le fuese a ir volando en cualquier momento—
como para tenerlo ahí, justamente por donde emanaba
su capacidad de dar vida. El cantinero lo miró con
desconfianza y le dijo:
—Se le va a dañar esa carne que lleva ahí si no se
va a su casa y la guarda pronto.
El cantinero, entonces, procedió a desplegar un
periódico que tenía en sus manos.
—“Gran por ciento de enfermos mentales en el
país” —leyó en voz alta, y luego tomó el pliego completo
de la primera plana para limpiar el charco que el paquete
había transpirado.
—¿Se imagina usted? —continuó el cantinero mientras
limpiaba la barra—. Hay más locos en la calle que dentro
de los manicomios. Lo dice ahí. Por eso yo dejé de dar
clases. Yo era maestro de álgebra, sabrá usted, hasta que
una voz me dijo que me quitara y montara este negocio.
—Hay más locos en la calle... —comentó el
hombre.
Luego, pagó su trago, se tomó el resto de un sólo
sorbo, y se largó.
La calle estaba igual de desierta. Ahora, bajo la
llovizna y con el paquete nuevamente bajo la axila de su

120
brazo izquierdo, el hombre caminaba normalmente pero
cabizbajo, como si la cabeza le colgara del cuello. Pensaba
en Rosaura y cómo ella había traicionado su quimera de
amor— un sueño de esos que se dan una sola vez en la
vida y no se repiten— uno de esos sueños predadores de
líbido— uno de esos sueños con nombre. No se dio cuenta
cuán rápido había llegado al portón de su casa. Extrajo las
llaves de su bolsillo mientras un gato callejero rondaba el
paquete que el hombre había puesto en el suelo. Espantó
al felino, recogió el paquete y procedió a abrir el candado
del portón de hierro. Entró, cerró el portón, aseguró el
candado, y luego procedió a insertar la llave por el ojo del
picaporte de la puerta principal y con un leve giro de
muñeca, pronto se encontró entre las tinieblas de la sala.
Encendió la lámpara que estaba sobre la mesa al lado de la
puerta, y luego colocó su cinta favorita de Pat Benatar en
su radiocasetera.
—Heartbreaker, heart taker, don’t you mess around
with me... — cantaba la melodía de piedra.
El hombre colocó el preciado paquete sobre la
mesa, cual ofrenda en un altar.
Luego, entre la tenue iluminación de la sala,
comenzó a deshojar...
Heart breaker...
...aquel bulto...
...Heart taker...
...envuelto en papel de periódico húmedo...
...don’t you mess around with me...
...hasta que finalmente, descubriendo su contenido,
murmuró:
—Te lo dije. Te lo dije, Rosaura. Te dije que tu

121
corazón sería para mí.
Su mirada quedó fija en aquel fibroso diamante de
carne que aún destilaba sangre.

122
Unicornio

E staba en medio de mi universo, como un arcángel en


su día de asueto, comiendo guayabas sobre una roca
y observando toda la creación imaginaria de mis solitarios
juegos, cuando vi un halo de luz pasar entre los cedros
que guardaban la entrada a la finca del vecino. Era una
luz como un camaleón de neón en fuga veloz y solitaria a
través del aire. Me quedé a medio morder de la jugosa fruta
que disfrutaba al final de mi fantástica diversión. Eso no lo
imaginé yo, pensé. Lo curioso era que no sentía miedo
y, en cambio, sudando curiosidad, me levanté y seguí la
ruta hialina trazada por la luz. Una sola cosa me detuvo:
la verja que dividía el patio de mi casa de la del vecino.
Me detuve a pensar que, seguramente, a mis padres no les
agradaría conocer que me había infiltrado en propiedad
ajena. Mi padre me había dicho un día: «Las buenas verjas
hacen buenos vecinos», razón por la cual celaba mucho la
demarcación territorial que la verja imponía. No obstante,
el aire supuraba cierta magia que hilvanaba cada uno de mis
poros a algo magnético y poderoso, sutil y hermoso, y en
contra de lo que me dictaba la razón, me dejé encauzar
por la levedad de aquella afable intuición.
Con dificultad de novato, logré brincar la verja por
primera vez desde que vivíamos en aquella casa al pie de
la herradura de asfalto que simplemente era una calle más
de la urbanización San Joaquín. Mire atrás y me aseguré
que mi madre no alcanzaría a verme. Al confirmar que me
encontraba fuera de su mirilla, esa taquicardia que suele
aparecer cuando uno hace algo que no está supuesto a hacer

123
me atacó. Así, me adentré en el territorio prohibido.
Sentí el manto frío de los árboles adherirse a mi
rostro sucio mientras caminaba por un sendero que se
abría como una cicatriz en el pasto. Me orienté siguiendo
el cacareo de unos gallos nerviosos que cantaban como
cuando presagian mal tiempo o muerte. En medio de la
vereda, escuché un silbido, algo así como aire escapándose
de un pulmón perforado.
—¡Sshhh! ¡Pssstt!
Me quedé inmóvil. Pensé que alguien me había
sorprendido y que me había metido en problemas.
—¡Sshhh! ¡Pssstt! —volví a escuchar.
Busqué de dónde provenía el sibilante sonido.
Un chico flaco, de piel india, con cabellos rizos
y unas grandes lentes militares, trepado en la gruesa rama
de un árbol, me observaba.
—¿Lo viste? —me susurró.
—¿Qué?
—¡SSHHH!
Las palomas que rondaban por allí cerca salieron
volando, batiendo el aire húmedo de la tarde. Los changos
chirrearon como cuervos en un poema. Los gallos volvieron
a cantar como si presagiaran la llegada de otro amanecer.
El rabo de luz, de repente, pasó entre nosotros y se
perdió en la claridad del día.
—¡Lo ves! Te dije que te callaras —dijo el chico
malhumorado, bajándose del árbol.
—¡Pues para qué me haces preguntas!
El chico me miró y sonrió.
—Hola —me dijo—. Soy Isaac.
—Me llamo Cristino, y me dicen Cris.

124
—¡Ja! ¡Cristino! Eso es nombre de nena con ‘o’
al final.
No me gustó la broma. Sólo indiqué lo que
siempre escuché a mi madre decir:
—Cristino viene de Cristiano, de Cristo.
—¿Y por qué no te pusieron Jesucristo de una
vez?
Mi cara se llenó de ira, tal vez no tanto por lo que
me decía Isaac, sino porque no sabía qué contestar.
—Dime si lo viste o no —preguntó Isaac para
distraerme de mi coraje.
—¿Si vi o no vi qué? —pregunté en un tono muy
parecido al mal humor de mi padre.
— ¡La luz! El rabo de luz que se metió entre los
árboles.
—Sí . . . lo vi —titubeando.
—Y a él, ¿lo viste? ¿Lo viste a él?
—¿A quién?
—Al unicornio que se bebe el agua de los gallos y
después mi padre se cree que olvidé cuidarlos. Me acusa
de que se los quiero matar de sed para que yo no tenga que
hacerme cargo de ellos. Ah, pero dice que si los pierde,
primero me saca la piel vivo, como si desplumara un pollo,
y luego me haría cuidar cerdos. Eso dice. Pero la culpa
la tiene el maldito unicornio.
¿Qué rayos era un unicornio?
No sabía de qué me hablaba, pero Isaac me hablaba
con tanta naturalidad, que no me atreví a preguntarle.
Claro. Yo no deseaba que me tomara por estúpido.
—Sólo sé que vine siguiendo esa la luz de la que
hablas. No vi nada más.

125
—No te preocupes. Él siempre vuelve. Es
septiembre. Siempre vuelve en septiembre. Ya lo cogeremos
un día de estos antes de que acabe el mes —me dijo Isaac
mientras continuaba caminando a mi lado por la cicatriz en
el pasto—. Ven para que veas mis gallos. Bueno, son de
papá, pero él me hace cuidarlos porque dice que son míos.
Como si yo los quisiera. Ja. Si fueran míos en realidad, yo
los dejaría libres.
Yo tenía como siete años de edad cuando nos
mudamos a la San Joaquín y conocí a Isaac. Era septiembre,
cuando todo huele a verde mojado y Adjuntas tiene ese
matiz sombrío que no le cabe a uno por los ojos. Mi
abuela decía que a Adjuntas lo habían creado en ese mes
—en el corazón del otoño— y que por eso había un aura
de melancolía que la gente solía exudar con ron y anís.
Además, en septiembre se suelen oler los fantasmas de
antiguas parrandas y se oyen los güiros raspando entre los
árboles, como muertos que vuelven a su lugar de origen,
al centro de todo, porque la Navidad está a sólo un suspiro
de distancia— suspiro tan inmediato que se puede oler en
el aire. Aparte de eso, todo lo demás es silencio y tedio.
Para entonces, yo apenas conocía gente en el
vecindario. Eso era una decepción para mí, porque mi
madre me había prometido que tendría muchos amigos y
que tendría la cancha de baloncesto y el parque de pelota
cerca, como en otras urbanizaciones de clase media. De
todas maneras, yo era muy pequeño para que me dejaran
ir solo hasta el parque o la cancha, así que los primeros
días los pasé en el inmenso patio de mi casa con un palo
de escoba imaginando a seres intergalácticos que venían a
atacarme y así —con mi sable luminoso— los atravesaba,

126
los hacía huir, y así salvaba el universo de las fuerzas del
mal, como si yo padeciera el síndrome de Star Wars.
El patio, al principio, no tenía verja divisoria. No
había nada para trazar la frontera, excepto la buena fe de
los vecinos. Pero mi padre no tenía mucha buena fe para
con los vecinos en un pueblo donde siempre hay que estar
encasillado en algún bando que determina el trato que
recibirás de la gente, así que construyó la verja para no
confundir gimnasia con magnesia. Y es que en Adjuntas
uno era católico o protestante, de derecha o conservador
(ser de izquierda era casi un pecado), corso o no corso
(los corsos son los descendientes de los fundadores del
pueblo y que conservan una tradición de creerse dueños
del pueblo, como si los demás no existieran). Mi padre
quería su verja para decir «esto es mío» en lugar de «esto
es de nosotros». Nosotros es mucha gente, solía decir. Tal
vez por eso crecí con un sentido de aislamiento con el cual
aprendí a hacer las pases, y tal vez por lo mismo tuve la
necsidad de crear juegos solitarios. No empero, allí, en el
patio enclaustrado entre cyclone fence —sobre la fértil tierra
negra y la yerba húmeda, entre los plátanos verdes y las
guayabas maduras— había voces que me alentaban a ir allí
todos los días sin preocuparme de hacer otras amistades en
el vecindario. En el patio había cierta imantación que me
erizaba los vellos de la piel, una fuerza que era como entrar
por una puerta de luz, y a través de cuyo umbral todos los
pensamientos eran realidad. Y las voces... no sé qué decían
las voces, pero la naturaleza me hablaba.
El día que conocí a Isaac, descubrí que yo no era
el único que percibía el lenguaje de la tierra.
Al entablar amistad con él, me fui dando cuenta

127
que Isaac solía tener, en la finca de su padre, las mismas
experiencias que yo tenía en mi patio. A ambos nos
hablaban las piedras y los árboles. Ambos llegamos al mismo
lugar tras la misma cosa y eso no era casualidad.
Isaac me decía que éramos los escogidos. Nadie
podía escuchar las voces a menos que fuese uno de los
escogidos. Su planteamiento me sonó razonable, aunque
jamás pregunté a nadie en mi casa si también escuchaban
voces. Supuse que si no lo mencionaban, era porque no
lo habían experimentado. Además, si me prohibían entrar
en la finca ajena, pensé que mi padre también querría
intervenir con el origen de las voces, cualquiera que fuese,
y quitarme ese privilegio. Las buenas verjas hacen buenos
vecinos, les diría, y las espantaría, alejando con ellas mi
única diversión. Además, el mero hecho de que el padre de
Isaac no le creía lo del unicornio, me hacía pensar que yo
correría la misma suerte, y entonces me pondrían a cuidar
conejos o algo así por el estilo. Por tanto, Isaac me cayó
bien desde el principio, porque él podía entenderme.
Isaac me presentó a cada uno de sus más de veinte
gallos de pelea. Me habló de sus virtudes como un general
que conoce bien a sus soldados. Me habló de espuelas de
metal, de plástico y naturales. Me habló como si cada
uno de aquellos gallos estuviese en su sangre. Me dijo
que llevaba cerca de tres años levantándose a las 5:30 a.m.
para alimentarlos y darles de beber, y luego, al regresar de
la escuela, tenía que volver a alimentarlos y a darles más
agua. Eso incluía darle comida fortificada a los pequeños,
las vitaminas a los decaídos, y los ejercicios diarios a los
campeones. Todo esto, me aseguró Isaac, en contra de su
voluntad.

128
—Los animales son de la tierra —solía decir—, y
deberían vivir por la tierra.
Luego de pasar la tarde junto a Isaac, me despedí
y regresé a mi casa.
Al momento de brincar la cerca, mi madre estaba
como loca llamándome. Me reprendió por haber me
desaparecido y por estar “en casa ajena”. Le intenté explicar
que había conocido al hijo de los dueños de la finca
adyacente y que me había invitado a pasar la tarde junto a
él, pero mi madre sólo dijo:
—Hay mucha maldad en el mundo para que estés
confiando en cualquiera que veas por ahí. Además, ese
muchacho es casi un adolescente y tú, un niño. Se supone
que no anden juntos.
Sus palabras se sintieron como grilletes alrededor
de mis muñecas, ante las cuales reaccioné con impavidez,
y a los dos días volví a invadir la finca del padre de Isaac,
poseído por la necesidad de saber qué cosa moraba más allá
de todas las cercas y árboles y prescripciones dogmáticas de
la gente, como si yo estuviese dirigido por una curiosidad
apóstata pero fiel a los reclamos de mi ser. A los dos días,
volví a encontrarme con Isaac.
—Sabría que volverías —me dijo—. Siempre uno
vuelve.
Trepado en la copa de un árbol, como quien
espera que caiga algo de ellas, Isaac me confesó que, de
algún modo, odiaba el mes de septiembre. Siempre era
lo mismo y ya era suficiente. Estaba cansado de que el
unicornio llegara a tomarse el agua de los gallos. Peor
aún, no soportaría una vez más el escepticismo de su padre,
quien seguramente acusaría a Isaac de vago e inepto y no

129
creería que él sí le había puesto agua a los animales. Eso
descartaba la apertura de un diálogo, donde Isaac se vería
en la absurda posición de sostener un evento fantástico: un
animal que llegaba en forma de luz era el que se tomaba
el agua. Aparte del ridículo que haría, Isaac recibiría otra
paliza. Una vez más. Una tras otra. Esa era y sería la rutina.
Las cicatrices marcadas por hebillas de correa, flagelaciones
con varas de guayabo, moretones y otros signos de castigo
no admitían más especulaciones.
—No te preocupes —le dije el día que me mostró
las huellas del maltrato—. Mi papá se emborracha y me
golpea también. Y hace sufrir mucho a mi madre, y nadie
puede llorar en casa, porque dice que es alérgico a las
lágrimas y que no las puede ni ver. Bueno, a mí si me ve
llorando me dice que los chicos no lloran y me da más duro
para que me calle la boca y no llore.
—Pero, ¿eso es todo los días?
—No, sólo cuando llega borracho. Bueno, él llega
borracho todos los días, pero nosotros corremos a acostarnos
cuando él llega y así no tenemos que enfrentarlo.
—A mí me golpean todos los días, Cris. ¡Todo
por culpa de ese rabo de luz! Si supiera el mal que me
hace —dijo Isaac lleno de rabia—. Pero, tengo un plan.
Mañana lo esperamos y lo atrapamos y se lo enseñamos a
papá, para que me crea.
Me pareció buena idea. Y una aventura.
Según planificado, al otro día ambos nos subimos al
árbol y esperamos a que el rabo de luz hiciera su aparición.
Isaac estaba preparado con sus binoculares mientras yo tenía
una cámara Polaroid instantánea que mi padre acababa de
comprar, y la cual, según él, se operaba tan sólo enfocando

130
y apretando el obturador rojo. Eso dijo él el día que la
compró y me pareció un juguete. Esto es sencillo, había
dicho papá entonces. Esto es sencillo, le dije a Isaac. Al
instante tendríamos la foto. A Isaac le pareció genial que
al menos, si no atrapábamos al rabo de luz que se convertía
en unicornio, pudiésemos fotografiarlo. Isaac llevaba una
soga y una tabla, por si tenía que golpear al sujeto de
nuestra búsqueda. Además, Isaac tenía los binoculares de
su padre. Todo esto parecía una barata empresa de espionaje
militar.
El momento llegó.
Era poco más de las tres de la tarde y en efecto,
el rabo de luz hizo su súbita aparición entre los arboles,
sobre la cicatriz del pasto, entre las voces de las plantas,
por el rumor de los gallos que cacareaban alterados como
cuando presagian mal tiempo o muerte. Y allí, frente a
nuestros ojos, el rabo de luz camaleónica, girando como
el que enrolla algodón de azúcar en un cono, nos regalaba
un espectáculo.
—¿Estás viendo? —preguntó Isaac.
—Sí, lo veo. Parece hilacha de dulce.
—¿Tienes la cámara lista?
—Sí —contesté mientras acomodaba la cámara en
mis manos.
La luz dio dos vueltas en el aire, hizo un dilatado
círculo iridiscente que dejaba un trazo de colores, como si
fuera un eco cromático. Tocó rocas, troncos, árboles, se
deslizó por las enredaderas y, de pronto, entre las jaulas de
los gallos, se materializó en un caballito de plata luminosa.
Levantó el hocico al aire y relinchó al viento, haciendo
que el cuerno entre sus dos ojos radiara. Se sacudió como

131
el que quiere quitarse un largo viaje de encima. Olfateó
el terreno y los gallos se calmaron. Luego, delicadamente,
procedió a tomar de los estanques que suplían el agua a
los gallos por medio de un primitivo sistema de riego que
se distribuía a través de una tubos plásticos partidos por la
mitad.
—Wow —dije en atontada estupefacción.
—Es un unicornio —dijo Isaac—. ¡Tómale la foto!
¡Pronto!
No reaccioné.
Nos habíamos quedado perplejos.
A ninguno de los dos se nos ocurrió ir hasta el
unicornio. Sólo admirábamos los suaves contornos de
aquel ser de plata lumínica. Yo, sin embargo, quería
estar con él— cerca de él. Isaac lo observaba a través de
los binoculares y decía que era tan bello que no se podía
describir con palabras. Sentí ganas de llorar pero lo evité
para no arrojar mi hombría por el suelo frente a Isaac,
pero cuando me dijo: «¿Quieres verlo?», él ya tenía sus
ojos como dos felicidades inundadas. Asentí y tomé los
binoculares, y todo lo que sentí hacer en aquel momento
fue verter tersas lágrimas de cristal.
A través de los binoculares, el unicornio era un
sueño, una pintura, una imaginación de luz. Lo observaba
tomar agua, caminar con su gracia flotante entre las jaulas,
meter su hocico de estanque en estanque, sacudirse y
comer de algunas yerbas en el camino. Yo pensaba que esto
era lo más bello que había visto en mi vida. De pronto,
el familiar contorno de una nuca injirió en mi campo de
visión periférica: Isaac se había bajado del árbol para ir a
tocarlo.

132
Fue un error.
El unicornio, al advertir la presencia de Isaac, se
amedrentó, y con sus patas traseras derribó varias jaulas
de gallos, lo que ocasionó detonó el histerismo de Isaac,
quien le gritaba:
—¡¿Qué hiciste, caballo con cuerno?!
Solté los binoculares y comencé a tomar fotos.
Yo oprimía el obturador incesantemente. Tomé todas las
fotos que pude, todas las que estaban en ángulo. Según
salían, las dejaba caer desde la rama del árbol en que
me encontraba. No había tiempo para estar pendiente a
ellas. Tenía que captar todas las imágenes posibles. Las
fotos caían como las palabras de un dios en su liturgia de
creación. Simultáneamente, yo reía al ver aquella escena
neorrealista entre Isaac y el unicornio. El primero se
arrastraba por la tierra tratando de atrapar por el rabo al
segundo, mientras juntos derribaban a su paso otras jaulas,
lo que desató el pandemonio gallero por toda la finca a la
vez que el unicornio aceleraba su huida y dejaba un rastro
de trazos de arcoiris. Finalmente, el unicornio se convirtió
en rabo de luz, dejando una lluvia de pequeños puntos
luminosos y policromáticos que caían como la llovizna lenta
de septiembre sobre todos los tonos de verde en la finca.
El rabo de luz venía en mi dirección, e Isaac me instó a
atraparlo, y yo me vi de frente a aquella ráfaga hermosa y
solemne e inasible, y a mi olfato llegó el olor a luz— un
olor a menta de nubes— a rosas de labios— a popurrí
de lluvia— a savia de sueños— a fragancia de melancolías
venideras, y entonces solté la cámara y traté de atrapar
nuestra presa.
Cual si quisiera atrapar un puñado de agua, el rabo

133
de luz iridiscente se escurrió entre mis dedos. Destellos
mágicos, como harina de estrellas empolvando mi mirada,
me cegaron por un segundo. En la lejanía, mientras los
gallos huían nerviosos y en alocada carrera monte adentro,
el rabo de luz fue diseminándose hasta perderse en un
punto en el horizonte.
Isaac, enredado aún entre las jaulas que había
derribado, no dijo nada. Sus ojos se achicaron como los
ojos de un profeta y entonces dijo:
—Casi lo toqué.
Y se dejó caer de espaldas. Su mirada buscaba el
cielo.
Isaac sólo pensaba en lo cerca que había estado de
tocar el animal.
—¿Tomaste alguna foto? —me preguntó acostado
en el suelo.
—Sí, no te preocupes —contesté a la vez que me
bajaba del árbol—. Tengo como seis o siete.
Isaac quedó en pie de un salto y se aferró a mi brazo
mientras yo sostenía las fotos en mi mano.
Las primeras fotos no revelaban nada; sólo a Isaac
en su persecución. Esperamos por las otras. Para nuestra
decepción, las fotos sólo mostraban las ridículas piruetas de
Isaac tratando de atrapar algo que se veía solamente como
un punto luminoso.
Nada más.
Nos quedamos sentados en la hierba sin decir
palabra alguna.
Lo más que se acercaba a lo que habíamos visto
estaba plasmado en la última foto: algo así como una lluvia
de pequeños puntos luminosos y policromáticos que caían

134
como la llovizna lenta de septiembre sobre todos los tonos
de verde en la finca.
Finalmente, advertimos que la cámara de fotos
instantáneas de papá estaba hecha trizas en el piso.
Pobre de mí, pensé. Pobre de Isaac.
Al despedirnos desilusionados, ninguno de los dos
habló de lo que pasaría cuando el padre de Isaac encontrara
que sus costosos gallos de pelea se habían escapado, ni qué
haría mi padre cuando viese su cámara fotográfica hecha
trizas. Sólo nos mirábamos en silencio, como quienes
asienten a compartir un secreto que nunca, nunca se
revelaría a nadie. Esto lo sentíamos como una intuición
de nuestro pedazo de universo.
D u r a n t e l a n o c h e, e n e l p u e bl o l l ov i ó
torrencialmente y hubo relámpagos y truenos, y supuse
que era Isaac llorando y su padre lacerándolo, porque yo
la pasé igual.
Aquella noche también lloré mucho, porque, no
sólo me golpearon hasta el borde de mi inconsciencia,
sino que me dejé llevar por la imagen inmaculada de aquel
caballito de plata con cuerno, mientras apretaba contra
mi pecho la foto de los pequeños puntos luminosos y
policromáticos, que era mi única certeza de que aquello sí
había ocurrido. Aunque mi padre me estuviese golpeando
como un tambor, nada podría dolerme.
Jamás volví a ver a Isaac.
Tres días después me dijeron que tenía algo así como
meningitis y que no lo podía ver porque era contagioso. En
menos de una semana, Isaac ya no estaba, aunque muchas
veces después lo sentí en mi patio, entre los árboles, sobre
la cicatriz del pasto, sobre todos los verdes, bajo el árbol

135
de guayabas.
Tampoco volví a ver el rabo de luz.
Debe ser que después de eso, perdí mi inocencia
y crecí de palo y de agua, con septiembres inundándome
las venas.
Hoy, años después, el patio de mi casa está
abandonado entre vestigios de troncos de madera negra
arropados por líquenes, árboles secos, latas de galletas, y
piedras que guardan recuerdos y secretos bajo ellas. Hoy
toco la tierra negra y respiro el vacío, para re-poseer aquel
tiempo de dioses y universos, y voces en los árboles, y
unicornios que aún repican en el viento junto al recuerdo
de mi primer amigo— una palabra cuyo significado nunca
encontré. Hoy trato de encontrar en mí aquella inocencia
pura y arcana, pero ella se encuentra al otro lado de la
verja, como en una orilla lejana, y creo que este río de la
vida se cruza una sola vez. Hoy, mientras observo la foto de
aquella lluvia de pequeños puntos luminosos y cromáticos,
que sólo yo veía como un unicornio, me siento como si
tuviera siete años nuevamente. La diferencia es que las
cosas entonces se veían de atrás hacia delante— y hoy las
veo de adelante hacia atrás.

136
Norte Gris

B usco mi norte gris y miro esas tres estrellas. Entonces


no me siento tan solo. Una estrella fugaz incendia un
costado del cielo. Cae lentamente. O me parece que cae
lentamente, como si no quisiera terminar su viaje— como
si siempre estuviese precipitándose por el universo, pero
sin poder tomar tierra.
Mi hijo me hala por el pantalón y me dice:
—Lindo.
Sí. Lindo.
—La gente es una luz —le susurro al oído.
—Una luz —repite.
—¿Ves aquellas tres estrellas? —le digo—. Esos
somos Ernesto, Edil y yo.
—¿Quiénes son Ernesto, Edil y yo, papá?

Por fuera, éramos duros y áridos como una roca; por dentro,
éramos blandos y grises como las tardes de septiembre. Nos
preguntábamos constantemente por qué nos había tocado
vivir en aquel pueblo de lentitudes y olvidos; en aquel
pueblo de quietud siniestra, en aquel pueblo amado donde
sentíamos que el cielo nos estrangulaba y las montañas nos
sofocaban. El descontento era nuestra sombra. La verdad
era que ninguno de nosotros sabía qué quería y que sólo
queríamos desaparecer de aquel pueblo amado y odiado,
pero pretender liberarse de aquellas cadenas de tedio era un
anhelo opulento, pues el pueblo sólo nos ofrecía exiguos
trazos de verdadera emancipación.
Ernesto, Edil y yo siempre tuvimos hambre de

137
vida por los poros. Teníamos siluetas de santos en nuestras
auras. Mordíamos con ansia al tiempo, como si fueramos
predadores de las horas. Cada uno era tan disímil del otro, y
no obstante, éramos tan semejantes. Muy bien podíamos ser
dioses, como también podíamos ser demonios. Teníamos
ese albedrío. Éramos y no éramos, porque ante los ojos
de la demás gente, jamás fuimos; pero nos bastábamos para
nosotros mismos.
Nuestro vínculo amistoso se caracterizaba por
la notoriedad de que gozábamos entre padres, maestros,
muchos chicos y algunas chicas de la escuela. Ernesto,
Edil y yo, para desgracia de algunos maestros que no nos
querían bien, éramos excelentes alumnos, modestia aparte,
y éramos despreciables, modestia aparte.
Y lo sabíamos.
—¿Qué será de nosotros de aquí a diez años, eh? —
dijo Ernesto, aquella última noche de verano que pasamos
juntos, sentados en una colina de Vegas Arriba— aquel
mirador panorámico fustigado por la maleza salvaje— y
observando las luces mudas del pueblo.
No obtuvo respuesta.
Edil fumaba su Marlboro, encarapazonándose contra
el frío. Flaco y de mediana estatura, su lacia cabellera
de color paja y tierra seca caía sobre sus hombros flacos
y cansados. Ernesto, botella en mano, lentes gruesas,
cabellera marrón corta, de punta hacia las estrellas, recostaba
su corpulencia de uno de los bohíos abandonados en el
mirador panorámico, cerrado hacía algún tiempo por
prestarse a todo, menos a contemplaciones panorámicas del
pueblo. Yo, en mi chaqueta de mahón, rizos rebotando en

138
la brisa húmeda y fría de la aburrida noche, inhalaba de mi
cigarrillo con mis ojos colgando del horizonte de luces.
Me pregunté quiénes éramos Ernesto, Edil y
yo, y entonces supe por qué escuchábamos rock’n’roll
estridente cuando la mayoría de nuestros compañeros de
clase estaba pensando en baladas románticas. Por supuesto,
nunca nos gustó esa sensación de nostalgia inculcada que
provocaban aquellas canciones tristes y que nos hacían
orbitar lentamente. No, señor. Nosotros decíamos que
nuestra brújula apuntaba hacia el futuro, hacia el sentido
de movimiento, hacia la agresión rebelde de una guitarra
rocanrolera. Ah, aquello era decir y pedir demasiado. Era
para odiarnos. Y es que queríamos brillar fuera de aquel
rebaño de ovejas adoctrinadas que seguían caminando
en círculos como un ciego buey de arado. Por eso nos
negábamos, por ejemplo, a vestir el uniforme escolar y nos
enfrentábamos diariamente a las reprimendas de la directora
de la escuela. A la larga, llegó el momento que nos
dejaban en detención por mecanismo automático. Luego
venían los reproches: que si qué es eso de llevar la cabellera
larga y despeinada, agujeros en los pantalones y zapatillas
deportivas sin lavar; que eso no era forma de vestir; que
si eso era una falta de respeto al código de vestimenta del
colegio; que si eso era lo que pintábamos, nuestro canvas
futuro no auguraba bien. Y lo peor de todo era que ningún
maestro podía acusarnos de vagos, porque académicamente
éramos excelsos alumnos, y por eso no encajábamos con
la preconcepción tradicional de un estudiante de buenas
calificaciones. Era para odiarnos.
La diferencia, digo yo, entre otros estudiantes y
nosotros no era precisamente la ropa o el pelo o la música

139
que escuchábamos. La diferencia era que nosotros teníamos
un pasado común de padres que nos habían abandonado y
maltratado física, espiritual y psicológicamente. Los tres,
por casualidad o por designio, habíamos sido enredilados,
como Edipos drogados, en el sufrimiento de nuestras
respectivas madres. Los tres habíamos sido marginados
por los ortodoxos pueblerinos que pensaban que, por
carecer de un modelo paternal eficiente, seríamos infelices
disfuncionales en el mañana, porque nos habían mutilado
la capacidad de vivir en un hogar decente como el de
todos los demás, para quienes la vida era casarse, trabajar,
tener hijos, ir a la iglesia los domingos y seguir viviendo
en espera de nietos, para seguir yendo a la iglesia los
domingos y tener grandes fiestas de Navidad en familia y
seguir todo dentro de un círculo de conformismo que no
concebía que había otros que pasábamos hambre porque
nuestro padre no proveía un centavo a nuestros hogares—
que nuestra adolescencia era un cuarto de litro de ron con
anís y media cajetilla de cigarrillos— que regresábamos
a nuestras casas para encontrar a nuestras madres en sus
respectivas sillas mecedoras meciendo a nuestras hermanas
menores— futuras Elektras— y cantando «a la nanita
na-na, nanita eh-ah, el niño tiene sueño, bendita sea»,
esperando el regreso del fantasma de un amor diseminado
entre el sudor y la sangre de los recuerdos— que nos
masturbábamos pensando en el cuerpo y la cara de alguna
reina de papel, cualquiera que nos portase un pasaporte
para estrechar carne y genes con alguna mujer que no fuera
de este pueblo, por si los rasgos de mujer estoica eran
hereditarios— que descubrimos en las drogas el escape a las
estrellas, una fuga de supervivencia, una manera de copar

140
con la locura, con la decepción y la frustración— que no
tuvimos a nadie que nos mostrara el camino correcto—
en fin, nadie hubiese podido hacerlo— que no teníamos
nada que perder y nada más que valorar que a nosotros
mismos— por demasiada poca cosa que le pareciéramos a
la gente del pueblo.
Mas todo acaba. Todo cambia. Y nos perdimos.
—Mañana salgo para San Juan— anuncié aquella
misma noche—. Pasado mañana comienzan los cursos en
la universidad.
Una estrella fugaz incendió un costado del cielo.
Caía lentamente. O nos parecía que caía lentamente,
como si no quisiera terminar su viaje— como si siempre
estuviese precipitándose por el universo, pero sin poder
tomar tierra— y presentimos la inevitable separación de
caminos.
Ernesto tomó un sorbo de la mezcla de ron y anís
directamente de la botella. Edil no levantó su mirada y
siguió con la mirada adherida a las piedras.
Comprendí que teníamos más que una circunstancia
en común.
Después de crecer en aquella hermandad que nos
hacía mosqueteros inseparables, nos era difícil visualizarnos
con algún otro tipo de vida. Se acercaba el momento de
probarnos a nosotros mismos y ver si en realidad dábamos la
talla para demostrar que era la gente quien estaba equivocada.
Eso era un tanto difícil, porque a la hora de buscar en la
zapata de la autoestima, uno sólo encontraba sedimentos
arenosos porque nadie nunca nos había ofrecido una mano
de confianza que nos hiciera pensar que el mundo estaba
en la punta de nuestros labios. Sólo habíamos generado

141
opiniones negativas, y lo que empieza mal termina mal,
y de alguna manera pensábamos si seríamos capaces de ser
la excepción a la regla. De pronto, nos preguntábamos si
toda aquella energía que nos fundía por dentro la estábamos
desperdiciando en el polo equivocado.
—¿Qué será de nosotros de aquí a diez años?
—repitió Ernesto, en esta ocasión acompañado de un
cadencioso suspiro que parecía que se desinflaba.
Todos pensabamos lo mismo: el mundo allá afuera,
más allá de las montañas, nos incitaba miedo, sí, aunque
dijéramos que no, porque no lo conocíamos, y porque
por primera vez, estaríamos el uno sin el otro.
Solos.
Y bien teníamos la opción de seguir juntos, e ir a
estudiar o hacer lo que fuese a un mismo lugar. Pero cada
uno de nosotros lo sabía. Aquel verano era el final de una
amistad para toda la vida. Y sería así porque, de no ser así,
ninguno de nosotros sabría cuán bueno, como individuo
único e irrepetible, verdaderamente era, si en verdad lo
era. Sí, señor. Había que probarse y allí en Adjuntas era
una cosa, pero allá afuera, más allá de las montañas, había
un enigma gris que tenía los movimientos de un amanecer
—o un atardecer.
—¿No nos volveremos a ver? —comentó Edil, aún
sin levantar la mirada.
—Todos nos vamos del pueblo —aseveró Ernesto.
Hablábamos sin mirarnos.
Una estrella fugaz incendió un costado del cielo.
Caía lentamente. O me parecía que caía lentamente,
como si no quisiera terminar su viaje— como si siempre

142
estuviese precipitándose por el universo, pero sin poder
tomar tierra.
—¿Pidieron un deseo? —pregunté.
Nadie respondió.
Todos habíamos pedido nuestros respectivos
deseos.
—Hoy es la última noche en que probablemente
nos veamos—comentó Ernesto mientras me pasaba la
botella—. Hoy es la última noche, hermanos. ¿Saben
dónde estaremos de aquí a diez años?
Nadie respondió.
—Estaremos mirando el cielo, y veremos esa misma
estrella fugaz que acaba de caer, y recordaremos esta noche,
y pensaremos: «¡Ah! ¿Qué será de los muchachos?» Y
probablemente hasta pongamos una cinta de The Clash, o
los Rolling Stones, que probablemente se habrán disuelto,
y entonces diremos: «¡Ah! Ahí están los muchachos». Y
veremos a Edil tocando su luminosa guitarra de aire, y a
Orlando con su gran pelo rizado agitando voces al cielo,
y a mí en mis teclados— Moon Star, sí, me llamaré Moon
Star; y pensaremos: «¡Ah! ¿Qué será de los muchachos?»
Y probablemente hasta pongamos una cinta de The Clash,
o los Rolling Stones, que probablemente se habrán disuelto
para entonces, y entonces diremos: «¡Ah! Ahí están
los muchachos». Y veremos a Edil tocando su luminosa
guitarra de aire, y a Orlando con su pelo rizado agitando
voces al cielo, y a mí en mis teclados— Moon Star, sí,
me llamaré Moon Star— haciendo música de estrellas.
¿Ven aquellas tres estrellas? Es el cinturón de Orión. Eso
seremos nosotros. Así que de aquí a diez años, busquen

143
su norte, y miren esas tres estrellas. Así, no nos sentiremos
tan solos.
Entonces supimos que estar íamos condenados
a quedarnos solos, no importara cuantos giros diera la
tierra— solos, con la infelicidad a cuestas, e incapaces
de generar felicidad en otros, porque siempre estaríamos
buscando los fragmentos esparcidos de nuestra sonrisa—
algo así como almas que no pueden morirse y vagan por
los vientos de este mundo como un lamento primógeno,
omnímodo y omega.
El silencio parecía augural.
—Mi padre vive en la Florida y creo que me voy
a vivir con él— Edil partió el viento con sus palabras.
Yo encendí un cigarrillo y Ernesto volvió a tomar de
la botella—. Él vive con su mujer en uno de esos trailer
parks que abundan allá. Gracioso, ¿no? No he visto a mi
padre en más de siete años y voy a ir a vivir con él, mis
hermanastros y mi madrastra gringa.
—Buena oportunidad para reponer el tiempo
perdido— le dije para hacerlo sentir bien.
—Bueno, tal vez. Sólo que no sé si luego tendré
tiempo para arrepentirme por perder el mío —comentó
Edil.
Entendimos.
Todos volvimos a resumirnos en nuestras órbitas:
Ernesto en su botella, Edil a mirar las piedras a sus pies, y
yo a contemplar el horizonte de luces.
Escuchamos unos pasos venir por la carretera
oscura y desierta de Vegas Arriba. Nos sorprendió. Nadie
caminaba tan tarde en la noche, y menos por una carretera
rural en un pueblo pequeño. Luego sentimos los pasos

144
adentrarse en la hierba a lo largo de la carretera, y afirmar
el paso sobre el suelo de piedras en el mirador. Finalmente,
comenzamos a descifrar una silueta en la oscuridad.
—Denme algo de dinero para comer. Soy judío
—dijo la voz.
La voz parecía salir de la oscuridad, hasta que
logramos distinguir a un individuo en vestimentas rasgadas,
con aspecto de demente, portando un libro de cubierta
rústica que, según él, había encontrado a lo largo de su
camino. El hombre estaba increíblemente sucio y cubierto
de una costra negra, como quien viaja desde muy lejos a
través de puertas en el tiempo. Nos dijo que su nombre
era Hyman, Hyman Salomón, y que no sabía qué era el
libro que estaba leyendo, pero que él pensaba que era el
Torah y que lo había encontrado donde pertenecía: en la
espesura del monte. Nos dijo que buscaba el camino hacia
Testamento. Le contestamos que no conocíamos ningún
barrio con ese nombre. El hombre se quedó pensativo
como el que cuestiona si se ha perdido o no.
—Veo que necesitan algo de dinero para completar
su juerga— dijo de pronto.
En efecto, ya la botella de ron estaba casi vacía y
quedaban pocos cigarrillos.
—Tengo una idea —agregó—. Voy al pueblo a
buscar algunos dólares y luego vuelvo con ustedes para
compartir esta noche. Les traeré la salvación.
Ernesto se ofreció para llevarlo en su Jeep, pero
Hyman se negó. Dijo que él era un caminante y que
caminando ir ía. Nos prometió, sin embargo, que
volvería.
Horas después, Salomón aún no llegaba. Eran casi

145
las tres de la madrugada cuando Ernesto dijo:
—Este viejo no llega y mañana ya no nos veremos,
muchachos. Mejor vamos a hacer algo que haga que nunca
nos olvidemos el uno al otro.
—¿Cómo qué? —pregunté.
—Destrocemos el pueblo —contestó.
Edil y yo reímos, sin tomar a Ernesto en serio.
—Hablo en serio. Arranquemos los buzones, tiremos
los botes de basura, rompamos cristales, despertemos al
pueblo, coño. Algo, lo que sea. Les juro que jamás van a
olvidarlo.
Edil y yo nos miramos.
—En vista de que Salomón no llega, ¡hagámoslo!
—dijo Edil.
Nos subimos al descapotable Jeep. Bajamos la
enclivada carretera. Divisamos una serie de buzones de
correo rural— todos homogéneos, del mismo tamaño y
color, afianzados en un andamiaje de madera que les daba
orden y uniformidad. Se veían tan acomodaditos, tan
parecidos el uno al otro, tan aburridamente iguales, que
Edil sacó una llave inglesa de la caja de herramientas que
Ernesto siempre cargaba en su Jeep y comenzó a golpearlos,
a deformarlos, a derribarlos uno a uno. Al terminar con la
hilera de 10 ó 15 buzones de correo, Edil quedó jadeante
y exhausto, como quien descarga una gran intensidad de
energía. Ernesto y yo lo observábamos en silencio y en
complicidad y solidaridad. A los pies de Edil, yacían los
buzones transformados en chatarra.
—¿Qué se siente? —pregunté a Edil.
—Una fiebre que te corre por la mente: un rush,
un éxtasis —contestó Edil fatigado.

146
—¿Se siente algo más? —preguntó Ernesto.
—Se siente. . . se siente. . . se siente bien
—concluyó.
Edil brincó a la parte de atrás del Jeep y partimos
a toda velocidad, como quien va tarde para su cita con el
destino.
A lo largo de la carretera rural, en ruta hacia el
centro del pueblo, no hubo buzón ni bote de basura que
dejáramos en pie. Los desechos reinaban como represiones
escondidas debajo de las piedras, y que de pronto, por un
giro sísmico, despertaban a quedarse con la geografía de
todas las mentes de los que vivían en Adjuntas. A nuestro
paso de torbellino, sólo quedó basura revuelta en las calles
y aceras de necrópolis y signos de conjunto infinito que
pintábamos con pintura de aerosol, extraída de la mágica
caja de herramientas de Ernesto. Ni siquiera perdonamos
a la Plaza de Recreo, en la cual no dejamos banquillo que
no marcáramos con aquel signo que una vez aprendiéramos
en la clase de aritmética. Así, poseídos por aquel bestialismo
en crescendo, llegamos a la necesidad de ese éxtasis donde
uno estalla y se dispersa por el cosmos y toca la grandeza en
un acto de liberación que, en nuestro caso, requirió que
levantaramos una contundente piedra que estaba enterrada
en los jardines de la Plaza de Recreo, y con decidida fuerza
la arrojaramos a través de la vitrina principal del Banco del
Pueblo, la cual tronó como doce docenas de huevos de
vidrio calléndose de una pared de tranquilidad.
Luego del éxtasis, llegó esa calma que presagia una
muerte.
Nos lavamos las manos con lo que quedaba de ron,
y entre alarmas y los restos de la granizada de vidrio, nos

147
sentamos en uno de los banquillos a esperar a que llegara
la policía.
Nos hicieron preguntas. Dijimos que pasábamos
por allí cuando vimos el desastre y decidimos sentarnos
a mirar. Uno de los oficiales comentó que a la entrada
del pueblo había visto a un individuo sospechoso en
vestimentas rasgadas, con aspecto de loco, portando un
libro de cubierta rústica que, según dijo, había encontrado
a lo largo de su camino. El hombre estaba increíblemente
sucio y cubierto de una costra negra, dijo el oficial,
como quien viaja desde muy lejos a través de puertas en
el tiempo. El viejo le había dicho que buscaba el camino
hacia Testamento y que iba pidiendo dinero para los judíos.
El otro oficial le dijo que en Adjuntas no había judíos y
concluyó que el culpable de aquel acto de vandalismo tenía
que ser ese tipo, y así salieron a buscar al pobre Hyman.
Nosotros nos quedamos aquella noche muy sobrios
y tristes, sin saber qué sentíamos en aquel instante de
conciliación y de dispersión. Nos despedimos con el
silencio al llegar el amanecer. Lo único que dijimos fue:
«Nos vemos luego».
Camino de vuelta a nuestras casas, me pregunté
cuánto tiempo sería “luego”.

Esta noche miré el cielo, y vi esa misma estrella fugaz


que vi no hace diez, sino quince años atrás, y recordé la
rabia y la frustración que llevé como un crucifijo colgando
de mi alma por mucho tiempo; y recordé aquella noche;
y entendí que la profecía se había cumplido, al menos
en mí, porque solos, la Tierra había dado sus giros y yo

148
había entendido por fin la infelicidad que siempre llevé a
cuestas— mi incapacidad de generar felicidad en otros— la
búsqueda de los fragmentos esparcidos de mi sonrisa—
algo así como un alma que no puede morirse y vaga por
los vientos de este mundo como un lamento primógeno,
omnímodo y omega— y pensé: «¡Ah! ¿Qué será de los
muchachos?», y no escuché una cinta, sino un CD de
los Rolling Stones, que todavía siguen tocando juntos, y
entonces dije: «¡Ah! Ahí están los muchachos». Y vi a
Edil tocando su luminosa guitarra de aire, y a Moon Star,
sí, se llamaba Moon Star— en sus teclados— haciendo
música de estrellas— y a mí, con mi pelo rizado, agitando
voces al cielo.
Mi hijo me hala por el pantalón y me dice:
—Lindo.
Sí. Lindo.
—¿Ves aquellas tres estrellas? —le digo—. Esos
somos Edil, Ernesto y yo.
—¿Quiénes son Ernesto, Edil y yo, papá?
Lo miro. Lo beso.
—No importa. ¿Ves aquellas otras dos estrellas?
Esas somos tú y yo.
Mi hijo las busca y creo que las distingue.
—Y aquella más grande. . . aquella es mamá.
Mi hijo se queda boquiabierto, como el que se la
ha revelado una magia divina.
Lo miro. Lo beso.
Busco mi norte gris y miro las estrellas.
Entonces no me siento tan solo.

149
150
El 5 y 10 de Ruth

S ara miró por la ventana y se sintió contusa por una


extraña pesadumbre gris como la niebla que arropaba
la ciudad. Pensó que las colinas de Adjuntas habían
desechado aquel fantasma gris y espeso que se aplomaba
en el pueblo como un reino de otoño, pero descartó la
idea por ser ridícula y descabellada. Sara se encontraba en
San Juan, la ciudad de su exilio material, y jamás había
escuchado semejante posibilidad transrealista, y bien podía
ser una concepción quimérica de los blues adjunteños, pero
aquella tristeza gris sólo la sobrevenía cuando extrañaba a
su pueblo, o cuando lo visitaba, circunstancia bajo la cual
la niebla siempre aparecía y parecía estar esperándola como
un amante tras las sombras.
Camille irrumpió en su despacho con el informe
de ventas del mes pasado.
—Vendimos por debajo de lo que lo hicimos hace
dos meses. Y eso, sin mencionarte las ventas para la misma
fecha el año pasado.
Sara apartó la mirada de la ventana que le revelaba
la ciudad envuelta en niebla, miró a Camille, y luego
retornó a su objeto de foco.
—Buenos días a ti también —dijo.
—Tenemos que intensificar la campaña, Sara —dijo
Camille—. Esto no nos beneficia en nada.
—Es por culpa de la niebla.
A Sara le pareció que aquel día era fatal para la
empresa manufacturadora de gafas de sol para la cual
trabajaba, porque, aunque la niebla tenía una cualidad que

151
permitía el paso de los más siniestros rayos UV del Astro
Rey, usar gafas oscuras sería como meterse con sombrilla
a la bañera.
—¿Qué? —dijo Camille.
—Dije que la culpa la tiene la niebla.
Camille se quedó aturullada y confundida.
—¿Tomaste anoche otra vez? —preguntó.
—No. Bueno, sí. Algunos tequilas, pero fue en
casa.
—Pero fue en casa... —dijo imitándola con
incredulidad—. Esto es serio, Sara. El mes entrante llegan
los mogules de la compañía y tenemos que justificarnos.
Tal vez haya tiempo para eso, pero no será lo mismo con
Jones.
—Le decimos que es por culpa de la niebla.
—¡Sara! Esto es serio. ¿Sabes que le sucedió a Harry
Gómez, tu predecesor? ¿Alguna vez te has preguntado que
le sucedió a Harry Gómez, tu predecesor?
—Lo despidieron.
—¿Lo sabías?
—Me lo imagino. Nadie en este país renuncia a un
empleo de $80,000 al año así porque sí, a menos que tenga
una oferta en otro lugar por $90,000 o más, lo que es bien
raro que ocurra. Entonces, debieron haberlo despedido.
—Últimamente estás muy rara, Sara. Pudieron
haberlo ascendido, ¿no te parece?
—¿Ascendido a qué? Los puestos grandes los
tienen los mogules, como tú llamas a los americanos. No
hay ni un latino en la junta de directores. Y después del
Gerente de Ventas y el Gerente de Mercadeo y Publicidad,
no hay nada más que buscar porque esto es un negocio para

152
mercadear y vender. Nada más.
—Pues resulta que en este mismo momento
presente de ahora, right now, eres la Gerente de Mercadeo
y Publicidad, y yo la Gerente de Ventas, y lo que tenemos
que hacer es mercadear y vender. Así que ve pensando en
qué le vas a decir a Jones.
Sara miró a Camille directo a los ojos. Ella sabía
que la cosa con Jones no era fácil. Y para colmo, Sara
era mujer, y a Jones no le agradaban tanto las mujeres, y
mucho menos si eran inteligentes, porque en ese mundo
de hombres en que el vice-presidente de operaciones para
Puerto Rico y el Caribe se paseaba, Sara era una amenaza.
A Jones le agradaban las juntas entre hombres— ese olor
a colonia para después de afeitarse impregnando el aire
acondicionado de la sala de conferencias— aquellos rostros
azulados, resaltados por el cuello blanco y las corbatas de
seda. Ah, para Jones aquello era una fantasía que lo hacía
sentirse. . . pues, a gusto.
Por eso Sara era amenaza. Camille no; Camille
era más varonil— con grandes y gruesas lentes, piel pálida
como la muerte y sus juegos de chaqueta y pantalón eran
lineales— aunque cambiase de color, siempre se veía
igual. En cambio, Sara lucía un bronceado como una
segunda piel. Sus faldas Armani a mitad de muslo llamaban
la atención de cualquiera— incluso hasta de Jones. Sus
pechos de manzana tentaban a jugarse el paraíso. Sus
caderas duras denotaban gran agilidad atlética y hasta uno
podía imaginarse su estómago firme y dorado. Su pelo
corto hasta la barbilla le tomaba prestado el color a las hojas
que reviven en la primavera. Sara era una delicadeza, pero
era una delicadeza fuerte.

153
—No sé. Hemos hecho de todo: contratamos a
Ricky Martin como portavoz de la campaña, a dos ex-Miss
Universo y hemos estado desplegando billboards por toda la
ciudad —comentó Camille.
—Esta ciudad tiene horizonte de billboards.
—Te diré algo: tómate el día para que descifres la
manera de justificar las malas ventas. Jones va a querer tu
cuello en tu culo, nena.
—Jones quiere mi cuello en mi culo por lo de
Reny.
—Eso te pasa por jugar con los nenes del jefe.
—Era un juego divertido.
—¡Era el novio de tu jefe!
—¿Y cómo lo iba yo a saber? Conozco a este
tipo en una fiesta de la compañía, nos damos unos tragos,
salimos, me lo tiro, y luego resulta que era el acompañante
de mi jefe.
Camille ar rojó el infor me de ventas sobre el
escritorio a Sara. Sacudió su cabeza como quien se
encuentra hablándole a una pared que insiste en ser
pared.
—Estúdiate el informe. Y piensa en algo más sabio
que echarle la culpa a la maldita neblina.
Maldita neblina de mi pueblo de septiembre, pensó
Sara. Me asecha como un cargo de conciencia.
—Jones vendrá preparado a escuchar respuestas y
justificaciones con textura —no simples excusas dignas de
un empleado mediocre. No suenas a ti, Sara.
Sara suspiró. Camille se acercó al escritorio, le
tomó la mano, se quitó las lentes y le dijo:
—Si me necesitas, búscame. Las respuestas a veces

154
se encuentran en los ojos de otras personas.
Sara sonrió, le dio dos palmadas sobre la mano y
Camille abandonó el despacho. Sara se quedó invadida
por una melancolía gris como la ciudad en la cual se había
exiliado— gris como la niebla. Tal vez se sentía gris
por los tantos días de happy hours sin obtener otra cosa a
cambio que no fuese una jaqueca, o un cuerpo distinto
levantándose junto a ella al otro día— o ambas cosas. No
sé, tal vez extrañaba su pueblo, rememorado en aquella
capa de neblina. O tal vez era su nuevo apartamento en
Miramar con vista a la majestuosa Laguna del Condado,
donde ella había jurado haber visto peces plateados saltando
en una sonrisa de luna a las tres de la madrugada. Bueno,
tal vez era por la hora y el sueño y el cansancio y el Chivas
Regal, pero eran peces de plata saltando en una sonrisa de
luna por igual.
Al salir Camille, Sara llamó a Mercedes, su
confidente secretaria. Ésta entró con un tazón de café
acabado de colar para su jefa.
—Sin azúcar y bien cargado —le dijo.
Mercedes era una mujer madura a quien los trazos
de ciudad no habían podido borrarle el sello de adjunteña.
Incluso, las familia de Sara y la de Mercedes se conocían
bien, aunque vivían en polos opuestos en el pueblo. La
madre de Mercedes había sido la nana de la madre de
Sara. Sara, en agradecimiento, empleó a Merce como
su secretaria y se la llevó consigo a San Juan, relación que
convirtió a ambas en las primeras mujeres de sus respectivas
familias que abandonaban el pueblo en búsqueda de mejor
suerte.
—¿Qué pudiese causar esta niebla? —preguntó

155
Sara en voz alta y con su vista sumergida en la calígine que
cubría la ciudad aquella mañana..
—Parece Londres —dijo Merce.
—¿Has estado allí?
—Qué va. Usted me conoce, Sara. Pero no hay
que ir a Alaska para saber que allá cae nieve.
Sara sonr ió a medias y g iró la silla hacia
Mercedes.
—Quiero que tomes nota de lo siguiente. . .
Sara quedó seducida por una alhaja azul cobalto
enmarcada en oro y que colgaba llamativamente del cuello
de Mercedes. El pendiente parecía la entrada a un universo
que invitaba a sumergirse en él.
—Hoy no estaré en la oficina... —dijo Sara sin
pestañear, sus ojos imantados a la joya—. Si Jones llama
dile. . . dile que tengo un almuerzo con los clientes de
Venezuela.
Mercedes, al percatarse de que su jefa no dejaba de
mirar el pendiente, tomó el mismo por la cadena del cual
colgaba y lo hizo pendular.
—¿Qué diablos es esa preciosura? —dijo Sara,
rendida ante su debilidad por las joyas.
—Qué lindo, ¿verdad? —dijo Mercedes con una
sonrisa orgullosa que hizo resaltar sus blondos caracoles de
cabello y sus ojos azules artificiales—. Lo mejor de todo
es que me traerá suerte.
—¿Ah, sí? Un asalto es lo que te va a traer.
—Se supone que esa gelatina que usted ve adentro.
. . ¿la ve? Pues esa gelatina guarda propiedades metafísicas
que atraen la energía compatible con uno. Al coincidir las
ondas biorítmicas de mi ser con las de quien se supone sea

156
mi alma gemela, vamos a sentir una gran atracción física y
química el uno por el otro. En noches de luna llena, previo
a ese momento, hasta podré ver la cara de quien será mi
esposo.
Sara estaba boquiabierta y sin decir nada —con el
pendiente en las manos y sus ojos sumergiéndose en aquella
gelatina cobalto.
—No sabía que conocías tanto de metafísica
—balbuceó Sara.
—No, no conozco. Sólo repito lo que me dijo
Ruth.
—¿Ruth?
—Sí, Ruth, la del “5 y 10” en Adjuntas.
Adjuntas.
—¿En Adjuntas hay un “5 y 10”?
—Ay, señora. ¿Desde cuándo no visita a su pueblo?
El “5 y 10” de Ruth queda en el mismo centro del pueblo,
donde era la Casa Bianca.
—Pues, a la verdad que he estado. . . desconectada
de mi pueblo. Además, pensaba que los “5 y 10” estaban
pasados de moda.
—Usted está out. Out, out, además de down.
—Ruth. La del 5 y 10.
—Sí, señora. Claro, allí no va toda clase de gente.
—¿Es exclusiva?
—Sí. Exclusiva para los que creen.
—¿Los que creen en qué?
—Los que creen en ángeles y duendes. Los que
creen.
—Ah. Los que creen en eso...
—Debería ir.

157
—¿Y esa Ruth tiene otras como ésta? —dijo Sara
palpando gentilmente la esfera.
—Tal vez. Tiene muchas antigüedades allí, pero
todas, no le puede decir esto a nadie, todas tienen algo de
magia.
Magia. Por supuesto. Como aseverar que hay vida
en el lado oscuro de Ganímedes.
Tal vez Mercedes estaba hablando demasiado; tal
vez Mercedes no tenía suficiente coeficiente mental para
discernir entre lo posible y lo imposible, matemáticamente
hablando; tal vez Mercedes era una secretaria solterona que
lucía todo postizo, desde el cabello, el color de sus ojos,
las uñas y el busto; tal vez Mercedes era el ejemplo de la
falta de identidad y vestía como la cantante que estuviese
de moda esa semana; tal vez Mercedes era una niña con
cuerpo voluminoso de mujer, pero lo de la tal Ruth podía
ser una experiencia laxa y enajenante porque parecía un
buen pretexto para alejarse de San Juan por aquel día.
Además, en el “5 y 10 de Ruth” Sara podría encontrar, a
precios ridículamente bajos, antigüedades y otros fetiches
para adornar su nuevo apartamento. A Sara siempre le había
gustado ese look de galería o museo en los apartamentos—
y toda cosa rara que encontrase en las ventas de garaje, en
el Salvation Army y en las tiendas de antigüedades era digna
de considerarse.
—¿Dónde dijiste que queda esa tienda de
antigüedades?
—No es una tienda de antigüedades; es un “5 y
10”.
—Dudo que en estos tiempos quede algún “5 y
10”. Así le solían llamar antes a las tiendas de barata. De

158
todas formas, ¿dónde queda?
—Donde era la Casa Bianca, frente a la plaza.
Frente a la Farmacia Figueroa. Por supuesto. El
referente era tan preciso como la línea de la vida en la palma
de la mano.
Sara impartió el resto de las instrucciones a
Mercedes y le dijo que estaría fuera de la oficina el resto
del día.
—Suerte —le dijo, como si conociera el destino
de su jefa.
Sara empuñó las llaves de su camioneta, sonrió
tenuemente y se marchó.

Cinco minutos después, Jones procuraba por ella. Mercedes


contestó lo que le habían instruido a decir.
—Llámela al celular, al beeper, a dónde sea y cómo
sea. Quiero verla hoy —dijo Jones.
Mercedes tomó la nota y procedió a enviarle el
mensaje por el busca-personas.

Sara salió camino hacia Adjuntas. Fue una decisión


instintiva, porque al momento de montarse a su camioneta
ni siquiera tenía claro hacia dónde se dirigiría. Así, se
encontró de pronto en medio de la autopistas Luis A. Ferré,
abriéndose paso entre el mar de bruma que cubría todo
el camino.
Al poco tiempo, Sara recibió el mensaje. Jones
quería verla hoy. Demonios. No se podría escapar de
ésta. Otras veces sí; otras veces sí había encontrado un
pretexto— una junta, una migraña repentina, o hasta

159
un ciclo menstrual fuera de ritmo— pero esta vez no;
esta vez no sería fácil quitarse a Jones de encima, luego
de lo de la fiesta de la compañía y de lo del informe de
ventas. Demonios. Más fácil sería contar los granos de
arena en la playa. Preferiría parir hijos de un simio, pensó.
Aunque, después de todo, el chico de Jones no estaba nada
mal, era un poco presumido y la aventura fue solamente
unidimensional y, pues, efímera, lo que la había llevado
a satisfacer su necesidad sexual nada más— una vez más,
porque en lo que a su alma concierne, Sara se había sentido
más vacía que el silencio en el Cañón del Colorado—
más triste que un diabético en un cañaveral— todo por
culpa del alcohol en su cerebro y el cuerpo de gimnasta
del maldito Reny— nombre de marica, pensó— buenas
nalgas, pero nombre de marica— otro fracaso— del vino
sale el vinagre— y ahora tenía que admitir que estaba—
[traga, traga]— sola; sí, más sola que la bandera americana
en la luna— sola, y con su jefe a la caza de su cabeza—
todo por el chico del jefe— la última metida de pata.
Dos horas después, estaba en Adjuntas. No podía
creer cuán rápido pasa el tiempo cuando la mente está
ocupada. Ahora, Sara navegaba en su camioneta buscando
el “5 y 10” de Ruth. Camionetas de transporte público y
uno que otro transeúnte poblaban las lentas calles y mudas
aceras respectivamente. Notó que el reloj en la alcaldía
estaba fijo en las siete en punto. Aquí el tiempo no debe
correr, pensó. Un señor cruzó por su frente portando dos
pollos muertos y un machete de plata. Bueno, parecía plata.
No pudo distinguir el rostro del señor, pero su vestimenta
era típica de un jíbaro de estas montañas. ¿Dónde quedará
el “5 y 10” ese? Ah, sí. Frente a la Farmacia Figueroa. Un

160
guaragüao surcó el espacio de niebla y mientras seguía el
vuelo con su mirada, Sara advirtió el letrero que anunciaba
el “5 y 10” de Ruth. Mi madre. Con tantos problemas
que resolver y de pronto lo que le ocupaba la mente era
una tienda de baratas en Adjuntas, a dónde no había ido
desde la muerte de su madre dos años atrás. Ni modo. Esto
parece el sueño de un ciego, pero allí estaba. A ver si las
antigüedades de Ruth son talismánicas o no, pensó.
Pero, ¿qué decía?.
La razón por la cual había venido era para buscar
cosas con qué decorar su nuevo apartamento.
Frente a una camioneta que vendía botines de
goma, juguetes y sombreros de paja, los escaparates de
la tienda mostraban desde figuras de Ganesh y Buda hasta
acordeones y viejas maquinillas Smith & Corona. Sara
miró desde la acera los diferentes artefactos que allí se
mostraban.
Unas campanitas de cobre sonaron cuando Sara
empujó la puerta de entrada. Un fuerte olor a pachulí en
forma de dedos de humo azules estaba disperso por toda la
tienda. Parecía una extensión de la bruma que arropaba al
pueblo, pero con un olor agradable. La poca iluminación
que había parecía venir de detrás de las paredes le permitió
apreciar una colección de artículos disímiles tanto en su
forma como en su utilidad: una silla mecedora, un caballito
de madera, un refrigerador antiguo, un paraguas con
mango perlado, un fonógrafo de cuerda, un juego de sala en
madera y mimbre, un radio de tubo, una muñeca hecha a
mano, un par de binoculares, un arpón, un reloj de arena,
un libro de Juanito Garrastegui, el poeta del pueblo— una
cámara fotográfica, una plancha de carbón, un anuncio

161
de Coca Cola, y otras cosas que escapaban al ojo detallista
inmediato. Era como si cada cosa fuese una llave a un lugar
y tiempo exactos. Al fondo, detrás del mostrador— bajo
un broncíneo arcángel y una pétrea gárgola— frente a un
viejo aritmógrafo— entre luces de velas color púrpura,
azul y amarillo, esperaba la dependiente.
—Estoy aquí por si tiene alguna pregunta.
Sara buscó la procedencia de la voz y sus ojos
encontraron a una mujer negra que lucía un paño de
flores cubriendo su cabeza. Vestía traje de magas largas,
blanco y con bordados acqua, combinado con collares de
camándulas y policromáticas cuentas. Sara apreció la piel
endurecida por los años en la mujer que, de alguna manera,
no proyectaba vejez, sino sabiduría. Sus manos llenas de
sortijas plateadas le daban forma de flor a un pedazo de
papel crepé magenta. En ningún momento apartó la vista
de su obra.
Sara se movía con cautela por el reducido pasillo
cuando golpeó un Jack-in-the box que saltó dando demenciales
risotadas que le pusieron los pelos de punta. Pasando la
mano sobre su pecho, Sara sonrió sobriamente.
—Sólo vine a ver si tiene algo de joyería. Una
amiga mía compró un pendiente que...
—Mercedes.
—¿Perdón?
—Mercedes. La chica que se llevó el pendiente
azul cobalto.
—Sí, fue ella. Un pendiente. . .
—Circular, con una banda de oro a su alrededor,
la cual facilitaba que colgara de la cadena, ¿no?
—Sí. Ese mismo. ¿Conoce a Mercedes?

162
—No. Pero sólo hay un dueño para cada cosa que
hay aquí. Usted sabrá, no tenemos almacén; sólo hay una
versión de cada artículo.
—Bonitos todos. Y curiosos.
—Sí. Siempre hay algo para cada cual. ¿Alguna
cosa en especial?
—No —dijo Sara mirando alrededor—. Sólo
curioseaba.
—Un-jú.
Sara caminó por la tienda. Tomó en sus manos un
trencito eléctrico cuyos rieles estaban incompletos, como
caminos inconclusos— y un juego de té de plástico de
alguna infancia olvidada— y un ángel de cerámica con las
alas partidas— y un par de viejos altavoces que parecían
sordos por el tiempo— y también tomó en sus manos una
vieja estatua de madera— un azabache— un busto de indio
Cheyenne— un trípode— un óleo de corte pre-Rafaelista
que ilustraba una sensual escena en el campo, creación
de algún pintor imitador de Gabriel Dante Rossetti— un
tapete cuyo diseño imitaba el arte de William Morris y
un juego de muebles de corte victoriano— una Biblia
con terminaciones en oro— un cuatro puertorriqueño—
una colección de mariposas disecadas— hasta que llegó
hasta el escaparate donde estaban las joyas, y sobre el cual
descansaba una tersa muñeca negra con ojos como el fondo
de un lago y el pelo como la corteza de un árbol. La textura
de su rostro era tan lozana que hasta parecía piel de verdad.
Sara no pudo eludir el deseo de tomar la muñeca en sus
manos. La palpó y la acarició. Había deseado una de esas
desde pequeña. Nunca la tuvo porque su padre nunca
cumplió la promesa de regalarle una cuando obtuviese

163
buenas calificaciones. Sara era excelsa estudiante, pero su
padre siempre se encargaba de capitalizar en la imperfección
humana y así encontrarle alguna falta para no comprarle
la muñeca negra y mantener vigente su oferta de “cuando
mejores tus calificaciones”.
Sara se disponía a preguntar por el precio de la
muñeca cuando las campanitas de cobre anunciaron la
entrada de otro visitante.
El fuerte olor a pachulí se dispersaba por toda la
tienda en su forma de dedos de humo azules. El visitante,
un hombre de 63 años, de cabello y bigotes blancos,
vestido completamente de gris, le pareció una extensión
de la neblina que arropaba el pueblo, pero con un olor a
talco para después del baño.
—Estoy aquí por si tiene alguna pregunta.
El viejo miró a su alrededor y saludó cortésmente
a Sara.
—Sólo vine a ver si tiene algo de joyería —dijo—.
Un amigo mío tenía un reloj cebollero esta mañana que. .
.
—Andrés.
—¿Perdón?
—Andrés. El hombre que se llevó el reloj
cebollero.
—Sí, fue él. Un reloj...
—Dorado, en estuche de piel que colgaba de una
cadena de oro, ¿no?
—Sí. Ese mismo. ¿Conoce a Andrés?
—No. Pero sólo hay un dueño para cada cosa que
hay aquí. Usted sabrá, no tenemos almacén, sólo hay una
versión de cada artículo.

164
—Bonitos todos. Y curiosos.
—Sí. Siempre hay algo para cada cual. ¿Alguna
cosa en especial?
—Sí —dijo el viejo, y se acercó a Ruth sigilosamente,
como quien procura no dejar que las palabras se pierdan
en el aire—. ¿No tiene algo parecido? ¿Por favor?
—Sólo un artículo de cada cosa —dijo Ruth, quien
comenzó a darle forma de flor a otro papel crepé.
—¿Y cómo lo hago? ¿Cómo logró lo de Andrés?
—Andrés es Andrés. Aún sigue siendo viejo como
usted, pero lo que ha viajado es su corazón. Y lo que usted
ve de Andrés es lo que él quiere que todo el mundo vea.
Sara escuchaba y observaba al viejo tomarle las
manos a Ruth e insistirle en que le consiguiera un reloj
como el de Andrés. El viejo sudaba y miraba de reojo a Sara
como si se avergonzara de que ella escuchara lo que él le
decía a Ruth, pero a la misma vez como si no le importara.
Él sólo deseaba obtener un reloj como el de Andrés.
—Hay veces que conviene más vender que comprar
—le dijo Ruth al viejo.
—¿Qué me quiere decir? Explíquese, Ruth—
suplicó el viejo, aún sin soltarle las manos.
—Exactamente lo que le dije, ¿no es así mi niña?
—dijo dirigiéndose a Sara, quien, sin soltar la muñeca
negra, ahora estaba ensimismada con una pipa de cristal—.
Hay veces que conviene más vender que comprar.
—Eso depende —contestó Sara.
—Ve. Ya la escuchó. Eso depende, dijo —aseveró
el viejo.
Ruth se soltó de las manos del viejo.
—Linda cadena. ¿De quién es la foto que está en

165
el medallón? —le dijo al viejo.
—Es Luisa, mi esposa, que en paz descanse.
—Hay veces que conviene más vender que
comprar.
—¿El medallón? ¡Nunca! Lo siento, Ruth, pero
no tengo intención de venderlo.
—¿La amabas mucho, no?
—Este medallón me lo regaló ella cuando tenía 16
años y su padre no quería que nos casáramos. Siempre lo
llevo conmigo. Es mi único recuerdo de ella.
—¿El único?
—Bueno, no el único-único, sino el único que
me queda.
—¿El único que le queda?
—No estamos hablando de lo mismo —dijo el
viejo, comenzando a incomodarse.
—El recuerdo esencial queda cuando una persona
vive en uno, cuando la hacemos inmortal en nosotros,
porque eso hace que la persona nunca se vaya, ¿no? Pero
una foto en un medallón no debe ser peso en la memoria.
El medallón se puede perder o nos lo pueden robar, o
simplemente se puede romper. Has envejecido viviendo
de recuerdos inútiles. ¿Cuánto hace que ella murió?
—Veinte años... —respondió cabizbajo el viejo.
—Veinte años... viviendo del pasado, que no es lo
mismo que mantener vivo un recuerdo. Vivir del pasado
que ya no volverá te hace viejo. Te mata, porque ya no
progresas en el tiempo y el tiempo te traga. Mantener vivo
un recuerdo te hace grande, te regenera, te enseña, te hace
progresar en el tiempo porque es parte vital de lo que eres
en el presente y lo que serás en el futuro. Hay veces que

166
conviene más vender que comprar.
El viejo de pronto entendió todo, se quitó la
cadena y la colocó sobre el mostrador. Una lágrima hialina
se deslizó por los surcos en su rostro hasta llegar al mentón y
aventarse en caída precipitada sobre la foto en el medallón,
la cual parecía que lo miraba y le sonreía. Ruth sacó de
su libreta de debientes unos cuantos billetes que hacían de
marcadores de página y se los entregó. El viejo los tomó
cabizbajo y preguntó:
—¿Y ahora qué?
—¿Ahora? Ahora vas a comenzar a vivir de lo que
te diga el corazón —le dijo Ruth, y le dio una flor de papel
crepé color magenta, que de pronto comenzó a sudar una
luz rosada, mientras sus pétalos se articulaban como olas
de una mar de sangre pálida, y se abrió en las manos del
viejo como el comenzar de un nuevo día.
Enmudecido, nervioso y temeroso, el viejo salió
lentamente del lugar, sin poder ni siquiera dar las gracias.

El buscapersonas de Sara comenzó a retiñir nuevamente.


Llamar a Jones a la oficina, urgía. Sara apagó el grillete
electrónico y se acercó a Ruth con trastornados latidos
que querían reventarle por el pecho. Miraba dudosa la
pantalla del buscapersonas, y luego miraba a Ruth, como
quien no sabe qué hacer. Sara quería decir tantas cosas que
las palabras se le quedaban enredadas unas con otras en su
lengua. No podía creer lo que había visto. Ruth tan sólo
siguió haciendo flores de papel.
—¿Ya encontró algo que le interese?
Sara estaba sobrecog ida ante lo que había
presenciado.

167
—Sí. . . eh, la pipa de cristal — dijo, tratando de
parecer poco impresionada.
—Es una pipa Tibetana.
—¿Cómo llegó aquí?
—Como llega todo. Funciona con agua bendita. Es
para comunicarse con los muertos. Viertes el agua bendita,
soplas por la boquilla, haces una burbuja y dentro de ella
aparecerá el espíritu de quien desees contactar. Puedes
tener una conversación y todo eso. ¿Quieres probar?
—No. ¿Por casualidad no tiene cubitos de hielo
del témpano que hundió el Titanic?— preguntó Sara con
sumo cinismo.
—Ya encontraron su dueño— contestó Ruth,
como si le hubiesen preguntado qué día es hoy.
—Me traga un hipopótamo.
—Tengo una pirámide egipcia que trae suerte. En
su interior contiene arena genuina del Sahara. Transmite
el poder de los faraones, por si le interesa.
Sara tragaba en seco.
—¿Y la muñeca? Me interesa esta muñeca
—preguntó, a la vez que la atesoraba contra su pecho.
—Es sólo, pues, una muñeca. Es todo lo que
puedo decirle.
—¿Podría. . .? ¿Podría usted. . .? Oh, Dios mío,
¿podría usted explicarme qué sucede aquí?
—Nada que nadie no pueda lograr.
Sara se acercó al mostrador.
—Pero la flor. . . la flor. . . la flor se volvió real. . .
—Qué maravillas puede lograr la voluntad del ser
humano, ¿eh?
—La flor. . . y el viejo. . . ¿qué quería el viejo?

168
—El viejo Camilo quería un reloj como el de
Andrés: un reloj con un aparente desperfecto que hacía que
las manecillas giraran en reversa.
—¿Y?
—Pues, hacía que quien lo poseyera volviese a ser
joven.
—¿Y el tal Andrés se volvió joven?
—Las flores de papel se convierten en flores reales,
¿no?
—Lo de las flores pudo ser truco, pero lo del reloj
con manecillas que caminan en reversa . . . pudiese ser una
espléndida mentira— reaccionó Sara con su facultativo
proceder matemático: nada de esto podía estar pasando—.
Y, si no es mucho atrevimiento, ¿se podría saber de dónde
obtuvo el reloj?
—¿Atrevimiento? Pero, hija, si ya me acusaste de
estafadora.
Sara se avergonzó. Se sintió como hostia en misa
judía.
—Me lo trajo un niño —confesó Ruth, devolviendo
la atención a sus manualidades—. Sólo me dijo que ya no
lo necesitaba más. Y me lo dejó.
Ruth miró a Sara y le sonr ió tier namente—
maternalmente— una sonrisa mitigadora— una sonrisa
centrípeta— de cierta luz voluble que hacía los labios
de Sara trepidar como quien comienza a temer a algo
superior, mas aun desconocido— mientras lentos gemidos
entrecortados comenzaban a deterger el monto de días
pasados— días, como ella los catalogaba, de menos
suerte— días de búsqueda— días sin días— días sórdidos
y sin sentido— días donde lo único tibio que sentía era del

169
cuerpo de su gato Mauricio— días sin signos diacríticos—
días donde las cosas parecían amasarse como un pan sin
levadura y que nunca se hornea— días sin sentir más allá
de su sexo y sus labios y su piel de sol— días donde de
pronto era todo cascarón y nada de yema ni clara— y si los
encubaba, bien sabría que nada obtendría— nada— tan
sólo eso— nada.
Un tercer mensaje llegó al buscapersonas:
Jones está aquí molesto y esperándote.
Sara se desesperó. Sintió manos de pensamientos
atraparla por el cuello y una urgencia de salir de allí, cual si se
estuviese asfixiando— como quien busca desesperadamente
cualquier trazo de oxígeno en la atmósfera. Corrió hacia
la calle casi desértica y se encontró con la pared de bruma.
Miró a ambos lados de la acera. Nadie caminaba por allí,
excepto una niña que apareció como si la niebla la hubiese
engendrado. La niña abrazó el poste de un farol eléctrico
que estaba encendido a causa de la niebla. Sara se encontró
con los ojos de la niña— una niña de rostro sucio, calzando
unas bastante estropeadas Converse All-Star de canvas rosado,
traje corto no tanto por el sentido de la moda como por los
indicios de que había crecido mucho últimamente, y con
el dedo pulgar en la boca. Sara sintió sus ojos nublarse de
lágrimas. Había visto algo familiar en aquellos ojos.
—Su muñeca es linda —dijo la niña.
—¿Eh?
Sara levantó la mano y entonces notó que aún
estaba aferrada a la muñeca negra.
Sintió entonces unos deseos incontenibles de
llorar y llorar hasta que el universo completo se tornase
de agua. Un segundo diluvio universal. Una redención

170
de todo lo que había callado por años y años— años
de convencionalismos crasos y actitudes garrafales que
desembocaban en la ribera de un gran vacío— un vacío
que la llenaba— un vacío que la colmaba— un vacío
arrogante— ciego— incapaz de admitirse a sí mismo
como la reducción de todo a nada— y allí, con la muñeca
negra en la mano y la niña frente a ella admirando el
juguete, se arrodilló en la acera de concreto agrietado por
las miles de pisadas solitarias y escupitajos y lluvia y sol y
sereno y miles de otras lágrimas de soledad, de frustración y
de hambre que llevaban quebrándose por años en el pueblo
de eterno septiembre— y le ofreció a la niña el humilde
juguete.
—Tuya. Es tuya.
—¡Sara! —se escuchó una voz con acento llamar
de detrás de la niebla.
—Gracias —le dijo la niña. Luego le depositó un
beso en la mejilla y salió corriendo para internarse en la
densa niebla.
Sara se desahogó un rato más, hasta que sintió la
puerta del “5 y 10” de Ruth cerrarse con llave. Al tornarse
en dirección a ésta, Sara se encontró de rodillas ante Ruth.
Tomándole la mano, dijo:
—Le regalé la muñeca a la niña —dijo Sara entre
lágrimas. ¿Cuánto le debo?
—Nada, Sara, nada. A veces hay que dar para
recibir.
Sorprendida, Sara le cuestionó:
—¿Y cómo sabe mi nombre?
—Sólo hay un artículo de cada cosa.
Ruth le dio dos palmadas en el reverso de la mano

171
a Sara, y se marchó arrastrando sus pasos y adentrándose
en la bruma, cual si ésta se la tragara.
Sara extrajo el celular de su cartera y llamó a la
oficina.
—¿Merce? —preguntó entre sollozos—. Merce,
soy yo. Sí, estoy bien. Dígale a Jones que no podré verlo.
Claro que sé lo que digo. Sí, todo está bien. Por eso es que
no deseo verlo hoy. Es más, dígale que siento lo de Reny,
y que se busque otra gerente de mercadotecnia. Bye.
La mirada de Sara se elevó para buscar el cielo. Una
franja amarilla abría como una navaja de luz a la densa niebla
y Sara se sintió emerger entre una huerta de esqueletos
hasta sentirle la piel a su propia sonrisa. Desfondó su
verticalidad hasta tocarse a sí misma y hacerse lucero de
muchas preguntas sin respuesta que habían desfilado como
una caravana muda a lo largo de sus momentos de silencio,
y ahora sólo le faltaba conocer si sería capaz da dar lo que
nunca había recibido. La niebla la llamó como un amante
que recibía a Sara en las sombras.

172
Karma erróneo

C erré mis ojos para soñar olas de mar que se entretejen


unas con otras y forman una espuma tan abundante
que parecería un cúmulo de nubes. El sol palidecía sobre
un cielo añil y sin nubes, y la dorada arena de alguna manera
me daba la impresión de que el reloj de arena del padre
tiempo se había quebrado y que allí estaba yo, sobre ella—
sin tiempo— o siendo el tiempo mismo. De pronto, una
voz se escuchó por allá por las palmeras que se asomaban
por una esquina de mi paisaje y contradijo lo que ante mis
ojos se desplegaba.
—El cielo está verde —dijo—. O verde grisáceo,
mejor.
Puerto Rico: the Shining Star of the Caribbean, decía
mi paisaje, adherido a una de las vitrinas de cristal, al
lado de los pósters alusivos a “Cárcel de mujeres”, “Las
Aventuras de Gulliver” y “Star Trek” que adornaban el
“Manolo’s Video Club”.
Louie, sujetando un cigarrillo entre sus labios y
recostado del marco de la puerta de entrada, se pasó ambas
manos por su pelo de cafetal para recogerlo en una cola
de caballo. Sus ojos de cacao se ampliaban y se encogían,
mientras sus mejillas pálidas y ásperas se contraían como
si su lengua nadara en vinagre — un lenguaje no verbal
que decodifiqué en aquel instante— el lenguaje de la
decepción cuando se piensa que uno ya ha visto todo, y
que ya nada es sorpresa y que la vida te besa en la mejilla
con su tedio.
—Este pueblo es más lento que una caravana de

173
cojos. Hagamos algo distinto, ¿qué te parece? —dijo
Louie—. Mejor vamos a arrebatarnos, a joder, a beber.
¡Vamos a buscar mujeres!
—Eso no es nada de distinto. Aquí todo el mundo
se arrebata o se emborracha o busca mujeres. Y hasta
hombres.
—En tiempos de guerra, cualquier hueco es
trinchera.
—O todas las anter iores —continué—. ¿Te
acuerdas de esos exámenes que nos daban en la escuela, en
dónde te ofrecían cuatro posibles contestaciones y después,
para joderte, la última siempre era “todas las anteriores”
o “ninguna de las anteriores”? Pues así es la cosa en este
pueblo. Todas las anteriores o ninguna de ellas.
—Creo que tenemos un karma erróneo —dijo
pensativo. Luego, colocó sus manos sobre su boca a manera
de megáfono y gritó—: ¡Hey! ¡Alguien allá arriba! ¡Este
es el pueblo equivocado!
Su voz se perdió entre la exigua niebla.
Miré a través de la vitrina, desde mi silla detrás
del mostrador, y vi que Louie tenía razón. El cielo
estaba verde grisáceo. Y a juzgar por los árboles, el
aire no soplaba. Sólo se escuchaba el coloquio del río
reventándose piedras abajo y país arriba hasta perderse por
la cordillera y encontrar su norte— su Atlántico maternal
y abarcador— algo mayor, engendrado de su misma
sustancia y que lo esperaría como el destino acertado de un
paquete de correos que viene desde muy lejos. Tampoco
había gente ni automóviles transitando en la calle. Y lo
que era peor, nadie había pisado la tienda. Eso sí era para
sorprenderse porque el vídeo club no era un simple vídeo

174
club; éramos los arrendadores de sueños en el pueblo del
Gigante Dormido, quien, según dice la leyenda, se postró
un día en los límites del pueblo para subsanar una guerra
entre dos émulas tribus indígenas y se quedó, pues, así—
dormido, y logró la paz entre las tribus, pero sentó un mal
precedente. Sí, señor, porque la gente al parecer, emulaba
al gigante en su sueño eterno.
Para mí, soñar era difícil, porque pasaba más
tiempo cuestionándome quién era, de dónde venía y a
dónde iba, lo que innegablemente se traducía en un qué
quiero ser. La mayor parte de las veces configuraba esas
interrogantes en forma de historias que, a fin de cuentas,
nadie leía porque los que tenían la capacidad de hacerlo
no lo hacían, y, además, nunca había publicado nada. No
podía evitar dejar mi mirada adentrarse en aquella niebla
de septiembre— niebla sibilina y descosida— y pensarme
gordo y panzón, acompañado por una esposa e hijos,
en la sala azul de mi casa, frente al televisor que sería la
compuerta siempre abierta hacia lugares más lejos de estas
montañas benditas— enajenándome por un rato en “Planet
of the Apes”, “Love Story”, “Moby Dick”, o algún filme de
Bruce Lee. Entonces la visión se tornaba en alucinación
insana y por eso creo que me daban ataques de insomnio
y comenzaba a escribir y escribir hasta que me desbocaba
exhausto sobre el manuscrito. Luego, la depresión: ¿para
quién escribir? Si tan sólo las palabras tuviesen alas y me
llevaran lejos de aquel santuario de quietudes.
El caso de Louie era que su karma había salido
con franqueo insuficiente y lo más lejos que había podido
llegar era a este pueblo, que es bastante decir, y todo lo que
aspiraba Louie era cambiar la palangana de luciérnagas del

175
cielo adjunteño por las luces direccionales de un estudio de
televisión. Él había trascendido eso de que la vida es una
tómbola. Él decía, a manera de un Shakespeare venido a
menos, que el mundo no era un escenario, sino que era un
gran “Show de las Doce”, donde el Gran Productor había
ideado una manera de hacernos ganar, perder, participar,
ser espectadores, reír y llorar, todo con la precisión de una
aguja hipodérmica en las venas de un junky vespertino y
que espera el otro día con ansias de dejarse calentar por esa
fiebre que se apodera de su cuerpo, y volver a sintonizarse,
y así hacer lo mismo al otro día, y al otro, y al otro después
del otro, esperando que un día extraigan de la tómbola
esa carta que enviamos con una etiqueta de habichuelas
coloradas, y que la ruleta gire y se detenga justamente en
esa etiqueta melliza de la nuestra y entonces nos lleve a ese
gran Jack Pot que nos traerá hornos microondas, y estufas,
y neveras, y mucho dinero que nos engordará la suerte.
Louie estaba seguro que podría ser mejor que Don
Francisco, si al menos, como decía la letra de “Piano Man”,
ese clásico de Billy Joel, pudiese salir de este lugar.
Pero mientras tanto, sólo éramos dos dependientes
en el “Manolo’s Video Club”.
—Esto es un karma erróneo —insistía Louie.
—Ya deja de quejarte.
—Ese es el problema. Todo el mundo se aqueja
pero nadie se queja. Yo no voy a conformarme.
—No es conformarse. Es aceptar.
—Si serás cabeza-hueca. Apuesto que cuando
te dan jaquecas, te atiendes el dolor con una tortilla de
aspirinas.
—¿Y qué vas a hacer, dime?

176
—Oye, ¿por qué tienes que cuestionar las cosas
que tienen que ser porque tienen que ser?
— Yo v i n e p a r a p re g u n t a r, d i c e S i l v i o
Rodríguez.
—Silvio que le pregunte a quien quiera. Tú eres
Ricardo. Ricardo, de Adjuntas. Oye, si te confieso algo,
¿prometes no decirlo a nadie?
—¿A quién se lo voy a contar?
—¿Es eso una pregunta o una afir mación
implícita?
—Ambas.
—Bueno, no importa. Mira anoche llegó este
gnomo con sus orejas alargadas como Mister Spock y todo
y. . .
—Creo que estás viendo demasiadas películas de
esta video-tienda.
—No son películas. Son sueños. Pero la cosa es
que llegó el gnomo con orejas de Mister Spock y su gnosis
y todo me dijo que más allá de las montañas había vida.
Luego de quedarme mirando a Louie por un rato,
no pude evitar reírme. Me pregunté qué tipo de mezcla
letal habría ingerido esta vez— no sé, té de hongos, o
tal vez té de campanas, acompañado por alguna píldora de
mezcalina, marijuana y tequila Sauza, Ron Barrilito, o ron
de caña. O todas las anteriores. La cosa es que aquello del
gnomo sólo podía ser producto de una mente demencial o
de una mente beata.
—¿No comprendes, Ricardo? Hay vida después
de estos montes.
—¿Y qué me quieres decir con eso?
—A la verdad que bregar contigo es como bailar

177
con dos pies izquierdos. Chico, que nos montemos en el
auto y salgamos a comprobar si es verdad.
—Estás loco. En Puerto Rico uno conduce por
dos horas y llega al mar y se acaba la tierra. No hay más
a dónde ir.
—Pero hay miles de suspiros que hay que ir
recogiendo por ahí.
—¿Para qué recoger suspiros?
—Esa será nuestra vocación caníbal, Ricardo. Nos
alimentaremos de la gente.
—¿Y qué sacamos con eso?
—¿Qué sacamos con eso? Ser más monumental
que la vida. Eso es lo que sacamos.
—¿Para qué quiero ser más monumental que la vida
en un pueblo donde no ocurren muchas cosas?
—Y dale con el interrogatorio. ¿Qué es esto?
¿Mayéutica? Por eso es que hay que salir en esa expedición,
Ricardo. Estoy seguro que el gnomo me visitó por alguna
razón superior. Y no preguntes cuál es esa razón, porque
eso es una de esas cosas que son como son porque son así.
¿Qué me dices?
Pensé. No tenía nada que perder. No había
negocio aquella tarde y en la noche sería peor. Era como
si la niebla se hubiese tragado a la gente. Así que, luego
de cerrar el local, nos subimos al estupendo Malibu Classic
de Louie, nos detuvimos en el liquor store a abastecernos
de ron, cervezas y maní, por si nos daba hambre.
Partimos carretera número 10 abajo, hasta llegar a
Ponce y luego tomar la autopista en dirección a San Juan.
La gran ciudad nos esperaba.
—Tú y yo pertenecemos a la gran urbe —me decía

178
Louie, mientras Rubén Blades entonaba “Plástico” en la
radio—. Somos ovejas descarriadas de esa gran demencia
cosmopolita.
Louie conocía la capital, porque había vivido
durante algún tiempo en Río Piedras y en Santurce. Mi
guía había recorrido la seca y la meca y tenía más millaje
que un dólar viejo. Por mi parte, yo jamás había estado en
San Juan, pero la aventura me desollaba las ganas de vivir
un poco fuera de los límites que me habían impuesto desde
pequeño. Así, me sentía que por fin me dirigía a mi tierra
de miel y leche.
Durante el trayecto fuimos acompañados por unas
insinuaciones de bruma que hacían ver la luna como si
estuviese fuera de foco, y a las estrellas como si fuesen
luceros de gas. Louie decía que esos eran las esperanzas
desechadas de la gente, las cuales al perderse se gasificaban
y se quedaban errantes como almas en pena, viajando
lustros y milenios hasta encontrar otro tiempo en otro plano
de vida. Yo le refuté y le dije que eran sueños con insomnio.
A él le dio lo mismo lo que yo pensara. En el resto del
camino bebimos, fumamos, charlamos, compartimos la
mezcalina, y escuchamos música por casi dos horas hasta
que vimos las garitas de hierro y el letrero que decía,
“Bienvenido a San Juan”.
Un manto de estrellas artificiales y anuncios
comerciales nos recibió a lo largo de todo San Juan y
Santurce entre la espesa bruma que, daba la impresión,
nos había seguido desde Adjuntas. Un extraño frío se alojó
debajo de mi corazón, y lo primero que pensé fue que al
fin vería mi mar con sus olas entretejiéndose en una orgía
de espuma.

179
Tamaña decepción.
Rondamos Hato Rey, Río Piedras, Santurce,
Condado y el Viejo San Juan, y todo lo que encontramos
fue a uno que otro transeúnte que daba la impresión
de flotar por las desérticas aceras. San Juan parecía una
ciudad fantasma, invadida por automobiles que aparecían
esporádicamente entre la fantasmagórica bruma. Tanto
viajar para conocer el ambiente de la ciudad y ahora lo que
encontraba era un sueño vago.
En lo alto en un edificio, un anuncio comercial
parecía la antítesis escénica de todo lo que veíamos: “El
Citi nunca duerme”. Dudé su veracidad por un momento.
No obstante, Louie y yo, cual viajeros en el tiempo tras una
llamarada de ilusiones— buscando un norte— buscando
el camino de regreso al sol en una noche de densa bruma,
decidimos que lo mejor era seguir la carretera hasta donde
terminaba la tierra, y así lo hicimos.
No sé cuantos semáforos en rojo rebasamos.
Total, ni siquiera había policía que nos detuviesen. La
cosa es que continuamos como en una anarquía amnésica
hasta que llegamos a El Último Trolley, en Ocean Park, y
detuvimos el auto frente al mar.
El alcohol, luego de tantas vueltas y sin llegar
a ningún sitio, se asentaba en nuestras venas. Nos
preguntábamos si el vacío de la ciudad se debía a una
maldición que tomaba forma de bruma, o si esta era un mero
producto de tantas mentes confundidas colectivamente—
todas al unísono en un sólo pensamiento de ambivalencia,
de incertidumbre, de a-dónde-voy, imaginando el cielo
oscuro como un enigma y salpicado de pecas de plata—
espectáculo el cual, hasta entonces, sólo podía ser un

180
pensamiento porque la bruma lo arropaba todo.
Louie y yo nos bajamos del auto en silencio y nos
sentamos entre la arena y el muro que separaba a la carretera
de la playa. En la lejanía, un mosaico de sirenas ocasionales
y ruidos de aviones buscando cómo aterrizar hacían música
de fondo.
—Salud, Ricardo —dijo Louie, levantando la botella
de Palo Viejo envuelta en una funda de papel amarillento,
como el color de un sol viejo y contaminado.
Me pasó la botella.
—Salud —y tomé como si fuera el ritual de una
hermandad no acordada—. ¿Sabes? Esta ciudad es un
fraude.
—Ah, no te preocupes, Ricardo, que todo se debe
a la envidiosa bruma que nos siguió desde Adjuntas sin que
la invitáramos.
—Yo que quería ver algo de acción.
—¿Qué te hizo venir hasta este planeta? —preguntó
Louie.
—¿Qué?
—¿Qué te hizo venir hasta este planeta?
—¿Qué tiene que ver eso con lo que estamos
hablando?
—Nada, pero al menos le cambia el ritmo a la
conversación. A ver. ¿Qué te hizo venir a este planeta?
—Creo que la pregunta debe ser quién te hizo venir
a este cementerio de aburrimientos.
—Bueno, pero la culpa la tiene el gnomo. Además,
estoy hablando en sentido general. Pero ya que lo
mencionas, esto es otro mundo, ¿no? San Juan, digo.
—Sí.

181
—¿Qué te hizo venir a este planeta?
Tomé otro trago, esta vez uno largo y extendido, y
fluyente por mi tráquea, como si fuera agua de infierno.
—Pues a parte de haberle hecho caso a una idea
que tuviste, no sé —dije.
—Pero querías escapar de algo, ¿no? Eso es lo que
quiero saber.
—Qué sé yo. A veces miro a mi alrededor, a mi
familia en particular, y me pregunto si en realidad estoy
viviendo o qué. A lo mejor me he muerto y no me he
dado cuenta, porque, a juzgar por mi familia, ellos son,
como dijo mi hermana mayor un día, muertos en vida.
—Ya veo —dijo Louie quitándome la botella. Era
su turno.
—Mira, ¿qué harías tú si una vez tuvieras todo,
incluyendo la felicidad, y de pronto tu padre deshiciera
poco a poco todo lo que te han construido, hasta el punto
en que te quita el pan de la boca para dejarte huérfano
de carne, alma y tripas? ¿Qué harías si vieras a tu madre
consumirse como una flor que transplantan de un jardín a
una grieta en una pared larga y ancha y gris y estéril? Y
luego la ves ensimismarse en sus pétalos ajados de tristeza,
sacudida por un amor tan grande y tan grande por su
humillante jardinero, que no le importa morirse entre
la grieta— jardinero que se ha ido a atender otro jardín,
llevándose todo— risas, alegrías, ganas de vivir— todo.
¿Qué harías, Louie? ¿Qué harías si tu padre es de pronto
un extraño— el dador de tu sangre— la mitad de tu carne,
un extraño— un inquisidor— verdugo— asesino de
sonrisas— dios de sufrimientos y soledades? ¿Qué harías
si tu padre nunca te hubiese dicho nada que no fueran

182
insultos, o humillaciones, como si te envidiara? Imagínate
una envidia tan mortal que la llevas en la sangre— envidiar
tu propia sangre porque ya no la llevas entre tus maceradas
venas— una envidia tan egoísta que no soporta que exista
sangre de su sangre en otro cuerpo más joven— inocente—
empapado de felicidad— una felicidad que sabes no podrás
recuperar porque sencillamente no puedes— no sabes
como hacerlo— y el último recurso es hacer infeliz a esa
sangre tuya que ahora fluye en otro cuerpo— que es parte
de tu cuerpo y no lo quieres aceptar. Dime, Louie, ¿qué
harías?
Louie se había paralizado escuchándome hablar.
—Hablas bien —dijo—. Bien no es la palabra.
Hablas. . . hablas. . . no me tomes a mal, pero hablas lindo.
Hablas tan hermoso que hasta me estremezco y ahora lo
que siento son ganas de llorar. Hablas tan hermoso que
hasta me das miedo.
—Yo no te doy miedo, Louie. Te temes a ti mismo.
Es todo. Pero, dime. ¿Qué harías?
—No sé.
—Es real, Louie, es real.
—Real —dijo y tomó de la botella. Tragó y se
limpió los labios con el reverso de su mano—. Real.
Es gracioso el que ya no tenga sentido de lo que es real,
¿verdad? Digo, real era mi pobreza, mi hambre, mis
catorce hermanos viviendo como chinches, unos encima
de otros. Pero era demasiado increíble para ser real.
—¿Es esa tu historia, no?
—Sí. Mi padre era hombre trabajador. Nunca fue
a la escuela. Ni siquiera sabía escribir. Todo lo conocía era
la caña. Wow. El cañaveral era su amigo; su otro yo; el

183
cañaveral era él mismo. A veces, cuando lo esperábamos en
las tardes frente a casa, con su machete y su piel quemada
por el sol, se le veía sonreír a larga distancia, porque sus
dientes sardónicos contrastaban con su piel. Pero, my God,
aquella sonrisa podía distinguirse entre mil sonrisas. Y los
domingos, cuando no trabajaba, se sentaba con su taza de
café a mirar el horizonte y a dejar que sus pensamientos se
perdieran en la brisa. Yo sabía que se estaba comunicando
con su cañaveral, porque, aparte de mi madre y mis catorce
hermanos, no tenía nada más en el mundo. Sin embargo,
era tan feliz. Y nos hacía felices. Los viernes eran días
especiales, porque nos traía dulces baratos que peleábamos
por compartir. Claro, eso era durante los meses que había
zafra— porque cuando no había, solíamos morder el polvo,
¿sabes? Recuerdo que él solía llevarme de la mano hasta
el terreno depilado de caña— así, árido y seco, y con
sus manos tocaba la tierra como si le estuviese acariciando.
Y yo volaba chiringas mientras él sólo se quedaba allí,
sentado, como si se hubiese decidido a esperar a que la
caña creciera de nuevo. Y así era hasta la próxima zafra.
Pero cuando fueron llegando las farmacéuticas a comerse la
tierra, se quedó sin amigo— y sin trabajo. Fue entonces
que decidió hacer las maletas e irse a los Estados Unidos.
—¿Dónde vive?
—Ya no vive. Se murió de nostalgia. Nunca
consiguió trabajo porque no sabía inglés y no sabía hacer
otra cosa que cortar caña. Entonces, se murió de nada.
—¿Y tus otros hermanos?
—Pues las mujeres se casaron y están por ahí
esparcidas. Mi hermano mayor fue el primero que encontró
empleo. Trabajó limpiando desperdicios tóxicos en un

184
hospital y duró menos de dos años en el trabajo. Se murió
de algo extraño que contrajo. Otros hermanos míos se
devolvieron a Puerto Rico y otros deben estar por ahí
dando tumbes.
—¿Y tu madre?
—Ella vive. Se mudó con una hermana a Brooklyn
y creo que se la pasa el día orando con una Biblia en la
mano.
—¿Crees?
—Sí. Creo. Digo creo porque ya ni la visito ni ella
quiere saber de mí. Dice que ella no crió hijos drogadictos.
Ja. Y que drogadicto yo.
Y tomó de la botella.
Miré el cielo de bruma insondable y me pareció
tan cercano— y tan inconexo. Le quité la botella a Louie
y me di otro largo sorbo, hasta el punto que inundó mi
boca y se vertió por los bordes de mis labios.
—El chichón es como el puño —agregó Louie.
Cerré mis ojos para soñar olas de mar entretejiéndose
unas con otras, formando una espuma tan abundante que
parecía un cúmulo de nubes. El sol se esparcía sobre un
cielo añil y sin nubes, y la dorada arena de alguna manera
me daba la impresión de que el reloj de arena del padre
tiempo se había quebrado y que allí estaba yo, sobre ella—
sin tiempo— o siendo el tiempo mismo— cuando una
voz se escuchó por allá por las palmeras que se asomaban
por una esquina de mi paisaje y contradijo lo que ante mis
ojos se desplegaba.
—¿El chichón es como el puño? —dijo la voz que
salió de la oscuridad como un gusano de aire.
Se abrió amplia y contundente en nuestros tímpanos.

185
De detrás del muro en el cual estabamos sentados, entre la
densa nada que nos circundaba, salieron dos vagabundos
sucios, en abigarradas vestimentas percudidas por el polvo,
el tiempo y el smog. Uno de ellos, el más bajo y regordete,
portaba un estómago de vaca tan inflado que delataba que
estaba lleno de algún tipo de licor en su interior. El más
alto y flaco, de figura enjuta y triste, llevaba sobre su cabeza
un tipo de casco o bacía quijotesca y un palo de mapo
industrial en la mano.
—¿Quiénes son estos? —preguntó el deambulante
alto de complexión recia con actitud arrogante.
—Son dos cuentistas, señor —dijo el gordo bajito.
Luego, dirigiéndose a mí y a Louie, dijo—: ¿Sucedió
qué?
—Me niego a hablarle a estos señores —dijo el
deambulante alto.
—Paréceme, señor mío, que sin duda usted no sabe
quiénes son estos señores— le dijo el deambulante bajo.
—Pues tienes mucha razón, Pancho. Y también
tienes la culpa, por no habérmelos presentado.
—¿Qué? ¿Acaso fui yo el del juramento? —dijo el
gordo.
—No importa que no hayas jurado nada. ¿Cuánto
queda en la alforja?
—Nada. Ni un penny.
Louie y yo nos miramos. Los dos personajes
ciertamente parecían escapados de alguna imaginación
insana. Se veían maltratados y hambrientos. Parecían el
uno tan disímil del otro, y sin embargo eran como las dos
mitades de un entero. El deambulante alto no nos miró ni
un sólo segundo. Mantenía su mentón en alto y su cuerpo

186
erguido se apoyaba del palo de mapo industrial. Pancho,
mientras tanto, abría la vejiga de vaca para tomar de su
contenido. Muy gentilmente nos ofreció, pero tanto
Louie como yo rehusamos. El deambulante alto le atisbó
una mirada pesada y fustigadora.
—¿Qué haces? —le preguntó a Pancho.
—Ofrezco vino a los cuentistas.
—No son cuentistas; son fantasmas.
Pancho, como sacudido por un relámpago de
códigos, quedó como muerto. El vino corrió como sangre
por sus labios hasta caer sobre su pecho. Temblaba como
gelatina.
—Sin duda, Pancho, esta es otra peligrosísima
aventura donde será necesario que yo demuestre todo mi
valor y esfuerzo— aseveró el hombre flaco.
—Desdichado de mí —dijo Pancho.
—No somos fantasmas —dijo Louie.
—No hagas caso a los cantos de sirena, Pancho
—dijo el deambulante alto.
—Tampoco somos sirenas —aclaró Louie.
—Por más fantasmas que sean, no permitiré que
toquen un hilo de nuestra ropa. Es más, no creeremos en
sus cuentos.
—Son fantasmas cuentistas —dijo Pancho.
—Estos tipos andan mal de la cabeza —le dije a
Louie.
—Mi bien ponderado fantasma, no se anda con la
cabeza y sí con los pies. ¿Ves lo que te digo, Pancho? Ni
siquiera hablan como nosotros, aunque ciertamente nos
entendemos.
Tomando la botella que descansaba entre mis

187
piernas, le ofrecí un trago al caballero alto de figura triste,
apuntando con el cuello de la botella en su dirección.
—¡Atrás! —reaccionó el hombre, apartando a
Pancho con su mano izquierda en un gesto de protección—.
¡Tiene un arma cósmica! Oh, te lo digo Pancho, son
fantasmas emisarios de la muerte y vienen tras nosotros.
—Un momento —dije—. Nosotros no fuimos a
ustedes; ustedes vinieron a nosotros.
—Es verdad, don Alonso; vinimos a escuchar el
final del relato de ellos —dijo Pancho.
—Ciertamente te estas dejando amodorrar por sus
palabras. Oh, Pancho, tendré que tomar represalias contra
ellos.
Habiendo dicho esto, intenté aclararle que
estábamos allí pasando una borrachera y que la botella no
era un arma cósmica, y que mi gesto no había sido en
actitud agresiva y, por el contrario, un gesto de hermandad
entre similares, pero no me dejó terminar. Con el grueso
palo de mapo industrial arremetió contra nosotros, quienes,
de haberlo querido, le hubiésemos desposeído del palo,
pero, sospechando la deficiencia mental de don Alonso, no
quisimos— y mientras nos golpeaba Louie reía a carcajadas,
y don Alonso le decía a Pancho que observara como
reíamos— que disfrutábamos del castigo porque éramos
diabólicos. No obstante, las risas cesaron a medida que la
golpiza se hizo más contundente, dejándonos tirados en el
suelo y con todos los huesos adoloridos.
—¿Quién diablos los ha traído por aquí? —gritó
don Alonso.
—Mi puta suerte —replicó Louie.
—Pues un sortilegio peor te espera —indicó

188
don Alonso, mientras Pancho rebuscaba en nuestros
bolsillos desposeyéndonos de cuanto dinero, monedas y
cigarrillos encontraba. Luego don Alonso se dirigió a mí,
punzándome el estómago con su palo de mapo industrial—:
Y tú, poeta sin musa, todavía tienes mucho que vivir para
escribir. Tengo un mensaje del Dios de los cielos para
ti: el camino es largo y aún tienes mucho que recorrer.
Recuérdame como aquel que ha visto al tiempo pasar
del hierro al oro, al platino, al petróleo y al silicón. Y nos
encontraremos nuevamente, niño, nos encontraremos.
—¿Dios?— intervino Louie—. ¿Dios, dice? ¿Esta
paliza fue un mensaje de Dios? ¿Ves, Ricardo? Yo lo sabía.
Esto es un Karma erróneo —dijo Louie, y enterró su cara
en la arena.
Pancho recogió la botella de Palo Viejo y se bebió
lo que quedaba de su contenido. Don Alonso se acomodó
el palo de mapo industrial entre la soga que fungía como
correa y su pantalón marrón, y se persignó. Luego, con
mi visión nublada por el alcohol y los alucinógenos y el
atolondramiento a causa de la paliza, los vi alejarse, uno
al lado del otro, caminando a paso normal, dos figuras que
iban tornándose en espejismo, perdiéndose en el horizonte
oscuro, y dejándome la sensación de haberlos conocido
antes.
En la lejanía, un mosaico de sirenas y ruidos de
aviones arando la oscuridad del cielo de bruma hacían
música de fondo. Haciendo un afligido esfuerzo, tendí mi
cuerpo con mi espalda paralela a la acera que se extendía
al filo de la playa. La bruma aún estaba allí. Arriba,
imaginaba, el cielo debía estar oscuro como un enigma
y salpicado de pecas de plata. Dejé caer la cabeza como

189
si fuera un planeta cansado de girar y decidiera inclinar
su elíptica para descansar un rato de su órbita. Cerré
mis ojos para soñar olas de mar entretejiéndose unas con
otras, formando una espuma tan abundante que parecía
un cúmulo de nubes, y el sol se esparcía sobre un cielo
añil y sin nubes, y la dorada arena de alguna manera me
daba la impresión de que el reloj de arena del padre tiempo
se había quebrado y que allí estaba yo, sobre ella— sin
tiempo— o siendo el tiempo mismo— deseando pulular
en el más profundo de los sueños.

190
Hoy has sido especial

E s día de año nuevo, y hoy sí que tú has sido especial.


Afuera llueve, como de costumbre en este pueblo
de agua, las gotas castigando los tulipanes que sembraste
alrededor de la casa cuyos costados el viento flagela, como
quien fustiga los costados de un caballo azabache para tomar
el trote, de vuelo hacia algún destino muy lejos. La luz
de un farol se vierte entre las hojas de metal de la ventana,
como si se rebanara un queso líquido, y me baña el rostro
mientras te observo, así, quieta y silenciosa, como la
mayoría de las veces que estás quieta y silenciosa. Pero hoy
sí has sido especial, ¿eh? ¡Salud!
Llevábamos juntos tanto tiempo y nunca me habías
confesado tanta infelicidad, aunque me imaginaba que en
el centro de tu pecho el espacio y el tiempo se comprimían
de una manera singular, y te hacían engordar de silencio.
Los médicos decían que era obesidad nerviosa, pero ya me
imaginaba que era otra cosa, aunque nunca me lo dijiste.
A mí ni a nadie. Todos pensábamos que eras una santa
mártir, que eras capaz de sostenerte sola ante cualquier
adversidad, que eras como la tierra de las montañas con
que te hicieron, así, dura, sin consecuencia en la erosión,
incólume, como una promesa que se jura con ganas, como
un universo sostenido por algo que dispone su orden y que
no se sabe qué es. Bueno, ahora exactamente no te estás
sosteniendo. Más bien eres péndulo. Pero, ¡salud! Es un
gran día, ¿no? Siempre dijiste que los años nuevos son un
gran día. Son final y comienzo.
La cocina está muy quieta. Esto es significativo,

191
como tú muy bien sabrás, pues la cocina era el lugar
donde siempre se podía encontrarte, excepto a la hora de
dormir. En las paredes aún están tus quejas percudidas cual
manchas de grasa que no ceden y que, por el contrario,
son jeroglíficos en el tiempo, porque tus largas horas eran
raptos de miseria en la siempre sucia cocina. Todavía queda
muy tapado el arroz con gandules con sus pedacitos de
jamón, un toque muy tuyo— sabes cuanto me fascina
el arroz con gandules con pedacitos de jamón, su aroma
peculiar aleteando como ángeles en mis fosas nasales. El
turrón alicante y las nueces también esperan por los agasajos
de fin de año. Pero ya no habrá nada. Ya no.
Ahora que te miro así, tus ojos cer rados en
indiferencia, tal vez por el efecto de la gravedad en tus
párpados de plomo; tu boca entreabierta como dejando ir
el alma poco a poco, así, por cuentagotas nada más, me
doy cuenta que tu belleza está escondida bajo una gruesa
máscara de arrugas prematuras y ojeras. Debe ser que no
duermes bien, aunque ahora te ves sepulcral, imperturbable,
muy ensimismada en ti misma. Hasta me atrevería jurar
que hay un hálito de paz hilvanándote el cabello al cráneo,
porque me da la impresión que te iluminas como uno de
esos Reyes Magos que la gente enciende y coloca en los
techos de las casas durante la Navidad. Y eso es bueno de
alguna manera, porque siempre quisiste ser luz para los
demás, siempre quisiste ser faro para el mundo, nunca
para ti misma, y siempre fuiste oscuridad. Yo siempre te
decía que le prestabas demasiada atención a la gente del
pueblo. Total, ellos no te dan nada. El qué-dirán te colgaba
de las orejas como dos aretes circularmente infinitos, sin
principio ni fin, sin broche para abrirlos y quitártelos,

192
así, como un par de grilletes del alma, o peor aún, como
un eterno yunque oprimiendo tu consciencia. No me
extraña ese aroma ácreo que invadía la casa todos los días a
las siete de la noche, y yo decía que algo me olía mal, y tu
decías que eran las cidras fermentadas en los barriles de la
procesadora de dulces, y cuyo olor efemérido se propagaba
como un virus entre el espeso frío de la noche. Sé que te
vas a emborrascar, pero nunca te creí. Ese olor a demonio
tenía que ser algo en la casa. Nunca te lo dije, pero un día
el vecino me dijo que sacáramos la vaca esa que se había
muerto en el patio. Sólo le repliqué que no teníamos vaca.
El insistió en que la peste no podía ser otra cosa que algo
grande muerto.
Pero casi me olvido de ti. Tú, la que no quería
nada a cambio, la que vestía un traje de anonimato, la que
renunció a los lujos del hogar y personales por un amor
de sol veneno, ahora de pronto te desnudas de efugio en
rebeldía pasiva. No hay duda de eso. ¡Salud! ¿Te cansaste?
¿Fue eso? No digas nada. ¿Te acuerdas del día de tu boda?
Tenías mil sonrisas desplegadas en una, y brillabas de
blanco, sí, de blanco pureza, y hasta perfumabas el aire
en tu marcha nupcial.
Después, fue después.
Después ya las cosas habían perdido su color, y el
resto de tu vida fue en blanco y negro, así como en las
viejas fotos en el mustio álbum de fotografías, en las cuales
tus ojos llenos de ignorancia y candor de niña se sentían
tan vivos que hasta parecían que seguían a uno cuando uno
los miraba. La diferencia era que el blanco y negro de las
fotos aún te sabía a golosinas y a algodón de azúcar, y el
blanco y negro de la vida real era insípido.

193
Pero así es la vida, dicen. ¡Salud! Oye, ¿de verdad
que no vas a decirme qué te hizo cambiar? Mira que se
necesita valor para enfrentar el pasado. Bueno, el pasado no
tanto, porque ya ni modo; el pasado es pasado; no existe;
es como el futuro, que tampoco existe. Lo terrible es tener
que enfrentarse al presente. Y te felicito, vaya. Saliste de tu
caparazón. Pero lo que me pregunto es cuánta infelicidad se
necesita para ello. Lo digo porque desde la misma noche
de bodas, antes de yo existir, antes que todo esto existiera,
ya sabías cuál sería tu destino, porque te criaron para
complacer, te educaron en servilismo, te adiestraron en la
sumisión, cosa que tuvo su efecto hasta en la cama— sí, en
la cama, la primera noche de bodas cuando tu marido no
pudo tener erección y te echó la culpa, por ser frígida, por
ser tan católica, por ser tan como eras, y tú lo absorbiste
todo, esponja de misericordia, y lo tragaste como el que
bebe cuerpo y sangre en un sacramento, y así, sin efusión
ni efracción, te tragaste la culpabilidad, cuando tú muy
bien sabías que la falla estaba en él— sí, en él— estéril
momia de toro. ¡Salud, Juana de Arco! Ya sé que una vez
te ofendí al llamarte Juana de Arco, pero es que fuiste o
te creíste una Juana de Arco, y soportaste las llamas de las
lágrimas de fuego de tu marido, y te las bebiste como quien
se bebe un cielo gris para vomitarlo nuevo en nombre de . .
. ¿de qué o de quién? ¿Para qué o para quién? Bah. ¡Salud!
Porque después vino el embarazo milagroso y ahí sí que
tu contráctil personalidad se manifestó para dar espacio al
discurso de signos de pedazos de vidrio que entraban por
tus cavidades auriculares hasta llegarte al génesis del alma
y rasgarte toda por dentro, corazón, pulmones, intestinos,
riñones y todo, porque él juraba y perjuraba que el hijo no

194
era de él, no, que era de algún amor clandestino, como si
fueras una mujer madrigada; como si no hubieses conocido
la sangre del amor con él, primero y único, omnipresente,
hoy todo impotente. Eso fue el colmo, ¿verdad? No sé,
francamente, cómo lo soportaste.
¿Recuerdas el día que le anunciaste que él sería
padre? ¿No te extrañó su reacción? ¿Lo recuerdas?
Estaban en aquella fiesta de gente de sociedad en el pueblo,
y la cual se celebraba en casa de Tomás D. Arenales, el
pudiente licenciado de conciencia política metamórfica,
porque había sido candidato a alcalde por todos los
partidos político asentados en el pueblo. Pero sería una
gran fiesta, te dijo tu marido. Tú sabes, de aquellas fiestas
que tú odiabas porque sencillamente la gente no era como
tú. De aquellas fiestas de arreglos florales en las esquinas
como exagerados jardines colgantes; de penetrantes olores
a perfumes franceses que se gasificaban en un collage de
aromas; de mira-cuánto-costaron-mis-zapatos y de mi-
hijo-estudia-medicina. Él adoraba esas fiestas, ¿no? Eran
su pasaje a una vida a la cual él aspiraba. Le gustaba sentirse
grande entre gente importante. La gustaba verse sofisticado
con sus chaquetas de hilo y corbata de seda que compraba a
crédito en la tienda de don Juan Medina, cuando le daban
crédito. Después, no le pagaba a nadie. Pero los señores
en esas fiestas no tenían por qué enterarse— aunque
eventualmente lo hicieran— y simplemente les hablaba
de caballos y política, mientras las señoras divagaban
sobre nimiedades hogareñas que iban desde la decoración
del hogar hasta el orden en que sembraban las plantas en
el jardín. Se nota que ninguna trabajaba, decías siempre.
Ellas no tenían desiertos en las palmas de sus manos. En

195
cambio, te habías tenido que desguazar la voluntad para
tener algo de dinero, el cual, claro, tu marido siempre te
quitaba. No señor. Esas señoras no eran como tú. Y es que
dudo que haya dos personas como tú. De todos modos,
a lo que iba era que el día de esa fiesta, cuando le dijiste:
«Uriel, voy a tener un hijo», y a él se le encendieron los
ojos como dos planetas de fuego y salió para la cantina y
estuvo allí toda la noche, y te quedaste sola el resto de
la fiesta, porque al no ser como tú, las demás señoras
te sacaron el cuerpo, y te quedaste allí, así, como una
soledad esperando el autobús que nunca llega, cabizbaja,
con temor a subir la mirada y encontrarte, en algún rincón,
con los dos planetas de fuego. Finalmente, él, borracho
y violento, te haló por el brazo y te sacó del local, y bajo
la lluvia, eterna lluvia de este pueblo de agua, te hizo
caminar todo el trayecto hasta tu casa, así, embarazada y
todo, mientras él te seguía en el automóvil, conduciendo
en marcha lenta, desencadenando una vez más su discurso
de signos de vidrio partido, que entraba por tus cavidades
auriculares y te despedazaba toda por dentro, corazón,
pulmones, intestinos y riñones. Luego te dejó fuera del
cuarto para que durmieses en el sofá. Esa noche lloraste al
unísono con la caída de la lluvia.
La historia la conozco porque me la hacías cada vez
que te ponías triste. Hoy me toca hacértela.
Ya estoy acabando la botella de Bacardí que estaba
entre el coco rayado por tus manos de arena y el anís que
a veces tomabas como somnífero. Se suponía que el ron,
el coco, y el anís estaban reservados para el ponche, ese
ponche único que hacías para el día de año nuevo, pero
que hoy no harás, porque sencillamente te revelaste. Y en

196
las afueras del pueblo la gente celebra con música de güiro,
cuatro y guitarra, y los árboles de Navidad resplandecen
más vivos que nunca, igual que tú, una estrella de Belén.
Y hay que brindar. ¡Salud! Me alegro por ti, pero a la
misma vez tengo estas ráfagas de furia que llegan como
ondas de calor y que me desfiguran y transforman la cara,
mis expresiones oscilando entre tristeza, coraje y alegría,
aunque no me estoy observando en un espejo, pero me
siento oscilar entre tristeza, coraje, y alegría. ¿Sabes por
qué? Porque todavía espero a que me acaricies, a que me
abraces, a que me digas: «Te quiero», a que me hagas sentir
que estás allí, a que existas en mi vida no sólo con presencia
física, sino con presencia mágica; a que me toques y me
llenes de pequeñas luciérnagas invisibles que se metan en
mi sangre y lleguen hasta mi corazón y allí iluminen toda
la oscuridad seca que vivo por la carencia de un beso,
un sólo beso, un simple beso de tus labios de ciruela. Y
es que de tan sólo pensarlo me dan estas rabias que me
queman como llagas de azufre, como úlceras volcánicas
en mi lengua que han consumido todas las palabras que he
querido decir todo este tiempo, y que tú nunca hubieses
escuchado. Hasta hoy, que has cambiado. ¿Sabes cuántas
noches esperé por tu beso? ¿Sabes? ¿Sabes cuántas noches
mendigué por tu abrazo? ¿Sabes cuántas noches deseé a tu
marido revertido en sus oscuros paredones de miserable
egoísmo, todo por la manera en que te trataba, te golpeaba
física y emocionalmente? ¿Sabes cuántas veces quise
decirte: «Mira, bebe de la leche de las estrellas, porque
eres constelación». No, nunca me hubieses escuchado,
porque te sacrificaste por y para él. Bah. ¡Salud, maldito
sea, que al fin eres libre!

197
Tal vez no pueda perdonarte la manera en que
condujiste mi niñez— mi niñez de mentira, porque no
fue niñez como cualquier otra niñez, que en cualquier otra
circunstancia hubiese sido un elemento favorable, pero
no en éste caso— porque mi niñez fue tan sola. Fue una
soledad hereditaria— creo comprender— porque siempre
fuiste solitaria, y él también, un infeliz solitario, un
condenado, y al parecer lo he heredado, lo que comprueba
que sí, que el hijo era de él. Pero ya que importa. Él
está llorando en el mismo sofá en que te derramaste 32
años atrás, el mismo sofá donde tantas veces te reprochó
ostensiblemente que no sabías cocinar, gesticulando con
sus manos de piedra, así, con teatralidad, casi aplaudiendo
en tus mejillas, y abriendo sus dos planetas de fuego como
para incinerarte de rabia, sublimando los insultos, así, en
crescendo, todo porque al arroz le faltó algo de sal, porque
a las habichuelas había que succionarlas por un sorbete; el
mismo sofá donde te decía: «No tengo dinero para pagar la
renta, ni el agua ni el servicio eléctrico», lo que significaba
que tenías que subyugarte a los efectos de su debilidad
por el alcohol, y buscar el dinero en alguna financiera,
masacrando los pocos ahorros que habías acumulado, y
pasando hambre, sí, porque tú y yo pasábamos hambre
(cómo odio esa palabra), pero él no; él siempre tendría
su pedazo de jamón, y nosotros las sobras, y las ropas
viejas; él no; él siempre se vería impecable, porque de
alguna manera había que sostener la ilusión que él le había
creado a la gente del pueblo. Él nunca vio la manera, y sí
la forma. Ahora es su turno de revolverse en las brazas del
arrepentimiento. Yo sólo te miro, así, con tristeza, rabia,
y alegría.

198
Afuera llueve, como de costumbre en este pueblo
de agua, las gotas castigando los tulipanes que sembraste
alrededor de la casa cuyos costados el viento flagela, como
quien fustiga los costados de un caballo azabache para tomar
el trote, de vuelo hacia algún destino muy lejos. Te observo,
así, quieta y silenciosa, como la mayoría de las veces que
estás quieta y silenciosa. Pero hoy sí has sido especial, ¿eh?
¡Salud! Francamente hoy sí has sido especial. Llevábamos
juntos tanto tiempo y nunca me habías confesado tanta
infelicidad. Pero ya me lo imaginaba. Sólo que no te creía
tan valiente y tan cobarde como colgarte de la viga central
del cuarto. Ni yo ni nadie, porque todos pensábamos que
eras una santa mártir, que eras capaz de sostenerte sola
ante cualquier adversidad. Bueno, ahora exactamente no
te estás sosteniendo. Más bien péndulas. Pero, ¡salud! Es
un gran día, ¿no? Siempre dijiste que los años nuevos son
un gran día. Son final y comienzo.
¡Salud!
(Llanto desconsolado).

199
200